El Señor de los Rayos (Serie Ulysses Moore 8)

Pierdomenico Baccalario

Fragmento

cap-1

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Capítulo 1

Las CAJAS de las AVENTURAS

El edificio era alto y estrecho. Las ventanas estaban iluminadas y la verja de hierro forjado que daba a la calle, entrecerrada. Las nubes escondían las estrellas haciendo que el tejado puntiagudo y las claraboyas de la buhardilla tuvieran un aspecto insólitamente amenazador. La calle a la que asomaba la casa era una calle empedrada, flanqueada por una procesión ininterrumpida de coches aparcados. Un poco más allá había una pequeña iglesia protestante. Después, la calle descendía hasta el Támesis.

Las aguas del río tenían el mismo color del asfalto.

Con un parpadeo de faros, un taxi frenó y se detuvo justo delante de la verja.

La puerta izquierda del taxi se entreabrió.

—¿Está seguro de que es esta la dirección?

La puerta se abrió un poco más para que el pasajero del vehículo pudiera echar una ojeada a su alrededor. En ese momento, como respondiendo a una llamada, una figura se recortó de la sombra de un seto y se acercó.

—Bienvenido, señor Voynich —saludó con una voz estridente.

La mano apoyada en la puerta del coche lucía un vistoso anillo de oro.

—Espéreme aquí —ordenó el señor Voynich al taxista. Dejó que el recién llegado le abriera la puerta y bajó del taxi.

La figura que lo había saludado dio medio paso atrás. Tendió la mano, pero la retiró enseguida porque se acordó de que el señor Voynich no daba nunca la mano a nadie. Esperó a que el Incendiario se pusiera el bombín y dirigiera la punta del paraguas hacia el suelo.

—Un sitio horrible —comentó el señor Voynich, mirando a su alrededor.

—¿Usted cree? Es uno de los barrios residenciales más…

Giró el paraguas en el aire.

—¡Puaj! ¡Arquitectura burguesa llena de ornamentos superfluos! Los ornamentos no resguardan de la lluvia o del frío. Vamos adentro. A ver qué nueva invención inútil tenemos esta vez…

La figura le abrió paso hasta la verja abierta.

—Se trata de las obras del joven Farrinor… —susurró, dándole una tarjeta de visita en la que estaba escrito:

Hopper Farrinor

~ Cajas de las aventuras ~

—¿Y?

—Las calificaría de interesantes.

Otra vuelta en el aire al paraguas.

—«Interesantes.» Eso es ya una declaración de guerra.

—Lo podrá juzgar usted mismo, señor Voynich.

La figura cruzó la verja y pasó al lado de la pequeña farola que alumbraba el jardín. Era un hombrecillo con un traje de chaqueta negro, una impecable corbata oscura y un bombín idéntico al de Malarius Voynich.

—Farrinor nos espera en el salón. Ha preparado un té… —explicó.

—Yo no tomo té. Solo ruibarbo.

Los dos hombres entraron en casa sin añadir ni una palabra más. Atravesaron un elegante vestíbulo con un perchero vacío y se dirigieron al salón, donde Farrinor, que estaba sentado en el sofá, se puso inmediatamente de pie, como impulsado por un resorte.

—¡Señor Voynich! —dijo con la voz vibrante de emoción—. Quién podía imaginar que un día tendría el honor de…

Malarius Voynich se quitó el bombín y apoyó el paraguas en una mesa sin dejar de examinar la habitación.

—Ahórrese las fórmulas de bienvenida, Farrinor. Los dos sabemos cuál es el motivo de mi visita.

Farrinor era un hombre muy delgado.

—Naturalmente. El crítico literario más importante del mundo no pierde el tiempo con ceremonias.

—Exacto. Así que, veamos, ¿dónde están sus obras?

—En la mesa, justo delante de usted —respondió Farrinor—. Las he llamado cajas de las aventuras.

Malarius Voynich hizo un gesto a su compañero sonriendo sardónicamente.

—Modesto, ¿verdad?

Sin esperar respuesta, fue hasta la mesa y examinó los extraños objetos que estaban alineados encima. Eran una especie de libros de distintos tamaños, solo que en lugar de estar hechos de papel estaban enteramente hechos de madera. Dio vueltas entre las manos a un ejemplar de Viaje volante de la familia Ventosa, admirando su manufactura delicada. Con un pequeño clic, el libro de madera se abrió, dejando ver en su interior páginas escritas e ilustraciones semejantes a las de las viejas postales.

—¿Ha visto, señor Voynich? Del papel a la madera… y de la madera al papel… en una especie de recorrido hacia atrás en el tiempo, en una espiral concéntrica de la imaginación. El papel como evocación de la materia prima de la escritura, de los fundamentos del arte de la narración. La madera para proteger la imaginación y…

—… para hacer un buen fuego —concluyó Malarius Voynich secamente.

Farrinor se sobresaltó imperceptiblemente.

—Ah, sí, sí: la madera para hacer un buen fuego, un fuego que caliente el corazón…

Malarius Voynich movió las manos impaciente.

—¡Pero, por favor! ¿Quiere dejarse de teorías artistoides? ¡Cuando digo fuego, quiero decir fuego! Fuego que quema, que destruye lo inútil y lo convierte en una nube de cenizas —dijo, dirigiendo una mirada torva a los libros de madera alineados sobre la mesa.

—Mis cajas de las aventuras no le gustan…

—Al contrario, Farrinor. Las encuentro francamente… originales.

Tamborileó con los dedos en la portada de otro libro titulado La Ciudad Viajera. Lo cogió y lo abrió: dentro había unas páginas escritas, una brújula y un compás.

