Tengo un whatsapp

Susana Rubio

Fragmento

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Bye bye, Bristol

Abrí las ventanas y dejé que el aire fresco renovara el ambiente de mi habitación. Estábamos en mayo, pero en Bristol los nubarrones eran algo habitual y me costaba hacerme a la idea de que pronto llegaría el verano. Tenía muchas ganas de volver a Madrid y de ver a los míos (a casi todos). Me quedé mirando el cielo e hice una lista mental de las ventajas que había supuesto para mí esa escapada de cinco meses a Inglaterra:

1. Perfeccionar mi inglés, evidentemente.

2. Conocer a John.

3. No oír las quejas de mi madre (multiplicadas por cinco).

4. Organizar mi vida a mi manera.

5. Olvidar a Marco.

6. ¡Ah! Y decidirme de una vez a hacerme un tatuaje.

En fin, no estaba nada mal si teníamos en cuenta que el viaje había sido una decisión de última hora y una vía de escape. Tenía que poner tierra de por medio y esta vez no me había equivocado. Ahora mismo me encontraba mucho mejor y me sentía más fuerte. A veces parecía que las cosas empeoraban por momentos, pero era muy cierto aquello de que el tiempo todo lo cura.

Oí un par de golpes en la puerta.

—Pasa —dije con una cantinela, sabiendo que era John.

—Buenos días, rubia. —Se acercó con su sonrisa permanente y nos dimos un abrazo—. ¿Lo tienes todo?

—Todo menos a ti. ¿Puedo meterte en la maleta?

John había sido mi casero, mi amigo y mi confidente durante estos cinco meses. Tiene treinta y dos años, siete más que yo, aunque parece más joven porque tiene la piel como el culito de un bebé. Siempre nos reíamos cuando le decía aquello, pero era cierto: el muy mamón no tiene ni una arruga. Me puse en contacto con él a través de una buena amiga que me aseguró que era de fiar y estaba en lo cierto.

Él quería alquilar una habitación de su apartamento en el centro de Bristol y yo buscaba un sitio donde instalarme. Y así se cruzaron nuestras vidas. Ahora me costaba imaginar mi vida sin él. Nos iban a separar mil novecientos kilómetros, pero seguiríamos en contacto, por supuesto. Y en cuanto pudiera, John haría una escapada a Madrid. Ya lo echaba de menos, joder, y todavía no me había ido.

Realmente con él todo había sido de lo más sencillo. Me acogió en su casa como si me conociera de toda la vida y me ayudó a buscar trabajo en la ciudad. Al final, conseguí un puesto como profesora de español en una pequeña academia. No era lo mío, pero estaba sin blanca y necesitaba dinero. Hacía un año que había terminado los estudios de ADE, pero no tenía ninguna experiencia en el sector y sabía que me iba a costar encontrar trabajo de eso, ¡y más en un país extranjero!

Hacer de profesora había sido distinto y gratificante. Por primera vez en mi vida me había sentido útil, aunque hubiera un sueldo de por medio; aquello de enseñar tenía su puntito y me iba de allí cada día con la sensación de que hacía algo bien. Una sensación que en los últimos años no había saboreado demasiado a menudo.

Pero vayamos por partes. Empecemos por mi familia: los Miralles.

Mi padre, Ramón, es un hombre hecho a sí mismo, que no proviene de una familia adinerada, pero que, gracias a su olfato para los negocios, ahora podríamos decir que nada en la abundancia.

Mi madre, Margarita, o Rita para los íntimos, es una mujer de armas tomar y creo que el hecho de tener dinero ha ido transformando su carácter fuerte en insoportable.

Mis padres se casaron jóvenes, apenas tenían dinero, pero con el ingenio de mi padre y los consejos de mi madre, lograron levantar un pequeño imperio en el mundo de las altas finanzas. Y nadie diría que algún día fueron «normales». Todo este cambio fue progresivo, mis padres no lograron todo lo que tienen hoy de la noche a la mañana. Yo he sido testigo en primera persona de toda esa metamorfosis. Cuando nací, lo hice en el seno de una familia humilde y trabajadora, en la que mi padre curraba como un burro y mi madre se hacía cargo de sus tres hijos.

Y la transfiguración pasó por varias etapas: cambio de casa, cambio de barrio, cambio de amistades, rechazo a ciertos familiares, nuevas amistades, nuevos comportamientos, nuevos hábitos y mucha hipocresía. Sobre todo, esto último.

Yo fui a una escuela pública hasta que a mis padres se les ocurrió la gran idea de matricularnos a mis hermanos y a mí en un colegio privado, donde se me empezó a agriar el carácter al tener que aguantar a los especímenes que había por allí. Eso a los trece años puede tocarte mucho la moral y pasé una adolescencia más bien complicada. Siempre le agradeceré a mi madre haber sido tan comprensiva y entender que dejar a mis dos mejores amigas en el instituto no iba a suponer ningún problema...

Pues lo fue, mamá.

Y en cuanto tuve ocasión se la devolví. Fumaba a todas horas, nunca rechazaba un buen porro de marihuana, probé diferentes drogas, entre ellas la coca, bebí alcohol como para parar un tren, salí de juerga todo lo que pude y más, y estudié lo justo para ir aprobando y que no me dieran por saco en verano. Pero mis notas dejaron de ser excelentes al entrar en esa mierda de escuela privada.

