Deja de sentirte como una mierda

Andrea Owen

Fragmento

cap-1

Introducción

A principios de 2007 toqué fondo.

El hombre con el que estaba saliendo me había convencido para que dejara el trabajo y mi piso y me fuese a vivir con él. Mientras planeábamos la mudanza, descubrí que me había estado mintiendo desde el principio de nuestra relación; incluso se inventó una historia sobre que padecía un cáncer para ocultar su adicción a las drogas. Me había sacado varios miles de dólares y aquella misma semana me hice un test de embarazo que dio positivo. Al cabo de un mes, más o menos, cuando me quedé sin un centavo, me dejó. Me había timado.

Me sentí humillada, además de estar arruinada, sin trabajo, sin casa y, por si fuera poco, embarazada. Y además, hacía poco más de un año que mi exmarido me había dejado por otra mujer.

La pena que todo el mundo —familia, amigos y compañeros de profesión— sentía por mí me resultaba insoportable. Notaba su incomodidad cuando estaban conmigo, no sabían qué decirme ni qué hacer. Algunos incluso me evitaban, como si no quisieran acercarse demasiado por si se les contagiaba mi mala suerte. Odiaba mi vida y me odiaba a mí misma por haber aguantado todo lo que me había llevado hasta allí.

La soledad y la vergüenza me resultaban insoportables. Era como si toda la gente que conocía estuviera felizmente casada o teniendo hijos, y los que seguían solteros al menos no estaban hechos unos zorros como yo. Además de ser la mujer más tonta sobre la faz de la Tierra, sentía que había algo en mí que no funcionaba. Me preguntaba una y otra vez: «¿Cómo he podido caer tan bajo? ¿Cómo es posible que sea tan idiota? ¿Se puede saber qué me pasa?».

Si vuelvo la mirada atrás, ahora sé que llevaba años construyendo una vida en la que yo era lo que los demás esperaban de mí. Tenía el ánimo por los suelos y ni idea de cuál era mi valía como persona. El mundo me paralizaba. Me daba pánico que la gente se enterara de quién era yo en realidad. Me aterrorizaba la posibilidad de que supieran lo ignorante que era. No quería que descubrieran con qué desesperación dependía de los demás, la necesidad abrumadora de querer y ser querida. Había construido mi vida alrededor del perfeccionismo, del autosabotaje y de la necesidad de control, hábitos que creía que me mantendrían a salvo. Hasta que todo cambió.

En cuanto empecé a recuperarme, con paso lento pero seguro, descubrí que no era la única que había construido su vida a partir de aquellos mismos comportamientos. Cuando abrí mi consulta y empecé a tratar a otras mujeres que me recordaban a mí, me di cuenta de que eran muchas las que repetían los mismos comportamientos autodestructivos que yo. Y querían saber por qué se sentían tan mal.

De hecho, a medida que fue pasando el tiempo, me di cuenta de que había un patrón común y que era mucho más habitual de lo que parecía. Seguí hablando con mujeres con el corazón roto y el alma dolorida hasta que descubrí que todas repetían catorce hábitos nocivos que afectaban a sus pensamientos y a sus acciones, y empecé a ponerles nombre.

En cuanto tuve los catorce comportamientos identificados, entendí que es la vida la que nos derriba, pero que son esos hábitos los que nos mantienen hundidas. Si estamos atentas, los identificamos a tiempo y los cortamos de raíz, podemos empoderarnos y encontrar el camino de vuelta hacia la fortaleza y la felicidad que nos merecemos.

Cuando me puse manos a la obra con mi propio trabajo de recuperación, y también cuando empecé a enseñar a otras mujeres, pensaba que había una forma correcta y otra incorrecta de vivir. Creía que si cedías y repetías los hábitos que aparecen en este libro, te estabas condenando a la infelicidad.

Prepárate, porque voy a decir algo que quizá te sorprenda.

Todos los comportamientos que se describen en cada capítulo son perfectamente normales. Nadie que lea este libro pensará: «Qué va, yo no hago nada de todo esto». Y no pasa nada. De hecho, es hasta bueno. A veces, necesitarás de esos hábitos para protegerte. Los necesitamos para resguardarnos de esa agonía que es la vida. Es lo que hemos aprendido a hacer, y además funciona, al menos al principio. El problema viene cuando abusamos y lo que antes nos protegía se convierte en un lastre.

Algunos libros de autoayuda dicen que lo que compartes con el Universo es lo que recibes a cambio. Que tu energía y tu actitud dictan tus circunstancias y tu realidad. Yo antes también pensaba así, pero cuanto más busco, cuantas más historias escucho, más consciente soy de que a veces...

La vida simplemente es así.

