Las raíces del mal (Comisario Michele Balistreri 2)

Roberto Costantini

Fragmento

cap

A Wilma y Ulderico
Al pueblo libre de Libia

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Like a bird on the wire

Like a drunk in a midnight choir

I have tried in my way to be free.

Como un pájaro posado sobre un cable

como un borracho en un coro de medianoche

he intentado a mi manera ser libre.

LEONARD COHEN

1969

Caminaba en contra del guibli candente de arena. Nadia al-Bakri mantenía su velo bien sujeto sobre los ojos semicerrados para protegerse de los granos ardientes y de las moscas enloquecidas. Recorría el camino de tierra de forma automática. Pasaba por allí todas las mañanas, por lo que sus pies descalzos reconocían cada guijarro.

En medio del silbido del viento oyó el croar de las ranas y comprendió que casi había llegado. Se encontraba en la gran curva, la próxima a la charca, la última antes de llegar a villa Balistreri.

Más que verlo, lo intuyó. A unos treinta metros de ella, una imagen desenfocada e inmóvil en el polvillo de arena, bajo un eucalipto. No había ningún motivo para que él estuviera allí y Nadia se quedó perpleja por un momento. Después le sonrió y avanzó vacilante.

En la niebla opaca del sol pálido de arena no distinguió el reflejo de la navaja.

1982

—Usted es policía, Balistreri. Debería buscar a un asesino, no a un traidor o a un enemigo personal.

—Es lo mismo, senador. La Italia de hoy está gobernada por una clase política que nació traicionando a su propio país durante una guerra. Y a partir del ejemplo de ustedes, todos los italianos han aprendido que el interés personal está por encima de la lealtad.

—No entiendo qué tiene que ver eso con el asesino de esas chicas, Balistreri. Ese tipo solo es alguien que mata con una navaja.

—Se equivoca. El asesino mata con el cerebro. Por interés personal. Como nos han enseñado ustedes.

cap-1

Prólogo

cap-1

Sábado, 1 de febrero de 1958

La mosquitera entre el salón de la villa y el porche que da al extenso jardín está abierta de par en par. Aunque el aire es tibio, en febrero no hay mosquitos en Trípoli.

Fuera, en el silencio de la noche africana, croan las ranas.

Estamos todos allí, en el salón. Para ver la velada final del Festival de la Canción de San Remo. Las tres familias.

Los seis al-Bakri, los libios: el páter familias, Mohammed; los cuatro hijos varones, Farid, Salim, Ahmed y Karim; y la hijita menor, Nadia. Las dos mujeres de Mohammed se encuentran como siempre relegadas en su chabola.

Los tres Hunt, los norteamericanos: William, su mujer Marlene y la pequeña Laura.

Y nosotros, los cinco Bruseghin-Balistreri, los italianos: el abuelo Giuseppe, mi padre Salvatore, mi madre Italia, mi hermano Alberto y yo, Michelino.

En la pantalla en blanco y negro del televisor Marelli, Domenico Modugno canta la canción ganadora del festival. Estoy sentado en el sofá de tres plazas, en medio de las dos mujeres de mi vida. La mujer que me trajo al mundo y la mujer con la que viviré. Tengo toda la vida por delante.

Penso che un sogno così non ritorni mai più

Mi dipingevo le mani e la faccia di blu

Poi d’improvviso venivo dal vento rapito

E incominciavo a volare nel cielo infinito

Volare oh oh

Cantare oh oh oh oh

 

Pienso que un sueño parecido no volverá más

Y me pintaba las manos y la cara de azul

Y de improviso el viento rápido me eleva

Y me echo a volar en el cielo infinito

Volare oh oh

Cantare oh oh oh oh

cap-1

Primera parte

Estoy de pie, con la túnica pegada al cuerpo por el sudor del miedo. Mis plantas desnudas se apoyan en una superficie de madera, una mesa, arrimada a una pared de cemento. Un metro más abajo veo el suelo de tierra y barro. Un escarabajo sube hacia la mesa. Tengo los pies libres, y también mi brazo derecho, pero mi muñeca izquierda está inmovilizada por uno de los dos aros metálicos de las esposas. El otro aro está cerrado alrededor de un tubo metálico que sube en vertical por la pared. El escarabajo sube por el tubo. Tengo una soga al cuello, siento el grueso nudo que me oprime la garganta. Me oprime, pero no tanto como para impedirme respirar. Aunque solo si estoy erguida. Porque, si intento doblar las rodillas o sentarme, la soga me estrangula.

cap-2

Viernes, 25 de mayo de 1962

Los dos vaqueros se enfrentan en la explanada polvorienta en El último atardecer. Con las pistolas en las cartucheras y las manos listas para sacarlas. Mezclada entre la multitud, la chica, que ha amado primero a Kirk Douglas, después a Rock Hudson y ahora no se sabe a quién, asiste al duelo.

En la oscuridad de la sala Alhambra solo se oye el zumbido del proyector. Observo el rostro impasible del abuelo Giuseppe mientras los protagonistas intercambian las últimas miradas.

—Abuelo, ¿quién ganará? ¿El que sea más rápido?

Giuseppe Bruseghin, de la quinta de 1899, es mi abuelo. Un campesino véneto completamente fiel al rey piamontés; después de la derrota de Caporetto y la ruptura del frente austríaco, fue uno de los pocos que no se desembarazaron del fusil y del uniforme para esconderse en alguna granja. No le gustan las armas ni los duelos. Y si soporta las películas del Oeste, es porque me adora.

—Michelino, en la vida no siempre gana quien dispara primero.

Me da un capón. Esquivo la mano, la respuesta no me gusta.

Kirk es más rápido, Rock dispara justo después. Un momento larguísimo de silencio, las miradas de Rock y Kirk se cruzan por última vez. Después Kirk mira a la chica y cae al suelo. Ella corre hacia él. Hacia él, no hacia Rock, que ha sido el ganador.

—Abuelo, pero ¿la chica no se enamora siempre del que gana?

Bajo la voz ante las protestas de los vecinos.

El abuelo finge de vez en cuando que está sordo. Pero yo sé que lo hace cuando no quiere responderme. En 1940 su hijo Toni se afilió a la GIL (Gioventú Italiana del Littorio) y se marchó a aquella maldita guerra. Murió el último día de combate, con el uniforme fascista, mientras todos huían. Cuando el rey, su hijo y los políticos desaparecieron y dejaron a los soldados en manos de los partisanos por un lado y de los alemanes por otro. Mientras los fascistas huían hacia el norte, Toni se enfrentó a los enemigos.

Mi abuela murió justo después de Toni, no se sabe si de tifus o de pena. Mi abuelo tuvo que cuidar él solo de Italia, una hija adolescente que leía a Nietzsche y vivía inmersa en el mito de Mussolini y de su hermano Toni.

Cuando me parezco demasiado a Toni, el abuelo no me responde.

Mientras tanto descubrimos que Kirk ha acudido al duelo con la pistola descargada a propósito. Miro perplejo los títulos de crédito finales. Si Kirk sabía que había cargado la pistola con salva, tenía que haber habido algo en su mirada, antes de los disparos, que se me había escapado.

El techo del cine Alhambra se desliza, se abre al cielo azul de Trípoli. Entra el olor de los eucaliptos y del estiércol de caballo, los ruidos de los carros y los carritos de mano, el lamento del rezo de la tarde dirigido por el muecín.

Ha acabado la primera sesión, la de las dos de la tarde. Pasa el acomodador con las bebidas y los helados, el abuelo me compra otro paquete de cacawia —avellanas tostadas— y se levanta para irse.

—Abuelo, por favor, veámosla otra vez.

Está acostumbrado a esta petición, no es la primera vez. Sabe que en casa me aburriría. El viernes es fiesta para los musulmanes, mis íntimos amigos Ahmed y Karim están con su padre en la mezquita. Y tampoco estudiaría, porque el sábado y el domingo no hay clase.

—Está bien, Michelino, pero solo una vez, ¡no dos como el otro día!

Vivimos en Sidi al-Masri, justo a las afueras de Trípoli, a diez kilómetros de piazza Castello, que es el centro de la ciudad, más allá del palacio del rey, Ciudad Jardín y sharia Ben Asciur. Sidi al-Masri es una larga avenida bordeada de eucaliptos sin una sola casa antes de llegar a las villas gemelas de nuestra familia.

Las dos villas, mandadas construir por mi abuelo, se alzan a un lado de la avenida y están rodeadas por una tapia de dos metros. Se accede a ellas por una gran cancela de hierro forjado con las iniciales de mi padre y mi madre entrelazadas, Salvatore e Italia. Para mi padre es importante, de hecho fue idea de él; le gusta porque nos recuerda que las verdaderas familias se mantienen siempre unidas.

Detrás de las villas, en la tapia, hay una pequeña cancela por la que se accede al campo y al olivar del abuelo. Nada más salir por ella, hay una pequeña charca con ranas y luego un camino de tierra de dos kilómetros que atraviesa los campos baldíos hasta la chabola de la familia al-Bakri, donde viven Ahmed y Karim. Junto a una horrenda fosa de estiércol.

A partir de ahí comienza una carretera de tierra de un kilómetro que discurre a lo largo del olivar de los Bruseghin y por la que a duras penas pasa un coche. Los pastores llevan allí a las cabras y tienen sus propias chabolas. La carretera desemboca de nuevo en la avenida, entre las villas y Trípoli, un poco antes de la gasolinera Esso, que está más cerca de la ciudad.

Las dos villas se encuentran a un par de kilómetros del olivar y de los pastos, pero aun así llega el olor. Sobre todo de la fosa de estiércol, que sirve también de alcantarilla de todas las chabolas de Trípoli y de reserva de abono para los olivos.

