
«Tercero de ESO. Tercero de ESO. Tercero de ESO. Tercero de ESO...» Lucía no podía dejar de repetirse mentalmente el curso que había empezado hacía solo unos días. En parte, porque necesitaba recordarse que ya quedaban menos años de aburrimiento mortal en el colegio. En parte, porque de esa manera se sentía un poco mejor. Porque... En fin, ya habían superado con creces la fase de novatas de la ESO; esa etapa previa al bachillerato en la que no sabían si sentirse mayores o no. Ahora no había duda de que ya eran adultas y nadie las podía intimidar. Por eso, cuando acabó la clase de matemáticas que seguía impartiendo su amado Papudo y escuchó cómo Marisa, la reina de las Pitiminís, sentada unas mesas más adelante, criticaba la explicación sobre minuendos y sustraendos que ella acababa de realizar en la pizarra, decidió no callarse.
—Sí, seguro que a ti te habría salido genial. Como todo lo que haces.

—No lo dudes, enana —respondió rápidamente Marisa.
—La próxima vez que el profe me pida que explique algo, le propondré que te saque a ti a la pizarra. Así podrás demostrarlo.
La sonrisa maliciosa de Marisa desapareció al instante; en cambio, la de Lucía se agrandó. Ya estaba harta de que aquella maleducada se sintiera superior. No le daba miedo.
—No se te ocurra meterte conmigo o te arrepentirás... —le advirtió Marisa antes de darse media vuelta y salir de la clase seguida de sus Pitiminís.

—Pero, bueno, ¡qué valiente te veo! —le dijo Frida a Lucía al tiempo que le propinaba una palmada en el hombro. Su amiga era tan alta que no tuvo ni que levantar el brazo para ello.
No era la primera vez que Marisa y sus amigas se burlaban de ella, pero sí la primera que Lucía le plantaba cara y le decía exactamente lo que pensaba, sin rubores, algo bastante más propio de Frida, la activista de los despechados, la valerosa.
—Alguien debería bajarle los humos a esa idiota más a menudo —respondió Lucía mientras recogía sus libros para poder salir al recreo. Era la hora del desayuno y su estómago ya había empezado a rugir hacía un buen rato.

—Estoy de acuerdo. Lo que pasa es que no estamos acostumbradas a verte a ti tan guerrera. ¡Es una nueva faceta! —exclamó Susana, que acababa de unirse a ellas.
Lucía la miró con una sonrisa mezcla de malicia y orgullo.
—Este año me he propuesto mejorar en algunas cosas... —respondió mientras se dirigían ya al pasillo.
—Los propósitos son buenos. El mío es no morir en el intento de capitanear mi equipo de vóley —confesó Frida tocándose las sienes con las manos, como para tomar conciencia de ese hecho.
Desde que unos meses atrás la nombraran capitana del equipo de vóley del colegio, después de que Raquel lo abandonara para marcharse a un equipo de categoría superior, Frida dedicaba mucho tiempo y esfuerzos para estar a la altura de las circunstancias. Se había pasado el verano preparando a sus compañeras para la nueva temporada y no podía ocultar los nervios que sentía.
Ya fuera del aula, las esperaban Bea y Raquel, que en cuanto las escucharon, se unieron rápidamente a la conversación.
—Mi consejo: piensa que morir NO es una posibilidad, tía. Si es que quieres ganar algún partido... —dijo Raquel con media sonrisa.
—Ja, ja, ja, muy graciosa —se rio Frida con fingido entusiasmo al tiempo que le daba un codazo en las costillas.
Las dos amigas deportistas del grupo se dedicaron varios insultos cariñosos más al tiempo que bajaban las escaleras y se dirigían al exterior. Mientras tanto, Lucía cogió su móvil para enviarle un whatsapp a su chico, su querido y adorado Mario. Quería contarle la novedad: Marisa ya no la asustaba.

