Mrs. Floyd no me sirvió carne para desayunar; solo sémola y un huevo frito. Cuando hube terminado, me guardé en un bolsillo el cuchillo y el reloj y cogí el revólver que había escondido en el saco de azúcar.
En el Tribunal Federal me enteré de que el primer comisario había ido a Detroit, Michigan, a entregar unos prisioneros al «correccional», según ellos lo llamaban. Un alguacil que trabajaba en la oficina dijo que buscarían a Tom Chaney a su debido tiempo, pero que tendría que esperar que le llegara el turno. Me mostró una lista de forajidos que campaban por el Territorio Indio; aquello parecía la relación de morosos en el pago de impuestos que publica anualmente el Arkansas Gazette en una letra muy pequeña. A mí no me gustó el aspecto de aquello, ni hice mucho caso de los pretenciosos modales del alguacil. Al hombre se le había subido el cargo a la cabeza. Eso es lo que uno puede esperar de las autoridades federales, y, para empeorar aún más las cosas, toda aquella gente era republicana y no le importaba en absoluto la opinión de los honrados habitantes de Arkansas, que son demócratas.
En la sala de justicia estaban seleccionando un jurado. Un ordenanza me dijo que Rooster Cogburn llegaría más tarde, cuando comenzara el juicio, puesto que él era el principal testigo de cargo.
Fui a ver a Stonehill. El hombre tenía un buen establo, y detrás de este, un amplio corral y muchos pequeños comederos. Los cow-ponies de saldo, unas treinta cabezas, de todos los colores, estaban en el corral. Creí que serían animales en mal estado, pero eran retozones, con ojos claros y el pelaje, aunque polvoriento y apelmazado, de aspecto saludable. Probablemente, nunca habían recibido un buen cepillado. Tenían las colas llenas de marañas.
Yo detestaba a aquellos caballos por su relación con la muerte de mi padre, pero al verlos comprendí lo absurdo de mi sentimiento y que no era justo culpar a aquellas bonitas bestias que no sabían del bien ni del mal, sino solo de la inocencia. Eso pienso de aquellos cow-ponies. He visto algunos caballos y gran cantidad de cerdos que, a mi parecer, albergaban malas intenciones. Iré incluso más lejos y diré que todos los gatos son malvados, aunque a menudo resulten útiles. ¿Quién no ha visto al diablo en sus taimados rostros? Algunos predicadores dirán que bueno, que eso son supersticiones. Y yo contesto: predicador, coge tu Biblia y lee a Lucas 8, 26-33.
Stonehill tenía su oficina en un rincón del establo. En el cristal de la puerta se leía: coronel g. stonehill. subastador licenciado. tratante en algodón. El hombre estaba dentro, detrás de su escritorio, y tenía encendida una estufa que estaba casi al rojo vivo. El comerciante era calvo y llevaba gafas.
Pregunté:
—¿Cuánto paga por el algodón?
Stonehill alzó la vista y me dijo:
—Nueve y medio por el de calidad inferior y diez por el
normal.
—Nosotros recolectamos temprano la mayor parte del nuestro y se lo vendimos a los hermanos Woodson de Little Rock a once centavos.
—Entonces te sugiero que sigáis tratando con los hermanos Woodson.
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—Ya lo hemos vendido todo. En la última remesa sacamos solo diez y medio.
—¿Por qué has venido aquí a decirme eso?
—Pensé que tal vez el año que viene pudiésemos llegar a
un acuerdo, pero creo que Little Rock nos conviene más.
—Le mostré la nota del sheriff. Después de leerla, Stonehill
abandonó el laconismo con que me había hablado.
Se quitó las gafas y dijo:
—Fue una auténtica tragedia. Te aseguro que tu padre me
impresionó por sus muchas cualidades. Era un comerciante
difícil, pero se comportaba como un perfecto caballero. A mi
vigilante nocturno le saltaron los dientes y ahora solo puede
tomar sopa.
—Lo siento mucho —dije.
—El asesino ha huido al Territorio y anda suelto por allí.
—Eso he oído.
