Viento letal (Dirk Pitt 18)

Clive Cussler

Fragmento

primera parte

UN AIRE DE MUERTE

1

Los vientos remolineaban sin mucha fuerza sobre la descolorida cabaña de hojalata amarilla asentada sobre un pequeño risco que dominaba el mar. Algunos copos de nieve bailaban alrededor del alero de la estructura, antes de caer al suelo y fundirse entre la hierba y la tundra. Pese al zumbido cercano del generador diésel, un peludo husky estaba tumbado sobre una pequeña parcela de grava, disfrutando de un profundo sueño. Una golondrina ártica de plumas blancas revoloteó cerca para echar un vistazo, y después se detuvo un momento en el tejado del pequeño edificio. Después de examinar con curiosidad el extraño conjunto de antenas verticales, faros y antenas parabólicas que adornaban el tejado, la pequeña ave se dejó llevar por una ráfaga de viento y se alejó en busca de ofertas más comestibles.

La estación meteorológica de la Guardia Costera de la isla Yunaska era tan tranquila como remota. Situada en mitad de la cadena de islas Aleutianas, Yunaska era una de las docenas de elevaciones volcánicas que se curvaban desde el territorio continental de Alaska como un tentáculo arqueado. De apenas veinticinco kilómetros de anchura, la isla se distinguía por dos volcanes dormidos en cada extremo, separados por colinas onduladas cubiertas de hierba. Aparte de un único árbol o arbusto alto, la isla verde se elevaba como una esmeralda de las gélidas aguas del océano circundantes, cuando la primavera se encaminaba ya hacia su final.

Hacia el centro de las corrientes del Pacífico, Yunaska era un punto ideal para seguir la pista de las condiciones marinas y atmosféricas que darían lugar a frentes desarrollados por completo cuando se movieran hacia el este, en dirección a Norteamérica. Además de recoger datos meteorológicos, la estación de la Guardia Costera también servía como estación repetidora de auxilio y rescate para los pescadores con problemas que trabajaban en las aguas cercanas.

El lugar no podía considerarse un paraíso para los dos hombres destinados a la estación. El pueblo más cercano se hallaba a ciento treinta y cinco kilómetros de distancia, mientras su base se encontraba en Anchorage, a más de mil quinientos kilómetros. Los aislados habitantes estaban solos durante un período de tres semanas, hasta que llegaba por vía aérea el siguiente par de voluntarios. Durante cinco meses al año, las brutales condiciones meteorológicas obligaban a clausurar la estación, salvo por mínimas operaciones a distancia, pero de mayo a noviembre, el equipo de dos hombres estaba de servicio día y noche.

Pese a la reclusión, el meteorólogo Ed Stimson y el técnico Mike Barnes consideraban la misión un chollo. A Stimson le gustaba practicar su ciencia, mientras que Barnes se refocilaba pensando en el tiempo libre que acumularía después de trabajar en un turno, el cual dedicaría a buscar oro en rincones remotos de Alaska.

—Te lo digo, Ed, tendrás que buscarte un nuevo compañero después de nuestro siguiente descanso. Descubrí una fisura de cuarzo acojonante en los montes Chugach. Sé que tiene que haber una gruesa y jugosa veta de oro justo debajo.

—Claro, como ese hallazgo del que te jactaste en el río McKinley —bromeó Stimson.

Barnes poseía un optimismo ingenuo que siempre divertía al meteorólogo.

—Ya me creerás cuando me veas pasear por Anchorage en mi Hummer nuevo —contestó Barnes, algo indignado.

—Muy justo —contestó Stimson—. Entretanto, ¿puedes echar un vistazo al soporte del anemómetro? Las mediciones de la velocidad de los vientos han vuelto a dejar de grabarse.

—Pero no te apropies de mi mina de oro mientras estoy en el tejado —sonrió Barnes, mientras se ponía un grueso chaquetón.

—No tienes por qué preocuparte, amigo mío. No tienes por qué preocuparte.

Dos millas al este, Sarah Matson se arrepentía de haberse dejado los guantes en la tienda. Aunque la temperatura alcanzaba casi los diez grados, la sensación de frío era mucho más intensa debido a una brisa procedente del mar. Tenía las manos mojadas por haberse arrastrado sobre pedruscos bañados por el oleaje, y las yemas de sus dedos estaban perdiendo la sensibilidad a marchas forzadas. Mientras trepaba por un barranco, intentó olvidarse de sus manos heladas y concentrarse en sus movimientos, que la acercaban cada vez más a su presa. Avanzó con cautela por un sendero sembrado de guijarros y trepó poco a poco hasta un punto privilegiado, situado junto a un afloramiento rocoso.

