París, 1975
Un día recibí una carta, una extensa carta sin firmar. Fue todo un acontecimiento, pues nunca en mi vida había recibido mucha correspondencia. Como mi buzón se limitaba a anunciarme que el-agua-está-muy-buena o que hay-muy-buena-nieve no lo abría con demasiada frecuencia. Una vez por semana, dos veces las semanas melancólicas, en las que esperaba de ellas, como del teléfono, como de mis trayectos en metro, como de cerrar los ojos y volver a abrirlos tras haber contado hasta diez, que dieran un vuelco a mi vida.
Además mi madre había muerto. Aquello sí que me desbordó: para dar un vuelco a una vida, pocas cosas como la muerte de una madre.
Nunca antes había leído cartas de pésame. Cuando la muerte de mi padre, mi madre me ahorró esa fúnebre lectura. Tan solo me enseñó la convocatoria para la entrega de la medalla. Todavía me acuerdo de esa maldita ceremonia; hacía tres días que había cumplido los trece: un tipo alto me da la mano, me sonríe, pero lo que yo percibo es un rictus, tuerce el morro, y cuando habla es aún peor.
—Es sumamente lamentable que la muerte haya sido el desenlace de semejante acto de coraje. Su padre, señorita, era un valiente.
—¿Dice esta frase a todos los huérfanos de su guerra? Usted piensa que el sentimiento de orgullo les servirá para olvidar su pena. Es muy caritativo por su parte, pero mejor déjelo: no siento pena. Y además mi padre no era ningún valiente. Ni siquiera la enorme cantidad de alcohol que trasegaba a diario le ayudaba a serlo. Así que digamos que se equivoca usted de hombre y no hablemos más.
—Aun a riesgo de que le extrañe, señorita Werner, mantengo que es del sargento Werner, su padre, de quien le estoy hablando. Se ofreció voluntario como avanzadilla; el campo estaba minado y él lo sabía. Lo quiera usted o no, su padre hizo algo meritorio y usted debe aceptar esta medalla.
—Mi padre no hizo nada «meritorio», estúpido grandullón de jeta torcida: lo que hizo fue suicidarse, y usted tiene que decírselo a mi madre. No quiero ser la única que lo sabe, quiero poder hablar de eso con ella, y también con Pierre. El suicidio de un padre no puede ser un secreto.
A menudo me invento conversaciones para decir las cosas que pienso; es demasiado tarde, pero me sirve de alivio. En verdad, no llegué a ir a aquella ceremonia en memoria de los soldados de la guerra de Indochina y, en verdad, una sola vez he exteriorizado que mi padre se hubiera suicidado, aparte de pensarlo: fue a mi madre, en la cocina, un sábado.
El sábado era el día de las patatas fritas, y yo estaba ayudando a mi madre a pelarlas. Antes era papá quien la ayudaba. A él le gustaba mondarlas y a mí me gustaba ver cómo lo hacía. No es que hablara más cuando pelaba que cuando no, pero al menos salía de él algún sonido y aquello me hacía bien. No sabes cuánto te quiero, Camille. Yo ponía siempre las mismas palabras en cada uno de los cortes que él daba con el cuchillo: No sabes cuánto te quiero, Camille.
Pero aquel sábado, en los tajos de mi cuchillo puse otras palabras: «Papá se suicidó, lo sabías, ¿verdad, mamá? Que papá se suicidó». La freidora se cayó, rompió el embaldosado del suelo y el aceite se derramó entre las piernas paralizadas de mi madre. Por más que limpié frenéticamente, se nos siguieron pegando los pies durante varios días, haciendo rechinar mi frase en nuestros oídos: «Papá se suicidó, lo sabías, ¿verdad, mamá? Que papá se suicidó». Para dejar de escucharla, Pierre y yo hablábamos más fuerte; quizá también para tapar el silencio de mamá, quien casi había dejado de hablar desde aquel sábado.
