La campaña

Carlos Fuentes

Fragmento

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1.

La noche del 24 de mayo de 1810, mi amigo Baltasar Bustos entró secretamente a la recámara de la Marquesa de Cabra, la esposa del presidente de la Audiencia del Virreinato del Río de la Plata, secuestró al hijo recién nacido de la presidenta y en su lugar puso en la cuna a un niño negro, hijo de una prostituta azotada del puerto de Buenos Aires.

Esta anécdota es parte de la historia de tres amigos —Xavier Dorrego, Baltasar Bustos y yo, Manuel Varela— y de una ciudad, Buenos Aires, en la que intentábamos hacernos de una educación: ciudad de contrabandistas vergonzantes que no quieren mostrar su riqueza y viven sin ostentación. Somos ahora unos cuarenta mil porteños, pero la ciudad sigue chata, sus casas muy bajas, sus iglesias austeras. Es una ciudad enmascarada por una falsa modestia y un atroz disimulo. Los ricos subvencionan a los conventos para que en ellos les escondan sus mercancías contrabandeadas. Pero esto funciona también para nosotros, los jóvenes que amamos las ideas y las lecturas, pues como las cajas de copones y ropas eclesiásticas no son abiertas en las aduanas, dentro de ellas los sacerdotes amigos nos hacen llegar los libros prohibidos de Voltaire, Rousseau y Diderot… Nuestro arreglo es perfecto. Dorrego, cuya familia es de comerciantes ricos, obtiene los libros; yo, que trabajo en la imprenta del Hospicio de Expósitos, los reimprimo en secreto; y Baltasar Bustos, que viene del campo donde su padre tiene una estancia, convierte todo esto en acción. Quiere ser abogado en un régimen que los detesta, acusándolos de fomentar continuos pleitos, odios y rencores. Se teme, en realidad, que se formen abogados criollos, voceros del pueblo, administradores de la independencia. De allí la pena con que Baltasar tiene que estudiar, sin universidad en Buenos Aires, atenido (como sus dos amigos, Dorrego y yo, Varela) al contrabando de libros y el acceso a bibliotecas privadas. Somos sospechosos; con razón el virrey anterior dijo que debía impedirse el progreso de lo que él llamó “la seducción” en Buenos Aires, exclamando que tal vicio parecía cundir por todas partes.

¡La seducción! ¿Qué es, dónde empieza, dónde acaba? Las ideas son la seducción que compartimos los tres, y al final de todo, yo siempre recordaré al joven Baltasar Bustos brindando de pie en el Café de Malcos, rebosante de optimismo, seducido y seduciéndonos por la visión de un idilio político, el contrato social renovado a orillas del río turbio y cenagoso de Buenos Aires, mientras la fogosidad de nuestro amigo hace que interrumpan sus tareas hasta los mozos que se la pasan aclarando las aguas turbias del Plata en tinajones de barro, y se asomen dos cocineros con gallinas, capones y pavos a medio destazar entre las manos. Brinda Baltasar Bustos por la felicidad de los ciudadanos de la Argentina, regidos por leyes humanas y ya no por el plan divino que encarnaba el rey, y se detienen a oírle las carretas cargadas de cebada verde y heno para las caballerías. Exclama que el hombre nació libre pero en todas partes está encadenado, y su voz parece imponerse a la ciudad de criollos y españoles, frailes, monjas, presidiarios, esclavos, indios, negros y soldados de tropa reglada… ¡Seducido por un ginebrino tacaño que abandonaba a sus hijos naturales a la puerta de las iglesias!

¿Seduce? ¿O es seducido Baltasar por su público, real o imaginario, en el café, en las calles de la ciudad que apenas abandona el sofoco del verano se dirige ya a las neblinas de junio a septiembre? Mayo es el mes ideal para hablar, hacerse sentir, seducir y dejarse seducir. Nos seduce la idea de ser jóvenes, de ser porteños argentinos con ideas y lecturas cosmopolitas, pero seducidos no sólo por ellas, sino por una nueva idea de fe en la patria, su geografía, su historia. Nos seduce a los tres amigos no ser indianos que se hacen ricos con el contrabando y regresan corriendo a España; nos seduce no ser como los ricos que ocultan los cereales y encarecen el pan.

