LAKSHMI
Nací en Ceilán en el año 1916, una época en la que los espíritus andaban por la tierra igual que las personas antes de que el resplandor de la electricidad y el rugir de la civilización los hicieran huir asustados hacia los corazones escondidos de los bosques. Los espíritus moraban en el interior de enormes árboles llenos de frescas sombras de un color azul verdoso. En aquella inmovilidad moteada por el sol, podías extender las manos y casi sentir su silenciosa y vigilante presencia. Todos sabían que los espíritus anhelaban tener forma física. Si en medio de la selva nos sentíamos asaltados por el apremiante impulso de hacer nuestras necesidades, teníamos que decir una oración y pedirles permiso antes de que nuestras excreciones llegaran a tocar el suelo, porque los espíritus se ofendían con mucha facilidad. Que un intruso hubiera interrumpido su soledad era la excusa que utilizaban para entrar en él y andar con sus piernas.
Mi madre decía que en una ocasión su hermana había sido alejada de su camino y poseída por uno de aquellos espíritus. Entonces se hizo venir a un hombre santo que vivía a dos aldeas de distancia para que exorcizara al espíritu. Aquel hombre llevaba extrañamente enredadas alrededor de su cuello muchas cuentas de raíces secas y abalorios, todas ellas testimonios de sus temibles poderes. Los aldeanos, que eran gentes sencillas e inocentes, se congregaron como un anillo humano de curiosidad alrededor del hombre santo. Lo primero que hizo este para ahuyentar al espíritu fue golpear enérgicamente a mi tía con una caña muy delgada y muy larga, mientras le preguntaba una y otra vez qué quería. El hombre santo llenó la apacible aldea con los gritos de terror de mi tía pero, impertérrito, siguió golpeándola hasta que de su pobre cuerpo manaron arroyos rojos de sangre.
—¡La estás matando! —aulló mi abuela mientras era sujetada por tres mujeres, consternadas pero terriblemente fascinadas.
Sin hacerle ningún caso, el hombre santo se pasó el dedo por una pálida cicatriz rosada que se extendía de un extremo a otro de su cara y siguió describiendo sus resueltos y estrechos círculos alrededor de la encogida joven, sin dejar de preguntar hoscamente ni una sola vez aquel «¿Qué quieres?», hasta que finalmente ella chilló con voz estridente que lo que quería era un fruto.
—¿Un fruto? ¿Qué clase de fruto? —preguntó el hombre santo con voz amenazadora, deteniéndose delante de la joven que no paraba de sollozar.
Entonces tuvo lugar una repentina y sorprendente transformación. La carita se alzó hacia él para mirarlo con súbita astucia y puede que incluso hubiera un atisbo de locura en forma de saliva en la sonrisa que, muy poco a poco y con una indecible obscenidad, fue extendiéndose sobre sus pequeños labios. Después la joven señaló con burlona malicia a su hermana pequeña, mi madre.
—Ese es el fruto que quiero —dijo, hablando con una voz que sonó inconfundiblemente masculina.
Los ingenuos aldeanos se unieron en un grito sofocado de perpleja conmoción. Huelga decir que el hombre santo no entregó a mi madre al espíritu, ya que no cabía ninguna duda de que ella era la hija favorita de su padre. El espíritu tuvo que conformarse con cinco limones que fueron cortados y arrojados a su cara, una abrasadora aspersión hecha mediante agua sagrada y una sofocante cantidad de mirra.
Cuando era muy pequeña, yo solía reposar tranquilamente en el regazo de mi madre mientras escuchaba cómo su voz iba recordando tiempos más felices. Porque, veréis, el caso es que mi madre descendía de una familia tan rica e influyente que en su momento de máximo apogeo su abuela inglesa, la señora Armstrong, había sido llamada para entregar un ramillete de flores y estrechar la mano enguantada de la mismísima reina Victoria. Mi madre había nacido aquejada de una sordera parcial, pero su padre le puso los labios en la frente y le habló incansablemente hasta que ella aprendió a hablar. A los dieciséis años, mi madre era tan hermosa como una doncella de las nubes. Las propuestas de matrimonio procedentes de los lugares más lejanos no paraban de llegar a la preciosa casa de Colombo, pero desgraciadamente mi madre se enamoró del aroma del peligro. Sus preciosos ojos alargados se posaron en un bribón encantador.
Una noche mi madre salió sigilosamente por su ventana y bajó por el mismo árbol neem sobre el que su padre había sujetado una espinosa mata de buganvilla cuando ella solo tenía un año, en un intento de disuadir a cualquier hombre de tratar de escalar el árbol y llegar hasta la ventana de su hija. La mata fue creciendo como si la pureza de los pensamientos de mi madre la hubiera alimentado, hasta que el árbol entero, cubierto de flores, se convirtió en un hito que podía ser visto en kilómetros a la redonda. Pero nuestro abuelo no había contado con la determinación de su propia hija.
Aquella noche de luna, espinas como colmillos desgarraron las gruesas ropas de mi madre, le arrancaron mechones de cabello y se hundieron en su carne, pero ella no podía detenerse. Debajo del árbol se hallaba el hombre al que amaba. Cuando por fin se detuvo ante él, no había ni un solo centímetro de la piel de mi madre que no ardiera como si estuviese en llamas. La sombra se la llevó de allí silenciosamente, pero cada paso era como cuchillos clavados en los pies de mi madre hasta que, presa de un terrible dolor, le suplicó que descansaran un rato. Pero la muda sombra la tomó en sus brazos y se la llevó. Una vez a salvo dentro del cálido círculo de aquellos brazos, mi madre volvió la mirada hacia su hogar, que se alzaba imponente contra el vívido cielo nocturno, y vio sus propias huellas ensangrentadas alejándose del árbol. Eran las manchas de su traición. Entonces mi madre lloró, sabiendo que esas huellas iban a ser las que más daño le harían al corazón de su pobre padre.
Los enamorados se casaron al romper el alba en un pequeño templo en otra aldea. En la violenta disputa que siguió a la boda, el novio, mi padre, que de hecho era el hijo resentido de un sirviente empleado por mi abuelo, prohibió a mi madre que volviese a ver a cualquier miembro de su familia. Solo después de que mi padre se hubiera convertido en ceniza gris dispersada por el viento regresó ella a la casa de su familia, mas para aquel entonces ya era una viuda encanecida por la pérdida.
Después de que hubiera dictado su cruel sentencia, mi padre la llevó a nuestra pequeña aldea, que estaba muy alejada de Colombo. Luego vendió algunas de las joyas de mi madre, compró un poco de tierra, construyó una casa y la instaló en ella. Pero el aire limpio y la felicidad conyugal no fueron del agrado del recién casado y no tardó en irse, atraído por las brillantes luces de las ciudades y llamado por los deleites del alcohol barato servido por prostitutas pintarrajeadas mientras se dejaba intoxicar por el olor que emanaba de una baraja de naipes. Después de cada una de sus escapadas, mi padre regresaba a casa y ofrecía a su joven esposa un recipiente tras otro llenos de inocentes mentiras curadas en distintas clases de alcohol. Por alguna oscura razón, mi padre creía que a ella le gustaban aquellas mentiras. Lo único que le quedó a mi pobre madre fuimos yo y sus recuerdos, aquellas cosas tan queridas que solía sacar a relucir todas las noches. Primero lavaba la suciedad de los años con sus propias lágrimas y después les sacaba brillo con el paño de la pena. Finalmente, cuando su maravilloso destellar les había sido devuelto, las iba exponiendo una a una para que yo pudiera admirarlas antes de volver a guardarlas con mucho cuidado en la caja dorada que había dentro de su cabeza.
De su boca iban saliendo visiones de un pasado glorioso repleto de ejércitos de fieles sirvientes, magníficos carruajes tirados por caballos blancos y arcones de hierro llenos de oro y preciosas joyas. ¿Cómo podía yo, sentada en el suelo de cemento de nuestra minúscula choza, comenzar aunque solo fuese a imaginarme una casa edificada tan en lo alto de una colina que todo Colombo era visible desde su balcón principal, o una cocina tan inmensa que nuestra casa entera podía caber en ella?
En una ocasión mi madre me dijo que cuando la pusieron por primera vez en los brazos de su padre, lágrimas de alegría corrieron por el rostro de él ante la visión de su piel insólitamente blanca y su cabeza llena de abundante cabello negro. Nuestro abuelo acercó aquel pequeño bulto a su cara y durante un rato lo único que pudo hacer fue aspirar el olor, extraño y dulzón, propio de una criatura recién nacida. A continuación fue a los establos, con su veshti blanco aleteando sobre sus robustas y morenas piernas, subió de un salto a la grupa de su corcel preferido y se alejó al galope entre una nube de polvo. Cuando regresó, traía consigo las dos esmeraldas más grandes que jamás se hubieran visto en la aldea. Se las entregó a su esposa, un insignificante par de baratijas a cambio de un milagro maravilloso. Luego ella hizo que se las engarzaran en dos pendientes incrustados de diamantes sin los cuales nunca se la veía.
Yo nunca he llegado a ver las famosas esmeraldas, pero todavía conservo la foto de estudio en blanco y negro de una mujer de ojos melancólicos que está rígidamente sentada delante de un fondo bastante mal pintado, un cocotero que crece allí donde termina una playa. Contemplo con frecuencia a mi abuela, inmovilizada sobre un trozo de papel mucho tiempo después de que haya dejado de estar entre nosotros.
Mi madre decía que cuando yo nací ella había llorado al ver que solo era una niña, y que mi disgustado padre desapareció para preparar más mentiras en remojo; tardó en regresar dos años, todavía muy borracho. A pesar de ello, aún guardo recuerdos claros como el agua de una vida en la aldea tan feliz y libre de preocupaciones que no pasa un solo día de mi vida adulta en el que no piense en ellos con agridulce nostalgia.
¿Cómo podría contarte hasta qué punto echo de menos aquellos días felices en los que yo era la única hija de mi madre, su sol, su luna, sus estrellas, su corazón? Cuando me quería tanto y era tan valiosa para ella que se me tenía que convencer de que comiera. Cuando mi madre salía de la casa con un plato lleno de comida en la mano y recorría toda la aldea buscándome para así poder darme de comer con sus propios dedos, todo eso con el único fin de que la tediosa tarea de comer no interrumpiera mis juegos. ¿Cómo no echar de menos aquellos días en que el sol era un alegre compañero que se quedaba todo el año a jugar conmigo y me besaba hasta convertirme en un fruto salvaje libre de preocupaciones, cuando mi madre recogía la dulce lluvia en su pozo detrás de la casa y el aire era tan limpio que la hierba olía a fresco?
