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Mi decisión de llegar a ser abogado se convirtió en decididamente irrevocable cuando me percaté de que mi padre odiaba la profesión jurídica. Yo era un adolescente desmañado, avergonzado de mi propia torpeza, frustrado con la vida, horrorizado de la pubertad; además, mi padre estaba a punto de mandarme a una escuela militar por insubordinación. Él era un ex marine y estaba convencido de que los jóvenes debían vivir a toque de corneta. Puesto que yo me había acostumbrado a responderle y tenía aversión a la disciplina, su solución consistió en alejarme de mi casa. Transcurrieron muchos años antes de que lo perdonara.
También era ingeniero industrial y trabajaba setenta horas semanales para una empresa que, entre muchas otras cosas, fabricaba escaleras. Por su propia naturaleza, las escaleras son artefactos peligrosos y su compañía era objeto frecuente de demandas judiciales. Como responsable de diseño, mi padre era el portavoz predilecto de la empresa en juicios y atestados. No puedo decir que reproche su odio por los abogados, pero yo llegué a admirarlos por lo mucho que le amargaban la vida. Después de discutir ocho horas con ellos llegaba a casa y empezaba a tomar martinis. No se molestaba en saludar, dar besos, ni cenar. Después de aproximadamente una hora sin dejar de incordiar mientras deglutía cuatro martinis, perdía el conocimiento en su desvencijado sillón. Uno de los juicios duró tres semanas y cuando concluyó, con un severo veredicto contra la empresa, mi madre llamó a un médico y lo ingresaron un mes en un hospital.
Más adelante quebró la empresa y, evidentemente, atribuyó toda la culpa a los abogados. Nunca oí mencionar que tal vez ciertos errores de dirección pudieran haber contribuido a la quiebra.
El alcohol pasó a dominar su vida y se deprimió. Pasó muchos años sin trabajo fijo, lo cual me complicó realmente la vida, porque me vi obligado a servir mesas y repartir pizzas para seguir contra viento y marea en la universidad. Creo que hablé con él dos veces durante mis primeros cuatro años de estudios. El día en que supe que había aprobado el ingreso a la Facultad de Derecho regresé a casa orgulloso con la gran noticia. Mi madre me contó más adelante que mi padre había pasado una semana en cama.
Dos semanas después de mi visita triunfal, mi padre estaba cambiando una bombilla en el desván —y juro que es verdad— cuando se le dobló la escalera y se cayó de cabeza al suelo. Permaneció un año en coma en una residencia sanitaria, hasta que alguien tuvo la misericordia de desenchufar la máquina.
Pocos días después del funeral sugerí la posibilidad de una demanda judicial, pero mi madre no se sentía con fuerzas para ello. Además, siempre he sospechado que estaba parcialmente ebrio cuando se cayó. Por otra parte, en aquellos momentos no recibía remuneración alguna, de modo que en nuestro tortuoso sistema su vida tenía escaso valor económico.
Mi madre recibió un total de cincuenta mil dólares del seguro de vida y volvió a casarse con poco acierto. Mi padrastro es un hombre sencillo, un cartero jubilado de Toledo, y pasan la mayor parte del tiempo bailando danzas folclóricas y viajando en un Winnebago. Yo guardo las distancias. Mi madre no me dio ni un centavo del dinero, dijo que era lo único de lo que disponía para resolver su propio futuro y, puesto que yo había demostrado bastante habilidad para vivir sin nada, consideró que no lo necesitaba. Según ella, mis perspectivas de ganar dinero en el futuro eran buenas, pero no las suyas. Estoy seguro de que Hank, su nuevo marido, le llenaba la cabeza de consejos financieros. Algún día, mi camino y el de Hank volverán a cruzarse.
En mayo, dentro de un mes, acabaré mis estudios en la Facultad de Derecho y en julio me presentaré al examen de colegiatura. No me licenciaré con matrícula de honor, aunque estoy entre la primera mitad de mi promoción. Lo único inteligente que he hecho durante mis tres años en la Facultad de Derecho ha sido despachar primero las asignaturas más difíciles, para poder tumbarme a la bartola el último semestre. Esta primavera, mis clases son un chiste: derecho deportivo, derecho artístico, antología selecta del código napoleónico y, mi asignatura predilecta, problemas jurídicos de los ancianos.
A esta última opción se debe que esté sentado aquí, en una desvencijada silla tras una mesa plegable, en un edificio metálico, caluroso y húmedo, con una diversidad de personas de la tercera edad, como a ellas les gusta llamarse. Sobre la única puerta visible hay un letrero pintado a mano, que define majestuosamente el lugar como «Parque de los Cipreses, edificio para ciudadanos de la tercera edad», aunque aparte del nombre, no existe en el mismo el menor indicio de flores ni vegetación. Sus paredes están desnudas y parduscas, a excepción de una vieja fotografía descolorida de Ronald Reagan en un rincón, entre dos tristes banderas: la nacional y la del estado de Tennessee. Evidentemente, el edificio —pequeño, triste y sombrío— fue construido en el último momento con unos pocos dólares sobrantes de la subvención federal. Yo hago garabatos en un cuaderno, sin atreverme a mirar a la muchedumbre que avanza progresivamente en sus sillas plegables.