Pero no sé si nos seducimos entre nosotros. Yo soy flaco y moreno, con un larguísimo labio superior que disfrazo con un bigote negro, de cerdas que hasta a mí me parecen agresivas, como si atacasen sin remisión mi cara; y me defiendo del ataque hirsuto rasurándome las mejillas tres veces al día y contemplando en el espejo la furia encendida de mis ojos casi claros (en realidad no lo son) en medio de tanta negrura. Creo que trato de compensar estos aspectos salvajes de mi apariencia con un ademán sereno y una compostura casi eclesiástica. Xavier Dorrego, en cambio, es feo, pelirrojo, con el pelo cortado muy cerca del cráneo, casi al rape, lo cual le da la apariencia de lo que no es: un perseguidor, un usurero, en todo caso un hombre que exige cuentas estrictas. Todo lo compensa con la belleza de su piel, que es traslúcida y opalina, como un huevo iluminado desde adentro por una llama imperecedera.

Y Baltasar…

Suenan los relojes de las plazas en estas jornadas de mayo y los tres amigos confesamos que nuestra máxima atracción son los relojes, admirarlos, coleccionarlos y sentirnos por ello dueños del tiempo, o por lo menos del misterio del tiempo, que es sólo la posibilidad de imaginarlo corriendo hacia atrás y no hacia adelante, o acelerando el encuentro con el futuro, hasta disolver esa noción y hacerlo todo presente: el pasado que no sólo recordamos, sino que debemos imaginar, tanto como el futuro, para que ambos tengan sentido. ¿Dónde? Sólo aquí, hoy, nos decimos, sin palabras, cuando admiramos las joyas que Dorrego va reuniendo gracias al dinero de su padre: un reloj de carroza con cubierta de vidrio ovalado, un reloj de anillo, un reloj en cajita de rapé… Yo tengo mi propia pieza maestra, heredada quién sabe cómo por mi padre, quien nunca se deshizo de ella. Es un reloj de Calvario en el que la cruz preside toda la maquinaria, y marca, como un recordatorio, las horas de la pasión y muerte de Cristo.

“Ciudadanos —exclama Dorrego cuando me embeleso con mi reloj religioso—. Recuerda que ahora somos ciudadanos.” Y eso nos redujo y nos ligó también: nos llamamos, como grupo, “los ciudadanos”.

¿Y Baltasar?

Fue educado en la estancia de su padre por uno de esos preceptores jesuitas que, aunque expul­sados por el rey, lograron regresar con hábitos civiles a cumplir su misión obsesiva entre nosotros: enseñarnos que había una flora y una fauna americanas, montañas y ríos americanos, y sobre todo, una historia que no era española, sino argentina, o chilena, o mexicana…

El padre de Baltasar, don José Antonio Bustos, siempre ha estado del lado de la Corona contra los invasores ingleses y ahora contra Bonaparte en España. De allí su influencia para colocar a Baltasar, el estudiante de Derecho, en la Real Audiencia duran­te los juicios de residencia de los virreyes desa­creditados, Sobremonte y Liniers. El primero era acusado de irresponsabilidad y desidia en la defensa del puerto contra las invasiones inglesas de 1806 y 1807, habiendo huido del ataque britá­nico llevándose los fondos públicos y dejando que la defensa de Buenos Aires la encabezaran las milicias criollas. Éstas, al cabo, repelieron la fuerza inglesa y se armaron de un prestigio que, como una ola, había llegado a su cresta en estas jornadas revolucionarias de mayo. La ironía de estos procesos es que, primero, Liniers encabezó las milicias que derrotaron a los ingleses. Pero cuando los eventos se precipitaron hacia la independencia, Liniers no tuvo coraje, titubeó, quedó mal con todos (salvo, se decía, con su amante francesa, madame Perichon) y pasó de ser héroe de la reconquista, a paniaguado de la independencia.