La cuestión es que al cumplir los dieciocho años me serené un poco y me centré de nuevo en mis estudios. Me matriculé en la universidad pública porque tenía claro que o estudiaba ahí o dejaba de estudiar y ellos no tuvieron más remedio que respetar mi decisión. Y ahí conocí a Noe, mi mejor amiga en la actualidad.

¡¡¡Joderrr, Andreeew, me muero por verte!!!

Esa era ella y sonreí al pensar en que pronto volvería a verla.

Cuando veas el pisito vas a flipar y te he preparado un baño con pétalos de rosa.

Reí al imaginármelo. Noe es un encanto. Lo mejor de mi vida, sin duda alguna. Respondí al momento mientras John conducía hacia al aeropuerto.

¡¡¡Voy a darte un abrazo que te voy a dejar tiesa!!! Muasss.

Noe y yo coincidimos el primer día de la universidad y a partir de ese momento nos hicimos inseparables; juntas hasta la muerte. Eso dijimos entonces y, ciertamente, seguimos siendo amigas íntimas.

Noe es un año mayor que yo y es un poco más alta, metro setenta, creo. Tiene un cuerpo bonito, trabajado a base de abdominales, y es atractiva. Lleva el pelo escalado y lo que más destaca en su rostro son sus ojos azules. Bueno, aparte de su sonrisa contagiosa.

Noe no tiene adoración por el sexo masculino en términos sexuales porque prefiere el femenino. Dice que las chicas somos más suaves, más delicadas y que no hay color en la cama. Ahí no puedo opinar, la verdad, porque no me he acostado jamás con una tía, ni tengo intención de hacerlo, de momento.

Hemos decidido vivir juntas porque yo no quería volver con mi familia después de haber saboreado cinco meses de libertad en Bristol. Y a Noe le apetecía independizarse de los suyos, así que ella misma ha sido quien ha puesto en marcha todo el proceso. A través de largos correos hemos ido hablando sobre el tema y al final hemos alquilado un piso en el barrio de Salamanca. Es el piso de unos ancianos que lo único que nos piden es que no subamos tíos. ¡Un chollo!

—¿Segura, Andrea?

—Que sí, que no voy a liarme la manta a la cabeza de nuevo. Segurísima. Tú no vas a subir chicos y yo menos. Así que adelante. Además, por ese precio y tan céntrico, no vamos a encontrar nada mejor. El piso está genial.

—Piensa que los abuelos están en la puerta de enfrente.

—Joder, que no tengo que pensar nada. ¿Es que no me conoces?

Jamás me había acostado con «un tío de una sola noche», ni en su cama ni en la mía. Simplemente no podía. Eso de enrollarse con alguien la misma noche que lo conoces y acabar haciendo algo tan íntimo no iba conmigo. Y aunque lo respetaba, no me entraba en la cabeza que la mayoría de la gente practicara el sexo con esa alegría despreocupada. Sí, vale, quizá la rara era yo. No, quizá no, seguro.

No era virgen, por supuesto. Pero mi historial sexual era más bien escaso, muy escaso, puestos a sincerarme. Había salido con tres chicos y solo había hecho el amor con dos de ellos. Porque yo no he follado, eso también lo reconozco. Yo necesito sentir algo real para poder acostarme con un tío y no es algo de lo que me avergüence, no ante mí misma. Aunque tampoco lo voy propagando a los cuatro vientos. La intimidad, la misma palabra lo dice, es algo personal.

—Hemos llegado, rubia. —Miré a John sorprendida.

Como siempre, mi cabeza me había llevado de un pensamiento a otro, sin ton ni son, y no me había dado cuenta de que iba con John en su coche y que aquellos eran los últimos minutos que pasaríamos juntos antes de volver a vernos en mucho tiempo.

Él pasó una mano por mi pelo. Soy castaña, pero en Bristol me había hecho mechas rubias y a John le gustaba reseguir el camino del color en mi pelo.

—Podrías quedarte cinco meses más, ¿no?

Nos reímos por su propuesta.

John y yo habíamos congeniado tan bien que la convivencia había sido un remanso de paz para ambos.

Bajamos del coche y nos despedimos con un montón de abrazos y un suave beso en los labios que él me dio en el último momento.

—¿Y esto? —pregunté sonriendo.

—Para que no te olvides de mí.

—Imposible —repliqué con rapidez, y John sonrió de nuevo.

—Recuerda que ahora tienes tú el mando.

Había hablado con él de muchas, muchas cosas. Tantas que había perdido la cuenta de los temas que habíamos tocado: mis padres, Marco, mi amiga Nerea, el trabajo, mi insatisfacción, mis hermanos, mi vida...

—Gracias, por todo.

—Nos vemos pronto —repitió varias veces abrazándome—. En cuanto termine las clases.

John es profesor en la universidad, de español y traducción.

—Te tomo la palabra.

Subí al avión que me llevaría de vuelta a mi vida y cogí el móvil para apagarlo antes del despegue.

Zorri, me ha dicho mamá que llegas hoy. ¿Pasarás por aquí?

Esta es Laia, mi hermana pequeña, con la que me llevo tres años. Y con la que no tengo parecido alguno. Mi hermana es muy delgada, con poco pecho y mide lo mismo que yo, aproximadamente un metro sesenta y siete. Yo también soy delgada, aunque no tanto, y hay dos grandes diferencias entre nosotras a nivel físico (en cuanto a personalidad hay un millón).

