Historia del mundo

J.M. Roberts

Fragmento

Prefacio

Prefacio

La primera edición de este libro apareció en 1976. Desde entonces ha habido diversas traducciones, cuyos textos en ocasiones tuvieron que distanciarse ligeramente de los originales en inglés a petición de sus editores. Me parece improbable que tenga tiempo de ofrecerle al público ninguna edición más. No obstante, dado que esta edición contiene una revisión considerable del texto, puede que sea útil ofrecer en un nuevo prefacio alguna explicación de lo que he intentado hacer, y de por qué me ha parecido necesario hacerlo. Por lo menos, siento la obligación de explicar si los sucesos de más de veinticinco años me han llevado a cambiar los objetivos y las perspectivas de las que partí al sentar las bases de este libro, a finales de los años sesenta.

Últimamente he oído decir, en referencia a la historia del mundo, que «todo cambió» —o algo, si no ya todo— el 11 de septiembre de 2001. Por motivos que explicaré brevemente más adelante, y debido a ciertas ideas que me han guiado desde el principio, creo que es una idea equívoca, falsa en casi todos los sentidos. Sin embargo, el primer motivo por el que parecía deseable elaborar una nueva edición es que la historia del mundo en más de una década ha atravesado y sigue atravesando el ejemplo más reciente de un fenómeno recurrente: un período de sucesos turbulentos y de cambios caleidoscópicos. Los inicios de este confuso y emocionante período ya figuraban en anteriores ediciones de este libro, pero los sucesos de finales de la década de 1990, por sí solos, hicieron necesario un replanteamiento, por si hubiera nuevos hechos y perspectivas que tomar en consideración.

Yo me temía que ello provocara un gran aumento de volumen en el texto, pero eso no ocurrió. Fue necesario cambiar muchos detalles, pero solo en la última parte del texto hubo que hacer grandes reajustes y recomposiciones. Por supuesto, también hubo que cambiar ciertos enfoques. En la última edición se habla algo más sobre los cambios más recientes en cuanto al papel de la mujer, de la preocupación por el medio ambiente, de nuevas instituciones y nuevos planteamientos, o de otros viejos cuestionados, y sobre los cambios en la base formal e informal del orden internacional (estos aspectos son más patentes en la historia reciente, y doy una interpretación más a fondo al respecto en mi obra Penguin History of the Twentieth Century, publicada en 1999). Pero ninguno de ellos supuso un cambio fundamental en mi punto de vista o mi visión general, y los trato básicamente en los mismos términos que he aplicado al resto desde el inicio.

Quizá mi preocupación principal haya sido, desde el principio, la de poder explicar y recordar al lector no especializado el peso del pasado histórico y la importancia que tiene aún hoy la inercia histórica en un mundo en el que, con demasiada frecuencia, se nos anima a pensar que podemos controlar y dirigir los acontecimientos. Las fuerzas históricas que han modelado el pensamiento y la conducta de los americanos, rusos, chinos, indios y árabes de hoy en día se establecieron siglos antes de que se inventaran ideas como el capitalismo o el comunismo. La historia lejana sigue presente en todos los aspectos de nuestras vidas, e incluso parte de lo que ocurrió en la prehistoria sigue ejerciendo quizá su influjo. Sin embargo, siempre ha existido tensión entre esas fuerzas y la capacidad intrínsecamente humana de provocar cambios. Hasta hace poco —a lo sumo unos siglos—, comparado con los cerca de seis mil años de civilización que componen la mayor parte del contenido de este libro, no se ha registrado una creciente concienciación del poder del ser humano como creador de cambios. Es más, el entusiasmo ante los adelantos técnicos parece ser universal. Aunque muy recientemente algunos hayan intentado templar ese entusiasmo con ciertas reservas, la idea de que la mayoría de los problemas pueden resolverse y se resolverán con la intervención humana sigue estando muy extendida.

Dado que, estando así las cosas, los fenómenos de inercia e innovación siguen operando en todos los frentes de la evolución histórica, sigo pensando —tal como expresé en la primera edición de este libro— que los acontecimientos siempre nos parecerán a la vez más y menos sorprendentes de lo esperado. No deberíamos olvidarlo a la hora de emitir valoraciones sobre el significado de los acontecimientos recientes o contemporáneos. Yo me inclino a pensar que estas valoraciones siempre se verán moduladas por el temperamento, y que nuestro optimismo o pesimismo innatos influirán en cualquier intento de predicción. Si pudiéramos analizar todas las aseveraciones realizadas en cuanto a futuros probables, veríamos que solo las más generales pueden basarse solamente en los hechos que aporta la historia. Soy consciente de que, desde la última edición de este libro, mi propia opinión ha variado; ahora tengo la impresión de que mis hijos probablemente no vivirán en un mundo tan agradable como el que yo he conocido, porque quizá sea necesario que el ser humano realice ajustes mucho mayores de lo que pensaba. Pero no aspiro a saberlo. Los historiadores nunca deberían dedicarse a profetizar.

La mayor parte de lo anterior ya lo he desarrollado en otras ocasiones, y no es necesario que me extienda más. No obstante, quizá resulte útil a los nuevos lectores de este libro que repita algunos de los motivos que me han llevado a optar por el enfoque general reflejado en la estructura y el contenido de la obra. Desde el principio intenté determinar, dentro de lo posible, los elementos de influencia general que hubieran tenido el impacto más amplio y más profundo, y no solo compilar relatos de temas tradicionalmente importantes. Deseaba evitar los detalles y señalar, en cambio, los principales procesos históricos que han afectado a grandes poblaciones, dejando legados sustanciales para el futuro, y mostrar su dimensión relativa y su relación con otros procesos. No busqué escribir historias continuadas de todos los países importantes, ni de todos los campos de la actividad humana, ya que considero que el lugar ideal para los relatos exhaustivos de hechos del pasado es una enciclopedia.

He intentado poner de manifiesto el significado de estas grandes influencias, y eso supone una irregularidad cronológica y geográfica. Aunque, de todos modos, dedicaremos tiempo y esfuerzos a analizar y estudiar los fascinantes yacimientos de Yucatán, a reflexionar sobre las ruinas de Zimbabue o a hacer elucubraciones sobre las misteriosas estatuas de la isla de Pascua, por mucho interés intrínseco que pueda tener el conocimiento de las sociedades que crearon estas cosas, no dejan de ocupar un lugar marginal en la historia del mundo. La historia antigua de zonas enormes como el África negra o la América precolombina solo se toca de refilón en estas páginas, porque nada de lo que sucedió en esos lugares entre la Antigüedad y la llegada de los europeos influyó tanto en el mundo como las tradiciones culturales que mantuvieron vivo durante siglos el legado de Buda, los profetas judíos y la cristiandad, Platón o Confucio, por ejemplo, que extendieron su influencia sobre millones de personas y que, en muchos casos, siguen haciéndolo.

También he intentado no escribir más acerca de los temas sobre los que existe más material de referencia. En cualquier caso, no existe la mínima posibilidad de recopilar toda la bibliografía relevante sobre la historia del mundo. He intentado hacer hincapié en los asuntos que me parecían importantes, más que en aquellos de los que más sabemos. De este modo, Luis XIV, por importante que fuera en la historia de Francia y de Europa, merece menos atención que la Revolución china, por ejemplo. En la era actual más que nunca, es esencial intentar distinguir el grano de la paja, y no mencionar algo simplemente porque aparece todos los días en las «noticias».

Nos llegan constantemente interpretaciones nuevas del significado de los acontecimientos. Por ejemplo, en los últimos años se ha hablado mucho del choque de civilizaciones, dando por hecho que está en pleno desarrollo o a punto de llegar. Esta aseveración, evidentemente, se ha visto influida en gran medida por la reciente toma de conciencia sobre la particularidad y la excitabilidad del mundo islámico en las últimas décadas. En el texto he incluido mis propios motivos para rechazar esta visión, por lo menos tal como la presentan algunas voces poco cualificadas, por considerarla inadecuada y catastrofista. Pero no podemos dejar de reconocer que, en efecto, se están acumulando numerosos elementos de tensión en lo que se ha dado en llamar «Occidente» y en muchas sociedades islámicas. Sea consciente o inconscientemente, a veces incluso de forma accidental, en Occidente van apareciendo perturbadoras influencias que alteran y ponen trabas a otras tradiciones —el islam no es más que una de ellas—, y eso pasa desde hace siglos (la noción de «globalización» no debe vincularse únicamente a los últimos años). Este proceso empezó, por supuesto, con las actividades de los europeos, y por eso he dedicado un espacio considerable a la evolución de Europa y a su papel central en la historia del mundo desde 1945.

Sin duda este énfasis refleja los impulsos más básicos procedentes de mi propio legado histórico y mi formación cultural. No puedo evitar escribir desde el punto de vista de un varón británico, blanco y de clase media. Si eso se interpreta como un obstáculo demasiado insuperable, se pueden encontrar otros enfoques, pero el lector también deberá evaluarlos con la misma vara de medir antes de emitir su valoración. Espero, no obstante, que mis esfuerzos por caer en la cuenta de lo que podría darse por supuesto con demasiada facilidad hayan hecho posible llegar a lo que lord Acton, historiador inmensamente erudito, denominó una historia «diferente a la historia combinada de todos los países», pero que también refleje la variedad y la riqueza de las grandes tradiciones culturales que determinan su estructura.

En prefacios anteriores he hecho mención de los muchos colegas y amigos que me han ayudado de diversos modos en fases precedentes. Siempre les estaré agradecido, pero, dado que ya los he mencionado antes, no repetiré aquí sus nombres. Sin embargo, debo añadir a ellos el del profesor Barry Cunliffe, que me fue de gran ayuda en esta edición, y a quien le brindo mi cálido agradecimiento. Sigo estando en deuda con las personas que han seguido escribiéndome a lo largo de los años, enviándome asesoramiento específico, sugerencias, críticas y ánimos, y que son demasiadas como para incluir aquí sus nombres. Pero ninguno de estos amigos y críticos tiene ninguna responsabilidad sobre lo que he decidido hacer con lo que me han dicho, y por tanto no debe culpárseles de nada de lo que yo haya escrito; la responsabilidad es únicamente mía.

Por último, aunque sea algo personal, debo señalar que las últimas fases de mi trabajo de revisión se desarrollaron en los meses posteriores a septiembre de 2001, cuando los planes y calendarios se vieron alterados por unos problemas de salud repentinos e inesperados que requirieron frecuentes e incómodas estancias en el hospital. Resultará evidente que aquello ejerció una tensión considerable sobre otras personas aparte de mí. También será obvio que una de las más destacadas fue mi editor en Penguin, Simon Winder. En un momento muy difícil, siguió mostrando una gran paciencia conmigo y apoyándome como siempre. Me resulta difícil expresar mi aprecio y gratitud por su serenidad y solicitud, y le debo un reconocimiento especial.

De todas formas, por lo que respecta a aquellos mismos meses, más que a nadie tengo que dar las gracias a mi familia, por los cuidados que me dispensaron y el amor que me brindaron, traducido ello, en algunos casos, en viajes transoceánicos que mis hijos tuvieron que hacer para verme. Pero de mi familia debo destacar sobre todo a mi esposa, a quien ya he dedicado ediciones anteriores de este libro. Esta, más que ninguna otra, es para ella. Por los ánimos, los consejos, el sentido común y el buen gusto que siempre ha compartido conmigo, no puedo por menos que reconocer que los casi cuarenta años de entrega que nos ha brindado a mí y a nuestros hijos han sido lo que ha hecho posible mi carrera profesional. No hay nadie a quien le deba más, y espero que el hecho de dedicarle este libro le sirva de testimonio de mi absoluto reconocimiento.

Timwood, marzo de 2002

Libro Primero. Antes de la Historia

LIBRO PRIMERO

Antes de la Historia

¿Cuándo comienza la Historia? Es tentador responder: «En el principio»; pero, como muchas respuestas obvias, esta pronto resulta inútil. Como dijo en otro contexto un gran historiador suizo, la historia es la única materia en la que no se puede comenzar por el principio. Podemos seguir la cadena del origen del género humano hasta la aparición de los vertebrados, o incluso hasta las células fotosintéticas y otras estructuras elementales que se hallan en el comienzo de la vida. Podemos remontarnos más atrás aún, hasta las convulsiones casi inimaginables que formaron este planeta e incluso a los orígenes del universo. Pero eso no es «historia».

El sentido común acude en nuestra ayuda: la historia es la historia de la humanidad, de lo que ha hecho, sufrido o disfrutado. Todos sabemos que los perros y los gatos no tienen historia, mientras que el ser humano sí la tiene. Incluso cuando los historiadores escriben acerca de un proceso natural que escapa al control humano, como las oscilaciones del clima o la propagación de una enfermedad, lo hacen únicamente porque nos ayuda a entender por qué la gente ha vivido (y muerto) de una determinada manera y no de otra.

Esto sugiere que lo único que hemos de hacer es identificar el momento en que los primeros seres humanos salieron de las sombras del pasado remoto. Pero no es tan sencillo. En primer lugar, debemos saber qué buscamos, aunque la mayoría de los intentos de definir la humanidad sobre la base de las características observables acaban por resultar arbitrarios y constreñidores, como han demostrado las largas polémicas acerca de los «hombres monos» y los «eslabones perdidos». Las pruebas fisiológicas nos ayudan a clasificar los datos, pero no determinan qué es o qué no es humano. Se trata de una cuestión de definición sobre la cual el desacuerdo es posible. Algunos han señalado que la excepcionalidad humana reside en el lenguaje, pero otros primates poseen órganos vocales semejantes a los nuestros; cuando con ellos se emiten ruidos que son señales, ¿en qué momento se convierten en lenguaje? Otra definición famosa es la que dice que el hombre es un fabricante de útiles, pero la observación ha suscitado dudas acerca de nuestra excepcionalidad también en este aspecto, mucho después de que el doctor Johnson se mofara de Boswell por mencionársela.

Lo que es excepcional de modo cierto y palpable en la especie humana no es la posesión de ciertas facultades o características físicas, sino lo que ha hecho con ellas. Eso, por supuesto, conforma su historia. La singularidad del género humano proviene de su nivel extraordinariamente intenso de actividad y creatividad, su capacidad acumulativa para generar el cambio. Todos los animales tienen formas de vida, algunas lo bastante complejas como para llamarlas «culturas». Solo la cultura humana es progresiva; ha sido construida de modo cada vez más notorio mediante la elección y la selección conscientes dentro de ella, además de mediante los accidentes y la presión natural, por la acumulación de un capital de experiencia y conocimientos que el ser humano ha aprovechado. La historia humana comenzó cuando la herencia de la genética y del comportamiento que hasta entonces había proporcionado la única manera de dominar el entorno, fue rota por primera vez por la elección consciente. Obviamente, el ser humano solo ha sido capaz de construir su historia dentro de unos límites. Estos límites son hoy ciertamente amplios, pero hubo un tiempo en el que eran tan exiguos que resulta imposible identificar el primer paso que sustrajo la evolución humana de la determinación de la naturaleza. Para describir un largo período de tiempo únicamente contamos con un relato borroso, confuso por el carácter fragmentario de las pruebas y porque no podemos saber a ciencia cierta qué buscamos exactamente.

1. Los cimientos

1

Los cimientos

Las raíces de la historia se hallan en el pasado prehumano, un tiempo cuya extensión resulta difícil de calibrar, aunque es importante hacerlo. Si pensamos que un siglo de nuestro calendario es un minuto de un gran reloj que registra el paso del tiempo, los europeos blancos comenzaron a establecerse en América hace solo cinco minutos, y el cristianismo había nacido algo menos de quince minutos antes. Hace algo más de una hora, se asentó en el sur de Mesopotamia un pueblo que pronto creó la primera civilización que conocemos. Este hecho se encuentra ya mucho más allá del margen más extremo del registro escrito; según nuestro reloj, el ser humano también comenzó a poner por escrito los hechos sucedidos en el pasado hace mucho menos de una hora. Seis o siete horas más atrás en nuestra escala, y mucho más remotos, podemos distinguir a los primeros seres humanos reconocibles, de un tipo fisiológico moderno, ya establecidos en Europa occidental. Tras ellos, entre dos y tres semanas antes, aparecieron las primeras huellas de seres con algunas características semejantes a las humanas cuya contribución a la evolución posterior continúa siendo objeto de debate.

Es discutible hasta dónde es preciso seguir adentrándose en una oscuridad creciente para comprender los orígenes del ser humano, pero merece la pena considerar por un instante períodos aún mayores, simplemente por lo mucho que sucedió en ellos, pues, aunque no podamos decir nada muy preciso al respecto, determinaron los acontecimientos que siguieron. Esto es así porque el hombre llevó consigo hasta los tiempos históricos ciertas posibilidades y limitaciones que se consolidaron hace tiempo, en un pasado aún más remoto que el período mucho más breve —hace unos 4,5 millones de años— en el que se tiene constancia de que existían seres que podían reivindicar al menos ciertas cualidades humanas. Aunque no nos incumbe directamente, debemos tratar de comprender qué había en el bagaje de ventajas y desventajas que permitió al ser humano ser el único primate que surgió después de estos enormes lapsos temporales como hacedor del cambio. Prácticamente toda la formación física y gran parte de la psíquica que seguimos dando por supuestas estaban determinadas por entonces, fijadas en el sentido de que unas posibilidades fueron excluidas y otras no. El proceso decisivo es la evolución de seres con apariencia humana como una rama diferenciada entre los primates, pues es en esta bifurcación de la línea, por decirlo así, donde comenzamos a estar atentos para encontrar la estación en la que descendemos para abordar la historia. Es aquí donde podemos confiar en encontrar los primeros signos de esa repercusión decidida y consciente en el entorno que señala la primera etapa del logro humano.

La base del relato es la Tierra misma. Los cambios registrados en los fósiles de la flora y la fauna, en las formas geográficas y los estratos geológicos, narran un drama de magnitud épica que dura cientos de millones de años, durante los cuales la forma del mundo cambió hasta hacerse irreconocible en muchas ocasiones. Grandes fallas se abrieron y cerraron en su superficie, y los litorales se elevaron y descendieron; a veces, extensas zonas quedaban cubiertas por una vegetación desaparecida tiempo atrás. Muchas especies vegetales y animales surgieron y proliferaron. La mayoría se extinguieron. Pero estos acontecimientos «espectaculares» sucedieron con una lentitud poco menos que inimaginable. Algunos duraron millones de años, e incluso los más rápidos se prolongaron durante siglos. Los seres que vivían mientras tenían lugar no pudieron percibirlos más de lo que una mariposa del siglo XXI, en sus aproximadamente tres semanas de vida, siente el ritmo de las estaciones. Pero la Tierra fue tomando forma como una serie de hábitats que permitían sobrevivir a diferentes variedades. Mientras tanto, la evolución biológica avanzaba poco a poco, con una lentitud casi inconcebible.

El clima fue el primer gran regulador del cambio. Hace unos 40 millones de años —un momento suficientemente temprano para comenzar a afrontar nuestro relato—, una larga fase climática templada comenzó a llegar a su término. Había favorecido a los grandes reptiles, y en su transcurso, la Antártida se había separado de Australia. No había por entonces grandes bancos de hielo en ninguna parte del planeta. A medida que el mundo se enfriaba y las nuevas condiciones climáticas restringían su hábitat, los grandes reptiles desaparecieron (aunque algunos autores afirman que otros factores distintos del cambio medioambiental desempeñaron un papel decisivo). Sin embargo, las nuevas condiciones eran adecuadas para otras especies animales que ya existían, entre ellas algunos mamíferos cuyos minúsculos antepasados habían aparecido más o menos 200 millones de años antes. Ahora heredaron la Tierra, o una parte considerable de ella. Con muchas interrupciones en la secuencia y accidentes de selección en el camino, estas especies evolucionaron hasta convertirse en los mamíferos que ocupan hoy nuestro mundo, incluidos nosotros mismos.

Resumiendo grosso modo, las líneas principales de esta evolución estuvieron determinadas probablemente por ciclos astronómicos durante millones de años. A medida que la posición de la Tierra cambiaba en relación con el Sol, también cambiaba el clima. Aparece un modelo de oscilaciones fuertes y reiteradas de la temperatura. Los extremos resultantes, de enfriamiento climático por una parte y de aridez por otra, cercenaron algunas posibles líneas de desarrollo. A la inversa, en otras épocas, y en ciertos lugares, la presencia de unas condiciones suficientemente benignas permitió a ciertas especies prosperar y alentó su propagación a nuevos hábitats. La única subdivisión importante de este proceso de duración inmensa que nos concierne llegó en tiempos muy recientes (en términos prehistóricos), hace algo menos de 4 millones de años. Comenzó entonces un período de cambios climáticos que, a nuestro entender, fueron más rápidos y violentos que los observados en épocas anteriores. El término «rápido», debemos recordar una vez más, es relativo, pues estos cambios requirieron decenas de miles de años. Semejante ritmo de cambio, sin embargo, parece muy distinto de los millones de años de condiciones mucho más constantes que predominaban en el pasado.

