En un pequeño pueblo, durante una cálida tarde de verano tiene lugar una animada conversación similar a tantas otras que se desarrollan en ese mismo momento en tantos otros lugares del mundo: simplemente, dos personas que se ponen al día de sus vidas. Pero esta conversación tiene una particularidad: más adelante podrá ser considerada como uno de los puntos de inflexión fundamentales en la vida de cierta persona. Esa persona soy yo.
Cec es el editor de una fantástica revista australiana de música folk llamada Trad and Now. Es conocido y estimado por su apoyo a la música folk en Australia, así como por su sonrisa abierta y jovial. Hablábamos sobre nuestro amor por la música (cosa muy apropiada, porque estábamos en un festival de música folk) y la conversación derivó hacia las dificultades a las que yo me enfrentaba por aquel entonces para encontrar financiación para un programa para enseñar a tocar la guitarra y a componer canciones a mujeres que estaban en la cárcel. «Si consigues ponerlo en marcha, avísame y lo publicamos en la revista», me dijo Cec, tratando de animarme.
Logré ponerlo en marcha, y un tiempo después escribí un artículo para la revista en el que relataba mi experiencia. Al terminarlo, me pregunté por qué no escribía más historias. A fin de cuentas, llevaba escribiendo toda mi vida. Desde que era una niña pecosa, me carteaba con amigos de todo el mundo. Era la época en que la gente aún escribía las cartas a mano, las metía en sobres y las introducía en buzones.
No dejé de escribir al hacerme mayor: siguieron las cartas escritas a mano, junto a años enteros plasmados en sus correspondientes diarios. Además, me convertí en cantautora y, como tal, escribía no solo con un bolígrafo sino también con la guitarra. Pero el placer que experimenté cuando escribí la historia acerca de la cárcel, con papel y bolígrafo sobre la mesa de la cocina, reavivó mi amor por la escritura. Así que le envié un mensaje de agradecimiento a Cec y poco después decidí empezar a escribir un blog.
Los acontecimientos que sucedieron a continuación alteraron el rumbo de mi vida de la mejor manera posible.
La idea para mi blog «Inspiration and Chai» («Inspiración y chai») surgió en una acogedora casita de campo en las Montañas Azules australianas mientras tomaba una taza de té chai, como no podía ser de otra manera. Uno de los primeros artículos que escribí trataba sobre los remordimientos que experimentaban las personas que pronto iban a morir, con las que había trabajado como cuidadora. Esa había sido mi ocupación más reciente antes de empezar a trabajar en la cárcel, por lo que los recuerdos aún estaban frescos en mi memoria. A lo largo de los meses siguientes, la repercusión del artículo fue cada vez mayor, tanto que solo puede explicarse gracias a internet. Empecé a recibir correos electrónicos de personas a las que no conocía, que se ponían en contacto conmigo a raíz de ese artículo y de otros que escribí después.
Casi un año más tarde, me había mudado a una casa de campo, situada en una zona agrícola. Un lunes por la mañana, mientras escribía en el porche, decidí revisar las estadísticas de mi sitio web, como hago de vez en cuando. Una expresión de sorpresa y regocijo se dibujó en mi cara. Volví a mirarlas de nuevo al día siguiente, y al siguiente también. No cabía duda de que algo importante estaba sucediendo. El artículo, que asimismo llevaba por título «Los cinco mandamientos para tener una vida llena», había tomado vida propia.
Empezaron a llegarme correos electrónicos de todos los rincones del mundo, incluidos los de otros escritores que me pedían permiso para citar el artículo en sus blogs y para traducirlo a numerosos idiomas. La gente lo leía mientras iba en el tren en Suecia, en las estaciones de autobuses en Estados Unidos, en sus despachos en India o al desayunar en Irlanda, entre otros muchos lugares. No todo el mundo estaba de acuerdo con lo que yo decía en el artículo, pero creó la suficiente polémica para que se diese a conocer por todas partes. Les dije, si es que les contesté, a los pocos que no estaban de acuerdo: «No disparen al mensajero». Yo me limité a compartir lo que me habían contado quienes iban a morir. Sin embargo, al menos el 95 por ciento de las respuestas que suscitó el artículo fueron hermosas, y pusieron de manifiesto lo mucho que todos tenemos en común a pesar de nuestras diferencias culturales.
