Prólogo
Un año de convulsiones
Nadie podía prever cuando escribimos Reacciona que en sólo un año se iban a producir tantos cambios en el mundo, en Europa y en España en particular. Hace doce meses, un grupo de autores nos unimos en el empeño común de aportar ideas y razonamientos sobre cómo revertir la difícil situación que nos estaba tocando vivir. El breve y convulso tiempo transcurrido, la vertiginosa aceleración de la debacle, indican que no es suficiente hoy con reaccionar, sino que se hace ineludible actuar.
Algo hubo. Apenas treinta días después de publicarse el primer libro —y por una acumulación de circunstancias— estallaba el 15-M en las calles de toda España reclamando una nueva sociedad, más justa y participativa. Sin embargo, el derrumbe financiero, económico, político, social y hasta ético desencadenado en 2008 experimentaba una durísima vuelta de tuerca, al desatarse —desbordada— en el verano de 2011 una presunta «crisis de la deuda» (especialmente en la Unión Europea) que reafirmaba el triunfo de la ideología neoliberal y sus premisas de proporcionar más beneficios a unos pocos, a costa de la merma en las condiciones de vida de la mayoría de la población. A ese fin, incluso se reformaron constituciones —como la española, y en tiempo récord—, y se añadieron grados a un sistema hoy claramente desbocado. Nulo control del poder financiero. Barra libre para los especuladores. Austeridad sin crecimiento, paro, recortes: una política que el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, entre otras muchas voces de prestigio, ha calificado de suicidio… y la evidencia en la práctica: la crisis se agrava año tras año en lugar de remitir y se ahonda la recesión.
La forma de gobierno de Grecia, el país donde nació la democracia, es descrita hoy como una «tecnocracia». Jamás hubiéramos podido imaginar muchos de nosotros que llegaríamos a ver ese símbolo paradigmático, aquel innovador gobierno de todos (aunque fuera en teoría), convertido en una dirección jerárquica donde priman los criterios empresariales. ¿Para qué se vive en sociedad? ¿Para incrementar desorbitados lucros ajenos o para que cada cual tenga sus necesidades vitales aseguradas y poder aspirar a mayores grados de bienestar e incluso a una suerte de felicidad? Los instrumentos ejecutivos y parlamentarios de la UE para la toma de decisiones, además, parecen haber sido sustituidos por las reuniones entre la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolas Sarkozy… o de Merkel consigo misma.
En España, el Partido Popular gobierna con mayoría absoluta el Estado y prácticamente todas las comunidades autónomas, y ostenta la mayoría parlamentaria en la UE junto con su grupo, el PPE, que venía imponiendo sus dudosas políticas ya apuntadas. Con él, ha regresado a España un añejo conservadurismo ideológico, dando alas, por si fuera poco, al sector de la prensa más reaccionario. Mientras tanto el periodismo de los grandes medios (también en crisis) no termina de dar las respuestas que espera la sociedad.
España ha sobrepasado los cinco millones de parados, cifra que parecía impensable, y todos los pronósticos apuntan a que se puede llegar a los seis millones. Bajan los sueldos y se facilita el despido. Las mermas en los presupuestos —y la voluntad de reducir el sector público— se están notando ya en la sanidad y la educación para quienes no tienen la posibilidad de recurrir al campo privado. Se recorta asimismo en ciencia y cultura. Aumentan los desequilibrios sociales y España es el país europeo donde más lo hacen. Mientras, crece un 25 por ciento el sector del lujo y apenas 1.400 personas controlan los recursos económicos del 80 por ciento del PIB. Las políticas medioambientales parecen propiciar los trasvases de ríos, la construcción en el litoral —que tan cara nos costó— y la apuesta por la energía nuclear.