Me encanta ese olor a tierra, eucaliptos y olivos. Me siento muy orgulloso del olivar del abuelo. Cuando acabó la Primera Guerra Mundial, el abuelo se casó y se sacó el título de aparejador. Llegó a Libia en 1932, seis años antes de la colonización masiva de la Cuarta Orilla, con su mujer y sus dos hijos, Toni, de doce años, e Italia, de solo dos. Gracias a sus estudios ayudó a construir los poblados fundados por Italo Balbo: Castel Benito, D’Annunzio, Mameli, Bianchi, Garibaldi, Crispi, Breviglieri. A cambio, el INFSS, el Instituto Nacional Fascista de Seguridad Social, y el procurador del rey le concedieron un terreno a pocos kilómetros de Trípoli, más mil plantas de olivo listas para ser injertadas.

Aquel terreno era solo de arena. El abuelo contrató a unos trabajadores libios para que lo aplanaran y levantaran barreras contra las dunas. De ese modo frenaron el maldito guibli que sopla del desierto.

Después excavaron el pozo, hasta la capa acuífera, y pusieron los conductos para la irrigación. Finalmente, el abuelo plantó los olivos. Sabía que tardarían años en empezar a dar algo, así que, mientras llegaba ese día, se ganaba la vida como aparejador, ayudando a construir las casas para los colonos. Gracias a aquellos años de sacrificios, hoy el abuelo tiene el olivar más grande de Libia.

A mi padre, en cambio, el olor a aceitunas no le gusta. Le recuerda a su infancia en Palermo, donde los padres y los cinco hijos varones vivían en una sola habitación y compartían el retrete con otras tres familias.

El olor a pobreza.

Volvimos a ver la película desde el principio. Mientras Kirk Douglas se dirigía a batirse en duelo con la pistola descargada, espié su cara con mucha atención.

«Ahora lo comprendo.»

El abuelo me lleva de vuelta en el Seiscientos a las villas, y a las seis de la tarde meriendo pan, mantequilla, mermelada, cacawia y dátiles. Me siento a horcajadas en la barandilla del porche, a un metro y medio aproximadamente del suelo. La mabruka, la gobernanta árabe, no me deja hacerlo, pero está supervisando a la cocinera, que prepara el cuscús. El jardinero se hace el distraído y mi padre está trabajando en la ciudad, en sus oficinas de piazza Italia, junto al castillo. Jet, el bóxer, me mira con su hocico aplastado y sus ojos dulces. Los pone siempre así, para parecer menos feo y conseguir un dátil. Yo se lo doy siempre, pero mi hermano Alberto dice que le sientan mal.

La barandilla es mi caballo y yo soy Kirk Douglas. Llevo unas pistolas, un sombrero y unas botas con espuelas que me han traído por Navidad. Sé que papá y mamá han sido quienes me los han regalado. Y el abuelo, el disfraz del Zorro, pero a él le gusta que yo siga creyendo en Papá Noel.

Cabalgo con furia, tal vez demasiada. A papá no le gustará ver las marcas de las botas en la pintura blanca de la barandilla. Para él son las huellas de mis sueños imposibles. Me dice cada vez más a menudo que piense en la realidad, en los deberes, como mi hermano mayor.

Por suerte papá está en la ciudad. Trabajando, como de costumbre. Con ese antipático joven venido de Italia que cenó en nuestra casa hace unos días, Emilio Busi.

Hace mucho calor. El sudor se desliza por mi cuello, una hormiga me corre por el brazo, los pájaros hacen una algarabía infernal. Aplasto a la hormiga, a los pájaros les ajustaré las cuentas más tarde con mi escopeta de balines, una Diana 50.

Ahmed, que ha vuelto de rezar en la mezquita, me espera para el duelo. Se encuentra en medio de la gran explanada de polvo y arena, y va vestido de vaquero, con las cosas que me han regalado a mí en los años anteriores y que ya no uso.

Ahmed está dispuesto a morir, como siempre que nos batimos en duelo. Muy serio en su papel, como en la vida real. Alto, oscuro, con los cabellos negros un poco ondulados y la mirada sombría pero intensa. Es idéntico a su hermano Karim, el menor, y a su hermanita Nadia. Han salido todos a su madre, Jamila, la segunda mujer de Mohammed. Guapos y árabes.

Ahmed es un pequeño «pordiosero», como llaman a los libios mis coetáneos italianos. Yo pertenezco a una de las familias más ricas e influyentes de Trípoli, pero lo he elegido a él como íntimo amigo. No saco nada con decírselo, a ninguno de los dos nos gusta hablar de amistad, eso es cosa de mujeres. Pero es evidente que yo prefiero pasar todas las tardes jugando con él en lugar de ir a los clubes marítimos a jugar con los niños italianos, ingleses y estadounidenses.

El esquema de nuestros juegos es siempre el mismo: él pierde y yo gano. Es un pacto implícito que por lo general no admite excepciones. Pero hoy hemos cambiado algo.

Laura está a la sombra del eucalipto y charla con Karim, que tiene su misma edad. Él no quiere salir en la película, es muy religioso y dice que las películas del Oeste son para los que no creen. Laura siempre le está diciendo a Karim lo guapo que es, que parece el hijo de Omar Sharif en el papel del príncipe Alí en esa película que acaban de estrenar: Lawrence de Arabia.

«Como si no le ocurriera lo mismo a Ahmed, pues son como dos gotas de agua.»

Laura se presta a actuar para complacerme, pero sin demasiado entusiasmo. Es casi dos años menor que Ahmed y yo, y está claro que le caigo bien, pero no me obedece.

Podría sustituirla por Nadia, solo para que se fastidie. Nadia siempre está jugando con nosotros y le gustaría mucho actuar. Pero sé que a Laura no le importaría nada que la sustituyese. Y además las mujeres árabes no actúan en las películas, ni siquiera en las de mentira. Ahmed y Karim se ofenderían.

—Laura, deja de charlar, debes mirar el duelo.

Karim la defiende:

—Es culpa mía, perdona.

Él siempre se pone de parte de Laura.

Me bajo del caballo-barandilla y me acerco a Ahmed. Jet está con él, lamiéndole una mano. Porque por las noches, cuando quiere ir a correr como un loco por el campo, somos nosotros dos quienes lo sacamos. Pero Ahmed es el que sigue a Jet en sus carreras. Dice que así lo vigila, que hay demasiadas perras rabiosas ahí fuera.

Me acerco a él con las manos metidas en el cinto.

—Hoy ganas tú —le murmuro al oído. Disfruto con su estupor.

Ahmed mueve la cabeza, me escruta. Detesta las sorpresas, le gusta que todo sea como está previsto.

—Mike, prefiero perder yo, como de costumbre.

—Tranquilo, Ahmed, tú pierdes. Pero esta vez seré yo el que muera y tú te quedarás de pie. Y ahora los diez pasos.

Nos alejamos lentamente, dándonos la espalda el uno al otro. Karim cuenta los pasos, ese es el papel que le reservo. Después nos damos la vuelta y nos miramos a los ojos.

Laura está distraída siguiendo a una mariposa. O perdida en sus pensamientos, que son un poco raros. Dice que no le gustan ni el sol ni la oscuridad, que «a ella le gusta que el tiempo pase rápido, pero inmóvil». Ahmed dice que está loca, Karim dice que es un genio.

Y ahora los dos disparos. Unos segundos de suspense. Luego Kirk Douglas dobla las rodillas. Ahora estoy en el suelo, con una mano en el pecho y los ojos entornados. Veo a Ahmed Rock Hudson inmóvil, atónito. Casi asustado por ese nuevo final.

Laura y Karim prestan por fin atención. Sorprendidos. Es la primera vez que me vencen en un duelo. Ahmed está pálido y mudo. Se acercan a mí, al cadáver de Kirk Douglas. Ahora Laura debería irse con Ahmed Rock, el rival, el ganador. Pero no lo hace. Se queda ahí, mirando fijamente mi cadáver, pensativa.

En ese momento Jet me lame una mejilla. Probablemente atraído por una mancha de mermelada. Oigo a Karim reír, abro los ojos furioso.

—Perdóname —dice Karim—, pero estamos desconcertados, ¡tú ganas siempre!

Les explico la novedad; yo, Kirk Douglas, he descargado la pistola antes del duelo para no tener que matar a Rock Hudson, mi gran amigo.

Ahora Laura me sonríe, asiente, aprueba.

—Muy bien, Mike. Los que ganan siempre se vuelven antipáticos.

Ahmed está todavía perplejo.

—Prefiero hacer el papel del que muere.

Laura lo mira.

—Tú no te dejarías matar con la pistola descargada. Ni siquiera por Mike.

Ahmed la mira aviesamente. Parece estar ofendido. Entre ellos la antipatía es recíproca. Teme que un día yo querré más a Laura que a él.

Interviene Karim:

—Yo no me dejaría matar por ninguno de vosotros dos. Pero sí por Laura.

Físicamente es idéntico a Ahmed. Tienen la misma cara, pero sus caracteres son opuestos. Karim vive de ideales, Ahmed, de realidad.

Ahmed hace una caricia al perro. Me mira.

—¿Llevamos a Jet a correr, Mike?

Estoy aquí, atrapada. No puedo hacer nada, absolutamente nada. Solo resistir, no dejar que se me doblen las rodillas y que la soga me estrangule. Estoy en sus manos, y para él la vida ajena no vale nada.