Los estudiosos hablan desde hace tiempo de «períodos glaciales», de una duración comprendida entre 50.000 y 100.000 años cada uno, que cubrían extensas zonas del hemisferio septentrional (incluidas gran parte de Europa y América del Norte, hasta donde hoy se halla la ciudad de Nueva York) con grandes placas de hielo, a veces de dos kilómetros de grosor. Se han distinguido ya entre diecisiete y diecinueve (el número exacto es objeto de debate) de tales «glaciaciones» desde el comienzo de la primera, hace más de 3 millones de años. Vivimos en un período cálido que siguió a la más reciente, que terminó hace unos 10.000 años. Los datos que poseemos actualmente sobre estas glaciaciones y sus efectos en todos los océanos y continentes representan la columna vertebral de la cronología prehistórica. Con la escala externa que nos proporcionan los períodos glaciales podemos relacionar las claves que poseemos sobre la evolución de la humanidad.

Los períodos glaciales permiten entender con facilidad cómo el clima determinó la vida y su evolución en la época prehistórica, pero hacer hincapié en sus grandiosas repercusiones directas es engañoso. Es indudable que la lenta aparición del hielo fue decisiva y a menudo catastrófica para cuanto se encontraba en su camino. Muchos de nosotros seguimos viviendo en paisajes configurados por las erosiones y horadaciones que se produjeron hace miles de siglos. Las grandes inundaciones que seguían a la retirada de los hielos cuando estos se fundían también debieron de tener efectos locales catastróficos, destruyendo los hábitats de seres que se habían adaptado al desafío planteado por las condiciones árticas. Pero también crearon nuevas oportunidades. Después de cada glaciación, nuevas especies se propagaron a las zonas dejadas al descubierto por el deshielo. Pero, al margen de las regiones directamente afectadas, los efectos de las glaciaciones podrían haber sido más importantes si cabe para la historia global de la evolución. Tras el enfriamiento y el calentamiento, tenían lugar cambios en el entorno a miles de kilómetros de distancia del lugar donde se encontraba el hielo, y los resultados tuvieron su propia fuerza determinante. La aridificación y la expansión de los pastos, por ejemplo, modificaron las posibilidades de propagación que tenían las especies existentes. Algunas de estas especies forman parte de la historia evolutiva humana, y las etapas más importantes de esa evolución observadas ahora se han localizado en África, lejos de las placas de hielo.

El clima continúa siendo muy importante hoy en día, como puede comprobarse mediante la observación de las catástrofes causadas por las sequías. Pero tales efectos, aun cuando afectan a millones de personas, no son tan fundamentales como la lenta transformación de la geografía básica del mundo y la modificación en los suministros de alimentos que el clima causó en la época prehistórica. Hasta épocas muy recientes, el clima ha determinado dónde y cómo vivían los seres humanos. Hizo que la técnica fuera muy importante (y aún lo es); la posesión en aquellos tiempos de habilidades como la pesca o la capacidad de encender fuego podía significar el acceso a nuevos entornos para las afortunadas ramas de la familia humana que estaban en poder de tales destrezas, o que eran capaces de descubrirlas y aprenderlas. Diferentes posibilidades de recolectar alimentos en hábitats diferentes significaban posibilidades diferentes de una dieta variada y, finalmente, de avanzar de la recolección a la caza y, después, de la caza al cultivo. Pero mucho antes de los períodos glaciales, e incluso antes de la aparición de los seres a partir de los cuales evolucionarían los humanos, el clima preparaba el terreno para el género humano y configuraba de ese modo, mediante la selección, la herencia genética final del hombre.

Es útil volver la vista atrás una vez más antes de zambullirnos en las aguas todavía superficiales (aunque gradualmente más profundas) de las pruebas. Hace unos 55 millones de años, los mamíferos primitivos eran de dos clases principales. Una, semejantes a los roedores, permaneció en el suelo, y la otra se subió a los árboles. De este modo, la competencia de las dos familias por los recursos se atenuó, y los linajes de cada una de ellas sobrevivieron para poblar el mundo con los seres que hoy conocemos. El segundo grupo estaba formado por los prosimios. Nosotros somos uno de sus descendientes, pues ellos fueron los antepasados de los primeros primates.

Lo mejor es no dejarse impresionar demasiado por lo que se dice sobre nuestros «antepasados», salvo en el sentido más general. Entre los prosimios y nosotros median millones de generaciones y muchos callejones evolutivos sin salida. Es importante, sin embargo, el hecho de que nuestros antepasados más remotos identificables vivieran en los árboles, porque las especies genéticas que sobrevivieron en la fase siguiente de la evolución fueron las que estaban mejor adaptadas a las incertidumbres especiales y los desafíos accidentales del bosque. Aquel entorno primó la capacidad de aprender. Sobrevivieron aquellos cuya herencia genética pudo responder y adaptarse a los sorprendentes e inopinados peligros de la intensa sombra, las confusas pautas visuales, los asideros poco fiables. Las especies propensas a los accidentes en tales condiciones se extinguieron. Entre las que prosperaron (desde el punto de vista genético) había algunas especies provistas de largos apéndices que se transformarían en dedos y, finalmente, en el pulgar oponible, así como otros precursores de los simios ya embarcados en una evolución hacia la visión tridimensional y la disminución de la importancia del sentido del olfato.

Los prosimios eran unos animales pequeños. Todavía existen musarañas arborícolas que nos permiten hacernos una idea de su aspecto; estaban lejos de ser monos, y todavía más de ser humanos, pero durante millones de años portaron los rasgos que hicieron posible el género humano. Durante este tiempo, la geografía fue un factor muy importante en su evolución, imponiendo límites al contacto entre diferentes especies, a veces aislándolas efectivamente y aumentando de ese modo la diferenciación. Los cambios no sucederían rápidamente, sino que es probable que las fragmentaciones del entorno causadas por las alteraciones geográficas condujesen al aislamiento de zonas en las que, poco a poco, aparecieron los antepasados reconocibles de muchos mamíferos modernos. Entre ellos se cuentan los primeros monos comunes y los antropoides, cuyo origen no parece remontarse a más allá de unos 35 millones de años.

Los monos y los antropoides representan un gran avance evolutivo. Ambas familias tenían una destreza manipulativa muy superior a la de sus predecesores. Dentro de ellas comenzaron a evolucionar especies diferenciadas en cuanto al tamaño o las dotes acrobáticas. La evolución fisiológica y psicológica desdibuja tales asuntos. Al igual que el desarrollo de una visión mejor y estereoscópica, el incremento de la capacidad de manipulación parece suponer un aumento en la conciencia. Es posible que algunas de estas criaturas pudieran distinguir diferentes colores. El cerebro de los primeros primates era ya mucho más complejo que el de cualquiera de sus predecesores, y también más grande. En algún lugar, el cerebro de una o más de estas especies alcanzaba una gran complejidad y sus capacidades físicas, un grado de desarrollo suficiente como para que el animal cruzase la línea en la que el mundo como masa de sensaciones no diferenciadas se convertía, al menos en parte, de un mundo de objetos. Cuando quiera que esto sucediera, fue un paso decisivo hacia el dominio del mundo, en vez de reaccionar automáticamente ante él.

Hace entre 25 y 30 millones de años, cuando la desecación comenzó a reducir la superficie boscosa, la competencia por unos recursos forestales menguantes se intensificó. El desafío y la oportunidad medioambientales aparecieron en los lugares donde confluían los bosques y los pastos. Algunos primates carentes del poder necesario para conservar sus bosques originarios fueron capaces, gracias a alguna cualidad genética, de penetrar en las sabanas en busca de alimento y pudieron hacer frente al desafío y aprovechar las oportunidades. Quizá su postura y sus movimientos fueron ligeramente más parecidos a los del ser humano que, por ejemplo, a los del gorila o el chimpancé. La postura erguida y la capacidad de desplazarse fácilmente sobre dos extremidades hicieron posible transportar cargas, entre ellas los alimentos. Entonces fue posible explorar la peligrosa sabana abierta y retirar de ella sus recursos hasta una base doméstica más segura. La mayoría de los animales consumen su alimento en el mismo lugar donde lo encuentran, mientras que el ser humano no actúa así; ¿cuándo dejaron de hacerlo sus antepasados? La libertad de utilizar las extremidades superiores con fines distintos de la locomoción o la lucha también sugiere otras posibilidades. No sabemos cuál fue la primera «herramienta», pero se ha observado a otros primates distintos del ser humano coger los objetos que encuentran y esgrimirlos a modo de arma disuasoria, utilizarlos como armas o investigar y descubrir con su ayuda posibles fuentes de alimento.

El paso siguiente en el razonamiento es gigantesco, pues nos lleva a la primera visión de un miembro de la familia biológica a la que pertenecen tanto el ser humano como los grandes antropoides. Las pruebas son fragmentarias, pero indican que hace 15 o 16 millones de años una especie se había extendido con éxito por África, Europa y Asia. Es probable que fuera arborícola, y los ejemplares no eran muy grandes puesto que su peso debía de rondar los veinte kilos. Lamentablemente, la naturaleza de las pruebas la dejan aislada en el tiempo. No tenemos ningún conocimiento directo de sus antepasados o descendientes inmediatos, pero en el camino de la evolución de los primates había tenido lugar alguna bifurcación. Mientras una rama conducía a los grandes simios y chimpancés, la otra llevaba al ser humano. Los miembros de este linaje han recibido el nombre de «homínidos». Pero los primeros fósiles de homínido (encontrados en Kenia y Etiopía) solo datan de hace entre 4,5 y 5 millones de años, de tal modo que el registro no está claro durante más o menos 10 millones de años. En ese período, los grandes cambios geológicos y geográficos debieron de favorecer y frustrar muchas pautas evolutivas nuevas.

Los primeros fósiles homínidos que se conservan pertenecen a una especie que podría ser o no la antecesora de los pequeños homínidos que con el tiempo emergieron en una amplia zona del este y sudeste de África después de este enorme período de cambios. Pertenecen a la familia que ahora conocemos como «australopitecos». Los fósiles más antiguos que se han identificado con este género tienen más de 4 millones de años, pero es probable que el cráneo completo y el esqueleto casi completo más antiguos encontrados cerca de Johannesburgo en 1998 sean por lo menos medio millón de años más «jóvenes». Así, no estarían muy alejados (salvando generosos lapsos de tiempo y permitiéndonos la aproximación propia de la cronología prehistórica) de la fecha adjudicada a «Lucy», hasta ese momento el especimen de Australopithecus más completo que se había encontrado (en Etiopía). Las pruebas de otras especies de australopitecos (o «australopitecinos», como también se les llama), encontradas en lugares tan distantes como Kenia y Transvaal, pueden datarse en diversos períodos en el transcurso de los 2 millones de años siguientes, y han tenido una repercusión extraordinaria en el pensamiento arqueológico. Desde 1970, gracias a los descubrimientos efectuados en relación con los australopitecos, se han añadido unos 3 millones de años al período en el que se desarrolla la búsqueda de los orígenes del hombre. Todavía están rodeados de gran incertidumbre y vivos debates, pero si la especie humana tiene un antepasado común, parece sumamente probable que perteneciera a una especie de este género. Pero es con el Australopithecus y con los que, a falta de un término mejor, debemos llamar sus «contemporáneos», con los que aparecen por vez primera en toda su complejidad las dificultades a la hora de distinguir entre monos, antropoides y otros seres dotados de algunas características humanas. En cierto modo, las preguntas suscitadas siguen siendo cada vez más difíciles de responder. No ha aparecido ninguna panorámica sencilla y única, y los descubrimientos continúan.

La mayoría de las pruebas disponibles corresponden al australopiteco, pero este llegó a ser contemporáneo de algunas especies de australopitecinos, seres distintos, más antropomorfos, a los que se ha dado el nombre genérico de Homo. El Homo estaba emparentado sin duda con el australopiteco, pero apareció por primera vez, claramente identificable como especie diferenciada, hace unos 2 millones de años en ciertos lugares de África; la antigüedad de unos restos atribuidos a una de sus especies, sin embargo, ha sido calculada mediante la radiactividad en aproximadamente 1,5 millones de años más. Para agravar la confusión, recientemente han aparecido cerca del lago Turkana, en el norte de Kenia, los restos de un homínido más grande. Con una estatura aproximada de 150 centímetros y un cerebro cuyo tamaño duplica al del chimpancé moderno, ha recibido el poco airoso nombre de «hombre 1470», por ser este el número asignado a sus restos en el catálogo del museo de Kenia donde se encuentran.

En un terreno en el que los especialistas discrepan y quizá continúen discutiendo acerca de unas pruebas tan fragmentarias como las que tenemos (todo lo que queda de hace más o menos 2 millones de años de vida de los homínidos podría extenderse sobre una mesa grande), lo mejor que pueden hacer los profanos es no dogmatizar. Es evidente, sin embargo, que podemos estar bastante seguros por lo que se refiere al grado en que algunas características observables posteriormente en el ser humano existían ya hace más de 2 millones de años. Sabemos, por ejemplo, que los australopitecos, aun siendo más pequeños que los humanos modernos, tenían los huesos de las extremidades inferiores y los pies de apariencia más humana que simiesca. Andaban erguidos y podían correr y transportar cargas durante largas distancias, mientras que los monos no podían. Sus manos mostraban un aplanamiento en las yemas de los dedos que es característico de los del ser humano. Se trata de etapas muy avanzadas en el camino del físico humano, aunque el origen real de nuestra especie se encuentre en otra rama del árbol de los homínidos.

Es a los primeros miembros del género Homo (a veces distinguidos con el nombre de Homo habilis) a quienes debemos nuestros primeros restos de utensilios. El uso de útiles no es privativo del ser humano, pero desde hace mucho tiempo se piensa que la fabricación de útiles es una característica humana. Se trata de un gran avance para conseguir el sustento a partir del entorno. Los útiles encontrados en Etiopía son los más antiguos de que disponemos (2,5 millones de años, aproximadamente), y consisten en piedras toscamente talladas desprendiendo lascas de los guijarros para formar una parte cortante. Los guijarros fueron transportados de manera deliberada y quizá selectiva hasta el lugar donde fueron preparados. La creación consciente de utensilios había comenzado. Simples hachas de guijarro del mismo tipo, pertenecientes a épocas posteriores, aparecen en todo el Viejo Mundo prehistórico; hace más o menos un millón de años, por ejemplo, se utilizaban en el valle del Jordán. En África comienza, pues, el flujo de lo que resultaría el mayor conjunto de pruebas acerca de la prehistoria del ser humano y sus precursores, que ha proporcionado la mayor parte de la información sobre el hombre prehistórico, su distribución y sus culturas. Un yacimiento situado en la garganta de Olduvai, en Tanzania, ha proporcionado los vestigios de la primera construcción identificada, un cortavientos de piedras cuya antigüedad se ha calculado en 1,9 millones de años, así como pruebas de que sus habitantes eran carnívoros, en forma de huesos aplastados para sacar el tuétano y los sesos y comerlos crudos.

Olduvai induce a formular una especulación tentadora. El transporte de piedras y carne al yacimiento se une a otras pruebas para indicar que los hijos de los homínidos primitivos no podían permanecer asidos fácilmente a su madre durante las largas expediciones en busca de comida, como hacen las crías de otros primates. Podría darse el caso de que este fuera el primer vestigio de la institución humana de la base doméstica. Entre los primates, el ser humano es el único que dispone de ellas: lugares donde permanecen las hembras y los niños mientras los machos buscan comida para llevársela. Este tipo de base también prefigura, si bien de forma un tanto difusa, la diferenciación sexual de los papeles económicos. Podría registrar incluso el logro ya alcanzado de cierto grado de previsión y planificación, por cuanto la comida no era devorada para satisfacer el apetito inmediato en el lugar donde se encontraba (como hacen la mayoría de los primates), sino que se reservaba para el consumo familiar en un lugar distinto. Si existía la caza, como actividad diferenciada del carroñeo, es otra cuestión, pero en Olduvai se consumía carne de grandes animales en épocas muy tempranas.

Sin embargo, unas pruebas tan fascinantes solo proporcionan islas minúsculas y aisladas de datos comprobados. No puede darse por supuesto que los yacimientos de África oriental fuesen necesariamente típicos de los que albergaron e hicieron posible el nacimiento del género humano; solo conocemos su existencia porque las condiciones reinantes en esos lugares han permitido la supervivencia y el posterior descubrimiento de restos de homínidos primitivos. Tampoco podemos estar seguros, aunque las pruebas puedan inducir a pensar lo contrario, de que ninguno de estos sea un antepasado directo del hombre; podría suceder que todos fueran únicamente precursores. Lo que puede decirse es que estos seres muestran una notable eficacia evolutiva del modo creativo que asociamos al ser humano, y sugieren la inutilidad de categorías como la de hombre mono (o mono hombre), así como también que pocos estudiosos estarían dispuestos ahora a afirmar categóricamente que no descendemos directamente del Homo habilis, la primera especie identificada con el uso de útiles.

También es fácil creer que la invención de la base doméstica hizo más fácil la supervivencia biológica, al hacer posibles unos breves períodos de descanso y recuperación de los peligros representados por las enfermedades y los accidentes, eludiendo de ese modo, por corto que fuera, el proceso de evolución mediante la selección física. Junto con sus otras ventajas, esto podría ayudar a explicar cómo ejemplares del género Homo pudieron dejar huellas de sí mismos en la mayor parte del mundo, con la excepción de América y Australasia, en el millón de años siguiente. Pero no sabemos con certeza si esto se debió a la propagación de una sola estirpe, o porque seres semejantes evolucionaron en diferentes lugares. La opinión más aceptada afirma, sin embargo, que la fabricación de utensilios fue llevada a Asia y la India (y quizá a Europa) por emigrantes originarios de África oriental. El asentamiento y la supervivencia de estos homínidos en tantos lugares distintos deben de demostrar una capacidad superior para lidiar con unas condiciones cambiantes, pero al final no sabemos cuál fue el secreto relativo al comportamiento que súbitamente (hablando una vez más en términos de tiempo histórico) liberó esa capacidad y les permitió propagarse por las masas terrestres de África y Asia. Ningún otro mamífero se estableció de modo tan amplio y con tal éxito antes de nuestra propia rama de la familia humana, que finalmente ocupó todo el planeta salvo la Antártida, un logro biológico excepcional.

El siguiente paso claro en la evolución humana es nada menos que una revolución en el físico. Después de una divergencia entre los homínidos y los seres más simiescos, que podría haber tenido lugar hace más de 4 millones de años, hubieron de transcurrir al menos 2 millones de años para que el cerebro de una familia de homínidos duplicase en tamaño al del australopiteco. Una de las etapas más importantes de este proceso y algunas de las más decisivas en la evolución del ser humano habían sido alcanzadas ya en una especie llamada Homo erectus, que existía de modo generalizado y próspero hace 250.000 años. Para entonces, existía ya desde hacía al menos 500.000 años y quizá más aún (el ejemplar más antiguo identificado hasta la fecha podría tener 1,5 millones de años). Es decir, la existencia de esta especie duró mucho más de lo que ha durado (hasta ahora) la del Homo sapiens, la rama de los homínidos a la que pertenecemos. Una vez más, muchos indicios apuntan a un origen africano y a una posterior difusión por Europa y Asia (donde el Homo erectus fue encontrado por vez primera). Además de los fósiles, hay un utensilio especial que ayuda a trazar el mapa de la distribución de la nueva especie, pues define tanto las zonas donde el Homo erectus se propagó como aquellas a donde no llegó. Se trata de la llamada «hacha de mano» de piedra, cuyo uso principal parece haber sido el desollamiento y descuartizamiento de animales de gran tamaño (su uso como hacha parece improbable, pero el nombre se ha consolidado). El éxito del Homo erectus como producto genético es indudable.

Cuando terminamos con el Homo erectus, no hay ninguna línea divisoria precisa (nunca la hay en la prehistoria humana, hecho muy fácil de olvidar o de pasar por alto), sino que nos hallamos ya ante un ser que ha añadido a la postura erguida de sus predecesores un cerebro del mismo orden de magnitud que el del hombre moderno. Aunque nuestros conocimientos acerca de la organización del cerebro son todavía escasos, existe, al observar el tamaño del cuerpo, una correlación aproximada entre el tamaño y la inteligencia. Es razonable, pues, atribuir una gran importancia a la selección de las estirpes con cerebros más grandes y considerar este aspecto como un enorme avance en la historia de la lenta acumulación de características humanas.

