Las dos vidas del capitán

Mari Pau Domínguez

Fragmento

1

10 de noviembre de 1774

A bordo de la nave Rosalía, el joven alférez de fragata Diego de Alvear arribaba a Montevideo, uno de los dos puertos más importantes de las Indias. El otro, el de Buenos Aires, ya tendría tiempo de conocerlo cuando llegara el momento, sin prisa. Mucho había corrido en la vida para avanzar en su carrera militar y para beber a tragos largos experiencias que hicieron de él el hombre aventurero que era al llegar a ese nuevo destino. Con sólo veinticinco años, ésta era su tercera gran expedición. Muy pocos podían presumir a su edad de haberse formado junto a los mejores marinos, astrónomos y matemáticos de la época. Sus primeras observaciones en el mar las practicó, a los veintidós años, acompañado por José de Mazarredo y Sebastián de Apodaca. Nunca estaría lo suficientemente agradecido de haber participado en la expedición científica ordenada por el rey y comandada por Juan de Lángara, en la que Mazarredo, Apodaca y también José Varela, a quien debía buena parte de sus elevados conocimientos de astronomía, tenían la misión de mejorar las observaciones de longitud utilizando todos los métodos hasta entonces conocidos a fin de convertirlos en útiles instrumentos al servicio de la Marina. Aún recordaba aquella madrugada en la que sorprendió a Mazarredo riendo solo en cubierta.

—Lo hemos conseguido… ¡Lo hemos conseguido! —gritó pletórico al tiempo que comenzaba a zarandearlo por los hombros emocionado.

—Debe de ser mucha la importancia para que se justifique tamaña alegría en usted.

—Lo es, Diego, lo es. Venga, siéntese aquí.

Le señaló un lugar en el suelo, en el que había desplegado varios mapas mezclados con dos cuadernos repletos de anotaciones. No era un comportamiento propio de Mazarredo, siempre tan ordenado y escrupuloso.

—¿Recuerda lo que aprendió en mi curso de matemáticas? Pues he aquí un compendio de lo más importante. —Fue señalando con una especie de puntero varias operaciones complicadas para cualquier neófito en la materia, pero desde luego no para Alvear—. Todo esto que ve me ha servido para descubrir una técnica revolucionaria: practicar las observaciones de longitud marítima por medio de las distancias lunares.

—Por todos los santos… ¿Es eso posible? —Su sorpresa era enorme—. La luna… ¿Lo ha averiguado durante esta travesía? —Su mirada se tornó como la de un niño ante la visión de un caramelo inalcanzable.

—Así es. Por primera vez, la luna es nuestra guía. En ella está la clave.

—¿Qué va a ser ahora de las pobres estrellas? —bromeó Diego, contento y todavía impresionado.

Permanecieron callados unos minutos mientras el sol, en el horizonte, desconsiderado con el gran descubrimiento que se acababa de producir, emergía poderoso de entre las aguas. De pronto, Diego de Alvear dio un salto y desapareció para regresar de inmediato sosteniendo entre las manos un pequeño astrolabio dorado.

—Es bonito, ¿verdad? —Le daba vueltas, cuidadoso, como si se tratara de un preciado tesoro—. Fue el primero que tuve, y con él aprendí a disfrutar aún más de sus clases, don José.

—No imaginé que fuera usted un sentimental. —Mazarredo se sintió halagado. Tomó el instrumento y lo miró con detenimiento—. ¿Qué le pasó a la argolla?

—Eso me gustaría a mí saber. Debí de perderla en el trasiego de alguna travesía. Me molesta no haberme dado cuenta porque lo guardo con gran estima y como recuerdo de sus enseñanzas sobre matemáticas que tan útiles me han sido para entender la astronomía.

—Sin duda que es usted un buen astrónomo, y con el tiempo lo será aún más, ya entonces se vislumbraba.

A pesar de haber sido su alumno, apenas existía diferencia de edad entre ellos. Es más, Mazarredo era cuatro años más joven que Alvear.

—¿Cómo no ha de gustarme la astronomía y observar el cielo si en las estrellas hallamos respuesta a tantos interrogantes? —Diego hablaba con entusiasmo.

—Pues ya ve que a partir de ahora también hemos de escuchar lo que nos diga la luna.

—Quizá nos haya estado hablando antes, durante años, incluso siglos, pero no ha sido hasta ahora cuando alguien, usted, ha atendido a lo que tuviera que decirnos. Disfrute de la gloria de haber sido el primero. Se lo merece.

Mazarredo se quedó pensando en lo que acababa de decir su antiguo alumno. Le dio unas palmadas cariñosas en la espalda y concluyó:

—Es usted bueno, Alvear, es usted bueno… y generoso. —Seguramente sentía una honda satisfacción por haber contribuido a ello—. Quizá la luna nos haya estado hablando antes…, qué interesante lo que dice, realmente interesante…

El resultado fue extraordinario. Nunca hasta entonces se habían fijado posiciones más exactas y comprobadas como las que hizo posible aquella expedición. Islas como la de Trinidad o Ascensión, «a los 20º 31’ de latitud, y 24º 12’ de longitud occidental de Cádiz, en la mar del Sur, cuya posición hasta entonces era dudosa», anotó Mazarredo en su diario. No se equivocó. La luna, el astro de luz y plata, pasó a convertirse en el faro que alumbraba una verdadera revolución.

