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Pitt se asomó en camisa de dormir a la ventana del dormitorio, que daba a la calle, desde donde lo miraba el policía, cuyo semblante, amarillo a la luz de la farola de gas, reflejaba una tensión y una contrariedad debidas a algo más que a haber despertado al comisario de Bow Street a las cuatro de la madrugada.
—Muerto, señor —dijo en respuesta a la pregunta de Pitt—, y a juzgar por su estado y lugar no parece un accidente. Disculpe, pero tengo que volver. Me da miedo dejarlo solo, no vaya a moverlo alguien y fastidiarnos las pruebas.
—Sí, claro —asintió Pitt—. Vuelva, agente. Ha hecho lo debido. Bajaré en cuanto me vista. Supongo que no habrá tenido tiempo de avisar al forense ni al depósito de cadáveres.
—No; vengo directamente. Como lo he encontrado ahí...
—Los aviso yo. Usted vuelva y vigile.
—Sí, señor. Lo siento, señor.
—Pues no lo sienta, porque ha hecho lo debido —repitió Pitt, metiendo la cabeza en el dormitorio.
Sufrió un escalofrío involuntario. Era junio, nominalmente verano, pero las noches londinenses seguían siendo frías y flotaba un velo de niebla sobre la capital.
—¿Qué pasa?
Charlotte se incorporó en la cama y buscó a tientas una cerilla. Pitt oyó el frote y vio encenderse la vela, que iluminó suavemente el rostro de su mujer, haciendo brillar los tonos cálidos de su cabello y la trenza medio deshecha.
—Han encontrado un cadáver en Bedford Square, y parece que hay indicios de asesinato —le dijo.
—¿Tanta falta les haces? —protestó ella—. ¿Es alguien importante?
Desde su ascenso, Pitt tenía instrucciones de concentrarse en los casos que poseyeran relieve policial o potencial escandaloso.
—Puede que no —contestó, cerrando la ventana y acercándose a la silla de cuyo respaldo colgaba su ropa.
Se quitó la camisa de dormir y empezó a vestirse, pero sin cuello ni corbata. Vertió en la pila el contenido del aguamanil; estaba frío, pero no había tiempo de encender el fogón de la cocina y calentar el agua para afeitarse. Por desgracia tampoco lo había para una taza de té, que le habría gustado todavía más. La sensación del agua fría en la cara fue muy violenta. Buscó la toalla con los ojos cerrados.
—Gracias. —La cogió de Charlotte y se secó la cara vigorosamente, sintiendo que el rígido algodón le activaba la circulación y hacía que entrara en calor—. Parece que ha aparecido delante de la puerta de una de las mansiones —contestó.
—Vaya.
Charlotte entendió las consecuencias. Londres vivía momentos de especial sensibilidad a los escándalos. El año anterior, 1890, había presenciado uno en Tranby Croft, y el juicio tenía en ascuas a todo el país. Se trataba de un caso bastante lamentable, ocurrido durante una fiesta en una casa de campo en la que alguien había sido acusado de hacer trampas en el bacará (juego ilegal). No obstante el previsible e indignado mentís del supuesto tahúr, no podía ocultarse ni justificarse el hecho de que el príncipe de Gales figurara entre los implicados y estuviera a punto de comparecer delante del juez a fin de prestar declaración. Medio Londres contenía la respiración al abrir el periódico cada mañana.
Pitt terminó de vestirse, abrazó a su mujer y le dio un beso que le permitió sentir el calor de su piel. Después le echó hacia atrás la densa melena y palpó su suavidad con un goce por desgracia efímero.
—Tú sigue durmiendo —dijo con dulzura—. Volveré en cuanto pueda, pero dudo que llegue a tiempo para el desayuno.
Recorrió el pasillo de puntillas y abrió la puerta sin hacer ruido para no despertar a los niños, ni a la criada Grace, que dormía en el piso de arriba. La lámpara de gas del rellano, que siempre dejaban al mínimo, fue suficiente para que viera los escalones. Cuando llegó al recibidor levantó el auricular del teléfono (adquisición que llevaba poco tiempo en su hogar) y solicitó a la operadora que le pusiera con la comisaría de Bow Street. Cuando oyó la voz del sargento le ordenó enviar a Bedford Square al forense y el coche del depósito de cadáveres. Colgó, se puso las botas, recogió la chaqueta del perchero de la puerta principal y salió a la calle.
Hacía un frío húmedo, pero empezaba a amanecer. Caminó deprisa por la calle mojada y dobló por la esquina de Gower Street. Los pocos metros que lo separaban de Bedford Square no le impidieron divisar la inquieta figura del agente que montaba guardia a solas en mitad de la calle, y que balanceó su linterna con cara de alegría, aliviado al verlo emerger con rápidas zancadas de la oscuridad.
—¡Aquí, señor!
Pitt se acercó y miró el lugar que le señalaba. El bulto negro se destacaba claramente contra la escalera de acceso a la primera mansión a mano izquierda. A juzgar por su postura debía de haberse desplomado cuando intentaba alcanzar el timbre. La causa de la muerte era visible: una herida profunda y ensangrentada a un lado de la cabeza, cuyo origen, en verdad, parecía cualquier cosa menos accidental. Ningún percance acaecido en la vía pública lo habría arrojado tan lejos, y no se le apreciaba ninguna otra herida.