—Allí encontrará a muchos de su ralea —siguió Stonehill—. Dios los cría y ellos se juntan. Es un lugar lleno de criminales. No pasa un día sin que de allí nos lleguen noticias de
que un granjero ha sido apaleado, una esposa ultrajada, o algún
inocente viajero robado y apuñalado en una sangrienta emboscada. El civilizador arte del comercio no florece en ese lugar.
Dije:
—Espero que los comisarios detengan pronto al asesino.
Se llama Tom Chaney. Trabajaba para nosotros. Intento acelerar las cosas. Quiero verlo ahorcado o muerto a tiros.
—Sí, sí, ya puedes afanarte para conseguirlo. Al mismo tiempo, te aconsejo paciencia. Los valientes comisarios hacen cuanto pueden, pero su número es reducido. Los infractores de la ley son legión y pululan por un enorme territorio que ofrece múltiples escondites naturales. Los comisarios viajan solos por los hostiles parajes de esa nación criminal. Cuantos hombres habitan en ella son enemigos suyos, excepto parte de los indios que se han visto cruelmente invadidos por esos indeseables intrusos.
—Me gustaría venderle de nuevo esos caballos que le compró mi padre —dije.
—Mucho me temo que eso es imposible. Intentaré que los animales te sean remitidos lo antes posible.
—Ahora ya no queremos esos cow-ponies. No los necesitamos.
—Eso no es asunto mío —replicó él—. Tu padre compró esos caballos, los pagó, y ahí termina el asunto. Tengo la factura de venta. Si a mí me sirvieran para algo, podría considerar una oferta, pero ya he perdido dinero con ellos, y puedes estar segura de que no pienso perder más. Estaré encantado de ayudarte en su envío. El popular vapor Alice Waddell sale mañana para Little Rock. Haré cuanto esté a mi alcance para encontrar pasaje para ti y acomodo para los animales.
—Quiero trescientos dólares por el caballo de silla de papá que fue robado —dije.
—Eso tendrás que discutirlo con el hombre que tiene el caballo.
—Tom Chaney lo robó mientras estaba a su cuidado —repliqué—. Es usted responsable del caballo.
Stonehill se echó a reír y dijo:
—Admiro tu entereza, pero me temo que no va a servirte
de nada. Permíteme decir, además, que tu tasación del caballo
es excesiva por lo menos en doscientos dólares.
Repliqué:
—En todo caso, mi precio es barato. Judy es una espléndida yegua de carreras. Ha ganado premios de veinticinco
dólares en la feria. La he visto saltar una valla de más de metro y medio llevando encima a un jinete muy pesado.
—Todo esto es muy interesante, no cabe duda.
—Entonces, ¿no va a hacerme ninguna oferta?
—No te daré nada más que lo que te corresponde. Los
cow-ponies son tuyos, llévatelos. El caballo de tu padre fue robado por un ladrón y asesino. Eso es lamentable, pero yo había dado al animal una razonable protección según un acuerdo
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implícito con el cliente. Cada cual debe soportar sus propias contrariedades. La mía es que temporalmente he perdido los servicios de mi vigilante nocturno.
—Recurriré a la ley —dije.
—Puedes hacer lo que mejor te parezca.
—Veremos si una viuda y sus tres hijos pequeños pueden
recibir un trato justo de los tribunales de esta ciudad.
—No tienes ninguna posibilidad.
—Puede que el abogado J. Noble Daggett, de Dardanelle,
Arkansas, piense de otra forma. Y quizá a un jurado le ocurra
lo mismo.
—¿Dónde está tu madre?
—En casa, en el condado de Yell, cuidando de mi hermana Victoria y de mi hermano, el pequeño Frank.
—Entonces, dile que venga. No me gusta tratar con críos. —Menos le gustará cuando el abogado Daggett se ocupe de usted. Él es un adulto.
—Y tú una descarada.
—No deseo serlo, señor, pero no pienso dejarme avasallar llevando razón.
—Recurriré a mi abogado.
—Y yo al mío. Le enviaré un telegrama y se presentará
aquí en el tren de la noche. Él ganará dinero, yo ganaré dinero y su abogado ganará dinero, y usted, señor Subastador Licenciado, será el que lo pague todo.