A menos de diez metros de distancia, una ruidosa colonia de leones marinos retozaba al borde del agua. Una docena de dichos mamíferos bigotudos estaban apelotonados como turistas en la playa de Río, mientras cuatro o cinco más nadaban en el oleaje. Dos machos jóvenes se ladraban mutuamente, tratando de llamar la atención de una hembra cercana, que no demostraba el menor interés por ninguno de los dos. Varios cachorros dormían ajenos al alboroto, acurrucados contra el estómago de su madre.

Sarah sacó una pequeña libreta del bolsillo y empezó a tomar nota de las características de cada animal, calculando su edad, sexo y aparente estado de salud. Observó con la máxima precisión posible cada león marino, buscando señales de espasmos musculares, secreciones oculares o nasales, o cantidad excesiva de estornudos. Después de casi una hora de observación, devolvió la libreta al bolsillo, con la esperanza de que después sería capaz de leer la caligrafía garabateada por sus dedos ateridos.

Sarah volvió sobre sus pasos por el barranco. Descubrió que sus pisadas de antes habían dejado huellas en la hierba apenas crecida, y las siguió con facilidad hacia el interior, hasta subir por una pendiente poco pronunciada. Notó que la fría brisa del mar revitalizaba sus pulmones mientras caminaba, al tiempo que la desnuda belleza de la isla lograba que se sintiera plena de energías y de vida. Pese a su cuerpo esbelto y delicadas facciones, la mujer de pelo color pajizo, de unos treinta años, disfrutaba trabajando al aire libre. Sarah, que se había criado en el Wyoming rural, había pasado todos los veranos paseando a pie y a caballo por los montes Teton con un par de hermanos pendencieros. Su amor por la vida salvaje la había impulsado a estudiar veterinaria en la universidad del vecino estado de Colorado. Tras una serie de empleos de investigadora en la costa Este, había seguido a uno de sus profesores favoritos hasta los Centros de Control Epidemiológico federales, con la promesa de que no estaría encerrada en un laboratorio todo el día. En su papel de epidemióloga de los CDC (Centers for Disease Control), podía combinar su pasión por la vida salvaje y los espacios abiertos con la investigación de las enfermedades contagiosas entre animales que suponían una amenaza para la salud de los humanos.

Estar en las islas Aleutianas era el tipo de aventura al aire libre que anhelaba, si bien la razón de su presencia estaba relacionada con su corazón amante de los animales. Se había informado de un número misterioso de leones marinos muertos en el oeste de la península de Alaska, aunque no existían sospechas de ninguna catástrofe ecológica conocida o de algún desastre desencadenado por seres humanos. Sarah y dos compañeros habían sido enviados desde Seattle para diagnosticar la extensión de la mortandad y su grado de dispersión. El equipo empezó con la isla exterior de Attu para desplazarse con posterioridad hacia el este, en busca de señales de la epidemia al tiempo que avanzaban hacia la Alaska continental. Cada tres días, un pequeño hidroavión recogía al equipo y lo transportaba a la siguiente isla, con nuevas provisiones. El segundo día en Yunaska no había logrado revelar nada sobre la enfermedad entre la población local de leones marinos, lo cual había inspirado cierta sensación de alivio a Sarah.

Agraciada con pómulos salientes y suaves ojos color avellana, la bonita científica recorrió con rapidez los tres kilómetros que distaba el campamento y divisó el trío de tiendas rojas a lo lejos. Un hombre rechoncho y barbudo, vestido con una camisa de franela y una gastada gorra de béisbol de los Seattle Mariners, estaba rebuscando en una nevera de buen tamaño cuando Sarah se acercó al campamento.

—Hola, Sarah. Sandy y yo estábamos haciendo planes para comer —dijo Irv Fowler con una sonrisa. Un hombre tranquilo de cincuenta y pocos años, Fowler aparentaba diez menos.

Una pelirroja menuda salió de una tienda con una olla y un cucharón.

—Irv siempre está haciendo planes para comer —respondió Sandy Johnson con una sonrisa, al tiempo que ponía los ojos en blanco.

—¿Cómo os ha ido esta mañana? —preguntó Sarah, mientras acercaba un taburete y se sentaba.

