El rey Matías

Fragmento

1

Y fue así…

El doctor dijo que si en tres días el rey no se ponía bueno la cosa acabaría mal.

El doctor repitió:

—El rey está muy enfermo y si en tres días no se pone bueno la cosa acabará mal.

Todos se entristecieron mucho y el mayor de los ministros se puso sus gafas y preguntó:

—Entonces ¿qué pasará si el rey no se pone bueno?

El doctor no quiso decirlo claramente, pero todos entendieron que el rey se iba a morir.

El ministro mayor se preocupó enormemente y convocó el Consejo de Ministros.

Se reunieron en una sala grande, se sentaron en unas butacas cómodas alrededor de una mesa larga. Cada ministro tenía delante una hoja de papel y dos lápices: uno normal y otro que escribía por un lado azul y por el otro rojo. El mayor de los ministros tenía, además, una campanilla.

Cerraron la puerta con llave para que nadie les molestara, encendieron las lámparas eléctricas y se quedaron en silencio.

Al fin el ministro mayor tocó la campanilla y tomó la palabra:

—Ahora tendremos que tomar una decisión. El rey está enfermo y no puede gobernar.

—Yo creo —dijo el ministro de la Guerra— que hay que hablar con el doctor. Que diga sin rodeos si puede o no curar al rey.

Los demás ministros tenían mucho miedo a su colega porque siempre llevaba sable y revólver. Así que obedecieron.

—Bien, llamemos al doctor —dijeron.

Le mandaron a buscar enseguida, pero el doctor no pudo acudir porque estaba poniendo al rey veinticuatro ventosas.

—Lástima, habrá que esperar —dijo el ministro mayor—, mientras tanto, decidme: ¿qué haremos si el rey muere?

—Yo lo sé —dijo el ministro de Justicia—. Según la ley, después de la muerte del rey sube al trono y gobierna su hijo mayor. Por eso le llaman el príncipe heredero. Así que si el rey muere, su hijo mayor se sentará en el trono.

—¡Pero si no tiene más que un solo hijo!

—No se necesitan más.

—Sí, pero el hijo del rey es el pequeño Matías. ¿Y cómo va a ser rey si ni siquiera sabe escribir todavía?

—Vaya problema —contestó el ministro de Justicia—. En nuestro país no hemos tenido hasta ahora ningún caso similar, pero en España, en Bélgica y en otros estados ya ha ocurrido que ha muerto el rey dejando un hijo pequeño, y ese niño tenía que ser rey.

—Sí, sí —asintió el ministro de Correos y Telégrafos—. Yo mismo he visto los sellos postales con la foto de un pequeño rey.

—Pero, estimados señores —interrumpió el ministro de Instrucción Pública—, es imposible que un rey no sepa escribir ni contar, que no conozca geografía ni gramática.

—Yo pienso lo mismo —dijo el ministro de Hacienda—. ¿Cómo va a hacer cuentas, a dar órdenes sobre cuánto dinero hay que imprimir, si no conoce la tabla de multiplicar?

—Y lo peor, señores míos —tomó la palabra el ministro de la Guerra—, es que nadie tendrá respeto a un rey tan pequeño. ¿Cómo impondrá el orden a los soldados y los generales?

—Yo creo —dijo el ministro del Interior— que un rey tan pequeño no será respetado ni por los soldados ni por nadie. Continuamente habrá huelgas y rebeldías. No pienso responder de nada si coronáis al pequeño Matías.

—Yo no sé qué podrá pasar. —El ministro de Justicia se puso rojo de rabia al verse contradicho por todos—. Solo sé que la ley ordena que al morir el rey su hijo ocupe el trono.

—¡Pero Matías es demasiado pequeño! —gritaron los demás.

Y estaba a punto de estallar una terrible discusión cuando se abrió la puerta y entró en la sala un embajador extranjero.

Puede parecer extraño que el embajador extranjero entrara en el Consejo de Ministros, ya que la puerta estaba cerrada con llave; sin embargo, debo explicar que cuando salieron a llamar al médico olvidaron cerrar la puerta. Hubo quien dijo más tarde que el ministro de Justicia la había dejado abierta aposta, porque sabía que iba a venir el embajador.