Fue un tiempo lleno de inocencia en que los polvorientos caminos de tierra se hallaban rodeados por los troncos inclinados de los cocoteros y se veían salpicados por sencillos aldeanos montados en chirriantes bicicletas, con los dientes manchados de rojo que lucían en sus carcajadas libres de toda pena. Cuando el pequeño campo que había detrás de cada casa era una especie de supermercado y una cabra sacrificada bastaba para alimentar a ocho personas benditamente ignorantes de la existencia de un invento llamado nevera. Cuando las madres solo necesitaban tener de canguros a los dioses, que se congregaban en las nubes blancas por encima de ellas, para que cuidaran de los pequeños que estaban jugando en el salto de agua.
Sí, recuerdo que Ceilán era el lugar más mágico y hermoso del mundo.
Mamé de los pechos de mi madre hasta casi los siete años, corriendo de un lado a otro con mis amigos hasta que el hambre o la sed se adueñaban de mí y me hacían volver al frescor de la casa donde llamaba impaciente a mi madre. Sin importar lo que estuviera haciendo, ella se abría el sari y dejaba que mi boca se curvara alrededor de aquellos ilimitados montículos de suave caramelo marrón. Mi cabeza y mis hombros se acurrucaban en la seguridad del áspero algodón de su sari, el limpio olor de su cuerpo, el amor inocente contenido en la leche que fluía hacia el interior de mi boca y la reconfortante comodidad de aquellos suaves chupeteos que yo solía hacer apoyada contra su carne. Por mucho que lo hayan intentado, los crueles años no han conseguido robarle a mi memoria ni su sabor ni su sonido.
Durante muchos años odié el sabor del arroz o de cualquier clase de verdura; me limitaba a vivir de la dulce leche y los mangos amarillos. Mi tío comerciaba en todo tipo de mangos y las cajas que los contenían solían guardarse en el almacén que había detrás de nuestra casa. Un flaco cornaca montado en un elefante las depositaba allí, y allí esperaban hasta que otro cornaca llegaba para recogerlas. Pero mientras ellas esperaban, yo subía hasta lo alto de aquellas montañas de cajas de madera y me quedaba sentada allí con las piernas cruzadas, sin ningún temor a las arañas y escorpiones que inevitablemente acechaban dentro de ellas. Ni siquiera ser mordida por un ciempiés y ponerme azul durante cuatro días enteros me disuadía de hacerlo. Toda mi vida me he sentido impulsada por un ciego impulso a andar descalza por el sendero más difícil. «¡Vuelve!», me gritaba la gente desesperadamente. Con los pies sangrando y llenos de cortes, yo apretaba los dientes y continuaba andando en la dirección opuesta.
Indómita e insaciable, arrancaba con los dientes las pieles de la suculenta carne de las naranjas. Esa es una de las imágenes más intensas que todavía llevo conmigo: yo sola en la fresca oscuridad de nuestro almacén, sentada en lo alto de aquellas cajas de madera con los dulces y pegajosos jugos resbalando por mis brazos y mis piernas mientras me doy un atracón con un montón de las mercancías de mi tío.
A diferencia de los niños, en mi época las niñas no teníamos que ir a la escuela y, excepto las dos horas diarias durante las que mi madre me enseñaba a leer y escribir, yo siempre podía ir donde me viniera en gana. Al menos eso fue lo que pude hacer hasta que, a los catorce años, la primera gota de sangre menstrual proclamó de manera tan súbita como inquietante que me había convertido en una mujer. Pasé la primera semana encerrada en una pequeña habitación cuyas ventanas habían sido claveteadas. Era la costumbre, ya que ninguna familia decente estaba dispuesta a correr el riesgo de que los muchachos más atrevidos pudieran trepar hasta lo alto de los cocoteros para así atisbar los recién florecidos encantos secretos de sus hijas.
Durante mi período de confinamiento me vi obligada a tragar muchos huevos crudos, a los que se ayudaba a bajar con aceite de semilla de sésamo y toda una serie de amargas pociones de hierbas. Las lágrimas no sirvieron de nada. Cuando mi madre entraba con su nueva dieta llegada del infierno, venía equipada con un bastón que, como no tardé en descubrir para mi más absoluto asombro, estaba dispuesta a utilizar. A la hora del té, en vez de sus deliciosos pastelillos se me entregaba medio coco lleno hasta rebosar de berenjenas calientes que se habían cocinado en un mar del temido aceite de sésamo. «Cómetelas mientras están calientes», me aconsejaba mi madre mientras cerraba la puerta y pasaba el pestillo. En un arranque de frustración y desafío, yo las dejaba enfriar a propósito. La fría y viscosa carne de las berenjenas se despachurraba satisfactoriamente entre mis dedos, pero dentro de mi boca se volvían absolutamente repugnantes. Era como tragar orugas muertas. Treinta y seis huevos crudos, varias botellas de aceite de sésamo y una cesta entera de berenjenas bajaron por mi garganta antes de que el confinamiento en la pequeña habitación llegara a su fin. Entonces simplemente se me confinó dentro de la casa y se me hizo aprender las labores de las mujeres. Aquello supuso una triste transición para mí. La profunda pérdida de la tierra cocida por el sol bajo mis pies lanzados a la carrera es imposible de explicar. Igual que una prisionera, me quedaba inmóvil y lanzaba miradas anhelantes por las pequeñas ventanas. Casi inmediatamente, mi larga y enredada cabellera se peinó, trenzó y transformó en una esbelta serpiente que bajaba por mi espalda, y mi piel se consideró súbitamente demasiado oscurecida por el sol. Mi verdadero potencial, decidió mi madre, radicaba en mi piel. Yo no era ninguna belleza india como ella, pero en una tierra de gentes color café yo era una taza llena de té muy lechoso.
Un color valoradísimo, inapreciable.
Un color sin duda digno de ser buscado activamente en una esposa, sutilmente alentado en una nuera y cariñosamente adorado en los nietos de uno. Extrañas señoras de mediana edad comenzaron a aparecer súbitamente en nuestra casa. Se me vestía de punta en blanco y luego se me exhibía delante de ellas. Todas tenían la mirada alerta y penetrante de las compradoras en una tienda de diamantes. Sus agudos ojillos me examinaban cuidadosamente en busca de defectos, sin dar la menor muestra de incomodidad por ello.
Una tarde muy calurosa —después de que mi madre hubiera estirado, manipulado y envuelto con manos expertas mi cuerpo en una gran cantidad de tela rosada, a continuación de lo cual decoró mi cabello con maltrechas rosas rosadas del jardín y lo salpicó con piedras preciosas incrustadas en oro de un amarillo mate—, yo estaba mirando por la ventana con el ceño fruncido mientras me sentía tristemente maravillada por lo rápida y completamente que había llegado a cambiar mi vida. En un solo día. No, en menos tiempo. Y sin avisar.
Fuera, el viento susurraba entre las ramas del tilo y de pronto una brisa juguetona entró en mi habitación, agitando los rizos de mis sienes y soplando suavemente en mi oreja. Yo conocía muy bien aquella brisa. Era tan azul como el dios Krishna cuando era pequeño, e igual de descarada que él. Siempre que nos zambullíamos desde la roca más alta en los saltos de agua que había en los bosques de detrás de la casa de Ramesh, ella se las arreglaba para ser la primera en llegar hasta aquellas aguas frías como el hielo. Eso es porque hace trampas. Sus pies nunca llegan a tocar el terciopelo verde oscuro del musgo que crece sobre las rocas.
La brisa rió en mi oreja. «Ven», tintineó alegremente su voz. Me hizo cosquillas en la nariz y luego salió volando de la habitación.
Me asomé por la ventana y estiré todo lo que pude mi delgado cuello, pero en lo que a mí respectaba el agua resplandeciente y la brisa azul se habían perdido para siempre. Pertenecían a una niña descalza que reía llevando un vestido sucio.
Mientras estaba de pie allí dando rienda suelta a mi resentimiento y mi frustración, vi detenerse un carruaje delante de nuestra casa. Las ruedas crujieron sobre la tierra reseca. Una mujer muy gruesa que vestía un sari de seda azul oscuro y calzaba zapatillas demasiado delicadas para su peso bajó del carruaje. Retrocediendo hacia la penumbra de mi habitación, la observé con curiosidad. Sus oscuros ojos recorrieron nuestra pequeña casa y su pobre recinto, contemplándolos con cierta secreta satisfacción. Sorprendida por su extraña expresión, miré fijamente a la mujer hasta que perdí de vista su taimado rostro cuando desapareció detrás de las buganvillas que circundaban el sendero que llevaba a nuestra puerta delantera. La suave voz de mi madre invitándola a entrar se introdujo en mi habitación. Me quedé pegada a la puerta de mi dormitorio y escuché la voz inesperadamente musical de la desconocida. Tenía una voz preciosa, nada acorde con sus astutos ojillos y aquellos delgados labios fruncidos. Unos instantes después mi madre me llamó y me dijo que llevara el té que ella había preparado para nuestra visitante. Apenas hube llegado al umbral de la habitación principal en la que mi madre recibía a las visitas, sentí la rápida mirada con que la desconocida me evaluó. Una vez más me pareció que quedaba satisfecha con lo que veían sus escrutadores ojos. Sus labios se distendieron en una cálida sonrisa. Si yo no hubiera visto la mirada, satisfecha y casi victoriosa, que le había lanzado antes a nuestra pobre morada, hubiera podido tomarla por la tía llena de adoración que mi madre, sonriendo, dijo que era cuando me la presentó. Bajé modestamente la mirada, tal como se me había enseñado a hacer en presencia de los adultos benevolentes y las compradoras de diamantes de penetrante mirada.
—Ven y siéntate junto a mí —me llamó dulcemente la tiíta Pani, dando unas palmaditas sobre el banco junto a ella.
Me di cuenta de que en su frente no había el punto rojo hecho con kum kum que era habitual en las mujeres casadas, sino el punto negro indicador de su estado de soltería. Fui hacia ella andando con mucho cuidado para no tropezar en algún lugar de los seis metros de gruesa tela que se ondulaban peligrosamente alrededor de mí, lo cual hubiese humillado a mi madre y divertido a aquella refinada desconocida.
—¡Qué guapa eres! —exclamó ella con su voz musical.
La miré con el rabillo del ojo sin decir nada y sentí una extraña e inexplicable repugnancia. Su piel lisa y libre de arrugas estaba cuidadosamente empolvada y sus cabellos olían al dulce aroma del jazmín; aun así, en mi reino encantado me la imaginé como una mujer-serpiente que comía ratas. Fluía de un lado a otro como la espesa savia negra que rezuma de los árboles, y entraba en los dormitorios deslizándose tan silenciosamente como una cinta. Siempre negra, siempre cazando. Una larga lengua, rosada y de sangre fría, sale de su boca. ¿Qué es lo que sabe la mujer-serpiente?