—Sandy tiene las estadísticas. Investigamos una colonia numerosa de leones marinos en la playa este, y todos parecían gordos y sanos. Encontré un cadáver, pero a juzgar por las apariencias, el amigo había expirado a una edad avanzada. Tomé una muestra de tejido para analizarlo en el laboratorio, por si las moscas.

Mientras hablaba, Fowler encendió la cocina de campaña, y la llama azul ardió con un «puf».

—Eso coincide con lo que yo también he observado. Parece que la enfermedad no se ha propagado hasta los leones marinos de la encantadora Yunaska —contestó Sarah, al tiempo que sus ojos exploraban el paisaje verde que les rodeaba.

—Esta tarde podemos observar la colonia de la costa oeste, puesto que nuestro piloto no vendrá a recogernos hasta mañana por la mañana.

—Así andaremos un poco, pero podemos parar a charlar un rato en la estación de la Guardia Costera, porque nuestro piloto dijo que estaba habitada en esta época del año.

—Entretanto —anunció Fowler, mientras colocaba la olla sobre la cocina—, ha llegado el momento de la especialidad de la casa.

—No será ese picantísimo... —intentó protestar Sandy antes de que la interrumpieran.

—Ya lo creo. Chili cajún du jour —sonrió Fowler, y tiró el contenido grumoso de una lata grande en la olla.

—Como dicen en N’Awlins* —rió Sarah—, laissez le bon temps rouler.

Ed Stimson miraba con atención un monitor de radar meteorológico, y vio que una ligera masa de nubes electrónicas blancas ocupaba la parte superior de la pantalla verde. Era un frente de tormentas moderado, unos trescientos kilómetros al sudoeste, que durante varios días dejaría lluvias abundantes sobre su isla. Un golpeteo en el techo rompió su concentración. Barnes seguía trabajando con el anemómetro en el tejado.

Un parloteo sembrado de estática resonó en toda la cabaña, procedente de un equipo de radio instalado en una esquina. Barcos pesqueros cercanos, cuyos capitanes hablaban del tiempo, constituían la mayor parte de las emisiones de radio que recibía la isla. Stimson hizo lo que pudo por sintonizar la cháchara sin sentido, y al principio no detectó el extraño siseo. Era una resonancia grave procedente del exterior. Después, la radio enmudeció un momento, y luego se oyó un sonido similar al de

* Se refiere a Nueva Orleans. (N. del T.)

un avión a chorro. Durante largos segundos, el peculiar ruido continuó, y dio la impresión de que disminuía algo de intensidad, antes de terminar en un fuerte chasquido.

Stimson pensó que podía ser una tormenta y ajustó el alcance del radar meteorológico a una distancia de veinte millas. El monitor solo mostró unas pocas nubes dispersas en las cercanías, sin nada parecido a truenos. Será la Fuerza Aérea haciendo de las suyas, supuso, al recordar el intenso tráfico aéreo en los cielos de Alaska durante los días de la Guerra Fría.

El lloriqueo del husky llamado Max interrumpió sus pensamientos.

—¿Qué pasa, Max? —gritó Stimson, al tiempo que abría la puerta de la cabaña.

El perro lanzó un aullido de muerte, tembloroso, en dirección a su amo. Stimson se quedó de una pieza al ver los ojos vidriosos del animal, y la espesa espuma blanca que brotaba de su boca. El perro se balanceó un momento de un lado a otro, y luego cayó de costado con un ruido sordo.

—¡Jesús! Baja enseguida, Mick —chilló Stimson a su compañero.

Barnes ya estaba bajando la escalerilla, pero le costaba apoyar el pie sobre los peldaños. Ya cerca del suelo, su pie izquierdo erró el último escalón y cayó al suelo, aunque consiguió agarrarse del travesaño en el último momento.

—Mike, el perro... ¿Te encuentras bien? —preguntó Stimson, y se dio cuenta de que algo estaba pasando. Corrió al lado de su compañero y descubrió que Barnes respiraba con dificultad, y sus ojos estaban casi tan vidriosos como los de Max. Pasó un brazo alrededor de los hombros del hombre más joven, arrastró a Barnes hasta la cabaña y lo sentó en una silla.

Barnes se inclinó hacia delante y sufrió violentas arcadas, después se sentó muy tieso y se aferró al brazo de Stimson para no caer.

—Hay algo en el aire —susurró con voz ronca.

Nada más había pronunciado estas palabras, cuando sus ojos se pusieron en blanco y cayó muerto al instante.