Hoy las baldosas de la cocina siguen rotas, pensé en ello la semana pasada mientras enseñaba la casa de mamá a una pareja interesada. Cada vez que vea esa enorme grieta en el suelo, esa pareja interesada, si se convierte en pareja compradora, lamentará la dejadez de los anteriores propietarios, y el embaldosado constituirá su primera etapa de renovación y estarán muy contentos de ponerse manos a la obra; al menos habrá servido para eso, mi horrible confesión. Tienen que comprar la casa a toda costa, ellos u otros, me da igual, pero alguien tiene que comprarla. Yo no la quiero y Pierre tampoco, un lugar en que hasta el más mínimo recuerdo te hace pensar en los muertos no es un lugar para vivir.
Cuando regresó de la ceremonia en memoria de papá, mamá me enseñó la medalla. Me contó que el tipo que se la entregó tenía la jeta torcida y trató de imitarlo intentando reír. Desde la muerte de papá ya solo sabía hacer eso: intentarlo. Y luego me dio la medalla estrechándome fuertemente las manos, diciéndome que me correspondía a mí, y se echó a llorar, eso sí que se le daba muy bien. Sus lágrimas cayeron en mis manos, pero yo las retiré bruscamente: sentir el dolor de mi madre en mi cuerpo me resultaba insoportable.
Al abrir las primeras cartas de pésame, mis propias lágrimas en mis manos me recordaron aquellas lágrimas de mamá y dejé que resbalaran para ver adónde fueron las de aquella a quien tanto quería. Sabía lo que esas cartas tenían que decirme: que mamá era una mujer extraordinaria, que la pérdida de un ser querido es algo terrible, que no hay nada más duro que esa despedida, etcétera, etcétera; no tenía necesidad de leerlas. Así que cada noche repartía los sobres en dos montones: a la de recha los que llevaban remite, a la izquierda los que no lo llevaban, y me contentaba con abrir los del montón de la izquierda y saltar directamente a la firma para ver quién me había escrito y a quién debía dar las gracias. Al final, tampoco le di las gracias a tanta gente, aunque nadie me lo tuvo en cuenta. La muerte acepta que se deje de lado la cortesía.
La primera carta que recibí de Louis formaba parte del montón de la izquierda. El sobre atrajo mi atención antes de abrirlo, era mucho más abultado y pesado que los demás. No respondía al formato de una carta de pésame.
Era una carta manuscrita de varias páginas, sin firma.
Annie siempre ha sido parte de mi vida, yo tenía dos años cuando nació, dos años menos unos pocos días. Vivíamos en el mismo pueblo —N.— y me cruzaba con ella sin buscarlo, el colegio, los paseos, la misa.
La misa, esa hora terrible en que siempre sucedían las mismas cosas y que yo debía soportar invariablemente, encajado entre mi padre y mi madre. El lugar que ocupábamos en la iglesia era un signo de nuestro temperamento: entre los hermanos para los más dóciles, entre los padres para los más recalcitrantes. En aquel plan de misa adoptado sin previo acuerdo por todo el pueblo, Annie constituía una excepción: la pobre era hija única, y digo «la pobre» porque se lamentaba de ello todo el tiempo. Sus padres ya eran viejos cuando llegó y su nacimiento constituyó para ellos tal milagro que no pasaba un día sin que dijeran «nosotros tres», así, en cualquier ocasión, mientras que Annie se dolía de no escuchar «nosotros cuatro», «nosotros cinco», «nosotros seis»... Con cada misa, esa constatación le resultaba más insoportable: sola en el banco.
En cuanto a mí, si hoy día considero que el aburrimiento es el mejor caldo de cultivo de la imaginación, en aquel entonces había decidido que, ante todo, el mejor caldo de cultivo del aburrimiento era la misa. Nunca habría imaginado que pudiera sucederme nada en el transcurso de esta. Hasta aquel domingo.
Un profundo malestar se adueñó de mí desde el canto de entrada. Todo me resultaba desequilibrado: el altar, el órgano, Cristo en la cruz.
—¡Deja ya de suspirar así, Louis, que solo se te oye a ti!
Esta reprimenda de mi madre, unida al malestar que no me abandonaba, reavivó una frase oculta en mí, una frase que mi padre le había murmurado una noche: «El padre Fantin ha exhalado su último suspiro».
