El viaje de la esperanza
El viaje de la esperanza… palabras residuales, entre las muchas que se sedimentan en el fondo de un día. Las he leído en la farmacia, en un tarro de cristal junto a la caja, tenía la ranura para meter las monedas y la fotografía de un niño pegada con cinta adhesiva, uno de aquellos que hay que llevar lejos para que puedan operarle, un viaje de la esperanza, eso es. Doy vueltas sobre la almohada, entre resoplidos. Observo el cuerpo de Giuliano, inmóvil, pesado. Duerme como siempre, boca arriba, con el pecho desnudo. De vez en cuando lanza un pequeño gruñido, como una bestia calma que espantara mosquitos.
Esperanza, pienso en esta palabra que cobra forma en la oscuridad. Tiene la cara de una mujer un poco abatida, de aquellas que arrastran su derrota y sin embargo logran salir adelante con dignidad. Mi cara, quizá, la de una muchacha envejecida, detenida en el tiempo, por fidelidad, por temor.
Salgo al balcón, veo lo de siempre. El edificio que hay frente al nuestro, las persianas entornadas. El bar con el letrero apagado. Es el silencio de la ciudad, polvo de ruidos lejanos. Roma duerme. Duerme su fiesta, su pantano. Duerme la periferia. Duerme el Papa, sus zapatos rojos están vacíos.
El teléfono suena por la mañana, muy temprano. Los timbrazos me sobresaltan, tropiezo en el pasillo, tal vez grito para parecer despierta.
—¿Diga?
Se oye ruido en el auricular, como un viento que corre entre las ramas.
—¿Puedo hablar con Gemma?
La voz habla bien italiano, pero articula demasiado las palabras.
—Soy yo.
—¿Gemma? ¿Eres tú, Gemma?
—Sí…
—Gemma…
Repite mi nombre y se pone a reír. Reconozco esta carcajada ronca, desgarrada… Me asalta de inmediato.
—Gojko…
Hace una pausa.
—Sí, tu Gojko.
Es una explosión rotunda. Un largo vacío que se llena de detritos.
—Mi Gojko… —balbuceo.
—El mismo.
Su olor, su cara, nuestros años.
—Hace meses que intento ponerme en contacto contigo a través de la embajada…
Pensé en él unos días antes, mientras iba por la calle, sin que viniera a cuento, por un muchacho que vi y que tal vez se le parecía.
Hablamos un poco: ¿Qué tal todo? ¿Qué haces? He vivido unos años en París y ahora estoy de nuevo en casa…
—Están organizando una exposición para recordar el asedio… Van a incluir las fotografías de Diego.
El frío del suelo trepa por mis piernas y se detiene al llegar al estómago.
—Es una oportunidad.
Sigue riendo, como reía él, sin una alegría verdadera, más bien para mitigar esa tristeza leve pero que nunca se esfuma.
—Ven.
—Lo pensaré, sí…
—No tienes que pensar nada, tienes que venir.
—¿Por qué?
—Porque la vida pasa y nosotros con ella. ¿Lo recuerdas?
Claro que lo recuerdo.
—Y se ríe de nosotros, como una puta vieja y desdentada que espera al último cliente…
Los versos de Gojko… La vida como una larga balada. Ahora recuerdo su modo de tocarse la nariz, de aplastarla como cera blanda mientras recita esos versos que escribe en las cajas de cerillas, en las manos. Estoy en bragas, tengo los pies desnudos. Gojko está vivo, siempre ha estado vivo. De repente me pregunto cómo he podido renunciar a él durante todo este tiempo. ¿Por qué hay que renunciar en esta vida a las mejores personas en favor de otras que no nos interesan, que no nos hacen ningún bien, que simplemente se cruzan en nuestro camino, nos corrompen con sus mentiras y nos convierten en gallinas?
—De acuerdo, iré.
El fango inmóvil de la vida es ahora polvo y vuela hacia mí.
Gojko se regocija, grita de alegría.
Había polvo cuando me fui de Sarajevo, se alzaba removido por el viento gélido, se arremolinaba en las calles, borraba todo cuanto quedaba a sus espaldas. Cubría los minaretes, los edificios, los muertos del mercado, sepultados por las verduras, por los trastos, por pedazos de madera de los bancos arrancados de cuajo.
Le pregunto a Gojko por qué no me ha buscado hasta ahora, por qué no me ha añorado hasta ahora.
—Hace años que te añoro.
Su voz desaparece tras un suspiro. Se oye de nuevo el ruido del viento… de kilómetros de distancia.
De pronto tengo miedo de que se corte la línea y vuelva aquel silencio que ha durado varios años y que ahora me parece insoportable.
Le pido rápido su número de teléfono. Es un móvil; lo apunto en un pedazo de papel con un bolígrafo que no escribe. Tendría que encontrar otro pero me da miedo separarme del teléfono. El ruido es cada vez más fuerte. Veo un hilo telefónico que se rompe y cae entre chispas… Cuántos cables colgantes he visto en esa ciudad aislada. Arponeo el pasado, marcando fuerte la hoja, con el temor de perderlo una vez más.
—Te llamaré para decirte cuándo llega el vuelo.