Escuchando los cargos contra el antiguo héroe, mi amigo Baltasar, el joven pasante de Derecho, se imaginó por un momento dotado de una gloria y una posición exaltadas gracias a la novedad y velocidad de los acontecimientos. Esto anotó entonces en un papel que más tarde me hizo llegar, en un momento de nuestra larga e imprevisible amistad: “Como a Liniers se le juzga en ausencia, tengo que imaginarlo sentado allí, con una peluca a medio polvear, enérgico un día, pusilánime al siguiente. Por lo visto, basta una excepción para despojar al héroe de su crédito y sentarlo en el banquillo del juicio. Sabes, Varela, imagino que por los ojos de Liniers pasa una flama fugaz. La veo pasar y me pregunto si no estaremos nosotros, los tres amigos del Café de Malcos, a la altura de las circunstancias. Vivo intensamente estas jornadas pero temo que nuestro destino sea también una gloria azarosa, disipada por la fugacidad de nuestros espíritus. Escribo nuestros tres nombres. Él, Xavier Dorrego. Tú, Manuel Varela. Y yo, Baltasar Bustos. Puedo darle un origen a nuestros nombres. Aún no puedo darles un destino. Y pensando en la suerte de Liniers, héroe un día, traidor al siguiente, quiero evitar esa desviación del destino pero me pregunto siempre si lo más que podemos esperar es saber que tuvimos un destino y aceptar que no pudimos dominarlo… ¿No sería ésta la suerte más triste de todas?”

Yo recibía estas notas de mi amigo y lo imaginaba cumpliendo, con loable paciencia, sus funciones de escribiente en los juicios de los virreyes.

Lo que yo no sabía era que Baltasar ensayaba meticulosamente una serie de movimientos. Permanecía en la sala de sesiones del juzgado hasta el final de la audiencia, fingiendo que arreglaba papeles.

Presidía las sesiones un hombre seco, envejecido y cínico, el Marqués de Cabra. Ni siquiera le dirigía la mirada al escribiente Baltasar, pero éste sí que se fijaba en el presidente de la Audiencia, lo adivinaba, le marcaba el tiempo y sobre todo, como se verá, lo envidiaba…

Baltasar continuaba escribiendo cuando la audiencia de ese día ya había terminado. Al pedírsele que abandonara la sala, se excusaba, atareado, y salía por una pequeña puerta, dando a entender en silencio, con gestos, que conocía como el que más los reglamentos del tribunal. Las puertas princi­pales estaban cerradas ya; le correspondía salir por los pasillos y la puerta trasera.

Avanzó por uno de los corredores con el ritmo ruidoso de sus zapatos de hebilla dorada y tacón alto, apretando las fojas contra la pechera de la camisa de holanda y espolvoreando entre las colas del levitón las migajas acumuladas en el regazo del pantalón de nanquín, restos de un panecillo comido a hurtadillas. Con igual sigilo, en vez de abandonar el edificio entró a la biblioteca despoblada a esta hora, y allí esperó con paciencia, escondido entre las estanterías, a que las luces se apagasen. Su padre le había dado el secreto; detrás de los gruesos volúmenes que reunían las obras de la patrística cristiana se hallaba un pasaje secreto que permitía a los presidentes de la Audiencia pasar con sigilo y sin molestias a sus habitaciones privadas. Eran secretos que, con un guiño paternal, se relacionaban con antiguos devaneos del hoy viejo y retirado estanciero.

Esperó aún media hora y apoyó con fuerza el dedo índice contra el cuarto tomo de la Summa teológica de Santo Tomás. Entonces el estante se apartó lentamente y en silencio, pues los goznes, notó Baltasar, permanecían siempre perfectamente acei­tados. El pasaje conducía a un patio sombreado por duraznos. Pero era una enredadera parda y empol­vada la que le permitía a un hombre ágil subir del patio al balcón. Era como si la hiedra invitase a un cuerpo joven a celebrar, trepándola, el arribo de mayo y la despedida de los calores húmedos, insufribles, del verano rioplatense, que ciñen las ropas a las carnes como una segunda piel pegajosa e indeseable.

Ahora, en cambio, una brisa fresca, con su punta de frío, llegaba desde el Plata, como si quisiese enfriar los ánimos ardientes de la ciudad revolucionaria, ella misma rejuvenecida por la rapidez con que se sucedían los acontecimientos. El 13 de mayo, un barco inglés (¡siempre los anglosajones!) trajo la noticia: los franceses habían ocupado Sevilla; Napoleón era dueño no sólo del poder político, sino del poder económico de España. No había España. No había Fernando VII ¿Qué harían las colonias americanas de España? Pues el virreinato argentino tenía un poder único, que era el de las milicias forjadas para derrotar las invasiones inglesas y sustituir la inepcia virreinal: orilleros, abajeños, patricios, se llamaban estos regimientos, que el 20 de mayo le retiraron el apoyo al virrey, Hidalgo de Cisneros, diciéndole: “Usted ya no representa nada”, y se lo dieron al jefe militar Cornelio de Saavedra, comandante de los patricios. El 21 de mayo, el aliado de Saavedra, un fogoso orador jacobino llamado Juan José Castelli, se presentó en la Plaza Mayor con seiscientos hombres encapotados y bien armados, a los que la gente llamó “la legión infernal”, y obligaron al virrey a celebrar un cabildo abierto donde Baltasar Bustos vitoreó con delirio el discurso de Castelli…

