Hay algo vulgar en el amor, sin siquiera señalar al sexo. Quiero decir, en su expresión que se convierte invariablemente en una relación de vulgaridades. Un gran poeta griego compuso o recitó dos poemas: uno parece celebrar la guerra, el otro la persistencia en la intención del regreso al hogar. El primer poema en realidad expresa emoción ante la ira, la voluntad de venganza y la piedad, y su tono es elevado, heroico. El otro poema exalta a un héroe extraviado que no puede volver a casa y a su esposa porque en el camino otras mujeres le ofrecen diversas formas de amor y hasta le cantan canciones eróticas. Este poema es por supuesto inferior al primero en su intención épica y más que una epopeya parece pertenecer a un género que se inventará mil años más tarde, la novela. El amor ha debilitado el tono épico del segundo poema. Si en vez de amor hablamos de sexo nos encontramos que la vulgaridad es rampante aun en la nomenclatura actual o popular. La palabra más a mano, pene, que parece pertenecer a la jerga médica, significa en latín rabo, y el uso de la palabra vagina para el sexo femenino viene de una vulgar comedia romana y quiere decir, sin asombro ni imaginación, vaina —que según el Diccionario de la Real Academia describe también, en sentido figurado y familiar, a una persona despreciable. (Es curioso que en francés un con sirva para designar un estúpido, y cunt en inglés se aplica también a un tonto miserable: ambas palabras significan en español coño.) A su vez en toda el área del Caribe un vaina es un idiota, aunque de niño me estaba permitido decir idiota pero no vaina, ¡por vulgar! Por otra parte, la literatura erótica (con excepciones brillantes en el mundo romano, algunos ejemplos renacentistas y las conocidas aves raras del siglo XVIII) siempre ha estado condenada a la vulgaridad, aun editorial. Esa condena me parece implícita en la expresión del amor, en el amor mismo. En otro gran poeta griego (todos los poetas griegos son grandes) veinticinco, veintiocho, treinta siglos después, que cantó a su vez al amor y a la historia, no asombra que sus poemas históricos sean superiores en su expresión, mientras sus poemas de amor resultan fatalmente vulgares.
No es que yo tenga nada contra la vulgaridad. Al contrario, nada me complace más que los sentimientos vulgares, que las expresiones vulgares, que lo vulgar. Nada vulgar puede ser divino, es cierto, pero todo lo vulgar es humano. Dijo Schopenhauer que uno debe escoger entre la soledad y la vulgaridad. Schopenhauer odiaba a las mujeres, yo odio la soledad. En cuanto a la expresión de la vulgaridad en la literatura y en el arte, creo que si soy un adicto al cine es por su vulgaridad viva y cada día encuentro más insoportables las películas que quieren ser elevadas, significativas, escogidas en su expresión o, lo que es peor aún, en sus intenciones. En el teatro, que es un antecedente del cine, prefiero la menor comedia de Shakespeare a la más empinada (ese adjetivo me lo sugieren los coturnos) tragedia griega. Si algo hace al Quijote (aparte de la inteligencia de su autor y la creación de dos arquetipos) imperecedero es su vulgaridad. Sterne es para mí el escritor del siglo XVIII inglés, no Swift, tan moralizante, o, montada en el fin de siglo, Jane Austen, so proper. Me encanta la vulgaridad de Dickens y no soporto las pretensiones de George Eliot. Dado a escoger, prefiero Bel-Ami a Madame Bovary, como ejemplo de ese artefacto vulgar que es la novela. Afortunadamente Joyce es tan vulgar como innovador, mejor que Bel-Ami casado con Madame Bovary. Fue Maupassant, al hablar de caza, quien dijo: «La mujer es la única pieza que vale la pena. Encontrarla es lo que da sentido a la vida.» Estoy de acuerdo.
En la segunda mitad del siglo XX la elevación de la producción pop a la categoría de arte (y lo que es más, de cultura) es no sólo una reivindicación de la vulgaridad, sino un acuerdo con mis gustos. Después de todo no estoy escribiendo historia de la cultura, sino poniendo la vulgaridad en su sitio —que está muy cerca de mi corazón—. En otra parte he exaltado el carácter precioso del lenguaje habanero, tan vulgar, tan vivo, tan sentida su desaparición. Es de este lenguaje ido con el viento de la Historia, una lengua muerta, que he exhumado una frase que parece ser cosa de cazador, cuando se refería a la conquista de una mujer —pero, ¿quién me obliga a no creer que la frase de andar por caza sea apropiada hasta el extremo de aparejar el ganar el amor de una mujer a una cacería?—. Ya los griegos usaban esta metáfora del amor como cacería y los romanos proveyeron a Cupido con un arco y una flecha. Esa frase, venatoria y venérea, es «El que la sigue la mata».