Me voy a la habitación de Pietro, hurgo entre sus bolígrafos y repaso el número blanco. Pietro duerme, los pies le asoman bajo las sábanas. Pienso lo que siempre pienso cuando lo miro y está acostado, que la cama se le ha quedado pequeña y hay que cambiarla. Recojo la guitarra, tirada en el suelo junto a las zapatillas. Se enfadará, tendré que luchar para convencerlo de que me acompañe.
Me ducho y voy a la cocina, donde Giuliano ya ha preparado el café.
—¿Quién ha llamado?
No respondo de inmediato, tengo los ojos lacados, inmóviles. Bajo la ducha me ha parecido que tenía la piel dura como tiempo atrás, cuando me lavaba a toda prisa y salía de casa con el pelo mojado.
Le digo que era Gojko y que me gustaría irme.
—¿Así, tan de repente?
Sin embargo, no parece sorprendido.
—¿Se lo has dicho a Pietro?
—Está durmiendo.
—Quizá sea mejor que lo despiertes.
Tiene barba de un día, el pelo alborotado le ensucia la frente, se le nota más la calva en la coronilla. Durante el día siempre está impecable; es un animal de ciudad, de cuarteles, de archivos. Este desorden solo es para mí, y sigo creyendo que es nuestro mejor aspecto, el más fragante y secreto… el de los primeros tiempos, cuando hacíamos el amor y luego nos quedábamos sentados mirándonos, desnudos y despeinados. Somos marido y mujer, se me presentó en un aeropuerto militar hace dieciséis años. Sin embargo, cuando le digo que me salvó la vida vuelve la cabeza, se sonroja, dice que no es verdad, dice «fuisteis vosotros, Pietro y tú, quienes me salvasteis a mí».
Es un glotón. Se aprovecha de la situación, de mis ojos asombrados, y se come otro bizcocho.
—Luego no te quejes de que tienes barriga…
—Eres tú quien se queja, yo me acepto como soy.
Es verdad, se acepta como es, y por eso es tan hospitalario. Se levanta y me roza un hombro.
—Haces bien en ir.
Ha visto en mi mirada un atisbo de duda… De repente tengo miedo. Me he precipitado, he retrocedido demasiado rápido al pasado, al ardor de la juventud, que ahora solo me parece nostalgia. Tengo frío en el cuello, debo volver al baño para secarme el pelo con el secador. Vuelvo a ser yo, una muchacha derrotada a un paso de la vejez.
—Tengo que organizarme, tengo que ir a la redacción, no… no sé.
—Creo que sí lo sabes.
Dice que me llamará desde la oficina, cuando esté conectado a internet, tal vez logre encontrar billetes de alguna compañía de bajo coste, y sonríe:
—No creo que haya cola para ir a Sarajevo.
Voy a la habitación de Pietro y abro los postigos. Con un gesto brusco se tapa la cabeza con la sábana. Estoy junto a una momia.
Este año ha hecho el cambio, ha dejado los huesos de niño para convertirse en una garza desmañada que aún no controla bien sus movimientos. Ha empezado a mirar fijamente al suelo, como un buscador de oro, a salir de casa sin despedirse, a comer de pie frente a la nevera. En la escuela ha suspendido por pura desidia, se ha comportado con una estupidez abrumadora, no ha hecho el más mínimo esfuerzo; en los últimos meses, en lugar de hincar los codos, se ha encerrado en una arrogancia ridícula. Me vuelvo, enfadada, al oír su vozarrón hosco, que solo me busca para exigir, para reprenderme. ¿Dónde está aquella vocecilla quejumbrosa que me ha acompañado durante años? Podía hablar tan bien con ella, armonizaba a la perfección con la mía.
Ahora me da pena. Cuando duerme, cuando relaja el rostro, imagino que también debe de echar de menos aquel cuerpo gentil, devorado en pocos meses por el ogro de la pubertad, y que aún lo acecha en sueños. Por eso no quiere despertarse.
Me agacho, le quito la sábana de la cabeza, le toco el pelo, que se ha vuelto hirsuto, e intenta apartarme.
Ahora le escuecen los suspensos. Ahora que es verano y sale con la raqueta de tenis y sus zapatillas del 43, y regresa enfadado con sus amigos, mascullando que no quiere volver a verlos porque el año que viene no irán a la misma clase y le parece que han sido ellos quienes le han traicionado.
—Tengo que hablar contigo.
Se incorpora de golpe, con el torso desnudo.
—Tengo hambre.
Así pues, hablamos en la cocina, mientras unta unas galletas con Nutella. Se prepara unos emparededos que engulle de un bocado.
Tiene la boca sucia, ha llenado la mesa de migas, ha abierto mal las galletas porque ha desgarrado el celofán del envase.
No le digo nada; no puedo estar riñéndolo siempre. Asisto en silencio al banquete de mi hijo y luego le hablo del viaje.
Sacude la cabeza.
—Ni hablar, mamá; ve tú sola.
—Sarajevo es una ciudad preciosa…
Sonríe, une las manos, las agita y me mira con su cara simpática, astuta.
—¡Pero qué dices! Eso es patético. Yugoslavia no mola, todo el mundo lo sabe.
Me pongo tensa y me cruzo de brazos.
