El regreso

Rosamunde Pilcher

Fragmento

1935

1935

La escuela municipal de Porthkerris estaba a medio camino de la empinada cuesta que subía desde el centro de la pequeña ciudad hasta los páramos que la rodeaban. Era un sólido edificio victoriano de granito con tres puertas que lucían los rótulos: NIÑOS, NIÑAS y PÁRVULOS, reliquia de los tiempos en que la separación de sexos era obligatoria. El edificio, rodeado de un patio de recreo asfaltado y una alta verja de hierro forjado, presentaba un aspecto severo. Pero esa tarde de diciembre estaba brillantemente iluminado y por sus puertas abiertas de par en par salía una multitud de animados colegiales, cargados de bolsas de zapatos, carteras, globos de colores y bolsitas de caramelos. Aparecían en pequeños grupos, empujándose, riendo y bromeando antes de dispersarse camino de casa.

Las causas de la animación eran dos: el final del trimestre de invierno y la fiesta de Navidad que acababa de celebrarse. Habían entonado canciones y participado en carreras de relevos en la sala de actos, pasándose bolsas de habichuelas. También habían bailado a los sones un tanto cascados del viejo piano y merendado tartaletas de mermelada, bollos de azafrán y limonada. Finalmente se pusieron en fila y uno a uno dieron la mano al señor Thomas, el director, para desearle feliz Navidad. Antes de marcharse recibieron una bolsa de caramelos.

Era un ritual que se repetía todos los años, se esperaba con ilusión y se disfrutaba plenamente.

Poco a poco, el torrente de niños se redujo a un goteo, los rezagados que habían ido en busca de unos guantes o una zapatilla. Las últimas en salir, cuando el reloj de la escuela daba las cuatro y cuarto, fueron dos niñas, Judith Dunbar y Heather Warren. Las dos tenían catorce años y llevaban abrigo azul marino, botas de goma y gorro de lana hundido hasta las orejas. Pero ahí terminaba el parecido, porque Judith era rubia, llevaba coletas, tenía pecas y ojos azul pálido, en tanto que Heather había heredado el cabello negro, la tez morena y los ojos oscuros y brillantes de su padre, herencia de algún antepasado, marinero español de la Armada Invencible, naufragado ante las costas de Cornualles.

Eran las últimas en salir de la fiesta, porque Judith, que se marchaba de la escuela de Porthkerris para siempre, no sólo había tenido que despedirse del señor Thomas sino de todos los profesores, de la señora Trewartha, la cocinera, y del viejo Jimmy Richards, encargado, entre otras modestas funciones, de llenar la caldera de la calefacción y limpiar los aseos del patio.

Por fin se acabaron las despedidas y las dos muchachas cruzaron el patio de recreo y la verja. El cielo había estado encapotado durante todo el día, había oscurecido temprano y la llovizna relucía a contraluz de las farolas. La calle que bajaba la colina estaba negra, mojada y cruzada por franjas de luz. Las niñas caminaban en silencio. Finalmente, Judith suspiró.

–Bueno –dijo–. Se acabó.

–Debe de ser extraño pensar que ya no volverás.

–Sí. Pero lo más extraño es que estoy triste. Nunca pensé que me daría pena dejar la escuela.

–Esto no será lo mismo sin ti.

–Te echaré de menos. A ti te queda el consuelo de que tendrás a Elaine y Christine de amigas. Yo, en Santa Ursula, tendré que empezar de cero, buscar a alguien que me caiga bien… Y, por si fuera poco, llevar uniforme.

El silencio de Heather era compasivo. El uniforme era lo peor de todo. En Porthkerris todo el mundo llevaba su propia ropa, y resultaba más alegre, cada cual con el jersey y la cinta del pelo de color diferente. Pero Santa Ursula era una escuela privada, de lo más anticuada. Las niñas llevaban abrigo verde botella y gruesas medias marrones y un sombrero verde oscuro que no favorecía ni a la más bonita. Santa Ursula aceptaba alumnas a media pensión, además de internas, infortunadas criaturas a quienes Judith, Heather y sus compañeras de Porthkerris hacían blanco de sus burlas si coincidían en el autobús. Era deprimente pensar que Judith pasaría a integrar las filas de aquellas cursis presumidas.