Aunque había transcurrido poco más de un año de aquello, Diego conservaba en la memoria el detalle de lo sucedido y hasta la caligrafía de las anotaciones de puño y letra de su mentor, como si hiciera lustros que se hubieran producido y llevaran desde entonces formando parte de él, de su manera de ser. Así de importantes habían sido, y así de intensas, sus vivencias en un corto espacio de tiempo.

Aquel día de noviembre de 1774, la fragata Rosalía lo llevaba a tierras americanas. Había viajado como segundo comandante del navío bajo las órdenes del teniente Diego de Cañas. Le acompañaba el mejor de los equipajes: la fama de hombre valeroso y prudente, de firme carácter y sólida formación. Y unas ganas infinitas de descubrir un mundo nuevo.

Nada más bajar del barco le sorprendió el trasiego de mercaderías en el puerto y el latente bullicio de personas que pululaban como ríos serpenteantes por las calles de la ciudad. Costaba caminar. Diego lo hacía con la sonrisa condescendiente que suele delatar al recién llegado.

Una hermosa joven, de larga cabellera oscura y rizada, se le acercó con notable desparpajo y, sin darle tiempo a reaccionar, le echó mano a la entrepierna, lo que le hizo perder el equilibrio. La bolsa de viaje, que llevaba al hombro, y el maletín con el instrumental de trabajo cayeron al suelo.

—Discúlpeme, señor —le dijo la mujer con una sonrisa descarada al disponerse a ayudarle.

—No, no, déjelo, ya lo hago yo. No se preocupe.

La joven se le acercó al oído, estando Diego agachado, y le susurró:

—Vamos, señor, ¿no le gustaría que yo le ayudara… en lo que sea que necesite…?

Diego carraspeó. La actitud provocadora de la mujer le intimidaba.

—No, gracias. No necesito ayuda —contestó seco y cortante.

Al incorporarse, ella se aproximó tanto que se podía masticar su olor a hembra. Al tiempo que le cortaba el paso con su cuerpo, que lucía, por cierto, un más que generoso escote, le habló exhalando las palabras en su cuello:

—Venga, español, no querrás perderte esto que te ofrezco.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó él aguantando el tipo.

La mujer pensó durante unos segundos antes de decir:

—Rosalía.

—¡Vaya!, qué casualid… Oh… —Diego miró la proa de su embarcación y se rió de su propia torpeza.

—¡Ja, ja, ja! Pero no me digas que no es un nombre bonito. Lo mismo sirve para un barco que para una mujer. En el barco has venido desde muy lejos, pero ¿cuánto tiempo hace que no estás con una mujer? ¡Qué!, ¿vienes o no…?

—No me importune. No pierda el tiempo conmigo. Hágame caso.

La saludó con una leve inclinación de cabeza y continuó su camino. Ella se giró sin contestarle. A lo largo de la vía por la que obligatoriamente había que pasar para salir del puerto se apostaban racimos de prostitutas. Algunas lo disimulaban con una indumentaria que se esforzaba en parecerse a la de cualquier mujer, aunque los gestos y las maneras las delataban. Otras, en cambio, exhibían en público una procacidad desconocida para Diego. En España no se las encontraba con aquella facilidad por las calles. Volvió la vista atrás antes de cambiar de dirección y vio cómo, a lo lejos, la falsa Rosalía le dedicaba un beso descarado y le sacaba la lengua, burlona. Él sonrió y siguió en busca de alojamiento.

A mitad de trayecto le llamó la atención un tumulto de gente reunida en torno a una especie de escenario desde el que alguien gritaba. Los congregados iban reaccionando según lo que vociferaba el hombretón que se divisaba con dificultad al fondo. Pasaban de jalear a silbar, aplaudir, increpar, reír, abuchear… El joven Diego se acercó para comprobar qué estaba ocurriendo sobre las tablas que originaba la desigual reacción del público. Se abrió paso con dificultad hasta donde pudo, que no era demasiado cerca, pero sí lo suficiente para colocarse en la antesala del infierno y la aberración. Una fila de hombres de piel más negra que la oscuridad de la noche, una docena aproximadamente, atados entre sí con grilletes y cadenas en manos, pies y cuello, eran exhibidos con enorme desprecio y humillación por el grandullón, que aunque era blanco no lo parecía, de la mugre que llevaba encima. Los mostraba de la misma manera que se muestran las reses en los mercados de ganado. Los hacía girarse a golpe de látigo y enseñar la dentadura para conseguir el mejor postor.

El estado de esos hombres era deplorable. A algunos se les distinguían heridas mal curadas, y a todos, la mirada perdida en una vida que no tuvieron pero que sin duda habría sido mejor que la que les aguardaba con un nuevo amo. Diego no había visto nunca una venta de esclavos, aunque sabía de su existencia.

La gente pujaba, pero sobre todo se mofaba de ellos. A Diego se le revolvió el estómago. No quiso quedarse a ver el final de la subasta humana y volvió a abrirse paso a empujones con prisa por escapar de aquel horror. Cuando por fin dejó atrás la multitud enfrascada en el regodeo del infortunio ajeno, volvió a ver a la prostituta alejarse cogida del brazo de uno de los oficiales de su navío.

