El informe pelícano

John Grisham

Fragmento

1

Parecía incapaz de crear tal caos, pero gran parte de lo que presenciaba en la calle era culpa suya. Y le parecía bien. Tenía noventa y un años, estaba paralizado en una silla de ruedas y conectado a una bombona de oxígeno. Hacía siete años, su segundo síncope había estado a punto de acabar con él, pero Abraham Rosenberg seguía vivo y, a pesar de los tubos en su nariz, tenía más influencia legal que los otros ocho. Era el único personaje legendario que quedaba en el tribunal, y el hecho de que todavía respirara irritaba a la mayoría de la muchedumbre en la calle.

Estaba sentado en una pequeña silla de ruedas, en un despacho del piso principal del edificio del Tribunal Supremo. Tocaba con los pies el borde de la ventana y hacía un esfuerzo para inclinarse hacia delante, conforme aumentaba el ruido. Odiaba a los policías, pero el tupido y ordenado cordón policial le resultaba en cierto modo tranquilizante. Se mantenían enhiestos e inmóviles, ante un populacho de por lo menos cincuenta mil que pedía sangre.

—¡La mayor aglomeración nunca vista! —chilló Rosenberg junto a la ventana.

Estaba casi sordo. Jason Kline, su primer secretario, estaba de pie a su espalda. Era el primer lunes de octubre, día de la inauguración del nuevo período judicial, y consagrado por tradición a la celebración de la Primera Enmienda. Una celebración gloriosa. Rosenberg estaba emocionado. Para él la libertad de expresión significaba libertad de rebelión.

—¿Están ahí los indios? —preguntó levantando la voz. —¡Sí! —respondió Jason Kline junto a su oreja derecha. —¿Con maquillaje bélico?
—¡Sí! Vestidos para entrar en batalla.
—¿Bailan?
—¡Sí!

Indios, negros, blancos, castaños, mujeres, homosexuales, amantes de los árboles, cristianos, defensores del aborto, arios, nazis, ateos, cazadores, amantes de los animales, defensores de la supremacía blanca, defensores de la supremacía negra, anticontribuyentes, leñadores, agricultores: un enorme océano de protesta. Y la policía antidisturbios, porra negra en mano.

—¡Los indios deberían admirarme!
—Estoy seguro de que lo hacen —asintió Kline con una sonrisa al frágil hombrecillo de puños cerrados.

Su ideología era sencilla: el gobierno por encima de los negocios, el individuo por encima del gobierno, el medio ambiente por encima de todo lo demás. Y en cuanto a los indios, entregarles todo lo que quisieran.

Los chillidos, las oraciones, los cantos, los cánticos y el griterío aumentaron de volumen, y los policías antidisturbios se acercaron aún más unos a otros. La manifestación era mayor y más vociferante que en los últimos años. Había aumentado la tensión. La violencia se había convertido en algo común. Habían estallado bombas en clínicas abortistas. Algunos médicos habían sido atacados y apaleados. Uno había sido asesinado, en Pensacola: atado y amordazado en posición fetal y abrasado con ácido. Todas las semanas tenían lugar luchas callejeras. Activistas homosexuales habían profanado iglesias y atacado sacerdotes. Los partidarios de la supremacía blanca operaban al amparo de una docena de conocidas y sombrías organizaciones paramilitares, y atacaban cada vez con mayor descaro a los negros, hispanos y asiáticos. El odio era el pasatiempo predilecto en Norteamérica.

Y el Tribunal, evidentemente, era un objetivo fácil. Las amenazas graves contra los jueces se habían multiplicado por diez desde 1990. La fuerza policial asignada al Tribunal Supremo se había triplicado en tamaño. Cada juez disponía de por lo menos dos agentes del FBI para su protección, y otros cincuenta agentes se dedicaban a investigar amenazas.

—Me odian, ¿no es cierto? —preguntó en voz alta, sin dejar de mirar por la ventana.

—Sí, algunos —respondió Kline con una sonrisa.

A Rosenberg le complacía. Sonrió y respiró hondo. El 80 por ciento de las amenazas de muerte iban dirigidas contra él.

—¿Distingue alguna de esas pancartas? —preguntó, pues era casi ciego.

—Unas cuantas.
—¿Qué dicen?
—Lo de siempre. Muera Rosenberg. Fuera Rosenberg. Corten el oxígeno.

—Hace un montón de años que llevan esas malditas pancartas. ¿Por qué no consiguen otras nuevas?

El secretario no respondió. Abe debería haberse jubilado hacía muchos años, pero esperaría a que tuvieran que sacarlo en camilla. Sus tres secretarios se ocupaban de la mayor parte de la investigación, pero insistía en escribir sus propios informes. Lo hacía con un rotulador de punta gruesa, con grandes letras sobre un cuaderno blanco, como cuando se aprende a escribir en el parvulario. La operación era lenta, pero con un cargo vitalicio, ¿a quién le importaba el tiempo? Los secretarios verificaban sus informes, pero raramente encontraban error alguno.