Graves decisiones en justicia con la condena y expulsión de la carrera judicial de Baltasar Garzón, en tanto la corrupción registra sorprendentes sentencias y sigue siendo el cáncer que corroe nuestro país. Quien fuera uno de los principales impulsores de la Jurisdicción Universal —hoy fenecida en España— fue hallado culpable de prevaricación por escuchas que el Tribunal Supremo consideró indebidas en la investigación de la trama Gürtel, tras sortear —con absolución final— otra querella por haber osado tocar el franquismo. Lo preocupante es que el Gobierno del PP ha añadido las destituciones fulminantes de las cúpulas policial y fiscal que investigaron el mismo caso de delincuencia organizada que constituye la Gürtel, sean cuales sean los hallados culpables.
Y, a la vez, el resurgimiento de una conciencia ciudadana que irrumpió el 15-M, que libra y gana batallas, y de todas las acciones tendentes a lograr un mundo más justo. Es imprescindible que esa actitud responsable para con todos se extienda por nuestra sociedad. Al menos para saber qué queremos o no queremos y por qué.
Difícilmente un período de tiempo tan corto podría asistir a tantas convulsiones. El camino a la deriva, al agravamiento o a la resolución depende de nosotros, de la sociedad. La influencia de nuestras convicciones puede provocar una disposición más responsable en la política que haya olvidado su misión de buscar el bien común. Los instrumentos básicos son: educación e información. Asistirán en este libro a la descripción de los problemas, a su análisis y a las soluciones que, como en el caso de la investigación científica y de la mayoría de los contratiempos económicos, surgen como frutos que caen del árbol de la lógica. El propio Baltasar Garzón firma también en Actúa importantes reflexiones sobre cómo funciona en España la que aún es la pasión de su vida: la justicia.
No es hora de llantos ni de miedos, es hora de actuar. Con la confianza que aporta saber hacia dónde se hace más diáfano el camino.
Nuevos autores y disciplinas se suman a este diálogo de ciudadanos con ciudadanos a través de las páginas de un libro. Gracias tanto a Miguel Aguilar, de la editorial Debate, que ha apostado por Actúa, como a Pablo Álvarez, que, desde la editorial Aguilar, se aventuró a la publicación de Reacciona.
Y gracias a quienes, junto con la mayoría de los autores de Actúa, apuntaron una dirección eficaz en el libro anterior: a Juan Torres, Carlos Martínez Alonso, Javier López Facal y, muy en particular, a José Luis Sampedro —al «Equipo Sampedro» que forma con su mujer Olga Lucas—. Nuestro gran, ético y coherente intelectual suele llamar a «primero pensar y después creer» cuando nos abocan a hacer lo contrario: creer y ya se verá si pensamos.
Actúa… con argumentos.
ROSA MARÍA ARTAL
Coordinadora de Actúa
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HA LLEGADO EL MOMENTO DE ACTUAR
Federico Mayor Zaragoza
FEDERICO MAYOR ZARAGOZA (Barcelona, 1934). Doctor en Farmacia, ha sido catedrático de Bioquímica y rector de la Universidad de Granada y catedrático también en la Universidad Autónoma de Madrid. Cofundador en 1974 del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, de la Universidad Autónoma de Madrid y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Además, entre otros cargos políticos, ha sido ministro de Educación y Ciencia de España entre 1981 y 1982 y director general de la UNESCO desde 1987 a 1999. A su regreso a España, crea la Fundación para una Cultura de Paz, de la que es presidente. Y, entre otras actividades internacionales, preside la Initiative for Science in Europe (ISE) desde 2007.
Mayor Zaragoza es doctor Honoris Causa por numerosas universidades, y es miembro de múltiples organizaciones, academias y asociaciones nacionales e internacionales. Además de sus numerosas publicaciones científicas, Federico Mayor ha publicado casi una decena de poemarios y varios libros de ensayos: Un mundo nuevo (1999), Los nudos gordianos (1999), Mañana siempre es tarde (1987), La nueva página (1994), Memoria del futuro (1994), La paix demain? (1995), Science and Power (1995), La palabra y la espada (2002), La fuerza de la palabra (2005), Un diálogo ibérico: en el marco europeo y mundial (2006), Tiempo de acción (2008), Delito de silencio (2011), entre otros. Además es coautor de Reacciona (2011).
