INTRODUCCIÓN
Secretos dinásticos
«En la Corona, estas cosas se tapan», me susurraba al oído antes de fallecer, como si temiera que alguien más pudiera oírle, Leandro de Borbón, hijo reconocido del rey Alfonso XIII. Aludía el infortunado Leandro en aquella ocasión al homicidio silenciado del infante sordomudo Jaime de Borbón, padre del duque de Cádiz, a manos de su segunda esposa, la prusiana Carlota Tiedemann, que le propinó un botellazo letal en la cabeza durante una violenta discusión.
Y ahora nos preguntamos: ¿cuántos otros secretos, de mayor o menor enjundia que aquél, permanecen todavía hoy soterrados en las catacumbas palaciegas de medio mundo?
Si el lector ha tenido oportunidad de comprobar ya cómo la realidad supera con creces la ficción en el caso de los Borbones en mis dos obras anteriores La maldición de los Borbones y Bastardos y Borbones, convertidas en sendos best sellers que aún siguen reeditándose al cabo de los años, con igual razón podrá hacerlo ahora en estas nuevas páginas donde se rescatan historias desconocidas o ignoradas a propósito de otras dinastías también, cuyos representantes desfilan por ellas sin disfraces ni velos de ningún tipo.
La Historia, con mayúscula, se escribe asimismo con anécdotas de personajes de sobra conocidos para el común de los mortales, pero en gran parte ignotos. Curiosa paradoja.
Aunque las anécdotas, por sí solas, no bastan a veces para armar el complejo puzle de la Historia si no van respaldadas con documentos que avalen su autenticidad. He aquí el difícil reto para el historiador: combinar el rigor científico con la amenidad del relato.
Fruto de ese equilibrio inestable es también este nuevo libro que tiene ahora en sus manos y que se suma a otras tantas incursiones mías en los más intrincados pasadizos de los alcázares regios.
Luis Alberto de Cuenca, Premio Nacional de Poesía, ha resumido en una sola pincelada la actitud de quien esto escribe a la hora de enfrentarse a un enigma histórico. «Zavala —asegura el exsecretario de Estado de Cultura— es un grandísimo investigador, tipo Tintín, capaz de viajar a cualquier parte para hallar un archivo desconocido.» Una manifestación certera, sin duda, pues confieso que desde pequeño he sucumbido a la pasión por la Historia y también, cómo no, ante esas irresistibles «pasiones regias» que impregnan la intrahistoria de las dinastías europeas, siempre en busca de los documentos y los testimonios que puedan dar fe de ellas con el noble propósito de sacarlas a la luz.
¿Sabemos, si no, cómo murió en realidad la princesa Mafalda de Saboya a manos de la Gestapo? ¿Conocemos las fobias de la reina Isabel de Baviera? ¿Estamos en condiciones de acreditar por qué la reina Cristina de Suecia era una mujer caprichosa y extravagante? ¿O de probar si Luis Felipe de Orleáns era hijo o no de un vulgar carcelero? ¿O tal vez de responder a si la reina María Luisa de Habsburgo, esposa del gran Napoleón Bonaparte, murió envenenada? ¿Y qué podemos añadir sobre Luis XI de Francia: sabemos acaso dónde está enterrado? ¿Somos conscientes de hasta qué punto la «peste sanguínea» de la hemofilia ha sacudido, cual bruja maléfica, a la monarquía europea? ¿Alguien, que no sepamos, está en condiciones quizás de identificar hoy de una vez por todas al célebre prisionero de la máscara de hierro?
Estas y otras muchas historias regias se entremezclan en estas páginas, que ahora corresponde al lector juzgar.
Pero anticipemos ya alguno de esos episodios insólitos: diecisiete años después de la muerte trágica de Mafalda de Saboya, en el verano de 1961, su hijo el príncipe Enrico d’Assia recibió en Villa Polissena la llamada telefónica de la señora Louise Durbin, de Wichita, Kansas (Estados Unidos). ¿Qué pretendía esa desconocida mujer al cabo de tanto tiempo? Ni más ni menos que entregar en mano al príncipe un documento donde revelaba los últimos días de su madre en el campo de concentración de Buchenwald. Conoceremos ahora con todo lujo de detalles el cautiverio de Mafalda de Saboya en el averno nazi, gracias a la periodista italiana Cristina Siccardi.
