Índice
El guardián
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Epílogo
Déjate atrapar por la serie que ha sacudido al mundo entero
Biografía
Créditos
Acerca de Random House Mondadori
Para L. A. Banks, mi gemela de cumpleaños. Gracias
por iluminar uno de los períodos más oscuros
de mi vida. Siempre te llevaré en el corazón.
Te echo de menos, hermana.
Siempre te echaré de menos.
Para mi familia, por estar ahí cuando más la necesito.
Y para Monique, una de las editoras más brillantes con las
que he trabajado. Y para todo el equipo de Saint Martin
Press, que hace posible estos libros. Que Dios os bendiga y
os proteja a todos.
Mientras están despiertos, todos
los hombres habitan el mismo mundo.
Sin embargo, cuando duermen,
cada uno lo hace en el suyo propio.
PLUTARCO
Prólogo
—¿Te ha sentado bien la estancia en el infierno?
Seth levantó la vista, aunque los mechones ensangrentados de su melena cobriza le ocultaban los ojos, y gruñó al escuchar una voz que llevaba siglos sin oír.
Noir.
Un dios primigenio.
Señor de todas las criaturas malévolas y letales.
Un cabrón de cuidado.
Debería responder su absurda pregunta, pero tenía la boca atravesada por un perno, como parte de las torturas que los demonios le habían infligido durante los últimos…
En fin, hacía mucho que había perdido la cuenta del tiempo transcurrido. ¿Para qué calcularlo cuando cada segundo que pasaba sufría un dolor tan atroz que ya ni siquiera recordaba lo que era una vida sin él? En realidad, a lo largo de los siglos el dolor se había convertido en una fuente de placer.
«Estoy más grillado que Noir.»
Con el perno en la boca, había sido incapaz de hablar desde que lo arrojaron a ese agujero. Aunque tampoco habría hablado si no lo hubieran silenciado de esa forma. Jamás les daría la satisfacción de oírlo suplicar o gritar de dolor. Solo había una persona que lo había logrado y, pese al milenio que había transcurrido desde entonces, las burlas y el desprecio de su padre adoptivo aún resonaban en sus oídos.
Que les dieran a todos. Ya no era un niño, y prefería la muerte antes que humillarse de nuevo suplicando algo que sabía que jamás le concederían.
Sin embargo, sí que habría insultado a Noir de haber podido hacerlo. Dadas las circunstancias, solo podía mirar al ser ancestral echando chispas por los ojos mientras deseaba contar con la totalidad de sus poderes para hacerlos sufrir a todos.
Noir, que medía más de dos metros diez de altura, lograba que el resto de los demonios se echara a temblar con su simple presencia. El impecable traje negro que llevaba, además de la camisa blanca, parecía totalmente fuera de lugar en la oscura y gélida estancia. Una estancia cuyas paredes estaban manchadas con la sangre de Seth.
Noir alargó un brazo y le dio unas palmaditas en una mejilla, como si fuera un cachorrito obediente.
—Mmm, debo decir que el infierno no parece sentarte bien. Das pena y creo haberte visto en mejor estado.
—¡Que te den! —exclamó Seth, pero sus palabra apenas se entendieron. El perno le impedía mover la lengua y los labios. Si lo intentaba, el dolor lo atravesaba de arriba abajo.
Justo lo que más falta le hacía.
Noir arqueó una de sus cejas negras.
—¿Acabas de darme las gracias? No entiendo cómo es posible que me agradezcas semejante existencia. Eres un cabrón retorcido, ¿verdad?
Seth apretó los dientes. El brillo juguetón que iluminaba los ojos negros de Noir le dijo que el muy cerdo solo quería cabrearlo.
Y lo había conseguido. Claro que tampoco tenía que esforzarse mucho para hacerlo. El simple hecho de que ese… No acababa de encontrar un insulto lo bastante fuerte. El simple hecho de que Noir viviera lo sacaba de quicio.
Noir miró a los demás.
—Dejadnos a solas.
¿No podía hablar con un tono de voz menos autoritario?
Un momento… Se trataba de Noir… Así que eso era un imposible.
El antiguo dios ni siquiera necesitó pedirlo dos veces. Los demonios desaparecieron al instante, aterrados por la posibilidad de que la ira de Noir les impartiera la misma hospitalidad que había recibido Seth. Al fin y al cabo, este había sido la mascota más querida del dios; una mascota a la que cubría de regalos entre un abuso y otro.
