La belleza y el terror

Catherine Fletcher

Fragmento

Sin título-1_solosinnotas-3.xhtml

INTRODUCCIÓN

1492

 

 

 

 

Los días previos a la muerte de Lorenzo el Magnífico de Médicis se había producido en Florencia una sucesión de malos augurios. Un rayo había alcanzado la cúpula de la catedral. Dos de los leones de la leonera del palacio se habían enfrentado el uno al otro. Y cuando, en la noche del 8 de abril de 1492, el primer ciudadano de Florencia y gran mecenas de las artes y letras renacentistas falleció en su casa de campo de Careggi, a unos cinco kilómetros al norte de la ciudad, empezó a correr el rumor de que había sido envenenado. Un mensajero cabalgó toda la noche para llevar la noticia a Roma, y al hijo del difunto, el cardenal Juan de Médicis.

En tiempos de Lorenzo, los Médicis habían pasado de ser una familia de acaudalados mercaderes y los principales oligarcas de la ciudad para convertirse en sus dueños y señores de facto. Lorenzo no había tenido la pericia de su abuelo como banquero. El banco de los Médicis —fuente de la riqueza de la familia— había sufrido importantes pérdidas en las décadas de 1470 y 1480, por lo que los ingresos proporcionados por el estado florentino se habían convertido en un elemento cada vez más fundamental para mantener a flote las finanzas de la familia. Dicho de otra manera, los Médicis metían la mano en la caja. Lorenzo dejó una fabulosa colección de libros y antigüedades, lujosas villas en el campo, así como su propio legado poético, aunque en su lecho de muerte se lamentó, a los cuarenta y tres años de edad, de que no había podido ver «su maravillosa biblioteca de obras en griego y latín hecha realidad». Recordando su muerte unas décadas después, el estadista e historiador florentino Francesco Guicciardini la describiría como «un duro golpe para su país». La «fama, prudencia y genio» de Lorenzo habían contribuido a mantener una «paz duradera y segura» en Italia. Él había sabido mantener a raya las ambiciones del rey Fernando de Nápoles y de Ludovico Sforza, regente de Milán.

Se trata de una idea de color de rosa en el mejor de los casos y, en el peor, totalmente errónea: Lorenzo no dejó de tener nunca presente los intereses políticos de su familia, y su afán por asegurar su propia posición había hecho mucho daño al equilibrio de la península de los Apeninos.[1] Como parte de esta estrategia, su hija Magdalena había contraído matrimonio con un sobrino del papa Inocencio VIII, y su heredero, Pedro, había sido casado con una heredera napolitana, Alfonsina Orsini. (Pedro no tardaría en recibir el sobrenombre del Infortunado por su desastrosa gestión al frente de la casa de los Médicis y de Florencia; cuanto más se acercaron al poder dinástico, los Médicis cada vez más fueron víctimas de esa maldición que persigue a las dinastías, a saber, que el primogénito no es siempre el más fiable para asumir el poder.) Sin embargo, el golpe más genial de Lorenzo había sido conseguir para su segundogénito, Juan, el cargo de cardenal: lo logró en 1489, cuando el muchacho tenía solo trece años, y dieciséis en el momento en que murió su padre.

Lorenzo había aconsejado a su hijo que viviera modestamente en aquella «sentina de todos los males» que era Roma.

 

Me gustaría que en vuestras manifestaciones externas actuaseis más con exceso de moderación que con falta de ella. Y también preferiría que optarais por tener una casa bonita y un séquito ordenado y cortés que opulento y pomposo. Las joyas y las sedas en pocas cosas les van bien a tus pares. Mejor permitirse algún capricho con la adquisición de una pieza antigua o un hermoso libro, y mejor crearse un pequeño séquito integrado por personas cultas y doctas que uno grande.

 

El papel que iba a desempeñar Juan como cardenal era, por supuesto, de naturaleza religiosa.