La vida es dura. No porque nosotras lo hagamos mal, sino porque la vida es dura.

GLENNON DOYLE MELTON

Las crisis ocurren sin más. La gente se equivoca; las relaciones se acaban; los niños montan pataletas; los adolescentes nos tienen en vela toda la noche, preocupados; los médicos nos comunican el diagnóstico que no queremos oír. No es que tú lo estés haciendo mal; no eres gafe ni nada por el estilo. Es que la vida a veces es así.

Pero incluso de ese modo no puedes evitar preguntarte si lo estás haciendo mal, porque tienes la sensación de que los demás lo tienen todo resuelto y tú no, y al final acabas sintiéndote sola y hecha un lío.

Cuando eso pasa, te compras libros de autoayuda y escuchas unos cuantos podcasts que te han recomendado en busca de la respuesta a tus problemas. En algún sitio tienen que estar los secretos, las explicaciones, ¿no? Haces una lista: meditación, yoga, batidos verdes, seguir a fulano en Instagram y leer todos los libros que existan sobre el tema.

Pero la verdad es que esa lista no te va a hacer feliz ni te devolverá la alegría.

Para encontrar la respuesta, la clave de la felicidad, hay que conectar los puntos que van desde el pasado hasta tu forma de actuar en el presente y revisar episodios que resultarán dolorosos. Se trata de enfrentarse a los obstáculos, trabajarlos y quererte a ti misma durante todo el proceso. Hay que aprender a aceptar las emociones y los sentimientos que surjan (aunque a veces no tengan sentido y te parezca que están mal) y repetir el proceso desde cero una y otra vez. Porque eso, amiga mía, sí que es libertad y paz.

Este libro pretende enseñarte a reconocer los hábitos dañinos, a cambiarlos por otros distintos y aprender a ejercitar los nuevos. A equivocarse y volver a intentarlo. A hacer borrón y cuenta nueva y repetir el proceso desde el principio. Este libro exige pasar a la acción. No quiero que nadie lo lea y piense «Mmm... pues sí que suena bien, sí». No. El objetivo es pensar «Mmm... pues sí que suena bien, aunque también suena un poco incómodo. Lo voy a intentar. Seguro que no me sale bien a la primera. Pero seguiré insistiendo porque no quiero seguir sintiendo que no valgo nada».

cap-2

Cómo sacarle el máximo partido a este libro

Hace diez años, cuando empecé a ir a terapia después del divorcio, me senté en el despacho de mi terapeuta y le dije: «¿Cuánto tardaré en curarme? Porque estoy preparada y quiero empezar cuanto antes».

Es probable que lo dijera mirando el reloj, porque en el fondo esperaba que en cuestión de un par de horitas ya estuviera solucionado. Quería resultados y los quería cuanto antes.

Hoy en día, todo el mundo sabe que el desarrollo personal es un proceso largo, no un parche inmediato. Pero eso no quiere decir que no busquemos una respuesta rápida y directa. Queremos soluciones. Un proceso paso a paso que nos permita ir tachando puntos en una lista con el objetivo último de ser felices, recuperar la paz interior y pegar los pedacitos que queden de nuestro pobre corazón. Buscamos gurús y expertos a los que admirar y con los que poder conectar; al final, hacemos nuestra parte del trabajo y esperamos que el cielo se abra y nos ilumine con todo su esplendor empoderante.

Puede que el cielo se abra o puede que no. El camino que conlleva este trabajo es distinto para cada persona. Algunas cambian con rapidez y otras lo hacen poco a poco, con el tiempo. En cualquier caso, lo que yo quiero es mostrar el inmenso poder que se obtiene al entenderse a una misma. Por ejemplo, imagina que has organizado una fiesta en casa. A la mañana siguiente, te levantas muerta de sueño y bajas a la cocina porque sabes que tienes que recogerlo todo. Entras sin encender la luz. ¿Qué es lo primero que haces? ¿Empiezas a limpiar a oscuras? ¡No, enciendes la luz! Calculas el trabajo que te espera, todo lo que hay que tirar, limpiar y recoger.

Pues el crecimiento personal funciona igual. Primero hay que ver qué cosas tienes que cambiar en tu vida. Si empiezas haciendo inventario, enseguida sabrás qué herramientas te resultarán más útiles.

He escrito este libro para ayudar a las personas a acelerar el proceso del autoconocimiento. Cuando eres consciente de qué es lo que te estorba y te impide alcanzar la felicidad, puedes cambiar el rumbo de tus acciones. Quiero que te familiarices con todo aquello que te haga sentir mal y que sepas cuáles son tus puntos fuertes, igual que sabes qué pone en la lista de la compra, cómo te gusta el café o quién debería haber ganado Supervivientes. ¿Sabes cómo quieres que sea tu vida hasta el último día? ¿Sabes qué cosas te hacen perder los nervios y cómo detectarlas? Porque cuando lo sepas, serás mucho más consciente de tus tropiezos y podrás cambiar de rumbo sobre la marcha, y ese será el primer paso para tener una vida genial.