Mientras esto sucedía, yo estaba viviendo en la casa de campo, disfrutando de la alegre compañía de los pájaros y otros animales salvajes que se acercaban al arroyo que corría frente a la casa. Cada día, me sentaba a trabajar a una mesa en el porche y respondía afirmativamente a las oportunidades que se me empezaban a presentar. En los meses siguientes, más de un millón de personas leyeron «Los cinco mandamientos para tener una vida plena». En menos de un año, esa cifra se había triplicado.
Debido a la enorme cantidad de gente que sentía una conexión con este asunto, y a las numerosas peticiones de personas que se pusieron en contacto conmigo, decidí desarrollar mis ideas al respecto. Como otros, siempre había tenido la intención de escribir un libro alguna vez. Al contar mi propia historia en este libro, he sido capaz de articular completamente las lecciones que había aprendido al cuidar a quienes iban a morir. Ya estaba ante mis ojos el libro que siempre había querido escribir. Es este.
Como verás cuando leas mi historia, nunca he sido de las que viven su vida de una manera tradicional, si es que tal cosa existe en realidad. Vivo igual que siento, y escribo este libro simplemente como una mujer que desea compartir algo con los demás.
He cambiado los nombres de casi todas las personas que aparecen en el libro para preservar la intimidad de familiares y amigos. No obstante, mi primer profesor de yoga, mi jefe en la clínica prenatal, el propietario del cámping para autocaravanas, mi mentora dentro del sistema penitenciario y todos los cantautores que menciono aparecen con sus nombres reales. También he alterado ligeramente el orden cronológico para agrupar temas comunes que viví con las distintas personas que cuidé.
Quiero dar las gracias a todas aquellas personas que me ayudaron de tantas maneras a lo largo del camino. Me gustaría agradecer especialmente el apoyo y/o su positiva influencia profesional a: Marie Burrows, Elizabeth Cham, Valda Low, Rob Conway, Reesa Ryan, Barbara Gilder, mi padre, Pablo Acosta, Bruce Reid, Joan Dennis, Siegfried Kunze, Jill Marr, Guy Kachel, Michael Bloeme, Ana Goncalvez, Kate y Col Baker, Ingrid Cliff, Mark Patterson, Jane Dargaville, Jo Wallace, Bernadette, y a todos aquellos que apoyan mi escritura y mi música al conectar con ellas de una manera tan positiva.
Gracias también a toda esa gente que me ayudó a ganarme la vida en distintos momentos, como: Mark Avellino, mi tía Jo, Sue Greig, Helen Atkins, mi tío Fred, Di y Greg Burns, Dusty Cuttell, Mardi McElvenny, y a todos esos maravillosos clientes de cuyas casas, que sentí como propias, cuidé. Gracias igualmente a todas las personas bondadosas que alguna vez me dieron de comer.
Por su apoyo a lo largo del tortuoso camino, quiero dar las gracias a todos mis amigos, de ahora y de siempre, de aquí y de allá. Gracias por enriquecer mi vida de tantas maneras. En particular, gracias a: Mark Neven, Sharon Rochford, Julie Skerrett, Mel Giallongo, Angeline Rattansey, Kateea McFarlane, Brad Antoniou, Angie Bidwell, Theresa Clancy, Barbra Squire, a todas las personas que trabajan en el centro de meditación en las montañas y que me mostraron el camino hacia la paz y a mi pareja. Todos me habéis ofrecido un lugar de reposo cuando más necesitaba descansar.
Gracias, cómo no, a mi madre Joy (Alegría, en castellano), cuyo nombre le va como anillo al dedo. Con tu ejemplo natural, me has dado una sagrada lección de amor. El agradecimiento que siento hacia ti es infinito, hermosa mujer.
Me gustaría que este libro sirviese también como homenaje a todas esas maravillosas personas, ya fallecidas, cuyas historias no solo lo componen, sino que han influido en buena medida en mi vida. Asimismo, quiero agradecer a sus familiares los momentos memorables y entrañables que hemos vivido juntos. Gracias a todos.
