Pack Tecléame te quiero

Isabel Jenner

Fragmento

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Capítulo 1

En una Escocia del siglo XVIIII…

La construcción de madera y techado de paja se alzaba con digna funcionalidad en un exuberante rincón de los Trossachs, la región que marcaba el inicio de las Tierras Altas de Escocia. Acogía en su interior seis tablas de recio roble sobre las que se habían dispuesto seis ordenadores de sobremesa y unos troncos tallados con modestia que hacían las veces de sillas para los usuarios. Ese día solo uno de los ordenadores estaba encendido, aunque se podían escuchar las voces de dos personas dentro de la edificación. Socarrona una, más profunda y enfadada la otra.

—Vas a perder.

—Cierra esa bocaza, Ian. O te la cerraré yo.

Duncan MacLaine lanzó una mirada que prometía sangre a su hermano menor antes de volver a enfocar su vista cansada en la pantalla del ordenador. Por suerte, no había nadie cerca a esas horas, que hubiera podido escuchar la agorera afirmación de Ian. Pulsó varias veces la flecha derecha del teclado y luego la barra espaciadora, con escasos resultados.

—A lo mejor podríamos romper la rueda del molino para que esos trastos del diablo dejen de funcionar —continuó Ian, sin darse por aludido mientras señalaba el monitor delante del que se sentaba Duncan—. Si la rueda no gira, no hay energía. Y así tendrías la oportunidad de salir vencedor en los juegos. Como has hecho siempre.

Con un resoplido, Duncan levantó sus enormes manos de las teclas y dio por perdida la tarde de práctica.

Apagó el equipo y se puso en pie. Sus dos metros de imponente figura, apenas cubiertos por un kilt que le envolvía las caderas y un tartán que cruzaba su ancho pecho desnudo, se alzaron sobre la fila de ordenadores comunales que utilizaban los habitantes de la aldea en un momento u otro de la semana. Reprimió el deseo de prenderles fuego uno a uno hasta que solo quedasen unas cáscaras retorcidas.

Si todo fuera como en los años anteriores…

Pero su tío, Arran MacLaine, el respetado laird de los MacLaine, había decidido incluir competiciones de realidad virtual e informática en los juegos de las Tierras Altas que se celebraban cada verano a orillas del Loch Katrine. Dichas competiciones, que se llevarían a cabo después de algunas de las pruebas físicas tradicionales, consistirían en juegos de simulación de combates y entrenamientos, donde los hombres deberían demostrar su capacidad de concentración y coordinación, y su desempeño como estrategas, junto con ejercicios de informática y ofimática en los que los participantes mostrarían sus habilidades y conocimientos para gestionar asuntos relacionados con las finanzas del clan. El día de los juegos nada volvería a ser como antes...Y Duncan temía sufrir la primera y más horrorosa derrota de su vida. Aunque jamás lo admitiría ante Ian. El muy condenado no pararía de torturarlo si lo hacía.

—¿Sabes cuántos clanes van a participar este año? —preguntó en cambio.

—Tengo entendido que vendrán los Duff, los Craig y los Maxwell.

Duncan asintió y flexionó con cuidado los hombros, algo agarrotados por la incómoda postura que había mantenido varias horas frente al ordenador.

A pesar de las típicas rencillas por el ganado, todos eran clanes vecinos que mantenían relaciones cordiales con los MacLaine.

—Todavía queda una semana. Estaré listo para enfrentarme a ellos.

No se le escapó la mirada escéptica que le dirigía Ian, con esos ojos de un color tan parecido al suyo, como si hubieran capturado el misterioso verdor de un bosque umbrío.

—Tú también acudirás a los juegos, Ian, y no veo que estés haciendo nada útil, como entrenar. Solo incordiar como una puñetera mosca en el trasero de un caballo.

El chico se encogió de hombros con absoluto descaro.

—Yo asumí que iba a perder desde que el laird mandó un correo electrónico con las nuevas condiciones. —Su rostro adquirió una expresión muy elocuente—. En el que, además, incluía una lista de los clanes que iban a participar. Hermanito, de no ser por mí, no te habrías enterado de los cambios hasta el mismo día de las competiciones. Si ni siquiera te has tomado la molestia de abrir el mail, ¿cómo vas a quedar primero en una prueba de informática?

Duncan masculló un juramento y se echó la mano al sporran para abrir el e-mail del demonio, pero no había ni rastro del teléfono móvil dentro del morral de cuero que colgaba de su cintura. Lo había vuelto a olvidar en la cabaña. Ian tenía razón: era un completo desastre en cuanto a nuevas tecnologías.

Apretó los dientes y se giró una última vez hacia su hermano antes de salir al exterior; los cabellos, largos y oscuros, le tapaban parte del rostro.

—Quedaré el primero en todas las pruebas.

Tras esa contundente frase, siguió el sendero que continuaba entre ondulantes curvas hasta MacLaine Tower. Pero no tenía ni la más mínima intención de ir a ver a su tío, así que giró en el primer claro abierto entre los brezos que encontró, sumido en sus pensamientos. Era cierto que no había nada que consiguiera agriar el buen humor de Duncan durante demasiado tiempo, pero llevaba unos días bastante disgustado y Arran MacLaine era el único culpable de su situación.

El objetivo de los juegos era demostrar el valor y la destreza física de un hombre para servir a su clan, y Duncan siempre había destacado por su fuerza y su tenacidad. Tenía el cuerpo y la mente de un guerrero, músculos entrenados por la espada y la batalla. Por mucho que Arran le explicase que el mundo estaba cambiando, no entendía cómo el laird había puesto las capacidades para manejar programas de un maldito ordenador, como ese «Exel» o como fuera que se llamara, o la pericia en un juego virtual a la misma altura que el esfuerzo real que requería el lanzamiento de un tronco o los reflejos en una lucha cuerpo a cuerpo. «¡Ah, el progreso!», masculló. Pero no tenía por qué gustarle, y así se lo hizo saber al hombre que había cuidado de Ian y de él como un padre desde que los suyos murieron cuando eran unos niños. Sin embargo, el laird MacLaine se había mostrado inflexible en su decisión, y Duncan llevaba tres eternos días entregado a la agónica e imposible tarea de ser un fenómeno del mundo digital.

Antes de que pudiera darse cuenta, había llegado a su cabaña, a la que se había marchado a vivir cuando había cumplido los dieciocho y había sentido la necesidad de ser un hombre independiente. Se encontraba cerca de la aldea, pero lo bastante lejos como para disfrutar de su intimidad. Siempre que su hermano no se dejara caer por allí, claro estaba.

Era una casa sencilla, pero Duncan se sentía muy orgulloso de ella porque la había construido con sus propias manos.

Estaba formada por una sola planta rectangular, con un entramado de madera que sostenía las paredes, hechas de bloques de piedra, barro y tepe, así como el techo de ramas y hierba seca. Una única ventana dejaba pasar la luz al interior para aislarla mejor del gélido invierno de las Tierras Altas, y disponía de un agujero en el tejado a modo de chimenea. Por dentro era igual de austera: nada más que una estancia que hacía de salón, cocina y despacho, con varias sillas talladas en sólido pino y un escritorio que podría sostener un ordenador que nunca iba a adquirir. Su dormitorio estaba separado del resto por una especie de cortina de mimbre, que bastaba para ocultar la cama a las visitas.

Empujó la puerta y rebuscó entre sus cosas hasta dar con el móvil debajo de una pila de camisas.

Tenía el cristal de la pantalla rajado por varios sitios. Cicatrices como las que mostraba su propio cuerpo, debido a los golpes y refriegas en las que lo había acompañado. La carcasa con los colores de su tartán, rayas amarillas y blancas sobre fondo negro, también había visto tiempos mejores.

Pulsó el botón para desbloquearlo y se sorprendió cuando vio nuevas notificaciones de Whatsapp. Sus conocidos cada vez le escribían menos al ver que rara vez respondía. Eran de un número que no estaba en su agenda de contactos. Y el mensaje, inesperado:

No obtuvo ninguna contestación, ni indicios de que su pregunta fuera a ser respondida, así que se quedó un momento mirando a la pantalla. La foto de perfil era una vaca de las Tierras Altas, una imagen bastante ambigua para saber quién se escondía detrás. Aunque, si Duncan tuviera que apostar, diría que se trataba de uno de los muchachos que correteaban entre los brezales de la aldea, listo para gastar una broma. Como sobrino del laird, mucha gente conocía su número en caso de que se presentara una emergencia y él sabía que, a ciertas edades, era muy tentador arriesgarse a tomarle el pelo a un superior. Sin embargo, no tenía nada que perder y el mensaje le intrigaba lo suficiente como para presentarse a la cita, solo para descubrir qué se proponía el que lo envió.

Se rascó la mandíbula e hizo una mueca al tratar de imaginar cuánta gente daría por hecho que ese año perdería los juegos, luego se encogió de hombros y salió de la cabaña dando un portazo.

Todavía faltaba un poco para que se escondiera el sol, puesto que los días se alargaban en verano, así que comenzó a caminar con paso tranquilo hacia el círculo de piedras donde tendría lugar el encuentro.

Cuando faltaban solo unos metros hasta su destino, un crujido entre la maleza, como el paso de veinte jabalíes, lo hizo frenarse en seco.

Un pequeño chillido femenino lo impulsó a ponerse en movimiento de nuevo.

Desechó la idea de sacar la daga que llevaba escondida en la bota y se apresuró a bajar un terraplén poco inclinado en dirección a esa voz. Encontró un bulto enredado entre algunas zarzas, que no paraba de moverse.

Duncan estiró los brazos y, sin prestarle atención a los arañazos a su piel al descubierto, consiguió desenredar de entre los afilados pinchos a quien quiera que estuviera debajo de un tartán con los colores de los MacLaine, igual al suyo.

Solo se dio cuenta de que estaba sujetando a su doncella en apuros del trasero cuando la joven se apartó con otro chillido para hacerle frente.