—Alúmbreme —solicitó Pitt antes de ponerse de rodillas al lado del cadáver y examinarlo de cerca. Aplicó los dedos a la garganta del desconocido, el cual, si bien falto de pulso, seguía caliente—. ¿A qué hora lo ha encontrado? —preguntó.
—A las cuatro menos dieciséis.
Pitt consultó su reloj de bolsillo. Eran las cuatro y trece.
—¿Y a qué hora había pasado por la plaza por última vez?
—A las tres menos cuarto, señor, y entonces no estaba.
Pitt se volvió para mirar las farolas, y vio que estaban apagadas.
—Busque al farolero —ordenó—. No puede haber pasado hace mucho. Las de Keppel Street siguen encendidas, y a estas horas casi no se ve nada. Se pasa un poco de listo, la verdad.
—¡A la orden! —contestó el agente, aprestándose a obedecer.
—¿Alguien más? —le preguntó Pitt antes de que se marchara.
—No, para los repartidores es demasiado pronto. Empiezan a las cinco, como muy temprano, y las criadas no están levantadas. Tardarán como mínimo media hora más. Para los noctámbulos es un poco tarde; suelen volver hacia las tres, aunque nunca se sabe. Se podría preguntar...
Pitt sonrió con ironía, dándose cuenta de que el agente había renunciado a encargarse de ello y lo consideraba a él más adecuado para hacer indagaciones entre la alta sociedad de Bedford Square y preguntarles si volviendo de sus ocios nocturnos habían visto un cadáver delante de una puerta, o quizá una riña callejera.
—Veremos si es necesario —dijo sucintamente—. ¿Le ha registrado los bolsillos?
—No, señor. Se lo dejaba a usted.
—Y tampoco tendrá ninguna pista sobre su identidad, ¿verdad? ¿No sabe si es criado o vendedor, o si ronda a alguna criada?
—No, señor, es la primera vez que lo veo y creo que no es de por aquí. ¿Quiere que vaya a buscar al farolero antes de que se aleje demasiado?
—Sí, tráigamelo.
—A la orden.
El policía dejó la linterna en el escalón, giró sobre sus talones y se alejó a la luz del alba sin que a Pitt se le hubiera ocurrido ninguna otra pregunta.
El comisario recogió la linterna y examinó el cadáver. Se trataba de un hombre de facciones enjutas y piel curtida, como si hubiera pasado mucho tiempo a la intemperie. Debía de hacer uno o dos días que no se afeitaba. En cuanto al pelo, era de un color castaño desvaído, probablemente rubio en su juventud. Poseía rasgos agradables, con cierta tirantez: demasiado breve el labio superior, las cejas escuetas, y en la de la izquierda una discontinuidad que podía deberse a una antigua cicatriz. Era una cara al mismo tiempo armoniosa y fácil de olvidar, como las había a miles. Pitt empleó un solo dedo para bajar la camisa cuatro o cinco centímetros. La piel de debajo era clara, casi blanca.
Examinó a continuación las manos del muerto, manos fuertes, de uñas rotas y no precisamente limpias, pero que no parecían pertenecer a un trabajador. No tenían ningún callo. Los nudillos estaban llenos de cortes, como si el muerto se hubiera peleado a puñetazos poco tiempo atrás (quizá escasos momentos antes de su deceso). La piel estaba levantada en muchos puntos, pero sangraba poco y no había habido tiempo de que salieran morados.
Metió la mano en un bolsillo de la chaqueta y quedó sorprendido por el hallazgo de una cajita de metal, que extrajo y examinó, apreciando su gran calidad. A simple vista no supo si era oro macizo o un baño. Hasta podía tratarse de aquella excelente imitación llamada similor, pero estaba labrada como el relicario de una catedral, de los que se usan para cobijar huesos de santos. La tapa tenía como adorno una minúscula figura en la posición yacente de la muerte, con vestiduras eclesiásticas y mitra de obispo. Abrió la caja y se la acercó a la nariz. Sí, era lo que había supuesto: una cajita de rapé. Difícilmente pertenecería al muerto, que en todo un mes, por no decir un año, no habría reunido el dinero necesario para comprarla, tanto si se trataba de oro como de una imitación.
Bien, pero si lo habían sorprendido en el acto de robarla ¿por qué dejarlo en aquel escalón? Y, sobre todo, ¿cómo se explicaba que el asesino no hubiera recuperado la caja?
Palpó el bolsillo para ver si había algo más, pero sólo encontró un poco de cuerda y unos cordones que parecían nuevos. Los demás bolsillos contenían una llave, un trapo a guisa de pañuelo, tres chelines y cuatro peniques en calderilla y varios trozos de papel, uno de los cuales era un recibo por tres pares de calcetines comprados dos días antes en una tienda de Red Lion Square. Aquellas pruebas, bien investigadas, podían establecer la identidad del muerto. No había nada más que diese pistas sobre su nombre o domicilio.
