1
Partieron dos horas antes de despuntar el alba y, al principio, no hizo falta romper el hielo del canal pues les habían precedido otras barcas. En cada barca, en la oscuridad, de forma que no se le veía, sino que solo se le oía, había un hombre a popa con una larga pértiga. El cazador iba en una banqueta atada a la caja que contenía su almuerzo y los cartuchos; las escopetas estaban apoyadas contra los señuelos de madera. En algún sitio, en cada barca, había un saco con dos o tres ánades hembras vivos, o una hembra y un macho, y en todas había un perro que se movía y temblaba inquieto al oír el ruido de las alas de los patos que les sobrevolaban en la oscuridad.
Cuatro de las barcas subieron por el canal principal hacia la gran laguna que había al norte. Una quinta barca se había desviado ya por un canal lateral. Después, la sexta barca se desvió al sur, hacia la laguna menos profunda, y el camino dejó de estar expedito.
Había hielo por todas partes, recién congelado por el frío nocturno y sin viento. Era flexible y se doblaba ante el empuje de la pértiga. Luego se rompía con tanta brusquedad como un cristal, pero la barca apenas avanzaba.
—Deme un remo —dijo el cazador de la sexta barca.
Se levantó y se instaló con cuidado. Oía a los patos que volaban en la oscuridad, y notaba la inquieta agitación del perro. Al norte oyó el ruido del hielo que rompían las otras barcas.
—Con cuidado —dijo a popa el de la pértiga—. No vaya a volcar la barca.
—Yo también soy barquero —respondió el cazador.
Cogió el remo y le dio la vuelta para sujetarlo por la pala. La agarró y clavó la empuñadura en el hielo. Notó el fondo duro de la laguna, descargó el peso en la pala, y sujetándola con las dos manos, tirando y empujando hasta que el mango de la pértiga quedó a popa, empujó la barca hacia delante para romper el hielo. El hielo se quebraba como láminas de cristal a medida que la barca avanzaba, y el barquero los llevaba hacia el paso que había abierto.
Al cabo de un rato, el cazador, que estaba esforzándose mucho y sudaba debajo de la ropa de abrigo, le preguntó al barquero:
—¿Dónde está el tonel?
—Ahí a la izquierda. En mitad de la bahía siguiente.
—¿Viramos ahora hacia allí?
—Como quiera.
—¿A qué viene eso de como quiera? Usted conoce estas aguas. ¿Hay profundidad suficiente para llegar?
—La marea está baja. ¿Quién sabe?
—Si no nos damos prisa será de día antes de que lleguemos.
El barquero no respondió.
«Muy bien, capullo taciturno —pensó el cazador para sus adentros—. Vamos para allá. Hemos recorrido ya dos tercios del camino y, si te preocupa tener que trabajar y romper el hielo para ir a buscar los patos, peor para ti.»
—Manos a la obra, capullo —dijo en inglés.
—¿Qué? —preguntó en italiano el barquero.
—He dicho que más vale darse prisa. Va a amanecer.
El día despuntó antes de que llegasen al enorme tonel de roble hundido en el fondo de la laguna. Estaba rodeado de una pendiente de tierra en la que habían plantado hierbas y juncos, el cazador desembarcó con cuidado y notó cómo se rompía la hierba helada al pisarla. El barquero levantó la banqueta de tiro y la caja de cartuchos y se los dio al cazador que los cogió y los dejó en el centro del tonel.
El cazador con las botas de agua que le llegaban a la cintura y una vieja chaqueta militar, con una insignia en el hombro izquierdo que nadie entendía, y unas manchas claras en la pechera de donde habían arrancado las estrellas, se metió en el tonel y el barquero le pasó las dos escopetas.
Las dejó contra la pared del tonel y colgó de unos ganchos la otra bolsa de cartuchos. Luego apoyó las escopetas contra los lados de la bolsa.
—¿Hemos traído agua? —le preguntó al barquero.
—No —respondió.
—¿La de la laguna se puede beber?
—No. No es buena.
El cazador estaba sediento por el esfuerzo de romper el hielo y empujar la barca y notó cómo aumentaba su cólera, luego se contuvo y dijo:
—¿Le ayudo a romper el hielo para colocar los señuelos?
—No —dijo el barquero y empujó brutalmente la embarcación contra la fina lámina de hielo que crujió y se rompió cuando la barca chocó con ella. El barquero empezó a golpear el hielo con la pala del remo y después se dedicó a lanzar señuelos detrás y a un lado.