Caminó sintiendo erosionadas sus ilusiones en el Nuevo Mundo, aquel al que llamaban «el paraíso» quienes jamás habían transitado entre tinieblas.

Las tinieblas en las que Diego creía estar adentrándose.

2

Su primera noche en Montevideo resultó horrible, incómoda y torturante. Diego consiguió dormir apenas una hora. El resto del tiempo lo pasó luchando contra varios contratiempos: la humedad, las chinches y la visión de los esclavos siendo vendidos sin escrúpulos. Y si las chinches y la humedad no abandonaban su cuerpo, la otra visión no abandonaba su mente. Anduvo dándole vueltas al interrogante de a qué parte del mundo había ido a parar; qué sitio era ese en el que el valor de la vida humana dependía del color de la piel.

Pero, en los meses siguientes, a medida que conocía mejor aquel lugar donde lo habían asignado, comprendió que también era una ciudad en ebullición, con una riqueza de negocios y bazares que ya querrían para sí muchas poblaciones españolas. Montevideo se estaba convirtiendo en el pulmón de América; el centro que movía gentes y dinero al son de un comercio pujante que le debía casi todo a la ganadería. Su posición estratégica y su puerto natural favorecían un intenso movimiento de buques mercantes, ganándole la partida a Buenos Aires, en parte gracias a la propia naturaleza. El hombre lo único que había hecho, en este caso, era saber sacarle partido. Porque lo que diferenciaba los embarcaderos de una ciudad y otra era sencillamente el fondo de sus aguas. El fondo arenoso de la rada bonaerense impedía que en sus muelles pudieran amarrar buques de gran calado. Lo contrario de lo que ocurría en Montevideo, donde las piedras y una mayor profundidad le otorgaban gran ventaja natural sobre su competidor llegando a superarlo en tráfico marítimo. La importancia provenía no tanto de la comunicación comercial con el resto de América, como con España. Eso era lo fundamental para la prosperidad económica, y en ese momento el negocio precisamente más próspero era el comercio de tránsito, que permitía cuantiosos ingresos procedentes del cobro de un impuesto que se pagaba por cualquier mercadería que permaneciera en el puerto. En la otra cara de la moneda, el comercio se introducía también por debajo de las faldas de las prostitutas, que sobrevivían gracias a ese intenso tráfico.

Para Diego, vivir en Montevideo, con su peculiar agitación social y sus costumbres aberrantes como la venta de esclavos, era comparable a asomarse a un abismo. Le maravillaba el hervidero humano y comercial que le había tocado como destino. O más bien como punto de partida de la primera de sus misiones en América, que lo llevó a participar en el conflicto que enfrentaba a España y a Portugal por los dominios americanos. Las guerras por la posesión de Colonia del Sacramento y de Río Grande de San Pedro fueron las primeras acciones en las que Alvear se vio involucrado, y también sus primeros triunfos al salir los españoles victoriosos de ambas.

Aquellos tres años siguientes a su llegada a América fueron tan vertiginosos que volaron al surco de las naves que se abrían paso en el presente del joven Diego. Al regresar a Montevideo, Diego disfrutó con la inusitada exhibición de poderío de la Armada española desplegada en la rada. Cuánto había cambiado durante su ausencia. En la imponente bahía, España había ubicado su apostadero de Marina, en el que apenas quedaba hueco entre las naves, de tantas como había. Un paraíso dibujado de arboladuras que demostraban, rozando la ostentación, el gran dominio naval del reino, con la mayor fuerza que había operado hasta entonces en el Atlántico Sur, formada por más de diecinueve mil hombres. Nunca antes el joven, aunque experimentado, Diego había presenciado nada igual. Sintió el orgullo de estar participando en una empresa magnífica, a pesar de que la grandeza se escondiera en las sangrantes entrañas de la guerra.

Una guerra que parecía atisbar su posible fin. Portugal aceptó definitivamente su derrota. Muchas y muy cruentas habían resultado las últimas batallas, ganadas todas por España. El primer Tratado de San Ildefonso, firmado en La Granja, puso fin a tanta belicosidad y, con él, la vida de Alvear, allí, tan lejos de su patria, iba a dar un vuelco. El 1 de octubre de 1777 se firmó el Tratado Preliminar de Límites en la América Meridional, en virtud del cual Portugal cedía a España definitivamente Colonia del Sacramento, las islas de Fernando Poo y de Annabón, y las Misiones Orientales jesuíticas. España, por su parte, devolvió Santa Catalina y otros territorios, eso sí, menores, en la colonia de Río Grande de San Pedro.

Sin embargo, visto lo difícil que resultaba para los enviados de la Corona española controlar el territorio del Virreinato del Perú debido a que su dilatada extensión favorecía los ataques codiciosos de portugueses pero también de ingleses, el rey Carlos III decidió la creación de un nuevo virreinato: el del Río de la Plata, que incluía las provincias de Buenos Aires, Tucumán, Potosí, Paraguay, Santa Cruz de la Sierra, Charcas, Mendoza y San Juan del Pico. Don Pedro Antonio de Cevallos y Calderón, gaditano de nacimiento, fue su primer virrey.