Blog: http://www.federicomayor.blogspot.com/
L’heure de nous même (celui des peuples) a sonné.
AIMÉ CESAIRE
«Ha llegado el momento de actuar.» Así empezaba mi artículo en Reacciona.1 «Es tiempo de acción», titulaba su prólogo al mismo libro Stéphane Hessel. No se trata de hacer frente a una gran crisis económica sino sistémica. No de una época de cambios, sino de un cambio de época. En los últimos estertores del neoliberalismo, los más recalcitrantes representantes del «gran dominio» intentan convencernos de que volverán a lograr el «estado de bienestar»: el consumo, el empleo, los horizontes sociales… Todo ello, bien entendido, aplicable únicamente al 20 por ciento de la humanidad, ya que el resto seguiría, como hasta ahora, sumido en un gradiente de precariedades progresivas hasta llegar —no me canso de repetirlo, porque constituye un agravio a la conciencia colectiva— a dejar morir de hambre a más de 60.000 personas al día, al tiempo que se invierten en armas y gastos militares más de 4.000 millones de dólares.
Éste es, en síntesis, el trágico balance de las ambiciones hegemónicas de los «globalizadores», que sustituyeron los valores éticos por las leyes del mercado y las Naciones Unidas por grupos de seis, ocho o veinte países, los más ricos de la Tierra.
En mi contribución al libro indicado, abordaba con cierto detalle los aspectos más sobresalientes del ocaso del neoliberalismo y de la deriva democrática que representa.
En la presente colaboración, después de reiterar los grandes trazos y más notorias repercusiones, especialmente en Occidente, del ensayo de gobernación neoliberal, me centraré en proponer algunas acciones especialmente relevantes para la nueva época, que, como apuntaba más arriba, diferirá mucho de la que pretenden «rescatar» los que más se han beneficiado del barrio próspero de la aldea global. Y es que el cambio empieza por uno mismo. Se trata de un cambio de vida pero, en primer lugar, de nuestra vida, de nuestro modo de vivir cotidianamente.
La única solución es una democracia genuina a escala global y local. Y la democracia no se impone ni se otorga. No se construye desde arriba, sino desde abajo, con la participación ciudadana.
DESDE EL ORIGEN DE LOS TIEMPOS, EL PODER SE HA BASADO EN LA FUERZA
Poder absoluto masculino. Los habitantes de la Tierra, confinados territorial e intelectualmente, son vasallos atemorizados y silentes. Hasta la propia vida debe ofrecerse sin rechistar a los designios del mando.
«Si quieres la paz, prepara la guerra» es el perverso adagio que guía la acción de los gobernantes, espoleados por los fabricantes de armas.
Al término de la Primera Guerra Mundial, en diciembre de 1918, el presidente Woodrow Wilson ensaya la puesta en práctica de su convenio para la paz permanente y se crea la Sociedad de Naciones. Pero la razón de la fuerza se impone una vez más sobre la fuerza de la razón, y los criterios de seguridad prevalecen sobre los intentos de solución pacífica de los conflictos.
En 1944, cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial estaba cerca, el presidente Franklin D. Roosevelt inicia la creación de un Sistema de Naciones Unidas. La Carta de la ONU, fundada en San Francisco en 1945, comienza así: «Nosotros, los pueblos … hemos resuelto evitar a las generaciones venideras el horror de la guerra». Tres conclusiones muy claras: i) son los pueblos, y no los estados o los gobiernos, quienes deben tomar las decisiones que afectan al destino común; ii) debe evitarse la confrontación bélica, es decir, debe construirse la paz; iii) la solidaridad intergeneracional es un componente esencial de la toma de decisiones.
La Constitución de la UNESCO indica que para construir la paz «en la mente de los hombres» es necesario partir de la igual dignidad de todos los seres humanos y basar la acción política en los «principios democráticos» de justicia, libertad y solidaridad (intelectual y moral). La educación, establece en su artículo 1.º, debe contribuir a la formación de personas «libres y responsables».