No recuerdo cuándo la oí por primera vez, pero sí sé cuándo me la dijeron a mí, como consejo de montería de amor. Fue expresada por el hermano mayor de un compañero del bachillerato, a cuya casa yo iba a estudiar muchas tardes. Ese estudiante graduado me la dijo al oírme hablar de una muchacha lejana que era conocida por mí solamente como la Prieta del Caballo. He hablado de ella y de su cercanía distante. Esa muchacha miraje permaneció tan inalcanzable después como antes del consejo amatorio —que tal vez fue dado con un gran grano de sal—. Pero la frase se probó sabia, aunque entonces yo la creía meramente apropiada para alentarme en mi persecución del amor, en esa época depositado en una muchacha prieta con un prendedor en forma de caballo. Fue muchos años más tarde que la puse en práctica sin saberlo y sucedió que solamente cuando se probó un axioma de amor que la recordé.
Solía anotar en mi memoria las características vitales de muchas muchachas (mi materia gris era mi libro negro), teniendo en mente el momento en que me sería útil ese conocimiento —que en muchos casos se limitaba a una mera visión persistente—. Sabía o sospechaba que en los medios artísticos había muchachas que eran más o menos fáciles. Muchas no habían leído a Isadora nunca y mucho menos estudiado el Ananga Ranga, pero estaba mi relación literaria-erótica con Julieta Estévez, que amaba tanto el teatro, que cuando su matrimonio fracasó en el sexo decidió tomar en serio la actuación —ella, tan accesible aunque todavía no había pasado de la mutilación común de Eliot, ya frecuentaba los medios teatrales—. Estaba además mi propio contacto con el Grupo Prometeo, del que estuve tan cerca que solamente mi timidez (o una incapacidad innata para expresar emociones) me impidió convertirme en actor, aun en actor aficionado.
Pero allí no encontré ninguna muchacha asequible, aunque muchas lo parecieran (videlicet: la espectacularmente bella María Suárez, tan campechana, vulgar y notoria por sus expresiones carentes de inhibiciones, como aquella declaración cuando recibió de su novio, en el hospital, convaleciente de una operación de apéndice, un ramo de flores con una tarjeta que decía Señorita María Suárez, y ella exclamó: «¡Señorita! Esas flores no vienen de mi novio. Él sabe más que eso para venir a llamarme señorita a estas alturas») y lo más cerca que estuve de llegar a enamorarme de una actriz fue de la menuda, melenuda Elizabeth Monsanto (en mi pasión onomástica su nombre parecía lo más enamorable de ella), pero estaba siempre escoltada por su madre, vieja majadera empeñada en que me hiciera actor, insistiendo que yo tenía la voz y la presencia escénicas (¿cómo lo sabía?, nunca había subido a un escenario) de un galán, aseveración que repetía tan a menudo, acompañada ahora por la hermosa Elizabeth Monsanto, que llegué a la conclusión de que había una veta de locura en la familia, tara teatral.
Podía haber tenido en mi caza acceso a los ensayos de otro grupo, el Teatro ADAD, porque era una empresa casi familiar, llevada a cabo cada mes, mimos menstruales, por unos vecinos de este compañero de estudios cuyo hermano me dio una frase para que la hiciera mi divisa. Pero allí en la familia ADAD (nadie usaba su nombre modesto), había demasiadas mujeres mayores, casi contemporáneas de mi madre: aunque el que hace incesto hace un ciento. La tercera posibilidad, antes de descubrir la cantera inagotable de la Academia de Arte Dramático, fue el Teatro Universitario, que tenía sus oficinas (en realidad, reducidas a un cuarto o dos) frente al anfiteatro Varona, que conocía bien por las funciones de cine (apodadas de arte) y por las clases a que concurrí en el curso de verano sobre cine cuando me gané la beca con que me adelanté al cine al uso por el cine ruso.