Un cerebro más grande significaba también un cráneo más grande y otros cambios. El aumento del tamaño prenatal requiere cambios en la pelvis de la hembra para permitir el nacimiento de unas crías con la cabeza más grande, y otra consecuencia era un período más prolongado de crecimiento después del nacimiento; la evolución fisiológica de la hembra no era suficiente para proporcionar un espacio prenatal hasta un momento cercano a la madurez física. Las crías humanas necesitan cuidados maternos hasta mucho después de su nacimiento. La prolongación de la infancia y la inmadurez, a su vez, suponen una prolongación de la dependencia; debe transcurrir mucho tiempo hasta que esos niños puedan recoger por sí solos su alimento. Es posible que con el nacimiento del Homo erectus comenzase la larga ampliación del período de inmadurez, cuya manifestación más reciente es el mantenimiento de los jóvenes por la sociedad durante los largos períodos de enseñanza superior.

El cambio biológico también significó que el cuidado y la crianza adquirieron poco a poco más importancia que las grandes camadas a la hora de asegurar la supervivencia de la especie. Esto, a su vez, implicó una nueva y más acusada diferenciación en los papeles de los sexos. Las hembras quedaban mucho más inmovilizadas por la maternidad, en una época en que las técnicas de recolección de alimentos parecen haber adquirido un grado mayor de complejidad y exigido una actuación cooperativa ardua y prolongada de los machos, quizá porque unos seres más grandes necesitaban más y mejores alimentos. También desde el punto de vista psicológico, el cambio debió de ser significativo. El nuevo énfasis en el individuo es concomitante con la prolongación de la infancia. Quizá se intensificó debido a una situación social en la que la importancia del aprendizaje y de la memoria era cada vez mayor y las habilidades, más complejas. Más o menos en este punto, la mecánica de los progresos comienza a escapársenos de las manos (si es que en realidad estuvo alguna vez en ellas). Nos hallamos cerca de la zona en que la programación genética de los homínidos es transgredida por el aprendizaje. Este es el comienzo del gran cambio desde la dotación física natural a la tradición y la cultura —y, finalmente, al control consciente— como selectores evolutivos, aunque es posible que nunca sepamos con precisión dónde tiene lugar este cambio.

Otro cambio fisiológico importante es la pérdida del estro por las hembras de homínido. No sabemos cuándo se produjo este cambio, pero, a partir del momento en que tuviera lugar, el ritmo sexual de las hembras de la especie presentó importantes diferencias con respecto al de otros animales. El ser humano es el único animal en el que el mecanismo del estro (la restricción del atractivo y de la receptividad de la hembra a períodos limitados en los que está en celo) ha desaparecido por completo. Es fácil entender la relación evolutiva entre este fenómeno y la prolongación de la infancia: si los homínidos hembras hubieran experimentado la alteración violenta de la rutina que el estro impone, sus crías habrían quedado expuestas periódicamente a un abandono que habría hecho imposible su supervivencia. Así pues, la selección de un linaje genético que prescindía del estro fue fundamental para la supervivencia de la especie; ese linaje debía de estar disponible, aunque el proceso en el que surgió podría haber durado un millón o 1,5 millones de años, porque no puede haberse llevado a cabo conscientemente.

Este cambio tiene indudablemente unas repercusiones radicales. El aumento del atractivo y de la receptividad de las hembras para los machos hace que la elección individual sea mucho más importante en el emparejamiento. La selección de pareja está menos determinada por el ritmo de la naturaleza; nos hallamos en el comienzo de un camino muy oscuro y largo que conduce indefectiblemente a la idea del amor sexual. Junto con la prolongada dependencia de las crías, las nuevas posibilidades de selección individual apuntan también hacia la futura unidad familiar estable y duradera compuesta por el padre, la madre y las crías, una institución exclusiva del género humano. Existen también opiniones respecto a que los tabúes del incesto (que son, en la práctica, poco menos que universales, por mucho que pueda variar la identificación precisa de las relaciones prohibidas) tuvieron su origen en el reconocimiento de los peligros que representaban los machos jóvenes, socialmente inmaduros pero sexualmente adultos, durante los prolongados períodos en que se hallaban en estrecha relación con unas hembras siempre potencialmente receptivas desde el punto de vista sexual.

En cuestiones sexuales, lo mejor es ser siempre prudentes. Las pruebas solo pueden hacernos avanzar un pequeño trecho. Además, corresponden a un arco temporal muy amplio; se han identificado ejemplos de Homo erectus activos desde hace al menos 1,5 millones de años, y han seguido apareciendo pruebas de su supervivencia durante más o menos un millón de años más. Este inmenso período habría dado tiempo para una considerable evolución física, psicológica y tecnológica. Las formas más antiguas de Homo erectus podrían no guardar grandes semejanzas con las últimas, algunas de las cuales han sido clasificadas por algunos científicos como formas arcaicas de la siguiente etapa evolutiva del linaje de los homínidos. Pero todas las reflexiones respaldan la hipótesis general según la cual los cambios observables en los homínidos, mientras el Homo erectus ocupa el centro de nuestro escenario, fueron especialmente importantes para definir los arcos dentro de los que evolucionaría la humanidad. Esta especie tenía la capacidad sin precedentes de manipular su entorno, por muy débil que pueda parecernos su arraigo en él. Además de las hachas de mano que hacen posible la observación de sus tradiciones culturales, formas tardías de Homo erectus dejaron las huellas más antiguas que han perdurado de viviendas construidas (cabañas, a veces de quince metros de longitud, construidas con ramas, con suelos de losas de piedra o pieles), las primeras maderas talladas, la primera lanza y el primer recipiente, un cuenco de madera. La creación a tal escala apunta con fuerza a un nuevo nivel de mentalidad, a una concepción del objeto formado antes del comienzo de la manufactura, y quizá a una idea de proceso. Algunas argumentaciones han ido mucho más lejos. En la repetición de formas sencillas, como triángulos, elipses y óvalos, en las ingentes cantidades de ejemplos de útiles de piedra, se ha distinguido un gran cuidado en producir formas regulares que no parece estar en proporción con ningún aumento de la eficiencia que podría haberse logrado. ¿Puede distinguirse en esto quizá el primer y minúsculo atisbo de sentido estético?

El mayor avance técnico y cultural de la prehistoria tuvo lugar cuando algunas de estas criaturas aprendieron a dominar el fuego. Hasta tiempos recientes, las pruebas más antiguas de su uso habían sido encontradas en China, y databan probablemente de hace entre 300.000 y 500.000 años. Pero descubrimientos muy recientes en el Transvaal han proporcionado pruebas que han convencido a muchos estudiosos de que los homínidos de aquella zona utilizaban el fuego mucho antes. Sigue siendo perfectamente cierto que el Homo erectus nunca aprendió a encender fuego y que ni siquiera sus sucesores poseyeron esta técnica durante mucho tiempo. Que sabía cómo utilizarlo, por otra parte, es indiscutible. La importancia de este conocimiento lo atestigua el folclore de muchos pueblos posteriores; en casi todos ellos, una figura heroica o un animal mágico captura por vez primera el fuego. Hay implícita una transgresión del orden natural: en la leyenda griega, Prometeo roba el fuego a los dioses. Se trata solo de una hipótesis, pero quizá el primer fuego fue tomado de emanaciones de gas natural o de la actividad volcánica. Desde el punto de vista cultural, económico, social y tecnológico, el fuego fue un instrumento revolucionario, aunque debemos recordar de nuevo que una «revolución» prehistórica duraba milenios. El fuego trajo la posibilidad del calor y de la luz, y por tanto de una doble extensión del entorno del ser humano, hacia lo frío y hacia lo oscuro. Desde el punto de vista físico, una expresión evidente de esto fue la ocupación de cuevas. Ahora se podía expulsar de ellas a los animales y mantenerlos alejados mediante el fuego (y quizá se halle aquí el germen del uso del fuego para guiar a los grandes animales en la caza). La tecnología pudo avanzar: las lanzas podían endurecerse en las hogueras y resultó posible cocinar, con lo que sustancias indigeribles como las semillas se convirtieron en fuentes de alimento y plantas de sabor desagradable o amargo resultaron comestibles. Esto debió de estimular la atención hacia la variedad y disponibilidad de la vida vegetal; la ciencia de la botánica despertaba sin que nadie lo supiera.

El fuego también debió de influir de modo más directo en la mentalidad. Fue otro de los factores que reforzaron la tendencia a la inhibición y la limitación conscientes, y por tanto su importancia evolutiva. El foco de la lumbre para cocinar como fuente de luz y calor tenía también el profundo poder psicológico que aún hoy conserva. Cuando oscurecía, alrededor de las hogueras se congregaba una comunidad que, casi con total certeza, ya era consciente de sí misma en cuanto una unidad pequeña y significativa en un marco caótico y hostil. El lenguaje —de cuyos orígenes nada sabemos todavía— debió de ser mejorado por un nuevo tipo de relaciones de grupo. El propio grupo debía de ser más complejo también en su estructura. En algún momento aparecieron portadores del fuego y especialistas en el fuego, seres de formidable y misteriosa importancia, pues de ellos dependía la vida y la muerte. Portaban y custodiaban el gran instrumento liberador, y la necesidad de custodiarlo debió de convertirlos a veces en amos. Pero la tendencia más profunda de este nuevo poder estaba orientada siempre hacia la liberación del ser humano primitivo. El fuego comenzó a quebrar la férrea rigidez de la noche y el día, e incluso la disciplina de las estaciones. De ese modo, llevó más allá la ruptura de los grandes ritmos naturales objetivos que ataban a los antepasados que no conocían el fuego. El comportamiento podía ser menos rutinario y automático. Había incluso una posibilidad perceptible de ocio como consecuencia directa del uso del fuego.

La caza de grandes animales fue el otro gran logro del Homo erectus. Sus orígenes deben de hallarse muy atrás, en el carroñeo que convirtió a los homínidos vegetarianos en omnívoros. El consumo de carne proporcionaba proteínas concentradas. Liberaba a los carnívoros del incesante mordisqueo propio de tantos seres vegetarianos, por lo que permitía economizar esfuerzos. Es uno de los primeros indicios de que la capacidad de limitación consciente está presente cuando se transportan a casa osos para compartirlos mañana en lugar de consumirlos hoy in situ. Al comienzo del registro arqueológico, había un elefante y quizá algunas jirafas y búfalos entre los animales cuya carne carroñeada se consumía en Olduvai, pero, durante mucho tiempo, en los desperdicios predominan claramente los huesos de animales más pequeños. Hace unos 300.000 años el panorama se modifica por completo.

Tal vez sea aquí donde podamos encontrar una pista de la manera en que el australopiteco y sus parientes fueron sustituidos por el más grande y eficaz Homo erectus. Un nuevo suministro de alimentos permite un mayor consumo, pero también impone nuevos entornos; es preciso seguir a la caza si el consumo de carne se generaliza. A medida que los homínidos se hacen más o menos parásitos de otras especies, emprenden nuevas exploraciones del territorio, y también crean nuevos asentamientos a medida que se descubren lugares especialmente preferidos por el mamut o el rinoceronte lanudo. Los conocimientos relacionados con tales hechos han de ser aprendidos y transmitidos; la técnica ha de ser enseñada y custodiada, pues las destrezas necesarias para atrapar, matar y descuartizar a los grandes animales de la Antigüedad eran enormes en relación con las precedentes. Es más, eran destrezas cooperativas; solo un número elevado de individuos podían llevar a cabo una operación tan compleja como dirigir —quizá mediante el fuego— la caza a un matadero favorable debido a las ciénagas en las que un animal pesado quedaba atascado, o debido a la existencia de un precipicio, miradores bien situados o plataformas seguras para los cazadores. Las armas disponibles para completar las trampas naturales eran escasas, y una vez muertas, las víctimas planteaban nuevos problemas. Valiéndose únicamente de madera, piedra y sílex, debían ser troceadas y trasladadas hasta la base doméstica. Una vez transportados a casa, los nuevos suministros de carne señalan otro paso hacia la obtención de tiempo libre a medida que el consumidor queda liberado durante un tiempo de la carga de la búsqueda incesante en su entorno de pequeñas, aunque siempre disponibles, cantidades de alimento.

Es difícil no pensar que nos hallamos ante una época de importancia decisiva. Considerado en el marco de millones de años de evolución, el ritmo del cambio, aun siendo todavía increíblemente lento desde el punto de vista de las sociedades posteriores, se acelera. Los pobladores no son seres humanos tal como los conocemos, pero están comenzando a ser criaturas semejantes al hombre; el mayor de los predadores comienza a agitarse en su cuna. También puede distinguirse débilmente algo parecido a una verdadera sociedad, no solo en las complejas iniciativas cooperativas de caza, sino también en lo que esto supone para la transmisión de conocimientos de una generación a otra. La cultura y la tradición están sustituyendo lentamente a la mutación genética y la selección natural como fuentes primarias del cambio entre los homínidos. Son los grupos dotados de mejores «recuerdos» de técnicas eficaces los que harán avanzar la evolución. La importancia de la experiencia era muy grande, pues de ella dependía el conocimiento de métodos que tenían probabilidades de triunfar, y no (como sucede de modo creciente en la sociedad moderna) del experimento y el análisis. Este hecho por sí solo debió de otorgar una nueva importancia a los hombres y las mujeres de edad avanzada. Sabían cómo se hacían las cosas y qué métodos funcionaban, y todo ello en una época en que la base doméstica y la caza de grandes animales hacían más fácil su mantenimiento por parte del grupo. No debían de ser muy viejos, ciertamente. Es improbable que muchos vivieran más de cuarenta años.

La selección también favoreció a los grupos cuyos miembros no solo tenían buena memoria, sino también la facultad de reflexionar sobre ella que otorgaba el lenguaje. Sabemos muy poco acerca de la prehistoria del lenguaje. Los tipos modernos de lenguaje solo pudieron aparecer mucho después de la desaparición del Homo erectus, pero algún tipo de comunicación debía de utilizarse en la caza de grandes animales, y todos los primates hacen señales dotadas de significado. Es posible que nunca sepamos cómo se comunicaban los primeros homínidos, pero una explicación verosímil es que comenzaron descomponiendo llamadas semejantes a las de otros animales en sonidos concretos susceptibles de ser reorganizados. Esto debió de ofrecer la posibilidad de emitir diferentes mensajes y podría ser la raíz remota de la gramática. Lo que es seguro es que una gran aceleración de la evolución debió de seguir a la aparición de grupos capaces de compartir experiencias, practicar y perfeccionar destrezas, y elaborar ideas por medio del lenguaje. Una vez más, no podemos separar un proceso de los demás; la mejora de la visión, el aumento de la capacidad física para hacer frente al mundo con un conjunto de objetos diferenciados y la multiplicación de artefactos mediante el uso de útiles tuvieron lugar simultáneamente durante los cientos de miles de años en los que el lenguaje fue evolucionando. Juntos contribuyeron a una ampliación creciente de la capacidad mental, hasta que un día fue posible la conceptualización y apareció el pensamiento abstracto.

Si bien es cierto que no puede afirmarse con seguridad nada de carácter muy general acerca del comportamiento de los homínidos anteriores al ser humano, menos aún es lo que puede ser muy preciso. Nos movemos en la niebla, percibiendo débilmente durante un momento unos seres ora más, ora menos humanos y familiares. Sus mentes, podemos estar seguros de ello, son casi inconcebiblemente distintas de las nuestras como instrumentos para el registro del mundo exterior. Pero cuando consideramos la gama de atributos del Homo erectus, sus características más sorprendentes son las humanas, no las prehumanas. Físicamente, su cerebro es de una magnitud comparable a la nuestra. Fabrica utensilios (y lo hace en el marco de más de una tradición técnica), construye refugios, se apropia de cobijos naturales utilizando el fuego y sale de ellos para cazar y recoger su alimento. Esto lo hace en grupos, con una disciplina que puede ejecutar operaciones complejas; tiene, por tanto, cierta capacidad para intercambiar ideas a través del lenguaje. Las unidades biológicas básicas de estos grupos de caza prefiguran probablemente la familia nuclear humana, pues se basan en las instituciones de la base doméstica y de la diferenciación de las actividades en función del sexo. Podría haber incluso cierta complejidad de organización social, en la medida en que los portadores del fuego y los recolectores o los individuos mayores cuya memoria les convertía en bancos de datos de sus «sociedades» podían ser mantenidos por el trabajo de otros. También ha de haber alguna organización social que permita compartir el alimento conseguido mediante la cooperación. Nada de provecho puede añadirse a una exposición como esta con el objetivo de precisar en qué lugar exacto de la prehistoria se puede encontrar un punto o una línea divisoria donde tales cosas habían llegado a ser, pero la historia humana posterior es inimaginable sin ellas. Cuando una subespecie de Homo erectus, que tal vez poseía un cerebro ligeramente más grande y complejo que el de las demás, evolucionó hasta convertirse en Homo sapiens, lo hizo con unos logros y una herencia enormes ya seguros en su poder. Apenas importa si decidimos llamarla humana o no.

2. El Homo sapiens

2

El Homo sapiens

La aparición del Homo sapiens es trascendental; he aquí, por fin, una humanidad reconocible, por muy tosca que sea su forma. Con todo, este paso evolutivo es otra abstracción. Es el comienzo de la obra principal al término del prólogo, pero de nada sirve preguntarse cuándo sucedió esto exactamente. Es un proceso, no un momento, y no un proceso que tenga lugar en todas partes a la misma velocidad. Lo único que tenemos para datarlo son unos cuantos restos físicos de humanos primitivos, de tipos reconociblemente modernos o estrechamente emparentados con los modernos. Algunos de ellos podían solapar en miles de años la continuidad de la vida de homínidos anteriores. Algunos podrían representar falsos comienzos y falsos finales, pues la evolución humana debió de seguir siendo sumamente selectiva. Aunque mucho más rápida que en épocas anteriores, esta evolución es todavía muy lenta; estamos hablando de algo que quizá tuvo lugar durante 200.000 años en los cuales no sabemos cuándo apareció nuestro primer «antepasado» (aunque el lugar fue casi con certeza África). Nunca es fácil formular las preguntas correctas; las líneas fisiológicas, técnicas y mentales en las que dejamos detrás al Homo erectus son cuestiones de definición, y durante decenas de miles de años, dicha especie y los primeros especímenes de Homo sapiens convivieron en la Tierra.

Los escasos fósiles encontrados de los primeros seres humanos han provocado una importante polémica. Dos famosos cráneos hallados en Europa parecen pertenecer al período comprendido entre dos períodos glaciales, hace 200.000 años, una época tan diferente de la nuestra desde el punto de vista climático que los elefantes pacían en un valle semitropical del Támesis y los antepasados de los leones merodeaban por lo que un día sería Yorkshire. El cráneo de Swanscombe, que recibe ese nombre por el lugar donde fue encontrado, indica que su dueño tenía un cerebro voluminoso (unos 1.300 cm3), pero en otros aspectos no se parecía mucho al ser humano moderno; si el «hombre de Swanscombe» era un Homo sapiens, representa una versión muy temprana. El otro cráneo, el del «hombre de Steinheim», es diferente en cuanto a la forma del Homo sapiens, pero su cerebro también era grande. Tal vez sea mejor considerarlos los precursores de los primeros prototipos de Homo sapiens, aunque eran seres que seguían viviendo (tal como indican sus útiles) de manera muy parecida al Homo erectus.

El siguiente período glacial hace caer el telón. Cuando se alza de nuevo, unos 130.000 años después, en el siguiente período cálido, aparecen de nuevo restos humanos. Ha habido una polémica considerable acerca de lo que indican, pero es indudable que se ha producido un gran salto adelante. En este punto entramos en un período en el que hay un registro bastante denso aunque quebrado. Su esclarecimiento puede comenzar en Europa. Seres a los que debemos llamar ya humanos vivían aquí hace poco más de 100.000 años. Hay cuevas en la región francesa de Dordoña que estuvieron ocupadas, aunque no regularmente, durante unos 50.000 años a partir de entonces. Las culturas de aquellas poblaciones sobrevivieron, por tanto, a un período de enorme cambio climático; las primeras huellas de ellos pertenecen a un período interglacial cálido, y las últimas terminan a mediados del último período glacial. Se trata de una continuidad impresionante si se confronta con lo que debió de ser una extraordinaria variación en la población animal y en la vegetación en las proximidades de estos lugares; para perdurar tanto tiempo, tales culturas debían de tener muchos recursos y una gran capacidad de adaptación.

Pero, a pesar de su semejanza esencial con nosotros, las personas que crearon estas culturas siguen siendo distinguibles fisiológicamente del hombre moderno. El primer descubrimiento de sus restos tuvo lugar en Neandertal, Alemania (por eso los humanos de este tipo suelen recibir el nombre de «hombres de Neandertal»), y consistió en un cráneo de forma tan curiosa que, durante mucho tiempo, se pensó que pertenecía a un idiota moderno. El análisis científico todavía tiene mucho que explicar al respecto. Pero hoy en día se piensa que el Homo sapiens neandertalensis (que es como se clasifica al hombre de Neandertal) tiene su origen último en una temprana expansión desde África de formas avanzadas de Homo erectus, posiblemente hace 700.000 años. A través de las numerosas etapas genéticas que intervienen en el proceso, surgió una población de preneandertales, de la que, a su vez, evolucionó la forma extrema cuyos chocantes restos se encontraron en Europa (y, hasta la fecha, en ningún otro lugar). Este desarrollo especial ha sido interpretado por algunos como una subespecie de neandertal, quizá aislada por algún accidente de la glaciación. Han aparecido pruebas de la existencia de otros neandertales en lugares como Marruecos, el norte del Sahara, el monte Carmelo de Palestina y otros puntos de Oriente Próximo e Irán. También han sido localizados en Asia central y China, donde los ejemplares más antiguos pueden remontarse a algo así como 200 milenios. Evidentemente, fue durante mucho tiempo una especie de éxito.

