15 de febrero de 1898
El sudor corría por la cara de cansancio del hombre y formaba una cascada de gotas cuando caía de sus mejillas sin afeitar. Batía unos gruesos remos de madera. Se los llevó al pecho, ladeó la cabeza y se frotó la frente con la manga sucia. Ignoró el dolor de sus extremidades y siguió remando sin prisa pero sin pausa.
No sudaba solo por el esfuerzo, ni por el bochornoso clima tropical. El sol apenas había despuntado por el horizonte, y el aire en calma del puerto de La Habana era fresco y húmedo. Era la tensión de saberse perseguido lo que mantenía su pulso acelerado. Con mirada ausente observó el agua e hizo una señal con la cabeza al hombre que estaba sentado en la barca detrás de él.
Habían pasado casi dos semanas desde que la milicia española había intentado apropiarse de su descubrimiento obligándolo a huir. Tres de sus compañeros habían muerto defendiendo la reliquia. Los españoles no tenían reparos en matar, y lo asesinarían gustosamente para obtener lo que querían. Lo habrían matado ya de no haber sido por un encuentro casual con una banda de rebeldes cubanos, quienes le ofrecieron libre tránsito hasta las afueras de La Habana.
Echó un vistazo por encima del hombro al par de buques de guerra atracados cerca del fondeadero comercial del puerto.
—A estribor —dijo con voz ronca—. A la derecha.
—Sí —contestó el cubano sentado detrás de él, que empuñaba otro par de remos.
Iba ataviado como él, con la ropa manchada y hecha jirones, y se protegía del sol con un raído sombrero de paja.
Juntos dirigieron la lancha que hacía aguas hacia los modernos buques de guerra de acero. El anciano escudriñó el puerto en busca de posibles peligros, pero parecía que por fin había dado esquinazo a sus perseguidores. Tenía a su alcance un refugio seguro.
Remaron despacio por delante del buque de menor tamaño, que llevaba una bandera española colgando del mástil de popa, y se acercaron a la segunda embarcación. Se trataba de un crucero acorazado con torretas de dos cañones que sobresalían por encima de cada barandilla lateral. La cubierta y la obra muerta estaban pintadas de amarillo pajizo, atenuado por un casco blanco. Con los faroles todavía encendidos bajo la luz del amanecer, el barco relucía como un diamante de color ámbar.
Varios centinelas patrullaban por proa y popa, vigilando el barco en estado de máxima alerta. Un oficial con uniforme oscuro apareció en una pasarela de la superestructura y observó la lancha que se acercaba.
Levantó un megáfono.
—Deténganse y declaren sus intenciones.
—Soy el doctor Ellsworth Boyd, de la Universidad de Yale —dijo el anciano con voz temblorosa—. El consulado de Estados Unidos en La Habana ha solicitado que me refugien en su barco.
—Esperen, por favor.
El oficial desapareció por el puente de mando. Minutos más tarde, apareció en la cubierta con varios marineros. Arriaron una escala de cuerda por el costado e hicieron señas a la lancha para que se acercase. Cuando la barca rozó el casco del buque, Boyd se levantó y lanzó un cabo a uno de los marineros.
—Tengo una caja que debe venir conmigo. Es muy importante.
Boyd apartó de una patada unas hojas de palmera que ocultaban una gruesa caja de madera metida entre los bancos. Mientras los marineros les pasaban más cabos, Boyd inspeccionó las aguas. Convencido de que estaban a salvo, él y su ayudante ataron la caja con las cuerdas y observaron cómo era izada a bordo.
—Eso tendrá que quedarse en la cubierta —dijo el oficial mientras un par de marineros llevaban la pesada caja a pulso hasta un respiradero y la ataban.
Boyd le dio a su compañero de remo una moneda de oro, se despidió de él estrechándole la mano y subió por la escala de cuerda. A pesar de haber cumplido los cincuenta, Boyd estaba en buena forma para su edad y se había aclimatado a la humedad de los trópicos trabajando cada invierno en el Caribe. Pero ya no era joven, un hecho que se resistía a aceptar. Hizo caso omiso del persistente dolor de articulaciones y del cansancio constante del que no conseguía librarse mientras subía a la cubierta.
—Soy el teniente Holman —dijo el oficial—. Lo estábamos esperando, doctor Boyd. Lo acompañaré a un camarote para invitados donde podrá asearse. Por motivos de seguridad, tendré que pedirle que permanezca en su camarote. Luego con mucho gusto le enseñaré el barco, si le apetece, y veremos si podemos hacerle un hueco en la agenda del capitán.
Boyd le tendió la mano.
—Gracias, teniente. Le agradezco su hospitalidad.
Holman se la estrechó con firmeza.
—En nombre del capitán y de la tripulación, bienvenido al crucero de batalla Maine.
El suave soplo nocturno de los vientos alisios empujó el Maine en su amarradero hasta que su proa roma apuntó al centro de La Habana. Los centinelas del barco agradecieron la brisa, que mitigó el apestoso olor de las aguas contaminadas del puerto.