Stimson se quedó conmocionado, y después descubrió que la habitación daba vueltas como una peonza ante sus ojos. Un dolor agudo atormentaba su cabeza, y de repente, una presa de hierro le dejó sin aire en los pulmones. Se tambaleó en dirección a la radio, intentó lanzar un breve grito de ayuda, pero no estaba seguro de si sus labios podrían moverse, debido al entumecimiento de su cara. Un estallido de calor ardió en su interior, como un fuego invisible que consumiera sus órganos. Falto de aire y perdida la visión por completo, se tambaleó y se desplomó como un saco, muerto antes de tocar el suelo.

Cuatro millas al este de la estación de la Guardia Costera, los tres científicos de los CDC estaban acabando de comer cuando la ola invisible de muerte les alcanzó. Sarah fue la primera en detectar que algo iba mal, cuando un par de pájaros que volaban en lo alto se detuvieron en pleno vuelo, como si hubieran chocado contra un muro invisible, y después cayeron a tierra dando vueltas. Sandy fue la primera víctima: se agarró el estómago y se dobló en dos, presa de agudos dolores.

—Venga, mujer, mi chile no era tan malo —bromeó Fowler, antes de que también él se sintiera mareado e invadido por náuseas.

Sarah se levantó y avanzó unos pasos hacia la nevera para sacar una botella de agua, cuando un chorro de fuego recorrió sus piernas y sus prietos muslos empezaron a sufrir espasmos.

—¿Qué está pasando? —preguntó Fowler con voz ahogada, mientras intentaba consolar a Sandy, pero cayó al suelo entre intensos dolores.

Sarah tuvo la impresión de que el tiempo transcurría más despacio, mientras sus sentidos se apagaban. Se desplomó en el suelo cuando sus músculos se debilitaron y se negaron a obedecer las órdenes que enviaba su cerebro. Experimentó la sensación de que sus pulmones se encogían, de modo que cada vez que respiraba era una agonía. Un ruido sordo empezó a resonar en sus oídos cuando cayó de espaldas y contempló con ojos borrosos el cielo gris. Sintió que las hojas de hierba bailaban y susurraban contra su cuerpo, pero estaba paralizada, incapaz de moverse.

Poco a poco, una niebla envolvió su mente y un campo de negrura empezó a invadir los límites de su visión. No obstante, una repentina intrusión animó sus sentidos por un momento. Una aparición se materializó en el mar gris, un extraño fantasma con un mechón de pelo negro sobre una cara de goma que parecía fundirse como plástico. Notó la mirada alienígena clavada en ella, provista de ojos de cristal de ocho centímetros de anchura. Pero daba la impresión de que había otro par de ojos detrás de las lentes de cristal, que la miraban atentamente con afabilidad y ternura. Un par de profundos ojos verde ópalo. Después, todo viró a negro.

2

Sarah abrió los ojos y vio un dosel gris sobre ella, solo que este era liso y sin nubes. Cuando se sacudió de encima el aturdimiento, sus ojos se enfocaron y pudo ver que no era el cielo, sino un techo. Cuando tomó conciencia de que estaba tumbada sobre algo blando, descubrió que era una cama, y que tenía la cabeza apoyada sobre una almohada. Una mascarilla de oxígeno le cubría la cara. Se la quitó, pero no así la aguja intravenosa clavada en el brazo. Examinó con detenimiento su entorno, y sus ojos se posaron sobre un pequeño escritorio que había en una esquina, con una impresionante pintura de un transatlántico antiguo sobre él, mientras que a un lado había un cuarto de baño pequeño. La cama estaba fijada a la pared, y la puerta abierta daba a un pasillo. Tuvo la impresión de que toda la habitación daba vueltas, pero no sabía si era su cabeza la que creaba aquel efecto, debido al latido continuo de sus sienes.

Un movimiento llamó su atención, y cuando volvió la cabeza hacia la puerta vio una figura parada, que la miraba con una leve sonrisa. Era un hombre alto, de hombros anchos, cuerpo nervudo y en plena forma. Era joven, tal vez cerca de la treintena, calculó, pero se movía con la confianza de un hombre más maduro. Su piel exhibía el bronceado intenso de alguien que pasaba mucho tiempo al aire libre. El pelo negro y ondulado estaba apartado de una cara de facciones marcadas, más intrigante que hermosa en un sentido clásico. Pero eran los ojos los que irradiaban un aura alrededor del hombre. Eran de un verde profundo iridiscente, y revelaban una mezcla de inteligencia, amor a la aventura e integridad. Eran los ojos de un hombre en quien se podía confiar. Y eran los mismos ojos verdes, recordó Sarah, que había visto en el campamento antes de perder el conocimiento.