Hace 80.000 años, los objetos fabricados por neandertales se habían difundido por toda Eurasia, aunque con diferencias de técnica y forma. Sin embargo, en diversos lugares se ha identificado tecnología de hace más de 100.000 años, asociada a otras formas de «humanos anatómicamente modernos», como denominan los estudios a otros seres evolucionados a partir de formas avanzadas de Homo erectus, que, por otra parte, alcanzó mayor difusión que la de los neandertales. Así pues, la unidad cultural primigenia se había fragmentado, y comenzaban a aparecer tradiciones culturales diferentes. Desde el comienzo hay una especie de provincianismo dentro de la humanidad.

El hombre de Neandertal, como otras especies a las que los especialistas califican de anatómicamente modernas, andaba erguido y tenía un cerebro de gran tamaño. Aunque en otros aspectos era más primitivo que la subespecie a la que pertenecemos, Homo sapiens sapiens (como la conjetura acerca del primer cráneo sugiere), representa no obstante un gran avance evolutivo y muestra una nueva complejidad mental que todavía apenas puede captarse, y menos aún medirse. Un ejemplo llamativo es el uso de tecnología para adaptarse al entorno; sabemos por las pruebas de los raspadores que utilizaban para curtir pieles y cueros que los neandertales usaban vestidos (aunque ninguno ha perdurado; la antigüedad del cuerpo vestido más antiguo que se ha descubierto hasta la fecha, en Rusia, ha sido calculada en unos 35.000 años aproximadamente). Fue un avance importante en la manipulación del entorno, aunque no puede compararse con la excepcionalidad de la aparición del enterramiento formal en el período de Neandertal. El acto del enterramiento en sí mismo es trascendental para la arqueología; las tumbas son de enorme importancia debido a los objetos de la sociedad antigua que conservan. Pero las tumbas de neandertal proporcionan más que esto: también contienen las primeras pruebas de rituales o ceremonias.

En este sentido, es muy difícil controlar la especulación. Quizá algún antiguo totemismo explique el círculo de cuernos dentro del cual fue enterrado un niño de Neandertal cerca de Samarcanda. Las conjeturas son estimuladas asimismo por una visión fugaz de la comunidad primitiva del norte de Irak que salió un día a recoger los montones de flores y de hierbas silvestres que finalmente sirvieron de lecho y rodearon al compañero muerto al que se quería honrar de este modo. Algunos autores han señalado que el enterramiento realizado con todo cuidado podría reflejar una nueva preocupación por el individuo, que fue uno de los resultados de la mayor interdependencia del grupo en el renovado período glacial. Esto podría haber intensificado el sentimiento de pérdida cuando un miembro moría, y también podría señalar algo más. Se ha encontrado el esqueleto de un hombre de Neandertal que había perdido el brazo derecho antes de morir. Tenía que depender en gran medida de los demás, y era mantenido por el grupo a pesar de su impedimento.

Más arriesgada aún es la sugerencia de que el enterramiento ritualizado supone alguna visión de otra vida. Si esto fuera cierto, atestiguaría un enorme poder de abstracción en los homínidos, así como los orígenes de uno de los mitos más extraordinarios y duraderos: el que dice que la vida es una ilusión, que la realidad habita, invisible, en otra parte, que las cosas no son lo que parecen. Sin ir tan lejos, al menos es posible admitir que un cambio trascendental está en marcha. Al igual que los indicios de rituales con animales que las cuevas de neandertales también ofrecen aquí y allá, el enterramiento cuidadoso podría señalar un nuevo intento de dominar el entorno. El cerebro humano debía de ser capaz ya de discernir preguntas a las que deseaba responder y quizá de proporcionar respuestas en forma de rituales. Ligera, tímida, torpemente —por mucho que la describamos y por muy en mantillas que pudiera estar todavía—, la mente humana está en marcha; el más grande de todos los viajes de exploración ha comenzado.

El hombre de Neandertal también proporciona las primeras pruebas de otra gran institución, la guerra, que podría haberse practicado junto con el canibalismo, que estaba dirigido aparentemente a devorar el cerebro de las víctimas. La analogía con sociedades posteriores sugiere que aquí tenemos de nuevo el comienzo de cierta conceptualización acerca de un alma o espíritu; tales actos están dirigidos a veces a adquirir el poder mágico o espiritual de los vencidos. Sin embargo, cualquiera que sea la magnitud del paso evolutivo que los neandertales representan, al final fracasaron como subespecie. Tras un éxito prolongado y generalizado, no fueron al final los herederos de la Tierra. De hecho, los neandertales supervivientes fueron «vencidos» genéticamente por la estirpe de Homo sapiens, que al final fue la dominante, aunque nada sabemos sobre las razones que motivaron la derrota de los primeros. Tampoco podemos saber hasta qué punto, en su caso, esta fue mitigada por cierto grado de transmisión genética a través de la mezcla de razas.

El sucesor del hombre de Neandertal y de las formas humanas arcaicas entre las que apareció este, fue el Homo sapiens sapiens, a la que pertenecemos. Su éxito biológico fue tan excepcional que se extendió por toda Eurasia en los cien mil años aproximados que siguieron a su primera aparición en África (datada hace unos 135.000 años) y, posteriormente, por todo el mundo. Los miembros de esta especie tenían un parecido identificable con los seres humanos modernos, como un rostro más pequeño, un cráneo más ligero y extremidades más rectas que el hombre de Neandertal. Desde África se dirigieron al Mediterráneo oriental y Oriente Próximo, desde donde avanzaron hacia la parte de Extremo Oriente, y llegaron por fin a Australasia aproximadamente en el año 40000 a.C. Para entonces ya habían empezado a colonizar Europa, donde convivirían durante miles de años junto con los neandertales. En el año 15000 a.C. cruzaron un puente terrestre que salvaba lo que luego sería el estrecho de Bering para entrar en América.

De todas formas, todavía existen muchas lagunas en la explicación del tiempo y el patrón de difusión del Homo sapiens sapiens, de modo que los paleoantropólogos son cautos. No les gusta afirmar que los restos fósiles de más de unos 30.000 años de antigüedad son de Homo sapiens sapiens. No obstante, es evidente que, entre hace unos 50.000 años y el final del último período glacial, hacia el 9000 a.C., aparecen por fin abundantes pruebas de seres humanos de tipo moderno. Este período se llama normalmente «Paleolítico Superior». «Paleolítico» es un término que deriva de las palabras griegas que significan «piedras antiguas». Se corresponde, aproximadamente, con el término más familiar de «Edad de Piedra», pero, al igual que otras contribuciones a la caótica terminología de la prehistoria, hay dificultades cuando se emplean tales palabras sin una matización cuidadosa.

Es fácil distinguir entre «Paleolítico Superior» y «Paleolítico Inferior»; la división representa el hecho físico de que las capas superiores de los estratos geológicos son las más recientes y de que, por tanto, los fósiles y los objetos encontrados entre ellas son posteriores a los hallados en niveles inferiores. «Paleolítico Inferior» es, pues, un término que designa una época más antigua que el Superior. Casi todos los objetos del Paleolítico que han perdurado están hechos de piedra; ninguno es de metal, cuya aparición hace posible seguir la terminología empleada por el poeta romano Lucrecio al denominar «Edad del Bronce» y «Edad del Hierro» a las épocas que sucedieron a la Edad de Piedra.

Se trata, desde luego, de etiquetas culturales y tecnológicas; su gran mérito consiste en que dirigen la atención a las actividades del ser humano. En un momento determinado, los útiles y las armas se hacen de piedra, después de bronce y a continuación de hierro. No obstante, esta terminología también tiene sus desventajas. La más evidente es que, dentro de los inmensos lapsos de tiempo en los que los objetos de piedra proporcionan el mejor y más amplio conjunto de pruebas, nos hallamos en su mayor parte ante homínidos. Tenían, en grados variables, algunas características humanas, pero muchas herramientas de piedra no fueron obra de seres humanos. Asimismo, el hecho de que esta terminología tuviera su origen en la arqueología europea ha creado cada vez más dificultades a medida que se acumulaban cada vez más pruebas sobre el resto del mundo que realmente no encajaban. Una última desventaja es que desdibuja distinciones importantes dentro de los períodos incluso en Europa. El resultado ha sido su posterior mejora. Dentro de la Edad de Piedra, los estudiosos han distinguido (en este orden) el Paleolítico Inferior, Medio y Superior, y después el Mesolítico y el Neolítico (el último de los cuales desdibuja la división atribuida por los esquemas anteriores a la llegada de la metalurgia). El período que abarca hasta el final del último período glacial en Europa también recibe a veces el nombre de «Edad de la Piedra Antigua»; otra complicación, porque nos hallamos aquí ante otro principio de clasificación, simplemente el proporcionado por la cronología. El Homo sapiens sapiens aparece en Europa más o menos al comienzo del Paleolítico Superior y es allí donde se ha encontrado la mayor cantidad de restos de esqueletos. En estas pruebas concluyentes es en lo que se ha basado la distinción de la especie.

El clima de la prehistoria humana no fue constante; aunque normalmente era frío, hubo importantes fluctuaciones, entre las que probablemente figuró el intenso comienzo, hace unos 20.000 años, de las condiciones más frías en un millón de años. Tales variaciones climáticas ejercían todavía un gran poder determinante en la evolución de la sociedad. Fue quizá hace 30.000 años cuando hicieron posible que el ser humano llegase por vez primera a América, cruzando desde Asia por algún lugar de la región que hoy es el estrecho de Bering, por un enlace proporcionado por el hielo o, quizá, por la tierra que había quedado al descubierto debido a que los casquetes glaciares retenían gran parte del agua marina y, por tanto, el nivel del mar era muy inferior. Estos seres avanzaron hacia el sur durante miles de años siguiendo a la caza que les había atraído al último continente deshabitado. América fue poblada desde el principio por inmigrantes. Pero los casquetes glaciares también se retiraron, causando enormes transformaciones en las costas, las rutas y los suministros de alimentos. Todo sucedía como había ocurrido desde siempre, pero en esta ocasión con una diferencia decisiva. El ser humano estaba allí. Un nuevo orden de inteligencia estaba disponible para utilizar nuevos y crecientes recursos a fin de hacer frente al cambio del medio. Se había iniciado el paso a la historia, cuando la acción humana consciente para controlar el entorno será cada vez más eficaz.

Los investigadores se han esforzado por clasificar, para este período en Europa, culturas identificadas por sus utensilios. Hablar de paso a la historia podría parecer exagerado en vista de los recursos que poseían los primeros hombres, a juzgar por sus utensilios y sus armas. Pero estos dan idea ya de una inmensa gama de capacidades si los comparamos con los de sus predecesores. Las herramientas básicas del Homo sapiens eran de piedra, pero estaban hechas con fines mucho más precisos que los utensilios anteriores y se elaboraban de manera distinta, desprendiendo lascas de un núcleo cuidadosamente preparado. Su variedad y grado de elaboración son otro signo de la creciente aceleración de la evolución humana. También comenzaron a utilizarse nuevos materiales en el Paleolítico Superior, al añadirse el hueso y el asta a la madera y el sílex de los anteriores talleres de herramientas y armas. Estos materiales proporcionaron nuevas posibilidades de manufactura; la aguja de hueso supuso un gran avance para la confección, y la técnica de extraer lascas por presión permitió a algunos trabajadores especializados conseguir hojas de sílex tan finas y delicadas que no parecían útiles de trabajo. También hizo su aparición el primer material hecho por el hombre, una mezcla de arcilla y hueso triturado. Las armas en particular fueron mejoradas. A finales del Paleolítico Superior, se observa una tendencia a producir pequeños objetos de sílex de formas geométricas regulares que indican la fabricación de puntas de lanza más complejas. En la misma época tuvo lugar la invención y propagación del propulsor o lanzador de dardos, del arco y la flecha y del arpón provisto de lengüetas, utilizados primero para cazar mamíferos y después para capturar peces. Este último aspecto indica una extensión de la caza —y por tanto de los recursos— al agua. Mucho antes de que esto ocurriera, tal vez hace 600.000 años, los homínidos recogían moluscos para alimentarse, en China y sin duda en otros lugares. Al disponer de arpones, y quizá de utensilios más perecederos como redes y sedales, podían explotarse ahora nuevas y más ricas fuentes de alimento acuáticas (algunas creadas por los cambios de temperatura del último período glacial), y esto condujo a éxitos en la caza, posiblemente asociados al desarrollo de los bosques en las fases posglaciales, así como a un conocimiento de los movimientos del reno y de los bóvidos salvajes.

La prueba más extraordinaria y misteriosa de cuantas han sobrevivido a los humanos del Paleolítico Superior es su arte. Es la primera de cuya existencia podemos estar seguros. Es posible que los humanos —o incluso los seres de apariencia humana— de épocas anteriores realizasen figuras arañando en el barro, que se pintarrajearan el cuerpo, que se movieran rítmicamente en la danza o que extendieran flores formando dibujos, pero nada sabemos de tales cosas, porque nada ha perdurado de ellas, si es que alguna vez sucedieron. Alguno de aquellos seres se tomó la molestia de acumular pequeñas cantidades de ocre rojo hace 40.000 o 60.000 años, pero no sabemos con qué fin lo hizo. Se ha señalado que dos muescas en una lápida de Neandertal son las manifestaciones artísticas más antiguas que se han conservado, pero las primeras pruebas abundantes y fehacientes aparecen en Europa hace unos 35.000 años. Después aumentan espectacularmente, hasta que nos hallamos en presencia de un arte consciente cuyos mayores logros técnicos y estéticos aparecen, sin previo aviso ni antecedentes, ya casi maduros. La situación continúa así durante miles de años, hasta que este arte desaparece. Del mismo modo que no tiene antepasados, tampoco deja descendientes, aunque parece haber empleado muchos de los procedimientos básicos de las artes visuales que hoy en día siguen vigentes.

Su aislamiento, tanto en el espacio como en el tiempo, nos hace sospechar que hay algo más por descubrir. En África abundan las cuevas con pinturas y grabados prehistóricos con una antigüedad que se remonta a hace 27.000 años y que continúa hasta finales del siglo XIX, y en Australia se realizaban pinturas rupestres hace al menos 20.000 años. El arte paleolítico no se limita, pues, a Europa, pero lo que se ha descubierto fuera de este continente ha sido estudiado hasta la fecha de modo mucho más intermitente. No sabemos todavía lo suficiente acerca de la datación de las pinturas rupestres en otras partes del mundo, ni tampoco sobre la excepcionalidad de las condiciones que condujeron a la conservación en Europa de objetos que podrían tener su paralelo en otros lugares. Tampoco sabemos qué puede haber desaparecido; existe un amplio campo de posibilidades de lo que podría haberse producido en gestos, sonidos o materiales perecederos que no pueden explorarse. No obstante, el arte de Europa occidental durante el Paleolítico Superior, una vez hechas todas las matizaciones pertinentes, posee un carácter admirable de proporciones colosales y sólidas.

La mayoría de estas muestras de arte primitivo se han encontrado en una zona relativamente reducida del sudoeste de Francia y el norte de España, y son de tres tipos principales: pequeñas figuras (normalmente femeninas) de piedra, hueso u ocasionalmente arcilla, objetos decorados (a menudo utensilios y armas) y pinturas en las paredes y techos de las cuevas. En las cuevas (y en la decoración de los objetos) se da un abrumador predominio de los temas animales. El significado de estos dibujos, sobre todo en las complejas secuencias de las pinturas rupestres, ha intrigado a los estudiosos. Es evidente que muchos de los animales tan concienzudamente observados eran fundamentales para una economía de caza. Asimismo, al menos en las cuevas de Francia, parece ahora sumamente probable que exista un orden consciente en las secuencias en que aparecen representados. Pero avanzar en este razonamiento es todavía muy difícil. Obviamente, el arte en el Paleolítico Superior ha de soportar gran parte de la carga que después asumirá la escritura, pero no está claro todavía cuál puede ser el significado de sus mensajes. Parece verosímil que las pinturas estuvieran relacionadas con la práctica religiosa o mágica; se ha demostrado de modo convincente que las pinturas rupestres de África están relacionadas con la magia y el chamanismo, y la elección de rincones en las cuevas tan aislados y difíciles como los que albergan las pinturas de Europa es en sí misma un firme indicio de que se realizaba algún rito especial cuando se pintaban o contemplaban. (Como es lógico, en estos rincones oscuros era necesario valerse de luz artificial.) Se han querido ver los orígenes de la religión en los enterramientos de Neandertal, y aparecen aún con más fuerza en los de pueblos del Paleolítico Superior, que a menudo son más complejos; aquí, en su arte, hay algo a cuyas inferencias resulta más difícil incluso resistirse. Quizá se trate de los primeros restos que se han conservado de una religión organizada.

El nacimiento, la madurez y la extinción de los primeros logros artísticos del hombre en Europa ocupan un período muy prolongado, del orden de 30.000 años. Hace unos 35.000 años aparecen los objetos decorados y coloreados, en muchos casos de hueso y marfil. Más adelante, unos 15 milenios después, llegamos al arte figurativo, y poco después a la cumbre del logro estético prehistórico: los grandes «santuarios» (así se los ha llamado) rupestres decorados con pinturas e incisiones, con sus cortejos de animales y sus misteriosas formas simbólicas repetidas. Esta fase de apogeo duró unos 5.000 años, un período asombrosamente prolongado para el mantenimiento de un estilo y un contenido tan constantes. Un período tan largo —casi tanto como la historia de la civilización en este planeta— ilustra la lentitud del cambio de la tradición en la Antigüedad y su impermeabilidad a las influencias exteriores. Es posible que esto sea también un indicio del aislamiento geográfico de las culturas prehistóricas. La última fase que se ha distinguido en este arte se remonta en la historia hasta el 9000 a.C.; en ella, el ciervo sustituye cada vez más a los demás animales como motivo pictórico (sin duda como reflejo de la desaparición del reno y del mamut con la retirada de los hielos) antes de que una eclosión final de útiles y armas profusamente decorados ponga fin al gran logro artístico de Europa. En la época siguiente no se produjo nada que se le acercara en magnitud o calidad; los mejores vestigios que han llegado hasta nosotros son unos cuantos guijarros decorados. Hubieron de transcurrir 6.000 años hasta la llegada del siguiente período de gran arte.

A pesar del esplendor de este arte, sabemos poco acerca de su ocaso. La luz nunca pasa de débil en el Paleolítico Superior y oscurece rápidamente, todo ello, obviamente, durante miles de años. No obstante, la impresión dejada por la violencia del contraste entre lo que había antes y lo que llegó después produce una conmoción. Una extinción tan relativamente súbita es un misterio. No disponemos de fechas exactas, ni siquiera de secuencias exactas; nada terminó de un año para otro. Solo hubo un declive gradual de la actividad artística durante un prolongado período que al final parece haber sido absoluto. Algunos estudiosos han culpado al clima. Quizá, afirman, todo el fenómeno del arte rupestre estaba vinculado a los intentos de influir en los desplazamientos o a la abundancia de las grandes manadas de animales de caza de las que dependía la subsistencia de los pueblos de cazadores. A medida que el último período glacial perdía fuerza y el reno se retiraba un poco todos los años, los seres humanos buscaron técnicas nuevas y mágicas para manipularlos, pero gradualmente, a medida que las capas de hielo se retiraban cada vez más, desaparecía un entorno al que habían logrado adaptarse. Y al mismo tiempo desaparecía la esperanza de influir en la naturaleza. El Homo sapiens no estaba indefenso; antes al contrario, podía adaptarse, y así lo hizo, a un nuevo desafío. Pero, durante algún tiempo, una de las consecuencias de la adaptación fue un empobrecimiento cultural, el abandono de su primer arte.

Es fácil ver mucha fantasía en esta especulación, pero difícil contener la emoción que produce un logro tan asombroso. Se ha dicho que las grandes secuencias de cuevas son las «catedrales» del mundo del Paleolítico, y semejantes metáforas están justificadas si el nivel de logro y la magnitud de la obra emprendida se comparan con las pruebas de que disponemos de los triunfos anteriores del hombre. Con el primer gran arte, los homínidos quedan muy atrás y tenemos pruebas inequívocas del poder de la mente humana.