Éste es uno de los aspectos que considero más esenciales para llevar a cabo las transformaciones de hondo calado que ahora, por primera vez en la historia, son factibles si, como reacción serena y amplia visión global y prospectiva de la situación presente, somos capaces de dar otro significado al «bienestar» y abandonar los ensangrentados caminos de la historia basada en la fuerza y en el dominio de unos seres sobre otros para recorrer, todos distintos pero unidos por unos principios éticos universalmente aceptados, nuevas e iluminadas avenidas. Cada ser humano único en cada instante de su vida, capaz de crear, de tomar en las manos las riendas de su destino.
En el mes de diciembre de 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos estableció puntos de referencia para todo el mundo, magistralmente resumidos en su artículo 1.º: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad. Todos están dotados de razón y se relacionan entre sí fraternalmente». Es de destacar que en el primer párrafo del preámbulo se proclama que los derechos humanos «liberarán a la humanidad del miedo»…
El Sistema de las Naciones Unidas, pensado para la gobernación mundial y dotado de instituciones especializadas en el trabajo (OIT), la alimentación (FAO), la educación, la ciencia y la cultura (UNESCO), la salud (OMS), la infancia (UNICEF), el desarrollo (PNUD), etc., converge en la aplicación de una palabra clave al final de la década de los cuarenta, com-partir; es decir, partir con los demás, colaborar, cooperar…
LA DEBACLE ÉTICA DE OCCIDENTE
Pero pronto, muy pronto, son los estados y no los pueblos los que se instalan en las Naciones Unidas. Y los préstamos, concedidos en condiciones draconianas, sustituyen a las ayudas. Y la explotación a la cooperación internacional.
A todo ello se une la carrera armamentística entre las dos superpotencias que, progresivamente, ocupa todo el espacio supranacional. Los grandes objetivos del decenio de la época de Roosevelt se desvanecen.
Estados Unidos llega a cometer en el «patio trasero» de América Latina excesos intolerables: la Operación Cóndor constituye uno de los episodios más siniestros y detestables de su poder y su forma de acometer, sin miramientos de ningún tipo, su lucha contra el comunismo. Todos los países con «brotes marxistas» van cayendo… ¡con la excepción de China!
En 1989, al término de la Guerra Fría, se produce el desmoronamiento de la Unión Soviética, simbolizado por el del Muro de Berlín, y se abren unas expectativas insólitas para el inicio, coincidiendo con el nuevo siglo y milenio, de una gran inflexión histórica: la desaparición del apartheid racial en Sudáfrica gracias al liderazgo excepcional de Nelson Mandela; el Acuerdo de Paz de Chapultepec que pone fin a la guerra de El Salvador; paz en Mozambique; primeros pasos del proceso en Guatemala…
Pero, en contra de lo esperado, no hubo «dividendos de paz» sino que bien al contrario, las ambiciones hegemónicas de Estados Unidos —y del Reino Unido como acólito tradicional— frustraron uno de los momentos más esperanzadores de la historia contemporánea. En la globalización neoliberal, los valores éticos se sustituyen por los del mercado; se marginan las Naciones Unidas, reemplazándolas por grupos plutocráticos de seis, siete, ocho… veinte países prósperos, que pretenden aplicar sus decisiones a un conjunto de 196 naciones.
El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial «para la reconstrucción y el desarrollo» se convierten en instrumentos al servicio de los países más ricos de la Tierra.
No hay medios para los «Objetivos del Milenio» que pretenden erradicar el hambre de tantos seres humanos. Y la represalia por el horrible ataque de terrorismo suicida a los símbolos del poder norteamericano el 11 de septiembre de 2001 lleva a la invasión de Irak, justificada por los «arsenales de armas de destrucción masiva», que se sabían inexistentes.
