Agradecimientos
A escribir este libro me ha ayudado mucha gente. Ivan Mulcahy, mi agente literario, tan decisivo para la existencia de mi libro anterior (Bad Samaritans, centrado en los países en vías de desarrollo), me animó constantemente a escribir otro de interés más general. Aparte de sus valiosos consejos estilísticos, Peter Ginna, mi editor en Bloomsbury USA, fue determinante para el tono del libro al encontrar el título mientras yo estaba en la fase de conceptualización. William Goodlad, mi editor en Allen Lane, tomó a su cargo la labor de corrección, y le ha salido todo estupendamente bien.
Mucha gente ha leído capítulos del libro y me ha hecho comentarios útiles. Duncan Green se los leyó todos y me dio consejos muy provechosos, tanto sobre el contenido como sobre el estilo. Geoff Harcourt y Deepak Nayyar se leyeron muchos, y me dieron consejos sagaces. Dirk Bezemer, Chris Cramer, Shailaja Fennell, Patrick Imam, Deborah Johnston, Amy Klatzkin, Barry Lynn, Kenia Parsons y Bob Rowthorn leyeron algunos capítulos, y me hicieron comentarios valiosos.
Sin la asistencia y el talento de mis ayudantes de investigación no podría haber dispuesto de todos los datos en los que se basa el libro. Gracias, por orden alfabético, a Bhargav Adhvaryu, Hassan Akram, Antonio Andreoni, Yurendra Basnett, Muhammad Irfan, Veerayooth Kanchoochat y Francesca Reinhardt por su ayuda.
También deseo agradecer a Seung-il Jeong y Buhm Lee una serie de datos de difícil acceso.
Por último, pero no en importancia, doy las gracias a mi familia, sin cuyo respaldo y amor no habría podido terminar el libro. Hee-Jeong, mi mujer, no solo me prestó un gran apoyo afectivo durante su redacción, sino que leyó todos los capítulos y me ayudó a formular mis argumentos con más coherencia y espíritu didáctico. Al plantearle algunas ideas a mi hija Yuna, me complació muchísimo la madurez intelectual con la que reaccionó, sorprendente en una chica de catorce años. Mi hijo Jin-Gyu me dio algunas ideas muy interesantes, así como mucho apoyo moral para el libro. A ellos tres se lo dedico.
Prólogo a la presente edición
El drama de la crisis económica de la eurozona, en el que le ha correspondido a España uno de los papeles principales, se arrastra (en el momento en el que escribo esto, octubre de 2011) desde hace casi dos años.
A menudo se presenta esta crisis como una «crisis fiscal» causada por países «irresponsables» (sobre todo «del sur») que han gastado por encima de sus posibilidades, sobre todo en cosas «improductivas» como las prestaciones sociales. La supuesta solución a la crisis se deduce con toda naturalidad del diagnóstico: hay que castigar a los países periféricos «irresponsables», como Grecia, España e Irlanda, por sus errores morales, y hacer que carguen con todo el peso de los ajustes.
Se trata de un diagnóstico falaz, cuyas supuestas soluciones, además, están llevando a Europa, y al resto de la economía mundial, a una etapa de estancamiento prolongado, cuando no a un desplome dramático.
Para empezar, la eurozona en su conjunto no sufre ninguna crisis fiscal. El déficit presupuestario de la eurozona solo es de en torno al 6 por ciento de su PIB, frente al 10-11 por ciento de Estados Unidos y Gran Bretaña. A déficits mucho más altos han sobrevivido las economías.
En segundo lugar, es muy injusto tachar de fiscalmente irresponsables a los países periféricos de la eurozona. Puede que Grecia ya tuviera un déficit fiscal relativamente alto antes del estallido de la crisis actual (aunque sus causas deban buscarse en la evasión fiscal, más que en un gasto social excesivo), pero países como España e Irlanda presentaban superávits fiscales equivalentes al 2-3 por ciento de su PIB, y en Italia y Portugal los déficits fiscales se movían entre el 1,5 por ciento y el 4 por ciento del PIB, algo del todo razonable. Si países como España han acabado con un déficit tan alto es más que nada porque la recesión fruto de la crisis financiera ha reducido enormemente los ingresos fiscales, y porque han tenido que gastar dinero público en el rescate de entidades financieras en quiebra.