Muchos de los datos que conocemos sobre el Paleolítico Superior confirman la sensación de que los cambios genéticos decisivos están detrás y de que la evolución es ahora un fenómeno mental y social. La distribución de las principales divisiones raciales en el mundo, que se prolongó hasta los comienzos de la época moderna, se ha fijado ya ampliamente al final del Paleolítico Superior. Las divisiones geográficas y climáticas habían producido especializaciones en el Homo sapiens en lo referente a la pigmentación de la piel, las características capilares, la forma del cráneo y la estructura de los huesos de la cara. En los restos más antiguos de Homo sapiens que se han encontrado en China, pueden apreciarse las características mongoloides. Los principales grupos raciales están establecidos en el 10000 a.C., en términos generales, en las zonas que dominaron hasta el gran asentamiento de las razas caucasianas (que fue uno de los aspectos del ascenso de la civilización europea al dominio del mundo a partir del año 1500). El mundo se estaba llenando durante la Edad de la Piedra Antigua. El hombre penetró por fin en los continentes vírgenes. Pueblos mongoloides se extendieron por América y llegaron a Patagonia antes del 6000 a.C. Unos 20.000 años antes, los seres humanos se habían extendido por Australia, tras llegar al continente por una combinación de viajes marítimos en los que se desplazaban de isla en isla y de los puentes terrestres que desaparecieron tiempo después. El Homo sapiens ya era aventurero al final del último período glacial y, al parecer, solo la Antártida se resistió a su llegada y asentamiento (un logro para el que habría que esperar hasta el año 1895 de nuestra era).

El mundo del Paleolítico Superior seguía siendo un lugar muy vacío. Los cálculos indican que 20.000 seres humanos vivían en Francia en la época de Neandertal, y posiblemente 50.000 hace 20 milenios. Es probable que entonces hubiera en todo el mundo unos 10 millones de seres humanos. «Un desierto humano rebosante de caza», lo ha llamado un estudioso. Aquellos seres vivían de la caza y la recolección, y para alimentar a una familia era necesaria una gran extensión de tierra.

Por muy cuestionables que tales cifras pueden ser, si se admite que son de este orden de magnitud no es difícil entender que siguen significando un cambio cultural muy lento. Pero, por muy acelerado que pueda parecer el avance del hombre en la Edad de la Piedra Antigua y por mucho más versátil que se esté volviendo, todavía requiere miles de años transmitir sus enseñanzas a través de las barreras de la geografía y la división social. Al fin y al cabo, un hombre podía vivir toda su vida sin conocer jamás a ningún individuo perteneciente a otro grupo o tribu, y mucho menos a otra cultura. Las divisiones que ya existían entre los diferentes grupos de Homo sapiens abren una época histórica cuya tendencia se dirigía íntegramente hacia la distinción cultural, cuando no al aislamiento, de un grupo respecto de otro, y esta inclinación aumentó la variedad humana hasta que fue invertida por las fuerzas técnicas y políticas en tiempos muy recientes.

En cuanto a los grupos en los que vivía el ser humano del Paleolítico Superior, es mucho lo que aún queda por saber. Lo que está claro es que eran más grandes que los de épocas anteriores y también más sedentarios. Los restos más antiguos de construcciones pertenecen a los cazadores del Paleolítico Superior que habitaban en lo que hoy son la República Checa, Eslovaquia y el sur de Rusia. Hacia el año 10000 a.C., en ciertas zonas de Francia, algunos conjuntos de construcciones parecen haber alojado a entre 400 y 600 personas, pero, a juzgar por el registro arqueológico, esto no era lo habitual. Así pues, es probable que existiera algo parecido a la tribu, aunque es prácticamente imposible hablar acerca de su organización y sus jerarquías. Lo único que está claro es que la especialización en función del sexo continuó en la Edad de la Piedra Antigua, a medida que la caza se volvía más compleja y sus destrezas, más exigentes, y que los asentamientos proporcionaban nuevas posibilidades de recolección de plantas por parte de las mujeres.

No obstante, por muy imprecisa que sea su imagen la Tierra al final de la Edad de la Piedra Antigua resulta familiar ante nuestros ojos en algunos aspectos importantes. Todavía debían tener lugar algunos cambios geológicos (el canal de la Mancha no hizo su aparición definitiva hasta más o menos el año 7000 a.C., por ejemplo), pero hemos vivido en un período de relativa estabilidad topográfica que ha conservado las principales formas del mundo de hacia el año 9000 a.C. Ese mundo era ya con firmeza el mundo del hombre. Gracias a la adquisición de sus propias habilidades para la fabricación de útiles, al uso de materiales naturales para construir refugios, a la domesticación del fuego, a la caza y al aprovechamiento de otros animales, los descendientes de los primates que bajaron de los árboles habían alcanzado hacía tiempo un grado importante de independencia de los ritmos de la naturaleza. Esto les había llevado a un nivel de organización social lo bastante elevado como para acometer importantes obras cooperativas. Sus necesidades habían provocado la diferenciación económica entre los sexos. La lucha con estos y otros problemas materiales había conducido a la transmisión de ideas a través del habla, a la invención de prácticas e ideas rituales que se hallan en las raíces de la religión y, finalmente, a un gran arte. Se ha llegado a afirmar que el ser humano del Paleolítico Superior tenía un calendario lunar. Los humanos que dejan la prehistoria son ya seres conceptualizadores, dotados de intelecto y de la facultad de objetivar y abstraer. Es muy difícil no creer que es esta nueva fuerza la que explica la capacidad del ser humano para dar el último y mayor paso en la prehistoria: la invención de la agricultura.

3. La posibilidad de la civilización

3

La posibilidad de la civilización

La presencia de la especie Homo sapiens sobre la Tierra es por lo menos veinte veces más antigua que la civilización que ha creado. El debilitamiento del último período glacial permitió culminar la larga marcha hacia la civilización y fue el preludio inmediato de la historia. En un lapso de 5.000 a 6.000 años tuvo lugar una sucesión de cambios trascendentales, el más importante de los cuales fue el aumento del suministro alimentario. Ningún otro acontecimiento aceleró de modo tan repentino el desarrollo humano ni tuvo unas consecuencias tan generalizadas hasta los cambios que se agrupan bajo el nombre de «revolución industrial», ocurridos en los últimos tres siglos. Un estudioso resumió estos cambios que señalan el final de la prehistoria con una expresión semejante, «revolución neolítica». He aquí otro pequeño embrollo de terminología engañosa en potencia, aunque se trata del último que debemos considerar en la prehistoria. Después del Paleolítico, los arqueólogos sitúan el Mesolítico y, a continuación, el Neolítico (algunos añaden un cuarto período, el Calcolítico, con el que designan una fase de la sociedad en la que se utilizan simultáneamente objetos de piedra y cobre). La distinción entre los dos primeros períodos solo es importante en realidad para los especialistas, pero todos estos términos describen hechos culturales; identifican secuencias de objetos que muestran un fondo cada vez mayor de recursos y capacidades. Solo el término «Neolítico» debe preocuparnos. Significa, en su sentido más estricto, una cultura en la que los útiles de piedra pulida o pulimentada sustituyen a los de piedra tallada (aunque a veces se añaden otros criterios). Podría parecer que esto no representa un cambio tan extraordinario como para justificar la fascinación que algunos prehistoriadores han mostrado por el Neolítico, y mucho menos para justificar que se hable de «revolución neolítica». De hecho, aunque la expresión se emplea todavía en algunas ocasiones, es insatisfactoria porque implica abarcar demasiadas ideas distintas. No obstante, fue un intento de precisar un cambio complejo e importante que tuvo lugar con muchas variaciones locales, y merece la pena tratar de evaluar su trascendencia general.

Incluso en el sentido tecnológico más estricto, la fase neolítica del desarrollo humano no comienza, ni florece ni termina en todas partes al mismo tiempo. En un lugar puede durar miles de años más que en otro, y sus comienzos no están separados de lo sucedido en épocas anteriores por una línea nítida, sino por una misteriosa zona de cambio cultural. Por otra parte, dentro de este período, no todas las sociedades poseen la misma gama de destrezas y recursos; unas descubren cómo hacer vasijas de cerámica, además de útiles de piedra pulimentada, mientras que otras avanzan domesticando animales y comienzan a cultivar cereales. La evolución lenta es la regla, y no todas las sociedades habían alcanzado el mismo nivel en la época en que aparece la escritura. No obstante, la cultura neolítica es la matriz de la que surge la civilización y proporciona las condiciones previas en las que se basa, que no se limitan en modo alguno a la producción de los útiles de piedra sumamente acabados de los que la fase toma su nombre.

Debemos matizar también el término «revolución» cuando hablemos de este cambio. Aunque dejamos atrás las lentas evoluciones del Pleistoceno y nos adentramos en una época de aceleración de la prehistoria, sigue sin haber divisiones nítidas, que, por otra parte, son bastante raras en la historia posterior; incluso cuando intentamos trazarlas, pocas sociedades rompen con su pasado. Lo que podemos ver es una transformación lenta pero radical de la organización y el comportamiento humanos en una superficie cada vez más extensa de la Tierra, compuesta por varios cambios decisivos que constituyen el último período de la prehistoria identificable como unidad, sea cual sea el nombre que le demos.

Al final del Paleolítico Superior, el ser humano existía físicamente de modo muy parecido a como lo conocemos. Como es natural, debía experimentar todavía algunos cambios en cuanto a estatura y peso, sobre todo en las zonas del planeta donde mejoró en estatura y esperanza de vida a medida que mejoraba la nutrición. En la Edad de la Piedra Antigua era improbable todavía que un hombre o una mujer cumpliesen cuarenta años, y si franqueaban esa barrera era probable que sus vidas fueran bastante miserables de acuerdo con nuestros criterios: envejecidos prematuramente, atormentados por la artritis, el reumatismo y los accidentes fortuitos que constituían las fracturas de huesos o las caries dentales. La evolución favorable de esta situación fue lenta. La forma del rostro humano también debió de seguir evolucionando a medida que se modificaba la dieta. (Parece ser que, hasta después del año 1066, la coincidencia de los arcos dentarios no fue sustituida entre los anglosajones por la prominencia del arco dentario superior sobre el inferior, que fue la consecuencia última de un incremento del almidón y los hidratos de carbono, avance de cierta importancia para la posterior aparición del inglés.)

La tipología física de los seres humanos variaba en los distintos continentes, pero no podemos dar por supuesto que también mudaban las capacidades. En todas las partes del mundo, el Homo sapiens sapiens mostraba una gran versatilidad para adaptar su herencia a las conmociones climáticas y geográficas de la fase terminal del último período glacial. En los comienzos de los asentamientos de cierto tamaño y permanencia, en la elaboración de tecnología y en el desarrollo del lenguaje, así como en los albores de la caracterización en el arte, se hallan algunos elementos rudimentarios de la mezcla que cristalizó finalmente como civilización. Pero era necesario mucho más que eso. Sobre todo, debía existir la posibilidad de algún tipo de excedente económico sobre las necesidades cotidianas.

Esto era difícilmente concebible salvo en algunas zonas especialmente favorables a la economía de caza y recolección, que sustentaba toda la vida humana, la única conocida por el ser humano hasta hace unos 10.000 años. Lo que hizo posible la civilización fue la invención de la agricultura.

La importancia de este hecho fue tal que parece justificar una metáfora poderosa, y expresiones como «revolución agrícola» o «revolución de la recolección de alimentos» no suscitan dudas en cuanto a su significado. Estas expresiones destacan el hecho que explica por qué la época neolítica pudo proporcionar las circunstancias en las que pudieron aparecer las civilizaciones. Ni siquiera el conocimiento de la metalurgia, que se propagó en algunas sociedades durante las fases neolíticas, es tan fundamental. La agricultura revolucionó realmente las condiciones de la existencia humana y es el hecho principal que ha de tenerse en cuenta cuando se considera el significado del Neolítico, un significado resumido concisamente por un eminente arqueólogo como «un período entre el final de la forma de vida basada en la caza y el comienzo de una economía en la que se utilizaban plenamente los metales, durante el cual la práctica de la agricultura nació y se propagó por la mayor parte de Europa, Asia y el norte de África como una ola de avance lento».

Los elementos esenciales de la agricultura son el cultivo de plantas y la cría de animales. Pero cómo surgieron estas actividades y en qué lugares y fechas es más misterioso. Unos entornos debieron de ayudar más que otros; mientras unos individuos perseguían la caza a través de llanuras no cubiertas por los hielos en retirada, otros intensificaban las habilidades necesarias para aprovechar los nuevos y fértiles valles fluviales y los entrantes costeros ricos en plantas comestibles y peces. Lo mismo debió de ser cierto en el caso del cultivo y la ganadería. En términos generales, la situación del Viejo Mundo (África y Eurasia) era mejor en cuanto a animales domesticables que lo que después se llamó América. No es sorprendente, pues, que la agricultura naciese en más de un lugar y en formas diferentes. Es probable que el ejemplo más antiguo, basado en el cultivo de formas primitivas de mijo y arroz, tuviese lugar en Oriente Próximo, hacia el año 10000 a.C.

Aun con todo, durante miles de años, y hasta hace apenas un par de siglos, el incremento de las reservas de alimentos se obtenía con métodos ya conocidos, aunque de forma primitiva y rudimentaria, en la época prehistórica. Los terrenos se araban para sembrar mejor, la observación y selección de las cosechas fue modificando las especies vegetales, las plantas más habituales se trasladaban a ubicaciones nuevas, y se aplicaban a la agricultura métodos ya conocidos en aquellos tiempos, como cavar, drenar e irrigar. Todo ello hizo posible un crecimiento en la producción de alimentos que solo servía para sustentar a una raza humana en crecimiento lento y constante, hasta la llegada de los grandes cambios provocados por los fertilizantes químicos y la ciencia genética contemporánea.

Debido a la evolución posterior, a los accidentes de las supervivencias históricas y a la dirección tomada por las iniciativas de los estudiosos, se sabe mucho más acerca de la primitiva agricultura en Oriente Próximo que sobre sus posibles precursores en Extremo Oriente. Es posible que el arroz ya se cultivase en el valle del Yangtzé en el 7000 a.C. A pesar de todo, existen razones fundadas para seguir considerando Oriente Próximo una zona decisiva. Tanto las condiciones previas que predisponían a ello como las pruebas indican que la región que después se llamaría «Creciente Fértil» tuvo una trascendencia especial, en un arco territorial que va desde Egipto hacia el norte, a través de Palestina, el Levante mediterráneo y Anatolia, hasta los territorios montañosos situados entre Irán y el sur del mar Caspio, abarcando los valles fluviales de Mesopotamia. Gran parte de estos territorios presentan hoy un aspecto muy diferente del paisaje exuberante de la misma zona cuando el clima alcanzó sus condiciones más favorables, hace unos 5.000 años. En aquella época crecían cebada silvestre (un cereal semejante al trigo) en el sur de Turquía, y escaña melliza (un trigo silvestre) en el valle del Jordán. Egipto disfrutó de lluvia suficiente para la caza de grandes animales hasta bien entrada la época histórica, y en los bosques de Siria había elefantes todavía en el año 1000 a.C.

Toda la región es fértil hoy en día en comparación con el desierto con el que limita, pero en los tiempos prehistóricos era aún más favorecida. Las gramíneas, que son los antepasados de cultivos posteriores, han sido localizadas en estas tierras en épocas aún más remotas. Se han encontrado pruebas de la recolección —aunque no necesariamente del cultivo—, de gramíneas silvestres en Asia Menor hacia el año 9500 a.C. También allí, la forestación que siguió al término del último período glacial parece ser que estimuló perfectamente los intentos de ampliar el espacio vital mediante la roturación y la siembra cuando las zonas aptas para la caza y la recolección quedaron superpobladas. De esta región parece que llegaron a Europa, hacia el año 6000 a.C., los nuevos alimentos y las técnicas para plantarlos y cosecharlos. Como es lógico, dentro de la región los contactos eran relativamente más fáciles que fuera de ella; a los descubrimientos en el sudoeste de Irán de útiles laminados hechos de obsidiana procedente de Anatolia se les ha asignado una fecha tan temprana como el año 8000 a.C. La agricultura apareció después en América, aparentemente sin importar ninguna técnica del exterior.

El salto desde la recolección de cereales silvestres hasta su siembra y cosecha parece ligeramente mayor que el que va de obligar a los animales a dirigirse hacia un lugar determinado para cazarlos a criarlos. La domesticación de animales fue casi tan trascendental como la aclimatación de plantas. Las primeras huellas de la cría de ovejas se encuentran en Irak, hacia el año 9000 a.C. Los antepasados de la vaca y del cerdo recorrieron en libertad esas zonas accidentadas y herbáceas durante miles de años, con la salvedad de los contactos ocasionales con sus cazadores. Es cierto que el cerdo podía encontrarse en todo el Viejo Mundo, pero la oveja y la cabra eran especialmente abundantes en Asia Menor y en una región que recorría gran parte de Asia. De su explotación sistemática se derivaría el control de su reproducción y otras innovaciones económicas y tecnológicas. El uso de las pieles y la lana abrió nuevas posibilidades; el ordeño de la leche inauguró la elaboración de productos lácteos. La utilización de animales como medio de transporte y como fuerza de tiro llegaría después, así como la cría de aves de corral.

La historia de la humanidad ha rebasado ya con mucho el punto en que las repercusiones de tales cambios pueden captarse fácilmente. De pronto, con la llegada de la agricultura, se vislumbra el tejido material en el que habría de basarse toda la historia humana posterior, aunque sin aparecer todavía. Dio comienzo a la mayor transformación del entorno por el ser humano. En las sociedades de cazadores-recolectores, se necesitan miles de hectáreas para alimentar a una familia, mientras que en la sociedad agrícola primitiva es suficiente con unas diez hectáreas. En términos de crecimiento demográfico, se hizo posible una enorme aceleración. Un excedente alimentario asegurado o prácticamente asegurado significó también unos asentamientos más sólidos. Poblaciones más numerosas pudieron vivir en superficies más pequeñas y pudieron aparecer verdaderas aldeas. Los especialistas que no intervenían en la producción de alimentos pudieron ser tolerados y alimentados con mayor facilidad mientras ponían en práctica sus propias destrezas. Antes del año 9000 a.C. había una aldea (y quizá un santuario) en Jericó. Mil años después, el asentamiento había crecido hasta abarcar de tres a cuatro hectáreas con viviendas de adobe de sólidos muros.

Ha de transcurrir mucho tiempo para que podamos distinguir gran parte de la organización social y del comportamiento de las comunidades. En esta época, de modo muy parecido a cualquier otra, las divisiones locales fueron decisivas. Físicamente, la humanidad era más uniforme que nunca, pero culturalmente se diversificaba a medida que hacía frente a diferentes problemas y se apropiaba de diferentes recursos. La adaptabilidad de las diferentes ramas del Homo sapiens a las condiciones que dejaban tras el final del último período glacial es muy llamativa, y produjo una mayor variedad de experiencias que las de épocas pasadas. Las comunidades humanas vivían en su mayor parte en tradiciones aisladas y asentadas, en las que la importancia de la rutina era abrumadora. Esto debió de dar una nueva estabilidad a las divisiones de cultura y raza que habían aparecido con tanta lentitud durante el Paleolítico. Debería transcurrir mucho menos tiempo en el futuro histórico que se avecinaba para que estas peculiaridades locales se desmoronasen bajo el impacto del crecimiento demográfico, de la mayor celeridad de las comunicaciones y de la llegada del comercio: un máximo de solo 10.000 años. Dentro de las nuevas comunidades agrícolas, es probable que las distinciones de papeles sociales se multiplicasen y que hubieran de aceptarse nuevas disciplinas colectivas. Para algunos individuos debía de haber más tiempo libre (aunque para otros plenamente involucrados en la producción de alimentos, es muy posible que el tiempo libre disminuyera). Es indudable que las distinciones sociales se acentuaron. Este hecho podría estar relacionado con la aparición de nuevas posibilidades a medida que el aumento de los excedentes disponibles permitía el trueque, lo cual condujo finalmente al comercio.

Los excedentes también podrían haber fomentado el deporte más antiguo del ser humano después de la caza: la guerra. Las nuevas recompensas debieron de hacer más tentadoras las incursiones y la conquista. También es posible que tenga aquí sus orígenes un conflicto con un gran futuro, el que enfrentaba a nómadas y sedentarios. El poder político pudo tener su origen en la necesidad de organizar la protección de los cultivos y el ganado de los predadores humanos. Podemos especular incluso con que cabe buscar las tenues raíces de la idea de aristocracia en los éxitos (que debían de ser frecuentes) de los cazadores-recolectores, representantes de un orden social más antiguo, en la explotación de la vulnerabilidad de los sedentarios, atados a sus zonas de cultivo, mediante su esclavización. La caza sería durante mucho tiempo el deporte de los reyes y el dominio del mundo animal, un atributo de los primeros héroes, de cuyas hazañas tenemos constancia en la escultura y las leyendas. No obstante, aunque el mundo prehistórico real debía de ser caótico y brutal, merece la pena recordar que había un factor compensador: el mundo no estaba todavía muy lleno. La sustitución de los cazadores-recolectores por los agricultores no debió de ser un proceso violento. La abundancia de espacio y lo exiguo de las poblaciones de Europa en vísperas de la introducción de la agricultura podrían explicar la ausencia de pruebas arqueológicas de lucha. El aumento de la probabilidad de competencia debido al crecimiento de las poblaciones y de la presión sobre los nuevos recursos agrícolas fue lento.