—No puedo hacer tratos con una chiquilla. Eres menor de edad. No estás capacitada para firmar un contrato.
—El abogado Daggett respaldará cualquier decisión que yo tome. Por eso esté tranquilo. Puede confirmar cualquier acuerdo por telégrafo.
—¡Esto es una condenada molestia! —exclamó Stonehill—. ¿Cómo voy a ocuparme de mis asuntos? Mañana tengo una venta.
—En cuanto salga de este despacho ya no habrá acuerdo posible. Recurriré a la ley.
El hombre jugueteó con sus gafas por unos momentos y luego dijo:
—Pagaré doscientos dólares a la testamentaría de tu padre cuando tenga en mis manos una carta de tu abogado que me libere de toda responsabilidad desde el comienzo del mundo hasta la fecha. Debe estar firmada por tu abogado, por tu madre, y haber sido certificada notarialmente. La oferta es más que generosa y solo la hago para evitar la posibilidad de litigaciones molestas. Nunca debí haber venido aquí. Me dijeron que esta ciudad iba a ser el Pittsburgh del sudoeste.
—Aceptaré doscientos dólares por Judy, más cien dólares por los cow-ponies y veinticinco por el caballo gris que dejó Tom Chaney. Por este animal pueden sacarse fácilmente cuarenta dólares. Todo eso hace un total de trescientos veinticinco dólares.
—Los ponis no tienen nada que ver con esto —replicó él—. No pienso comprarlos.
—Entonces me quedaré con ellos y el precio de Judy será de trescientos veinticinco dólares.
Stonehill lanzó un bufido.
—No pagaría trescientos veinticinco dólares ni por el
mismísimo Pegaso alado, y además ese penco gris ni siquiera
te pertenece.
—Sí que es mío. Papá solo se lo había prestado a Tom Chaney para que lo utilizara.
—Estás acabando con mi paciencia. Eres una cría de lo más cargante. Pagaré doscientos veinticinco dólares y me quedaré con el caballo gris. Los ponis no los quiero.
—Eso no puedo aceptarlo.
—Esta es mi última oferta: doscientos cincuenta dólares.
Con ello quedo libre de toda obligación, y la silla de montar
de tu padre pasa a mi poder. Además, extenderé una factura
por servicio de cuadra. El caballo gris no puedes venderlo
porque no es tuyo.
—La silla no está en venta. Me la quedaré. El abogado
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Daggett puede probar que el caballo gris nos pertenece. Vendrá a buscarlo con una orden de embargo.
—Muy bien, ahora escúchame, porque no pienso regatear más. Me quedaré con los ponis y el caballo gris y te daré trescientos dólares. Puedes tomarlo o dejarlo, me da lo mismo.
—Estoy segura de que el abogado Daggett no aprobaría que yo tomase en cuenta ninguna oferta por debajo de los trescientos veinticinco dólares. Con eso se queda usted con todo menos con la silla, y además se libra de un costoso pleito. Si el abogado Daggett interviene, la cosa le resultará más cara, porque incluirá unos honorarios legales muy altos.
—¡El abogado Daggett! ¡El abogado Daggett! ¿Quién diablos es ese famoso jurisconsulto cuyo nombre, felizmente para mí, ignoraba hasta hace diez minutos?
Repliqué:
—¿Ha oído mencionar alguna vez la Great Arkansas River, Vicksburg & Gulf Steamship Company?
—He tenido tratos comerciales con esa compañía de barcos de vapor.
—Pues el abogado Daggett es el hombre que los obligó a aceptar la sindicación —dije yo—. Intentaron sobornarlo. El asunto fue un gran triunfo para él. Es íntimo amigo de hombres muy importantes de Little Rock. Según dicen, algún día será gobernador.
—Entonces es un tipo muy poco ambicioso, lo cual no está en concordancia con su capacidad para crear problemas. Preferiría ser un vagabundo en Tennessee que gobernador de este cochino estado. Es más honroso.
—Si no le gusta esto, puede hacer las maletas y marcharse por donde vino.