Hagámonos otra pregunta más: ¿cómo conciliar el comportamiento sexual de toda una reina como Cristina de Suecia, a quien algunos autores han tildado de lesbiana, con el hecho de que Pedro Calderón de la Barca, uno de los más insignes literatos barrocos del Siglo de Oro español, escribiese nada menos que un auto sacramental, la mayor manifestación literaria de la fe religiosa, titulado La protestación de la fe, basándose curiosamente en su puritana vida? Saldremos muy pronto de dudas.
Como también descifraremos la misteriosa muerte de María Luisa de Habsburgo con la ayuda, entre otros, de Paul Ginisty, escritor y periodista francés que publicó dos artículos muy interesantes, que han pasado hasta ahora inadvertidos, sobre la muerte de la emperatriz en la revista satírica Gil Blas, impresa en Madrid entre 1864 y 1872.
Ginisty conoció a Guy de Maupassant, quien le dedicó su popular cuento Mon oncle Sosthène [Mi tío Sosthène], y dirigió el teatro del Odeón en París, inaugurado por la reina María Antonieta el 9 de abril de 1782. ¿Qué nos aventura Ginisty sobre el envenenamiento de la esposa de Napoleón?
Napoleón Bonaparte, precisamente, se lamentaba al final de su vida por no haber podido descifrar el enigma de la Historia que más ha picado la curiosidad a tantas generaciones y seguirá haciéndolo, sin lugar a dudas, durante muchas más: ¿quién fue el hombre de la máscara de hierro? Todo el mundo habrá oído hablar alguna vez de este personaje furtivo del que se hizo eco el príncipe de las letras Alejandro Dumas en su célebre novela El vizconde de Bragelonne, última parte de su no menos famosa trilogía de los mosqueteros, que se publicó en 1847, o habrá visto la película homónima protagonizada por Leonardo DiCaprio en 1998. Pero ¿era en realidad el hermano gemelo del rey Luis XIV de Francia, hecho cautivo para que no pudiese disputar el trono al monarca reinante, el prisionero enmascarado más célebre de la Historia, tal como sostenía Voltaire? Tendremos oportunidad de aclararlo también.
Por otra parte, no deja de resultar paradójico que el rey Luis XI, pese a su acreditada necrofobia, mandara preparar su tumba en vida y que se acostase incluso en ella varias veces para convencerse de que estaba hecha a su medida. Tan preocupado estaba porque se respetase el lugar de su sepultura, que obtuvo una bula papal de excomunión contra quien intentase cambiarlo. Su expreso deseo era descansar para siempre a los pies de Nuestra Señora de Cléry, agradecido por su intercesión en las circunstancias más críticas de su vida. Pero la amenaza de excomunión no logró que su último sueño y el de su segunda esposa, Carlota de Saboya, con quien había contraído matrimonio tras enviudar de Margarita Estuardo en 1451, se respetase como Dios mandaba. Ahora sabremos por fin dónde yace inhumado, tras la invasión de los bárbaros hugonotes y la posterior profanación de los descamisados, en 1792.
Y como broche dorado a este paseo de la mano por los laberintos palatinos, dedicamos varios capítulos a quien hemos dado en llamar «el rey del lujo», que no es otro que Juan Carlos I, un apasionado, parafraseando el título del libro, de los yates, los coches o las cacerías. Conoceremos así detalles insospechados sobre quien portó la corona de España durante casi cuarenta años, los mismos que Franco, el cual acabó designándole su heredero en la Jefatura del Estado a título de rey, conforme a su Ley de Sucesión de 1947.
«Para escribir un libro sobre el patrimonio de los Borbones —advierte el hispanista estadounidense Stanley G. Payne, doctor y académico de la Historia— hace falta una combinación de pericia especializada, experiencia historiográfica y literaria, y finalmente el coraje moral o público para llevar el estudio hasta sus últimas consecuencias sin caer en el chismorreo, el sensacionalismo o la especulación morbosa. José María Zavala nos exhibe exactamente la combinación de talentos para llevar a cabo tal empeño con éxito.»
Ojalá que muchos lectores suscriban las generosas palabras de un historiador de la talla de Stanley G. Payne tras la lectura de este libro. Quedaré satisfecho, en cualquier caso, si una vez más logro que alguien vuelva a sorprenderse ante hechos que ignoraba o creía conocer.