Por fin el orden iba a establecerse, de una vez por todas, en las vastas posesiones de ultramar. Alguien tenía que ponerse manos a la obra para trazar la línea divisoria que fijara la demarcación de unos dominios y de otros, y determinara la zona neutral que los separara.

Los respectivos gobiernos designaron cinco divisiones, llamadas también «partidas», que tomaron como centro de operaciones las ciudades de Montevideo, para España, y de Río Grande, para Portugal. Faltaba ponerles nombre a sus responsables y dotarlas; un trabajo delicado, arduo y concienzudo, de muy alta responsabilidad, que requería de hombres extraordinariamente bien preparados. Los astrónomos, que habían de estar perfectamente formados, iban a ser imprescindibles para asegurar la exactitud de las mediciones.

Después de muchas deliberaciones, ya que no era fácil encontrar a los candidatos que reunieran el cúmulo de conocimientos que se requerían para el cargo, el oficial de la Real Armada, teniente de fragata Diego de Alvear y Ponce de León, quedó designado con el título de comisario al frente de la segunda partida. Operaría desde la cabecera del río San Antonio hasta el Salto Grande del Paraná, teniendo que delimitar los territorios que se extendían ampliamente por las Misiones Orientales hasta la costa atlántica. Era insólita su designación para tan alto cargo siendo tan joven y tan escasa su graduación militar. Pero sus demostrados méritos habían conseguido colocarlo en el lugar que merecía. Aunque a partir de ahora de nada valía el éxito —y esto lo era, sin duda— si, en el engreimiento de creer merecerlo, no cabía el esfuerzo de trabajar hasta que se alcanzara la evidencia de que en efecto era justo que se le otorgara dicho honor.

Diego estaba a punto de participar en una gesta histórica, cuyas consecuencias se le antojaban un reto increíblemente al alcance de su mano. Y no sólo se trataba de contribuir a crear países donde no los había, sino que también le tocaba vivir en una nueva demarcación perteneciente al Reino de España, nacida con intención de ejercer la mayor influencia social y política que se pudiera pensar.

Había abandonado su Montilla natal, tierra cordobesa de cepas y cultivos que nutrían los negocios familiares, de vides doradas al sol de su amada Andalucía, para acometer empresas de envergadura en las que pudiera demostrar su talla humana y su pericia. Escribió a sus hermanos Miguel, José y Manuel, contándoles lo mucho que echaba de menos su pueblo y la impresión que le habían causado algunas prácticas de esta parte del mundo, más propias de pueblos primitivos que civilizados. La nostalgia no remitía. Preguntó por las últimas cosechas con la curiosidad de quien hacía poco que se había marchado, o como si estuviera ya por regresar. Como si el tiempo no pasara. Hasta que se dio cuenta de que, por más batallas que ganara, o por muchos que fueran los lugares en los que tendría que vivir en el futuro, Montilla siempre viajaría con él.

Montilla era ya una presencia indestructible. Porque la cuna y el origen de lo que somos nunca se desprende del corazón.

Dos meses se tardó en organizar al personal que iba a participar en aquella expedición: ingenieros, pilotos, oficiales del ejército, dibujantes, decenas de hombres prácticos del país que, ayudados de las milicias del Paraguay, debían cumplir el importante cometido de ayudar en la navegación de los ríos y de abrir camino con machetes entre la espesura de selvas y bosques.

Qué poco tranquilizador resultaba lo que le habían contado de aquellas tierras, la mayoría de ellas inabarcables extensiones despobladas. Sus escasos habitantes pertenecían a tribus salvajes, de cuya existencia y costumbres nada se conocía y todo se temía. El territorio que tenía que delimitar, las Misiones Orientales, era un terreno hostil, selvático y plagado de ciénagas y pantanos, lo que venía a significar que en él campaban a sus anchas los más insospechados peligros: mortíferas alimañas, picaduras, enfermedades…, amén de los infieles.

Ése iba a ser su hogar durante un tiempo impreciso pero que se preveía largo. Tal vez una década, o quizá dos, o quién sabía si incluso más, aunque de momento se limitaba a prospecciones preliminares.

Llegaba la hora, pues, de cambiar el combate en alta mar por la lucha contra los peligrosos elementos de la naturaleza en tierra, una tarea laboriosa y complicada que podía arrebatarles la vida. Cabía preguntarse si los expedicionarios de los dos bandos, en un cuerpo a cuerpo, serían capaces de resolver lo que no habían conseguido en años los gobernantes cómodamente sentados ante mesas de negociación y redactando tratados bilaterales. La respuesta sólo podían encontrarla, por fin, en el campo de trabajo, que no de batalla.

A Diego le aguardaba una misión compleja en la que en todo momento, fuera cual fuese la dificultad, habría que estar a la altura de las circunstancias, como se esperaba de él. Tenía por delante un largo viaje en el que tan importante como alcanzar la meta era lo que pudiera ir aprendiendo en el camino. Así le sucedió a Ulises con Ítaca. Así querría que le sucediera a él. En sus tiempos de estudiante leía a Homero convencido de que su vida iba a ser un continuo viaje. Una Odisea. Porque lo que más ansiaba, su deseo más poderoso, había sido siempre aprender sin detenerse; alcanzar la sabiduría y el enriquecimiento de espíritu a través de lo vivido en los lugares adonde la propia vida le condujera.