«Está de un humor de perros —pensó el cazador—. Y es un animal. Yo he tenido que esforzarme como un mulo para llegar aquí. A él le ha bastado con empujar con todo el peso de su cuerpo. ¿Qué mosca le ha picado? ¿Es su oficio o no?»
Colocó la banqueta para tener el mayor ángulo posible a izquierda y a derecha, abrió una caja de cartuchos, se llenó los bolsillos y abrió otra caja de la bolsa para poder sacarlos con facilidad. Delante, donde la laguna reflejaba helada la primera luz del día, vio la barca negra y al alto y corpulento barquero golpeando el hielo con el remo y lanzando señuelos por la borda como si estuviese deshaciéndose de algo obsceno.
Cada vez había más luz y el cazador distinguió la línea de la punta al otro lado de la laguna. Sabía que detrás de esa punta había otros dos apostaderos y que detrás había más marismas y luego el mar abierto. Cargó las dos escopetas y comprobó la posición de la barca que estaba colocando los señuelos.
A su espalda oyó el susurro de unas alas que se acercaban y se agachó, cogió con la mano derecha la escopeta que tenía a ese lado mientras se asomaba por el borde del tonel y luego se puso en pie para dispararle a dos patos que descendían oblicuamente con las alas abiertas, recortándose oscuros contra el cielo gris, hacia donde estaban los señuelos.
Con la cabeza baja, inclinó la escopeta y apuntó muy por delante del segundo pato, luego, sin pararse a comprobar el resultado, alzó con suavidad la escopeta y apuntó a la izquierda del otro pato que estaba remontando el vuelo y al apretar el gatillo vio que se doblaba en dos y caía entre los señuelos sobre el hielo roto. Miró a su derecha y comprobó que el primer pato era una mancha negra sobre el mismo hielo. Sabía que había disparado con cuidado contra el primer pato, muy a la derecha de donde estaba la barca, y arriba y a la izquierda del segundo, dejando que cobrara altura para asegurarse de que la barca no estuviese en la línea de tiro. Había sido un doble magnífico, disparado justo como es debido, y con total consideración y respeto por la posición de la barca, y se sintió muy bien mientras recargaba la escopeta.
—Oiga —gritó el barquero—. No dispare hacia la barca.
«Desgraciado hijo de puta —se dijo el cazador—. Esta sí que es buena.»
—Eche los señuelos al agua —le gritó al barquero—. Pero dese prisa. No dispararé hasta que los haya echado todos. Solo hacia arriba.
El hombre de la barca no dijo nada que fuese audible.
«No lo entiendo —pensó el cazador—. Conoce el oficio. Sabe que me he esforzado tanto como él para llegar aquí. En mi vida le he disparado a un pato con más cuidado ni de forma más segura. ¿Qué le pasa? Me he ofrecido a ayudarle a poner los señuelos. Que se vaya al infierno.»
A la derecha, el barquero seguía golpeando con saña el hielo, y lanzando los señuelos de madera con un odio que se notaba en todos sus movimientos.
«No dejes que lo estropee —se dijo el cazador—. Con este hielo no vas a disparar mucho a no ser que el sol lo funda más tarde. Probablemente cazarás solamente unos pocos pájaros, así que no dejes que te lo estropee. No sabes cuántas veces más vendrás a cazar patos y no debes dejar que nada lo estropee.»
Observó el cielo que se iluminaba más allá de la larga punta en la marisma y, dándose la vuelta en el tonel hundido, contempló la laguna helada y la marisma, vio las montañas cubiertas de nieve a lo lejos. Desde allí abajo no se distinguían sus estribaciones y las montañas parecían alzarse bruscamente desde la llanura. Al mirar hacia las montañas notó la brisa en la cara y entonces supo que el viento vendría de allí, alzándose con el sol, y que algunos patos llegarían volando del mar cuando el viento los molestara.
El barquero había terminado de colocar los señuelos. Estaban en dos grupos, uno justo delante y hacia la izquierda, por donde saldría el sol, y el otro a la derecha del cazador. Entonces soltó el ánade hembra con el cimbel y el cimillo, y el animal metió la cabeza en el agua y chapoteó echándose agua a la espalda.
—¿No cree que sería mejor romper más hielo por los bordes? —le gritó el cazador al barquero—. Hay poca agua para atraerlos.