Aunque peor que tener que llevar uniforme era estar interna. Los Warren eran una familia muy unida, y Heather no podía imaginar mayor desgracia que la de tener que separarse de sus padres y sus dos hermanos mayores, tan apuestos y morenos como su padre. En la escuela de Porthkerris los Warren habían sido famosos por sus travesuras, pero ahora iban a la escuela del condado de Penzance, donde un director muy severo los había domesticado y les hacía estudiar y comportarse. De todos modos, eran muy divertidos. Ellos habían enseñado a Heather a nadar, a montar en bicicleta y a pescar caballa con red desde su pequeña barca de madera. Además, ¿cómo iba a divertirse en un sitio donde sólo había chicas? No importaba que Santa Ursula estuviera en Penzance, a sólo quince kilómetros. Quince kilómetros son una distancia infinita si una tenía que dejar a mamá y papá, a Paddy y a Joe.

Pero, por lo visto, la pobre Judith no tenía más remedio que hacerlo. Su padre trabajaba en Colombo, Ceilán, y hacía cuatro años que ella, su madre y su hermana pequeña no lo veían. Ahora la señora Dunbar regresaba a Ceilán y Judith se quedaba en Inglaterra, sin saber cuándo volvería a ver a su madre.

Pero, como decía la señora Warren, de nada sirve llorar por la leche derramada. Heather buscó algo alegre que decir.

–También tendrás vacaciones.

–Sí. ¡En casa de la tía Louise!

–Vamos, no es para tanto. Al menos estarás cerca. En Penmarron. Tu tía podría tener la casa en un lugar perdido o en una gran ciudad, donde no conocieras a nadie. Pero así podremos seguir viéndonos. Ir a la playa, o al cine.

–¿Estás segura?

Heather la miró con extrañeza.

–¿Segura de qué?

–Pues… segura de que querrás seguir siendo amiga mía. Como voy a ir a Santa Ursula… ¿No pensarás que soy una cursi presumida?

–Anda, tonta. –Heather golpeó afectuosamente a su amiga en las posaderas con la bolsa de los zapatos–. ¿Por quién me tomas?

–Sería un respiro.

–Ni que fueras a la cárcel.

–Ya sabes qué quiero decir.

–¿Cómo es la casa de tu tía?

–Muy grande. Está encima del campo de golf y llena de bandejas doradas, pieles de tigre y patas de elefante.

–¿Patas de elefante? ¿Para qué las quiere?

–Las usa de paragüero.

–Me parece que no me gustaría. Pero supongo que no tendrás que mirarlo mucho. Tendrás una habitación para ti sola, ¿verdad?

–Sí; el mejor cuarto de invitados, con lavabo y espacio para mi pupitre.

–Pues no parece que esté tan mal. No sé de qué te quejas.

–Si no me quejo. Es que no será mi casa. Además, allá arriba hace mucho frío, y viento, y mal tiempo. Con decirte que la casa se llama Cerro del Viento… Cuando en todas partes hay calma, en las ventanas de la tía Louise siempre parece que sopla un huracán.

–Un poco tétrico.

–Además, está muy apartada. Ya no podré tomar el tren, la parada de autobús más próxima está a tres kilómetros, y la tía Louise no tendrá tiempo para acompañarme con su coche, porque siempre está jugando al golf.

–A lo mejor te enseña a jugar al golf.

–Ja, ja.

–Me parece que lo que necesitas es una bici. Así podrías ir a cualquier lado cuando quisieras. Sólo hay cinco kilómetros hasta Porthkerris por la carretera de arriba.

–Eres genial. Nunca se me habría ocurrido pensar en una bici.

–No comprendo por qué todavía no tienes una. Mi padre me la compró cuando cumplí los diez años. No es que aquí me sirva de mucho, con tanta cuesta, pero allí arriba sería ideal.

–¿Son muy caras?

–Nueva, unas cinco libras. Pero quizá encuentres una de segunda mano.

–Mi madre no entiende de esas cosas.

