La tercera puerta

Alex Banayan

Fragmento

cap-2

1

Mirando el techo

—Pase por aquí…

Caminé por el suelo de mármol y doblé una esquina para entrar en una sala con relucientes ventanales que iban del suelo al techo. Se veían veleros navegar, el suave oleaje en la orilla, y el sol de la tarde se reflejaba en el puerto deportivo y llenaba la sala con un resplandor brillante y celestial. Seguí a la asistente por un pasillo. En la oficina había unos sofás con los cojines más pomposos que jamás había visto. Las cucharillas de café relucían de una manera desconocida para mí. La mesa de la sala de conferencias parecía haber sido tallada por el mismo Miguel Ángel. Llegamos a un largo pasillo cuyas paredes estaban llenas de cientos de libros.

—Se los ha leído todos —dijo la asistente.

Macroeconomía. Ciencia computacional. Inteligencia artificial. Erradicación de la polio. La asistente tomó un libro sobre el reciclaje de las heces y me lo puso en las manos. Lo hojeé con las manos sudorosas. Casi cada página estaba subrayada y resaltada, y tenía anotaciones en los márgenes. No pude evitar sonreír: los garabatos tenían la caligrafía de un colegial.

Continuamos por el pasillo hasta que la asistente me dijo que esperara un momento. Me quedé allí, inmóvil, contemplando una enorme puerta de cristal esmerilado. Debí contenerme para no tocarla y comprobar lo gruesa que era. Mientras esperaba, pensé en todo lo que me había llevado hasta allí: la bufanda roja, el cuarto de baño de San Francisco, el zapato en Omaha, la cucaracha en el Motel 6, el…

Y entonces se abrió la puerta.

—Alex, Bill ya puede atenderte.

Estaba de pie frente a mí, despeinado, con la camisa torpemente metida en el pantalón, bebiendo una lata de Coca-Cola Light. Esperé a que saliera alguna palabra de mi boca, pero fue en vano.

—Hombre, ¿qué tal? —dijo Bill Gates con una sonrisa que le alzó las cejas—. Pasa…

Tres años antes, en la habitación de un universitario novato

No paraba de dar vueltas en la cama. Había un montón de libros de Biología sobre el escritorio, devolviéndome la mirada. Sabía que tenía que estudiar, pero, cuanto más miraba los libros, más quería cubrirme con la manta.

Me volví hacia la derecha. Había un póster del equipo de fútbol americano de la Universidad de California del Sur. Cuando lo colgué, los colores eran muy vívidos. Ahora parecía confundirse con la pared.

Me puse boca arriba y contemplé el silencioso techo blanco.

«¿Qué demonios me pasa?»

Desde que tengo memoria, mi objetivo era ser médico. Es lo que ocurre cuando eres hijo de inmigrantes judíos persas. Casi puede decirse que salí del vientre de mi madre con las letras «Dr.» estampadas en la espalda. En tercero de primaria, para Halloween llevé el pijama de quirófano. Sí, yo era «ese niño».

Nunca fui el chico más listo del colegio, pero era constante. Es decir, constantemente obtenía notables bajos y constantemente empollaba guías de estudio. Me faltaban excelentes, pero tenía empeño. En el instituto, me dediqué a «rellenar casillas»: voluntario en un hospital, clases de refuerzo de ciencias, obsesión por la selectividad. Pero estaba demasiado ocupado tratando de sobrevivir para darme un respiro y preguntarme qué casillas estaba rellenando. Al empezar la universidad, no me imaginé que un mes después estaría pulsando el botón de repetición del despertador cuatro o cinco veces cada mañana, y no porque estuviera cansado, sino porque estaba aburrido. De todos modos, seguí arrastrándome a las clases, rellenando las casillas de los cursos de preparación para Medicina como si fuera una oveja siguiendo el rebaño.