Al mirarla, el highlander se encontró con la criatura más extraña sobre la que se hubieran posado sus ojos alguna vez. Tenía los cabellos rojos como el más descarado amanecer, pero estaban anudados en una trenza tan tirante que parecía empujar su rostro hacia atrás, un rostro menudo como el de un duende y muy solemne. Sus labios estaban a apretados en una fina línea bajo una nariz respingona y usaba unas enormes gafas de metal que no le dejaban ver con claridad el color de sus iris. Aunque le parecieron oscuros y misteriosos.

De su cuerpo, Duncan tampoco podía decir mucho, porque la gruesa tela del tartán le daba una apariencia sin forma. Pero, por lo que su mano había tocado (sin querer), no parecía estar en los huesos.

—¿Te has perdido, muchacha?

—Te estaba siguiendo, Duncan MacLaine.

Duncan parpadeó por dos razones. La primera era que su voz sonaba algo ronca, demasiado sensual para un pequeño duende del bosque. La segunda era igual de desconcertante:

—¿Estabas siguiéndome? —repitió.

La joven pareció ruborizarse un poco antes de responder:

—Pero no en el sentido tétrico de la palabra.

Duncan volvió a parpadear.

—¿Hay algún otro sentido?

—Sí. —Su rostro seguía muy serio—. Uno beneficioso. Para los dos.

Aquel encuentro era lo más raro que le había pasado a Duncan desde que una lagartija de patas cortas le había anunciado que se había quedado sin Internet por primera vez. Aún recordaba lo feliz que se veía ese bicho al informárselo. Hasta podría haber jurado que estaba sonriendo...

Pero aún no tenía ninguna intención de poner fin a la conversación y sus sentidos estaban alerta por si ella era parte de una emboscada del pícaro que le había propuesto el trato por Whatsapp.

Se cruzó de brazos y reprimió una sonrisa al ver que la mirada de la chica se dirigía al lugar donde se levantaban sus bíceps.

—Te escucho.

—Yo fui quien te escribió hace un rato. —Tras esa sorprendente confesión, la joven lo apuntó con el dedo—. Voy a hacer que ganes los juegos de las Tierras Altas.

Duncan dejó caer los brazos de golpe.

—¿Cómo dices?

Su rostro debía destilar tanta incredulidad que la expresión de la chica reflejó duda por un momento.

—¿No fuiste tú quien recibió el whatsapp en el que te proponía vernos? Pero estás aquí y estoy convencida de que era tu número...

—Sí que lo recibí —confirmó Duncan, impaciente—. Lo que quiero saber es qué podrías hacer tú para ayudarme.

La observó de arriba abajo, en una clara muestra de su escepticismo.

De todas las sorpresas que creyó que podría encontrarse al acudir al claro, jamás se le habría pasado por la cabeza que se toparía con un misterioso y serio duendecillo del bosque que supiera de ordenadores. Aquel no era un tema por el que solían interesarse las mujeres.

Ella cuadró los hombros, lista para defenderse.

—Tengo amplios conocimientos informáticos, utilizo las últimas novedades en tecnología que existen. Soy, como todos se empeñan en llamarme, una auténtica geek. —A Duncan la palabra le sonó como de otro planeta—. El poderoso Duncan MacLaine, en cambio, ha ganado los juegos siete años consecutivos. Pero todo el mundo sabe que, a pesar de ser un hombre joven, no tiene ningún interés en aprender sobre ordenadores, teléfonos o nada que no esté relacionado con la fuerza bruta.

Duncan se crispó como un erizo.

—¿Y quién, si puede saberse, es la adalid de la modernidad que tiene las gallas de enfrentarse a un bruto?

La joven no dijo nada.

—Respóndeme. ¿Cómo te llamas, muchacha?

—No soy una muchacha. Soy Dallas Sterling.

—¿Sterling? —Era un clan aliado de los MacLaine, pero a bastantes millas de su aldea, muy cerca de las Tierras Bajas—. ¿Y qué hace una Sterling tan lejos de su hogar? ¿Y con el tartán de los MacLaine?

—Mi padre se casó con Fiona MacLaine y juró fidelidad al laird Arran —contestó ella con orgullo—. Pertenecemos al clan MacLaine tanto como tú.

—¡Vaya! Mi hermano me dijo que Fiona había actualizado su estado al de casada en Facebook y que se había mudado de nuevo a la granja de su familia, pero no sabía que venía con una niña incluida.

Duncan se alegraba de verdad por Fiona, ya que la mujer había quedado viuda muy joven y parecía que la vida le había dado otra oportunidad; sin embargo, había llamado a Dallas Sterling «niña» movido por un impulso desconocido, destinado a hacerla reaccionar y que cambiase su pétrea expresión. Aunque solo había conseguido un parpadeo un poco más rápido que los anteriores. Y bien podría haberlo soñado.

—En efecto, tiene una nueva hija. Una mujer de veinte años.

«Ajá», por el énfasis que le dio a «mujer», el rápido parpadeo no habían sido imaginaciones suyas. Aunque el avance para todo aquel que intentara descongelar aquel rostro severo prometía ser muy, muy lento.

Volvió a cruzarse de brazos.

—¿Y qué conseguirías tú, Dallas Sterling, si me ayudaras a ganar?

La joven desvió un momento la mirada antes de volver a centrarse en él.

—No aceptarás mi trato si no te lo digo, ¿verdad?

El guerrero sopesó la respuesta por un momento, valorando si debía poner fin a esa extraña situación o no, si debía negarse a asociarse con ese excéntrico duende bajo cualquier circunstancia.

La determinación que brillaba en los ojos de la muchacha y la intriga que despertaba en Duncan lo llevaron a asentir. Si ella mentía acerca de su manejo de la tecnología, lo descubriría más pronto que tarde.

—Exacto. No habrá secretos en cuanto a las razones de tu oferta. —Duncan hizo una pausa—. Solo si quieres que sigamos adelante, claro está.

—Muy bien, contaba con ello. —A Duncan le pareció escuchar un susurrado «por desgracia», pese a que ella seguía sin hacer ni un solo gesto, sus labios aún tirantes. «¡Por Dios, sí que es seria!». Su actitud lo desconcertaba por completo y sus siguientes palabras lo confundieron aún más—. Entonces has de saber que mi mayor deseo es ver perder a Fergus Maxwell.

Fergus Maxwell. El highlander tenía un vago recuerdo de un adonis rubio y bastante presumido, y se preguntó qué podría tener en común con una joven tan peculiar como ella.

—¿Por qué?

El rubor de antes aumentó varios tonos más.

—Él… él me dejó plantada en el altar.

Duncan agrandó los ojos. Eso sí que resultaba bastante inesperado. No se le ocurría una pareja más dispar.

—¿Quieres vengarte de tu exprometido?

La joven dobló el dedo índice como un gancho y lo utilizó para subirse las gafas, demasiado grandes para su cara.

—Yo lo denominaría «devolverle el favor». Todo el clan Sterling se avergonzó de mí cuando Fergus no acudió a la boda, y el clan Maxwell hizo circular muchos memes a mi costa.

—¿Muchos memes? —solo atinó a repetir el highlander, anonadado. Desde que habían iniciado su conversación, la mitad de lo que le había dicho le había parecido que estaba en otro idioma.

Ella suspiró y rebuscó entre los pliegues del tartán hasta sacar un móvil con una pantalla enorme.

Toqueteó el aparato y luego se lo tendió a Duncan, que negó con la cabeza. Temía que se le escurriera de sus manazas y cayera al suelo. No parecía barato.

La joven volvió a suspirar y se colocó a su lado. Al tenerla así de cerca, se dio cuenta de que no le llegaba más allá de los hombros y que sus cabellos habían adquirido un precioso tono fuego a causa de un perdido rayo de sol. Un auténtico y llamativo duende.

Intentó concentrarse en lo que le enseñaba.

—Estos son solo algunos de los memes. Seguro que ya han llegado hasta la aldea, aunque tú no los hayas visto.

Duncan casi se atragantó con las imágenes.

Desde luego, no carecían de ingenio, pero ¿quién podría hallar placer a costa de una joven rechazada por su novio? Miró con un poco más de admiración a la chica que llevaba esa humillación con tanta entereza, aunque seguía fascinado por su seriedad.

El duende le devolvió la mirada.

—No quiero que aceptes mi ayuda por compasión. Los dos vamos a conseguir algo con nuestro acuerdo. Será en beneficio mutuo.

—Te aseguro que no lo haré por pena, muchacha. En realidad, siento una inmensa curiosidad.

Curiosidad por saber más de esa extraña criatura que parecía salida de un cuento, por saber cómo creía que podía enseñar nuevas tecnologías a un tosco guerrero como él.

Curiosidad por saber el color exacto de sus ojos.

Y, por encima de todo, curiosidad por saber qué sería capaz de hacerla sonreír.

Pero Duncan no iba a añadir nada de eso.

Dallas Sterling se acercó un poco más a él y le rozó sin querer el brazo, cerca de donde un espino le había arañado al rescatarla.

—Entonces, ¿aceptas que seamos socios?

Había esperanza en su tono.

—Dime el lugar y la hora donde comenzaremos las lecciones.

Le pareció que sus labios perdían parte de rigidez, pero no podría haberlo jurado.

—Si por mí fuera, empezaríamos en este instante. Solo tenemos una semana. Pero no he traído nada con lo que podamos practicar, por si rechazabas el trato. —Eso fue más bien un murmullo para sí misma, antes de añadir—: Creo que lo más apropiado será mantenernos apartados de la aldea para evitar escándalos sobre la relación que nos une y que no se extienda el rumor de que la geek Sterling te está ayudando con los juegos. ¿Mañana a primera hora en este mismo claro te parece bien? Te haré una llamada perdida cuando salga de la granja.

Duncan asintió y ella también pareció muy conforme. Luego estiró la mano hacia él, la palma extendida.

—No te arrepentirás, Duncan MacLaine, te lo prometo.

El highlander envolvió la mano, pequeña y de huesos delicados, con la suya, morena y áspera, y casi la tapó por completo.

—En unas horas lo comprobaré, muchacha.

Una cosa era segura: el humor de Duncan volvía a ser tan bueno como siempre.

