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EN LA POSTRERA LUZ DEL DÍA, EL LAGO RESPLANDECIENTE
En la postrera luz del día, el lago resplandeciente al pie de la ciudad-palacio parecía un mar de oro fundido. Un viajero que pasara por allí al ponerse el sol –ese viajero, que pasaba por allí, ahora, por el camino a orillas del lago– acaso creyera estar acercándose al trono de un monarca tan fabulosamente rico que podía permitirse verter parte de sus tesoros en una gigantesca hondonada para encandilar y sobrecoger a sus invitados. Y a pesar de su gran tamaño, el lago de oro debía de ser solo una gota extraída del mar de una fortuna mayor… ¡la imaginación del viajero no empezaba siquiera a abarcar la magnitud de ese océano madre! Y no había guardián alguno en la orilla del agua dorada. ¿Tan generoso era, pues, el rey que permitía a todos sus súbditos, y quizá incluso a los forasteros y visitantes como el propio viajero, extraer del lago esa merced líquida sin impedimento alguno? Ese sería ciertamente un príncipe entre los hombres, un verdadero Preste Juan, cuyo reino perdido de cantares y fábulas contenía prodigios imposibles. ¿Quizá (infería el viajero) la fuente de la eterna juventud se hallaba dentro de las murallas de la ciudad, o quizá incluso estaba a un paso de allí la legendaria puerta del Paraíso en la Tierra? Pero entonces el sol se escondió tras el horizonte, y el oro se sumergió bajo la superficie del agua y se perdió. Sirenas y serpientes lo guardarían hasta que despuntase el alba. Entretanto, el agua sería el único tesoro al alcance de la mano, dádiva que el viajero sediento aceptó agradecido.
El forastero viajaba en una carreta tirada por un buey, pero en lugar de ir sentado en los bastos almohadones del interior permanecía de pie como un dios, sujeto, tan campante, al adral de rejilla. La marcha de una carreta de dos ruedas distaba mucho de la estabilidad, sumándose a las veleidades del camino las sacudidas y el continuo zarandeo al ritmo de las pezuñas del animal. Un hombre de pie podía fácilmente caerse y partirse el cuello. Así y todo, el viajero iba de pie, en apariencia despreocupado y contento. Hacía ya rato que el carretero había desistido de darle voces, al principio tomando al forastero por necio: si quería morir en el camino, allá él; en este reino, nadie se compadecería. Con todo y con eso, el desdén del carretero no tardó en dar paso a una remisa admiración. Aquel hombre bien podía ser un necio, cabía decir incluso, si a eso fuéramos, que tenía la cara en exceso hermosa de un necio y, como un necio, vestía de manera poco apropiada –un ropón de cuero hecho de rombos multicolores, ¡con semejante calor!–, pero mantenía un equilibrio impecable, muy digno de verse. El buey avanzaba con paso cansino, las ruedas de la carreta tropezaban en baches y piedras, y aun así aquel hombre, allí de pie, apenas oscilaba y, de algún modo, conseguía lucir un porte airoso. Un necio airoso, pensó el carretero, o acaso no fuera necio en absoluto. Quizá fuera un hombre a quien tomar en cuenta. Si algún defecto tenía, era el de la ostentación, el de pretender no ser solo él mismo, sino también una interpretación de sí mismo, y, pensó el carretero, por estos pagos todo el mundo es un poco así, o sea que tal vez este hombre no nos sea tan ajeno después de todo. Cuando el pasajero mencionó su sed, el carretero, sin más ni más, fue a la orilla del lago a recoger agua en una vasija, una calabaza vaciada y barnizada, con la que dar de beber a aquel individuo, y se la acercó para que la cogiese, como si fuera un aristócrata merecedor del servicio.
–Os quedáis ahí como un gran señor y yo salto y vuelo a vuestras órdenes –dijo el carretero con expresión ceñuda–. No sé por qué os trato tan bien. ¿Quién os da derecho a mandarme? Es más, ¿qué sois? Un noble no, eso se cae de su peso, o no iríais en esta carreta. Así y todo, os dais aires. Debéis de ser, pues, un tunante.
El otro echó un largo trago de la calabaza. El agua le resbaló por las comisuras de los labios y quedó suspendida de su mentón afeitado como una barba líquida. Al final, devolvió la calabaza vacía, exhaló un suspiro de satisfacción y se enjugó la barba.
–¿Qué soy? –preguntó como si hablara para sí pero empleando la lengua del propio carretero–. Soy un hombre con un secreto, eso soy: un secreto reservado para los oídos del emperador.
El carretero salió de dudas: el individuo sí era, al fin y a la postre, un necio. No había necesidad de tratarlo con respeto.
–Guardaos vuestro secreto –dijo–. Los secretos son para los niños, y para los espías.
El forastero se apeó de la carreta frente al caravasar, donde concluían y se iniciaban todos los viajes. Era de una estatura sorprendente y cargaba un maletín.
–Y para los brujos –dijo al carretero–. Y también para los amantes. Y los reyes.