El barquero no dijo nada, pero empezó a golpear el perímetro astillado del hielo con el remo. Seguir rompiendo el hielo era innecesario y el barquero lo sabía. Pero el cazador lo ignoraba y pensó: «No entiendo a este hombre, pero no pienso dejar que me estropee el día. No debo permitírselo. Cada disparo puede ser el último y ningún imbécil hijo de puta me lo va a echar a perder. Así que no pierdas los nervios, chico».
2
Pero no era ningún chico. Tenía cincuenta años y era coronel de infantería del Ejército de Estados Unidos y, para pasar la revisión médica que tuvo que hacerse el día antes de ir a cazar a Venecia, había tomado suficiente hexanitrato de manitol para…, en fin, no sabía muy bien para qué… para pasar la revisión, se dijo.
El médico se había mostrado bastante escéptico. Pero anotó los resultados después de comprobarlos dos veces.
—¿Sabe, Dick? —dijo—. No está indicado; de hecho, está claramente contraindicado en caso de presión intraocular e intracraneal elevada.
—No sé de qué me habla —dijo el cazador, que en ese momento no era cazador más que en potencia y era coronel de infantería del Ejército de Estados Unidos, y general degradado.
—Hace mucho que lo conozco, coronel. O a lo mejor solo me lo parece —le dijo el médico.
—Hace mucho —respondió el coronel.
—Parecemos letristas de canciones[1] —dijo el médico—. Pero más vale que no choque con nada ni le toque ninguna chispa, porque está usted empapado en nitroglicerina. Tendría que llevar una cadenita arrastrando como los camiones cisterna que transportan gasolina de muchos octanos.
—¿Es que no ha salido bien el electrocardiograma? —preguntó el coronel.
—El electrocardiograma estaba perfecto, coronel. Podría ser el del un hombre de veinticinco años. Podría ser el de un chico de diecinueve.
—Entonces ¿qué me está diciendo? —preguntó el coronel.
Tanto hexanitrato de manitol a veces producía náuseas y estaba deseando terminar. También estaba deseando tumbarse y tomar un seconal. «Debería escribir el manual de tácticas menores para el pelotón con tensión elevada —pensó—. Ojalá pudiera decírselo. ¿Por qué no me pongo a merced del tribunal? Nunca lo haces. Siempre te declaras no culpable.»
—¿Cuántas veces le han golpeado en la cabeza? —le preguntó el médico.
—Ya lo sabe —respondió el coronel—. Figura en mi 201.[2]
—¿Cuántas veces le han golpeado en la cabeza?
—¡Dios! —Luego dijo—: ¿Lo pregunta para el ejército o como mi médico?
—Como su médico. No creerá que quiero que se retire antes de tiempo, ¿verdad?
—No, Wes, lo siento. ¿Qué quería saber?
—Conmociones.
—¿Las de verdad?
—Cualquiera con la que perdiese el sentido o en la que después no recordara lo sucedido.
—Unas diez —dijo el coronel—. Contando el polo, tres arriba o abajo.
—Pobre viejo hijo de puta —dijo el médico—, coronel, señor —añadió.
—¿Puedo irme ya?
—Sí, señor —respondió el médico—. Está en buena forma.
—Gracias —dijo el coronel—. ¿Le apetece ir a cazar patos en las marismas de la desembocadura del Tagliamento? Es un coto magnífico. Los dueños son unos chicos italianos muy simpáticos a los que conocí en Cortina.
—¿Es ese sitio donde cazan fochas?
—No. Patos de verdad. Buenos chicos. Buena caza. Patos de verdad. Ánades reales, rabudos y silbones. Algunos gansos. Igual que en casa cuando éramos críos.
—Yo era un crío en el veintinueve y el treinta.
—Es la primera maldad que le oigo.
—No lo decía en ese sentido. Me refería a que no recuerdo cuándo se cazaban buenos patos. Además, soy un chico de ciudad.
—Ese es su único puñetero defecto. Nunca he visto a un chico de ciudad que valiera nada.
—No lo dice en serio, ¿verdad, Coronel?
—Pues claro que no. Lo sabe muy bien.
—Está usted en buena forma, coronel —dijo el cirujano—. Siento no poder ir con usted. Ni siquiera sé disparar.
—Diablos —respondió el coronel—. Eso da igual. Tampoco sabe nadie en este ejército. Me gustaría que viniera.
—Le daré algo para complementar lo que está tomando.
—¿Hay alguna cosa?
—En realidad no. Pero están investigando.
—Que investiguen —dijo el coronel.
—Esa me parece una actitud muy loable, señor.
—Váyase al infierno —dijo el coronel—. ¿Seguro que no quiere venir?