—Hola, Bella Durmiente —dijo una voz cálida y profunda. —Usted..., usted es el hombre del campamento —tartamudeó Sarah.

—Sí. Te pido perdón por no haberme presentado como es debido en la isla, Sarah. Me llamo Dirk Pitt.

Se abstuvo de decir «hijo», aunque se llamaba igual que su padre.

—¿Sabe quién soy? —preguntó la joven, todavía confusa. —Bien, íntimamente no. —La sonrisa de Dirk no era amenazadora—. Pero un avispado científico llamado Irv me habló un poco de ti y del proyecto de Yunaska. Por lo visto, Irv pensaba que había envenenado a todo el mundo con su chile.

—¡Irv y Sandy! ¿Se encuentran bien?
—Sí. Hicieron una pequeña siesta, como tú, pero ahora están bien. Están descansando en este mismo pasillo —dijo Dirk, y señaló el corredor con el pulgar. Vio la mirada de perplejidad en los ojos de Sarah y le dio un apretón tranquilizador en el hombro.

—No te preocupes, estás en buenas manos. Te encuentras a bordo del buque de investigación Deep Endeavor, de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas, la NUMA. Estábamos regresando de una exploración submarina a la Depresión Aleutiana, cuando recibimos una señal de socorro de la estación meteorológica de la Guardia Costera situada en Yunaska. Volé a la estación en el helicóptero que llevamos a bordo y vi vuestro campamento mientras volvía al barco. Te ofrecí, a ti y a tus amigos, una visita guiada completa a Yunaska, pero estuvisteis durmiendo todo el rato —añadió Dirk en tono de burlona decepción.

—Lo siento —murmuró Sarah, y se sintió algo avergonzada—. Supongo que debo darle las gracias, señor Pitt.

—Llámame Dirk, por favor.
—De acuerdo, Dirk —contestó Sarah con una sonrisa, y sintió una extraña palpitación cuando pronunció su nombre—. ¿Cómo está la gente de la Guardia Costera?

La cara de Dirk se ensombreció y una expresión dolorida cruzó su frente.

—Temo que no llegamos a tiempo. En la estación encontramos a dos hombres y un perro. Todos estaban muertos.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Sarah. Dos hombres muertos, y ella y sus compañeros a punto. Todo era absurdo.

—¿Qué demonios ocurrió? —preguntó Sarah, conmovida. —No lo sabemos con seguridad. El médico de nuestro barco está practicando algunos análisis, pero como ya puedes imaginar sus recursos son limitados. Pudo ser algún producto o gas tóxico transportado por el aire. Solo sabemos con certeza que la estación de la Guardia Costera pensó que había algo en el aire. Entramos con mascarillas antigás y salimos ilesos. Hasta nos llevamos unos ratones del laboratorio de nuestro barco. Todos sobrevivieron, sin síntomas aparentes. Fuera lo que fuese, debía haberse disipado cuando aterrizamos en la estación de la Guardia Costera. Por lo visto, tu equipo y tú estabais lo bastante lejos del origen para que el impacto fuera menos severo. Es probable que no recibierais una dosis completa.

Sarah bajó la vista y no dijo nada. El horror y el dolor de lo sucedido la asaltaron de nuevo, acompañados de un abrumador cansancio. Quería dormir y confiar en que todo no fuera más que un sueño.

—Sarah, le diré al médico que venga a echarte un vistazo, y luego dormirás un poco más. Tal vez más tarde pueda invitarte a un plato de patas de centolla para cenar —dijo Dirk sonriente.

Sarah le devolvió la sonrisa.
—Me gustaría —murmuró, y se quedó dormida al instante.

Kermit Burch se hallaba de pie ante el timón, leyendo un comunicado enviado por fax, cuando Dirk entró en el puente por la puerta del ala de estribor. El veterano capitán del Deep Endeavor meneaba la cabeza mientras leía el documento, y después se volvió hacia Dirk con expresión algo irritada.

—Hemos avisado a la Guardia Costera y al Departamento de Seguridad Interior, pero nadie hará nada hasta que las autoridades locales hayan redactado su informe. El responsable de salud pública del pueblo de Atka es el agente de la ley de la zona, y no podrá ir a la isla hasta mañana. —Burch resopló—. Dos hombres muertos, y lo tratan como si fuera un accidente.