A la larga, la metalurgia cambió las cosas tanto como lo había hecho la agricultura, pero lo hizo mucho más a largo plazo. De inmediato, significó una diferencia menos rápida y fundamental. Esto se debió probablemente a que los primeros yacimientos de minerales que se descubrieron eran escasos y estaban dispersos. El primer metal de cuyo uso tenemos constancia es el cobre, hecho que debilita un tanto el atractivo del viejo término «Edad del Bronce» para designar el comienzo de la cultura del uso de metales. Entre los años 7000 y 6000 a.C. se batía para darle forma sin calentarlo en Çatal Hüyük (Anatolia), aunque los primeros objetos de metal conocidos datan del 4000 a.C. y son fíbulas de cobre de aleación encontradas en Egipto. Una vez descubierta la técnica para mezclar cobre con estaño (que se utilizaba en Mesopotamia poco después del 3000 a.C.) con vistas a producir bronce, se dispuso de un metal que era relativamente fácil de moldear y que conservaba mucho mejor el filo. Podía servir de base para infinidad de cosas, y en él tuvo su origen la novísima importancia de las zonas con yacimientos de minerales. A su vez, esto dio un nuevo giro al comercio, a los mercados y a las rutas. Obviamente, siguieron nuevas complicaciones a la llegada del hierro, que apareció cuando ya algunas culturas se habían transformado indudablemente en civilizaciones. Su evidente valor militar salta a la vista, pero tuvo idéntica importancia cuando se transformó en herramientas agrícolas. Esto es mirar muy adelante en el futuro, pero hizo posible una enorme ampliación del espacio para vivir y del suelo para producir alimentos; por muy eficaz que fuera en la quema de los bosques y matorrales, el ser humano del Neolítico solo podía arañar en los suelos pesados con un pico de asta o de madera. Removerlos y cavarlos en profundidad solo comenzó a ser posible cuando la invención del arado (en Oriente Próximo hacia el año 3000 a.C.) indujo a aprovechar la potencia muscular de los animales para ayudar al ser humano y cuando el uso de utensilios de hierro se generalizó.

Ya está claro con qué rapidez —el término es legítimo en el marco de la prehistoria anterior, aunque requiriese miles de años en algunos lugares— la interpenetración y la interacción comenzaron a influir en el ritmo y la dirección del cambio. En cualquier caso, mucho antes de que estos procesos hubieran agotado sus efectos en algunas zonas, aparecieron las primeras civilizaciones. Los prehistoriadores solían polemizar en torno a si las innovaciones se difundieron desde una fuente única o aparecieron de modo espontáneo e independiente en diferentes lugares, pero la complejidad del contexto ha hecho que esto parezca una pérdida de tiempo y energía. Ambas concepciones parecen insostenibles si se presentan sin matizaciones. Decir que en un lugar, y solo en un lugar, existían todas las condiciones necesarias para la aparición de los nuevos fenómenos, y que después estos se difundieron sin más a otros lugares, es tan inverosímil como decir que, en circunstancias ampliamente diversas en cuanto a geografía, clima y herencia cultural, podían producirse exactamente los mismos inventos, por así decirlo, una y otra vez. En Oriente Próximo podemos observar una concentración de factores que hicieron que esta región fuera, en un momento decisivo, el centro infinitamente más evidente, activo e importante de los nuevos avances. Esto no significa que avances semejantes no pudieran haber ocurrido en otros lugares; la cerámica, por lo visto, fue producida por vez primera en Japón hacia el año 10000 a.C., y la agricultura surgió en América quizá en el 5000 a.C., totalmente aislada del Viejo Mundo.

El prólogo de la historia humana llega a su fin de manera desigual y desordenada; una vez más, no hay una línea divisoria nítida. Al término de la prehistoria y en vísperas de las primeras civilizaciones, podemos distinguir un mundo de sociedades humanas más diferenciadas que en ninguna otra época anterior y con más éxito que nunca en el dominio de diferentes entornos y en la supervivencia. Algunas continuarán existiendo hasta los tiempos históricos. Solo en los últimos cien años han desaparecido los ainus del norte de Japón, llevándose con ellos una vida que, según se dice, era muy parecida a la que vivían 15.000 años atrás. Los franceses y los ingleses que llegaron a América del Norte en el siglo XVI encontraron allí cazadores-recolectores que debían de vivir de modo muy parecido a como lo hacían sus antepasados 10.000 años antes. Platón y Aristóteles vivieron y murieron antes de que la prehistoria en América diese lugar a la aparición de la gran civilización maya del Yucatán, y para los esquimales y los aborígenes australianos la prehistoria se prolongó hasta el siglo XIX.

Con todo esto queremos decir que ninguna división aproximada de la cronología ayudará a desentrañar un modelo tan enmarañado de pueblos y culturas. Sin embargo, su característica más importante está suficientemente clara: hacia 6000 o 5000 a.C. existían, al menos en una zona del Viejo Mundo, todos los elementos constitutivos esenciales de la vida civilizada. Sus raíces más profundas se hallaban cientos de miles de años más atrás, en épocas dominadas por el ritmo lento de la evolución genética. Durante los tiempos del Paleolítico Superior, el ritmo del cambio se había multiplicado por un factor inmenso a medida que la cultura iba adquiriendo lentamente importancia, pero esto no fue nada en comparación con lo que vendría. La civilización trajo consigo intentos conscientes, de una magnitud ciertamente nueva, de controlar y organizar a los hombres y su entorno. Incorporó una base de recursos mentales y tecnológicos acumulados, y la respuesta de sus propias transformaciones aceleró aún más el proceso de cambio. Por delante queda un desarrollo más rápido en todos los campos, en el control técnico del medio, en la elaboración de pautas mentales, en el cambio de la organización social, en la acumulación de riqueza y en el crecimiento de la población.

Es importante situar correctamente nuestra perspectiva en este asunto. Desde algunos puntos de vista modernos, los siglos de la Edad Media europea parecen un largo sueño, aunque, obviamente, ningún medievalista lo admitiría. Pero el lector moderno a quien le impresionan la rapidez del cambio que le circunda y la relativa inmovilidad de la sociedad medieval debería reflexionar sobre el hecho de que el arte que se desarrolla desde el prerrománico del Aquisgrán de Carlomagno hasta el flamígero de la Francia del siglo XV cambió radicalmente en cinco o seis siglos; en un período de una duración diez veces superior, el primer arte conocido, el de la Europa del Paleolítico Superior, muestra, en comparación, un cambio estilístico insignificante. Más atrás, el ritmo es más lento aún, tal como indica la prolongada persistencia de tipos de útiles primitivos. Otros cambios fundamentales son más difíciles de comprender si cabe. De acuerdo con lo que sabemos, los últimos 12.000 años no registran nada nuevo en la fisiología humana comparable a las colosales transformaciones del Pleistoceno antiguo que han quedado registradas para nosotros en un puñado de restos de algunos de los experimentos de la naturaleza, pero estos necesitaron cientos de miles de años.

El contraste en el ritmo del cambio es el que existe entre la naturaleza y el ser humano como indicadores del cambio. El ser humano decide cada vez más por sí mismo, y, por tanto, incluso en la prehistoria la historia del cambio es cada vez más el relato de una adaptación consciente. Y así continuará el relato hasta los tiempos históricos, de modo más intenso si cabe. Por eso la parte más importante de la historia de la humanidad es la historia de la conciencia; cuando, hace mucho tiempo, rompió la lenta marcha genética, hizo posible todo lo demás. La naturaleza y la cultura están presentes desde el momento en que el ser humano es identificable por vez primera, y quizá nunca puedan ser desenmarañadas, pero la cultura y la tradición creadas por el hombre son cada vez más los determinantes del cambio.

Dos reflexiones deberían hacerse, no obstante, para equilibrar el hecho indiscutible de que el ser humano ejerce algún control sobre su destino. La primera es que el hombre no ha mostrado casi con certeza ninguna mejora en capacidades innatas desde el Paleolítico Superior. Su físico no ha cambiado fundamentalmente en unos 40.000 años, y sería una sorpresa que su capacidad mental sí lo hubiera hecho. Un lapso de tiempo breve podría ser apenas suficiente para cambios genéticos comparables a los de épocas anteriores. La rapidez con que la humanidad ha avanzado tanto desde los tiempos prehistóricos puede explicarse de manera bastante sencilla: cada vez son más numerosos los seres humanos que contribuyen con su talento al patrimonio común, lo que es más importante, los logros humanos son esencialmente acumulativos. Se basan en una herencia que también se acumula, podría decirse, según la regla del interés compuesto. Las sociedades primitivas tenían en el banco una ventaja heredada mucho menor. Esto hace que la magnitud de sus mayores pasos adelante sea tanto más asombroso.

Si esta reflexión es especulativa, la segunda no tiene por qué serlo: nuestra herencia genética no solo nos permite hacer el cambio consciente, realizar un tipo de evolución sin precedentes, sino que también nos controla y limita. Las irracionalidades del último siglo muestran lo exiguo de los límites de nuestra capacidad para el control consciente de nuestro destino. En tal medida, seguimos estando determinados, privados de libertad, formando parte de una naturaleza que produjo nuestras excepcionales cualidades ante todo a través de la selección evolutiva. Tampoco es fácil separar esta parte de nuestra herencia de la configuración emocional que hemos recibido de los procesos a través de los cuales ha evolucionado. Esa configuración se encuentra todavía en lo más profundo del corazón de toda nuestra vida estética y afectiva. El ser humano debe vivir con un dualismo innato. Hacerle frente ha sido el objetivo de la mayoría de las grandes filosofías y religiones y las mitologías de las que vivimos todavía, pero también son moldeadas por él. Cuando nos disponemos a pasar de la prehistoria a la historia, es importante no olvidar que su efecto determinante resulta todavía mucho más resistente al control que las fuerzas prehistóricas ciegas de la geografía y el clima que fueron superadas con tanta rapidez. No obstante, el ser humano al borde de la historia es ya el ser que conocemos: el hombre hacedor del cambio.

Libro Segundo. Las primeras civilizaciones

LIBRO SEGUNDO

Las primeras civilizaciones

Hace 10.000 años, la forma física del mundo era muy similar a la que tiene hoy. Los perfiles de los continentes eran, a grandes rasgos, los que conocemos, y las principales barreras y canales de comunicación naturales han sido constantes desde entonces. En comparación con la agitación de los cientos de milenios que precedieron al final del último período glacial, el clima ha sido también, desde esta época, estable; a partir de ahora, el historiador solo ha de tener en cuenta sus fluctuaciones a corto plazo. Ante el mundo se extendía una era (en la que aún vivimos) en que la mayor parte de los cambios iban a deberse al hombre.

La civilización es uno de los grandes factores que aceleran estos cambios. Según un historiador, esta comenzó al menos siete veces, con lo que quiso decir que cabe distinguir al menos siete ocasiones en las que una mezcla determinada de destrezas humanas y hechos naturales se unieron, haciendo posible un nuevo orden de vida basado en la explotación de la naturaleza. Aunque todos estos comienzos ocurrieron en un lapso de 3.000 años aproximadamente —apenas un momento, en comparación con la inmensa escala de la prehistoria—, no fueron simultáneos ni tuvieron idéntico éxito. Muy diferentes entre sí, algunos de ellos siguieron adelante hasta obtener logros duraderos, mientras que otros declinaron o desaparecieron, incluso después de florecimientos espectaculares. Pero todos ellos supusieron un aumento asombroso de la proporción y la escala de los cambios en comparación con cualquiera de los avances obtenidos en épocas anteriores.

Algunas de estas primeras civilizaciones siguen constituyendo auténticos cimientos de nuestro propio mundo. Otras, por el contrario, ejercen actualmente poca o ninguna influencia, salvo quizá en nuestras imaginaciones y emociones cuando contemplamos sus reliquias, que son lo único que nos queda de ellas. Sin embargo, todas juntas determinaron gran parte del mapa cultural del mundo hasta nuestros días gracias al poder de las tradiciones que se derivaron de ellas, aun cuando sus logros en cuanto a ideas, organización social o tecnología hayan caído hace tiempo en el olvido. La fundación de las primeras civilizaciones tuvo lugar aproximadamente entre el 3500 y el 500 a.C., y sirve para establecer la primera de las principales divisiones cronológicas de la historia universal.

1. Los inicios de la vida civilizada

1

Los inicios de la vida civilizada

Desde tiempo inmemorial existe en Jericó un manantial que alimenta lo que sigue siendo un importante oasis. Sin duda esto explica por qué allí ha vivido el ser humano casi continuamente durante cerca de 10.000 años. Los agricultores se agruparon en sus proximidades al final de la prehistoria; su población debía de ascender por aquel entonces a dos o tres mil personas. Antes del 6000 a.C., tenía grandes depósitos de agua, posiblemente para la irrigación, y una enorme torre de piedra que formaba parte de un complicado sistema de defensa que se mantuvo mucho tiempo en buen estado. Es evidente que sus habitantes pensaban que tenían algo que valía la pena defender: tenían propiedades.

Sin embargo, aunque Jericó era un lugar importante, no era el comienzo de una civilización; faltaban aún demasiados elementos. Merece la pena que nos detengamos un momento a considerar, al principio de la era de la civilización, qué es lo que buscamos. De modo similar al problema que nos encontramos al tratar de precisar en el tiempo la aparición de los primeros seres humanos, existe una zona oscura en la que sabemos que se produce el cambio, pero todavía se puede discrepar sobre el punto exacto en el que se cruzó la línea divisoria. En todo Oriente Próximo, en torno al 5000 a.C., las poblaciones agrícolas tenían los excedentes agrarios sobre los que podía levantarse eventualmente la civilización. Algunas de ellas han dejado testimonios de una práctica religiosa compleja y de una elaborada cerámica pintada, una de las formas de arte más extendidas en la era neolítica. En algún momento en torno al 6000 a.C., se construían edificaciones de ladrillo en Turquía, en Çatal Hüyük, un emplazamiento casi tan antiguo como Jericó. Pero, normalmente, entendemos por civilización algo más que rituales, arte o la presencia de cierta tecnología, y sin duda algo más que la mera aglomeración de seres humanos en el mismo lugar.

Definir la civilización es algo parecido a cuando se habla de «un hombre culto»; todo el mundo puede reconocerlo cuando lo ve, pero no todos los observadores reconocen a todos los hombres cultos como tales, ni hay un requisito formal (un título universitario, por ejemplo) que sea un indicador necesario o infalible. Las definiciones del diccionario tampoco sirven de ayuda para precisar qué es la «civilización». La del Oxford English Dictionary es indiscutible, pero tan cauta como inútil: «Un estado desarrollado o avanzado de la sociedad humana». Lo que nos deja sin saber aún hasta qué punto desarrollado o avanzado y en qué aspectos.

Hay quien dice que una sociedad civilizada es diferente de otra no civilizada porque tiene ciertos atributos, entre los que se han sugerido la escritura, las ciudades y las edificaciones monumentales. Pero es difícil llegar a un acuerdo, y parece más seguro no basarse en ninguna prueba de este tipo. Si, en cambio, examinamos ejemplos de lo que todo el mundo coincide en llamar civilizaciones, y no casos marginales y dudosos, entonces es evidente que lo que tienen en común es la complejidad. Todas han llegado a un nivel de elaboración que permite una variedad mucho mayor de actividad y de experiencia humanas que incluso una comunidad primitiva acomodada. «Civilización» es el nombre que damos a una interacción muy creativa entre seres humanos cuando se ha llegado a una masa crítica de potencial cultural y a cierto excedente de recursos. En la civilización, esto libera las capacidades humanas necesarias para un nivel verdaderamente nuevo de desarrollo, y en gran medida dicho desarrollo es autosostenible.

En algún momento del cuarto milenio a.C. se sitúa el punto de partida de la historia de las civilizaciones, y será útil establecer una cronología global aproximada para empezar. Comenzamos con la primera civilización reconocible en Mesopotamia. El siguiente ejemplo está en Egipto, donde se puede observar la existencia de civilización en una fecha algo posterior, quizá alrededor del 3100 a.C. Otro caso en Oriente Próximo es la civilización minoica de Creta, que aparece hacia el 2000 a.C., y a partir de esa época podemos olvidarnos de prioridades en esa parte del mundo, que ya se ha convertido en un entramado de civilizaciones que interactúan entre sí. Mientras tanto, hacia esa misma época, quizá en torno al 2500 a.C., ha aparecido otra civilización en la India que tiene, al menos en cierta medida, escritura. La primera civilización de China comienza más tarde, hacia la mitad del segundo milenio a.C. Más tarde aún llegan las civilizaciones mesoamericanas. Una vez sobrepasado aproximadamente el año 1500 a.C., sin embargo, solo este último ejemplo está lo suficientemente aislado como para que la interacción no constituya una parte importante de la explicación de lo que ocurre. A partir de entonces, no hay civilizaciones cuya aparición pueda explicarse sin el estímulo, el choque o el legado que les proporcionan las que la precedieron. Así pues, de momento este esquema preliminar es lo bastante completo para nuestros fines.

Es muy difícil hacer generalizaciones acerca de estas primeras civilizaciones (de cuya aparición y conformación nos ocuparemos en los siguientes capítulos). Desde luego, todas muestran un nivel bajo de logros tecnológicos, aun cuando sea asombrosamente alto en comparación con el de sus antecesores no civilizados. A este respecto, su forma y desarrollo estaban aún mucho más determinados por su entorno que los de nuestra civilización. Pero habían empezado a romper tímidamente las limitaciones de la geografía. La topografía del mundo ya era en gran parte como la actual; los continentes habían adquirido la forma que tienen ahora y las barreras y los canales de comunicación que proporcionaban iban a ser constantes, pero había una capacidad tecnológica creciente para explotarlos y trascenderlos. Los vientos y las corrientes marinas que orientaron las primeras navegaciones, ya en el segundo milenio a.C., el ser humano estaba aprendiendo a utilizarlos y a escapar de su fuerza determinante.

Esto sugiere, correctamente, que muy pronto las posibilidades del intercambio humano fueron sumamente considerables, lo que hace muy poco aconsejable dogmatizar sobre la aparición de la civilización en una forma normalizada en lugares diferentes. Se ha hablado de entornos favorables, los valles fluviales por ejemplo; obviamente, sus tierras ricas y fácilmente cultivables podían sostener poblaciones muy densas de agricultores en poblados que después crecerían para formar las primeras ciudades. Esto fue decisivo en Mesopotamia, Egipto, el valle del Indo y China. Pero también han surgido ciudades y civilizaciones lejos de los valles fluviales, en Mesoamérica, en la Creta minoica y, más tarde, en Grecia. Respecto a las dos últimas, existen muchas probabilidades de que hubiera una importante influencia del exterior, pero Egipto y el valle del Indo también estuvieron en contacto con Mesopotamia en los inicios de su evolución. La prueba de este contacto indujo a que, hace unos años, se planteara la idea de que deberíamos buscar una única fuente central de civilización de la que procedían todas las demás, concepto que ya no es muy popular, pues nos lleva a enfrentarnos no solo al incómodo caso del surgimiento de la civilización en un continente aislado como el americano, sino también a la enorme dificultad de elaborar el calendario de esa supuesta difusión precisamente cuando se está conociendo cada vez mejor la cronología más antigua gracias a la datación por radiocarbono.

La respuesta más satisfactoria parece ser que, probablemente, la civilización es siempre resultado de la conjunción de varios factores que predisponen a un área particular para levantar algo lo bastante denso como para ser reconocido posteriormente como civilización, pero que los diferentes entornos, las diferentes influencias del exterior y los diferentes legados culturales del pasado significan que los humanos no se movieron en todas las partes del mundo a la misma velocidad, ni siquiera hacia las mismas metas. La idea de un patrón constante de «evolución» social fue puesta en duda antes incluso que la idea de la «difusión» a partir de una fuente civilizadora común. Sin duda, era esencial un marco geográfico favorable; en las primeras civilizaciones, todo dependía de la existencia de un excedente agrícola. Pero hubo otro factor igual de importante: la capacidad de los habitantes del lugar para sacar partido de un entorno o enfrentarse a un reto, y aquí los contactos externos podrían ser tan importantes como la tradición. China parece a primera vista casi aislada del exterior, pero incluso allí existieron posibilidades de contacto. La forma en que las diferentes sociedades generan la masa crítica de elementos necesarios para crear una civilización sigue siendo, por tanto, muy difícil de precisar.

