Luna de agosto

Laura Kinsale
Laura Kinsale

Fragmento

Capítulo 1

1

Por cuarta vez, su excelencia el duque de Damerell levantó la aldaba con la mano libre y dejó caer con fuerza el lustroso bronce sobre su base de verde jaspeado. Por cuarta vez, el golpe resonó al otro lado de la puerta de roble, sin que hubiera respuesta. Ransom Falconer frunció la boca, esbozando apenas una mueca.

Al parecer, su caballo y él eran las únicas criaturas civilizadas en unos diez kilómetros a la redonda. De no haberlo creído así, jamás se habría permitido semejante despliegue de emociones. Los enormes muros Tudor —todo piedra gris y abandono— que se alzaban sobre él constituían una afrenta a los valores de diez generaciones de Falconer. Desde su posición en el umbral, Ransom podía apreciar las posibilidades románticas del lugar: gabletes, miradores y árboles de frondosas copas. No obstante, ante la sola idea de tanta sensiblería, los fantasmas de los Falconer parecían observarlo con altiva desaprobación. Sin quererlo, sus rasgos aristocráticos se endurecieron y adoptaron aquel gesto de desdén hereditario.

Se decía que hasta algún príncipe se había acobardado ante aquella mirada. También algunos reyes, e incontables reinas, duquesas y cortesanas, a todos los había atolondrado e inquietado la mirada de un Falconer. Cuatro siglos de poder y política habían transformado y mejorado el gesto hasta convertirlo en un arma de aterradora eficacia en la época de Ransom. Él la había adquirido enseguida, cuando todavía andaba en el regazo de su distinguido abuelo.

Y en efecto, cuando, tras chirriar y ceder la oxidada cerradura, se abrió la puerta con un gruñido de protesta, la figura que asomó de la penumbra recibió todo el impacto del despiadado semblante de su excelencia. Toda una horda de liberales eruditos habría perdonado a la joven doncella si esta hubiera dado media vuelta y hubiera salido disparada justo antes de que Ransom se recompusiera y suavizase de nuevo su gesto. Pero ella no huyó. Se limitó a secarse las manos en un mugriento delantal blanco y alzó un par de ojos grises algo severos.

—¿Sí? —preguntó en un tono que podría haber sido furibundo de no haber sonado tan preocupado—. ¿Qué se le ofrece?

Ransom le tendió su tarjeta de visita con una mano pulcramente enguantada.

Ella cogió la identificación impresa y, sin mirarla, se la guardó en el abultado bolsillo del delantal.

Ransom vio desaparecer la tarjeta, pasmado hasta lo más hondo de su exquisito ser de toparse con un servicio tan maleducado.

—¿Se encuentra en casa el señor Lambourne? —inquirió, en tono moderado. Aunque pareciera una criada pueblerina, quizá demasiado rolliza para estar en boga, aquellos llorosos ojos grises y sus elegantes pómulos, resaltados por la asombrosa sencillez del recogido de su cabello castaño, la convertían en una muchacha hermosa. Su excelencia el duque de Damerell no tenía por costumbre coquetear con las sirvientas —en cualquier caso, ella no era de su estilo—, pero tampoco creyó necesario asustarla. Ransom incluso se permitió un instante de debilidad humana y descansó apenas la vista en el grueso labio inferior de la muchacha antes de alzar una ceja con aire expectante.

Ella le guiñó un ojo. Él experimentó una extraña sensación. La joven le sostuvo la mirada, pero le dio la impresión de que ni siquiera lo veía, como si mirara más allá, hacia algún punto distante en el horizonte. Frunció los labios. Luego levantó la mano y apoyó su delicado dedo índice en aquel delicioso labio inferior.

—El coeficiente al cuadrado del diámetro del tercer puntal —masculló.

—¿Cómo dice?

La joven volvió a pestañear y bajó la mano. Despacio, enfocó la vista.

—¿Será capaz de recordarlo?

—Me temo que no… —Se detuvo. Ella se hurgó en el bolsillo y sacó la tarjeta de visita. Buscó un poco, localizó un lápiz y garabateó algo en el reverso de la tarjeta.

—Listo —dijo con ronca satisfacción. Volvió a guardar la tarjeta en el bolsillo y lo miró con una sonrisa ausente—. ¿Quién es usted?

Sintió de nuevo la irritación provocada antes por su exasperante mala formación, que lo sacó de golpe de su momentáneo asombro y le devolvió por completo la razón.

—Creo haberle dejado mi tarjeta —respondió él, indignado.

—Ah. —Un sonrojo favorecedor irradió desde el recatado escote de su vestido, pero Ransom se obligó a ignorarlo. Al menos, procuró no fijarse mucho en él. La joven tenía la piel de un melocotón de agosto: suave, dorada, con un toque rosado.

Volvió a hurgarse en el delantal. «El bolsillo», como Ransom decidió llamarlo, parecía rebosar de peculiar parafernalia. Una pluma de cuervo, un diminuto telescopio, un trozo de alambre enredado, un disco metálico dentado con un agujero en el centro… todo ello salió de las honduras en las que, al parecer, se había desvanecido su tarjeta. Bajó la vista y sacó la punta de la lengua como lo haría un niño para concentrarse.

No fue tanto «el bolsillo» como el puercoespín atontado que sacó de pronto lo que lo dejó atónito. Le ofreció la criatura y siguió hurgando con la otra mano. Él cogió el animal en estupefacto silencio. Al fin la joven localizó la tarjeta y, ceñuda, examinó el texto impreso en ella. Luego volvió el rectángulo de color crema.

—¡Claro! —Suspiró aliviada—. El coeficiente al cuadrado del diámetro de… ¿qué dice aquí… tercer? Sí, del tercer puntal. —Lo miró con un leve gesto acusatorio—. ¿No ha dicho que sería capaz de recordarlo?

—Discúlpeme —repuso él con frialdad—, pero quisiera ver al señor Lambourne, si no le supone mucha molestia anunciarle mi visita.

Ella lo miró pasmada. Ransom empezaba a pensar que estaba desequilibrada cuando la joven repitió:

—¿Quién me ha dicho que era?