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Capítulo 2

Dallas Sterling cerró la puerta de su cuarto con cuidado de no dar un sonoro portazo. Le temblaban tanto las manos que no resultaría extraño que tirase cualquier desdichado objeto que se cruzara en su camino hasta la mesa de madera atestada de mandos, cables y varios monitores de ordenador. Aunque, pensándolo bien, no resultaría demasiado raro. La torpeza de Dallas era tan legendaria entre sus familiares como su afición por los cachivaches tecnológicos. Su madre siempre la había reprendido con cariño por ser tan descuidada antes de fallecer, y sus primos escondían los jarrones y la cristalería cuando iba a visitarlos. Después de aquel día, Duncan MacLaine también había pasado a ser una víctima más de su escasa agilidad tras desenredarla de un zarzal que no quería soltarla. Aún no podía creer que hubiera seguido al enorme highlander y que la mala suerte la llevara a tropezar y rodar cuesta abajo como un fardo de paja. Y esa montaña de hombre le había puesto la mano en el… en su… ¡trasero! Dallas sintió las mejillas acaloradas y se deshizo de las prendas que llevaba para ponerse un cómodo y fresco camisón. Pero esa noche, por alguna extraña razón, no sintió las habituales ganas de conectarse a Internet, que la llevaban a pasarse algunas horas frente a la pantalla del ordenador mientras leía las noticias en Google acerca de las últimas rencillas entre escoceses e ingleses o saltaba de un vídeo a otro en YouTube para saber cómo plegar y anudar el tartán sobre el cuerpo de la forma más adecuada.

Tuvo la acuciante necesidad de tumbarse en la cama y repasar cada minuto de su encuentro con Duncan. La conclusión a la que llegó después de un rato fue que, caídas aparte, dicho encuentro había ido mucho mejor de lo que esperaba.

Al día siguiente lo vería de nuevo y conseguiría el objetivo al que se había aferrado como una roca en la tempestad para dejar atrás el escarnio al que la había sometido Fergus Maxwell. Para superar la humillación pública de su antiguo prometido.

En realidad, no había querido asumir el papel de arpía vengativa, pero no le había quedado más remedio cuando Fergus no solo no se había presentado en la capilla donde Dallas esperaba con un ramo de flores en la mano y la ilusión de un futuro compartido en el corazón, sino que había esparcido, exagerado y alimentado los rumores acerca de su obsesión por las máquinas y su extraño carácter, algo retraído y poco femenino. Las burlas no tardaron en llegar y, pese a que mudarse a la aldea de los MacLaine había servido para que disfrutara de un pequeño respiro después de tres largos meses de sufrimiento, el daño ya estaba hecho.

Cuando Dallas se había enterado de las novedades en los juegos de Loch Katrine y de los clanes que participarían en ellos, supo que había llegado la hora de hacer justicia. No había tardado demasiado en averiguar la absoluta nulidad que era Duncan MacLaine para la tecnología (¡ni siquiera tenía perfil de Facebook!), y había trazado el plan perfecto que traería un poco de paz a su existencia: convertir a Duncan en ganador ante las narices de Fergus, quien no hacía más que jactase de su victoria en las redes sociales.

Un diablillo en su interior rogaba porque alguien capturase en una foto la cara de derrota de su exprometido para la posteridad. Ella estaría demasiado ocupada tuiteando el resultado.

Con esa imagen tan satisfactoria en la mente, se incorporó y cogió un saco de tela de debajo de la cama para comenzar a guardar las cosas que usaría al día siguiente en su primera lección.

Cuando terminó, se arrebujó entre las sábanas y trató de conciliar el sueño, aunque estaba muy nerviosa. No se debía a que parecía que aún podía sentir la enorme mano de Duncan MacLaine en su trasero, ni a que recordara su voz profunda y su impresionante apariencia. No, Dallas Sterling solo había sufrido una vez por un hombre, y no sería tan tonta de volver a caer en la misma trampa.

Sobre las siete de la mañana, vestida con una sencilla falda de lana verde, una blusa blanca y un corpiño de color pardo, y lista para su primera clase desde hacía un buen rato, Dallas se acercó el teléfono al oído y colgó al escuchar el primer tono que daba el móvil de Duncan, con el corazón un poco más acelerado de lo normal.

Intentó no imaginarlo mirando su nombre en la pantalla del teléfono con un enorme ceño fruncido por haber sido despertado de un agradable sueño.

Salió de la granja con pasos presurosos, pero muy medidos, y se aproximó al claro presidido por tres enormes piedras dispuestas en círculo, testigos mudos de rituales paganos, leyendas ancestrales y, ahora, de sus lecciones con Duncan. Por suerte, una de las piedras contaba con tres tomas de corriente, camuflados en la parte de atrás en suaves tonos grises como los de la roca, y mientras un largo cableado soterrado llegaba desde el molino. No tardó en montar la videoconsola y demás artilugios necesarios para el juego de realidad virtual que probarían ese día. A ella le encantaban, y parecía una buena forma de empezar a romper el hielo.

Se disponía a encender la consola cuando uno de sus pies se enredó en los cables y el único pensamiento que tuvo mientras el suelo se inclinaba hacia ella fue que su padre la regañaría por necesitar unas gafas nuevas otra vez. Sin embargo, su nariz quedó a unos centímetros de la frondosa hierba y los cristales, intactos, porque unas manos fuertes la habían aferrado de la cintura y habían conseguido detener el golpe.

—¿Que mis reflejos no descansen a tu lado es parte del entrenamiento, muchacha?

Dallas se esforzó en recuperar el aliento que había retenido cuando el brazo de Duncan, parecido a un tronco, le había rodeado las costillas. Alzó la cabeza y mantuvo el gesto profesional de profesora a alumno, a pesar del alivio de ser rescatada.

—Gracias.

Se mordió la lengua para no decirle de nuevo que no era una muchacha. En realidad, no debería tomárselo tan a pecho, ya que ser una muchacha no era nada malo; pero para ella era importante que la tratara como a una mujer adulta. Una igual.

No tenía nada que ver el aspecto que Duncan presentaba esa mañana.

En lugar del tartán cruzado sobre el hombro con el pecho descubierto, ese día llevaba una camisa blanca, lo más probable que en deferencia a ella, pero la tela se seguía tensando sobre sus músculos y el kilt dejaba sus poderosas piernas al aire.

Aunque Dallas había vivido rodeada de highlanders de cuerpos robustos por el ejercicio físico, incluido Fergus, nunca había estado tan cerca de uno tan alto ni que exudara semejante fuerza bruta por cada poro de su piel. Se sentía intimidada, como un ratoncillo ante un león. Un león muy guapo y oscuro, además.

Dallas emitió una tosecilla para centrarse.

—Comenzaremos las lecciones con una prueba de habilidad.

Se alejó de él y extrajo las gafas de realidad virtual del saco antes de comentar:

—Imagino que tu móvil no tiene giroscopio.

Las cejas negras de Duncan se dispararon hacia arriba.

—¿Giro qué?

—Giroscopio. Es un sensor de movimiento que permite medir, mantener o cambiar la posición de un dispositivo móvil en cualquier eje. Es imprescindible para los juegos con gafas de realidad virtual, pero he supuesto que no lo tendrías, porque tu teléfono me pareció bastante antiguo. Mi móvil sí que lo tiene integrado, pero, francamente, no me atrevo a dejártelo. —Cuando estaba nerviosa quizás hablase un pelín de más—. En fin, que hubiera sido bueno que tuvieras giroscopio para practicar en casa e ir cogiendo agilidad, pero no tienes de qué preocuparte. He traído la videoconsola porque, al fin y al cabo, tampoco tiene demasiados botones y jugar con ella será como ensayar la prueba real de los juegos.

El hombre puso un gesto entre aturullado y ofendido, pero Dallas no le dio tiempo a protestar. Rebuscó de nuevo en el saco y se dirigió a él con dos mandos ovalados de color negro que depositó en sus manos.

—Si el laird MacLaine no proporciona mandos a los participantes, no quedará más remedio que uses los míos. Confiaré en que tengas cuidado.

Dallas recibió un gruñido por toda respuesta, mientras Duncan miraba los mandos como si le hubiera puesto un par de serpientes enroscadas en cada palma.

Aquello no iba a ser fácil.

—¿Qué juego es? —El tono de Duncan era de total desconfianza al lanzar la pregunta.

—Tiro con arco.

Eso pareció tranquilizarlo un poco.

Sin embargo, Dallas percibió que volvía a tensarse cuando se acercó con las aparatosas gafas de realidad virtual y se las ofreció.

—Adelante. Póntelas.

El guerrero no hizo ningún ademán de cogerlas.

—Tú primero.

—¿Cómo dices?

—Quiero ver cómo lo haces, muchacha.

Dallas apretó los labios.

—No tiene ningún misterio —protestó, pero la mirada del hombretón no dejaba lugar a dudas: primero tendría que usarlas ella.

Aguantó un resoplido a duras penas. Por suerte, se habían fabricado con espacio suficiente para que los que llevasen gafas graduadas no tuvieran que deshacerse de ellas, así que tiró de la correa, se la pasó por la cabeza, y la ajustó hasta sentirse cómoda.

—Listo —le dijo mientras se acostumbraba a la sensación de que su mundo se hubiera fundido en negro.

De pronto, Dallas creyó sentir un roce muy tenue sobre la mejilla derecha, como una caricia imaginada. Después, notó una corriente de aire a su espalda y unos labios muy pegados a su oído susurraron:

—No ves nada.

La joven dio un respingo y a duras penas pudo controlar el gesto de llevarse la mano a la mejilla. ¿Duncan la había acariciado? Descartó la idea al momento por imposible.

Ahora estaba detrás de ella, y era sorprendente que se hubiera movido con tanto sigilo pese a su corpulencia.

Trató de sonar normal, a pesar de hablarle al vacío.

—Por supuesto que no se percibe nada de la realidad. La gracia está en que veas el juego.

