La importante era la puerta Roja. Por allí era por donde entraban todas las historias interesantes. Era la puerta grande. La puerta principal. Era la que mejor recibía y también la que mejor callaba. Porque fue la gran protagonista de entonces, para lo bueno, pero también para lo malo. Era una puerta de dos alas, y eso para mí la dotaba de todo su sentido. Era como una gigantesca y vieja mariposa. Cerrada conservaba un ancestral halo de misterio, con sus maderas leñosas, sus bisagras y su oscuro pomo y, sobre todo, sus azulejos. Sí, cerrada maravillaba, con ese color que la hacía única en el pueblo y, para mí, única en el mundo. La arcada completa quedaba contorneada por esa masilla rugosa y blancuzca que de hecho no servía para nada más que para resaltar su corazón: las brillantes piezas de un rojo tan profundo como la sangre que, irguiéndose en un majestuoso pilar central, dividían las dos alas de mi mariposa. Pero, como decía, el folclórico exterior no era sino una tapadera. Lo realmente sorprendente ocurría cuando la mariposa batía sus alas y el mundo interior que quedaba oculto tras ellas hacía guiños al exterior. Entonces, cuando se abría a parpadeos esa frontera, era cuando de verdad se iniciaba algo digno de verse…
La casa de la abuela Candelaria siempre fue la casa «del Rojo». Nunca tuve claro si tomó el sobrenombre de mi abuelo o del color de la entrada. En cualquier caso, a mí me parecía muy adecuado. Nos aunaba a todos, a nuestro edificio, nuestras pasiones y nuestros miedos. Aquel día estábamos en la Cocina Grande en torno al fuego, el corazón de la casa. Fuente de luz y de calor, en aquel momento nos daba justo aquello que más necesitábamos. Aún no había despuntado el alba, pero el frío del miedo nos encogía el alma y nos mantenía despiertos y a la espera. Tañeron las campanas, aquellas que tantas veces marcarían mi vida, y nos concentramos en mantener la vista en el crepitar de las llamas y el oído atento a la puerta principal. Y a medida que los primeros rayos de sol se filtraban por la ventana, oímos el golpecito amortiguado que avisaba de que el mundo que había ahí fuera llamaba a la puerta. Todos nos miramos, y fue la abuela quien dijo:
—Voy.
I
Sí, ese día aquella carta lo cambió todo. Mi padre se fue a la guerra y los demás nos mudamos definitivamente a casa de la abuela Candelaria, más protegidos al parecer por la puerta Roja que por cualquier otra. Había pasado más de un año de aquello. Y yo había aprendido mucho desde entonces. Sobre todo, había descubierto que el funcionamiento de aquella casona contaba con su propio ritual y que más me valía cumplir con él puntualmente.
La pequeña Mo ya había nacido y ocupaba prácticamente toda la atención de mi madre; al menos en cuerpo, porque la mente de mi madre daba para mucho más que eso. Mi hermano era el hombrecito de la casa y cargaba con sus propias tareas, indescifrables para mí. Así pues, quedábamos la tía Juliana, la abuela y yo para ocuparnos de todo.
Y todo era mucho.
El invierno se acercaba y costaba mantener la casa en forma. La humedad se combatía con fuego, pero el fuego se alimentaba de la leña, que no era fácil de conseguir ahora que mi padre no estaba. Así pues, el privilegio de un buen crepitar sólo estaba reservado para los fogones que nos daban de comer, mientras la majestuosa chimenea de la Cocina Grande —también Salón— permanecía tan oscura y silenciosa como los fogones que la acompañaban y que nunca se usaban. Contar con semejante chimenea era lo que la había convertido en la estancia más relevante de la casa, donde se recibía a las visitas y se reunía la familia para celebraciones, pero ahora sólo era en las noches más frías que se encendía el poderoso hogar, como un fiel guerrero que nos defendiera del cruel invierno. El resto del tiempo teníamos que conformarnos con enrollar toallas y trapos en las rendijas de las ventanas y arrebujarnos bajo un montón de mantas para luchar contra el frío. La abuela Candelaria, la tía Juliana y yo dormíamos juntas y la vieja cama de matrimonio nos acogía bien juntitas para darnos calor; yo junto a la abuela, Juliana a nuestros pies. Mamá y Mo tenían la habitación más grande para ellas y mi hermano dormía en el sofá de la Cocina Grande, protegido por el silencioso hogar.