 

Ahora te he entregado por completo a Dios y a la Santa Madre Iglesia; en la que es necesario que te conviertas en un buen eclesiástico y hagas que todos se den cuenta de ello, de que prefieras el honor y el estado de la Santa Madre Iglesia y la Sede Apostólica más que cualquier otra cosa en el mundo, por delante de cualquier otra consideración; y de esa manera, con esta actitud, encontrarás la forma de ayudar a la ciudad y a la familia, pues para nuestra ciudad es imprescindible mantener una buena relación con la Iglesia, y tú debes convertirte en la cadena que ligue la una a la otra, y no olvides que la familia va unida a la ciudad… sin dejar de cumplir siempre tu primera obligación: anteponer la Iglesia a cualquier otra cosa.[2]

 

Es poco probable que la intención de Lorenzo fuera que su hijo siguiera estos consejos al pie de la letra, cosa que no hizo. El nepotismo del cardenal Juan de Médicis sería bastante perjudicial para una Iglesia que necesitaba la introducción de reformas, pero resultó sumamente útil para asegurar el destino de su familia.

Por aquel entonces Italia estaba sumiéndose en un periodo de turbulencia. Al igual que la región de Europa que ahora conocemos como Alemania, la península de los Apeninos de finales del siglo XV no era un país unificado —no lo sería hasta la segunda mitad del siglo XIX—, sino que estaba dividida en una multiplicidad de pequeños estados. Los más grandes eran dos repúblicas, Venecia y Florencia, y tres estados principescos: el reino de Nápoles, el ducado de Milán y los Estados Pontificios, en los que el papa actuaba como un verdadero monarca, además de hacer gala de su estatus religioso en su calidad de vicario de Cristo en la Tierra. (Cada uno de los reinos, los ducados y los marquesados de Italia tenían a un único soberano de carácter hereditario, y sus diferentes títulos indicaban sus distintos grados de importancia.) El equilibrio político entre todos estos estados ya era muy precario, y la muerte de otro titular de uno de ellos apenas tres meses después del fallecimiento de Lorenzo no hizo sino empeorar aún más las cosas.

El 25 de julio de 1492 muere el papa Inocencio VIII. Solo unos meses antes había presidido unas grandes celebraciones en Roma. El domingo 5 de febrero, vestido de blanco inmaculado, había ido en procesión bajo una intensa lluvia desde sus aposentos en el Vaticano hasta la iglesia de Santiago de los Españoles, en la plaza Navona, centro de culto de esta comunidad ibérica. En ella, ante un séquito de obispos y cardenales, había dado gracias a Dios por la victoria de los Reyes Católicos de España frente a los musulmanes y la consiguiente conquista del reino de Granada. Desde el año 711, los «moros», como llamaban los cristianos a los seguidores del islam, habían estado gobernando extensas regiones de la península ibérica. Su historia había sido de coexistencia, a veces de tolerancia y a menudo de persecuciones por sorpresa. Al principio, las alianzas políticas habían cruzado periódicamente las barreras religiosas, pero poco a poco los musulmanes fueron obligados a retirarse en lo que sus rivales cristianos denominaron la Reconquista de España. Enfrentado a unas tácticas cada vez más brutales, el rey Boabdil —Mohammed XII de Granada— había tratado de llegar a una solución de compromiso, aliándose con los monarcas cristianos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, contra diversos rivales de su misma familia. Pero no le valió para salvar su corona. El 2 de enero de 1492, en medio de una ceremonia majestuosa, pero humillante, tuvo que entregar las llaves de su ciudad a Isabel y Fernando, poniendo así punto final a más de siete siglos de gobierno musulmán en Europa Occidental.

Fue por ese compromiso con la cristianización de España —y la conversión de su población— que Isabel y Fernando serían honrados con el título de Reyes Católicos. La pareja había contraído matrimonio el 19 de octubre de 1469, y tras la muerte del hermano y del medio hermano de Isabel, esta había tenido que defender sus pretensiones al trono frente a su sobrina Juana. Entre los instrumentos que utilizaron para construir una nueva monarquía española, tal vez el más notorio sea la Santa Inquisición. Autorizada por el predecesor de Inocencio, el papa Sixto IV, había comenzado como una campaña contra la herejía. En un principio su foco de atención habían sido los conversos de España, otrora judíos convertidos al cristianismo, pero a quienes se acusaba de no ser sinceros en su compromiso con la nueva religión. La campaña de la Inquisición contra los judíos y los «judaizantes» se emprendió en paralelo con otra dirigida contra los moros.