EL AUTOR
en Campoamor, a 16 de agosto de 2017
1
Prisionera de la Gestapo
Un documento providencial, inesperado, sirvió para desvelar gran parte del misterio que se cernía aún sobre la muerte de la princesa italiana Mafalda de Saboya a manos de la Gestapo.
Fechado el 14 de julio de 1945 en Berlin-Wannsee y firmado de puño y letra por Tony Breitscheid, mujer del diputado socialdemócrata alemán apellidado así y compañera de Mafalda de Saboya en el campo de concentración de Buchenwald, el legajo ponía al descubierto detalles insospechados sobre el martirio infligido a una buena esposa y madre de familia de estirpe regia por parte del demonio nazi.
Pero antes de adentrarnos en la tragedia, presentemos a nuestra primera protagonista, cuya gran pasión fue precisamente su propia muerte. Aludimos, cómo no, a la princesa Mafalda de Saboya, nacida en Roma el 19 de noviembre de 1902 y fallecida en Buchenwald el 28 de agosto de 1944, antes de cumplir los cuarenta y dos años de edad.
Su padre, el rey Víctor Manuel III, subió al trono de Italia tras el asesinato de su antecesor, Humberto I, el 29 de julio de 1900. Aquel funesto día, el anarquista Gaetano Bresci, venido de América, vengó en Monza a los muertos de Adua y de Milán vaciándole entero al monarca el cargador de su pistola. El destino cruel quiso que el rey no llevase puesta aquella calurosa mañana la faja de malla metálica.
Coronado como Víctor Manuel III, el pueblo italiano gozó desde el principio de un soberano culto y seguro de sus decisiones, como un buen Saboya. Con razón, sus padres confiaron su educación al coronel Egidio Osio, que había sido agregado militar en Berlín y admiraba el modelo prusiano. El maestro educó así al futuro monarca en el dominio de varios idiomas y en el conocimiento de las dinastías, la heráldica y la historia militar, los cuales combinó con su pasión por la numismática, la pesca y la caza.
Pese a su físico poco agraciado, pues tenía las piernas muy cortas y una estatura tan baja que debió rebajarse la medida de alistamiento a 1,51 metros para no excluir al comandante en jefe del Ejército italiano, Víctor Manuel III colmó al principio las expectativas de gran parte de sus súbditos. Sin embargo, acabó refugiándose en la intimidad de la vida privada con la montenegrina Elena Petrovich, corpulenta y más alta de lo normal, con la que había contraído matrimonio en 1896.
Más que en reina, Elena se erigió en una madre de familia ejemplar que enseñaba a sus hijas, empezando por Mafalda, a hacer punto, chaquetas y almohadones, y a preparar exquisitos postres.
Muy pronto, la popularidad del padre de Mafalda cayó en picado. Tres hechos bastaron para poner de manifiesto su decaimiento: los disparos de revólver contra el coche regio el 14 de marzo de 1912, efectuados por el anarquista Antonio D’Alba; la llamada Semana Roja, dos años después, durante la cual se enarboló el pendón de la República en las ciudades de la Emilia y la Romaña; y el derrumbamiento de tantos tronos al término de la Primera Guerra Mundial.
Víctor Manuel III acabaría en manos de Benito Mussolini. No en vano, llegó a decirse que el Duce envidiaba a Hitler y a Franco porque no tenían un rey. Aun así, Mussolini se mostró obsequioso con el monarca, manteniéndolo, eso sí, en la sombra: en esa misma penumbra que el propio soberano no desdeñaba con su escasa vida cortesana, sus contadas relaciones con la aristocracia y su reconcentrada vida de hogar.
Finalmente, tras la crisis política y la humillación que supuso la inesperada muerte de su hija Mafalda y la irremediable pérdida de vista de la reina, Víctor Manuel III abdicó en su hijo Humberto II el 9 de mayo de 1946. Esa misma noche, partió hacia Egipto, donde le aguardaban ya el rey Faruk y la reina Fawzia.
Falleció el 28 de diciembre de 1947 en la villa que había comprado en Alejandría y a la que bautizó como Yela, el nombre montenegrino de su mujer, que también padeció en vida el aldabonazo de la muerte de su hija Mafalda.