Mi padre era médico y conocía todas las expresiones para anunciar la muerte de alguien. Las utilizaba alternativamente, susurrando al oído de mi madre. Pero, como todos los niños, yo tenía el don de percibir lo que los mayores se dicen entre susurros y las oía todas: «pasar a mejor vida», «morir con las botas puestas», «entregar el alma», «morir de muerte natural»..., esta última me gustaba mucho, imaginaba que dolía menos.
¿Y si me estuviera muriendo?
A fin de cuentas, uno no puede saber qué es eso de morirse hasta que se muere del todo.
¿Y si el siguiente fuera mi último suspiro? Aterrorizado, con tuve la respiración y me giré hacia la imagen de san Roque para suplicarle; había curado leprosos, así que bien podía salvarme a mí.
Ni hablar de volver a misa el domingo siguiente: esa vez la muerte no me dejaría escapar, estaba seguro. Pero cuando me vi en el banco que ocupábamos todas las semanas con mi familia, mi tan temido desasosiego no se manifestó. Al contrario, me invadió cierta sensación de bienestar, reencontré con gusto ese olor a madera tan peculiar de aquella iglesia, todo estaba en su sitio. Mi mirada volvía a tener donde anclarse, se posaba en Annie, de la que sólo veía su pelo por detrás. De pronto lo entendí todo: era su ausencia lo que me había sumido en aquella horrible turbación la semana anterior. Seguramente estaría encamada en su casa, con un paño frío en la frente para calmar los espasmos, o pintando, con cuidado de no hacer movimientos demasiado bruscos. Annie era propensa a tener violentos ataques de asma que todos le envidiábamos porque la dispensaban de las cosas desagradables. Su silueta, que todavía tosía un poco, devolvía a cuanto me rodeaba su plenitud y coherencia. Empezó a cantar, no era muy alegre de natural y a mí siempre me sorprendía ver cómo se avivaba su busto en cuanto el órgano comenzaba a sonar. Por entonces yo aún no sabía que el canto es como la risa y que en él cabe todo, hasta la melancolía.
La mayoría de la gente se enamora de una persona al verla; a mí el amor me atacó a traición. Annie no estaba presente cuando entró en mi vida. Fue el año en que cumplí los doce; Annie tenía dos años menos que yo, dos años menos unos pocos días.
Empecé amándola como un niño, es decir, en presencia de los demás. La idea de estar a solas con ella ni se me pasaba por la cabeza: no tenía edad de conversar. Amaba por amar, no para ser amado. El solo hecho de pasar por delante de Annie bastaba para alegrarme el día. Le arrancaba sus lazos para que me persiguiera y me los quitara de las manos, secamente, para dar luego media vuelta, secamente. No hay nada más seco que una niña ofendida. Fueron esas cintas de tela que ella se recolocaba torpemente en el pelo las que me hicieron pensar por primera vez en las muñecas de la tienda.
Mi madre era la dueña de la mercería del pueblo. Después del colegio, íbamos allí los dos: yo para reunirme con mi madre, Annie para reunirse con la suya, que pasaba allí la mitad de su vida, la mitad que no se pasaba cosiendo. Un día en que Annie pasó bajo el estante de las muñecas, de pronto el parecido me saltó a la vista. Además de los lazos, tenía la misma tez inhumanamente blanca y frágil. Entonces mi joven razonar se desbocó y me di cuenta de que nunca había visto de su piel más que lo que su cuello, su cara, sus pies y sus manos me permitían. ¡E-xac-ta-men-te como las muñecas de porcelana! Cuando cruzaba la sala de espera de la consulta de mi padre, a veces Annie estaba allí. Siempre iba sola a que la examinara, sentada, pequeña como era, en medio del asiento negro. Como el asma le comía el color de la tez, cuando más se parecía a ellas era con aquel colorete del ataque de tos. Pero, claro, mi padre nunca me diría que Annie tenía cuerpo de muñeca, ni aunque se lo preguntara. «Secreto profesional», me respondería dándome unas palmaditas en la cabeza antes de hacer lo mismo en el trasero de mi madre, que le sonreiría con esa sonrisa que me molestaba tanto.