Las victorias militares constituían siempre una buena excusa para celebrar festejos en Roma, y un triunfo semejante, tan explícitamente religioso, era la ocasión perfecta para ello. Después de la misa, los cardenales marcharon en procesión por la ciudad. El cardenal Rodrigo Borgia (o de Borja), vicecanciller de la Iglesia (la máxima autoridad eclesiástica después del papa), de origen español, organizó una corrida de toros para celebrar la victoria de su país frente al infiel. Los embajadores españoles montaron una tarima en la calle sobre la que se levantó un castillo en miniatura que representaba la ciudad recién conquistada, Granada. El espectáculo taurino organizado por Borgia fue solo el primero de muchos: durante las semanas siguientes la plaza Navona seguiría llenándose de público dispuesto a asistir a las distintas corridas patrocinadas por una sucesión de prelados españoles. El cardenal Raffaele Riario, sobrino del papa, financió un premio por valor de doscientos ducados. Era tiempo de carnaval, y las celebraciones se prolongaron hasta la cuaresma, con juegos y carreras de «hombres adultos, jóvenes, niños, judíos, burros y búfalos».[3]

Resulta sumamente revelador que el maestro de ceremonias del pontífice que escribió esa lista lo hiciera colocando a los corredores romanos en ese orden. Los judíos de la ciudad eran ciudadanos de segunda, al igual que en el resto de Europa. Isabel y Fernando culminaron su victoria frente a los musulmanes de Granada con la promulgación de un edicto en virtud del cual todos los judíos de España debían abandonar el país antes del 31 de julio. La Inquisición, decían, tenía pruebas contundentes de que los judíos «pervertían y corrompían a los cristianos»: la expulsión era el único modo de poner fin a «la herejía y la apostasía». El edicto, que entró en vigor en Aragón el 29 de abril y en Castilla el 1 de mayo, daba a los hebreos un plazo de solo tres meses para la venta de bienes y propiedades, una fórmula que no hizo otra cosa que bajar los precios; a los judíos se les prohibía sacar oro, plata y monedas de sus reinos. Al año siguiente, el oro confiscado serviría para financiar el segundo viaje de Colón a las Américas.

Los judíos de España se dispersaron por el mundo. Resulta difícil calcular con exactitud el número de los expulsados: probablemente fueran decenas de miles.[4] Unos se dirigieron a Portugal, otros al norte de África; algunos se instalaron en los territorios pontificios de Aviñón y Provenza. Una parte de ellos fue a Italia, algunos al reino de Nápoles, gobernado por una rama bastarda de la familia real aragonesa (situado en el noreste de España, el de Aragón era uno de los diversos reinos que formaba parte de los dominios de Isabel y Fernando). Un barco que zarpara de los puertos del Levante español podía llegar a Italia en alrededor de una semana: mucho más penosos resultaban los viajes de los que se veían obligados a exiliarse desde los puertos del norte peninsular del golfo de Vizcaya y que debían cruzar el estrecho de Gibraltar. Roma, Venecia y Mantua constituían unos destinos relativamente buenos, aunque no de manera incondicional. En el resto de Italia, sin embargo, ciudades como Milán, Perugia o Lucca se habían adelantado al edicto español y ya habían expulsado a su población judía en la década de 1480.[5]

Mientras tanto, en Roma, el cardenal Juan de Médicis pasaba a formar parte de los que estaban llamados a asumir el cargo político más importante que pudiera ostentar cualquier cardenal del Renacimiento: el cónclave en el que él y sus homólogos iban a elegir al nuevo pontífice. La Capilla Sixtina fue dividida en cubículos equipados con velas, ropa y material de cocina: en ellos había toda clase de artículos necesarios para lo que podría acabar siendo una larga estancia. Los cardenales y sus criados personales llegaron; las puertas se cerraron, y cada una de ellas pasó a ser custodiada por los centinelas encargados de impedir la entrada a cualquier extraño y mantener alejados a los espías hasta que los cardenales allí reunidos hubieran elegido al sucesor de Pedro.