LA PRINCESA AL TRASLUZ
¿Y cómo era Mafalda de Saboya en unas pocas pinceladas?
La periodista italiana Cristina Siccardi, autora de una de las mejores biografías de la princesa publicadas hasta la fecha, nos la describe como una persona «muy sencilla, indulgente, benévola y amable».
Era también una mujer culta e inteligente, como su padre, con una personalidad arrolladora, además de una madre ejemplar tras el nacimiento de sus cuatro hijos: Maurizio, Enrico, Ottone y Elisabetta.
De salud frágil, se enfrentó con toda su ilusión y no poco esfuerzo a cada embarazo, el último de los cuales se desarrolló cuando tenía ya treinta y ocho años.
«No es casual —advierte Siccardi— que sus últimas palabras fueran: “Italianos, yo muero. Recordadme no como una princesa, sino como una hermana vuestra italiana”.»
Cristina Siccardi visitó hace ya casi veinte años, para componer su excelente libro Mafalda di Saboia, la residencia romana de nuestra primera protagonista. En Villa Polissena todo se conservaba entonces como aquel fatídico 22 de septiembre de 1943 en que Mafalda fue arrestada: muebles, libros, recuerdos, fotografías, el dormitorio en sí… Su segundogénito, el príncipe Enrico d’Assia, quiso preservar el palacete del paso del tiempo para convertirlo en un templo donde se palpan todavía hoy las huellas indelebles de una mujer que jamás conoció el odio ni el rencor, razón por cual fue capaz de perdonar a sus verdugos.
¿Cómo entender, si no, que existan en Italia en la actualidad más de ciento cincuenta calles, plazas y jardines públicos dedicados a Mafalda de Saboya, incluidas algunas ciudades tradicionalmente antimonárquicas como Forlì o Módena? ¿Y que haya cipos y monumentos erigidos en su honor, junto a escuelas italianas que llevan su nombre o casi medio centenar de clubes dedicados a su memoria?
Siccardi destaca el importante papel político e histórico que desempeñó el príncipe Enrico d’Assia y, en consecuencia, la terrible venganza nazi que se cebó con su familia, dado que el príncipe alemán se había casado con una Saboya. ¿Qué mejor presa, entonces, que la hija del rey Víctor Manuel III, el soberano del armisticio de septiembre de 1943 que condujo a Italia a la capitulación durante la Segunda Guerra Mundial? ¿Y qué peor pecado para los máximos dignatarios del Tercer Reich que mezclar la sangre real germana con la de los traidores Saboya?
En el exterior de la neoclásica Villa Polissena, cerca del muro que la rodea, a la izquierda de la puerta de hierro verde flanqueada y dominada por dos leones de mármol, se vislumbra un pequeño altar presidido por un relieve de la Virgen con el Niño, a la que Mafalda era muy devota, junto a un busto de la princesa sobre un pedestal grabado a hierro y fuego con este sentido epitafio:
En memoria de Mafalda de Saboya, princesa d’Assia, nacida en Roma el 19 de noviembre de 1902 y fallecida mártir en Buchenwald el 28 de agosto de 1944.
Otras fuentes, como la Wikipedia, sin embargo, fechan su defunción el día 27 de agosto.
LA CARTA
Diecisiete años después de la muerte trágica de Mafalda, en el verano de 1961, según nos cuenta Cristina Siccardi, el príncipe Enrico d’Assia recibió en Villa Polissena la llamada telefónica de la señora Louise Durbin, de Wichita, Kansas (Estados Unidos). La mujer deseaba verle para entregarle en mano un documento de gran trascendencia.
Louise Durbin llegó a la villa romana días después para hacer entrega al perplejo príncipe de una carta que el abogado Stephen Elwin Ware había conservado en su poder durante tantos años y que ahora, aprovechando un viaje turístico a Italia de su vecina, la señora Durbin precisamente, deseaba confiar por fin a su destinatario.
¿Por qué Elwin Ware, antiguo alto cargo del Ejército aliado, había esperado tanto tiempo para remitir el documento que daba testimonio con todo lujo de detalles del último y dramático año de vida de la princesa italiana en el campo de concentración nazi? No lo sabemos con certeza ni creo que lo sepamos ya nunca.