Por supuesto que había miles de personas sin hogar, gente que dormía delante de las puertas, debajo de los puentes o, en aquella época del año a la intemperie (si la policía, tolerante, no las molestaba), pero el aspecto del cadáver llevó a Pitt a la conclusión de que su ingreso en aquella categoría tenía que haber sido reciente. Llevaba prendas raídas, calcetines agujereados y botas con suelas a punto de perforarse, pero estaba seco. No se apreciaba la capa de mugre ni el olor a moho de las personas sin techo.
Se levantó al oír pasos, y vio acercarse por la calle la silueta familiar, torpona y angulosa del sargento Tellman. Lo habría reconocido hasta a la luz de la farola, pero el alba ya emblanquecía el cielo de levante.
Tellman se detuvo a pocos pasos. Sólo la chaqueta, mal abotonada, delataba la precipitación con que se había vestido; por lo demás llevaba el cuello tan recto y bien planchado como de costumbre, la corbata impecable y el pelo húmedo y peinado hacia atrás. Su seriedad era la habitual.
—¿Un caballero demasiado borracho para esquivar a un coche de caballos? —preguntó.
Pitt estaba acostumbrado a la opinión del sargento sobre los privilegiados.
—Si era un caballero pasaba muy mala racha —repuso, contemplando el cadáver—. Y no lo han atropellado, no; las únicas señales de la ropa son las de la caída, pero tiene los nudillos pelados, como si se hubiera peleado con alguien. Compruébelo usted mismo.
Tellman siguió la indicación con una mirada interrogante. Se agachó, examinó el cadáver, volvió a levantarse y Pitt le enseñó la caja de rapé.
La frente del sargento se arrugó.
—¿Lo llevaba encima?
—Sí.
—Señal de que era un ladrón.
—¿Y quién lo mató? ¿Por qué delante de esta puerta? ¡No entraba ni salía!
—Dudo que lo mataran aquí —dijo Tellman con cierta satisfacción—. La herida de la cabeza ha debido de sangrar mucho. Es lo normal. Hágase un corte y verá. En cambio en el escalón casi no hay sangre. Sospecho que lo mataron en otro lugar y lo trajeron aquí.
—¿Por ladrón?
—Parece buen motivo.
—¿Y por qué dejaron la caja? Aparte de su valor, es la única pista para saber de qué casa la robó. Dudo que haya muchas que se le parezcan.
—No lo sé —dijo Tellman, mordiéndose el labio—. No tiene lógica. Supongo que habrá que interrogar a los que viven en la plaza.
Su expresión delataba el poco agrado que le inspiraba la idea.
Oyeron ruido de caballos. Un coche dobló por la esquina, seguido por el del depósito de cadáveres, que se arrimó a la acera a unos diez metros mientras el primero llegaba hasta los dos policías. Bajó el forense, vestido de levita. Se subió el cuello, caminó hacia ellos, los saludó con la cabeza y dirigió al cadáver una mirada de resignación. Después se arremangó un poco el pantalón para no forzar la tela y se puso en cuclillas, dispuesto a acometer el examen.
Pitt, que había oído más pasos, vio llegar al agente en compañía de un farolero muy nervioso. Era un individuo rubio y delgado, a quien su chuzo achicaba. A la luz del alba filtrada por los árboles, parecía un caballero estrafalario, armado de una lanza que superaba sus fuerzas.
—No he visto nada —dijo sin que Pitt tuviese ocasión de preguntárselo.
—Pero sí ha pasado —afirmó el comisario—. ¿Es su ruta? —Sólo había una respuesta posible.
—Sí.
—¿Cuándo ha pasado?
—Esta mañana —contestó el farolero, como si fuera evidente—. Cuando empezaba a amanecer. Siempre paso a la misma hora.
—¿Cuál? —dijo Pitt pacientemente.
—¡Ya se lo he dicho, cuando empieza a amanecer! —El farolero, nervioso, miró de reojo el cadáver, medio tapado por el forense—. Y no estaba. ¡Yo al menos no lo he visto!
—¿Tiene reloj? —prosiguió Pitt con escasa esperanza.
—¿Para qué? Si cada día amanece a otra hora —dijo el farolero.
Pitt se dio cuenta de que no conseguiría nada más exacto. Desde el punto de vista del farolero era una respuesta bastante sensata.
—¿Ha visto a alguien más en la plaza?
El farolero negó con la cabeza.
—Por este lado no. Al otro había un carruaje llevando a casa a un señorito. Muy fino no iba, pero tampoco se caía. Y no pasó por aquí.
—¿Nadie más?
—No. Para fiestas ya era tarde, y aún faltaba un poco para las criadas y el reparto.
Cierto. Al menos podía precisarse un poco más. El agente había efectuado su ronda anterior cuando todavía era de noche, y había encontrado el cadáver cuando apenas clareaba. El farolero no podía haber pasado mucho antes. Conclusión: el cadáver había sido depositado en el umbral dentro de un intervalo de quince o veinte minutos. Cabía la posibilidad, si les sonreía la suerte, de que se hubiera despertado alguien en una de las casas de aquel lado y hubiera oído pasos, gritos, un chillido... La esperanza era remota.
—Gracias —dijo Pitt, resignado.