Y ahí estaba: tumbado en la cama, mirando el techo. Había ido a la universidad en busca de respuestas, pero solo tenía más preguntas. «¿Qué es lo que de verdad me interesa?» «¿En qué quiero licenciarme?» «¿Qué quiero hacer con mi vida?»

Di más vueltas en la cama. Los libros de Biología eran como dementores que me absorbían la energía vital. Cuanto más temía abrirlos, más pensaba en mis padres (corriendo por el aeropuerto de Teherán, huyendo a Estados Unidos como refugiados, sacrificándolo todo para proporcionarme una educación).

Cuando recibí la carta de admisión de la USC, mi madre me dijo que no podría ingresar en esta universidad porque no teníamos suficiente dinero. Aunque mi familia no era pobre y yo me había criado en Beverly Hills, como muchas familias, llevábamos una doble vida. Vivíamos en un buen barrio, pero mis padres tuvieron que asumir una segunda hipoteca para pagar las facturas. Nos íbamos de vacaciones, aunque a veces veía avisos en la puerta de casa advirtiéndonos de que nos iban a cortar el gas. La única razón por la que mi madre me permitió inscribirme en la USC fue que, el día antes de que expiraran las admisiones, mi padre se pasó la noche en vela, con lágrimas en los ojos, convenciendo a mi madre de que haría lo que fuera necesario para llegar a fin de mes.

Y ¿así es como se lo pagaba? ¿Quedándome en la cama y cubriéndome con las mantas?

Miré al otro lado de la habitación. Mi compañero, Ricky, estaba sentado al pequeño escritorio de madera haciendo ejercicios, balbuceando cifras como una máquina registradora. Los trazos del lápiz parecían burlarse de mí. Él tenía un camino claro. Ojalá yo lo tuviera. Pero no tenía nada más que un techo que se negaba a contestarme.

Entonces pensé en el tipo al que había conocido el fin de semana antes. Se había licenciado en Matemáticas el año anterior. Solía sentarse a un escritorio como el de Ricky, balbuceando cifras igual que él, y ahora servía helados a pocos kilómetros del campus. Me di cuenta en ese momento de que un título universitario ya no era garantía de nada.

Volví a mirar los libros. «Estudiar es lo último que quiero hacer.»

Me puse de nuevo boca arriba. «Pero mis padres han sacrificado todo para que lo único que tenga que hacer sea estudiar.»

El techo seguía mudo.

Di otra vuelta y hundí la cara en la almohada.

La mañana siguiente, me arrastré hasta la biblioteca con los libros de Biología bajo el brazo. Pero, por mucho que me esforzara por estudiar, no tenía fuerzas. Necesitaba un empujón, algo que me inspirara. De modo que me levanté de la silla, deambulé por los pasillos de la sección de biografías y cogí un libro sobre Bill Gates. Pensé que leer acerca de alguien que había tenido éxito me daría alguna idea. Y así fue… pero no como esperaba.

Ahí estaba un tipo que había fundado su empresa cuando tenía mi edad, la había convertido en la corporación más valiosa del mundo, había revolucionado la industria, había sido el hombre vivo más rico y luego había dejado su cargo de CEO en Microsoft para transformarse en el filántropo más generoso del planeta. Pensar en lo que había logrado Bill Gates era como estar al pie del Everest y atisbar la cima. No podía dejar de preguntarme: «¿Cómo fueron los primeros pasos del ascenso?».

Casi sin saberlo, me encontré leyendo una tras otra las biografías de personas con éxito. Steven Spielberg escaló el Everest de la dirección cinematográfica, pero ¿cómo lo hizo? ¿Cómo logró un chico que había sido rechazado de la escuela de cine convertirse en el director de estudio más joven de la historia de Hollywood? ¿Cómo consiguió Lady Gaga, a los diecinueve años y cuando era camarera en Nueva York, su primer contrato discográfico?