Quienes se embarcaban en esta aventura no eran hombres corrientes, sino curtidos en el esfuerzo y la entrega, como Ulises. Sólo así era posible afrontar la hercúlea tarea de explorar y demarcar territorios sin confines que se adivinaran, y donde posiblemente de nada sirvieran las reglas conocidas; una tarea en la que sus identidades, tal y como las conocían hasta entonces, tenían visos de desdibujarse para convertirlos en seres apartados del mundo durante un tiempo incierto. Cuando un hombre tiene por delante un proyecto de tal magnitud, intuye quedar expuesto a que el destino resuelva sorprenderle en el momento más inesperado permitiéndole la fascinación de un mundo desconocido y atractivo que, en ocasiones, puede llegar a marcarle de por vida. O puede también conducir a la muerte. Pero Diego se mostraba prudentemente confiado en poder descifrar los misterios de la vida; sabía que contaba con la ayuda de los cuerpos celestes.

Nada estelar era el cuerpo de Rosalía, a quien la noche previa a su marcha encontró apostada en una esquina de la calle donde residía. Parecía estar esperándolo. Diego se detuvo y sonrió. Agachó la cabeza, no acababa de creer que fuera casualidad que en esa su última noche en Montevideo estuviera justo frente a su casa la primera mujer con quien había hablado el día de su llegada, tres años atrás. Ambos se miraron midiéndose en la distancia. Durante el tiempo transcurrido en Montevideo, Diego había llegado a conocer bien a la muchacha. Rosalía le confió la historia de su vida. A los diez años sus padres la enviaron al puerto para conseguir dinero. Ahora, la adulta y falsa Rosalía era la viva imagen del deseo. Desde sus labios hasta sus ojos, todo en ella ardía como pólvora de cañón. Tras titubear, Diego decidió acercarse a ella, pero justo cuando iniciaba el avance para cruzar la calle, un hombre alto y corpulento la agarró de la cintura y la besó en la boca. El español contempló lo que debió de ser una breve negociación del precio del servicio, tras la cual ambos se marcharon cogidos del brazo mientras la falsa y juguetona Rosalía le regalaba una última mirada que lo situó tal vez en un recodo de las ocasiones perdidas.

A todo eso le daba vueltas Diego en la cama durante la noche previa a su partida. Se hallaba inquieto, con la emoción mordiéndole el estómago. Antes de dormir echó un último vistazo al cielo a través de la ventana intentando descifrar alguna señal. Esa noche apenas se veían estrellas, tan sólo una, clara y brillante; un lucero que marcaba su camino en el infinito océano estelar de las Indias.

3

Nace el famoso Uruguay, que quiere decir Río de Caracoles, en las grandes sierras que llaman de Santa Catalina, sobre la costa del Brasil. Beben sus aguas occidentales varios pueblos de Misiones: San Javier, Santos Mártires, Concepción, Santo Tomé, La Cruz o Nuestra Señora de Mboré y los Santos Reyes o Yapeyú. Da a dichos pueblos hermosos y fértiles campos, regados por cantidad de arroyos. Los guarda y alimenta de pingües pastos y prodigiosa multitud de ganado. Los enriquece con excelentes maderas, ricos bálsamos y plantas medicinales, y les franquea buenos puertos para facilidad de su comercio.

Antes de Yapeyú se le agrega por la banda de Levante el río Ibicuy, cuyos complicados brazos recogen las aguas del Monte Grande. Discurre así bajo la dirección S. O. ¼ S. el dilatado tramo de ochenta leguas hasta la latitud de 30° 12’, en que se le reúne el río Miriñay, notable y caudaloso, sangradera de Iberá o Laguna de Carazares, por donde se asegura surten las aguas vivas del Paraná, sobre cuya ribera se halla recostada. Se inclina luego con suavidad y grandes vueltas hasta que se precipita en el paralelo de 31° 8’ por la mayor y más vistosa de sus cataratas, llamada por esta razón el Salto Grande.

Así describió Alvear, en el Diario de la segunda división de límites que empezó a escribir nada más emprender viaje, el primer río cuya ribera recorrió en sus prospecciones previas a la demarcación definitiva. El río origen de la que había de ser la gran aventura de su vida. Le maravillaba la explosión de una naturaleza salvaje, formada por senderos fluviales de violentas aguas, indómitas cataratas y una espesura tan alta que a veces no permitía ver el cielo. El sorprendente espectáculo convertía a las personas en diminutos seres que se movían con cautela haciendo frente a un gigante natural e incontrolable. Era imprescindible llegar a dominar esa naturaleza que tenían que ir haciendo suya poco a poco a golpe de pico y machete. Pero no estaba seguro de lograrlo.