Detrás de los grandes árboles del centro de la plaza el cielo se había puesto blanco. La luz recortaba los tejados del lado opuesto y hacía espejear las buhardillas. Se volvió hacia el forense, que parecía haber llegado al término de su examen (necesariamente superficial).
—Una pelea, y creo que corta. Cuando lo haya visto desnudo podré decir algo más. Es posible que aparezcan más excoriaciones, aunque en la chaqueta no hay agujeros ni manchas. Si se cayó o lo derribaron tuvo que ser en suelo seco. En la calle no, eso seguro, porque no veo ningún rastro de barro, estiércol ni nada parecido, y las cunetas están bastante mojadas. —Miró en derredor—. Ayer por la tarde llovió.
—Sí, lo sé —respondió Pitt, viendo brillar los adoquines.
—Claro —dijo el forense, asintiendo con la cabeza—. ¡Qué voy a decirle que usted no sepa! Pero bueno, hay que intentarlo, que para eso me pagan. Un golpe lateral muy fuerte en la cabeza. Es lo que lo mató. Debieron de usar un trozo de cañería de plomo, un candelero o un atizador. Algo así ha tenido que ser. En vista del resultado me inclino por el metal más que por la madera. Algo contundente.
—¿Es posible que al asesino le hayan quedado señales? —preguntó Pitt.
El forense apretó los labios y pensó.
—Algún que otro morado, puede que en el lugar del puñetazo. A juzgar por los cortes que hay en los nudillos, debieron de golpearle en la mandíbula o la cabeza. Con ropa o carne blanda no habría pasado. El otro iba armado y éste no, porque en caso contrario no habría tenido que usar los puños. Mal asunto.
—No se lo discuto —dijo Pitt secamente. Lo asaltó un escalofrío. Empezaba a estar destemplado—. ¿Puede darme algún dato sobre la hora?
—Nada que no pueda deducir usted —contestó el forense—, ni sobre este pobre desgraciado. Le informaré de cualquier novedad. ¿Envío el mensaje a Bow Street?
—Perfecto. Gracias.
El forense se encogió ligeramente de hombros, saludó con una inclinación de la cabeza y regresó al coche del depósito de cadáveres para dirigir el levantamiento.
Pitt volvió a consultar su reloj: las cinco menos cuarto pasadas.
—Ya es hora de que despertemos a la gente —dijo a Tellman—. Sígame.
El sargento suspiró profundamente, pero no tenía más remedio que obedecer. Subieron juntos por los escalones donde había aparecido el cadáver, y Pitt accionó el timbre de latón. Tellman era favorable a la postura de Pitt, que se negaba a usar la entrada de servicio (como correspondía al estatus social de un policía), pero su beneplácito a la teoría no significaba que le gustara la práctica. Habría preferido que Pitt lo hiciera a solas.
Transcurrió más de un minuto, largo e incómodo, hasta que oyeron descorrerse los cerrojos y girar la llave. La puerta se abrió hacia el interior, revelando la presencia de un lacayo que en su prisa por vestirse no se había puesto librea sino un simple conjunto de pantalón oscuro y chaqueta. Los miró parpadeando.
—¿Qué desean? —preguntó, alarmado.
Era demasiado novato para haber adoptado la clásica altivez del lacayo de alto rango.
—Buenos días —contestó Pitt—. Lamento llamar a estas horas, pero ha ocurrido un incidente que me obliga a interrogar al servicio y la familia. —Sacó su tarjeta—. Soy el comisario Pitt, de la comisaría de Bow Street. Haga el favor de entregarle mi tarjeta al señor de la casa y solicitar que me conceda unos instantes. Se trata de un delito de suma gravedad que me impide tener la buena educación de aguardar hasta una hora más apropiada.
—¿Un delito? —El lacayo puso cara de sorpresa—. No hemos sufrido ningún robo, señor. Aquí no ha ocurrido ningún delito. Debe de confundirse.
Se dispuso a cerrar la puerta, aliviado por que todo quedara en la calle. A fin de cuentas era problema de otros.
Tellman dio un paso al frente, como para meter el pie, pero renunció. Habría sido una indignidad. Aquella visita le parecía odiosa. Prefería tratar con gente normal. Le repugnaba la idea de estar al servicio de otra persona. No era una manera decente de ganarse la vida.
—El robo, suponiendo que lo haya, es secundario —dijo Pitt con firmeza—. Vengo por un asesinato.
El lacayo palideció.
—Un... ¿Un qué?
—Un asesinato —repitió Pitt con serenidad—. Hace aproximadamente una hora hemos encontrado un cadáver delante de esta puerta. Haga el favor de despertar al dueño e informarle de que debo hablar con todos los habitantes de esta casa y desearía contar con su permiso.
El acto de tragar saliva imprimió una sacudida al cuello del lacayo.
—Sí... Sí, señor. Esto...
Se quedó sin palabras. Ignoraba por completo dónde había que dejar esperando a dos policías a las cinco de la mañana. En circunstancias normales ni siquiera habrían tenido acceso a la mansión. A lo máximo que se llegaba en días de frío era a servir una taza de té bien caliente al policía del barrio, y eso en la cocina, que era donde tenía que estar aquella gente.
—Esperaré en la sala de desayunos —dijo Pitt, en parte para ayudarlo y en parte porque no tenía intención de quedarse tiritando en el umbral.