Volví una y otra vez a la biblioteca en busca del libro que me diera las respuestas. Pero, unas semanas más tarde, seguía con las manos vacías. No había ni un solo libro que se ocupara de esta fase de la vida en la que yo me encontraba. Cuando nadie conocía sus nombres, cuando nadie les concedía una cita, ¿cómo se las apañaron para lanzar sus carreras? Fue entonces cuando me irrumpió una de esas ingenuas ideas que solo se pueden tener a los dieciocho años: «A ver, si nadie ha escrito el libro que sueño con leer, ¿por qué no lo escribo yo?».

Era una idea absurda. Si ni siquiera era capaz de escribir un trabajo trimestral sin que me lo devolvieran con la mitad de las páginas llenas de tinta roja. Decidí no hacerlo.

Sin embargo, a medida que pasaron los días, la idea no me abandonaba. Lo que me interesaba no era tanto escribir un libro como embarcarme en una «misión»: un viaje con el que responder a estas preguntas. Me dije que por qué no iba a hablar con Bill Gates, él me podría dar el Santo Grial de los consejos.

Comenté esta idea con mis amigos y me di cuenta de que no era el único que estaba mirando el techo. Ellos también ansiaban respuestas. «¿Y si aceptara esta misión por todos nosotros?» ¿Por qué no llamar a Bill Gates, entrevistarlo, investigar a otros iconos, plasmar lo que descubriera en un libro y compartirlo con toda mi generación?

Me imaginé que lo más difícil sería costearla. Viajar para entrevistar a todas estas personas supondría dinero, un dinero que no tenía. Estaba hasta el cuello con las tasas de la matrícula y ya no me quedaban ahorros del Bar Mitzvah. Tenía que encontrar otra solución.

Dos noches antes de los exámenes finales de otoño, cuando estaba de nuevo en la biblioteca y decidí darme un descanso navegando por Facebook, vi que un amigo había colgado un post explicando que buscaban gente para participar en el concurso El precio justo. Grababan el programa a pocos kilómetros del campus. Era uno de aquellos concursos que veía en casa cuando estaba enfermo. Seleccionaban a un miembro del público para concursar, le mostraban un premio y, si le asignaba el precio más cercano sin pasarse, lo ganaba. Nunca había visto un programa entero, pero no parecía muy difícil…

«¿Y si voy al programa para ganar algo de dinero y financiar así la misión?»

Era una idea absurda. Lo grababan la mañana siguiente. Tenía que estudiar para los exámenes finales. Pero la idea no dejaba de rondarme la cabeza. Para demostrarme que era una idea nefasta, abrí un cuaderno y escribí las mejores y peores consecuencias posibles.

PEORES CONSECUENCIAS POSIBLES

1. Suspender los exámenes finales

2. Acabar con toda probabilidad de entrar en la facultad de Medicina

3. Que mamá me odie

4. No… mamá me matará

5. Que en la tele salga gordo

6. Que todos se rían de mí

7. No llegar ni a aparecer en el programa

MEJORES CONSECUECIAS POSIBLES

1. Ganar suficiente dinero para financiar la misión

Busqué en internet cómo calcular las probabilidades de ganar. De las trescientas personas del público, solo gana una. Con el móvil, calculé la operación: una probabilidad del 0,3 por ciento.

Por esto precisamente es por lo que no me gustan las matemáticas.

Miré el 0,3 por ciento de la pantalla, y luego el montón de libros de Biología sobre el escritorio. Pero solo podía pensar: «¿Y si…?». Me sentía como si alguien me hubiera atado una cuerda alrededor del estómago y estuviera tirando lentamente.

Decidí hacer lo lógico: estudiar.