El propio príncipe Enrico d’Assia tampoco lograba explicarse la desidia de aquel caballero, que se definía a sí mismo como counselor at law (consejero legal) en la tarjeta de visita adjunta con la carta: una misiva introducida en un sobre abierto y amarillento a causa del transcurso de los años, pero que curiosamente no había sido manipulado a juzgar por la presencia de un estrato intacto de cola en la parte posterior.
A falta de una más que merecida explicación, el hijo de Mafalda de Saboya empezó a devorar el impresionante documento, fechado casi un año después del fallecimiento de su madre.
Publicada en su día por Siccardi, la casi desconocida epístola no tiene desperdicio:
A los príncipes Maurizio y Enrico d’Assia:
Dirijo esta carta a ambos porque no sé si el príncipe Maurizio ha podido volver ya a su patria, y quiero aprovechar la primera ocasión que tengo para informar a los hijos mayores de la princesa Mafalda de lo que le aconteció. Soy consciente de que con esta carta seguramente les causaré un gran dolor, pero siento que es mi deber escribirla, puesto que soy la única persona que ha estado cerca de la madre de ustedes en el último año de su vida; la única con la que ella hablaba a menudo, casi cada día, de sus hijos, de su familia, de toda su vida.
No sé hasta qué punto conocen el destino de su madre. Por este motivo quiero intentar reconstruirlo para ustedes hasta donde yo sé, empezando por el momento en que la princesa Mafalda volvió a Roma tras el funeral de su cuñado, el rey de Bulgaria. Debió suceder en el mes de septiembre o agosto de 1943.
Primero fue a ver a sus dos hijos menores, quienes durante su ausencia habían sido trasladados a la vivienda de un alto funcionario del Vaticano, mientras la Familia Real se preparaba para abandonar Roma. Fue una visita breve, pero su madre les prometió regresar al día siguiente, por la tarde.
Por la mañana tenía que ir a la embajada de Alemania donde, según le habían comunicado, podría hablar por teléfono con el padre de ustedes, el príncipe d’Assia. Pero no llegó nunca a la legación alemana. Antes de poder entrar en el edificio, un oficial alemán se acercó a ella y la arrestó «en nombre del Führer». Inmediatamente la acompañó hasta el aeropuerto y subieron a un avión que se dirigió a Berlín. Ella iba sin equipaje, con su ligero vestido estival y sin dinero. Una vez en Berlín, Mafalda fue trasladada a una casa situada a orillas del Pequeño Wannsee [uno de los dos lagos enlazados en el sudoeste de Berlín; Kleiner Wannsee, en alemán]; la princesa no supo describir con exactitud la localización de aquella casa. Sabía sólo que cerca de ella había una pequeña iglesia donde no le permitieron entrar, y que los locales donde estuvo detenida, bajo la constante vigilancia de dos mujeres policías que hablaban algo de italiano, parecían oficinas. Oficiales de la Gestapo la interrogaron en diversas ocasiones. Cada vez que recordaba esos interrogatorios, le sobrevenía una gran agitación, por lo que nunca conseguí entender de qué se la había acusado.
En mi opinión, sospechaban que vuestra madre estaba al corriente de los cambios políticos en Italia y la culpaban de no haber informado a las autoridades alemanas de lo que estaba sucediendo, dado que, con su matrimonio, ella había adquirido la nacionalidad alemana. Pero tal vez todo eso no fue más que una especie de venganza tras el arresto de Mussolini.
La madre de ustedes pidió ver a su marido y hablar con sus hijos. También solicitó vestidos y ropa interior adecuada. Pero todas sus peticiones fueron rechazadas o le respondían simplemente que no podían satisfacerlas. Le decían, por ejemplo, que se había perdido la maleta que contenía sus vestidos y otros efectos personales. Únicamente le prometieron que acompañarían a los hermanos pequeños de ustedes, el príncipe Otto y la princesa Elisabetta, a casa de su abuela, en Kronberg. No sé si lo cumplieron. La Gestapo ha dicho tantas mentiras que creo sólo en lo que puedo verificar personalmente.
Hasta mediados de octubre, su madre permaneció en la casa a orillas del Pequeño Wannsee. Después, le hicieron creer que la llevarían a una villa donde viviría con su marido; pero la «villa» a la que la condujeron en coche fue Buchenwald, el campo de concentración. La villa era la mitad de un barracón [el barracón 15 era una construcción aislada de cincuenta metros de largo por nueve de ancho]; la otra mitad la ocupábamos mi marido, el exdiputado socialdemócrata Rudolf Breitscheid, y yo misma. Ni rastro de su esposo. Mafalda ya no volvió a verlo nunca más.