Es más fácil decir algo generalmente cierto sobre las características de las primeras civilizaciones que sobre la forma en que surgieron. Aquí tampoco hay afirmaciones absolutas y universales verosímiles. Han existido civilizaciones sin escritura, siendo como es indudable la utilidad de esta para conservar y utilizar la experiencia. También ha habido capacidades más mecánicas repartidas de forma desigual: los mesoamericanos realizaron importantes proyectos de construcción sin tener animales de tiro ni conocer la rueda, y los chinos lograron fundir el hierro casi 1.500 años antes que los europeos. Tampoco todas las civilizaciones siguieron los mismos modelos de crecimiento; es enorme la disparidad de su capacidad de resistencia, no digamos ya de su éxito.

Las primeras civilizaciones, como las posteriores, parecen tener como característica positiva común el hecho de que modifican la escala humana de las cosas. Aúnan el esfuerzo cooperativo de más hombres y mujeres que las sociedades anteriores y, por lo general, lo hacen reuniéndolos físicamente en aglomeraciones también mayores. La palabra «civilización» sugiere, a juzgar por su raíz latina, una conexión con la urbanización. Cierto es que sería muy audaz el historiador que estuviera dispuesto a trazar una línea precisa en el momento en que se produjo el paso de un modelo denso de poblados agrícolas agrupados en torno a un centro religioso o un mercado a la primera ciudad auténtica. Pero es perfectamente razonable decir que, más que cualquier otra institución, la ciudad ha proporcionado la masa crítica que da lugar a la civilización y ha fomentado la innovación mejor que cualquier otro entorno anterior. Dentro de la ciudad, los excedentes de riqueza producidos por la agricultura hicieron posibles otras cosas que caracterizan a la vida civilizada. Sirvieron para el mantenimiento de una clase sacerdotal que elaboró una compleja estructura religiosa, que condujo a la construcción de grandes edificios con funciones distintas a las meramente económicas y, finalmente, a la literatura. Así, se asignaron recursos mucho mayores que en épocas anteriores a algo distinto del consumo inmediato, y ello llevó a nuevas iniciativas y experiencias. La cultura así acumulada se convirtió gradualmente en un instrumento cada vez más efectivo para cambiar el mundo.

Hay un cambio que resulta evidente enseguida: en distintas partes del mundo, los seres humanos empezaron a diferenciarse entre sí cada vez más rápidamente. El hecho más obvio de las primeras civilizaciones es que son asombrosamente diferentes en cuanto a estilo, pero precisamente por ser tan obvio lo solemos pasar por alto. La llegada de la civilización inaugura una era de diferenciación cada vez más rápida de la vestimenta, de la arquitectura, de la tecnología, del comportamiento, de las formas sociales y del pensamiento. Sus raíces están evidentemente en la prehistoria, cuando ya existían seres humanos con estilos de vida diferentes, diferentes modelos de existencia, diferentes mentalidades, así como diferentes características físicas. Con el surgimiento de las primeras civilizaciones, esto se vuelve mucho más obvio, pero ya no es meramente producto del entorno natural, sino de la capacidad creativa de la propia civilización. Solo con la llegada del predominio de la tecnología occidental, en el siglo XX, ha empezado a disminuir esta variedad. Desde las primeras civilizaciones hasta nuestros días, siempre ha habido modelos de sociedad alternativos, incluso cuando apenas se conocían entre sí.

Gran parte de esta variedad es muy difícil de recuperar; en algunos casos, lo único que podemos hacer es ser conscientes de que está ahí. Al principio, son aún pocos los testimonios sobre la vida intelectual, salvo las instituciones que hemos podido recuperar, los símbolos que aparecen en el arte y las ideas que se expresan en la literatura. En ellos están los presupuestos que constituyen las grandes coordenadas en torno a las cuales se construye una visión del mundo, aun cuando las personas que sostienen esa visión no sepan que están ahí (con frecuencia, la historia es el descubrimiento de lo que el hombre no sabía de sí mismo). Muchos de ellos son irrecuperables, e incluso cuando podemos empezar a captar las formas que definieron el mundo de los hombres que vivieron en las civilizaciones antiguas, hay que hacer un constante esfuerzo de imaginación para evitar el peligro de caer en el anacronismo que nos rodea por todas partes. Ni siquiera la escritura revela mucho de la mentalidad de unas criaturas tan parecidas y tan distintas a la vez de nosotros.

Es en Oriente Próximo donde se hacen patentes por primera vez los estimulantes efectos que producen las diferentes culturas unas sobre otras, y sin duda ahí está gran parte de la historia de la aparición de las primeras civilizaciones. Un torbellino de idas y venidas de pueblos a lo largo de 3.000 o 4.000 años enriqueció y alteró la región donde comenzó nuestra historia. El Creciente Fértil iba a ser, durante la mayor parte de la era histórica, un gran crisol de culturas, una zona no solo de asentamiento sino también de tránsito, a través de la cual se vertió un flujo y reflujo de personas e ideas. Al final, todo esto produjo un fértil intercambio de instituciones, lenguas y creencias del que se deriva gran parte del pensamiento y de las costumbres del hombre de nuestros días.

No se puede explicar con exactitud por qué llegó tanta gente al Creciente Fértil, pero la hipótesis más generalizada es que tuvo su raíz en la superpoblación de las tierras de las que procedían los intrusos. La superpoblación es, a primera vista, una idea curiosa de aplicar a un mundo cuya población total, alrededor del 4000 a.C., se calcula que era de solo entre 80 y 90 millones de personas. En los siguientes 4.000 años aumentó en cerca del 50 por ciento hasta llegar a 130 millones, lo que supone un crecimiento anual casi imperceptible en comparación con el que consideramos normal ahora. Asimismo, ello es muestra tanto de la lentitud relativa con la que aumentó nuestra especie su capacidad para explotar el mundo natural como de en qué medida y con qué rapidez las nuevas posibilidades de civilización habían reforzado ya la propensión del hombre a multiplicarse y prosperar en comparación con la época prehistórica.

Este crecimiento era aún pequeño según criterios posteriores, porque siempre se basó en un margen muy frágil de recursos y es esta fragilidad la que justifica que se hable de superpoblación. La sequía o la desecación podían destruir de forma dramática y repentina la capacidad de una zona para alimentarse, y ello miles de años antes de que se pudieran traer con facilidad alimentos de otros lugares. El resultado inmediato debió de ser a menudo el hambre, pero a largo plazo hubo otros más importantes. Las perturbaciones consiguientes fueron los principales motores de la historia antigua; el cambio climático era aún un factor determinante, aunque de una forma mucho más local y específica. Las sequías, las tormentas catastróficas, incluso unas cuantas décadas de temperaturas marginalmente inferiores o superiores, podían obligar a los pueblos a emigrar y contribuir así a la llegada de la civilización al reunir a personas de diferentes tradiciones. En conflicto y cooperación aprendieron unos de otros, y aumentaron así el potencial total de sus sociedades.

Los pueblos que se convirtieron en los actores de la historia antigua en Oriente Próximo pertenecían todos a la familia humana de piel clara (a veces llamada «caucásica»), que es una de las tres principales clasificaciones étnicas tradicionales de la especie Homo sapiens (las otras dos son la negroide y la mongoloide). Las diferencias lingüísticas permiten una mayor distinción. Todos los pueblos del Creciente Fértil en la época de las primeras civilizaciones pueden clasificarse en las razas camitas que evolucionaron en África, al norte y el nordeste del Sahara; en los semitas de la península Arábiga; en los indoeuropeos que, desde el sur de Rusia, se habían propagado también en el 4000 a.C. a Europa e Irán, o en los verdaderos «caucásicos» de Georgia. Estos son los dramatis personae de la historia antigua de Oriente Próximo. Todos sus centros históricos están situados alrededor de la zona donde aparecen la agricultura y la civilización en fecha tan temprana; la riqueza de una zona tan bien colonizada debió de ejercer una gran atracción sobre los pueblos periféricos.

Hacia el 4000 a.C., la mayor parte del Creciente Fértil estaba quizá ocupado por caucásicos. Probablemente, por aquel entonces los pueblos semitas ya habían empezado a penetrar también en la región, y su presión aumentó de tal manera que, a mediados del tercer milenio a.C. (mucho después de la aparición de la civilización), estarán bien instalados en la Mesopotamia central, junto a los tramos intermedios del Tigris y el Éufrates. La interacción y rivalidad de los pueblos semitas con los caucásicos, que lograron mantenerse en las tierras altas que rodeaban Mesopotamia por el nordeste, es una cuestión con la que los investigadores se han encontrado continuamente en la historia más antigua de la región. Hacia el 2000 a.C., los pueblos cuyas lenguas forman parte de lo que se denomina «grupo indoeuropeo» habían entrado también en escena, y en dos direcciones. Los hititas penetraron en Anatolia desde Europa, mientras desde el este avanzaban a su vez los iranios. Entre el 2000 y el 1500 a.C., algunas ramas de ambos grupos lucharon y se mezclaron con los pueblos semitas y caucásicos en el mismo Creciente, mientras que los contactos de los camitas y los semitas subyacen en gran parte de la historia política del antiguo Egipto. Este resumen es, desde luego, muy impresionista, y su valor radica únicamente en que ayuda a indicar el dinamismo y los ritmos básicos de la historia del antiguo Oriente Próximo. Muchos de los detalles siguen siendo muy inciertos (como se verá), y poco puede decirse sobre lo que mantuvo esta fluidez. Sin embargo, sea cual fuera su causa, este movimiento de pueblos fue el fondo sobre el cual apareció y prosperó la primera civilización.

2. La antigua Mesopotamia

2

La antigua Mesopotamia

El lugar acerca del que hay mejores argumentos para considerarlo la cuna de la primera civilización es la parte meridional de Mesopotamia, una tierra de 1.100 kilómetros de longitud formada por los dos valles fluviales del Tigris y el Éufrates. Este extremo del Creciente Fértil estaba en el Neolítico densamente cubierto de poblados agrícolas. Algunos asentamientos se hallan en el extremo sur, donde los depósitos de siglos de drenaje de las tierras altas y las inundaciones anuales habían formado un suelo de gran riqueza. Siempre debió de ser mucho más fácil cultivar la tierra aquí que en otro lugar, dado que el suministro de agua podía ser continuo y sin riesgos, y eso porque, a pesar de que las lluvias eran insignificantes e irregulares, el lecho del río quedaba a menudo por encima del nivel de los llanos circundantes. Se ha calculado que, hacia el 2500 a.C., la producción de grano en el sur de Mesopotamia se podía comparar con la de los mejores campos de trigo canadienses de la actualidad. En fecha temprana existió la posibilidad de cosechar más de lo que se necesitaba para el consumo diario y obtener el excedente indispensable para la aparición de la vida urbana. Además, el vecino mar proporcionaba pesca.

El marco de la Mesopotamia meridional constituía un desafío, además de una oportunidad. El Tigris y el Éufrates podían cambiar sus lechos; de forma repentina y violenta, había que elevar las tierras pantanosas y bajas del delta por encima del nivel de las aguas con obras de encauzamiento y construir canales para el drenaje. Miles de años después, se podían ver aún en uso en Mesopotamia técnicas que probablemente fueron las primeras empleadas para hacer las plataformas de cañas y barro sobre las que se construyeron los primeros caseríos de la zona. Los terrenos de cultivo solían agruparse donde el suelo era más rico. Los canales de drenaje y de riego que necesitaban solo podían gestionarse adecuadamente si se hacían de forma colectiva. Sin duda, la organización social del saneamiento de los pantanos fue otra de las consecuencias. Sea como fuere, el logro aparentemente sin precedentes de convertir en campos de cultivo una zona pantanosa debió de provocar una nueva complejidad en la forma en que convivía la gente.

A medida que aumentaba la población de Mesopotamia, se fueron ocupando más tierras para cultivar alimentos. Antes o después, hombres de diferentes poblaciones se encontrarían cara a cara con el intento de otros hombres de sanear unos pantanos que antes los habían separado. Las diferentes necesidades de riego incluso podrían haberlos puesto en contacto antes de esto. Solo había una alternativa: combatir o cooperar. Cada una de ellas significaba una mayor organización colectiva y una nueva acumulación de poder. En algún punto de este camino, era lógico que la gente se agrupara en unidades mayores que las que había hasta entonces para la autoprotección o la gestión del entorno. Un resultado físico de ello es la ciudad, rodeada al principio de muros de barro para protegerse de las inundaciones y los enemigos, y elevada sobre las aguas en una plataforma. Era lógico que el lugar escogido fuera el santuario de la deidad local que respaldaba la autoridad de la comunidad. Esta autoridad la ejercía un sumo sacerdote que se convirtió en el gobernante de una pequeña teocracia que competía a su vez con otras.

Un proceso similar a este explica la diferencia entre la Mesopotamia meridional en el tercer y cuarto milenios a.C. y las demás zonas de cultura neolítica con las que, para entonces, ya llevaba tiempo en contacto. Hay multitud de testimonios, como la existencia de cerámica y altares característicos, de los vínculos que unían Mesopotamia y las culturas neolíticas de Anatolia, Asiria e Irán. Todas ellas tenían mucho en común, pero solo en una zona relativamente pequeña el modelo de vida de poblado que era común a gran parte de Oriente Próximo comenzó a desarrollarse rápidamente y se convirtió en algo distinto. Es en este contexto donde surgen el primer urbanismo real, el de Sumer, y la primera civilización observable.

Sumer es el nombre antiguo del sur de Mesopotamia, que entonces se extendía alrededor de 160 kilómetros menos al sur que actualmente. Sus habitantes no hablaban lenguas semitas, a diferencia de sus vecinos del sudoeste, y tampoco eran semitas sus vecinos septentrionales, los elamitas, que vivían al otro lado del Tigris. Los especialistas siguen divididos respecto a cuándo llegaron los sumerios —es decir, los que hablaban la lengua posteriormente llamada «sumeria»— a la zona; podrían llevar ahí desde aproximadamente el 4000 a.C. Pero dado que sabemos que la población del Sumer civilizado era una mezcla de razas, que quizá incluyera a los anteriores habitantes de la región, y tenía una cultura que unía elementos foráneos y locales, eso no importa mucho.

La civilización sumeria tenía raíces profundas. La gente compartía desde hacía tiempo una forma de vida no muy diferente de la de sus vecinos. Vivían en poblados y tenían unos cuantos centros de culto importantes que se ocupaban continuamente. Uno de ellos, en un lugar llamado Eridu, probablemente se originó alrededor del 5000 a.C. Creció regularmente hasta bien entrada la época histórica y, a mediados del cuarto milenio, había un templo que algunos creen que sirvió de modelo original para la arquitectura monumental mesopotámica, aunque nada queda de él salvo la plataforma sobre la que se erigió. Estos centros de culto empezaron atendiendo a los que vivían cerca de ellos. No había auténticas ciudades, sino lugares de devoción y peregrinaje. Puede que no tuvieran una población residente considerable, pero eran habitualmente los centros alrededor de los cuales cristalizaron más tarde las ciudades, lo que contribuye a explicar la estrecha relación entre religión y gobierno que hubo siempre en la antigua Mesopotamia. Mucho antes del 3000 a.C., algunos de estos lugares tenían templos realmente grandes; en Uruk (llamada Erech en la Biblia) había uno especialmente magnífico, con una decoración elaborada y unas impresionantes columnas de ladrillos de adobe, de casi dos metros y medio de diámetro.

La cerámica es uno de los testimonios más importantes que unen la Mesopotamia precivilizada a la época histórica, al proporcionar una de las primeras pruebas del avance de algo culturalmente importante y cualitativamente diferente del Neolítico. Las llamadas «cerámicas de Uruk» (el nombre procede del lugar donde fueron halladas) resultan en ocasiones mucho más insulsas y menos impactantes que las anteriores. En realidad, fueron producidas en serie siguiendo un modelo, hechas con torno. Lo que esto implica es, evidentemente, que cuando se realizaron ya existía una población de artesanos especializados, mantenida por una agricultura lo bastante rica como para producir un excedente que podía ser intercambiado por sus creaciones. Es este cambio con el que se puede dar por inaugurada la historia de la civilización sumeria.

La civilización sumeria dura unos mil trescientos años (del 3300 al 2000 a.C.), más o menos el mismo tiempo que nos separa de la época de Carlomagno. Al principio se produjo la invención de la escritura, posiblemente el único invento de importancia comparable a la de la agricultura antes de la era del vapor. La escritura había ido precedida de la invención de los sellos cilíndricos, sobre los que se grababan pequeños dibujos que se imprimían en la arcilla; puede que la cerámica degenerase, pero estos sellos constituyen uno de los grandes logros artísticos mesopotámicos. Las escrituras más antiguas tienen forma de pictogramas o dibujos simplificados (un paso hacia la comunicación no representativa), y aparecen sobre tablillas de arcilla que se cocían después de ser grabadas con una caña. Las más antiguas están en sumerio y son informes, listas de productos y recetas; su utilidad es económica y no pueden leerse como una prosa continua. La escritura de estos primeros cuadernos de notas y libros de contabilidad evolucionó lentamente hacia la cuneiforme, mediante la cual las impresiones se grababan sobre la arcilla con la sección en forma de cuña de una caña cortada. Esta escritura supone la ruptura total con la forma pictográfica. Los signos y los grupos de signos representan en esta etapa elementos fonéticos y posiblemente silábicos, y están compuestos todos ellos de combinaciones de la misma forma cuneiforme básica. Como forma de comunicación por signos, era más flexible que cualquier otra utilizada hasta entonces, y Sumer la adoptó poco después del 3000 a.C.

Se sabe bastante de la lengua sumeria. Algunas de sus palabras han sobrevivido hasta nuestros días; una de ellas es la forma original de la palabra alcohol, lo que es sugerente. Pero su mayor interés está en su aparición en formas escritas. La escritura debió de ser al mismo tiempo algo inquietante y estabilizador. Por una parte, ofrecía enormes y nuevas posibilidades de comunicación; por otra, estabilizaba la práctica porque permitía la consulta de anotaciones. Facilitó en gran medida las operaciones complejas de regar las tierras y recoger y almacenar las cosechas, fundamentales para una sociedad en crecimiento. La escritura contribuyó también a una explotación más eficiente de los recursos. Asimismo, fortaleció enormemente el gobierno y subrayó los lazos de este con las castas sacerdotales que al principio monopolizaron la escritura. Resulta interesante que uno de los primeros usos que se dio a los sellos parece estar relacionado con ello, dado que se utilizaban para certificar de algún modo la cantidad de productos que se entregaban en el templo. Quizá sirvieran al principio para dejar constancia de las operaciones de una economía de redistribución centralizada, en la que la gente llevaba su producción al templo, donde recibían a su vez los alimentos o los materiales que necesitaban.

Además de lo dicho, la invención de la escritura abre otra puerta del pasado al historiador, que no solo puede estudiar las anotaciones administrativas, sino que puede por fin hablar con cierta seguridad de mentalidades, ya que la escritura preserva la literatura. La historia más antigua del mundo es la Epopeya de Gilgamesh. Cierto es que su versión más completa solo se remonta al siglo VII a.C., pero la narración en sí aparece en la época sumeria y se sabe que fue escrita poco después del 2000 a.C.

Gilgamesh fue un personaje real, un gobernante de Uruk, que se convirtió asimismo en el primer héroe de la literatura universal, y aparece también en otros poemas. Es la primera persona cuyo nombre debe aparecer en este libro. Para el lector moderno, la parte más sorprendente de la epopeya es la que refiere la llegada de una gran inundación que borra de la Tierra la especie humana salvo una familia escogida, que sobrevive al construir un arca; de ella nace una nueva raza que poblará el mundo cuando se retiren las aguas. Esto no formaba parte de las versiones más antiguas de la epopeya, sino que era un poema distinto que contaba una historia que aparece bajo numerosas formas en Oriente Próximo, aunque resulta fácil entender su incorporación a la epopeya. La Baja Mesopotamia debió de sufrir siempre muchos problemas con las inundaciones, que fueron sin duda una gran lacra para el frágil sistema de irrigación del que dependía su prosperidad. Las inundaciones tenían, quizá, el carácter de un desastre general, y debieron de contribuir a fomentar el fatalismo pesimista que algunos especialistas consideran la clave de la religión sumeria.

Este sombrío estado de ánimo domina la epopeya. Gilgamesh hace grandes cosas en su incansable búsqueda de afirmación frente a las férreas leyes de los dioses que aseguran el fracaso humano, pero estos triunfan al final y Gilgamesh también ha de morir:

Los héroes, los hombres sabios, crecen y menguan como la luna nueva. Los hombres dirán: «¿Quién ha gobernado nunca con tanta fuerza y poder como él?». Como en el mes de la oscuridad, el mes de las sombras, así sin él no hay luz. ¡Oh, Gilgamesh!, este era el significado de tu sueño. Recibiste el trono, ese fue tu destino; la vida eterna no era tu destino.