—Deberíamos entregar Runyan a los indios —rió Rosenberg.

El presidente del Tribunal Supremo era John Runyan, un duro conservador nombrado por los republicanos y odiado por los indios, así como por la mayoría de las demás minorías. De los nueve jueces, siete habían sido nombrados por presidentes republicanos. Hacía quince años que Rosenberg esperaba la llegada de un demócrata a la Casa Blanca. Quería, necesitaba, jubilarse, pero no soportaba la idea de que un derechista como Runyan ocupara su preciado cargo.

Estaba dispuesto a esperar. Permanecería allí, en su silla de ruedas y respirando oxígeno, para proteger a los indios, los negros, las mujeres, los pobres, los minusválidos y el medio ambiente, hasta cumplir los ciento cinco años. Y nadie en el mundo podía impedírselo, a no ser que le asesinaran. Lo cual tampoco sería una mala idea.

La cabeza del gran hombre asintió y se movió hasta descansar en un hombro. Se había quedado nuevamente dormido. Kline se retiró sigilosamente para regresar a su investigación en la biblioteca. Volvería dentro de media hora para comprobar el oxígeno y administrar a Abe sus píldoras.

El despacho del presidente del Tribunal se encuentra en el piso principal y está más ornamentado que los otros ocho. La antesala se utiliza para pequeñas recepciones y reuniones formales, y el despacho interior es donde el presidente trabaja.

La puerta del despacho estaba cerrada, y en su interior se encontraban el presidente, sus tres secretarios, el capitán de la policía del Tribunal Supremo, tres agentes del FBI y K. O. Lewis, subdirector del FBI. El ambiente era formal y se hacía un serio esfuerzo para ignorar el ruido de la calle. No era fácil. Lewis y el presidente hablaban de la última serie de amenazas de asesinato y todos los demás se limitaban a escuchar. Los secretarios tomaban notas.

En los últimos sesenta días, el Bureau había registrado más de doscientas amenazas; todo un récord. Era la colección habitual de amenazas de bomba, pero algunas mencionaban nombres, casos y temas específicos.

Runyan no se molestaba en ocultar su angustia. Con un informe confidencial del FBI en las manos, leyó los nombres de individuos y grupos sospechosos: el Klan, los arios, los nazis, los palestinos, los separatistas negros, los defensores de la vida, los homofóbicos. Incluso el IRA. Todos, al parecer, a excepción de los rotarianos y de los Boy Scouts. Un grupo del Oriente Medio con apoyo iraní había prometido sangre en territorio norteamericano para vengar la muerte de dos ministros de Justicia en Teherán. No había absolutamente ninguna prueba que vinculara los asesinatos con una nueva organización terrorista norteamericana, conocida como Ejército Clandestino, que había saltado últimamente a la fama por el asesinato de un juez en Texas con coche bomba. No se había efectuado ninguna detención, pero el Ejército Clandestino se había atribuido la responsabilidad del hecho. Era también el principal sospechoso de una docena de bombas contra las dependencias del ACLU, pero actuaba sin dejar huellas.

—¿Y esos terroristas portorriqueños? —preguntó Runyan sin levantar la mirada.

—Son de poca monta. No nos preocupan —respondió tranquilamente K. O. Lewis—. Hace veinte años que se limitan a amenazar.

—Puede que hayan decidido pasar del dicho al hecho. El ambiente es propicio, ¿no le parece?

—Olvide a los portorriqueños, presidente. Solo amenazan porque también lo hacen todos los demás.

A Runyan le gustaba que le llamaran presidente. No presidente del Tribunal, ni señor presidente del Tribunal, sino simplemente presidente.

—Muy gracioso —dijo el presidente sin sonreír—. Muy gracioso. Sería lamentable no haber incluido a todos los grupos —agregó después de arrojar el informe sobre la mesa y frotarse las sienes con los ojos cerrados—. Hablemos de seguridad.
K. O. Lewis colocó la copia de su informe sobre la mesa del presidente.

—El director opina que deberíamos asignar cuatro agentes a cada juez, por lo menos durante los próximos noventa días. Utilizaremos limusinas con escolta para los desplazamientos, con el apoyo de la policía del Tribunal Supremo, que además se ocupará de la seguridad de este edificio.

—¿Y los viajes?
—Es preferible evitarlos, por lo menos por ahora. El director cree que los jueces deberían permanecer en Washington hasta fin de año.

—¿Está usted loco? ¿Se ha vuelto loco el director? Si comunico esto a mis colegas, saldrán todos esta noche y no dejarán de viajar durante un mes. Esto es absurdo —exclamó Runyan mientras miraba con ceño a sus secretarios, que movían asqueados la cabeza—. Auténticamente absurdo.

Lewis no se inmutó. Su reacción era previsible. —Como usted diga. No era más que una sugerencia. —Una sugerencia estúpida.
—El director no contaba con su cooperación en este tema. Sin embargo, espera que se le notifiquen con antelación sus planes de viaje, para que podamos tomar las medidas de seguridad oportunas.