Deben de ser una cincuentena en total, blancos y negros a proporciones iguales, con una media de por lo menos setenta y cinco años de edad, algunos ciegos, aproximadamente una docena en sillas de ruedas y muchos con audífonos. Se nos había dicho que siempre se reunían aquí a las doce del mediodía, para disfrutar de una comida caliente, cantar un poco y recibir la visita ocasional de algún candidato político desesperado. Después de alternar un par de horas, regresan a sus casas y cuentan las horas hasta el momento de regresar. Nuestro catedrático nos había contado que para ellos aquel era el momento más emocionante del día.
Cometimos el error garrafal de llegar a la hora del almuerzo. Nos sentaron a los cuatro en un rincón junto con nuestro catedrático, el profesor Smoot, y nos observaron atentamente mientras picoteábamos un trozo de pollo que parecía de plástico y unos guisantes helados. Mi puré era amarillo, cosa que no le pasó desapercibida a un viejo chivo barbudo que llevaba sujeta al bolsillo de su sucia camisa una placa donde se leía «mi nombre es Bosco». Bosco farfulló algo relacionado con el puré amarillo y yo se lo ofrecí junto con mi trozo de pollo, pero inmediatamente intervino la señorita Birdie Birdsong y lo obligó a sentarse de nuevo en su silla a empujones. La señorita Birdsong tiene unos ochenta años, pero está muy ágil para su edad y desempeña la labor de madre, dictadora y guardia de seguridad para la organización. Dirige la comunidad como una veterana encargada de una sala hospitalaria, con abrazos y caricias, bromeando con otras ancianas de cabello azulado, riéndose en un tono agudo y de vez en cuando echándole una mala mirada a Bosco, que es, indudablemente, el niño travieso de la pandilla. Le riñó por haber admirado mi puré, pero al cabo de unos instantes apareció un plato lleno de engrudo amarillento ante su encandilada mirada y se lo comió con sus rechonchos dedos.
Transcurrió casi una hora. El almuerzo prosiguió como si aquellas almas hambrientas deglutieran un suculento banquete, sin la menor esperanza de volver a comer jamás. Sus temblorosas cucharas y tenedores iban y venían, subían y ba jaban, entraban y salían como si transportaran metales preciosos. El tiempo carecía por completo de importancia. Se hablaban a gritos cuando algo les molestaba. Se les caía la comida al suelo y llegó el momento en que fui incapaz de seguir mirándolos. Incluso me comí el puré. Bosco, con codicia todavía en la mirada, estaba pendiente de todos mis movimientos. La señorita Birdie circulaba por la sala, hablando alegremente un poco de todo.
El profesor Smoot, un estulto intelectual con su correspondiente pajarita ladeada, una frondosa cabellera y tirantes rojos, admiraba cariñosamente el entorno como si acabara de disfrutar de una suculenta comida. Es un alma caritativa de poco más de cincuenta años, con unos modales parecidos a los de Bosco y sus amigos, consagrado desde hace veinte años a impartir misericordiosos conocimientos que los demás profesores rehúyen y por los que pocos alumnos se interesan: derechos de los menores, derechos de los incapacitados, la violencia doméstica, los problemas de los enfermos mentales y, evidentemente, derechos de los vejestorios, como denominamos esta asignatura a sus espaldas. En una ocasión introdujo una asignatura llamada derechos prenatales del feto, pero suscitó una terrible polémica y el profesor Smoot se tomó inmediatamente un período sabático.
El primer día de clase nos explicó que el propósito de su asignatura era el de hacernos entrar en contacto con los verdaderos problemas legales de personas de carne y hueso. En su opinión, todos los estudiantes ingresan en la Facultad de Derecho con cierto grado de idealismo y el deseo de servir al público, pero después de tres años de una competencia brutal solo aspiran a un empleo en un buen bufete, donde puedan convertirse en socios en siete años y ganar un montón de dinero. Está en lo cierto.
Sus clases no son obligatorias y empezaron con once alumnos. Pero después de un mes de aburridas conferencias y exhortaciones constantes a sacrificar el dinero y trabajar gra tis, el grupo había quedado reducido a cuatro estudiantes. La asignatura carece de valor y casi no exige trabajo alguno, y eso fue lo que me atrajo a la misma. Ahora bien, si durara todavía un mes más, dudo seriamente que la aguantara. En este momento detesto la Facultad de Derecho y tengo graves reservas respecto al ejercicio de la profesión.