La soga tiene un cabo que sale y se dirige hacia lo alto. Puedo palparlo con la mano libre, la derecha. Intento seguirlo con los dedos y rozo mi cabeza. Está desnuda, completamente afeitada. Mi pelo, mi precioso pelo negro, ha desaparecido. Sigo la soga con los ojos, en la semioscuridad. Sube hacia el techo, pasa por encima de otro tubo metálico, un tubo grueso, que aguantaría fácilmente mi peso. La cuerda pasa por encima del tubo y vuelve a bajar. Pero por el único ventanuco se filtra muy poca luz. No veo dónde acaba. En cambio consigo ver el escarabajo que ha alcanzado el techo por encima de mí.

cap-3

Sábado, 26 de mayo de 1962

Todos los sábados por la noche viene un montón de gente y la explanada de delante de las dos villas se llena. Italianos, norteamericanos y libios, solo gente importante. Terratenientes, empresarios, directores de Agip o del Banco de Roma, diplomáticos, oficiales norteamericanos de la base del Wheelus Field, dignatarios y ministros del rey.

En estas veladas se alternan la cocina árabe, la italiana y la norteamericana. Esta es una velada norteamericana. Barbacoa de hamburguesas y salchichas preparadas por William Hunt. Más la Coca-Cola y las palomitas compradas por su mujer, Marlene. Porque a la madre de Laura no le gusta cocinar.

Con un cubilete lleno de palomitas y unas botellas de Coca-Cola, Laura y yo nos refugiamos en la parte de atrás de las villas. William Hunt ha mandado construir una cubierta para proteger sus coches del sol. Nos ponemos a charlar allí debajo. Conversaciones de niños, ella tiene diez años y yo doce.

—¿Tu madre tampoco cocina, Mike?

—Nunca. Por eso el abuelo le decía que no se casaría.

—Pero no fue así…

—A los dieciocho años conoció a papá, que era ingeniero.

—Y tan guapo como Clark Gable.

La miro con asombro. Esa niña de vez en cuando es crazy, como dice Ahmed.

—Pero ¿qué dices?

Se ríe.

—Lo dice Marlene de broma. Tu padre es siciliano, ¿no?

—Sí, es el quinto hijo de un zapatero remendón y de una asistenta, tiene cuatro hermanos varones mayores que él. Se crió en uno de los barrios más pobres de Palermo y fue el único de los hermanos que estudió en la universidad.

—¿Por qué él sí y sus hermanos no?

—Papá nació en 1925. Era demasiado joven para ir a la guerra. En cambio sus cuatro hermanos fueron y ya no estudiaron. Después ayudaron al ejército americano a desembarcar en Sicilia.

Hago una mueca. Ella se percata.

—¿No te gustamos los americanos?

—No me gustan los italianos. Traicionan siempre.

Me mira un poco perpleja. Después lo deja pasar.

—¿Y de dónde sacaba el dinero tu padre para estudiar?

—Trabajaba de aprendiz de un barbero y estudiaba inglés por las noches.

—Y después conoció a tu madre.

—En 1948 acabó la universidad y vino a Trípoli con una empresa siciliana. Conoció a mamá y se casaron enseguida. Al año siguiente nació Alberto y al otro nací yo.

—Tu madre es muy rica, ¿verdad?

«Tiene esta forma de decir las cosas. Tal y como son. Los demás las dicen de otra manera.»

—El que es rico es mi abuelo. Las villas y el olivar son suyos. Mamá parece un poco antipática, pero lo que pasa es que es muy tímida. Habla poco, pero lee muchísimos libros. De historia, de filosofía.

—¿Y es fascista?

«De nuevo esa forma de hablar tan directa. A papá no le gustaría como novia mía.»

La miro.

—¿También te lo ha contado tu madre?

—No, me lo ha contado papá. Él dice que es una pena, porque tu madre es una reina.

—¿Una reina?

—Sí, papá dice que si tu madre hubiera nacido en el siglo XVI habría sido una reina.

Yo no quería hablar todavía de mis padres.

—Háblame de tu padre y tu madre. ¿Cómo se conocieron?

—Es una historia muy bonita, Mike. Es al revés que la de los tuyos. La pobre y guapa era mamá. Papá proviene de una familia riquísima de petroleros texanos.

—Y es un héroe de guerra. Me lo ha dicho mi madre.

Laura no parece estar orgullosa de ello. No como lo estaría yo.

—Le dieron la medalla cuando estaba en el Cuerpo de marines en Corea. Ahora es como una especie de embajador. Aunque trabaja aquí, en la base aérea del Wheelus Field, está casi siempre de viaje, en «misiones», dice él. Y nos deja solas a Marlene y a mí.

—¡Tu madre es guapísima!

Lo digo con entusiasmo sincero y ella sonríe.

—Mamá tiene veintisiete años, quince menos que papá. Nació en California, y era tan guapa de recién nacida que sus padres la llamaron Marlene porque esperaban que se hiciera tan famosa como Marlene Dietrich.

—Mi padre dice que se parece más a esa actriz americana que le gusta tanto, Ava Gardner. ¿Y cómo se conocieron?

—Cuando todavía no había cumplido los dieciséis años se marchó de casa, se fue a Hollywood para estudiar interpretación. Trabajaba en un restaurante de comida rápida para pagarse la habitación.

—¡Un poco como papá!

—Sí. En la primavera de 1951 sirvió un bistec a mi padre. Él había ido a pasar el fin de semana allí, estaba haciendo un curso en un lugar de Virginia, Langley.

—Y después naciste tú.

—Los niños no nacen así, después de un beso. Papá acabó el curso en Langley y se casó con ella. Y a finales de abril de 1952 nací yo.

—Tú te pareces mucho a tu madre. Pero tienes el color de piel y los ojos de tu padre.

—Mi familia me dice que también he heredado su carácter.

—O sea, ¿que matas a los enemigos?

Me mira un poco enfurruñada.

—Espero que mi padre no haya matado nunca a nadie. O si lo ha hecho que solo haya sido para defender a otros.

—¿Antes de venir aquí vivíais en Estados Unidos?

—No. Hemos vivido en Londres, París y Roma. Papá viajaba siempre mucho y mamá iba a fiestas. Y después de tres años en Roma, aquí nos tienes.

—¿Está contenta tu madre de vivir en Libia?

—En absoluto, dice que es una gran caja de arena. Pero papá le ha hecho un bonito regalo para convencerla, un coche nuevo. Llega mañana, es un Ferrari.

Deben de haber pasado muchas horas. Fuera, el silencio de la noche. Dentro de la habitación, unos ruidos extraños que no comprendo. Estoy aterrorizada. Pienso en los escarabajos y me pongo mala. El vientre y la vejiga me van a estallar. Ya no aguanto más, voy a hacérmelo encima. Cuando él vuelva se reirá de mí. Ahora llegan de fuera algunos ruidos familiares. El canto de un gallo, el balido de una cabra. Por la ventana se filtra la pálida luz del alba. Estoy aquí, de pie, inmóvil desde al menos doce horas. Quieta. Sin comida, sin agua, sin dormir. Tengo los muslos como si fueran de piedra. En el suelo, mis heces; alrededor, los escarabajos. La claridad del alba hace que los contornos se vuelvan un poco más nítidos. En el suelo, al pie de la mesa, el cabrón ha dejado una botella de agua. Tentaciones. Baja, querida, si tienes sed, y ahórcate.

cap-4

Domingo, 27 de mayo de 1962

El flamante Ferrari 250 California de color rojo es un deportivo descapotable. Lo veo delante de villa Hunt a la mañana siguiente.

A Alberto y a mí nos invitan todos los domingos a tomar el desayuno americano: cornflakes, sándwiches, beicon y huevos. Y el Ferrari rojo está allí.

Mis padres nunca desayunan con nosotros los domingos. Papá va a misa de siete y después a la terraza del Uaddan a leer el Giornale di Tripoli. Más tarde se acerca a saludar al padre Eugenio a la parroquia de San Anselmo, donde se reúnen los italianos importantes de la ciudad. Mamá se dedica a sus cosas, y me parece que la señora Hunt no le cae nada bien. No sé por qué.

Alberto prueba solo un poco de todo lo que le ofrecen. Pregunta al doctor Hunt cómo se construyen los rascacielos en los Estados Unidos de América, ese país tan grande y lejano. Le pregunta por el nuevo y joven presidente, John Fitzgerald Kennedy. William Hunt no congenia con él.

Yo escucho y arramblo con todo lo que me gusta sin preguntar nada. Cornflakes, sándwich francés, tortitas con caramelo. A la madre de Laura le caigo bien, me llama Michelino take it all.

Marlene ya ha ido a hacer su irrenunciable footing después de tomarse un zumo de pomelo y una rebanada de pan ázimo. Corre siempre por el camino que sale de detrás de las villas, dos kilómetros por pleno campo seco hasta la chabola de Ahmed y la fosa de estiércol. Lo hace dos veces, ida y vuelta. Ocho kilómetros cada día. En bastante menos de una hora.

—Cuando tarde más de una hora seré vieja —dice.

Y ahí está ya de vuelta, jadeante y radiante, con el sudor que le pega al cuerpo la camiseta y hace brillar las largas piernas que asoman de los pantaloncitos. Mi padre tiene razón, parece Ava Gardner, pero todavía más guapa.

Marlene da un capón a Alberto y un beso a Laura y a mí me dirige una sonrisa. A su marido nada. Va a darse una ducha. Regresa con una camisetita roja sin nada debajo y unos pantaloncitos tejanos cortos.

—Chicos, ¿queréis que os lleve a la playa en el Ferrari? —nos propone.

Corro a casa a coger el traje de baño y las chanclas.

—Nos vamos a la playa. Avisa a mi abuelo —le digo a la mabruka.

