Vayamos adelante (Lean in)

Sheryl Sandberg

Fragmento

Prólogo

Las mujeres de todo el mundo buscan apoyo e inspiración en su esfuerzo diario por avanzar en sus vidas. En su libro Vayamos adelante, Sheryl Sandberg ofrece esa guía, esa inspiración y esas experiencias personales que resultan tan necesarias no solo para las mujeres, sino también para los hombres interesados en participar en esa lucha por conseguir una total igualdad.

La experiencia me ha enseñado que no existen límites en cuanto a las capacidades de las mujeres para lograr cualquier objetivo que se propongan. Sin embargo, incluso en 2012, sigue habiendo infinidad de obstáculos en el camino que recorren las mujeres para alcanzar todo su potencial, por lo que es necesario que las ayudemos a superar dichos obstáculos. Debemos mostrar a las mujeres y a las niñas que no existe motivo alguno para poner límites a sus sueños y aspiraciones.

De niña, jamás creí que una mujer pudiera llegar a ser presidenta de Chile. Incluso hace diez años seguía sin creer que eso fuera posible. Aun así, fui elegida presidenta en 2006. Debo admitir que fue en, cierto modo, una sorpresa para mí porque aquello parecía la excepción a la regla.

Como directora de ONU Mujeres, he trabajado los dos últimos años con hombres y mujeres de todo el mundo, y con colegas como Sheryl Sandberg, para que la igualdad entre sexos sea la regla y no la excepción.

Como bien sabe Sheryl Sandberg, el que haya mujeres que ocupen puestos de liderazgo puede cambiar la mentalidad de muchas personas, a la vez que amplía las posibilidades de las mujeres. Sin embargo, a día de hoy sigue habiendo muy pocas mujeres que ocupen los puestos de mayor responsabilidad. Las mujeres ejercen menos del 10 por ciento de los cargos de jefes de Estado y de gobierno de todo el mundo, ocupan tan solo el 20 por ciento de los escaños parlamentarios y representan el 4 por ciento de los directores ejecutivos de empresas que aparecen en la lista Fortune 500.

Con estas estadísticas tan desalentadoras, no es de extrañar que, vaya donde vaya, yo siempre insisto en que es necesario que existan más mujeres líderes.

Una de las conclusiones a las que Sheryl llega en su libro que más me ha impactado es la necesidad de que las mujeres se unan para ayudarse entre sí. Los hombres lo hacen constantemente, pero las mujeres han tomado conciencia de forma muy reciente de las expectativas y el potencial que implica formar parte de una comunidad. Cuando era presidenta, designé un gabinete compuesto por hombres y mujeres a partes iguales. Los líderes deberían liderar con hechos y no con palabras.

Antes de ser presidenta, ocupé el cargo de ministra de Defensa. Me propuse reformar el aparato de Defensa y Seguridad de Chile a fin de alejarlo de su pasado autoritario para integrarlo del todo en su presente y futuro democráticos. Aunque anteriormente había sido la primera mujer en ser ministra de Sanidad de Chile, creo que desempeñar un cargo como el de Defensa que tradicionalmente había sido ocupado por hombres incrementó la confianza en mis capacidades de liderazgo necesarias para ejercer de presidenta. Seguimos necesitando que cada vez más mujeres asuman roles de liderazgo para acabar con los arraigados estereotipos que siguen vigentes en la actualidad. Las mujeres deberán afrontar esta lucha con valentía, con el convencimiento de que los cambios se producirán paulatinamente, pero se producirán.

También me he dado cuenta de lo importante que fue mi formación como médico y del provecho que me aportaron esos años durante los cuales ejercí mi profesión. La medicina me enseñó a profundizar en los contenidos, a tratar de comprender el origen de los problemas antes de proponer soluciones o arreglos temporales. La medicina nos enseña a trabajar de forma cuidadosa y a saber escuchar; eso fue lo que más me ayudó a la hora de ocupar puestos de liderazgo. No es posible ser un buen líder si no se sabe escuchar, y tampoco es posible si uno no cree en su condición de líder.

Aquellos que lideran con convicción, como Sheryl Sandberg, son capaces de alcanzar logros extraordinarios. Yo he tenido el privilegio de servir a la democracia, de luchar por la igualdad y la justicia, primero en Chile, mi país, y ahora para las mujeres de todo el mundo como fundadora y directora ejecutiva de ONU Mujeres. Es necesaria la participación de todos nosotros para crear un mundo pacífico y próspero. Solo tendremos éxito si preparamos el camino para la participación total e igualitaria de las mujeres. Debemos avanzar juntos y lo antes posible para potenciar el liderazgo de las mujeres.