–Ni ninguna madre. Pero ir a una tienda de bicicletas no es tan complicado. Pídesela para Navidad.

–Para Navidad ya le he pedido un jersey. De cuello cisne.

–Pídele también una bici.

–No puedo.

–Claro que puedes. No va a decirte que no. Como se marcha y no sabe cuándo volverá a verte, te dará todo lo que le pidas. A hierro caliente batir de repente. –Era otro de los refranes favoritos de la señora Warren.

Pero Judith se limitó a decir:

–Ya veremos.

Caminaron un rato en silencio. Sus pasos repicaban en la acera mojada. Pasaron por delante de la tienda de pescado y patatas fritas, alegremente iluminada, aspirando el suculento olor a grasa caliente y vinagre, que les hacía la boca agua.

–Tu tía, la señora Forrester, ¿es hermana de tu madre?

–No; es hermana de mi padre, y mucho mayor que él. Debe de tener unos cincuenta años. Vivía en la India. De allí se trajo la pata de elefante.

–¿Y tu tío?

–Murió. Es viuda.

–¿Tiene hijos?

–No; creo que no tuvieron ninguno.

–Es curioso, ¿verdad? ¿No los tuvieron porque no los querían… o por algo? Mi tía May no tiene hijos y oí decir a papá que era porque el tío Fred no puede. ¿Qué crees que quiso decir?

–No lo sé.

–¿Te parece que tiene algo que ver con lo que nos contó Nora Elliot aquel día detrás del cobertizo de las bicicletas?

–Eso se lo inventaba.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque es tan repugnante que no puede ser verdad. Sólo a Nora Elliot podía ocurrírsele algo tan horrible.

–Seguramente…

Era un tema fascinante que las dos muchachas discutían de vez en cuando con precaución, sin sacar conclusión alguna, aparte de que Nora Elliot olía y siempre llevaba el delantal sucio. Pero no era ése el momento de tratar de resolver el enigma, porque ya habían llegado a la biblioteca pública, en el centro de la ciudad, el punto donde tenían que despedirse. Heather seguiría en dirección al puerto, por calles adoquinadas, cada vez más estrechas, hasta la casa cuadrada de granito en que vivía la familia Warren, encima de la tienda de comestibles del señor Warren, en tanto que Judith subiría por otra cuesta y se iría a la estación.

Se detuvieron junto a una farola y se miraron bajo la llovizna.

–Bueno, ha llegado el momento de la despedida –dijo Heather.

–Sí. Creo que sí.

–Escríbeme. Ya tienes mis señas. Y llama por teléfono a la tienda, si quieres darme un recado. Me refiero… a venir en vacaciones.

–Te llamaré.

–No creo que sea tan mala la escuela.

–No; yo tampoco.

–Bueno, adiós.

–Adiós.

Pero ninguna se movía. Hacía cuatro años que eran amigas. Se trataba de un momento muy triste.

–Feliz Navidad –dijo Heather.

Otra pausa. Bruscamente, Heather se inclinó y estampó un beso en la húmeda mejilla de Judith. Luego, sin decir nada, dio media vuelta y se alejó corriendo calle abajo. El sonido de sus pasos fue apagándose hasta que Judith dejó de oírlo. Entonces, sintiéndose un poco abandonada, siguió su camino. Caminaba por una acera estrecha, pasaba por delante de tiendecitas cuyos escaparates estaban iluminados con adornos navideños, cajones de mandarinas con tiras de papel reluciente y tarros de sales para baño con cintas rojas. Hasta el herrero se había contagiado del ambiente. UN REGALO ÚTIL QUE SERÁ BIEN RECIBIDO se leía, escrito a mano, en una tarjeta apoyada en un martillo de aspecto feroz adornado con una ramita de acebo artificial. En lo alto de la cuesta, Judith dejó atrás la última tienda, la librería en que su madre compraba el Vogue todos los meses y cada sábado cambiaba su novela. A partir de allí, el camino era llano, las casas se desperdigaban y el viento se dejaba sentir. Llegaba en ráfagas suaves, rociándole la cara con las finas gotas suspendidas en la bruma. En la oscuridad, ese viento tenía un tacto especial y traía el sonido de las olas que retumbaban allá abajo, en la playa.