—Su verbo es alucinante, su ademán intrépido y su espíritu osado —comentó nuestro amigo esa noche en la tertulia del Café de Malcos—. Y su mensaje es de una claridad meridiana. Ya no hay poder soberano en España. En consecuencia, la soberanía revierte al pueblo. A nosotros. ¡Castelli es la encarnación criolla de Rousseau!

—No —me atreví a interrumpir su entusiasmo—, la idea es de Francisco Suárez, un teólogo jesuita. Busca detrás de cada novedad una antigüedad, aunque sea católica, española y nos duela.

Sonreí diciendo esto; no quería herir la sensibilidad ilustrada de mi amigo. Pero esa noche nada podía disminuir su entusiasmo, más que político, filosófico.

—Saavedra ha pedido todo el poder para el cabildo. Castelli exige elecciones populares. ¿Qué vamos a hacer nosotros?

—¿Qué pides tú? —intervino nuestro tercer amigo, Xavier Dorrego.

—La igualdad —dijo Baltasar.

—¿Sin libertad? —comenzó a argumentar, según su costumbre, Dorrego.

—Sí, porque podemos quedarnos proclamando la libertad sin acabar nunca con la desigualdad. Entonces, la revolución fracasará. ¡La igualdad ante todo!

Baltasar Bustos iba repitiendo su propia frase cuando se detuvo, por un instante, en el centro del patio residencial de la Audiencia de Buenos Aires, frente al emparrado que ascendía al balcón matrimonial del presidente y su esposa. La puerta del ala de servicio se abrió entonces y las manos negras le ofrecieron el bulto vivo, dormido, aunque tibio y palpitante.

—No entiendo por qué se hace usted la vida tan difícil, señorito —le dijo la voz de la mujer negra—. Con lo fácil que hubiera sido entrar por la puerta de servicio y tomar a…

La mujer sollozó, y Baltasar, con el niño en brazos, se acercó a la trepadora. Lo que iba a hacer no era fácil para un hombre robusto, sobrado de peso y además miope como Baltasar Bustos. Pues si la hiedra invitaba a subir y celebrar el fresco de mayo a un cuerpo joven, éste de mi amigo Baltasar, a los veinticuatro años, era un cuerpo de vida sedentaria, de lecturas febriles, voluntariosamente ajeno a la acción, soberbiamente altanero respecto de la vida de campo que de niño fue la suya y que continuaban viviendo su padre y su hermana en la pampa. Bustos, en otras palabras, se había cultivado un fí­sico que él concebía urbano, civilizado, intelectual y rebelde, todo a la vez y en contra de las costumbres bárbaras del campo, la Colonia, la Iglesia y España. Admitió con ironía que no era, sin embargo, un físico apropiado para hacer lo que estaba haciendo: trepar por una enredadera poco después de la medianoche con un bulto en brazos. Se veía, en otras palabras, citadino pero poco romántico. Baltasar se llevó el niño al pecho con una mezcla de cautela, orgullo y cariño, e inició su asalto sigiloso.

Apenas puso pie en los primeros nudos de la trepadora se dio cuenta de que si nadie había notado sus previas exploraciones del terreno, era porque nadie imaginaba siquiera una audacia comparable a la que él estaba acometiendo; nadie se acercaba a la planta para ver si alguien, la noche anterior, había subido por ella. La hiedra se movía sola, no necesitaba estar acompañada ni vigilada. Se cuidaban las pelusas, se podaban los duraznos. No se inspeccionaba la enredadera, abandonada a su resequedad polvosa para delatar, sin embargo, exactamente lo que Baltasar Bustos hacía la noche del 24 de mayo de 1810: trepar al balcón de la esposa del presidente de la Real Audiencia de Buenos Aires, con un niño negro en brazos, entrar a la recámara de la presidenta, acercarse a la cuna y sustituir al niño blanco, recién nacido, hijo del presidente y su esposa, por este niño negro, recién llegado al mundo también, pero a otro mundo, de cocinas, azotes e injurias.