—No tenemos mucho para tirar adelante —contestó Dirk—. He hablado con Carl Nash, nuestro analista del entorno marino, muy versado en contaminantes terrestres. Según Nash, existen emisiones ambientales naturales, como emanaciones volcánicas sulfurosas, que habrían podido matar a esos hombres. Otro culpable en potencia son altas concentraciones de contaminantes industriales, aunque no tengo noticia de que haya plantas químicas en las Aleutianas.

—El responsable de seguridad pública me dijo que le parece un caso clásico de envenenamiento por monóxido de carbono, emitido por el generador de la estación. Eso no explica por qué nuestros amigos de los CDC sucumbieron a efectos similares a cuatro millas de distancia.

—Ni explica el perro que encontré muerto a la puerta de la estación —añadió Dirk.

—Bien, tal vez el equipo de los CDC pueda arrojar alguna luz sobre el problema. ¿Cómo van nuestros invitados, por cierto?

—Aún están un poco atontados. No se acuerdan de gran cosa, aparte de que todo fue muy rápido.

—Cuanto antes les llevemos a un hospital, antes me quedaré tranquilo. El campo de aviación más cercano está en Unalaska, adonde podemos llegar en menos de catorce horas. Pediré por radio un vuelo médico que les traslade a Anchorage.

—Capitán, me gustaría salir a reconocer la isla en helicóptero. No tuvimos mucha ocasión de echar un vistazo durante el último vuelo. Puede que pasáramos algo por alto. ¿Alguna objeción?

—No..., siempre que te lleves contigo al gracioso de Texas —contestó Burch con una sonrisa contrita.

Mientras Dirk efectuaba la verificación previa al vuelo desde el asiento del piloto del helicóptero Sikorsky S-76C+ de la NUMA, un hombre de pelo amarillo y espeso bigote atravesó contoneándose la plataforma de vuelo. Con botas de vaquero, brazos esculpidos y una perpetua expresión hosca que ocultaba un mordaz sentido del humor, Jack Dahlgren parecía un domador de toros que se hubiera perdido camino del rodeo. Famoso por sus bromas pesadas, Dahlgren ya había conseguido mosquear a Burch cuando añadió a la cafetera de la cocina una botella barata de ron la primera noche que pasaron juntos en el mar. Un genio de la ingeniería criado al oeste de Texas, Dahlgren se sentía como en casa entre caballos y armas, así como con cualquier tipo de maquinaria que funcionara encima o debajo del mar.

—¿Esta es la visita guiada a las islas que me recomendó mi agente de viajes? —preguntó a Dirk, al tiempo que asomaba la cabeza por la ventanilla de la cabina.

—Entra, hijo, no saldrás decepcionado. Toda el agua, rocas y leones marinos que tus ojos puedan asimilar.

—Suena bien. Te daré una buena propina si eres capaz de encontrarme un bar con una camarera que lleve minifalda.

—Veré qué puedo hacer —sonrió Dirk, mientras Dahlgren ocupaba el asiento del copiloto.

Los dos hombres se habían hecho grandes amigos unos años antes, cuando estudiaban ingeniería oceanográfica en la Universidad Atlantic de Florida. Ávidos buceadores, solían saltarse las clases juntos para ir a pescar en los arrecifes de coral de Boca Ratón, y utilizaban el pescado recién cogido para engatusar a las estudiantes universitarias locales y montar barbacoas en la playa. Después de graduarse, Jack terminó su programa de instrucción militar en la Marina, mientras Dirk obtenía un máster en el New York Maritime College y se entrenaba en una escuela de submarinismo comercial. Los dos hombres se reunieron de nuevo cuando Dirk fue a trabajar con su padre en la NUMA como director de proyectos especiales, y convenció a su viejo amigo de que le acompañara en la prestigiosa agencia de investigación.

Tras años de bucear juntos, se había formado un vínculo casi no verbalizado entre los dos hombres. Sabían que podían depender el uno del otro y se esforzaban al máximo cuando las cosas iban mal. Dahlgren ya había visto antes la mirada de determinación de Dirk, y conocía su enconada contumacia. Los misteriosos acontecimientos de Yunaska preocupaban a su amigo, observó Dahlgren, y no lo iba a dejar correr así como así.