Aun así, los líderes de los países con mayor fortaleza fiscal de la eurozona, jaleados por el lobby financiero, basaron su gestión inicial de la crisis en la idea de que había que hacer pagar por sus pecados a los países «irresponsables». Ha bastado poco más de un año de vapuleos económicos constantes para que acepten que la situación no se resolverá si una parte del peso no recae sobre los prestamistas, en forma de una reestructuración de la deuda. En el momento en el que escribo esto, se ha acabado aceptando que los titulares de bonos del gobierno griego deberán resignarse a una quita muy notable (en torno al 50 por ciento).
Se agradece este reconocimiento de que, como dicen en Argentina, «el tango se baila de a dos»: si hay un prestatario «irresponsable», tiene que haber habido un prestamista «irresponsable», y por lo tanto es necesario repartir el peso de los ajustes. Puede que a algunos les resulte chocante esta propuesta, pero bien pensado es lo que hacemos siempre con las empresas, aplicando el derecho consursal que concede a las que tienen problemas un período de protección de sus acreedores y de reducción de sus deudas, para que tengan la oportunidad de una recuperación sostenida; y es también lo que necesitamos para que los países periféricos de la eurozona, como España, puedan emprender el mismo proceso de recuperación sostenible. Es más: habría que extenderlo a todos los préstamos internacionales, mediante el establecimiento de un derecho de quiebra para los países.
En realidad, por muy peliaguda que parezca, la llamada «crisis de la eurozona» es el menor de los problemas que aquejan al mundo actual, y se puede resolver perfectamente a corto plazo con una reestructuración de la deuda, aunque la sostenibilidad del euro a largo plazo exigirá medidas para las que es necesario un grado de integración económica muy superior al que aceptan ahora mismo sus países miembros, empezando por una mayor integración fiscal (expansión del presupuesto central y más transferencias entre países, respaldadas por los llamados «eurobonos») y por la conversión del Banco Central Europeo en un banco central «de verdad», que desempeñe la función de «última ventanilla» para el conjunto de Europa, sin condiciones.
El auténtico problema, mucho mayor que la llamada «crisis fiscal de la eurozona», es que no se ha resuelto ninguna de las causas principales de la crisis: cuentas lastradas por activos tóxicos, caída del mercado de la vivienda y endeudamiento excesivo de los particulares y de las empresas.
Por si fuera poco, las presiones incesantes del sector financiero han atascado y aguado las reformas necesarias para corregir el sistema financiero, cuya disfuncionalidad, a fin de cuentas, está en la base de la crisis actual. En gran medida, siguen sin regularse los productos financieros demasiado complejos; las tres grandes agencias de calificación mantienen su dominio, pese a haberse desenmascarado su incompetencia y su cinismo, y la separación entre la banca de inversión y la banca comercial se establece con una lentitud exasperante (si es que se establece). Se elevan los requisitos de capital para los bancos, pero no con la intensidad ni la rapidez necesarias. Se ha hecho poco por cambiar la estructura perversa de los incentivos del sector financiero, que fomentó la asunción de riesgos excesivos. Sin estas reformas no llegaremos sanos y salvos a la otra orilla de esta crisis, ni, por supuesto, evitaremos otras similares en el futuro.
Lo que más miedo da es que, en caso de otro grave bajón, los gobiernos podrán hacer muy poco para paliar sus efectos, cosa que sí hicieron en el otoño de 2008, justo después del estallido de la crisis. Mucho más no se pueden bajar los tipos de interés, que ya están casi a cero; la mayoría de los gobiernos no pueden o no quieren fomentar la demanda con gastos deficitarios, y proseguir con la nacionalización de las compañías financieras e industriales que están en la cuerda floja topará con una gran resistencia política.