Él clavó furioso sus ojos Falconer en la tarjeta que ella sostenía en la mano.

—Ah —dijo al poco, algo aturdida, lo que le indicó que su mirada asesina había surtido efecto después de todo. Además, logró provocarle otro agradable sonrojo.

La joven se mordió la lengua y miró rápidamente el texto impreso, luego a él.

—Eh… señor Duque, me temo que se ha confundido de dirección.

Ransom se sintió palidecer e imaginó el aspaviento de absoluta estupefacción de todas aquellas generaciones de Falconer.

—Falconer —la corrigió con tensa cortesía—. Me llamo Falconer. Lo otro es… mi título nobiliario.

—Ah. —Ella miró ceñuda la tarjeta—. Ah, sí. Ya lo veo. Pero…

—Deseo hablar con el señor Lambourne —la cortó con disciplinada delicadeza, la misma mezcla de exasperación e impaciencia contenida de antes. El puercoespín rodó y le clavó las espinas en la palma de la mano. El pecho abundante de la joven subía y bajaba suavemente bajo la blusa sencilla, y Ransom pudo adivinar las areolas, leves manchas bajo el recio tejido.

Añadió bruscamente:

—¿Acaso no es este el domicilio de Merlin Lambourne?

—Pues… no —señaló ella, abriendo mucho los ojos a modo de disculpa.

Sus fuentes no estaban tan desinformadas como para hacerle pasar tan mal rato. Ransom le dedicó una mirada Falconer en toda regla. Esta vez sí pareció surtir efecto, porque el pecho de la joven, agitada, empezó a subir y bajar con mucha mayor rapidez, y se pasó la lengua por el labio superior.

—Aquí no vive ningún Merlin Lambourne —replicó enseguida.

—Desde luego —espetó, sin dejar de mirarla, mientras ella se revolvía asustada, y tuvo la funesta sensación de estar pinchando una mariposa a un tablero. Aun así, servía a su país y, en su trabajo, aquellas situaciones desagradables eran muy frecuentes. No podía marcharse sin hablar con Merlin Lambourne, si es que el hombre seguía vivo.

Entonces se le ocurrió que quizá la joven se refería a eso. Quizá el anciano había muerto. Había pasado una semana desde el último fatídico informe, y el propio informe resultaba algo confuso: a veces indicaba que se había visto a Lambourne en el jardín, tan fresco, y otras parecía insinuar que no podía desplazarse ni a la puerta trasera.

Maldito fuera, morir antes de que Inglaterra pudiera servirse de su persona. Ransom contuvo un juramento aún peor y dijo con voz algo más suave:

—Disculpe. Si se ha producido algún deceso recientemente… —Ransom dejó que sus palabras quedaran suspendidas en el aire. La vestimenta de la joven no parecía de luto. Así que… el anciano seguía vivo, sin duda, y ella solo pretendía confundirlo. Lo encontró absurdamente evidente, y se preguntó si una treta tan simple habría logrado impedir que uno de sus mejores agentes contactara hacía unas semanas con el esquivo señor Lambourne—. Señorita… —prosiguió, sin ocultar ya su impaciencia—. El señor Lambourne me ha pedido expresamente que venga a verlo. Lléveme ante él enseguida, o me temo que me veré obligado a informarlo yo mismo de su recalcitrante conducta.

Aquello era un inmenso farol, pero de los que se le daban bien a su excelencia. Pareció funcionar. La muchacha enarcó las cejas y se le formó una arruga de angustia por encima de la nariz, luego se llevó el dedo al labio inferior de aquel modo abstraído que lograba alterarle el pulso a Ransom de forma tan particularmente embarazosa.

—¿Le ha pedido que lo visite? Madre de Dios… pero ¿cómo es posible? Si yo… —Miró la tarjeta, perpleja—. Damerell. Damerell. Qué cosa más… Me avergüenza, pero me parece que no lo recuerdo… —Respiró hondo y lo escudriñó como si lo viera por primera vez—. Damerell —repitió, tratando de convencerse—. Pase, por favor, señor Damerell.

—Falconer —la corrigió muy seco—. Duque de Damerell. —Alzó las manos, con el puercoespín en una y las riendas de su caballo en otra—. Me temo que tendrá que librarme de estas cargas.

—Ah. —Volvió a ruborizarse, más que una colegiala, aunque la creía en edad de merecer, si no estaba casada ya. Debía de tener unos veintitantos, porque, aunque aún conservaba aquel agradable rastro de redondez infantil, ya tenía algunas patas de gallo en los ojos. Las damas londinenses que conocía se habrían desesperado con tales arrugas.

Curiosamente, Ransom las encontraba encantadoras.

La joven alargó la mano, se retiró de inmediato sin recuperar la bola espinosa, luego se acercó y abrió bien el bolsillo con ambas manos.

—Échelo aquí.

Ransom le miró un instante la coronilla, donde descubrió que una línea irregular le dividía el pelo brillante. Por un momento, quiso corregir aquella línea, y ese pensamiento lo llevó a imaginar la melena castaña cayéndole en cascada por los hombros…

Por el amor de Dios, se reprendió. Se deshizo del pensamiento con prontitud.

Se aclaró la garganta y, ladeando la mano, arrojó el puercoespín al bolsillo que le ofrecía. El animal se retorció y se acomodó, al parecer satisfecho con el trato brusco.

—Más vale que deje el caballo —le propuso, como si Ransom tuviera pensado pasar al vestíbulo con él—. Thaddeus ha debido de esfumarse. Lo he estado llamando y no me respondía.

Obediente, Ransom ató las riendas al poste de la puerta, sin preocuparle mucho que el animal se escapara. Una entrevista con Merlin Lambourne bien valía un caballo de alquiler. La criada de ojos llorosos se apartó y le sostuvo la puerta.

Ransom entró. Había un pasillo ancho y oscuro, repleto de formas extrañas y de masas inidentificables que plagaban las paredes y se apilaban en los sombríos rincones. Ella retrocedió para dejarle espacio a Ransom y, sin querer, tumbó un objeto que cayó con un estruendo metálico.