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2.

La noticia del parto de Ofelia Salamanca, esposa del presidente de la Real Audiencia instalada en Buenos Aires para instruir las acusaciones contra los anteriores virreyes, se perdió en medio de las agitaciones de ese mes de mayo porteño. Cuando el barco inglés llegó con la noticia de la pérdida de Sevilla, tres siglos de costumbres, de fidelidad a la corona española, de sujeción a los movimientos comerciales determinados, precisamente, desde Sevilla y su Casa de Contratación, quedaron suspendidos por un instante en el asombro, antes de derrumbarse al siguiente: si no había monarquía española en España, ¿podía haber independencia americana en América?

Nació el niño, pues, sin pena ni gloria, aunque sí con visibles congojas de la presidenta, Ofelia Sa­lamanca, quien le reprochaba a su marido, el Marqués de Cabra, haberla traído desde la capitanía general de Chile, donde ella tenía sus comodidades, sus criadas mestizas y sus parteras indias, para entregarla a manos de esta servidumbre negra de Buenos Aires, después de un viaje de cerca de dos meses entre Santiago y el Río de la Plata.

—Y todo para juzgar tardíamente a dos virreyes que ya han sido condenados por su incompetencia para mantener el orden —le recriminaba Ofelia Salamanca a su marido el marqués, quien, nacido Leocadio Cabra, debió admitir que su mujer, bella, independiente y chilena, retuviese su nombre de soltera:

—Primero, querido, porque hay que empezar a defender el derecho de las mujeres a tener su propio nombre y por ende su propia personalidad; segundo, porque si me llamo como tú, acabarán por llamarme la Cabrona.

—¡Chilena tenías que ser! —exclamaba exasperado el marqués su marido—. No te hagas ilusiones: Salamanca es el nombre de tu padre, no el tuyo, y fue el nombre de tu abuelo, insensata. No podéis escapar al nombre de un hombre, bobitas.

—Nadie se ha llamado Ofelia Salamanca más que yo —decía entonces con orgullo la hermosa criolla chilena, a la cual Baltasar Bustos vio por vez primera desnuda entre las cortinas vaporosas de la recámara que sólo eran el primer velo de un universo ofuscado por sucesivas cegueras de gasa: drapeados permanentes del toldo de la cama de baldaquines, así como los mosquiteros del verano que la servidumbre había descuidado de quitar; las telas transparentes que velaban el tocador donde Ofelia Salamanca, desnuda, se sentaba frente al espejo, ofreciendo a los ojos cegatones pero deslumbrados de Baltasar Bustos la figura de un huso horario, una guitarra blanca, dándole la espalda pero deslumbrándolo con la perfección rotunda de las nalgas perfectamente firmes, frutos gemelos de una cintura aún más firme y esbelta, como si pudiesen coexistir en un solo ser humano, no muchas, sino esas únicas perfecciones: el talle juncal y las nalgas redondas, suaves, pero firmes también, menos que el talle, pero sin un solo poro que no exhalase perfume, sí, pero también integridad, fusión perfecta, sin reblandecimientos, de esas nalgas, gemelas carnales de la luna. ¡Y pensar que había parido apenas siete semanas antes!

Se polveaba sola, sin ayuda de recamareras, y el polvo impedía ver bien sus pechos, de manera que Baltasar Bustos se enamoró de la espalda, el talle y las nalgas. Del perfil también, pues Ofelia Sa­lamanca, al polvearse los pechos, ofrecía continuamente medio rostro a la contemplación embelesada del joven porteño, perfecto lector de ideales lejanos, que en la perfección clásica de la frente despejada, la nariz recta y los labios llenos de Ofelia Salamanca quería ver una turbulencia romántica que se empeñaban en negar, también, la barbilla ovalada y el largo cuello de cisne. Era como ver a Leda en plena metamorfosis, pues el polvo de arroz era un cisne que la envolvía, la poseía y la alejaba de la mirada de su adorador, convirtiéndola, precisamente, en lo que él más anhelaba: un ideal inalcanzable, una esposa pura de puro deseo, intocada.