—Buenas tardes —dijo el embajador—. Vengo en nombre de mi rey y exijo que Matías Primero suba al trono. Si no, habrá guerra.

El Primer Ministro (el mayor de los ministros) se asustó mucho, pero hizo como si no le importara nada y escribió en una hoja de papel con el lápiz azul: «Bien, que haya guerra». Luego, dio esta hoja al embajador extranjero. Este cogió el papel, hizo una reverencia y dijo:

—De acuerdo, lo notificaré a mi gobierno.

En este momento entró el doctor y todos los ministros empezaron a suplicarle que salvara al rey, ya que si no, podía haber una guerra y una gran desgracia.

—Ya le he dado al rey todos los remedios que conozco. Le he puesto ventosas y no puedo hacer más. Pero podemos consultar a otros médicos.

Y los ministros siguieron su consejo. Llamaron a otros doctores famosos para que salvaran al rey. Enviaron a la ciudad todos los coches del palacio y, mientras tanto, pidieron al cocinero real que les trajera la cena, porque tenían mucha hambre. No sabían que la reunión iba a durar tanto y por eso no habían comido en casa.

El cocinero sacó los platos de plata y llenó las botellas con los mejores vinos, pues quería conservar su puesto en la corte después de la muerte del viejo rey.

Los ministros comieron y bebieron hasta ponerse bien alegres. Mientras, los doctores ya se habían reunido en la sala.

—Yo opino —dijo un viejo doctor con barba— que hay que operar al rey.

—Y yo creo —dijo el segundo doctor— que hay que ponerle una compresa caliente y decirle que haga gárgaras.

—Debe tomar los polvos —opinó un profesor eminente.

—Seguramente serán mejores las gotas —se opuso otro.

Cada médico traía consigo un libro gordo y leía lo que ponía sobre cómo curar la enfermedad del rey.

Ya era tarde y los ministros tenían sueño, pero no podían marcharse sin conocer la decisión de los doctores. Había tanto ruido en el palacio real que el hijo del rey, el pequeño príncipe heredero, Matías, ya se había despertado dos veces.

«Iré a ver qué pasa allí», pensó Matías. Se levantó de la cama, se vistió rápidamente y salió al pasillo.

Se detuvo delante de la puerta del comedor; aunque no para escuchar, sino porque en el palacio real los picaportes estaban tan altos que el pequeño Matías no podía abrir la puerta él solo.

—¡El rey tiene buen vino! —gritaba el ministro de Hacienda—. Bebamos otra vez, señores míos. Cuando Matías suba al trono no necesitará vino porque los niños no pueden beber.

—Ni tampoco pueden fumar puros. Así que podemos llevarnos unos cuantos para casa —decía en voz alta el ministro de Comercio.

—Y cuando haya guerra, queridos amigos, os aseguro que no quedará nada de este palacio porque Matías no nos defenderá.

Se pusieron todos a reír y a gritar:

—¡Bebamos a la salud de nuestro defensor, el gran rey Matías Primero!

Matías no entendía muy bien lo que decían. Sabía que su padre estaba enfermo y que los ministros se reunían a menudo. Pero ¿por qué se reían de él, por qué le llamaban rey, de qué guerra hablaban? No entendía nada.

Soñoliento y un poco atemorizado, Matías siguió el pasillo hasta llegar a la puerta del Salón del Consejo. Allí oyó otra conversación.

—Y yo os digo que el rey morirá. Ya podéis darle pastillas y medicinas que no servirá de nada.

—Apuesto mi cabeza a que el rey no aguantará ni una semana.

Matías no escuchó más. Atravesó corriendo el pasillo, dos grandes habitaciones reales y, casi sin aliento, entró en el dormitorio de su padre.

El rey, muy pálido, estaba tumbado en la cama. Estaba sentado con él el buen doctor, el mismo que cuidaba del pequeño Matías cuando estaba enfermo.

—¡Papá, papá! —gritó Matías llorando—. ¡No quiero que te mueras!

El rey abrió los ojos y miró tristemente a su hijo.

—Ni yo quiero morir —dijo en voz baja—; no quiero dejarte solo en el mundo, hijito.