Construir la paz, el gran objetivo de los proyectos de Roosevelt, se deja a un lado, y se extiende a todo el mundo las bases militares y todo lo que garantice la seguridad. Serán los intereses económicos y no los principios democráticos los que orienten el fenómeno de la globalización mundial. Será la seguridad y no la paz el pilar del nuevo sistema. A pesar de los grandes esfuerzos intelectuales, culturales y políticos que despliegan las «marginadas Naciones Unidas» —en Educación para todos a lo largo de toda la vida, 1990; en Medio ambiente, Río de Janeiro 1992; en Convivencia, Desarrollo Social y Apoyo a la Mujer, en 1995; en Cultura de Paz, 1999; en Diversidad Cultural, 2001, etc.—, el neoliberalismo a ultranza debilita el estado-nación, confiere enormes poderes a grandes consorcios transnacionales y oculta, con una gran irresponsabilidad intergeneracional, los grandes problemas ecológicos, alimentarios, sanitarios, sociales…
La «globalización» —con unos inmensos gastos bélicos, deslocalización productiva y economía especulativa— culmina en una crisis múltiple (ética, democrática, social, financiera, medioambiental…) que se ha intentado solucionar con las mismas fórmulas que la han causado: después del «rescate» de las entidades financieras en Estados Unidos y la Unión Europea, los «mercados», recuperados, acosan a los rescatadores empobrecidos, llegando a ser tal su poder energético, financiero y mediático que impone cambios de gobiernos sin elecciones (!) en dos países símbolo de Europa (Grecia e Italia).
Europa entra en el círculo vicioso de los recortes sin crecimiento, al tiempo que sigue sin disponer de federación fiscal y de autonomía en materia de seguridad. Las «burbujas» más notorias de este período son las de las tecnologías de la comunicación y la inmobiliaria, que afecta de forma especialmente dramática a España. Su gobierno se jactaba en el año 2000 de estar construyendo más viviendas «que en el conjunto de la Unión Europea». Era previsible, por la enorme demanda de mano de obra extranjera —la mayoría, por cierto, sin regularizar—, que la explosión de la misma implicaría gravísimos trastornos económicos e industriales, afectando en gran manera al empleo, especialmente entre los más jóvenes y los emigrantes.
SITUACIÓN EN EL RESTO DEL MUNDO
Es de destacar que América Latina se emancipa (CELAC) y adopta sus propias fórmulas de desarrollo. Hay que reconocer el liderazgo llevado a cabo por el presidente Lula en Brasil. La personalidad de la presidenta Dilma Rousseff, que le ha sustituido al frente de este gran país sudamericano, ilustra muy bien los aspectos fundamentales de la nueva visión latinoamericana en las siguientes frases de enero de 2011 y 2012: «Para hacer realidad nuestros sueños debemos saber sobrepasar las líneas de lo posible» y «No podemos tolerar que al declive neoliberal siga el declive de la democracia».
Rusia y Turquía van desvelando su inmenso potencial y la India emerge como un país imprescindible para cualquier escenario de futuro. África empieza a despertar lentamente, del colonialismo tecnológico y económico que la mantenía postrada, y la «primavera árabe» anuncia procesos de liberación popular ya irreversibles, con lógicos altibajos y muchas incógnitas todavía.
El gran reto de la humanidad lo representa China, que, convertida en la «fábrica del mundo» por la codicia de los países más desarrollados, vive la grave incoherencia de ser un inmenso país capitalista-comunista, con condiciones laborales inadmisibles, sin respeto alguno a los derechos humanos.
Mijaíl Gorbachov terminaba así un reciente artículo publicado en The Nation: «Estoy convencido de que es tiempo de volver a los caminos que trazamos juntos al terminar la Guerra Fría. El mundo necesita, otra vez, un nuevo enfoque basado no sólo en el reconocimiento de intereses universales y de interdependencia global, sino en ciertos fundamentos morales. Se dice con frecuencia que la política es “sucia” e incompatible con los principios éticos. No es cierto: la política se ensombrece y resulta insuficiente cuando carece de un núcleo moral. Ésta es, quizá, la mayor lección que debemos aprender de las dos décadas pasadas».