Por último, quiero darle las gracias a la urraca que canta en el árbol junto al arroyo mientras escribo estas líneas. He disfrutado de tu deliciosa compañía y de la de todos tus compañeros pájaros mientras escribía estas páginas. Gracias, Dios, por tu apoyo y por hacer que encontrase tanta belleza en mi camino.
A veces, no nos damos cuenta hasta mucho tiempo después de que un determinado instante del tiempo hizo que nuestra vida cambiase de rumbo. Muchísimos de los momentos que comparto en este libro tuvieron ese efecto sobre la mía. Gracias, Cec, por resucitar a la escritora que llevaba dentro. Y gracias a ti, lector o lectora, por tu bondad y por nuestra conexión.
Afectuosamente,
BRONNIE
Desde el porche, a la puesta del sol
Un martes por la tarde
«No encuentro mis dientes, no encuentro mis dientes.» Esa queja tan familiar llenó la habitación mientras yo intentaba disfrutar de la que esperaba fuera mi tarde de descanso. Dejé sobre la cama el libro que estaba leyendo y fui al salón.
Como era de esperar, allí estaba Agnes, con una mirada al mismo tiempo confusa e inocente y una sonrisa que dejaba a la vista sus encías. Ambas estallamos en una carcajada. La situación ya debería haber perdido su gracia, porque cada pocos días olvidaba dónde había dejado sus dientes, pero lo cierto era que aún nos reíamos.
«Estoy segura de que lo haces solo para que vuelva aquí contigo», le dije riendo mientras me ponía a buscar en los sitios habituales. Fuera, la nieve seguía cayendo, lo que hacía que la casa resultase todavía más cálida y acogedora. «Nada de eso, querida —respondió Agnes, negando insistentemente con la cabeza—. Me los quité antes de la siesta y al despertarme ya no he sido capaz de encontrarlos.» Salvo por el hecho de que estaba perdiendo la memoria, Agnes era más lista que el hambre.
Llevábamos cuatro meses viviendo juntas, desde que respondí a un anuncio que buscaba a una acompañante interna. Como buena australiana que vivía en Inglaterra, había estado trabajando como interna en un bar a cambio del alojamiento, para tener un sitio donde dormir. Lo había pasado bien y hecho buenas migas con otros trabajadores y con los lugareños. Tener experiencia como camarera me resultó muy útil y me permitió encontrar trabajo en cuanto llegué al país. Y, aunque me sentía afortunada por ello, había llegado el momento de cambiar.
Había pasado los dos años anteriores a mi estancia en el extranjero en una isla tropical, igual que las que aparecen en las postales. Tras trabajar más de diez años en la banca, sentía la necesidad de vivir alejada de la rutina cotidiana de lunes a viernes y de nueve a cinco.
Junto con una de mis hermanas, nos aventuramos a pasar unas vacaciones en una isla de North Queensland para sacarnos el título de buceadoras de inmersión. Mientras ella se liaba con nuestro monitor, lo cual fue de gran ayuda para que consiguiésemos aprobar el examen, yo subí a una de las montañas de la isla. Durante un descanso sobre un enorme canto rodado que parecía estar apoyado en el cielo y con una sonrisa en los labios, tuve una epifanía. Quería vivir en una isla.
Cuatro semanas después el trabajo en el banco ya era historia, y las pocas pertenencias que no había conseguido vender quedaron almacenadas en un cobertizo en la granja de mis padres. Cogí un mapa y elegí dos islas basándome únicamente en su conveniente ubicación. No sabía nada sobre ellas, aparte de que me gustaba dónde estaban situadas y que en cada una de ellas había un centro turístico. Era la época anterior a internet, cuando cualquiera puede encontrar al instante todo lo que desee saber sobre cualquier cosa. Envié por correo sendas cartas de presentación y puse rumbo al norte, sin saber cuál sería mi destino final. Era el año 1991, unos pocos años antes de que los teléfonos móviles también invadiesen Australia.