En el caravasar todo era trasiego y bullicio. Unos animales recibían atención –los caballos, los camellos, los bueyes, los asnos, las cabras–, mientras que otros, los animales indómitos, corrían a sus anchas: monos chillones, perros que no hacían compañía a ser humano alguno. Estridentes cotorras estallaban en el cielo como fuegos de artificio verdes. Los herreros se ocupaban de lo suyo, y también los carpinteros, y en las cererías de las cuatro esquinas de la enorme plaza había hombres planeando sus viajes, aprovisionándose de víveres, velas, aceite, jabón y cuerda. Culíes con turbante, camisola roja y dhoti corrían sin cesar de acá para allá con fardos en la cabeza de tamaño y peso inconcebibles. Se veía, en conjunto, mucha carga y descarga de género. Allí encontraba uno cama para la noche a buen precio; eran camas de cuerdas y armazón de madera, con colchones de erizado pelo de caballo, dispuestas en filas marciales sobre las azoteas de los edificios de una sola planta que circundaban el enorme patio del caravasar, camas donde un hombre podía yacer y alzar la vista al firmamento y creerse divino. Más allá, al oeste, se extendían los rumorosos campamentos de los tercios del emperador, que acababan de regresar de las guerras. El ejército no estaba autorizado a entrar en el recinto palaciego, sino que debía quedarse allí, al pie del cerro real. Un ejército ocioso, recién llegado de la batalla, tenía que tratarse con cautela. El forastero pensó en la antigua Roma. Un emperador no confiaba en más soldados que los de su guardia pretoriana. El viajero sabía que para la cuestión de la confianza debía buscar una razón convincente. Si no, su muerte sería rápida.
No lejos del caravasar, una torre tachonada de colmillos de elefante señalaba el camino hacia la puerta de acceso a los palacios. Todos los elefantes eran propiedad del emperador, y este, engastando los dientes en una torre, demostraba su poder. ¡Andaos con cuidado!, anunciaba la torre. Estáis entrando en los dominios del Rey de los Elefantes, un soberano tan rico en paquidermos que puede despilfarrar las protuberancias dentales de un millar de bestias solo para decorarme. En la exhibición de poderío de la torre, el viajero reconoció la misma ostentosidad que ardía sobre su propia frente como una llama, o una señal del Demonio; pero el artífice de la torre había transformado en fuerza esa cualidad que, en el viajero, se veía a menudo como flaqueza. ¿Es el poder la única justificación para una personalidad extrovertida?, se preguntó el viajero, y no supo qué contestarse, pero no pudo menos de esperar que la belleza proporcionase otro pretexto equivalente, ya que él era sin duda hermoso, y sabía que su buena presencia tenía poder por sí misma.
Más allá de la torre de los dientes se alzaba un gran pozo y, por encima de este, una amalgama de maquinaria hidráulica de una complejidad incomprensible que suministraba agua al palacio de múltiples cúpulas sito en lo alto del cerro. «Sin agua, nada somos –pensó el viajero–. Hasta un emperador, privado de agua, se vería pronto reducido a polvo. El agua es el auténtico monarca y todos somos sus esclavos.» En su ciudad, Florencia, conoció una vez a un hombre capaz de hacer desaparecer el agua. El sortílego llenaba una jarra hasta el borde, musitaba un conjuro, daba la vuelta a la jarra, y esta, en lugar de líquido, derramaba telas, una lluvia de pañuelos de seda de colores. Era un truco, naturalmente, y el viajero, antes de concluir el día, le sonsacó el secreto a aquel individuo y lo ocultó entre sus propios misterios. Era un hombre con muchos secretos, pero solo uno digno de un rey.
El camino hacia la muralla de la ciudad ascendía rápidamente por la ladera, y el viajero, al ascender con él, vio las dimensiones del lugar al que había llegado. Era a todas luces una de las grandes urbes del mundo, mayor, se le antojó, que Florencia o Venecia o Roma, mayor que cualquiera de las ciudades que había visto. Una vez visitó Londres, y también era una metrópoli menor que esta. Al declinar la luz, la ciudad parecía crecer. Densos barrios se acurrucaban en torno a las murallas, los almuecines llamaban desde sus minaretes, y a lo lejos vio las luces de extensas haciendas. En el crepúsculo empezaban a arder las fogatas, como señales de alerta. En la bóveda negra del firmamento respondía el fuego de las estrellas. «Como si la tierra y el cielo fueran ejércitos aprestándose para la batalla –pensó–. Como si sus campamentos descansaran en silencio por la noche y esperaran la guerra del día venidero.» Y en todos aquellos laberintos de calles y en todas aquellas casas de los poderosos, más allá, en las llanuras, nadie había oído jamás su nombre, nadie prestaría fe a la historia que tenía que contar. Aun así, tenía que contarla. Había cruzado el mundo entero para hacerlo, y lo haría.
Caminaba a grandes pasos y atraía muchas miradas de curiosidad, tanto por su estatura como por su cabello amarillo, flotando este, largo y sin duda sucio, en torno a su cara como el agua dorada del lago. Dejando atrás la torre de los dientes, la cuesta subía hacia una puerta de piedra coronada por dos elefantes en bajorrelieve encarados. Del otro lado de esa puerta, que estaba abierta, llegaban los sonidos de seres humanos que jugaban, comían, bebían, se embriagaban. Había soldados de guardia en la puerta de Hatyapul, pero mantenían una actitud relajada. Las auténticas barreras estaban más adelante. Aquel era un espacio público, un lugar para el encuentro, las adquisiciones y el placer. Los hombres pasaban apresuradamente junto al viajero, impulsados por su apetito y su sed. Entre las puertas exterior e interior, a ambos lados de la calle adoquinada, había hosterías, figones, tenderetes de comida y voceadores de toda índole. Se desarrollaba allí el eterno negocio de la compra y la venta. Telas, utensilios, adornos, armas, ron. El mercado principal se hallaba pasada la puerta sur, más pequeña. Los vecinos de la ciudad compraban allí y evitaban este lugar, concebido para los recién llegados ignorantes que desconocían el precio real de las cosas. Este era el mercado de los estafadores, el mercado de los ladrones, ruidoso, caro, vil. Pero los viajeros cansados, ajenos al trazado de la ciudad, y reacios en cualquier caso a rodear toda la muralla exterior hasta el bazar más grande y equitativo, sin mucho más donde elegir, tenían que tratar con los mercaderes junto a la puerta de los elefantes. Sus necesidades eran simples y perentorias.