Pero no estudié para los exámenes. Estudié cómo intentar ganar El precio justo.

cap-3

2

El precio justo

 

 

Cualquiera que haya visto El precio justo, aunque solo sea durante treinta segundos, y haya oído al presentador entonar «¡A JUGAR!», sabe que los concursantes visten de forma llamativa y tienen una personalidad cautivadora que llena la pantalla. En el programa simulan que seleccionan a los concursantes de manera aleatoria… pero, hacia las cuatro de la madrugada, después de buscar en Google «Qué hacer para que te elijan en El precio justo?», descubrí que la selección no era en absoluto aleatoria. Un productor entrevista a los miembros del público y escoge a los más desenfadados. Si le gustas al productor, este escribe tu nombre en una lista que entregan a un productor encubierto que te observa de lejos. Si el productor encubierto marca tu nombre, el presentador te llamará. No era suerte: había un sistema.

A la mañana siguiente, abrí el armario y cogí la camisa roja más llamativa que tenía, una gran chaqueta acolchada y unas gafas de sol amarillo neón. Me parecía bastante a un tucán gordinflón. «Perfecto.» Conduje hasta el estudio de la CBS, dejé el coche en el aparcamiento y me acerqué a la mesa de admisiones. Dado que no sabía quién era el productor encubierto, imaginé que podía ser cualquiera. Abracé a los guardias de seguridad, bailé con los conserjes, coqueteé con las señoras mayores…, incluso bailé break-dance, y eso que yo no sé bailar break-dance.

Me puse en la cola con el resto de los miembros del público, en un laberinto de vallas a las puertas del estudio. Fui avanzando hasta que, al final, ya casi era el momento de que me entrevistaran. «Ahí está mi hombre.» La noche anterior me había pasado horas buscando información sobre él. Se llamaba Stan y era el productor encargado de seleccionar a los concursantes. Sabía de dónde era, a qué colegio había ido y que utilizaba un portapapeles que nunca llevaba encima. Su ayudante, que estaba sentada en una silla detrás de él, lo custodiaba. Cuando Stan seleccionaba a un concursante, se volvía hacia ella, le guiñaba el ojo y entonces ella anotaba el nombre.

Un acomodador nos indicó a diez de nosotros que diéramos un paso al frente. Stan estaba a unos tres metros y caminaba de una persona a otra. «¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Qué haces?» Sus movimientos tenían ritmo. Oficialmente, Stan era el productor, pero, para mí, era el segurata. Si no anotaban mi nombre en el portapapeles, no participaría en el concurso. Y, ahora, el segurata estaba delante de mí.

—Hola, mi nombre es Alex, soy de Los Ángeles y estoy en el curso preparatorio de Medicina en la USC.

—¿Para Medicina? Entonces debes de estar todo el día estudiando. ¿Cómo es que tienes tiempo para mirar El precio justo?

—Eh… ¿qué? ¡Oh! ¿Este programa es El precio justo?

Ni siquiera sonrió por compasión.

Necesitaba redimirme urgentemente. En uno de los libros de negocios que había leído, el autor afirmaba que el contacto físico acelera las relaciones personales. Tuve una idea.

Tenía que tocar a Stan.

—¡Stan, Stan, ven aquí! ¡Quiero enseñarte un apretón de manos secreto!

Puso los ojos en blanco.

—¡Vamos, Stan!

Se acercó y chocamos las manos.

—¡Tío, así no se hace! —le dije—. Pero ¿qué edad tienes?

Stan soltó una risita y le enseñé a chocar la mano, luego el puño y cogernos por el antebrazo. Se rio un poco más, me deseó suerte y se fue. No guiñó el ojo a su asistente. Ella no escribió nada en el portapapeles. Así de sencillo: se había acabado.

Fue uno de aquellos momentos en que ves tu sueño, casi puedes tocarlo y, sin más, se esfuma, se cuela entre tus dedos como la arena. Y lo peor es que sabes que podrías haberlo conseguido si te hubieran dado otra oportunidad. No sé qué me entró, pero me puse a gritar a todo pulmón.

—¡STAN! ¡STAAAN!

Todos me miraron.

—¡STAAAAAAAAAN! ¡Vuelve!

Stan se dio la vuelta, asintió ligeramente y me miró como diciendo «Vale, vale: ¿y ahora qué te pasa?».