—¿Ha oído el chirrido de la portada? —preguntó a media voz Farrinor—. Lo he añadido para dar una impresión de misterio. Y después, naturalmente, la brújula, para guiar a los lectores que quieran emprender la búsqueda de la Ciudad Viajera.

Malarius Voynich cerró el libro de golpe.

—¡Basta! —gritó—. ¿Estos son los únicos ejemplares que existen?

—Sí. Están todos hechos a mano.

—Perfecto. —Voynich empezó a caminar arriba y abajo del salón, examinando hasta el más mínimo detalle—. Por lo que veo le gusta viajar ¿verdad, Farrinor?

—Oh, sí, es una pasada…

El tercer hombre presente en el salón dejó escapar una tosecita.

—Perdón, quería decir que sí, muchísimo, señor Voynich. Siempre que puedo, señor Voynich. Siempre que puedo.

Malarius Voynich se detuvo ante una máscara africana colgada encima de la chimenea encendida.

—Dogón —precisó Farrinor.

—¿Perdón?

—La máscara que tiene delante es una máscara ritual dogón. Un pueblo de África central que…

Malarius Voynich se dio la vuelta.

—¿Me está tomando el pelo, Farrinor? Yo no viajo. Odio viajar. Viajar quiere decir incomodidades, imprevistos, aproximación. Una pérdida de tiempo. Y yo no tengo tiempo que perder. Sobre todo ahora que tengo que controlar a tipos como usted. Pero hay una cosa que me ha sorprendido favorablemente, tengo que ser sincero. No es todo una invención. Dentro de esas cajas de madera no hay solo… palabras, sino también objetos. Objetos concretos. Usted juega con la realidad.

—¡Exacto, señor Voynich! —exultó Farrinor—. ¡Yo no habría sabido expresarlo mejor! Yo juego con la realidad. Mi idea es transformar una historia de aventuras en…

—¡Su idea, su idea! ¿Y la llama usted idea? —preguntó Malarius Voynich, furibundo—. ¿Cuántos años tiene usted, Farrinor?

—Veintidós la próxima semana.

—¡Pues eso! ¿Cree de verdad que se puede tener una idea a los veintidós años? ¿Que se puede… escribir y esculpir y jugar con la realidad… a los veintidós años?

—Yo…

El paraguas de Malarius Voynich se alzó silbando hasta colocarse a pocos centímetros de la nariz de Farrinor.

—¿No sabe usted, amigo mío, que con la realidad no se juega?

Bajó el paraguas. El feroz crítico de arte giró sobre sus talones y recuperó su bombín, saliendo precipitadamente del salón.

—Sígame, Farrinor.

—¿Adónde vamos?

—¡Muévase! —rugió el crítico, saliendo a la húmeda noche londinense.

Se detuvo solo un instante y se volvió hacia el tercer hombre que los había acompañado afuera.

—Convincente y terriblemente soñador. Incluya su nombre en la lista de los Personajes Peligrosos y acabe con todos los originales.

El hombre asintió vigorosamente.

—¿Fuga de gas?

Sobre la ciudad, el cielo rugió.

Malarius Voynich contempló las nubes cargadas de destellos celestes.

—No. Mejor un saludable y tradicional rayo fulminante.

—¡Aquí estoy! —exclamó el joven autor, llegando hasta ellos.

Malarius Voynich le abrió camino hasta el taxi que los esperaba ante la casa. Se sentaron en los asientos posteriores, dejando atrás la calle residencial.

—¡Vaya! —se lamentó Farrinor nada más ponerse en marcha—. ¡Me he dejado las llaves en casa! —Después se echó a reír—. Me sucede a menudo cuando salgo de casa deprisa y corriendo.

—¿Vive usted solo, Farrinor?

—Sí. ¿Por qué?

—Oh, simple curiosidad.

—A propósito de curiosidad… ¿me puede decir adónde vamos en plena noche?

—¿Conoce a Joseph M. William Turner, Farrinor?

—¿El pintor?

—Exactamente. Conocerá también su famoso cuadro El incendio de la Cámara de los Lores

—Lo habré visto decenas de veces.

—¿Y sabría decirme por qué estalló aquel incendio, Farrinor?

—Pues no, la verdad.

—Porque alguien tuvo una idea —respondió Malarius Voynich, colocando con aire misterioso las manos cruzadas sobre el mango del paraguas.

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Capítulo 2

Un CHOCOLATE CALIENTE

El taxi corría a toda velocidad mientras la noche se transformaba lentamente en día. Rick Banner tenía la mirada fija en el cristal.

Se sentía como un pececillo rojo acostumbrado a nadar en un pequeño acuario al que, de repente, hubieran soltado en el mar.

El mar en cuestión era Londres, la capital. Y la gran estación de trenes. Las interminables filas de taxis que esperaban en el aparcamiento, como animales de hierro, con los faros similares a enormes ojos abiertos. Y luego todas esas calles, las avenidas, los edificios, el tráfico, los rascacielos que nacían inesperadamente, como errores de cristal y cemento. Los letreros luminosos de los lugares de diversión. Las personas que caminaban en la oscuridad. El Támesis. La torre del reloj.

—Uau —exclamó Rick, recostándose en el asiento—. No creía que Londres fuera tan grande.

También el interior del taxi casi le provocaba vértigo: en el cristal que los separaba del taxista había pegados números de teléfono, planos de la ciudad, el reglamento de la asociación de taxistas, los derechos del cliente e incluso la publicidad del mejor restaurante indio de la capital. Demasiada información.

—¿No te da un poco de impresión esta ciudad tan grande? —farfulló Rick.

Jason, sentado a su lado, negó con la cabeza.

—No. He crecido aquí.

—¿Y la echas de menos?

—Un poco, sí… Pero no dejaría Kilmore Cove para volver aquí.

—¿De

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