Pollos vivos, alborotados por el miedo, colgados cabeza abajo, aleteando, con las patas atadas, esperaban la cazuela. Para los vegetarianos había otros guisos más silenciosos; las hortalizas no chillaban. ¿Y aquello que el viajero oía en el viento eran voces femeninas, ululantes, provocadoras, tentadoras, riéndose de hombres invisibles? ¿Eran esas las mujeres cuyo aroma percibía en la brisa vespertina? Esa noche, en todo caso, era ya tarde para ir en busca del emperador. El viajero llevaba dinero en el bolsillo y había recorrido un camino largo y tortuoso. Esa era su táctica: avanzaba hacia el objetivo indirectamente, con muchos rodeos y desvíos. Desde el desembarco en Surat, había viajado hasta Agra vía Burhanpur, Handia, Sironj, Narwar, Gwalior y Dholpur, y de Agra hasta aquí, la nueva capital. Ahora deseaba la cama más cómoda posible, y una mujer, preferiblemente sin bigote, y por último cierta dosis de abandono, la huida de sí mismo, que nunca puede hallarse en los brazos de una mujer, sino solo mediante un buen trago de una bebida fuerte.
Más tarde, una vez satisfechos sus deseos, durmió en un perfumado burdel, roncando sonoramente al lado de una ramera insomne, y soñó. Era capaz de soñar en siete lenguas: italiano, español, árabe, persa, ruso, inglés y portugués. Había adquirido las lenguas del mismo modo que los marineros adquirían las enfermedades; las lenguas eran su gonorrea, su sífilis, su escorbuto, su paludismo, su peste. Tan pronto como concilió el sueño, medio mundo empezó a balbucear en su cerebro, contando prodigiosos relatos de viajeros. En este mundo a medio descubrir, cada día traía consigo noticias de nuevos encantamientos. La ensoñadora poesía de lo cotidiano, visionaria y reveladora, aún no había sido aplastada por la estrecha y prosaica realidad. Siendo él mismo narrador de relatos, se había sentido impulsado a abandonar su casa por historias asombrosas, y por una en concreto, una historia que lo enriquecería o le costaría la vida.
2
A BORDO DEL BARCO PIRATA DEL MILORD ESCOCÉS
A bordo del barco pirata del milord escocés, el Scáthach, así llamado por una legendaria diosa guerrera de Skye, un buque cuya tripulación había robado y saqueado como si tal cosa durante muchos años de una punta a otra de la costa española del Caribe pero navegaba ahora rumbo a la India por razones de Estado, el lánguido polizón florentino se libró de ser arrojado sin miramientos al río Blanco en el África meridional porque sacó una culebra de la oreja del sobresaltado contramaestre y la lanzó por la borda. Lo habían descubierto bajo una litera en el castillo de proa siete días después de doblar el cabo de las Agujas, en el extremo del continente africano, vestido con jubón y calzas de color mostaza y envuelto en una larga capa arlequinada de retazos –vivos rombos de cuero–, abrazado a un pequeño maletín y durmiendo a pierna suelta, con estentóreos ronquidos, sin hacer el menor esfuerzo por ocultarse. Se lo veía más que dispuesto a dejarse descubrir y pasmosamente seguro de sus gracias, sus dotes de persuasión y su encanto. Al fin y al cabo, dichas cualidades lo habían llevado ya muy lejos. Y en efecto resultó ser todo un mago. Transformó monedas de oro en humo y después otra vez el humo amarillo en oro. Una jarra de agua dulce, al volverla del revés, dejó escapar un diluvio de pañuelos de seda. Con un par de pases de su elegante mano, multiplicó panes y peces, cosa que, aun siendo a buen seguro una blasfemia, los famélicos marineros le perdonaron sin mayor problema. Apresurándose a hacer la señal de la cruz, para protegerse de la posible cólera de Jesucristo al ver su puesto usurpado por este nuevo obrador de milagros, engulleron aquella comida inesperadamente pródiga, si bien más que cuestionable desde el punto de vista teológico.
Hasta el mismísimo milord escocés, George Louis Hauksbank, lord Hauksbank de Ídem –o dicho de otro modo, conforme al uso escocés, Hauksbank de Hauksbank, un noble que no debía confundirse con otros Hauksbank menores, más innobles, de lugares inferiores– sucumbió en un santiamén al encanto del intruso arlequín cuando este fue conducido a su camarote para someterlo a juicio. A la sazón, el joven tunante se hacía llamar «Uccello».
–Uccello di Firenze, hechicero y erudito, a vuestro servicio –dijo en perfecto inglés, e hizo una inclinación de cabeza amplia y profunda, con desenvoltura casi aristocrática.
Lord Hauksbank sonrió y olisqueó su pañuelo perfumado.
–Cosa que me habría creído, mago –contestó–, si no conociese al pintor Paolo de ese mismo nombre y lugar, que creó en el Duomo de vuestra ciudad un fresco trompe-l’oeil en honor de un antepasado mío, sir John Hauksbank, conocido como Giovanni Milano, mercenario, en otro tiempo general de Florencia, vencedor de la batalla de Polpetto; y si ese pintor, por desgracia, no llevase ya muerto muchos años.
El joven tunante emitió un descarado chasquido de disconformidad con la lengua.
–Como es obvio, yo no soy el difunto artista –afirmó, adoptando una pose afectada–. He elegido este pseudonimo di viaggio porque en mi idioma equivale a la palabra «pájaro», y los pájaros son los mayores viajeros.