Nos subimos al Ferrari California. Marlene y Laura delante, Alberto y yo detrás. Volamos a lo largo de Sidi al-Masri hacia Trípoli adelantando a unos pocos Fiat, Hillman y Morris. El viento nos da en la cara, los eucaliptos que hay en el margen de la carretera ni siquiera los vemos.

Too fast? —nos grita Marlene.

Pero a mí me gustaría que fuera todavía más deprisa.

En dos minutos estamos al final de Sidi al-Masri, en las puertas de Trípoli. Ella se para a echar gasolina en la gasolinera Esso.

Vito Gerace, el empleado de la estación de servicio, es un siciliano de unos cincuenta años nacido en Palermo, en el mismo barrio pobre que mi padre. Es un protegido suyo, un tipo rudo con el pelo enmarañado y unas cejas muy marcadas que se le juntan encima de la nariz. Dicen que todos los sábados se emborracha en el burdel.

Los Gerace vinieron a Libia desde Palermo, junto al ingeniero Balistreri. La mujer de Vito, Santuzza, diez años más joven que él, es prima lejana de mi padre. Una mujer guapa y humilde, pero siempre de buen humor, que cose para los italianos y los norteamericanos ricos.

El hijo, Nico, es de mi misma edad; somos compañeros de clase y de pupitre. Las facciones regulares las ha heredado todas de su madre, pero no los cabellos rizados, las cejas pobladas y el vello en los brazos y en las pantorrillas, que ha heredado de su padre y que, junto a un marcado defecto de pronunciación, le hacen sentirse inseguro y acomplejado.

Vito Gerace frunce las cejas negrísimas y mira el Ferrari California y a Marlene Hunt con ojos desorbitados. Tarda un montón de tiempo en limpiar los cristales mientras le mira las piernas bronceadas.

También Nico la observa con admiración. Porque sabe que Marlene Hunt ha trabajado en Hollywood y él está obsesionado con las actrices de cine y de televisión. Debajo del pupitre de la escuela ha pegado fotos de Rita Hayworth, Ava Gardner, Marilyn Monroe, Brigitte Bardot y Sophia Loren. Todas juntas para él.

Entramos en Trípoli por Ciudad Jardín y Marlene se ve obligada a aminorar la velocidad. Torcemos delante del palacio del rey, con las dos cúpulas de oro, y llegamos a la plaza de la catedral, con la oficina de correos construida por los fascistas, todo a escuadra. Hay pocos automóviles, pero sí un montón de coches de caballos y de carros tirados por burros, de bicicletas y de peatones en medio de la calle.

Tomamos la avenida Vittorio Emanuele, sharia Istiklal. Debajo de las arcadas, las tiendas de los italianos están cerradas porque es domingo, mientras que las de los hebreos y los árabes están todas abiertas. Y también está abierta nuestra heladería favorita, Girus.

Marlene aparca el Ferrari California entre un burro y un Seiscientos, y nos bajamos. Todos nos miran, absolutamente todos. Pero no a los niños, sino al Ferrari California y a Marlene Hunt, guapa como una diosa.

Después de tomar el helado nos subimos de nuevo al coche y bajamos por la avenida Vittorio hasta llegar a piazza Italia, con las arcadas fascistas. Rodeamos la fuente y tomamos la avenida Sicilia, que ni siquiera los libios llaman sharia Omar al-Mujtar. Una vez fuera del centro, salimos disparados de nuevo hacia las playas. Dejamos atrás las más populares, el Lido y los Baños de Azufre, con ese olor procedente del Uadi Megenin, y nos dirigimos hacia las más exclusivas, con clubes privados, el Beach y el Underwater.

Llegamos al Underwater en diez minutos. Tenemos ya el traje de baño puesto y bajamos a la piscina de agua de mar. El doctor Hunt se nos une más tarde con su Land Rover y se queda rigurosamente vestido a la sombra, en la terraza, fumándose un puro.

Alto y rubio, con los ojos azul acero, es un texano que aprecia más el desierto de Libia que el mar. Y el petróleo, del que tanto se oye hablar. Mientras tanto, Marlene hace sus cincuenta largos de costumbre en la piscina, después sale, extiende una toalla y se tumba al sol.

Es realmente una diosa, solo hay que mirarla. Aunque solo tengo doce años me doy cuenta de ello. Con esos ojos que se te meten por dentro, los brillantes y ondulados cabellos negros hasta mitad de la espalda, las piernas torneadas, la parte de arriba del biquini desabrochada para conseguir un bronceado perfecto, y la de abajo ligeramente bajada, en el límite de la indecencia.

«Qué diferentes son tus padres», me dice Laura. Marlene se aburre. Quisiera ir al menos a todas esas bonitas fiestas que se celebran en las embajadas, en los salones de los grandes hoteles, en las terrazas que dan al mar. Esas que William llama con desprecio «lavandería pública de los actos ajenos».

Veo que los hombres no le quitan ojo en ningún momento. Creo que el doctor Hunt lo sabe, por fuerza. Y también Laura. Quién sabe si eso les gusta.

Después de pasar la mañana en la playa, volvemos a las villas. Tras la comida llegan Ahmed y Karim. Ellos van a la escuela líbica, en sharia Ben Asciur, y los domingos por la mañana tienen clase.

Jugamos al fútbol en la explanada de tierra de delante de las villas. Dos contra dos, Ahmed y yo contra Alberto y Karim. El balón corre entre escarabajos y lagartijas y nosotros llevamos las de ganar, pero arbitra Laura, que interviene a tontas y a locas con un viejo pito, sin saber nada de fútbol. Con ella todos los partidos acaban en empate. Calculamos el tiempo por la radio, Todo el fútbol minuto a minuto. Cuando acaba el partido de la Juventus, acabamos también nosotros.

Laura oye que solo queda un minuto. Karim se tropieza con el balón. Laura pita penalti. Ahmed se indigna.

—¡Estás completamente crazy, Laura!

Jet está tumbado en un rincón. Boquea por el calor delante de la caseta. Babea muchísimo. Hoy por la tarde Ahmed y yo hemos estado una hora quitándole con las pinzas las malditas garrapatas que anidan en sus orejas.

—¿Vamos a correr, Jet?

Dos ojazos nos miran. Normalmente, nada más oír esto Jet reacciona. Pero ahora no. Ahora no se mueve de donde está, jadeando y echando babas.

—Tiene demasiado calor —dice Karim.

Ahmed mueve la cabeza muy poco convencido.

—Jet corre también con el guibli.

El perro es mío. Pero Ahmed se ha erigido en su protector. Pobre de quien lo toque.

—Tal vez después de que se ponga el sol, Ahmed.

Salimos por la cancela de detrás de las villas. La charca está casi seca, las ranas croan tristes. Recorremos el camino de detrás de las villas, hasta llegar a la chabola donde viven Ahmed y Karim con su numerosa familia.

Desde allí atravesamos el olivar de los Bruseghin y dejamos atrás las chabolas de los pastores que llevan las cabras a pastar allí. No hay que coger nunca las aceitunas del suelo. Se parecen demasiado a las cacas de cabra.

Se está poniendo el sol, es el mejor momento. Empieza la matanza. Yo me encargo de las tórtolas posadas en las ramas de los eucaliptos, con los balines de la Diana 50. Ahmed se dedica a los escorpiones. Lanza el cuchillo. Por deportividad, nunca desde una distancia de menos de dos metros. Karim no participa. Él lee el Corán, las poesías árabes, la historia de los héroes líbicos ahorcados por los italianos, como Omar al-Mujtar. Por lo tanto no mata, pero recoge el sangriento botín.

Cuando volvemos a por Jet, vemos al abuelo junto a la caseta. A su lado está el joven veterinario, que acaricia la cabeza del perro con un guante de goma en la mano. Jet nos observa tristemente, con el hocico apoyado en el suelo. El abuelo menea la cabeza. El veterinario se vuelve hacia él.

—Lo siento. Jet tiene la rabia.

El abuelo, mis padres, mi hermano Alberto y el veterinario se encierran en el salón.

Ahmed, Karim y yo nos quedamos fuera, junto a Jet. Ahmed le habla en árabe.

Al cabo de un rato, vienen los Hunt. William y Marlene entran en casa, tal vez los hayan llamado mis padres. Laura se acerca a nosotros.

—Tiene la señal de un mordisco en un costado —dice señalando el pelaje marrón oscuro.

—Ha sido una de esas perras bastardas de ahí fuera —responde Ahmed señalando la tapia.

En efecto, desde hace un par de semanas hay unas perras que todas las tardes, al ponerse el sol, gañen justo allí detrás. Ahora también se las oye.

—Estoy en celo —me había dicho Laura unos días antes. Y viendo que yo no entendía me explicó mejor el concepto. De esa forma suya directa y ligera, como si las palabras no tuvieran peso cuando son sinceras.

Sale el veterinario, seguido por el abuelo. Tienen un aspecto tan afligido que casi sobran las palabras del primero.

—Jet tiene la rabia. Tardaría dos o tres días en morir. Debemos eliminarlo o sufrirá demasiado.

Ahmed se levanta y se va, sin decir palabra.

—Por desgracia —continúa el veterinario—, la saliva de Jet está infectada. Si os ha lamido, cualquier heridita basta para…

—Tendremos que vacunarnos todos —abrevia el abuelo.

Cuarenta inyecciones. No son nada respecto a ese dolor. Laura y Karim acarician a Jet. Todavía tengo la Diana 50 en la mano. Corro por detrás de las villas, hacia la pequeña cancela de la parte posterior.