El doctor cogió a Matías y le sentó encima de sus rodillas. No hablaron más.

Matías recordó que en una ocasión ya había estado sentado así, junto a la cama. Entonces era su padre quien le tenía en sus rodillas y su madre la que estaba en la cama, igualmente pálida y respirando, también, con dificultad.

«Papá morirá como murió mamá», pensó.

Se entristeció profundamente y, muy enfadado y resentido con los ministros que estaban riéndose de él y de la inminente muerte de su padre, pensó: «Ya se enterarán cuando sea rey».

2

Enterraron al rey con mucha pompa. Los faroles estaban cubiertos de crespones negros. Todas las campanas sonaban. La orquesta tocaba una marcha fúnebre. Desfilaba el ejército y pasaban los cañones. Trenes especiales trajeron flores de los países cálidos. Todos estaban muy tristes. Los periódicos decían que todo el pueblo lloraba la pérdida de su querido rey.

El pequeño Matías estaba triste en su habitación. Iba a ser rey, pero acababa de perder a su padre y ya no tenía a nadie en este mundo.

Matías recordó a su madre.* Fue reina pero no era nada orgullosa; jugaba con él, le colocaba los cubos, le contaba cuentos y le enseñaba dibujos en los libros. A su padre le veía menos, porque el rey tenía muchas obligaciones: salir con el ejército, ir de visitas, recibir a varios reyes, asistir a reuniones o presidir consejos. Pero también él encontraba a veces un minuto libre para jugar a los bolos con el pequeño Matías o ir de paseo: el rey a caballo, Matías en un poney, por las largas avenidas del jardín real. ¿Y qué iba a hacer ahora? Conservaría el mismo maestro extranjero, tan aburrido, con cara de haberse tomado un vaso de vinagre. «¿Sería divertido ser rey?», se preguntaba Matías. «Si hubiera alguna guerra de verdad, por lo menos se podría luchar. Pero ¿qué puede hacer un rey en tiempo de paz?»

El pequeño Matías estaba triste. Solo en su habitación se aburría mucho, mientras veía cómo jugaban alegremente en el patio real los hijos de la servidumbre del palacio. Siete chicos solían jugar al ejército, y siempre era el mismo, el más pequeño y alegre, quien los entrenaba y mandaba al ataque. Su nombre era Félix. Así le llamaban los demás.

Varias veces Matías pensó llamarle y hablar con él aunque fuera a través de las rejas, pero no sabía si le estaba permitido, y tampoco sabía qué decir ni cómo empezar la conversación.

Mientras tanto, en todas las calles habían puesto unos carteles enormes anunciando que el pequeño Matías subía al trono, que saludaba a sus súbditos, que los ministros serían los mismos de antes y que ayudarían al nuevo rey en su trabajo.

Los escaparates de las tiendas estaban llenos de fotografías del pequeño Matías: Matías en un poney, Matías vestido de marinero, Matías de militar, Matías en un desfile. En los cines también presentaban a Matías, y todas las revistas nacionales y extranjeras hablaban de él.

Y hay que decir la verdad. Todos querían a Matías. Los mayores le tenían compasión: tan pequeño y ya había perdido a sus padres. Los chicos se alegraban de que hubiera uno de ellos que pudiera mandar; hasta los generales debían ponerse firmes ante él y los soldados le rendían armas. A las chicas les gustaba este pequeño rey que montaba un bonito caballito y los huérfanos le querían más que nadie.

Cuando aún vivía la reina, en las fiestas siempre mandaba caramelos a los orfanatos. Después, el rey siguió enviándolos. Y aunque el pequeño Matías no lo sabía, se entregaba a los niños caramelos y dulces en su nombre. Más tarde Matías comprendió que reservando una parte del presupuesto real para estos dones, es posible procurar a la gente mucha felicidad.

Seis meses después de subir al trono el pequeño Matías ganó gran popularidad. Todos hablaron de él, pero no solo por ser rey, sino porque hizo algo que gustó.

Contaré cómo fue.

Gracias a su médico, Matías consiguió autorización para pasear por la ciudad. Durante mucho tiempo tuvo que molestar al doctor para que le dejara ir al parque donde jugaban todos los niños por lo menos una vez a la semana.