—Sí, señor... Voy a avisar al general.
El lacayo entró en la casa, seguido por Pitt y Tellman.
—¿General? —preguntó el comisario.
—Sí, señor. Esta casa pertenece al general Brandon Balantyne.
Le sonaba el nombre, pero tardó un poco en recordar de qué. Debía de tratarse del mismo general Balantyne que había tenido su domicilio en Callander Square en la época en que Pitt investigaba las muertes de los bebés, casi diez años antes; el mismo que tres o cuatro años después había estado implicado en las tragedias de Devil’s Acre.
—No lo sabía.
Era un comentario tonto, como reconoció el propio Pitt al pronunciarlo. Vio que Tellman volvía hacia él una expresión sorprendida, y confió en no tener que explicarle los antecedentes. Sólo lo haría en caso de necesidad. Recorrió el vestíbulo a paso rápido y entró en la sala detrás del lacayo, dejando la puerta abierta para Tellman.
El interior se ajustaba con tanta exactitud a sus expectativas que le produjo un sobresalto, y por unos instantes desaparecieron los años interpuestos. La biblioteca era la misma que en la casa anterior; también el mobiliario, de madera oscura y piel verde, pulido por el tiempo. La superficie bruñida de la mesita servía de soporte al modelo a escala del cañón de Waterloo, que reflejaba la luz de la lámpara de gas encendida por el lacayo. La pared de encima de la repisa de la chimenea estaba ocupada por una pieza de la que Pitt también se acordaba: el cuadro de la carga de los Royal Scots Greys, escena que también pertenecía a Waterloo. Compartía pared con la azagaya zulú y las pinturas del veld africano: colores claros emblanquecidos por el sol, tierra roja y acacias de copa horizontal.
Se giró y topó con la mirada del sargento, en cuyo rostro se leía un hondo desagrado. Tellman no conocía al dueño de la casa, pero sabía que era general y que en la época de su pertenencia activa al ejército los oficiales accedían a sus cargos por dinero, no por méritos. Procedían de un puñado de familias ricas de militares y siempre salían de los mejores colegios (Eton, Rugby o Harrow). Algunos completaban su formación con uno o dos años en Oxford o Cambridge, pero la mayoría ingresaba directamente en el ejército; lo hacía, además, partiendo de unos rangos a los que un hombre de clase trabajadora no habría podido aspirar ni con toda una vida de servicio jugándose el pellejo en el campo de batalla y la salud en climas extranjeros sin otra recompensa que los chelines del rey.
Pitt conocía y tenía en buen concepto a Balantyne, pero era inútil decírselo a Tellman, el cual había visto demasiadas injusticias para hacer caso a lo que pudiera decirle su jefe. Prefirió esperar en silencio al lado de la ventana, viendo avanzar la luz por la plaza mientras las sombras de debajo de los árboles centrales se volvían más espesas. Los pájaros —estorninos y gorriones— piaban con fuerza. Se oyó el traqueteo de un coche de reparto que realizó varias paradas. Un recadero montado en bicicleta dobló una esquina con una maniobra demasiado brusca, y en su esfuerzo por no perder el equilibrio se le cayó la gorra encima de las orejas.
Pitt y Tellman se volvieron hacia la puerta, por la que entró un hombre alto y ancho de hombros. Su pelo, de color castaño claro, estaba gris en la sienes y empezaba a despoblarse. Tenía facciones de hombre enérgico: nariz aguileña, pómulos marcados y boca ancha. Pitt lo vio más delgado que en su anterior encuentro, como si el tiempo y las vicisitudes hubieran erosionado sus reservas de fortaleza, pero seguía caminando muy erguido y hasta con cierta rigidez, enderezando los hombros. Llevaba una camisa blanca y un batín sencillo de color oscuro, pero no era difícil imaginárselo de uniforme.
—Buenos días, Pitt —dijo con voz queda—. ¿Debo felicitarle por su ascenso? Me ha dicho mi lacayo que lo han puesto al frente de la comisaría de Bow Street.
—Gracias, general Balantyne —contestó Pitt con cierta cohibición que se tradujo en rubor—. Le presento al sargento Tellman. Lamento molestarlo tan temprano. Por desgracia, el agente que vigila la zona ha encontrado en el umbral de esta casa un cadáver hacia las cuatro menos cuarto de la madrugada.
Las facciones de Balantyne expresaron desagrado, y quizá un matiz de incredulidad, si bien la noticia no podía cogerlo por sorpresa porque ya lo habría informado su lacayo.
—¿De quién se trata? —preguntó.
—Aún no lo sabemos —contestó Pitt—, pero llevaba encima papeles y otras pertenencias que quizá nos permitan identificarlo en poco tiempo.
En la expresión del general no se produjo ningún cambio. No apretó los labios ni se le enturbió la mirada.
—¿Sabe cómo ha muerto? —preguntó Balantyne.
Hizo señas de que Pitt tomara asiento, y su gesto abarcó a Tellman de manera general.
—Gracias, señor —dijo el primero, aceptando el ofrecimiento—, pero le agradecería que diera permiso al sargento Tellman para hablar con la servidumbre. Es posible que hayan oído algo.