Se pueden imaginar su terrible decepción. En las primeras semanas lloraba mucho y nos costaba consolarla. Oficialmente, la llamaban Frau von Weber, pero al cabo de pocos días ya sabíamos que Frau von Weber era en realidad la princesa Mafalda d’Assia, hija de los reyes de Italia.
El barracón donde vivíamos estaba situado en la parte exterior del campo de concentración real, en medio de un pequeño terreno repleto de hayas y rodeado de un alto muro coronado por alambre electrificado. De lo que sucedía más allá del muro nosotros no debíamos oír ni ver nada. A su madre le asignaron, para que le hiciese compañía y la ayudara, a otra prisionera: una mujer que pertenecía a la secta de los Buscadores de la Biblia [Testigos de Jehová]. Se trataba de una señora llamada Maria Ruhnau, que estuvo cerca de ella hasta el último día.
Ignoro dónde se encuentra actualmente la señora Ruhnau y si todavía vive. Tal vez podría obtenerse su dirección a través de su hermana, la señora Anni Classe, Heubude bei Danzig, Kleine Seebadstrasse, 10.
Así, desde el 18 o 19 de octubre y hasta su muerte, vivimos con la madre de ustedes. Me contó muchas cosas sobre todos sus hijos; no puedo describir la nostalgia que ella sentía por los cuatro. Fue una tortura indecible no permitirle que recibiera la más mínima noticia de ellos. Mafalda escribía continuamente: a ustedes, a la abuela, a Hitler, a diversos funcionarios de la Gestapo… Ni siquiera sé si llegaron a enviar todas esas cartas. Lo único seguro es que ella jamás recibió respuesta. Sólo una vez, en el verano de 1944, un funcionario de la Gestapo le informó de que todos ustedes gozaban de buena salud y de que en breve el príncipe Maurizio se alistaría en el Ejército alemán. Incluso cuando la princesa pidió saludar a su hijo mayor antes de que partiera hacia el frente, su solicitud fue rechazada.
En el barracón, la comida era siempre la misma, si bien abundante. Nos pasaban las raciones del Ejército, que llegaban de una cocina central y se calentaban de nuevo en el barracón. Antes del invierno, y después de insistir reiteradamente, su madre recibió prendas de más abrigo: vestidos y ropa interior de prisioneras judías que la señora Ruhnau arreglaba para adaptarla a las medidas de la princesa. En cambio, no se encontraban zapatos de su número, por lo que durante el invierno su madre debió contentarse con calzar los de la señora Ruhnau, que le quedaban bastante bien.
En primavera y verano, su madre se ocupaba mucho del jardín e intentaba moldear alguna pieza con el barro que encontraba en el foso de aquél, pequeñas esferas y vajillas para muñecas que deseaba regalar a sus hijos menores en cuanto le fuera posible. Además, leía muchas obras históricas, en francés e inglés, que le prestábamos con placer.
Pese a las distracciones, cada vez era más consciente de su situación desesperada. A menudo, sufría profundas crisis depresivas y decía, por ejemplo, que no vería el final de su encarcelamiento. Me rogó que les dijera, en cuanto yo fuese liberada, cuánto amor sentía por sus hijos y cuánto había sufrido cada día su ausencia. Sobre todo, me suplicó que, si fallecía finalmente, os dijera que su deseo más grande era que el príncipe Otto y la princesa Elisabetta fueran educados por su hermana favorita, la reina de Bulgaria, junto al hijo de ésta. Nunca imaginé que, en efecto, un día tendría que comunicarles su último deseo; tampoco imaginé que una anciana como yo, con casi setenta y siete años, pudiese sobrevivir a la princesa.