Este es mi primer encuentro con verdaderos clientes y estoy aterrado. Aunque las personas que están sentadas ahí son débiles y ancianas, me miran fijamente, como si yo fuera poseedor de una gran sabiduría. Después de todo, soy casi abogado, visto traje oscuro, tengo delante un cuaderno en el que dibujo círculos y cuadrados, frunzo con inteligencia el ceño y, por consiguiente, debo ser capaz de ayudarlos. Sentado junto a mí frente a nuestra mesa plegable está Booker Kane, un negro que es mi mejor amigo en la facultad. Está tan asustado como yo. Sobre la mesa hay unas cartulinas dobladas en las que figuran nuestros nombres escritos con rotulador: Booker Kane y Rudy Baylor. Ese soy yo. Junto a Booker se encuentra el atril tras el que chilla la señorita Birdie, y al otro lado del mismo hay otra mesa con unas cartulinas que proclaman la presencia de F. Franklin Donaldson IV, un arrogante cretino que se ha pasado los tres años en la facultad agregando iniciales y cifras delante y detrás de su nombre. Junto a él está una auténtica zorra, N. Elizabeth Erickson, una chica de cuidado que viste trajes a rayas, corbatas de seda y con un enorme complejo a la espalda. Muchos sospechamos que también usa braguero.
Smoot está de pie a nuestra espalda, contra la pared. La señorita Birdie da las noticias: informes médicos y esquelas. Chilla ante un micrófono conectado a un amplificador de sonido que funciona asombrosamente bien. Cuatro grandes altavoces cuelgan de los rincones de la sala, y su penetrante voz retumba y bombardea por doquier. Los que usan audífonos los desconectan o se los quitan. De momento, nadie duerme. Hoy anuncia tres defunciones y cuando por fin deja de ha blar, veo lágrimas en muchos ojos. Dios mío, no permitas que esto me ocurra a mí. Concédeme otros cincuenta años de trabajo y diversión, y luego una muerte instantánea mientras duerma.
A nuestra izquierda, junto a la pared, la pianista resucita y golpea el atril con unas partituras. La señorita Birdie, que tiene ilusiones de analista política, empieza a soltar un discurso sobre un propuesto incremento en los impuestos sobre artículos de consumo en el momento en que la pianista ataca el teclado. Hermosa América, creo. Martillea con gran deleite las notas de la introducción, mientras los vejestorios abren su libro de himnos a la espera de la primera estrofa. La señorita Birdie no pierde el compás. Se ha convertido ahora en la directora del coro. Levanta las manos, da una palmada para llamar la atención y empieza a agitarlas frenéticamente con la nota inicial de la primera estrofa. Los que pueden se ponen en pie.
El griterío decrece enormemente al llegar a la segunda estrofa. La letra no les resulta tan familiar y esos pobres diablos son incapaces de ver más allá de sus narices, de modo que los libros no les sirven de gran cosa. Bosco cierra de pronto la boca, pero sigue tarareando a pleno pulmón con la mirada en el techo.
El piano deja de sonar inesperadamente cuando las partituras se caen del atril y se desparraman por el suelo. Fin de la canción. Todos miran fijamente a la pianista que, bendita sea, deambula entre las partituras y da zarpazos en el aire.
—¡Gracias! —exclama la señorita Birdie frente al micrófono, y, de pronto, todos se desploman en sus sillas—. Gracias. La música es algo maravilloso. Démosle gracias a Dios por la hermosura de la música.
—¡Amén! —grita Bosco.
—Amén —repite otra reliquia desde la última fila.
—Gracias —responde la señorita Birdie antes de volver la
cabeza para mirarnos a Booker y a mí con una sonrisa—. Ahora —prosigue en tono dramático, mientras mi compañero y yo
nos apoyamos en los codos para mirar de nuevo al público—,
para el programa del día de hoy estamos encantadísimos de
que nos visite de nuevo el profesor Smoot, acompañado de algunos de sus inteligentes y apuestos estudiantes —dice al
tiempo que deja caer sus lacias manos hacia nosotros y muestra sus dientes grises y amarillos para sonreír a Smoot, que se
ha acercado sigilosamente a su lado—. ¿No os parecen apuestos? —agrega con un ademán—. Como bien sabéis, el profesor Smoot es catedrático de derecho en la Universidad Estatal de Memphis, donde estudió mi hijo menor, aunque como
sabéis no se licenció, y cada año el profesor Smoot nos hace
una visita con algunos de sus alumnos, que escucharán vuestros problemas legales y os darán consejos, que siempre son
buenos y, debo agregar, gratuitos —declara antes de volver la
cabeza, para brindarle a Smoot otra empalagosa sonrisa—.
Profesor Smoot, en nombre de nuestro grupo, le doy la bienvenida al Parque de los Cipreses. Agradecemos su interés por
los problemas de la tercera edad. Gracias. Le queremos.
Se retira del atril y empieza a aplaudir furiosamente al tiempo que mueve entusiasmada la cabeza en dirección a sus compañeros para que la emulen, pero ni un alma levanta la mano, ni siquiera Bosco.