Balantyne se puso serio.
—Deduzco que no se trata de un caso de muerte natural, ¿verdad?
—Me temo que no. Ha muerto de un golpe en la cabeza, y es probable que después de una pelea corta pero violenta.
Balantyne abrió mucho los ojos.
—¿Cree que ha ocurrido delante de mi puerta?
—De momento lo ignoro.
—Tiene permiso para que el sargento interrogue a los criados. Es más, se lo encarezco.
Pitt hizo señas a Tellman, que no veía el momento de obedecer. Una vez que la puerta estuvo cerrada, Pitt se acomodó en uno de los sillones de cuero verde y Balantyne se sentó en el de delante con cierta rigidez.
—Por mi parte no puedo decirle nada —prosiguió—. Mi dormitorio da a la fachada, pero no he oído ningún ruido. En esta zona no es normal que ocurran robos tan violentos.
Le contrajo el rostro una inquietud o tristeza pasajeras.
—No ha sido ningún robo —contestó Pitt, reacio a dar el paso siguiente—. Al menos lo que suele entenderse por robo, porque llevaba dinero encima. —Reparó en la sorpresa del general—. Y esto.
Se sacó del bolsillo la caja de rapé y la sostuvo en la mano.
La expresión de Balantyne no sufrió ningún cambio. Su rostro guardaba una inmovilidad absoluta, sin asomo de admiración por la belleza del objeto ni de sorpresa por que estuviera en posesión de un hombre asesinado después de una pelea. Una cosa, sin embargo, era dominar sus emociones y otra evitar que la sangre se retirara de su piel, que quedó lívida.
—Sorprendente... —Suspiró con lentitud—. Parece... —Tragó saliva—. Parece imposible que un ladrón desdeñe un objeto de estas características.
Pitt supo que aquellas palabras eran una manera de llenar el vacío mientras dudaba entre proclamarse propietario de la caja o no. ¿Qué explicación podía dar?
Lo miró fijamente, haciendo el esfuerzo de no pestañear.
—Plantea muchas interrogantes —convino en voz alta—. ¿Lo reconoce, general?
La voz de Balantyne sonó un poco ronca, como si tuviera la boca seca:
—Sí... Sí, es mía. —Pareció a punto de añadir algo, pero cambió de idea.
Pitt formuló la ineludible pregunta.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Pues... Ahora mismo no me acuerdo. Son cosas a las que te acostumbras. Dudo que hubiera reparado en su ausencia. —Parecía incómodo, pero no rehuyó la mirada de Pitt y se adelantó a la pregunta siguiente—. La guardaba en la vitrina de la biblioteca.
¿Tenía alguna utilidad seguir la pista del objeto? Todavía no.
—¿Echa en falta alguna cosa más, general Balantyne?
—No lo sé.
—¿Me haría el favor de comprobarlo? Yo, mientras tanto, averiguaré si algún criado ha reparado en alguna modificación o indicio del paso de un ladrón.
—Muy bien.
—Hay ladrones que antes de dar el golpe llaman a la casa para preparar su estrategia, o...
—Comprendo —lo interrumpió Balantyne—. Cree que uno de nosotros podría identificarlo.
—Sí. Podría ser útil que vinieran usted, el mayordomo o los lacayos al depósito de cadáveres, y vieran si les resulta familiar.
—Como prefiera. —Balantyne no ocultó el desagrado que le inspiraba la idea, pero la aceptó como algo inevitable.
Se oyó un golpe enérgico en la puerta, que se abrió antes de que Balantyne hubiera tenido tiempo de contestar. Pitt recordó de inmediato a la mujer que entró: lady Augusta Balantyne. Poseía una belleza morena y fría y la vivacidad de sus facciones era contenida, introvertida. Ella también debió de reconocerlo, porque adoptó una frialdad cuya causa no podía limitarse a que ella y el resto de la casa hubieran sido despertados a una hora intempestiva. Después de sus dos encuentros anteriores, el recuerdo que guardara de Pitt tenía que ser por fuerza doloroso.
Llevaba un vestido de seda oscuro, apto para visitas matinales. Era un diseño que aunaba moda y discreción, como correspondía a su edad y posición social. Su cabello oscuro tenía mechas blancas en las sienes; las penas habían apagado el color de su piel, pero no la inteligencia ni la férrea voluntad de su mirada.
Pitt se levantó.
—Le pido disculpas por haberla despertado tan temprano, lady Augusta —dijo afablemente—, pero ha aparecido un cadáver en la calle, justo delante de su casa, y me veo en la triste obligación de preguntar si alguno de sus moradores ha oído ruido.
Deseaba ahorrarle sobresaltos. El hecho de que no le resultara simpática le inspiraba una prudencia todavía mayor que la habitual.
—He dado por sentado que se trataría de algo semejante, inspector —contestó ella, negando de entrada cualquier posibilidad de contacto social entre ambos.
Estaban en su casa, a la que Pitt sólo podía llamar en el cumplimiento de su profesión.
Pitt experimentó una absurda crispación interna, y se sintió igual de insultado que si lady Augusta le hubiera propinado un bofetón. Era de prever. Después de todo lo ocurrido entre los dos, de tantas tragedias y culpas, ¿cómo esperar otra cosa? Quiso relajar la tensión de su cuerpo, pero no lo consiguió.