—Muy bien, muchacha. —Le llegó la queda respuesta—. Confiaré en ti y me pondré ese dichoso trasto, pero si intuyo, por un solo momento, que hay alguien más a parte de nosotros en el claro o tratas de hacerme alguna jugarreta, no te gustarán las consecuencias. —Duncan se inclinó más sobre ella hasta que su aliento le calentó el cuello—. ¿Me he explicado bien?

Dallas casi se arrancó las gafas de un manotazo y lo miró con rabia.

—No sé qué clase de personas frecuentas, pero no sería tan mezquina como para hacer algo así.

Duncan alzó una ceja.

—Todavía me estoy formando una opinión acerca de qué clase de persona eres. —Se detuvo un momento—. O criatura mágica.

Ahora la confundida fue Dallas, pero Duncan cogió las gafas y trasteó con la correa hasta que logró ajustarlas.

El armatoste negro le cubría media cara y fue muy tentador para Dallas darle una patada en la espinilla.

Mejor dos.

—Muy bien. Vamos a empezar —optó por decir.

Por fin, encendió la consola y se posicionó cerca de Duncan.

—Primero aparecerán unas dianas para que te familiarices con los movimientos hasta que consigas acertar en el centro. Luego te enfrentarás a arqueros de un clan enemigo.

—Pero ¿dónde diablos están las flechas? ¿Y el arco?

—Los tienes en tus manos. Son los mandos. Si quieres, te explicaré cómo…

Antes de que pudiera terminar su ofrecimiento, Duncan levantó los brazos y empezó a dar manotazos en el aire y a balancearse sin ton ni son. La escena hubiera resultado cómica si no hubiera sido Dallas la encargada de hacer que ese molinillo humano de dos metros de altura progresara hasta parecer un jugador medianamente bueno en solo unos días.

La tercera vez que giró sobre sí mismo, frenó en seco, claramente desorientado.

—No… no sé cómo hacerlo.

Por la forma de apretar los dientes y el tono enfurruñado, Dallas supo que no había sido fácil para él admitir tal cosa, así que dejó pasar su reacción anterior; bastante infantil, por cierto.

—Voy a ponerme delante de ti, ¿de acuerdo? Es la mejor forma de enseñarte.

Dio unos cuantos pasos hasta colocarse entre las piernas de Duncan, de espaldas a él, pero sin llegar a tocarlo.

—Descríbeme lo que aparece en el juego —le pidió.

—Tengo una diana justo enfrente que no para de parpadear.

—Entendido. —Tragó un poco de dificultad—. Ahora voy a cogerte las manos.

Al urdir el plan, Dallas no había contemplado en ningún momento la posibilidad de tener que tocar a Duncan para guiarle hasta que supiera manejarse él solo.

La joven inspiró hondo, rozó el dorso de la mano izquierda del highlander con la suya y los dos parecieron estremecerse. En un juego donde nada existía de verdad, la piel del guerrero era muy real.

Luego alzó sus manos unidas hasta hacer que Duncan estirase el brazo por completo y con la derecha, en cambio, llevó su brazo hacia atrás.

—Las flechas están en tu espalda, como si llevases colgada una aljaba —le indicó, orgullosa de su voz serena—. Presiona el botón derecho para agarrar una.

—Como si fuera tan fácil —rezongó Duncan.

Siguió sus instrucciones y luego dobló el codo hacia delante, en posición de disparo.

—Ahora, suelta el botón.

No hizo diana a la primera.

Ni a la segunda.

Estuvieron practicando esos movimientos hasta que Duncan dejó de gruñir de frustración y consiguió dar en el blanco. Sin embargo, Dallas no pudo celebrar la victoria porque solo era capaz de pensar en que se habían pegado tanto que podía notar su trasero pegado a los muslos de Duncan.

—Muy bien —graznó separándose un poco, pero Duncan no permitió que se alejara demasiado—. Pasemos al siguiente nivel.

Se esforzó con todas sus fuerzas en concentrarse en el juego.

Sabía que lo siguiente que tendría que hacer el highlander sería enfrentarse a tres arqueros de un clan contrario, pero cuando los supuestos enemigos aparecieron en el campo de visión de Duncan, este lanzó un poderoso grito de guerra que la sobresaltó tanto que su primera reacción fue codearlo en las costillas y taparse los oídos después.

—¡Para de una vez! Estás malgastando tus aullidos. La consola no tiene reconocimiento de voz, ¿sabes? No puedes matarlos del susto al escucharte. ¡Pero a mí sí!

Dallas fue consciente de lo que acababa de decir y cerró los ojos para esperar la explosión de ira, como ocurría con Fergus siempre que le parecía que había sido demasiado impertinente.

En lugar de más gritos, Dallas notó que el alto guerrero se pegaba a ella de nuevo, casi recostándose en su espalda, y una curiosa vibración se fue desplazando con calidez desde la columna a todo el cuerpo de la joven. Después, las carcajadas de Duncan se hicieron audibles.

—Desde luego, tienes la lengua tan certera como una de estas flechas, muchacha.

—Lo siento —se disculpó, sorprendida por su faceta risueña.

El hombre aún tenía la vista cubierta por las gafas, pero bajó la cabeza en su dirección, sin apartarse.

—No has dicho más que la verdad. —Su sonrisa se esfumó—. Estoy acostumbrado a los gritos, al peso de un arma en mis manos y a la certeza de que, si yo no doy el golpe primero, puede que nunca tenga otra oportunidad de hacerlo. No sé cómo voy a lograr acostumbrarme a esto.

Levantó los mandos con evidente malestar.

—Te acostumbrarás. Ya has avanzado bastante en unas horas —trató de animarlo Dallas. Era extraño, pero se sentía muy cómoda a su lado. Cuando no estaba intimidada por entrar en un inesperado y avasallante contacto físico con él, por supuesto.

—No entiendo por qué Arran decidió cambiar así las pruebas —rumió Duncan.

Dallas se sorprendió de que él se mostrara tan abierto con ella e intentó darle una respuesta sincera.

—Bueno, imagino que supone menos coste de armas y menos riesgo para los hombres. Al fin y al cabo, son unos juegos, no una batalla real. Además —añadió—, los conocimientos informáticos siempre son útiles.

Duncan solo se encogió de hombros y no respondió.

Esta vez sí que se apartó de ella y Dallas notó el frío en la espalda, donde antes se había apoyado su amplio pecho. Lo miró de reojo; se había quitado las gafas de realidad virtual y también parecía estar observándola a ella con la misma atención. Sus ojos verdes eran impactantes.

—Practiquemos otro rato, Dallas Sterling de Loch Katrine. Quiero que me sigas impresionado con tus habilidades.

Duncan esbozó una sonrisa perezosa y Dallas se reprendió porque lo que no debería sentir, bajo ningún concepto, era ese tironcito incómodo en el corazón, cuando le había enseñado a ese músculo traicionero a no volver a latir con entusiasmo nunca más.

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Capítulo 3

Los días siguientes transcurrieron con una rutina parecida. Dallas llevaba todos los artilugios al claro dentro del fardo que Duncan había apodado como «el saco de los tormentos», y le enseñaba con mucha paciencia qué botones combinar para lanzar con más fuerza un tronco virtual, trucos para golpear más fuerte al enemigo o a no entrar en pánico cuando aparecían ventanas emergentes en el ordenador con preguntas a las que había que responder con un «sí» o un «no». Y, lo más difícil de todo, le enseñaba a dominar el uso del paquete de Office. A Duncan parecían atascársele un poco las fórmulas de Excel, pero no se rendía ante funciones y símbolos endemoniados (lo de endemoniados también era cosecha del guerrero).

Sentía que ya no la miraba con esa desconfianza que había mostrado el día que se conocieron , sino con cierta… admiración, y Dallas disfrutaba de la sensación de sentirse halagada. Cuando no estaba ocupada en mantener la verticalidad, claro.

Algunas veces se rozaban por puro azar, pero, en la mayoría de las ocasiones, la tenía que socorrer de algún percance (tropezones, enredos y accidentes de toda índole) y, con cada nueva catástrofe en la que caía directa en sus brazos, el corazón de Dallas latía un poco más rápido que la vez anterior. Ella intentaba serenarse y no bajar las defensas que Fergus le había hecho levantar a fuerza de sueños rotos, aunque era muy complicado mantenerse ajena al efecto que Duncan provocaba en ella.

Uno de esos días, cuando la mañana ya estaba bastante avanzada, Dallas decidió proponerle algo nuevo al highlander.

—¿Qué te parece si te abrimos cuentas en Facebook, Twitter e Instagram?

Duncan agrandó los ojos, de ese verde precioso, con auténtico horror.

—¿Y para qué iba a necesitar yo todo eso?

Dallas se colocó las gafas.

—No lo sé… ¿Para comunicarte?

No captó la ironía.

—¿Con quién? El que quiera hablar conmigo, sabe dónde puede encontrarme.

—Hay vida fuera de Loch Katrine. Quizás haya gente que quiera conocer más de Duncan MacLaine, el imbatible ganador de los juegos de las Tierras Altas. A lo mejor han creado un club de admiradores o tienes cientos de seguidores, y tú aún no lo sabes.

Ella, desde luego, sería presidenta de su club de fans. Admirarlo en la distancia no podía hacer daño.

Duncan la miró con interés por un segundo. Luego sacudió la cabeza y el movimiento agitó sus cabellos oscuros.

—Puedes ayudarme a crear esas cuentas, si eso te complace. Pero no voy a usarlas.

—¿Por qué? —preguntó, casi pateando el suelo con frustración—. ¿Por qué desprecias tanto las nuevas tecnologías?

—No lo hago, solo soy realista. Apenas recuerdo que tengo móvil, te aseguro que pasarán meses o inclusos años entre cada visita que haga a esas aplicaciones.

—No pones nada de tu parte —refunfuñó Dallas. Aunque sabía que tenía razón.

—¿Y qué hay de ti? ¿Te sigue o sigues a mucha gente? Estoy seguro de que tienes un perfil en todas.

La curiosidad que Duncan mostraba por ella la extrañó.

—Bueno, sí, por supuesto que tengo un perfil en cada una… —Suspiró—. Pero casi no tengo seguidores. Por ejemplo, en Twitter sigo la cuenta oficial de Bonnie Prince Charlie.