También he incluido una lista de recursos adicionales, meditaciones y ejercicios que se corresponden con cada uno de los hábitos que trataremos en cada capítulo. Hay más información en www.yourkickasslife.com/HTSFLS-study.

El objetivo es estar atenta a tus hábitos, que te des cuenta de por qué son un lastre e intentar hacer un giro de ciento ochenta grados en todo aquello que no sirva. Si lo consigues, habrás emprendido el camino hacia la felicidad más extraordinaria.

LAS CLAVES DEL ÉXITO

Cuando miro hacia atrás veo que hay algo crucial que aprendí al principio del viaje. A lo largo de esta última década, lo que ha resultado fundamental para lograr el éxito en todas las vertientes de mi vida —amistades, matrimonio, maternidad, carrera, cuerpo— no tiene nada que ver con ser más lista que los demás, con encontrar un secreto oculto o una herramienta mágica que lo arregla todo. La clave es la constancia y el compromiso con el trabajo, y eso es algo que dura para toda la vida. No se trata de apuntarse a un taller o de leer un libro concreto, ni tampoco de ponerse manos a la obra solo cuando tu vida ya se ha ido al garete. Es una práctica constante que consiste en fracasar y empezar de cero las veces que haga falta. En conseguir pequeñas y grandes victorias. En tener epifanías sobre cosas que ni siquiera sabías que eran un problema.

La clave es la constancia
y el compromiso con el trabajo.

Da igual lo que te haya pasado o cuáles sean tus circunstancias ahora o dentro de un año; la posibilidad de conseguir eso que consideras una vida genial, plena y llena de éxitos depende de tu habilidad para comprometerte con el trabajo interior y con la capacidad para ser constante. A quien piense que no tiene tiempo para comprometerse, le diré para lo que sí lo tiene de sobra: para sentirse fatal, como si no valiera nada.

Claro que tienes tiempo. Solo hay que aprender a priorizar lo importante. Todo lo que acabo de decir no sirve para nada a menos que estés dispuesta a analizar tu vida en profundidad para luego actuar en consecuencia.

Al final de cada capítulo hay una lista de preguntas. Porque no basta con asentir y pensar «Sí, yo también hago eso» o «Yo también me siento así» y luego seguir como si nada. Las preguntas te ayudarán a revisar tu vida y a pensar de una forma creativa (escribiendo). Con una hoja de papel, las preguntas pueden responderse en soledad, con una amiga o incluso en grupo. Tú eliges.

PRESTAR ATENCIÓN

Además de la constancia y del compromiso, hay algo más que vale la pena destacar y que te ayudará a sacarle todo el partido a este libro. Me refiero a prestar atención. Leerás sobre muchos hábitos y actitudes que te resultarán familiares. Lo que quiero que quede claro al acabar de leer el libro es qué aspecto tiene cada hábito para ti (si es que tienes ese hábito) y qué herramientas te pueden ayudar a modificarlo. El cambio de verdad se produce cuando aprendes a reconocerlos en el día a día.

Se trata de hacer una pausa justo cuando acabas de decir que sí a algo que no te apetece y, a los diez segundos, pensar: «Vaya, eso que acabo de hacer es para complacer a los demás». O cuando estás triste porque acabas de dejar a tu hijo en su primer día de colegio, llegas a casa con ganas de llorar y te pones a limpiar como una loca. Entonces hay que detenerse un segundo y pensar: «Ups. Estoy intentando hacerme la fuerte y negar mis emociones». Eso, querida mía, es una victoria. A partir de ahí, no se trata de que te fustigues por querer contentar a los demás o por negar tus emociones, sino de reconocer el hábito y/o la creencia y poner en práctica las nuevas herramientas.

En eso consiste prestar atención.

Sin embargo, a veces demasiada atención también puede ser contraproducente. Lo llamaremos «pensar demasiado», aunque es bastante más complicado que eso. Muchas mujeres son propensas a diseccionar sus comportamientos en exceso con el objetivo de etiquetar absolutamente todo lo que hacen. ¿Eso es bueno? Tomar conciencia de las cosas es positivo, ¿no? Pero obsesionarse es malo, ¿verdad? ¿Cómo sabemos cuándo analizar y cuándo desconectar? ¿Y si no somos capaces de desconectar? ¿Qué pasa cuando el autoanálisis es constante?