Una mano regordeta cargada de anillos hurgó dentro de un bolsito recubierto de cuentas y salió serpenteando de él con una golosina envuelta. Semejantes regalos eran raros en la aldea. Decidí que no todas las mujeres-serpiente eran venenosas. La tiíta Pani me ofreció la golosina. Era una prueba. No le fallé a mi madre, que estaba observando, lanzándome sobre él. Solo cuando mi madre sonrió y asintió, extendí la mano hacia tan preciado ofrecimiento. Nuestras manos se tocaron por un instante. Las suyas eran frías y húmedas. Nuestras miradas se encontraron y se sostuvieron la una a la otra. Ella se apresuró a apartar la vista. Mi mirada había sabido ser más fuerte que la de la serpiente. Fui enviada de regreso a mi habitación. En cuanto la puerta se hubo cerrado detrás de mí, desenvolví la golosina y me comí el soborno de la mujer-serpiente. Estaba delicioso.
La desconocida no se quedó mucho rato y mi madre no tardó en venir a mi habitación. Me ayudó con la complicada tarea de salir de las largas capas de hermosa tela y luego fue doblándolas una por una y las guardó con mucho cuidado.
—He aceptado una propuesta de matrimonio para ti, Lakshmi —le dijo al sari doblado—. Es una propuesta muy buena. Él es de una casta superior a la nuestra y además vive en esa tierra tan rica a la que llaman Malasia.
Me quedé perpleja y la miré con incredulidad. ¿Una propuesta de matrimonio que me llevaría muy lejos de mi madre? Había oído hablar de Malasia. Estaba a muchos miles de kilómetros de distancia. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Nunca había estado separada de mi madre.
Nunca.
Nunca. Nunca.
Corrí hacia ella y bajé su cara hacia la mía. Le puse los labios en la frente.
—¿Por qué no puedo casarme con alguien que viva en Sangra? —pregunté incrédulamente.
Los hermosos ojos de mi madre se humedecieron. Era como una hembra de pelícano que se desgarra su propio pecho para dar de comer a sus crías.
—Eres una chica muy afortunada —me dijo—. Viajarás con tu marido a una tierra donde se puede encontrar dinero en las calles. La tiíta Pani dice que tu futuro marido es muy rico y que vivirás igual que una reina, tal como vivía tu abuela. No tendrás que vivir como yo. Él no es un borracho ni un jugador como tu padre.
—¿Cómo puedes soportar la idea de enviarme lejos de ti? —jadeé, sintiéndome traicionada.
Había pena y mucho amor en sus ojos. La vida todavía tenía que enseñarme que el amor de una niña nunca puede igualar al dolor de una madre. Es profundo y desgarrador, pero una madre no está completa sin él.
—Estaré tan sola sin ti... —gimoteé.
—No estarás sola, porque tu nuevo marido es viudo y tiene dos hijos de nueve y diez años de edad. Eso quiere decir que tendrás compañía de sobra y muchas cosas con las que mantenerte ocupada.
Fruncí el ceño sin saber qué decir. Sus hijos casi tenían mi edad.
—¿Cuántos años tiene él?
—Bueno, él tiene treinta y siete años —dijo mi madre rápidamente, dándome la vuelta para poder soltar el último gancho de mi blusa.
Me apresuré a volverme para quedar de cara a ella.
—¡Pero ama, si es todavía más viejo que tú!
—Puede que lo sea, pero será un buen marido para ti. La tiíta Pani dice que no tiene un reloj de oro, sino varios. Ha dispuesto de mucho tiempo para amasar una inmensa fortuna y es tan rico que ni siquiera pide una dote. Es primo suyo, así que la tiíta debe de saberlo. Hace años yo cometí un terrible error y ahora me he asegurado de que tú no llegues a cometerlo. Serás mucho más que yo. Empezaré a preparar tu joyero inmediatamente.
Miré a mi madre sin decir nada. Ella ya había tomado su decisión.
Yo estaba condenada.
Las quinientas lámparas de aceite que se hallaron presentes hacía ya casi cincuenta años en la boda de mi abuela habían sorprendido al sol en el momento de su despertar para dar inicio a cinco suntuosos días de alegre celebración, pero mi boda fue un asunto de un solo día. Los preparativos de la boda mantuvieron ocupado a todo el mundo durante un mes entero y, a pesar de mis primeros temores, terminé haciéndome a la idea de vivir con un marido misterioso que me trataría igual que a una reina. También me sentía bastante complacida por la idea de que iba a tener autoridad sobre mis dos nuevos hijastros. Sí, quizá todo sería una maravillosa aventura. En la magnífica fantasía que creé, mi madre venía a visitarnos una vez al mes y yo subía a la embarcación para regresar a su casa unas dos veces al año. Un apuesto desconocido sonreía cariñosamente y me cubría de regalos. Incliné la cabeza con timidez mientras un millar de sonrojantes conceptos románticos solo parcialmente vestidos desfilaban a toda velocidad por mi tonta mente de adolescente. Ninguno de ellos llevaba aparejado el acto sexual, claro está. Nadie que yo conociera hablaba de tales cosas, o sabía siquiera acerca de ellas. El secreto proceso de la creación de bebés no era algo que me concerniese y sus cabecitas rizadas ya harían acto de presencia por sí solas cuando fuera el momento apropiado.
El gran día llegó. Nuestra pequeña casa parecía suspirar y gemir bajo el peso de todas las gordas señoras de mediana edad que iban de un lado a otro. El aroma del famoso curry negro de mi madre llenaba el aire. Yo permanecía sentada en mi pequeña habitación, totalmente fascinada por aquel ajetreo. Una bolita de excitación iba creciendo dentro de mi estómago y cuando me puse las palmas de las manos en las mejillas descubrí que estas estaban muy, muy calientes.
—Bueno, vamos a echarte una mirada —dijo mi madre después de que las hábiles manos de Poonama, la vecina de al lado, hubieran doblado y dejado pulcramente sujetos los seis metros de mi precioso sari rojo y oro.
Durante un buen rato, mi madre se limitó a contemplarme en silencio, con la más extraña mezcla de tristeza y alegría imaginable, mientras se secaba los ojos rebosantes de lágrimas e, incapaz de hablar, se limitaba a expresar su aprobación asintiendo con la cabeza. Entonces la dama a la que mi madre había hecho venir de otra aldea para que se encargara de mi cabello dio un paso adelante y entró en acción con una rápida eficiencia. Yo permanecí sentada en un taburete mientras aquellas rápidas manos enhebraban sartas de perlas a través de mis cabellos y les añadían un grueso fajo de áspero pelo falso, después de lo cual retorcieron toda la masa hasta dejarla convertida en un gran moño suspendido sobre la delgada forma de mi cuello. Parecía como si me hubiera salido una segunda cabeza de la nuca, pero no dije nada porque enseguida pude ver que a mi madre parecía complacerla la idea de tener una hija con dos cabezas. Luego la dama había sacado de yo no sabía dónde un tubito al que le desenroscó el tapón para revelar una densa pasta roja. Metió su gordo dedo índice en aquel producto hediondo y aplicó con mucho cuidado la pegajosa grasa sobre mis labios. Parecía como si yo hubiera besado la rodilla sangrante de alguien. Me contemplé fascinada.
—No te mojes los labios —ordenó la experta.
Sacudí la cabeza en una solemne negativa, pero la tentación de quitarme aquella capa de gruesa pintura que tanto olía persistió hasta el momento en que vi a mi prometido. Entonces fue cuando olvidé no solo la molestia que suponía llevar toda aquella grasa en mis labios, sino también todo lo demás. Ese fue el instante en que el tiempo se detuvo y mi infancia huyó para siempre, chillando de horror.
Fui escoltada cubierta de joyas hasta la sala principal en la que me esperaba mi prometido encima de un estrado, pero cuando llegamos a la segunda hilera de invitados sentados no pude seguir conteniendo mi curiosidad por más tiempo. Atrevidamente, levanté la cabeza y lo miré. Aquella bola de excitación que tan juguetonamente había estado burbujeando y rebotando de un lado a otro dentro de mi estómago se hizo añicos. Se me aflojaron las rodillas y mi paso se volvió torpe y vacilante. Mis dos sonrientes escoltas reforzaron simultáneamente la presa que habían estado ejerciendo sobre mis brazos. Pude oír sus pensamientos de desaprobación dentro de mi cabeza, que había empezado a dar vueltas: «¿Qué le pasará ahora a la chica del color del té?».
Lo que le pasaba a la chica del color del té era que había visto al novio.
Sentado en el estrado me esperaba el hombre más gigantesco que yo hubiera visto jamás. Su piel era tan oscura que relucía como el aceite negro en la noche. Grandes alas de pelos grises flotaban sobre sus sienes como si fuera un pájaro de presa. Largos dientes amarillos sobresalían hacia delante por debajo de su gruesa nariz, haciendo que a su boca le resultara imposible llegar a cerrarse del todo.
Un escalofrío de miedo recorrió todo mi cuerpo de niña cuando pensé en aquel hombre como mi marido. Mi ridículo sueño romántico exhaló su último aliento con temblorosa desesperación y de pronto me sentí muy pequeña, sola y al borde del llanto. A partir de ese momento, para mí el amor pasó a ser el gusano en la manzana. Cuando mi boca pone fin a su búsqueda encontrándose con su blando cuerpo, lo destruye y eso me llena de asco. Dominada por el pánico, busqué entre la confusión de rostros que me observaban el de la única persona que podía hacer que todo volviera a ser mejor.
Nuestras miradas se encontraron. Mi madre me sonrió llena de felicidad, con sus ojos reluciendo orgullosamente en su pobre cara. Yo nunca podría decepcionarla. Ella había querido aquello para mí. Enfrentada a nuestra abyecta pobreza, la riqueza de aquel hombre la había cegado a todo lo demás. Mis pies me acercaron todavía más a mi destino. Me negué a bajar la cabeza como hacen otras novias tímidas, y miré fijamente a mi nuevo marido con una mezcla de miedo y bravura.
Tendría como tres veces mi tamaño.