En este punto sacó un halcón encapuchado del pecho, un guante de cetrería del aire vacío, y entregó lo uno y lo otro al atónito lord.
–Un halcón para mi señor de Hauksbank –dijo con perfecta formalidad, y a continuación, en cuanto lord Hauksbank tuvo el guante calzado y el ave en la mano, él, Uccello, chasqueó los dedos como una mujer retirando su amor, con lo cual, para manifiesta desilusión del milord escocés, ambos se esfumaron, el ave con su guante y el guante con su ave–. Y también –prosiguió el mago, volviendo al tema de su nombre– porque en mi ciudad esta palabra a modo de velo, este pájaro oculto, es un eufemismo para aludir con delicadeza al órgano sexual masculino, y yo me enorgullezco del que poseo pero no tengo el mal gusto de exhibirlo.
–¡Ja, ja! –exclamó lord Hauksbank de Ídem, recobrando la compostura con admirable presteza–. Siendo así, ya tenemos algo en común.
Era un milord muy viajado, el tal Hauksbank de Ídem, y más viejo de lo que aparentaba. Tenía la mirada viva y la tez clara, pero había cumplido ya los cuarenta años y siete más como mínimo. Su destreza con la espada era sobradamente conocida y poseía la fuerza de un toro blanco y había remontado en balsa el río Amarillo hasta su nacimiento en el lago Kar Qu, donde comió pene de tigre en su jugo en una escudilla dorada, y había cazado el rinoceronte blanco en el cráter del Ngorongoro y escalado los doscientos ochenta y cuatro picos de los Munros escoceses, desde el Ben Nevis hasta la Cumbre Inaccesible del Sgurr Dearg, en la isla de Skye, tierra natal de Scáthach la Terrible. Mucho tiempo atrás, en el castillo de Hauksbank, riñó con su esposa, una mujer menuda e irascible de melena roja rizada y mandíbula semejante a un cascanueces holandés y, dejándola en las Tierras Altas al cuidado de sus ovejas negras, se fue a buscar fortuna como su antepasado antes que él y capitaneó un barco al servicio de Drake cuando los piratas robaban el oro español de las Américas en el Caribe. La recompensa de su agradecida reina había sido esta misión en la que se hallaba actualmente embarcado; debía ir al «Hindustán», donde disponía de entera libertad para acumular y conservar cualquier fortuna que encontrara, ya fuera en forma de piedras preciosas, opio u oro, a condición de que entregara al rey una carta personal de Gloriana y volviera a casa con la respuesta del «mogul».
–En Italia decimos mogor –explicó el joven prestigitador.
–En las lenguas impronunciables del propio país –repuso lord Hauksbank–, ¿quién sabe cómo retorcerán, enredarán y desfigurarán la palabra?
Un libro selló su amistad: el Canzionere de Petrarca, del que, como siempre, descansaba una edición junto al codo del milord escocés en una mesilla de pietra dura.
–¡Ah, el gran Petrarca! –exclamó Uccello–. Ese sí es un verdadero mago.
Y adoptando la pose oratoria de un senador romano, empezó a declamar:
Benedetto sia ’l giorno, et ’l mese, et l’anno,
et la stagione, e ’l tempo, et l’ora, e ’l punto,
e ’l bel paese, e ’l loco ov’io fui giunto
da’duo begli occhi che legato m’ànno…
Y lord Hauksbank tomó el hilo del soneto en su idioma:
…y el dulce afán primero que sentía
cuando me ataba Amor, y aquel tirante
arco, y sus flechas, y, en mi pecho amante,
las profundas heridas que me abría.
–Todo aquel que ame este poema como yo deberá ser mi señor –dijo Uccello inclinando la cabeza.
–Y todo aquel que sienta lo mismo que yo por estas palabras deberá beber conmigo –contestó el escocés–. Habéis girado la llave que abre mi corazón. Ahora debo compartir con vos un secreto que jamás divulgaréis. Acompañadme.
En sus aposentos, dentro de una pequeña caja de madera oculta tras un panel corredizo, lord Hauksbank de Ídem guardaba una colección de estimados «objetos de valor», hermosas piezas sin las que un hombre en continuo viaje podría perder el norte, ya que el mucho viajar, como bien sabía lord Hauksbank, el mucho encontrarse novedades y rarezas, podía aflojar las amarras del alma.
–Estas cosas no son mías –dijo a su nuevo amigo florentino–, pero me recuerdan quién soy. Las custodio durante un tiempo, y cuando ese tiempo termine, las dejaré marchar.
Sacó de la caja varias piedras preciosas de imponente tamaño y transparencia, que dejó a un lado con un gesto de desdén, y después un lingote de oro español con el que cualquier hombre que lo hallase habría vivido a cuerpo de rey durante el resto de sus días –«No es nada, nada», musitó–, y solo entonces llegó a sus auténticos tesoros, cada uno de ellos cuidadosamente envuelto en paños y enterrado entre rebujos de papel y jirones de tela: el pañuelo de seda de una diosa pagana de la antigua Sogdia, obsequiado a un héroe olvidado como prenda de su amor; una exquisita talla en barba de ballena que representaba la caza de un ciervo; un guardapelo que contenía un retrato de Su Majestad la Reina; un libro hexagonal encuadernado en piel procedente de Tierra Santa, en cuyas diminutas páginas, en una letra minúscula adornada con extraordinarias ilustraciones, estaba el texto íntegro del Corán; un busto de piedra macedonio con la nariz rota, supuestamente el retrato de Alejandro Magno; uno de los «sellos» crípticos de la civilización del valle del Indo, encontrado en Egipto, con la imagen de un buey y una serie de jeroglíficos cuyo significado no se había descifrado, objeto cuya finalidad nadie conocía; una piedra china plana y pulida con un hexagrama escarlata del I Ching y marcas naturales de color oscuro semejantes a una cordillera al anochecer; un huevo de porcelana pintado; una cabeza reducida por los habitantes de la selva amazónica; y un diccionario de la lengua perdida del istmo de Panamá, cuyos hablantes se habían extinguido todos menos una anciana que ya no podía pronunciar bien las palabras porque se le habían caído los dientes.
