«Cumbre y cierro»
vs
«Calles, para qué os quiero»
No conozco a ningún profesional antidisturbios y sí a gente que se ha manifestado con grupos antiglobalizadores, aunque no compartan, incluso repudien, esa etiqueta. Algunos son amigos míos que con encomiable regularidad sueltan el rollo de sus escaramuzas, los correteos, cómo protegerse de los gases lacrimógenos y monologan sobre este mundo pasto de las multinacionales que medran desbocadas y pronto corromperán sin remedio el medio ambiente y devorarán lo más humano que aún tenemos.
A los políticos los veo siempre de lejos, con uno tuve cierto trato distante y en general los conozco por lo que los periodistas dicen que dicen, por los extractos de la tele y por los funcionarios que les representan en mi barrio.
Esto significa que las afinidades afectivas me sitúan de partida más cerca del antiglobalizador y me convierten en un excelente sospechoso de manipulaciones informativas o, lo que es lo mismo, en un reportero nada de fiar. Así es. Soy un reportero del siglo XXI.
Hasta no hace tanto la política me daba repelús y zapeaba cuando aparecía el busto de un político declarando cualquier cosa. Un día, el corresponsal de El Mundo en Nueva York Carlos Fresneda me dijo que la inesperada manifestación de Seattle (a finales de 1999, contra la Organización Mundial del Comercio) supuso el inicio de algo. Carlos tenía esperanzas en el futuro porque montones de gente habían salido de pronto a la calle para reclamar un mundo mejor después de varios lustros de un silencio popular que parecía consensuado y de manera solapada avalaba la sociedad del bienestar.
Nunca me he prodigado en manifestaciones, recuerdo un par en la universidad y ya ni sé por qué gritaba, pero después de Carlos me interesé por Seattle y desde entonces he ido siguiendo más o menos lo que pasa. Los amigos me han contado batallitas de Praga, Munich, Génova y también relatan acontecimientos memorables —por la audacia o lo espeluznante— de otras citas. De Porto Alegre se cuentan maravillas, por lo visto fue una reunión tocada por la lubricidad y el relajo a menudo inherentes al Tercer Mundo y por un notorio ablandamiento policial que permitió plantear un paraíso en la tierra y confraternizar considerablemente.
Pero esto es Barcelona, primer mundo pulcro, capital del diseño y, según la revista Condé Nast Traveller, mejor ciudad del mundo 2001. La brisa es tibia, el Mediterráneo plano, la cocina catalana, francesa e internacional, y los índices de natalidad se encuentran entre los más bajos del planeta. El confort civilizado. Barcelona es un agradable lugar donde el viento tempestuoso, los inmigrantes, los niños y los manifestantes ponen notas de inquietud en el aire, o al menos de malestar.
Hoy, en el metro la gente habla de la muralla de alambre y hormigón que la policía acaba de levantar en la Diagonal rodeando los hoteles Rey Juan Carlos I y Reina Sofía, además del Palacio de Congresos donde entre el 14 y el 16 de marzo, o sea la semana que viene, se juntan los capitostes máximos de la Unión Europea más un abanico de aspirantes a ingresar en la misma venidos del Este.
En el diario salen fotos del muro estilo New Jersey que, aseguran, protegió de perlas a los participantes de una cumbre anterior en Québec. El New Jersey es un pseudomuro de 2,88 metros de altura cuya base consta de un tremendo bloque de hormigón donde se incrusta la reja trenzada que permite ver el otro lado pero no pasar.
Yo dudaba sobre cómo encarar la cumbre. La verdad es que tengo la economía por los suelos y no sabía si dedicarme mucho-poco-o-regular a seguir el acontecimiento pero cuando esta mañana he empezado a hacer footing por la Avenida de Chile y he topado con la New Jersey, la próxima semana ha quedado decidida.
El muro sube por la Avenida del Doctor Marañón y continúa Diagonal abajo hasta el hotel Juan Carlos, mientras que en la otra dirección, hasta el Reina Sofía, el parapeto se restringe a alineaciones de alambres. Los universitarios y paseantes de la zona se quedaban mirando y preguntaban para qué era eso. Que levanten una muralla en la Diagonal es algo tan inesperado y estimulante que mientras corría me he descubierto formulando una atípica cantidad de preguntas. Es una de esas iniciativas gubernamentales que te acercan a la política.