En el camino, mi alma despreocupada recibió las oportunas y pertinentes advertencias, como una experiencia que tuve haciendo autoestop que me llevó rápidamente a descartar esa forma de transporte. Cuando me encontré en un camino de tierra en mitad de la nada, lejísimos del pueblo al que trataba de llegar, se dispararon en mi cabeza las alarmas suficientes para que nunca más se me volviese a ocurrir hacer dedo. El tipo que me había parado me dijo que quería enseñarme dónde vivía. A medida que avanzábamos las casas se alejaban en la distancia y la vegetación se volvía cada vez más espesa, y en el camino se veían cada vez menos señales de visitantes habituales. Por suerte, me mantuve firme y decidida y logré salir de la situación gracias a mi labia. Solo consiguió darme unos besos babosos mientras yo trataba de salir del coche, a toda velocidad, en el pueblo al que quería llegar. Ahí terminaron mis aventuras en autoestop.
A partir de entonces me moví en transporte público y, salvo por esa desafortunada experiencia, fue una gran aventura, en especial por no saber dónde acabaría viviendo. Viajar en trenes y autobuses hizo que me cruzase con personas extraordinarias a medida que me acercaba a climas más suaves. Cuando llevaba unas pocas semanas de viaje, llamé a mi madre, que había recibido una carta en la que me informaban de que había un trabajo esperándome en una de las islas elegidas. Estaba tan desesperada por escapar de la rutina del banco que cometí el absurdo error de decir que estaba dispuesta a aceptar cualquier trabajo, así que pocos días después estaba viviendo en una hermosa isla, fregando cacerolas y sartenes asquerosas.
Sin embargo, vivir en la isla resultó ser una experiencia fantástica, que no solo me permitió escapar de la rutina cotidiana, sino que hizo que incluso me olvidara de en qué día de la semana vivía. Me encantó. Después de un año fregando platos, conseguí un puesto de camarera en el mismo bar. El tiempo que estuve en la cocina había sido realmente entretenido y me había permitido aprender un montón de cosas sobre gastronomía creativa, pero era un trabajo duro y en el que sudabas constantemente debido al ambiente sofocante de una cocina sin aire acondicionado en pleno trópico. Eso sí, en mis días libres aprovechaba para perderme por los espléndidos bosques tropicales, o alquilaba un barco para recorrer las islas cercanas y hacer buceo, o simplemente me dedicaba a relajarme en aquel paraíso.
Me ofrecí como voluntaria para trabajar como camarera en el bar, y eso me acabó abriendo la posibilidad de acceder al puesto que tanto deseaba. Con unas vistas impagables a un mar de aguas cristalinas en perfecta calma, la blanca arena y el balanceo de las palmeras, la verdad era que el trabajo no resultaba tan duro. Tratar con clientes alegres que estaban disfrutando de las vacaciones de sus vidas, mientras me convertía en experta mezcladora de unos cócteles dignos de aparecer en los folletos turísticos, estaba a años luz de mi vida anterior en el banco.
Fue en el bar donde conocí a un europeo que me ofreció un trabajo en su imprenta. Yo siempre había tenido el gusanillo de viajar, y tras más de dos años en la isla tenía ganas de cambiar de aires y de volver a disfrutar de cierto anonimato. Cuando vives y trabajas en el mismo ambiente un día tras otro, es fácil llegar a considerar la privacidad en tu vida cotidiana como algo sagrado.
Era de esperar que alguien que volvía al continente tras un par de años en una isla sufriese un choque cultural, pero aventurarme a ir a un país extranjero cuyo idioma ni siquiera conocía supuso, como mínimo, todo un reto. En los meses que pasé allí conocí a gente muy agradable, y me alegro de haber tenido esa experiencia. Pero necesitaba volver a hacer amigos afines, así que acabé yéndome a Inglaterra. Llegué con el dinero justo (me sobraron una libra y setenta peniques) para comprar el billete que me llevaría a donde se encontraba la única persona a la que conocía en el país. Se abría un nuevo capítulo de mi vida.