—Yo sé que el jardín real es muy bonito, pero no me gusta estar solo y me aburro mucho.

Finalmente, el médico se lo prometió, y mediante el mariscal de la Corte, se dirigió a la administración del palacio para que el tutor del rey le consiguiera del Consejo de Ministros un permiso de tres paseos cada dos semanas.

Puede parecer extraño que a un rey le sea tan difícil salir a dar un simple paseo. Y hay que saber que el mariscal de la Corte cedió únicamente porque hacía poco el doctor le había curado unos dolores que sufría por haber comido un pescado pasado.

La administración del palacio luchaba desde hacía tiempo por conseguir dinero para construir una cuadra nueva que iba a utilizar también el tutor real, y el ministro del Interior aceptó a despecho del ministro de Hacienda. Porque por cada paseo real la policía recibía tres mil ducados y el departamento sanitario un tonel de colonia y mil ducados en oro.

Y es que, antes de cada paseo de Matías, doscientos obreros y cien mujeres limpiaban a fondo el jardín; se barría, se pintaban los bancos, se regaban las avenidas con colonia, se quitaba el polvo de los árboles y de las hojas. Los médicos vigilaban para que todo estuviera limpio, porque la suciedad y el polvo perjudican la salud, y la policía cuidaba de que durante el paseo no entraran al jardín los gamberros que tiran piedras, empujan, se pelean y arman escándalo.

El pequeño rey Matías se lo pasaba muy bien esos días. Iba vestido como todos los niños y nadie sabía que era el rey, no le reconocían, pues a nadie se le ocurría pensar que el rey pudiese ir a un parque público. El pequeño Matías dio dos vueltas al jardín y dijo que quería sentarse en un banco, en la plazoleta, donde había niños jugando. Cuando ya estaba sentado se le acercó una niña y preguntó:

—¿Quieres jugar al corro?

Le cogió de la mano y jugaron juntos.

Las niñas cantaban y daban vueltas. Después, cuando terminaron, esperando a que empezara otro juego, la niña empezó a hablar con él:

—¿Tienes hermanas?

—No.

—¿Y quién es tu padre?

—Mi padre ha muerto. Era el rey.

La niña debió pensar que Matías le tomaba el pelo, porque se puso a reír y contestó:

—Si mi papá hubiera sido rey me habría comprado una muñeca que llegaría hasta el techo.

Y Matías supo que el padre de la niña era capitán de bomberos, que ella se llamaba Irenita y que le gustaban mucho los bomberos porque a veces la dejaban montar a caballo.

El pequeño Matías se hubiera quedado con ella mucho más tiempo, pero tenía permiso únicamente hasta las cuatro horas y veinte minutos con cuarenta y tres segundos.

Matías esperó con impaciencia su siguiente paseo, pero estuvo lloviendo y no le dejaron ir, pues temían por su salud.

Cuando por fin pudo ir, le ocurrió algo muy desagradable. Estaba jugando con las niñas cuando se les acercaron unos chicos y uno de ellos gritó:

—¡Mirad, un chico está jugando con las niñas! —Y todos empezaron a reírse.

Matías se dio cuenta que realmente era el único niño que jugaba al corro.

—Ven a jugar con nosotros —dijo el chico.

Matías le miró con atención. ¡Era Félix!, el mismo Félix al que tanto había deseado conocer.

Y Félix le miró detenidamente y gritó:

—¡Se parece mucho al rey Matías!

El pequeño Matías se avergonzó, ya que todos empezaron a mirarle fijamente. Así que quiso fugarse con su ayudante, que también estaba vestido de paisano. Pero por culpa de la prisa o de la vergüenza se cayó y se hirió en la rodilla.

El Consejo de Ministros decidió que Matías no podría volver al parque. El gobierno cumpliría todos los deseos de su rey, excepto el de volver allí, ya que había niños mal educados que se habían burlado de él, y el Consejo de Ministros no podía admitir que nadie se riera del rey para no perjudicar el honor real.

El pequeño Matías se puso muy triste y pensó mucho en las dos veces que había podido jugar alegremente en un parque público, hasta que se acordó del deseo de Irenita.