—Eh… eh…

Le miré de arriba abajo: llevaba un jersey negro de cuello alto, tejanos y una bufanda roja y lisa. No sabía qué decirle.

—Eh… eh… ¡TU BUFANDA!

Entrecerró los ojos. Ahora sí que no sabía qué decir.

Respiré hondo, lo miré con toda la intensidad que pude reunir y dije:

—STAN, SOY UN ÁVIDO COLECCIONISTA DE BUFANDAS, TENGO 362 EN MI HABITACIÓN Y ME FALTA UNA COMO LA TUYA. ¿DÓNDE LA HAS COMPRADO?

Se rebajó la tensión y Stan empezó a reírse a carcajadas. Parecía que supiera lo que estaba haciendo, y se reía menos de lo que había dicho que de por qué lo había dicho.

—¡Oh!, entonces quédatela —bromeó, quitándosela y ofreciéndomela.

—No, no, no —contesté—. ¡Solo quiero saber dónde la has comprado!

Me sonrió y se volvió hacia su asistente. Y ella garabateó algo en el portapapeles.

Esperé frente a las puertas del estudio a que abrieran. Una mujer joven se paseaba por allí y me di cuenta de que estaba observándonos y miraba las etiquetas con nuestros nombres. Del bolsillo trasero de su pantalón sobresalía un distintivo plastificado. Tenía que ser la productora encubierta.

Fui en busca de su mirada, le hice caras graciosas y empecé a mandarle besos. Comenzó a reírse. Luego me puse a bailar a lo Travolta y se rio todavía más. Miró el nombre de mi etiqueta, sacó una hoja de papel del bolsillo y anotó algo.

Tendría que haberme sentido el rey del mundo, pero fue entonces cuando me di cuenta de que me había pasado la noche entera tratando de averiguar cómo entrar en el concurso, pero que aún no sabía cómo se jugaba. Con el móvil, busqué en Google «Cómo jugar a El precio justo». Treinta segundos después, un guardia de seguridad me quitó el móvil de las manos.

Miré a mi alrededor y vi que hacía lo mismo con todos los demás. Después de cruzar los detectores de metales, me senté en un banco. Sin el móvil, me sentía indefenso. Una mujer mayor con el pelo gris que estaba sentada a mi lado me preguntó qué me pasaba.

—Sé que parecerá una locura —le dije—. Tuve la idea de venir aquí y ganar algo de dinero para financiar mi sueño, pero nunca antes he visto un programa entero y ahora se han llevado mi móvil, así que no puedo saber cómo va el concurso y…

—Oh, cariño —dijo pellizcándome la mejilla—. Yo sigo el programa desde hace cuarenta años.

Le pedí consejo.

—Corazón, me recuerdas a mi nieto.

Se inclinó hacia mí y me susurró:

—Apuesta siempre a la baja.

Me contó que, si superaba el precio, aunque solo fuera por un dólar, perdería. Pero que si proponía una cifra, a pesar de que fuera diez mil dólares inferior, todavía tenía una oportunidad. A medida que hablaba, sentí como si estuviera descargando décadas de experiencia en mi cerebro. Fue entonces cuando se me encendió la bombilla.

Le di las gracias, me volví hacia el tipo que tenía a mi derecha y le dije:

—Hola, me llamo Alex, tengo dieciocho años y nunca he visto un programa entero. ¿Algún consejo?

Luego me acerqué a otra persona. Y después a un grupo. Acabé conociendo casi a la mitad del público y de todos ellos aprendí algo.

Al fin se abrieron las puertas del plató. Cuando entré, me pareció que olía a los años setenta. De las paredes colgaban cortinas amarillas y turquesa y entre ellas bailaban unas luces doradas y verdes. En la pared del fondo, habían pintado unas flores psicodélicas. Lo único que faltaba era una bola de discoteca.

Comenzó a sonar la sintonía y tomé asiento. Guardé la chaqueta y las gafas debajo del mismo. Había llegado la hora de la verdad.