—Ya no se llama Yugoslavia.
Engulle otro bocado que gotea Nutella. La recoge con el dedo y se lo chupa.
—Da igual.
—No da igual.
Bajo la voz, al borde de la súplica.
—Una semana, Pietro, tú y yo… Nos lo pasaremos bien.
Me mira, y ahora es una mirada auténtica.
—¿Cómo vamos a divertirnos? Venga, mamá…
—Iremos hasta la costa, hay un mar maravilloso.
—Entonces, mejor nos vamos a Cerdeña.
Estoy haciendo un gran esfuerzo para no derrumbarme, y este idiota me habla de Cerdeña. Se levanta y se despereza. Se vuelve, le miro la espalda, la pelusa de la nuca.
—¿De verdad que no te importa saber dónde murió tu padre?
Deja la taza en el fregadero.
—Qué coñazo, mamá…
Le estoy suplicando, entre balbuceos, con un hilo de voz. La misma que tenía él cuando era un niño.
—Pietro… Pietro.
—¿Qué quieres?
Me pongo en pie y vuelco sin querer el cartón de leche.
—¡¿Cómo que qué quiero?! ¡Era tu padre!
Se encoge de hombros y mira al suelo.
—Esta historia es un coñazo.
Esta historia es su historia, nuestra historia, pero no quiere escucharla. De pequeño era más curioso, más valiente, hacía más preguntas. Miraba a aquel muchacho que era su padre… aquella fotografía de Diego pegada a la nevera, sujeta con un imán, descolorida por culpa de los vapores de la cocina. Me abrazaba, no se me quitaba de encima. A medida que ha ido creciendo, ha dejado de hacer preguntas. Su universo se ha restringido a sus necesidades, a su egoísmo. No tiene ganas de complicarse la vida, de romperse la cabeza. Para él su padre es Giuliano, es él quien lo ha acompañado a la escuela, quien lo ha llevado al pediatra. Es él quien le dio un bofetón aquel día en la playa, cuando se tiró al mar en una zona poco profunda.
Me cepillo los dientes, me pongo la chaqueta y regreso a su habitación. Aún está en calzoncillos, toca la guitarra, con los ojos cerrados y la púa que rasga las cuerdas.
El viaje de la esperanza. Pienso de nuevo en aquellas palabras que me cayeron directas en los ojos por casualidad. Pienso en Pietro. La esperanza pertenece a los hijos. Nosotros, los adultos, ya hemos esperado y casi siempre hemos perdido.
—Pon tus cosas en una maleta pequeña, de mano.
No responde, silba.
Estamos en el coche, Roma aún no ha amanecido. Pietro está sentado detrás, lleva sus Ray-Ban y el pelo le brilla por la gomina.
«No puedes hacerle esto a tu madre», le dijo anoche Giuliano mientras cenábamos. Pietro llamó a su amigo Davide para decirle que no iría al curso de vela, que tenía que irse de viaje conmigo. El amigo debió de preguntarle cuándo volvía. Pietro apartó el móvil de la boca y me preguntó «¿Cuándo volvemos?».
Miré a Giuliano. «Pronto», respondí.
«Pronto», le dijo Pietro al amigo.
—Vuelve pronto —me dice Giuliano mientras nos besamos en el aeropuerto. Luego abraza a Pietro, le pone una mano en el cuello y lo atrae hacia sí. Pietro no opone resistencia, baja la cabeza y la apoya en la de Giuliano. Permanecen varios segundos así.
—Pórtate bien.
—Sí, papá.
Dejo la bolsa en la cinta y cruzamos al otro lado. Pasamos junto a la publicidad luminosa de Lancôme, de Prada Eyewear, las ruedas de mi pequeña maleta se deslizan tras mis pasos. Me detengo. Me vuelvo. Giuliano no se ha ido, sigue allí. Mira hacia la esquina por la que hemos desaparecido. Las piernas largas, las manos en los bolsillos como un chófer que espera a un cliente, una figura anónima en el vaivén de la gente. Como si, tras nuestra marcha, hubiera perdido su identidad. Tiene una cara diferente, inerte, los músculos parecen haber cedido. En un instante sopeso la soledad que le entrego. Me ve, de repente se anima de nuevo, agita los brazos, da un salto adelante y sonríe. Me hace gestos para que me apresure, para que me vaya. Me lanza varios besos, frunciendo la boca en el vacío.
Estamos en el avión. La guitarra de Pietro ocupa un compartimento entero, pero la azafata no ha puesto pegas, ya que la clase turista va casi vacía. En cambio, la clase business está llena. Hombres de negocios con corbatas de marca, en lugar de las opacas y sintéticas de antaño. Nuevos ricos del Este, que han engordado con el dolor de su propio pueblo. Leen la prensa económica, comen platos calientes y beben champán.
Llegan nuestras bandejas, frías, pobretonas. Dos lonchas de jamón cocido ahumado, ensalada de encurtidos y un dulce envuelto en celofán. Pietro devora su comida y le doy también la mía. Llama a la azafata y le pide pan. En inglés, con un acento decente. Estoy muy sorprendida. Sonríe a la muchacha. Esta mañana está guapísimo, tiene los ojos esmerilados como el mar.