—Menudo éxito —farfulla Booker.
—Por lo menos le quieren —respondo en un susurro.
Hace diez minutos que están sentados ahí, inmediatamente después de su almuerzo, y me percato de que empiezan a pesarles los párpados. Estarán roncando antes de que
Smoot termine.
Se acerca al atril, ajusta el micrófono, se aclara la garganta y espera a que la señorita Birdie se instale en su asiento de la primera fila.
—¡Tenías que haber aplaudido! —le susurra enojada a un pálido individuo que estaba sentado junto a ella.
Él no la oye.
—Gracias, señorita Birdie —dice Smoot—. Es siempre un placer visitar el Parque de los Cipreses.
Su tono es sincero y no me cabe la menor duda de que el profesor Howard L. Smoot se considera realmente privilegiado de estar aquí en este momento, en el centro de este deprimente edificio, ante este triste grupo de ancianos, con los únicos cuatro alumnos restantes en su asignatura. Smoot vive para esto.
Nos presenta. Yo me levanto momentáneamente con una fugaz sonrisa, luego vuelvo a sentarme y mi rostro adopta de nuevo un ceño inteligente. Smoot habla de la asistencia sanitaria, de los recortes presupuestarios, de los testamentos, de las exenciones tributarias, del abuso de los ancianos y de los pagos compartidos de las compañías de seguros. Los vejestorios caen como moscas. Los efugios de la Seguridad Social, la legislación pendiente, normas para las residencias geriátricas, la planificación estatal, medicamentos mágicos... Habla y habla al igual que en clase. Yo bostezo y me siento adormecido. Bosco empieza a consultar su reloj cada diez segundos.
Por fin, Smoot decide concluir su perorata, expresa una vez más su agradecimiento a la señorita Birdie y al resto de los presentes, promete regresar año tras año y se sienta a un extremo de la mesa. La señorita Birdie da exactamente dos palmadas y lo abandona. Todos los demás permanecen impasibles. La mitad ronca.
—Ahí los tenéis —dice la señorita Birdie en dirección a su rebaño mientras agita las manos hacia nosotros—. Son buenos y gratuitos.
Se nos acercan con lentitud y torpeza. Bosco, en primera fila, todavía me guarda rencor por el puré, porque me echa una mala mirada y se dirige al otro extremo de la mesa, para sentarse frente a la letrada N. Elizabeth Erickson. Algo me dice que no será el último en dirigirse a otro en busca de asesoramiento jurídico. Un negro anciano elige a Booker como abogado y acercan sus cabezas encima de la mesa. Yo procuro no escucharlos. Hablan de algo relacionado con una ex esposa y un divorcio de hace muchos años, que puede o no estar oficialmente cerrado. Booker toma notas como un verdadero abogado y escucha con atención, como si supiera exactamente lo que debe hacer.
Por lo menos, Booker tiene un cliente. Durante cinco minutos me siento completamente estúpido, mientras mis tres condiscípulos susurran, toman notas, escuchan compasivamente y mueven la cabeza ante los problemas que les exponen.
Mi soledad no pasa inadvertida. Por fin, la señorita Birdie Birdsong introduce la mano en su bolso, saca un sobre y se acerca a mi extremo de la mesa.
—Usted es la persona con quien realmente deseaba hablar —susurra al tiempo que acerca su silla al ángulo de la mesa.
Ella se inclina hacia delante, yo lo hago a la izquierda, y en aquel preciso momento, cuando solo unos centímetros separan nuestras cabezas, inicio mi primera sesión como asesor jurídico. Booker me mira de reojo con una perversa sonrisa.
Mi primera sesión. El verano pasado trabajé como pasante en un pequeño bufete del centro de la ciudad, con doce abogados cuyos honorarios se medían exclusivamente por horas. No se valoraban las contingencias. Allí aprendí el arte de la facturación, cuya primera norma es que el abogado pasa gran parte de su tiempo celebrando conferencias. Conferencias con los clientes, conferencias telefónicas, conferencias con los abogados de la parte contraria, con jueces, socios, peritos de seguros, pasantes y administrativos, conferencias programadas, conferencias decisivas, conferencias anteriores al juicio y conferencias posteriores. No hay más que pensar en cualquier actividad y los abogados organizan una conferencia relacionada con la misma.
La señorita Birdie mira subrepticiamente de un lado para otro, como indicación segura de que no debo levantar la voz ni la cabeza, porque lo que está a punto de confiarme es su mamente serio. Y esto me viene como anillo al dedo, porque no me apetece que nadie oiga mi respuesta inevitablemente ingenua e insustancial respecto al problema que va a revelarme.
—Lea esto —me dice.