La necesidad de analizarlo todo se conoce como «sobreidentificación». Es la tendencia a examinar lo que hacemos en exceso, algo muy común entre las mujeres inteligentes y triunfadoras.

Debo felicitar por su entrega a quienes tienden a examinarlo todo y decirles que son perfectamente normales, pero que no se trata de compartimentar tu estado emocional y mental al completo. Hay que intentar estar atenta, pero sin pasarte. Averiguar cuáles son tus puntos débiles y dónde tienes margen de mejora, sorprenderte cada vez que repitas uno de esos comportamientos, implementar nuevas estrategias a medida que las vayas aprendiendo y no intentar correr demasiado. ¡Y no olvidar tratarte bien durante todo el proceso!

RECONOCER LA VERGÜENZA

En el verano de 2014 fui a San Antonio, Texas, a formarme en The Daring Way™, el método basado en las investigaciones de la doctora Brené Brown. El trabajo que realicé allí me afectó mucho, tanto a nivel personal como profesional. Me alegro de que por fin la vergüenza ocupe un lugar importante en el campo del desarrollo personal, y siempre le estaré agradecida a Brené por su trabajo. A lo largo del libro hablaré sobre algunas herramientas y conceptos que surgen a partir de su investigación.

Parece que últimamente la vergüenza se ha convertido en el concepto de moda, y eso es bueno. La gente habla más sobre todo aquello que le impide alcanzar la felicidad. Pero muchas mujeres insisten en que no son conscientes de estar sintiendo vergüenza, cuando es evidente que sí la sienten. Es como si no fueran capaces de identificar ese sentimiento en sí mismas. Y lo entiendo. Cuando pensamos en la vergüenza, nos imaginamos a alguien haciendo algo inconcebible que acaba haciéndose público. Una mujer a la que han pillado robando en la iglesia y toda la congregación lo sabe. Un hombre que tiene una aventura con su psiquiatra y que es la comidilla del pueblo. A veces la vergüenza también puede ser ajena: una madre, alcohólica empedernida, que se presenta borracha en la función del colegio; o una hija que acaba en la cárcel por robar en una tienda.

Si algo he aprendido desde que me dedico a esto es que la vergüenza no solo es mucho más común de lo que creemos, sino que también se da en círculos privados, y muy a menudo. Quienes creían vivir sin vergüenza, siento deciros que aquí no se libra nadie. Y si no nos enfrentamos a ella, si no somos sinceras con nosotras mismas, la identificamos y la procesamos, si no aprendemos a vivir con ella, entonces acabará dominándonos. Pretendemos huir de una emoción que ni siquiera sabemos que sentimos.

Brené Brown describe la vergüenza como «la dolorosa sensación o experiencia de creer que somos imperfectos y que, por lo tanto, no merecemos encajar ni ser amados; algo que hemos hecho, que nos ha ocurrido, o en lo que hemos fracasado, nos hace indignos de esa conexión».

Es una definición fantástica y muy útil, porque muchas ni siquiera somos conscientes de que nos consideramos «indignas de esa conexión». Voy a explicar cómo funciona la vergüenza, cómo se manifiesta en la vida adulta y qué relación tiene con los hábitos de los que vamos a hablar.

Empezaré con un ejemplo que recuerdo de mis años de secundaria y que guarda relación con la humillación pública.

Fue en octavo, el día de la graduación. Yo llevaba un vestido precioso y un jersey que me había prestado mi madre, muy bonito, con unas hombreras enormes, pero estamos hablando de 1989, así que el jersey era perfecto. Mis padres y yo salíamos del aparcamiento cuando dos de las chicas más populares del colegio me reconocieron. Una me señaló con el dedo y le dijo a la otra: «Madre mía, pero ¿qué lleva esa?». Y se echaron a reír como dos histéricas. Aquella misma mañana me había visto guapa y segura de mí misma, y ahora me sentía horrible y ridícula.

Era vergüenza.

Esta situación en apariencia sin importancia es más común de lo que creemos; todos hemos experimentado algún tipo de vergüenza o de humillación pública. Quien haya ido al instituto tendrá una historia (o diez) parecida a la mía. En la infancia y adolescencia, el origen de la vergüenza está en la propia familia, los amigos o el instituto; cuando somos adultos, en la pareja, el trabajo, los amigos y la familia.

Otro ejemplo más reciente que afecta a una identidad que nuestra cultura considera inaceptable y que suele acabar provocando un sentimiento de vergüenza. Hace unos años nos mudamos a otro estado y tuvimos que cambiar a los niños de colegio. Antes de empezar las clases, me reuní con la directora del nuevo centro, que además era la futura profesora

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