Farfullando algo azorada, recolocó el objeto, sosteniéndolo en alto y contemplando ceñuda un instante la maraña de alambre y pesos redondos que colgaban de un bastidor de madera.

—¿Qué cree usted que es esto?

El tono de angustiosa perplejidad le dio ganas de sonreír, pero se contuvo.

—Quizá el señor Lambourne, siendo el inventor, pueda ilustrarla.

Ella alzó la vista y lo escudriñó a la tenue luz.

—Cielo santo. Pensé que lo había entendido. No existe el señor Lambourne. Merlin soy yo.

—¿Cómo dice?

—Digo —repitió, con la paciencia de quien le habla a un anciano sordomudo— que Merlin soy yo.

—¿Usted es Merlin?

—Sí. Habrá oído hablar de John Joseph Merlin, el de El genio de la mecánica. Yo me llamo así por él. Supongo que a papá no le habría gustado nada, pero lo mataron, así que tío Dorian dijo que ya no era asunto de su incumbencia. No es que pretenda equipararme a Merlin, desde luego, pero creo que he hecho progresos a mi manera. ¿Querría ver las alas que he diseñado?

Con un aire de amenaza que habría hecho temblar al Parlamento, el duque repitió despacio:

—¿Usted es Merlin Lambourne?

—¿Ha oído hablar de mí? —Parecía enormemente complacida—. Habrá leído mi monográfico sobre la repercusión aeronáutica del tejido pericondral del arrendajo.

—No —contestó él, muy seco—. No lo he leído.

—Ah. Pero puedo darle un ejemplar. Mandé imprimir quinientos. —Se mordió el labio y añadió—: Aún quedan cuatrocientos noventa y siete, así que puede llevarse los que quiera.

Ransom inspiró, contempló el gesto esperanzado de aquellos tiernos ojos grises y, en un instante mudo, se debatió entre la furia y la razón, maldiciendo a sus estúpidos agentes, al inexistente señor Lambourne y a todo el mundo de Bonaparte para abajo. Entretanto, los labios de la joven empezaron a descolgarse.

La vio apagarse como una flor marchita y, de pronto, se oyó decir:

—Gracias. Me llevaré doce docenas.

—¡Doce docenas! —exclamó asombrada, luego recelosa. Él se dispuso a insistir cortésmente, pero ella se limitó a protestar—: Si solo ha traído ese caballo, no podrá llevárselos todos.

—Haré llamar a mi ayudante.

—Ah —asintió con la cabeza, sensata—. ¿Se los dará a sus amigos científicos? Debe de conocer a muchísimas personas para necesitar doce docenas.

—A muchísimas. Y donaré un ejemplar a las diversas bibliotecas, por supuesto, y también a las universidades.

—¿Eso hará? ¡Estupendo! Caray… digo… ¡Dios mío, no sé qué decir!

Él la miró. Verdaderamente era fácil de contentar. La alegría de su semblante le hizo querer pedirle otras doce o trece docenas más. Dio un brinco de gozo hacia atrás y volvió a tumbar el objeto no identificado. Resonó por el pasillo un clamor discordante. La joven se agachó enseguida y recogió el misterioso bastidor.

—Perdón —se disculpó, ruborizándose un poco mientras recogía el artilugio y miraba a Ransom por debajo de las pestañas con un esbozo de sonrisa—. Quizá cuando lo vea a la luz recuerde lo que es.

Y su excelencia el duque de Damerell, azote de los liberales, asesor de príncipes, embajador, ministro, hombre de mundo, la miró y se encontró devolviéndole la sonrisa.

El problema de la joven Merlin, le habían dicho siempre Theodore y Thaddeus, era que pensaba demasiado.

Tío Dorian discrepaba, desde luego. La capacidad de concentración era la mayor de sus virtudes, le decía. Tío Dorian siempre pensó que Merlin podría conseguir lo que se propusiera. Las últimas palabras de su tío habían sido:

—Sigue pensando, Merlin. Puedes volar. La respuesta está…

La respuesta está… ¿dónde?

Muy propio de tío Dorian olvidar lo que iba a decir.

Aquella frase inacabada la había perseguido durante cinco años. Por lo visto, desconocía todas las respuestas, pero no cejaba en su empeño de construir una máquina que pudiera volar. A veces, el sueño de tío Dorian parecía tan próximo, tan al alcance de su mano, pero entonces se desplomaban unas alas de prueba o el gas propulsor estallaba de pronto y el modelo quedaba hecho trizas en el suelo. El pasillo estaba sembrado de fragmentos de sus fracasos.

La joven tropezó con un planetario abandonado e hizo sonar el engranaje que movía el sistema solar en miniatura. Luego vio pasar junto a su oreja un borrón blanco: la mano enguantada del duque que atrapaba un palier tambaleante y evitaba así que le cayera en la cabeza.

—Cuidado —dijo con rotundidad.

Merlin se agachó y se disculpó.

El duque de Damerell, se repitió. ¿O era el duque de Falconer? A él parecía preocuparle mucho ese pequeño matiz; ella, en cambio, no parecía reparar en nada de él, salvo en su rostro y su estatura. Su condenada capacidad de concentración una vez más, que se aferraba a un pensamiento o una imagen y no los soltaba. En aquel instante, podía recordarlo con todo lujo de detalle tal y como acababa de verlo al abrir la puerta. Recordaba su grueso pelo castaño bajo el sombrero, muy repeinado, y sus cejas oscuras igualmente repeinadas. A la escasa luz moteada del exterior, los ojos le habían parecido de un verde ambarino, y la nariz y la boca tan distinguidas e indómitas como los rasgos bien marcados de un gerifalte. Quizá por eso lo habían nombrado duque de Falconer. Sin duda tenía todo el aspecto de un halcón sonriente.

Tropezó con algo que cayó con un golpe seco y lo oyó mascullar una maldición a su espalda al tiempo que la sujetaba por los hombros.

—Lo siento —se disculpó. El duque colocó una mano bajo el codo de ella mientras recorría el resto del pasillo en penumbra y entraba en el salón principal.