Suscribo plenamente la autorizada dirección que Gorbachov indica: debemos contemplar al mundo en su conjunto, conocer cómo viven (y mueren) la mayor parte de los seres humanos y, desde esta conciencia global, ser militantes activos del cambio radical que la situación presente exige.
Abdallah Daar y Peter Singer han escrito recientemente: «Nuestra motivación para la acción viene de un simple hecho: la esperanza de vida para quienes viven en Canadá, Estados Unidos o Alemania es de, aproximadamente, ochenta años; si su hogar está en Suazilandia, Mozambique o Zambia, su esperanza de vida es la mitad. Estamos preparados para experimentar una revolución científica con un extraordinario potencial para mejorar la salud del ser humano y su bienestar. ¿Utilizaremos nuestro poder para beneficiar a una minoría o para el bien de todos?».2
Todos con todos. Para todos. Ésta es la premisa insustituible en nuestros planes. El por-venir, me gusta repetirlo, está por hacer, pero, como en el verso de Miquel Martí i Pol, «¿quién si no todos?». Juntos podemos. Pero no actuando para un pequeño grupo de la humanidad saciada sino para toda la humanidad. Pasar de unos cuantos a muchos. Pasar del poder absoluto a un poder genuinamente democrático. Pasar de la fuerza a la palabra… Éstas son las grandes transiciones que afrontamos.
«El desafío más grande —sigo citando a Daar y Singer— empieza con una simple premisa: que la vida de cada persona sea de igual valor, independientemente del lugar del mundo donde viva. También empieza con un dato alarmante: que en esta era de espectaculares avances científicos, todavía son los que viven en el mundo desarrollado —principalmente en Occidente— quienes de una manera abrumadora se benefician de nuestro enorme poder para combatir las enfermedades y mejorar la alimentación, mientras que los de países en desarrollo tienen más probabilidad de morir por falta de asistencia sanitaria y nutrición básica.»
LA SOLUCIÓN: MÁS DEMOCRACIA, MEJOR DEMOCRACIA
Estos retos, por su magnitud y complejidad, sólo podrán ser resueltos desde poderes auténticamente democráticos. Hoy, tanto a escala local como global, la fragilidad de las democracias es evidente:
a) Localmente: partidismo disciplinado en exceso y una información ciudadana muy precaria, y con frecuencia sesgada; justicia lenta y basada en leyes manifiestamente mejorables; en los comicios electorales participan los ciudadanos a los que luego no se tiene en cuenta normalmente; en el proceso de uniformización y entretenimiento se convierte a la mayoría de los ciudadanos en espectadores impasibles de lo que sucede; severa patología ética, con aspiraciones inculcadas por «modelos exógenos» que, en caso de alcanzarse, no producen la satisfacción ni el gozo personal esperados…
b) Globalmente: sustitución del Sistema de las Naciones Unidas por grupos de países ricos, sin secretariados ni instituciones que aseguren el cumplimiento de las medidas acordadas, desprovistos de la autoridad moral y política necesarias para la coordinación, la armonización y el arbitraje propios de una mínima capacidad de acción a escala mundial, con tráficos delictivos de toda índole (armas, drogas, ¡personas!) en medio de la mayor impunidad…
Hace tan sólo unas semanas, la humanidad alcanzaba la cifra de siete mil millones de integrantes. Siete mil millones de seres capaces de pensar, imaginar, inventar su futuro que, en su gran mayoría, deberán esforzarse simplemente en sobrevivir, haciendo frente al sombrío horizonte que acabo de esbozar, si bien, frente a lo que les ha sucedido hasta ahora a los habitantes de la Tierra, van adquiriendo el progresivo convencimiento de que la especie humana debe cambiar las tendencias actuales y construir un mundo nuevo a la altura de su igual dignidad.