Había cuatro candidatos: el cardenal Costa de Portugal, el cardenal Zen de Venecia, Oliviero Carafa, cardenal de Nápoles y el cardenal Borgia. Rodrigo Borgia no era el principal contendiente, y sus enemigos denunciarían que había comprado el papado con cuatro mulas cargadas de plata. La realidad es más prosaica, aunque la política no dejara de ser un asunto muy mundano. Los cardenales estaban divididos en dos grupos, y cada grupo contaba con el apoyo de distintos estados y personajes de Italia. Uno de ellos, el que encabezaba el cardenal Giuliano della Rovere, tenía el apoyo del rey de Nápoles, el de los cardenales de Venecia y Génova y el de una de las familias aristocráticas más prestigiosas de Roma, los Colonna: estos veían con buenos ojos tanto la elección de Costa como la de Zen. El otro grupo, el que encabezaba el cardenal Ascanio Sforza, contaba con el apoyo del duque de Milán: su candidato preferido era el cardenal Carafa. Según cuenta la historia, la plata sirvió para comprar el beneplácito de Sforza. Los recuentos de los votos, sin embargo, indican que Borgia tenía ya una importante lista de seguidores en las primeras votaciones. En el tercer escrutinio Borgia obtuvo ocho votos y Carafa diez: los partidarios de Della Rovere parecían tener la sartén por el mango. Cuando el cardenal Sforza se dio cuenta de que las cosas podrían salirle bien apoyando a Borgia en lugar de a Carafa, cambió sus votos. No hizo falta comprar a nadie: fue todo una cuestión política. Si hubiera sido solo una cuestión de dinero, el acaudalado Della Rovere habría podido pujar más alto que Borgia, pero lo cierto es que este último logró reunir los votos suficientes.[6]

Fue así como el 11 de agosto de 1492 Rodrigo Borgia fue elegido papa. Su coronación tuvo lugar el día 26, tomando el nombre de Alejandro VI en una espléndida ceremonia al uso. En su calidad de cardenal había disfrutado de innumerables privilegios —que le permitieron engrosar sus arcas con rentas de las tierras propiedad de la Iglesia y de las abadías—, y ahora que ya era papa podrían ser repartidos, sobre todo para recompensar a los que lo habían apoyado. Nombró cardenal a su sobrino, Juan Borgia Lanzol, y arzobispo de Valencia a su hijo, César Borgia. Pero desde su solio pontificio, Alejandro VI se daba cuenta de que el panorama en Italia era bastante negro. La gobernabilidad de Florencia pendía de un hilo. El equilibrio de poder entre Milán, Florencia y Nápoles que había permitido que en la península italiana hubiera reinado la paz durante varias décadas estaba a punto de romperse. Como diría Guicciardini, la muerte de Inocencio había «sentado las bases para más calamidades». La misión política que el papa tenía ante sí era abrumadora, y sus responsabilidades estaban a punto de extenderse en una dirección bastante inesperada.[7]

Pues fue a primera hora del viernes 12 de octubre, de aquel mismo año, cuando la tripulación de las carabelas capitaneadas por el explorador Cristóbal Colón (Cristoforo Colombo) vio por fin tierra. Creía que se encontraban en algún punto de la costa oriental de Japón. Aquellos hombres habían estado navegando durante casi dos meses, y Colón les había ocultado la distancia real que los separaba de España por miedo a que saltara la alarma. Esperó al alba para desembarcar y poner pie en la isla de la que luego aprendería que se llamaba Guanahaní. Vio «árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras». Sus capitanes desplegaron dos estandartes con la cruz verde y una F y una Y, las iniciales de los Reyes Católicos, Fernando e Ysabel (Isabel), sus señores. Colón recordaría su primer contacto con el pueblo taíno de la isla con palabras de optimismo: «Porque nos tuviesen mucha amistad, porque conoscí que era gente que mejor se libraría y se convertiría á nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di á algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor con que hobieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla». A cambio, los indígenas les entregaron «papagayos y hilos de algodón en ovillo y azagayas». «En fin —escribiría el almirante—, [los indios] todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo.»[8]