Al ver el desorden que reinaba en la enorme estancia, Merlin comprendió que no era lugar para atender a una visita. Sabía bien que las tareas domésticas no eran lo suyo, pero ¿cómo había llegado a eso? Una caldera de vapor apagada, la barquilla maltrecha de un globo aerostático, una bomba de vacío relegada al olvido, un remo estropeado… a la pálida luz del día que entraba por las sucias ventanas, parecía un campo de batalla. Merlin se abrió paso por aquel mudo desbarajuste, agachándose para pasar por debajo de una inmensa ala rota que proyectaba su sombra por el estrecho paso a modo de un gigantesco y fatigado murciélago.

El duque la siguió. No comentó nada de aquel caos, pero ella detectó su opinión en el modo en que inspeccionaba la grasa apelmazada con que el palier caído le había pringado el guante.

Al menos el tramo de escaleras que conducía a la salita se encontraba despejado, aunque solo fuera porque era la única vía de paso de su laboratorio a aquel… almacén. «Almacenadlo», les había dicho miles de veces a Theodore y a Thaddeus, pero ignoraba adónde iba a parar el objeto en cuestión. Ahora ya lo sabía. Los habían llevado al salón principal y los habían dejado allí tirados y, si bien siempre había estado muy ocupada para ver el desorden que iba acumulándose, de pronto lo veía todo perfectamente.

La salita representaba una pequeña mejora. La mitad de grande que el salón, contenía mesas de laboratorio atestadas de pequeñas herramientas, bobinas de alambre y cajas de vasos de cristal, y cientos de libros encuadernados en piel esparcidos por ahí con cierto grado de organización. Al menos pudo encontrar una silla, bajo una pila de medio metro de diarios cuya retirada le exigió unos instantes de ejercicio.

Desocupada la silla, la joven se apartó, algo jadeante, y le ofreció asiento.

—Gracias —dijo él—. Prefiero quedarme de pie.

Merlin lo miró extrañada.

—Huy. Disculpe. Supongo que sufre reumatismo, ¿no es así?

En la boca del duque se dibujó una curva fina, que tembló cuando dijo solemne:

—Gozo de excelente salud, gracias, pero una extraordinaria niñera me enseñó que un caballero no debe sentarse en presencia de una dama.

A Merlin, concentrada en la contemplación de tan fascinante hoyuelo masculino, le costó comprender que la «dama» era ella.

—Ah —dijo, y se sentó.

El duque ladeó la cabeza y examinó la estancia abarrotada. Su mirada se detuvo en un cajón de madera del que salía una maraña de alambre en dirección a un juego de ruedas y poleas. Miró el objeto un instante, y luego la miró a ella con aquella extraña media sonrisa. A la luz oblicua de la ventana, su pelo lucía entre dorado y rojizo.

—Entonces, ¿es a la señorita Lambourne a quien tengo el placer de dirigirme?

Merlin asintió, y confió en que no empezara a llamarla «señorita Lambourne» de ese modo tan suave y elegante. Le parecía que, cuando estaba enfrascada en sus cosas, solo respondía a un sonoro «¡Eh, señorita Merlin!», lo único medianamente eficaz, según habían descubierto Theodore y Thaddeus.

—Parece usted toda una inventora —dijo el duque—. ¿Qué es ese objeto, si me permite preguntarlo?

Merlin miró ceñuda el cajón de madera y los alambres.

—Lo usé para encordar el bastidor de mi máquina de volar de tamaño natural. No funcionó.

—Ya veo. —Miró de nuevo alrededor, como si buscara algo, y luego a Merlin. Sus ojos claros la escudriñaban, penetrantes—. ¿Y qué ha hecho que funcione?

Merlin bajó los hombros. De todas las preguntas que podía haberle hecho, esa era la que menos le apetecía. Contempló sus botas resplandecientes entre las pelusas de polvo del suelo.

—Nada, me temo. Resulta descorazonador. Creo que el problema está en el peso y la propulsión. Y en la estabilidad, claro. Los modelos son muy difíciles de reproducir a gran escala. Los puntales de madera pesan demasiado y, por eso, las proporciones de las alas son demasiado…

—Es suficiente —la interrumpió cuando empezaba a entusiasmarse con la explicación—. ¿Y no ha progresado en ninguna otra cosa aparte de la aviación?

Merlin alzó la vista sorprendida.

—No, no. He dedicado todo mi esfuerzo a la máquina de volar. A decir verdad, he tenido cierto éxito con algunos de mis modelos…

—Sí, desde luego. —Ransom observaba ceñudo diversos objetos de la sala—. ¿Pero nada más? ¿Qué es esto, por ejemplo?

Merlin miró la pieza de caoba tallada que había llamado la atención del duque. La estudiaba con tal intensidad que parecía creer que albergaba los secretos del universo.

—El armario de tío Dorian —contestó ella tímidamente—. Guardo una capa de repuesto en él.

La sonrisa Ransom se mudó en una mueca de enojo, y Merlin se defendió enseguida:

—En invierno hace muchísimo frío aquí dentro.

—No lo dudo. —El duque arrugó la frente y la miró de una forma que la hizo sentirse mareada—. Señorita Lambourne, debo ser sincero con usted. He venido aquí bajo el mayor de los secretos en nombre de Su Majestad y los lores del Almirantazgo. Ha llegado a nuestros oídos que podría usted poseer un artilugio de incalculable valor para la defensa de nuestro país.

—¿Sí? —inquirió Merlin, perpleja.

La media sonrisa del duque volvió a ocupar su boca, esta vez con una dureza mucho más desagradable.

—Confiaba en que no sería tan estúpida de negarlo. Puedo ofrecerle las pruebas necesarias de mi identidad y de mi cargo en el gobierno, para que no tema estar tratando con el otro bando.

—¡Ah, no! —exclamó—. Claro que no. —Se llevó el índice al labio inferior, recordando justo a tiempo que no debía morderse la uña—. ¿De qué otro bando me habla?

Él se quedó mirándole la mano. Ella la bajó enseguida y la recogió en el regazo.

—De los franceses, señorita Lambourne. ¿Sabe que estamos en guerra?