—respondió Mario al instante.
Él también debía de tener descanso en el colegio en ese momento. Mario acababa de empezar el primer curso del bachillerato humanístico y no podía ni imaginarse lo que suponía que alguien te intimidara, porque él, la verdad, parecía no tenerle miedo a nada ni a nadie. Pero, como siempre, era muy capaz de ponerse en su lugar y conseguía comprenderla mejor que nadie.
Y en un abrir y cerrar de ojos Lucía se encontró en el exterior, disfrutando del sol otoñal. Aunque no era tan intenso como el de verano, a Lucía le encantaba.
En primer lugar, porque ese sol no la quemaba y no tenía que estar poniéndose protección total cada dos por tres. Era lo que tenía ser pelirroja... su piel más blanca no podía ser.
Y, en segundo lugar, porque quería aprovechar el último coletazo de un verano que había sido, cuando menos, revelador, antes de que empezara el frío y la lluvia. Estaban a finales de septiembre y no hacía ni un mes que sus amigas y ella habían retomado una amistad que había estado a punto de romperse por tonterías. Estaba tan segura de que no quería volver a sentirse sola como de que necesitaba comerse las magdalenas del desayuno si no quería desplomarse por falta de azúcar. Por eso, desde entonces aprovechaban el poco tiempo libre de que disponían para pasarlo juntas, recuperándose de las heridas y buscando nuevas aventuras que las unieran aún más si cabía.
Después de acomodar su cabeza en el regazo de Bea, debajo de su querido árbol, Lucía revisó la cuenta de Instagram que había abierto con las demás, El Club de las Zapatillas Rojas, a partir del canal de YouTube que habían creado también a finales de ese verano y que ahora tenían algo olvidado.
En cuanto leyó el anuncio del concurso en la cuenta de la revista @revistabravo, Lucía se incorporó de golpe. Tenía delante la oportunidad de vivir una nueva aventura junto a sus amigas.
—¿Te ha dado un síncope? —le preguntó Frida, mirándola con extrañeza.
—Pues casi, pero por un buen motivo... —respondió Lucía, y giró el móvil de cara a su amiga para que pudiera leer lo mismo que ella.
El grupo entero leía aquel anuncio con total atención. Lucía aguantaba el móvil y las demás pegaban sus caras a la pantalla para que el reflejo del sol no las molestara. Tardaron unos minutos en reaccionar. Minutos que a Lucía se le antojaron eternos.

—¿Qué os parece? —les preguntó.
—Que se va a presentar mucha gente... De momento ya tiene doscientos likes... Y uno de ellos es de las Pitiminís, mira —contestó Bea con el dedo puesto sobre la lista de seguidores, entre los que distinguió a Marisa y otras chicas del mismo grupo de presumidas.
Lucía entornó los ojos. Aquello no iba a quitarle la ilusión. Ya había decidido que no volverían a intimidarla nunca más y lo estaba consiguiendo. Pero su amiga siempre necesitaba un empujoncillo para convencerse de que todo era posible.
—Pues seguro que muy pocas de las personas que hay detrás de esos doscientos likes, incluido el de Marisa y su séquito, tienen nuestra imaginación. —Lucía le guiñó un ojo y Bea comenzó a asentir.
—Y la fuerza del grupo —añadió Frida con determinación. Solo le faltaba alzar el brazo en el aire y ponerse a cantar un himno para El Club de las Zapatillas Rojas.
—Y no os olvidéis de nuestra gracia. Aunque no lo parezca, tías, la gracia es un elemento fundamental para lograr retos —agregó Raquel, o, mejor dicho, Raquelpedia, ya que sabía absolutamente de todo gracias a los muchos documentales que veía y al montón de revistas raritas que leía.
Cada vez estaban más animadas y reían con cualquier comentario. Susana fue la que puso la guinda a aquella propuesta nada encubierta cuando dijo:
—Pues, ¿a qué esperamos? ¡A rockanrollear! —anunció moviendo de arriba abajo la cabeza con tanta fuerza que toda su oscura melena se puso en movimiento al tiempo que simulaba tocar las cuerdas de una guitarra con la mano llena de anillos y pulseras.
Lucía se tronchaba de la risa. Miró a Bea, que todavía parecía tener algunas reservas.
—¿Qué dices, Bea? ¿Te apuntas?
Bea miró a una y a otra con sus ojos verdes de gata, y las dudas que pudiera haber tenido poco a poco acabaron desapareciendo. De pronto, en su mirada solo había certeza.
—No me lo perdería por nada del mundo.

Las cinco componentes de El Club de las Zapatillas Rojas, animadas y divertidas, alzaron las manos y cerraron aquel nuevo trato chocándolas en el aire. Lucía estaba segura de que aquel concurso les brindaría la oportunidad de vivir nuevas experiencias inolvidables. Tenían dos semanas y media para prepararse. ¡Estaba ansiosa por descubrirlas!