La primera, el pecho: el mío es demasiado abundante para mi gusto. Y la segunda: el cabello. El suyo tiene un rizo pequeño y gracioso que sabe llevar a la última, como el de mi madre. El mío es liso, lacio y sin mucha más gracia que esa, como el de mi padre en sus buenos tiempos, porque ahora es calvo.

Laia siempre me propone lo mismo: «Te cambio las tetas por el pelo». Es una petarda, pero me hace reír bastante y es mi hermana, qué voy a decir. Debo reconocer que haría el cambiazo sin pensármelo dos veces. Uso una talla noventa y cinco con copa C, ya os podéis imaginar que mi pecho sobresale un poco de mi cuerpo delgado y que eso es objeto de demasiadas miradas, sobre todo masculinas. Cosa que seguro que también intuís que odio.

En verano, el tema me molesta más, especialmente cuando vamos a la piscina con el grupo. No llego a ponerme bañador porque tampoco me gusta desentonar tanto, pero procuro usar biquinis más bien sencillitos con los que no destaque demasiado. Pero da igual lo que lleve; los tíos acaban mirando sí o sí y me paso muchos ratos agobiada y tostándome al sol hasta que decido sumergirme en la piscina, con la mirada cabizbaja para no ser consciente de todos esos ojos.

Respondí el whatsapp de mi hermana antes de que a mi madre le diera algo. Estaba segura de que ella estaba detrás de ese mensaje. Ya habíamos hablado antes por teléfono:

—Ya pasaré, mamá. En cuanto me haya instalado en el piso con Noe.

—¿Así que al final vas a hacer esa soberana tontería?

—Ya lo hemos hablado mil veces. Sí. Necesito mi espacio.

—¿Espacio? Será que no tienes espacio aquí. Cuatrocientos metros de casa y la niña no tiene espacio, ¿lo oyes, Ramón?

Escuché a mi padre a lo lejos asentir en un tono aburrido. Mi madre no entendía que con la palabra «espacio» no me refería solo a la superficie habitable.

—Mamá, ya pasaré.

—Cría hijos y te sacarán los ojos.

«Los cojones treinta y tres», estuve a punto de decirle, pero, una vez más, me mordí la lengua y colgué. Sí, esa era nuestra cariñosa relación. Idílica, ¿verdad?

Una madre harto amorosa conmigo. Un padre muy entregado a su trabajo y muy ausente en mi vida. Una hermana, por suerte, con la que me llevo bastante bien, aunque seamos el yin y el yang. Y un hermano, Nacho, que está casado con Ylenia Castor, hija de uno de los magnates más importantes de Madrid, y al que apenas veo.

¿Hablo demasiado de mi familia? Bueno, es mi carta de presentación, es inevitable. Y supongo que una de las cosas que más marcan tu vida es de dónde vienes y con quién y cómo te has criado.

Zorri, llegaré a mediodía y tendré lío con las maletas. Y estreno piso, ¿recuerdas? Ya pasaré.

Mi hermana respondió al segundo:

Okk, tq.

Iba a ser la primera vez que iba a vivir fuera de casa, en Madrid. Lo de Bristol había sido algo tan improvisado que, aunque había estado bastante sola durante estos cinco meses, me lo había tomado un poco como unas merecidas vacaciones. Es decir, ahora empezaba la cosa en serio: iba a independizarme con una amiga y tendría que buscarme un curro porque la Visa la había dejado en la mesa de roble del salón de casa de mis padres, acompañada de un fuerte golpe en la mesa con la mano y un sonoro y rotundo «Se acabó». Realmente, iba corta de pasta y esperaba encontrar algo cuanto antes. Había mandado currículums a través del correo electrónico a algunas empresas, a ver si tenía suerte.

—¡Sí! —dije para mí cuando al revisar el correo vi la respuesta de un banco de renombre.

¡¡¡Querían hacerme una entrevista cuanto antes!!! Mañana mismo, a poder ser. Joder, un poco más y me lo decían en el mismo momento. Vale, debía presentarme ante el subdirector, que era quien gestionaba el servicio al cliente. Se llamaba Álex Fernández: apuntado mentalmente.

Aquello me subió la moral, empezaba bien, ¿no? Sí, sí, era consciente de que tan solo era una entrevista, pero por algo había que empezar. No quería pasarme los días quejándome de mi mala suerte ni quería acabar pensando que mi madre tenía razón al decirme que no me sabría valer por mí misma. ¿Que no, mamá? Ya lo verás.

Al llegar al aeropuerto de Madrid tenía muchas ganas de ver a mi gente, y cuando digo mi gente me refiero a mi grupo de amigos: Noe, Sheila, Marta, Carmen, Santi, Pedro y Hugo. Pero a esas horas estaban todos trabajando, así que no tuve precisamente un caluroso recibimiento. Cogí un taxi y le di la dirección de mi nueva vida...

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Mi nueva vida

Cuando llegué frente al edificio, sonreí como una boba al pensar que por fin tomaba las riendas de mi vida. «Ahora tienes tú el mando», eso me había dicho John hacía unas horas y tenía razón.

El edificio era antiguo, de esos de estilo imperial, con los balcones de barrotes oxidados y fachada poco prometedora, pero había visto las fotos del piso y tenía su encanto. Y era mi piso. Mío y de Noe, claro.

Mi amiga me había indicado que al llegar llamara al piso de los dueños y que me presentara. Ellos mismos me darían la llave y de paso nos conoceríamos. Así que llamé al primero segunda y una voz pastosa preguntó quién era. Intenté hacerme entender a la primera y me abrieron sin problema.