—Bueno, sí, yo… —Al detectar la fría desaprobación de su mirada, añadió—: No salgo mucho.

—Ya lo veo. Permítame que le asegure que, en efecto, estamos en guerra y necesitados de cualquier esfuerzo patriótico que nuestros ciudadanos puedan hacer.

Se hizo un intenso silencio en la sala mientras Merlin se esforzaba por no bajar la mirada como una niña arrepentida. Tenía la impresión de que al duque no le agradaría semejante actitud pusilánime. Deseaba que volviera a sonreírle como en el pasillo del piso inferior, con una sonrisa sincera y no aquella mueca socarrona.

—Señorita Lambourne, ¿no está dispuesta a ayudarnos? —Ella tragó saliva y asintió con la cabeza. Él la miró expectante. Siguió otra larga pausa en la que sus cejas enarcadas fueron descendiendo poco a poco hasta convertirse en otro gesto ceñudo—. Señorita Lambourne, le ruego que no juegue conmigo. ¿Dónde está el invento?

—El invento —repitió ella, con los ojos muy abiertos de repentina comprensión y angustia—. ¿Mi invento? Dios santo, pero si eso no les va a servir de nada a ustedes. Aún no está listo, ni mucho menos… las alas no son válidas, y el cuerpo del modelo no funcionará a tamaño natural. Tengo que instalar todo el equipo de estabilización y maniobra a los pies del aeronauta, y hay poco espacio. Ni siquiera lo he probado yo.

El duque resopló impaciente.

—¡No me refiero a su condenada máquina de volar! —Barrió de nuevo la sala con una mirada furiosa de frustración—. Debe de haber algo más… ¿no tiene nada más?

—No, no, no, ya se lo he dicho… ¡no he perdido ni un minuto! Llevo trabajando en la máquina de volar desde que murió tío Dorian. Y estoy muy cerca. De verdad. Quisiera ayudarlo, pero es demasiado pronto para experimentar con seres humanos. Quizá si pudiera esperar unos meses más…

De pronto, el duque se inclinó sobre ella y se agarró con una mano al respaldo de la silla y, con la otra, le sujetó con fuerza los dedos.

—Señorita Lambourne… mi querida señorita Lambourne… por favor, trate de comprenderlo. No se trata de ninguna frivolidad. Hace una semana se encontró muerto a un hombre. Con un tajo en el gaznate. Pretendía llegar a mi despacho con mensajes de extraordinaria importancia. Estaban cifrados, señorita Lambourne, pero en uno de ellos se la mencionaba a usted y a su… invento. Es muy posible… probable, que el código fuese interceptado.

La miró con una intensidad que la hizo sentirse inevitablemente estúpida.

—¿Y eso es muy malo?

El duque estalló en una sonora carcajada y la soltó.

—Solo si valora su vida y el bienestar de su país. Me propongo llevarlos a usted y este invento suyo a un lugar seguro, señorita Lambourne. De inmediato.

—¡Llevarme! Me parece que eso es imposible, señor…

—Duque —la corrigió él—. Por favor, no se atribule con nimiedades. Recoja sus cosas y vayámonos a un lugar más seguro.

Ella se lo quedó mirando.

—¿No lo dirá en serio? ¡No puedo marcharme ahora que estoy a punto de perfeccionar las alas!

—Por el amor de Dios, nos llevaremos las alas también. Nos lo llevaremos todo. Ignoro a qué se refería mi agente con «un medio de comunicación revolucionario», pero no era ningún imbécil. Juraría que no se trataba de una condenada máquina de volar.

Merlin se irguió como un resorte en defensa de su sueño.

—¡Pues yo estoy segura de que se refería precisamente a eso, señor! ¿Qué mejor forma de despachar mensajes que por el aire? Si es que habla de despachos militares. ¡Piénselo bien! Podría despachar órdenes al otro lado del Canal en cuestión de horas.

—Bobadas —replicó él—. Más bien podría abrirme la cabeza en segundos.

Merlin se puso en pie, muy ofendida. Al verse a la altura de su musculoso pecho, intimidada, desistió de retorcerle la oreja como había pensado y le dijo con frialdad:

—Lo acompaño a la puerta.

—No voy a ninguna parte, señorita Lambourne. No sin usted.

—Pero esto es… Usted me… —Extendió las manos—. Esto es una estupidez. Solo tengo la máquina de volar. ¿Por qué se empeña en que lo acompañe si piensa que no sirve para nada?

Ransom se recostó sobre la abarrotada mesa de laboratorio y se cruzó de brazos con una despreocupación que la malhumoró aún más.

—Desengáñese de que fuera su máquina lo que impresionó a mi difunto colega. No contrato agentes propensos a la hipérbole. Si el hombre hubiera nacido para volar…

—Muchísimas gracias, señor Duque, pero no es preciso que me repita esa frase tan manida. Conozco bien la sensación.

—Falconer —la corrigió.

—¿Cómo dice?

—Ransom Falconer. Cuarto duque de Damerell. Casi todo el mundo me llama «excelencia», pero creo que «señor Duque» tampoco me disgusta. ¿Por qué no pide que nos sirvan un té mientras echo un vistazo por aquí?

Merlin inspiró muy digna. El duque parecía tener intención de apoltronarse allí, en su mesa de laboratorio, para siempre. En un tono que creyó muy cortés, le dijo:

—Mire todo lo que quiera, por favor; pero si quiere tomar el té, tendrá que apartarse un poco.

—Naturalmente. —Ransom se irguió, y esbozó un segundo aquella sonrisa que tanto la había complacido en el pasillo de la planta baja. Sirvió para aliviar su enfado y la hizo sentirse de pronto tímida otra vez.

Agachó la cabeza y alargó el brazo hasta un cajón que había sobre la mesa; luego agarró la manivela y la hizo girar con fuerza. Al poco, se inclinó hacia delante, mientras seguía dándole vueltas a la manivela, y cerró con cuidado una lengüeta metálica entre dos alambres. Un arco azul de luz estalló en el interior de una jarra de cristal. Merlin dejó de darle vueltas a la manivela y acercó la boca al hueco de forma cónica del cajón.