En julio y agosto de 1944, las Fuerzas Aéreas americana e inglesa multiplicaron sus incursiones sobre Buchenwald porque, a sólo cinco minutos de distancia de nosotros, en la misma zona del campo de concentración, se habían instalado las industrias Gustloff, que trabajaban con fines bélicos. Ya he aludido al foso de nuestro jardín, el cual, por desgracia, se hallaba al descubierto. El 24 de agosto, cuando sobrevolaron la zona numerosos aviones, decidimos refugiarnos en el foso. Mafalda se encontraba a mi izquierda y mi marido a la derecha. Al cabo de escasos minutos empezó el ataque aéreo. Tres bombas cayeron en el pequeño trozo de terreno, la segunda nos enterró y la tercera incendió el barracón, que ardió enseguida con todo lo que contenía.
Durante un cuarto de hora, oí a su madre rezar en voz alta, hasta que perdí la consciencia. Al despertar, me hallaba en el nosocomio al que habían trasladado a la princesa. Cuando sacaron a mi marido, estaba muerto ya.
Un profesor checo, prisionero como nosotras, y el jefe médico del campo de concentración atendieron a su madre. Tenía el brazo izquierdo quemado hasta el hueso y enseguida concluyeron que había que amputarlo. Su madre dio su consentimiento a la operación. Demostró mucho valor, consciente del grave peligro que corría. De nuevo, me rogó que pensara en sus hijos y dispuso que, en caso de fallecer, los dos anillos que llevaba puestos se los entregasen a su hija Elisabetta, mientras que el reloj de pulsera lo reservó para la señora Ruhnau.
Si recuerdo bien, la operación se llevó a cabo el 26 de agosto, pero su corazón no fue lo suficientemente fuerte para resistirla. Su madre murió en la noche del 26 al 27 de agosto sin haber recuperado la consciencia [La memoria traicionó, en efecto, a la autora de la carta, pues la operación se efectuó la tarde del lunes 28 de agosto, como veremos muy pronto]. Murió con una sonrisa en los labios: seguramente pensó hasta el último instante en sus hijos, a los cuales esperaba volver a ver.
El jefe médico la despojó de los anillos y del reloj que la Gestapo debía enviar a la familia. Dado que no había ninguna declaración por escrito de la princesa, la señora Maria Ruhnau no recibió el reloj, pese a que el profesor checo y yo estuvimos dispuestos a dar testimonio de su última voluntad. Nos dijeron que los restos de su madre serían trasladados a Kronberg. No pudimos verificar si realmente se hizo así o si fue una de las muchas mentiras de la Gestapo.
La princesa no volvió a recibir noticias de vuestro padre, con excepción de una vaga afirmación de un funcionario de la Gestapo de que «estaba bien». Mi marido y yo, en cambio, habíamos oído decir a un prisionero que trabajaba en el foso y que había llegado a Buchenwald tras haber descontado una pena en la prisión de Ziegenhain, que un príncipe D’Assia había sido fusilado junto a otras personalidades en el patio de la misma cárcel. No dijimos nada de esto a la madre de ustedes, pues esa noticia, si bien tenía visos de ser verosímil, se nos antojó insegura. Mientras tanto, ustedes tal vez recibirían nuevas sobre el destino de su padre, o quizás pudieron verificar si aquella noticia era cierta.
Esto es todo lo que puedo contarles acerca del último año de vida de su madre. Será muy doloroso para ustedes recorrer con ella de nuevo semejante calvario. Pero aun así, espero que en su dolor les consuele saber cuánto y con qué inmensa ternura pensaba su madre en cada uno de ustedes.
Si se diera la ocasión de referir algunos otros detalles de ese período, estaré encantada de hacerlo. Espero poder reunirme pronto con mi hijo: Gerhard Breitscheid, Kopenhagen-Charlottenlund, Ordrupvej 155. También pueden escribirme a la dirección indicada al inicio de esta carta.
Con mis deseos de que poco a poco puedan ustedes dejar atrás la larga angustia que empezó con la desaparición y muerte de su madre, tal como ella desearía si estuviera aún con vida, les ruego que crean en mis sinceras condolencias.
TONY BREITSCHEID
La firmante de tan valiosa pieza documental, encajada al fin en el infausto puzle de la Historia reciente de las dinastías europeas, falleció a finales de los años cincuenta. Poco antes de su muerte, según contaba el príncipe Enrico d’Assia a Cristina Siccardi, la antigua compañera de cautiverio de Mafalda de Saboya se había lamentado por el hecho de que los hijos de la princesa no hubiesen contactado con ella.