«Ella quiere tener una muñeca que llegue hasta el techo.»

Y ese pensamiento no le dejaba estar tranquilo.

«Si soy un rey, tengo derecho a mandar, y sin embargo, resulta que debo obedecer a todos. Aprendo a leer y escribir como todos los niños. Tengo que lavarme las orejas, el cuello y los dientes como todos los niños. La tabla de multiplicar es igual para los reyes que para todo el mundo. Entonces ¿de qué me sirve ser el rey?»

Matías se rebeló, y durante la audiencia exigió al Primer Ministro en voz muy alta que comprara la muñeca más grande del mundo y se la mandara a Irenita.

—Entienda Su Majestad… —empezó el presidente del Consejo.

Matías supo enseguida lo que sucedería: aquel hombre insoportable iba a decir muchas cosas incomprensibles y, al final, Irenita se quedaría sin muñeca. El pequeño Matías se acordó entonces de cuando el mismo ministro había intentado contradecir a su padre de la misma manera, y cómo el viejo rey había dado una fuerte patada en el suelo diciendo:

—Yo lo exijo irrevocablemente.

Así que Matías pateó de la misma manera y dijo en voz muy alta:

—Señor ministro, sepa que yo lo exijo irrevocablemente.

El Primer Ministro le miró sorprendido, luego apuntó algo y murmuró:

—Presentaré el deseo de Su Majestad en el Consejo de Ministros.

Nadie sabe lo que se dijo en el Consejo de Ministros, nadie lo sabe porque se habló a puerta cerrada. A pesar de todo, se tomó la decisión de comprar la muñeca, y el ministro de Comercio pasó dos días recorriendo todas las tiendas de la ciudad buscando las muñecas más grandes. Pero en ningún sitio tenían una tan grande. Entonces el ministro de Comercio reunió a todos los industriales y uno de ellos se comprometió a hacer en su fábrica la muñeca, pidiendo a cambio mucho dinero y un plazo de cuatro semanas. Cuando la muñeca estuvo hecha la expuso en el escaparate de su tienda con la siguiente inscripción: «El proveedor de Su Majestad hizo esta muñeca para Irenita, la hija del capitán de los bomberos».

Los periódicos publicaron enseguida la fotografía de los bomberos cuando iban a apagar un incendio, la fotografía de Irenita y de la muñeca. Se decía que al rey Matías le gustaba mucho ver pasar a los bomberos y mirar los incendios. Alguien escribió una carta diciendo que estaba dispuesto a quemar su propia casa si al querido rey Matías le gustaban tanto los incendios. Muchas niñas escribieron cartas al rey Matías pidiéndole muñecas. El secretario de la Corte ni siquiera leyó esas cartas a Matías, porque se lo prohibió rigurosamente el Primer Ministro que estaba muy enfadado.

Durante tres días hubo una muchedumbre enfrente de la tienda mirando el regalo real, y al cuarto día, la policía ordenó quitar la muñeca del escaparate para no entorpecer el paso a los tranvías y a los coches.

Se habló mucho de la muñeca y del pequeño Matías, que había hecho un regalo tan bonito a Irenita.

3

El pequeño Matías se levantaba a las siete de la mañana, y sin ayuda de nadie se lavaba, se vestía, se limpiaba los zapatos y hacía su cama. Esta costumbre fue introducida por su bisabuelo, el valiente rey Pablo el Victorioso. Matías, lavado y vestido, se tomaba una cucharada de aceite de hígado de bacalao y se sentaba a desayunar. El desayuno no podía durar más de dieciséis minutos con treinta y cinco segundos. Este fue el tiempo que estableció el gran abuelo de Matías, el buen rey Julio el Virtuoso. Luego, Matías iba a la sala del trono, donde hacía mucho frío, y recibía a los ministros. En la sala del trono no había estufa porque la bisabuela de Matías, la sabia Ana la Piadosa, siendo niña todavía, estuvo a punto de morir asfixiada, y en memoria de su feliz salvación se decidió incluir en el protocolo de palacio suprimir la estufa de la sala del trono durante los quinientos años siguientes.