—¡Thaddeus! —lo llamó—. Thaddeus, ¿me oyes?

Del cajón salía un silbido leve y constante mientras esperaba. La joven comenzó a tamborilear nerviosa en la mesa, muy consciente de que su invitado le estaba clavando los ojos en la espalda. El duque quería su té, y esperaba que Thaddeus respondiera.

El silencio se prolongó, solo ocupado por el silbido del cajón. Ella cerró el puño y golpeó la mesa. Un duque. Seguramente estaría acostumbrado a un servicio mejor. Por primera vez, que ella recordara, echó un vistazo al laboratorio y pensó que parecía un inmenso desastre. El puercoespín se revolvió en el bolsillo del delantal, y ella, abstraída, cogió una semilla de girasol y la echó dentro.

El sonido de la alarma la sobresaltó. Bendito sea, Thaddeus había oído la señal. Su voz salió de la caja, débil y sibilante, y en absoluto complacida.

—Sí, señorita Merlin, ¿qué se le ofrece ahora?

—Té, Thaddeus —respondió procurando sonar firme—. Tengo un invitado.

Se hizo un silencio vago, se oyó un chasquido y de nuevo la voz de Thaddeus.

—… ¿té, dice? Ahora… —la voz se perdió y regresó al poco—… en pleno… en el jardín trasero, y el barro me llega hasta las rodillas, señorita Merlin…

Merlin apretó los labios. El duque le iba a perforar la nuca con la mirada, seguro.

—Thaddeus, tráenos té inmediatamente —le ordenó indignada.

—Lo si… ñorita… lin. ¡Tendrá que… usted misma!

—Thaddeus. Para quieto. Sabes que no se te entiende nada si llevas la caja de aquí para allá. Quieto, Thaddeus. ¿Me oyes? ¡Quieto!

La voz respondió, de repente mucho más potente.

—Sí, la oigo, señorita Merlin. Que se prepare el té usted misma, que yo me voy a la vaquería ahora. Me llevo su condenada caja de hablar, pero no me toque la campana para que le prepare un simple té. Sabe bien que, con Theo enfermo, tengo que hacer yo el trabajo de los dos.

—Thaddeus… —repitió su nombre dos veces, pero ya se había ido. Solo se oyó el silbido de la electricidad en el éter a modo de respuesta.

Resopló, derrotada, y abrió el conmutador metálico. El arco azul chisporroteó y se extinguió, lo mismo que su zumbido. Merlin se volvió, mordiéndose el labio en señal de disculpa.

—¿Le importa esperar un poco mientras voy a la cocina a prepararle un té?

El duque miraba fijamente la cajita y su sencillo alambre.

—Virgen santa —dijo con un hilo de voz—. Madre de Dios…

Alzó la vista. Para asombro de Merlin, soltó un grito que hizo temblar de júbilo los viejos muros de piedra. Se vio asida, estrujada y molida en un impetuoso abrazo. Cuando alzó la barbilla para tomar aire, apenas le dio tiempo a registrar la suavidad de su exquisita ropa en la mejilla antes de que él la besara en la boca: un beso rudo, descortés y apasionado que se mezclaba con el malestar de las palmadas en la espalda, de los pulmones aprisionados y del dedo del pie izquierdo que le estaba pisando… a ella le daba igual, pero quizá aplastara al puercoespín y, ay… ay, Dios.

Terminó antes de que Merlin fuera consciente de que había empezado, o tal vez antes de que pudiera darse cuenta de que le gustaba que la magullaran. Él la soltó y se apartó con una sonrisa que le provocó una inquietud extraña en la garganta.

—Merlin Lam… —Parecía tan alterado, si no tan magullado, como ella—. Merlin Lambourne —declaró entre jadeos—, ¡por Dios, es usted un genio!

Capítulo 2

2

Ransom no recordaba haber tenido problemas de modales en la mesa desde hacía treinta y tantos años, a los cinco. Tratando animoso de tragarse el cordero seco sin atragantarse, prefirió no cortarse otro pedazo y se centró en masticar. La dureza de la carne habría dificultado una charla placentera durante la cena, pero cualquier esperanza de mantener una mera charla de cortesía había quedado descartada de inmediato por su anfitriona.

La señorita Lambourne se encontraba sentada a la antigua y estropeada mesa, justo enfrente de él. Leyendo. A la escasa luz de las ventanas bajas, sus labios gruesos se movían apenas, y aquel pequeño frunce de la suave piel de su frente iba y venía. Merlin se había terminado su cordero en una cuarta parte del tiempo que le estaba llevando a él tomarse el suyo —señal de la fortaleza admirable de su dentadura— y ahora, entre páginas, mordisqueaba un pan revenido, que compartía con el puercoespín. Se había colocado a la criatura en un práctico cuenco en el centro de la mesa, a falta de un imponente centro de mesa de plata, supuso Ransom.

—¿Es buena mascota? —preguntó, cansado de batallar con el cordero.

Ella volvió la página.

—Sí —siguió él al poco—. Me atrevería a decir que posee múltiples utilidades. Además, es muy decorativo.

Se formó una arruga en el entrecejo de Merlin, que marcó la página con un dedo.

—¿Cómo dice?

—Me preguntaba si es buena mascota.

—¿Mascota? —Agitó sus gruesas pestañas. Ransom sintió la súbita y dolorosa necesidad de besarla hasta volver a dejarla sin aliento con el pretexto de que así tendría que prestarle atención irremediablemente—. ¿Qué mascota?

—El centro de mesa —respondió, señalando con el dedo al espinoso animal.

Lo miró desconcertada un instante; luego, en un tono que él supuso reservado para darle la razón a los locos, añadió:

—Ah, sí, seguro que tiene razón.

Ransom sonrió y deseó que no lo mirase a la boca mientras se pasaba la lengua por el labio superior de aquella forma tan provocativa.

—¿Me pasa la sal, por favor? —le pidió él, para deshacer el embrujo.