Él levantó la vista. Sus ojos eran pequeños y negros. Capturé las pequeñas cuentas negras en mi atrevida mirada y encontré en ellas una irritante expresión de orgullosa posesión. Lo miré sin pestañear. «No muestres miedo», pensé con el estómago apretado en un nudo de furia. Arrastré a aquel hombre a un juego infantil de averiguar quién podía hacerle bajar la mirada a quién. El batir de los tambores y el sonido de las trompetas se perdió en la lejanía y los espectadores pasaron a ser un mero fondo grisáceo mientras mis ojos abrasaban incesantemente a los suyos. Curiosamente, entonces percibí un cambio en los ojos de mi nuevo marido. La sorpresa engulló a la orgullosa posesión. Bajó los ojos. Yo había derrotado a la horrible bestia. Él era la presa y yo la cazadora, después de todo. Había domado a la fiera con una mirada. Sentí que una oleada de fuego recorría todo mi cuerpo como una súbita fiebre.
Volví la mirada hacia mi madre. Continuaba sonriendo con aquella misma sonrisa alentadora y llena de orgullo con la cual había estado sonriendo antes. Antes de mi fugaz victoria, quiero decir, porque para ella el momento nunca había existido. Solo mi marido y yo lo habíamos experimentado. Le devolví la sonrisa a mi madre y, levantando ligeramente la mano, dejé que mi dedo medio golpeara con suavidad tres veces mi pulgar, en lo que era nuestra señal secreta para indicar que todo estaba perfecto. Cuando llegué al estrado adornado, dejé que mis rodillas cedieran sobre el lecho de flores que había debajo de mí. Podía sentir las oleadas de calor que emanaban del rostro de la bestia domada, pero no había nada que temer.
Él no volvió la cabeza para mirarme. El resto de la ceremonia transcurrió en un confuso borrón. Mi marido no volvió a buscar el fuego que había en mis ojos. Y en cuanto a mí, pasé la totalidad de la ceremonia lanzándome incansablemente una y otra vez desde la más alta de las rocas para sumergirme en las frías aguas que había detrás de la casa de Ramesh.
Aquella noche yací en la oscuridad sin hacer ningún ruido mientras él iba apartando mis ropas para luego montarme torpemente. Mi marido ahogó mi grito de dolor con su enorme mano. Recuerdo que olía a leche de vaca.
—Chist... solo duele la primera vez —me consoló.
Fue amable y delicado, pero mi mente de niña se llenó de conmoción. Me hizo lo mismo que hacían los perros en las calles... hasta que les tirábamos agua y se separaban de mala gana, con las disgustadas puntas rosadas todavía distendidas. Concentré mis pensamientos en la astuta manera con que aquel hombre podía llegar a disolverse por completo en la oscuridad. Sus largos dientes flotaban en la noche sin nada que los sostuviera y sus ojos vigilantes relucían húmedamente con la expresión de una rata en las tinieblas. A veces el reloj de oro que tanto había impresionado a mi madre destellaba. Clavé la mirada en aquellos ojos abiertos que me observaban hasta que mi marido parpadeó y a partir de entonces me dediqué a contemplar sus dientes. De esta manera, todo terminó muy deprisa.
Saciado, mi marido se recostó en la cama y me abrazó como quien consuela a una niña herida. Yo yací entre sus brazos, manteniéndome tan rígida e inmóvil como la madera que se echa al fuego. Cuando la respiración de mi marido se volvió regular y sus miembros se hicieron pesados, salí con mucho cuidado de debajo de su cuerpo dormido y fui hasta el espejo andando de puntillas. Muy confusa, contemplé mi rostro perplejo y lleno de lágrimas. ¿Qué era lo que acababa de hacerme mi marido? ¿Había sabido mi madre que él me haría aquello? ¿Le había hecho también mi padre aquella cosa tan repugnante a mi madre? Me sentía sucia. Todavía había líquido pegajoso y sangre manchando mis muslos y seguía sintiendo una parte dolorida de mí entre mis piernas.
Fuera, a la luz de las lámparas de aceite, aquellos que estaban más decididos a disfrutar de la celebración todavía reían y bebían. Encontré un sari viejo en la alacena. Con el rostro encapuchado, abrí cautelosamente la puerta y salí al exterior. Mis pies no hicieron ningún ruido al moverse por el frío suelo de cemento y nadie se fijó en mi esbelta figura yendo hacia la pared para pegarse a las silenciosas sombras. Salí corriendo silenciosamente por la puerta de atrás y no tardé en encontrarme junto al pozo de Poonama. Entonces me desnudé con un loco frenesí y llené un cubo con la reluciente agua negra que llenaba aquel profundo agujero abierto en la tierra. Cuando aquella agua helada resbaló por mi cuerpo, comencé a llorar, con unos sollozos profundos y desgarradores que hicieron temblar incontrolablemente a mi cuerpo. Seguí echando negra agua sobre mi cuerpo estremecido hasta que este quedó entumecido e insensible. Cuando todos los sollozos hubieron sido vertidos dentro de la hambrienta tierra, volví a vestir mi desgraciado cuerpo y regresé a la cama de mi marido.
Él dormía apaciblemente. Mis ojos fueron hacia su reloj de oro. Bueno, al menos viviría como una reina en Malasia. Mi marido quizá tenía una mansión tan grande en lo alto de una colina que nuestra casa podía caber en su cocina. Ahora yo ya no era una niña sino una mujer, y él era mi marido. Extendí vacilantemente una mano y le acaricié la ancha frente. Su piel era lisa y suave bajo mis dedos. Mi marido no se movió. Reconfortada por la idea de una cocina que era más grande que toda nuestra casa, me hice un ovillo lo más lejos que pude de su enorme cuerpo y caí en un profundo sueño.
Al cabo de dos días nos haríamos a la mar y hasta que llegara ese momento había mucho por hacer. Yo apenas veía a mi marido. Era la oscura sombra que extendía sus enormes alas sobre mí al final de cada día, apagando incluso aquel tenue rayo de luz que habitualmente se quedaba al final de mi puerta, lleno de curiosidad, para ver cómo me dormía.
La mañana de nuestra marcha me senté junto al peldaño de la puerta trasera y contemplé a mi madre en su mundo silencioso. Estaba limpiando el hornillo tal como había hecho todas las mañanas hasta donde alcanzaba mi memoria. Pero aquella mañana las lágrimas goteaban de su barbilla y dejaban oscuras manchas redondas en la blusa de su sari. Yo siempre había sabido que no quería a mi padre, pero no sabía que quisiera a mi madre con un amor tan profundo que podía llegar a doler. La vi sola en nuestra pequeña casa, cocinando, cosiendo, limpiando y barriendo, pero no había nada que yo pudiera hacer. Apartando la mirada de ella, contemplé retirarse a las últimas gotas de la tormenta. Centenares de ranas iniciaron su canción en los bosques, suplicando a los cielos que volvieran a despejarse para que los charcos del suelo pudieran convertirse en piscinas hechas a la medida de las ranas. Miré en torno a mí contemplando todo aquello que me era familiar: el liso suelo de cemento de nuestra casa, aquellas paredes de madera tan mal construidas y el viejo taburete en el que se sentaba mi madre para untarme el pelo con aceite. Entonces me sentí súbitamente sola. ¿Quién me peinaría a partir de ese día? Peinarme casi se había convertido en un ritual. Conteniendo las lágrimas, me prometí que no olvidaría una sola cosa acerca de mi madre. Recordaría su olor, el sabor de la comida que salía de sus dedos gastados por el trabajo para ir directamente a mi boca, sus hermosos ojos llenos de tristeza y todas las preciosas historias que guardaba en la caja dorada que había dentro de su cabeza. Me quedé sentada allí durante un rato imaginándome a mi abuelo montado en su caballo blanco, erguido y orgulloso, e imaginé lo que le hubiese parecido mi pobre e insignificante persona.
En el patio, nuestra vaca Nandi, que no se había enterado de nada y no estaba prestando ninguna atención a los detalles de mi marcha, volvió tristemente los ojos de un lado a otro sin que hubiera ningún motivo aparente para ello mientras los polluelos que acababan de salir del huevo ya iban adaptándose al papel que la vida exigía de ellos. Una parte de mí no podía creerlo. No podía creer que fuera a irme aquel día, dejando atrás todo lo que había llegado a conocer para surcar los mares con un hombre que me decía que lo llamara Ayah.
Llegamos al punto de reunión acordado en el muelle. Contemplé fascinada el enorme barco que se elevaba de las aguas, reluciendo bajo el sol como si supiera lo importante que era y estuviera listo para atravesar el océano. La tiíta Pani, a la que se le había confiado la tarea de traer a mis hijastros, llevaba retraso. Ayah, el ceño fruncido por la preocupación, volvió a consultar su resplandeciente reloj. Las grandes sirenas del barco ya se disponían a sonar cuando Pani llegó en su carruaje, pero sin los niños.
—Están bastante enfermos y no se encuentran en condiciones de hacer el viaje. Se quedarán conmigo durante unos meses —le anunció, en un tono más bien alegre, a mi atónito esposo—. Cuando estén mejor, yo misma los llevaré a Malasia —añadió su voz musical.
Ayah miró en torno a él, tan impotente como un elefantito perdido.
—¡No puedo irme sin ellos! —exclamó con desesperación.
—Tienes que hacerlo —insistió ella—. Su enfermedad no es grave y no les pasará nada por quedarse algunas semanas más conmigo. Ya sabes lo mucho que los quiero. Nadie podría cuidar mejor de ellos.
Mi marido permaneció inmóvil durante un instante de dolorosa vacilación, sin saber qué hacer mientras era observado por todos los rostros que había a su alrededor. La cara de la tiíta Pani, que no mostraba ninguna señal de arrepentimiento, finalmente se llenó de alegría cuando mi marido cogió una pequeña maleta que había junto a mis pies y se dispuso a subir a bordo. Por increíble que pudiera parecer, iba a dejar allí a sus hijos. Para mí resultaba evidente, como lo era para todos los que estaban mirando, que la misteriosa enfermedad no era más que alguna clase de treta. ¿Por qué no insistía mi marido en que alguien fuera corriendo a casa de Pani y trajera a los niños? Lo seguí lentamente; no entendía nada pero no dije ni una palabra. Pani no era una buena persona. Yo lo percibía con toda claridad, pero entonces en lo más profundo de mi ser floreció el negro pensamiento de que aquello quizá fuera lo mejor que podía llegar a ocurrir. Había visto a mis hijastros en la boda y eran pequeñas copias de su padre. Sus feas caras carecían de expresión y se movían con una irritante lentitud. Me disgustaba mucho ver que Pani se salía con la suya, pero el temor que me inspiraban mis bobos hijastros era todavía mayor.
Me volví y besé a mi madre en la frente.
—Te quiero con todo mi corazón —le dije a aquella lisa superficie.
