1
Me costaba escribir; no avanzaba. Había pasado años imaginando muchas historias y nutriéndome muy pocas veces de la realidad. Estaba entonces con una novela relacionada con los talleres de escritura. La trama transcurría durante un fin de semana dedicado a las palabras. Pero quien no tenía palabras era yo. No sentía interés alguno por mis personajes, me aburrían tanto que me daban mareos. Pensé que cualquier relato real sería más interesante. Cualquier existencia que no fuese ficticia. Cuando iba a firmar libros, muchos lectores acudían para decirme: «Debería usted contar mi vida. ¡Es increíble!». Seguro que era cierto. Podía bajar a la calle, parar a la primera persona que pasara, pedirle que me proporcionase algunos elementos biográficos y estaba casi seguro de que iba a motivarme más que una nueva invención. Así fue como empezó todo. Me dije en serio: «Bajas a la calle, te acercas a la primera persona que veas y será el tema de tu libro».
2
Debajo de mi casa hay una agencia de viajes; paso a diario delante de esa extraña oficina sumida en la penumbra. Una de las empleadas sale a menudo a fumar delante del local y se queda ahí quieta, mirando el móvil. A veces me he preguntado en qué estaría pensando; creo firmemente que los desconocidos también tienen una vida. Así que salí de casa diciéndome: «Como esté ahí fumando, va a ser la protagonista de mi libro».
Pero la desconocida no estaba. Y yo había estado a una voluta de humo de convertirme en su biógrafo. A pocos metros vi entonces a una señora mayor que cruzaba la calle tirando de un carrito morado. Me absorbió la mirada. Esa mujer no lo sabía, pero acababa de entrar en el territorio de la novela. Acababa de convertirse en el tema principal de mi nuevo libro (si aceptaba mi propuesta, claro). Yo podría haber esperado a que llegara la inspiración u otra persona que me atrajera más. Pero no, tenía que ser «la primera persona que viera». No había más alternativa. Tenía la esperanza de que esa casualidad organizada me condujera a una historia emocionante o hacia uno de esos destinos que permiten comprender alguna de las apuestas esenciales de la vida. A decir verdad, lo esperaba todo de esa mujer.
3
Me acerqué, disculpándome por molestarla. Me dirigí a ella con la cortesía melosa de los que quieren venderte algo. Aflojó el paso, sorprendida seguramente de que alguien se le acercase así. Expliqué que vivía en el barrio y que era escritor. Cuando paras a alguien que va andando hay que ir al grano. Suele decirse que las personas de edad son desconfiadas, pero la mujer me dirigió en el acto una amplia sonrisa. Me sentí lo bastante a gusto como para exponerle mis planes.
—Pues verá: me gustaría escribir un libro sobre usted.
—¿Cómo dice?
—Ya sé que puede sonar un poco raro… Pero es como un reto que me he puesto a mí mismo. Vivo justo ahí —dije señalando mi edificio—. Le ahorro los detalles, pero se me ha ocurrido que me gustaría escribir sobre la primera persona con quien me cruzase.
—No entiendo.
—¿Podríamos ir a tomarnos un café para que le explique la situación?
—¿Ahora?
—Sí.
—No puedo. Tengo que subir a casa a meter algunas cosas en el congelador.
—Ah, sí, claro, me hago cargo —contesté, preguntándome si ese primer contacto no estaba tomando un giro de lo más patético. Me había animado mucho seguir mi impulso, pero resulta que ya había llegado al extremo de escribir sobre la necesidad de no volver a congelar los productos descongelados. Pocos años después de haber recibido el premio Renaudot, notaba cómo me bajaba por la espalda el escalofrío del declive.
Le propuse esperarla en el café que estaba al final de la calle, pero prefirió que la acompañase. Al pedirme que fuera con ella me estaba brindando, ya de entrada, su confianza. Yo en su lugar no habría permitido nunca que un escritor se me metiese en casa con tanta facilidad. Sobre todo un escritor carente de inspiración.