Colón había nacido (al igual que Inocencio VIII) en Génova, en la costa noroccidental de Italia, alrededor de 1451. Su padre era maestro tejedor, aunque algunas historias más fantasiosas le atribuyen una formación universitaria y antiguos antepasados de origen romano.[9] Colón no fue ni mucho menos el único joven de la ciudad que hizo una carrera como navegante y explorador: Juan (Giovanni) Caboto, que «descubrió» el subcontinente norteamericano en 1497, era coetáneo suyo. Colón había estudiado los mapas elaborados por un cosmógrafo florentino, Paolo dal Pozzo Toscanelli; a los veintitantos años se instaló en Lisboa, después de haber navegado hacia el este, a la colonia genovesa de Quíos, en el Mediterráneo oriental, tal vez hasta Inglaterra y sin duda rumbo al sur, a Madeira.[10] Trató de persuadir al rey de Portugal de que financiara un viaje hacia el oeste; tras fracasar en su intento, decidió recurrir al vecino reino de Castilla y a su soberana, Isabel, en cuya corte pasó seis años antes de lograr convencerla de su grandioso plan de llegar a las Indias. Ni él ni la reina lo sabían, pero lo cierto es que aquel viaje cambiaría, durante más de un siglo, el equilibrio de poder en Europa. Cuando los embajadores de España llegaron a Roma para prometer la obediencia de Isabel y Fernando al nuevo papa, Alejandro VI, su paisano, anunciaron con orgullo el descubrimiento y la conquista de «cuatro grandes islas».[11]

Así pues, cuando 1492 daba paso a 1493 en la península italiana, sus habitantes se enfrentaban a un mundo de incertidumbres. Contemplaban las victorias cristianas españolas: frente a Boabdil, frente a los judíos de la propia España y —como no tardarían en saber— frente a los habitantes de unas tierras extrañas que los europeos no habían visto nunca. Rodrigo Borgia, que aproximadamente cuarenta años antes había llegado a Italia procedente de España, había sido elegido papa: sus cardenales se preguntaban cómo iba a gobernar. Mientras tanto, el gobierno de Florencia se encontraba en las temblorosas manos del hijo de Lorenzo, Pedro de Médicis, y de sus viejos y poco fiables aliados. El escenario estaba preparado para que estallara un conflicto en el que quedaría sumida la península italiana durante los ochenta años siguientes.

 

 

La historia de Italia ha sido desde siempre un tema fascinante. Los cursos sobre «civilización occidental» que comenzaron a impartirse en las universidades norteamericanas a finales del siglo XIX empezaban con el mundo antiguo —Grecia y Roma principalmente, a veces Egipto— para luego saltarse la Edad Media y llegar al esplendor del Renacimiento y el resurgimiento de las grandes ideas clásicas antes de adentrarse en el mundo de la Ilustración. «Civilización occidental» era una expresión raras veces utilizada hasta entonces: se trata de una invención decimonónica que apareció en un contexto muy específico de imperios europeos y de segregación racial en Estados Unidos. En esta historia de Occidente, Italia ha ocupado un lugar primordial, y si bien esta historia ya no es contada de forma invariable con la autosuficiencia de otros tiempos, lo cierto es que la importancia del Renacimiento no ha perdido su gran atractivo.[12] Cada año miles de estudiantes extranjeros llegan a Italia para ampliar sus conocimientos en cursos especializados. Y no llegan solo de Occidente: el aumento del turismo en Florencia se debe más a la llegada de japoneses, chinos, indios y brasileños que a la de europeos. Se ha convertido en una ciudad del mundo. O quizá debería decir que se ha convertido en una ciudad del mundo una vez más, pues fue en un contexto de comercio global, exploraciones, colonización y explotación —de las riquezas del Nuevo Mundo y el esplendor del Viejo Mundo— cuando estuvieron en activo algunos de los artistas más renombrados de la Italia renacentista.