Ella tomó mi cara entre sus manos y me miró en silencio durante un buen rato, como si estuviera aprendiéndose de memoria mis facciones, porque ya sabía que aquella era la última ocasión en que podría verme o tocarme. Mi madre sabía que nunca volveríamos a vernos.
Seguí mirando a mi madre desde el barco hasta que solo fue un puntito verde que sollozaba entre una multitud de familiares que gimoteaban mientras nos despedían agitando la mano.
Oh, el viaje.
El viaje fue indescriptiblemente espantoso. Pasé casi todo el tiempo sumida en el delirio de la fiebre. La cabeza me daba vueltas y mi estómago revuelto temblaba y se rebelaba. Había momentos en los que me sentía tan mal que deseaba estar muerta. Mi marido permanecía sentado junto a mí, tan sólido como una roca, y me miraba sin poder hacer nada mientras yo me retorcía como una serpiente encima de la pequeña litera, consumida por la incesante necesidad de vomitar. Un nauseabundo olor a rancio lo impregnaba todo. Mi cabello, mis ropas, las sábanas, mi aliento, mi piel... Todo parecía hallarse manchado por el pegajoso aire marino.
Desperté en la bamboleante oscuridad sintiendo una sed terrible. Una mano se posó suavemente sobre mi frente.
—Ama —llamé con un hilo de voz.
Confusa y desorientada, imaginé que mi madre había venido para cuidarme. Me volví para sonreírle y entonces mi marido me miró a los ojos con la expresión más extraña que se pueda imaginar. Sorprendida por la súbita intensidad de aquella mirada, pestañeé y se la devolví en silencio, incapaz de apartar la vista. Sentí que se me secaba la boca.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó con dulzura.
El hechizo se rompió.
—Sedienta —dije con voz enronquecida.
Él se volvió y yo miré a aquel hombre, inmenso y de miembros desmadejados, mientras me servía un poco de agua. Estudié su expresión mientras bebía, pero en su rostro color de ébano no pude ver más que bondad. Recuerdo aquel incidente porque durante todo el resto de nuestra vida en común yo nunca volvería a ver aquella peculiar mezcla de emociones tan desesperadamente intensas en los ojos de mi marido.
El cielo era de un límpido color cerúleo y la superficie del mar, un grueso cristal que relucía bajo el intenso sol. Ocultas en el fondo de sus verdes profundidades había, eso ya lo sabía yo, maravillosas ciudades misteriosas repletas de soberbios palacios, minaretes deslumbrantes y exquisitas flores de mar, que eran el hogar de los poderosos semidioses de las historias que me contaba mi madre. En el barco, centenares de personas se esforzaban por llegar a las barandillas para contemplar con orgullo la tierra hacia la que nos estábamos aproximando. El aire vibraba como el batir de un millar de alas, las alas de la esperanza.
A mis incrédulos ojos el puerto de Penang les pareció el lugar más apasionante del mundo. Más personas de las que yo jamás había visto en toda mi vida iban de un lado a otro, moviéndose tan rápidamente como una colonia de hormigas que va y viene sobre una duna de arena. ¡Y qué personas tan extrañas eran, además! Boquiabierta y llena de deleite, me dediqué a contemplarlas.
Allí había mercaderes árabes de aceitunada piel ataviados con largas túnicas blancas y turbantes de color blanco y negro. Su aspecto de prosperidad sobresalía, incluso viéndolos desde lejos, como una cometa roja en un cielo azul. Sus cabezas enturbantadas permanecían arrogantemente ladeadas y sus gordos dedos, cargados de enormes anillos, relucían bajo el intenso sol con destellos de fuego azul, verde y rojo. Estaban allí para comerciar en especias, marfil y oro. El viento recogía su extraña lengua gutural para traerla volando hacia mis oídos.
Luego estaban los chinos, de ojos rasgados, narices chatas y aire decidido. Ellos no dedicaban ni un solo instante a la ociosidad. Sin camisa y curtidos por el sol hasta adquirir un intenso color broncíneo, andaban encorvados con paso tambaleante bajo los pesados fardos que iban descargando de las barcazas y los mercantes. Eran incansables en su tarea. Para mis jóvenes ojos, que solo habían aprendido a apreciar los rasgos muy marcados y los grandes ojos llenos de alma de mi tierra natal, sus rostros tan chatos como la luna parecían el epítome de la deformidad.
Lugareños del color de los cocos maduros rondaban por allí con expresiones apaciblemente serviles. Había una nobleza natural en sus caras y sin embargo no eran dueños de su propia tierra. Por aquel entonces yo no sabía que habían perdido la guerra que habían librado contra el hombre blanco, de manera tan rápida como sutil, únicamente mediante el recurso a la violencia encubierta.
Los europeos fueron los primeros en desembarcar. Al parecer, mientras estaban en primera clase, separados del resto, habían comido tan bien que todos se habían ido hinchando hasta adquirir nuevas proporciones. Altos, autoritarios y cuidadosamente vestidos, avanzaban como dioses con el sol reluciendo en sus cabellos. Se movían como si el mundo les debiera algo. Sus inaccesibles y pálidos labios me parecieron extrañamente absorbentes. Los hombres se mostraban desusadamente solícitos con las mujeres que, altivas, apretadamente encorsetadas y con diminutas sombrillas adornadas con volantes que eran patéticamente incapaces de desempeñar la función que se esperaba de ellas, subían con la espalda muy recta a magníficos coches y elegantes carruajes. Parecían muñecas fascinantemente blancas con pañuelos de encaje que aleteaban de un lado a otro.
Hombres de caras morenas y cuerpos fornidos con taparrabos blancos como única vestimenta se apresuraron a ayudar a los pasajeros. Grandes cajas de hierro fueron cargadas en rickshaws cubiertos y hombres nervudos y descalzos con los músculos forzados al máximo y tocados con sombreros triangulares llevaron hacia la ciudad a las gentes y sus pertenencias.
Sentí que me tocaban el hombro y alcé la mirada hacia el ancho y moreno rostro de mi marido. Yo debía de resplandecer de juventud y ávido entusiasmo, porque sus ojillos me contemplaron con tolerancia casi paternal.
—¡Ven, Bilal debe de estar esperando! —gritó entre el estrépito.
Seguí a la enorme figura de mi marido mientras él, sin ninguna dificultad, transportaba en sus manos todo aquello que me pertenecía. Se detuvo delante de un gran coche negro estacionado a la sombra de un árbol. Bilal, el chófer, era malayo. No hablaba tamil y como no pudo sacarme ni una sola palabra de malayo me estudió con curiosidad; después asintió e hizo aparecer en sus labios una sonrisa amarilla para la niña-esposa de su señor. Subí a aquel coche con sus asientos de pálido cuero. Yo nunca había estado en un coche anteriormente. «Este es el comienzo de mi nueva vida de riqueza», pensé sintiéndome invadida por una indescriptible sensación de aventura y excitación.
Las calles no estaban pavimentadas con oro, sino cubiertas por una gruesa capa de tierra y polvo. Almacenes con tejados curvos del tipo oriental y grandes letras chinas en las entradas dormitaban bajo el sol abrasador. Hileras de pequeñas tiendas se alzaban a ambos lados de la calle, abarrotadas con un maravilloso surtido de mercancías. Los alimentos frescos rebosaban de sus cestas para derramarse sobre el pavimento y encima de peldaños de madera especialmente construidos reposaban grandes botellas repletas de artículos secos. Sastres, zapateros, panaderos, orfebres y colmados formaban una larga fila de color, ruido y olores. En el interior de los cafés, flacos ancianos con pantalones cortos y rostros oscuros como el cuero estaban sentados con cigarrillos colgando de sus dedos llenos de manchas. Había perros callejeros de húmedos hocicos y ojos de carroñero que desaparecían detrás de las esquinas. En un puesto improvisado junto al camino, una hilera de patos colgaba de sus cuellos rotos y una bandada de patos vivos graznaba y se peleaba ruidosamente dentro de una jaula de madera depositada en el suelo. Un enorme cuchillo de carnicero clavado en un bloque de trinchar relucía intensamente. Hombres a los que el sol teñía de un azul medianoche barrían con largas escobas los desagües que había junto al camino.
Junto al juego de luces del tráfico que había en el centro de la ciudad, dos ancianas estaban sentadas a la sombra de un árbol e intercambiaban cotilleos, con la flácida piel de sus caras ondulando de un lado a otro mientras hablaban. Al otro lado del camino, bajó de un coche la criatura más gloriosa que yo nunca hubiese podido imaginar. De huesos muy delicados, era tan pálida que casi parecía blanca. Vestida con un traje chino de color rojo, se había sujetado los cabellos negros como la medianoche con peinetas enjoyadas y sartas de abalorios. Sus ojos almendrados eran enormes pero tímidos y delicados, y su pequeña boca tenía la forma de un diminuto capullo de rosa. Se la había pintado hasta dejarla muy roja y relucía bajo el sol. Todo en ella era perfecto y tan delicado como si fuera una muñeca hasta que dio un tambaleante pasito hacia delante. Uno de los hombres que la cuidaban se apresuró a extender la mano hacia ella para que no perdiera el equilibrio. Sin agradecérselo, la mujer dejó caer su abanico sobre la mano que la ayudaba y se apartó altivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de que sus pies no eran más grandes que mi puño apretado, y eso que yo tengo las manos pequeñas. Pestañeé y miré con incredulidad sus pies deformes, calzados con unos zapatos de seda negra que habían sido hechos para una niñita.
—Le vendaron los pies cuando era pequeña —dijo mi marido en el terrible calor que reinaba dentro del coche.
Me volví hacia él, muy sorprendida.
—¿Por qué?
—Para que no llegaran a hacerse tan grandes y torpes como los tuyos —bromeó él.
—¿Qué? —exclamé con incredulidad.
—En China es costumbre vendar los pies de las niñas —me explicó él—. Los chinos consideran que los pies vendados son hermosos y deseables. Solo los campesinos pobres que necesitan otro par de manos en los campos de arroz no vendan los pies a sus hijas. En cuanto la niña ha cumplido dos o tres años, las familias más ricas le vendan los pies tan apretadamente que al crecer los huesos se van deformando en un arco que les duele muchísimo. Durante el resto de sus vidas ellas pagan con ese indescriptible dolor el precio por esa idea de feminidad. Una vez que se los han vendado, los pies ya nunca pueden volver a ser desatados porque entonces adquirirían formas contrahechas que volverían imposibles incluso esos extraños pasitos suyos.
Yo había dejado atrás para siempre mi inocente aldea.