El trabajo se inició a buen ritmo, y aunque el paisaje abrumaba, Diego intuía que posiblemente no fuera nada comparado con lo que le quedaba por ver. La primera noche no consiguió conciliar el sueño. El campamento era muy rudimentario, pero no iba a ser mejor en lo sucesivo. Era consciente de que tendría que acostumbrarse y que mejor más pronto que tarde. Al principio, por más disciplina que se impusiera, era inevitable el caos, que obligaba a inventar nuevas normas a diario. La novedad de sensaciones, los apabullantes escenarios naturales, el clima, los insectos, las alimañas, todo en el entorno desbordaba cualquier previsión y excitaba los ánimos más calmados. El cuerpo tenía que adaptarse. También la mente, que sin duda lo haría más despacio.

Harto de librar su primer combate contra un enemigo con el que no contaba, el insomnio, Diego salió de su tienda para buscar un rincón al aire libre. Los mosquitos zumbaban a su alrededor. Pronto descubrió que el silencio se erigía en un privilegio inexistente en la selva. Un permanente ruido de fondo formaba parte del paisaje, convertido en una molestia que se colaba en los oídos antes de instalarse en la cabeza… la mente… el cerebro. No había modo de sacarlo una vez estaba dentro.

Miró al cielo y se empapó de constelaciones entreveradas con el follaje que impedía que la visión fuera completa. No importaba. Alvear se entendía bien con las estrellas incluso cuando no las veía. Aquella primera noche renunció a utilizar sus instrumentos de observación, se encontraba demasiado cansado. Tenía tantas noches por delante casi como astros iluminan el cielo. También a esto se aprende en la selva, a dejar que la paciencia se adelante a los pasos que se dan.

Acabó dejándose vencer por el sueño a la intemperie, lo cual resultaba una temeridad, hasta que un guardia marina fue a despertarlo para que regresara a la tienda.

A medida que iba conociendo los poblados y parajes de las misiones guaraníes, sentía un extraño e inexplicable apego a esas tierras y a sus gentes. Era una sensación que se le adhería a la piel del mismo modo que la densa humedad, que a duras penas permitía respirar. Tanta inmensidad sobrecogía el corazón y expansionaba la mirada. Qué lejos se sentía de todo.

A falta de dos jornadas para alcanzar Yapeyú, los insectos, cual expertos criminales, comenzaron a causar serios estragos. Daba la sensación de que conforme ascendía por el mapa aumentaban los riesgos. No parecía nada serio, pero sí molesto; era cuestión de ir aplicando el ungüento correspondiente. Excepto en un caso, el de un oficial que parecía resistir al tratamiento y preocupaba especialmente al médico del campamento. Se trataba del jovencísimo guardia marina Manuel Alarcón, uno de sus ayudantes más directos. A Alvear le inquietaba el diagnóstico que le explicaba el doctor don Gonzalo de la Cueva.

—Al principio no me pareció tan grave. Recuerde que sufrió la picadura hará más de una semana. Pero ya va para cinco días que empezó con unas fiebres muy altas para las que no hay razón, salvo que se trate de algo que ha incubado y, en ese caso, se tome su tiempo antes de dar la cara. Hoy están remitiendo, pero eso no me tranquiliza lo más mínimo. La piel comienza a amarillearle, y esta tarde ha vomitado dos veces.

—¿Le sorprende que un enfermo en su estado acabe vomitando en este infierno?

—Sí cuando lo que escupen las entrañas es una sustancia negra que guarda más parecido con los posos de café que con cualquier otra cosa que podamos conocer. —Su voz respondía en gravedad a su preocupación.

—¿Lo ve…? Me está dando la razón: el negro es el color del infierno, y ya lo está expulsando. Vamos, doctor, no seamos pesimistas.

—Hace mal confundiendo pesimismo con realidad. Y, si le interesa —añadió con inquietud—, puedo avanzarle mi diagnóstico.

—Por supuesto, adelante.

—Temo lo peor. Hace unos años, un extraño mal, al que llamaron «vómito negro», esquilmó las tropas inglesas y americanas en Cuba, matando a sus oficiales por miles. El caso me llamó la atención y desde entonces he intentado estudiar cada detalle que me ha sido posible recopilar sobre esta enfermedad. No se sabe demasiado de su origen y menos aún de su tratamiento, pero sí lo suficiente como para determinar que pueda deberse a la picadura de un mosquito.

—Eso parece lógico.

—Pero no sencillo. El mosquito puede habernos picado a usted o a mí sin que nos hayamos enterado siquiera. Sin embargo, otro insecto exactamente idéntico, de la misma especie, pero que haya picado antes a un mono puede después causar la muerte a los humanos. Y eso es lo que ha podido ocurrirle a Alarcón.

Se sucedieron unos segundos de profundo silencio, roto sólo por los zumbidos de la selva, antes de que el médico prosiguiera:

—Recientemente llegaron a mis oídos los ecos de una expedición española de la que es posible que usted haya oído hablar, la de los botánicos Ruiz y Pavón. Vienen a Perú para recolectar plantas medicinales, entre ellas una que podría resultar muy preciada para los fines de la medicina: la quinina. En realidad buscan algo que Linneo descubrió hace más de veinte años, la llamada «cascarilla de la condesa», también conocida como «cascarilla de los jesuitas» por haber sido ellos quienes más han contribuido a su uso.