Así que, por la mañana, cuando me escurría entre mis guardianas, debía esquivar también el sueño profundo del muchacho para poder salir al patio, porque sólo desde el Salón se accedía a nuestra habitación.
Pero una vez en el patio el aire cambiaba.
Y eso también lo descubrí muy pronto.
Se disipaban las cenizas de la noche y alboreaba el día en el rocío de ese pequeño rellano que era el pulmón de la casa. El aire de finales de otoño parecía limpiar el mundo con ese frío que me tensaba las mejillas, arrancando así el sueño de mi piel y del cielo que ya clareaba con los primeros brochazos de luz. Miles de gotitas se congregaban sobre los adoquines y parecía que todas las estrellas hubieran dejado ahí sus centelleos nocturnos. Me encantaba ese momento, tan intenso en su silencio, tan efímero que parecía un espejismo, un secreto compartido entre el patio y el alba, del que sólo yo era testigo. La tierna despedida de una noche que dejaba gotitas cristalizadas sobre el pobre suelo gris, convirtiéndolo en una alfombra de diamantes, duraba sólo unos minutos, cuando los primeros rayos del sol las acariciaban y chispeaban, danzarinas. Pero parecían querer eternizar aquellos instantes de regocijo en los que, con aquel lenguaje de guiños y reflejos, de luces y sombras, intercambiaban algo tan etéreo y sutil que a los humanos nos resultaba completamente indescifrable en su belleza. Me acerqué de puntillas, con cuidado de no romper el hechizo, para recoger con el dedo una gota que resbalaba lentamente por una vieja hoja de parra. Pero en cuanto la toqué se esparció por la yema sin ton ni son; sólo agua. Y entonces un pequeño berrido rasgó la cúpula de silencio que nos envolvía: Mo se quejaba tras los muros de su estancia y oí el eco del arrullo de mamá para calmarla. Volví rápidamente la vista al patio, pero una nube había cubierto el sol y ya se oía movimiento al otro lado de la puerta Roja. El día se había puesto en marcha.
Así que crucé rauda ese patio que hacía unos instantes me había parecido el escenario de un mundo resplandeciente de milagros y pactos secretos y sueños de cristal susurrados entre mágicos destellos, para adentrarme entre las ollas y sartenes de la Cocina Chica. La auténtica cocina de la casa, porque la Cocina Grande, la bien llamada Salón, era un engañabobos.
Avancé en penumbra hasta la ventana y, cuando me encaramé a una silla para abrir los postigos, descubrí escarcha en el alféizar. Iba a ser un invierno duro aquel. Sin embargo me hallaba en el mejor refugio, me dije, mirando a mi alrededor y tragando saliva. Sí, esa pequeña jungla de sartenes, ollas, cucharones y fogones gorjeantes era el lugar idóneo para combatir el frío, allí el fuego estaba siempre encendido. ¿Para qué iba a querer salir? Además, siempre había algo que hacer, algún plato que fregar, algo que recoger, uno siempre estaba en movimiento y no tenía tiempo de pensar en el frío mientras limpiaba los escupitajos del caldero hirviendo, remendaba un calcetín o pelaba patatas…, ¿verdad? Suspirando, volví de nuevo la vista hacia la ventana, pero se veía todo muy gris ahí fuera, quizás se estuviera empañando el cristal… ¿No había amanecido el día luminoso?
—Niña, ¿qué haces ahí subida mirando las musarañas? Anda, enciende el fuego que hoy tenemos prisa. Es día de mercado.