Con esa mezcla de timidez, astucia y audacia que caracterizan el comportamiento del zorro, me acerqué al gallinero del Teatro Universitario —donde pronto fui recibido como un intruso—. No era que lo intuyera, lo sentía, lo sabía, me lo decía cada mirada de actores y actrices en cierne, de estudiantes con dotes dramáticas, de profesores de historia del teatro que detestaban mi desdén por la tragedia griega, mero Homero con diálogos, de directores dictatoriales (no he conocido un solo director, desde una banda hasta un Banco, que no sea un dictador: Sick semper tyrannis!) y solamente me permitió merodear por aquel predio promisorio mi relación con Juan Mallet, que bien se podía llamar Johann Malletus, con su delgadez tensa, su pelo rubio cortado en cepillo prusiano y su porte militar. Mallet estaba, por fortuna, completamente loco, a pesar (o por ello mismo) de que estudiaba psiquiatría, y era esencial al Teatro Universitario porque era su único luminotécnico. La noche de la función, alambrudo, aparecía más activo que el más principal de los actores, yendo de un reflector a otro y cuidando la luz de cada escena, protagonista en la oscuridad. Manejaba con mano tan experta como desnuda cables, interruptores y pizarras eléctricas y con tal descuido que yo temía a cada instante su electrocución inminente, sin haber cometido otro crimen que hacer posible la ilusión escénica. No sé si fue mi admiración de siempre por los electricistas (su luminotecnia estaba más cerca del mero electricista que del artista de la iluminación) o el magnetismo negativo de su locura lo que nos relacionó. Tal vez fuera el ajedrez, polo positivo de mi juego errático, Capablanca del peón de albañil. Mallet, un maníaco del jaque mate, que yo debía propiciarle no sin resistencia, admiraba mi capacidad de juego para perder.
Pero con Mallet por Virgilio pude descender al domicilio dantesco del Teatro Universitario y, si no fui aceptado por los que ocupaban aquellos habitáculos ardientes debajo de una facultad (prácticamente un sótano), al menos no fui mirado más como un intruso y pude ojear el catálogo de bellezas que ofrecía el elenco escénico. Una entre todas aquellas beldades (había también, por supuesto, fealdades, pero supongo que es el despliegue de su belleza, el exhibicionismo, lo que hace que alguien quiera ser actor o actriz, sobre todo las mujeres, y así había más sirenas que gárgolas en aquel recinto mitológico: ésa es la palabra; allí se tuteaban con el complejo Edipo, habitaban la casa de los Atridas, merodeaban entre Medea y Jasón y conversaban con la Esfinge), vestal de Talía, atrajo mi vista, primero, y luego toda mi atención. (Todavía no conocía a Juan Blanco para preguntarle qué habría pensado él de la relación entre las actrices clásicas, siempre de pie, si esa verticalidad propiciaba la horizontalidad —o cuando menos un plano medio inclinado.) Ella era de mediana estatura (tal vez fuera más pequeña que yo, pero no me lo pareció entonces) y no muy proporcionada. Sus facciones más destacadas eran unos grandes ojos verdes. (Ya he hablado de la mitología de los ojos verdes en Cuba, donde una canción, Aquellos ojos verdes, ha hecho por ellos lo que otra canción, Ojos negros, hizo, supongo, por los ojos negros en Rusia. Además, está mi prima ópera, ahora tan lejos en el espacio como antes en el tiempo: un amor que sufrí de niño.) Aparte de los ojos estaba su boca, pintada, pero que se mostraba llena por debajo de la pintura, con labios bien formados, con ese arco doble en el labio superior y la larga onda ininterrumpida del labio inferior, que es tan común en las heroínas de los muñequitos y, muchas veces, del cine. De su cuerpo lo más extraordinario eran sus senos soberbios que sin embargo guardaban una proporción exacta con su figura. Tanto llenó mi vista su visión que no puedo recordar a ninguna otra muchacha vista aquel día y así, cuando pasó por mi lado, vistiendo un traje que se cerraba hasta el cuello, inusitado por el calor de la estación ardiente pero que hacía resaltar sus senos como si fuera un sweater, la miré tan intensamente que ella, sintiendo la mirada, me la devolvió pero no me vio. Quiero decir que miró en mi dirección pero su mirada atravesó mi cuerpo, me hizo aire, invisible, y ni siquiera notó mi presencia intrusa: el foco de mi mirada (mis ojos detrás de mis espejuelos) no existía para ella. Esa reducción al absurdo de la nada con una mirada aniquiladora porque no me veía la convirtió en inolvidable: no la vi en mucho tiempo, pero no la olvidé: es imposible olvidar los ojos de la gorgona que se ignora.