Lord Hauksbank de Ídem abrió un armario de valiosa cristalería que milagrosamente había superado incólume la travesía de muchos océanos, sacó un par de copas idénticas, abombadas, de cristal de Murano opalescente, y sirvió una generosa cantidad de coñac en cada una. El polizón se acercó y levantó la suya. Lord Hauksbank respiró hondo y después bebió.
–Sois de Florencia y, por tanto, conocéis ya la majestad del soberano supremo, el yo humano individual, y los anhelos que este intenta saciar, el afán de belleza, de valor… y de amor –dijo. El hombre que se hacía llamar Uccello se dispuso a contestar, pero Hauksbank alzó una mano–. Dejadme expresar mi parecer –prosiguió–, pues hay asuntos que tratar de los que vuestros eminentes filósofos nada saben. El yo, aun siendo de la realeza, pasa hambre como un menesteroso. Aun nutriéndose por un momento con la contemplación de maravillas tan bien guardadas como estas, sigue pobre, famélico y sediento. Y es un rey en peligro, un soberano siempre a merced de un sinfín de insurgentes, del miedo, por ejemplo, y de la angustia, del aislamiento y la perplejidad, de un extraño orgullo indescriptible y una vergüenza muda y atroz. El yo vive acosado por los secretos, secretos que lo corroen sin cesar, secretos que harán trizas su reino y dejarán su cetro roto en el polvo.
»Como veo que os desconcierto –añadió con un suspiro–, no me andaré con circunloquios. El secreto que jamás divulgaréis a nadie no está oculto en una caja. Aquí lo tenéis, a la vista, y la vista no engaña.
El florentino, que intuía desde hacía rato la verdad sobre los deseos ocultos de lord Hauksbank, expresó, muy serio, el debido respeto por el bulto y la circunferencia del miembro moteado, con un ligero olor a hinojo, que descansaba ante él sobre la mesa de su señoría, como un salchichón de finocchiona en espera de ser cortado en rodajas.
–Si abandonaseis el mar y os vinieseis a vivir a mi ciudad –dijo el florentino–, se acabarían vuestras tribulaciones, ya que entre los jóvenes galanes de San Lorenzo encontraríais fácilmente los placeres masculinos que buscáis. Yo personalmente, sintiéndolo mucho…
–Bebed –ordenó el milord escocés, poniéndose de mil colores, a la vez que enfundaba–. No se hable más del tema.
En sus ojos se advertía un brillo que su acompañante habría preferido no ver en sus ojos. Tenía la mano más cerca del puño de la espada de lo que su acompañante habría deseado. Su sonrisa era la mueca de una bestia.
Siguió un largo y solitario silencio durante el que el polizón comprendió que su suerte pendía de un hilo. A continuación, Hauksbank apuró la copa y dejó escapar una patibularia risotada llena de desasosiego.
–Bien, señor mío –exclamó–, ya conocéis mi secreto, y ahora debéis contarme el vuestro, pues ciertamente encerráis un misterio que yo, necio de mí, he tomado por el mío propio, y ahora debéis revelármelo sin recovecos.
El hombre que se hacía llamar Uccello di Firenze intentó cambiar de tema.
–¿No me honraréis, mi señor, con el relato de la captura del preciado galeón Cacafuego? ¿Y no estabais…? Sí, por fuerza estabais con Drake en Valparaíso, y en Nombre de Dios, donde él resultó herido.
Hauksbank arrojó su copa contra una pared y desenvainó la espada.
–Granuja –exclamó–, contestad a las claras o morid.
El polizón eligió las palabras con cuidado.
–Mi señor, estoy aquí, ahora lo comprendo, para ofrecerme a vos como factótum. Es cierto, no obstante –se apresuró a añadir cuando la punta de la hoja le tocó la garganta–, que tengo asimismo otro objetivo ulterior. A decir verdad, soy lo que podría llamarse un hombre embarcado en una búsqueda, más aun, una búsqueda secreta, pero debo advertiros que sobre mi secreto pesa una maldición, impuesta por la hechicera más poderosa de estos tiempos. Solo un hombre puede oír mi secreto y sobrevivir, y lamentaría ser el responsable de vuestra muerte.
Lord Hauksbank de Ídem volvió a reírse, pero esta vez no fue una risa patibularia, sino una risa de cielo que clarea y sol que asoma.
–Me divertís, pajarillo. ¿Os creéis que temo la maldición de vuestra bruja de rostro verde? He bailado con el Barón Samedi en el Día de Difuntos y sobrevivido a sus aullidos de vudú. Si no me lo contáis todo de inmediato, lo tomaré a mal.
–Allá vos –empezó el polizón–. Érase una vez un príncipe aventurero llamado Argalia, llamado también Arcalia, un gran guerrero poseedor de armas hechizadas, en cuyo séquito había cuatro gigantes aterradores, y lo acompañaba una mujer, Angelica…
–Alto –atajó lord Hauksbank de Ídem, llevándose las manos a la frente–. Me dais dolor de cabeza. –Luego, al cabo de un momento–: Adelante.
–… Angelica, una princesa, de la sangre real de Gengis Kan y Tamerlán…
–Alto. No, seguid.
–… la más hermosa…
–Alto.
Tras lo cual, lord Hauksbank cayó al suelo inconsciente.