—¿Quiere decir que pretenden escoltar a los jueces cada vez que uno de ellos abandone la ciudad?

—Sí, presidente. Esa es nuestra intención.
—No funcionará. Esa gente no está acostumbrada a tener niñera.

—Por supuesto, señor, pero tampoco están acostumbrados a ser acechados. Lo único que pretendemos es protegerle a usted y a sus ilustrísimos colegas. Claro que nadie dice que debamos intervenir. Si mal no recuerdo, señor, fue usted quien nos llamó. Si lo desea podemos retirarnos.

Runyan se balanceó en su silla, cogió un sujetapapeles que tenía sobre la mesa y empezó a enderezarlo, procurando convertir sus curvas en una línea perfectamente recta.

—¿Qué medidas hay que tomar aquí?
—Este edificio no nos preocupa, presidente —suspiró Lewis casi sonriente—. Aquí es fácil tomar medidas de seguridad y no esperamos ningún problema.

—Entonces ¿dónde?
—Ahí fuera, en cualquier lugar —respondió Lewis, al tiempo que movía la cabeza en dirección a la ventana—. Las calles están llenas de maniáticos, locos y fanáticos.

—Y todos nos odian.
—Evidentemente. Oiga, presidente, nos preocupa muchísimo el juez Rosenberg. Todavía no permite que nuestros agentes entren en su casa; les obliga a pasar la noche entera en el coche. Llega a permitir que su agente predilecto del Tribunal Supremo, Ferguson si mal no recuerdo, se instale junto a la puerta posterior de la casa, pero solo desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Nadie entra en la casa, a excepción del juez Rosenberg y su enfermero. El edificio no es seguro.

Runyan se limpió las uñas con el sujetapapeles y sonrió ligeramente para sí. La muerte de Rosenberg, independientemente de sus circunstancias, sería un alivio. Más que eso, sería una ocasión gloriosa. El presidente tendría que vestirse de luto y pronunciar un encomio, pero a puerta cerrada lo celebraría con sus secretarios. Le encantaba la idea.

—¿Qué sugiere? —preguntó.
—¿Puede hablar con él?
—Lo he intentado. Le he explicado que probablemente es el hombre más odiado de Norteamérica, que millones de personas le maldicen todos los días, que mucha gente querría verle muerto, que él solo recibe una cantidad de cartas insultantes cuatro veces superior a las de todos los demás jueces juntos, y que es una víctima potencial de asesinato perfecto y fácil.

—¿Y bien?
—Me respondió que le besara el culo y se quedó dormido. Los secretarios soltaron unas carcajadas, y al comprender que se permitían las bromas, los agentes del FBI también se rieron.

—Entonces ¿qué hacemos? —preguntó Lewis con toda seriedad.

—Protéjanle lo mejor que puedan, redacten su informe y no se preocupen. No le teme a nada, ni siquiera a la muerte, y si a él no le importa, ¿por qué debería preocuparles a ustedes?

—El director está nervioso y, por consiguiente, también lo estoy yo. Es muy sencillo, presidente. Si alguno de ustedes sufre un percance, el Bureau se verá comprometido.

El presidente se meció en su sillón. El bullicio de la calle era enervante. La reunión se había prolongado ya demasiado.

—Olvide a Rosenberg. Puede que muera mientras duerme. Estoy más preocupado por Jensen.

—Jensen es un problema —dijo Lewis mientras hojeaba unos documentos.

—Sé que es un problema —declaró lentamente Runyan—. Es un engorro. Ahora se cree liberal. La mitad de las veces vota lo mismo que Rosenberg. El mes próximo será partidario de la supremacía blanca y defenderá la segregación de las escuelas. A continuación se enamorará de los indios y querrá darles Montana. Es como tener que vérselas con un niño retrasado.

—¿Sabe que recibe tratamiento por depresión?
—Lo sé, lo sé. Me lo ha contado. Soy como un padre simbólico para él. ¿Qué medicamento toma?

—Prozac.
—¿Qué se sabe de aquella monitora de aeróbic con la que tenía relaciones? —preguntó el presidente mientras se hurgaba las uñas—. ¿Todavía sale con ella?

—Parece que no, presidente. Creo que no le interesan las mujeres —respondió Lewis en un tono afectado.

Sabía más. Miró a uno de sus agentes y confirmó la sabrosa indiscreción, de la que Runyan hizo caso omiso. No le interesaba.

—¿Coopera?

—Claro que no. En muchos sentidos es peor que Rosenberg. Permite que le acompañemos a su bloque de pisos y nos obliga a permanecer toda la noche en el aparcamiento. No olvide que vive en el séptimo piso. Ni siquiera permite que nos instalemos en el pasillo. Dice que podría molestar a los vecinos. De modo que nos quedamos en el coche. Hay diez formas distintas de entrar y salir del edificio, de modo que es imposible protegerle. Le gusta jugar con nosotros al escondite. Siempre se escabulle y nunca sabemos si está o no en el edificio. Por lo menos sabemos que Rosenberg pasa la noche en su casa. Jensen es imposible.

—Magn

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