4
Pocos minutos después estaba sentado a solas en el salón de la señora, mientras ella trajinaba en la cocina. De forma totalmente inesperada, me embargó una intensa emoción. Mis dos abuelas llevaban muchos años muertas y hacía mucho que no me encontraba así metido en el decorado de la vejez. Había tantas cosas en común: el hule, el reloj ruidoso, los marcos dorados rodeando la cara de los nietos… Con el corazón oprimido, me acordé de cuando iba a visitarlas. No nos decíamos nada, pero me gustaban nuestras conversaciones.
Mi protagonista volvió trayendo una bandeja con una taza y unas pastas. No se le ocurrió poner algo para ella. Para tranquilizarla, le conté mi trayectoria en pocas palabras, pero no parecía preocupada. La idea de que pudiera ser un hombre peligroso, un impostor o un manipulador no se le había pasado por la cabeza. Más adelante le pregunté a qué se había debido ese exceso de confianza. «Tiene usted cara de escritor», me contestó, dejándome un tanto perplejo. A mí, la mayoría de los escritores me parecen libidinosos o depresivos. A veces, ambas cosas. Así que, para esta mujer, tenía la cara adecuada para mi trabajo.
Qué ganas tenía de descubrir mi nuevo argumento de novela. ¿Quién era? Lo primero era saber cómo se llamaba:
—Tricot —me desveló.
—¿Tricot, como de tricotar?
—Sí, eso es.
—¿Y el nombre?
—Madeleine.
Así que me hallaba en presencia de Madeleine Tricot. Un nombre que me dejó dubitativo unos segundos. Nunca habría sido capaz de inventarlo. A veces me he pasado semanas buscando el nombre o el apellido de un personaje, completamente convencido de la influencia de la sonoridad en un destino. Era algo que me ayudaba incluso a entender algunos caracteres. Una Nathalie no podía portarse como una Sabine. Sopesaba los pros y los contras de cada denominación. Y resulta que, sin tener que cavilar, tenía una Madeleine Tricot. Esa es la ventaja de la realidad: se ahorra tiempo.
En cambio, hay un inconveniente de envergadura: la falta de alternativas. Había escrito ya una novela sobre una abuela y la problemática de la vejez. ¿Iba a tener que someterme otra vez a ese tema? La verdad era que no me entusiasmaba, pero tenía que aceptar todas las consecuencias del proyecto. ¿Qué interés tendría la cosa si empezaba a distorsionar la realidad? Tras pensarlo, se me ocurrió que no me había encontrado con Madeleine por casualidad: los escritores tienen con su tema predilecto una relación no muy distante de la cadena perpetua.[1]
5
Madeleine llevaba cuarenta y dos años viviendo en el barrio. A lo mejor ya me había cruzado con ella, acá o allá, pero su cara no me sonaba de nada. Dicho lo cual, yo todavía era relativamente nuevo por allí, pero me gustaba pasarme horas recorriendo las calles para pensar. Soy de esos para quienes escribir está emparentado con una forma de anexionar un territorio.
Madeleine debía de saberse la historia de muchos de los moradores del barrio. Debía de haber visto crecer niños y morir vecinos, debía de saber detrás de qué comercio nuevo se ocultaba una librería desaparecida. Seguramente pasarse la vida entera en el mismo perímetro conlleva cierto placer. Lo que yo veía como una cárcel geográfica era un mundo de referencias, de evidencias, de protecciones. Mi afición inmoderada por la huida me impulsaba muchas veces a mudarme (también soy de esa clase de gente que nunca se quita el abrigo en el restaurante). A decir verdad, me gustaba alejarme del decorado de mis recuerdos, al contrario que Madeleine, que seguramente iba pisando a diario por las huellas de su pasado. Cuando pasaba delante de la escuela de sus hijas, quizá volvía a verlas corriendo hacia ella y echarse en sus brazos gritando: «¡Mamá!».