Nev tenía una sonrisa abierta y afable, y sus rizos canosos empezaban a clarear. Era un experto en vinos, y era lógico que trabajara en el departamento de vinos de Harrods. Ese día empezaban las rebajas de verano. Cuando entré en ese establecimiento tan elegante y ajetreado salida directamente del ferry nocturno que cruzaba el canal de la Mancha, tenía todo el aspecto de la niña abandonada que era. «Hola, Nev, soy Bronnie. Nos vimos una vez. Soy amiga de Fiona. Pasaste una noche en mi sofá hace unos años», le dije desde el otro lado del mostrador con una amplia sonrisa.
«Claro, Bronnie —escuché con alivio—. ¿Qué te cuentas?»
«Necesito encontrar un lugar donde poder quedarme unas pocas noches, por favor», le respondí esperanzada.
Mientras él buscaba la llave en su bolsillo, me dijo: «Por supuesto. Aquí tienes». Y así fue como me ofreció un lugar donde dormir, en su sofá, y las indicaciones para llegar a su casa.
«¿Me podrías dejar también diez libras, por favor?», le pedí con aire ingenuo. Sin dudarlo, sacó el dinero de su bolsillo trasero. Me despedí con palabras de agradecimiento y una alegre sonrisa como respuesta. Ya estaba todo arreglado: tenía cama y comida.
La revista de viajes donde esperaba encontrar algún anuncio de trabajo salía ese día, así que compré un ejemplar, fui a casa de Nev e hice tres llamadas. A la mañana siguiente hice una entrevista para un trabajo como interna en un bar en Surrey. Por la tarde ya estaba viviendo allí. Perfecto.
La vida transcurrió sin mayores sobresaltos durante dos años, entre amistades y amoríos. Fue una época divertida. Me adapté muy bien a la vida de pueblo, que a veces me recordaba a la de la isla, rodeada de gente a la que fui tomando aprecio. Además, no estábamos demasiado lejos de Londres, así que era fácil organizar excursiones cada cierto tiempo, la mayoría de las cuales fueron muy agradables.
Pero sentía la necesidad de seguir viajando. Quería conocer Oriente Próximo. Los largos inviernos ingleses fueron experiencias positivas y me alegré de haber pasado un par de ellos allí. Eran completamente opuestos a los calurosos e interminables veranos australianos. Pero tenía que decidir si irme o quedarme, y opté por pasar allí un último invierno, con la intención de ahorrar algo de dinero para el viaje. Para conseguirlo, tenía que alejarme del ambiente del bar y de la tentación de hacer vida social todas las noches. Nunca he sido una gran bebedora (ahora no bebo nada) pero, aun así, saliendo por ahí cada noche, me gastaba un dinero que podría emplear en pagarme el viaje.
Casi al mismo tiempo en que tomé esa decisión, me topé con el anuncio para el trabajo con Agnes, que era en el condado contiguo a Surrey. Me ofrecieron el puesto en la primera entrevista, cuando Bill, que era granjero, se dio cuenta de que yo también había sido una chica de granja. Agnes, su madre, tenía casi noventa años, el cabello gris que le llegaba por los hombros, una voz alegre y un vientre muy prominente, cubierto casi todos los días por la misma rebeca roja y gris. Su granja estaba a apenas hora y media en coche, lo que me permitía visitar a todo el mundo en mis días libres. Pero mientras estaba allí parecía que me hallaba en otro mundo. Me sentía muy aislada, porque me pasaba todo el día con Agnes, desde la noche del domingo hasta la del viernes. Dos horas libres cada tarde no eran suficientes para hacer mucha vida social, aunque lo cierto era que de vez en cuando aprovechaba para ir ver a mi inglés.
Dean era un encanto de persona. El sentido del humor fue lo que hizo que conectásemos desde el principio, en cuanto nos conocimos. También nos unía el amor por la música. Nos habíamos conocido al día siguiente de llegar yo al país, justo después de hacer la entrevista para trabajar en el pub, y vimos enseguida que nuestras vidas serían más ricas y divertidas si pasábamos tiempo juntos. Sin embargo, por desgracia, no era con él con quien pasaba más tiempo por aquel entonces. Normalmente me quedaba atrapada por la nieve en casa de Agnes y, muy a menudo, tratando de encontrar sus dientes. Era alucinante cómo alguien podía perder sus dientes en tantos sitios en una casa tan pequeña...