Di un respingo y me bajé rápidamente de la silla. Animada ante la perspectiva de ir al mercado, encendí el fuego con brío y preparé ansiosa la olla para hervir la leche. Pero ella me la quitó de las manos.
—No. Busca las tortas de anoche, quedaron algunas, las calentaremos.
Volví a dejar la ollita sin decir palabra mientras mis tripas se retorcían dejando clara su opinión. Pero la despensa, apenas digna ya de su nombre, no daba opciones. Lo mejor que podía hacer era tragar lo que me diera la abuela y pensar que en poco rato estaríamos en el mercado y volveríamos con la cesta llena de nuevos colores. Y vería a las gallinas arrullarse e inflar su plumaje para combatir el frío, estaría el niño del diario canturreando las noticias y la mujer del primo Genaro seguro que escurriría alguna golosina para mí, porque ella siempre sabía guiñarme el ojo sin que nadie más la viera. Apenas me di cuenta de lo que engullía, tales eran mis ansias de salir corriendo de la cocina, cubrirme con mi capita y unirme al jolgorio que ya se empezaba a oír en la calle. Por eso tampoco me di cuenta de que la tía Juliana salía de la habitación cuando yo entraba, y del impacto contra sus piernas reboté directamente al suelo.
—¡Pero bueno! ¿A santo de qué vas tan atolondrada? Ea, levanta, no ha sido nada.
—Perdona, tía, la abuela me espera para ir al mercado —me disculpé.
—Bueno, pero si no miras por dónde andas de poca ayuda podrás serle, así que, vamos, cálmate. ¿Dónde tienes el cesto? —dijo mirando a mi alrededor.
—Creo que está… en la cocina —murmuré.
Ella sólo enarcó una ceja y sonrió. Yo salí corriendo de nuevo (bueno, andando rápido, intentando parecer muy muy calmada).
Y por fin salimos. Un airecillo helado se coló entre los mechones rebeldes que escapaban del abrazo de mi bufanda, que apreté de nuevo tanto como pude. En cuanto torcimos la esquina al final de la calle, apareció ante mis ojos un escenario a todo color. La Plaza Mayor recogía entre la iglesia y el ayuntamiento un concurrido batiburrillo de tenderetes, carretas, gentes y bestias de todas clases. Viendo que la abuela me miraba por encima del hombro, me acerqué a sus faldas y nos adentramos juntas en la plaza abarrotada.
Parecía que estuviéramos dentro de un colorido cuadro en movimiento. La gente del pueblo y sus alrededores había llevado hasta allí toda suerte de productos y artilugios; pipas y tabaco cubrían por completo un caballete, la señora de los cestos y canastos los tenía amontonados unos sobre otros haciendo equilibrios en una esquina, a su lado las lanas, hilos y retales expuestos como un arcoíris de texturas gustosas, pirámides de leña cargada en carretas iban y venían circulando por entre los puestos de hortalizas y las ovejas en su improvisado corral. Cacareos, gorjeos, berridos y balidos se entremezclaban con la voz de los comerciantes que atraían a su público con las suculentas ofertas del día. El chico del diario aireaba sus últimos ejemplares ya. Olía a castañas, a polvo y a verduras.
Sin embargo, algo extraño flotaba en el aire. Una neblina que no provenía del cielo perlado, sino del suelo; de los pasos presurosos, del polvo huidizo, de las voces demasiado agudas que de vez en cuando rasgaban el barullo, de las miradas demasiado largas mal disimuladas, de los susurros de soslayo y los precios oscilantes no marcados.
—Coja más, María, coja más.
—Pero es demasiado, no puedo…
—Usted coja, yo no la veo. Y quién sabe cuándo podrá volver a comprarlas…
—¡Ay, si le descubren, Genaro!
—Ea, ea.
Miré callada al primo, sus ojillos tenían un brillo húmedo, cansado. Sus manos se movían aprisa pero los hombros permanecían fijos, como los de un soldadito de plomo. Y su mujer aquel día no estaba.
