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Fragmento

cap-1

capítulo 1

EN UN BAR, UN TRUÑO Y UN IPHONE

Estoy en la calle, en mi barrio, como siempre, y Paul me está dando el coñazo con un vídeo que intentamos grabar para el Insta.

—Que no, Hamza, colega, que te saltas el eje.

—Pero, a ver, qué eje ni qué ojete, ¡que luego lo edito con el móvil y queda de puta madre!

—¡Pero que no me seas cutre!

Al final, acepto hacer otra toma, pero es que se pone tan técnico que esto parece Hollywood. ¡Es un puto vídeo para Instagram, no va a ir a los Óscar!

Intentamos grabar una escena de Fatema corriendo por la calle con la chancla, así que ya me puedes imaginar haciendo el gilipollas con la bata y la camiseta en la cabeza en pleno Carabanchel. Lo que hago por vosotros no tiene nombre, eh. Pero bueno, aquí estamos.

Y de golpe… De golpe, joder, noto que se me desintegra la vida, colega. Joder. Joderjoderjoderjoder.

Qué ganas de cagar.

Paro en seco y me doblo sobre mí mismo. Paul me pregunta qué me pasa, claro.

—¡¡Un bar!! ¡¡Un bar!!

Me entiende a la primera el tío; me levanta del suelo y salimos corriendo. Menos mal que el Josema nos conoce de sobra y no me tira un vaso a la cabeza por entrar directo al baño; lo hace siempre que se intenta colar alguien para mear. Es un poco capullo, la verdad, pero es el bar de toda la vida del barrio. ¿Qué mejor sitio para soltar un truñaco? Un váter de confianza, casi como el de tu casa o el del insti.

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—¡Dos colas y unas bravas! —oigo a Paul pedir mientras cierro de un portazo y echo el pestillo.

Me siento en la taza sin pensármelo dos veces, y se me encoje el pito de lo fría que está. Joder. Bueno, mejor así, si no me colgaría y aún rozaría el váter. ¡Qué ascazo!

Total, que me siento y…

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Claro, colega, ahora tengo un iPhone X entre las manos. ¿Y qué mierda hago? Bueno, primero de todo me limpio el culo para que no se me enganchen los gayumbos en la raja. Que yo hago mucho el burro, pero limpio soy una barbaridad, ¿vale? Eso que quede clarito o mi madre me va a perseguir con la chancla hasta que demuestre que he erradicado las bacterias de la humanidad.

Pero bueno, que me voy otra vez del tema. Después de un rollo y medio de papel y de casi atascarle el váter al Josema (hago un poco de trabajo con la escobilla, porque al pobre hombre lo conozco de toda la vida y no le voy a hacer esa guarrada), me meto el iPhone en el bolsillo y salgo. Y claro, claro, me lavo las manos antes, no me seáis plastas, ¿eh?

Total, que me planto en la puerta del baño y Paul me mira desde la barra, con el plato de bravas vacío. El bar está más vacío que cuando he entrado; habrá pasado casi una hora. Me encuentro mejor, ¡qué alivio! PERO ¿QUÉ HAGO?

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Le cuento a Paul lo del iPhone y lo trasteamos→ sigue leyendo.*

Me callo y me lo llevo para casa, y ya veré qué hago → avanza aquí.

*¿Qué pasa? ¿Os creíais que os iba a contar la historia de manera fácil? No, no, aquí venís a pasarlo bien.

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cap-2

Capítulo 2-A

SOBRE EL DESBLOQUEO FACIAL Y UN CANI

—Hermano, ¿seguro que estás bien? Estás muuuy blanco —me dice Paul al llegar a la barra.

Echo un trago de mi Coca-Cola (de lo que queda, porque casi se la ha bebido toda él) y le digo:

—No te vas a creer lo que me ha pasado ahí dentro, chaval.

Pone cara de asco inmediatamente.

—A ver, a ver, colega, no quiero detalles, que me acabo de zampar las bravas porque tú no salías de ahí.

—¡Joder, Mohammed! —oigo gritar a Josema desde el baño; siempre me llama así de cachondeo—. Vaya olorcito has dejado, macho.

—Josema, tío, no tiene que enterarse todo el bar. —Me río. Paul pone mala cara—. Que no, tronco, relaja, que no iba por ahí la cosa. Flipa con lo que me he encontrado…

Me saco el iPhone del bolsillo y se lo enseño.

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—¿Esto es en serio, tío?

—¡Pues claro! ¿Crees que me lo he pintado o qué?

—¡Pero, tío! ¿Ahí, en el cagadero?

—Como lo oyes.

—¿Y qué hacía ahí dentro?

—Se le habrá caído a un despistao del barrio de Salamanca.

—Ya, tú flipas, ¿qué hace un pijo así en Carabanchel, macho?

—Quizá se cagaba como yo y no tenía váter en la limusina.

—Tronco, si una limusina entra en el barrio, sale convertida en un 600.

—¿Qué coño es un 600?

—No sé, mis padres lo dicen para referirse a un coche de mierda.

—Vale. Pero, a ver. Que nos vamos. ¿Qué hacemos con esto? Hay que pensar.

—De momento guárdalo, que eso vale más que los dos sueldos de mis padres juntos. —Joder, tiene razón. Me lo guardo corriendo y miro a mi alrededor. Dos viejos en las tragaperras, tres marujas tomándose un carajillo y un cani fumando en la puerta; de espaldas. Menos mal que no nos ha visto.

—Vale. A ver. Mente fría.

—¿¡Y si lo vendes por Wallapop!?

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Le hago caso → me detiene la policía y la historia se termina cuando no ha hecho más que empezar. ¿En serio sois tan tontos como Paul, colegas?

Sí, hombre, al igual lo vendo → sigue leyendo.

—Nah, tío. Es un iPhone. El cacharro es como superseguro y no deja desbloquearlo tras robo o pérdida. Fijo que el pijo ya lo ha bloqueado. Nadie lo compraría y a lo mejor nos denunciarían.

Nos quedamos un rato callados. Pensando qué hacer. Quizá habría que llevarlo a la poli, pero ni lo digo en voz alta. Sería la solución más aburrida…

—¿Y si lo desbloqueo? —pienso en voz alta. Paul me oye y me anima a hacerlo—. Pero si me paso probándolo, se bloqueará y se activará la alarma de robo…

—Pero, colega, tienes que probarlo al menos.

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—Fua-fua-fua.

—¿Qué-qué-qué?

—¡¡No me creo mi vida, hermano!!

—¿¿Lo has desbloqueado, tronco??

—¡Tengo un iPhone X, brotherrr!

—¡¡Jura!! ¡¡Vaya vídeos vas a grabar con esto, loco!!

Y casi nos ponemos a bailar, ahí, como si estuviésemos en medio de una rave. Pero intento mantener la calma y me froto las manos. Me guardo el móvil, con miedo de que al haberlo desbloqueado no lo pueda volver a abrir, que haya sido una casualidad o algo. Vaya paranoia.

Le pagamos a Josema y nos manda a tomar por culo como despedida. Qué majo es.

Mientras salimos, intentamos aguantarnos la risa que te sale cuando estás muy emocionado, cuando sabes que se avecina algo épico con tus colegas. Madre mía, vaya locurote.

—Eh, primosh.

Un pequeño spoiler: ni Paul ni yo tenemos primos en el barrio. De hecho, los míos viven en Marruecos. Así que ya nos ponemos en guardia; se nos acaba la risa.

—¡Eh, primosh! —vuelve a insistir. Así que nos volvemos. Es el cani que había visto antes fumando en la puerta del bar. Seguramente es un vacile, o quiere fuego, o un cigarro.

Seguramente.

—¿Qué pasa, hermano? —le saludo, de chill y chocamos las manos.

—¿Tenéis fuegoh, primosh?

Paul se saca el mechero y se lo da. Con tranquilidad, el Primo #1 se saca un piti y se lo enciende. Le devuelve el mechero a Paul. Enseguida se lo guarda y nos disponemos a marcharnos, pero entonces…

—¡Primoh! —Y nos volvemos los dos, claro—. No, no, solo el morenito. —Ya me dan ganas de cruzarle la cara o de llamarle «blanquito desnatado»—. ¿Me dejash tu móvil un momento, primoh?

Me quedo helado, pero intento parecer tranqui. Se está refiriendo al iPhone, eso seguro. Este pavo no quiere el troncomóvil de mi abuela, que ni siquiera tiene internet.

—Tengo que llamar a mi piba.

Paul me mira al mismo tiempo que echa un paso atrás, preparado para salir corriendo. No es listo ni nada.

—Lo siento, hermano, no llevo el móvil encima.

—Vale, vale, pero… ¿Y ese iPhone tan chulo que tenías en el bar?

Y de golpe, te juro que noto ese móvil como si me pesara mil kilos.

—¿Te lo tengo que pedir de otra manera?

Le miro la cara y siento un retortijón. Qué ganas de cagar me están dando otra vez.

flecha.jpg Intento librarme sin salir corriendo → sigue leyendo.

Paul le mete una leche → salta aquí.

Me cago encima → no, eso no pasa.

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cap-3

Capítulo 3-A

DE LA APLICACIÓN MISTERIOSA

—Que me dejesh el móvil, primoh.

Su voz ya se ha vuelto completamente intimidante, y mira que el tío es un flacucho de cuidao. Pero claro, que si la gorrita, la camiseta tres tallas más grande, la cara de fumao loco… ¿¿Lo que lleva en el bolsillo es una navaja?? Porque se supone que móvil no lleva, ¿no?

Paul no deja de darme pequeños codazos para salir corriendo. Pero eso empeoraría las cosas. Necesitamos una distracción.

—El móvil no era mío, es del del bar —le digo, señalando la puerta.

Y por suerte ¡se vuelve!

Le hago un gesto a Paul, pero él ya ha salido corriendo. ¡Será capullo! Le sigo, pero el Primo #1 se da cuenta, claro, porque vaya mierda de maniobra de distracción, si parece que tengamos tres años.

Así que corremos, no nos queda otra, porque bastante tengo con los chancletazos de mi madre como para recibir una paliza. Después de dar algún que otro rodeo a ver si el tío se cansa, saco el móvil para llamar a alguien, a la policía o qué sé yo, o a algún colega para que nos ayude.

Pero con los nervios lo que me saco es el iPhone, no mi móvil, y no me doy cuenta hasta que mi careto lo desbloquea. Ya fijo que algo raro pasa con este móvil, porque no es normal que ni corriendo con la lengua fuera sea capaz de desbloquearlo.

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Está tarado.

—¡Tío, tío, q

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