Al cabo de un trecho, Judith se detuvo y apoyó los codos en un murete de granito para descansar del esfuerzo de la ascensión. Vio la borrosa masa abigarrada de las casas que descendían hasta el agua oscura y quieta del puerto, y el luminoso collar de farolas de la carretera. Mar adentro, las luces verdes y rojas de las barcas de pesca ponían trémulos reflejos en el agua negra. El horizonte se difuminaba en la oscuridad, pero el murmullo acompasado del océano no cesaba. A lo lejos, el faro lanzaba su aviso de luz. Un destello corto y dos largos. Judith imaginó las olas que rompían incansablemente contra las afiladas rocas de su base.

Se estremeció. Hacía mucho frío para estar parada con aquel viento tan húmedo. El tren saldría en cinco minutos. Echó a correr. La bolsa de los zapatos le golpeaba el costado. Llegó al largo tramo de escaleras de la estación y bajó corriendo por ellas con la confianza que dan años de familiaridad.

Junto al andén esperaba el pequeño tren de ramal secundario: la locomotora, dos coches de tercera, uno de primera y el furgón. Judith no necesitaba sacar billete, porque tenía abono escolar y, de todos modos, el señor William, el jefe de tren, la conocía como si fuera hija suya. También Charlie, el maquinista, era un buen amigo y más de una vez la había esperado en la estación de Penmarron haciendo sonar el silbato mientras ella bajaba corriendo por el jardín de Riverview House.

Ir y venir del colegio en el tren sería una de las cosas que echaría de menos, porque aquella línea discurría a lo largo de cinco kilómetros del tramo de costa más espectacular que pudiera imaginarse, en el que no faltaba de nada. Como era de noche, no podía verlas, pero sabía dónde estaba cada roca, cada garganta, cada bahía y cada playa, conocía los pintorescos chalets, los senderos y los pequeños prados que en primavera se llenaban de narcisos. Más allá estaban las dunas y la gran playa solitaria que Judith había llegado a considerar suya.

A veces, cuando la gente se enteraba de que su padre no estaba con ella porque se encontraba en el otro extremo del mundo, trabajando para una prestigiosa empresa naviera llamada Wilson-McKinnon, la compadecían. Qué terrible estar sin padre. ¿No lo echaba de menos? ¿Qué impresión producía no tener a un hombre en casa, ni siquiera el fin de semana? ¿Cuándo volvería a verlo? ¿Cuándo regresaría a Inglaterra?

Ella siempre contestaba con vaguedad, en parte porque no deseaba hablar del asunto y en parte porque no sabía exactamente qué sentía. Lo único que siempre había sabido era que su vida tenía que ser así, porque así era la vida de todas las familias británicas de la India, y desde pequeños los hijos asimilaban y aceptaban la idea de que las largas separaciones eran inevitables.

Judith había nacido en Colombo y había vivido allí hasta los diez años, dos más de lo que se permitía permanecer en los trópicos a la mayoría de niños británicos. Durante aquel período los Dunbar sólo habían estado en Inglaterra una vez, para unas vacaciones, pero Judith no tenía más que cuatro años y sus recuerdos eran muy borrosos. De todos modos, nunca había sentido que Inglaterra fuese su casa. Su casa era Colombo, el espacioso bungalow de Galle Road, con su frondoso jardín, separado del océano Índico por el ferrocarril de Galle, de una sola vía. La proximidad del mar hacía que el calor no importara, porque siempre soplaba una brisa marina y en los techos de toda la casa había ventiladores de madera que removían el aire.

Pero, inevitablemente, llegó el día en que tuvieron que dejarlo todo. Decir adiós a la casa, al jardín, al aya y a Joseph, el mayordomo, y al viejo tamil que cuidaba las plantas. Decir adiós a papá. «¿Por qué tenemos que marcharnos?» preguntaba una y otra vez Judith mientras él las llevaba al puerto, donde ya daba presión a las turbinas del barco que las llevaría a Inglaterra. «Porque ha llegado el momento de marcharse –había contestado él–. Hay un momento para cada cosa.» No le habían dicho que su madre estaba embarazada; sólo después de tres semanas de viaje, cuando ya estaban en la gris, lluviosa y fría Inglaterra, le fue revelado a Judith el secreto de que había un niño en camino.

Como no tenían casa en Inglaterra, la tía Louise, por encargo de su hermano Bruce, se ocupó de buscarles un lugar donde vivir. Y encontró Riverview House, que se alquilaba amueblada. Poco después de instalarse, nacía Jess en el hospital de Porthkerris. Y ahora había llegado para Molly el momento de regresar a Colombo. Se llevaba a Jess y dejaba en Inglaterra a Judith, quien envidiaba a su madre y a su hermana.

Llevaba cuatro años viviendo en Cornualles, casi la tercera parte de su vida. En general, habían sido años buenos. La casa era cómoda y espaciosa y tenía un jardín que descendía por la ladera de la montaña en una serie de terrazas, prados, escaleras y un huerto de manzanos.

Pero lo mejor de todo era la libertad de que Judith había disfrutado. Y es que, por un lado, Molly tenía que atender a la recién nacida y no disponía de tiempo para vigilar a Judith, a la que dejaba que se entretuviera sola. Por otro lado, aunque era una madre celosa de la seguridad de sus hijas, pronto descubrió que el tranquilo pueblecito y sus plácidos alrededores no encerraban peligro alguno para los niños.

En sus exploraciones, Judith se aventuraba más allá de los límites del jardín, y tanto la estación del ferrocarril como la granja contigua llena de violetas y las playas del estuario fueron escenario de sus juegos. Ya más atrevida, encontró el camino que conducía a la iglesia del siglo XI, de cuadrada torre normanda, y al cementerio azotado por el viento y lleno de viejas lápidas cubiertas de liquen. Un día claro en que, puesta en cuclillas, trataba de descifrar la inscripción grabada a mano en una de las piedras, se le acercó el párroco que, encantado por su interés, la llevó a la iglesia, le contó parte de su historia, le mostró sus principales características y le enseñó sus modestos tesoros. Subieron a la torre, donde se sentía la fuerza del viento, y el párroco le señaló los hitos más interesantes; a Judith le pareció que le revelaba un mundo nuevo, en un mapa enorme pintado de colores maravillosos. Las tierras de labor semejantes a un inmenso centón, el terciopelo verde de los pastos y la pana marrón de los campos arados. Y colinas lejanas, coronadas de mojones de piedra de tiempos tan antiguos que costaba imaginarlos. El estuario, donde el azul del cielo se reflejaba en las aguas de la pleamar, parecía un enorme lago, pero no era un lago, porque se llenaba y vaciaba con las mareas por un estrecho profundo que llamaban el Canal. Aquel día, el agua del Canal era azul añil pero el océano estaba turquesa y grandes olas rompían contra la playa vacía. Judith vio el largo litoral de dunas que se combaba hacia el norte, donde se alzaba la peña del faro, y había barcas de pesca en el mar, y el cielo estaba lleno de gaviotas que chillaban.

El párroco le explicó que la iglesia había sido edificada en ese altozano detrás de la playa para que su torre sirviera de guía a los barcos que buscaban refugio, y no era difícil imaginar los galeones de hinchadas velas arribar del mar abierto y entrar en el estuario con la marea.

Judith no sólo descubría lugares sino que trababa conocimiento con las personas. La gente de Cornualles es amante de los niños, y Judith era bien recibida en todas partes, por lo que pronto perdió su natural timidez. El pueblo estaba lleno de personajes interesantes. La señora Berry, que fabricaba sus propios helados con polvos de flan; el viejo Herbie, que llevaba el carro del carbón y la señora Southey, de la oficina de correos, que había puesto un guardafuego en el mostrador para defenderse de los atracadores y no podía vender ni un sello sin equivocarse con el cambio.