El presente volumen es un libro sobre esas conexiones, sobre los vínculos entre las gentes y los relatos que son contados como parte de la «historia de Occidente», algunos de ellos esperados, otros no. Me imagino que muchos lectores habrán oído hablar de Miguel Ángel y de Maquiavelo, de Colón y de Caboto, de los Médicis y los Borgia. Hay muchas estrellas del llamado «Renacimiento pleno italiano», y sus vidas son contadas a menudo una a una. Es mi deseo tratar de situarlos en su galaxia, y pensar no solo en las grandes ciudades del Renacimiento, esto es, Venecia, Florencia y Roma, sino también en el resto de la península italiana: la ciudad de Génova, cuna de exploradores y de papas; las pequeñas cortes de Urbino y Mantua, origen de un modelo de «cortesano» que se extendería por toda Europa; el reino meridional de Nápoles y sus soberanos españoles. Además, esa Italia no era una península aislada, todo lo contrario. Roma era el centro de la diplomacia europea; el reino meridional de Nápoles estaba gobernado por una rama de la familia real de la Corona de Aragón y, más tarde, estaría bajo la supervisión directa de virreyes españoles. Algunos de los estados del norte peninsular debían lealtad al titular del Sacro Imperio Romano Germánico. (Este imperio, como a menudo se dice, no tenía nada de romano ni de sacro: antes bien, se trataba de un conjunto de territorios de distinta clase que debían lealtad a un soberano nombrado por un selecto grupo de príncipes electores.) Quiero tener en cuenta también a los individuos cuya vida no se suele contar en la narrativa tradicional: a las artistas y escritoras, a los soldados y a los ciudadanos que vivieron los asedios de las ciudades y las campañas de tierra quemada, a los hombres que, entre bambalinas, hicieron fortuna como banqueros de los nuevos imperialistas, y también como proveedores de armamento: Beretta, la empresa armamentística en activo más antigua del mundo que fue fundada en 1526, constituye un vínculo directo entre este pasado y nuestro mundo actual, pero raras veces se adentra en la imagen popular de aquella época.

El presente volumen es también un libro sobre la guerra y sus consecuencias. Desde 1494 hasta 1559, la península italiana fue el escenario de una serie atroz de conflictos entre los príncipes de Europa, lo que se conoce como las Guerras de Italia: una batalla continua entre los monarcas españoles y sus grandes rivales de la época, los franceses, por la supremacía en Italia. El Mediterráneo, por su parte, fue el teatro del conflicto con el Imperio otomano, que se prolongaría aún más y cuyo enfrentamiento más célebre probablemente sea la batalla de Lepanto de 1571. Y aunque se destruyeron vidas y medios de sustento, la guerra también impulsó la creatividad y la invención, nuevas técnicas y tecnologías militares. Si bien hoy conocemos a Leonardo da Vinci por el gesto de su Mona Lisa, lo cierto es que en su época era reconocido por sus mapas militares y el diseño de armamento y fortificaciones. La guerra también llevó a soldados y diplomáticos de toda Europa a la península italiana. Entre otros, a Thomas Cromwell, que más tarde sería ministro principal de Enrique VIII.

La centralidad de Italia en los conflictos y el apaciguamiento de Europa a lo largo de esas ocho décadas hizo de ella un hervidero de ideas en materia de política y cultura: discusiones sobre la ética de la república frente al gobierno de los príncipes, sobre la esclavización de los indígenas de América, sobre creencias religiosas, sobre moralidad sexual. Los impresores venecianos encontraron nuevos mercados para los conocimientos de la Antigüedad, y también para más ideas nuevas. Los navegantes italianos zarpaban no solo rumbo al Nuevo Mundo, sino también en busca de nuevas rutas hacia Oriente. Pero entre los grandes acontecimientos de 1492 y la inesperada victoria naval de los cristianos frente a los otomanos en Lepanto, el lugar que ocupaba Italia en el mundo dejó de ser el que había sido. A medida que iba aclarándose la geografía del planeta, las ciudades estado de la península tuvieron que empezar a asumir que estaban perdiendo su centralidad en la encrucijada del Mediterráneo. Los italianos observaban el ascenso de España y el afán de los españoles por dominar (no siempre con éxito) la política y las instituciones de sus territorios; a partir de entonces, los centros de poder de Europa se situarían en otros lugares, al norte o al oeste de Italia. La Iglesia católica romana, por su parte, vivió el mayor desafío a su autoridad al que se había enfrentado nunca. En 1511, el monje alemán Martín Lutero visitó Roma en una misión para la orden de los agustinos, y más tarde hablaría de la conmoción que sufrió ante la corrupción reinante en la ciudad citando un proverbio italiano: «Si hay un infierno, Roma está construida sobre él».[13] Durante las décadas siguientes la amenaza del protestantismo que originó Lutero impulsaría un gran movimiento de reforma en la Iglesia católica.