El principal rotor del Sikorsky emitió un ruido agudo cuando Dirk elevó el helicóptero desde una pequeña plataforma de aterrizaje montada en el centro del Deep Endeavor. Dirk alcanzó los treinta metros de altura y mantuvo el helicóptero estacionario un momento, admirando la vista del barco de investigación de la NUMA, de color turquesa y baos anchos, con aspecto achaparrado pese a sus ochenta y un metros de eslora. Sin embargo, la ausencia de forma aerodinámica estaba compensada por una plataforma de operaciones estable, ideal para manipular la gran cantidad de grúas y montacargas distribuidos estratégicamente en la amplia cubierta de popa. En mitad de la cubierta, un sumergible amarillo rabioso brillaba como una joya bajo el sol del atardecer, posado en su cuna de botadura de madera, mientras varios técnicos manipulaban sus propulsores y componentes electrónicos. Uno de los técnicos se levantó y agitó la gorra en dirección al helicóptero. Dirk saludó al hombre, ladeó el helicóptero y se desvió al noreste, en dirección a la isla de Yunaska, que se hallaba a menos de diez millas de distancia.

—¿De vuelta a Yunaska? —preguntó Dahlgren.

—La estación de la Guardia Costera que exploramos esta mañana.

—Fantástico —gimió Dahlgren—. ¿Vamos a hacer las veces de coche fúnebre volante?

—No, solo a buscar el origen de lo que mató a los hombres y al perro.

—Lo que buscamos ¿es animal, vegetal o mineral? —preguntó Dahlgren a través de los auriculares, mientras mascaba chicle.

—Los tres —contestó Dirk—. Carl Nash me dijo que cualquier cosa podía crear una nube tóxica, desde un volcán activo hasta una floración de algas, por no hablar del contaminante industrial que utilizas en el jardín.

—Para a la siguiente morsa que veas y pídele la dirección de la fábrica de pesticidas más cercana.

—Eso me recuerda... ¿Dónde está Basil? —preguntó Dirk, y paseó la vista alrededor de la cabina.

—Aquí, sano y salvo —contestó Dahlgren. Sacó una pequeña jaula de debajo del asiento y la sostuvo delante de su cara. Un pequeño ratón blanco miró a Dahlgren desde dentro, y sus diminutos bigotes se agitaron.

—Respira hondo, amiguito, y no nos dejes dormir.

La herbosa isla de Yunaska se alzaba sobre las aguas verdes delante de ellos, y unos cuantos cirros diseminados bailaban alrededor del más grande de los dos picos volcánicos extinguidos de las islas. Dirk aumentó poco a poco la altitud del helicóptero cuando se acercaron a la escarpada costa, y luego siguió paralelo al borde del agua. Solo tardó unos minutos en recorrer el perímetro de la isla en dirección contraria a las agujas del reloj, antes de avistar el edificio amarillo de la estación de la Guardia Costera. Con el helicóptero suspendido sobre la estación, Dirk y Dahlgren inspeccionaron con detenimiento el terreno que rodeaba la estación, en busca de algo inusual. Dirk vio el cadáver del husky, Max, tendido ante la puerta de la cabaña, lo cual le recordó la expresión de horror y dolor pintada en el rostro de los dos hombres muertos en el interior, cuando Dahlgren y él habían aterrizado en la isla el día anterior. Reprimió sus emociones y desvió su motor mental hacia el descubrimiento del origen de la brisa tóxica mortífera.

Dirk cabeceó hacia la derecha.
—Los vientos predominantes vienen del oeste, de modo que el agente causante habrá venido de más arriba de la costa, o tal vez de mar adentro.

—Parece lógico. El equipo de los CDC estaba acampado al este de aquí, y es evidente que recibieron una dosis letal del misterioso gas —contestó Dahlgren, mientras examinaba el suelo con unos prismáticos de baja potencia.

Dirk aplicó una suave presión a la palanca de control de rotación y el helicóptero se alejó del edificio amarillo. Durante la siguiente hora, los dos hombres se esforzaron por divisar alguna señal del origen de la toxina, fuera natural u obra del hombre. Dirk describió amplios arcos semicirculares tanto en dirección norte como sur, avanzando hacia el oeste hasta llegar a la costa occidental, para luego volver a las cercanías de la estación de la Guardia Costera.

—Nada más que hierba y rocas —gruñó Dahlgren—. Por mí, que se la queden las focas.

—Hablando de focas, mira lo que hay ahí —repuso Dirk, y señaló una pequeña playa de grava que había delante.

Media docena de leones marinos marrones estaban tendidos en el suelo, al parecer disfrutando de los rayos del sol. Dahlgren miró con atención, y luego arrugó la frente en señal de perplejidad.

—No se mueven. También se vieron afectados.
—La toxina no debía proceder de Yunaska, sino del mar, o de la isla de al lado.

—Amukta es el siguiente montón de rocas, hacia el oeste —contestó Dahlgren, al tiempo que pasaba un dedo sobre una carta marina de la región.

Dirk vio con claridad el perfil gris sucio de la isla en el horizonte.

—Debe de estar a unas veinte millas de aquí.

Echó una ojeada al indicador de la gasolina y continuó.

—Creo que nos queda tiempo para un vistazo rápido antes de quedarnos sin combustible. ¿Te importa perderte la sesión de pedicura del salón de belleza del barco?

—Claro, la haré coincidir con mi body wrap de mañana —contestó Dahlgren.

—Comunicaré a Burch hacia dónde nos dirigimos —dijo Dirk, y marcó la frecuencia de radio del barco.

—Dile que guarden la cena en la cocina —añadió Dahlgren, mientras se masajeaba el estómago—. Viendo estos paisajes me entra el hambre.

Mientras Dirk llamaba por radio al barco, guió el Sikorsky hacia la isla de Amukta, volando bajo sobre el agua. El potente helicóptero, diseñado para transportar petróleo mar adentro, volaba recto como siguiendo un raíl bajo la firme mano de Dirk. Después de desplazarse durante diez minutos, Dahlgren levantó un brazo en silencio y señaló por la ventanilla de la cabina un objeto en el horizonte. Era un punto blanco, que aumentaba de tamaño a cada momento, hasta que se resolvió en un barco de buen tamaño con su estela y todo. Dirk aplicó una leve presión al control del pedal izquierdo sin decir palabra, hasta que el helicóptero siguió más o menos el mismo curso que el barco. Al acercarse vieron que era un pesquero de casco de acero, que corría hacia el sudoeste a toda velocidad.

—Ese trasto necesita que le saquen un poco de brillo —comentó Pitt, mientras adaptaba su velocidad al del barco.

Aunque no parecía muy viejo, era evidente que el barco pesquero había sido muy utilizado durante años. Rayas, abolladuras y manchas de grasa abundaban tanto en el casco como en toda la cubierta al aire libre. La capa de pintura original se había adelgazado en los puntos donde el óxido aún no había cantado victoria. De puertas afuera, parecía tan agotado como los neumáticos raídos que colgaban sobre los costados como ristras de donuts. No obstante, como muchos barcos de trabajo de aspecto deplorable, sus motores gemelos diésel habían sido remozados e impulsaban el buque a través del oleaje sin que apenas brotara un hilillo de humo negro de la chimenea.

Dirk estudió el barco detenidamente, y observó con interés que no ondeaba ninguna bandera en el mástil que identificara su nacionalidad. Ni en los costados de la proa ni en los de la popa aparecía el nombre del barco o del puerto de origen. Mientras examinaba la cubierta de popa, dos asiáticos vestidos con monos azules aparecieron a la vista y miraron el helicóptero como angustiados.

—No parecen muy amigables, ¿verdad? —comentó Dahlgren antes de saludar con la mano y sonreír al barco. Los dos individuos se limitaron a fruncir el ceño.

—Tú tampoco lo serías si trabajaras en esa reliquia —dijo Dirk mientras suspendía el helicóptero sobre el barco—. ¿Observas algo raro en ese barco pesquero? —preguntó, mientras miraba la cubierta de popa.

—¿Te refieres a que no se ve ningún equipo de pesca? —Exacto —contestó Dirk, al tiempo que acercaba más el helicóptero al barco. Reparó en un extraño caballete montado en el centro de la cubierta, de unos cinco metros de altura. No se veían marcas de herrumbre en el armazón metálico, lo cual indicaba que se había añadido al buque en fecha reciente. En una configuración con forma de estrella que había en la base del caballete se veía una marca polvorienta gris, que parecía grabada a fuego en la cubierta.

Cuando el helicóptero se acercó más, los dos hombres de la cubierta se pusieron a farfullar entre sí frenéticamente, y después bajaron por una escalera, junto a la cual había cinco cadáveres de leones marinos colocados uno al lado de otro, como en una lata. A la izquierda de los cuerpos había una pequeña jaula de acero, con tres leones marinos vivos.

—¿Desde cuándo la demanda de grasa de foca se ha impuesto al mercado de las patas de cangrejo? —preguntó Dahlgren.

—No estoy seguro, pero creo que a Nano

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