Merlin miró de su boca al plato. Él vio el cambio lento, el despertar a la realidad. Era un proceso fascinante, esa transición del sueño profundo a la vigilia, como el paso de la neblina matinal al sol espléndido. Pero no, se dijo mientras la contemplaba, no era un cambio tan brusco. Más bien como la perezosa aparición de la luna llena que ilumina la medianoche estival.

—Ah —exclamó, ceñuda, al ver el plato lleno de él—. ¿No le gusta el cordero?

—Masticándolo mucho y echándole un poco de sal, conseguiré terminármelo.

Merlin frunció los labios y echó un vistazo a la mesa. Sus ojos se posaron enseguida en el puercoespín.

—Ay, Dios mío.

Ransom arqueó las cejas.

—El cuenco de la sal… —dijo ella—. Me temo que…

Él miró al puercoespín. El animal lo miró a él con ojos cándidos. «Sí —parecía decirle—, estoy en el cuenco de la sal y me encuentro muy a gusto aquí.»

El aire de cándida ojeriza de la criatura le recordó a Ransom a algunos liberales que conocía.

—Iré a por más. —La señorita Lambourne se levantó enseguida, enredándose por un momento en sus faldas mientras exploraba los estantes y repisas rebosantes que forraban las paredes del comedor. Ransom la vio empezar a empujar tarros y vajillas, levantar tapas y asomarse al interior, e incrementar el desorden de la estancia sacando de su sitio los recipientes con premura.

Cuando se había autoinvitado a una merienda cena, Ransom ya había imaginado que el servicio sería rústico, pero no se le había ocurrido que le serviría una comida completamente incomestible un viejo cascarrabias con la cabeza más pelada que la de un bebé que parecía considerar una gran afrenta el que le pidieran que despejase la mesa del comedor para que su señora y su invitado pudieran comer con tan inusual elegancia.

Por el contrario, a Thaddeus Flowerdew no parecía inquietarlo lo indecoroso de la situación. Dejó a la señorita Lambourne en la sala con Ransom como si fuese de lo más corriente que una dama de altísima alcurnia comiese sola con un desconocido. Unas cuantas preguntas de sondeo y las habituales respuestas vagas de la señorita Lambourne le habían confirmado que su situación era vergonzosamente irregular. Aunque la ausencia de un guardián adecuado le facilitaba la misión, no por ello pensaba que la señorita Lambourne no mereciera algo mucho mejor.

Desde el momento en que había mencionado a su tío Dorian, Ransom la había situado en la jerarquía social. Había descartado de inmediato su suposición inicial de que Merlin Lambourne era algún hacendado desconocido al darse cuenta de que trataba con los Lambourne, emparentados con el loco anciano sir Dorian Latimer por el enlace de una sobrina. La intrincada red de parentescos se estableció en la mente de Ransom con total claridad. Tan fácilmente como si hubiera tenido un gráfico delante en la mesa, pudo trazar las líneas de descendientes y casorios y situar a cada uno de los implicados con la debida perspectiva.

El padre de la señorita Lambourne debió de ser el coronel Winward Lambourne, muerto al mando de Cornwallis en Yorktown; y su tío paterno, el difundo lord Edward de Cotterstock, lo que significaba que el actual lord Edward —poeta guapo pero bobo— era primo hermano de ella y su tutor legal.

Y su madre… su madre debió de haber sido la tristemente célebre lady Claresta, la belleza de su época. Ransom la había visto una vez, cuando había visitado a su abuelo en Mount Falcon. No debía de tener más de trece años, pero la recordaba. Etérea y preciosa, de sangre azulísima e inmensas riquezas, y sorda. Sorda como una tapia, y completamente muda. Todavía recordaba su sonrisa: triste, afable y soñadora. La veía en su hija, una sonrisa que había hecho olvidar su orgullo a un joven de trece años educado para el poder y la posición social, y disfrutar de una semana al servicio de ella. De rodillas. La había amado —a esa dama triste y muda— como solo un adolescente podía hacerlo.

Miró a la señorita Lambourne, de pronto subida a un taburete, alargando el brazo hasta los últimos estantes, con sus bonitos tobillos perfectamente visibles bajo la falda. Sintió un asco repentino por los parientes que la habían enterrado allí. Ya debía de haber nacido cuando su madre visitó Mount Falcon, calculó Ransom. Pero nadie había hablado de una hija. Lo recordaría. Esas cosas nunca se le olvidaban.

—Señorita Lambourne —espetó súbitamente—. ¿No ha hecho nada su familia para proporcionarle una compañía femenina adecuada desde la muerte de su madre?

Se oyó un clamor metálico y una cuchara oxidada resbaló del último estante y cayó al suelo.

—¡Vaya por Dios! —exclamó, y la dejó allí. Con la voz ahogada por el brazo que tenía en alto, inquirió—: ¿Cómo ha dicho?

—Compañía —repitió impaciente—. Debería contar con una dama respetable que viviera con usted aquí.

Merlin bajó el brazo y se volvió a mirarlo.

—¿Para qué demonios?

—Porque es norma de urbanidad, por supuesto. Ninguna joven dama de su edad y sus relaciones vive sola.

—¡Si no vivo sola! Thaddeus y Theo…

—… no cuentan en este caso. Debería tener una carabina apropiada, una dama de educación decente. Alguien que la proteja, como mínimo.

En la penumbra, vio abrirse mucho aquellos ojos grises y tiernos.

—¿Protegerme de qué?

Podía imaginar lo que debía de haber sido la vida de la señorita Lambourne. Atrapada allí con su excéntrico tío abuelo, probablemente el único que debió de querer acoger a Claresta y a su pequeña tras la muerte de su esposo. Encerrada y abandonada, y su considerable fortuna «administrada» por un tutor que, sin duda, se había olvidado de su existencia… le tensaba la mandíbula de un modo que quienes lo conocían habrían considerado inquietante.

—De todo tipo de cosas —respondió él con dureza—. Cualquier sinvergüenza podría irrumpir aquí y aprovecharse de usted cuanto quisiera. Fíjese en la libertad que me ha concedido a mí, y en ningún momento ha exigido ver mis credenciales.

Merlin se volvió en el taburete y, con las manos cruzadas a la espalda, se recostó en los estantes.