Al entrar miré detenidamente las baldosas del rellano. Eran de aquellas antiguas con figuras geométricas y me parecieron de lo más vintage. El ascensor era muy viejo, pero parecía robusto. Una especie de caja que dejaba ver todos los engranajes necesarios para subir y bajar por él. Antes de entrar debías abrir una puerta de hierro forjada decorada con flores, que supuse que era por seguridad.

Preferí subir por las escaleras, la verdad. No conocía ese ascensor y no quería aventurarme, aunque en el séptimo escalón maldije todos mis espíritus. La escalera era superempinada y con el peso de la maleta pasé cierto apuro hasta que llegué al primer piso.

Cuando llegué, antes de que mi mano tocara el timbre, la puerta se abrió y salió una pareja de abuelos. Él, medio encorvado, pelo blanco en abundancia, gafas finas y unos ojos pequeños y brillantes. Ella, más tiesa que un palo, con un vestido de flores de muchos colores y una sonrisa bonita.

—Hola, Andrea —me saludó él, José Luis.

—Hola —dije con una sonrisa amable.

La mujer, Socorro, me miró moviendo la cabeza afirmativamente y acto seguido me saludó con la lengua de signos: cuatro dedos tocando la sien, parecido al saludo militar. A ver, no era algo que yo dominara, pero al decirme Noe que ella no oía ni hablaba, había buscado en YouTube algunas palabras como «hola», «buenos días» o «gracias». Y la saludé del mismo modo. Me miró con sus ojos brillantes y sonrió, divertida. Se giró hacia su marido y hablaron unos segundos de ese modo ante mi atenta mirada.

—Soco dice que le gustas mucho y que está encantada de que tú y Noelia seáis nuestras nuevas inquilinas. Mira, muchacha —me enseñó una llave con un llavero de un gato—, esta es la llave del piso y esta otra la del portal. Esta pequeña es la del buzón, y la más grande, la de la terraza, por si queréis tender.

—Muchas gracias —respondí con ganas de verlo todo.

—A ti, muchacha. Cualquier cosa que necesites, aquí nos tienes.

Le volví a dar las gracias y Soco me dijo adiós con una sonrisa entrañable.

Seguía en racha, ¿verdad? Me daba la impresión de que me iba a llevar genial con aquella pareja, ambos me habían caído bien. Y, después de ver la sonrisa de esa mujer, creía que había sido algo mutuo.

Abrí la puerta un poco nerviosa porque, aunque había visto muchas fotos, podía llevarme alguna sorpresa. Entré despacio y dejé la maleta a un lado, para recorrer lentamente cada estancia de aquel piso de setenta metros cuadrados.

No había recibidor, con lo cual lo primero que pisé fue el salón. Pequeño y cuadrado, con las paredes empapeladas con diminutas flores y un ventanal que daba a un pequeño balcón de barrotes. No quise salir porque las alturas no me gustan y, aunque estaba en un primer piso, no me fiaba de ese balcón todavía desconocido para mí.

Me dirigí, sin prisas, hacia la cocina y de ahí, pasé a un largo pasillo hasta que al final encontré tres puertas. Las dos habitaciones y el baño en medio.

Entré primero en la de Noe; le había dejado escoger a ella por haberse hecho cargo de todo y la muy tonta había preferido la más pequeña. No había mucha diferencia, pero Noe era así, con poco tenía bastante. La suya era interior y de paredes blancas y mi amiga ya se había encargado de decorarla a su gusto con colores rosas y morados.

Preferí no cotillear mucho más y pasé al baño de medidas nada despreciables e inmaculadamente blanco, ¡cómo no!

Y por fin entré en la que sería mi habitación. No pude más que sonreír porque sentí que aquel sí era mi lugar.

No hace falta describir la típica habitación de cama ancha, armario rústico, mesa amplia de estudio y ventana con cortinas semitransparentes que daba a la misma calle que la del salón. Una habitación más que yo iba a hacer mía.

Oí abrirse la puerta y a Noe que me llamaba. Salí casi corriendo para verla.

—¡¡¡Noe!!!

—¡¡¡Andreeeew!!!

Nos abrazamos riendo, como si solo con vernos ya tuviéramos bastante para ser felices.

—¡Dios! Qué guapa estás, ¿no? En las fotos te veía bien, pero es que estás cañón, cañón.

Tocó mi melena con sus manos y sonreí al ver que le gustaba.

—Me quedan chulas, ¿verdad?

—Me encantan y esas puntas casi doradas, ¡qué chic!

—Es la moda balayage que se lleva allí y que en nada tendremos por aquí. O eso me dijo la peluquera de John.

—Jolines, jolines, me lo tienes que contar todo, todo.

Se notaba que estábamos las dos excitadas por mi regreso porque pasábamos de un tema a otro, interrumpiéndonos al hablar y soltando esas risillas tontas que provocan los nervios.

Más tarde, y ya más calmadas, acabamos de colocar los ingredientes en la masa de pizza que Noe había preparado por la mañana. Nos encantaba cocinar a las dos, aunque yo no había tenido demasiadas oportunidades de hacerlo en casa de mis padres. Ella sí, sus padres eran todo lo contrario a los míos: siempre estaban pendientes de Noe y de su felicidad. De ahí que yo me arrimara a ellos más de lo normal y que ellos aceptaran con mucho gusto tener casi una segunda hija. Siempre que podía me quedaba en casa de Noe, a comer, a cenar, a dormir, a lo que hiciera falta.

Noe es hija única, debido a una extirpación del útero que sufrió su madre al cabo de un par de años de nacer ella. Siempre se había quejado de no tener hermanos y yo siempre le soltaba lo mismo: «Te regalo los míos». Un comentario que siempre le hacía reír muchísimo.

—Mañana hemos quedado con el grupo en el bar de Manu.

—Genial. A ver si podemos celebrar que tengo curro, ¿te imaginas?

—Sería la hostia en verso, ¿no? Piso nuevo, curro nuevo, solo te falta un soplapollas nuevo.

—No, gracias —dije riendo mientras abría la puerta del horno para sacar la pizza.

—¿No me preguntas por él?

Su tono era extracauto y la miré frunciendo el entrecejo.

—Eh, ¿cómo dice eso John? Me ssssuda el coño, toma ya.

Noe abrió los ojos, sorprendida por mi expresión, y rompimos las dos a reír.

Cenamos charlando de otros temas más interesantes como su máster de gestión de empresas industriales, que yo ya había terminado, o su eventual trabajo en uno de los pubs más concurridos en esos momentos en el barrio de La Latina.

Noe no tenía trabajo fijo, pero tampoco lo buscaba porque primero quería terminar los estudios y, además, con lo que se sacaba en Laeskina (el nombrecito de marras había dado de sí con nuestros amigos) ya tenía suficiente para sus gastos, por lo menos hasta ahora claro. Sus padres nos habían ofrecido un pequeño préstamo para poder pagar la fianza de tres meses del piso de alquiler. Habían insistido en ayudarnos, y Noe y yo prometimos devolvérselo en cuanto pudiéramos. Eso supondría tener que hacer algunos sacrificios, que estábamos dispuestas a asumir, con tal de seguir adelante con nuestra independencia.

El esfuerzo iba a ser de órdago, sobre todo por mi parte, porque estaba acostumbrada a tirar de tarjeta. Era otra de mis maneras de hacer cabrear a mi madre. Gastaba sin importarme demasiado el uso que le iba a dar a todo aquello que entraba en mi armario y mis cajones. Incluso le daba a Noe muchas piezas que no me pondría en la vida porque me faltarían vidas para llevar todo eso algún día. Pero aquello lo corté de raíz el día que le dije a mi madre que no quería nada de ella, ¡nada!

Sonó el móvil y apareció su foto en mi iPhone. Noe lo cogió por mí.

—¿Sí? ¿Aquí la cuentazurullos?

Me reí por lo bajo por su manera de provocarla. Noe estaba conmigo, evidentemente, y soportaba a mi madre casi tan poco como yo.

—¿Cómo dice?... ¡Ah! Es usted, señora Miralles... Sí, sí, ahora la llamo... ¡¡¡Andreeew!!!

Apreté los labios para aguantarme la risa ante el grito que acababa de pegar mi mejor amiga en el oído de mi madre. Me imaginaba su cara y eso era para mí casi tan placentero como una tableta entera de chocolate.

Me dio el móvil, con un gesto pícaro, sabedora de que me había sacado una sonrisa.

—Hola —dije en un tono hastiado.

La conversación fue corta porque le comenté que se me iba a enfriar el pescado fresco a la plancha que estábamos comiendo. Mi madre era una puta maniática de la comida sana. Ahora mismo en casa eran todos veganos y yo me había hartado de comer tofu. Joder, tenía veinticinco años, edad suficiente para decidir si quería ser vegana o no. Y de momento, no tenía intención de serlo. Me gustaba comer de todo, disfrutaba con la comida variada y además me pirraba probar platos nuevos y diferentes.

Aquella noche nos fuimos pronto a la cama. Yo estaba muy cansada y Noe llevaba sueño retrasado porque el jueves le había tocado trabajar en el pub. No iba siempre ni estaba en plantilla, solo trabajaba cuando el jefe la requería para hacer sustituciones o porque había alguna fiesta universitaria.

Cuando me acosté en aquella cama, con esas sábanas blancas y suaves, no me sentí extraña. Todo lo contrario, sentí como si siempre hubiera dormido en ella.

Por la mañana el olor intenso del café me despertó y por unos segundos creí estar en Bristol, con John.

Le llamé nada más llegar, obviamente, y sentí tanta nostalgia al oírlo que se me encogió un poquito el corazón. Estaba acostumbrada a sus gestos, a su sonrisa, a su voz en vivo y en directo, y me costó no tenerlo delante de mí.

Encendí el móvil y la pantalla se llenó de mensajes. ¡Vaya! Qué éxito. Eran mis amigos, por supuesto. Cada uno saludándome a su manera. Más tarde ya respondería, lo primero era el café. Me dirigí hacia la cocina, con esa ilusión que una siente ante todo lo que es nuevo.

Noe no estaba, pero vi que me había dejado una nota en la nevera: He salido a correr, tengo que quemar la pizza. Tienes café recién hecho.

No le hacía falta quemar nada, pero supuse que quería mantener esos abdominales que marcaba en su cuerpo. Me dio por mirar el mío y acaricié mi vientre, un poco redondito, muy poco, pero muy lejos de la tableta de mi amiga. Bueno, tampoco es que hiciera nada por mantenerlo en forma. Comía como una loba y el único deporte que hacía era ir a correr algunas mañanas. No me gustaba ser esclava de mi cuerpo y, además, tampoco lo iba luciendo por ahí, con lo cual no tenía ninguna necesidad de estar perfecta.