Cuando salgo, los gañidos de las perras se convierten en gruñidos. Ahmed está en medio de tres de ellas. Sujeta en la mano un grueso saltamontes que ha capturado. Las perras están ávidas. Lo lanza contra la tapia. Una de las perras, la más grande y valiente, se acerca. Olfatea recelosa y después se inclina hacia el saltamontes muerto.

Ahmed ya tiene en la mano la navajita suiza, con la hoja más larga fuera, salta a horcajadas sobre la perra y se la clava por entero en la nuca. El animal da un ladrido terrible y trata de quitarse a Ahmed de encima. Pero él se agarra a su cuello con las piernas y el brazo derecho.

Con la mano izquierda, porque Ahmed es zurdo, saca la hoja. De la herida brota la sangre, debe de haber seccionado una arteria. La perra se revuelve, se lo quita de encima, intenta morderlo.

Pero Ahmed es rapidísimo, clava la navaja en el ojo derecho del animal y, con un movimiento circular, se lo saca. En ese momento las otras dos perras se disponen a lanzarse sobre Ahmed. Apunto con la escopeta a la nariz de la más agresiva, donde sé que duele.

Y un balín de la Diana 50 disparado a una distancia de cinco metros duele terriblemente. La perra gañe y se va corriendo. Vuelvo a cargar rápidamente la escopeta, pero no es necesario. La segunda perra también huye.

La tercera gañe desesperada. Sangra a borbotones por la nuca y el ojo. Ni siquiera reacciona cuando Ahmed se sube de nuevo a horcajadas encima de ella y le clava la hoja en la garganta.

Lo veo tirar y tirar con fuerza, hasta que la garganta se desgarra y el animal cae al suelo.

Entonces Ahmed extrae la navaja, la limpia sobre unas briznas de hierba, la cierra y se la guarda en el bolsillo de los pantalones cortos.

—Gracias, Mike —me dice.

Después se da la vuelta y se dirige hacia el camino que conduce a su chabola.

Pasan más horas. El maldito se asoma de vez en cuando con una mueca de escarnio en el rostro. Fuera, el sol ya debe de estar más alto en el cielo. O quizá esté más bajo, ya no lo sé. Ahora hay un polvillo amarillento suspendido en el aire. Polvo atravesado por la luz que se filtra por el cristal sucio del ventanuco. Para recordarme que fuera está todo lo que quiero, la vida. Ahora puedo seguir el recorrido de la cuerda, que sube desde mi cuello, salva el grueso tubo fijado en el techo y vuelve a bajar. La sigo hasta otra cabeza rasurada, muy pequeña. La soga, unida a la mía, rodea otro cuello.

El cuello de una niña. Tiene casi diez meses. Pesa unos nueve kilos. Yo sesenta y ella nueve. Si trato de doblarme o de sentarme en la mesa, la cuerda se tensará y nos estrangulará a las dos. La pequeña duerme tranquila, quizá él le haya echado un poco de somnífero en el biberón. Esos eran los ruidos que oía esta noche. Los que hacía mi hija.

cap-5

Lunes, 28 de mayo de 1962

Enterramos a Jet ayer por la noche y hoy estoy en la escuela. Por suerte estamos al final del maldito año escolar. El colegio es un edificio grande y fresco, con largos pasillos y techos altos que protegen del calor asfixiante del guibli.

A poca distancia se encuentra el campo de fútbol con el suelo de cemento y los troncos de eucaliptos para señalar la línea de banda. Así, quien juega en ese lado debe estar muy atento a driblar a adversarios y árboles.

En un lado está el campo de petanca para los ancianos. En el otro, el bar con los futbolines y el billar al que los mayores juegan con el taco y los niños lanzando la bola con las manos.

Mi hermano Alberto, que está acabando la educación general básica, es la estrella de la escuela, el mejor en todas las asignaturas. El que se arriesga a recibir malas notas por pasar los deberes en clase a los demás niños, el que da clases particulares gratis a los compañeros más ignorantes.

Yo, en cambio, voy mal en todas las asignaturas. A mí no me gusta estudiar. Como tampoco me gustan mis compañeros de clase, prefiero a Ahmed. Estudiamos juntos, pero solo artes marciales. En eso somos buenísimos.

El único amigo que tengo en clase es Nico Gerace, ese al que le pirran las actrices y los cantantes. El hijo del empleado de gasolinera y de la costurera, los únicos italianos pobres de Trípoli. Si mi padre no los ayudara, se morirían de hambre. Nico es patoso y peludo y pronuncia la ese sibilante. Tal vez por eso sea amigo de él.

La clase de religión nos la da el padre Eugenio, el párroco de la iglesia de San Anselmo, que se encuentra muy cerca de la escuela.

Es amigo de mi padre, viene a nuestra casa todos los sábados por la noche y mi padre va a verlo los domingos. Pero no va a verlo para asistir a su misa, porque para eso papá va a la catedral, donde se le nota más. Después se pasa por el Uaddan y luego va a San Anselmo a visitar al padre Eugenio.

El padre Eugenio es joven, tiene menos de treinta años y una cara tersa y mofletuda de niño. Sus ojos azules parecen amables en su rostro, muy pulcro y con una gran sonrisa, enmarcado por cabellos rubios. Tiene un aspecto humilde y va siempre con sotana y sandalias.

Aunque es licenciado en teología, es buenísimo en matemáticas. De hecho, da clases particulares a varios niños, entre ellos Nico y yo. Solo cobra a las familias más ricas, por Nico no cobra nada.

Papá dice de él que es el cura más inteligente que conoce. Y el más generoso con los pobres. Dice que el padre Eugenio administra e invierte muy bien el dinero de las limosnas. Así es como ayuda a los pobres de Sudán, de Níger y de Chad.

Pero eso no es lo más importante. Bajo las arcadas de la avenida Vittorio y en el Círculo Italia se dice que el padre Eugenio es nieto de Alcide De Gasperi, el que fuera el primer secretario general de la Democracia Cristiana y jefe del gobierno en la posguerra. Nadie sabe si es verdad o no, pero dicen que el padre Eugenio va a Roma todos los meses, y que es el confesor personal del presidente, uno de los políticos más importantes de Italia.

Tal vez sea esta la razón de que, desde los latifundistas a los directivos de las empresas, todos los italianos importantes de Trípoli, excepto mi abuelo, vayan a confesarse con él. Los domingos por la tarde se reúnen en San Anselmo para tomar café, jugar a las cartas y hacer negocios.

Nico es mi compañero de pupitre. Yo soy el único que habla con él, el resto de la clase lo considera un paria. Soy el único que no le toma el pelo y que lo protege de las bromas pesadas de los compañeros, que se mofan de él por las cejas negrísimas que se le juntan por encima de la nariz, el pelo rizado que él trata en vano de alisarse, el vello en los brazos y en las pantorrillas y su ridícula ese sibilante. Además apesta siempre a gasolina, el olor que su padre lleva a casa todos los días.

No sé por qué lo protejo. Quizá para llevar la contraria a la mayoría. Odio con todas mis fuerzas esa palabra, «mayoría». Me hace sentirme poco libre, obligado a decir que sí, que está bien así.

El padre Eugenio nos hace leer en voz alta un fragmento del libro de texto. Una frase cada uno, siguiendo la disposición de los pupitres. Y cada uno de los compañeros calcula silenciosamente qué frase le tocará a Nico, deseando que sea complicada y llena de eses. El tema del día es las cruzadas y la frase que le tocará a Nico es: «La palabra “asesino” deriva de la palabra “hassasí”, utilizada en el Occidente cristiano por los secuaces del imán Hasan al-Sabbash, y por tanto deriva del nombre de este último o de la palabra “hassis”».

Nico ya ha identificado la frase que le tocará leer. Es tremenda. Me mira con ojos de cordero degollado. Entretanto, mientras los compañeros leen por turno las frases anteriores, las risitas de excitación se propagan por la clase ante la expectativa del espectáculo.

El padre Eugenio ni siquiera escucha, está leyendo un libro: Balance económico y estado patrimonial.

Cuando me toca a mí, completo mi frase y sigo leyendo como si nada: «La palabra “asesino” deriva de la palabra “hassasí”, utilizada en el Occidente cristiano».

—¡Padre Eugenio!

Es Walter, el delegado de clase, el mejor, el que saca las mejores notas en todas las asignaturas.

El padre lo mira de forma interrogativa.

—Sí, Walter, ¿qué ocurre?

Walter se pone de pie. A diferencia de mí, siempre lleva la bata negra completamente abrochada y su lazo blanco nunca está mordisqueado ni torcido.

—Esta frase le toca a Nico, Michele ya ha leído la suya.

Hace una mueca, dirigiéndose a la clase. No se atreve a mirarme a la cara. A su alrededor, sonrisas y risitas.

Después oigo mi voz, que sale sola:

—Walter, eres un redomado gilipollas.

El padre Eugenio suelta el libro, que cae al suelo haciendo ruido. Su tez rosácea no cambia. Sus ojos azules emiten un relámpago, uno solo. En el silencio solo se oye el zumbido de la mosca que revolotea por el aula.

Se levanta y se acerca a mí, silencioso, con su sotana negra. Con un amplio gesto del brazo, para que así todos lo vean y recuerden, agarra con las yemas del dedo pulgar y el dedo índice la punta de la oreja.

De la oreja de Nico, no de la mía. Y empieza a retorcérsela lentamente. Con un movimiento gradual, sin esfuerzo, mientras la oreja se pone cada vez más roja y los ojos de Nico tratan de contener las lágrimas de dolor y humillación. A mí solo me dirige una mirada de reproche.

«Tú eres el hijo del ingeniero Balistreri y no puedo tocarte.»

