Henar
Alfredo me llamaba «las mujeres», en plural. No decía: «Mujer, esto», ni reclamaba: «¡Pero, mujer!». Lo decía cuando se sentía reconfortado y vencido: «Mujeres, siempre conseguís que uno se ponga romanticón» —se fijaba aún más si cabe en la relajación del pelo revuelto recién amanecida—. Claro que se refería a nosotras porque había más de una, pero de eso no hablábamos, como no hablamos de las cosas que existen sino de las que están ocurriendo en otra parte. Alfredo afirmaba que no estaría sola mucho tiempo, así que podía aprovecharme de él cuando sucediera. Esto, imagino, también cuenta. Desde el principio se situó entre los demás hombres libremente, en un lugar en el que nadie se había detenido hasta entonces. Nos conocimos siendo profesor y alumna, volviendo por la calle que une Puente de Vallecas con Pacífico, recorrido que acostumbrábamos a hacer cada mediodía de los martes después de la clase que impartía durante dos horas en una biblioteca de las afueras. Un día, antes del verano —la conversación se extendía entonces por ese tramo de la ciudad—, continuamos andando hasta su casa del centro de Madrid. Muchas mañanas después cruzo la pequeña plaza de este antiguo barrio en el que vivo, por la que desaparecimos tras un portal remoto, y me quedo pensando que aquí, precisamente aquí, me acosté con un hombre. Todos tenemos aparatos que documentan sin parar; me consuela saber que su registro sería, al menos, tan amplio como el mío. ¿Cómo liberaría el deseo encerrado en su cuerpo tan terrible? Aquella noche me confesó que había otras mujeres. No hay argumentos suficientes para aceptar fracturas así, pero Alfredo supo y me hizo entender que solo se trata de superar los instantes. Y es que, lo acababa de constatar, se asomaba a las mujeres desmesuradamente. Me prometí no volver, lo que evidencia que, a la postre, preferimos vivir con ciertos problemas a carecer de ellos.
Mi trabajo es el último eslabón de una cadena rota. Visiono cintas de vídeo que posteriormente digitalizo y reordeno dentro del servidor, alimentando un cuerpo en coma del que nada ha de salir. Los tiempos del procesado de imagen han afianzado nuestra relación: durante la espera respondo a los mensajes de Alfredo. Cada tarde, al empezar mi jornada, compruebo el estado en que se encuentran los materiales: su contenido, duración, deterioro, un porqué, un cuándo; reconozco el principio y el final de los mismos. Cada tarde, después del despido masivo. Aprovechando la mala gestión de los diez últimos años de la empresa, fueron puestos en la calle novecientos de un total de mil cien empleados. Solo quedamos Luis y yo en el turno de noche. Al igual que el trabajo, nuestro modo de relacionarnos es más parco ahora. No habíamos cumplido treinta cuando nos contrataron para cubrir vacaciones en la cadena de televisión autonómica. Aquel verano también supe de la existencia de Claudia, la mujer de Luis; en este momento lo veo acercarse el teléfono y salir por la puerta murmurando hacia fuera y al mismo tiempo hacia dentro. Tiene poco pelo y la piel muy elástica. Dice: «Pellizcando y tirando del cuerpo se despega, así». A veces he imaginado a Luis diciendo las palabras que Alfredo me escribe. Y he imaginado, antes de que todas aquellas personas desaparecieran de nuestras vidas por la eliminación de contratos y nosotros nos fuéramos callando, en una pequeña sala al fondo de la cuarta planta de este edificio vacío, la señal en negro de una televisión que volvía a encenderse.
Al poco de ejecutar el Expediente de Regulación de Empleo, Luis y yo intimamos como intiman quienes son asolados por una desgracia. Tal vez pudiera haber ocurrido algo más entre nosotros. En el trabajo disponemos del escondite perfecto, la clandestinidad de los lugares ajenos que consideramos propios. Pero convertirse en amantes es un logro que no está al alcance de todas las bocas. En estos diez años de relación secreta con Alfredo he aprendido a disimular nuestros encuentros, casuales o provocados, en los espacios públicos, entre la gente conocida pero también, porque nunca se sabe, ante los ojos de quienes pudieran estar observando torpemente. Además de refugiarnos en el plano privado, otra de las particularidades de mantener cierto tipo de conversaciones es el concepto de cambio: un exceso de sentimientos sería inconveniente, su defecto nos abocaría al final de las cosas inmutables. Por ello convenimos en espaciar los encuentros. Desde hace varios años Alfredo vive fuera de España, lo que juega a nuestro favor para ser, cada vez que nos vemos, dos personas diferentes. Antes de que emigrara, al comienzo de nuestra relación, ya estableció que yo era alguien a quien acudir. Después, como excepción, al mismo tiempo que fue adquiriendo la costumbre de ser visitado —la gente decide cuándo quiere ir a verlo—, conmigo asumió que debía ser él quien se trasladara cuando hubiera el deseo de llevar a cabo una visita. Me imaginaba ir y venir, que era ausentarme o hacerme visible a través de la pantalla, mientras él, paradójicamente, permanecía en las coordenadas en que nos encontrábamos, aunque esto tampoco es verdad al cien por cien. Alfredo transmite esa idea de lugar. Las razones por las que accedo a verlo tienen que ver con el regreso, la constancia con la que vuelve a Madrid y la (me) retoma como si nunca se hubiese marchado. También yo he vivido fuera, he escrito ciertas cartas, ciertos correos como él los ha escrito, para aquellos otros hombres antiguos. Después de insistir lo suficiente, soy felizmente visitada durante el lapso de una tarde o una parte de la noche. La correspondencia es de una incursión por estancia en el país, al igual que voy a ver una exposición o una película en el cine; experiencias que no tiendo a repetir en un corto espacio de tiempo. Es distinto el caso de un restaurante, donde, si he cenado copiosamente, soy capaz de volver, incluso al día siguiente, y reelegir los mismos platos principales del menú. Alfredo prefiere la rapidez, la inmediatez y la lascivia de la comida basura, que aprovecha para engullir siempre que puede. Le sacia toda esa porquería. Lo que no quita que se encuentre —incursión inesperada— pagando el precio que piden por la calidad máxima de según qué apetitosos, lujuriosos, frescos alimentos del día en un restaurante de esos.