Tomé el café pensando en cómo organizar la mañana. Era muy dada a eso; a hacer las cosas en orden y a numerarlo todo.

1. Responder los mensajes de mis amigos.

2. Elegir la ropa adecuada para la entrevista.

3. Depilarme.

4. Tomar una buena ducha.

5. Desayunar de nuevo.

6. Leer un ratito para relajarme.

7. Ir a la entrevista con actitud positiva.

Hecho. Empezaría por el número uno, lo que me llevó media hora larga, entre unos y otros. Justo al acabar, llegó Noe, sudada y roja como un tomate.

—Buenos días, petarda. He ido al Retiro y no veas la de gente que hay corriendo, andando, en bici... Madre mía, una cosa exagerada.

—Sí, algo comentaron Pedro y Santi un día.

Ellos dos se tomaban el tema del running más en serio y participaban en carreras, maratones y demás. Noe y yo solo corríamos para hacer algo de deporte, sin muchas más pretensiones.

—Por cierto —añadí—, esta noche a las nueve en el bar de Manu. Carmen me ha dicho que te lo recuerde.

—Coñe, ni que tuviera alzhéimer.

—Ya sabes cómo es Carmen.

—Sí, se cree que somos su flota.

Carmen es controladora aérea en Barajas y le gusta tenerlo todo bajo control, es su gran virtud y su gran defecto, todo a la vez. Podríamos decir que es como la organizadora de eventos de nuestro grupo de amigos y a veces bromeamos con ella sobre esto.

Aquel día, pasé la mañana deambulando por el piso y al final, a pesar de tenerlo todo bien organizado, tuve que correr para no perder el metro. Las oficinas del banco estaban cerca de la estación de Atocha y calculé que habría una media hora andando, así que la mejor opción era desplazarse bajo tierra.

Ya en el metro, un par de hombres, de unos treinta años, me miraron con cierta insistencia y me hicieron sentir incómoda. Iba vestida con una falda que me llegaba justo por la rodilla, o sea, nada de enseñar muslo. Eso no iba conmigo. Y me había puesto una de mis mejores camisas, una de Armani, con unas mariposas negras muy pequeñas sobre un fondo blanco. Sobria, pero formal.

Me volví, les di la espalda y de ese modo dejé de sentir sus miradas. No me gustaba coquetear con los hombres o, mejor dicho, no tenía ni idea de ese arte. Porque lo llaman así en algunas revistas: el arte del flirteo. A mí, todo eso me sonaba a chino mandarino.

Mi primer novio lo tuve a los dieciséis años. Íbamos juntos en la pandilla de amigos y salíamos con todos ellos; es decir, solos, lo que se dice solos, no salimos nunca. No pasamos de cogernos la mano y algún que otro beso robado, pero yo lo frenaba siempre que quería ir a más, con lo cual el muchacho acabó por cansarse de mí.

La segunda relación la tuve a los dieciocho años. Ángel empezó a ir tras de mí como un perro faldero en cuanto le confesé que era virgen. Se ve que aquello fue como un reto para él y, hasta que no logró llevarme a la cama, no dejó de insistir en ser el amor de mi vida. Pero me salió rana porque, una vez logrado su propósito, se dio cuenta de que follar con una virgen no era tan estimulante como había pensado. Esas fueron sus duras palabras cuando me dejó al cabo de unos meses.

Y la tercera pareja fue Marco.

—Atocha...

Esa era la mía. Bajé entre aquel tumulto de gente y miré el reloj. Me sobraba tiempo, no había necesidad de correr. En cuanto vi la oficina, con el rótulo tan grande, me puse nerviosa.

Respira, Andrea, todo irá bien...

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Todo irá bien

Una chica alta y rubia platino, que se presentó como Sara, me hizo pasar a un despacho de cristal ahumado, cuyo rótulo indicaba que era el del subdirector: ÁLEX FERNÁNDEZ - SUBDIRECTOR.

—¿Señor Fernández? Está aquí la señorita Miralles.

—Que pase, por favor.

—Gracias —le dije a la chica aquella.

Di un paso al frente y entré en el pequeño habitáculo. Un hombre vestido con traje y corbata estaba escribiendo en unos papeles. Levantó la vista y me miró sonriendo.

Ojos oscuros, pestañas densas, nariz bien definida y boca de labios finos, pero en conjunto era... guapo.

—Siéntese. —Me invitó con la mano señalando una de las dos sillas.

—Gracias. —Intenté parecer serena, aunque me temblaban hasta las caries.

—¿Andrea Miralles?

—Sí.

—Bien, Andrea, yo soy Álex, el subdirector. He visto tu currículum y estoy impresionado con tu formación. ADE, un máster y varios cursos de especialización. Es una buena base para empezar. Y solo hace poco más de un año que terminaste la carrera.

—Muchas gracias, me apasionan los números, la microeconomía, las operaciones financieras y todo lo relacionado con la estadística y la contabilidad.

Álex me miró como si me estudiara y pensé que me había pasado hablando más de la cuenta. Podía haber añadido que durante el último año había concentrado toda mi frustración en los estudios. Parecía que, cuando estaba delante de los libros, me liberaba y me olvidaba de que Marco se iba alejando de mí a pasos agigantados.

—Ya veo. ¿Qué edad tienes?

Lo ponía en el currículum, pero quizá no lo había visto.

—Tengo veinticinco años.

—¿Joven y responsable?