Tras ser liberada, la oreja de Nico conserva un color rojo encendido durante al menos diez minutos. Y en esos eternos diez minutos, mientras el padre Eugenio interrumpe su lectura y vuelve a explicar, percibo las miradas de los compañeros a Nico. Algunas de escarnio, otras de compasión, ninguna de solidaridad. Empiezo a catalogar a mis compañeros de clase. Los idiotas, los malos. Los inútiles, a quienes mataré.

El padre Eugenio nos retiene a mí y a Nico al final de la clase. Me entrega una nota que tendré que dar a firmar a mis padres. Pero no le basta. Nos hace un gesto para que nos acerquemos a su mesa. Obedezco, el instinto me dice que es mejor esperar en silencio. Nico tiembla a mi lado. El padre nos sonríe con sus ojos azules en ese rostro con piel de niño.

—Has hecho algo muy grave, Michelino, justo cuando estás a punto de convertirte en un siervo del Señor. Los únicos que dicen palabrotas son los ignorantes.

Y mira a Nico, que estudia más que yo pero es hijo de unos ignorantes.

Dentro de diez días tendré que hacer de monaguillo en misa, pero nadie me lo ha consultado. Me ha elegido el padre Eugenio para complacer a mi padre, que ha donado mucho dinero para la reforma de su parroquia. Papá quiere que yo ayude en misa, como mi hermano Alberto. Para corroborar ante toda la gente influyente de Trípoli, y también de Roma, que la familia Balistreri se rige por sanos valores católicos.

—No volveré a decir palabrotas, padre Eugenio.

Lo prometo sin ningún entusiasmo. Quiero irme a jugar al recreo, no me apetece estar encerrado ahí dentro con él. Nico me lo ha contado silbando entre lágrimas: unos días antes, para castigarlo por los muchos errores cometidos en la clase particular de matemáticas, el padre Eugenio le ha hecho bajarse los pantalones y le ha dado una azotaina en el culo.

—Claro que no volverás a decir palabrotas, Michelino. Eso lo doy por descontado.

El padre Eugenio espanta una mosca que zumba alrededor del rostro de Nico y después le acaricia con la mano los cabellos rizados e hirsutos. Nico me mira con ojos desconcertados bajo los dos grotescos matojos negros de sus cejas. Reprimo la rabia, muerdo el lazo blanco de la odiosa bata negra, lo muerdo por la esquina gastada y mordisqueada a causa de mis ansiedades. Tengo miedo, pero no sé qué hacer, él es el profesor.

—Para ser monaguillo debes ser puro, Michelino. Recuerda que Dios lo ve todo y que al final habrá un juicio universal.

No digo nada. Él vacila, sin apartar la mano de los cabellos de Nico. Me mira con sus ojos azules, si por él fuera no sé lo que me haría. No se da cuenta de que aprieto los puños, junto las rodillas, me rechinan los dientes. Si pudiera leerme el pensamiento, huiría lejos.

El recuerdo de mi padre detiene su mano. Me sonríe.

—Ya puedes irte a jugar al fútbol, Michelino.

—¿Y Nico?

Los ojos azules se posan en mi amigo.

—Nico debe aprender a no enredar. A leer cuando le toca. Ahora se lo explicaré y mañana vendrá a la casa parroquial a confesarse.

Mientras salgo del aula, noto los ojos desesperados de Nico en mi espalda.

«Yo debería estar en su lugar.»

—¿A quién has oído esa palabra, Michelino?

Mi padre lee con una mueca la nota del padre Eugenio. Alberto asiste mudo a la escena. Italia lee un libro y fuma. El abuelo está en la ciudad, en el campo de petanca.

No digo nada. Al cabo de un momento repite la pregunta.

—¿A quién se la has oído?

Lo miro directamente a los ojos.

—Te la he oído a ti, papá.

Alberto me sonríe. Mi hermano siempre está de mi parte. Unas veces abiertamente, y otras de una forma muy sutil.

Papá se sobresalta imperceptiblemente. Me escruta durante un largo rato, preguntándose si miento. Podría negarlo, servirse de su autoridad. Pero ya lo conozco. Mi padre siempre sabe dejarse una puerta abierta. No se enfada. Y si lo hace, no se le nota.

—¿Y cuándo he dicho esa palabra según tú, Michelino?

—Hace unos días. Mamá y tú estabais oyendo la radio en vuestra habitación. La puerta estaba abierta.

—¿Estabas espiándonos, Michelino?

Interviene Alberto.

—Yo también estaba con Mike, papá. En la radio decían que había sido elegido el nuevo presidente de Italia. Tú le decías a mamá que el tal Segni había ganado con los votos de los fascistas y de esos enfermos mentales que querían reinstaurar al rey.

¡Increíble! En los ojos de mi padre veo una sombra de consideración hacia mí. Como cuando cacé mi primera tórtola con la Diana 22, antes de pasar a la 50.

Ahora que Alberto está de mi lado me siento tranquilo.

—Después añadiste: «Sea como sea, ese Segni es un gilipollas y durará poco».

Papá nos sonríe. Está un poco apurado, pero en el fondo le agrada la solidaridad entre sus dos hijos. Tan distintos y sin embargo tan unidos. Porque para él la familia debe estar unida. Siempre y a pesar de todo. Nos lo repite sin cesar. Así se lo enseñaron desde pequeño, en Sicilia. Sus padres, sus cuatro hermanos mayores y los amigos de sus padres, los que prestaban el dinero a su padre cuando con su trabajo de zapatero remendón no sacaba lo suficiente para comer.

«La familia debe estar unida siempre.»

Papá sonríe.

—¿De verdad dije eso? Bueno, pues no debería haberlo dicho. Porque ciertas palabras no se dicen. Y porque el presidente Segni es un buen católico y ha sido elegido por el Parlamento. Gracias a Dios, ahora en Italia tenemos una democracia libre.

Repite a menudo esa palabra, «democracia». Y la combina siempre con esa otra palabra, «libre», que parece la justificación de algo feo. Como una excusa que nadie le pide.

Ahora adopta una actitud pacífica y condescendiente. Con una sonrisa que lo hace parecerse a Clark Gable.

—Michelino, estoy seguro de que a tu madre tampoco le gusta que hables como un pobre de la calle.

«Como un pobre de la calle. Dicho con el desprecio de alguien que se ha criado en los callejones más oscuros de Palermo.»

Mi madre deja el libro, apaga el cigarrillo y lanza una mirada rápida a mi padre.

—Michelino, deja las palabrotas para los ignorantes. ¿Tienes problemas con el padre Eugenio?

«Ella lo entiende todo, como yo quiero, sin tener que hablar de ello.»

A papá no le gusta esa pregunta.

—No sé qué problemas puede tener Michelino con el padre Eugenio, que es un pilar de nuestra comunidad y un benefactor.

Mi madre no le responde. Vuelve a coger el libro y se enciende otro cigarrillo. Se sirve un poco más del líquido dorado de olor intenso que mi padre llama veneno.

Al final papá me ordena que pida perdón por la palabrota, que me confiese con el padre Eugenio y que estudie el catecismo para poder ayudar en misa.

A cambio me deja matricularme en el gimnasio de la escuela de artes y oficios, en la clase de artes marciales. Y llevar a Ahmed conmigo, a su cargo. No entiende para qué sirve. Pero siempre encuentra la forma de contentar a todos. No imagina que llegaremos a ser cinturones negros y que los tae y los kwon nos servirán para abrirnos camino.

«Nuestro camino.»

Esta noche el amplio jardín solo está iluminado por las lucecitas de la tapia que rodea las villas. Se ha levantado el guibli, el viento del sur que lleva la arena del Sáhara a la ciudad.

Nico, Ahmed, Karim y yo nos resguardamos en el rincón más oscuro, detrás de la villa de los Hunt, junto a la cancela. La cubierta que William Hunt ha mandado construir para dejar el Ferrari y el Land Rover a la sombra solo nos resguarda parcialmente de las rachas de viento y arena.

Faltan Alberto, que está estudiando, y Laura, que está en el Wheelus Field viendo el partido de béisbol con sus padres. Así que podemos hablar más libremente.

Nico dice que el padre Eugenio le ha hecho bajarse los calzoncillos y le ha dado otra azotaina en el culo cuando yo me he ido. Y que le ha dicho que mañana, después de la escuela, deberá ir a la casa parroquial para confesarse con él.

Yo estoy fuera de mí por la rabia. Miro a Ahmed. Lo vuelvo a ver mientras le saca el ojo a la perra y le corta el cuello.

—Tenemos que parar a ese cerdo. Tengo un plan.

Mientras la ropa se nos llena de arena, todos me escuchan atentamente. Karim me mira con admiración y Ahmed asiente en silencio. Pero Nico no está de acuerdo.

—Yo no me atrevo. Me da miedo.

Le animo.

—Si no lo haces, siempre le tendrás miedo. Podrá seguir haciéndote lo que quiera. Si me haces caso, no volverás a tener miedo de él ni de ningún otro.

—¿No puedes hacerlo tú en mi lugar, Mike?

Su ese silba por el miedo.

«No, Nico. Yo soy el hijo del ingeniero Salvatore Balistreri. El padre Eugenio no se atrevería. El paria eres tú

—Nosotros somos libios, Mike —interviene Karim—. ¿Y si el padre Eugenio hace que nos detengan?

—Yo os protegeré. Si os denuncia a vosotros, tendrá que denunciarme también a mí. Y eso nunca lo hará.

Ahmed saca la navajita con la que ha degollado a la perra. Se la regalé por su último cumpleaños.

—Si con eso no basta, yo me ocuparé de ese cura.

Miro a mis tres amigos. El guibli sopla bajo la cubierta, la arena se nos mete también en los ojos.