Con una demanda ya de por sí débil y aún más debilitada por los recortes en el gasto público, el paro sigue siendo muy alto en muchos países, liga que en el mundo rico encabeza, por desgracia, España. La trinidad de paro galopante, salarios estancados y recortes en el gasto social, sumada al cierre del grifo de los créditos al consumo y a los precios disparados del petróleo y de los alimentos, están poniendo a prueba el nivel de vida de muchas personas como no se había visto en varias décadas. Al mismo tiempo, en aras de la protección de los creadores de riqueza, se ha tratado con guante de seda al sector financiero, castigando muy poco sus fechorías, saneando sus cuentas con dinero público e inyectando liquidez a mansalva mediante la «flexibilización cuantitativa». Los bonos han recuperado los niveles de antes de la crisis, y algunos banqueros declaran, triunfantes, que «ha pasado la hora de los remordimientos».
Lo trágico es que muchos de los que más sufren a causa de estas políticas de libre mercado las apoyan, porque se han convencido de que el adelgazamiento del gobierno, el rigor fiscal, la libertad de empresa y la autoayuda son las bases de una economía dinámica y de una sociedad decente. La ideología de libre mercado que ha impregnado nuestras sociedades en las últimas tres décadas es tan poderosa que la gente vota a los políticos que les perjudican, y en muchos casos elige a dirigentes aún más entregados a la ideología de libre mercado que los que mandaban antes de la crisis, como es probable que suceda en España en las próximas elecciones.
Por eso es cada vez más urgente explicar lo que sucede de verdad en la economía, y cómo podemos cambiarlo. La gente se tiene que dar cuenta de que el orden de libre mercado no tenía nada de «natural», de que la crisis financiera de 2008 se podría haber evitado y de que hay alternativas a lo que ha estado ocurriendo a partir de la crisis con los puestos de trabajo y el nivel de vida. Debe tomar conciencia de estas realidades y ejercer de forma más activa su ciudadanía económica, exigiendo que nuestros dirigentes políticos hagan «lo que hay que hacer».
Este libro se escribió al principio de la crisis, con la esperanza de contribuir a que la gente se dé cuenta de lo que ha pasado en las últimas tres décadas en nuestras vidas económicas, y entienda qué hay que hacer para salir de la crisis y evitar que se repita en el futuro. En ese sentido, los últimos hechos han acentuado aún más su pertinencia y su urgencia.
Octubre de 2011
Cambridge, Inglaterra
Introducción
La economía mundial está por los suelos. Pese a los estímulos fiscales y monetarios sin precedentes con que se ha impedido que la debacle de 2008 se convirtiera en un desplome absoluto de la economía mundial, el crac de 2008 sigue siendo la segunda mayor crisis económica de la historia después de la Gran Depresión. En el momento en que escribo esto (marzo de 2010) no hay garantías de que se produzca una recuperación sostenida, aunque algunas voces proclamen el fin de la recesión. A falta de reformas financieras, el poco rigor de las políticas monetarias y fiscales ha creado nuevas burbujas financieras, mientras que la economía real se resiente de la escasez de dinero. Como estallen estas burbujas, la economía mundial podría caer en otra recesión (double dip), y aunque vivamos una recuperación sostenida, los efectos de la crisis se harán sentir durante años. Los sectores empresarial y doméstico, sin ir más lejos, podrían tardar varios en recomponer sus balances. Los enormes déficits presupuestarios creados por la crisis obligarán a los gobiernos a reducir considerablemente la inversión pública y los servicios sociales, lo cual incidirá negativamente (es posible que durante décadas) en el crecimiento económico, la pobreza y la estabilidad social. Algunos de los que han perdido casas y trabajos quizá no se reintegren nunca más a la economía formal. Así de terrorífico es el panorama.