El dios oscuro jamás había soportado a los demonios que lo servían.
«Joder, yo también saldría pitando si pudiera», pensó Seth.
Este envidiaba la libertad de aquellos seres mientras que su cuerpo desnudo colgaba del techo, al que estaba sujeto por los grilletes que le rodeaban las muñecas. Llevaba tanto tiempo con los brazos levantados por encima de la cabeza que los huesos le sobresalían por las muñecas, a través de los cortes que el hierro de aquellos seres le había provocado.
Estaba seguro de que debía de dolerle, pero el dolor de esas heridas se mezclaba de forma tan armoniosa con los otros suplicios que era incapaz de diferenciarlos. ¿Quién iba a pensar que la tortura tenía sus beneficios?
En cuanto se quedaron a solas, Noir se colocó de nuevo frente a él y le dijo con una voz ronca que resultó tan inquietante como fría:
—Tengo una proposición que hacerte. ¿Te interesa?
Ni de coña. Estaba harto de hacer tratos. Nadie cumplía su parte. Noir podía irse a asarse las pelotas a la pira infernal que más le apeteciera.
Bien sabían los dioses que, dado el lugar en el que se encontraban, no tendría que ir muy lejos.
Seth apartó la vista.
Noir chasqueó la lengua.
—Esclavo, sabes muy bien que no tienes más remedio que obedecerme. Me perteneces.
Esa realidad lo carcomía con más saña que los bichos que los demonios le habían arrojado a las heridas abiertas para que se alimentaran de su carne. ¡A la mierda con todos! Su familia lo había vendido a Noir cuando solo era un niño. Y jamás le permitirían olvidarse de ese hecho.
Como si pudiera hacerlo…
Noir enterró una mano en el cabello de Seth y le dio un tirón para levantarle la cabeza. El movimiento hizo que el perno se le clavara más profundamente en la garganta y en la lengua.
El repentino dolor le llenó los ojos de lágrimas, ya que las antiguas heridas se reabrieron y la sangre brotó de nuevo.
Ojalá en esa ocasión se ahogara por la imposibilidad de tragársela, pensó Seth. Sin embargo, era consciente de la triste realidad: era un ser inmortal. La muerte jamás lo salvaría de esa mísera existencia, de igual manera que no lo había salvado del resto de su violento pasado.
Su única salida era la inexistente clemencia de Noir.
El dios le tiró con más fuerza del pelo.
—Necesito tus servicios porque son especiales.
«Y yo necesito aplastar tu corazón con un puño», replicó en silencio.
El cabrón de Noir sonrió como si le hubiera leído el pensamiento.
—Si me fallas de nuevo, te aseguro que tu siguiente período aquí hará que recuerdes esto como si fuera el paraíso. ¿Me has entendido?
Seth se negó a responder.
Noir le arrancó un mechón de cabello al soltarlo. El dolor le atravesó el cráneo al tiempo que los bichos reptaban sobre su cuerpo, atraídos por el olor de la sangre fresca.
Seth comenzó a respirar de forma entrecortada y apretó los dientes en un intento por no gemir a causa de la agónica tortura. Cerró los ojos con fuerza y luchó para no sumirse en la inconsciencia que amenazaba con devorarlo. Cada vez que se desmayaba, sus torturadores se ensañaban más y más.
«No lo permitas, gilipollas. Concéntrate… ¡Joder! Mantente despierto.»
Se aferró con fuerza a las cadenas al percatarse de que comenzaba a perder la visión.
Noir le regaló una sonrisa cáustica que Seth no llegó a ver.
—Harás que me enorgullezca de ti si consigues lo que deseo o…
No completó la amenaza. Ni falta que le hacía.
Ambos sabían que Seth haría cualquier cosa con tal de librarse de esa penosa existencia. Pese a sus bravuconadas, era muy consciente de la amarga verdad.
La crueldad que le habían infligido lo había derrotado.
Y jamás volvería a ser el mismo.
Ya no quedaba nada en su interior, salvo un odio tan profundo e inmenso que casi podía saborearlo. Lo saboreaba junto con el sabor metálico del perno y de la sangre. Era el único alimento que había probado en siglos.