El pequeño Matías estaba sentado en el trono y tiritaba de frío, mientras los ministros le contaban lo que ocurría en todo el país. Esto era muy desagradable ya que las noticias no eran nada alegres.

El ministro de Asuntos Exteriores decía quién estaba enojado y quién quería ser amigo de su país, y Matías no entendía casi nada.

El ministro de la Guerra contaba cuántas fortalezas estaban estropeadas, cuántos cañones se habían roto y ya no servían para disparar y cuántos soldados había enfermos.

El ministro de Ferrocarriles explicaba que se debían comprar nuevas locomotoras.

El ministro de Instrucción se quejaba de que los niños no aprendían, de que llegaban tarde a los colegios, y decía que fumaban cigarrillos a escondidas y arrancaban las hojas de los cuadernos. Las niñas se enfadaban y discutían. Los niños se peleaban, tiraban piedras y rompían cristales.

El ministro de Hacienda se irritaba continuamente porque no tenía dinero y no quería comprar nuevos cañones ni máquinas, pues todo era demasiado caro.

Luego, el pequeño Matías iba al parque, donde podía correr y jugar durante una hora. Pero estaba solo y no se divertía.

Así que volvía a sus clases con ganas. Hacía progresos, porque sabía que sin estudiar era difícil ser rey. Por eso aprendió muy rápidamente a hacer su firma con un largo lazo. También debía dominar el francés y otros idiomas para poder hablar con los demás reyes cuando tuviera que ir a visitarles.

Matías estudiaría aún mejor y más a gusto si hubiera hallado contestación a todas las preguntas que se le ocurrían.

Durante mucho tiempo estuvo pensando si sería posible inventar un tipo de cristal capaz de prender la pólvora a distancia. Si inventara ese fantástico cristal declararía la guerra a todos los reyes, y un día antes de la batalla volaría todos los polvorines enemigos. Así ganaría la guerra, ya que sería el único que tendría pólvora. Y entonces, a pesar de ser tan pequeño, se convertiría inmediatamente en un gran rey. Pero cuando se lo comentó al maestro, este se encogió de hombros, hizo una mueca y ni siquiera contestó.

En otra ocasión, Matías preguntó si era posible que al morir un padre transmitiera a su hijo su inteligencia. El padre de Matías, Esteban el Sabio, era muy inteligente. Ahora Matías estaba sentado en su mismo trono, llevaba su misma corona, y sin embargo, debía aprender todo desde el principio, y ni siquiera estaba seguro de poder saber algún día tanto como su padre. ¡Ojalá hubiera heredado junto con la corona y el trono el valor de su bisabuelo, Pablo el Victorioso, la piedad de su abuela y toda la sabiduría de su padre! Pero esta pregunta tampoco fue bien recibida.

Luego se entretuvo pensando si habría forma de conseguir una gorra que le hiciera invisible. ¡Qué estupendo sería! Matías se la pondría y andaría libremente por todos lados sin que le viera nadie. Diría, por ejemplo, que le dolía la cabeza y así le dejarían quedarse en la cama todo el día durmiendo. Por la noche se pondría su gorra mágica y saldría a la calle, pasearía, miraría los escaparates, iría al teatro.

Matías solo había estado una vez en el teatro, en una función de gala. Era cuando todavía vivían su padre y su madre. No se acordaba de nada porque entonces era muy pequeño, pero sabía que fue algo maravillosa. Además, si tuviera esa gorra mágica podría ir sin problemas al patio para conocer a Félix. Recorrería el palacio entero, iría a la cocina para ver cómo se preparaba la comida, a los establos donde estaban los caballos, y a todos esos sitios donde le estaba prohibida la entrada.

Parece increíble que a un soberano se le prohíban tantas cosas, pero debo aclarar que en las cortes reales hay un protocolo muy riguroso. El protocolo significa que hay una serie de reglas que siempre han cumplido los reyes, y si uno nuevo quiere actuar de manera diferente a lo establecido, puede perder su honor y ya nadie le tendrá miedo ni aprecio. Porque cuando un rey infringe las normas demuestra falta de respeto para con sus antepasados, su padre o su abuelo. Por ello, antes de hacer algo nuevo, un monarca debe consultar al maestro de ceremonias, que es el guardián del protocolo y sabe muy bien lo que se ha hecho siempre.