—Sin ninguna duda —le dije muy segura de mí por primera vez.

Si de algo podía presumir era de ser responsable: no me gustaba jugármela, no me gustaban las aventuras, no practicaba deportes de riesgo, no me gustaba volar, no subía en ascensores desconocidos, etc.

Álex sonrió ante mi respuesta rápida y rotunda.

—Muy bien, Andrea, el puesto que queremos cubrir es el de servicio al cliente. —O sea, cajera de toda la vida—. Tenemos una baja y necesitamos a alguien lo antes posible. ¿Cuál es tu disponibilidad?

—¿Mi disponibilidad? Inmediata, por supuesto.

—Perfecto. —Vi que apuntaba algo en mi currículum y justo entonces sonó el teléfono—. Perdona... ¿Víctor?... Sí, sí... Estoy en ello... No me fastidies... Sí, sí... De acuerdo, hasta luego.

Procuré no parecer demasiado interesada en aquella conversación, por educación, hasta que Álex colgó y volvió a mirarme. Se dirigió a mí, repasando un poco por encima el currículum y terminó haciendo alguna pregunta más acerca de mis intereses y aptitudes.

Salí de allí contenta, sí. Era mi primera entrevista de trabajo y no había ido nada mal. Había sabido templar mis nervios y Álex había sido muy agradable. Me dio un subidón de adrenalina y decidí llamar al teléfono que tenía grabado en mi móvil hacía más de dos años: MilánEstudioTattoo.

—Pues mira, estás de suerte porque acaban de anular una cita para mañana a las doce del mediodía.

Glups, ¿mañana?

—Eh...

—¿Perdona?

Perdí cobertura en ese trozo de calle y estuve a punto de colgar como una vulgar cobarde, pero me obligué a echarle ovarios por una vez.

—Mañana estoy ahí. A las doce. Soy Andrea Miralles.

Parecía que me estaba comunicando a través de un telegrama, joder, qué idiota era a veces.

Escuché una risilla divertida y contagiosa al otro lado del teléfono y acabé sonriendo.

—Pues hasta mañana, Andrea.

¡Sí! Estuve a punto de dar un saltito en medio de la calle, pero me contuve. ¿Por qué esa alegría? Pues porque empezaba a ir hacia delante, empezaba a vivir la vida sin hilos que tiraran de mí y, sobre todo, empezaba a sacar de mi interior todos aquellos deseos que había abandonado para satisfacer los de otros, en especial los de Marco. Él no quería que me tatuara, ¿qué era aquello de pintarse la piel como una barriobajera? Y no, no le culpo a él. La única culpable fui yo por dejar que él decidiera por mí.

Le mandé un mensaje a Noe mientras andaba hacia el metro.

¡¡¡Lokaaaaaaaaadelchichi!!! Mañana a las 12 me hago el tatuaje.

¡¡¡Andreeeeeew!!!, ¿qué me estás contando?

¡¡¡Alguien anuló su cita!!!

¿Has pisado una mierda?

Me reí por su comentario, pero sí, lo parecía. Aunque yo tenía mi propia teoría: cuando me pasaban dos o tres (como mucho) cosas buenas, ¡zasca!, entonces venían las malas, y solían ser peores. Así que:

1. El piso estaba genial y me sentía muy a gusto el poco tiempo que llevaba en él.

2. Había superado con buena nota mi primera entrevista de trabajo, o eso me había parecido a mí.

3. Nada más llamar, había conseguido hora para hacerme el tatuaje, cuando sabía que en ese estudio podían hacerte esperar dos o tres meses, dependiendo de la época del año.

Uf, ahora vendría lo malo, ¿no?

Justo al llegar al portal del edificio, sonó mi móvil. Número desconocido. Respondí precavida y al oír mi nombre, me pareció reconocer esa voz.

—¿Andrea?

—Sí...

—Hola, Andrea, soy Álex Fernández...

Y ahí venía el pastelote de mierda. Seguro.

—Sí, hola, Álex...

—¿Cómo lo tienes para empezar el lunes?

Pumpumpumpum. Eso era mi corazón que se había acelerado por momentos.

—Eh, bien, sí, claro.

—Perfecto, Andrea, el lunes a las ocho de la mañana. Trae la documentación que te he comentado y, sobre todo, sé puntual. Nuestro director es exigente en ese tema.

—Sí, por supuesto, no habrá problema. Cuenta con ello.

—Pues entonces hasta el lunes y buen fin de semana.

—Igualmente y muchas gracias.

¡¡¡Venga ya!!! ¡¡¡Yujuuuuuu!!!

Estábamos todos los del grupo en el bar de Manu. Uno de esos bares de toda la vida regentado por Manuel, un hombre mayor que se apañaba muy bien entre tanto joven. Los asiduos éramos grupos de gente de nuestra edad que cenábamos allí de tapas, nos hinchábamos de cerveza o tomábamos la primera copa antes de salir de marcha. El lugar siempre estaba limpio y el servicio era impecable.

—¡Una ronda de cañas bien fresquitas para celebrar que mi chica ha encontrado trabajo! —soltó Aritz con toda su jeta.