La sonrisa de Noir se tornó genuina.
—Sabía que al final acabarías entrando en razón. —Chasqueó los dedos.
Los grilletes que rodeaban las manos de Seth se abrieron y este cayó al suelo. Tras siglos de abusos e inmovilidad, le fallaron las piernas.
Estaba tan débil que ni siquiera pudo mover la cabeza mientras se acurrucaba donde había caído. Su cuerpo no respondía. Llevaba demasiado tiempo sin usar los músculos.
Noir le asestó una patada en el vientre con tal fuerza que lo dejó tendido de espaldas. Hizo una mueca de repulsión mientras miraba a Seth con desprecio.
—Das asco y pena, perro. Aséate un poco. —Y con esas palabras se desvaneció en la oscuridad.
Seth siguió en el suelo, con la boca atravesada por el perno. Parpadeó varias veces mientras observaba las paredes que lo rodeaban. Las manchas de su sangre parecían bailar con el juego de luces y sombras. Y así fue como vio la silueta de su cuerpo, desnudo y destrozado.
Y todo por haber hecho un trato con la única persona que creía su amigo.
«Jamás cometeré semejante estupidez de nuevo.»
Porque nadie lo había ayudado. Ni una sola vez en todo ese tiempo. Ni un solo ser había acudido para ofrecerle compasión o consuelo… o una disculpa.
Ni siquiera le habían ofrecido un sorbo de agua.
Otra lección que no olvidaría jamás.
Fuera lo que fuese lo que le pidiera Noir, lo haría. Sin titubear. Sin demostrar clemencia. Cualquier cosa con tal de no regresar a ese sitio y con tal de que no le hicieran más daño.
Solo quería un minuto de paz. ¿Era pedir demasiado?
Una vez decidido, se preparó para la nueva oleada de dolor y se incorporó despacio hasta ponerse en pie, aunque le temblaban las piernas. Sintió que recuperaba por fin sus poderes divinos. Su fuerza aumentaba a cada latido del corazón. Sin embargo, jamás los recobraría del todo.
Nunca jamás.
Noir no lo permitiría. Cada vez que estuvieran en un punto alto, o Noir o Azura los mermarían.
Sin embargo, contaba con poderes suficientes para vestirse y mantenerse en pie, aunque se tambaleara. Cuando los demonios volvieran, se vengaría tal como merecían.
Le suplicarían clemencia. Pero ya no conocía ese concepto. Lo había olvidado después de haber sido sometido al ultraje más absoluto, hasta tal punto que no recordaba una sola parte de su cuerpo que no hubiera sido mancillada por las torturas. Le habían robado, minuto a minuto y a lo largo de incontables siglos, cualquier vestigio de humanidad que le quedara.
Nada lo pondría de nuevo en semejante situación y jamás confiaría en otra persona. Fuera quien fuese. Que los dioses se apiadaran de aquellos a quienes Noir quería que buscase.
Porque no les demostraría compasión.
1
La palabra «infierno» tenía muchas connotaciones, y cada una de ellas tan singular como el individuo que la definiera. Para una persona, la idea de estar atrapada eternamente con la única compañía de un vídeo de Michael Bolton era el epítome del horror. Para otra, lo peor que podía pasarle era quedarse encerrada en un ascensor con alguien que no parara de hablar a gritos por teléfono y no poder sacarle las tripas para que se callara.
Para Lydia Tsakali, el infierno era la oscuridad que la rodeaba, en la cual resonaban los alaridos de los condenados que estaban siendo torturados. Y lo peor no era escuchar los gritos pidiendo clemencia a aquellos que ni siquiera los escuchaban, sino los recuerdos que dichos alaridos evocaban. El terror latente de algo en lo que no quería pensar de nuevo. Recuerdos de una noche de su vida que llevaban mucho tiempo enterrados y de las descarnadas emociones que los acompañaban. Ambas cosas aún poseían la habilidad de postrarla de rodillas.
«No pienses en eso.»
¿Cómo evitarlo? Aquella noche fue la última que tuvo una familia que la amaba. En aquel entonces, tal como le sucedía en ese momento, solo veía una oscuridad impenetrable que le provocaba un dolor atroz en los ojos; una oscuridad tan opresiva que le hizo temer quedarse ciega además de muda. Cuando por fin la luz desterró las tinieblas, lo que descubrió fue sangre y terror…
«Ya no eres una cría.»