Balantyne también se había puesto de pie y los miraba a ambos como si él también tuviera que pedir disculpas: a Pitt por la condescendencia de su esposa y a ella por la presencia del policía, además de por otra desgracia.
—Un hombre a quien han agredido y asesinado —dijo sin rodeos.
Su mujer respiró hondo, pero no perdió ni un ápice de su compostura.
—¿Conocido nuestro?
—No —dijo Balantyne—. A menos... —Se volvió hacia Pitt.
—Es poco probable —dijo éste, mirando a Augusta—. Parece haber pasado una mala racha, y haber participado en una pelea. Los indicios apuntan a que no se trata de un robo.
Augusta se relajó.
—En ese caso, inspector, le sugiero que interrogue a los criados a fin de averiguar si han oído algo. Si la respuesta es negativa lamentaré no haber podido ayudarlo. Buenos días.
No se movió. Su intención no era marcharse, sino despedir a Pitt.
Balantyne parecía incómodo. No tenía el menor deseo de prolongar la entrevista, pero jamás se había retirado de una batalla, conque plantó una dolorosa resistencia.
—Cuando llegue el momento más oportuno para ir al depósito de cadáveres, avíseme y ahí me tendrá —dijo a Pitt—. Entretanto Blisset le enseñará cuanto desee ver, y no dude de que sabrá si falta algo o ha cambiado de colocación.
—¿Faltar? —inquirió Augusta.
Las facciones de Balantyne se tensaron.
—Es posible que el muerto fuera un ladrón —dijo lacónicamente, sin añadir ninguna explicación.
—Claro. —Su mujer encogió levemente un hombro—. Es una manera de explicar su presencia en la plaza.
Retrocedió para dejar paso a Pitt y aguardó en silencio a que hubiera salido al pasillo.
Blisset, el mayordomo, hombre maduro de porte rígido y militar, aguardaba al pie de la escalera. Cabía suponer que se tratara de un antiguo soldado, a quien Balantyne, conocedor de su historial, hubiera tomado a su servicio. Pitt reparó en su marcada cojera y la atribuyó a una herida de guerra.
—Si hace el favor de acompañarme... —dijo Blisset con gravedad.
En cuanto tuvo la seguridad de que Pitt lo seguía, atravesó el vestíbulo en dirección a la puerta forrada de paño que llevaba a las dependencias de la servidumbre.
Tellman se encontraba de pie al lado de la larga mesa del comedor de los criados, preparada para el desayuno (que a juzgar por su aspecto aún no había sido consumido por nadie). También se hallaba presente una doncella de vestido gris, delantal impoluto y recién planchado y cofia ligeramente torcida, como si se la hubiera puesto con prisas. Su manera de mirar a Tellman revelaba una gran antipatía. También estaban presentes un lacayo de unos diecinueve o veinte años, que estaba de pie al lado de la puerta de la cocina, y el limpiabotas, que miraba a Pitt con ojos como platos.
—De momento nada —dijo Tellman mordiéndose el labio. Tenía un lápiz y un cuaderno abierto, pero casi no había escrito nada—. Parece que en esta casa no hay problemas de insomnio.
Su tono lindaba con el sarcasmo. Pitt pensó que si tuviera que levantarse sistemáticamente a las cinco de la mañana y trabajar casi sin descanso hasta las nueve o las diez de la noche acabaría tan exhausto que dormiría como un tronco, pero no se molestó en señalarlo.
—Me gustaría hablar con las doncellas —dijo a Blisset—. ¿Puedo usar la sala de estar del ama de llaves?
El mayordomo accedió a regañadientes e insistió en presenciar el interrogatorio a fin de proteger a sus subordinados, como era su deber.
Por desgracia, dos horas de pesquisas diligentes y el registro a fondo de la parte principal de la casa no arrojaron ningún dato de interés. Las dos doncellas habían visto la caja de rapé, pero no recordaban hasta cuándo. No faltaba nada más, y podía afirmarse con rotundidad la ausencia de indicios de robo o presencia de personas no autorizadas en cualquiera de las habitaciones de ambas plantas.
Nadie había oído ruido en la calle adyacente.
Todas las visitas correspondían a personas con un largo historial de tratos con la casa. Nadie había visto a ningún vagabundo, novio (al menos reconocido), mendigo, vendedor ambulante o repartidor nuevo.
Pitt y Tellman abandonaron Bedford Square a las nueve y media y tomaron un coche de regreso a la comisaría de Bow Street. Poco antes de llegar hicieron un alto en un puesto callejero, donde pidieron una taza de té y un bocadillo de jamón.
—Dormitorios separados —dijo Tellman con la boca llena.
—Es lo habitual en los matrimonios de su clase —repuso Pitt, que encontró demasiado caliente el primer trago de té.
—¡Qué complicados! —Tellman reflejó en su rostro la opinión que le merecían—. O sea, que nadie puede responder de nadie. Si el muerto entró y lo sorprendieran robando, puede haberlo matado cualquiera. —Volvió a llenarse la boca de pan y jamón—. Es posible que lo dejara entrar una criada. A veces pasa. Podría haberlo oído cualquiera y empezar una pelea. Hasta el general, si mucho me apura.