Cojo el sobre y lo abro. ¡Aleluya! ¡Un testamento! El testamento de Colleen Janiece Barrow Birdsong. Smoot nos había advertido que más de la mitad de estos clientes querrían que repasáramos y tal vez actualizáramos sus testamentos, y eso no nos asusta, porque el año pasado tuvimos que estudiar una asignatura llamada Bienes y Testamentos, que nos ha convertido relativamente en expertos en la detección de problemas. Los testamentos son documentos bastante sencillos, que incluso los abogados más inexpertos pueden redactar a la perfección.
Este está mecanografiado y tiene aspecto oficial. En sus dos primeros párrafos descubro que la señorita Birdie es viuda, tiene dos hijos y una retahíla de nietos. El tercer párrafo me deja atónito y la miro fugazmente mientras lo leo. Luego vuelvo a leerlo. Ella ríe afectadamente. El texto ordena al ejecutor del testamento que entregue a cada uno de sus hijos la suma de dos millones de dólares y a depositar un millón de dólares a nombre de cada uno de sus nietos. Cuento, lentamente, ocho nietos. Hablamos, por lo menos, de doce millones de dólares.
—Siga leyendo —susurra, como si en realidad pudiera oír los cálculos en mi mente.
El cliente de Booker, el viejo negro, está ahora llorando, debido de algún modo a un antiguo idilio que fracasó hace muchos años y a unos hijos que lo han abandonado. Procuro no escuchar, pero es imposible. Booker escribe afanosamente e intenta hacer caso omiso del llanto. Bosco se ríe a carcajadas al otro extremo de la mesa.
En el párrafo quinto del testamento se conceden tres millones de dólares a una iglesia y dos millones a una universidad. A continuación figura una lista de organizaciones bené ficas, que empieza por la asociación de diabéticos y termina con el zoológico de Memphis, junto a cada una de las cuales figura una cantidad nunca inferior a cincuenta mil dólares. Sin abandonar el ceño hago unos cálculos rápidos y llego a la conclusión de que la señorita Birdie posee un capital neto de por lo menos veinte millones.
De pronto detecto una multitud de problemas en el testamento. En primer lugar, no es lo grueso que debería ser. La señorita Birdie es rica y los ricos no redactan testamentos sencillos y delgados. Sus documentos son gruesos y densos, con depósitos, usufructuarios, transferencias generacionales y toda clase de provisiones y cláusulas redactadas y ejecutadas por sofisticados abogados tributarios de los grandes bufetes.
—¿Quién ha redactado esto? —le pregunto.
El sobre no tiene membrete, ni indicación alguna del autor del documento.
—Mi antiguo abogado, ahora fallecido.
Menos mal que está muerto. Violó la ética profesional al elaborar ese documento.
De modo que esa amable viejecita, de dientes grises y amarillos y voz melodiosa, es propietaria de veinte millones de dólares. Y, evidentemente, no tiene abogado. La miro antes de concentrarme de nuevo en el testamento. No viste como una persona rica, no lleva oro ni diamantes, ni dedica tiempo ni dinero a su peinado. Lleva un sencillo vestido de algodón de los que no se planchan y su gastada chaqueta rojiza podría proceder de Sears. He visto algunas viejas ricas a lo largo de mi vida y no suelen pasar desapercibidas.
Este testamento tiene por lo menos unos dos años de antigüedad.
—¿Cuándo falleció su abogado? —pregunto ahora con suma dulzura.
Nuestras cabezas permanecen gachas y nuestras respectivas narices a escasos centímetros entre sí.
—El año pasado. De cáncer.
—¿Y ahora no tiene abogado?
—Si lo tuviera, no estaría aquí hablando con usted, ¿no le
parece, Rudy? Un testamento no tiene nada de complicado,
de modo que he supuesto que podría revisarlo.
La avaricia es algo curioso. Tengo un empleo a partir del primero de julio en Brodnax & Speer, un pequeño bufete de explotadores con quince abogados, dedicado casi exclusivamente a representar a compañías de seguros ante los tribunales. No era el trabajo que quería, pero de la forma en que se desarrollaron los acontecimientos, Brodnax & Speer me ofreció empleo cuando todos los demás bufetes me lo negaron. He decidido dedicarles unos años, aprender las cosas básicas y luego buscar algo mejor.
¿No dejaría al personal de Brodnax & Speer realmente impresionado si llegara el primer día con una cliente que posee por lo menos veinte millones? Me convertiría inmediatamente en un mago, en una joven estrella con un toque milagroso. Puede que incluso solicite un despacho más amplio.
—Claro que puedo revisarlo —respondo apocado—. Lo que ocurre es que, bueno, ya sabe, aquí se trata de mucho dinero y yo...
—Silencio —susurra enérgicamente acercándose todavía más—. No mencione el dinero —agrega mientras mira furtivamente a su alrededor, como si acecharan ladrones a su espalda—. Me niego a hablar de ello —insiste.
—De acuerdo. No tengo ningún inconveniente. Pero creo que tal vez debería pensar en hablar de este asunto con un abogado tributario.
—Eso era lo que decía mi antiguo abogado, pero no quiero hacerlo. En lo que a mí concierne, un abogado es un abogado y un testamento es un testamento.