En última instancia, la catástrofe es fruto de la ideología de libre mercado que gobierna al mundo desde los años ochenta. Nos habían contado que, si no se tocaban los mercados, producirían por sí solos el más eficaz y justo de los resultados: eficaz porque quienes mejor saben usar los recursos de los que disponen son los individuos, y justo porque los procesos competitivos del mercado garantizan que dichos individuos reciban una remuneración acorde con su productividad. Nos habían contado que era necesario dar la máxima libertad a las empresas, que al estar más cerca del mercado saben lo que les conviene. Si las dejamos a su aire, se maximizará la creación de riqueza, de lo cual también saldrá beneficiado el resto de la sociedad. Nos habían contado que la intervención del gobierno en los mercados solo servía para reducir su eficacia. En muchos casos, esa intervención está pensada para poner coto a la creación de riqueza por motivos erróneos de igualdad; e incluso cuando no es así, ningún gobierno puede mejorar los resultados del mercado, porque carece de los datos y los incentivos necesarios para tomar buenas decisiones empresariales. Nos habían dicho, en resumidas cuentas, que depositáramos en el mercado toda nuestra confianza y no lo estorbásemos.
Siguiendo este consejo, la mayoría de los países llevan tres décadas poniendo en práctica políticas de libre mercado: privatización de entidades financieras e industriales de titularidad pública, liberalización del comercio y de las inversiones internacionales, y reducción de los impuestos sobre la renta y de las prestaciones sociales. Los defensores de estas políticas reconocían que podían generar ciertos problemas temporales, como el aumento de la desigualdad, pero estaban convencidos de que a la larga beneficiarían a todo el mundo, creando una sociedad más dinámica y más rica. Se usaba la metáfora de la marea que levanta todos los barcos a la vez.
El resultado ha sido el polo opuesto de lo prometido. Olvidemos por un momento la debacle financiera, que marcará al mundo durante décadas con sus cicatrices. Antes de eso, aunque pocos lo sepan, las políticas de libre mercado habían provocado un crecimiento más lento, una mayor desigualdad y una inestabilidad más acentuada en la mayoría de los países. En muchos países ricos, estos problemas quedaron disimulados por la enorme expansión del crédito; así, el hecho de que en Estados Unidos se hubieran estancado los salarios desde los años setenta y hubieran aumentado las horas trabajadas, se vio oportunamente velado por la borrachera del boom del consumo a crédito. Si ya eran graves los problemas en los países ricos, todavía lo eran más en el mundo en desarrollo: el nivel de vida del África subsahariana lleva tres décadas estancado, y en América Latina la tasa de crecimiento per cápita ha caído dos tercios durante el mismo período. Salimos de una época en que algunos países en vías de desarrollo, como China y la India, han crecido deprisa (si bien con un aumento de la desigualdad), pero son justamente los países que se han negado a implantar políticas de libre mercado en toda su extensión, aunque hayan practicado una liberalización parcial.
Vaya, que, en el mejor de los casos, lo que nos contaban los partidarios del libre mercado (o economistas neoliberales, como se les llama con frecuencia) solo era parcialmente cierto, y en el peor, rotundamente falso. Como demostraré a lo largo de este libro, las «verdades» pregonadas por los ideólogos de la libertad de mercado se basan en premisas poco rigurosas y visiones estrechas, aunque no siempre sean interesadas. Lo que persigo en este libro es exponer algunas verdades esenciales sobre el capitalismo que los defensores del libre mercado no explicarán.
Con todo, este libro no es un manifiesto anticapitalista. No es lo mismo ser crítico con la ideología de libre mercado que estar contra el capitalismo. A pesar de sus problemas y limitaciones, creo que sigue siendo el mejor sistema económico inventado por la humanidad. Mis críticas van contra una versión concreta del capitalismo que lleva tres décadas dominando al mundo: el de libre mercado. No es la única forma de aplicar el capitalismo ni la mejor en absoluto, como indica lo sucedido en las últimas tres décadas. El libro muestra que hay maneras de mejorar el capitalismo, y que habría que ponerlas en práctica.
Aunque la crisis de 2008 nos haya llevado a cuestionar profundamente cómo se gestionan nuestras economías, la mayoría no ahondamos en el tema porque nos parece que deben hacerlo los expertos; y así es, pero solo hasta cierto punto. Las respuestas exactas requieren conocimientos sobre una serie de cuestiones técnicas, sí, y muchas son tan complejas que ni los propios expertos se ponen de acuerdo en ellas. Por eso es lógico que la mayoría no tengamos tiempo ni formación para impregnarnos de todos los detalles técnicos antes de pronunciarnos sobre la eficacia del Programa de Alivio de los Activos Tóxicos (TARP), la necesidad del G20, el acierto de la nacionalización de bancos o los niveles salariales adecuados para los ejecutivos; y, frente a cuestiones como la pobreza en África, el funcionamiento de la Organización Mundial del Comercio o las directivas sobre la adecuación del capital del Banco de Pagos Internacionales, la mayoría estamos francamente perdidos.