—Lo de los jesuitas se entiende, pero lo de la condesa… —Alvear seguía con verdadera atención los razonamientos del doctor De la Cueva.

—Tiene su explicación y es muy sencilla. A mediados del siglo pasado, los indígenas le salvaron la vida a la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, gracias a una preparación a base de corteza de quino. El proceso es sencillo: la extraen del árbol, la dejan secar y la muelen. Es el único tratamiento con el que se puede combatir la fiebre amarilla, aunque sin garantía de éxito.

—¿Fiebre amarilla…? Pero eso es una muerte casi segura.

—Exacto, la esperanza es escasa. Diría que cabe en el breve espacio del «casi» que usted bien ha dicho.

—¿Le han aplicado ya la corteza a Alarcón?

—Sí, desde hace dos días.

Preocupado por lo que acababa de escuchar, Diego de Alvear se acercó a la tienda donde el joven Manuel estaba siendo atendido. Su aspecto, aunque malo, no se correspondía con los pésimos síntomas descritos por el galeno, por lo que confiaba en que la enfermedad se pudiera combatir y el joven mejorara en las horas siguientes. Probablemente el aprecio de Diego por su subordinado le hacía ser más optimista de lo que debiera.

—¿Qué pasa, Alarcón? No me dirá que un mosquito va a poder con usted… —intentó bromear.

El muchacho temblaba por la fiebre pero conservaba la plena consciencia. Con una sonrisa forzada agradeció la visita del teniente. Era un joven fuerte y aguantaba cuanto podía.

—No volverá a ocurrir, señor, tiene mi palabra.

—Eso no ha de preocuparle ahora. Está visto que hemos de aumentar la cautela ante estos bichos que más parecen proyectiles que insectos.

—Sí…, señor… —Volvió a intentar con gran esfuerzo que la sonrisa saliera de sus hinchados labios—. Pronto cumpliré de nuevo con mi deber. Son unas simples fiebres, todos hemos pasado por esto alguna vez y aquí estamos.

—Claro que sí.

Pero no. Ninguno de ellos había pasado por nada similar. Los insectos en ese lugar remoto no se asemejaban a otros que pudieran haber conocido antes. Ni los mosquitos, ni nada. Por malas que hubieran sido las condiciones en algunos combates, no podían compararse con las que estaban teniendo que afrontar. Todas las precauciones eran pocas en esa tierra hostil. A pesar de lo cual, había algo inexplicable y carente de toda lógica que hacía que Diego se encontrara bien allí. Aún era pronto para que tuviera sentido, pero su presencia era rotunda. Algo que buscaba su lugar en algún rincón del alma donde creía comenzar a sentirlo ya. No podía hablar de eso con nadie porque sabía que nadie iba a entenderlo. Lo dejaría reposar en su interior hasta ir viendo cuándo y de qué manera daba la cara.

—Y dígame, Alarcón, ¿de qué parte de Galicia es usted? —Quiso centrar su atención en el enfermo.

—De Pontevedra. De allí es toda mi familia.

—Es muy joven…

—Tengo diecinueve, señor.

—¿Ha pensado ya qué hará cuando todo esto acabe? —Alvear intentaba darle conversación para tranquilizarle y conseguir que, al menos durante unos minutos, desviara su atención del dolor.

—No se me ha ocurrido, señor. Mi sueño era estar aquí y no he pensado más allá.

—¿Su sueño, dice?

—Sí… —respondió pudoroso—. Formar parte de esta expedición bajo sus órdenes es más de lo que jamás soñé.

A Diego le impresionaron sobremanera estas últimas palabras y quiso saber más.

—¿No le importará si le pido que se explique mejor? Siempre y cuando no le esté cansando con mi conversación…

—Oh, no, no, le agradezco mucho su compañía y la atención que está teniendo conmigo. Si le digo que ansiaba esta misión es porque mi verdadera pasión es la astronomía. Ésa es la razón por la que me sentí tan feliz el día que me destinaron a su partida para ayudarle en sus mediciones. Me alisté en el ejército para satisfacer los deseos de mi padre, más que los míos propios. No es que esté arrepentido, por Dios, no vaya a creer que soy un desconsiderado o que falto a mi juramento de lealtad, pero para mí habría bastado con completar mis estudios para ser astrónomo. Ahora, sin embargo, me alegro de no haberlo hecho porque no habría tenido ocasión de gozar del privilegio de aprender de usted y brindarle mi modesta ayuda.

El teniente puso su mano en el brazo del joven.

—No siga hablando, no le conviene. Va a cansarse demasiado.

Diego, conmovido por la historia, vio el reflejo de sí mismo en las palabras de Manuel. Identificó idénticas ilusiones y la misma pasión por desentrañar los misterios del universo desde temprana edad. Si bien era cierto que, a diferencia de su oficial, él sí tuvo clara su vocación militar desde que inició los estudios en la Academia. O quizá incluso antes, siendo alumno del colegio de los padres jesuitas en su pueblo, Montilla, y también más tarde en Granada. Ya entonces jugaba con el mar y las estrellas, y ya entonces hizo de los libros la mejor guía para satisfacer sus ansias de conocimiento y para colmar su espíritu inquieto. Fue un alumno sobresaliente que se empeñó, por encima de todas las cosas, en aprender, consciente de que no hay mejor salvoconducto que el saber para transitar por las dificultades de la vida, también para poder disfrutarla. Matemáticas, álgebra, física, teología moral y eclesiástica, leyes y cánones, derecho público, astronomía, diplomacia, comercio, historia de las naciones, historia natural, empleándose a fondo en el conocimiento de los tres reinos, animal, vegetal y mineral, indispensable para el trabajo que debía realizar. Ah, y era también versado en lenguas: francés, italiano, portugués e inglés, sin excluir el latín, por supuesto. Con esa amplia formación llegó a América convertido en un alto cargo al servicio de la Corona española.