MICHELLE BACHELET,

directora ejecutiva de ONU Mujeres,

febrero de 2013

Introducción

Interiorizar la revolución

Me quedé embarazada de mi primer hijo en el verano de 2004. En aquel momento, dirigía las ventas en línea de los grupos de operaciones de Google. Había entrado a trabajar en la compañía tres años y medio atrás, cuando tan solo era una empresa emergente apenas conocida, con unos pocos cientos de empleados, situada en un destartalado edificio de oficinas. Hacia el final de mi primer trimestre en Google, la empresa había crecido hasta convertirse en una compañía con miles de empleados y se había trasladado a un campus con diversos edificios.

Mi embarazo no fue fácil. Sufrí las típicas náuseas matutinas que suelen producirse durante el primer trimestre todos los días durante nueve largos meses. Engordé casi 32 kg y los pies se me hincharon tanto que tenía que llevar zapatos dos tallas más grandes de la que utilizo normalmente. Además, se convirtieron en dos cosas de extraña forma que solo era capaz de ver cuando los colocaba en alto sobre la mesita de centro. Un ingeniero de Google especialmente sensible anunció que el «Proyecto Ballena» había recibido ese nombre en mi honor.

Un día, tras una dura mañana que pasé contemplando el fondo del inodoro, tuve que apresurarme para asistir a una importante reunión con un cliente. Google estaba creciendo a un ritmo tan acelerado que encontrar aparcamiento se había convertido en un problema constante y el único sitio que encontré estaba bastante alejado. Corrí a toda velocidad por el aparcamiento, lo que en realidad significa que me tambaleaba un poquito más deprisa de lo que me permitía mi absurdamente lento reptar de embarazada. Esto solo consiguió empeorar mis náuseas, de tal modo que llegué a la reunión rezando para que lo único que saliera de mi boca fuera un discurso de ventas. Aquella noche le conté lo que me había sucedido a Dave, mi marido. Y él me comentó que Yahoo, donde él trabajaba por aquel entonces, tenía plazas de aparcamiento especiales para embarazadas frente a cada edificio.

Al día siguiente, me dirigí —más bien fui caminando como un pato— a ver a los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, a su oficina, que en realidad era una enorme sala llena de juguetes, aparatos electrónicos y ropa esparcidos por el suelo. Encontré a Sergey manteniendo una postura de yoga en un rincón y le anuncié que necesitábamos un aparcamiento para embarazadas, preferiblemente más temprano que tarde. Me miró e inmediatamente estuvo de acuerdo conmigo, señalando que nunca había pensado en ello antes.

Aún hoy me avergüenza no haberme dado cuenta de que las mujeres embarazadas necesitaban plazas de aparcamiento reservadas hasta que no padecí en carne propia lo que significa que te duelan tanto los pies. Siendo una de las mujeres más veteranas de Google, ¿no era especialmente responsabilidad mía haber pensado en ello? Pero como a Sergey, jamás se me había ocurrido. Las demás mujeres embarazadas debían de haber sufrido en silencio, al no querer solicitar ningún tipo de trato especial. O quizá les había faltado la confianza o la veteranía para pedir que se solucionara el problema. El hecho de que hubiera una mujer embarazada en un puesto destacado —aun cuando tuviera el aspecto de una ballena— supuso una diferencia.

Actualmente, en Estados Unidos, y en el mundo desarrollado, las mujeres estamos mejor que nunca. Nos sostenemos sobre los hombros de las mujeres que vinieron antes que nosotras y que tuvieron que luchar por los derechos que actualmente damos por sentados. En 1947, Anita Summers, madre de Larry Summers, quien fue mi mentor durante muchos años, fue contratada como economista por la Standard Oil Company. Cuando aceptó el trabajo, su nuevo jefe le dijo: «Estoy muy contento de contar contigo. Pienso que de este modo voy a tener la misma capacidad intelectual por menos dinero». Su reacción ante esto fue sentirse halagada. Suponía un enorme cumplido que le dijeran que tenía la misma capacidad intelectual que un hombre. Sin embargo, habría sido impensable para ella pedir que la compensación económica fuera igual que la de un hombre.