Pero es que no hace falta que entendamos todos los aspectos técnicos para hacernos una idea de qué pasa en el mundo y ejercer lo que llamo «ciudadanía económica activa» para exigir medidas adecuadas a los cargos de responsabilidad. A fin de cuentas, la falta de conocimientos técnicos no nos impide pronunciarnos sobre muchos otros temas. No hace falta ser un experto en epidemiología para darse cuenta de que las fábricas de productos alimentarios, las carnicerías y los restaurantes deben seguir normas de higiene. Pronunciarse sobre economía viene a ser lo mismo: una vez que se conocen los principios clave y los datos básicos, se pueden emitir juicios sólidos sin conocer detalles técnicos. El único requisito imprescindible es estar dispuesto a quitarse las gafas de color rosa que a las ideologías neoliberales les gusta que nos pongamos a diario. Con las gafas, el mundo se ve sencillo y bonito, pero hay que quitárselas y abrir los ojos a la luz clara y dura de la realidad.
Una vez que sepamos que no hay mercados libres, quienes denuncian cualquier regulación ya no nos engañarán con el argumento de que con ella el mercado «no es libre» (véase el capítulo 1). Una vez informados de que los gobiernos grandes y con iniciativa pueden fomentar el dinamismo económico, no entorpecerlo, veremos que no está justificada la desconfianza generalizada ante los gobiernos (véanse los capítulos 12 y 21). Saber que no vivimos en una economía postindustrial del conocimiento nos hará dudar de que sea acertado descuidar (e incluso ver como algo positivo) la decadencia industrial de un país, como han hecho algunos gobiernos (véanse los capítulos 9 y 17). Cuando uno se da cuenta de que la «economía de la filtración» no funciona, se ven las bajadas de impuestos excesivas a los ricos como lo que son: una simple redistribución de los ingresos de abajo hacia arriba, no una manera de que todos seamos más ricos, como se nos ha dicho (véanse los capítulos 13 y 20).
Lo ocurrido con la economía mundial no ha sido accidental ni se ha debido a ninguna fuerza irresistible de la historia. Si la mayoría de los estadounidenses han visto estancarse sus salarios y alargarse su jornada laboral, al mismo tiempo que se disparaban los ingresos de los altos directivos y banqueros, no ha sido por ninguna ley de hierro del mercado (véanse los capítulos 10 y 14); y, si nos acechan las fuerzas cada vez mayores de la competencia internacional y debemos preocuparnos por la seguridad de nuestros puestos de trabajo, no es por el progreso imparable de las tecnologías de la comunicación y los transportes (véanse los capítulos 4 y 6). No era inevitable que en las últimas tres décadas el sector financiero se fuera desvinculando de la economía real, hasta crear la catástrofe económica en la que nos vemos inmersos hoy en día (véanse los capítulos 18 y 22). La causa principal de que los países pobres sean pobres no hay que buscarla en ningún factor estructural inalterable, como el clima tropical, una ubicación inoportuna o una cultura defectuosa (véanse los capítulos 7 y 11).
Son las decisiones humanas, sobre todo las de quienes tienen el poder de dictar normas, la causa de que pase lo que pasa, como explicaré. Aunque los que deciden nunca puedan tener la certeza de que sus actos den los resultados esperados, las decisiones que se toman no tienen nada de inevitables. No vivimos en el mejor de los mundos posibles. Si se hubieran decidido otras cosas, el mundo sería de otra manera. Tengámoslo en cuenta al preguntarnos si las decisiones que toman los ricos y los poderosos se basan en un razonamiento sólido y en datos constrastados. Solo entonces podremos exigir medidas correctas a las empresas, los gobiernos y las organizaciones internacionales. Sin una ciudadanía económica activa, siempre seremos víctimas de quienes tienen más capacidad de tomar decisiones, esos que nos dicen que todo pasa porque tiene que pasar y que, en consecuencia, no podemos hacer nada para cambiarlo, por muy desagradable e injusto que parezca.