—Yo me tomo el pato en Longchamps, en Madison Avenue —respondió el médico—. Hay aire acondicionado en verano y calefacción en invierno y no tengo que levantarme antes del alba ni que ponerme calzoncillos largos.
—Muy bien, chico de ciudad. Nunca sabrá lo que es bueno.
—Nunca he querido saberlo —replicó el médico—. Está en buena forma, señor.
—Gracias —dijo el coronel y se fue.
3
Eso fue anteayer. Ayer había ido desde Trieste a Venecia por la carretera vieja que iba de Monfalcone a Latisana por el llano. Tenía un buen chófer y se relajó por completo en el asiento delantero del coche y contempló esa región que había conocido de muchacho.
«Parece muy diferente —pensó—. Supongo que es porque las distancias han cambiado. Cuando te haces mayor todo es mucho más pequeño. Y las carreteras también son mejores, y no hay polvo. La única vez que las recorrí fue en un camión de artillería. Las otras íbamos a pie. Supongo que lo que buscaba entonces cuando nos deteníamos eran sombras y los pozos de las granjas. Y también zanjas —pensó—. Seguro que buscaba un montón de zanjas.»
Tomaron una curva y cruzaron el Tagliamento por un puente provisional. Había hierba en las orillas y varios hombres pescando en el margen más alejado donde el agua era más profunda. Estaban reparando el puente volado entre el estrépito de los martillos remachadores y, a unos setecientos metros más allá, se distinguían las ruinas del edificio y las dependencias de una casa de campo construida por Longhena allí donde los bombarderos medianos habían soltado su carga.
—Mire —dijo el chófer—. En esta región encuentra uno un puente o una estación de tren. Luego va un kilómetro en cualquier dirección y la encuentra así.
—Supongo que la moraleja es —dijo el coronel— que no vale la pena construirse una mansión campestre, o edificar una iglesia, o contratar al Giotto para que te pinte unos frescos, si tienes una iglesia a setecientos metros de un puente.
—Ya suponía yo que tenía que haber una moraleja, señor —dijo el chófer. Habían pasado al lado de la villa en ruinas hacia la carretera recta con los sauces que crecían al lado de las zanjas todavía oscuros por el invierno y los campos cubiertos de moreras. Más adelante había un hombre pedaleando en una bicicleta y usando las dos manos para leer el periódico—. Si son bombarderos pesados, la moraleja debería decir a un kilómetro y medio —dijo el chófer—. ¿No cree, señor?
—Si son misiles guiados —dijo el coronel—. Mejor dejarlo en cuatrocientos kilómetros. Más vale que le dé un bocinazo a ese ciclista.
El chófer obedeció, y el hombre se apartó a un lado de la carretera sin levantar la vista ni tocar el manillar. Al adelantarlo, el coronel intentó ver qué periódico estaba leyendo, pero estaba doblado en dos.
—Supongo que lo mejor ahora sería no construirse una casa elegante o una iglesia, o que… ¿quién ha dicho que iba a pintar los frescos?
—El Giotto. Pero podría ser Piero della Francesca, o Mantegna. Podría ser Miguel Ángel.
—¿Sabe mucho de pintores, señor? —preguntó el chófer.
Ahora estaban en un tramo recto de carretera e iban tan deprisa que una granja se fundía, casi borrosa, con la siguiente y solo se veía lo que había por delante y avanzaba hacia ti. La visión lateral era solo una condensación de tierras bajas y llanas en invierno. «No estoy seguro de que me guste la velocidad —pensó el coronel—. Brueghel tendría que haber estado en muy buena forma para observar el campo así.»
—¿Pintores? —le preguntó al chófer—. Algo sé, Burnham.
—Soy Jackson, señor. Burnham está en el centro de reposo en Cortina. Es un buen sitio, señor.
—Cada día me vuelvo más estúpido —dijo el coronel—. Perdone, Jackson. Es un buen sitio. Buena comida. Bien organizado. Nadie te molesta.
—Sí, señor —coincidió Jackson—. En fin, la razón por la que le he preguntado lo de los pintores son esas madonas. Pensé que debía ver algunos cuadros, así que fui a ese sitio tan grande en Florencia.
—¿Los Uffici? ¿El Pitti?