Sube las escaleras del edificio de mi casa y aguarda un momento en el rellano del quinto hasta que oye a mi amiga llegar y cerrar la puerta. A pesar de la sencillez de la operación, me he puesto nerviosa. No está de más señalar que nuestras aventuras solo constan de conversaciones y, más allá, lindezas que a veces se ingieren y alimentan: un café, un menú o unas copas, dependiendo de la hora que sea, en algún bar anónimo de barrio. Lo que queda fuera de esto nos excluye; todo el temario cotidiano y, por descontado, imprevistos, llamadas al timbre o al teléfono y la sorpresa de algunos inoportunos visitantes. Mientras mi amiga subía los cuatro pisos a pie y Alfredo ascendía al último y esperaba escondido en el quinto, tras un encuentro más breve de lo deseado, me ha dado por pensar en lo interesante que resultaría el hecho de que quien estuviera avanzando escaleras arriba por el edificio fuese un amante incipiente en lugar de la susodicha amiga. El nerviosismo se debe a que durante años no he compartido el secreto con nadie pero, si fuera menos inocente y más perverso, quizás ahora el engañado fuese Alfredo y no el amante (la amiga) que llegaba en esos momentos. A fin de cuentas, tampoco le conozco tanto. Si no lo conté fue porque, en el fondo, los dos pensábamos que no duraría y que lo natural sería hacer como si no hubiera sucedido. Alfredo encontraba similitudes con mi trabajo: había desembocado en una situación tan irreal que se le asemejaba a un sueño o una pesadilla. Para aquellas personas que, después de veinte años en la empresa, habiendo aprobado una oposición para el puesto que ocupaban, con el pretexto de una crisis económica se hayan visto con cincuenta años en la calle, las circunstancias resultan inciertas y complicadas. Lamentablemente, tanto en el caso empresarial como en esta relación, la situación (irreal, macabra) funciona. Alfredo cree que evitar el desengaño es parte del éxito. La total complacencia para el que pueda tenerla. Por su parte, prefiere ser cauteloso y aspirar a goces más prosaicos.
Alfredo me pregunta qué hace uno en Madrid cuando se aburre. Nos encontraremos en las calles del barrio y nos saludaremos como vecinos, pero hemos pasado un año sin vernos. Le pregunto qué libro lleva. Me acompaña Daniel, que presencia una conversación incompleta y breve, cuatro o cinco frases que arrastran intimidad y sin querer van yéndose. No muestra interés Daniel por un profesor que tuve hace diez años. Apenas siento cómo me mira Alfredo, él también espera el momento de irse, y de volver. Lo veo acercarse desde la terraza del bar donde Daniel y yo comemos. Una vez más, le pido que me enseñe el libro que lleva. Siempre me sorprende cómo quedamos aparte. Alfredo no pregunta cómo estás, lo afirma, casi lo exclama en medio de una reunión que le es ajena, en la plaza abarrotada de domingo. «¡Cómo estás!» Parece que él es lo de menos en esta sucesión de momentos, moviéndose entre lo anodino y su peculiar, hiriente, repulsivo, monstruoso aspecto.
Entre bajarse a la playa a ver a su madre y quedarse en Madrid la otra mitad del tiempo, había dejado suficientes mensajes para todo aquel que quisiera socializar, mostrando disponibilidad absoluta: los amigos, conocidos y demás personas entre las que me incluía no teníamos más que contactar con él, y consideró bueno esperar mis mensajes. Alfredo se ha hecho tanto a los momentos vacíos que no le molesta la falta de planes; es más, la considera un privilegio, un respiro. En reiteradas ocasiones ha demostrado que no le importa obviar a la mayoría —con la edad tiende a valorar el tiempo, las actividades y las personas que lo llenan de manera más pausada—, pero reconoce que de mí no se ha cansado. Comparto algunas de sus publicaciones: vídeos, imágenes y textos que reproduce en la red. Mis dotes de lectora se han ido acercando a los suyos, grupos que él escucha han pasado a formar parte de mi música de cabecera. Se considera hábil en ciertos terrenos. Al final, me escribió él: «A este paso no nos veremos». No sé si me llamó también, al ver que asomaba el deseo. Como no respondí, me dejó un correo preguntando abiertamente si me apetecía verle, a lo que contesté con una negativa. Yo estaba con Daniel. Alfredo me respondió confundido: «Creía estar escribiendo a otra persona», y algo de tener un libro entre manos pero aun así leer partes de otros libros sin por ello dejar de disfrutar con el primero, etcétera.
Lo volví a ver tiempo después. Coincidimos en un vagón de metro; hacíamos un trayecto que a ninguno de los dos nos correspondía del todo. No consigo acordarme del lugar al que me dirigía, pero mirando a Alfredo comprendí hacia dónde se dirigía él. Ni siquiera me miró de un modo extraño para que yo comenzara a pensar en otras mujeres. Con todo, lo que pensamos de los demás no tiene importancia, lo que él pensase de mí tampoco la tendría. ¿La tiene formar parte de la ficción de las pasiones ajenas? Alfredo hacía comentarios en los que nunca refería nombres ni particularidades sobre el género femenino y los planes, más in