—Cierto, pero podría ahorrarse mucho dinero en impuestos si organizara sus bienes.
Mueve la cabeza como si yo fuera un perfecto idiota. —No me ahorraré ni un centavo.
—Oiga, perdone, pero creo que tal vez se equivoque. —Rudy, permítame que se lo explique —susurra después de colocar una mano jaspeada sobre mi muñeca—. Los impuestos no significan nada para mí porque, como usted comprenderá, estaré muerta. ¿Entiende?
—Pues, sí, claro, supongo. Pero ¿y sus herederos?
—De eso se trata. Estoy furiosa con ellos y quiero eliminar de mi testamento a mis dos hijos y a algunos de mis nietos.
Fuera, fuera, fuera. No recibirán nada, ¿comprende? Cero.
Ni un centavo, ni una astilla de mis muebles. Nada.
De pronto se le ha endurecido la mirada y fruncido la cara alrededor de la boca. Me estruja la muñeca sin percatarse de ello. Momentáneamente, la señorita Birdie no solo está enojada sino ofendida.
Al otro extremo de la mesa se entabla una discusión entre Bosco y N. Elizabeth Erickson. Él critica a gritos a Medicaid, Medicare y a los republicanos en general, mientras ella señala una hoja de papel e intenta explicarle por qué no están cubiertos ciertos gastos médicos. Smoot se pone en pie lentamente y se acerca al extremo de la mesa para ofrecer su ayuda.
El cliente de Booker intenta recuperar su compostura desesperadamente, pero las lágrimas ruedan por sus mejillas y Booker empieza a ponerse nervioso. Le asegura al anciano caballero que sí, efectivamente, él, Booker Kane, investigará el asunto y pondrá las cosas en su lugar. El aire acondicionado se pone en funcionamiento e impide oír parte de la conversación. Los platos y cubiertos se han retirado de las mesas y ahora practican toda clase de juegos: damas chinas, naipes, bridge y un juego de Milton Bradley con dados. Afortunadamente, la mayoría ha venido a comer y alternar, no en busca de asesoramiento jurídico.
—¿Por qué quiere excluirlos? —pregunto.
Me suelta la muñeca y se frota los ojos.
—Es muy personal y prefiero no hablar de ello.
—Comprendo. ¿Quién recibirá el dinero? —pregunto de jándome llevar de pronto por el poder que se me ha otorgado
de escribir las palabras mágicas que convertirán a personas
corrientes en millonarias.
La miro con una sonrisa tan radiante y falsa que espero no haberla ofendido.
—No estoy segura —responde pensativa mirando a su alrededor como si se tratara de un juego—. Todavía no he decidido a quién dárselo.
Bueno, ¿qué le parecería un millón para mí? Texaco está a punto de demandarme por cuatrocientos dólares. Se han roto nuestras negociaciones y me ha escrito su abogado. El propietario de mi casa quiere desahuciarme, porque le debo dos meses de alquiler. Y estoy aquí charlando con la persona más rica que he conocido en mi vida, a quien probablemente no le queda mucho tiempo de vida y que se plantea encantadoramente a quién darle su fortuna.
Me entrega un papel con una columna de cuatro nombres escritos claramente en mayúsculas y dice:
—Estos son los nietos que quiero proteger, los que todavía me quieren. —Después se lleva las manos junto a la boca y se acerca a mi oído—: Deles un millón de dólares a cada uno.
Me tiemblan las manos cuando escribo en mi cuaderno. ¡Caramba! Así de simple, acabo de crear cuatro millonarios.
—¿Y los demás? —pregunto en un apagado susurro. Retira repentinamente la cabeza, yergue la espalda y responde:
—Ni un centavo. Nunca me llaman, ni me mandan regalos ni felicitaciones. Exclúyalos.
Si yo tuviera una abuela con veinte millones de dólares, le mandaría flores una vez por semana, felicitaciones cada día por otro, bombones cuando lloviera y champán cuando no lo hiciera. La llamaría una vez por la mañana y dos por la noche antes de acostarme. La llevaría a la iglesia todos los domingos y me quedaría con ella, sosteniéndole la mano, durante toda la ceremonia. A continuación iría con ella a almorzar y luego a alguna subasta, al teatro, a una exposición, o a donde diablos se le ocurriera a la viejecita. Yo cuidaría de mi abuela.
Y eso es lo que me proponía hacer por la señorita Birdie. —De acuerdo —respondo solemnemente, como si hubiera hecho lo mismo muchas veces—. ¿Y nada para sus dos hijos?
—Eso he dicho. Absolutamente nada.
—¿Puedo preguntarle qué le han hecho?
Emite un profundo suspiro aparentemente de frustración y levanta la mirada al techo, como si detestara contármelo, pero luego se acerca, apoya los codos sobre la mesa y me lo cuenta de todos modos.