—Sí, una vez un individuo le robó los útiles de jardinería a Thaddeus. Pero eso fue hace años, y Thaddeus y Theo le dieron una buena tunda cuando lo encontraron. Desde entonces, no nos ha molestado nadie.

—No hablaba de ladrones. Hay amenazas mayores para una dama desprotegida, ya sabe a lo que me refiero.

Ella frunció la frente.

—Me parece que no —repuso al rato.

—Señorita Lambourne, sé que ha llevado una vida muy recogida, pero debe saber que hay hombres en este mundo que no dudarían en… en…

Ella lo vio tartamudear, con la mirada inocente e inquieta de un gorrión silvestre.

—Que no dudarían en tomarse libertades con su persona —terminó de golpe, decidiendo que el caso bien merecía un lenguaje explícito.

Con un gesto de curiosidad absolutamente cándida, ella preguntó:

—¿Qué clase de libertades?

Ransom cerró los ojos y soltó un suspiro explosivo.

—Sinceramente, señorita Lambourne, no sería decoroso por mi parte hablar de algo así con usted. Pero confíe en mi palabra: necesita una carabina.

Lo miró ceñuda un instante más, y él supo que no había logrado en absoluto inculcarle los peligros de la situación. Alzó la copa y dio un trago del amargo vino mientras ella se volvía y seguía explorando las estanterías. Echó la cabeza hacia atrás y masculló:

—¿Qué estaba yo buscando?

—La sal.

—Ah, sí. —Se puso de puntillas y alargó el brazo una vez más al último estante. En medio del estrépito de tarros recolocados, dijo—: ¿Se va a tomar usted libertades con mi persona, señor Duque?

Ransom se atragantó con el vino, sorprendido observando de nuevo la curva perfecta de sus tobillos.

—¡Por supuesto que no! —Dejó la copa y añadió en un tono más controlado—: Como caballero que soy, no voy por ahí atacando a féminas desvalidas, se lo aseguro.

—Ah —repuso ella, sin mucho interés. Metió la nariz en un tarro abierto y olisqueó ruidosa.

Él la observó, divertido muy a su pesar. Obviamente no tenía ni idea de qué le hablaba. Encontró agradable su actitud, acostumbrado a las cortesanas de mirada felina y a las señoritas cursis que se desmayaban con la simple mención de un beso robado.

Le dio otro sorbo a su vino y dejó la copa con una mueca. Estaba resuelto a encontrar un modo de enmendar el vergonzoso abandono de su situación. Al menos, estaba seguro de que la irresponsabilidad de su primo no era deliberada. Lord Edward Lambourne poseía una fortuna considerable, y un cerebro demasiado pequeño para que cupiera en él otra cosa que bobadas y banalidades. No, aquella mofa de las obligaciones familiares básicas era fruto del egoísmo y, aunque a Ransom le repugnaba la idea, sabía que la situación podría beneficiarlo de algún modo.

La señorita Lambourne había demostrado ser muy difícil de desalojar. El duque había pasado la tarde tratando de razonar con ella, pero solo había conseguido permiso para llevarse la caja de hablar y utilizarla con los fines patrióticos que se le ocurrieran. Se le ocurrían unos cuantos. Ciertamente sentía ganas de gritar de satisfacción cada vez que pensaba en la caja de hablar y en las infinitas opciones de comunicación por el aire.

Pero también necesitaba a la señorita Lambourne. Y no solo para poder empezar a mejorar el artilugio, a adaptarlo para su uso en el mar y en el campo de batalla. No solo por evitar que el secreto cayera en manos de los franceses. No, había algo más que lo hacía querer sacarla de aquel lugar cuanto antes.

Temía por su vida. No había exagerado al hablar del violento final de su agente. Ella corría peligro, estaba seguro, por eso estaba allí sentado comiendo cordero duro e incordiando a un anciano gruñón y a su aturdida señora. Y, desde luego, no pensaba marcharse sin ella.

Merlin soltó un chillido triunfante desde el taburete y bajó de un brinco con un frasco en precario equilibrio sobre la mano. Cuando lo puso delante de Ransom, este pudo leer en la etiqueta «NaCl» en letras grandes, pero los garabatos que figuraban debajo eran completamente ilegibles. La señorita Lambourne le pasó una cuchara y se sentó, sonrosada y algo jadeante, del ajetreo.

—NaCl. —Miró ceñudo los cristales blancos—. ¿Está segura de que esto es sal?

—Sí, claro. Esa es su fórmula química, ¿ve? Cloruro de sodio. El tío Dorian solía etiquetar las cosas así. Era un gran químico, ¿sabe? —Pareció darse cuenta de que aquella aseveración tal vez no tranquilizara del todo a Ransom, de modo que añadió—: Claro que él jamás habría dejado nada venenoso en el comedor.

—Por supuesto. —Ransom miró receloso la etiqueta, en cuyo texto descolorido podían leerse aún las palabras «Sal» y «Co. Lvs.», además de una abreviatura—. ¿Puedo preguntar qué significa ese «Aphro»?

Ella escudriñó el texto e hizo un gesto vago con la mano.

—Imagino que significa que la sal es africana.

Ransom se echó una pizca por el dedo índice y se lo llevó a la lengua. El sabor intenso y amargo del condimento le llenó la boca, inconfundible. Asintió con la cabeza, satisfecho, y se echó una cantidad generosa por encima del cordero, confiando en poder disfrazar así la insipidez de la carne, si no su textura.

—Calculo que llegaremos a Mount Falcon a media tarde de mañana. —Atacó de nuevo el cordero y, aprovechando la breve atención de ella, se sirvió de la vieja táctica de la «presuposición del éxito» para lograr su propósito—. Nos llevaremos la caja de hablar, y puedo encargarles a varios colegas de confianza que empaqueten todo lo que hay aquí y nos sigan. No la separaré de su trabajo más de un día o dos.

Merlin respiró hondo; mala señal, sabía Ransom.

—Señor Duque, llevo un rato intentando decirle que no puedo irme.

—Sí —repuso él, tomando un nue

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos