1
Rabinal, Guatemala, 1537
Después de medianoche fray Bartolomé de las Casas seguía en su estudio alumbrado con velas en la misión maya de Rabinal. Antes de acostarse tenía que escribir la entrega diaria de su informe para el obispo Marroquín. Convencer a la jerarquía eclesiástica del éxito de las misiones dominicas en Guatemala solo sería posible si el trabajo estaba bien documentado. Se quitó la túnica negra y la colgó de un perchero junto a la puerta. Se quedó un momento escuchando los sonidos nocturnos: el suave arrullo de los pájaros y el chirrido de los insectos en medio del silencio.
Se acercó al armario de madera de la pared, lo abrió y sacó el preciado libro. Kukulcán, un hombre de linaje real famoso por sus grandes conocimientos, había llevado a fray Bartolomé ese y otros dos libros para que los examinara. De las Casas dejó el libro sobre la mesa. Había estado estudiándolo durante meses, y el trabajo de esa noche iba a ser importante. Colocó una hoja de pergamino sobre la mesa y abrió el maravilloso libro.
La página en cuestión se dividía en varias partes. Había unos dibujos de seis criaturas fantásticas de aspecto humano que suponía eran deidades, sentadas y mirando a la izquierda, y seis columnas verticales con complejos símbolos escritos debajo, que según le había dicho Kukulcán era la escritura maya. Las páginas eran de un blanco inmaculado, y los dibujos estaban hechos en color rojo, verde y amarillo, con algún que otro toque de azul. La escritura era negra. Fray De las Casas sacó punta a su pluma para hacerla lo más fina posible, dividió la hoja en seis columnas verticales y empezó a copiar los símbolos. Era una tarea difícil y laboriosa, pero la consideraba parte de su trabajo. Era tan consustancial a su vocación dominica como su ropa: el hábito blanco que representaba la pureza y la túnica negra de encima que representaba la penitencia. No tenía ni idea de lo que significaban los símbolos ni los nombres de las deidades míticas, pero sabía que las imágenes contenían unos profundos conocimientos que la Iglesia necesitaría para entender a sus nuevos conversos.
Para De las Casas, ocuparse de la delicada y paciente conversión de los indios mayas era un deber personal, una penitencia. Bartolomé de las Casas no había ido al Nuevo Mundo en son de paz. Había ido armado con una espada. En 1502 había zarpado de España a La Española con el gobernador Nicolás de Ovando y había aceptado una encomienda, una tierra conquistada, y el derecho a esclavizar a todos los indios que hallase en ella. En 1513, después de una década de crueldad por parte de los conquistadores, y tras haber sido ordenado sacerdote, participó en la conquista de los indios de Cuba, al mismo tiempo que aceptaba otra concesión real de tierra e indios como parte del botín. Al pensar ahora en su juventud le mortificaban la vergüenza y los remordimientos.
Cuando por fin reconoció que había incurrido en un grave pecado, inició su programa personal de arrepentimiento y reforma. De las Casas siempre recordaría el día de 1514 en que había dado la cara y había denunciado sus acciones pasadas y había devuelto sus esclavos indios al gobernador. Recordar aquel día era como tocar la cicatriz de una vieja quemadura. Después había regresado a España para reclamar a los poderosos la protección de los indios. De eso hacía veintitrés años, y desde entonces trabajaba sin descanso, dedicando sus escritos y sus esfuerzos a compensar las injusticias que había cometido y tolerado.
Trabajó varias horas hasta que hubo terminado la página. Colocó la copia en el fondo de una caja de sermones con el resto de las páginas que ya había copiado. La llama de la vela parpadeó mientras el fraile se movía por la pequeña estancia. Dispuso otra hoja en blanco sobre la mesa, esperó a que la vela se quedase quieta y volviese a desprender una llama amarilla continua, y acto seguido emprendió la siguiente tarea. Mojó la pluma en el tintero y empezó por la fecha: 23 de febrero de 1537. Entonces detuvo la pluma, suspendida sobre el papel.
Oyó unos sonidos que le resultaban familiares y lo enfadaron en el acto. Oyó pies de soldados que marchaban en un pelotón, botas que pisaban la tierra mojada, espuelas que hacían ruido metálico y empuñaduras de espadas que tintineaban al chocar contra el acero de la parte inferior de las corazas.
—No —murmuró—. Otra vez, no, Señor. Aquí, no.
Era una violación, una felonía. El gobernador Maldonado había roto su promesa. Si los frailes dominicos conseguían apaciguar y convertir a los indígenas, no habría colonizadores que vinieran a reclamar sus encomiendas... y, por encima de todo, no habría soldados. Los soldados que no habían podido conquistar a los indios de aquellas regiones luchando contra ellos no debían llegar y esclavizarlos ahora que los frailes habían entablado amistad con ellos.
De las Casas se puso la túnica negra, abrió la puerta de golpe y echó a correr por la larga galería, taconeando con sus sandalias de piel sobre el enladrillado. Vio la tropa de soldados de caballería españoles, armados para la batalla con espadas y lanzas, con sus corazas y morriones de acero de Toledo relucientes a la luz de la hoguera que estaban haciendo en la plaza de enfrente de la iglesia.
De las Casas corrió hacia ellos agitando los brazos y gritando:
—¿Qué estáis haciendo? ¿Cómo osáis encender fuego en medio de la plaza de la misión? ¡Los tejados de estos edificios son de paja!
Los soldados lo vieron y lo oyeron, y dos o tres se inclinaron educadamente ante él, pero eran guerreros profesionales, conquistadores, y sabían que discutir con el jefe de una misión dominica no les iba a granjear más riqueza ni más poder.
Cuando el fraile arremetió contra ellos, se apartaron o retrocedieron un paso, pero no se enfrentaron a él.
—¿Dónde está vuestro comandante? —preguntó—. Soy el padre Bartolomé de las Casas. —Casi nunca empleaba su título sacerdotal, pero después de todo era un sacerdote, el primero ordenado en el Nuevo Mundo—. Exijo ver a vuestro comandante.
La pareja más cercana se volvió en dirección a un hombre alto de barba morena. De las Casas se fijó en que la armadura de ese hombre era un poco más elaborada que la de los otros hombres. Tenía filigranas grabadas en la superficie, con incrustaciones de oro.
Cuando De las Casas se acercó, el hombre gritó: «En filas», y sus hombres formaron cuatro filas de cara a él. De las Casas se situó entre él y los soldados.
—¿Qué hacen sus soldados irrumpiendo en una misión dominica en plena noche? ¿Qué pintan aquí?
El hombre lo miró con aire cansado.
—Tenemos un trabajo que hacer, fraile. Quéjese al gobernador.
—Él me prometió que nunca vendrían soldados.
—Eso sería antes de que se enterase de lo de los libros del diablo.
—El diablo no tiene nada que ver con los libros, idiota. No tienen derecho a estar aquí.
—Pero aquí estamos. En esta misión se han visto libros paganos, y se ha dado parte a fray Toribio de Benavente, quien ha pedido ayuda al gobernador.
—¿Benavente? Él no tiene autoridad sobre nosotros. Ni siquiera es dominico. Es un franciscano.
—Las disputas internas son asunto suyo. El mío es encontrar y destruir los libros diabólicos.
—No son diabólicos. Contienen los conocimientos de esta gente y toda la información existente sobre ellos, sus antepasados, sus vecinos, su filosofía, su idioma y su cosmología. Han vivido aquí durante miles de años, y sus libros son un regalo para el futuro. Nos revelan cosas que no podríamos saber de otra forma.
—Está mal informado, fraile. No aparecen más que dibujos y símbolos de los diablos y demonios que idolatran.
—Estas personas están convirtiéndose, de una en una y voluntariamente. No como lo hacen los franciscanos, bautizando a diez mil personas a la vez. Los antiguos dioses mayas han sido reducidos a simples símbolos. Hemos logrado grandes progresos en poco tiempo. No echen por tierra todo el trabajo que hemos hecho demostrándoles que somos unos salvajes.
—¿Nosotros? ¿Salvajes?
—Sí, salvajes: personas que destruyen obras de arte, queman libros, matan a gente que no entienden y esclavizan a sus hijos.
El comandante se volvió hacia sus hombres.
—Quitádmelo de delante.
Tres soldados agarraron a De las Casas y se lo llevaron de la plaza lo más delicadamente posible.
—Por favor, padre, se lo ruego —dijo uno de ellos—. No se acerque al comandante. Tiene órdenes y prefiere morir a desobedecer.
Se apartaron de él, se volvieron y regresaron corriendo a la plaza.
De las Casas miró por última vez a los soldados que preparaban la gran hoguera. Los soldados que corrían de acá para allá, haciendo pedazos cualquier cosa hecha de madera y lanzándola a las brillantes llamas que se elevaban en el cielo por encima de ellos, tenían un aspecto más demoníaco que cualquiera de las deidades representadas en los libros mayas. El fraile se volvió y avanzó por detrás de los edificios de adobe de la misión, manteniéndose en lugares oscuros y protegidos. En el linde del terreno despejado, se internó en un sendero de la selva. El follaje se volvió tan denso alrededor del camino que parecía que avanzaba por una cueva. El sendero descendía hacia el río.
Cuando De las Casas llegó al río, vio que muchos de los indios habían salido de sus chozas y que habían encendido fuego. Se habían enterado de la llegada de los soldados extranjeros y se habían reunido en el centro de su pueblo para debatir qué hacer. El fraile se dirigió a ellos en quiché, el idioma de los mayas de la región.
—Soy yo, el hermano Bartolomé —anunció—. Han venido soldados a la misión.
Vio a Kukulcán, que permanecía sentado en la puerta de su choza. Había sido un jefe importante en Cobán antes de decidirse a acudir a la misión. Los demás lo miraban en busca de orientación.
—Los hemos visto —dijo—. ¿Qué quieren? ¿Oro? ¿Esclavos?
—Han venido a por libros. Ellos no los entienden, y alguien les ha dicho que los libros mayas tratan del mal y de la magia. Han venido a buscar todos los libros que tengáis para destruirlos.
Hubo murmullos y expresiones de consternación. Al grupo le resultaba totalmente incomprensible la noticia, como si alguien hubiera venido a talar los árboles, secar los ríos o tapar el sol. Les parecía un acto de pura malicia con el que los soldados no podían sacar nada bueno.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Kukulcán—. ¿Luchar?
—Lo único que podemos hacer es intentar salvar algunos libros: elegir los más importantes y llevárnoslos de aquí.
Kukulcán hizo señas a su hijo, Tepeu, un hombre de unos treinta años que había sido un guerrero respetado. Hablaron en rápidos susurros. Tepeu asintió con la cabeza.
—No hay duda —dijo Kukulcán a De las Casas—. Tiene que ser el que te llevé a la misión para enseñártelo. Ese vale por todos los demás.
De las Casas se volvió y se dirigió al sendero de la jungla. De repente, Tepeu apareció a su lado.
—Tenemos que recorrer el sendero antes de que lo encuentren —dijo Tepeu—. Intente no quedarse atrás.
Acto seguido echó a correr.
Tepeu corrió por el sendero como si pudiera ver a oscuras, y al distinguir su silueta delante de él De las Casas pudo moverse más rápido. Ascendieron hacia la misión a toda velocidad. Cuando llegaron al nivel del suelo, el fraile vio que una fila de hombres avanzaba por el camino principal hacia el poblado indio.
De las Casas no necesitaba ver a los soldados. Él mismo había participado en el exterminio de los taínos en La Española y podía imaginarse perfectamente lo que estaban haciendo. El primer destacamento de soldados irrumpió en una choza. Un minuto más tarde, uno de ellos salió con un libro maya en las manos. Oyó a un hombre decir en ch’olan:
—¡Lo salvé de la ciudad de Copán!
Un arcabuzazo sacudió el suelo, y una bandada de loros alzó el vuelo de un árbol alto batiendo las alas y chillando con frenesí. El hombre yacía muerto delante de su choza.
Mientras De las Casas y Tepeu recorrían con sigilo la zona tenuemente iluminada situada detrás de la misión, el fraile pensó en la familia de Tepeu. Kukulcán había sido un sumo sacerdote, un sabio. Su familia era de la realeza. Cuando el último gobernante había muerto a causa de una enfermedad, lo habían elegido a él para que mandase. Él y Tepeu habían renunciado a sus recargadas vestiduras con plumas cuando abandonaron su hogar, pero Tepeu llevaba las orejeras, los brazaletes y el collar de cuentas de jade verde oscuro que solo podían lucir los aristócratas mayas.
Avanzaron corriendo junto a la parte trasera de los edificios hacia las dependencias de los dominicos, y vieron que los soldados volvían de registrar la colección de objetos indígenas de la misión. Llevaban los brazos cargados de libros, artículos ceremoniales y tallas a la hoguera.
Los libros mayas eran largas tiras dobladas hechas de la corteza interior de la higuera silvestre. La superficie destinada a la escritura se pintaba con una fina capa de estuco blanco, y las pinturas se hacían con pigmentos autóctonos. Los soldados tiraron los libros que habían encontrado a las llamas. Los antiguos estaban más secos y prendieron enseguida —un destello de luz—, y luego cincuenta o cien páginas que se habían preservado durante siglos se perdieron para siempre. De las Casas sabía que esos libros podían tratar de cualquier cosa. Kukulcán le había contado que tenían tratados matemáticos, observaciones astronómicas, ubicaciones de ciudades perdidas, idiomas olvidados, crónicas de reyes, que se remontaban mil años atrás. En un instante, toda la información, laboriosamente escrita y dibujada a mano, quedó reducida a chispas y humo que se elevó en el cielo nocturno.
Tepeu era rápido y se movía con gran destreza en la oscuridad. Abrió la gran puerta de madera de la iglesia lo justo para poder colarse. De las Casas contaba con la ventaja de la túnica negra dominica, que carecía de forma y era más oscura que las sombras. Momentos más tarde, el fraile lo alcanzó en la iglesia.
Condujo a Tepeu por el pasillo de la iglesia hacia el altar y luego a la derecha. Había una puerta que daba a la sacristía. A la tenue luz de la luna que entraba por los ventanales, pasaron junto al alba y la casulla colgados de unos ganchos clavados en la pared, y el baúl de madera donde se guardaban el resto de vestiduras para protegerlas de la constante humedad de la selva guatemalteca. Hizo salir a Tepeu por la pequeña puerta que había al otro lado de la estancia.
Salieron de la iglesia hacia la larga galería techada de las dependencias de los dominicos. Recorrieron descalzos el pasillo de ladrillo para no hacer ruido con las sandalias. Al final de la galería, entraron en el estudio de De las Casas. Tepeu se acercó a la sencilla mesa, donde vio el libro. Lo recogió con cuidado y lo miró con tal devoción que parecía que estuviera saludando a una persona viva, alguien a quien había temido perder.
Tepeu inspeccionó la habitación. De las Casas poseía una vasija indígena decorada con pinturas que representaban las actividades diarias de un rey maya. El fraile tenía el lateral girado hacia fuera de manera que se vieran las abluciones diarias del monarca y no el lado en el que aparecía perforándose la lengua a modo de sacrificio. La vasija contenía la reserva de agua fresca del religioso y estaba atada con una especie de correa que el monaguillo indio empleaba para asirla.
Tepeu echó el resto del agua en la palangana de De las Casas y a continuación secó el interior de la vasija con un paño. Metió el preciado libro dentro de la vasija.
De las Casas se acercó al armario de la pared en el que guardaba varios proyectos literarios en los que estaba trabajando. Cogió otros dos libros mayas y se los dio a Tepeu.
—Debemos salvar todos los que podamos.
—No cabrán —dijo Tepeu—. El primero vale por cien de estos.
—El resto desaparecerá para siempre.
—Me llevaré el libro a un sitio donde los soldados no podrán encontrarlo nunca —dijo Tepeu.
—No dejes que te cojan. Creen que lo que llevas son mensajes del diablo.
—Lo sé, padre —asintió Tepeu—. Deme su bendición.
Se arrodilló.
De las Casas posó la mano en la cabeza de Tepeu y dijo en latín:
—Señor, que la virtud de este hombre sea suficiente. No quiere nada para sí, solo ser el protector de la sabiduría de su pueblo para las futuras generaciones. Amén.
Se volvió y se encaminó al armario, y volvió con tres monedas de oro. Se las dio a Tepeu.
—Esto es todo lo que tengo. Utilízalo para conseguir lo que necesites en el viaje.
—Gracias, padre.
Tepeu se dirigió a la puerta.
—Espera. No salgas todavía. Los oigo.
De las Casas se acercó a la puerta y salió. Olía fuerte a quemado, y podía oír los gritos procedentes del pueblo y el río. Permaneció de espaldas a la puerta mientras un pelotón de soldados se abría paso a empujones entre tres monjes dominicos que intentaban impedir que accediesen en la misión. Cuatro soldados entraron en una despensa al fondo del pasillo para registrarla.
De las Casas alargó la mano por detrás de él, giró el pomo y abrió la puerta de su estudio. Solo alcanzó a vislumbrar a Tepeu cuando estaba escapando. Llevaba la vasija de agua a la espalda, con la correa alrededor de la cintura y un mecapal en la frente de manera que gran parte del peso de la vasija reposara en esa parte. Cruzó el claro y se internó entre los árboles corriendo, pero solo se le vio unos segundos, y no se le oyó en absoluto.
2
Cerca de isla Guadalupe, México, en la actualidad
Miles de peces plateados pasaban nadando junto a Sam y Remi Fargo, reluciendo, girando de un lado al otro al unísono, como si todos estuvieran controlados por un solo cerebro. El agua tibia era transparente, y Sam y Remi podían ver mucho más allá de los barrotes de acero de su jaula.
Sam sostenía una vara de aluminio de un metro con un pequeño pincho puntiagudo en el extremo. Era una herramienta para el etiquetaje de peces, y durante las semanas que él y Remi llevaban de viaje se había vuelto un experto en su uso. Miró a su esposa y volvió a mirar al frente, con la vista perdida a lo lejos.
Mientras ellos observaban, una mancha oscura pareció formarse en el límite de su campo de visión, como si las diminutas partículas que contenía el agua se estuvieran juntando para formar una figura sólida. Era un tiburón. Y como Sam y Remi sabían que haría, se giró hacia ellos. Venía en diagonal, atraído quizá por los densos bancos de peces que se habían reunido cerca de la jaula de acero para tiburones y entraban y salían entre los barrotes. Pero no había duda de que había reparado en Sam y Remi.
Los Fargo eran submarinistas expertos, y los dos se habían hecho a la idea de que era imposible meterse en el mar sin que un tiburón se percatase de su presencia. Habían visto muchos tiburones a lo largo de los años, normalmente pequeños tiburones azules que se aproximaban para inspeccionar a los recién llegados con trajes de neopreno que buceaban cerca de los lechos de algas marinas a poca distancia de su hogar en San Diego, y que los rechazaban como presas y se iban nadando. Ese tiburón representaba la otra posibilidad: el depredador de pesadilla que avanzaba continuamente para impedir que el agua le entrase por las branquias, dotado de vista, oído, olfato, una red de nervios repartidos por su cuerpo que percibían las más pequeñas vibraciones del agua, y la capacidad para detectar las mínimas descargas eléctricas de las contracciones musculares de sus víctimas.
La gran cola del tiburón realizó una serie de lentas ondulaciones y se movió hacia ellos. A medida que su perfil empezó a verse mejor en el agua transparente, parecía que el tiburón crecía. De lejos parecía grande, pero ahora, conforme se acercaba a ellos, Sam se dio cuenta de que lo había observado a mucha distancia. Cuanto más se aproximaba, más inmenso se volvía. Era exactamente lo que él y Remi habían ido a buscar: un gran tiburón blanco de más de seis metros de largo.
El tiburón atravesó el banco de peces, que se separó en dos cardúmenes y volvió a reunirse en un solo banco, pero el tiburón no les hizo caso. Su cola realizó otra ondulación y se deslizó hacia delante. El tiburón, cuyo hocico era una achatada protuberancia puntiaguda que parecía medir un metro y veinte centímetros de ancho, atravesó el agua hacia ellos y volvió a girarse. El cuerpo del tiburón pasó junto a la jaula de acero en la que Sam y Remi estaban colgados; se acercó tanto que si hubieran estirado el brazo podrían haberlo tocado. Tenía el cuerpo grueso, y la aleta dorsal situada encima parecía de la altura de un hombre.
El tiburón no se marchó. Volvió a pasar a su lado. Sam y Remi permanecieron inmóviles dentro de la jaula. A pesar de las numerosas inmersiones que habían hecho cerca de la isla, durante esos largos minutos Sam empezó a preocuparse por los barrotes de acero soldados de la jaula. ¿Eran sólidos? Se lo habían parecido cuando la guía sumergió la jaula en el agua. Las soldaduras, según podía apreciar ahora, parecían pequeñas y apresuradas; quizá poco fiables. El soldador no podía haberse imaginado el tamaño y la fuerza de la criatura que acababa de pasar a su lado.
El animal se encontraba en isla Guadalupe buscando elefantes marinos y atunes, y Sam y Remi no se les parecían mucho. Sin embargo, con sus trajes de neopreno se asemejaban un poco más a los leones marinos de California, un detalle que podía hacerlos muy apetitosos a ojos de un gran tiburón blanco. De repente, tan súbitamente como había aparecido, el tiburón sacudió varias veces la cola y se alejó de la jaula. Durante unos segundos, Sam sintió una profunda decepción. Considerando su tamaño y ferocidad, los grandes tiburones blancos sorprendían a veces por ser muy cautelosos. ¿Había desaprovechado Sam su única oportunidad de fichar a ese gigante?
Entonces, sin previo aviso, el tiburón dio la vuelta, agitó la cola cuatro o cinco veces y embistió contra el lado ancho de la jaula, abriendo su enorme boca y enseñando las hileras de dientes triangulares. Sam y Remi se agarraron a los barrotes del otro lado de la jaula mientras el tiburón sacudía la parte delantera de su cuerpo, tratando de abarcar en vano la jaula con las fauces.
Cuando el animal empujó la jaula hacia delante, esta se inclinó, y Sam vio su oportunidad. Clavó la vara de aluminio en la piel de la base de la aleta dorsal, la extrajo de inmediato y la recogió dentro de la jaula. El tiburón no pareció notarlo ni percatarse de ello. El pincho estaba colocado, y la etiqueta para tiburones amarillo chillón, con su número de seis cifras, colgaba, diminuta en el enorme pez, de la base de la aleta.
El tiburón pasó por debajo de la jaula, y Sam y Remi esperaron. No les sorprendería que diera la vuelta, acelerara aún más y arremetiera otra vez contra la jaula, y que esta vez partiera las descuidadas soldaduras, abriera la jaula y volcase a la pareja ante su gran boca llena de dientes. Pero el animal siguió a lo suyo, alejándose más y más hasta que desapareció. Sam levantó el brazo y tiró de la cuerda de señales tres veces y luego otras tres. En algún lugar por encima de ellos un motor vibró y a continuación la jaula se sacudió y empezó a ascender.
Salieron a la superficie, elevados por completo a la radiante luz del sol, y los descargaron en la cubierta del yate. Remi se quitó las gafas y la boquilla del regulador, y le dijo a Sam:
—¿Qué crees que ha pasado? ¿No le hemos parecido lo bastante apetitosos para volver a intentarlo?
—No te preocupes —dijo él—. Tú estás de rechupete. He sido yo, que he estado practicando para parecer indigesto.
—Eres mi héroe.
Él se quitó la capucha del traje de neopreno sonriendo.
—Ha sido increíble.
—Gracias a ti, nunca me quedaré sin materia de pesadillas.
Remi le dio un beso en la mejilla cuando salieron de la jaula y se dirigieron al camarote para quitarse los trajes.
Varios minutos más tarde, Sam y Remi se encontraban en la cubierta de proa del Marlow Explorer, una embarcación fletada de veintitrés metros de eslora. Se trataba de un moderno yate de lujo que podía alcanzar los veinticuatro nudos a toda potencia, pero en las dos semanas que llevaban a bordo, el capitán Juan Sandoval no había tenido necesidad de acelerar a fondo los dos motores diésel Caterpillar C30. No tenían prisa y surcaban el mar buscando zonas prometedoras donde encontrar grandes tiburones blancos. De vez en cuando, hacían escala en agradables puertos mexicanos para repostar o comprar provisiones. El yate era más grande de lo que Sam y Remi necesitaban. Tenía tres camarotes completos con cuarto de baño propio, así como dependencias separadas para la tripulación, compuesta por tres hombres. El capitán Sandoval, el segundo de a bordo Miguel Colera y el cocinero Morales eran de Acapulco, que era también el puerto de origen del barco. Sam y Remi habían fletado la embarcación para ir a isla Guadalupe, a unos doscientos cincuenta kilómetros de la costa de Baja California, porque era un lugar muy conocido para avistar grandes tiburones blancos.
Se habían ofrecido a participar en un estudio de biología marina dirigido por la Universidad de California en Santa Bárbara para aprender más sobre los movimientos y las costumbres de los grandes tiburones blancos. La labor de etiquetaje había estado llevándose a cabo durante años, pero había tenido un éxito limitado porque la mayoría de los tiburones a los que les habían puesto etiquetas no habían vuelto a avistarse. Seguir la pista a los grandes tiburones blancos planteaba muchas dificultades. Tenían fama de recorrer enormes distancias, resultaban muy difíciles de capturar y eran peligrosos. Pero isla Guadalupe ofrecía una oportunidad especial. Era un lugar en el que año tras año aparecían con seguridad grandes tiburones blancos maduros de buena envergadura. Y mientras hubiera expedicionarios dispuestos a meterse en el agua dentro de una jaula para tiburones, sería posible etiquetarlos sin necesidad de capturarlos. Sam empleó su teléfono por satélite para comunicar el número de la etiqueta y la descripción del tiburón de ese día.
Mientras el barco avanzaba sin problemas en mar abierto hacia Baja California, Remi soltó al viento su largo cabello castaño rojizo para que se le secara. Sam se inclinó hacia ella.
—¿Sigues pasándotelo bien?
—Claro —contestó ella—. Siempre nos lo pasamos bien juntos.
—Eso no es lo que estás pensando. Algo te preocupa.
—A decir verdad, estaba pensando en nuestra casa —confesó ella.
—Lo siento —dijo él—. Creía que si participábamos en un proyecto de investigación durante una temporada, el tiempo se nos pasaría más rápido. Me imaginaba que te estabas cansando de las reparaciones y la reforma.
Hacía unos meses habían vuelto de excavar un botín escondido por los hunos en el siglo V en unas criptas repartidas por Europa. Tres cazatesoros de la competencia creían que los Fargo se habían llevado las valiosas reliquias a casa o simplemente querían vengarse del matrimonio por encontrar el tesoro antes que ellos. Habían lanzado un ataque armado sobre la casa de cuatro plantas de los Fargo en Golfish Point, en La Jolla, y la habían hecho pedazos. Desde entonces, los Fargo habían estado supervisando las reparaciones y la reconstrucción de su vivienda.
—Estaba harta —reconoció ella—. Los obreros me estaban volviendo loca. Primero, tienes que ir con ellos a la tienda de material de fontanería para elegir los accesorios que quieres. Luego necesitas una reunión para oír que han dejado de fabricar ese modelo concreto y tienes que elegir otro. Luego...
—Lo sé —dijo él, y levantó las manos.
—Odio las reformas, pero echo de menos a nuestro perro.
—Zoltán está bien. Selma lo está tratando como un rey. —Hizo una pausa—. Cuando empezamos este viaje hace más de un mes, esperaban que etiquetáramos a diez tiburones. Ese grandullón con el que acabamos de encontrarnos hace el número quince. Supongo que ha llegado el momento de colgar los bártulos y volver.
Remi se apartó un poco para poder mirarlo a los ojos.
—No me malinterpretes. Adoro el mar, y te adoro a ti. ¿A quién no le gustaría viajar en un yate último modelo de un sitio espectacular a otro?
—¿Pero...?
—Pero llevamos fuera demasiado tiempo.
—Puede que tengas razón. Hemos conseguido más de lo que nos propusimos. Tal vez haya llegado el momento de volver, terminar nuestra casa y empezar un nuevo proyecto.
Remi negó con la cabeza.
—No me refería a volver ahora mismo. Vamos rumbo a Baja, y atracaremos en la laguna de San Ignacio. Siempre he querido ver adónde van las ballenas grises a aparearse y parir.
—Después podemos ir directos a Acapulco y coger un avión.
—Quizá —convino ella—. Ya lo hablaremos entonces.
Un día más tarde, anclaron en la laguna de San Ignacio y echaron al mar los kayaks de plástico. Remi y Sam se subieron a las pequeñas embarcaciones, George Morales les tiró los remos de dos palas, y se adentraron en la laguna. No pasó mucho tiempo antes de que la primera ballena gris saliera a la superficie delante de ellos. El animal expulsó agua y gotas de vapor por sus dos orificios nasales y se zambulló, moviendo la cola para dejar una estela revuelta y burbujeante en la superficie. Se quedaron callados unos segundos: un animal del tamaño de un autobús había salido delante de ellos y había vuelto a sumergirse, dejando sus pequeños kayaks de plástico naranja solos en la laguna.
Los Fargo se pasaron el resto del día y el siguiente en sus kayaks. Cada vez que se encontraban una ballena gris, se acercaba a ellos, con aparente curiosidad. Sam y Remi acariciaban la cabeza de cada ballena y la observaban irse.
Por la noche, los Fargo se sentaban a la mesa en la cubierta de popa del yate con la tripulación y cenaban pescado recién capturado o exquisiteces mexicanas traídas de un restaurante del pueblecito de San Ignacio. Se quedaban al raso hasta bien entrada la noche, hablando del mar y sus criaturas, de su vida y sus amigos y familias, mientras el cielo nocturno se llenaba de estrellas brillantes. Después de retirarse a su camarote para dormir, a veces Sam y Remi oían el sonido de las ballenas expulsando chorros de agua en la oscuridad.
Después se dirigieron al sur siguiendo la costa, rumbo a Acapulco. Al llegar llamaron a Selma Wondrash, su investigadora jefe. Les habían dado el mes libre a ella y a la pareja de jóvenes que trabajaban a sus órdenes, Pete Jeffcoat y Wendy Corden, pero Selma había insistido en quedarse en La Jolla supervisando la obra mientras ellos estaban ausentes.
—Hola, Remi —contestó Selma—. Zoltán está perfectamente.
—Estamos los dos —dijo Sam—. Me alegro. ¿Cómo va la obra?
—Recuerda que la catedral de Chartres tardó varios siglos en construirse.
—Espero que estés de broma —dijo Remi.
—Es broma. No queda ni una sola madera con un agujero de bala. Las dos plantas inferiores están prácticamente terminadas, y todo funciona. Todavía están acabando de pintar algunas cosas en la tercera planta, pero vuestra suite de la cuarta planta aún necesita como mínimo dos semanas de trabajo. Ya sabéis lo que eso significa.
—¿Que por fin tendré espacio de sobra en el armario para mis zapatos? —preguntó Remi.
—Sí —dijo Sam—. Y que dos semanas equivalen a cuatro semanas en el idioma de los obreros.
—Me encanta trabajar para un pesimista. Cuando algo sale bien, te sorprendes mucho. ¿Dónde estáis, por cierto?
—Hemos terminado de etiquetar tiburones —contestó Sam—. Estamos en Acapulco.
—¿Va todo bien?
—Estupendamente —dijo Remi—. Pescado fresco, pollo con mole, bailes bajo las estrellas, etc. Es mejor que servir de cebo para tiburones. Pero estamos pensando en volver pronto.
—Avisadme. El avión y la tripulación estarán esperándoos para traeros a casa. Os recogeré en el aeropuerto del Condado de Orange.
—Gracias, Selma —dijo Remi—. Te avisaremos. Vamos a seguir pasándolo bien. Tenemos una reserva para cenar dentro de diez minutos. Llámanos si nos necesitas.
—Claro. Adiós.
Se alojaban en una de las dos torres del hotel, y esa noche, poco después de meterse en la cama, notaron un breve temblor. El edificio pareció sacudirse unos segundos, y oyeron un ruido suave, pero nada más. Remi se dio la vuelta, se agarró a Sam y susurró:
—Otro de los motivos por los que te quiero es que me llevas a hoteles que han sido reformados a prueba de terremotos.
—No es una cualidad que las mujeres suelan valorar en el hombre de sus sueños, pero me apuntaré el tanto.
Al día siguiente se marcharon del hotel y volvieron al yate. En cuanto llegaron al muelle, notaron que algo había cambiado. El capitán Juan estaba en el puente de mando escuchando una emisora en español con el volumen tan alto que la oyeron en cuanto salieron del taxi. George estaba delante de la barandilla observándolos acercarse; su cara era una máscara de preocupación, con los ojos muy abiertos. Tan pronto como subieron a bordo, Sam oyó las palabras «seísmo», «temblor» y «volcán».
—¿Qué pasa? —preguntó Sam—. ¿Otro terremoto?
—Acaba de pasar hace cinco o diez minutos. Juan tendrá más información.
Sam, Remi y George subieron al puente de mando y se reunieron con el capitán Juan. Cuando los vio, el hombre dijo:
—Se ha producido más abajo siguiendo la costa, en Tapachula, en Chiapas. Justo al lado de la frontera con Guatemala.
—¿Es muy grave? —preguntó Remi.
—Es grave —respondió él—. Dicen que ha sido de ocho coma tres u ocho coma cinco. Desde entonces sale humo del Tacaná, el volcán al norte de la ciudad. Todas las carreteras están cortadas debido a desprendimientos de tierra en un radio muy grande. Hay gente herida, tal vez incluso muertos, pero no saben cuántos. —Sacudió la cabeza—. Ojalá pudiéramos hacer algo.
Sam miró a Remi, y ella asintió con la cabeza.
—Tenemos que hacer una llamada. Prepara el barco para zarpar. Todo lo que no hayas hecho desde que atracamos, hazlo ahora.
Sam sacó el teléfono por satélite y se dirigió a la cubierta de popa. Marcó un número.
—¿Selma?
—Hola, Sam —dijo ella—. ¿Volvéis a casa tan pronto?
—No, hay problemas. Ha habido un terremoto grave en Tapachula, siguiendo costa abajo desde donde estamos. Necesitan ayuda, y las carreteras a la ciudad están bloqueadas; tal vez toda la zona. No sé cómo es el aeropuerto de Tapachula, pero quiero que llames a Doc Evans. Pídele que encargue un equipo médico para desastres y que lo envíe por avión al hospital que haya en pie: todo lo que puedan necesitar después de un gran terremoto. Dale un crédito bancario de cien mil dólares. ¿Puedes hacerlo?
—Sí. Si no puedo ponerme en contacto con él, llamaré a mi médico para que lo autorice. El aeropuerto es harina de otro costal, pero averiguaré si pueden llevarlo en avión o si tienen que lanzarlo desde el aire.
—En cuanto carguemos iremos rumbo al sur.
—Estaremos en contacto.
Selma colgó.
Sam volvió a toda prisa al puente de mando para hablar con el capitán Juan.
—Nuestra situación nos permite hacer algo más importante que etiquetar peces —dijo.
—¿A qué te refieres?
—Las carreteras a Tapachula están bloqueadas, ¿verdad?
—Eso han dicho por la radio. Dicen que puede que lleve meses despejarlas.
—Desde que hemos atracado, has subido a bordo mucha comida y agua y has llenado los depósitos de combustible, ¿verdad? Me gustaría cargar el barco al máximo de capacidad y bajar allí. Seguramente podamos llegar dentro de un día o dos.
—Bueno, sí —asintió él—. Un poco más, quizá. Pero la empresa dueña del barco no pagará el viaje ni las provisiones. No pueden permitírselo.
—Nosotros, sí —dijo Remi—. Y estamos aquí. Así que vamos a comprar las provisiones.
Sam, Remi, el capitán Juan, George y Miguel se pusieron manos a la obra. Sam alquiló una furgoneta grande, y juntos recorrieron Acapulco comprando agua embotellada, alimentos enlatados, mantas y sacos de dormir, botiquines de urgencia profesionales y suministros médicos básicos. Cargaron la compra en el yate y fueron a por más. Compraron latas de gasolina, quince generadores auxiliares, linternas y pilas, radios, tiendas de campaña y ropa de todas las tallas. Una vez que hubieron metido todo lo que pudieron en las dependencias, la bodega, los camarotes de la tripulación e incluso el puente de mando, llenaron las cubiertas de grandes recipientes de agua, gasolina y comida, y los ataron a las barandillas para que no se movieran con el mar encrespado.
Mientras terminaban de cargar, R