—El caso es que Randolph, el mayor —susurra—, que tiene casi sesenta años, acaba de casarse por tercera vez con una pequeña zorra que no hace más que interesarse por el dinero. Si le dejo algo a Randolph acabará en manos de esa cualquiera y prefiero dejárselo a usted, Rudy, que a mi propio hijo. O al profesor Smoot, o a cualquiera, antes que a Randolph. ¿Me comprende?
Mi corazón deja de latir. Estoy al borde, a escasos centímetros de que me toque el gordo con mi primer cliente. Al diablo con Brodnax & Speer y sus numerosas entrevistas.
—No puede dejármelo a mí, señorita Birdie —respondo con la más radiante de mis sonrisas.
Mis ojos, así como probablemente mis labios, mi boca y mi nariz, le suplican que diga es mi dinero y se lo dejaré a quien me dé la gana. Y si quiero que sea suyo, Rudy, ¡maldita sea, suyo es! Pero en su lugar responde:
—El resto del dinero es para el reverendo Kenneth Chandler. ¿Lo conoce? Ahora aparece siempre por televisión, desde Dallas, y hace infinidad de cosas maravillosas en todo el mundo con nuestros donativos, como construir residencias, alimentar a niños y divulgar las enseñanzas de la Biblia. Quiero que se quede él con el dinero.
—¿Un evangelista televisivo?
—Es mucho más que un evangelista. Es un maestro, un estadista y un asesor. Almuerza con jefes de Estado, ¿sabe?, y además es encantador. Tiene la cabeza cubierta de rizos prematuramente canosos, pero jamás osaría teñírselos.
—Claro que no. Sin embargo...
—La otra noche me llamó. ¿No le parece increíble? Por
televisión, su voz es suave como el terciopelo, pero por teléfono es francamente seductora. ¿Me comprende?
—Sí, creo que sí. ¿Por qué la llamó?
—El mes pasado, cuando le mandé el donativo correspondiente a marzo, le escribí una pequeña nota comunicándole que, ahora que mis hijos me habían abandonado, estaba
rehaciendo mi testamento y pensaba dejarle algún dinero
para sus buenas obras. No habían transcurrido todavía tres
días cuando me llamó, muy seguro de sí mismo, encantador y
vibrante por teléfono, para preguntarme cuánto pensaba dejarle para sus obras. Le lancé una cifra al azar y no ha dejado
de llamarme desde entonces. Me ha dicho que incluso vendrá
en su propio Learjet para conocerme si lo deseo.
No encuentro palabras. Smoot ha cogido a Bosco del brazo para intentar tranquilizarlo y convencerlo de que vuelva a sentarse frente a N. Elizabeth Erickson, que en este momento, evidentemente avergonzada por su primer cliente, parece haberse desprendido de su complejo y solo desea esconderse bajo la mesa. Mira fugazmente a su alrededor y yo le brindo una pequeña sonrisa, para que sepa que estoy observándola. Junto a ella, F. Franklin Donaldson IV está sumergido en una profunda consulta con una pareja de ancianos. Hablan de un documento que parece un testamento. Me siento orgulloso de pensar que el que yo tengo entre manos tiene un valor muy superior al que a él le preocupa. Decido cambiar de tema.
—Señorita Birdie, usted ha dicho que tenía dos hijos, Randolph y...
—Sí, Delbert. Olvídese también de él. Hace tres años que no sé nada de él. Vive en Florida. Fuera, fuera, fuera.
Hago un rasgo con mi pluma y Delbert pierde sus millones.
—Debo ayudar a Bosco —dice de pronto e inmediatamente se pone en pie—. Me da mucha lástima. No tiene a ningún pariente ni amigo, a excepción de nosotros.
—No hemos terminado.
Se inclina sobre la mesa hasta que nuestras caras están de nuevo a punto de tocarse.
—Sí, Rudy, hemos terminado. Limítese a hacer lo que le he dicho. Un millón para cada uno de esos cuatro y todo lo demás para Kenneth Chandler. El resto del testamento sigue igual: ejecutor, fianza, administradores... Es muy sencillo, Rudy. Siempre hago lo mismo. El profesor Smoot dice que volverá dentro de un par de semanas con el documento perfectamente redactado y mecanografiado. ¿No es cierto?
—Supongo.
—Me alegro. Entonces, hasta pronto, Rudy.
Se acerca al otro extremo de la mesa y coloca un brazo sobre los hombros de Bosco, que se tranquiliza inmediatamente y se comporta como es debido.
Yo estudio el testamento y tomo notas. Es reconfortante saber que Smoot y los demás profesores podrán orientarme y ayudarme, y que dispongo de dos semanas para reflexionar y decidir lo que debo hacer. No tengo por qué hacerlo, me digo a mí mismo. Esa encantadora viejecita con veinte millones merece más asesoramiento del que yo puedo facilitarle. Necesita un testamento que ella misma sea incapaz de comprender, pero que sin duda inspire el respeto de Hacienda. No me siento estúpido, simplemente inadecuado. Después de tres años estudiando derecho, soy muy consciente de lo poco que sé.