Decidí inmediatamente que los chinos eran una raza de bárbaros. Había que tener un corazón particularmente cruel para vendarle los pies a tu propia hija mientras ella aullaba de dolor, y además hacerlo sabiendo que después verías cómo iba tambaleándose penosamente de un lado a otro a lo largo de los años. ¿Qué gusto depravado había sido el primero en anhelar un pie deformado? Bajé la mirada hacia mis robustos pies calzados con sus zapatillas marrones y me alegré de tenerlos. Aquellos pies habían corrido libremente a través de los bosques y nadado en las frescas aguas; nunca se les había llegado a ocurrir la posibilidad de que en algún lugar del mundo las niñas tuvieran que pasar el día atrapadas en el dolor y luego lloraran durante toda la noche.
Nuestro coche no tardó en salir del ajetreo de la ciudad. Un hombre con la ropa manchada de barro llevaba de la nariz a un búfalo de agua junto al camino. Pequeñas chozas salpicaban el llano paisaje. Mi marido se relajó sobre el duro asiento y sus ojillos se cerraron por el sueño. El camino se extendía como una serpiente gris plateada bajo el abrasador sol del mediodía, describiendo curvas a través de los arrozales y de las plantaciones de especias para terminar abriéndose paso en el suelo anaranjado de los bosques vírgenes. A cada lado de él se alzaban muros de una enredada vegetación color verde oscuro. Helechos gigantes extendían sus frondas bajo la luz amarilla y gruesas plantas trepadoras colgaban desordenadamente de las ramas de los árboles en un esfuerzo por llegar a los retazos de moteada claridad solar, como niños que extendieran las manos hacia un pastel de cumpleaños; aquí y allá, la rugosa corteza asomaba de entre la penumbra como un viejo rostro fruncido por la preocupación. Entre las lisas hojas que se extendían kilómetro tras kilómetro, todo permanecía inmóvil y silencioso. En el camino, aparecían y desaparecían espejismos del agua. El bosque dormía sabiamente en el terrible calor, pero yo no podía pestañear siquiera por miedo a que ello hiciese que se me pasara por alto algo importante.
Las dos horas de constante vigilancia fueron recompensadas.
En el horizonte vi primero una persona, luego dos y finalmente una fila entera de personas que iban en bicicleta. Todas vestían de negro de la cabeza a los pies. Y cada una de ellas estaba aterradoramente desprovista de rostro, con su cara acechando entre las sombras que los negros tocados proyectaban en ella. Los tocados eran mantenidos en su sitio por pañuelos rojos anudados debajo de las barbillas. Sobre el tocado negro y el pañuelo rojo, todas llevaban enormes sombreros de paja. Sus mangas negras sobresalían más allá de sus manos. Ni el más pequeño fragmento de carne quedaba al descubierto. Los ciclistas se fueron aproximando sin que parecieran tener ninguna prisa en llegar hasta nosotros.
Me apresuré a sacudir a Ayah para despertarlo.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —balbuceó, bruscamente devuelto a la vigilia por el sobresalto.
—¡Mira! —chillé temerosamente, señalando la evidente amenaza presente en el oscuro cortejo que se extendía ante nosotros.
Los ojos de Ayah siguieron la dirección de mi dedo.
—Oh, ellos —suspiró aliviado y volvió a recostarse medio adormilado en el asiento—. Son lavadores de dulang. Trabajan en las minas de estaño y luego se dedican a colar el mineral en grandes bandejas después de que lo hayan extraído de los yacimientos. Debajo de toda esa tela negra hay algunas de las jóvenes chinas más hermosas que puedas llegar a conocer. Deberías verlas de noche, cuando se ponen sus cheongsams ceñidos al cuerpo.
La hilera pasó rodando junto a nosotros, silenciosa e inofensiva.
Yo estaba muy intrigada. Aquellas personas se envolvían a sí mismas igual que las momias en una pirámide egipcia para así poder permanecer tan blancas como los polvos de arroz. Seguimos adelante por caminos hechos para carros, dejando atrás pequeños pueblos y aldeas sumidas en la inmovilidad. En un momento dado, Bilal redujo la velocidad cuando dos pequeños cerdos salvajes cruzaron el camino entre bufidos y resoplidos en un súbito instante de curiosidad. Morenos niños desnudos llegaban corriendo al lado del camino para contemplarnos y nos saludaban con entusiasmo con la mano. Yo, incómodamente envuelta en seis metros de tela firmemente sujetos a unas enaguas blancas y sudando profusamente, me enamoré de ellos nada más verlos. Una niña descalza escondida dentro de mí ansiaba salir. Esos niños de ojos aterciopelados todavía son mi mejor recuerdo de aquellos momentos. Mediada la tarde pasamos por delante de un templo chino con pilares de granito, el interior de color rojo oscuro y dragones de piedra intrincadamente tallados que descansaban sobre su tejado de cerámica.
Finalmente llegamos a Kuantan, nuestra ciudad de destino. Bilal metió el coche por un sendero lleno de baches cuyo suelo estaba salpicado de afiladas piedras blancas, algo así como una especie de callejón sin salida. El camino describía un gran círculo alrededor de una masa de arbustos, un bosquecillo de bambúes y un árbol rambután realmente espléndido, y daba acceso a los cinco edificios que habían sido construidos en torno a él. La casa más próxima al sendero era la más grande de las cinco; esa era la mía. Un muro de ladrillo bajo circundaba todo el recinto. Debajo de la sombra de un árbol angsana había una mesa y asientos hechos de piedra. Era un sitio precioso y nada más verlo quedé prendada de él. Imaginé a sirvientes de pies silenciosos moviéndose en el frescor de sus gruesos muros. Vi que había farolillos chinos de color rojo colgados encima de la puerta y me pregunté por qué razón estarían allí.
Bilal fue reduciendo la velocidad hasta que el coche quedó casi detenido junto a las grandes puertas negras, pero cuando ya me disponía a bajar de él, dos feroces perros alsacianos salieron corriendo por las puertas para ladrarnos amenazadoramente. Luego, después de haber atravesado un gran bache, Bilal siguió adelante dejando atrás la hermosa casa. Una carita morena nos contempló pasar con ávida curiosidad desde una de las ventanas. Me volví hacia mi marido, pero él rehuyó deliberadamente mi mirada escrutadora y siguió mirando hacia delante. Sintiéndome muy confusa, volví la cabeza. Continuamos dando tumbos por aquel camino tan terrible; me fijé en que todas las otras casas eran de madera y tenían un aspecto muy pobre. Finalmente, Bilal se detuvo delante de una casita construida sobre pequeños pilotes.
Entonces mi marido bajó del coche y yo salí de él andando con mis zapatillas marrones, una personita aturdida y desarreglada. El equipaje salió del maletero del coche y Bilal, que no era el chófer de confianza de mi marido después de todo, se despidió de nosotros agitando la mano y se fue en el coche. Ayah rebuscó en los bolsillos de sus holgados pantalones hasta extraer de ellos un juego de llaves. Luego dirigió una sonrisa a mi rostro aturdido.
—Bienvenida a casa, mi queridísima esposa —me dijo dulcemente.
—Pero... pero...
Pero él ya se había ido, precediéndome con rápidas zancadas de aquellas piernas tan ridículamente largas que tenía. La puerta de madera de la casa de madera se abrió para tragárselo. Por un instante lo único que fui capaz de hacer fue contemplar el oscuro interior de la casa y luego lo seguí andando lentamente. Me detuve nada más haber dado el primer paso. Mi madre había sido estafada. Un oscuro pensamiento invadió mi mente: mi esposo no era rico, sino pobre. Pani nos había engañado. Ahora yo me encontraba sola en un país extraño con un hombre que no era lo que nos habían hecho creer. No tenía dinero, no hablaba una sola palabra de inglés o del idioma local y no tenía la menor idea de cómo regresar a casa. La sangre comenzó a correr muy deprisa por mis venas.
Dentro hacía fresco y estaba oscuro. La casa dormía, apaciblemente, no se oía ruido alguno. No por mucho tiempo, pensé yo. Abrí todas las ventanas de la pequeña sala de estar. Los ya tenues rayos del sol del atardecer entraron en la casita con el aire fresco. De pronto ya no importó que no fuese una gran casa o que yo no tuviera sirvientes a los cuales dar órdenes. De hecho, el desafío de crear algo a partir de la nada ya me estaba llamando, y era mucho más emocionante.
Ayah había desaparecido en algún lugar de la parte de atrás de la casa. Comencé a explorar, llena de curiosidad. Anduve por el suelo de cemento y examiné las paredes de madera. La pequeña sala contenía dos desvencijados sillones con viejos cojines ya muy usados, una mesita muy fea, una vieja mesa para comer bastante desgastada por el uso embutida en un rincón y cuatro sillas de madera con asientos laminados montando guardia alrededor de ella. Entré en el dormitorio y me asombré al encontrar una enorme cama de hierro de cuatro postes pintados de plata. En toda mi vida yo nunca había visto una cama tan grande. Sin duda era una cama digna de un rey. El paso del tiempo había hecho que los doseles se volvieran de un tono verde pálido. El colchón relleno de algodón estaba apelmazado y cubierto de bultos, pero a mí me pareció celestial. Nunca había dormido en nada que no fuera una esterilla. Un viejo armario, elaboradamente tallado y de una madera muy oscura que tenía un espejo en la puerta izquierda, crujió cuando lo abrí. Dentro de él colgaban telarañas plateadas. Encontré algunas de las prendas de mi marido y cuatro saris que habían pertenecido a su primera esposa. Los saqué. Eran sencillos y nada alegres, confeccionados con los colores discretos de una mujer muerta. Delante del espejo, extendí alrededor de mi cuerpo un sari de color gris y pensé en ella por primera vez. Hubo un tiempo en el que había vivido en aquella casa y llevado aquellas ropas. Acaricié la fría tela y la husmeé. Olía como huele la tierra durante la estación seca. Aquel olor caliente hizo que me estremeciese. Los saris me recordaban a aquella mujer y a los niños a los que tan poco me había costado dejar atrás. Volví a guardar el sari dentro del armario y me apresuré a cerrar la puerta.
En el segundo dormitorio había dos camas pegadas a la ventana. Un estante había sido convertido en altar de oración adornado con imágenes enmarcadas de algunas deidades hindúes. Ramos de flores secas coronaban las imágenes. Hacía mucho tiempo que no había una mujer en la casa. Junté las manos automáticamente en un gesto de respeto y plegaria. Junto a la puerta había dos pares de zapatillas de niño. Dos caritas alzaron la mirada hacia mí. «No tenemos zapatos», murmuraron tristemente con ojos llenos de desolación. Me apresuré a retroceder, cerrando la puerta detrás de mí.