A medida que ampliaba sus exploraciones, Judith descubría otros personajes aún más extraordinarios. Uno de ellos era el señor Willis. El señor Willis había pasado buena parte de su vida en las minas de estaño de Chile y había regresado a su Cornualles natal tras correr muchas aventuras. Vivía en una cabaña de las dunas, en la costa del Canal. La pequeña playa que se extendía delante de su casa estaba sembrada de los objetos más insólitos: trozos de cuerda, cajas de pescado rotas, botellas y botas de goma. Un día, el señor Willis vio a Judith buscar conchas, entablaron conversación y la invitó a su cabaña a tomar el té. Desde aquel día, Judith se hacía la encontradiza para charlar con él.

Pero el señor Willis no andaba al raque, sino que tenía dos trabajos. Uno consistía en vigilar las mareas y poner una señal cuando el agua subía lo suficiente para que las barcas del carbón pudieran pasar por encima del banco de arena, y el otro era de barquero. Había colgado una vieja campana de barco en la pared de su casa, y el que quisiera cruzar el Canal no tenía más que hacerla sonar para que el señor Willis saliese de la cabaña, empujara su barca al mar y lo pasara al otro lado. Por el servicio, incómodo y hasta peligroso si la marea estaba baja y había mucho oleaje, cobraba dos peniques.

El señor Willis vivía con la señora Willis, pero ella ordeñaba las vacas de la granja y estaba poco en casa. Decían las malas lenguas que no era señora Willis sino señorita nosécuantos, y casi nadie le hablaba. El misterio de la señora Willis corría parejo con el del tío Fred de Heather que «no podía», pero cada vez que Judith preguntaba a su madre sólo conseguía que frunciera los labios y cambiara de conversación.

Judith no hablaba a su madre de su amistad con el señor Willis. Comprendía instintivamente que jamás aprobaría que charlase con él y mucho menos que fuera a su cabaña a tomar el té, lo que era ridículo. ¿Qué daño podía hacer el señor Willis a nadie? A veces, mamá era espantosamente tonta.

Y tonta en muchas cosas, una de ellas su manera de tratar a Judith, exactamente igual que trataba a Jess, que tenía cuatro años. Judith pensaba que, a los catorce años, ya era lo bastante mayor como para que se comentaran con ella las decisiones importantes que la afectaban.

Pero no. Mamá nunca comentaba nada. Ella sólo te decía:

–He recibido carta de tu padre y Jess y yo tenemos que volver a Colombo.

Lo cual, había sido una verdadera bomba, y era decir poco.

Pero todavía había algo peor.

–Hemos decidido que vayas interna a Santa Ursula. La directora es la señorita Catto, he hablado con ella y todo está arreglado. El trimestre de Pascua empieza el 22 de enero.

Como si ella fuera un paquete, o un perro que se lleva a la perrera.

–Pero ¿y las vacaciones?

–Estarás en casa de tía Louise, que se ha ofrecido amablemente a cuidar de ti mientras estemos fuera. Te cede su mejor cuarto de invitados, y podrás llevarte todas tus cosas.

Quizá eso era lo más alarmante. No porque ella no quisiera a su tía Louise. Durante su estancia en Penmarron se habían visto mucho y siempre se había mostrado muy amable. Lo que ocurría era que resultaba imposible conectar con ella. Era vieja –debía de tener no menos de cincuenta años –y algo intimidatoria, en absoluto una persona simpática. Y Cerro del Viento era una casa de persona vieja, muy ordenada y tranquila, y las dos hermanas, Edna y Hilda, cocinera y doncella, también eran mayores y muy serias, muy diferentes de Phyllis, que en Riverview House hacía todo el trabajo y aún tenía tiempo para jugar a cartas en la mesa de la cocina y leer el futuro en las hojas del té.

Probablemente, pasarían el día de Navidad con la tía Louise. Irían a la iglesia y luego habría ganso asado para comer y antes de que anocheciese darían un paseo rápido por el campo de golf, hasta lo alto del acantilado.

No era para entusiasmarse, pero a los catorce años Judith ya había empezado a perder la ilusión por la Navidad. La Navidad debería ser como en los libros y en las tarjetas de felicitación, pero nunca lo era, porque a mamá no le gustaba decorar la casa con acebo ni poner el árbol, y hacía dos años que decía a Judith que ya era muy mayor para colgar el calcetín.