—Sellemos un pacto entre los cuatro —propongo.

Le pido la navajita a Ahmed.

Nos metemos entre el Ferrari y el Land Rover. Pero la arena tampoco nos da tregua ahí.

Me corto en silencio el dorso de la muñeca izquierda, de la herida brotan unas gotas de sangre.

Le toca a Nico. Ahora sonríe feliz. Se hace el corte en la muñeca y mira contento la sangre. Para él es un honor hacer lo mismo que yo.

Karim es menos entusiasta, a él no le gusta la idea de mezclar su sangre con la de dos cristianos. Se hace un pequeño corte. Sale muy poca sangre, la mira perplejo.

Después pasa la navajita a Ahmed, que nos mira a los ojos tan serio como siempre. Él no tiene miedo, le gusta la idea. Empuña la navajita en la mano izquierda. En silencio, se hace un corte mucho más largo que los nuestros, más profundo, la sangre mana copiosa de su muñeca derecha.

La única lamparilla colgada bajo la cubierta de los Hunt, manchada de arena amarillenta, emite una luz trémula, discontinua. Huele a aceite y a gasolina. Oímos el silbido del guibli, el ruido de las hojas de las palmeras al ser azotadas por el viento, el temblor de los eucaliptos.

Las cuatro muñecas se acercan y nuestras sangres se mezclan junto a la arena.

«Arena y sangre. Para siempre.»

Han pasado más horas, él coge una silla de paja y se queda ahí, delante de nosotras. Saca punta a un bastón con una navaja, de vez en cuando nos dirige una mirada aburrida a la niña y a mí.

Si me desplomo en esta mesa, moriremos. La pequeña y yo. Le pregunto por qué en su maldita lengua. Él ni siquiera me mira. Ahora siento verdaderamente el terror, ahora me tiemblan las piernas, noto que un sudor helado me corre por la espalda, la orina me chorrea por las piernas, mis lágrimas caen sin cesar. Tengo que mantener los ojos abiertos. Observo la franja de luz bajo el porche, unos pocos milímetros entre la vida y la muerte. No debo ceder. Solo debo mantener los ojos abiertos. Es muy simple.

cap-6

Martes, 29 de mayo de 1962

Lo hemos ensayado muy bien. Cada uno de nosotros tiene un papel. Nico es la víctima, Karim, el fotógrafo, Ahmed, el intimidador y yo, la persona que no puede ser denunciada.

«Cuatro pequeños cabrones contra uno grande. Nos bastaremos.»

Al acabar la clase, Nico le dice al padre Eugenio que está dispuesto a confesarse.

Sabemos adónde lo llevará el cura. A San Anselmo, allí cerca. A la casa parroquial, a la habitación del primer piso, la que el padre Eugenio utiliza para dar las clases particulares de matemáticas y en donde hay también un pequeño confesionario.

Cuando ambos llegan, nosotros ya estamos allí. Bien escondidos.

Lo hace entrar y cierra la puerta con llave. Después se mete en el confesionario. Nico se arrodilla fuera.

De pronto comienza la representación, la ese silba.

—Nos hemos tocado. Mike, Ahmed, Karim y yo.

—¿De qué forma, Nico? Debo saberlo todo para decidir qué penitencia ponerte.

—Nos hemos bajado los calzoncillos y después nos hemos medido la cola.

La ese silba de un modo impresionante. Escondidos debajo del escritorio, Ahmed, Karim y yo debemos esperar. Sin echarnos a reír.

—Debes enseñarme cómo, Nico. Levántate.

El cura sale del confesionario. Los ojos azules miran fijamente a Nico. La sonrisa bonachona del padre Eugenio se asemeja a una mueca obscena.

—¿Hasta dónde os habéis bajado los calzoncillos? Muéstramelo.

Nico tiembla. Sabe que estamos escondidos ahí. ¿Por qué no intervenimos?

«Porque no sería suficiente, Nico. Debemos continuar. Debes continuar, Nico.»

Nico obedece con los ojos cerrados, se baja los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas. ¡Está tan ridículo! Sus muslos son igual de peludos que sus pantorrillas. Y sin embargo, solo tiene doce años.

Karim sale de debajo del escritorio por detrás del cura. Al oír el clic de la vieja Kodak, el padre Eugenio da un respingo. Se vuelve y mira desconcertado a Karim y a Nico.

—¿Cómo te atreves, Nico? ¡Haré que os excomulguen a ti y a toda tu familia! En cuanto a ti, pequeño miserable…

Yo también salgo de debajo del escritorio. El padre Eugenio enmudece. Soy un auténtico problema para él. ¿Qué dirá mi padre?

Pero con eso no basta y lo sabemos. Sale Ahmed y se interpone entre Nico y el cura. Empuña la navajita suiza en la mano, la del pacto de sangre, la que utiliza para matar a los escorpiones y degollar a las perras rabiosas.

El padre Eugenio palidece. No sabe si emprenderla a bofetadas con nosotros o aguantar.

Ahmed le saca de dudas, le aprieta la punta de la navaja sobre la nuez de Adán. Sale una gota de sangre.

«La primera de mucha sangre.»

No sé por qué pienso eso.

—No hablaremos. Pero tenemos las fotos —le digo al cura.

Pero a Ahmed esa amenaza no le basta.

—Como vuelvas a tocar a un amigo mío te corto el cuello, gawad.* ¿Has entendido?

Y ahora sé por qué he pensado eso.

«Porque Ahmed lo haría realmente.»

Marlene da clases de fotografía a Laura desde hace algunos meses. En la villa tienen un cuartito oscuro y Laura ya sabe revelar los carretes. Debemos recurrir por fuerza a ella. Le hablamos de las fotos que le hemos hecho al padre Eugenio, saltándonos lo de la navaja en la garganta.

Tal y como yo suponía, no está de acuerdo con lo que hemos hecho.

—¿Tú también, Karim?

«Como si nosotros tres fuéramos unos delincuentes empedernidos y Karim un santo.»

Karim mira hacia otro lado.

Yo voy al grano:

—Ahora las tenemos que revelar.

Me hace una mueca divertida.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde pensáis revelarlas? ¿En el fotógrafo de enfrente de la catedral?

—Tenemos que proteger a Nico —dice Karim.

Laura reflexiona. Karim es más de fiar que nosotros. Quizá tengamos razón.

—¿Habéis pegado al padre Eugenio? —pregunta.

—No, no —responde Karim de inmediato.

—No, en absoluto, te lo juro —confirma Nico cruzando los dedos detrás de su espalda.

Después se persigna. El silbido de la ese hace sonreír a Laura. La enternece y la hace más dúctil. Me mira.

—Si vas con Ahmed te volverás como él, Mike.

Lo dice con voz triste, está preocupada por mí. Sé lo que piensa.

«Un bandido, un gángster.»

Ahmed la mira con frialdad y no dice nada. Después Laura se decide. Sé que lo hace por Nico.

—Está bien, os ayudaré. Dame el carrete, Mike. Yo revelaré las fotos.

Ahmed hace un gesto negativo con la cabeza.

—No te fíes, Mike. Es una niña. Y es crazy.

Laura hace ademán de irse. La detengo cogiéndola de un brazo. Me aparta la mano bruscamente. Un mechón de pelo cubre sus ojos claros, como los de su padre. Ahora está furiosa.

—Eres un cretino, Michele Balistreri. Escucha a tu querido Ahmed y te convertirás en un bandido como los de tus películas.

Le entrego el carrete con las fotos. Nadie dice esta boca es mía, ella se va.

Miro fijamente la franja de luz bajo el porche, unos pocos milímetros entre la vida y la muerte. ¿Cuántas horas han pasado? Ya no lo sé, no consigo calcular el tiempo. Se acabó, mis piernas están a punto de flaquear, mis ojos de cerrarse de sueño. Solo ahora comprendo cuál es su objetivo. Ahora sé por qué me ha dejado libre el brazo derecho. Para que me estire hacia el agua. Si me empeño, llegaré, sesenta kilos contra nueve, puedo conseguirlo. Eso es lo que el maldito espera. Que yo sacrifique la vida de mi hija para refrescarme los labios. Su espectáculo. Pero yo resisto.

cap-7

Miércoles, 30 de mayo de 1962

Estoy solo en el jardín. Laura llega con un sobre cerrado con cinta adhesiva.

—¿Las has mirado? —le pregunto evitando sus ojos.

Su mueca deja traslucir una sonrisa.

—Por fuerza, para revelarlas. Pero las he mirado lo menos posible.

—No somos maricas, te lo juro.

Su bonita boca, idéntica a la de Marlene, se pliega en una sonrisita.

—Tal vez, quién sabe. Veremos.

Después se echa a reír y corre a refugiarse en villa Hunt.

«Tienes razón, Ahmed. Laura es medio crazy

Por la noche vuelvo a estar solo en el jardín. Ahmed ha regresado a su chabola después de la clase de artes marciales y Laura está en casa.

El tono de la voz de papá, que llega por la puerta abierta del ventanal, es claramente de desilusión.

—El embajador y su esposa se ofenderán, Italia. La otra vez tampoco fuiste.

—Di que tengo migraña.

—La excusa de la migraña ya la he utilizado.

—Entonces busca otra. Se te da muy bien inventar.

—Oye, Italia, tu negativa a ir a las recepciones me parece absurda. La vida social es fundamental para mis negocios. Acabo de comprar la isla de la Moneta, estoy construyendo una villa para recibir gente y…

—Yo iré allí a leer en paz, Salvo. No a hacer el papel de dueña de la casa ni a ocuparme de tus relaciones sociales.