La importancia que se da actualmente a la cultura del Renacimiento italiano queda perfectamente ilustrada en la lista de lugares considerados por la Unesco patrimonio mundial por su relevancia cultural para la humanidad. Veamos, por ejemplo, lo que dice el artículo correspondiente al centro histórico de Florencia, registrado en 1982:

 

Construida en el sitio de un asentamiento etrusco, Florencia, la ciudad símbolo del Renacimiento, desempeñó un papel económico y cultural preponderante en los siglos XV y XVI bajo el gobierno de los Médicis. Seiscientos años de creatividad de genios del arte como Giotto, Brunelleschi, Botticelli y Miguel Ángel han dejado su impronta en la catedral del siglo XIII, las iglesias de Santa Maria del Fiore y la Santa Croce [sic], el Palacio de los Oficios [sic] y el Palacio Pitti, entre otros monumentos.

 

La lista de la Unesco incluye muchas otras obras maestras renacentistas: la iglesia de Santa Maria delle Grazie, con La Última Cena de Leonardo; Ferrara, ciudad del Renacimiento, y su delta del Po; la villa de Ippolito d’Este en Tívoli; las villas y los jardines de los Médicis en Toscana; las construcciones defensivas venecianas erigidas entre los siglos XVI y XVII; el jardín botánico de Padua diseñado en 1545. En la lista también aparecen las ciudades históricas de Mantua y Sabbioneta, al igual que los centros históricos de Urbino, Pisa, Venecia, Nápoles y Siena. En el momento en que escribo estas líneas, en 2019, Italia figura como el país que cuenta con más inscripciones en la lista del patrimonio mundial de la Unesco, un poco por delante de otro muchísimo más extenso, China. Ello indica en parte ciertos prejuicios del pasado, por supuesto, pero también nos permite calibrar hasta qué punto los individuos que tomaban las decisiones en el ámbito cultural y político de finales del siglo XX llegaron a valorar la cultura de Italia y el Renacimiento.

Y no fue porque sí. La cultura de la Italia de los siglos XIV y XV —y la de la ciudad de Florencia en particular— dejó un importantísimo legado en el mundo de las artes, de la educación y del pensamiento político. El uso del término «Renacimiento» para describir ese periodo es (como el uso de la expresión «civilización occidental») un fenómeno del siglo XIX, y desde entonces se han puesto en tela de juicio muchos aspectos del mundo invocado por la obra del erudito suizo Jacob Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia, publicada en 1860 (un texto fundacional del estudio de la historia de esta época). Pero la idea del Renacimiento, y el uso popular del término, sigue perpetuándose no sin razón, y yo la utilizo en estas páginas por conveniencia. Ni que decir tiene que los avances de esa época fueron importantes, y que intelectuales influyentes de ese periodo se encontraron, sin pretenderlo, comprometidos con un resurgimiento de los clásicos de la Antigüedad griega y romana.(1) Este Renacimiento vio la aparición de una figura, la del erudito que se promocionaba a sí mismo y se dedicaba a coleccionar libros: tres de las bibliotecas más importantes de Italia en la actualidad (la Vaticana, la Medicea Laurenciana de Florencia y la Marciana de Venecia) son fruto de ello. Vio la aparición del artista con nombre y apellido, e importantes desarrollos en el campo del arte secular, como, por ejemplo, las pinturas basadas en los mitos clásicos. Vio la aparición de un nuevo plan de estudios de las artes liberales en las universidades, y sus debates sobre «republicanismo», «libertad» y «razón de estado» —aunque a menudo fueran más retóricos que factuales cuando se hablaba de los regímenes renacentistas— tuvieron durante largo tiempo muchísima influencia en la política.