—Como se llame. El más grande. Y estuve viendo esos cuadros hasta que empezaron a salírseme las madonas por las orejas. De verdad, coronel, si no está uno acostumbrado a ver cuadros, solo se pueden ver unas cuantas madonas sin que te afecten. ¿Sabe cuál es mi teoría? Ya sabrá que están locos por los bambini y que cuanto menos tienen para comer más bambini tienen y conciben. Bueno, pues creo que es probable que a esos pintores les gustasen mucho los bambini, como a todos los italianos. No conozco a los que acaba de decir, así que no los incluiré en mi teoría, ya me sacará usted de dudas. Pero a mí me parece que todas esas madonas, y ya le digo que vi muchas, señor, a mí me parece que esos pintores de madonas estaban haciendo una especie, digamos, de manifiesto de todo eso de los bambini, no sé si me explico.
—Sin olvidar que estaban limitados a los asuntos religiosos.
—Sí, señor. Entonces ¿cree que mi teoría es correcta, señor?
—Claro. Aunque creo que es un poco más complicado.
—Naturalmente, señor. Es solo una teoría preliminar.
—¿Tiene más teorías sobre el arte, Jackson?
—No, señor. La teoría de los bambini es la única que he madurado hasta ahora. Lo que querría, no obstante, es que pintasen algún buen cuadro de las montañas donde está el centro de reposo de Cortina.
—Tiziano era de allí —dijo el coronel—. Al menos eso dicen. Bajé al valle y visité la casa donde se supone que nació.
—¿Era un sitio bonito, señor?
—No mucho.
—Bueno, si pintó cualquier cuadro de esa región, con esas rocas de colores al atardecer y los pinos y la nieve y las agujas…
—Los campaniles —dijo el coronel—. Como el de ahí delante, en Ceggia. Significa «campanario».
—Bueno, si pintó algún buen cuadro de esa región me gustaría mucho comprarle alguno.
—Pintó a algunas mujeres maravillosas —dijo el coronel.
—Si tuviese un garito, un bar de carretera o una especie de hotel, me vendrían muy bien —dijo el chófer—. Pero si llevase a casa un cuadro de una mujer, mi esposa me correría de Rawlins a Buffalo. Y tendría suerte de llegar a Buffalo.
—Podría donarlo al museo local.
—Lo único que tienen en el museo local es puntas de flecha, tocados de guerra, cuchillos de cortar caballeras, algunas cabelleras, peces petrificados, pipas de la paz, fotografías de Johnson Comehígados, y la piel de un granuja al que ahorcaron y a quien despellejó algún matasanos. Uno de esos cuadros de mujeres estaría fuera de lugar.
—¿Ve el siguiente campanile al otro lado del llano? —dijo el coronel—. Le enseñaré un sitio donde combatimos cuando era un muchacho.
—¿Combatió aquí también, señor?
—Sí —dijo el coronel.
—¿Quién tenía Trieste en esa guerra?
—Los krauts. Los austríacos, quiero decir.
—¿Llegamos a conquistarla?
—No hasta el final, cuando terminó.
—¿Quién tenía Roma y Florencia?
—Nosotros.
—Bueno, entonces supongo que no estaba usted tan puñeteramente mal.
—Señor —dijo el coronel con amabilidad.
—Lo siento, señor —se corrigió enseguida el chófer—. Yo estaba en la Trigésimo sexta División, señor.
—He visto la insignia.
—Estaba pensando en el Rapido, señor, no pretendía ser insolente ni faltarle al respeto.
—No lo ha hecho —dijo el coronel—. Estaba pensando usted en el Rapido. Oiga, Jackson, cualquiera que haya sido soldado mucho tiempo ha tenido sus Rapidos, y más de uno.
—A mí me basta con uno, señor.
El coche pasó por la alegre ciudad de San Dona di Piave. Estaba reconstruida, pero no era más fea que una ciudad del medio oeste, y era tan próspera y animada como mísera y triste era Fossalta, río arriba, pensó el coronel. «¿Llegó a recuperarse Fossalta después de la primera guerra? Nunca estuve allí antes de que la redujesen a escombros —pensó—. La bombardearon antes de la gran ofensiva del 15 de junio en el 18. Luego la bombardeamos aún más antes de volver a reconquistarla.» Recordó que el ataque había partido de Monastier y pasado por Fornace y ese día invernal recordó que había sido en verano.
Hacía unas semanas había pasado por Fossalta y había bajado por la carretera en busca del lugar donde lo habían herido en la orilla del río. Fue fácil de encontrar gracias a la curva que describía el río y, en el sitio donde había estado el nido de ametralladoras pesadas, vio el cráter cubierto de hierba mordisqueada por las ovejas o las cabras hasta dejarla como una hondonada en un campo de golf. El río fluía lento con un color azul fangoso, había cañas en ambas orillas y el coronel, al ver que no había nadie cerca, se acuclilló y mirando al otro lado del río desde la orilla donde no se podía asomar la cabeza de día, se alivió exactamente en el mismo sitio donde había determinado por triangulación que lo habían malherido treinta años antes.