—¡Ni siquiera has vuelto a invitar a cenar a nuestros vecinos!

—Ah, claro, a ti te vendría muy bien ser amigo de William Hunt. Pero a mí no me apetece tratarme con las actricillas frustradas de Hollywood.

—Eres injusta, Italia. Marlene está en boca de todos solo porque es guapa y tiene un marido importante.

—Dime la verdad, Salvatore, ¿tú la conoces bien?

—Italia, ¿cómo no voy a hablar con nuestros vecinos?

—Yo hablo con ellos cuando hace falta. Sobre todo con él, que es una persona seria, las pocas veces que está aquí. Y con Laura, que es una niña deliciosa, tan guapa como su madre pero tan buena persona como su padre. Habla tú con Marlene Hunt si tanto te importa.

Todo lo dicen en voz baja. Pero eso es precisamente lo que más me asusta. Se me hace un nudo en el estómago. Ese padre que quiere que sea distinto a como soy sigue siendo en cualquier caso mi modelo. Un hombre guapo, con mucho don de gentes y mucho éxito en los negocios. Lo quiero.

Pero si hace sufrir a mi madre, las cosas cambian. Porque a ella la quiero más que a nadie en el mundo. Ella representa la pureza, es como el abuelo, o como el tío Toni, que mientras los fascistas huían en desbandada se enfrentaba solo a los enemigos; ella es Kirk Douglas, que va al duelo decisivo con la pistola descargada.

«Yo soy como tú, mamá.»

Es de noche, pero no consigo conciliar el sueño. En parte se debe a la excitación por lo que le hemos hecho al padre Eugenio, y en parte a la conversación entre mi padre y mi madre. Miro la cama vacía de mi hermano, que está en Londres estudiando inglés y haciendo amistades útiles.

«“Para aprender a robar legalmente”, como le dice mamá a papá.»

Me giro hacia el otro lado, hacia la ventana abierta de par en par, los mosquitos no me pican, mi sangre no les gusta. Hace un calor asfixiante, demasiada luz a causa de la luna llena, demasiado croar de ranas en la fuente del jardín. Los eucaliptos están inmóviles, no corre ni una ráfaga de aire que me traiga su olor.

El reloj de pared marca las once y media.

He acabado la botella de agua. Me levanto para ir a coger otra de la cocina. Veo las brasas del cigarrillo en el jardín. Cuando aspira, su rostro se ilumina durante un segundo. Italia camina sin rumbo, pensativa. Papá debe de estar todavía en la recepción de la embajada inglesa.

De pronto veo que una sombra se acerca a ella.

—Hola, Italia. ¿Demasiado calor para dormir?

William Hunt habla en su italiano imperfecto pero aceptable, como el de Laura. Lo aprendieron durante los años que vivieron en Roma.

Hablan en voz baja en la oscuridad. Estoy confuso, no sé si estoy asistiendo a una conversación normal entre vecinos o a alguna otra cosa. Dura unos minutos. Miro hipnotizado cómo las brasas del cigarrillo de mi madre se cruzan con las del puro de William Hunt. Casi siempre es ella la que habla, por lo demás él es un tipo taciturno, prefiere escuchar.

Mamá parece tranquila. Alta, con el porte erguido, los cabellos claros, la nuca despejada, con esos rasgos elegantes pero quizá demasiado serios y pálidos para ser guapa a la manera de Marlene Hunt. Mamá es una reina; Marlene, una estrella de cine.

La conversación llega a su fin. Se despiden sin estrecharse la mano. Mi madre vuelve a entrar en casa.

Tengo casi doce años y no tengo ninguna mamitis, pero la necesito, aunque solo sean dos palabras, un minuto, para luego poder quedarme dormido.

Llamo a la puerta del salón antes de entrar. Italia está sentada en el sofá.

—¿No tienes sueño, Michelino?

Como de costumbre, tiene un cigarrillo en una mano y en la otra una copa de ese líquido de color oro oscuro que papá llama veneno.

—Tengo calor, mamá. Tenía sed, he ido a la cocina y…

No me pregunta si la he visto con William Hunt. Sonríe, contenta de que esté a su lado.

—Creo que las clases de artes marciales te excitan demasiado. Siéntate un poco conmigo hasta que te entre sueño.

Me siento a su lado en el sofá como cuando era pequeño. No lo he vuelto a hacer desde hace tres años, es una cosa de críos. El contacto físico con los padres solo consiste ya en una caricia fugaz o en un capirotazo.

Por las dos puertas acristaladas que dan al jardín entra el aire caliente de la noche africana, junto al croar de las ranas. Junto a los enjambres de mosquitos atraídos por la luz.

—¿A ti te pican los mosquitos, mamá?

—No, Michelino, les pican a Alberto y a papá, ellos tienen la sangre dulce.

—¿Y nosotros dos?

Sonríe.

—Amarga como el veneno.

—¿Como el que estás bebiendo?

Ahora me mira sombría.

—No debes repetir como un papagayo todo lo que dicen los adultos, ni aunque lo diga papá.

—Pero ¿sienta mal o no?

—Se llama whisky. Es malo para la salud si uno bebe demasiado.

Tenía una necesidad repentina e infinita de hablar con ella. Para estar tranquilo de que todo iba bien en la familia Balistreri.

—Hoy he hecho una cosa muy grave, mamá. Un pecado mortal.

—Michelino, te acabo de decir que no repitas las cosas como un papagayo sin haberlas entendido bien.

—Pero los mandamientos existen, mamá. Los ha escrito Dios.

Me mira con dulzura. Sabe que hace ya mucho tiempo que no creo en Papá Noel.

—¿Y cómo sabes que los ha escrito Dios, Michelino?

Me quedo boquiabierto. Si la hubieran oído en Trípoli, habrían escrito a Roma, al Papa. Y la habrían excomulgado. Y si la hubiera oído papá, todavía peor.

Le cuento de un tirón lo del padre Eugenio. Se lo cuento todo, desde el principio hasta el final. Incluso lo de Ahmed y la navajita. Me escucha en silencio. Voy a mi habitación a coger las fotos de Nico con los calzoncillos bajados delante del padre Eugenio y se las entrego. Noto cómo las pequeñas arrugas de su rostro se vuelven más profundas. De pronto la veo vieja.

Espero, pero Italia no dice nada. Parece enfrascada en un pensamiento, en un recuerdo de lo que el abuelo le ha contado.

—Toni, a tu edad, era exactamente igual que tú.

Sé que es un cumplido y al mismo tiempo una preocupación. Sé que papá le ha prohibido que me hable del tío Toni. Y el abuelo Giuseppe tampoco habla nunca de él.

—¿Puedes hablarme de él, mamá?

—No, Michelino, he prometido al abuelo Giuseppe que no lo haré.

—Pero ¿en qué me parezco?

Lo piensa un poco y después se levanta y se acerca a la librería, llena de todos esos libros que lee sin parar. Coge uno, bastante fino. Vuelve al sofá. Me lo tiende. Friedrich Nietzsche, Ecce homo.

—Era un libro del abuelo. Toni empezó a leerlo a los doce años. No entendía nada, pero le gustaba. Después siguió leyéndolo en el liceo. Me regaló todos sus libros antes de irse a la guerra.

—¿Él habría matado al padre Eugenio?

Mamá aspira el humo y bebe un sorbo de ese veneno.

—Escucha, Michelino, no hablaremos a tu padre ni del padre Eugenio ni de las fotos. No serviría de nada. Pero ya verás cómo no tendrás que hacer de monaguillo y cómo no volverá a molestarte nunca más.

La miro dubitativo. Me sonríe.

—Mañana el padre Eugenio dirá a tu padre que a causa de esa palabrota que oyeron todos tus compañeros de clase nunca podrás ayudar en misa.

Tengo la lengua tan hinchada que ya no puedo respirar. Si extiendo el brazo, llegaré. Podré beber de esa agua. Siento un deseo irresistible. Miro a mi niña por última vez. Porque después no podré volver a mirarla nunca más. Ya estoy muerta mientras el brazo derecho se extiende hacia esa botella milagrosa. Siento que la cuerda empieza a tirar sobre mi cuello. No me atrevo a volverme hacia la pequeña, atada al otro extremo. No me atrevo a pensar en su cuello. Mi mano derecha descansa plana en el suelo, se arrastra entre el barro y los escarabajos hacia la botella. Él se levanta, ha acabado de sacar punta al bastón. Un golpe solo, el dolor es atroz, la punta me traspasa la mano y me la clava en el barro. Él me obliga a volver la cabeza con el nudo apretándome el cuello. Mi pequeña se ha elevado treinta centímetros, con la soga bien apretada. Ahora está completamente despierta, su lengua pende hinchada, sus ojos me miran aterrorizados, su boca formula por primera vez esa palabra: «mamá». Y también por última.

cap-8

Sábado, 30 de junio de 1962

A los italianos hay que saberlos tratar y conviene llevarse bien con ellos. Mohammed al-Bakri lo había entendido un día de septiembre de 1931, cuando solo tenía seis años y vivía en el oasis de Giarabub, en la Cirenaica. Su padre y sus dos hermanos mayores fueron apresados por los soldados del subteniente Graziani, acusados de formar parte de la resistencia libia y después procesados y ahorcados en menos de una semana. Los italianos cercaron el oasis con una alambrada y envenenaron los pozos de agua potable. Las mujeres y los niños que sobrevivieron huyeron a través del desierto y, al cabo de dos extenuantes meses, llegaron a Trípoli, solo unos pocos; de la familia de Mohammed, solo él y su madre.

En Trípoli ella encontró trabajo como fregona en la casa de un gran señor, Giuseppe

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