* * *
El viajero, casi abochornado por la facilidad con que había vertido el láudano en la copa de su anfitrión, devolvió cautelosamente a su escondrijo la pequeña caja de madera con los tesoros, se puso el ropón multicolor y, a toda prisa, salió a la cubierta en busca de ayuda. Había ganado el ropón a las cartas, en una mano de scarabocion contra un atónito mercader de diamantes veneciano que no podía creer que un simple florentino fuese al Rialto y derrotase a los lugareños en su propio juego. El mercader, un judío con barba y tirabuzones llamado Shalaj Cormorano, había encargado el ropón especialmente para él en la sastrería más célebre de Venecia, conocida como Il Moro Invidioso por el retrato de un árabe de ojos verdes en el letrero encima de la puerta, y como prenda, era el sueño de un ocultista, su forro una catacumba de bolsillos secretos y pliegues camuflados en los que un mercader de diamantes podía guardar su valioso género, y un buscavidas como Uccello di Firenze podía esconder toda clase de trucos.
–Aprisa, amigos, aprisa –llamó el viajero con una convincente exhibición de inquietud–. Su señoría nos necesita.
Si entre aquella empedernida tripulación de corsarios convertidos en diplomáticos había muchos cínicos suspicaces que, escamados por el repentino colapso de su jefe, empezaban a tener un concepto del recién llegado contraproducente para su buena salud, se vieron en parte tranquilizados ante la manifiesta preocupación de Uccello di Firenze por el bienestar de lord Hauksbank. Ayudó a trasladar al hombre sin conocimiento a su camastro, lo desvistió, le puso el pijama como buenamente pudo, le aplicó compresas calientes y frías en la frente, y se negó a dormir o comer hasta que mejorase la salud del milord escocés. El médico del barco declaró que el polizón era una ayuda inestimable, y la tripulación, al oírlo, volvió a sus puestos con reniegos y gestos de indiferencia.
Cuando se encontraron a solas con el hombre inconsciente, el médico confesó a Uccello su desconcierto por lo mucho que se resistía el aristócrata a despertar del súbito coma.
–Por lo que yo veo, a este hombre no le pasa nada, alabado sea Dios, solo que no se despierta –dijo–, y en este mundo sin amor puede que sea más sensato soñar que despertar.
El médico, un tal Hawkins «Alabado Sea Dios», era un hombre sencillo y fogueado, un matasanos de buen corazón y limitados conocimientos médicos más acostumbrado a extraer balas españolas de los cuerpos de sus compañeros de tripulación y coser tajos de alfanje después de combates cuerpo a cuerpo contra los españoles que a curar misteriosas enfermedades del sueño salidas de la nada, como un polizón o un castigo divino. Hawkins había perdido un ojo en Valparaíso y media pierna en Nombre de Dios, y cada noche, acompañándose de una especie de violín gitano, entonaba lastimeros fados portugueses en honor de una doncella asomada a un balcón del barrio de la Ribeira de Oporto. Alabado Sea Dios lloraba a lágrima viva mientras cantaba, y Uccello comprendió que el buen médico se imaginaba a sí mismo engañado y evocaba, para atormentarse, imágenes de su amada ebria de oporto en la cama con hombres que aún conservaban el cuerpo incólume, pescadores que apestaban a sus escamosas presas, lascivos monjes franciscanos, los fantasmas de los primeros navegantes y hombres vivos de toda clase y color, italianos e ingleses, chinos y judíos. «Un hombre bajo el hechizo del amor –pensó el polizón– es un hombre fácil de confundir y embaucar.»
Cuando el Scáthach bordeó el Cuerno de África y la isla de Socotora, y mientras se aprovisionaba en Mascate y dejaba luego a babor el litoral persa e, impulsado por el monzón, enfilaba en dirección sudeste hacia el abrigo portugués de Diu en la costa meridional del lugar que el doctor Hawkins llamaba «Guzerat», lord Hauksbank de Ídem dormía plácidamente, «un sueño tan sereno», según Hawkins, impotente, «que, alabado sea Dios, tiene con toda seguridad la conciencia tranquila y al menos su alma, por tanto, goza de buena salud, lista para reunirse con su Hacedor en cualquier momento». «Dios no lo quiera», decía el polizón. «Alabado sea Dios, esperemos que no se lo lleve todavía», concordaba el otro de inmediato. Durante la larga vigilia junto al lecho, Uccello preguntó con frecuencia al médico por su amada portuguesa. Hawkins no se hacía mucho de rogar para explayarse sobre el tema. El polizón escuchó pacientemente las loas a los ojos, los labios, los senos, las caderas, el vientre, el trasero, los pies de la dama. Conoció las ternezas secretas que ella empleaba en el acto del amor, ternezas ya no tan secretas, y oyó sus promesas de fidelidad y su juramento de unión eterna en susurros.
–Ay, pero es una mujer falsa, falsa –afirmó el médico entre sollozos.
–¿Lo sabéis a ciencia cierta? –inquirió el viajero.
Alabado Sea Dios, lloroso, negó con la cabeza y dijo:
–Ha pasado mucho tiempo y ahora soy solo medio hombre, así que debo suponer lo peor.
Y Uccello le devolvió la alegría con persuasivas palabras.
–¡Pues alabemos a Dios, Alabado Sea Dios, porque lloráis sin motivo! Ella es fiel, estoy seguro, y os espera, no me cabe la menor duda; y si tenéis una pierna de menos, ella tendrá amor de sobra que prodigaros, el amor asignado antes a esa pierna puede adjudicarse ahora a otras partes; y si os falta un ojo, el otro se solazará doblemente con aquella que se ha mantenido fiel y os ama como vos la amáis a ella. ¡Basta ya! ¡Alabado sea Dios! Cantad alborozado y no lloréis más.