Y todavía nos sentimos más agradecidas cuando comparamos nuestras vidas con las que llevan otras mujeres en otros países. Sigue habiendo países en los que se les niega sus derechos civiles básicos. En todo el mundo, alrededor de 4,5 millones de mujeres y niñas están atrapadas en el comercio sexual.1 En lugares como Afganistán y Sudán, las niñas reciben muy poca o ninguna educación, las esposas son tratadas como propiedad de sus maridos y las mujeres que sufren una violación son expulsadas invariablemente de sus hogares por deshonrar a su familia. Algunas víctimas de violación incluso son encarceladas por cometer un «crimen contra la moral».2 Nos encontramos siglos por delante del inaceptable trato que reciben las mujeres en esos países.

Pero saber que las cosas podrían ir peor no debería impedir que intentáramos mejorarlas. Cuando las sufragistas se manifestaron por las calles, idearon un mundo en el que los hombres y las mujeres fueran genuinamente iguales. Un siglo más tarde, seguimos entornando los ojos, tratando de que este sea el enfoque de dicha visión.

La cruda realidad es que los hombres siguen gobernando el mundo. Esto significa que, en lo que respecta a la toma de decisiones que nos afectan a todos, la voz de las mujeres no se escucha por igual. De los 195 jefes de Estado que existen, solo 17 son mujeres.3 Estas ocupan tan solo el 20 por ciento de los escaños parlamentarios de todo el mundo.4 En las elecciones estadounidenses de noviembre de 2012, las mujeres obtuvieron más escaños en el congreso que nunca, lo que supuso elevar la cifra hasta un 18 por ciento.5 En el Parlamento Europeo, la tercera parte de los escaños está ocupado por mujeres. En España, el 35 por ciento de los escaños los ocupan mujeres.6 Ninguna de estas cifras se aproxima al 50 por ciento.

El porcentaje de mujeres que ocupan puestos de liderazgo es incluso inferior en el mundo de la empresa. Tan solo un escaso 4 por ciento de los 500 principales directores generales de Fortune son mujeres.7 En Estados Unidos, las mujeres ocupan alrededor del 14 por ciento de los cargos ejecutivos y el 17 por ciento de los puestos en las juntas directivas, números que apenas han cambiado en la última década.8 El distanciamiento es todavía mayor para las mujeres de color, que ejercen únicamente el 4 por ciento de los puestos corporativos más destacados, el 3 por ciento en juntas directivas y el 5 por ciento de los escaños del Congreso.9 En toda Europa, las mujeres ocupan el 14 por ciento de los puestos en juntas directivas.10

El progreso es igual de lento en lo que respecta a la compensación económica. En 1970, las mujeres estadounidenses percibían 59 céntimos por cada dólar que ganaban sus colegas masculinos. Hacia 2010, las mujeres habían protestado, luchado y trabajado hasta la extenuación para elevar esa compensación hasta los 77 céntimos por cada dólar que ganaban los hombres.11 Mientras, la activista Marlo Thomas bromeaba irónicamente el día de la Igualdad Salarial de 2011: «Cuarenta años y dieciocho céntimos. El precio de una docena de huevos ha subido diez veces esa cantidad».12 En Europa, las mujeres perciben en promedio un 16 por ciento menos que sus colegas masculinos;13 en España, un 12 por ciento menos.14

Yo he sido testigo de primera mano de estos descorazonadores hechos. Me licencié en 1991 y me gradué en la facultad de Empresariales en 1995. En cada trabajo al que me incorporé tras mi graduación, mis colegas eran una mezcla equilibrada entre hombres y mujeres. Sin embargo, los de mayor rango eran casi en su totalidad hombres, pero pensaba que esto se debía a la discriminación histórica que sufren las mujeres. El proverbial techo de cristal había sido destrozado en casi todos los sectores de la industria y yo pensaba que pronto mi generación disfrutaría de una justa proporción en la cuota de cargos de liderazgo. Pero con cada año que pasaba, un número cada vez menor de mis colegas eran mujeres. Con cada vez más frecuencia yo era la única mujer en la sala.