En realidad, a mamá no le gustaban las cosas divertidas. Detestaba los picnics en la playa y habría hecho cualquier cosa con tal de no celebrar una fiesta de cumpleaños. Hasta le daba apuro conducir. Tenía coche, por supuesto, un Austin pequeño y bastante viejo, pero siempre encontraba alguna excusa para no sacarlo del garaje, porque estaba segura de que chocaría con otro coche o le fallarían los frenos o no sabría reducir en subida.

Volviendo a la Navidad, Judith sabía que nada podía ser peor que la de dos años atrás, cuando mamá se empeñó en pasar unos días con sus padres, el reverendo Evans y su esposa.

El abuelo era párroco de una pequeña iglesia de Devon y la abuela era una anciana amargada que se había pasado la vida peleando con la falta de dinero y con rectorías enormes concebidas para familias numerosas victorianas. Aquella Navidad, pasaron mucho tiempo yendo y viniendo de la iglesia, y la abuela regaló a Judith un devocionario. «Gracias, abuela –dijo Judith cortésmente–, siempre quise tener un devocionario.» No agregó: «Pero no mucho.» Y Jess, que siempre lo echaba todo a perder, pilló la difteria y acaparó todo el tiempo y la atención de mamá, y día sí y día no había compota de higos y leche cuajada de postre.

No, nada podía ser peor.

De todos modos (Judith andaba a vueltas con su principal motivo de agravio, como el perro con su hueso), el asunto de Santa Ursula aún escocía. Su madre no había llevado a Judith a ver la escuela ni a que conociera a la señorita Catto, que probablemente era un hueso. Quizá mamá temiese un arranque de rebeldía y había optado por el camino más fácil, pero eso no tenía sentido, porque Judith jamás se había rebelado contra nada. Se le ocurrió que tal vez, a los catorce años, ya podía probar. Hacía años que Heather Warren sabía cómo conseguir lo que quería y meterse a su padre en el bolsillo. Pero los padres eran diferentes. Y, por el momento, Judith no tenía padre.

El tren aminoraba la marcha. Pasó por debajo del viaducto (uno se daba cuenta porque las ruedas sonaban de otro modo) y se detuvo con un siseo. Judith recogió sus bolsas y salió al andén de la estación, que era muy pequeña y parecía una caseta de criquet, toda de madera calada. El señor Jackson, el jefe de la estación, estaba en la puerta, silueteado a contraluz.

–Hola, Judith. Hoy llegas más tarde.

–Hemos tenido una fiesta en la escuela.

–Qué bien.

La última parte del viaje no podía ser más corta, porque la estación estaba precisamente enfrente de la puerta trasera del jardín de Riverview House. Judith cruzó la sala de espera, que siempre olía un poco a retrete, y salió al camino. Se paró un momento para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y descubrió que había dejado de llover. Oyó suspirar el viento en el pequeño pinar que rodeaba la estación protegiéndola de las inclemencias del tiempo. Era un sonido misterioso pero no alarmante. Cruzó la carretera, buscó a tientas el pestillo de la puerta, lo descorrió, entró y empezó a subir por el empinado sendero y las escaleras del jardín, construido en terrazas. Al llegar arriba, adivinó la mole oscura de la casa con las ventanas cubiertas por las cortinas que dejaban escapar una luz cálida. Estaba encendido el farol de encima de la puerta y a su luz vio el coche estacionado en el sendero de grava. El coche de la tía Louise. La tía Louise, que había venido a tomar el té, seguramente.

Un gran Rover negro. Allí parado, parecía bastante inocente, inofensivo, sólido y seguro. Pero todo el que se aventurase por las estrechas carreteras y caminos de West Penwith tenía razones para asustarse al verlo, porque tenía un motor potente, y la tía Louise, persona cívica a carta cabal, cristiana practicante y pilar del club de golf, sufría una transformación de personalidad en cuanto se sentaba al volante y tomaba curvas sin visibilidad a ochenta por hora, segura de que si mantenía la palma de la mano en el claxon la letra de la ley estaba de su parte. Por ello, si su parachoques rozaba un guardabarros o si atropellaba a una gallina, ni por un instante se le ocurría pensar que la culpa podía ser suya, y sus acusaciones y admoniciones eran tan vehementes que el perjudicado no se atrevía a discutir y se marchaba con el rabo entre las piernas, sin atreverse a reclamar una indemnización ni que le pagase la gallina.