—Hola, Candelaria, ¿cómo está? —saludó a la abuela sin apenas mirarla. Tenso.
—Genaro, eso que has hecho…
—Vamos, dígame, ¿qué le pongo? —cortó.
Me di cuenta de cómo la abuela arrugaba los labios, apretando las palabras con fuerza para que no se oyeran. Pero yo las vi y estoy segura de que el primo Genaro también, porque dejó caer los hombros y sonrió con cariño a modo de respuesta. Con un cariño triste.
—Ya sabe que puede ser el último, abuela. —Suspiró. Y se volvió hacia mí—: Hoy no tengo garbanzos tostados, pequeña, pero te he traído otra cosa.
El puesto de fruta y verdura del primo Genaro era mi favorito. Lo preparaba todo tan bonito que daba pena coger nada por no desmontar el impecable puzle que formaban las cajitas de madera, con los regalos que su huerto le había dado —como él decía— perfectamente colocados. El degradado de los limones como soles, las frondosas zanahorias, los tomates regordetes en forma de corazón, las berenjenas de ese púrpura único, los pepinos y las oscuras espinacas, hasta las judías y las lechugas con su forma de flor, para terminar con las cebollas y las patatas aún espolvoreadas de tierra, me fascinaba siempre. Y aunque, por algún motivo, ese día hubiera menos verduras de las habituales, su puesto seguía siendo el mejor.
—Aquí tienes. —Y me entregó una alargada flor blanca, como quien entrega una delicada figurilla de cristal.
—¿Qué es? —le pregunté sorprendida, cogiéndola con cautela por el tallo.
—Una campanilla de las nieves, la primera que veo este año. Es de las pocas flores que pueden nacer de entre la nieve que cubre la tierra en invierno. Es pequeña, delicada y bella, pero también muy fuerte. Como tú, Sacra.
Alcé la vista hasta sus ojos y vi que estaban a puntito de desbordarse. En aquel profundo pozo flotaban pesar, preocupación y una grandísima ternura que nacía de algún lugar muy muy hondo. Se me atragantaron sus lágrimas con mis ganas de abrazarle y sólo pude abrir un poco los labios para intentar una sonrisa que salió con un ruidito indescifrable.
—Bueno, da las gracias, niña —me instó mi abuela.
—Muchas gracias, primo Genaro —murmuré.
Él posó su mano en mi cabecita con una sonrisa y se acercó de nuevo a sus verduras. Sirvió a la abuela lo que ella le pedía, más alguna cosa que le escondió en el cesto sin que se diera cuenta. Yo no entendía por qué tanto misterio. A medida que el mercado se iba vaciando y en nuestros cestos ya no cabía ni un huevo más, el silencio se fue filtrando poco a poco entre los despojos pisoteados. Los portones de las ventanas se cerraban, las carretas con cajas vacías se perdían camino abajo y sólo quedaron en la plaza restos de estiércol y un frío que anidaba con rabia en los huesos.
La abuela estaba seria, una vez en casa fue directa a la Cocina Chica, prendió los fogones y allí se quedó, vaciando la cesta y la rabia al mismo tiempo mientras maquinaba la comida.
Juliana asomó la cabeza alertada por el estruendo y, sin tener demasiado claro si cruzar o no el umbral, le preguntó a la abuela si la podía ayudar.
—Sí, puedes hablar con tu sobrino para que deje de hacer estupideces —refunfuñó.
A lo que Juliana se la quedó mirando con los ojos muy abiertos y sin saber qué responder. Se acercó dando pasitos pequeños y preguntó en un tono aún más suave si cabe:
—¿Qué ocurre, madre?
—¿Que qué ocurre, Juliana? ¿¡Acaso aún no sabes lo que ocurre!? —estalló.
Vi que mi tía se encogía ligeramente y retrocedía un paso.