Su perra, Princess, un pastor alemán de diez años que soltaba pelo por todas partes, era muy cariñosa, pero sus patas traseras apenas la sostenían debido a la artritis, algo habitual en los perros de esta raza, al parecer. Conociéndola, levanté su trasero del suelo y busqué allí los dientes de su ama. Ese día no hubo suerte. Sin embargo, en otra ocasión sí se había sentado sobre ellos, así que tenía sentido buscarlos allí. Princess meneó su gran cola y a continuación volvió a quedarse dormida junto a la chimenea, olvidando al minuto la breve molestia. Una y otra vez, Agnes y yo nos cruzábamos mientras proseguíamos con la búsqueda. «No están aquí», me decía desde el dormitorio.
«Aquí tampoco están», contestaba yo desde la cocina. Aun así, yo acababa buscando en el dormitorio y Agnes en la cocina. Una casa tan pequeña no tenía tantas habitaciones en las que buscar, así que las dos las registrábamos todas, para estar doblemente seguras. Ese día, en concreto, se habían caído dentro de la bolsa donde guardaba los artilugios para tejer, junto a la butaca del salón.
«Eres un cielo, querida —me dijo, mientras se volvía a meterlos en la boca—. Quédate a ver la televisión conmigo, ya que estás aquí.» Ese truco era habitual, y yo sonreí mientras hacía lo que me pedía. Era una señora mayor que había vivido mucho tiempo sola y que agradecía la compañía. Mi libro podía esperar. No era que el trabajo fuese muy intenso ni en sus mejores momentos. Simplemente, se trataba de hacerle compañía, y si lo necesitaba fuera de mis horas de trabajo estipuladas, no había problema.
Otras veces habíamos encontrado los dientes bajo su almohadón, en el lavabo del baño, en una taza de té en el armario de la cocina, en su bolso y en otros muchos lugares insospechados. Pero también habían aparecido detrás del televisor, en la chimenea, en el cubo de la basura, encima de la nevera y dentro de uno de sus zapatos. Y, por supuesto, bajo los cuartos traseros de Princess, su imponente pastor alemán.
A mucha gente le sienta bien la rutina. Yo, personalmente, prefiero los cambios. Pero la rutina tiene su espacio, y no cabe duda de que a muchas personas es lo que mejor les funciona, sobre todo cuando se van haciendo mayores. Agnes tenía rutinas semanales y rutinas diarias. Todos los lunes iba al médico, ya que tenía que hacerse análisis de sangre periódicamente. La cita era exactamente a la misma hora todas las semanas. Eso sí, con una cosa al día bastaba, porque, de lo que contrario, su rutina de pasar las tardes descansando y tejiendo se vería alterada.
Princess nos acompañaba a todas partes, tanto si llovía como si granizaba o hacía sol. Lo primero era bajar el portón trasero de la camioneta, mientras la vieja perra esperaba pacientemente sin dejar de mover el rabo. Era una criatura hermosa. Después yo colocaba sus patas delanteras sobre el portón y la agarraba rápidamente por detrás para subirla antes de que le fallasen los cuartos traseros y tuviésemos que volver a empezar. Y me pasaba el resto de la excursión cubierta de pelos rubios de perro.
Hacer que bajase era más fácil, aunque también necesitaba ayuda. Princess se dejaba caer hasta que sus patas delanteras llegaban al suelo, y esperaba entonces a que yo le bajase las traseras. Si entretanto Agnes necesitaba mi ayuda por algún motivo, Princess esperaba en esa posición con el lomo en alto hasta que yo hubiese terminado. Una vez que estaba abajo, se movía alegremente y sin dolores, sacudiendo continuamente esa cola suya, grande y vieja.
Dedicábamos los martes a hacer la compra en el pueblo de al lado. Muchas de las personas mayores para las que he trabajado gastaban muy poco, pero Agnes era todo lo contrario. Siempre intentaba comprarme algo, sobre todo cosas que yo ni quería ni necesitaba.