Como todo parecido es recíproco, las muñecas de porcelana me recordaban a Annie, así que me dediqué a robarlas. Pero una vez a salvo en mi habitación, me sorprendían indefectiblemente su pelo demasiado rizado o demasiado lacio, sus ojos demasiado redondos, demasiado verdes, pero nunca esas largas pestañas que Annie realzaba con su dedo índice cuando reflexionaba. Como todo el mundo, aquellas muñecas no estaban hechas para parecerse a nadie, pero yo las odiaba por ello. Entonces me iba al estanque, les ataba una piedra a los pies y veía cómo se hundían sin dificultad, absorto, pensando en la nueva muñeca de la que me iba a apropiar, una que se le pareciera más, esperaba.
El estanque era profundo, en muy pocos sitios se podía uno bañar sin peligro.
Aquel año, en el centro del mundo estábamos Annie y yo. A nuestro alrededor sucedían montones de cosas que me daban completamente igual. En Alemania, Hitler se convertía en canciller del Reich y el partido nazi en partido único. Brecht y Einstein huían mientras se construía Dachau. Ingenua pretensión de la infancia la de creerse al resguardo de la historia.
Leí aquella carta por encima, tuve que retroceder, releer frases enteras. Desde la muerte de mamá, no lograba concentrarme en lo que leía; un manuscrito que habría terminado en una noche me exigía ahora varios días.
Debía de tratarse de un error: yo no conocía a ningún Louis ni a ninguna Annie. Le di la vuelta al sobre; sin embargo, llevaba mi nombre y mi dirección. Sin duda alguien que se llamaba igual que yo. Seguro que el tal Louis se daría cuenta de que se había equivocado. Dejé de hacerme preguntas y terminé de abrir las otras cartas, esas sí eran todas de pésame.
Como buena portera, a la señora Merleau no se le había pasado por alto aquella avalancha de correo y me había dejado una nota por debajo de la puerta: en caso de necesidad, no debía dudarlo, allí estaba ella para lo que fuera menester.
Iba a echar de menos a la señora Merleau; más que a mi piso. El próximo sería más grande, pero la portera no podría ser más amable. Ya no quería mudarme. No moverme, quedarme apalancada en mi cama, en ese estudio que me resultaba insoportable hacía apenas una semana. No sabía de dónde iba a sacar la energía para trasladarme con mi vida hasta allá, pero ya no tenía elección, ahora necesitaba una habitación más. Y de todas maneras los papeles estaban firmados y la cuenta atrás había empezado: dentro de tres meses una persona estará aquí en mi lugar y yo estaré allá en lugar de algún otro, quien estará a su vez en lugar de... y así sucesivamente. Por teléfono, el tipo de la mudanza me dijo que lo tenía comprobado: si uno seguía todos los eslabones de esa cadena, acababa dando invariablemente con uno mismo. Colgué. Me importaba un pito dar conmigo; lo único que quería era volver a dar con mi madre. Mamá se habría puesto contenta al saber que me mudaba; a ella no le gustaba este piso, vino una sola vez. Nunca entendí por qué, pero así era ella, excesiva en ocasiones.
Al menos debía avisar a la señora Merleau de que me iba y darle las gracias por su nota.
—No tiene por qué darlas. No faltaba más...
Nada sucede sin que una portera esté ya al tanto. Estaba francamente afligida y me ofreció pasar un momento por si tenía ganas de hablar. No tenía ganas, pero aun así entré, un momento. Normalmente hablábamos por la ventanilla, nunca dentro de la portería. Si aún no me hubiera percatado de que la cosa era seria, esta sencilla invitación me habría bastado para comprenderlo. Después de correr la cortina una vez hubimos pasado, apagó el televisor y se excusó.
—En cuanto abro la ventanilla de las narices, la gente se dedica a fis gar en mi casa. Es más fuerte que ellos. No creo que se trate de verdadera curiosidad. Pero es desagradable. En cambio, cuando la televisión está encendida, apenas me miran. Por suerte, la imagen basta para desviar su atención. No soportaría tenerla todo el día chillándome en la oreja.