Si había que rezar, aquel era el momento. Bajé la cabeza, cerré los ojos, me puse una mano sobre la cara. Entonces oí una voz profunda y cavernosa que venía de arriba. Se alargaba en cada sílaba. Cada vez era más fuerte. Pero no era Dios. Era el dios de la tele.

—DESDE EL ESTUDIO DE BOB BARKER EN LA CBS DE HOLLYWOOD, EMPIEZA… ¡EL PRECIO JUSTO! CON NUESTRO PRESENTADOR, ¡DREW CAREY!

El dios de la tele llamó a los primeros cuatro concursantes. No fui el primero, ni el segundo, ni el tercero, pero el cuarto… sentí que era yo. Me incliné hacia delante y… no fui yo.

Los cuatro concursantes se subieron a unos podios parpadeantes. La primera ronda la ganó una mujer que llevaba unos tejanos de tiro alto, unos mom jeans. Llegó a una ronda de bonificación. Cuatro minutos después de empezar el programa, llamaron a un quinto concursante para ocupar el podio de Mom Jeans.

—ALEX BANAYAN, ¡A JUGAR!

Salté del asiento y el público explotó conmigo. Mientras bajaba las escaleras chocando manos, me pareció sentir que el público era parte de mi familia lejana y que todos mis primos habían venido a la fiesta: sabían que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y les encantaba. Llegué al podio sin perder ni un segundo y Drew Carey dijo:

—Siguiente premio, por favor.

—¡UNA SILLA MODERNA DE PIEL CON OTOMANA!

—¿Qué dices, Alex?

«A la baja. A la baja.»

—¡Seiscientos dólares!

El público se rio y el resto de los concursantes apostaron a continuación. El precio real: mil seiscientos sesenta y un dólares. Ganó una mujer joven que dio un salto y empezó a gritar. Quienquiera que haya ido a un bar de un campus universitario conoce a alguien como ella: la Chica Uau. Es aquella que, cada vez que se mete un chupito de tequila entre pecho y espalda, grita «¡Uau!».

Jugó la ronda de bonificación y luego llegó nuestro turno.

—¡UNA MESA DE BILLAR!

«Mis primos tienen una. ¿Cuánto podría costar?»

—¡Ochocientos dólares! —dije.

El resto de los concursantes apostaron más alto. Drew nos dijo el precio real: 1.100 dólares. Yo fui el único que no se pasó.

—¡Alex! —dijo Drew—. Ven aquí.

Me subí al otro escenario en un santiamén. Drew miró el logo de la USC en mi camiseta roja.

—Encantado —me dijo—. ¿Vas a la universidad? ¿Qué estudias?

—Administración de empresas —contesté sin dudar. Era mitad verdad: también estaba estudiando Administración de empresas. Pero ¿por qué decidí no mencionar la preparación para Medicina cuando me vi en la televisión nacional? Quizá me conocía más profundamente de lo que quería admitir. Aunque no tuve tiempo de pensarlo, porque el dios de la tele ya estaba anunciando el premio de mi ronda de bonificación.

—¡UN JACUZZI NUEVO!

Era una bañera con luces LED de seis plazas con una cascada. Para un novato de universidad, era oro. ¿Cómo la metería en mi habitación? No tenía ni idea.

Me propusieron ocho precios. Si escogía el bueno, el jacuzzi era mío. Aposté por el de 4.912 dólares. Pero el precio real era de… 9.878 dólares.

—Alex, al menos tienes una mesa de billar —dijo Drew. Luego miró a cámara—. No se vayan. ¡Nos vamos a la ruleta de la suerte!

Llegó el espacio para la publicidad. Los ayudantes de producción llevaron al escenario una ruleta de tres metros de diámetro, que parecía una máquina tragaperras gigante cubierta de luces y brillantina.

—Eh, perdone —le dije a uno de los ayudantes—. Disculpe, una pregunta rápida. ¿Quién hace girar la rueda?