Sus lecturas apasionadas de Rousseau se mezclaron con las enseñanzas frías de la patrística, pues si el héroe intelectual de Baltasar Bustos, que era el ciudadano de Ginebra, nos pedía abandonarnos a nuestra pasión a fin de recuperar nuestra alma, el santo Crisóstomo condenaba los amores ideales que jamás se consumaban, porque así se inflamaban más las pasiones.

El santo sabía que, logrado el objetivo carnal, la costumbre acaba por enfriar cualquier pasión. La distancia entre el balcón desde donde Baltasar espiaba, deseaba y entraba en conflicto con sus propios sentimientos, y el objeto rotundo de sus deseos, envuelto en gasas y polvos con los que se mostraba en intimidad mucho mayor que con él, lejano testigo de la inalcanzable belleza de Ofelia la presidenta, sólo lograba, era cierto, acrecentar la pasión.

Ésa fue la primera vez que la vio, espiando desde el balcón, ensayando su acto de voluntad para la justicia.

La segunda, estaba acompañada de su marido el Marqués de Cabra, quien se paseaba impaciente por la recámara, apartando gasas, mientras ella se vestía sin ayuda, otra vez, de recamarera. Quizás el tenor de la conversación excluía testigos, pues el marqués se quejaba de que Ofelia no amamantase al niño recién nacido, lamentando que su hijo fuese entregado a una de esas nodrizas negras de Buenos Aires. Echaba de menos a Chile y sus indios; el Río de la Plata estaba lleno de negros; casi la mitad de la población.

—No quisiera que nuestro hijo creciera entre negros —dijo el viejo criollo encumbrado por su devoción a la Corona.

—No te preocupes —le contestó Ofelia Salamanca—, los niños negros no van a la escuela con niños blancos, ni aquí ni en ninguna parte. En Catamarca, hace poco, un mulato fue azotado al descubrirse que había aprendido, en secreto, a leer y escribir.

El marqués, que parecía hecho de porcelana, le dijo a su esposa:

—Si quieres que alimente tu reprobable deseo de novedades y de horrores, que suelen ser la misma cosa, te contaré, mi amiga, que hace dos meses aquí mismo en Buenos Aires se juzgó a una hetaira negra y enferma del mal francés por atreverse a tener un hijo. Para curarla de su enfermedad, su profesión y su maternidad, todo a la vez, se le condenó al azote público.

—Con lo cual, seguramente, dejó de ser puta y venérea —dijo Ofelia Salamanca con una fría sencillez, terminando su ajuar, más cerca esta segunda vez de la mirada de Baltasar Bustos, quien se empeñó, de todas maneras, en llevarse la visión beatífica de la primera ocasión. Al verlos juntos, se dio cuenta de que ella también era color de porcelana, como su marido.

Ofelia Salamanca vestía los trajes de la época napoleónica, sólo que se cubría celosamente los senos, en contra de la moda, y mostraba en cambio las piernas y el nacimiento de los glúteos. No fue esto lo que más excitó en esta segunda visión a Baltasar Bustos, sino un signo doble de su arreglo. El primero era el corte de pelo llamado “a la guillotina”, o sea rapado hasta el occipucio como para permitir el corte rápido de la cuchilla revolucionaria. El otro era el moño de satín delgado y rojo amarrado alrededor del cuello, semejante a un hilo de sangre lujosa, como si la guillotina ya hubiese cumplido su empeño.

Algo le dijo en voz baja Ofelia Salamanca a su marido; éste rió, contestándole:

—Paciencia, querida, haremos el amor cuando sofoquemos la revolución.

—Acaba pues de juzgar a tus virreyes pronto para que regresemos cuanto antes a Chile.

—Es muy difícil juzgarlos cuando el país entero los quiere matar. Aquí no hay un clima de justicia.

—Entonces comete una injusticia más, que no será la primera de tu carrera. Y vámonos.

—Estamos cómodos aquí y tú estás recién pa­rida. ¿Quieres viajar con el crío de dos meses?

—Podemos llevarnos a la nana.

—Es negra.

—Pero tiene leche. Es como viajar con una vaca. Además, este lugar me espanta. Odio vivir en el mismo lugar en que tú trabajas. Sentencias a prisión y muerte a demasiada gente.