—¡Ojalá pudiese! No te quepa la menor duda de que, si me fuera posible, el viernes por la mañana tomaría el vapor con una canción de acción de gracias en los labios.
—¡La gente a la que no le gusta Arkansas puede irse al diablo! —exclamé—. ¿Por qué vino aquí?
—Me vendieron unas propiedades.
—Trescientos veinticinco dólares es mi cifra.
—Me gustaría dejar esto por escrito. —Redactó un breve
acuerdo. Lo leí e hice un par de cambios que él aceptó. Luego indicó—: Dile a tu abogado que me dirija la carta aquí, al
establo Stonehill. Cuando la reciba, enviaré el dinero. Firma
aquí.
Repliqué:
—Le diré que me la mande a la posada Monarch. Cuando
usted me entregue el dinero, yo le daré la carta. Firmaré este
papel en el momento en que me dé veinticinco dólares como
prueba de buena fe. —Stonehill me dio diez dólares y yo firmé el documento.
Luego fui a la oficina de telégrafos. Intenté reducir el mensaje, pero me llevó casi toda una carilla explicar la situación y lo que necesitaba. Le dije al abogado Daggett que hiciera saber a mamá que yo estaba bien y que volvería a casa pronto. Ya he olvidado lo que costó el telegrama.
Compré unas galletas, un trozo de queso y una manzana en una tienda de comestibles y me senté encima de un barril de clavos, junto a la estufa, para tomar un almuerzo barato y nutritivo. Ya saben lo que se dice: «No es feliz quien mucho tiene, sino quien con poco se conforma». Cuando hube terminado, volví al corral de Stonehill para dar el corazón de la manzana a uno de los ponis. Ninguno de ellos quiso saber nada de mí ni de mi regalo. Probablemente, los pobres animales no habían probado una manzana en su vida. Huyendo del frío, entré en el establo y me tumbé sobre unos sacos de avena. La naturaleza nos invita a descansar después de las comidas, y la gente que está demasiado ocupada para atender a esa voz interna suele morir a la edad de cincuenta años.
Stonehill pasó ante mí, camino de la calle. El hombre llevaba un ridículo sombrero de Tennessee. Se detuvo y me miró.
—Quiero dormir un rato —expliqué.
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—¿Estás cómoda?
—Quería protegerme del viento. Supuse que a usted no le
importaría.
—No quiero que se fume aquí dentro.
—Yo no fumo.
—Tampoco quiero que agujerees esos sacos con tus
botas.
—Tendré cuidado. Cuando salga, cierre bien la puerta. Ni yo misma me había dado cuenta de lo cansada que estaba. Cuando desperté, era bien entrada la tarde. Estaba aterida de frío y la nariz comenzaba a gotearme, señal segura de un próximo catarro. Siempre se debe dormir con algo echado por encima. Me sacudí el polvo y me lavé la cara bajo el chorro de la bomba. Luego recogí el saco del revólver y me dirigí a toda prisa hacia el Tribunal Federal.
Cuando llegué, vi que se había reunido otra multitud, aunque no tan grande como la del día anterior. Lo primero que se me ocurrió, fue: «¡Cómo! ¡No irán a celebrar otra ejecución!» No, no era eso. En aquella ocasión, lo que había atraído a la gente era la llegada de dos carretas de prisioneros procedentes del Territorio.
Los comisarios hacían descender a los prisioneros y los empujaban con sus carabinas Winchester. Todos los hombres iban encadenados unos a otros, como una ristra de peces. La mayoría eran blancos, pero también se veían algunos indios, mestizos y negros. Era espantoso verlos, pero deben recordar que aquellas bestias encadenadas eran asesinos y ladrones, asaltantes de trenes, bígamos y estafadores, algunos de los hombres más perversos de este mundo. Habían emprendido la senda descarriada y probado los frutos del mal, y ahora la justicia los requería, exigiendo su retribución. Uno tiene que pagar por todas las cosas de este mundo. Nada hay gratuito, excepto la gracia de Dios. Eso no se puede ganar ni merecer.