—¿Quién? Tú la haces girar.

Me explicó que los que habíamos ganado las rondas iniciales continuábamos con la rueda. Tenía veinte cifras: cada múltiplo de cinco hasta cien. Quien lograra la más alta pasaría a la ronda final. Si alguien caía en el cien, tendría un premio extra en metálico.

Comenzó a oírse la sintonía y me apresuré a colocarme entre Mom Jeans y la Chica Uau. Drew Carey se puso en el centro y alzó el micrófono.

—¡Bienvenidos de nuevo!

Mom Jeans fue la primera. Se acercó a la ruleta, la hizo rodar y… TIC, TIC, TIC… ochenta. El público la ovacionó e incluso yo me di cuenta de que era una puntuación increíble.

Me acerqué a la rueda y la hice rodar… TIC, TIC, TIC… ¡ochenta y cinco! El público estalló y la conmoción fue tal que estuvo a punto de caerse el techo.

La Chica Uau avanzó, tiró y… cincuenta y cinco. Estuve a punto de celebrarlo, pero el público permaneció en silencio. Drew Carey le dio otra oportunidad. Según supe, era como en el blackjack. Podía lanzar de nuevo y, si la suma de las dos cifras superaba la mía sin pasarse de cien, ganaría. Volvió a tirar y… otro cincuenta y cinco.

—¡Alex! —exclamó Drew—. Eres el afortunado que irá al escaparate final. ¡El precio justo no acaba aquí!

Me llevaron a un lado del escenario mientras una nueva tanda de concursantes jugaba para ver quién sería mi contrincante en la ronda final. Veinte minutos después, lo supe. Su nombre era Tanisha y había arrasado, como si se hubiera pasado la vida en Costco estudiándose los precios. Había ganado un juego de maletas de mil dólares, un viaje a Japón de diez mil dólares y, en la ruleta, había sacado el cien redondo. Competir contra ella era como David contra Goliat, con la diferencia de que David se había olvidado el tirachinas en casa.

Durante la pausa para la publicidad previa a la ronda final, me di cuenta de que nunca había llegado a ver el programa hasta ese punto. Y, además, nadie me había dado consejos sobre esa parte porque no se imaginaban que iba a llegar.

Tanisha pasó por mi lado. Extendí el brazo para tenderle la mano.

—Buena suerte —dije.

Me miró de arriba abajo.

—Sí, la vas a necesitar.

Tenía razón. Necesitaba ayuda inminente, así que me dirigí a Drew Carey y alcé los brazos.

—¡Drew! Me encantaste en el programa Whose Line Is It Anyway.

Le di un abrazo, él me apartó y me palmeó el brazo un poco incómodo.

—Drew, ¿podrías explicarme cómo funciona El reto del aparador?

—En primer lugar —respondió—, se llama El reto del escaparate.

Me lo explicó como si estuviera hablando con un niño de parvulario y, antes de que me diera cuenta, la sintonía estaba volviendo a sonar. Me fui corriendo al podio. Seis cámaras del tamaño de una ametralladora me apuntaron a la cara. Desde arriba, me iluminaban unas luces cegadoras. A mi izquierda, Tanisha estaba bailando. «Mierda, aún tendré que ir a la biblioteca a estudiar esta noche.» A mi derecha, Drew Carey dio un paso al frente y se ajustó la corbata. «Oh, Dios, mamá me matará.» Subieron el volumen de la música. Avisté a la mujer mayor que me había pellizcado la mejilla. «Concéntrate, Alex, concéntrate.»

—¡Bienvenidos de nuevo! —exclamó Drew—. Estamos con Alex y Tanisha, ¡allá vamos! Buena suerte.

»¡ESTÁIS AQUÍ PARA EMBARCAROS EN UNA MONTAÑA RUSA DE ACCIÓN Y AVENTURA! ¡EL PRIMER PREMIO ES UN VIAJE AL PARQUE DE LA MONTAÑA MÁGICA DE CALIFORNIA!