El cliente de Booker intenta ocultar sus emociones y a su abogado ya no se le ocurre qué decirle; sigue tomando notas y farfulla un sí o un no cada pocos segundos. Estoy impaciente por hablarle de la señorita Birdie y de su fortuna.
Echo una ojeada al reducido público y en la segunda fila veo a una pareja que me mira fijamente. En este momento soy el único abogado disponible y parecen indecisos sobre si probar suerte conmigo. La mujer lleva un fajo de documentos sujetos con gomas elásticas. Le susurra algo a su marido y este mueve la cabeza, como si prefiriera esperar a otro de los jóvenes linces jurídicos.
Lentamente se levantan y se acercan a mi mesa. Me miran fijamente. Yo les sonrío. Bienvenidos a mi despacho.
Ella se instala en la silla de la señorita Birdie. Él se sienta al otro lado de la mesa y guarda las distancias.
—Hola —saludo sonriente al tiempo que les tiendo la mano. Él la estrecha lánguidamente, después se la ofrezco a ella—. Me llamo Rudy Baylor.
—Yo me llamo Dot y él Buddy —responde ella mientras ladea la cabeza en dirección a su marido y hace caso omiso de mi mano.
—Dot y Buddy —repito y empiezo a tomar notas—. ¿Cuál es su apellido? —pregunto, con el calor de un asesor consumado.
—Black. Dot y Buddy Black. En realidad nos llamamos Marvarine y Willis Black, pero todo el mundo nos conoce como Dot y Buddy.
Dot lleva el pelo rizado y plateado por encima. Parece limpio. Lleva unas zapatillas blancas baratas, calcetines castaños y unos vaqueros extragrandes. Es fuerte, delgada y en cierto aspecto dura.
—¿Cuál es su dirección? —pregunto.
—Ochenta sesenta y tres Squire, en Granger.
—¿Trabajan?
Buddy no ha abierto todavía la boca y tengo la impresión de que Dot es quien lleva la voz cantante desde hace años.
—Yo cobro una pensión de invalidez de la Seguridad Social —responde Dot—. Solo tengo cincuenta y ocho años, pero sufro del corazón. Buddy también tiene una pequeña pensión.
Buddy se limita a mirarme. Lleva unas gruesas gafas con montura de plástico, cuyas patillas apenas llegan a sus orejas. Tiene las mejillas rojas y rollizas. Su cabello es gris y frondoso, con un toque castaño. Dudo de que se lo haya lavado desde hace por lo menos una semana. Lleva una camisa de mezclilla roja y negra, todavía más sucia que su cabello.
—¿Qué edad tiene el señor Black? —pregunto dirigiéndome a la esposa, puesto que no estoy seguro de que me responda si se lo pregunto a él.
—Llámele Buddy, ¿de acuerdo? Somos Dot y Buddy. Nada de señores, ¿comprende? Tiene sesenta y dos años. ¿Puedo aclararle algo?
Asiento inmediatamente. Buddy mira fugazmente hacia
Booker.
—No está bien de la cabeza —susurra mientras gesticula en dirección a su marido.
Yo lo miro. Él nos mira.
—Herido de guerra —agrega—. Corea. ¿Conoce esos detectores de metal que hay en el aeropuerto?
Asiento de nuevo.
—Pues podría pasar en cueros por uno de ellos y dispararía la alarma.
La camisa de Buddy está estirada al máximo y sus botones a punto de saltar, en un intento desesperado por cubrir su protuberante barriga. Tiene por lo menos tres barbillas. Intento imaginármelo desnudo por el aeropuerto internacional de Memphis, con las alarmas sonando y los guardias de seguridad víctimas del pánico.
—Lleva una placa metálica en la cabeza —resume Dot. —Eso es... terrible —susurro al tiempo que escribo en mi cuaderno que el señor Buddy Black lleva una placa de metal en la cabeza.
El señor Black vuelve la cabeza a la izquierda y mira fijamente al cliente de Booker, a un metro de distancia.
De pronto, Dot se me acerca. —Hay algo más —dice.
—La escucho —respondo impaciente después de acercarme también ligeramente a ella.
—Tiene un problema con el alcohol.
—No me diga.
—Todo está relacionado con su herida de guerra —aclara.
Y así, sin más, esa mujer, a la que conozco desde hace tres
minutos, acaba de reducir a su marido a un alcohólico imbécil.
—¿Le importa que fume? —pregunta Dot después de introducir la mano en su bolso.
—¿Está permitido aquí? —Miro a mi alrededor en busca de algún letrero de «prohibido fumar», pero no veo ninguno.
—Por supuesto —dice Dot al tiempo que coloca un cigarrillo entre sus labios agrietados, lo enciende, lo retira de la boca y suelta una bocanada de humo en dirección a Buddy, que permanece in