No sé si estuvo en alguna de las producciones universitarias (invariablemente dramas en verso: Lope, Calderón o el trío de griegos implacables: a cuál más insoportables), pero sí se ganó un puesto menor en la televisión. Un día (todavía vivía yo en Zulueta 408) la vi caminando calle Obispo abajo, despacio, casi paseando, y me acerqué y la saludé. Ella me miró y no me devolvió el saludo: pero esta vez me vio bien. Le pregunté que si no se acordaba de mí (¿cómo iba a acordarse del éter, no de l’être?), que nos habían presentado en el Teatro Universitario (cité el nombre luminoso de Mallet, que arrojó luz sobre mis credenciales) y ella entonces exclamó:
—Ah, sí, perdona. —Y me gustó que me tuteara y también que me mintiera—: No te reconocí —¿cómo me iba a reconocer si nunca me había conocido? Su voz (que no había oído antes) iba bien con su cuerpo: era baja, cultivada a la manera que es educada la voz de los actores: no aprendida en la niñez, por buena cuna, sino de adulto, por buena dicción. Llevaba un libreto en la mano y era obvio que era un guión de televisión, pero le pregunté que si iba a trabajar en el teatro, perverso que puedo ser.
—No, en el teatro no. En la televisión —me dijo, y nombró al autor mediocre que había escrito el libreto.
—Lo conozco —lo reconocía solamente de nombre, entonces para mí meramente despreciable desde un punto de vista literario, no político ni personal, como ocurrió después.
—¿Ah, sí? —dijo ella—. Yo no lo conozco.
El paseo —caminar se hizo de veras pasear a su lado— Obispo abajo, tan agradable, sólo los dos entre tantos peatones desconocidos, se hacía desagradable por la conversación y su sujeto, ese tercer hombre del tema. Pero de pronto ella tenía que irse, me dijo, y no le pregunté ni su dirección ni su teléfono —falla catastrófica en mi carácter, que provocó un terremoto emocional y me maldije mil veces cuando ella desapareció, no porque desapareciera, sino porque no dejara detrás otra estela que el recuerdo—. Es decir, desapareció literalmente porque pasó mucho tiempo y no la volví a ver ni en persona ni por la televisión, intruso intermediario. Pero una noche, poco antes de mudarnos para El Vedado, la capté caminando por los portales de la Manzana de Gómez. (Digo que la capté, no la cogí, porque hubiera implicado sorpresa pero también su atención a mi acción. La capté porque no soy una cámara, sino una cámara de cine: de haber sido una cámara de foto-fijas la habría capturado, fijado para siempre. Ahora la había captado, la tenía móvil pero en foco entre columna y columna de la arcada: se veía, vista de noche, con el alumbrado de las bombillas frente al Centro Asturiano, iluminada parcialmente, mostrada de noche por primera vez, más bella que nunca, ahora visible, ahora no visible, de nuevo visible.) Pero desgraciadamente no estaba sola: iba del brazo de un hombre alto, bien parecido, con un vago aire extranjero, no europeo ni americano, pero sí definitivamente nada cubano. Era obvio que ella estaba muy enamorada de ese hombre porque caminaba casi cosida a él y al mismo tiempo miraba su cara, sonreía de contento, aparentemente dependiente más que pendiente de la menor palabra de su conversación, que era un monólogo masculino y minucioso que parecía extender la columnata hasta el infinito —y yo los acompañaba, alegre y triste por la misma visión—. Los seguí de cerca, para verla bien a ella y ella por supuesto ni siquiera sospechó que yo estaba casi a su lado, que la miraba con intensidad discreta, ya que esta discreción me aseguraba no ser detectado por ella pero también me protegía de la estatura y la fortaleza de su compañero: es bueno poder ser a veces el hombre invisible.