Los prisioneros que estaban ya en los calabozos, situados en el sótano del tribunal, comenzaron a gritar y a parlotear a través de las pequeñas ventanas enrejadas, llamando a los nuevos prisioneros «pichones de repuesto» y cosas por el estilo. Algunos de ellos utilizaban expresiones malsonantes, por lo que las mujeres del público volvieron la cabeza. Yo me tapé los oídos con las manos y me abrí paso hasta llegar a la escalinata del tribunal.
El ordenanza de la puerta no quería dejarme entrar en la sala por ser yo una chiquilla, pero le dije que tenía que hablar con el comisario Cogburn y no di mi brazo a torcer. El hombre me vio tan decidida que, para que no le arma un escándalo, me dejó pasar. Hizo que me quedase detrás de él, al otro lado de la puerta, pero eso dio lo mismo porque, de todas formas, no había asientos libres. La gente se sentaba incluso en los antepechos de las ventanas.
Les parecerá extraño, pero yo en aquellos tiempos apenas había oído hablar del juez Isaac Parker, pese a lo famoso que era. Conocía bastante bien lo que ocurría en el mundo cercano a mí, y supongo que oí comentarios respecto a él y su tribunal, pero esos comentarios debieron de impresionarme muy poco. Vivíamos en su distrito, desde luego, pero teníamos nuestros propios tribunales menores para tratar con los asesinos y los ladrones. Casi los únicos maleantes de nuestra región que alguna vez se vieron frente a un tribunal federal eran destiladores ilegales, como el viejo Jerry Vick y sus muchachos. Al juez Parker, la mayor parte de los parroquianos le llegaban del Territorio Indio, que era un refugio para los desesperados de todo el país.
Ahora les diré algo interesante. Durante mucho tiempo, este tribunal no admitió más derecho de apelación que el de recurrir al presidente de Estados Unidos. Posteriormente, esto fue modificado, y cuando el Tribunal Supremo comenzó a revocarlo, el juez Parker se molestó. Dijo que la gente de Washington no comprendía las infectas condiciones que se daban en el Territorio. Al subsecretario de Justicia, Withney,
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que se suponía estaba del lado del juez, lo llamó «blandengue» y dijo que entendía menos la ley penal que los jeroglíficos de la Gran Pirámide. Bueno, por su parte, la gente de Washington declaró que el juez era excesivamente duro, que cargaba demasiado la mano y que pedía penas exageradamente severas al jurado; además, a su tribunal lo llamaban «el matadero Parker». No sé quién tenía razón. Sé que sesenta y cinco de sus comisarios resultaron muertos. Era gente que tenía que tratar con tipos extraordinariamente peligrosos.
El juez era un hombre alto y corpulento, con ojos azules y barbita de chivo. A mí me pareció viejo, aunque por aquel entonces solo contaba unos cuarenta años. Sus modales eran severos. En su lecho de muerte solicitó un sacerdote y se convirtió al catolicismo, que era la religión de su esposa. Eso fue asunto suyo, y yo no tengo por qué meterme en ello. Si ustedes hubieran sentenciado a muerte a ciento sesenta hombres y presenciado la ejecución de ochenta de ellos, quizá en el último minuto habrían sentido la necesidad de una medicina más enérgica que la que los metodistas podían proporcionar. Eso es algo que da que pensar. Hacia el final dijo que él no había ahorcado a todos aquellos hombres, que la ley lo había hecho. En 1896, cuando el juez murió de hidropesía, los encarcelados allá abajo, en aquellos lúgubres calabozos, celebraron una «fiesta», y los carceleros tuvieron que intervenir para silenciarlos.
Tengo un reportaje periodístico sobre parte del juicio de Wharton y, aunque no es una transcripción oficial, resulta suficientemente veraz. Con él y con mis recuerdos he escrito un buen artículo histórico que titulo: Ahora, Odus Wharton, escucharás la sentencia de la ley, que dicta que seas colgado por el cuello hasta que mueras, mueras, mueras. Que Dios, cuyas leyes has infringido y ante cuyo temible tribunal debes comparecer, se apiade de tu alma. Recuerdo personal de Isaac C. Parker, el famoso juez de la frontera.
Pero las publicaciones de hoy en día no saben distinguir una buena historia cuando la ven. Prefieren imprimir basura.