Frente a la «crisis de Occidente», se han ido perfilando ya dos formas distintas de reaccionar:
a) La Unión Europea. Como ya he indicado, permanece con tozudez en el círculo vicioso de reducción del déficit y pago de la deuda, sin tiempo ni recursos para favorecer el crecimiento que permitiría la creación de empleo y la recuperación financiera; seguridad no autónoma, con desmesurados gastos militares y en armamento; aumento del desempleo y grave crisis social; no establece pautas de regulación fiscal, ni crea eurobonos ni incentivos de otra naturaleza; brotes xenófobos.
b) Estados Unidos. A pesar del inmenso peso de la insolidaridad republicana, el presidente Obama ha sido capaz de poner en práctica el viejo sueño demócrata de atención médica a aquellos norteamericanos (entre treinta y cuarenta millones) que no podían pagar los gastos de seguros privados; ha dado un paso muy importante en el desarme nuclear y, hace muy pocas semanas, ha decidido la reducción en un tercio de los gastos de defensa del Pentágono, lo que supone una medida muy valiente y oportuna; ha autorizado la emisión de 300.000 millones de dólares destinados a incentivos para la creación de empleo, grandes obras públicas, ayuda a la pequeña y mediana empresa…; y, especialmente importante, ha centrado su mirada en el Pacífico, donde tanto China como la India, Japón y Corea del Sur merecen una particular atención actualmente.
Como he mencionado antes, en el resto del mundo es de destacar la asociación progresiva en alianzas regionales, que en muy pocos años tendrán también un papel muy relevante en la gobernación a escala mundial. Así, en América Latina, Mercosur dio lugar a Unisur y ahora a la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe. Un pilar económico, otro de defensa, otro de coordinación política…
IMPLICACIONES SOCIALES DE LA CRISIS SISTÉMICA
A escala mundial, pero particularmente en Occidente, se están produciendo desgarros sociales y asimetrías de toda índole, que ofrecen horizontes enormemente confusos tanto institucional como conceptualmente, al hacer patente que no existen la voluntad ni el liderazgo necesarios para recuperar los principios democráticos y las instituciones globales adecuadas que nos permita liberarnos de una vez de los efectos y del ámbito, tan restrictivo, del sistema neoliberal.
Por todo ello, se está pasando de la indiferencia ciudadana a la participación, a la percepción de los «invisibles», teniendo capacidad para ver más allá de lo que iluminan los focos de los medios de información. El conocimiento de la realidad es imprescindible para poder transformarla oportuna y adecuadamente. Por eso, superar las limitaciones que representa una información parcial e interesada constituye una de las premisas para hacer posibles los cambios que no deben demorarse.
Hoy es más claro que nunca que la inercia es un gran obstáculo para la evolución, única fórmula que permitiría evitar la revolución, que siempre conlleva violencia. La diferencia, insisto en ello, es la r de responsabilidad. Lo aconsejable es una rebelión pacífica y rigurosa, basada en el conocimiento y en la experiencia. La propia Declaración Universal de los Derechos Humanos indica que podemos vernos «compelidos» a la rebelión cuando el poder se radicaliza y olvida los derechos humanos y los principios democráticos.
Ya no más súbditos, ya no más espectadores, ya no más silenciosos ni silenciados, ya no más receptores indiferentes, sino actores del propio destino. Cada ser humano único, capaz de crear, es nuestra esperanza. Es inventar el mañana. Aun a contraviento, en condiciones adversas, debemos cavar los nuevos surcos y sembrar las semillas nuevas si de verdad queremos contribuir a cosechar otros frutos que no sean los del sistema —tan amargos— que un día aciago decidió orientar su rumbo con la referencia exclusiva de los mercados, y desechar la justicia social, la igualdad y la solidaridad.
Escribía Ignacio Ramonet hace unos meses que «una epidemia de indignación está sublevando a los jóvenes del mundo … El proceso globalizador neoliberal humilla a los ciudadanos, despoja de futuro a los jóvenes … y la crisis financiera, con sus “soluciones de austeridad” contra las clases medias y los humildes, empeora el malestar general. Los estados democráticos están renegando de sus propios valores. Un r