Aunque aún no fuéramos íntimos, nuestra charla había arrancado de forma muy fluida. Al cabo de unos minutos, a los dos se nos había olvidado, me parece, el contexto de nuestro encuentro. Lo cual confirma algo evidente: a la gente le gusta hablar de sí misma. Un ser humano es un condensado de autoficción. Notaba que Madeleine estaba radiante al pensar que le interesaba a alguien. ¿Por dónde íbamos a empezar? Lo último que quería yo era guiarla por la jerarquía de sus recuerdos. Acabó por preguntarme:
—¿Tengo que empezar por hablarle de mi infancia?
—Bueno. Pero no es obligatorio. Podemos empezar por otras épocas de su vida.
—¿…?
Pareció un poco perdida. Era preferible que la guiase por el laberinto del pasado. Pero, en el momento en que iba a empezar a entrevistarla, giró la cabeza hacia un marco pequeñito.
—Podríamos hablar de René, mi marido —dijo—. Hace mucho que murió… Así que le gustará que hablemos primero de él.
—Ah, de acuerdo —contesté, tomando nota de paso de que, además de a los lectores vivos, también iba a tener que contentar a los muertos.
6
Entonces Madeleine inspiró hondo, como si fuera a bucear a pulmón libre y los recuerdos, precisamente, estuviesen ocultos bajo el agua. Y el relato empezó. Había conocido a René a finales de la década de 1960, en el baile del 14 de julio en un cuartelillo de bomberos. A una amiga y a ella se les había metido en la cabeza buscarse a un guaperas para bailar. Pero fue una silueta más bien enclenque la que se le acercó. De entrada a Madeleine la conmovió ese hombre; se le notaba que no solía acercarse a hablar con desconocidas. Lo cual era cierto. Algo excepcional habría sentido, en el cuerpo o en el corazón, para tener la osadía de lanzarse así.
René le contó más adelante las razones de su turbación. Según él, Madeleine era clavada a la actriz Michèle Alfa. Igual que me ocurría a mí, Madeleine no la conocía. Hay que señalar que no hizo demasiadas películas después de la guerra. Al descubrir su cara en una revista, la joven se quedó sorprendida: el parecido era remoto. En el mejor de los casos, podía decirse que se daban un aire. Pero, para René, Madeleine era casi la doble de esa actriz poco conocida. Esa emoción tenía origen en una dimensión distinta. Aquello lo había remitido a un episodio aterrador de su infancia, durante la guerra. Su madre pertenecía a una red de la Resistencia. Una vez que la perseguía la milicia, escondió al niño en un cine.[2] Muerto de miedo, René se aferró, por decirlo de alguna manera, a las caras de la pantalla. La de Michèle Alfa se había convertido en una inolvidable fuerza protectora y reconfortante. Y resulta que, algo más de veinte años después, volvía a encontrar una de sus expresiones en la mirada de una mujer con la que se había cruzado en el baile de los bomberos. Madeleine le preguntó el título de la película. La aventura está en la esquina, le contestó René. Disimulé mi pasmo: era un curioso guiño a mi proyecto.
Madeleine tenía por entonces treinta y tres años. Todas sus amigas estaban ya casadas y con hijos. Se planteaba si no le habría llegado el momento de «ser formal». Aclaró que usaba esa palabra refiriéndose al libro de Simone de Beauvoir Memorias de una joven formal, publicado unos años antes. Aunque no pretendía faltarle al respeto a su marido, prefería decirme la verdad: por entonces había hecho más caso al cuchicheo de la razón que al de la pasión. Le gustaba mucho que la quisiera un hombre reconfortante y seguro de lo que sentía; tanto que hasta le resultaba posible olvidarse de lo que sentía de verdad. Con el tiempo, la delicadeza de René acabó triunfando. No quedaba ya la menor duda. Madeleine lo había querido. Pero nunca había notado por él los estragos de su primer amor.