Dicen que mi artículo es demasiado largo y discursivo. Nada es demasiado largo ni corto si se tiene un argumento veraz e interesante y lo que yo llamo un estilo de escribir gráfico combinado con propósitos pedagógicos. Yo no ando tonteando con los periódicos. Los directores van siempre detrás de mí para que les escriba crónicas históricas, pero cuando llegamos al asunto del dinero, la mayor parte de los directores de periódicos resultan unos agarrados. Creen que, porque tengo un poco de dinero, me sentiré muy feliz rellenando unas cuantas columnas de sus suplementos dominicales solo para ver mi nombre en letra impresa, como les ocurre a Lucille Biggers Langford y a Florence Mabry Whiteside. Como dicen los niños negros: «Yo, de eso, nada». Lucille y Florence pueden hacer lo que quieran. Los directores de periódicos se dan mucha maña para recoger lo que no han sembrado. Otro truco que utilizan es el de enviar reporteros a hablar con una y conseguir gratis sus historias. Sé que los jóvenes periodistas no están bien pagados y no me importaría ayudar a esos muchachos a escribir sus artículos si no fuera porque nunca logran entender nada como es debido.
Cuando entré en la Sala de Audiencias, ocupaba el banquillo de los testigos un joven indio creek, que hablaba en su propia lengua, mientras otro indio le servía de intérprete. La cosa iba despacio. Estuve allí sentada casi una hora antes de que llamasen a Rooster Cogburn a declarar.
Me había equivocado al suponer que mi hombre era un joven alto y delgado con una chapa prendida de la camisa, y me sorprendí mucho cuando un viejo tuerto que se parecía mucho a Grover Cleveland avanzó hacia el sillón y prestó juramento. He dicho «viejo». Tenía unos cuarenta años. Las tablas del suelo crujieron bajo su peso. El hombre vestía un polvoriento traje negro, y, cuando se sentó, vi que llevaba la placa en el chaleco. Era un pequeño círculo de metal plateado con una estrella en el centro. Cogburn llevaba bigote, también a lo Cleveland.
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Algunas personas dirán que, bueno, que por entonces en el país eran muchos más los hombres que se parecían a Cleveland que los que no se le parecían. Sin embargo, aquel era su aspecto. Hubo un tiempo en que Cleveland también fue sheriff. El presidente trajo gran miseria al país con el pánico financiero del noventa y tres, pero no me avergüenzo de reconocer que mi familia lo apoyó y que ha sido demócrata en todo momento, hasta llegar a gobernador Alfred Smith, y eso no fue debido únicamente a Joe Robinson.* Papá decía que los únicos amigos que aquí teníamos inmediatamente después de la guerra eran los demócratas irlandeses de Nueva York. Thad Stevens y la pandilla republicana nos hubieran dejado morir de hambre a todos si hubiesen podido. Todo eso pueden encontrarlo en los libros de historia. Ahora les presentaré a Rooster por medio de la transcripción y encarrilaré de nuevo mi narración:
mr. barlow: Indique su nombre y ocupación, por favor. mr. cogburn: Reuben J. Cogburn. Soy comisario del Tribunal Federal del Distrito Occidental de Arkansas, y tengo jurisdicción criminal sobre el Territorio Indio. mr. barlow: ¿Cuánto tiempo lleva ocupando ese cargo? mr. cogburn: En marzo hará cuatro años. mr. barlow: El 2 de noviembre ¿se encontraba usted desempeñando sus obligaciones oficiales? mr. cogburn: Sí, señor. mr. barlow: ¿Ocurrió algo ese día que se saliera de lo corriente? mr. cogburn: Sí, señor. mr. barlow: Haga el favor de explicar con sus propias palabras qué fue lo que ocurrió.