—¡Que este mundo está loco, eso es lo que ocurre! Que todo el mundo ha perdido el santísimo juicio y lo siguiente que va a perder será la cabeza, pero a balazos. ¡Dios mío! Y ella me pregunta que qué ocurre… —gruñó dándole la espalda y dirigiéndose a las pobres lechugas abofeteadas.
Juliana, pálida y sin habla, parecía hacerse cada vez más y más pequeña. Acabó mirándome a mí, no sé bien si buscando una respuesta a su alrededor o quizás descubriendo avergonzada que yo las observaba a ambas desde un rincón. Con la mirada baja y sin atreverse a añadir ya nada más, fue guardando en la despensa todo aquello que no la obligara a cruzarse con la abuela en su huracanado trajín.
Yo me escabullí patio a través en busca de mi madre.
Fue su voz entonando susurros quien me recibió. Cuando abrí la puerta con cautela descubrí que tarareaba algo con la pequeña Mo dormidita en sus brazos, sólo asomaba su minúscula nariz de la manta con que la acunaba. Me acerqué despacio para quedarme escuchando en cuclillas, hasta que la nana se fue apagando poco a poco, perdiéndose en algún lugar indefinido entre mi madre y las paredes de la habitación.
—Mamá, ¿por qué está enfadada la abuela con el primo Genaro? —le pregunté bajito.
Ella me miró con el ceño fruncido, sin responder hasta asegurarse de que la pequeña había cogido un sueño profundo.
—Sacra, ¿por qué no estás ayudando a tu abuela a preparar la comida? —me devolvió la pregunta, pasando por alto mis dudas.
—Está poniendo el caldero al fuego y acabamos de llegar del mercado y… —fui bajando el tono buscando la excusa que me faltaba, achicada bajo sus oscuras e inquisitivas pupilas— y quería ver a Mo, no la he visto en todo el día.
—Aún no estamos ni a la mitad del día, no exageres. —Suspiró, pero me dejó acercarme a la mantita—. Despacio —me avisó.
Cada vez que la veía pensaba lo mismo: no parecía de verdad. Era tan pequeña y tan perfecta… Como alguna de las muñecas que había visto a las niñas del pueblo, pero mucho más suave, más tierna y con un olor dulzón que no se parecía a ningún otro. Tenía una nariz que era como un delicado tobogán rosado, y esas manos… ¿cómo podían ser de verdad? ¿Cómo podían existir unas uñitas tan y tan pequeñas? Siempre con los puñitos cerrados, se aferraba al dedo tendido con una fuerza asombrosa. Chocaba… lo poderosa que era la vida dentro de aquella muñequita pelona.
—Tienes las manos sucias, Sacra, no la toques.
Me aparté con cuidado, sin dejar de mirar sus deditos rosados.
—Mamá, ¿de quién se tenía que esconder el primo Genaro?
—Ay, niña, vale ya de hacer preguntas. No te metas en temas de mayores. Ya sabes que son tiempos difíciles y hay cosas que tú no puedes comprender. Pero tienes que hacer caso a la abuela, en todo. Y ahora ve a la cocina por si necesita ayuda. Anda.
Me levanté y cerré la puerta sin hacer ruido, dejándolas sentadas al borde de la cama, tal y como las había encontrado. Me fui andando despacio con la mirada perdida, preocupada por esa sensación extraña que revoloteaba a mi alrededor, como si hubiera algo molesto que no sabía identificar pero que se había colado conmigo en casa y se me había quedado pegado a la piel con el polvo que habíamos traído del mercado, algo inquietante que se alimentaba de las evasivas de mi madre y los gruñidos de la abuela.
La palangana de atrás era nuestro mejor termómetro. Ella nos indicaba la llegada definitiva del invierno, transformando en un sólido bloque de hielo el agua que yo había sacado el día anterior del pozo. Sí, aquella noche, finalmente, había helado. Y lo había hecho con ganas. Y cuando al mediodía fui a buscar agua para preparar el baño de mi hermana pequeña, tuve que pedir ayuda a mi hermano para mover la vieja palangana, que seguía congelada.
—La llenaste demasiado. ¿Cómo pudiste traerla hasta aquí fuera? —me preguntó resoplando, sorprendido.
Yo sólo me encogí de hombros, distraída, buscando más allá de nuestro muro.
—Vaya, tengo la hermana más fortachona del pueblo y yo sin saberlo —siguió él, divertido.
A mí se me escapó una risita, porque mis brazos, parecidos al tallo de la flor de Genaro, quedaban muy alejados del término «fortachona».
—Teodoro, ¿cuándo vendrán?
Él también alzó la vista, haciendo un alto.
—No puede faltar mucho, seguro que procuran no pasar una sola noche más ahí fuera. Vamos, gorrinita —me dijo, guiñándome un ojo—, o nosotros también nos congelaremos.
Y entramos en casa, en una Cocina Chica que olía a gloria. La abuela estaba preparando su famoso puchero y el vaho empañaba los ventanucos, que me llamaban para que dibujara en ellos con los dedos. Pero me contuve, porque si la abuela me veía encaramada al mueble de la cocina corría el riesgo de quedarme sin mi ración de sopa, y ese sencillo manjar era entonces, para mí, algo sagrado.
Estábamos ya fregando el puchero y recogiendo los restos de la comida cuando empezaron a oírse los primeros y tan esperados gritos. Yo me quedé con el trapo en alto y mirando hacia fuera, atenta, a la espera de las conocidas palabras que anunciaban uno de mis momentos favoritos del inicio de las nieves. Se oían carreras sobre los adoquines. El brusco entrechocar de puertas haciéndose eco unas a otras. El pueblo se movilizaba aprisa. Y di un brinco al oír, al fin:
—¡¡Ya vieneeen!!
—¡Abrid las puertas!
—¡¡¡Que viene el guarrooo!!!
Miré a la abuela con avidez y una sonrisa que me bailoteaba en los labios. Y ella, seria y con los ojos muy abiertos, exclamó:
—¡Corre! ¡Llama a tu hermano!
Y tiempo me faltó. Salí como un rayo, chillando a voz en grito:
—¡Teodorooo! ¡Que vieneee! ¡¡Ya llega el guarro!!
Lo vi salir apresurado, calándose una boina hasta las orejas.
—Te dije que sería hoy. Tú abre la puerta grande, yo voy al patio de atrás. ¡Aprisa, Sacra, como lo perdamos la abuela nos mata!
Y no con poco esfuerzo abrí de par en par las grandiosas alas de la puerta Roja buscando ansiosa a mi alrededor. Toda la calle exhibía sin pudor sus entrañas, abiertas y expectantes las puertas de cada uno de los vecinos, dispuestos a recibir a ese goloso compañero que volvía a casa en busca de refugio tras haber estado todo el verano pastando por los montes. Poco a poco, un extraño rumor fue creciendo, como cuando se avecina tormenta y sólo se atisba del trueno un lejano retumbar. Pero ellos eran más rápidos. En cuestión de segundos el aire se fue enrareciendo con aquel olor característico que yo siempre reconocía enseguida, mezcla de hierba fresca aplastada y barro, un hedor húmedo y penetrante, y la avalancha de pezuñas retumbó en la plaza, que la recibió con la energía amplificadora de un grandioso y febril tambor. Y los agudos gritos de alborozo de los niños del pueblo resonaron tras las ventanas y en los balcones, mezclándose con los de mis vecinas entre risas y llamadas a voces. Y enseguida se empezaron a confundir con los chillidos de los animales, ese sonido tan estridente y tan suyo, arrancándome una carcajada porque aquella creciente cacofonía significaba que, por fin, ya estaban aquí.