Pasaron años y pasaron muchas mujeres en mi vida, hasta que pasó mi matrimonio. De algunas de esas mujeres, de esas muchachas más bien, he hablado ya, pero en todo este tiempo no olvidé a esa Venus desvelada en las honduras del Teatro Universitario, vista otras veces, pero aparentemente desaparecida, devuelta al mar Caribe. Solamente me quedaba su nombre, que averigüé con mi pericia para estas investigaciones, después que ha desaparecido el cuerpo, que me hacían una especie de minúsculo Marlowe del amor. Ella se llamaba (y el nombre tenía que ser, como se dice, de todas todas un seudónimo) Violeta del Valle. No olvidé su cara —su boca besable, sobre todo sus ojos—, ni mucho menos su cuerpo —sus senos sinuosos: ellos eran mi memoria— y tampoco, ¿cómo podía hacerlo?, olvidé su nombre nemotécnico. Así, cuatro, cinco, tal vez más años después la volví a encontrar, de entre todos los lugares del mundo —es decir, de La Habana—, en ese sitio de reunión que parecía ser para mí el vórtice del conocimiento, del reconocimiento esta vez —en un ómnibus, vulgo guagua—. Yo iba, como todas las noches o como casi todas, a mi notaría nocturna, convertida en otro hábito, como el coito casero, una malquerida costumbre. Había cogido, como siempre, la ruta 28, domada, doméstica, incapaz de sorpresas, pero a unas pocas paradas subió ella (la reconocí en seguida: uno siempre recuerda sus sueños) y la vi caminar por el angosto pasillo y, entre bandazos de esta barca que tiene que partir, tomar asiento como quien accede a un trono —sin verme, como siempre—. Se sentó sola y, no bien hubo pagado y eliminado así la interferencia del conductor, me levanté y me senté junto a ella, saludándola con mi acostumbrado hola que por alguna razón resulta exótico en La Habana. Ella me miró y no dijo nada, ni siquiera respondió a mi saludo ni retuvo mucho tiempo la mirada: el hombre invisible apenas visible por entre la lluvia del tiempo —Cloaked Rains.
—¿No se acuerda de mí?
—Por favor —empezó ella, como dispuesta a quejarse a la primera autoridad posible (el conductor, probablemente) de mi frescura. ¿Cómo iba un vasallo a sentarse en el trono junto a la reina? Fue tal la distancia que puso entre ella y yo en ese mismo asiento, que me pregunté si no me habría equivocado. Pero no tenía duda: era ella: esa combinación de grandes ojos verdes, boca bella y en medio una nariz con ventanas dilatables no para dejar pasar el aire, sino para dar más expresividad a su cara, no podían pertenecer más que a la belleza aliterante, tantas veces vista, descubierta con deseo, tantas veces deseada.
—¿Violeta del Valle?
Me volvió a mirar, esta vez sin hostilidad pero con atención.
—¿Yo lo conozco a usted?
Aunque el pronombre era distanciador, su tono era amable.
—Claro que sí. Del Teatro Universitario. Hemos hablado muchas veces, conversamos una tarde que nos encontramos por Obispo de televisión y del teatro y de los libretos.
No arriesgué un tuteo inmediato que pudiera parecer demasiado avanzado, pero ella dio el primer paso:
—Ah, sí, claro que sí me acuerdo. Perdona que no te reconociera, pero ha pasado tanto tiempo.
Sí, había pasado tiempo, mucho tiempo, porque yo la había visto en su arrobado paseo por los portales columnados de la Manzana de Gómez y pensé en ella muchas veces, deseando volverla a encontrar un día, deseándola. Por supuesto que no se lo dije.
—Sí, bastante —dije—. Como tres años de esa conferencia que pronuncié Obispo abajo sobre la televisión y el teatro y la actuación.
Ella se rió. Más bien se sonrió, pero sus labios eran generosos y su sonrisa pareció una risa. Todavía sonriendo me dijo que había dejado el teatro pero no la televisión. Ahora era actriz en Caracas. También me contó que se había casado con un venezolano —sin duda el hombre alto, bien parecido, de aspecto no del todo extranjero, no exactamente habanero, con quien la vi del brazo— y sin yo preguntarle añadió que se había divorciado y estaba aquí por el verano. Le dije que siendo Caracas una ciudad de meseta era más fresca que La Habana en verano, y lo lógico sería pasar el invierno en Cuba y el verano en Venezuela. Estuvo de acuerdo conmigo, pero de una manera evasiva y sin decírmelo me dio a entender que era su divorcio y no el verano que la había hecho volver. Lamentablemente su parada estaba demasiado cercana, ahí mismo, y yo no podía esa noche bajarme con ella porque debía aunque fuera hacer acto de presencia en un trabajo que mi actividad como crítico de cine y mi labor diaria de corrector de pruebas iban haciendo cada vez más obsoleto —por no decir redundante, ya que veía a Ortega todos los días en su despacho de Carteles—. De todas maneras, aunque no pude abandonar el vehículo, ella antes de bajarse me dio su número de teléfono y yo le repetí mi nombre. Para que no lo olvidara le di en realidad mi seudónimo. Siempre he sentido que mi verdadero nombre, largo y farragoso, es además olvidable. También le di mi número, pero, cauteloso que avanza, le di el de Carteles, tierra de todos en la guerra del amor, donde quedaba mi trinchera ideal.