Este libro aspira a que el lector entienda cómo funciona de verdad el capitalismo y cómo puede funcionar mejor. Ahora bien, no es una obra de «economía para dummies»; sus pretensiones son a la vez mucho menores y mucho mayores.
Son mucho menores que las de una «economía para dummies» porque no entro en muchos detalles técnicos que hasta un libro introductorio sobre economía no tendría más remedio que explicar, pero esta omisión de los detalles técnicos no se debe a que los considere fuera del alcance de mis lectores: el 95 por ciento de la economía es una complicación del sentido común, e incluso el 5 por ciento restante se basa en un razonamiento cuyos puntos básicos (aunque no todos los detalles técnicos) se pueden exponer llanamente. La razón es más sencilla: considero que como mejor se aprenden los principios de la economía es usándolos para entender los problemas que más interesan al lector. Por eso solo presento detalles técnicos en el momento en que son pertinentes, no sistemáticamente, como los manuales.
El libro, con todo, pese a ser accesible al lector no especializado, es mucho más que una «economía para dummies»; de hecho, profundiza mucho más que numerosos libros de economía avanzada, en el sentido de que cuestiona muchas teorías económicas y datos empíricos que se dan por supuestos en esos textos. A un lector que no sea un especialista podrá intimidarle un poco que se le pida cuestionar teorías que gozan del consenso de los «expertos» y recelar de datos empíricos aceptados por la mayoría de los profesionales de este campo, pero en cuanto ese lector deje de presuponer que la mayoría de los expertos siempre tienen razón, descubrirá que suena mucho más difícil de lo que lo es en realidad.
La mayoría de los temas que analizo en el libro carecen de una respuesta sencilla; de hecho, en muchos casos mi principal argumento es que no la hay, aunque los economistas que defienden el libre mercado nos quieran convencer de lo contrario. Pero si no abordamos esos temas, nunca nos daremos cuenta de cómo funciona el mundo de verdad, y si no entendemos eso, no podremos defender nuestros intereses, ni mucho menos trabajar por el bien común como ciudadanos económicos activos.
1
No hay mercados libres
LO QUE TE CUENTAN
Los mercados tienen que ser libres. Cuando un gobierno intervencionista dicta lo que pueden hacer los actores del mercado, los recursos dejan de fluir con la máxima eficacia, y si la gente no puede hacer lo que le resulta más rentable, pierde alicientes para invertir e innovar. Cuando el gobierno, por ejemplo, pone un tope a los alquileres, los arrendadores se quedan sin alicientes para mantener la finca en buen estado o construir nuevos edificios. Si el gobierno, por poner otro ejemplo, limita la gama de productos financieros que pueden comercializarse, dos partes contratantes que podrían haberse beneficiado de una transacción innovadora, que satisficiera sus necesidades concretas, ya no podrán cosechar los beneficios potenciales del libre contrato. Hay que tener «libertad de elegir», como tituló Milton Friedman, el visionario del libre mercado, su famoso libro.
LO QUE NO TE CUENTAN
El mercado libre no existe. Todos los mercados tienen reglas y límites que acotan la libertad de elección. Si un mercado parece libre, solo es porque aceptamos tan incondicionalmente sus restricciones de base que ya no las vemos. No se puede definir con objetividad lo «libre» que es un mercado. Es una definición política. No es cierto lo que dicen siempre los economistas de libre mercado, eternos defensores del mercado contra la intromisión del gobierno por motivos políticos: el gobierno siempre está presente, y a esos economistas la política les impulsa tanto como a los demás. Superar el mito de que existe un «mercado libre» objetivamente definido es el primer paso hacia la comprensión del capitalismo.