—Desde luego, tiene carisma —lo aprobó Duncan tras echar una ojeada a la pantalla del móvil—. Yo ni siquiera me había fijado en lo de los colores…

Dallas dio un único y enfático asentimiento con la cabeza.

—Sabía que te gustaría. También sigo el Twitter del rey Jorge II de Gran Bretaña. Por tener una visión global, ya sabes.

—Ese prefiero no verlo —resopló el highlander.

—De acuerdo. Entonces... —Dallas rebuscó en su teléfono en busca de algo interesante—. Me encanta la técnica de Canaletto, así que sigo su Instagram.

El guerrero cabeceó, en un claro intento de seguirle la corriente, y luego la miró con intensidad.

—¿Y qué me dices de Facebook? ¿Hablas con muchos amigos? ¿O tienes a Fergus Maxwell entre tus contactos?

A Dallas la estaba poniendo nerviosa ese interrogatorio. Desde luego, no le iba a confesar a Duncan MacLaine que, aunque había eliminado a Fergus Maxwell de sus listas, todavía se metía en su perfil, con cuidado de no ser descubierta.

—No creo que eso sea de tu incumbencia. Pero sí, tengo bastantes amigos en Facebook. Además de ser miembro de varios grupos muy interesantes.

Soltó el cebo de la evasión...

—¿Cómo por ejemplo?

Y Duncan picó...

—Soy orgullosa integrante del grupo de Facebook «Apasionadas y rebeldes», en honor a Rob Roy MacGregor.

—Oh, por Dios. —Él hizo un movimiento despectivo con la mano—. No me digas que eres otra de esas jovencitas que suspiran por su leyenda.

—Es que fue un héroe. Pelirrojo. Y de Loch Katrine. —Dallas iba extendiendo un dedo con cada argumento en defensa de su legendario Rob Roy.

—No fue más que un majadero y un proscrito —resopló Duncan, molesto.

—No puedes hablar en serio —lo reprendió ella, con ceño. Sería muy fácil rebatir sus palabras ya que era del dominio público que Rob Roy recibió el perdón real tras haber sido encarcelado por tratar de recuperar las tierras que le habían robado y que le pertenecían. Pero algo en su actitud la hizo decidir que era mejor ignorarlo—. En todo caso, Twitter e Instagram son más bien para mantenerme informada. Facebook es más personal.

—Ya…

Dallas le dio unos segundos para que elaborara la respuesta, pero Duncan no alargó el monosílabo.

—En fin, estamos perdiendo un tiempo precioso...

—El caso es que creo que sí que quiero un perfil de Facebook.

—¿Qué? No hay quién te entienda… —rezongó, para después extender la palma hacia arriba con impaciencia—. Dame el móvil.

Duncan le alargó el dispositivo, un trasto lleno de golpes y que ya tenía bastantes años. Pero, por primera vez en su vida, Dallas perdió todo el interés en un teléfono cuando los dedos del guerrero rozaron los suyos. Le gustaba el contraste de su piel clara contra la morena del guerrero y su calidez, a la que se había ido acostumbrando cada vez más esos días...

Dallas parpadeó y se centró en la pantalla del smartphone. Con unos cuantos movimientos eficientes, ya tenía lista la cuenta.

—¿Qué foto quieres para tu perfil?

Duncan la miró pensativo un momento.

—¿Qué te parece una de nosotros dos? Al fin y al cabo, eres mi mentora.

—¡Ni hablar! —Se horrorizó.

¿Hacerse una foto los dos...? ¡¿Y subirla al perfil de Duncan?! Solo de pensarlo se le encogía el pecho de nervios y timidez.

—¿No quieres salir conmigo?

Al soltar la pregunta, Duncan había cruzado esos inmensos brazos y había plantado con firmeza las piernas abiertas en el suelo. Por su postura beligerante, estaba claro que lo había ofendido. Para ser un guerrero rudo y curtido en mil batallas, algunas cosas se las tomaba muy a pecho.

Intentó apaciguarlo:

—No es eso. Es solo que nunca pongo mi foto real en las redes.

—Ajá. Pones fotos de ganado —fue su airada réplica.

—¿De qué estás hablando?

Dallas incluso meneó la cabeza, totalmente perdida. Duncan carraspeó un poco, pero continuó con ese gesto de honor mancillado.

—Tienes una vaca de las Tierras Altas en tu perfil de Whatsapp.

—Oh, por favor. —Dallas sacudió las manos, restándole importancia al asunto—. Es una vaquita muy dulce. ¿Te resulta tan ofensiva?

Él abrió y cerró varias veces la boca antes de contestar.

—¡Pues, sí! ¿Acaso prefieres poner una vaca antes que ponerme a mí? Y a todo esto, ¿por qué no usas tu foto en…?

Lo detuvo antes de que siguiera con la andanada de preguntas:

—No pongo mi foto porque no me gusta como salgo, ¿de acuerdo? —confesó.

Notó que el calor le coloreaba las mejillas y esperó que le pidiera una explicación que la avergonzaría más. A nadie le gustaba admitir que no se encontraba atractiva. Al menos, no lo suficiente como para que alguien se casara con ella.

Esos ojos verdes la traspasaron por un largo momento. Luego descruzó los brazos y todo rastro de malhumor desapareció.

—De acuerdo. Entonces busca la foto de un duende pelirrojo.

Fue el turno de Dallas de abrir la boca.

—¿Un duende… pelirrojo?

—Fue lo que pensé la primera vez que te vi.

Su tono fue ronco y afectuoso, pero Dallas era incapaz de ver más allá de la imagen que se había formado en su mente.

¿Eso era lo que pensaba de ella? ¿Le recordaba a diminutas criaturillas de orejas puntiagudas que hacían cabriolas por los bosques?

—Eso es… Eres un… ¡¡Arrrgh!! —Dallas estaba tan indignada que no le salían las palabras.

El enloquecedor hombre se llevó una mano a su propia oreja, redonda y perfecta, y la frotó como si le doliera.

—Mejor la foto de una banshee. Gritas igual que una.

—¡Suficiente!

Era imposible que la tomara en serio. Casi le arrojó el móvil al amplio pecho.

—Ya tienes la cuenta abierta. Puedes poner lo que quieras tú solo.

—¿Y cómo voy a encontrarte? —se quejó.

—¿Encontrarme para qué? —gruñó, exasperada.

—Quiero tenerte. —El corazón de Dallas se saltó un latido. Después de lo que pareció una pausa muy larga, Duncan añadió—: En mi lista de amigos… Por favor.

Ante una petición así, la joven fue incapaz de negarse, así que le volvió a arrebatar el móvil con las mejillas arreboladas y un gesto brusco. Tecleó su nombre en la casilla de Facebook y pulsó la solicitud de amistad a la vez que trataba de sofocar las mariposas que revoloteaban por su estómago. La aceptaría mucho, mucho más tarde.

—Hecho —masculló. Duncan le dirigió una amplia sonrisa satisfecha que ella devolvió con el debido ceño fruncido—. El tiempo apremia, así que centrémonos en más pruebas para los juegos.

No quería ni debía distraerse más a causa de Duncan MacLaine. Por el bien de los dos. El guerrero tenía que superar las pruebas y ella, darle una lección a Fergus Maxwell.

—Exacto. —Estuvo de acuerdo él—. Ahora tocan las reales.

—De eso nada —negó Dallas—. Tenemos que seguir practicando las tecnológicas.

Duncan dio un par de pasos hacia ella.

—Hace días que no hago ejercicio físico, muchacha. Y también tengo que pasarlas si quiero ganar. —«Vaya», se lamentó la joven. Ese era un argumento bastante pesado como para rebatirlo, y Duncan lo sabía—. Dame un par de horas y luego continuaremos con esos cacharros diabólicos.

Dallas suspiró. Estaba claro que los «cacharros diabólicos» que ella adoraba tendrían que esperar.

—Está bien. Puedo regresar a la granja y volver más tarde si me envías un whatsapp cuando termines.

—¿Por qué no me acompañas?

—¿A tu entrenamiento? —Empezó a retroceder los pasos que Duncan avanzaba—. Bueno, no sé si debería… Es decir, yo no te sirvo de ayuda allí y… ¡Ay!

Estaba bastante segura de que esa piedra no se encontraba ahí antes, pero en su huida, que debía de ser parecida a los andares de un cangrejo cojo, se golpeó el talón contra la dura superficie.

Los reflejos de Duncan, puestos a prueba una vez más, fueron tan efectivos como siempre. La sujetó con delicadeza y se la quedó mirando, sin soltarla.

—Dallas —empezó, provocando ese conocido temblor cuando pronunciaba su nombre—, ¿sabes que los duendes pelirrojos tienen un encanto irresistible?

De lo que Dallas no tuvo ni idea fue de cómo logró mantenerse en pie después de que dijera semejante frase y la soltara para echar a andar a pasos largos.

Se apresuró a seguirlo con el corazón retumbando en el pecho hasta una especie de campo de entrenamiento muy poco transitado, pero era evidente que Duncan no iba seguir con la conversación. Ella tampoco estaba muy segura de querer continuarla, así que se acomodó a la sombra de un roble y lo vio hacerse con un descomunal martillo con el mango de madera y la cabeza de hierro redondeado. Parecía muy pesado.

El highlander se deshizo de la camisa, dejando expuestos al aire fresco de las Tierras Altas unos hombros bronceados y una espalda ancha y surcada de músculos que ondularon con elegancia al alzar el voluminoso objeto. Se balanceó y calibró el peso, y luego giró sobre sus piernas un par de veces para darse impulso y lanzar el martillo a una distancia considerable con un poderoso bramido.

Y el único pensamiento de una hipnotizada Dallas fue de arrepentimiento por no haber sacado el móvil para grabar con la opción de cámara lenta ese momento glorioso, ese instante fugaz en el que el kilt se había levantado con la velocidad del giro dejando a la vista unos muslos de granito y casi, casi había podido entrever partes vedadas a doncellas solteras.