Estamos sobrevolando el Adriático. Pietro mastica y mira el azul que se extiende bajo nosotros; yo lo miro a él, el contorno de su perfil blanqueado por la luz que entra por la ventanilla.
La azafata regresa con el pan, Pietro le da las gracias y su voz áspera resulta incluso agradable. Las madres de sus amigos me dicen que es muy educado, me felicitan. Mi hijo es un gran hipócrita, solo conmigo se permite lo peor.
Le da un mordisco al dulce, un rectángulo mantecoso y glaseado. No le gusta y me lo ofrece.
—¿Lo quieres?
Le parece natural que tenga que comerme sus sobras.
—No, gracias.
Se queda con el bocado mantecoso, que se le derrite en las manos.
—No me gusta…
—Pues déjalo.
Coge los envoltorios vacíos de la comida que ha devorado y los deja frente a mí. Cierra la mesita y apoya las rodillas en ella. Se pone los auriculares y se arrellana en el asiento. Me lanza una mirada.
—Pareces un poco alelada.
Es verdad, estoy un punto ida. Mientras embarcábamos, he alternado los momentos de lucidez y dinamismo de viajera consumada con momentos de total alienación. He tenido miedo de perder las tarjetas de embarque, de no encontrar la puerta. Pietro, sin embargo, miraba a su alrededor con cara de lince que escruta el mundo. No le importaba lo más mínimo que yo perdiera las tarjetas de embarque. Me ha dejado sudar y vaciar la bolsa.
«Pues volvamos a casa», ha dicho, antes de que yo encontrara los dos pedazos de papel y le dijera: «En marcha».
Se ha comportado como un estúpido en los controles porque no quería que el tipo de seguridad tocara su guitarra. Le he dicho que el hombre hacía su trabajo. Pietro ha exclamado por enésima vez «qué coñazo». Luego, cuando nos dirigíamos hacia el finger ha empezado a decir que todo era un cuento chino, que era facilísimo pasar los controles armados hasta los dientes. Me ha torturado con sus teorías de lector de tebeos sobre todos los escondites posibles para ocultar los cuchillos y los tenedores de los bares del aeropuerto.
Le he preguntado si había cogido un libro. Me ha respondido que no, que desde que lo suspendieron no quería libros para las vacaciones. «Voy a tomarme un descanso», me suelta.
Mientras despegamos, va y dice que el avión es viejo, que las compañías aéreas del Este compran los aviones que las otras líneas ya no quieren. Los aviones que caen. «Acabaremos en YouTube», ha añadido. Y yo he pensado: «¿Por qué me lo habré llevado conmigo? No parará hasta volverme loca».
Ha cerrado los ojos, mueve la cabeza al ritmo del iPod. Está contento, ya no se queja del destino, se ha rendido. Al fin y al cabo, es un chico entusiasta. Tiene muchos defectos, pero como mínimo no sufre de apatía como muchos de sus coetáneos.
Ahora se ha quedado dormido, los labios abiertos, la cabeza inclinada hacia delante, mientras el iPod sigue sonando. Fuera el cielo está lleno de nubes, inmóvil e irreal.
Me esfuerzo para distraerme, para pensar en el verano que me espera. Iremos a casa de unos amigos de Liguria, habrá adultos y chicos de la edad de Pietro. Habrá fiestas donde bailaremos descalzos, libros, paseos por las rocas con los cangrejos en los charcos. Giuliano irá a la ferretería a comprar ganchos y tornillos para arreglar una persiana. Haremos el amor en mitad de la noche, en el fresco aterciopelado de las noches de allí, cuando el viento sube del mar y la oscuridad nos engaña acerca de nuestra edad.
Pietro se despierta, me mira y bosteza.
—¿Qué sabes de Sarajevo?
—¿No es donde mataron al archiduque?
Asiento, ya es algo.
—¿Y qué más sabes?
—Que estalló la primera guerra mundial.
—¿Y luego?
—Ni idea.
—¿Y lo que te conté yo?
No responde, se pega a la ventanilla.
Empieza el descenso, siento la sacudida del tren de aterrizaje bajo el avión. Tengo los brazos y las piernas rígidas, y la sensación de que esas ruedas que están ajustándose salen de mi barriga.
Miro abajo. La falda oscura del monte Igman. No se ha movido, sigue allí, largo, horizontal como un gigante que se ha dormido, como un bisonte al que han matado de un tiro y que, estación tras estación, ha quedado cubierto bajo una capa de exuberante naturaleza, selvática y oscura. Sin embargo recuerdo haberlo visto cubierto de flores (¿o eran banderas?), pequeñas banderas blancas como lirios que señalaban los recorridos de los atletas olímpicos y saludaban desde lo alto a quien descendía en este valle de oro, en esta Jerusalén del Oeste, donde la nieve caía sobre los campanarios negros de las iglesias ortodoxas, sobre las cúpulas de plomo de las mezquitas, sobre las lápidas torcidas del antiguo cementerio judío.
No hay autobús. Cruzamos la pista de aterrizaje a pie. El aire es blanco, no hay sol y estamos, como mínimo, a diez grados menos que en Italia.
Pietro lleva una camiseta de manga corta, la de la hoja de cáñamo y el lema «Dios creó la hierba, el hombre creó los porros».
—¿Tienes frío?
—No.
La fachada del aeropuerto parece la misma de entonces, frágil como la de una nave industrial. Creía que la habrían derruido, pero deben de haberse limitado a restaurarla.
En la pista solo hay un pequeño avión detenido, con una cruz roja en el costado blanco, como una ambulancia. Por un instante podría parecer uno de aquellos de ayuda médica, pero no es más que un avión de Swiss Air, de turismo, de paz.
De los aviones militares se bajaba con la cabeza gacha, corriendo por aquel espacio abierto de par en par hacia el fango de los uniformes de camuflaje. Todos gritaban, tenías la sensación de que cualquiera podía dispararte. El aeropuerto… Todo el mundo hablaba del aeropuerto, que era la única vía de salida de la ciudad asediada. De vez en cuando algún desesperado intentaba cruzarlo de noche; era una idea estúpida. Al descubierto, hasta un francotirador mediocre lograba alcanzarte.
El vestíbulo de entrada está tranquilo, vacío. Fluorescentes de neón, paredes laminadas, la luz triste de una pensión, de una estación secundaria.
El chico del control de pasaportes tiene una sonrisa impertérrita en el rostro pálido.
—Italianos…
Asiento y me devuelve los pasaportes.
«IZLAZ», salida, dice el cartel. Pietro lleva la guitarra en bandolera y mira a la gente que hay a nuestro alrededor. Una chica musulmana muy maquillada con la cabeza cubierta con un velo de color carne abraza a un asistente de tierra, se besan en medio del gentío y obstruyen el paso.
Hay mucho jaleo en la zona de llegadas, busco entre los cuerpos que esperan apoyados en las barras metálicas. Salvo con la mirada las cabezas de las personas que están en primera fila y busco entre las que se mueven a lo lejos. Hay humo de tabaco por todas partes, una niebla que empasta los colores, los ensucia.
En el lavabo del avión, poco antes de bajar, me he pintado los labios y me he soltado el pelo para tener mejor aspecto.
A la derecha hay un bar con una barra circular y mesas altas donde la gente bebe y fuma en pie. Un hombre se aleja de la barra y se dirige hacia mí. No estoy segura de reconocerlo, pero de pronto es él. Ha engordado un poco; lleva una camisa de lino negro arrugada, una barba rojiza y tiene algo menos de pelo. El modo de caminar es inconfundible: las piernas abiertas, tranquilas aun cuando tienen prisa, los brazos que se balancean demasiado, ligeramente separados del cuerpo. Me abraza sin titubeos, me aprieta como si fuera un fajo de algo suyo, y luego me mira fijamente. Traza un recorrido panorámico: los labios, el mentón, la frente. Se detiene al llegar a los ojos, se sumerge en ellos. Como el mar que ha hecho un largo viaje y se reencuentra consigo mismo. Vuelve atrás a través de los años transcurridos para beberse el agujero del tiempo en la garganta impúdica de esta mirada desgarradora y alegre.
Soy la primera en ceder, bajo la mirada, me aparto de aquel barullo de emociones, por timidez, por incomodidad. En Italia nadie te mira así. Me rasco un brazo como si tuviera la sarna. Dos manos húmedas, regordetas y quizá no del todo limpias me rodean la cara, como una venda caliente.
—¡Qué preciosidad!
—Qué vejestorio… —replico para eludir su halago.
—¡A tomar por culo, Gemma! —dice Gojko. Sonrío, me reencuentro con su peculiar pronunciación. Reconozco la ironía socarrona, la que tras la borrachera le da una patada a la resaca e incita a la carcajada. Me besa, me abraza de nuevo, me corta la respiración. Siento el lino de la camisa, el calor del cuerpo emocionado que palpita. Siento que me palpa los huesos. Me atraviesa la espalda como un ciego, contándome las vértebras con esas manos ardientes. Ahora reconozco el olor, del cuello, del sudor del pelo, de ciertas casas con los hules y los frascos de cerezas blancas bañadas en licor, de ciertas oficinas donde los ceniceros colmados prenden fuego y las fotocopiadoras siempre están rotas o funcionan a patadas, cuando quieren.
Es un nudo que sube y luego baja. Con un golpe brusco de orgullo. Me he prometido a mí misma que resistiría; a los cincuenta y tres años es fácil caer en la incontinencia y derramar alguna lágrima. Le doy un golpecito en el brazo a Gojko.
—Te estás poniendo gordo.
—He vuelto a comer, sí…
Mira a Pietro, da un paso adelante, tropieza con sus piernas, que no dejan de balancearse. Se tambalea pero no cae. Levanta una mano y Pietro lo imita. Chocan las palmas, como en una película americana. Gojko señala la guitarra.
—¿Músico?
Pietro lo mira y sonríe.
—Aficionado.
Gojko se sienta delante, junto al taxista. Saca un brazo por la ventanilla y hablan.
—¿Los entiendes, mamá?
—Un poco.
—¿Qué dicen?
—Que lloverá.
—A tomar por culo —dice Pietro.
Estoy inmóvil, sentada en el asiento de tela gris, me miro la mano levantada junto a la salida del aire acondicionado en el plástico negro. La ventanilla está cubierta de polvo y al otro lado se extiende aquella calle, aquella avenida inolvidable durante mucho tiempo. Si domino este momento, quizá domine también lo demás. No voy a consentir que esta ciudad me deje al descubierto. Dejo pasar las primeras imágenes sin grabarlas en la mente, breves miradas furtivas, fragmentos, como fotogramas quemados.
Basta con mirar así, deslizarse sin absorber nada de lo que veo. He aprendido que todo puede desaparecer, incluso el horror puede perder sus formas, desleírse en una nebulosa que lo altera, lo convierte en algo ridículo, demasiado absurdo para haber sido jamás verdad… Los bastidores negros de los coches, los cristales de las ventanillas que han estallado, el corazón arrancado del tórax de un niño y que acaba aplastado contra un muro blanco.
Me toco un aro de la oreja y dejo que se balancee en el lóbulo.
Estoy tranquila. El cuerpo de Pietro me ayuda, su rodilla enfundada en unos vaqueros que toca la mía, su indolencia, su mirada que lo ignora todo, simplemente aburrida ante tanta tristeza urbana.
Los viejos edificios grises del realismo socialista aún se tienen en pie, unos balcones sobre otros como archivadores desconchados en una oficina pública. Los agujeros de las granadas cubiertos de parches de revoque.
Es suficiente un bache en la calzada… Tengo que refrenar el impulso de agachar la cabeza. Siento el eructo de aquellas carreras. Cruzábamos la avenida de los francotiradores a doscientos por hora, con la cabeza recostada en el asiento, la respiración goteando entre las piernas. Los armazones rojos de los tranvías amontonados unos contra otros para protegerse de la línea de fuego. Me vuelvo hacia Pietro. No lleva el chaleco antibalas, pienso. Aprieto las mejillas contra los dientes. Mantén la calma…
Gojko calla. Solo se ha vuelto una vez, luego no lo ha hecho más.
Lo veo vivo, a salvo en esta calle. Un hombre de hoy en el mundo que avanza, cabellos que han dormido y se han despertado.
Los semáforos me parecen extrañas paradas ordenadas. Gente que cruza tranquila. En lo alto las colinas, los jardines que ascienden, las casitas blancas, inmóviles, entre los abetales oscuros. Disparaban desde allí, en cada hueco entre edificios, cada destello verde, de luz, era un francotirador que podía alcanzarte.
La redacción del mítico Oslobodjenje se ha reconstruido sobre sus escombros, apretujada en un edificio bajo, ordenado. Al lado hay un inmenso rascacielos de cristal espejeante que observa impasiblemente las ruinas del viejo asilo de la ciudad. En lo alto un cartel luminoso rojo: AVAZ.
—Es el periódico más leído, el propietario es un tipo que se ha hecho muy rico…
Gojko se frota la cabeza.
—Y no tiene ni un página de cultura…
Junto a un parterre de tierra removida, un hombre espera a que el perro acabe de hacer sus necesidades. Una chica cruza en horizontal la avenida pedaleando en una bicicleta. Una familia con niños rubios sonríe en el anuncio de Sarajevo Osiguranje. También sonríen los dos militares de la valla publicitaria de la Eufor, un hombre y una mujer rollizos, con los brazos cruzados sobre un mono mimético. La gente camina por los laterales de la avenida. Cuerpos que circulan en su ordenada cotidianidad.
Los pájaros cruzan junto con las personas, volando sobre sus cabezas pasan de un árbol a otro y bajan al suelo para picotear algo de comer.
Una mañana me desperté y vi ese gran rayo negro. Todos los pájaros huían asustados por el continuo estruendo, por el humo de los incendios, por el olor insoportable de los cuerpos mal enterrados. Remontaban el Miljacka para refugiarse en los bosques más lejanos, allí donde la gente iba de picnic en verano, en busca del fresco junto a las pequeñas cascadas resplandecientes como nudos de plata. Todos los habitantes de Sarajevo sintieron envidia de aquellos pájaros que podían levantar el vuelo y marcharse tranquilamente.
Me vuelvo. Y está allí. El bofetón amarillo del Holiday Inn. Un cubo inmóvil, compuesto por otros cubos que parecen poder desplazarse. Durante el sitio fue el refugio de la prensa extranjera. La fachada estaba expuesta a los francotiradores de Grbavica, por lo que se entraba por detrás, por la rampa que conducía al aparcamiento. Aun así aquello era una especie de paraíso, inalcanzable para los que morían, donde había comida caliente y teléfonos por satélite. Había periodistas que hacían las crónicas desde sus habitaciones, gente afortunada, que podía ir y volver.
Estamos en el centro. En el serrallo geométrico de los antiguos palacios austrohúngaros el tráfico avanza a trancas y barrancas, la gente cruza por donde quiere y sortea los coches, que circulan a paso de tortuga. Los árboles han vuelto a crecer, troncos jóvenes sin pasado. Observo las tiendas. Escaparates nuevos junto a aquellos tristes de antaño, ordenados, mucho más vacíos que los nuestros. El consumismo se ha aprovechado en parte de esta ciudad en reconstrucción, de su rostro corroído por la guerra como por un ácido. Aparece una mezquita con sus pequeñas cúpulas como un cesto de huevos oscuros. El hotel está en una calle lateral, al abrigo del antiguo mercado otomano de Bascarsija.