* Alfred Smith: candidato demócrata a la presidencia en 1928; llevaba como vicepresidente a Joseph T. Robinson. Las elecciones de ese año fueron ganadas por el republicano Herbert C. Hoover. (N. del T.)
mr. cogburn: Sí, señor. Bueno, pues ese día, poco después de comer, nos dirigíamos hacia Fort Smith desde la Nación Creek y estábamos a unos seis kilómetros al oeste de Webbers Falls. mr. barlow: Un momento, ¿quién lo acompañaba? mr. cogburn: Íbamos cuatro comisarios y yo. Llevábamos una carreta de prisioneros y volvíamos a Fort Smith. Los prisioneros eran siete. A cosa de seis kilómetros al oeste de Webbers Falls, ese muchacho indio llamado Will apareció montado en un caballo al galope. Traía noticias. Dijo que aquella mañana iba a llevar unos huevos a casa de Tom Spotted-Gourd y su esposa, junto al río Canadian. Cuando llegó allí, se encontró a la mujer tirada en el patio, con la tapa de los sesos volada de un tiro, y al viejo dentro de la casa, con una herida de escopeta en el pecho. mr. goudy: ¡Protesto! juez parker: Limite su testimonio a lo que presenció, Mr.
Cogburn. mr. cogburn: Sí, señor. Bueno, el comisario Potter y yo nos adelantamos hacia la casa de Spotted-Gourd, y la carreta, con el comisario Schmidt, nos seguía. Cuando llegamos al lugar, lo encontramos todo tal como había dicho el muchacho Will. La mujer estaba en el patio, muerta, con la cabeza destrozada, y el viejo estaba dentro, con el pecho abierto por una descarga de perdigones, y los pies quemados. Aún vivía, pero estaba moribundo. El aire silbaba al entrar y salir del sangriento agujero de su pecho. Dijo que a las cuatro de la mañana dos de los Wharton se habían presentado borrachos… mr. goudy: ¡Protesto! mr. barlow: Se trata de la declaración de un hombre agonizante, su señoría. juez parker: No ha lugar. Siga, Mr. Cogburn. mr. cogburn: Dijo que esos dos Wharton, que se llamaban
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Odus y C. C. se habían presentado borrachos y que, amenazándolo, con una escopeta de dos cañones, le dijeron: «Dinos dónde guardas tu dinero, viejo». Él no quiso decírselo y ellos encendieron unas astillas y se las colocaron debajo de los pies. Entonces él les indicó que el dinero estaba en un jarro oculto debajo de una losa gris en un rincón del ahumadero. Dijo que allí había algo más de cuatrocientos dólares en billetes. Nos contó que durante todo el tiempo su esposa no dejó de llorar y pedir clemencia. Luego la mujer corrió hacia la puerta y Odus fue tras ella y le pegó un tiro. El viejo, según nos dijo, quiso levantarse, y Odus se volvió y disparó también contra él. Entonces se marcharon. mr. barlow: ¿Qué sucedió a continuación? mr. cogburn: Murió en nuestra presencia. Falleció en medio de considerables dolores. mr. barlow: Se refiere a Mr. Spotted-Gourd, ¿no? mr. cogburn: Sí, señor. mr. barlow: ¿Qué hicieron luego usted y el comisario Potter? mr. cogburn: Fuimos al ahumadero y vimos que la losa gris había sido levantada y que se habían llevado el jarro. mr. goudy: ¡Protesto! juez parker: El testigo reservará para sí sus suposiciones. mr. barlow: ¿En un rincón del ahumadero encontraron ustedes una losa gris que cubría un espacio hueco? mr. goudy: Si el fiscal va a prestar testimonio, sugiero que le sea tomado juramento. juez parker: mr. Barlow, esta no es la forma adecuada de interrogar. mr. barlow: Lo siento, Su Señoría. Comisario Cogburn,
¿qué encontraron ustedes, si es que encontraron algo, en un rincón del ahumadero? mr. cogburn: Encontramos una losa gris que cubría un agujero.
mr. barlow: ¿Qué había en ese agujero? mr. cogburn: Nada. Ni jarro ni nada. mr. barlow: ¿Qué hicieron a continuación? mr. cogburn: Esperamos a que llegase la carreta. Cuando llegó, discutimos entre nosotros para decidir quiénes debían ir tras los Wharton. Potter y yo habíamos tenido ya tratos con ellos anteriormente, así que nos encargamos de hacerlo. Tuvimos que cabalgar unas dos horas hasta l