Así despedía cada noche a Hawkins Alabado Sea Dios, asegurándole que la tripulación quedaría desolada si no oía sus canciones, y cada noche, cuando se encontraba a solas con el milord inconsciente, y después de una corta espera, registraba de arriba abajo los aposentos del capitán, buscando todos sus secretos. «Un hombre que construye un camarote con una cavidad oculta ha construido un camarote con al menos dos o tres», concluyó, y para cuando avistaron el puerto de Diu, ya había dejado a lord Hauksbank tan desplumado como un pollo, había descubierto los siete compartimentos secretos tras los paneles de las paredes, y todas las alhajas contenidas en todas las cajas de madera estaban a buen recaudo en sus nuevas moradas en el ropón de Shalaj Cormorano, y también los siete lingotes de oro, y aún así el ropón parecía ligero como una pluma, porque el Moro de Venecia de ojos verdes conocía el secreto para dar una apariencia de ingravidez a la prenda mágica fueran cuales fuesen los objetos ocultos en el interior. En cuanto a los otros «objetos de valor», no interesaron al ladrón. Los dejó anidar donde estaban, para que en su momento salieran del cascarón cuantos polluelos tuvieran que nacer. Pero ni siquiera después del monumental robo quedó contento Uccello, ya que el mayor tesoro de todos se le había escapado. Apenas podía disimular su agitación. El azar había puesto al alcance de su mano una gran oportunidad, y no debía perderla. Pero ¿dónde estaba aquello? Había buscado en todos los rincones de los aposentos del capitán, y todavía continuaba oculto. ¡Maldición! ¿Estaba acaso aquel tesoro bajo un encantamiento? ¿Se había vuelto invisible, para así eludirlo?
Después de la breve escala en Diu, el Scáthach zarpó sin pérdida de tiempo con rumbo a Surat, ciudad (objeto en fecha reciente de una visita punitiva del emperador Akbar en persona) en la que lord Hauksbank tenía planeado emprender su periplo por tierra hacia la corte del «mogul». Y la noche que llegaron a Surat (en ruinas, humeante aún por la cólera del emperador), mientras Hawkins Alabado Sea Dios cantaba con toda su alma y la tripulación, ebria de ron, celebraba el acabamiento de la larga travesía, el buscador bajo cubierta encontró por fin aquello tras lo que andaba: el octavo panel secreto, uno más que el número mágico siete, uno más de lo que habría esperado casi cualquier ladrón. Detrás de esa puerta final se hallaba lo que perseguía. Y después de esa última hazaña se sumó a la jarana en cubierta y cantó y bebió con mayor entusiasmo que ningún otro hombre a bordo. Puesto que poseía el don de permanecer en vela cuando nadie era ya capaz de mantener los ojos abiertos, llegó la hora, de madrugada, en que pudo escabullirse a bordo de un bote, remar hasta tierra y desaparecer, como un fantasma, en la India. Mucho antes de que Hawkins Alabado Sea Dios diera la voz de alarma, después de hallar a lord Hauksbank de Ídem con los labios azules en su postrer camastro marino y liberado para siempre de los tormentos de su anhelante finocchiona, Uccello di Firenze se había marchado, dejando a sus espaldas solo ese nombre, como la piel abandonada de una serpiente. En el pecho del viajero anónimo se hallaba el mayor tesoro entre todos los tesoros, la carta de Isabel Tudor, de su puño y con su sello personal, la misiva de la reina de Inglaterra al emperador de la India, que sería su ábrete sésamo, su salvoconducto, al mundo de la corte mogol. Ahora era el embajador de Inglaterra.
3
AL ALBA LOS INQUIETANTES PALACIOS DE ARENISCA
Al alba los inquietantes palacios de arenisca de la nueva «ciudad de la victoria» de Akbar el Grande parecían de humo rojo. La mayoría de las ciudades empiezan a dar la impresión de ser eternas casi tan pronto como nacen, pero Sikri parecería siempre un espejismo. Cuando el sol alcanzaba su cenit, el gran mazo del calor meridiano batía los adoquines, ensordeciendo el oído humano a todo sonido, haciendo temblar el aire como un antílope asustado, y debilitando la frontera entre la cordura y el delirio, entre lo que eran figuraciones y lo que era realidad.
Incluso el emperador se dejaba llevar por la fantasía. Las reinas flotaban en sus palacios como espectros; las sultanas de Rajputana y Turquía jugaban al corre que te pillo. Uno de estos personajes regios en realidad no existía. Era una esposa imaginaria, soñada por Akbar tal como los niños propensos a la soledad sueñan con amigos imaginarios, y pese a la presencia de muchas consortes vivas, aunque flotantes, el emperador opinaba que las reinas reales eran los fantasmas y la amada inexistente la real. Le puso un nombre, Jodha, y nadie osó contradecirlo. En la intimidad del serrallo, en los pasillos con sedas del palacio de Jodha, crecían su influencia y su poder. Tansen compuso cantos para ella y en el obrador-escritorio se celebraba su belleza en retratos y versos. La retrató el mismísimo maestro Abdús Samad el Persa, pintándola a partir del recuerdo de un sueño, sin haberla mirado jamás a la cara, y cuando el emperador vio su obra, aplaudió ante la belleza que resplandecía en la lámina. «La habéis captado tal cual es», exclamó, y Abdús Samad se relajó y dejó de sentirse como si no tuviera la cabeza bien sujeta al cuello; y después de exhibirse esta obra visionaria del maestro del taller del emperador, toda la corte supo que Jodha era real, y los más excelsos cortesanos, los Navratna o Nueve Astros, reconocieron todos no solo su existencia, sino también su belleza, su sabiduría, la gracia de sus movimientos y la dulzura de su voz. ¡Akbar y Jodhabai! ¡Oh, oh! Fue la historia de amor de la época.