Insisto en pagar el taxi, pero Gojko no me deja. Me coge la bolsa. Es una entrada acogedora, familiar, como si fuera la de una casa. En la puerta hay una cortina clara, casi plateada, la moqueta es roja con pequeños rombos negros. En una esquina hay un gran jarrón de flores tiesas, claramente falsas. Aun así Pietro las toca para comprobar si son de verdad, y luego se limpia la mano en los tejanos. Mira a la chica de la recepción, atrincherada tras un mostrador de madera oscura, que busca nuestra reserva en el ordenador. Del salón contiguo llegan voces de hombres, veo de reojo unos cuantos zapatos de mala calidad y calcetines demasiado cortos. Están fumando, el aire está viciadísimo. El humo sube con nosotros por las escaleras, se desliza en el pequeño ascensor. Pietro dice:
—Como nos quedemos más de una noche aquí, volveremos a Roma con cáncer.
La habitación es bastante grande, hay una colcha sintética azul con volantes y dos mesitas de noche sin estrenar. Abro la ventana y miro hacia abajo. Es una calle sin salida, con pocos coches aparcados, un árbol con la copa roja, un alero grande de chapa, moteado de excrementos de paloma.
Pietro entra en el baño y se ríe.
—Mira, mamá…
—¿Qué pasa?
Me vuelvo. Tiene el vaso para los cepillos de dientes en la mano. Se acerca, me enseña que el vaso está dentro de una bolsa de plástico en la que se lee «HYGIENIC CLEANING».
—¿Y …?
—Que la bolsa no está sellada y el vaso es de Nutella…
Sonrío y le digo que lo deje donde lo ha encontrado.
Me lavo las manos, me siento en la cama, me pongo la bolsa sobre las rodillas y empiezo a ordenar la ropa, a sacar los restos de las tarjetas de embarque y guardo los billetes de vuelta. Pietro mete la mochila en el armario, sin sacar ni el pijama.
—Salgamos, mamá. ¿Qué hacemos aquí dentro?
Si por mí fuera me quedaría en la habitación, tengo un plátano en el bolso, un poco negro después del viaje, pero bien me vale. Tengo ganas de relajar las piernas y de quedarme así, quieta hasta mañana. Anoche no dormí pensando en este viaje. Tengo alguna herida en la boca, lo sé porque noto el sabor de la sangre, debo de haberme mordido las mejillas en el taxi; me he clavado los dientes en la carne para soportar la oleada de recuerdos. Tengo que poner las zapatillas bajo la cama, comprobar que las persianas cierran, que la ducha tiene un chorro decente. Tengo que hacer esto, nada más. Gojko nos espera abajo.
—Vale, bajemos.
Son las siete de la tarde, ha empezado a oscurecer y de repente tengo frío. Escucho el ruido de los pasos. Parecen cascos de caballo sobre adoquines antiguos. Es la calle que conduce a la mezquita de Gazi Husrev-Bey: un tropel de muchachas con velo bromean entre sí, mientras avanzan a empujones. En la parte posterior de la madraza, en un patio con soportales, hay una exposición de productos artesanales locales. Colgadas de un cable, una larga procesión de túnicas con las pecheras bordadas forman una tienda multicolor. Una mujer pálida vestida de blanco me invita con un gesto delicado de la mano a echar un vistazo a su pequeña tienda de bordados; cuando me voy se inclina hacia delante con las manos en el pecho.
Pietro fotografía con el móvil las bolsas de especias, los útiles de cobre que llenan las tiendas hasta el techo.
Vagamos entre los viejos callejones de piedras de río, las tiendas empiezan a cerrar. Las luces se ocultan tras las puertas de madera. Pietro se detiene frente a un banco lleno de fragmentos de granadas, de casquillos relucientes… Recuerdos para turistas. Coge un casquillo, lo deja, se ríe, coge otro más pesado.
—¿A cuántas personas se puede matar con esto?
Me entran ganas de darle un bofetón.
Gojko no se enfada, incluso parece que también se divierte.
—El reciclaje bélico es nuestra energía limpia…
—¿Fuiste a la guerra?
Gojko asiente, enciende un cigarrillo, baja la voz, quizá no tiene ganas de decir nada más.
—Como todo el mundo.
—¿Eras un soldado?
—No, era poeta.
Pietro está decepcionado. Para él los poetas son un puñado de pelagatos raquíticos y desgraciados, que han amargado la vida a millones de estudiantes, de chicos normales y despreocupados.
—Tengo hambre —dice.
Salimos de Bascarsija y nos paramos a comer al aire libre, bajo un cobertizo de madera, en un lugar bastante triste, una de aquellas casitas de pesebre de montaña con las tablas de aluminio y el neón. Del interior llega un olor de cebolla y carne asada, el olor inequívoco de una comida que repetirá. Gojko dice que hacen unos cevapcici deliciosos. La chica que nos atiende mete con desenvoltura los dedos dentro de los vasos que nos trae. Pietro quiere una Coca-Cola y le pide a Gojko que traduzca la palabra «pajita».
Comemos; la carne de los cevapcici es sabrosa, nos llena la boca de sangre y vida. La pimienta hace que me escueza la llaga, pero no importa. Ahora ya no estoy tan cansada y me ha entrado hambre gracias a ese olor bueno, aromático, que no parece haber cambiado con el paso del tiempo. Y tal vez el alcohol ayude, ya que damos buena cuenta de una botella de vino tinto de Montenegro.
—No es un Brunello —dice Gojko—, pero es pantanoso.
Quizá quería decir «pastoso»; de vez en cuando comete algún error con su casi perfecto italiano. Pero son errores de los buenos; a fin de cuentas se trata de un vino pantanoso… Nos transporta al pasado protegidos por una lentitud fangosa.
El día que nos conocimos comimos cevapcici. Los compramos en un puesto callejero y los tomamos de pie, muertos de frío. La mujer que los asaba llevaba una chaqueta de lana de trenzas y un gorro de cocinera. Asistía a nuestra hambre, espiando cada bocado, feliz de que apreciáramos sus cevapcici. Eran un orgullo. El orgullo de su pequeña vida de cocinera callejera. La veo como si fuera ahora… Un rostro proletario, sufrido y, sin embargo, infinitamente dulce. Una de aquellas personas buenas a las que conoces por casualidad y te entran ganas de abrazarla porque te sonríe desde el fondo de su experiencia humana y de golpe te compensa por la otra mitad del mundo, aquella hecha de las personas que te arrastran a su charco de oscuridad. ¡Cuánta gente feliz había por entonces en Sarajevo! Todos tenían las mejillas rojas por el frío, es verdad, pero también por timidez, porque se atrevían a albergar esperanzas.
Eran los días de las olimpiadas de invierno. El imponente edificio de estilo neomudéjar de la Biblioteca Nacional parecía una ciudad autónoma. Fue ahí, en uno de aquellos salones con columnas que huían hacia arriba, en pos de las luces de las lejanas ventanas, elaboradas como las de una catedral, donde conocí a Gojko. Estaba sentada en una pequeña silla bajo una pared forrada de volúmenes antiguos, me sentía minúscula. Vi entrar a este muchacho de pelo rojizo abrigado con una chaqueta forrada de un pelaje apelmazado, que se movía a trompicones como una marioneta mecánica.
—¿Es usted Gemma?
—Sí.
—Soy su guía.
Nos dimos la mano, le sonreí, era muy alto y corpulento.
—Habla bien italiano.
—Voy a Trieste una vez al mes como mínimo.
—¿Estudia allí?
—Compro y vendo yoyós.
Mete una mano en el bolsillo y saca una de aquellas bobinas de plástico con un cordel de sube y baja.
—Están de moda aquí, sirven para descargar la tensión. Últimamente los muchachos están muy nerviosos, con estas olimpiadas hemos tenido que sudar la gota gorda… Y eso no nos gusta. Pero había que dejar la ciudad como los chorros del oro, ¿me entiende?
Ríe, y no sé por qué.
—¿Se aloja en un buen hotel?
Negué con la cabeza. Estaba en una pensión llena de turistas.
—¿Le gusta el cielo estrellado?
—¿Por qué?
—Si lo desea también puede dormir bajo uno de los infinitos puentes del Miljacka, nadie la molestará, no queda ni un borracho ni un carterista suelto. Limpieza comunista. Es la primera vez que vamos a enseñar el culo al mundo entero, ¿me entiende?
Tenía que acabar mi tesis de posgrado sobre Andric, había pedido un guía que estuviera a la altura y me encontraba con un vendedor de yoyós.
Saca uno y se pone a jugar con él, me muestra sus proezas y me pregunta si quiero comprarlo.
—Sería una buena jugada —dice—, vender un yoyó comprado en Trieste a una italiana; mis amigos me invitarían a una ronda si lo consigo.
Había llegado hacía unos días a Sarajevo. El encanto de la nieve, de aquella ciudad en fiesta, chocaba un poco con mi humor. Estaba nerviosa, descontenta. En el fondo, no lograba adaptarme. Me había decidido por aquella línea de investigación empujada por mi profesor que, en realidad, se aprovechaba de mí para un trabajo que quería publicar sobre la literatura de los Balcanes. Ahora, tras dos días con diarrea, para ponerme de mal humor bastaban los olores de aquella cocina demasiado sustanciosa, el frío que no soportaba bien y el aliento de un provinciano miserable y fanfarrón, con su ridícula chaqueta de piel forrada de gato siamés.
Miré con repugnancia los cabellos grasientos recogidos en una coleta. Calzaba un par de botines de punta, de gitano. No tenía muy claro si era la parodia de un rockero o de un cazador de lobos. Le dije:
—Necesito a alguien que me lleve a los lugares habituales de Andric en Sarajevo y en Visegrad, en Travnik… Quizá no seas la persona adecuada…
—¿Por qué?
—No me parece que seas precisamente un intelectual…
—No hay ningún problema, tengo coche.
De inmediato pensé en una mierda de Yugo con un tubo de escape que escupía humo negro, como