—Cumplo con mi deber.

—Y a mí no me gustan los hombres débiles. No, sólo me quejo de dos cosas, Leocadio. Cargas demasiados fantasmas contigo. Y en Santiago, por lo menos, la Audiencia y la residencia no están bajo el mismo techo.

—Trataré de compensarte con un regalo, querida.

—Cualquier cosa menos flores. Las odio. Y piensa lo que gustes de mí.

—¿Qué quieres que haga? —dijo entonces su marido con impaciencia—. Me trajeron desde Chile para ser imparcial y estar limpio de influencias locales.

—Por Dios, me conozco de sobra tu refrán. Para los amigos, la justicia. Para los enemigos, la ley. Tienes razón. Hay una diferencia. Y yo me aburro.

—¿Qué te doy, pues, si no quieres flores?

—Ponle veinticinco velas encendidas alrededor de su cuna a mi hijo, una por cada año de su madre. A ver si así espantamos a los espantos.

—¿Mientras vivas?

Ella dijo que sí. —Qué lejos piensas. Mientras más vieja me haga, más miedo tendré.

—Pobre niño. ¿Y cuando te mueras?

—Las velas se apagarán de un solo golpe, Leocadio, y mi hijo será un hombre. Míralo.

Baltasar grabó en el alma estas conversaciones. Pero en esta tercera visita, la definitiva, los padres del niño no estaban allí, aunque las veinticinco velas rodeaban la cuna. Suplían a la nana negra, que le había entregado a Baltasar el niño negro en el patio.

Bustos, cegatón y jadeante, empujó los batientes y entró a la recámara. Obró con rapidez, colocó al niño negro en la cuna al lado del niño blanco. Los contempló juntos por unos segundos. Gracias a él, los dos eran hermanos fraternales en la fortuna. Pero sólo por un instante. Tomó al niño blanco y lo envolvió en los trapos del niño pobre. A éste, lo cobijó en los ropones de la alcurnia. Con el hijo de los marqueses en brazos salió de nuevo al balcón, ciego, tropezando, en el momento en que el niño —¿cuál de los dos?— comenzó a chillar. Pero los llantos fueron sofocados por el doblar de las campanas y el trueno de los cañones esta medianoche entre el 24 y el 25 de mayo de 1810.

Cuando los pies de Baltasar tocaron tierra, se cimbró la melena de bucles color miel que eran, junto con los ojos apasionadamente dulces y la nariz romana, los mejores rasgos de mi joven compañero.

Dominaba, sin embargo, la impresión de peso y miopía. ¿Cómo lo iba a amar esa mujer espléndida? Pues él la adoraba ya, a pesar de lo que hacía u, oscuramente, por lo que hacía: arrebatarle al hijo, el rival más temible, pero entregándose a la pasión que lo reclamaba, sin buscar explicaciones, convencido de que la pasión que no se atrapa por la cola y se sigue hasta el cabo, jamás volverá a mostrarnos su rostro y, en cambio, nos dejará un vacío eterno en el alma…

Las ramas lo arañaron. Los ropones del niño estaban cubiertos de polvo y hojas muertas. Las manos negras se aparecieron de nuevo, esta vez convulsas, por la puerta de servicio y Baltasar Bustos las siguió, les hizo entrega de su carga y dijo simplemente:

—Aquí está el otro niño. Denle su destino.

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3.

Él mismo tomó de regreso el camino de su invasión secreta, justiciera y, para algunos, criminal. Tampoco esta vez quiso salir por la puerta de servicio, pues ahora temió saber adónde se llevarían las negras al hijo de Ofelia Salamanca. También esta vez quiso hacerse la vida difícil, como le dijo la nana negra. Se introdujo de vuelta en la biblioteca y allí se durmió, sin enterarse de que toda la noche el debate en el cabildo había enfrentado a la clase superior de mercaderes criollos y administradores españoles contra los abogados, los doctores, los militares y los filósofos como él, aunque él no había sido designado para representar la voluntad general de la asamblea, había hecho algo mejor: llevó a la práctica las ideas revolucionarias; hizo realmente lo que tanto había proclamado (y, a veces, declamado) desde las mesas del Café de Malcos, que era el centro de nuestras reuniones y de las más agitadas discusiones políticas y filosóficas en el Buenos Aires de principios del siglo XIX.