*
Calló un instante, sin duda con reticencias ante la perspectiva de recordar esa historia que parecía dolorosa. «Hay sufrimientos que no cicatrizan nunca», pensé. Por supuesto, me intrigaba esa referencia a una pasión trágica, con toda verosimilitud. Para mi novela, me parecía una pista que había que tomarse en serio. Las confidencias que ya me estaba haciendo Madeleine eran tan espontáneas que no quería forzarla pidiéndole que desarrollase aquello que acababa de esbozar. Ya volvería a salir más adelante. Y, aunque no puedo desvelar ahora mismo lo que iba a saber más adelante, sí que puedo anunciar que esa historia, por su naturaleza intensa, va a ocupar un lugar determinante en el relato.
*
Por ahora, sigamos con René. Después de conocerse en el baile, se prometieron volver a verse muy pronto. A los pocos meses ya estaban casados y, a los pocos años, eran padres. Stéphanie nació en 1974 y Valérie, en 1975. Por entonces era bastante inusual convertirse en madre casi a los cuarenta. Madeleine lo había ido retrasando más que nada por razones profesionales. Aunque había disfrutado de la maternidad, le habían sentado muy mal las consecuencias que había tenido para su carrera. Bajo su punto de vista, era una injusticia que les imponía a las mujeres una sociedad de hombres. «Y mi marido, en cambio, trabajaba cada vez más. Muchas veces yo estaba sola con las niñas…», dijo entonces con lo que aún sonaba a amargura. Pero parecía bastante inútil echárselo en cara a un muerto.
Seguramente, René no había caído en la cuenta de lo frustrada que se sentía su mujer. Estaba orgulloso de su trayectoria en la RATP, el consorcio de transportes de París. De simple conductor de metro había acabado en uno de los mayores puestos de responsabilidad del consorcio. Para él era una segunda familia, hasta tal punto que la jubilación le cayó como una condena a muerte. Madeleine se encontró con un marido completamente desvalido. «No soportó quedarse sin hacer nada», repitió tres veces, cada vez más bajo. Hacía ya veinte años que se había ido, pero nuestra conversación otorgaba al pasado el brillo de una emoción muy reciente. René se levantaba por las mañanas como un combatiente sin guerra. Su mujer lo animaba a volver a estudiar, a dedicarse a algún voluntariado, pero él rechazaba toda proposición. A decir verdad, le había herido profundamente la forma en que todos sus antiguos compañeros se habían ido desentendiendo de él. Se dio cuenta de la absoluta vacuidad de las relaciones que había trabado y, a partir de ahí, todo le pareció absurdo.
Un cáncer de colon acompañó esa decadencia; una forma de poder ponerle nombre a un estado difuso. El día del entierro, apenas un año después de la jubilación, acudieron muchos directivos y empleados de la RATP. Madeleine los miró uno por uno sin decir nada. Algunos pronunciaron unas palabras durante la ceremonia, elogiaron a un hombre recto y cordial, pero él no estaba allí para oír esos tardíos testimonios de una amistad indeleble. A su mujer le pareció un comportamiento francamente patético, pero no dijo nada. Cedió más bien al recuerdo de lo bonito que había habido entre ellos, esa forma de apacible entendimiento. Habían llevado a cabo tantas cosas juntos, habían tenido alegrías y penas, y ahora todo se había acabado.
De qué manera tan viva habló Madeleine de René (casi se podía creer que iba a aparecer en el salón para unirse a nosotros). Desde mi punto de vista, era la posteridad más hermosa; seguir existiendo en un corazón. Me pregunté cómo era posible sobrevivir al amor de una vida. Pasar cuarenta o cincuenta años con una persona, tener a veces la sensación de que es tu propio reflejo en el espejo, y luego un día ya no queda nada. Al estirar la mano tocas el aire, notas movimientos raros en la cama o dices palabras que se convierten en conversaciones huérfanas. No vives solo, sino con una ausencia.
7
Madeleine, al final, me dijo: «A lo mejor podríamos ir a hacerle una visita al cementerio». Escurrí el bulto cortésmente, pretextando que yo no era quién (cada cual tiene sus disculpas). Sobre todo, no quería dejarme embarcar en escribir una novela que sirviese de regadera para las flores de una tumba. Prefería dedicarme a los vivos. Aproveché para s