Me sorprendió descubrir que el cuarto de baño formaba parte de la estructura del edificio. En casa de mi madre yo siempre había tenido que ir a un pequeño cobertizo exterior. Oí a mi marido moviéndose en el porche. Inspeccioné las lisas paredes grises y abrí un pequeño grifo de bronce: un hermoso chorro de agua limpia salió de él para caer dentro de la pileta de cemento incorporada al rincón. Casi parecía un pequeño pozo que te llegase a la cintura y me sentí muy complacida con él. Accioné el viejo interruptor redondo de un modelo ya muy anticuado y una luz amarilla llenó aquel diminuto espacio carente de ventanas. Estaba realmente encantada con mi nuevo cuarto de baño. Salí de él y entré en la cocina, donde dejé escapar mi primer grito de alegría porque al fondo de ella se encontraba el banco más hermoso que hubiera visto jamás. Hecho de una madera muy oscura y con las patas magníficamente talladas, era tan grande como una cama individual. Lo examiné minuciosamente y con auténtico placer, pasando los dedos por su superficie suavizada por el tiempo sin caer en la cuenta de que aquel mueble me sobreviviría y algún día contendría en su dura superficie el cuerpo muerto de mi esposo.
Desde la ventana de la cocina podía ver una zona con el suelo de cemento que servía para lavar y hacer las tareas propias del exterior de una casa, como por ejemplo moler el grano, y un vasto y descuidado patio trasero de cuyo suelo brotaban dos cocoteros. Un gran desagüe para las lluvias del monzón separaba nuestra propiedad de los campos llenos de espiguilla que se extendían más allá de ella.
Comencé a limpiar, fregar, lavar y quitar el polvo con toda la energía propia de una chica de catorce años. Mi casa se había convertido en mi nuevo juguete. Mi esposo estaba sentado en un sillón del porche; encendía un largo puro y se disponía a disfrutar de él. Su aromático olor fue entrando en la casa mientras yo iba diligentemente de un lado a otro. La pequeña vivienda no tardó en adquirir un aspecto limpio y ordenado, y después de que hubiera conseguido encontrar algunos ingredientes en la cocina, preparé un sencillo curry de lentejas y cocí un poco de arroz.
Mientras la comida burbujeaba suavemente, me encerré en mi nuevo cuarto de baño, abrí el grifo y disfruté de mi pozo interior. El agua fría fue cayendo por todo mi sucio cuerpo. Una vez limpia y refrescada, quité las flores secas del altar de oración. Al final de nuestro patio trasero terriblemente invadido por la maleza había un árbol de jazmín. Llené un plato con sus flores, decoré el altar con ellas y recé a las deidades pidiéndoles su bendición. Ayah entró y sirvió la sencilla comida. Comió con apetito pero despacio, como tenía por costumbre en todo lo que hacía.
—¿Qué trabajo haces? —le pregunté.
—Soy oficinista.
Asentí, pero aquello no significaba nada para mí. Solo más tarde llegaría a descubrir el grado de humilde servidumbre que representaba.
—¿De dónde vienen la cama y el banco?
—Antes yo trabajaba para un inglés y cuando regresó a su casa me los dio.
Asentí lentamente. Sí, eran una cama y un banco de primera categoría hechos para personas que captaban la luz del sol en sus cabellos.
Aquella noche, mientras yacía en una cama que era nueva para mí, cerré los ojos y escuché los sonidos nocturnos. El viento susurraba entre las cañas de bambú, los grillos parloteaban en la oscuridad, un lémur arañaba el árbol rambután y la flauta del encantador de serpientes sonaba en la lejanía. Aquella melodía solitaria hizo que me acordara de mi madre. Pensé en ella, sola en su pequeña choza. Al día siguiente le escribiría. Se lo contaría todo, desde lo de aquella dama a la que le habían aplastado los pies hasta lo de los trabajadores de las minas que vestían de negro. No me olvidaría de los niños descalzos ni de la hilera de patos con los cuellos rotos. Se lo contaría todo, salvo quizá el hecho de que su hija se había casado con un hombre pobre. Nunca le hablaría del suave chasquido que aquel reluciente reloj de oro, que tanto impresionó a mi madre, había producido cuando cayó sobre la palma vuelta hacia arriba de Bilal, unos instantes antes de que este asintiera y se dispusiera a devolvérselo a su verdadero dueño. Oí cómo las sábanas rígidamente almidonadas crujían en la oscuridad y sentí la pesada mano de mi marido posada sobre mi estómago; y suspiré suavemente.
Mi vecindario estaba formado por un círculo de cinco casas. La espléndida mansión, la que yo tanto había codiciado a mi llegada, de hecho pertenecía a la amante de un chino muy rico al que llamaban el viejo Soong. Al lado de ella, en una casa similar a la mía, vivían un malayo que conducía camiones y su familia. Aquel hombre pasaba mucho tiempo lejos de casa pero su esposa, Minah, era una mujer de muy buen corazón y una excelente vecina que el segundo día después de mi llegada me dio la bienvenida con un plato de gelatina de coco. Tenía el tipo de rostro sonriente y lleno de franqueza con el que te encuentras en cada kampong malayo, una silueta de reloj de arena realmente asombrosa y unos modales muy delicados y afables pulcramente doblados dentro de su persona. Lucía su suave gracia como si fuera un largo traje bellamente cortado y no había ni un solo filo cortante en ella. Todo era refinado, desde su voz hasta sus maneras pasando por sus movimientos, sus andares, su piel y su manera de hablar. Cuando se fue, me quedé inmóvil detrás de mis cortinas descoloridas y contemplé el lento balanceo de sus caderas hasta que su magnífica silueta desapareció detrás de una cortina de cuentas en la entrada de su casa. Inconcebiblemente, Minah era madre de cuatro hijos. Fue solo mucho más tarde, después del final de su quinto embarazo, cuando me enteré de en qué consistía exactamente la pesadilla de un confinamiento tradicional malayo para una joven que acababa de dar a luz: cuarenta y dos días de hierbas amargas, un brasero humeando debajo de la cama para secar el exceso de fluido y apretar los músculos vaginales, un estómago tenazmente envuelto e implacables masajes cotidianos administrados por ancianas arrugadas y espantosamente fuertes. Pero todas las penalidades tienen sus recompensas y Minah era la prueba viviente de ello.
Al lado de su casa había una vivienda inexplicablemente repleta de chinos. Toda clase de personas parecían aparecer y desaparecer de aquella pequeña casa, haciendo que me preguntara dónde dormían. A veces, una de las mujeres de la casa echaba a correr por el sendero en pos de un niño que chillaba y, atrapándolo, le bajaba los pantalones y azotaba la blanca carne hasta que esta se ponía de un rojo intenso. Luego, todavía maldiciendo y soltando juramentos, la mujer dejaba abandonado al niño en el camino para que sollozara lastimeramente. En ocasiones castigaban a alguna de las niñas de más edad haciéndola correr desnuda alrededor de la casa. La niña tendría nueve o diez años y yo sentía mucha pena por la pequeña mientras esta pasaba corriendo delante de mi ventana, flaca, con los ojos enrojecidos y sin parar de llorar. Eran gentes toscas y descaradas, pero la verdadera razón por la que yo las odiaba tan intensamente era que cada día las dos esposas del hombre se turnaban para abonar el huerto con excrementos humanos en la penumbra del crepúsculo. Cada vez que el viento soplaba en nuestra dirección, aquel horrible hedor me llenaba de asco, me quitaba el apetito y hacía que me entraran ganas de vomitar.
A nuestra derecha vivía un viejo ermitaño. A veces yo podía entrever su cara, pálida y triste, en la ventana. Junto a él vivía el encantador de serpientes, un hombrecillo flaco y nervudo con lacios cabellos de un negro azulado y una nariz de halcón en un rostro adusto y alargado. Al principio yo le tenía mucho miedo a aquel hombre, con sus cobras danzantes y sus serpientes venenosas de las cuales obtenía medicina de serpiente que vender, porque temía que las serpientes que se le escapasen pudieran estar acechando en mi cama. Su esposa era una mujercita muy delgada y en total tenían siete hijos. Un día, mientras yo estaba en el mercado, me topé con un gran círculo de espectadores llenos de curiosidad. Maniobrando con mis compras, fui abriéndome paso. El encantador de serpientes estaba sentado en el centro del círculo, cerrando sus cestas y con su número al parecer ya concluido. Entonces hizo una seña a uno de sus hijos y un niño que no tendría más de siete u ocho años de edad fue hacia él. Mechones rizados colgaban sobre su frente, oscureciendo sus risueños y brillantes ojos. Vestido con una sucia camisa blanca y unos pantalones cortos de color caqui, parecía un mocoso de las calles. Su mano sostenía una botella de cerveza. De pronto, y sin previo aviso, estrelló la botella contra el suelo. El niño cogió un trozo de cristal, se lo metió en la boca y empezó a masticarlo. La multitud dejó escapar un grito sofocado y luego se quedó en silencio.
La sangre comenzó a manar de la boca del niño, goteando de su barbilla y empapando el sucio cuello blanco de su camisa. Un hilillo rojo corrió por la pechera de esta. El niño cogió otro trozo de cristal de aquel suelo lleno de polvo y se lo metió en la boca. Mientras yo lo miraba paralizada y llena de horror, el niño abrió la boca para enseñar la cavidad llena de sangre; luego sacó de su bolsillo un trocito de tela roja y, sin dejar de masticar, comenzó a recoger monedas del gentío. Empujando frenéticamente a los espectadores, me apresuré a huir de allí. La proeza, el truco, estaban fuera de mi entendimiento. Me sentía trastornada, inquieta y físicamente enferma. Después de aquel incidente, evité tener cualquier contacto con la familia del encantador de serpientes. Estaba firmemente convencida de que dentro de aquella extraña casa se practicaba la magia negra y el engaño, de que en el interior de aquella vivienda siempre sumida en la penumbra acechaba alguna presencia que yo no podía describir, pero cuya proximidad bastaba para hacer que se me pusiera la piel de gallina.