Ser la única mujer ha dado como resultado algunas situaciones extrañas aunque ciertamente reveladoras. Dos años después de llegar a Facebook como directora de operaciones, nuestro director financiero abandonó la empresa repentinamente y yo tuve que tomar las riendas para completar el ejercicio financiero en curso. Puesto que toda mi carrera se había desarrollado en el sector de las operaciones y no en el de las finanzas, el proceso de recaudar capital me resultaba nuevo y un poco aterrador. Mi equipo y yo volamos a Nueva York para mantener un encuentro inicial con diversas empresas de capital privado. Nuestra primera reunión se celebró en la típica oficina corporativa del estilo de las que aparecen en las películas, con amplias vistas a Manhattan incluidas. Ofrecí una visión general de nuestro negocio y respondí a varias preguntas. Hasta ahí todo bien. Después, alguien propuso que tomáramos un descanso de varios minutos. Me volví hacia el socio de mayor rango y le pregunté dónde estaba el lavabo de señoras. Me miró inexpresivamente. Mi pregunta le había dejado perplejo. Le pregunté: «¿Cuánto tiempo hace que trabaja en esta oficina?». Y él me respondió: «Un año». «¿Soy la única mujer que ha realizado una presentación de negocios aquí en todo un año?» «Eso creo —afirmó. Y añadió—: O quizá sea usted la única que ha tenido que utilizar el lavabo.»

Han pasado más de dos décadas desde que me incorporé al mercado laboral, pero muchas cosas siguen exactamente igual. Ya es hora de que afrontemos el hecho de que nuestra revolución se ha quedado atascada.15 La promesa de igualdad no es lo mismo que una igualdad real.

Un mundo genuinamente igualitario sería aquel en que las mujeres dirigieran la mitad de los países y las empresas, y los hombres se encargaran de la mitad de los hogares. Estoy convencida de que sería un mundo mejor. Las leyes de la economía y numerosos estudios sobre la diversidad afirman que, si explotáramos toda la reserva de recursos humanos y talento que existe, nuestro rendimiento colectivo mejoraría enormemente. El legendario inversor Warren Buffett ha afirmado en numerosas ocasiones que uno de los motivos de su enorme éxito era que solo competía con la mitad de la población. Los Warren Buffetts de mi generación siguen disfrutando ampliamente de esta ventaja hoy día. Cuanta más gente se una a la carrera, más récords se batirán. Y los logros se extenderán más allá de los individuos que los consigan para beneficio de todos nosotros.

La víspera del día en que a Leymah Gbowee le concedieran el Nobel de la Paz en 2011 por liderar las protestas protagonizadas por mujeres que hicieron caer al dictador de Liberia, la activista africana se encontraba en una fiesta literaria en mi casa. Estábamos celebrando la publicación de su autobiografía Mighty Be Our Powers, pero resultó ser una noche bastante sombría. Una de las invitadas le preguntó cómo podían ayudar las mujeres estadounidenses a aquellas que experimentaban los horrores y las violaciones masivas a causa de la guerra en países como Liberia. Su respuesta fueron cinco sencillas palabras: «Más mujeres en el poder». Leymah y yo no podríamos proceder de contextos más diferentes, pero aun así ambas llegamos a la misma conclusión. Las condiciones en que viven las mujeres del mundo mejorarán cuando haya más mujeres desempeñando cargos de responsabilidad, ofreciendo soluciones firmes y poderosas para sus necesidades y preocupaciones.16

Esto suscita una pregunta muy obvia: ¿cómo? ¿Cómo vamos a derrumbar las barreras que impiden que más mujeres accedan a los puestos más elevados? Las mujeres se enfrentan a obstáculos reales en el mundo profesional, incluyendo el sexismo, la discriminación y el acoso sexual, que se dan tanto de forma manifiesta como de forma sutil. Existen muy pocos lugares de trabajo que ofrezcan la flexibilidad y el acceso al cuidado infantil y a las bajas por maternidad y paternidad que son necesarios para desarrollar una carrera profesional a la vez que se tienen hijos. Los hombres lo tienen más fácil para encontrar mentores y patrocinadores, lo cual es de un incalculable valor para progresar profesionalmente. Además, las mujeres deben demostrar mucho más que los hombres que son capaces de hacer las cosas. Y este hecho no es algo que solo nosotras tengamos en la cabeza. Un informe elaborado en 2011 por McKinsey puso de manifiesto que los hombres reciben ascensos basados en su potencial, mientras que las mujeres reciben ascensos basados en los logros que hayan conseguido en el pasado.17

Además de las barreras externas erigidas por la sociedad, las mujeres también nos vemos obstaculizadas por las barreras que existen en nuestro interior. Nos autolimitamos de

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