Me sentí avergonzada y ella se dio cuenta.
—Perdón, no lo decía por usted. Usted nunca me ha molestado.
¡Uf! Me libraba de la mediocridad general.
—Usted nunca ha hecho una cosa así. Usted es miope.
Me quedé de una pieza.
—¿Cómo lo sabe?
—Lo sé porque la mirada de los miopes es especial. Los miopes te miran siempre con más insistencia. Porque sus ojos no se distraen con otras cosas.
Estaba estupefacta. Tenía la sensación de ser una disminuida a la que todo el mundo señalaba con el dedo. ¿Tan evidente era? La señora Merleau estalló en carcajadas.
—No, mujer, le estoy tomando el pelo. Fue usted la que me lo dijo. Acuérdese, el día que yo le conté lo de mis dedos, usted me dijo que era un poco como lo de sus ojos. «En la vida uno depende de los caprichos de su cuerpo», esas fueron sus palabras. Su explicación me pareció tremenda y, como todo lo que me parece tremendo, me quedé con la copla. Siempre hay que recordar lo que decimos y a quién se lo decimos; si no, se corre el riesgo de que algún día se vuelva contra ti...
Se inclinó hacia mí para servirme café, pero en ese momento unos violentos temblores sacudieron su mano y el líquido hirviendo se derramó en mi hombro. Soplé en la quemadura para calmarla, pero sobre todo para no mirar a la señora Merleau, tan incómoda me sentía de haber sido testigo de su debilidad.
Antes de ser portera, la señora Merleau había sido inquilina del inmueble. Llegó poco tiempo después que yo, dos o tres meses, creo. Su piano se oía en todos los pisos, pero nadie se quejaba: sus alumnos eran avanzados y las clases nunca llegaron a suponer una tortura. Por el contrario, aquel concierto permanente resultaba más bien agradable. Pero con el correr de las se manas el piano fue sonando cada vez menos; supuse que sus alumnos se habían ido casando, la gente casada no sigue cursos de nada. Al final el piano dejó de sonar por completo y un buen día la señora Merleau me abrió la ventanilla de la portería. Se trataba de reumatismo articular agudo. Los médicos admitieron que era precoz, pero que a veces sucedía, en especial entre los músicos profesionales: a fuerza de utilizarlas, las articulaciones se cansan más rápidamente. No sabían cuándo exactamente, pero terminaría perdiendo el control y la movilidad de los dedos; no tenía por qué preocuparse, podría seguir utilizando las manos para el día a día, comer, lavarse, peinarse, limpiar la casa, pero ya no podría utilizarlas en su trabajo, al menos no con toda la sutileza de que había sido capaz hasta entonces. En unas semanas perdería la valiosa destreza que sus manos habían tardado tantos años en adquirir.
Aquella noticia la dejó completamente abatida. ¿Cómo se las arreglaría para ganarse la vida? El dinero de las clases era su única fuente de ingresos, no tenía ahorros ni nadie a quien acudir, aunque solo fuera el tiempo necesario para reaccionar. Ni parientes ni hijos.
Cuando se enteró de que la portera de la casa se iba, hacía ya varias semanas que en todos lados le repetían que no tenía ni la edad ni el perfil requeridos. Así que decidió solicitar el puesto al propietario, y este aceptó. Se separó de su piano. Consideraba que una pasión mal vi vida resulta demasiado onerosa y hay que saber abandonarla para que otra pasión pueda nacer. ¿Por qué no la astrología, de hecho? Pegaba con su nuevo trabajo de portera, por aquello del lado cotilla que se entera de todo. Y le permitiría anticiparse a sus torpezas. Si hubiera sabido que hoy iba a derramar el café, no me lo habría servido. Me sonreía.
—No puede ir al trabajo con el jersey en ese estado. Suba a casa y póngase otro. Yo llevaré este a la tintorería; lo tendrá esta noche. De verdad que lo siento.
—No se agobie, no pasa nada.
—Insisto.
Yo no insistí y volví a subir a casa. Ella no podía saber que ya no me quedaba ningún jersey limpio en el armario, que de hecho ya no tenía nada de nada en el armario, que toda mi ropa yacía por los suelos y que caminaba sobre ella con indiferencia. «Como papá», repetía cada vez que sentía un trozo de tela bajo los pies: «Recógelo, recógelo, por favor; siempre recogías los de papá, ¡recoge los míos!». Pero mamá no los recogía. Agarré una chaqueta que apestaba a tabaco; tenía que dejar de fumar ya sí o sí.
La señora Merleau me dijo adiós desde detrás de la ventanilla. Al ver la cortina flotando, se me ocurrió que el último superviviente de una familia nunca sería objeto de cartas de pésame. Con toda aquella historia, se me había olvidado por completo decirle que me mudaba, pero al menos no hablamos de mamá. La señora Merleau no parecía sentirse más cómoda que yo en el registro de las lamentaciones; mejor así.
Por la noche, cuando regresé a casa, me sorprendió no encontrar cartas en mi buzón: se habían terminado los pésames. Es caso botín, mamá. Al abrir mi piso, un olor a limpio me puso un nudo en la garganta: todo estaba ordenado, los platos que no había tenido el ánimo de lavar desde hacía varios días, mi ropa lavada y planchada, mis sábanas cambiadas. Desde la puerta del salón me llegaba una luz intermitente. Quizá el fantasma blanco de mamá, que me sonreiría en cuanto entrara en la habitación.
Era la televisión, que estaba encendida y sin sonido. La señora Merleau. Mi jersey estaba bien a la vista, colgado del tirador del armario, y había dejado el correo sobre la mesa. Una mezcla de decepción y gratitud me invadió; seguramente las lágrimas la habrían arrastrado si mi atención no se hubiera visto atraída por una carta, más grande, más abultada que las demás. La abrí: era efectivamente lo que pensaba. Otra vez él. Louis retomaba su historia donde la había dejado.
Annie y yo íbamos al mismo colegio. Nuestro centro constituía un único bloque, pero, tras esa aparente permisividad, el honor estaba a salvo y la división reglamentaria se respetaba a rajatabla. Abajo la planta de las chicas, arriba la de los chicos. Como resultado de ese casto estado de las cosas, podían sucederse varios días a paso de tortuga sin que viera a Annie, obligado a imaginármela realzándose las pestañas con su aplicado índice, tratando de intuir sus pasos cuando las alumnas salían a la pizarra, feliz de pronto al oír su tos.
Yo odiaba aquellas plantas. Y las odiaba aún más porque la distribución no siempre había sido esa. Antes las chicas estaban arriba. Mi primo Georges había podido ver las braguitas bajando por la escalera de cuatro en cuatro, blancas, rosas, azules; se ponía las botas metiendo la cabeza entre los barrotes de la barandilla para admirar mejor aquel arco iris que se desplegaba milagrosamente hiciera el tiempo que hiciese. Pero hete aquí que, como siempre, mi generación fue sacrificada por las tonterías de la anterior. Sus obscenas miradas golosas no pasaron desapercibidas a la señorita E. —la directora—, con lo que los chicos acabaron dando con sus huesos arriba: nosotros, que teníamos que quitarnos los zapatos para no hacer ruido; nosotros, a quienes ahora espiaban las chicas cuando bajábamos por la escalera para mofarse de los agujeros de nuestros calcetines, mientras nos empujábamos brutalmente para ser el primero en salir. Porque el primero en salir ganaba, claro; no había ningún premio, pero a esa edad basta con el reto... sobre todo si las chicas están mirando. La cantidad de moratones, de caídas que se siguieron de aquello tuvo que preocupar a la señorita E., pero nunca dio marcha atrás en su decisión y la moral continuó imponiéndose a la seguridad.
Hasta el bendito día en que aquella odiada disposición acabó jugando en mi favor; no había razón; yo también quería ser el primero. Una meta sin trofeo que me fracturó la tibia y me i