Ya os he dicho que el desayuno del rey Matías duraba dieciséis minutos y treinta y cinco segundos porque ese era el tiempo que tardaba su abuelo en desayunar. También sabéis que en la sala del trono no había estufa porque así lo quiso su abuela, y como hacía tiempo que había muerto, era imposible preguntarle si permitiría instalar una.

A veces el rey puede hacer pequeños cambios, pero esto exige largas consultas, como sucedió con el paseo de Matías. Y no es nada agradable tener que esperar mucho tiempo para conseguir algo.

El rey Matías estaba además en una situación peor a la de otros soberanos, porque el protocolo está pensado para los monarcas adultos y Matías era un niño. Así que no hubo más remedio que modificar el reglamento. Matías en vez de tomar vino como su padre, tenía que beberse dos cucharadas diarias de aceite de hígado de bacalao que, como comprenderéis, no le gustaba nada. Y también, en vez de leer los periódicos, miraba las ilustraciones, ya que todavía no sabía leer bien.

Todo esto hubiera sido distinto si Matías poseyera la sabiduría de su padre y también la gorra mágica que le hiciera invisible. Entonces podría ser un rey de verdad. Pero sin esas cosas, a veces pensaba que hubiese sido mejor ser un niño normal: ir al colegio, arrancar hojas de los cuadernos y tirar piedras.

Hasta que un día pensó que si aprendiera a escribir podría enviarle una carta a Félix, que a lo mejor le contestaba. De esta manera sería como si estuvieran conversando.

A partir de entonces Matías se enfrascó en aprender a escribir bien. Pasaba días enteros escribiendo, copiando cuentos y poemas de los libros. Por él no hubiera salido ni siquiera al jardín, para estar todo el día escribiendo. Pero eso no era posible, ya que el protocolo y la ceremonia exigían que el rey saliera al jardín directamente desde la sala del trono. Veinte lacayos estaban preparados para abrirle la puerta, y si Matías no salía al jardín, estos lacayos no tendrían nada que hacer y se aburrirían mucho.

Alguien puede decir que abrir una puerta no supone ningún trabajo. Pero quien habla así es que no conoce el protocolo de la corte. Debo explicar que estos lacayos estaban ocupados durante cinco horas enteras. Cada uno de ellos tomaba un baño frío por la mañana; luego les peinaba un peluquero que les afeitaba el bigote y la barba. También su uniforme tenía que estar limpio, sin una sola mota de polvo, porque durante el reinado de Enrique el Impetuoso, hacía ya trescientos años, una pulga que había traído un lacayo saltó al cetro real. El verdugo cortó la cabeza a aquel descuidado sirviente, y el mariscal de la Corte se salvó por pelos. Desde entonces, un inspector supervisaba la limpieza de los lacayos quienes, vestidos, bañados y limpios, esperaban en el pasillo desde las once horas y siete minutos, hasta la una y diecisiete minutos en que eran revisados por el maestro de ceremonias. Debían tener mucho cuidado, porque corrían el riesgo de pasar seis años en la cárcel por un simple botón desabrochado; por ir mal peinados, cuatro años de trabajos forzados; por una reverencia poco ágil, dos meses de arresto a pan y agua.

Matías sabía todo esto, por lo que ni siquiera pensó dejar de salir al jardín, aunque ¿quién sabe? A lo mejor hubo algún rey en el pasado que no salía nunca y creerían que él seguía su ejemplo. Pero entonces de nada serviría saber escribir, porque ¿cómo iba a entregar su carta a Félix a través de las rejas?

Matías tenía talento y una gran fuerza de voluntad, así que se dijo: «Dentro de un mes le escribiré a Félix la primera carta».

Y a pesar de todos los obstáculos, escribía y escribía; hasta que al cabo de un mes, preparó la carta para Félix sin ayuda de nadie:

Querido Félix —escribió Matías—:

Hace ya tiempo que veo cómo jugáis alegremente en el patio. Yo también quiero jugar. Pero soy rey y no puedo. Tú me caes simpático. Escríbeme y dime quién eres, porque deseo conocerte. Si

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