La señora Breitscheid había escrito el 14 de julio de 1945, el mismo día que redactó la anterior carta, otra similar dirigida a la reina Elena de Saboya, que también reproduce en su libro Siccardi. Aun siendo más breve, resulta elocuente también, en especial este pasaje donde Toni Breitscheid vuelve a dar fe del gran corazón de la princesa:
[…] Me hablaba [Mafalda de Saboya] a menudo, casi cada día, de la bondad de su madre. Sentía un ardiente amor hacia usted, majestad; me hablaba de usted y de su padre con un cariño conmovedor. Tras las primeras y desconsoladas semanas de encarcelamiento en Buchenwald, ella empezó a hacer proyectos sobre un futuro más feliz, que incluía siempre a sus hijos y a sus padres. Me contaba muchas anécdotas sobre usted, majestad, y me gustaría poder repetir sus palabras… Varias veces, cuando se sentía sin ningún tipo de energías, me decía que su deseo más grande era que la pequeña Elisabetta y el principito Otto crecieran con su hermana, la reina de Bulgaria, y junto a los hijos de ésta… Escribo, al mismo tiempo, a los hijos mayores de la princesa Mafalda, esperando que les llegue la carta a través de las autoridades militares de ocupación. Sería feliz si un día pudiera saber que usted, majestad, ha recibido mi carta y perdonado mi sencillo modo de escribir.
La reina Elena pudo leer finalmente esta carta, la cual entregó a su nieto Enrico d’Assia para que éste a su vez se la diese a su padre. Enrico supo de su contenido mucho tiempo después, porque tanto su abuela, como su padre prefirieron no informarle de su contenido para ahorrarle más sufrimientos.
HOMICIDIO SANITARIO
Conocemos ya algunos detalles sobre la muerte de Mafalda de Saboya, pero ni mucho menos todos.
La mañana del 24 de agosto de 1944, los escuadrones de reconocimiento de la Aviación aliada lanzaron sobre Buchenwald centenares de manifiestos que anunciaban el inminente bombardeo de las industrias bélicas Gustloff y en los que se pedía a la comandancia alemana que alejara a los prisioneros de la zona limítrofe del lager. Pero los alemanes hicieron caso omiso de la petición, y el lugar adyacente a las industrias permanecía ocupado por prisioneros en el preciso instante en que empezaron a caer las bombas que lanzaban cinco escuadrones, integrados cada uno por una docena de aviones.
Poco después del mediodía, el muro y una parte del barracón número 15 se derrumbaron bajo las bombas. Las habitaciones se incendiaron. La trinchera situada delante del barracón donde se agazapaban Mafalda, los cónyuges alemanes, la señora Ruhnau (la única que resultó ilesa) y los dos guardias (ambos murieron bajo los escombros), y que hacía de muro de contención para detener los fragmentos, quedó sepultada bajo los cascotes.
Mafalda permaneció allí alrededor de dos horas interminables. El encargado del combustible del barracón 15 se dirigió hacia el lugar, pero antes de llegar debió cumplir las órdenes de varios altos cargos de las SS; es decir, la Schutzstaffel (Cuerpo de Protección), fundada en 1925 por Adolf Hitler como unidad paramilitar y guardia personal de la alta jerarquía del Partido Nacionalsocialista alemán. Cuando por fin consiguió alcanzar la trinchera, aquel hombre comprobó que de ella sobresalía tan sólo la cabeza de Mafalda. Avisó enseguida a ocho prisioneros rumanos y entre todos pudieron desenterrar a las personas atrapadas.
El bombardeo había destruido los hospitales de Weimar y Buchenwald, de modo que sólo quedaba en pie la enfermería repleta de heridos. Fue así como Mafalda dio con sus huesos finalmente en el llamado Sonderbau, una especie de prostíbulo donde se congregaba una docena de jóvenes de diversas nacionalidades. El barracón era pequeño pero confortable: estufas, baños, camas mullidas…
El doctor Fausto Pecorari, encargado de la primera investigación oficial sobre la vida y muerte de Mafalda de Saboya en Buchenwald, recordaba así aquellos trágicos momentos:
Las condiciones físicas en las que la princesa llegó eran preocupantes, pero no a tal punto que se sospechara que no llegaría a sobrevivir. Sigo creyendo que su final en Buchenwald se debió a un delito sanitario: tal vez no se quiso provocar deliberadamente la muerte de la hija del rey de It