Además de este tono y de que constituye la expresión del temperamento religioso de una civilización, la epopeya contiene mucha información sobre los dioses de la antigua Mesopotamia. Pero es difícil llegar a la historia a través de ella, y no digamos ya relacionarla con el Gilgamesh histórico. En concreto, las tentativas de identificar una única inundación catastrófica por medios arqueológicos no han sido convincentes, aunque se dispone de multitud de pruebas de la existencia de inundaciones periódicas. Del agua emerge finalmente la tierra; quizá, entonces, lo que se nos ofrece es un relato de la creación del mundo, del génesis. En la Biblia hebrea, la tierra emerge de las aguas por voluntad de Dios, y este relato satisfizo a los europeos más cultos durante mil años. Es fascinante especular con que podríamos deber gran parte de nuestros antecedentes intelectuales a una reconstrucción mítica por los sumerios de su propia prehistoria, cuando se crearon las tierras de cultivo a partir de las marismas del delta de Mesopotamia. Pero esto es solo especulación; la prudencia aconseja que nos conformemos con señalar sin más los innegables paralelismos que hay entre la epopeya y una de las mejores historias de la Biblia, la del arca de Noé.

La Epopeya de Gilgamesh apunta hacia la posible importancia de la difusión de las ideas sumerias en Oriente Próximo, mucho después de que el foco de la historia de la región se hubiera desplazado hacia la Alta Mesopotamia. Versiones y partes de la epopeya —por ceñirnos, de momento, a ese texto— han aparecido en los archivos y reliquias de muchos pueblos que dominaron parcialmente la región en el segundo milenio a.C. Aunque posteriormente se perdiera de vista hasta su redescubrimiento en la época moderna, Gilgamesh fue durante unos dos mil años un nombre al que podía aludir la literatura en muchas lenguas, de forma similar al modo en que, hasta hace poco, los autores europeos podían dar por sentado que sus lectores entenderían una alusión a la Grecia clásica. La lengua sumeria pervivió durante siglos en templos y escuelas de escribas, de modo muy parecido a como vivió el latín para las personas instruidas en la confusión de las culturas vernáculas en Europa tras la caída del mundo clásico occidental de Roma. La comparación es sugerente, porque la tradición literaria y lingüística representa ideas e imágenes que imponen, permiten y delimitan diferentes formas de ver el mundo; que tienen, por así decir, su propio peso histórico.

Probablemente, las ideas más importantes que mantuvieron viva la lengua sumeria fueron las religiosas. Ciudades como Ur y Uruk fueron semilleros de unas ideas que, tras su transmutación en otras religiones de Oriente Próximo durante el primer y el segundo milenios a.C., iban a influir, cuatro mil años después, en todo el mundo, aunque en formas diferentes y casi irreconocibles. Existe por ejemplo, en la Epopeya de Gilgamesh, una criatura ideal de la naturaleza, el hombre Enkidu; su caída o pérdida de la inocencia tiene carácter sexual, al ser seducido por una ramera, después de lo cual, pese a que el resultado para él es la civilización, pierde su feliz relación con el mundo natural. La literatura permite observar indicios como este en las mitologías de otras sociedades posteriores. En la literatura, la gente empieza a hacer explícitos los significados antes ocultos en oscuras reliquias de ofrendas sacrificiales, en figuras de arcilla y en las plantas de altares y templos. En el antiguo Sumer, estos indicios ya revelan una organización del discurso humano sobre lo sobrenatural mucho más compleja y elaborada que en cualquier otro lugar de la Antigüedad. Los templos, que habían sido el foco de las primeras ciudades, se fueron volviendo cada vez más grandes y espléndidos (en parte gracias a la tradición de construir nuevos templos en montículos que abarcaban a sus predecesores). Se ofrecían sacrificios en ellos para asegurar buenas cosechas. Posteriormente, sus cultos se volvieron más complejos y se construyeron templos de mayor magnificencia aún en lugares tan al norte como Assur, a casi quinientos kilómetros del Tigris, y sabemos de uno construido con cedros traídos de Líbano y cobre de Anatolia.

Ninguna otra sociedad antigua de la época concedía a la religión un lugar tan destacado ni desviaba tanto de sus recursos colectivos para mantenerla. Se ha sugerido que ello se debía a que ninguna otra sociedad antigua permitió que la gente se sintiera tan totalmente dependiente de la voluntad de los dioses. El paisaje de la Baja Mesopotamia de la Antigüedad era llano, monótono, de marismas, pantanos y agua. No había montañas para que los dioses moraran en ellas como los hombres, solo un cielo vacío, el implacable sol del estío, vientos violentos contra los que no había protección, el irresistible poder de la riada y los frustrantes ataques de la sequía. Los dioses moraban en estas fuerzas elementales o en los «lugares altos» que dominaban, solitarios, las llanuras, en las torres de ladrillo y zigurats que recuerdan la bíblica torre de Babel. No sorprende, pues, que los sumerios se consideraran un pueblo creado para trabajar para los dioses.

Hacia el 2250 a.C., había en Sumer un panteón de dioses que representaban más o menos los elementos y fuerzas naturales, y que iba a ser la columna vertebral de la religión mesopotámica. Este es el principio de la teología. Al principio, cada ciudad tenía su dios particular. Posiblemente ayudados por los cambios políticos en las relaciones de las ciudades, al final se organizaron en una especie de jerarquía que reflejaba y afectaba a las ideas de la gente sobre la sociedad humana. Los dioses de Mesopotamia, en el sistema desarrollado, se representan con forma humana. A cada uno de ellos se le adjudicaba una actividad o papel especial; había un dios del aire, otro del agua, otro del arado. Ishtar (como se la conoció más tarde bajo su nombre semítico) era la diosa del amor y de la procreación, pero también de la guerra. En la cúspide de la jerarquía había tres grandes dioses masculinos, cuyos papeles no son fáciles de desentrañar: Anu, Enlil y Enki. Anu era el padre de los dioses. Enlil era, al principio, el más importante; era el «Señor Aire», sin el cual nada podía hacerse. Enki, dios de la sabiduría y del agua dulce que significaba literalmente la vida para Sumer, era un maestro y dador de vida, que mantenía el orden configurado por Enlil.

Estos dioses exigían actos de propiciación y sumisión en un complejo ritual. A cambio de ello y de vivir una vida buena, concederían prosperidad y longevidad, pero nada más. En medio de las incertidumbres de la vida mesopotámica, era esencial el sentimiento de que existía un posible acceso a la protección. El hombre dependía de los dioses para obtener tranquilidad en un universo caprichoso. Los dioses —aunque ningún mesopotámico lo habría expresado así— eran la conceptualización de un intento elemental de controlar el entorno, de resistir a los repentinos desastres de las inundaciones y las tormentas de arena, de asegurar la continuidad del ciclo de las estaciones mediante la repetición de la gran fiesta de la primavera, en la que los dioses se desposaban de nuevo y se volvía a representar el acto de la creación. Después de eso, se aseguraba la existencia del mundo un año más.

Una de las grandes exigencias que posteriormente llegó a plantear el ser humano a la religión era que debía ayudarlo a enfrentarse al inevitable terror a la muerte. Por lo que sabemos, los sumerios y quienes heredaron sus ideas religiosas apenas pudieron obtener consuelo de sus creencias; al parecer, veían el mundo de la vida después de la muerte como un lugar triste y tenebroso. Era «la casa donde se sientan en la oscuridad, donde el polvo es su alimento y la arcilla su carne, se visten como pájaros con alas por vestido, sobre cerrojo y puerta yacen el polvo y el silencio». En estas creencias radica el origen de las ideas posteriores sobre Sheol, el infierno. Al menos un ritual suponía en la práctica el suicidio, ya que varios reyes y reinas sumerios de mediados del tercer milenio fueron acompañados hasta sus tumbas por sus ayudantes, que fueron enterrados con ellos, quizá tras tomar alguna bebida soporífera. Esto podría sugerir que los muertos iban a algún lugar donde llevar un gran séquito y magníficas joyas sería tan importante como en la Tierra.

La religión sumeria tenía importantes aspectos políticos. Toda la tierra pertenecía en última instancia a los dioses; el rey, probablemente un rey-sacerdote que en sus orígenes debió de ser un jefe-guerrero, no era más que su representante. No había ningún tribunal humano, desde luego, ante el que debiera rendir cuentas el rey. Esta condición también supuso el nacimiento de una clase sacerdotal, integrada por especialistas cuya importancia justificaba unos privilegios económicos que podían permitir que cultivaran destrezas y conocimientos especiales. En este aspecto, Sumer fue también la cuna de una tradición, la de los videntes, adivinos y sabios de Oriente, que asimismo tenían a su cargo el primer sistema organizado de educación, basado en la memorización y copia de la estructura cuneiforme.

Una de las consecuencias de la religión sumeria fue la primera representación real del ser humano en el arte. Hubo un centro religioso en particular, Mari, donde parece que existió una especie de afición a representar figuras humanas que realizaban actos rituales. A veces están agrupadas en procesiones; se crea así uno de los grandes temas del arte pictórico. Otros dos temas destacan también: la guerra y el mundo animal. Algunos han detectado un significado profundo en las primeras representaciones de los sumerios, viendo en ellas las cualidades psicológicas que hicieron posibles los asombrosos logros de su civilización, un impulso profundo hacia la preeminencia y el éxito. Esto es también especulación. Lo que podemos ver, asimismo por primera vez, en el arte sumerio es gran parte de una vida cotidiana que en las épocas más antiguas permaneció oculta para nosotros. Dados los amplios contactos que tenía Sumer y la semejanza básica de su estructura con la de otros pueblos vecinos, no exageramos si decimos que a través del arte sumerio podemos empezar a vislumbrar parte de la vida casi tal y como se vivió en una extensa zona del antiguo Oriente Próximo.

Sellos, estatuas y pinturas muestran un pueblo en muchas ocasiones vestido con una especie de falda de pieles —¿de cabra o de oveja?—, un pliegue de la cual llevaban a veces las mujeres sobre el hombro. Los hombres van a menudo, aunque no siempre, totalmente afeitados. Los soldados visten la misma ropa y solo se les distingue porque llevan armas y a veces un gorro puntiagudo de cuero. Parece que el lujo consistía en disponer de tiempo para el ocio y en tener otras posesiones además de la ropa, sobre todo joyas, de las que han sobrevivido gran cantidad. Su finalidad parece ser con frecuencia indicar la posición social, y su presencia es síntoma de una sociedad de complejidad creciente. También se ha conservado una pintura que representa una fiesta en la que un grupo de hombres están sentados en unos sillones con copas en las manos, mientras escuchan a un músico. En esos momentos Sumer parece menos lejano.

El matrimonio sumerio tenía muchos elementos que serían familiares para las sociedades posteriores. Lo esencial era el consentimiento de la familia de la novia. Una vez fijados los términos a satisfacción de esta, el matrimonio creaba una nueva unidad familiar monógama que quedaba inscrita en un contrato sellado. El cabeza de familia era el marido patriarcal, que gobernaba tanto sobre su familia como sobre sus esclavos, siguiendo un modelo observable hasta hace muy poco en la mayor parte del mundo. Aunque hay matices interesantes. Los testimonios jurídicos y literarios sugieren que, incluso en las épocas más antiguas, las mujeres sumerias estaban menos oprimidas que las de muchas sociedades posteriores de Oriente Próximo. Las tradiciones semíticas y no semíticas pueden discrepar al respecto. Las historias sumerias sobre sus dioses sugieren una sociedad que era muy consciente del peligroso y siempre impresionante poder de la sexualidad femenina; los sumerios fueron el primer pueblo que escribió sobre la pasión.

No siempre es fácil relacionar estas cosas con las instituciones, pero las leyes sumerias dieron importantes derechos a las mujeres. Una mujer no era un mero bien mueble; incluso la esclava que fuera madre de los hijos de un hombre libre tenía derechos que la ley protegía. Las disposiciones sobre el divorcio daban a las mujeres, además de a los hombres, la posibilidad de separarse, y establecían que las esposas divorciadas recibieran un trato equitativo. Aunque el adulterio de una esposa estaba castigado con la muerte, mientras que el del marido no, esta diferencia ha de entenderse a la luz de la preocupación por la herencia y la propiedad. Hasta mucho después de la época sumeria no empezaron las leyes mesopotámicas a subrayar la importancia de la virginidad y a imponer el velo a las mujeres respetables, signos ambos de endurecimiento y de la asignación de un papel más restrictivo a la mujer.

Los sumerios mostraron también una gran capacidad inventiva para la técnica, y otros pueblos les deberían muchas innovaciones. Fueron ellos quienes pusieron los cimientos de las matemáticas, estableciendo la técnica de expresar el número mediante la posición además de mediante el signo (del mismo modo que nosotros, por ejemplo, podemos asignar a la cifra 1 el valor de una unidad, de una décima), y hallaron un método de dividir el círculo en seis segmentos iguales. Conocían también el sistema decimal, aunque no lo explotaron.

Al final de su historia como civilización independiente, los sumerios habían aprendido a vivir en grandes grupos; se dice que una sola ciudad tenía treinta y seis mil varones. Esto planteaba grandes exigencias a la capacidad de construcción, aunque eran mayores aún las que planteaban las grandes estructuras monumentales. A falta de piedra, los mesopotámicos meridionales habían construido primero con cañas cubiertas de barro, y luego con ladrillos de barro secados al sol. Al final del período sumerio, su tecnología del ladrillo era lo suficientemente avanzada como para posibilitar la construcción de edificios muy grandes con columnas y terrazas; el mayor de sus monumentos, el zigurat de Ur, tenía una plataforma superior de treinta metros de altura y una base de sesenta metros por cuarenta y cinco. El torno de alfarero más antiguo se halló en Ur; esta fue la primera forma en que el ser humano hizo uso del movimiento de rotación y en este instrumento se basó la producción a gran escala de la cerámica, lo que la convirtió en una ocupación masculina y no femenina, como lo fue la alfarería. Pronto, hacia el 3000 a.C., se utilizó la rueda para el transporte. Otro invento de los sumerios fue el vidrio, y había artesanos especializados que fundían el bronce a principios del tercer milenio a.C.

La innovación sumeria plantea nuevos interrogantes: ¿de dónde procedía la materia prima? No hay metales en la Mesopotamia meridional. Además, incluso en épocas anteriores, durante el Neolítico, la región tuvo que obtener de otro lugar el sílex y la obsidiana necesarios para construir los primeros aperos agrícolas. No cabe duda de que existió una gran red de contactos exteriores, sobre todo con el Mediterráneo oriental y con Siria, situados a gran distancia, pero también con Irán y Bahrein, en el golfo Pérsico. Antes del 2000 a.C., Mesopotamia obtenía productos —aunque posiblemente de forma indirecta— del valle del Indo. Junto con los testimonios que proporcionan los documentos (que revelan contactos con la India antes del 2000 a.C.), se obtiene la impresión de que había un sistema de comercio internacional vagamente emergente que iba creando importantes modelos de interdependencia. Cuando, a mediados del tercer milenio, se agotó el abastecimiento de estaño de Oriente Próximo, las armas de bronce mesopotámicas tuvieron que dar paso a las de cobre puro.

Toda la economía se sostenía con una agricultura que fue, desde fecha muy temprana, tan compleja como rica. Se cosechaban en abundancia cebada, trigo, mijo y sésamo; puede que la cebada fuera el cultivo principal, lo que explicaría sin duda los frecuentes indicios de la presencia de alcohol en la antigua Mesopotamia. En el blando suelo de los lechos de las inundaciones, no hacían falta herramientas de hierro para lograr un cultivo intensivo; las grandes contribuciones de la tecnología fueron la práctica de la irrigación y el crecimiento del gobierno, habilidades que fueron acumulándose con lentitud; el testimonio de la civilización sumeria nos lo han dejado mil quinientos años de historia.

Hasta ahora se ha hablado de esta enorme extensión de tiempo como si no hubiera ocurrido nada en ella, como si fuera un todo inmutable. Desde luego, no fue así. Sean cuales sean las reservas que haya que albergar sobre la lentitud del cambio en el mundo antiguo, y aunque ahora nos pueda parecer muy estático, fueron quince siglos de grandes cambios para los mesopotámicos; historia, en el auténtico sentido de la palabra. Los especialistas han recuperado mucho de esta historia, pero no es este el lugar de exponerla con detalle, especialmente cuando gran parte de ella sigue en discusión, gran parte permanece en tinieblas e incluso su datación es muchas veces solo aproximada. Lo único que nos hace falta aquí es relacionar el primer período de la civilización mesopotámica con sus sucesores y con lo que ocurría simultáneamente en otros lugares.

Cabe distinguir tres grandes fases en la historia de Sumer. La primera, que transcurrió entre el 3360 a.C. y el 2400 a.C., se ha llamado «período arcaico». Su contenido narrativo es una sucesión de guerras entre ciudades-estado, sus ascensiones y caídas. Las ciudades fortificadas y la aplicación de la rueda a la tecnología militar en torpes carros de cuatro ruedas son algunos testimonios de ello. Hacia mediados de esta fase, que duró novecientos años, comenzaron a establecerse con cierto éxito las dinastías locales. Al principio, parece que la sociedad sumeria tuvo alguna base representativa, incluso democrática, pero el aumento de la población condujo al surgimiento de reyes distintos de los primeros sacerdotes gobernantes, que probablemente fueron al principio señores de la guerra nombrados por las ciudades para dirigir sus fuerzas, y que posteriormente, una vez desaparecido el peligro que les empujó al poder, se negaron a renunciar a este. De ellos nacieron una serie de dinastías que combatieron entre sí hasta que la repentina aparición de una gran personalidad inició una nueva fase.

Sargón I fue un rey de la ciudad semítica de Acad que conquistó Mesopotamia en el 2334 a.C. y que inauguró la era de la supremacía acadia. Existe una cabeza esculpida que probablemente le representa; si es él, se trata de uno de los primeros retratos reales que existen. Sargón I fue el primer rey de un largo linaje de creadores de imperios; se cree que envió sus tropas hasta Egipto y Etiopía. Su gobierno no se basaba en la superioridad relativa de una ciudad-estado sobre otra, sino que creó un imperio unificado que integró las ciudades en un solo conjunto. Su pueblo fue uno de los que, durante miles de años, presionaron desde el exterior a las civilizaciones de los valles fluviales. Tomaron lo que quisieron de su cultura, pero se impusieron por la fuerza y legaron un nuevo estilo de arte sumerio caracterizado por el tema de la victoria real.

El imperio acadio no supuso el final de Sumer, sino su segundo período principal. Aunque en sí mismo fue una fase intermedia, tuvo importancia como expresión de un nuevo nivel de organización. En la época de Sargón, ya ha aparecido un auténtico Estado. La división entre la autoridad laica y la religiosa iniciada en el antiguo Sumer fue fundamental. Aunque lo sobrenatural seguía impregnando todos los aspectos de la vida cotidiana, se había consumado la separación de la autoridad laica y de la sacerdotal. Testimonio físico de ello es la aparición de palacios junto a los templos en las ciudades sumerias; la autoridad de los dioses respaldaba también a sus ocupantes.

Aunque sigue sin saberse cómo los notables de las primeras ciudades se convirtieron en reyes, probablemente la evolución del ejército profesional desempeñó un papel importante en ello. En algunos monumentos de Ur se puede ver una infantería disciplinada, que se mueve como una falange con los escudos superpuestos y las lanzas en ristre. En Acad se llega a algo similar al punto culminante del primer militarismo. Se decía que Sargón alimentaba a 5.400 soldados en su palacio. Este, sin duda, fue el final de un proceso que acumuló poder sobre poder, y la conquista proporcionó los recursos para mantener una fuerza de tal envergadura. Pero los principios podrían estar originalmente también en los desafíos y necesidades especiales de Mesopotamia. A medida que crecía la población, uno de los deberes principales del gobernante debió de ser movilizar la mano de obra suficiente para realizar grandes obras de riego y de control de las inundaciones. El poder para hacer estas obras podía también proporcionar soldados, y a medida que las armas se fueron haciendo más complejas y costosas, lo más probable es que el ejército se profesionalizara. Una de las causas del éxito acadio fue que este pueblo utilizaba una nueva arma, el arco compuesto, fabricado con tiras de madera y cuerno.

La hegemonía acadia fue relativamente breve. Transcurridos doscientos años, con el bisnieto de Sargón fue derrocada, aparentemente por unos pueblos de montaña, los guti, y comenzó el último período de Sumer, llamado «neosumerio» por los especialistas. Durante otros doscientos años aproximadamente, hasta el 2000 a.C., la hegemonía pasó de nuevo a manos de los sumerios nativos. Esta vez su centro fue Ur, y, aunque es difícil saber qué significaba en la práctica, el primer rey de la Tercera Dinastía de Ur que ejerció esta ascendencia se llamaba a sí mismo rey de Sumer y de Acad. El

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos