El misterio de Pont-Aven (Comisario Dupin 1)

Jean-Luc Bannalec

Fragmento

El primer día

Todo apuntaba a que ese 7 de julio iba a ser un espléndido día de verano. Uno de esos grandiosos días de la costa atlántica que tan feliz solían hacer al comisario Dupin. Allá adonde mirase, reinaba un azul luminoso y, aunque hacía un calor poco habitual para la Bretaña a una hora tan temprana, la atmósfera estaba tan despejada que todo presentaba unos contornos limpios, nítidos. Y eso que la tarde anterior había parecido que se les venía encima el fin del mundo: unos nubarrones negros, bajos y amenazantes habían cruzado veloces el cielo, descargando fuertes aguaceros torrenciales aquí y allá.

Concarneau, la magnífica Ciudad Azul, como seguían llamándola a causa del intenso color de las redes de pesca que el siglo anterior se tendían en su puerto, resplandecía. La esfera del reloj que coronaba el mercado, un bonito edificio antiguo en el que todos los días podía comprarse bien fresco el género que los pescadores locales habían capturado en sus redes apenas unas horas antes, marcaba las siete y media. El comisario Georges Dupin se encontraba en L’Amiral, sentado al final de la barra con el periódico abierto ante sí, como siempre. El emblemático café restaurante, que gozaba de una larguísima tradición (e incluso, una vez, había sido hotel), quedaba en el muelle y tenía justo enfrente el famoso casco histórico de la localidad. La ville close, la antigua ciudad medieval rodeada por una imponente muralla con torreones fortificados, había sido erigida sobre una islita alargada que se alzaba, como una escena salida de un cuadro, en medio de ese puerto en el que también desembocaba el tranquilo río Moros. Hacía exactamente dos años y siete meses que Dupin, tras una vida entera en París, se había visto obligado a abandonar la glamurosa capital a causa de su «traslado» a ese rincón perdido del país como consecuencia de «una serie de disputas» (según se hizo constar en el informe interno), y todas las mañanas desde entonces se tomaba su café solo en L’Amiral. Un placentero ritual que no sacrificaba por nada del mundo.

En L’Amiral se respiraba todavía ese maravilloso ambiente que lo trasladaba a uno a la gran época de finales del siglo XIX, cuando se habían hospedado allí numerosos artistas famosos, a los que años más tarde siguió incluso un personaje igualmente conocido, el comisario Maigret. El pintor Paul Gauguin, sin ir más lejos, se había visto envuelto en una vulgar pelea justo delante del restaurante una noche en que unos rudos marineros insultaron a su jovencísima novia javanesa. Con el paso de las décadas, el legendario L’Amiral se había ido deteriorando hasta que, doce años atrás, Lily y Philippe Basset —de Concarneau los dos, aunque se habían conocido en París de una manera bastante azarosa y con unos planes muy diferentes— se hicieron cargo de él y le devolvieron todo su esplendor. No se podía negar que, oficiosamente, constituía el centro neurálgico de la ciudad. La mayoría de los turistas preferían las «idílicas» cafeterías que quedaban algo más allá, en la gran plaza, de manera que en L’Amiral casi siempre estaba uno rodeado de los habituales; era acogedor, auténtico, sin decoraciones artificiosas, sin folclore.

—Otro café. Y un cruasán —murmuró el comisario.

Apenas se le había oído, pero Lily no había necesitado más que su mirada y su breve gesto para entenderlo. Ya era el tercer café de Dupin.

—¡Treinta y siete millones! ¿Lo ha visto, señor comisario? ¡El bote de esta semana es de treinta y siete millones! —Lily estaba ya delante de la enorme cafetera de bar, de esas que todavía emitían los ruidos apropiados y que, con cada café, impresionaba a Dupin tanto como el primer día.

Lily Basset debía de tener unos cuarenta y tantos años; era una mujer muy guapa, de rizada melena rubio oscuro, con una energía y un dinamismo inagotables, y unos ojos verde mar que siempre lo veían todo. No se le escapaba nada, era increíble. A Dupin le caía muy bien, igual que Philippe (el cocinero del restaurante: magnífico, apasionado y nada pretencioso), aunque nunca hablaran demasiado. O quizá precisamente por eso. Lily había aceptado al comisario desde el primer día, lo cual ya era mucho por aquella zona, y aún más teniendo en cuenta que, para los bretones, los parisinos eran los más extranjeros de todos los llegados de fuera.

—¡Maldita sea! —El comentario de Lily le había hecho recordar que aún no había echado la primitiva.

El gigantesco bote que tenía en vilo a todo el país no le había tocado a nadie la semana anterior. El comisario, que se había envalentonado y había probado suerte rellenando doce líneas, solo había conseguido acertar un número en dos hileras diferentes.

—Pues ya estamos a viernes, señor comisario.

—Lo sé, lo sé. —Iría directo al estanco de al lado.

—La semana pasada, el viernes a media mañana ya se habían quedado sin papeletas en todas partes.

—Sí, lo sé.

Esa noche, igual que desde hacía ya varias semanas, Dupin había dormido fatal, y en ese momento estaba intentando concentrarse en la lectura del periódico. Ese mes de junio, el norte del departamento del Finisterre solo había recibido un triste sesenta y dos por ciento de las horas de sol que solía tener un junio normal: ciento cuarenta y cinco. El sur del Finisterre, por el contrario, había disfrutado de hasta un setenta por ciento, y el colindante departamento de Morbihan, a tan solo unos kilómetros de distancia, un ochenta y dos por ciento. El artículo ocupaba toda la primera plana del Ouest France. Esas curiosísimas estadísticas sobre la climatología eran la especialidad del periódico… de todos los periódicos bretones, en realidad, y de todos los bretones en general. «Hacía décadas —remachaba con tono dramático— que ningún junio nos había dejado tan escasas horas de sol y tan tristes, ni unas temperaturas tan poco calurosas.» El artículo terminaba como era de esperar: «Qué se le va a hacer: en la Bretaña hace buen tiempo, pero solo cinco veces al día». Era una especie de mantra nacional. Sin embargo, cuidado, porque solo a los auténticos bretones les estaba permitido maldecir el tiempo o burlarse de él; si lo hacía un forastero, se consideraba de pésima educación. Y esa misma regla valía, tal como había aprendido Dupin en sus casi tres años allí, para todo lo que fuera «bretón».

El estridente sonido del móvil sobresaltó al comisario. Lo detestaba más cada vez que sonaba. Era el número de Labat, uno de sus dos inspectores. Dupin empezó a ponerse de mal humor y dejó que siguiera sonando. Total, si al cabo de media hora se encontraría con él en la comisaría. Labat le parecía estrecho de miras, insoportablemente solícito, servil y a la vez movido por una ambición malsana. Estaba en la treintena, era más bien grueso, tenía una carita redonda e infantil, orejas de soplillo, una calva incipiente que no le sentaba precisamente bien… y aun así se creía irresistible. Se lo habían asignado nada más llegar, y él había hecho algún que otro amago de quitárselo de encima. La verdad es que lo había intentado casi todo, pero no le había servido de nada.

El móvil sonó una segunda vez. Labat, siempre dándose importancia. Y una tercera. Dupin se dio cuenta de que empezaba a ponerse bastante nervioso.

—¿Sí?

—¿Es usted, señor comisario?

—¿Y quién si no quieres que te conteste a mi teléfono? —espetó Dupin.

—El prefecto Guenneugues ha llamado hace un momento. Tendría usted que sustituirlo esta tarde para ir a recibir al Comité de la Amistad de Staten Stoud, Canadá. —Qué repulsivo era aquel tono de voz meloso de Labat—. Como seguro que usted ya sabe el prefecto Guenneugues es presidente honorífico de nuestro Comité de la Amistad. La delegación oficial de Staten Stoud pasará una semana en Francia y esta tarde es la invitada de honor de la fiesta bretona que se celebra en la playa de Trégunc. Al prefecto le ha salido un imprevisto en Brest, y por eso le ruega a usted que vaya a recibir en su lugar a la delegación y a su presidente primero, el doctor de la Croix. Como Trégunc es de nuestra jurisdicción…

—¿Que qué? —Dupin no tenía la menor idea de qué le estaba hablando Labat.

—Staten Stoud es una ciudad hermanada con Concarneau, está cerca de Montreal. El prefecto tiene allí unos parientes lejanos que…

—Son las ocho menos cuarto, Labat. ¡Estoy desayunando!

—Pero es que para el señor prefecto es muy importante, y ha llamado ex profeso y me ha pedido que le transmitiera sus instrucciones.

—¡¿Cómo que «sus instrucciones»?! —Dupin le colgó.

No le apetecía dedicar ni un minuto más de su tiempo a ese asunto. Gracias a Dios que todavía estaba demasiado dormido para perder los nervios. No soportaba a Guenneugues. Además, después de casi tres años seguía sin saber cómo se pronunciaba su apellido. Había que reconocer que eso le pasaba con bastantes nombres bretones, lo cual, dado que en su profesión tenía trato con mucha gente, lo había puesto más de una y de dos veces en situaciones embarazosas.

Dupin volvió a concentrarse en su periódico. El Ouest France y el Télégramme eran los dos grandes rotativos regionales, y ambos se dedicaban a la Bretaña con un orgullo entrañable y, en ocasiones, algo peculiar. Después de una página de sucintas noticias internacionales y nacionales que explicaban deprisa y corriendo todo lo acaecido en el mundo, seguían treinta páginas de información regional y local… la mayoría muy, muy local. El comisario Dupin adoraba ambos diarios. Después de su «traslado», gracias a ellos había empezado su particular estudio del alma bretona, al principio con cierta reticencia, pero luego cada vez con mayor interés. Aparte de sus encuentros con los lugareños, eran justamente esos artículos menores, en apariencia tan insignificantes, los que más le habían enseñado. Allí se contaban historias sobre la vida en «el fin del mundo»: el finis terrae, que era como habían llamado los invasores romanos a ese recóndito extremo de la escabrosa península que se adentraba en las tempestuosas aguas del Atlántico. Todavía en la actualidad constituía el nombre oficial del departamento: Finisterre. Pero para la gente de allí (¡celtas!), su tierra no era ni muchísimo menos el «fin del mundo», sino todo lo contrario: penn ar bed, literalmente la «cabeza del mundo». El principio de todo, claro está.

El teléfono volvió a sonar. Labat otra vez. A pesar del cansancio, Dupin sintió que le podía la ira.

—No pienso ir a lo de esta tarde —soltó nada más descolgar—. Tengo cosas que hacer, compromisos oficiales. Házselo saber a Geungeug… ¡Házselo saber al prefecto!

—Un asesinato. Ha habido un asesinato —informó Labat con apenas un hilo de voz.

—¿Cómo dices?

—En Pont-Aven, señor comisario. Han encontrado muerto a Pierre-Louis Pennec, el dueño del hotel Central. En su restaurante, hace solo unos minutos. Alguien ha avisado al puesto de policía de la localidad.

—¿Me estás tomando el pelo, Labat?

—Los agentes de Pont-Aven ya deben de estar allí.

—¿En… Pont-Aven? ¿Pierre-Louis Pennec? —repitió, extrañado.

—¿A qué se refiere, señor comisario?

—¿Qué más sabes? —preguntó este en lugar de responder.

—Solo lo que acabo de comunicarle.

—¿Y estás seguro de que ha sido un asesinato?

—Eso parece.

—¿Cómo que «eso parece»? ¿Por qué? —Antes aún de que esas preguntas salieran de su boca, Dupin se enfadó por haber tenido que hacerlas.

—Yo solo puedo decirle lo que le ha contado el cocinero del hotel, que ha sido quien ha dado el aviso, al agente de servicio, quien a su vez…

—Vale, de acuerdo, pero ¿qué pintamos nosotros ahí? Pont-Aven es jurisdicción de Quimperlé. Eso es cosa de Derrien.

—El comisario Derrien se fue de vacaciones el lunes. —Labat le explicó brevemente la situación de Derrien—. Así que, para cuestiones graves, los responsables somos nosotros. Por eso el puesto de Pont-Aven…

—Vale, sí, ya… Ahora mismo salgo para allí. Ve tú también, y llama a Le Ber. Lo quiero en Pont-Aven enseguida.

—Le Ber ya está de camino.

—Bien. —Calló un segundo—. No me lo puedo creer. Maldita la suerte que tengo.

—¿Cómo dice, señor comisario?

Dupin colgó sin contestar.

—¡Tengo que irme! —anunció en dirección a Lily, que estaba enfrascada en su propia conversación telefónica.

Dejó un par de monedas en la barra y salió de L’Amiral. Tenía el coche en el gran aparcamiento del puerto, a solo unos pasos de allí.

«Qué locura —pensó sentado ya en su vehículo—. Es una auténtica locura.» ¡Un asesinato nada menos que en Pont-Aven! En pleno verano, poco antes de que la temporada alta convirtiera el lugar en un gran museo al aire libre, como solían comentar con burla los concarneses. ¡Pero si no había nada más idílico que Pont-Aven! El último asesinato de aquel pintoresco pueblito (demasiado pintoresco, para gusto de Dupin) debía de haber tenido lugar hacía una eternidad. Pont-Aven se había hecho famoso a finales del siglo XIX gracias a la colonia de artistas que se había instalado allí, y sobre todo a Paul Gauguin, desde luego, su miembro más destacado. Por eso aparecía en todas las guías de viaje de Francia y en todos los volúmenes de historia del arte moderno. Por si eso fuera poco, además el muerto era Pierre-Louis Pennec: un hombre de edad avanzada, un hotelero legendario, toda una institución local, igual que lo había sido su padre antes que él, y sobre todo su abuela, por supuesto, la ilustre fundadora del Central, Marie-Jeanne Pennec.

Dupin toqueteó los minúsculos botones del anticuado teléfono de su coche, que tenía ya algunos años. ¡Cómo odiaba ese chisme!

—¿Nolwenn? ¿Dónde estás?

—Voy de camino a la comisaría —contestó su secretaria—. Labat acaba de llamarme y ya me ha puesto al corriente. Querrá que avise al doctor Lafond, supongo.

—Lo antes posible.

Desde hacía un año había un segundo forense en Quimper al que Dupin no tragaba, Ewen Savoir, un joven torpe e impertinente. Con mucha alta tecnología, sí, pero idiota. Además de un pelma rematado. No es que Dupin pudiera afirmar que el viejo cascarrabias del doctor Lafond fuese su amigo del alma, con él también tenía sus broncas de vez en cuando, sobre todo cuando las cosas iban demasiado lentas para el gusto de Dupin, y entonces Lafond se ponía hecho un energúmeno… pero su trabajo era de primera.

—Es que Savoir me saca de quicio —añadió el comisario.

—Yo me encargo.

A Dupin le encantaba cuando Nolwenn decía eso. Antes que su secretaria había sido la secretaria de su predecesor y del predecesor de este. Era estupenda. Formidable. Absolutamente extraordinaria.

—Genial. Estoy en la última rotonda de Concarneau, así que tardaré unos diez minutos.

—Este asunto tiene mala pinta, comisario. Es increíble. Yo conocía al viejo Pennec. Mi marido le hizo un par de trabajillos una vez, hace muchos años.

Dupin estuvo a punto de preguntar qué clase de «trabajillos» eran esos, pero lo dejó correr. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse. La verdad es que nunca había conseguido saber a qué se dedicaba el marido de Nolwenn, pero parecía una ocupación bastante universal, pues siempre estaba haciendo «trabajillos» para gente de lo más variopinta.

—Se armará mucho revuelo, sí. Era un icono del Finisterre, de la Bretaña, de toda Francia. Madre mía… Oye, dentro de un rato vuelvo a llamarte.

—De acuerdo. Ya estoy en la puerta de la comisaría.

—Hasta ahora.

Dupin conducía deprisa, demasiado deprisa para aquellas carreteritas tan estrechas. Era para no creérselo… ¡Y, encima, el viejo Derrien de vacaciones por primera vez desde hacía diez años! Se había cogido diez días, según le había dicho Labat. Su hija iba a casarse nada menos que en la isla de la Reunión, lo cual a Derrien le había parecido un solemne disparate, porque el novio era del mismo pueblito aburrido que ellos, a tres kilómetros de Pont-Aven.

Dupin se peleó otra vez con los botones del teléfono.

—¿Le Ber?

—¿Jefe? —contestó su inspector.

—¿Ya estás ahí?

—Sí. Acabo de llegar.

—¿Dónde está la víctima?

—Abajo, en el restaurante.

—¿Has entrado ya?

—Todavía no.

—No dejes pasar a nadie. Que no entre nadie hasta que llegue yo, y eso te incluye a ti. ¿Quién ha encontrado a Pennec?

—Francine Lajoux. Una empleada.

—¿Qué te ha explicado?

—Todavía no he hablado con ella. La verdad es que acabo de llegar.

—Vale, de acuerdo. Enseguida estaré allí.

El charco de sangre le pareció inmenso. Se había extendido sin una forma concreta, siguiendo las irregularidades del suelo de piedra. Pierre-Louis Pennec era un anciano alto, delgado y atlético, con el pelo corto y gris. Una figura imponente aun a sus noventa y un años. El cadáver yacía boca arriba, horriblemente retorcido. La mano izquierda quedaba escondida en el hueco de la rodilla, la cadera estaba muy dislocada, la mano derecha posada sobre el corazón. Tenía la cara desencajada y sus ojos abiertos miraban al techo. Se apreciaban diversas heridas a primera vista, en el torso y en el cuello.

—Alguien se ha empleado a fondo con él. Un anciano como Pierre-Louis Pennec… ¿Quién puede haber hecho algo así? —En la voz de Le Ber había un deje de horror. El inspector estaba unos dos metros por detrás de Dupin y no había nadie más con ellos.

El comisario no dijo nada, Le Ber tenía razón. El propio Dupin había visto otras víctimas de homicidios, y lo que tenían delante era un asesinato brutal.

—La madre que me… —murmuró, y se pasó la mano por el pelo con un gesto brusco.

—Parecen puñaladas, pero no se ve el arma por ningún sitio.

—Pasito a pasito, Le Ber, pasito a pasito.

—Hay dos agentes de Pont-Aven vigilando el hotel, comisario. A uno lo conozco, Albin Monfort. Hace tiempo que se dedica a esto y es un buen policía. El otro se llama Pennarguear, pero no me he quedado con el nombre de pila. Un compañero todavía joven.

El comisario no pudo reprimir una sonrisa. También Le Ber era joven aún, de unos treinta y tantos, y solo hacía dos años que lo habían ascendido a inspector. Era meticuloso, rápido y listo, aunque cuando lo veías y lo oías hablar daba la impresión de ser una persona reposada y parsimoniosa. A veces tenía una expresión traviesa que a Dupin le hacía gracia. Y nunca se daba aires.

—No ha entrado nadie aquí dentro, ¿verdad?

Era la tercera vez que el comisario lo preguntaba, aunque a Le Ber no pareció importarle.

—Nadie, no. Pero el forense y los de la policía científica deben de estar a punto de llegar.

Dupin entendió enseguida por qué le decía eso. Le Ber sabía que el comisario querría echar un vistazo con tranquilidad antes de que se presentara allí toda la jauría.

El cadáver de Pennec estaba en el rincón del fondo, justo delante de la barra del bar. La sala tenía forma de L: el restaurante ocupaba la parte más alargada, que daba a la fachada; en el tramo más corto estaba el bar. Desde el restaurante, un pequeño pasillo llevaba a la cocina, instalada en un anexo construido en la parte trasera del edificio. La puerta estaba cerrada con llave.

Los taburetes de la barra estaban bien colocados. Todos menos uno, algo retirado hacia atrás. Sobre el mostrador había un único vaso y una botella de lambig, el aguardiente de sidra del que tan orgullosos se sentían los bretones… como orgullosos a más no poder se sentían de todo lo genuinamente bretón, o de todo lo que ellos considerasen como tal. A Dupin también le gustaba beber lambig. El vaso estaba casi vacío. No había señal alguna de pelea, en esa parte de la sala no se veía ni un solo detalle que resultara sospechoso. Era evidente que los empleados del hotel se habían esmerado en limpiar y recoger el bar la noche anterior, igual que todo el restaurante. Las mesas y las sillas estaban alineadas con precisión militar, los coloridos manteles rústicos ya estaban puestos, y el suelo brillaba como una patena. Debían de haber remodelado hacía poco tanto el restaurante como el bar, se veía todo muy nuevo. Y estaba perfectamente aislado, además, porque no se oía nada del exterior. No llegaba un solo ruido de la calle, aunque había tres ventanas, ni del vestíbulo, donde se encontraba también la recepción del hotel. Las ventanas estaban bien cerradas, Dupin lo había comprobado.

Ese orden meticuloso, esa limpieza y la absoluta normalidad de la sala ofrecían un inquietante contraste con la terrible imagen del cadáver.

Como en el resto del pueblo, en las paredes blancas del restaurante colgaban las obligadas copias de cuadros pintados en la gran época de la colonia de artistas, a finales del siglo XIX. Hasta en las cafeterías y las tienditas más pequeñas podían verse esas reproducciones. Pont-Aven casi parecía empapelado con ellas.

Dupin recorrió un par de veces el restaurante, muy despacio, sin buscar nada en concreto y sin encontrar nada de interés. Sacó con torpeza su libretita roja del bolsillo del pantalón y anotó un par de cosas sin pararse mucho a pensar.

De pronto alguien intentó abrir la puerta con brusquedad, pero Dupin había cerrado por dentro, así que quien fuera empezó a aporrearla. El comisario estuvo tentado de hacerse el sordo, pero no protestó cuando Le Ber le lanzó una mirada de extrañeza y se encaminó hacia la puerta, que se abrió entonces con gran estrépito.

—¡Ya ha llegado el doctor Lafond, señor comisario! —anunció la voz servil de Labat desde el umbral—. Y también los de la científica, René Salou y su equipo.

Dupin soltó un hondo suspiro. Siempre se olvidaba de Salou y su «inspección científica del escenario del crimen». El altivo Salou, el mejor experto del mundo, se había presentado con tres ayudantes que lo seguían en silencio. El doctor Lafond, el último en entrar, se fue directo hacia el cadáver tras murmurar un «buenos días» apenas audible en dirección a Dupin. No sonó descortés.

Salou, enérgico, se volvió hacia Labat y Le Ber.

—Caballeros —les dijo—, si me permiten, les ruego que abandonen la sala hasta que hayamos terminado nuestro trabajo. Solo el comisario, el doctor Lafond, mi equipo y yo mismo tenemos permitida la entrada en el restaurante por el momento. ¿Podrían ocuparse de que no entre nadie más? Buenos días, señor comisario. Buenos días, doctor.

Dupin tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse, pero no abrió la boca. Ninguno de los dos había sentido nunca demasiada simpatía por el otro.

—Doctor Lafond —añadió entonces Salou—, si también usted pudiera ser extremadamente prudente y evitara dejar nuevas huellas… Muchas gracias. —Sacó su enorme cámara de fotos—. Mi equipo empezará de inmediato con las labores dactiloscópicas. Lagrange, ven aquí. Antes que nada quiero posibles huellas dactilares de la barra, del vaso, de la botella, de todo lo que está cerca del cadáver. Sé sistemático.

Lafond abrió su maletín con toda la tranquilidad del mundo sobre una de las mesas que había cerca de la barra, como si no hubiese oído lo que acababa de decirle Salou.

Dupin se dirigió a la puerta, tenía que salir de allí. Abandonó la sala sin decir nada.

Mientras tanto se había organizado bastante alboroto en el vestíbulo del hotel, donde se encontraba también la pequeña recepción. No cabía duda de que la noticia había empezado a circular, por el hotel y por todo el pueblo. Algunos clientes se habían reunido frente a la recepción, y sus conversaciones eran confusas pero vehementes. Detrás del reducido mostrador, una mujer de pelo corto, bajita y más bien flaca, con una nariz bastante prominente y afilada, se dirigía a ellos con voz firme y hacía verdaderos esfuerzos por demostrar calma.

—No, no. No tienen que preocuparse ustedes por nada. Ya verán como enseguida lo solucionamos todo.

En el hotelito al que habían ido a pasar la semana más agradable del año acababa de cometerse un asesinato; Dupin comprendía muy bien la inquietud de los clientes, pero también le daba lástima la mujer. Estaban a punto de inaugurar la temporada alta y el hotel tenía reservadas la mitad de las habitaciones, según le había informado Le Ber. Veintiséis clientes estaban ya allí, cuatro de ellos eran niños, la mayoría extranjeros. En esa época había pocos franceses que viajaran. El auténtico ajetreo no empezaría hasta al cabo de una semana, pero, aunque el hotel no estuviera al completo, había clientes que entraban y salían continuamente, también por la tarde y por la noche. Cualquiera que pretendiese cometer un asesinato en esas circunstancias tenía que contar con que lo sorprendieran in fraganti. Que lo vieran, por ejemplo, cruzando el vestíbulo en el momento de salir de allí. O que alguien oyera el forcejeo o un grito de socorro del señor Pennec al temer por su vida. Además, seguro que por la noche también había personal de guardia en la casa. Cometer un asesinato en aquel lugar no era cosa fácil.

Le Ber bajó por la escalera del vestíbulo y, al ver al comisario ahí fuera, lo miró extrañado.

—¡Así son las cosas, Le Ber! Ahora el lugar de los hechos pertenece a los profesionales.

Pareció que el inspector iba a preguntar algo, pero al final no dijo nada. Dupin le había quitado la costumbre de preguntarle por sus intenciones y sus planes. Era lo único que le había molestado de Le Ber al principio, siempre quería entender sus métodos, y de cuando en cuando volvía a probarlo.

—¿Dónde están los agentes locales? —preguntó Dupin—. Hay que trasladar la recepción a otra parte. Quiero tener la entrada despejada.

—Labat se los ha llevado arriba porque pensaba empezar a interrogar a los clientes sobre anoche.

—Quiero que los clientes y el personal sean los únicos que puedan entrar y salir del hotel. Alguien tendría que controlar la zona de la entrada. Tú no, mejor alguno de los agentes de aquí. ¿Me has dicho que a Pennec lo ha encontrado una empleada?

—Sí, Francine Lajoux. Hace más de cuarenta años que trabaja aquí. Está arriba, en la sala del desayuno, acompañada por una camarera. Está muy alterada y hemos llamado a un médico.

—Quiero hablar con ella. —Dupin dudó un momento, luego sacó su libreta y, mientras repasaba sus anotaciones, empezó a reflexionar en voz alta—: Ahora son las nueve y cinco. Labat ha llamado a las siete y cuarenta y siete. Los compañeros de Pont-Aven acababan de informarle entonces. Habían recibido una llamada desde aquí, desde el hotel. La señora Lajoux debe de haber descubierto a Pierre-Louis Pennec alrededor de las siete y media. De eso no hace ni dos horas. Por el momento no sabemos nada más.

Le Ber no acababa de creerse que el comisario de verdad hubiera apuntado así todo eso, aunque de sobra era sabido que Dupin tenía, ¿cómo decirlo?, una forma más bien peculiar de tomar notas.

—Pierre-Louis Pennec tiene un hijo, Loic —informó el inspector—. También hay un hermano: un hermanastro, mejor dicho. Vive en Tolón. Habría que informar a la familia cuanto antes, comisario.

—¿Un hijo? ¿Y dónde vive?

—Aquí, en Pont-Aven. Abajo, en el puerto, vive con su mujer, Catherine. No tienen hijos.

—Iré a verlos enseguida, pero antes quiero hablar con la señora Lajoux.

Le Ber sabía que no serviría de nada llevarle la contraria; conocía de sobra al comisario cuando tenía entre manos «un caso de verdad». Y el de ese día sí que era un caso de verdad.

—Le conseguiré la dirección exacta de Loic Pennec y también el número de teléfono del hermanastro. Es un político muy conocido en el sur del país, André Pennec. Hace veinte años que está en el Parlamento con los conservadores.

—¿Se encuentra aquí en estos momentos? En la región, quiero decir.

—No. No que nosotros sepamos.

—Vale, de acuerdo. Lo llamaré más tarde. ¿Algún otro pariente?

—No.

—Que Salou te dé el parte en cuanto haya acabado. Y dile a Lafond que me llame, por mucho que insista en que no se pronunciará hasta que termine el informe de la autopsia.

—Entendido.

—También quiero hablar con Derrien. Alguien tendría que intentar localizarlo cuanto antes.

Derrien debía de conocer Pont-Aven como la palma de la mano. Cualquier cosa que pudiera decirles les resultaría muy útil y, además, en realidad el caso era suyo.

—Me parece que Monfort ya está en ello.

—¿A qué se dedica el hijo? ¿Trabaja también en el hotel? —inquirió Dupin.

—No, parece que no. Labat solo sabe que tiene un pequeño negocio.

—¿Qué clase de negocio?

—Miel.

—¿Miel?

—Sí, miel de mar. Las colmenas no pueden estar a más de veinticinco metros de la costa. Es la mejor miel del mundo, según dicen…

—Vale, vale. A ver, Le Ber, prioridad número uno: quiero saber con la mayor precisión posible todo lo que hizo el señor Pennec estos últimos días y estas últimas semanas. Día a día. Quiero que anotéis hasta el menor detalle. Todo, hasta lo más cotidiano. Sus rutinas, sus costumbres…

De pronto, uno de los clientes que estaban en la recepción se puso a dar voces.

—¡Que nos devuelvan nuestro dinero! ¡No pensamos tolerar esto! —Era un sujeto desagradable, rollizo, sudoroso. Su mujer lo miraba con devoción—. Nos marchamos ahora mismo, eso es lo que vamos a hacer.

—Me parece que ahora mismo no van ustedes a ninguna parte, caballero. De aquí no se va nadie —dijo Dupin.

El hombre se volvió hacia él dispuesto a armar un buen escándalo, pero Dupin no le dejó abrir boca.

—Comisario Dupin —se presentó—, de la policía de Concarneau. Antes tendrá usted que someterse a un interrogatorio, como todos los demás huéspedes.

Había pronunciado esas frases en voz muy baja. Casi susurrando. Su imponente figura contribuyó a que el truco surtiera efecto, y el hombrecillo retrocedió unos pasos al instante.

—Inspector Le Ber —esta vez Dupin habló a un volumen normal y con formalidad—, que los agentes interroguen al señor… —Se detuvo y miró al hombre, que, sin necesidad de que le preguntaran, tartamudeó un «Galvani» a media voz—. Que los agentes interroguen al señor Galvani y a su señora acerca de anoche. De inmediato. Que les tomen sus datos personales y efectúen una identificación.

Dupin era un hombre alto y fuerte, casi robusto, con unas espaldas que proyectaban una sombra impresionante. Las malas lenguas decían de él que era un poco bruto, así que nadie esperaba, ni mucho menos, la rapidez, la destreza y la precisión de las que era capaz sin proponérselo demasiado. Cierto, no tenía precisamente aspecto de comisario, y menos aún con los pantalones vaqueros y los polos que llevaba casi siempre… y a él le divertía sacar provecho de la impresión equivocada que causaba en la gente.

El señor Galvani tartamudeó algo, aunque nadie le entendió, y buscó la protección de su mujer, que le sacaba casi una cabeza de alto. Dupin se volvió hacia un lado y vio que la empleada de la recepción le sonreía con disimulo. Él le sonrió también y luego buscó a Le Ber, que contemplaba la escena con perplejidad.

—Labat y tú reconstruid los hechos con todo el detalle que podáis, sobre todo del día y la noche de ayer —ordenó—. ¿Qué hizo Pennec? ¿Dónde estuvo y cuándo? ¿Quién lo vio por última vez?

—Estamos en ello. El último que lo vio fue seguramente el cocinero.

—Bien. ¿A qué empleados tenemos en el hotel esta mañana?

Le Ber abrió una libreta negra muy pequeña.

—Las señoritas Galez y Jolivet, camareras, ambas muy jóvenes, y la señora Mendu, quien, si he entendido bien, es algo así como la sucesora de la señora Lajoux. También es la responsable del desayuno. La señora Mendu es la que está ahí delante. —Le Ber señaló con la cabeza en dirección a la recepción—. También están la señora Lajoux y el cocinero, Édouard Lenaff. Además de su joven pinche de cocina.

Dupin lo anotó todo.

—¿El cocinero? ¿El cocinero, a estas horas? —se extrañó.

—Todas las mañanas van a comprar temprano al mercado central de Quimper.

—¿Cómo se llama el pinche?

Le Ber pasó varias hojas de su libretita.

—Ronan Breton.

—¿Breton?

—Breton.

—¿De verdad que se llama Breton? —Dupin estuvo a punto de hacer algún comentario jocoso, pero prefirió callar—. ¿Y el cocinero fue el último que vio a Pennec con vida?

—Hasta ahora, eso parece.

—Querré hablar con él, aunque sea un momento, en cuanto haya acabado con la señora Lajoux. —El comisario se volvió y enfiló la escalera. Sin mirar atrás, preguntó—: ¿Dónde del primer piso?

Llamó con unos golpes suaves y entró en la sala del desayuno. Francine Lajoux era mayor de lo que había imaginado; sin duda más de setenta años, el pelo muy gris, un rostro alargado y surcado de profundas arrugas. Estaba sentada en el rincón del fondo, junto a una joven camarera pelirroja, rellenita y no demasiado alta, con una cara más bien regordeta pero guapa. Era la señorita Galez, a quien el comisario sonrió con gran simpatía y alivio. La señora Lajoux no pareció darse cuenta de la llegada de Dupin hasta unos instantes después. Miraba al suelo, inmóvil.

—Buenos días, madame —la saludó tras un breve carraspeo—. Me llamo Dupin y soy el comisario que está al cargo del caso. Me han dicho que ha sido usted quien ha descubierto el cadáver de Pierre-Louis Pennec esta mañana, en el restaurante.

La señora Lajoux tenía ojos de haber llorado y el maquillaje corrido. Tardó todavía unos instantes en mirar a Dupin.

—Ha sido un asesinato horroroso, ¿verdad, señor comisario? Un asesinato horroroso. A sangre fría. Hace treinta y siete años que estoy al servicio del señor Pennec y no me he puesto enferma ni un solo día. O como mucho dos veces… El señor Pennec ha quedado muy mal, ¿verdad? El asesino ha debido de apuñalarle con un cuchillo muy grande. Espero que lo atrapen pronto.

No hablaba deprisa, pero su discurso impresionaba porque no hacía pausas y la entonación de su voz cambiaba tan de repente como ella cambiaba de tema.

—Pobre señor Pennec. Era un hombre maravilloso. ¿Quién habrá podido hacer algo tan horrible? Todo el mundo lo quería, señor comisario. Todo el mundo. Todos lo apreciaban, lo apreciaban y lo admiraban. Que haya pasado algo así en nuestro bonito Pont-Aven, en un lugar tan apacible… ¡Es espantoso! El charco de sangre era enorme. ¿Eso es normal, señor comisario?

Dupin no sabía qué responder. Ni siquiera sabía a cuál de todas sus preguntas debía responder. Mientras sacaba su libreta y anotaba algo sin demasiado entusiasmo, se produjo un silencio incómodo y la señorita Galez intentó leer con disimulo lo que estaba escribiendo.

—Disculpe, ya sé que para usted debe de ser horrible tener que recordarlo otra vez, pero ¿podría explicarme cómo encontró el cadáver? ¿Estaba la puerta abierta? ¿Iba usted sola? —Dupin era consciente de que esas preguntas no demostraban mucha delicadeza que dijéramos.

—Iba yo sola, sí. ¿Eso es importante? La puerta estaba cerrada pero no con llave, y normalmente siempre lo está. Sí, el señor Pennec siempre la cierra con llave cuando se va por la noche. Por eso he pensado que debía de pasar algo. Creo que eran las siete y cuarto, más o menos. Verá, es que yo me encargo del desayuno todas las mañanas. Desde hace treinta y siete años llego todos los días a las seis. ¡Desde hace treinta y siete años! ¡A las seis en punto! Faltaban cucharillas para las mesas del desayuno de aquí arriba. Es que, cuando todavía no tenemos muchos clientes, preparamos solo las mesas del primer piso, ¿sabe usted? Y durante la temporada alta también las de abajo, las del restaurante. Así que he bajado al restaurante a por cucharillas. Muchas veces faltan y eso es algo que hay que solucionar. ¡Se lo tengo dicho a la señora Mendu! Tendré que hablar otra vez con ella… No he visto nada extraño en el restaurante, solo el cadáver. ¡Pobre señor Pennec! ¿Sabe usted por qué nadie oyó nada anoche? Por la fiesta popular. Había tanto alboroto en las calles… Siempre es así cuando estamos en fiestas, hay mucha animación por todas p

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