TIENE QUE HABER LIBERTAD LABORAL
En 1819 se presentó en el Parlamento británico una propuesta de legislación del trabajo infantil, la Ley de Regulación de las Fábricas de Algodón. Vista hoy, era de una timidez increíble: prohibía el empleo de niños pequeños, es decir, de menos de nueve años, mientras que a los mayores (entre diez y dieciséis) se les seguía permitiendo trabajar, pero no más de doce horas al día (qué permisividad con los chavales…). La nueva legislación solo era válida para las fábricas de algodón, reconocidas como excepcionalmente peligrosas para la salud de los trabajadores.
La polémica fue enorme. Para los detractores de la propuesta, socavaba la santidad de la libertad de contratación y destruía los cimientos del libre mercado. Al debatir la nueva ley, algunos miembros de la Cámara de los Lores se pronunciaron en contra porque «tiene que haber libertad laboral». Su argumentación era la siguiente: los niños quieren (y necesitan) trabajar, y los dueños de las fábricas quieren darles trabajo. ¿Dónde está el problema?
Hoy en día, ni al más fervoroso defensor de la libertad de mercado en Gran Bretaña u otros países ricos se le ocurriría recuperar el trabajo infantil dentro del paquete de liberalización del mercado que tanto ansía, pero hasta finales del siglo XIX, cuando empezó a regularse seriamente el trabajo infantil en Europa y Norteamérica, muchas personas respetables veían su legislación como algo contrario a los principios del libre mercado.
Desde esta perspectiva, la «libertad» de un mercado depende del cristal con que se mire. Quien esté convencido de que el derecho de los niños a no tener que trabajar es más importante que el de los dueños de fábricas a emplear a quien les resulte más rentable, no verá la prohibición del trabajo infantil como una infracción de la libertad del mercado laboral. Quien crea lo contrario verá un mercado «no libre», encorsetado por una regulación errónea del gobierno.
No hace falta retroceder dos siglos para encontrar regulaciones que damos por sentadas (y que aceptamos como «ruido ambiental» dentro del libre mercado), pero que en el momento de su aparición recibieron duras críticas porque minaban la libertad de mercado. Hace unas décadas, cuando se implantaron las primeras legislaciones ambientales (sobre las emisiones de los coches y las fábricas, por ejemplo), hubo muchos que se opusieron a ellas porque vulneraban gravemente nuestra libertad de elección. Se hacían la siguiente pregunta: si la gente quiere conducir coches que contaminen más o si a las fábricas les resultan más rentables los métodos de producción más contaminantes, ¿por qué tiene que impedírselo el gobierno? Hoy en día, la mayoría de la gente acepta esas regulaciones como algo «natural»; consideran necesario restringir las acciones que perjudican a los demás, intencionadamente o no (como la contaminación), y se dan cuenta de que lo más sensato es un uso prudente de los recursos energéticos, muchos de ellos no renovables. Algunos también verán como algo lógico reducir la influencia humana en el cambio climático.
Si el grado de libertad de un mercado puede ser percibido de maneras distintas por diferentes personas, es que no hay una manera objetiva de definir lo libre que es; en suma, que el mercado libre es una ilusión. Si algunos mercados parecen libres, solo es porque aceptamos tanto las regulaciones en las que se apoya que se vuelven invisibles.
CUERDAS DE PIANO Y MAESTROS DEL KUNG-FU
De niño, como a tanta gente, me fascinaban los maestros de kung-fu que desafiaban las leyes de la gravedad en las películas de Hong Kong, y, sospecho que como tantos niños, sufrí una amarga decepción al enterarme de que en realidad estaban colgados de cuerdas de piano.
Con el mercado libre pasa un poco lo mismo: nuestra aceptación de algunas reglas es tan absoluta que no las vemos. Un examen más atento revela que los mercados se sustentan en reglas, muchas reglas.
Para empezar, hay un amplísimo abanico de restricciones sobre lo que puede ser objeto de comercio, y no me refiero solo a la prohibición de cosas «obvias», como los estupefacientes o los órganos humanos: en las economías modernas no se pueden vender votos electorales, cargos del gobierno y decisiones jurídicas, al menos de forma abierta (aunque antiguamente sí estaban en venta en muchos países). Norma