A Pitt le habría gustado rechazar la idea, pero guardaba un recuerdo demasiado vívido de la mirada de Balantyne al ver la caja de rapé.
Tellman lo observaba esperando la respuesta.
—Todavía es pronto para conjeturas —contestó Pitt—. Empezaremos buscando más pruebas. Haremos una ronda por la plaza para ver si ha habido algún robo en otra casa, si han movido algo o les consta algún altercado.
—¿Quién va a mover algo pudiendo llevárselo?
—Nadie. —Pitt lo miró con frialdad—. Si cogieron in fraganti al ladrón y lo mataron, lo lógico es que el asesino devolviera los objetos robados a su lugar de origen; todo menos la caja de rapé, que no era suya y exigía ciertas explicaciones. A ver qué nos dice el forense cuando haya hecho un examen más concienzudo. Queda el recibo de los calcetines. —Tomó un sorbo de té, que ya estaba más tibio—. Aunque tampoco estoy seguro de que sirva de mucho saber cómo se llamaba.
Nada útil, sin embargo, resultó de sus minuciosas pesquisas por Bedford Square y las calles adyacentes. Nadie había oído nada, ni tenía constancia de ningún objeto cambiado de sitio o robado. Todos afirmaban haber dormido de un tirón.
El general Balantyne y su mayordomo Blisset acudieron al depósito de cadáveres a última hora de la tarde en cumplimiento de su deber, pero ninguno de los dos reconoció el cadáver. Pitt, que en el momento en que se destapó la cara del muerto observaba la expresión del general, advirtió una sorpresa fugaz, como si Balantyne esperara encontrar a otra persona, posiblemente conocida.
—No —dijo serenamente el general—. Es la primera vez que lo veo.
Pitt llegó tarde a casa, y una pequeña crisis doméstica mantuvo a Charlotte demasiado ocupada para comentar el caso en profundidad. Su marido prefirió dejar para más tarde el dato de la implicación del general Balantyne, objeto, según recordaba, de cierta simpatía por parte de Charlotte (hasta el punto de que ella había pasado algún tiempo en su casa ayudándolo en diversas tareas). Era preferible no generar angustias innecesarias, porque aún podía surgir una explicación más sencilla. Tampoco eran asuntos para comentarlos a última hora del día.
A la mañana siguiente fue a informar del caso al subjefe de policía Cornwallis, por el simple motivo de que se había producido en una zona de la ciudad poco acostumbrada a sucesos de aquella índole. Quizá el crimen no tuviera nada que ver con los residentes de la plaza, pero no cabía duda de que les causaría molestias.
Cornwallis llevaba poco tiempo en el cargo. Media vida en la marina lo había acostumbrado al mando, pero en cuestiones de derecho penal y política era poco menos que un recién llegado, y en el caso de la segunda había cosas que excedían su comprensión. Su manera de pensar no tenía nada de maquinadora. No estaba acostumbrado a la vanidad ni al pensamiento circular. El mar no permitía esos lujos; separaba a los diestros de los torpes y a los cobardes de los valientes con una inclemencia que poco tenía que ver con los impulsos de la ambición en los círculos del gobierno y la alta sociedad.
Se trataba de un hombre de estatura mediana, cuya delgadez parecía indicar mayor propensión a las tareas físicas que a las de escritorio. Sus movimientos eran elegantes y controlados. No era guapo (su nariz pecaba de demasiado larga y prominente), pero su cara transmitía equilibrio y franqueza. Su calvicie completa cuadraba bien con el resto de su persona. Pitt tenía dificultad en imaginárselo de cualquier otra manera.
—¿Qué ocurre?
La mirada de Cornwallis abandonó la mesa para concentrarse en Pitt, que acababa de entrar. Como hacía bochorno, las ventanas estaban abiertas y dejaban entrar el ruido del tráfico. Se oía el traqueteo de las ruedas, algún que otro grito de cochero, el estruendo de los carros de cerveza y el pregón de los vendedores ambulantes, que ofrecían cordones, flores, bocadillos y cerillas.
Pitt cerró la puerta.
—Ayer al alba encontramos un cadáver en Bedford Square —contestó—. Yo esperaba que no tuviera relación con las casas de la plaza, pero le encontramos encima una caja de rapé que pertenecía al general Brandon Balantyne, y de hecho apareció en el umbral de su casa.
—¿Un robo? —preguntó Cornwallis con tono de darlo por supuesto.
Su entrecejo se contrajo un poco, como si aguardara a que Pitt justificase el hecho de llevar personalmente el caso a su atención.
—Es muy posible que hubiera entrado a robar en alguna de las casas y que lo pillara in fraganti un criado o el dueño de la casa. Se pelearon con él y lo mataron —dijo Pitt—. Después, por miedo a las consecuencias, lo trasladaron al umbral de la casa de Balantyne en lugar de dejarlo donde estaba y avisar a la policía.
—Adivino lo que quiere decir. —Cornwallis se mordió el labio—. Ningún inocente actúa así, por mucho pánico que le entre. ¿Cómo le mataron?
—De un golpe en la cabeza con u