La llamé, por supuesto, al día siguiente según amaneció: mi patrulla de la aurora. Hablamos un rato y su voz sonó aún más cautivadora por teléfono (esa malvada invención para hablar que convierte las características en caricaturas: el teléfono es a la voz lo que la fotografía a las facciones) que en persona, tal vez porque ella quería sonar cautivante. Le pregunté dónde vivía y me lo dijo, y aunque en su calle había buenos edificios, me explicó con detalles que vivía del costado cercano al cementerio de Espada. Me asombró que siendo actriz de televisión venezolana viviera en una zona más bien modesta, del lado pobre de la calle San Lázaro, que no es una calle que se pueda llamar elegante. (Estoy siendo irónico, por supuesto, con San Lázaro, calle cariada.) Pero añadió en seguida que vivía ahora con su hermana, ya que pensaba regresar pronto a Caracas. Volví a llamarla otra vez otro día (el teléfono convertido en un melófono, campanas de Bell) y quedamos en que saldríamos. No me alentó a ir a buscarla a su casa, aludiendo más que aduciendo el carácter de su hermana —¿cómo sería, una megera mayor?— y quedamos en que nos veríamos en el lobby del Rex Cinema, ese sábado a las cuatro. Ella me dijo antes de colgar que estaría encantada de verme otra vez —y me pareció una adenda adecuada—. Ese sábado dejé Carteles sin perder el tiempo con ninguno de mis amigos, antiguos o actuales, y me fui a casa a bañarme, a afeitarme, a acicalarme, preparándome para una cita que había hecho hacía años. A mi mujer le dije que había una preview de una película japonesa y, como de costumbre cuando se trataba de ejercer mi oficio del siglo, no la llevaba al cine: el crítico como cura, célibe celebra la comunión. Estuve en el lobby del Rex Cinema (mi antigua querencia, en un tiempo el colmo de la elegancia y del glamour, donde encontré un amor fugaz, de un solo dado, pero ahora, cosa curiosa, sabía que no iba a llevarme un desengaño, ni siquiera un chasco: tetas a la vista) exactamente a las tres de la tarde, cuando mataron a Lola por infiel, para que no hubiera lugar a la menor confusión de presentimientos. Me senté en un sillón que dominaba las puertas de cristal y me dispuse a esperar. Antes miré el reloj y vi que eran las tres y media y no las tres, como había creído antes, evidentemente confundiendo el segundero con el minutero. Todavía tenía problemas con la lectura del tiempo. Me dispuse a disponerme a esperar. Entre las tres y media y las cuatro hubo un espacio que duró más de media hora. A las cuatro ella no llegó y yo no esperaba tampoco que fuera muy puntual, a pesar de trabajar en televisión. Después de todo, me dije, antes que actriz es habanera, y ella tenía cara de mujer que se hace esperar. Pero entre las cuatro y las cuatro y cuarto el espacio se hizo una separación. A las cuatro y media comencé a temer que no vendría, pero me dije que eran temores infundados, pura paranoia. ¿Por qué no iba a venir? Después de todo, ella no podía haber sido más amable por teléfono, más asequible en persona, más propicia en el tono de su voz y aun en la amplia sonrisa acogedora cuando nos encontramos de nuevo, después que presenté mis cartas credenciales. (Esta metáfora se iba a mostrar irónica dentro de un rato.) Pero eran las cinco de la tarde y ella no había venido. Cada vez el tiempo se hacía más largo y al mismo tiempo más corto: ambigüedades del tiempo, hijo de la eternidad y del momento. Esas horas sentado en el lobby del Rex (aunque me puse de pie una o dos veces y fui hasta la puerta de cristales, no confiando siquiera en su translucidez, pero sin llegar a salir a la calle) me hicieron sentirme defraudado, más bien como alguien que recibe un billete falso: burlado y furioso por la burla —aunque estos sentimientos se atenuaban por la esperanza de que todavía viniera ella—. Pero a pesar de la lentitud del paso del tiempo en mi espera, en la esfera