Con toda la excitación, no oí el resto de los detalles. «¿Cuánto podía costar una entrada a un parque temático? ¿Cincuenta dólares?» Lo que no había oído fue que era un paquete VIP, con limusina, entradas sin colas, comidas incluidas… para dos personas.

Del segundo premio todo lo que pude oír fue «Bla, bla, bla, ¡un viaje a Florida!». En mi vida había comprado un billete de avión. «¿Qué puede costar? ¿Unos cien dólares? No…, ¿tal vez doscientos?» Pero de nuevo no me había enterado de que también incluía un coche de alquiler y cinco noches en un hotel de primera clase.

—¡Y, ADEMÁS, DISFRUTARÉIS DE UNA ACTIVIDAD DE GRAVEDAD CERO!

Parecía una atracción de feria. «¿Cuánto podría costar? ¿Otros cien dólares?» Más tarde supe que era la forma que utilizaba la NASA para entrenar a los astronautas. Quince minutos en gravedad cero cuestan cinco mil dólares.

—¡Y, POR ÚLTIMO… UNA AVENTURA EN ALTA MAR GRACIAS A ESTE INCREÍBLE VELERO NUEVO!

Las puertas se abrieron y una modelo señaló con los brazos la maravilla: un reluciente velero de color perla. Cuando por fin logré calmarme y observar con atención, el barco parecía relativamente pequeño. ¿Cuatro…?, no, ¿cinco mil dólares, como mucho? De nuevo, no escuché la información de que era un barco Catalina Mark II de seis metros de eslora con un tráiler y una cabina interior.

—¡EL QUE GANE ESTE ESCAPARATE NO TENDRÁ TIEMPO PARA ABURRIRSE: UN VIAJE A LA MONTAÑA MÁGICA, UNAS VACACIONES A FLORIDA Y UN VELERO NUEVO! ¡TODO ESTO SERÁ SUYO SI ACIERTA EL PRECIO… JUSTO!

La ovación del público resonó en las paredes del estudio. Las cámaras iban de un lado a otro. Mientras calculaba la suma total, una cifra me vino a la mente y sentí que era la correcta. Me incliné hacia delante, cogí el micro y con toda la confianza que pude reunir, grité:

—¡Seis mil dólares, Drew!

Silencio sepulcral.

Me quedé ahí de pie durante lo que me parecieron minutos, sin comprender por qué el público había enmudecido. Entonces me di cuenta de que Drew Carey no había anotado mi respuesta. Lo miré y vi que parecía estupefacto, parecía casi patidifuso. Comprendí la indirecta. Me encogí de hombros, me acerqué el micro a la boca y, tímidamente, dije:

—Era… broma…

El público aplaudió de forma atronadora. Drew resucitó y me pidió una respuesta definitiva. «En realidad esa era mi respuesta definitiva.» Miré el barco, luego al público.

—¡Chicos, tenéis que ayudarme!

Los gritos se perdieron en la confusión.

—Alex, necesitamos una respuesta —me presionó Drew.

El público empezó a corear una cifra una y otra vez, pero apenas podía discernirla. Me pareció oír «treinta».

—Alex, necesitamos una respuesta.

Cogí el micro.

—Drew, me voy a fiar del público. Trece mil dólares.

—Sabes que hay una diferencia entre trece y treinta mil, ¿verdad? —dijo Drew inmediatamente.

—Por supuesto que lo sé. Solo me estoy quedando contigo. —Fingí pensar en voz alta— Me parece que son veinte mil. ¿Más de veinte mil?

El público gritó: ¡SÍIIII!

—¿Treinta mil?

—¡SÍIII!

—¿Unos veintinueve mil?

—¡NOOOO!

—Vale —concluí mirando a Drew—. El público dice «treinta mil», así que me quedo con treinta mil.

Drew Carey anotó el precio.

—Tanisha —dijo—. Este es tu escaparate. Buena suerte.

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