—Un pobre esfuerzo —les dijo en voz alta al río y a la orilla que estaban aletargadas con el silencio del otoño y empapadas por la lluvia—, pero es mío.
Se puso en pie y miró a su alrededor. No había nadie a la vista y había dejado el coche en la carretera enfrente de la última y más triste casa reconstruida de Fossalta.
—Ahora completaré el monumento —le dijo a nadie más que a los muertos, y sacó del bolsillo una navaja Solingen como las que llevan los cazadores furtivos alemanes. Al abrirla saltó el seguro y, dando vueltas excavó un agujero en la tierra húmeda. Limpió el cuchillo en su bota de combate derecha y luego insertó un billete pardo de diez mil liras en el agujero, lo tapó y puso la hierba que había recortado encima—. Así son veinte años a quinientas liras por año por la Medaglia d’Argento al Valore Militare. Por la Cruz Victoria, te dan diez guineas, creo. La Cruz por Servicios Distinguidos no está subvencionada. La Estrella de Plata es gratis. Me quedaré con el cambio —dijo.
«Así está bien —pensó—. Hay merde, dinero y sangre; mira cómo crece esa hierba; hay hierro en la tierra, además de la pierna de Gino, las dos piernas de Randolfo y mi rótula derecha. Es un monumento maravilloso. Tiene de todo. Fertilidad, dinero, sangre y hierro. Igual que una nación. Donde haya fertilidad, dinero, sangre y hierro ahí está la patria. Aunque hace falta carbón. Tendríamos que traer carbón.»
Luego miró al otro lado del río hacia la casa blanca reconstruida que había sido un montón de escombros y escupió en el río. Estaba lejos del agua, pero llegó.
—Aquella noche no pude escupir y hasta mucho tiempo después tampoco —dijo—. Pero no escupo mal para no mascar tabaco.
Volvió andando despacio a donde estaba aparcado el coche. El chófer se había quedado dormido.
—Despierta, hijo —le había dicho—. Da la vuelta y sigue por esa carretera en dirección a Treviso. En esta región no necesitamos mapa. Yo te diré por dónde ir.
4
Ahora, camino de Venecia, dominándose a sí mismo y sin pensar en su gran necesidad de llegar, el enorme Buick dejó atrás San Dona y llegó al puente sobre el Piave.
Cruzaron el puente, llegaron al lado italiano del río y volvió a ver la vieja carretera. Ahora era tan lisa e indistinguible como a lo largo del río. Aunque reconoció las antiguas posiciones. Y ahora, a ambos lados de la carretera llana, recta y rodeada de acequias por la que estaban circulando, crecían los sauces de los dos canales donde habían echado a los muertos. Al final de la ofensiva se había producido una carnicería y alguien, para despejar las posiciones de la orilla del río y la carretera con aquel tiempo tan caluroso, había ordenado que arrojasen a los muertos a los canales. Por desgracia, las esclusas del canal seguían en manos de los austríacos río abajo, y estaban cerradas.
Así que el agua apenas circulaba, y los muertos estuvieron allí mucho tiempo, flotando e hinchándose boca abajo o boca arriba, fuese cual fuese su nacionalidad, hasta alcanzar proporciones colosales. Por fin, cuando se organizaron las cosas, los soldados los sacaron una noche y los enterraron cerca de la carretera. El coronel buscó alguna zona más verde cerca de la carretera pero no distinguió ninguna. No obstante, había muchos patos y gansos en los canales, y los hombres pescaban en ellos a lo largo de la carretera.
«Los desenterraron —pensó el coronel— y los volvieron a enterrar en ese enorme osario de Nervesa.»
—Combatimos aquí cuando era un muchacho —le dijo el coronel al chófer.
—Es una región puñeteramente llana para combatir —dijo el chófer—. ¿Defendieron ese río?
—Sí —dijo el coronel—. Lo defendimos, lo perdimos, y luego volvimos a tomarlo.
—Aquí no hay una elevación hasta donde alcanza la vista.
—Eso era lo malo —dijo el coronel—. Había que utilizar elevaciones tan pequeñas que no se veían, zanjas, casas, orillas de canales y setos. Era como Normandía, pero más llano. Supongo que debió de ser como combatir en Holanda.
—Ese r