Tuvo un impulso que lo condujo hacia su tienda de campaña. Abrió las bolsas de viaje y los maletines en los que guardaba sus instrumentos y herramientas de trabajo, y rebuscó hasta que apareció el astrolabio que conservaba desde sus años de estudio pero que ya no usaba. Se lo llevó para ofrecérselo al joven Manuel, quien no daba crédito a la generosidad de su superior. Alterado por la emoción, intentó rechazarlo después de haberlo agradecido con insistencia.

—Es demasiado honor para mí.

—No me haga ese feo, acéptelo con la condición de reponerse cuanto antes para que le enseñe algún truco que seguro que aún no conoce.

—Será un orgullo para mí aprender junto a un hombre como usted, mi teniente.

—Vamos, déjese de gaitas, Alarcón, y guarde sus fuerzas para curarse —le dijo animoso.

—Tiene razón, queda mucho por hacer. Mire, le falta la argolla, señor —se percató, complacido por el regalo.

Diego rió, el comentario le hizo acordarse de Mazarredo y notó cómo empezaba a echar de menos a los suyos, intuyendo que las condiciones de la selva reclamarían con apasionamiento mantener vivos los recuerdos. Y a ellos se entregó. A los amaneceres tibios de la campiña de su Montilla natal; a los juegos con sus siete hermanos al calor de la lumbre en invierno; al olor humeante del pan recién hecho por su madre, doña Escolástica, la hija del ilustre corregidor don Luis Ponce de León. En el pueblo se contaba que el abuelo Luis salió a recibir al rey Felipe V cuando éste viajó a tierras andaluzas buscando la alegría y la salud que le faltaban. A pesar de que los niños hacían guasa de ello en la calle, era cierto, y bien orgulloso se sentía el pequeño Diego.

Al volver a la realidad, vio a Manuel adormecido apretando el astrolabio contra su pecho y abandonó la tienda en silencio.

La noche era clara, aunque presagiaba la ambigüedad de la vida que pende de un hilo jugando en contra del tiempo.

Diego tenía ganas de llegar a Yapeyú. Quedaban sólo dos días. Alcanzar cada una de las poblaciones elegidas como base para moverse por los terrenos que pretendían explorar suponía un pequeño respiro entre tanta precariedad. Lo poco que llevaban de viaje era suficiente para ansiar comida y lecho calientes, mejores condiciones de higiene y la posibilidad de cierto descanso. En Yapeyú tenía previsto alojarse en casa del teniente gobernador, un español llamado Juan de San Martín que gozaba de muy buena reputación.

Pensó en el oficial enfermo. El próximo destino se convertiría para él en garantía de una mejor atención médica. Pero a falta sólo de una jornada, empeoró. En efecto, los peores pronósticos del médico se confirmaron. En las últimas horas, y tras la que se mostró como ilusoria mejoría, el joven oficial había sufrido unas terribles hemorragias acompañadas de un nuevo acceso de fiebres altas, escalofríos, ausencia de orina y atisbos de delirio que no presagiaban nada bueno. El galeno desaconsejó que continuara la marcha; la expedición debía seguir viaje sin él.

—Sería una temeridad para su vida —le planteó abiertamente al teniente Alvear.

—Tanto como lo es abandonarlo a su suerte hasta que muera solo, igual que mueren las alimañas.

—Mi obligación es informarle de la situación en la que se encuentra este hombre, y ésta es que no se halla en condiciones de viajar. Un paso más y podría morir.

—Eso está por ver —replicó Diego con firmeza—. Lo que sí es seguro es que morirá si se queda aquí solo.

—Usted decide.

—Sí, yo decido. ¿Algo más?

—No, nada más —concluyó el médico con el ánimo de quien asume lo inevitable, y se dispuso a retirarse.

—¡Doctor! —le reclamó el teniente, para añadir, suavizando el tono—: Gracias de todos modos…

No se dio por vencido. A pesar de lo cerca que estaban del destino, que podrían alcanzar en cuestión de horas, prefirió no correr riesgos y ordenó que la comitiva se detuviera para que el enfermo descansara y esperasen al día siguiente. «Mañana será otro día —se dijo—, y Yapeyú nos seguirá esperando mañana como hoy.»

Al amanecer emprendieron la marcha. Diego se levantó con la sensación de que el descanso no había cumplido el objetivo previsto. Mientras cargaban con la litera de Manuel se acercó a él para infundirle ánimos. Pero su estado se había agravado y parecía que ya ni siquiera podía escuchar cuando se le hablaba. Le entristeció verle así. Era demas

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