Cierto. Era un chacal adulto. Era una guerrera entrenada con miles de años de combate a sus espaldas. No había ni un solo ser en Azmodea que pudiera hacerle daño.
«Se te olvida Noir.»
Pues sí. Se le había olvidado.
«¿Y qué me dices de Azura?»
Bueno, sí. Había dos. Pero carecía de importancia. Ya había jugado antes en desventaja y en peores condiciones. Claro que en esos casos el enemigo no contaba con los poderes de un dios primigenio.
«¿Te importaría dejar de pensar en esas cosas o estás tratando de que me acobarde?», preguntó Lydia a su propia conciencia.
«Solo trato de hacerte entrar en razón antes de que sea demasiado tarde. No has llegado hasta aquí cometiendo estupideces. No con la gente que sabes que puede matarte. ¿Y para qué? ¿Para ayudar a Solin? Te descuartizará cuando se entere de que estás aquí. ¿Acaso eres idiota?»
Al parecer era idiota, y su idiotez no tenía límites. Si hubiera sido otro el que estuviera atrapado en ese lugar en vez de Solin, ella jamás habría puesto un pie en ese sitio.
Sin embargo, lo quería demasiado para dejarlo morir en ese lugar. Solin la había ayudado cuando nadie más estaba dispuesto a hacerlo. La había entrenado y la había apoyado. Le había enseñado a sobrevivir y a luchar. Sin él, estaría muerta.
«Hasta él te diría que estás cometiendo una estupidez.»
Pues sí.
«La amabilidad es una fruta podrida que envenena a cualquiera que la come. Así que arrójasela al enemigo a la cara y deja que lo envenene a él, no a ti.»
¿Cuántas veces se lo había dicho Solin?
Sin embargo y pese al odio que albergaba en su corazón y que tantas veces había expresado, la había criado como si fuera una hija. Jamás la había privado de su amor, de su paciencia o de su amabilidad.
Solo era así con ella.
Con los demás… en fin. Los demás veían una faceta de su personalidad que Lydia apenas conocía. Gracias a los dioses.
«La personalidad se define por sus fallos, no por sus virtudes —era otra de las enseñanzas preferidas de Solin—. Es lo que nos hace únicos y lo que nos convierte en lo que somos.»
El recuerdo de su voz le daba fuerzas para sonreír pese al peligro.
«Tengo que encontrarlo.»
Porque él habría ido en su busca si lo hubiera necesitado.
«Sí, claro…»
En el fondo Lydia sabía perfectamente que las advertencias de su mente no tenían en cuenta lo que sabía su corazón. Solin siempre estaría de su parte. Para ella, era un héroe.
Algo se movió a su izquierda. Lydia se detuvo al instante, en cuanto su desarrollado oído captó el leve sonido. El subidón de adrenalina aguzó el resto de sus sentidos. Distinguió un nuevo olor. Masculino. Un demonio.
Muy cerca.
«No respires… No respires…»
No porque temiera que la criatura la localizase, sino porque el hedor, que ya sería repugnante si fuera humana, resultaba insoportable debido a su parte de katagaria. Se tapó la nariz con los dedos para bloquearlo.
Sin embargo, no pudo evitarlo del todo.
«Contén las arcadas.»
¿Los demonios se bañaban en mierda o qué? No le gustaba ese tipo de pensamiento tan soez, pero… ¿por qué tenían que ser tan repulsivos?
De buenas a primeras, el demonio apareció frente a ella. Sus gruesos labios esbozaron una sonrisa.
—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? No me acordaba de que había hecho un pedido a domicilio. Qué amable de tu parte…
«… que hayas venido a matarme», concluyó Lydia mentalmente mientras lo aferraba por el pescuezo y lo silenciaba.
Sin embargo, cuando estaba a punto de apuñalarlo, el demonio se evaporó convertido en una apestosa neblina púrpura.
¡Mierda!
Lydia trazó un círculo completo sumida en la oscuridad, intentando ubicarse para localizarlo antes de que el demonio anunciara su presencia. Ya no lo olía ni lo oía.
Y eso no le gustaba ni un pelo. Por su bien.
De repente,