Yo era «su chica» en su cabeza, claro. Desde el primer día que pisamos el bar, Aritz se empecinó en llamarme así y, aunque al principio le había soltado algún moco, ahora ya me había acostumbrado. Las únicas veces que no me había llamado de ese modo había sido cuando aparecía con Marco. Y en el fondo se lo había agradecido porque hubiera sido un rollo tener que explicarle por qué el camarero guapo de ojos verdes se dirigía a mí de ese modo. Marco era celoso, muy celoso. Celoso conmigo, celoso con mis amigos y celoso de mis cosas, tanto que en muchos momentos me había sentido asfixiada estando con él. Pero el mantra de «en el amor no todo es poesía» apartaba a un lado todos esos pensamientos negativos hacia mi ex.

—Sírvete una —le pedí a Aritz y me miró sonriendo.

—En cuanto termine de servir a todo este rebaño de almas sedientas, me tomo una a tu salud. —Me guiñó un ojo y fue dejando las cañas encima de la mesa.

Había conversaciones cruzadas entre nosotros. Noe hablaba con Sheila y Marta; Carmen con Santi, Marta y Hugo; y Pedro estaba pendiente del camarero.

Nuestro grupito se había ido formando con el tiempo y nos llevábamos muy bien. No solía haber malos rollos y nos gustaba quedar a menudo. Yo, con mi manía de etiquetarlo todo, había adjudicado un rol a cada uno.

Noe, mi mejor amiga y mi confidente número uno, es la alegría de la huerta en el grupo. Siempre está bromeando, diciendo disparates de los suyos y provocando risas. Aunque también es cierto que cuando se pone seria la escuchamos todos como si fuera el Papa de Roma.

Carmen, ya lo sabéis, es la planificadora. Y podríamos decir que Sheila es su ayudante. Entre las dos proponen y organizan salidas, cenas y lo que convenga.

Después está el cotilla del grupo, ese es Pedro. Se entera de todo lo que ocurre: es el primero en saber los grandes noticiones, se entera antes que tú de que tu hermana se ha liado con un profesor, e incluso una vez supo antes que Sheila que su chico la iba a dejar. Algo fuera de serie, ciertamente. Yo le digo siempre que tiene una antena parabólica pegada al cogote.

Seguimos con Hugo, que es el primo de Pedro y también el tío bueno del grupo. Bueno, es algo evidente porque es muy guapo, se cuida, se peina más que yo y creo que se maquilla, aunque de una manera muy discreta. Una vez me pilló mirándolo tan de cerca para confirmar mis sospechas que pensó que quería besarlo. Todavía me entra la risa al recordarlo.

Pero para risa la de Santi. Tiene una de esas risas contagiosas que hace que nos destornillemos con lágrimas incluidas. Carmen y él forman una pareja genial porque son la noche y el día. Santi es despreocupado y tranquilo. Su lema es «lo que tenga que ser, será». Todo lo contrario a ella.

Y solo me queda hablar de Marta, que sale con Hugo, el tío bueno. Llevan juntos cuatro años y son la pareja perfecta. Guapos, con trabajo y con piso propio, herencia de una tía de Marta. La única pega, en mi opinión, es que son una pareja abierta. Es decir, que él se acuesta con otras, y ella, más de lo mismo. Y nos los explican, por supuesto, con todo lujo de detalles. En más de una ocasión me he puesto roja al oírlos, pero es que no se cortan un pelo, por Dios. Así que, mentalmente, la llamo la libertina.

¿Y yo?

Sin duda, yo soy la prudente de ese grupo. Frases como «Cuidado con la moto, Pedro, que te vas a matar», «Sheila, no bebas más que después acabas follándote a las farolas» o «Noe, no vuelvas sola a casa» me caracterizan. Reconozco que a veces me paso, pero en alguna ocasión he salvado el culo a alguno de mis amigos por pesada. Como aquella vez que le solté una hostia a Pedro y le dejé la cara del revés porque iba bastante bebido e insistía en conducir. Se quedó atontado y aproveché para quitarle las llaves y ponerme yo al volante. A los cinco minutos nos paró la policía y me hicieron soplar y, claro, el alcoholímetro marcaba cero patatero porque yo no suelo beber.

Pedro me lo agradeció, pero a mis amigos no les gusta que yo conduzca porque corro mucho. Creo que es en lo único que se me va la pinza, o eso dicen ellos, y es que yo me siento muy a gusto ante el volante. Aprieto el acelerador, es verdad, mi Mini me lo permite, pero controlo mucho. No he tenido jamás ni un accidente ni una multa, por ahora. Yo creo que no entienden que conduzca como Alain Prost y que sea tan prudente con otro tipo de cosas como subir en ese ascensor terrorífico de nuestro edificio.

—En serio, es como entrar en otra época. Tenéis que venir. Andrea no ha querido estrenar el ascensor. —Noe me sonrió.

—¿Tú has oído el ruido que hace ese trasto? Eso se cae cualquier día, te lo digo yo.

—Pues os toca hacer fiestecita, así que ya tardáis —comentó Marta.

—A ver, que miro la agenda. —Carmen buscó algo en el móvil y la miramos todos, con una sonrisa condescendiente—. El próximo sábado por la noche no tenemos nada...

Todos confirmaron que lo tenían libre, excepto Hugo, que había quedado para jugar al pádel. Era un torneo o algo así y no podía fallar.

—Pues te pasas después, ¿a qué hora termina esa cosa? —preguntó Carmen.

—A las doce, más o menos.

—Pues te vienes, claro —le dijo Noe.

—Es que estos son colegas nuevos y habíamos quedado para tomar una cerveza allí mismo...

—Pues que se vengan —concluyó Noe.

La miré frunciendo el ceño. Ella era así: que venga quien quiera, da igual si es un puto sádico que nos pueda rebanar a

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