Ese vídeo habría hecho tan felices a tantas personas. La habría hecho tan feliz a ella.

Se abanicó con la mano, acalorada… ¿Desde cuándo se fijaba tanto en los atributos de un hombre? Si ni siquiera había intercambiado un simple beso con su exprometido, ni prestaba atención a las fotos de highlanders esculturales que enviaban las pocas amigas íntimas que tenía para que el día fuera más llevadero.

Tendría que detener el torbellino que era su mente y centrarse en lo esencial. Tener éxito en los juegos para retomar la normalidad, volver a la rutina.

Sin Duncan MacLaine.

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Capítulo 4

A dos días de los juegos de las Tierras Altas de Loch Katrine, Duncan se acercó al claro que compartía con su pequeño duende con un humor algo extraño.

Por un lado, estaba exultante ya que el día anterior habían estado practicando lanzamiento de troncos virtual y lucha con espadas claymore hasta que consiguió sumar bastantes puntos y no morir en el primer minuto de la partida. Todo un logro para él, que veía el triunfo en los juegos menos imposible que cuando había hablado con Ian en la sala de ordenadores a principios de semana.

Permitir que Dallas Sterling lo ayudara a prepararse para las pruebas había sido una decisión muy acertada. Era impresionante que una chica tan joven pudiera tener todos esos conocimientos informáticos y, a pesar de ser un reconocido bruto y que la ofimática no fuera su punto fuerte, no parecía que se le diera tan mal el mundo digital con ella a su lado.

Sin embargo, también se sentía inquieto precisamente porque su maestra cada vez le fascinaba más. Había ocurrido de forma gradual, apenas sin darse cuenta. Al principio, había sido un pequeño chispazo de atracción, sumado a la curiosidad que le despertaba Dallas. No le había dado demasiada importancia, e incluso se había obligado a seguir prestando atención al resto de la población femenina, ya que había mujeres muy hermosas en la aldea.

Pero Duncan había decidido dejar de seguir fingiendo. Su comportamiento era el de un hombre interesado en una sola mujer, a la que ansiaba ver cada día, un hombre que disfrutaba con cada uno de sus tropiezos para sentirla junto a él y no tener que buscar excusas para tocarla… Solo que el interés de la mujer en cuestión no parecía ser recíproco.

¡Todavía no había respondido a su solicitud de amistad en Facebook! Y su expresión seria, como tallada en alabastro, no había cambiado un ápice, sin importar cuantas bromas había intentado gastarle. Duncan ya no estaba muy seguro de cómo actuar.

Cuando estaba cerca de las piedras sagradas, una nube errante tapó el sol. El astro volvió a brillar en pocos segundos y Duncan aceleró el paso para llegar primero al punto de encuentro, pero el duendecillo ya estaba allí. Y esta vez, para su desilusión, no había signos de que su cuerpo fuera a entrar en contacto con el suelo de forma inmediata y requiriera de su intervención para rescatarla.

Murmuraba para sí mientras estaba inmersa en lo que parecía una batalla de cables.

Se acercó a ella por detrás en completo silencio para desestabilizarla, igual que cuando le había exigido que se pusiera las gafas de realidad virtual en su primer día de prácticas. Siempre era un placer para Duncan recordar el instante en el que la había acariciado con mucho cuidado y se había pegado todo lo posible a su cuerpo. Pero en esos momentos tuvo que contentarse con tenerla a la vista mientras ella bregaba con un cable anudado.

—¿Sueles hablar contigo misma a menudo? —La abordó con una sonrisa de oreja a oreja—. Creo que los cables no te van a responder…

Dallas dio un pequeño bote y se giró enfadada hacia él, en lugar de sonriente, como había sido su intención.

—Hablar con uno mismo es un claro signo de inteligencia —se defendió, ofuscada.

El sonrojo de sus mejillas agradó tanto a Duncan que intentó pasar por alto su actitud quisquillosa.

—¿Y eso lo dice…?

Dallas abrió la boca y luego apartó la mirada, todo ello sin perder la seriedad habitual de su semblante.

—Artículos sin ninguna base científica que leo en Internet.

Duncan se echó a reír y se llevó las manos a los costados.

—Por Dios, muchacha, me vas a provocar tantas agujetas en el estómago que no voy a ser capaz de participar en los juegos.

Dallas levantó la respingona nariz hacia arriba.

—Me alegra causarte tanta gracia. —«Eso es algo que soy incapaz de conseguir contigo», pensó Duncan ante su desabrida respuesta—. Pero te agradecería que no bromearas sobre faltar a los juegos. No después de todo el sacrificio que estoy haciendo por enseñarte y todo el tiempo que llevo gastado.

Duncan se puso serio de golpe. ¿Eso era lo que sentía Dallas? ¿Los días compartidos habían sido un castigo y una pérdida de tiempo?

—Aquí el único que hace sacrificios soy yo —replicó, acusando el golpe. No creía merecer el trato frío y seco con el que lo recibía a diario, sin importar lo paciente o amable que él se mostrase, y estaba empezando a cansarse—. Tú te limitas a pasarlo bien con tus juguetes.

El duende se aproximó despacio.

—Seguro que tú nunca hablas solo, ¿verdad?

Duncan la miró como si le hubieran salido dos cabezas.

—Desde luego que no, ¿a qué viene eso?

Ella cambió ligeramente su rostro pétreo por uno de suficiencia.

—Estaba claro.

—¿Qué me quieres decir, Dallas?

Se imaginaba a dónde quería llegar la pequeña bruja, pero aunque una vocecilla interior le dijo que sería mejor que ella no respondiera porque no le iba a gustar nada lo que iba a oír, quería escucharla. A ver si se atrevía a poner palabras a lo que estaba insinuando.

No debió haber dudado de que Dallas Sterling se atrevería a eso y más.

—Me molesta que no aprecies mis esfuerzos ni el tiempo que invierto en preparar todos los dispositivos, en guiarte a cada paso y repetir las cosas mil veces porque... —La vio coger aire—. Tienes el cerebro del tamaño de un mosquito.

Duncan sintió el enfado correr por sus venas, junto a una extraña punzada de dolor en el pecho, al saber que le consideraba inferior. Un bruto estúpido.

Dobló la cintura para acercar su rostro al de ella.

—Ah, ¿sí?

Dallas no se amilanó y pegó su naricilla a la suya.

—¡Sí!

El guerrero todavía se estaba preguntando a qué venía ese ataque contra él y qué decisión drástica podría tomar que no fuera la de retorcer su precioso cuello, cuando el cielo se oscureció de forma ominosa y un trueno retumbó con un sonido atronador.

En ese momento la joven puso cara de auténtico terror, aunque no se había amilanado antes ante un Duncan furioso, erguido sobre ella. Corrió hacia donde se encontraban sus trastos para meterlos en el saco a toda prisa.

—¡No! Si se mojan, se estropearán. Hoy he preguntado a Siri por el tiempo y ha dicho que estaría despejado.

Duncan no tenía ni idea de quién era la tal Siri, pero estaba claro que se equivocaba.

Aunque estaba enfadado y dolido con Dallas por el insulto a su inteligencia, cuando cayó la primera gota de lluvia no pudo hacer otra cosa que ayudarla a poner sus cosas a cubierto.

—Iremos a mi cabaña —dijo sin apenas pensarlo—. Va a caer un buen chaparrón y está más cerca que tu granja.

Dallas lo miró con preocupación y ansiedad a través del cristal de las gafas, que ya se había manchado con algunas perlitas de agua.

—¿Y si alguien nos ve?

—No creo que nadie se atreva a salir con la tormenta que se está forjando.

Sus palabras fueron casi inaudibles a causa del estallido de otro poderoso trueno y Duncan agarró los bártulos de la muchacha con una mano y rodeó su muñeca con la otra antes de echar a correr, sin ningún otro miramiento.

Entraron en la cabaña del highlander en el mismo momento en el que las nubes dejaban caer torrentes de agua sobre la tierra. Duncan se sacudió la humedad como un perro mojado y puso «el saco de los tormentos», más tormentoso que nunca, en el suelo, sin mirar a Dallas.

—Puedes esperar a que escampe aquí dentro y luego volver a tu granja. Ya que es una tarea tan pesada enseñarme, no hace falta que regreses. Te libero del trato.

Lo último que quería Duncan era dejar de verla, pero el dolor por su rechazo ponía palabras en su boca de las que luego estaba seguro que se arrepentiría.

—Lo siento.

La voz que llegó a sus espaldas parecía bastante temblorosa.

Se giró un poco, sin responder, y vio que por su menudo y adusto rostro de duende corrían regueros húmedos de agua de lluvia. O tal vez eran lágrimas.

—Lo siento —volvió a repetir muy bajito.

—¿Qué es lo que sientes Dallas? ¿Que yo sea un idiota o el habérmelo dicho a la cara?

—¡Nada de eso! —protestó Dallas con más vehemencia.

Pero Duncan todavía estaba resentido. Necesitaba más que esa escueta disculpa para reparar el daño que le había hecho, y ambos lo sabían.

La joven se mordió el labio antes de continuar:

—Nunca he respondido así de mal a la gente que me rodea. Pero últimamente estoy tan acostumbrada a que se rían de mí que, a veces, saco las púas… —Eso sirvió para que Duncan recordase de golpe que ya había sufrido suficiente y por nada del mundo quería hacerla llorar. Intentó detenerla, pero ella siguió con lo que se proponía decir—: Sin embargo, no es excusa para la forma en la que te he insultado sin razón. Creo que eres muy inteligente, Duncan MacLaine, y admiro la forma en la que te enfrentas sin reparos a algo nuevo. Y… —Se sonrojó un poco más—. No puedo negar que utilizar mis aparatos electrónicos para enseñarte es un inmenso punto a favor, pero también disfruto mucho del tiempo que paso contigo.

Una ternura desconocida invadió su pecho ante las palabras de la joven. Solo Dallas podía conseguir que su humor cambiase tanto como el imprevisible tiempo de Escocia.

Se giró por completo y se encaminó hacia ella.