Me senté en el porche y contemplé cómo el hijo del encantador de serpientes corría descalzo hasta la casa del conductor de camiones, sus rizos volando al viento. Todavía podía verlo inmóvil entre el grupo de espectadores boquiabiertos, con una masa de cristal triturado y sangre dentro de su pobre boca y sus ojos solemnes en vez de risueños. El niño se dio cuenta de que yo lo estaba mirando y me saludó con la mano. Le devolví el saludo. El olor de lo que estaban cocinando mis vecinos florecía en el aire. La dulce fragancia del cerdo friéndose en el sebo caliente hizo que anhelara algo más aparte de las verduras y el arroz. Todas las alacenas estaban vacías y durante las últimas dos semanas habíamos estado viviendo de mi capacidad para convertir una cebolla en un plato sabroso. Pero aquel día, una espera expectante me daba nuevos ánimos. Era el día de cobro. Me quedé sentada en el porche esperando a que Ayah volviera a casa, impaciente por sentir por primera vez en mi mano el dinero para la casa. Al igual que mi madre, yo también haría planes y administraría sabiamente el dinero, pero antes quería obsequiarnos con algo bueno para variar. Vi que Ayah entraba por nuestro camino, con su corpachón moviéndose torpemente encima de la desvencijada bicicleta que empleaba mientras iba maniobrando sobre las piedras sueltas. Me apresuré a levantarme.
Mi marido aparcó su bicicleta sin darse ninguna prisa mientras me sonreía. Yo le devolví la sonrisa con nerviosismo. En mi mano había una carta de Ceilán para él y, después de que yo le hubiera ofrecido el sobre azul claro, mi marido metió la mano en su bolsillo y sacó de él un delgado sobre marrón. Intercambiamos los sobres y Ayah pasó junto a mí y entró en la casa. Contemplé con la más absoluta sorpresa el sobre marrón que había en mis jóvenes manos. Yo tenía todo el sobre y eso significaba que mi marido me había entregado todo su sueldo. Abrí el sobre rasgándolo por un extremo y conté el dinero. En total había doscientos veinte ringgits, lo cual era muchísimo dinero. Enseguida empecé a hacer planes en mi cabeza. Le enviaría un poco de dinero a mi madre y luego escondería una buena cantidad junto con mis joyas dentro de mi caja cuadrada de latón, que antaño había contenido chocolates importados. Ahorraría y ahorraría, y no tardaríamos en ser tan ricos como el viejo Soong. Yo crearía un futuro de color de rosa para mi marido y para mí. Todavía estaba allí, sujetando mi dinero y mis fabulosos sueños en ambas manos, cuando un hombre que vestía una chaqueta de estilo Nehru y un veshti blanco, calzaba zapatillas de cuero y empuñaba un enorme paraguas negro apareció por nuestro sendero de tierra. De su otra mano colgaba un maletín de cuero. Venía hacia mí con una gran sonrisa en los labios y no tardé en tener delante a aquel hombre achaparrado y de abultado estómago. Sus ojos fueron hacia el dinero que había en mis manos. Yo las bajé lentamente y su codiciosa mirada fue siguiéndolas. Esperé hasta que su mirada hubo concluido el trayecto de subida para terminar encontrándose con la mía. Aquel rostro redondo estaba lleno de falsa jovialidad. Me cayó mal nada más verlo.
—Saludos a la nueva señora de la casa —dijo alegremente.
—¿Quién es usted? —le pregunté con voz hosca, mostrándome imperdonablemente grosera.
Él no se ofendió.
—Soy su prestamista —explicó con una gran sonrisa que mostró dientes manchados de un marrón rojizo por el jugo de la nuez de betel. Luego sacó de un bolsillo un cuadernito de notas, se lamió un gordo dedo y fue pasando las sucias páginas—. Si me da veinte ringgits y firma en la fecha de hoy, dejaré de molestarla y seguiré mi camino.
Prácticamente arranqué el cuadernito de sus regordetas manos. Perpleja, vi el nombre de mi marido escrito en la esquina superior izquierda de la hoja y una hilera de firmas suyas junto a distintas cantidades. Durante el último mes Ayah no había pagado nada mientras estaba en Ceilán buscando una nueva esposa. Los ojos del hombre relucieron mientras me recordaba el interés y los atrasos. Sumida en un profundo estupor, le entregué los veinte ringgits correspondientes a aquel mes, los atrasos y el interés.
—Que tenga un buen día, señora, y ya la veré el mes que viene —trinó el hombre mientras daba media vuelta para irse.
—¡Espere! —grité—. ¿Cuánto queda por pagar de la deuda?
—Oh, solo cien ringgits más —canturreó él alegremente.
—Cien ringgits —murmuré yo con un hilo de voz.
Cuando levanté los ojos vi que otros dos hombres venían hacia nuestra casa. El prestamista los saludó con una inclinación de cabeza cuando pasaron junto a él.
—Saludos a la nueva señora de la casa —dijeron a coro los dos hombres.
Me estremecí. Aquel día los «visitantes» no dejaron de llegar hasta mucho después de que hubiera oscurecido. En un momento dado incluso llegó a haber una cola delante de la puerta, hasta que finalmente me quedé con cincuenta ringgits en la mano. ¡Cincuenta ringgits para que me duraran todo un mes! Me quedé inmóvil en medio de nuestra mísera sala de estar sin decir nada, avergonzada e hirviendo de furia por dentro.
—Solo tengo cincuenta ringgits para que me duren todo el mes —le anuncié a mi marido en el tono más tranquilo de que fui capaz mientras él se tragaba su último bocado de arroz con patatas.
Los ojillos apagados y carentes de expresión de Ayah me miraron en silencio durante un minuto entero. Pensé en un animal enorme, con su pesada lentitud y la estoica paciencia que muestra ante la insistencia de las moscas, y en cómo mueve de un lado a otro su sucio rabo mientras se queda plantado donde se encuentra, estúpidamente inmóvil.
—No te preocupes —me tranquilizó finalmente mi marido—. Cuando necesites dinero, basta con que me lo digas y entonces yo siempre puedo pedir prestado un poco más. Dispongo de un buen crédito.
Lo único que pude hacer fue mirarlo con incredulidad. Él me devolvió la mirada con la bovina apatía de un rumiante que está muy ocupado masticando el pasto. Una súbita ráfaga de viento trajo a nuestra cocina el olor de los excrementos humanos. La comida que había en mi estómago ejecutó un pequeño salto mortal y un martilleo comenzó a resonar en algún lugar del interior de mi cabeza. Era un martilleo ruidoso e insistente que me duraría el resto de mi vida, con solo breves intervalos de pausa. Aparté la mirada de los opacos ojos negros de la bestia adormilada y no dije nada.
Aquella noche, me senté con las piernas cruzadas sobre mi hermoso banco a la luz de una lámpara de queroseno e hice una lista de lo que se le debía a cada acreedor. Los planes que estaba urdiendo hacían que no pudiese dormir. Finalmente, cuando todos los demonios de la noche se hubieron ido volando al otro extremo del mundo, me tumbé de costado y contemplé a través de la ventana abierta cómo un amanecer rojo iba abriéndose paso en el este del cielo. El martilleo que me resonaba en la cabeza se había calmado un poco. El plan estaba muy claro en mi mente. Me preparé un té negro bien fuerte y, sentándome ante mi mesa buena, fui sorbiéndolo lentamente tal como habían hecho mi madre y su madre antes que ella al final de un día muy largo. Antes de que los pájaros dieran comienzo a su jornada, me bañé en agua fría como el hielo, lavé mis cabellos con leche de coco y, vestida con un sari de algodón blanco, recorrí el kilómetro y medio que nos separaba del templo de Ganesha que había justo detrás de la tienda de provisiones de Apu. Luego recé con todo mi corazón en el pequeño templo que se alzaba junto al camino de tierra, rezando tan sinceramente que las lágrimas escaparon de mis párpados cerrados. Supliqué al gran dios Ganesha que hiciera que mi plan diese resultado y le pedí que convirtiera mi nueva vida en una vida feliz. Acto seguido, eché diez céntimos en la caja para los donativos que había junto al dios elefante, que siempre era misericordioso y de buen corazón, y volví por donde había venido después de haberme frotado la frente con ceniza sagrada.
Cuando llegué a casa, mi marido ya se estaba despertando. El ruido de la radio llenaba la pequeña vivienda. Preparé gachas y café para él y me senté a verlo comer. Me sentía llena de fuerza y deseosa de proteger a mi marido, nuestra casa y nuestra nueva vida en común. Después de que él se hubiera ido, me senté y escribí una carta, una carta muy importante. Luego me vestí y fui a la ciudad. En la oficina de correos envié la carta a mi tío, el comerciante en mangos. Mi tío vivía con su esposa en Serembán, otro de los estados que había en Malasia. Yo tenía una propuesta para él. Quería que me prestara el importe total de la deuda contraída por mi marido, más una pequeña suma extra para que me ayudara a salir adelante hasta que llegara el próximo sobre de la paga. A cambio, yo le pagaría un bajo interés y podría quedarse con mi caja de las joyas como garantía. Yo sabía que mis joyas valían mucho más que la suma que le estaba pidiendo a mi tío. Mi madre me había dado un pendiente en el que había engarzado un rubí casi tan grande como el dedo pequeño de mi pie, y yo sabía que por sí solo ese pendiente ya valía una gran cantidad de dinero. Era una piedra muy hermosa, dotada de una extraña y cálida claridad interior que parecía respirar fuego rojo igual que un ser vivo bajo la luz del sol. Después de haber echado la carta fui al mercado. En aquellos tiempos el mercado era un lugar fascinante lleno de cosas espléndidas que yo nunca había visto antes.
Me paré delante de los montones de negros huevos salados, con uno o dos colocados en lo alto de la pila que habían sido abiertos para dejar al descubierto yemas que tenían el intenso color de la sangre. Chinos calzados con zuecos de madera estaban sentados en el suelo vendiendo nubecillas de nidos de pájaro hechas con la saliva del propio pájaro. Dentro de sus jaulas de alambre, grandes lagartos correteaban de un lado a otro con movimientos nerviosos y espasmódicos ante la visión de las serpientes que reptaban dentro de otras jaulas. Había toda clase de artículos frescos en cestas de paja y comerciantes malayos con dientes de oro vendían los blandos huevos de las tortugas en cestas de alambre.
En un rincón del mercado, una anciana china que apenas si podía andar iba de un lado a otro cojeando lentamente mientras vendía extraños cohombros de mar de formas retorcidas que tenían el color del barro y habían ido poniéndose negros al endurecerse, además de algas marinas y toda una serie de criaturas imposibles de identificar que nadaban en cubos llenos de agua. Recolectores que masticaban nuez de betel esperaban pacientemente detrás de los rimeros de toda clase de raíces silvestres, sus criaturas salvajes que aún se debatían y los manojos de hojas medicinales. A veces sus manos sostenían las colas de cuatro o cinco serpientes que se retorcían y se estiraban, elevándose del pavimento enfrente de ellos. La gente compraba aquellas delgadas serpientes multicolores con propósitos medicinales. Había cubas llenas de fideos amarillos y filas enteras de patos asados colgados de sus grasientos cuellos que todavía goteaban grasa. Naturalmente la autént