Vi fascinada cómo una inmensa avalancha de cerdos aparecía calle arriba, atropellándose unos a otros en la carrera y, fundiéndome con la pared, me regocijé ante el espectáculo. A medida que avanzaban, se iban desprendiendo miembros del tumulto, adentrándose cada uno por un portal. Con precisión matemática, sin dudas y sin perder el ritmo, cada uno entraba a toda velocidad en su hogar. Entornando los ojos, me pegué contra los muros de la casa de mi abuela mientras pasaban por delante de mí con gran estruendo, hasta que uno de ellos se desvió hacia nuestro umbral. Pasó zumbando por el patio y cruzó la puertecilla que llevaba al corral; yo lo perseguía tan rápido como podía para verlo lanzarse directamente a su zahúrda, el cuchitril donde mi hermano ya lo esperaba, con la comida preparada en el alargado dornajo de madera, listo para cerrar la cancelita.
Yo aún jadeaba mientras veía cómo Teodoro le llenaba con paciencia un barreño de agua para que pudiera recuperarse después del largo viaje que lo había traído de vuelta a casa.
—¿Puedo tocarlo? —le pregunté al poco, con repentina timidez frente a aquel animal que me parecía más grande de lo que lo recordaba.
—Claro, mejor ahora que una vez haya empezado a revolcarse en el barro.
Me acerqué con cuidado y posé una mano en su lomo, pero él ni se inmutó, concentrado como estaba en saciar su sed. Era muy áspero, con aquellos pelos tan duros. Me miré la mano: había quedado marrón tras sólo un par de caricias.
—Qué marrano, está sucísimo.
—Pero vamos a ver, ¿tú por qué crees que lo llaman «el guarro»? No es un animal famoso por su higiene, precisamente.
A mí se me escapó la risa y le volví a acariciar por si se había podido ofender con el comentario de mi hermano. Al fin y al cabo, siempre volvía a casa, tan malo no podía ser si nos quería tanto como para acordarse exactamente de cómo regresar a nuestro hogar año tras año.
El espectáculo de la vuelta de los cerdos al pueblo siempre me había fascinado, parecía un milagro que cada uno supiera exactamente cuál era su casa, por qué puerta tenía que entrar para encontrarse con su parcelita de barro y su familia. ¿Cómo era posible? Se pasaban muchos meses por los montes, se marchaban jovencitos y canijos, volvían convertidos en espléndidos cerdos y, a pesar del tiempo transcurrido y de adentrarse en el pueblo a toda velocidad, cada gorrino iba directo y sin dudar a donde se le esperaba. Sí, era un espectáculo realmente digno de verse.
—¡SACRA!
Un grito que no sonaba nada bien me sacó de golpe de mi ensoñación. Miré a mi hermano con preocupación y volví adentro, deseando a cada paso hacerme invisible. No tenía idea de lo que había hecho, pero sin duda algo había hecho. Mi madre me estaba esperando frente a la puerta principal.
—¿Puedo saber por qué esta puerta sigue abierta de par en par como si esta casa fuera un circo del que todo el vecindario pudiera disfrutar?
—Es que acaban de llegar los guarros y…
—Ya sé que han llegado —me cortó—, todo el pueblo lo sabe, pero no es necesario dejar las puertas abiertas durante el resto del día, ¿no te parece? Haz el favor de cerrar inmediatamente.
Hice en silencio lo que me mandaban, pero antes de que mi madre se diera la vuelta pregunté con mi voz más angelical:
—¿Puedo salir un rato?
Ella ya no estaba pendiente de mí porque la pequeña Mo se removía en su habitación, así que sólo me puso como condición volver antes de que anocheciera. Como siempre. Pero eso, por aquellos meses, era algo que ocurría ya muy temprano, así que no tardé nada en abrigarme y salir en busca de Pedro.
Pedro era el pastor que nos devolvía cada año la piara sana y salva. Y era, también, mi mejor amigo. Mi familia me tenía dicho una y mil veces que no molestara a los mayores y que no hablara con desconocidos. Que cuando anduviera por el pueblo, fuera con los demás críos y no diera la vara a los adultos, porque bastante tiene cada uno