La brisa también arrastraba la melodía nocturna de las calles de La Habana: la música de sus bares portuarios, las voces risueñas de los peatones del cercano Malecón y el ruido de los caballos y carros que recorrían los estrechos paseos. Para los marineros enrolados en el Maine, los vibrantes sonidos eran un triste recordatorio: durante las tres semanas transcurridas desde que habían llegado no les habían concedido permiso para bajar a tierra. El barco había sido enviado para proteger el consulado de Estados Unidos después de un disturbio provocado por partidarios de la ocupación española, furiosos ante el apoyo prestado por Estados Unidos a los rebeldes cubanos que luchaban contra el opresivo régimen español.
Unos fuertes golpes hicieron vibrar la puerta del camarote de Boyd. Cuando la abrió, se encontró al teniente Holman vestido con un impecable uniforme azul que parecía desafiar la humedad.
Holman se inclinó ligeramente.
—El capitán se alegra de que acepte cenar con él esta noche.
—Gracias, teniente. Después de usted, por favor.
Un baño caliente y una larga siesta habían rejuvenecido a Boyd. Caminaba con el paso firme de quien ha vencido la adversidad. Llevaba puesta su ropa de trabajo recién lavada, y encima un esmoquin que Holman le había prestado. De vez en cuando se tiraba de las mangas, incómodo porque tenía los brazos largos y le quedaban cortas varios centímetros.
Se dirigieron a un pequeño comedor de oficiales situado en la cubierta de popa. El capitán del Maine se hallaba sentado en el centro de la estancia, frente a una mesa cubierta con un mantel de lino en la que relucían una vajilla de porcelana y una cubertería de plata.
Charles Sigsbee era un hombre diligente de mente racional, respetado en la marina por sus dotes de mando. Con sus gafas redondas y su bigote poblado, parecía más un empleado de banco que un capitán de barco. Se levantó y recibió a Boyd con una mirada de impaciencia mientras Holman hacía las presentaciones.
Los tres hombres se sentaron a la mesa y apareció un camarero que les sirvió consomé. Boyd no hizo caso al perrito que no se separaba del lado del capitán.
Sigsbee se volvió hacia Boyd.
—Espero que el camarote sea de su agrado.
—Es más que suficiente —contestó Boyd—. Le agradezco su cortesía al dejarme subir a bordo avisando con tan poca antelación. No sabe cuánto me alegré de ver el Maine esta mañana.
—Me temo que nuestro barco no está hecho para el confort ni para las visitas —dijo Sigsbee—. Aunque nuestra presencia en La Habana tiene como objetivo ofrecer transporte a estadounidenses en peligro, la situación local parece haberse calmado desde nuestra llegada. Debo decir que me sorprendió recibir un comunicado del cónsul de La Habana en el que me pedía que lo acogiéramos a bordo y lo lleváramos de vuelta a Estados Unidos... sin ninguna explicación.
Boyd suspiró.
—El cónsul es de Virginia, amigo de la familia, y tuvo la amabilidad de interceder por mí. Sin embargo, no exagero si digo que mi vida estaba en grave peligro.
—El teniente Holman me ha dicho que es usted un antropólogo de la Universidad de Yale.
—Sí, estoy especializado en las culturas caribeñas indígenas. Acabo de terminar un trabajo de campo y he dado un rodeo imprevisto a Cuba.
El camarero retiró los boles de sopa vacíos y volvió con unos platos de pescado asado.
—¿La caja que hemos subido a bordo es de su excavación? —preguntó Holman.
Boyd asintió con la cabeza.
—¿Le importaría enseñarnos el objeto que contiene después de cenar y explicarnos su significado? —añadió Sigsbee.
Boyd se puso tenso.
—Preferiría esperar a estar en alta mar —dijo en voz baja.
—¿Cómo ha llegado a La Habana? —preguntó Holman.
—Hace quince días zarpé de Montego Bay en el vapor Orion rumbo a Nueva York, pero poco después de nuestra partida surgieron problemas en las calderas del barco. Nos vimos obligados a hacer escala en Cárdenas, donde desembarcaron a los pasajeros. Nos dijeron que las reparaciones del barco nos causarían un retraso de al menos tres semanas. De modo que decidí venir por tierra a La Habana con la esperanza de tomar un paquebote a Cayo Hueso. Entonces empezaron los problemas.
Bebió un sorbo de agua, y Sigbee y Holman esperaron a que continuase.
—Fue el español, Rodríguez —dijo Boyd, con los ojos desorbitados de pura rabia.
—¿Rodríguez? —repitió Holman.
—Un arqueólogo de Madrid. Dio la casualidad de que estaba en Jamaica y visitó nuestro campamento. Alguien debía de haberle avisado de mi descubrimiento, porque allí estaba, a bordo del Orion, vigilando cada uno de mis movimientos. No fue una casualidad. —Le tembló la voz—. No tengo pruebas, pero él debió de inutilizar el barco de algún modo.
El capitán frunció el ceño.
—¿Y qué le pasó cuando desembarcó en Cárdenas?
—Yo viajaba con dos estudiantes y mi auxiliar de campo, Roy Burns. En Cárdenas compramos una mula y un carro y cargamos la caja y nuestras pertenencias. Pensábamos salir para La Habana al día siguiente, pero esa noche, mientras acampábamos al raso, nos atacaron.
Miró a lo lejos y se le pusieron los ojos vidriosos al rememorar aquellos dolorosos incidentes.
—Un grupo de hombres armados a caballo nos asaltó. A Burns y a mí nos dieron una buena paliza, y cogieron el carro. Entonces uno de mis estudiantes fue a por ellos con un cuchillo. Los muy desalmados lo atravesaron con un machete y luego se cargaron a machetazos a su compañero de clase. No pudieron hacer nada.
—¿Eran soldados españoles? —preguntó Sigsbee.
Boyd se encogió de hombros.
—Iban armados y llevaban uniforme, pero parecían una panda de insurgentes o algo así. Sus uniformes no tenían insignias.
—Es probable que fueran weyleristas —apuntó Holman.
La facción extremista permanecía leal al gobernador general Valeriano Weyler, que había partido de Cuba hacía poco, después de un mandato brutal caracterizado por el sometimiento de los rebeldes cubanos.
—Tal vez —admitió Boyd—. Iban bien equipados pero no parecían del ejército regular. Descubrimos que habían acampado en un pueblo llamado Picadura. Burns y yo estábamos decididos a recuperar el objeto y los seguimos hasta su campamento. Burns encendió fuego para distraerlos, mientras yo dispersaba a sus caballos y recuperaba el carro. Burns recibió un balazo en el pecho. Tuve que abandonarlo... —Se le quebró la voz, presa de la amargura—. Conduje el carro a toda velocidad durante la noche y escapé por los pelos. Al amanecer escondí el carro en la selva y me adentré en la jungla en busca de comida para mí y la mula. Esquivé sus patrullas durante tres días, viajando solo de noche por caminos que confiaba en que llevasen a La Habana.
—Es extraordinario que evitase ser capturado —dijo Sigsbee.
—Al final no lo conseguí. —Boyd sacudió la cabeza—. Al cuarto día me encontraron. La mula me delató con sus rebuznos. Era una patrulla pequeña compuesta por cuatro hombres. Me empujaron contra el carro y ya tenían los rifles en alto cuando sonó una descarga procedente de la selva. Los españoles cayeron al suelo abatidos por un hombre. Se trataba de una banda de rebeldes cubanos que casualmente habían acampado cerca y oyeron el alboroto.
—¿No intentaron quedarse la caja? —preguntó Holman.
—Solo les interesaban las armas de los españoles muertos. Me trataron como a un compadre, supongo que al ver que era enemigo de los españoles. Se quedaron conmigo hasta que llegamos a las afueras de La Habana.
—Tengo entendido que los rebeldes cubanos, pese a no estar adiestrados, son guerreros fuertes —comentó Sigsbee.
—Doy fe de ello —dijo Boyd—. Tras la muerte de su patrulla, el contingente español que quedaba unió sus fuerzas y vino a por nosotros con sed de venganza. Los rebeldes no pararon de acribillarlos y de frenar su avance. Cuando llegamos a las afueras de La Habana, los cubanos se dispersaron, pero uno de ellos contactó con el consulado en mi nombre. Su mejor guerrillero me acompañó al puerto, consiguió una lancha y me ayudó a llegar al Maine.
Sigsbee sonrió.
—Una ayuda providencial.
—Los rebeldes cubanos odian a muerte a los españoles y agradecen la ayuda armada que nuestro país les está prestando. Reclamaban más armas.
—Tomo debida nota.
—Capitán —dijo Boyd—, ¿cuándo zarparán de La Habana?
—No lo sé, pero llevamos apostados tres semanas, y parece que los disturbios locales se han calmado. Este mes tenemos un compromiso en Nueva Orleans al que creo que podremos asistir. Espero recibir órdenes de partir durante los próximos días.
Boyd asintió con la cabeza.
—Por nuestro bienestar, espero que sea pronto.
Holman rio.
—No tiene por qué preocuparse, doctor Boyd. No hay sitio más seguro en La Habana que el Maine.
Después de cenar, Boyd fumó un puro con los oficiales en el alcázar y luego volvió a su camarote. Un persistente desasosiego le carcomía el pensamiento. No se sentiría a salvo hasta que el barco dejara atrás, lejos de su popa, las aguas del puerto de La Habana. En lo más recóndito de su mente, oía las voces de Roy Burns y de sus alumnos muertos advirtiéndole a gritos desde el cielo.
Incapaz de dormir, subió a la cubierta principal y aspiró con fuerza el húmedo aire nocturno. Cerca del puente de mando, oyó las campanadas que indicaban que eran las nueve y media. Al otro lado del puerto, los juerguistas se adelantaban a la celebración del martes de Carnaval. Boyd desoyó los sonidos, miró hacia abajo por encima de la barandilla y contempló las aguas negras en calma.
Un pequeño esquife que se acercaba al buque de guerra suscitó una severa advertencia del oficial de cubierta. El único ocupante de la embarcación, un pescador andrajoso, hizo señas al oficial agitando una botella de ron medio vacía y respondió arrastrando las palabras antes de desviar la pequeña barca.
Boyd observó cómo viraba por la proa del Maine y a continuación oyó un tintineo metálico en el agua. Una pequeña caja o una balsa estaba golpeando contra el casco. El objeto de madera se desplazó a lo largo del barco como si se autopropulsara. Boyd lo miró y se dio cuenta de que lo remolcaba el esquife de pesca.
Se le encogió el estómago. Miró hacia el puente de mando y gritó al oficial de guardia.
—¡Oficial de cubierta! ¡Oficial de cubierta!
Se produjo como un estallido amortiguado debajo del barco, y un pequeño géiser de agua brotó cerca de la proa. Boyd sintió latir dos veces su corazón, y entonces hubo una enorme explosión.
El profesor de Yale salió despedido contra el mamparo cuando la mitad delantera del barco estalló como un volcán iracundo. Acero, humo y llamas salieron disparados a gran altura y arrastraron los cuerpos destrozados de docenas de miembros de la tripulación. Boyd se olvidó del dolor de hombro cuando una lluvia de escombros acribilló la cubierta a su alrededor. La cofa de proa apareció de la nada y se desplomó a su lado.
Boyd se levantó e instintivamente caminó tambaleándose a través de la cubierta escorada. Los oídos le zumbaban y apagaban los gritos de los marineros atrapados bajo cubierta. Lo único que importaba era la reliquia. Avanzó hacia ella haciendo eses bajo la luz roja del infierno desatado en el barco. De algún modo, la caja no había sufrido daños y estaba tirada en el suelo, a salvo, junto a los restos de un respiradero caído.
Le llamó la atención un vapor de ruedas que avanzaba rápido. La embarcación se situó a la altura del buque de guerra hundido, viró bruscamente y chocó contra su casco. Un trío de hombres vestidos de negro saltaron a bordo del Maine sin hacer ruido.
Boyd pensó que eran miembros de un equipo de salvamento hasta que uno de los marineros del Maine, un maquinista que había estado de guardia, se cruzó en su camino con el uniforme chamuscado y echando humo. Uno de los abordadores se abalanzó sobre el marinero, le clavó un cuchillo romo en el costado y lanzó su cuerpo desplomado por encima de la barandilla.
Boyd estaba demasiado impactado para reaccionar. Entonces su mente procesó lo que eso significaba. Los abordadores no habían acudido a prestarles ayuda; eran hombres de Rodríguez. Iban a por la reliquia.
El arqueólogo regresó cojeando junto a la caja y se volvió para enfrentarse a los agresores. Una pala torcida que había salido despedida de una de las carboneras se balanceaba contra un mamparo. Boyd la cogió.
El primer agresor empuñaba un cuchillo manchado de sangre que relucía a la luz de las llamas.
Boyd blandió la pala.
El intruso trató de retroceder, pero el agua que ahora se arremolinaba a sus pies lo obligó a moverse más despacio. Boyd le dio en el pómulo. El atacante gruñó y cayó de rodillas, pero sus dos compañeros, que estaban detrás, no titubearon. Se abalanzaron sobre Boyd y antes de que pudiera volver a blandir la pala la apartaron de un golpe. Una pistola enorme apareció en las manos de uno de los hombres, que disparó a Boyd a bocajarro.
La bala le impactó en el hombro izquierdo. El arqueólogo cayó hacia atrás. Los dos hombres pasaron por su lado apartándolo de un empujón y aflojaron las cuerdas que sujetaban la caja de madera.
—¡No! —gritó Boyd cuando empezaron a arrastrar la caja a través de la cubierta que se hundía.
Se puso otra vez en pie y fue tras ellos chapoteando con las piernas temblorosas. Los abordadores no le hicieron caso y levantaron la caja para pasarla por la borda y depositarla en brazos de varios hombres que estaban en la barcaza. Uno llevaba un sombrero de ala baja para taparle la cara, pero Boyd supo que era Rodríguez.
Aturdido por la pérdida de sangre, Boyd se desplomó sobre el hombre que tenía más cerca. El abordador, un tipo bajo con unos fríos ojos negros, agarró a Boyd por el brazo. Se disponía a apartarlo de un empujón, cuando su rostro adoptó una expresión vaga. Una tenue sombra cruzó su cara, y alzó rápidamente la vista.
Un instante más tarde, el intruso desapareció bajo la imponente chimenea doble del barco, que se había fracturado por la base y se había derrumbado como una secuoya talada. El agresor quedó aplastado por la chimenea. Boyd solo se hizo un corte, pero su pierna quedó atrapada bajo aquella mole, que lo mantenía clavado a la cubierta, ahora inundada.
Forcejeó para soltarse, pero las chimeneas pesaban demasiado. Atascado bajo el agua, respiraba con dificultad asomando la cabeza y tomando grandes bocanadas de aire mientras tiraba de su pierna atrapada.
La quilla apuntó hacia el fondo del puerto y notó que el barco daba un bandazo. Cuando las llamas de los fuegos de proa lamieron los polvorines del barco, silbaron a su alrededor disparos intermitentes. A continuación la proa empezó a descender lentamente al fondo.
Al notar que el buque se sumergía, Boyd luchó por aspirar una última bocanada de aire. Lo último que vio fue el vapor de ruedas, con la caja de madera en la cubierta de popa, navegando a toda máquina hacia la entrada del puerto.
Acto seguido el Maine lo arrastró hasta las oscuras profundidades.
PRIMERA PARTE
Corriente mística
1
Junio de 2016
El pequeño barco pesquero estaba pintado con una bonita combinación de tonos bígaro y limón. Cuando estaba recién pintada, los colores conferían a la embarcación un aire de alegre serenidad. Pero de eso hacía casi dos décadas. El desgaste causado por el sol y el mar había eliminado todo rastro de viveza, y el barco tenía un aspecto pálido y anémico en contraste con el siniestro mar.
A los dos pescadores jamaicanos que faenaban en el Javina les traía sin cuidado su deteriorado exterior. Lo único que les preocupaba era si el motor humeante los llevaría de vuelta a su isla antes de que las vías de agua del casco sobrepasasen la bomba de achique.
—Date prisa con el cebo, que los atunes todavía pican.
El mayor de los dos hombres se encontraba en la popa soltando un largo sedal a mano por el costado. A sus pies, un par de enormes peces plateados aleteaban enérgicamente por la cubierta.
—No te preocupes, tío Desmond. —El pescador más joven cogió unos pedacitos de caballa y los enganchó a una sarta de oxidados anzuelos hechos a mano—. El sol está bajo, así que los peces seguirán picando.
—No es el sol el que espera el cebo.
Desmond cogió el resto de sedal cebado, lo dejó caer por el costado y ató la punta a la cornamusa de la borda. Se dirigió a la timonera para acelerar, pero se detuvo y aguzó el oído. Un estruendo profundo, como un trueno ensordecedor, sonó por encima del viejo motor diésel del barco.
—¿Qué es eso, tío?
Desmond sacudió la cabeza. Se fijó en el círculo oscuro de agua que se formó a babor.
El Javina chirrió y crujió por obra de la mano invisible de una onda sísmica sumergida. Una espumosa bola de agua blanca estalló a escasa distancia y se elevó a más de tres metros de altura. Le siguió una burbujeante onda concéntrica que se alzó de la superficie. La onda se expandió, alcanzó el barco pesquero y lo levantó por los aires. Desmond se agarró al timón para no perder el equilibrio.
Su sobrino acudió a su lado tambaleándose, con los ojos como platos.
—¿Qué pasa?
—Algo bajo el agua.
Desmond se aferró al timón cuando el barco escoró hacia un lado; tenía los nudillos blancos de tanto apretar.
La embarcación estuvo a punto de volcar, pero se enderezó cuando la onda disminuyó. El Javina recuperó la estabilidad sobre la superficie en calma mientras la onda se disipaba dibujando una estela circular de espuma burbujeante.
—Qué locura —dijo el sobrino rascándose la cabeza—. ¿Qué está pasando aquí?
El pequeño barco se encontraba a más de veinte millas de Jamaica; el litoral apenas se veía en el horizonte.
Desmond se encogió de hombros mientras alejaba el barco del epicentro de la erupción. Señaló a popa.
—Esos barcos de allí delante. Deben de estar buscando petróleo.
A una milla del Javina, un enorme barco de exploración remolcaba una barcaza de alta mar corriente abajo. Un barco de transporte naranja navegaba un poco por delante de la embarcación. Las tres naves se dirigían al Javina... o, más concretamente, al punto de la explosión submarina.
—¿Quién dice que pueden venir a poner explosivos en nuestras aguas?
Desmond sonrió.
—Con un barco tan grande, pueden ir a donde les dé la gana.
A medida que la pequeña armada se acercaba, las aguas de alrededor del Javina se cubrían de puntos blancos flotantes que subían de las profundidades. Eran restos de peces muertos y animales marinos destrozados por la explosión.
—¡Los atunes! —gritó el sobrino—. Han matado nuestros atunes.
—Encontraremos más en otra parte. —Desmond observó el barco de exploración que se les echaba encima—. Creo que será mejor que abandonemos el banco de atunes.
—Primero quiero cantarles las cuarenta.
El sobrino alargó la mano, giró bruscamente el timón a babor y dirigió el Javina hacia el gran barco. La embarcación de transporte reparó en el cambio de rumbo y se acercó a toda velocidad hasta situarse a su altura unos minutos más tarde. Los dos hombres de piel morena que había a bordo del barco de transporte no parecían jamaicanos, un detalle que quedó confirmado cuando hablaron con un extraño acento.
—Deben abandonar la zona ahora mismo —ordenó el piloto.
—Estos son nuestros caladeros —dijo el sobrino—. Miren a su alrededor. Han matado todos los peces. Nos deben los peces que hemos perdido.
El piloto de la embarcación miró fijamente a los jamaicanos sin un asomo de compasión. Se llevó un micrófono a los labios y transmitió un breve mensaje al barco. Y sin decir nada más a los pescadores, aceleró y se fue.
La enorme mole negra del barco de exploración llegó poco después alzándose imponente por encima del Javina. Impertérritos, los pescadores se quejaron a gritos a los tripulantes que corrían por las cubiertas de la embarcación.
Ninguno se fijó en el barco desvencijado que se mecía debajo de ellos hasta que dos hombres se acercaron a la barandilla. Vestidos con uniformes de faena verde claro, observaron por un momento el Javina y se llevaron al hombro unos rifles de asalto compactos.
Desmond aceleró al máximo y viró de golpe al oír dos rápidos ruidos sordos. Su sobrino se quedó paralizado mirando cómo un par de granadas de cuarenta milímetros, disparadas con unos lanzadores fijados a los rifles de asalto, caían en la cubierta y rebotaban a sus pies.
La timonera se volatilizó en una brillante bola de fuego rojo. Humo y llamas se elevaron en el cálido cielo caribeño mientras el Javina se bamboleaba sobre la quilla rota. El barco pesquero azul claro y amarillo era negro carbón cuando se estabilizó la proa.
Por un instante, la vieja embarcación pareció vacilar, y luego volcó a modo de tímida despedida y desapareció bajo las olas.
2
Julio de 2016
Mark Ramsey dejó escapar una leve sonrisa. Apenas pudo contener la euforia al pasar a toda velocidad por delante de la tribuna. El olor acre a gasolina y goma quemada le hacía cosquillas en las fosas nasales, mientras que los vítores del público apenas se oían por encima del ruido de su automóvil. No era solo la sensación de correr en una pista descubierta lo que le llenaba de alegría. Lo que tanto emocionaba al acaudalado industrial canadiense era el hecho de ocupar la primera posición a solo dos vueltas del final.
Conducía un coche de carreras Bugatti Type 35 Grand Prix en una pista ovalada clásica, y por tanto era el favorito. El ligero y veloz Bugatti azul, con su emblemática parrilla con forma de herradura, había sido uno de los modelos de carreras de más éxito en su día. El motor sobrealimentado de ocho cilindros en línea de Ramsey le daba una ventaja considerable sobre la competencia.
Se había separado enseguida del variopinto grupo de coches antiguos, menos de un Bentley verde oscuro que lo seguía varios metros por detrás. El pesado coche británico, equipado con una carrocería descubierta de cuatro asientos, no podía competir con el Bugatti en las curvas inclinadas del circuito de carreras de Old Dominion.
Ramsey sabía que tenía la victoria en el bolsillo. Al salir de la segunda curva, pisó a fondo el acelerador, recorrió la recta principal con gran estruendo y dobló a un Strutz Bearcat. Le llamó la atención una bandera blanca, que el juez de salida ondeaba encaramado en lo alto de un pedestal para indicar que era la última vuelta. Ramsey se permitió el lujo de mirar de reojo al público y no se dio cuenta de que el Bentley que le iba a la zaga se había acercado más.
Frenando y reduciendo con la maniobra de punta-tacón, describió un arco bajo en la siguiente curva. El Bentley, más pesado que el Bugatti, se vio obligado a seguirlo más arriba y perdió unos preciosos metros. Pero al salir de la curva, el Bentley enfiló bruscamente la recta de fondo y emitió un rugido. Equipado con un sobrealimentador Roots, que asomaba por el capó delantero como un ariete plateado, el Bentley bramó cuando su conductor pisó el acelerador para cambiar a una marcha superior.
Ramsey miró por el retrovisor del salpicadero. El Bentley, que era más potente, se había situado a una distancia equivalente a dos vehículos por detrás, y su imponente parrilla roma llenaba la imagen. En la recta de fondo mantuvo el pie en el acelerador cuanto pudo, y frenó tarde y de golpe, justo antes de lanzar el Bugatti hacia la última curva.
El Bentley se quedó atrás porque su conductor frenó antes y tomó la curva abierta. Sus neumáticos chirriaban buscando adherencia mientras perseguía al Bugatti por la curva. El conductor del Bentley no era ningún principiante. Conducía aquel gran demonio al límite de sus capacidades.
Ramsey agarró más fuerte el volante y tomó la curva forzada. El frenazo tardío lo había obligado a realizar un complicado giro. Soltó el freno para no perder el control en la curva y se enfureció al oír el gemido del «Blower» Bentley, que aceleraba tras él.
El Bentley estaba en la parte elevada de la pista, pero su conductor había alineado las ruedas para salir de la curva. Ramsey derrapó y aceleró al máximo en cuanto pudo girar el volante en la dirección contraria. El estridente Bentley casi había recorrido la distancia entre los dos vehículos y estaba pegado a su guardabarros trasero cuando llegaron a la recta final.
Era un duelo clásico entre sutileza y fuerza bruta. El motor del Bugatti tenía ciento cuarenta caballos, cien menos que el del Bentley, pero el modelo británico pesaba una tonelada más.
Los dos coches se acercaban a la línea de meta a casi ciento sesenta kilómetros por hora. Ramsey vio que el comisario ondeaba frenéticamente la bandera a cuadros y notó que el corazón le latía con fuerza. El Bugatti seguía en cabeza, pero el Bentley se le estaba aproximando. Con los guardabarros casi pegados, los dos vehículos antiguos recorrían la pista con estruendo; dinosaurios mecánicos de una época más distinguida.