dieron las seis de la tarde —y entonces fue obvio que ella no vendría—. No sufrí una decepción, como me había ocurrido en situaciones semejantes unos años atrás (como la padecí en este mismo cine cuando Esther Manzano se redujo a un nombre) sino que fue un desengaño o, mejor, un engaño. ¿Por qué haber hablado en ese tono íntimo por teléfono y prometido venir al cine conmigo y dejarme plantado? ¿No habría sido más directo y más simple decirme que no podía venir, darme una excusa, ponerme una excusa? ¿Es que esta fácil reidora era una mujer difícil? ¿Acostumbraba ella a este tipo de timo? Era muy frecuente en La Habana y curiosamente solían practicarlo las actrices. Recuerdo una actriz, Esperanza Isis, particularmente notoria por su versión de La ramera respetuosa, actuaba en teatro arena, donde prácticamente se quedaba desnuda en escena, rodeada de ojos ávidos, puta irrespetuosa, de fama nacional. Ella había sido una vedette célebre y se convirtió en actriz entre las manos sucias de Sartre. Había un crítico teatral, especialmente adicto a las actrices, casado con una antigua belleza de sociedad, que se enamoró de esta encarnación escénica de La putain después de Pétain y ella le daba citas respetuosas en sitios concurridos, como Prado y Neptuno a las doce de la noche, en la esquina no del restaurante Miami, sino del Bar Partagás, justo debajo de la bañista en maillot de lumières. Como ella era amiga de Rine Leal (por la crónica celebratoria que Rine había escrito en su estreno), lo invitaba a dar una vuelta en su automóvil con chófer (era doblemente rica como vedette) y señalándole a una figura solitaria parada en la esquina antes luminosa y ahora hasta la bañista tenía su traje de luces apagado. «Mira, mira, ahí está —le decía a Rine, mencionando el nombre del crítico por su apodo íntimo—. Lleva esperando en esa esquina desde las doce. ¿No es verdad que es cómico?» Rine me contaba que a veces daban estos paseos a las dos y las tres de la mañana y allí estaba el crítico teatral esperando a su actriz actual. Lo más singular es que esta vedette devenida actriz por un golpe de teatro arena solía cambiar a menudo el lugar de la cita y allá iba el crítico a encontrarla —siempre en vano—. Frivolidad, tu nombre es Esperanza. Sin embargo, tanto esperó su cita, que llegó su oportunidad y la actriz-cum-vedette se acostó finalmente con ese crítico constante, como premio a su tenacidad —que era para Esperanza Isis como una forma de fidelidad.
Pero yo no conocía entonces la fábula nocturna de la actriz voluble y el crítico tenaz (ésta ocurriría en el futuro próximo) y estaba realmente furioso. No sé de dónde saqué papel de escribir (tal vez regresara a Carteles, no recuerdo: el frenesí tiene mala memoria) y le escribí una nota que comenzaba por decir simplemente Violeta del Valle, que era lo menos que podía llamarla, y seguía diciendo que lamentaba haberla hecho perder su tiempo en su afán de dejarme plantado y hacerse esperar, tiempo que debía ser precioso para ella y por tanto me consideraba en el deber de pagar por él. Ponía punto final y la firmaba con mi maldito nombre. La carta era un sinsentido, pero lo que hice después fue un desatino. Incluí todo el dinero que llevaba (había cobrado ese sábado como siempre) y se lo incluía (le decía yo) como forma de pago por mi espera. Es evidente que Stan Laurel no habría escrito una carta mejor. Conseguí un sobre y metí en él la carta, incluyendo el dinero. Acto seguido me dirigí a su casa, la que me costó trabajo encontrar (para colmo, metáforas metropolitanas, ella vivía en la calle Soledad), ya que quedaba al final de la calle, como ella me había dicho, y yo había olvidado, o confundido o traspapelado, entre mi papel y la tediosa (ya nada más que ella podía ser odiosa) calle San Lázaro, donde me bajé. Di con el número. Pertenecía a un edificio relativamente nuevo (tal vez hasta hubiera sido con