—Seguro que lo dices por cumplir y que en realidad piensas que en cualquier momento voy a rebuznar como un asno.

Le guiñó un ojo para que comprendiera la broma, pero Dallas se retorció las manos con angustia.

—¡Por supuesto que no! Lo digo de corazón…

Duncan se pegó más a ella.

—De corazón, ¿eh?

Luego rodeó su pequeño rostro con sus manos curtidas y limpió las lágrimas derramadas con los pulgares.

—Pequeña, solo estaba bromeando. Sé que tus disculpas son sinceras y te las agradezco mucho.

—Entonces, ¿ya no estás enfadado conmigo?

No. Por supuesto que no lo estaba. Lo que sentía era un alivio inmenso porque Dallas no hubiera aceptado su estúpida oferta de marcharse de forma definitiva.

Siguió acariciando sus mejillas, que ya estaban libres de lágrimas.

—Dejaré de estarlo… con una condición.

—¿Cuál es?

Duncan no pudo dejar de notar que no intentaba apartarse de él.

—Háblame de ti. De tu familia, de tu compromiso, de por qué eres tan seria…

La joven le dirigió una mirada cortante.

—No hay mucho que contar.

—Eso lo veremos, pero antes…

Fue muy rápido y con dos certeros movimientos le deshizo la apretada trenza y le quitó las gafas. Luego las alzó hasta dejarlas fuera de su alcance.

—Pero… ¡¿por qué has hecho eso?!

—Porque tu pelo tiene que secarse y las gafas estaban manchadas —fue su directa e irrefutable respuesta.

Aunque Duncan tampoco habría podido añadir mucho más, aunque hubiera querido. Lo que había sido una acción inocente para que estuviera más cómoda se había convertido en algo muy distinto. Por fin podía ver el color sus ojos y estaba absorto en la contemplación de sus iris dorados. Era como si hubieran captado los rayos del sol en su interior. Cálidos y hermosos.

Eran de otro mundo.

—¡Eres un bruto!

Dallas, cuyos cabellos mojados y pegados al cuerpo eran tan largos que le llegaban hasta las caderas, se abalanzó sobre él. Tropezó en el camino y Duncan no dejó pasar la ocasión de aferrarla por la cintura… y, como al descuido, una de sus manos fue a parar a su trasero.

Le llegó el chillido amortiguado contra su pecho.

Iba a alargar la inesperada aunque deliciosa situación, y a recrearse en esos preciosos ojos, cuando notó sus temblores.

—Estás muerta de frío.

Echó un vistazo rápido alrededor hasta que localizó un tartán que había dejado descartado en el respaldo de una silla al salir de casa. Alzó a Dallas en brazos y se sentó con ella en esa misma silla después de coger la prenda seca, con la que la cubrió por completo, cabeza incluida. Luego frotó con suavidad sus cabellos.

—Me manejas como si fuera una muñeca…

Aunque era una protesta, a Duncan lo atravesó el ronroneo de placer que subyacía bajo sus palabras, e intentó que la sangre no hormigueara hasta ciertas partes de su cuerpo. Con ella encima, lo notaría enseguida.

—Por tu tamaño, bien podrías serlo —masculló.

Cuando sintió que ella dejaba de temblar, la apartó de su regazo a regañadientes y la dejó sentada en la silla mientras él se ponía en pie. Tenía que poner algo de distancia entre ellos o era probable que Dallas saliera corriendo a pesar de la tormenta.

—Te escucho. Háblame de ti.

—¿Antes podrías darme mis gafas, por favor? Me duele la cabeza sin ellas.

Duncan accedió de mala gana, y los cristales volvieron a apagar el brillo del oro con el que refulgían sus ojos feéricos.

—Soy seria porque soy así. Es mi forma de ser.

El highlander parpadeó por la manera abrupta de empezar el tema.

—Mi madre murió cuando yo tenía seis años y mi padre también es un hombre muy serio. No tengo hermanos, pero tengo diez primos mayores que yo, todos locos por la tecnología. Ellos me enseñaron cada una de las cosas que sé. Siempre he sido bastante torpe y retraída, así que me conquistó un mundo en el que no era necesario mucho contacto humano. Y soy buena con los ordenadores. Tan buena que mi talento llegó a oídos de Fergus Maxwell y se hizo el encontradizo conmigo en una feria de queso de oveja y software. Me cortejó para que le enseñara mis conocimientos, lo que hice como una tonta. Luego me dejó plantada en el altar, mi padre se casó con Fiona y el resto de las cosas sobre mí ya las sabes. —Hizo una pequeña pausa—. Bueno, ahora también sabes que me gusta el queso de oveja.

Duncan fue asimilando toda la historia y la ira se fue apoderando de él.

—Ese bastardo… ¿Cómo sabes que se hizo el encontradizo contigo?

—Me envió un whatsapp algunos días después del plantón en la boda en el que me lo confesaba todo. Cómo siguió mis movimientos a través de Internet, lo difícil que fue ganarse mi confianza. Tanto que incluso tuvo que fingir que estaba enamorado de mí. Pero el asunto se le escapó de las manos. Fergus ya tenía una prometida, ¿sabes? Así que, una vez que consiguió lo que quería de mí, huyó y volvió con ella.

—Gusano cobarde —escupió el insulto con rabia y apretó los puños de pura impotencia por no tenerlo delante en ese instante.

Dallas se arrebujó en el tartán y lo observó.

—Tú sí que tienes un hermano, ¿verdad?

A Duncan le hubiera gustado seguir indagando sobre su pasado, las experiencias buenas y malas que había vivido. Pero, teniendo en cuenta que ella misma se describía como una persona reticente a hablar de sí misma, parecía que ya le había contado bastante y aceptó a regañadientes el desvío en el tema.

—Más bien una calamidad. Pero sí, tengo un hermano pequeño; tres años menor que yo, para ser exactos. Ian acaba de cumplir veintidós. Mis padres murieron cuando éramos unos críos y mi tío Arran nos acogió como si fuéramos sus hijos. Somos afortunados de tener a alguien como él.

—El laird Arran también tiene que sentirse muy orgulloso de ti, del hombre en el que te has convertido.

—Apenas me conoces, muchacha —resopló Duncan, azorado.

—Te conozco lo suficiente —fue su dulce réplica.

El highlander no supo qué decir. Se sentía muy halagado por su declaración, y algo aturdido por la conexión que se había establecido entre ellos en apenas una semana.

Para él, las mujeres eres seres demasiado delicados que había que tratar casi de puntillas, pero Dallas Sterling no se parecía a ninguna mujer que hubiera conocido antes. Era deslumbrante por dentro y por fuera.

Carraspeó y volvió a darle un giro a la conversación, hacia un asunto que ya se había tomado como algo muy personal.

—¿Y bien? ¿Ya tienes pensado qué harás para vengarte del cerdo de Fergus Maxwell? Podrías dejármelo a mí…

—En realidad, sí que lo tengo pensado. —Lo interrumpió con algo parecido a la excitación en una persona como Dallas Sterling.

Saltó de la silla, envuelta todavía en el tartán, y se hizo con su móvil para enseñarle algo. Muy seria.

—Esto es para publicarlo la noche antes de los juegos de las Tierras Altas y que se ponga nervioso. Lo he hecho yo misma.

El silencio quedó suspendido entre ellos por un momento, hasta que Duncan no pudo retrasarlo más.

—Es horrible.

Dallas frunció el ceño a la vez que miraba la pantalla.

—¿Tú crees? A mí me parece muy agudo.

—Malo de verdad.

La desilusión inundó el semblante de Dallas, pero luego se encogió de hombros.

—Todavía tengo tiempo para pensar en algo… Ya se me ocurrirá. —Su expresión se volvió recelosa—. No sé si debo enseñarte los que tengo preparados para cuando pierda.

—Por favor —rogó Duncan—, enséñamelos.

La joven giró el móvil hacia él.

Duncan se llevó una mano a la barbilla.

—Apenas podría decirse que este es mejor que el otro.

El duendecito deslizó el dedo por la pantalla para mostrarle el siguiente.

—¡¿Pero qué demonios te ocurre con el ganado?!

Dallas le dirigió una larga mirada.

—Que vivo en una granja… Y no pienso cambiarlos. No insistas. —Aunque Duncan casi ni había separado los labios, era justo lo que iba a hacer—. Ahora, deberíamos practicar.

«¡Ni hablar!». No cuando por fin parecía que Dallas se abría a él y se sentía a gusto en su presencia.

—Aquí no tengo nada tecnológico —improvisó—. Aparte de mi viejo móvil. Y de ti.

Dallas sujeto el tartán con la mano izquierda y se agachó junto al pesado saco para extraer algo de él.

—Por suerte, soy previsora. He traído mi portátil para que podamos repasar los cuadros de Excel.

Duncan tragó saliva con fuerza para ahogar una maldición.

Los juegos estaban muy cerca, pero era cierto que quería más de aquella complicidad. Seguir escuchando la voz suave y ronca de ese delicado duende que se había aparecido en el bosque, y sumergirse en los estanques de oro que eran sus ojos.

—No. No estás en la casilla correcta.

La lluvia seguía impactando contra el techo de ramas y hierba seca de la cabaña, como hacía horas, pero Duncan solo era consciente de la necesidad de frotarse los ojos y lanzar el portátil por la ventana. Habían comido algo rápido, un almuerzo muy frugal de pan y queso de oveja en honor a Dallas, y no habían dejado de practicar desde entonces.

Volvió a mirar el Excel.

—Yo creo que está bien.

Oyó el suspiro de Dallas a su espalda, que se paseaba sin descanso por la pequeña estancia.

—No, no. En el ejercicio dice que los MacLaine hacen una incursión para robar ganado a los McBean. Hay que sumar doce ovejas y ocho vacas a las casillas de los MacLaine y restarlo de los McBean. Tú lo has restado de los… McBain, que están justo encima.

Duncan sintió una especie de descarga eléctrica cuando la cabeza pelirroja de Dallas, con su exuberante cabellera aún suelta, se asomó por encima de su hombro y sus pechos suaves se apretaron contra la espalda del guerrero para mirar la pantalla del ordenador.