Por otra parte, es que me han metido la política en casa. Este mediodía, mi madre, que vive en la zona que limita con la New Jersey, ha llamado para preguntar si iba a escribir sobre la cumbre y para aconsejar que tuviera cuidado «que ahí seguro que va a pasar algo». Entre los chistes y las historias a propósito circula la de un árabe elegante que va de compras al súper y ante la cajera descubre que le falta un euro para costear su adquisición. Entonces, una chica de la cola que ha advertido el mal trago, regala el euro al árabe quien, conmovido, antes de marcharse le recomienda al oído que el 15 de marzo no visite las torres Mapfre. Los atentados del 11 de septiembre han desatado a fabulistas, apocalípticos y antidisturbios que están trabajando en serio por insuflar varias formas de terror en esta ciudad tranquila.
Desde la hecatombe de las Gemelas, los políticos de élite y los ideólogos de las multinacionales han aprovechado para rediseñar sus estrategias en la batalla que libran contra los antiglobalizadores, a quienes señalan como el embrión de terrorismos futuros. Ahora, denostar la fórmula de «mercado libre» liderada por los Estados Unidos y mostrar en público tu disconformidad es un motivo casi suficiente para ser llamado terrorista, que incluso el presidente George Bush ha declarado «Quien no está con nosotros, está con los terroristas». Y así nos encontramos. Rodeados de terroristas.
La duda razonable ante la verosimilitud de semejante afirmación, y otras muchas que me han dejado algo más que estupefacto, han promovido esta crónica. Es decir, que aquí se va a hablar de política aprovechando que España es la presidenta de turno de la UE.
Mi visión es la del ciudadano mondo, quizás un pelín más informado gracias a las filtraciones de ciertos amigos periodistas, pero vaya, qué sé muy poco, y ahí radica parte de la gracia, en compartir una cierta inopia original. Sobre los objetivos de la cumbre sé que se pretende aumentar la liberalización del sector energético europeo; lanzar el sistema europeo de posicionamiento por satélite Galileo; crear Cielo Único, un espacio aéreo integrado; aumentar la oferta laboral y equilibrar los costes laborales a la competitividad; reducir para 2010 a la mitad el número de pobres europeos, hoy cifrados en un 18% de la población. Entre otras cosas. En cuanto al euro, parece que ha aterrizado bien y los europeístas están satisfechos por la consumación de la unidad económica.
A la UE la representan Los Quince, que aunque suena a pandilla juvenil son señores con traje y corbata y a veces alguna señora con permanente. Los Quince están calibrando ser Los Veintiocho para empezar a plantar cara a Los Cincuenta y dos de Estados Unidos, dicen que hacia el 2010, pero esto son los europtimistas. Los Quince han incorporado el prefijo euro a sus vidas y tratan de exportarlo adonde sea. Las monedas ya se llaman así y además está la eurocámara, el eurotren, los eurodiputados... si bien esta dinámica de momento se constriñe a conceptos materiales. El euroamor o la euroinquina quizá formen parte de un plan posterior.
Es curiosa la vocación por prefijos y sufijos que tienen las organizaciones modernas, como si las palabras independientes se hubieran agotado y ya sólo cupiera recurrir a compuestos redundantes. Tales engendros hijos del acoplamiento silábico sintonizan, sin embargo, con esta época de fusiones artificiales y experimentos donde células aparentemente incompatibles dan lugar a criaturas nuevas.
Ha dejado de llover y es noche negra así que las calles refulgen como si estuvieran engominadas. Al principio de la calle Blasco de Garay se encuentra Espai Obert, donde tengo cita con AB, el amigo que me ha invitado a esta Asamblea antiglobalizadora. Tras el portal vulgar hay un minivestíbulo con plafones atiborrados de pasquines y mensajes, anuncios de lecturas poéticas, conferencias, talleres. Por la angostísima escalera suben tres chavales con ropa de mercadillo y bastante despeinados, además de un perro muy limpio. Les sigo hasta el rellano. La escalera continúa empinada y, al final, hay una puerta azul que los chicos traspasan sin llamar. No se escucha nada al otro lado. Ahora suben dos mujeres maduras de pelo corto y rechonchas. Abren la puerta azul al tiempo que sale un joven melenudo con un piercing en la nariz. Yo sigo empotrado en una esquina del rellano analizando a los antiglobalizadores que pasan rozando. Subo, traspaso la puerta. Hay un pequeño pasillo y otra puerta —sin puerta— que da a una gran sala atestada de gente. Tipos con cámaras de video oscilan entre las sillas de plástico dispuestas circularmente de forma desordenada, algunos se han sentado en el suelo o sobre una tarima encajada en un rincón del local. Calculo cerca de doscientas personas rumoreando y produciendo una vaharada gaseosa que, sin ser nube, da co