Entrar en casa de su padre y encontrar silencio se estaba empezando a convertir en algo habitual.
—¿Hola? —dijo Lucía al cruzar la puerta.
No acababa de acostumbrarse a que hubiera vuelto algo de normalidad, después de tantos meses de intenso ruido entre esas paredes. A Lorena se le había acabado la baja por maternidad y Álvaro había empezado a ir a la guardería, por lo que la casa se veía vacía. Aunque pareciera extraño, en ocasiones Lucía llegaba a echar un poco (MUY POCO) de menos el trajín de antes... ¿quién se lo iba a decir? Al entrar en la cocina se encontró a su padre, que le estaba preparando un sándwich de Nutella para que merendara en condiciones.
—¿Y el resto de la troupe? —le preguntó todavía sorprendida de que allí no hubiera nadie más. Se sirvió un buen vaso de leche fresquita de la nevera para acompañar el sándwich.
—Las chicas han ido a recoger a Álvaro a la guardería y después se iban de compras —respondió su padre satisfecho.
Se lo veía aliviado con la nueva situación. Los cercos alrededor de los ojos prácticamente habían desaparecido y, aunque, fiel a su estilo, seguía llevando la barba de cuatro días, en general tenía mucho mejor aspecto. Lucía se sentó a la mesa a esperar el apetitoso sándwich que ya había acabado de preparar su padre.
—¿Qué tal el día? —le preguntó este cuando se lo dio y se sentó a su lado con un café recién hecho.
—¡Muy bien! Con novedades... —Lucía le dedicó una sonrisa intrigante.
—¡Cuéntame! No me tengas en vilo... —le rogó David y ella se echó a reír.
Estaba contenta de haber recuperado también tiempo de calidad con su padre, tiempo para poder hablar y compartir cosas, como cuando vivía con su madre. Últimamente parecía que su padre solo tenía tiempo para echar broncas y mostrar su autoridad. Pero, al final, lo habían logrado. Desde que Álvaro había empezado la guardería, todo se había ido normalizando y vivir allí ya no resultaba infernal.
—Pues hemos decidido participar en un concurso que hemos descubierto en Instagram —comenzó a relatarle Lucía.
»Sería genial ganar... —añadió cuando hubo terminado su explicación.
—Sí, pero ya sabes que lo importante...
—Es participar —acabó la frase Lucía, porque se sabía ya muchas de las sentencias de las que echaba mano su padre cada vez que intentaba inculcarle alguna lección o darle algún consejo.
—Exacto.
—Lo sé. En realidad, creo que lo pasaremos tan bien preparando el concurso que el premio final es algo... extra.
—¿Extra?
—Sí, como cuando pides ingrediente extra en la hamburguesa o en la pizza. Ya está buena tal y como está, pero si además le pones ese ingrediente... Es lo más.
David se echó a reír a carcajadas.
—Tienes razón, cariño. El ingrediente extra es lo más.
Lucía asintió mientras hincaba el diente a su sándwich de Nutella.

—A este sándwich no le falta ningún extra. Está... mmm.
Su padre volvió a reírse.
—¿Qué tal tus nuevos inversores? —le preguntó Lucía.
—No son tan malos como yo creía.
David estuvo un rato explicándole que, a veces, la primera impresión que uno tiene de las personas es errónea. Y que a él le había ocurrido precisamente eso. Cuando ese grupo de inversores, todos trajeados, empezó a exigir cambios en su empresa, David se lo tomó fatal. Pero después de haber hablado con ellos y haber escuchado sus propuestas, se había dado cuenta de que todo lo que estaban haciendo había mejorado la situación financiera y organizativa de la empresa y no podía estar más agradecido.
—A mi edad también se aprenden cosas —le dijo a Lucía, y ella se rio.
Imaginó a su padre escuchando a esos desconocidos igual que ella hacía con sus profesores. Solo le faltaba el uniforme y acicalarse un poco esa barba inmutable; y también peinarse a un lado la cabellera algo desmelenada.
Oyeron cómo la puerta de la casa se abría y, enseguida, la voz aguda de Aitana:
—¿Lucía? ¿Papá? —empezó a gritar la niña cuando entró y no dejó de hacerlo hasta que llegó a la cocina.
Sus tirabuzones rubios se habían convertido en una maraña y llevaba la ropa embadurnada de barro y algo más. Aitana no iba al mismo colegio que Lucía porque quedaba algo más lejos de esa casa, así que su hermana pequeña se había librado de llevar uniforme. Se sentó al lado de Lucía y se comió un trozo de la corteza del sándwich que esta había dejado en el plato.
—Hola, pequeñaja —la saludó con una sonrisa.
—De pequeñaja nada, que ya llevo ropa de nueve años y solo tengo ocho recién cumplidos.

Lucía se rio por la ocurrencia. Cuando entraron Lorena y Álvaro también en la cocina y se sentaron todos juntos a la mesa, a merendar en familia, Lucía se sintió agradecida. Nunca habría imaginado que aquel ajetreo pudiera ser sinónimo de felicidad. Pero sí, efectivamente, así era.







—Yo estoy intrigadísima, tías —soltó Raquel mientras se arreglaba la melena rubia delante del espejo del lavabo de chicas del colegio.

—A ver, si estamos participando sin saberlo... Será que tiene algo que ver con el Club, ¿no? Quizá está organizando su siguiente visita a Barcelona... —propuso Susana, echando mano de su olfato detectivesco, después de salir de uno de los servicios y cerrar la