Estaba tan seguro de que no lo había hecho a propósito como de que el invierno seguía al otoño, pero eso no fue impedimento para que se pusiera algo nervioso y se sintiera excitado por su contacto. Ella desprendía un aroma a bosque y a magia, y él solo era un hombre dominado por su encanto.

—¿Ves lo que te estoy señalando?

Si Dallas seguía hablándole con esa voz ronca al oído, se iba a encontrar con una sorpresa muy distinta al cuadro de Excel. Duncan se aclaró la garganta y luchó por concentrase en la pantalla como si le fuera la vida en ello. Entrecerró los ojos.

—Lo he puesto en la fila correcta, muchacha, y no se hable más. Es mi última palabra.

Estaba convencido de que había sido de lo más contundente, pero la diablilla lo ignoró por completo. Rodeo la silla de madera sobre la que se sentaba Duncan, pegó el rostro a la pantalla del portátil y luego a unos centímetros del de él. ¿Es que quería volverlo loco?

Antes de que pudiera reaccionar, ella ya había volado hacia el dichoso saco.

—Un momento… —murmuró Dallas en voz baja mientras rebuscaba entre sus cosas—. Sé que metí un viejo par. Tienen que estar en alguna parte… ¡Ajá! Las tengo.

Sostuvo el objeto en cuestión escondido entre las manos y le lanzó una mirada especulativa.

—Están rotas, pero servirán para confirmar una duda que tengo desde hace varios días.

Desde luego, con esa mujer no le quedaba tiempo para aburrirse.

—¿Qué duda?

—Saber si de cerca estás más ciego que un topo.

—¡Eso no es cierto! —rugió Duncan, casi saltando de la silla—. Te daré una buena tunda por ser tan impertinente.

No se había amilanado antes ante su enfado, y no lo iba a hacer en ese momento por semejante fanfarronada. Su descarado y solemne duende se acercó con esos perpetuos labios apretados, en una misión que parecía de vital importancia. Cuando Duncan se iba a poner de pie, para ganar ventaja sobre ella con su elevada estatura, Dallas lo empujó en el pecho y se situó entre sus piernas abiertas.

—Estate quieto —le ordenó.

El highlander apenas daba crédito a lo que estaba pasando.

La muchacha adelantó el objeto que había sacado del saco, que no era otra cosa que un viejo par de gafas. Duncan contempló, atónito, cómo desplegaba una de las patillas, ya que parecía carecer de la otra, y las acercaba a su cara.

—Tienen mi graduación, pero estás de suerte porque yo tampoco veo bien de cerca. Quizás tú solo las necesites para leer.

¡¿Acaso estaba intentando consolarlo?!

Duncan se quedó inmóvil como un gamo asustado mientras las manos de Dallas revoloteaban por su rostro para colocarle aquella cosa.

El guerrero notó un peso extraño en el puente de la nariz y molestias detrás de la oreja izquierda a causa de los alambres que sujetaban la torcida montura de latón que, por supuesto, era demasiado pequeña para él. Por todos los demonios, aquello era ridículo.

—¡Me niego a llevar este aparato de tortura!

Empezó el movimiento que acercaría su mano hasta su cara para quitarse las gafas. Pero entonces, justo entonces, Dallas hizo lo último que Duncan habría esperado.

Comenzó a reír.

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Capítulo 5

Nada había preparado a Duncan para la avalancha de sensaciones que lo atravesaron al escuchar la risa de Dallas por primera vez. Era un sonido cristalino, cantarín, que se coló por cada recoveco de la piel del highlander y la fue acariciando en espirales de puro placer.

Atónito, se dejó envolver por sus dulces acordes como si se tratasen de un hechizo imposible de romper, hasta que enfocó bien la vista en su duendecillo pelirrojo y Dallas Sterling se apareció ante él con total nitidez tras los cristales prestados de las gafas. Pero no lo hizo como un duende, un hada o cualquier otra criatura sobrenatural; sino como la mujer hermosa y fascinante que era, capaz de robarle el aliento con solo posar sus ojos en ella.

En ese momento, Dallas parecía brillar.

Tenía la cabeza un poco inclinada hacia atrás, y los cabellos de amanecer se mecían sobre su cuerpo al compás de su risa cálida.

Sus ojos, en los cuales ahora podía distinguir con claridad motitas amarillas y castañas, destellaban con alegría absoluta al devolverle la mirada.

Su pequeña nariz estaba fruncida con adorable gracia.

Y su boca… «¡Por Dios!». A Duncan se le revolucionó el corazón. Nunca habría pensado en hallar tanto placer en contemplar unos labios sonrientes, plenos, que parecían pedirle…

—Dallas…

Su voz sonó muy grave.

Sin darle tiempo a que su alborozo remitiera, por miedo a que la melodía que salía de ella se apagara, la atrajo de las caderas para sentarla en su regazo y atrapó ese sonido de otro mundo con los labios.

Fue un toque efímero, que pareció calarle hasta el alma y llenarla con su música.

—Duncan, ¿qué…?

Dallas había apoyado sus pequeñas manos en los hombros del highlander, pero antes de que la joven soñara siquiera con moverse de entre sus brazos, Duncan volvió a acercarse a su rostro, esta vez para besarla con más firmeza. Sin embargo, calculó mal el ángulo, lo que provocó una inesperada colisión entre las gafas de ambos.

—¡Maldita sea! —se le escapó, frustrado.

Miró nervioso a Dallas, convencido de que estaba a punto de huir de su lado.

Ella, en cambio, descansaba confiada sobre su costado, con la mirada algo perdida y un rastro de sonrisa aún escondido en las comisuras de esa boca rosada. Duncan expandió el pecho en un suspiro mezcla de alivio y anhelo. Luego se quitó las gafas e hizo lo mismo con las de Dallas con mucha suavidad.

—Creo que no vamos a necesitar esto, de momento.

—Ah, ¿no?

—No. Porque al fin he atrapado tu risa, Dallas. Y no la voy a dejar escapar.

«Al fin he atrapado tu risa, Dallas. Y no la voy a dejar escapar.».

Sesenta y cuatro caracteres. Menos de la mitad de un tuit. Y, sin embargo, encerraban un mundo. Era una de esas frases que Dallas usaría como estado de Whastapp o como portada de Facebook, con un fondo bonito, y que recibiría muchos likes. Casi podía imaginársela.

La única, abismal diferencia era que la frase tenía dueño, Duncan MacLaine, e iba dirigida a ella. Solo a ella.

Y el beso que la había precedido, también.

Apenas se estaba recuperando de la liberadora sensación de reír frente a Duncan, cuando se había encontrado sentada sobre su regazo y los labios del guerrero habían presionado los suyos con mucha delicadeza. Demasiado cuidadoso y suave como para que Dallas fuera consciente del todo.

Pero la expresión con la que la estaba observando en esos instantes era más bien salvaje y prometía que lo que quería hacer con ella sería lento, muy lento.

Y no se equivocaba.

Duncan le abarcó el rostro con esas manos fuertes y gentiles a la vez. Le acarició las mejillas con los pulgares y luego los bajó hasta las comisuras de la boca de Dallas, las cuales se habían curvado hacia arriba minutos antes al ver su apuesto rostro completamente pasmado y enfurruñado por llevar unas viejas gafas sin patilla. Después, los labios de Duncan sustituyeron a sus pulgares y Dallas perdió cualquier hilo de pensamiento coherente ante el reguero de besos que cosquillearon sobre su piel. Primero fueron toques cortos y calientes que dibujaron el contorno de su labio inferior y la hicieron temblar de la cabeza a los pies. Luego, Duncan regresó a las comisuras de la joven, y se detuvo más tiempo sobre ellas, saboreándolas con la lengua.

Su contacto quemaba. Pero no era suficiente.

—Duncan…

Se removió sobre sus muslos y Duncan la apretó más contra él.

—Shhh, mi pequeño duende. Quiero conocer cada curva de esa boca que me vuelve loco antes de devorarte a besos.

Dallas rodeó el cuello del highlander con los brazos, anhelando, por fin, el instante en que sus labios cayeran de verdad sobre los suyos, con el corazón acelerado y una extraña sensación entre las piernas...

Los dos oyeron a la vez el golpeteó de alguien que intentaba acceder a la cabaña, aunque Duncan, por suerte, la había trabado por dentro.

En su prisa por levantarse del regazo del guerrero, Dallas se tropezó y quedó tendida cuan larga era entre el escritorio y las musculosas piernas de Duncan, quien no consiguió responder para atraparla a tiempo por primera vez. Menos mal que no llevaba las gafas... En un acto reflejo, reptó bajo la mesa de roble e intentó fundirse contra la oscura pared de su escondite, con la cara en llamas. Un rápido cálculo la hizo llegar a la conclusión de que sería seguro abandonar ese refugio pasados unos treinta años.

—¿...bien? Dallas, ¿me has oído? ¿Estás bien?

Ella apenas asintió a la figura agachada de Duncan, mientras continuaba con las cuentas. Quizá cuarenta sería mejor.

—Mataré a quien nos haya interrumpido.

Dallas solo reaccionó con la sentencia de muerte que Duncan acababa de ladrar y, cuando este se dirigía hacia la puerta, lo llamó muy bajito.

—Dame una manta o algo con lo que pueda cubrirme —susurró cuando él se agachó de nuevo a su lado.

Eso pareció devolverle algo de su buen humor.

—Que yo sepa, no tengo mantas para ser invisible. —Le guiñó un ojo—. A no ser que obres tu magia, mi pequeño duende.

—No seas tonto —lo regañó. Intentó mostrar su conocida severidad, pero volvió a sentir un alocado impulso de reír.

Duncan le alargó el tartán con el que la había cubierto hacía un rato, antes de gritar un poderoso «¡Ya voy, demonios!» y llegar hasta la puerta de madera, a la que seguían llamando sin descanso.

Dallas se envolvió como una momia en la lana y solo dejó una pequeña rendija para respirar.

Aguzó el oído cuando Duncan recibió al invitado inesperado con su potente voz.

—¡Ian! ¡¿C

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