A Judith no le apetecía enfrentarse a la tía Louise nada más llegar a casa, y no entró por la puerta delantera sino que dio la vuelta por el patio, los lavaderos y la cocina. Allí encontró a Jess sentada ante la mesa de madera blanca con los lápices y los cuadernos, y a Phyllis con el uniforme de tarde, vestido verde y delantal de muselina, planchando.

Después del frío y la humedad de fuera, daba gloria entrar en la cocina. Era la habitación más caliente de la casa, porque en los grandes fogones de plomo negro con tiradores de latón el fuego nunca se apagaba. En ese momento roncaba suavemente, haciendo silbar el agua de la tetera. Frente a los fogones había un aparador con una serie de fuentes y soperas y, al lado, estaba el sillón de mimbre en que Phyllis se sentaba para descansar los pies cuando tenía un momento, lo que no ocurría con frecuencia. Olía a ropa caliente, y encima de los fogones había un tendedero con varias prendas puestas a secar.

Phyllis levantó la cabeza.

–Eh, hola. ¿Qué es eso de colarse por la puerta trasera? –Sonrió enseñando unos dientes defectuosos. Era una muchacha lisa y huesuda, de cara pálida y pelo lacio y pardo, y la persona más cariñosa que Judith conocía.

–Es que ahí fuera he visto el coche de la tía Louise.

–No es razón. ¿Ha estado bien la fiesta?

–Sí. –Judith buscó en el bolsillo del abrigo–. Toma, Jess –dijo al tiempo que daba a su hermana una bolsa de caramelos.

Jess miró los caramelos.

–¿Qué son?

Era una niña muy bonita, de cara redonda y pelo rubio platino, pero tan mimada que a veces exasperaba a Judith.

–¿Qué quieres que sean, tonta? Caramelos.

–Me gustan los caramelitos de goma.

–Mira a ver si encuentras alguno.

Judith se quitó el abrigo y el gorro de lana y los dejó en una silla. Phyllis no dijo: «Cuelga eso.» Probablemente lo haría ella misma más tarde.

–No sabía que la tía Louise fuera a venir a tomar el té.

–Llamó por teléfono a eso de las dos.

–¿De qué hablan?

–No seas curiosa.

–De mí, supongo.

–De ti, y de ese colegio, y de abogados y matrículas, y vacaciones y teléfonos. A propósito de teléfonos, esta mañana ha llamado tu tía Biddy. Ha estado hablando con tu madre más de diez minutos.

Judith levantó la cabeza con interés.

–¿La tía Biddy? –La tía Biddy era hermana de mamá y la favorita de Judith–. ¿Qué quería?

–No pensarás que estaba con el oído pegado a la puerta, ¿verdad? Eso tendrás que preguntárselo a tu madre. –Dejó la pesada plancha con un golpe seco y empezó a abrochar los botones de la mejor blusa de mamá–. Creo que debes entrar. He puesto una taza para ti y, por si tienes hambre, hay bollos y tarta de limón.

–Me muero de hambre.

–Como siempre. ¿No os dieron de comer en la fiesta?

–Sí. Bollos de azafrán. Pero aún tengo hambre.

–Entra ya de una vez o tu madre se extrañará.

–¿Extrañarse por qué?

Pero Phyllis no contestó a eso.

–Antes cámbiate los zapatos y lávate las manos.

Judith obedeció y se lavó las manos en el fregadero, con el jabón de Phyllis, Amapola de California. Luego, con desgana, dejó la cálida y acogedora cocina y cruzó el vestíbulo. Desde el otro lado de la puerta de la sala llegaba un débil murmullo de voces femeninas. Abrió la puerta sin hacer ruido y por un instante las dos mujeres no advirtieron su presencia. Molly Dunbar y Louise Forrester, su cuñada, estaban sentadas a cada lado de la chimenea, con la mesa pleg

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