La línea de meta se acercó, y la fuerza bruta se impuso. El Bentley avanzó a toda velocidad en el último instante y adelantó al Bugatti por unos centímetros. Cuando el voluminoso coche pasó por su lado, Ramsey echó un vistazo a la cabina del Bentley. El conductor parecía totalmente relajado en el momento de la victoria, con el codo apoyado como si nada sobre la portezuela. Ramsey rompió el protocolo y se desmarcó a toda velocidad del resto de los participantes mientras daban una vuelta de enfriamiento antes de dirigirse a los boxes.
Ramsey aparcó el Bugatti al lado de su autobús de lujo personalizado y supervisó a su equipo de mecánicos mientras revisaban el coche y lo metían en un tráiler cubierto. Observó con curiosidad que el Bentley paraba cerca.
El coche británico no tenía tráiler ni equipo de mecánicos que lo atendiesen. Solo una atractiva mujer de cabello color canela que esperaba al vencedor sentada en una silla plegable con una caja de herramientas y una nevera portátil a los pies.
Un hombre alto y esbelto salió del Bentley y recibió un apasionado abrazo de la mujer. Se quitó el casco y se pasó los dedos por una tupida mata de pelo moreno que enmarcaba un rostro bronceado de facciones duras. Alzó la vista cuando Ramsey se acercó y le tendió la mano.
—Enhorabuena por la victoria —dijo Ramsey acallando su decepción—. Es la primera vez que alguien me gana con el Bugatti.
—Mi viejo amigo ha echado el resto en la última vuelta.
El conductor dio unos golpecitos en el guardabarros del Bentley. Sus ojos verde mar eran casi del mismo color que el coche y traslucían una inteligencia que Ramsey había visto pocas veces. El conductor tenía el aspecto de un hombre que vivía y jugaba al límite.
Ramsey sonrió, perfectamente consciente de que había sido el conductor, y no el coche, el que lo había vencido.
—Me llamo Mark Ramsey.
—Dirk Pitt —dijo el conductor—. Esta es mi esposa, Loren.
Ramsey estrechó la mano de Loren y advirtió que de cerca era todavía más atractiva.
—Me encanta su Bugatti —dijo la mujer—. Un coche muy elegante en su día.
—Y también agradable de conducir —apuntó Ramsey—. Ese coche en concreto ganó la Targa Florio en 1928.
Mientras hablaba, su equipo de mecánicos introdujo el vehículo francés en la parte trasera de un tráiler. Loren reconoció el logotipo del oso pardo rojo con un pico entre los dientes estampado en el lateral.
—Mark Ramsey... Usted es el jefe de Minería y Exploración Bruin.
Ramsey miró de reojo a Loren.
—En Estados Unidos me conocen pocas personas.
—Hace poco formé parte de una delegación que visitó su mina de oro en el río Thompson, en la Columbia Británica. Nos sorprendió el respeto por el medio ambiente de toda la explotación.
—La minería ha tenido un historial nefasto, pero no hay motivos para que eso no cambie. ¿Es usted miembro del Congreso?
—Represento al séptimo distrito de Colorado.
—Claro, la diputada Loren Smith. Me encontraba de viaje cuando la delegación del Congreso hizo la visita. Para mi desgracia, debo decir. ¿Qué le interesaba de la mina, si puedo preguntarle?
—Soy miembro de la Subcomisión de la Cámara sobre Medio Ambiente, y estamos estudiando nuevos métodos de gestionar los recursos naturales.
—Avíseme si puedo ayudar de alguna forma, por favor. Siempre buscamos métodos de explotación de la tierra que no entrañen riesgos.
—Es un detalle por su parte.
Pitt recogió la silla plegable de Loren y la colocó en la parte trasera del Bentley.
—¿Le apetece cenar con nosotros, señor Ramsey?
—Tengo que tomar un avión a Miami para reunirme con unos clientes. Tal vez la próxima vez que esté en Washington. —Lanzó una mirada desafiante a Pitt—. Me gustaría tomarme la revancha con usted y su Bentley.
Pitt sonrió.
—No hace falta que me lo pida dos veces.
Pitt subió al Bentley y puso el motor en marcha. Loren subió al cabo de un momento.
Ramsey sacudió la cabeza.
—¿No tiene tráiler?
—El Bentley funciona igual de bien en la calle que en la pista —dijo Pitt sonriendo, y aceleró.
Los dos ocupantes se despidieron con la mano mientras Ramsey los miraba.
Loren se volvió hacia Pitt y sonrió.
—Creo que al señor Ramsey no le ha impresionado mucho tu equipo de mantenimiento.
Pitt alargó la mano y apretó la rodilla de su esposa.
—¿Qué dices? Tengo la jefa de equipo más sexy del mundo.
Recogió el trofeo de vencedor junto a la puerta, y abandonó el circuito de carreras de Manassas, en Virginia, con gran estruendo. Al pasar por el cercano campo de batalla de la guerra de Secesión, se metió en la Interestatal 66 y fue directo a Washington. Esa tarde de domingo había poco tráfico, y Pitt pudo correr a la velocidad máxima permitida.
—Me había olvidado —gritó Loren por encima del ruido del descapotable—. Me llamó Rudi Gunn cuando estabas corriendo. Tiene que hablar contigo de un problema en el Caribe que está investigando.
—¿Puede esperar a mañana?
—Llamaba desde la oficina, así que le dije que pasaríamos por allí de camino a casa.
Loren sonrió a su marido, consciente de que su desinterés era fingido.
—Si tú lo dices.
Al llegar al barrio residencial de Rosslyn, Pitt se internó en la alameda de George Washington y la recorrió en dirección sur a lo largo del Potomac. El edificio de mármol blanco del monumento a Lincoln brillaba bajo el sol mortecino cuando se desvió para entrar en un imponente edificio de cristal verde. Rebasó con el Bentley la garita de un guarda y aparcó en un garaje subterráneo cerca de un ascensor con llave, que tomaron para subir a la décima planta.
Habían entrado en la sede central de la National Underwater and Marine Agency, el departamento federal encargado de la protección de los mares. Como director de la NUMA, Dirk Pitt supervisaba a un equipo de biólogos marinos, oceanógrafos y geólogos que realizaban un seguimiento del estado de los océanos desde una flota de barcos de investigación repartidos por todo el mundo. La agencia también utilizaba boyas, submarinos e incluso un pequeño escuadrón de aviones, conectados a una sofisticada red de comunicaciones por satélite que permitía controlar continuamente el tiempo, el estado del mar e incluso los vertidos de petróleo casi en tiempo real.
Las puertas del ascensor daban a una sala de tecnología punta que albergaba el potente centro informático de la agencia. Oculto tras una pared alta y curva que quedaba enfrente de Loren y Pitt había un superordenador IBM Blue Gene que emitía un suave zumbido. Un enorme monitor de vídeo cubría la pared a lo largo iluminando por lo menos una docena de gráficos e imágenes en color.
Delante de la pantalla de vídeo había dos hombres trabajando en una mesa de control central. El más menudo de los dos, un hombre enjuto con gafas de montura metálica, vio entrar a Loren y Pitt y se acercó a saludarlos.
—Me alegro de que hayas podido venir —dijo Rudi Gunn sonriendo, un excomandante de la marina que se había licenciado el primero de su clase en la academia naval, y ejercía de director adjunto de Pitt—. ¿Has tenido suerte en el circuito?
—Creo que hoy el difunto W. O. Bentley se habría sentido orgulloso. —Pitt sonrió—. ¿Qué hacéis en la oficina un domingo, chicos?
—Un problema medioambiental en el Caribe. Hiram te dará más información, pero parece que al sur de Cuba están aflorando extrañas zonas muertas que siguen una pauta.
El trío se acercó a la mesa de control, donde Hiram Yaeger, el jefe de recursos informáticos de la NUMA, se hallaba sentado tecleando.
—Buenas tardes, señor y señora Pitt —dijo sin levantar la vista—. Tomen asiento, por favor.
Ferviente inconformista, Yaeger llevaba el pelo largo recogido en una coleta e iba vestido como si acabara de salir de un bar de moteros.
—Lamento molestarle en fin de semana, pero Rudi y yo hemos pensado que podría interesarle algo que hemos detectado en las imágenes por satélite.
Señaló la esquina superior del panel de vídeo, donde una enorme fotografía del golfo de México y el mar Caribe tomada por satélite dominaba la pantalla.
—Es una imagen fotográfica normal. Ahora vamos a pasar a otra retocada digitalmente.
Una segunda foto de colores brillantes se superpuso a la original. Una franja de color rojo vivo describía un arco a través del litoral oriental de la costa del golfo.
—¿Qué señala la parte roja? —preguntó Loren.
—Una zona muerta a la altura del río Mississippi, a juzgar por su intensidad —contestó Pitt.
—Así es —confirmó Gunn—. Las imágenes por satélite pueden detectar cambios en el reflejo de la luz en la superficie del mar, y eso nos da una idea del contenido orgánico del agua. Los mares del delta del Mississippi son una zona muerta de manual. La abundancia de nutrientes en el río procedentes de fertilizantes y otros vertidos químicos provoca crecimientos explosivos de plancton: la proliferación de algas. Este fenómeno, a su vez, reduce el contenido de oxígeno del agua, lo que genera unas condiciones hipóxicas que acaban con la vida marina. La zona del delta del Mississippi es una famosa zona muerta que preocupa a los científicos desde hace muchos años.
Loren se fijó en las persistentes franjas de color magenta que manchaban las aguas de la costa desde Texas hasta Alabama.
—No tenía ni idea de que estuviera tan extendido.
—La intensidad está bastante localizada en el delta —explicó Bunn—, pero se pueden apreciar los efectos a nivel general.
—Todo eso está bien —dijo Pitt—, pero hace años que sabemos lo de la zona muerta del delta del Mississippi.
—Lo siento, jefe —se disculpó Yaeger—. En realidad, nos hemos centrado un poco más al sur.
Señaló un trío de marcas color borgoña que salpicaban las aguas al noroeste de Jamaica. Las manchas se esparcían a través de una línea irregular que se exten