Por fin se dio por terminada la construcción de la ciudad, a tiempo para el cuadragésimo cumpleaños del emperador. Tardaron doce calurosos años en edificarla, pero durante mucho tiempo habían creado en Akbar la impresión de que se levantaba sin esfuerzo, año tras año, como por ensalmo. El ministro de obras públicas prohibía toda actividad durante las estancias del emperador en la nueva capital imperial. Cuando el emperador se instalaba allí, las herramientas de los albañiles guardaban silencio, los carpinteros no martillaban, los pintores, los taraceadores, los tapiceros y los tallistas de celosías se perdían de vista. Entonces todo, se decía, era placer amortiguado. Solo se consentían los sonidos propios del deleite. Los cascabeles en los tobillos de las bailarinas reverberaban con dulce eco; las fuentes tintineaban, y la armoniosa música del genio Tansen impregnaba la brisa. Susurraban poemas al oído del emperador, y los jueves, en el patio del parchís, se jugaba lánguidamente, con jóvenes esclavas a modo de piezas vivas en el tablero pintado en el suelo. Por las tardes, detrás de las cortinas corridas, bajo los punkahs deslizantes del techo, había unas horas de calma para el amor. El sensual silencio se imponía en la ciudad tanto por la omnipotencia del monarca como por el calor del día.
Ninguna ciudad es toda palacios. La verdadera ciudad, construida no solo de piedra sino también de madera y adobe y bosta y ladrillo, anidaba al pie del descomunal basamento rojo de piedra sobre el que se asentaban las residencias reales. Sus barrios se distribuían tanto por razas como por oficios. Aquí estaba la calle de los plateros, ahí las armerías con sus puertas recalentadas y su estruendo metálico, y allí, siguiendo por aquel estrecho pasaje, la zona de los brazaletes y la ropa. Al este se hallaba la colonia hindú y, más allá, ciñéndose a las murallas de la ciudad, el barrio persa, y más allá la sección de los turaníes, y más alla, en las inmediaciones de la colosal puerta de la Mezquita del Viernes, las viviendas de los musulmanes nacidos en la India. En los aledaños, salpicaban los campos las villas de los nobles, el obrador de arte y escritorio cuya fama se había difundido ya por todo el país, y un pabellón de música, y otro para la danza. En casi todas estas Sikris menores había poco tiempo para la indolencia, y cuando el emperador volvía de las guerras, el silencio impuesto se percibía, en la ciudad de adobe, como una asfixia. Había que amordazar a los pollos en el momento del sacrificio por miedo a perturbar el descanso del rey de reyes. Una carreta que chirriase podía costarle una tanda de latigazos al carretero, y si gritaba por los azotes, la pena podía ser aún más severa. Las parturientas reprimían sus chillidos y el espectáculo de mimo que se desarrollaba en el mercado era cosa de locos. «Cuando el rey está aquí, enloquecemos todos –decían las gentes, y como había espías y traidores por doquier, se apresuraban a añadir–: de alegría.» La ciudad de adobe veneraba a su emperador, insistía en ello, insistía sin palabras, ya que las palabras se tejían con ese género prohibido: el sonido. Cuando el emperador partía rumbo a una de sus campañas –sus batallas interminables (aunque siempre victoriosas) contra los ejércitos de Gujarat y Rajastán, de Kabul y Cachemira–, la prisión del silencio abría sus puertas, y de repente se oían toques de trompeta, y vítores, y la gente podía decirse todo lo que se había visto obligada a callar durante meses y meses. «Te quiero…» «Mi madre ha muerto…» «Tu sopa sabe bien…» «Si no me pagas el dinero que me debes, te romperé los codos…» «Cariño mío, también yo te quiero…» Todo.
Por fortuna para la ciudad de adobe, los asuntos militares se llevaban a Akbar lejos de allí muy a menudo; a decir verdad, había pasado lejos de allí la mayor parte del tiempo, y en sus ausencias la barahúnda de los pobres en su hacinamiento, unida al jaleo de los obreros de la construcción ya sin freno alguno, perturbaban a diario a las reinas impotentes. Las reinas se acostaban juntas y gemían, y lo que hacían para distraerse, el entretenimiento que se proporcionaban mutuamente, tras los velos de sus aposentos, no se describirá aquí. Solo la reina imaginaria permaneció pura, y fue ella quien habló a Akbar de las privaciones que sufría el pueblo por el exagerado celo de los funcionarios, deseosos de hacerle a él más grata la estancia en casa. En cuanto el emperador se enteró, dio contraorden, sustituyó al ministro de obras públicas por un individuo menos severo, e insistió en cabalgar por las calles de sus oprimidos súbditos voceando: «¡Alborotad tanto como gustéis, pueblo mío! El ruido es vida, y el exceso de ruido es señal de que la vida es buena. Ya tendremos tiempo de guardar silencio cuando estemos muertos y libres de todo mal». La ciudad prorrumpió en jubiloso clamor. Aquel día quedó claro que un rey distinto ocupaba el trono, y que nada en el mundo seguiría igual.
* * *
Por fin llegó la paz al país, pero el rey nunca tenía el espíritu en calma. El rey acababa de regresar de su última campaña; había aplastado la sublevación de Surat, pero en su cabeza, durante los largos días de marcha y guerra, había lidiado con enigmas tanto lingüísticos y filosóficos como militares. El emperador AbulFath Jalaluddin Muhammad, rey de reyes, conocido desde la infancia como Akbar, que significa «el grand