Era allí donde los tres amigos —Baltasar Bustos, hijo de estancieros de la pampa; Xavier Dorrego, hijo de comerciantes porteños; y yo, Manuel Varela, que de mi padre heredé la profesión y el gusto por la imprenta, ejerciéndola en el Hospital de Expósitos— saboreábamos las ideas entre bollos y choco­late humeante. Nos sabíamos, los tres, ciudadanos de una ciudad cuyas fortunas portuarias se fundaban, casi todas, en el contrabando de negros, de cueros, de hierro; los primeros, se decía “se pierden” en el camino y reaparecen en las dársenas, los zaguanes, los molinos, los mercados; el hierro se importa de Francia porque aquí no hay industria, ni hay minas como en México y Perú: aquí sólo hay fraude; y lo que sí abunda es el cuero, la lana, la cecina y el sebo, pero según cuotas dictadas en Madrid, de manera que hasta lo explotable es contrabandeable en Buenos Aires. Pero de las fortunas no se habla, hay que quejarse y hacerse pasar por los pobretones de América, para no revelar el origen fraudulento de la riqueza. Y la falta de educación casi nos permite dar gato por liebre, pues la Corona prohíbe que haya universidad en un puerto de canjes continuos, donde las ideas circulan rápidamente. Los tres amigos somos por ello autodidactas, pero participamos de un mismo idilio político, que se llama felicidad, o progreso, o soberanía popular, o leyes acordes con la naturaleza humana.

Discutimos mucho, al calor de los acontecimientos y la toma de posiciones. Alrededor de nosotros, en las mesas de mármol del café, se habla sobre todo de las opciones políticas a partir de la invasión napoleónica de España. Los partidos se dividen, unos defienden la fidelidad a la monarquía española; otros dicen que ya no hay tal cosa; éstos hablan de la independencia de hecho pero disfrazada con la “máscara fernandina”, la lealtad formal a Fernando VII, secuestrado por Bonaparte; aquéllos apoyan las pretensiones de la Carlota, la infanta española hermana de Fernando VII e hija de Carlos IV, refugiada en Brasil con su marido Juan VI de Portugal y capaz de gobernarnos mientras dura el cautiverio bonapartista de su hermano…

Bustos, Varela, Dorrego —los tres amigos estamos por encima de estas sutilezas políticas y contubernios dinásticos; nosotros hablamos de las ideas que perduran en la stoa, no de la lid pasajera de la polis—. Dorrego es voltaireano, cree en la razón, pero sólo se la concede a una minoría iluminada capaz de conducir a la masa hacia la felicidad; Bustos es rousseauniano, cree en la pasión que nos lleva a recuperar la verdad natural y a reunir, como en un haz, las leyes de la naturaleza y las de la revolución. Son dos caras del siglo XVIII. Hay una más, la mía, la de Manuel Varela el impresor, que es la máscara sonriente de Diderot, la convicción de que todo cambia constantemente y nos ofrece, en cada momento de la existencia, un repertorio de donde escoger. Las partes de libertad de esa posibilidad de elegir son iguales a las partes de la necesidad. Es necesario un compromiso. Sonrío un poco, con cari­ño, escuchando a mis más dogmáticos y apasionados amigos. Seré un narrador de estos sucesos. Baltasar me necesitará; hay en él una cándida ternura, una pasión vulnerable que requiere la mano de un amigo. Dorrego, en cambio, es tan insistente y cerrado como su maestro Voltaire y nada le pro­voca más desprecio que las noticias de que en México y en Chile hay párrocos que comparten nuestras ideas, promueven seminarios, publican diarios revolucionarios. Su lema anticlerical es el de Voltaire: “Ecrazes l’infame!”

Es decir, que el Café de Malcos era nuestra universidad y en él circulaban, ahora ya por encima y no debajo de los manteles, La nueva Eloísa y El contrato social, El espíritu de las leyes y el Cándido. Allí, todos estos textos eran leídos y discutidos, precisamente, por los jóvenes que ahora se enfrentaban a la administración española y a los conservadores argentinos.

—¡En el cabildo se ha hablado de la voluntad general de los pueblos!

—¡Hubieran visto la cara de los españoles!

—Uno incluso dijo: ¡en un cabildo español no se dicen esas majader

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