En numerosas narrativas del Renacimiento italiano, el año 1492 (o a veces 1494, cuando tropas francesas entraron en Italia) marca el principio de un final, un periodo en que los extranjeros empezaron a dominar la península, y la guerra se impuso al civismo. Pero algunas de las obras de arte renacentistas más icónicas —la Mona Lisa, los frescos del Juicio Final que adornan la Capilla Sixtina, la Venus de Urbino— son también fruto de ese siglo XVI devastado por la guerra. En historia del arte, las obras de finales del Renacimiento aparecen calificadas en ocasiones como «manieristas», término que hace referencia a la manera en que los artistas se alejaron de unas representaciones más naturalistas para adoptar un estilo más sofisticado, pero también más afectado y artificioso. Fueron años caracterizados también por determinados fenómenos decididamente «modernos», en contraposición a los que rememoraban el mundo antiguo: el contacto de los europeos con el Nuevo Mundo, la proliferación de la tecnología de la pólvora y la aparición y el desarrollo de la imprenta. Para mí, uno de los aspectos más fascinantes del siglo XVI es la manera en que discurre vacilante entre lo antiguo y lo nuevo.

Cuando empecé a estudiar la historia del Renacimiento, hace al menos veinte años, en parte lo hice porque quería cambiar y alejarme del mundo de la política actual. Siempre encontraba paralelismos, por supuesto: me echaba a reír cuando leía algunas cartas del siglo XVI que, sin saberlo, anunciaban las palabras de políticos cuya voz yo conocía, pero me mantenía firme en la idea de que el pasado era un país extranjero. Cuando yo bromeaba comparando esos centros supranacionales de Europa —la Roma del siglo XV y la Bruselas del siglo XXI—, la gente se reía, pero yo era perfectamente consciente de que mi actitud no estaba exenta de frivolidad. Cuando fui avanzando en mis estudios, sin embargo, el pasado empezó a parecerme cada vez más familiar. Leía algo sobre «revolución tecnológica» y me ponía a pensar en la historia de la imprenta; leía algo sobre la elección del papa Francisco y me ponía a pensar en la Iglesia católica global del siglo XVI; leía algo sobre una crisis de refugiados en el Mediterráneo y me ponía a pensar en la expulsión de los judíos y los moriscos de España. Con ello no pretendo decir que nada haya cambiado: como veremos, existen muchas diferencias entre la sociedad de entonces y la nuestra. Pero precisamente porque el legado de ese Renacimiento (o Época de la Reforma, o Era de las Exploraciones, si así lo preferimos) ha resultado tan importante en la cultura de Occidente, a la hora de definir quiénes somos «nosotros» (y quiénes no somos «nosotros»), merece la pena conocerlo con más profundidad.

Sobre todo es necesario porque el relato popular del Renacimiento —al igual que muchas versiones de la historia moderna de Occidente— tiende a focalizarse en el genio y la gloria a expensas de las atrocidades. Las ideas de Maquiavelo en lo relativo al poder, por ejemplo, se convierten en una serie de aforismos atemporales en vez de surgir, como hicieron efectivamente, de un escenario específico. Ni que decir tiene que el hecho de que todos aquellos individuos coexistieron con los primeros viajes europeos a las Américas, con los que algunos de ellos tuvieron una conexión muy especial, y de que los italianos proporcionaron parte del personal, financiación y crónicas de la subsiguiente colonización no son circunstancias desconocidas. El aspecto cruel y sangriento del Renacimiento ha sido uno de los elementos que han suscitado la fascinación que sentimos por aquella época. Pero en muchas ocasiones vemos que su narración es más parecida a la de alguna serie, por ejemplo Los Borgia, en las que priman el lujo, la violencia y las aventuras sexuales de los «ricos y famosos» que se matan unos a otros por hacerse con el poder, en vez de la violencia de la guerra, del exilio y de la colonización, por no hablar de la violencia doméstica. Esa es precisamente la narrativa que convierte a los Médicis en una familia de mafiosos, y está tan relacionada con la realidad de la violencia del siglo XVI como lo está cualquier película de gánsteres con la vida real de una ciudad de hoy gobernada por el crimen organizado. No tengo nada en contra de los que se estremecen y disfrutan con un relato sangriento de venganzas: yo misma he contado a numerosos grupos de turistas la escabrosa historia de la matanza que ocurrió en Perugia en 1500 en el curso de lo que se conoce como las «bodas de sangre» de los Baglioni. Pero el exceso de este tipo de relatos y anécdotas enmascara la cruda realidad que se esconde detrás de algunas obras de arte renacentistas. Fijémonos, por ejemplo, en La Gioconda: Lisa Gherardini, la mujer de la sonrisa misteriosa, estaba casada con un traficante de esclavos. Una posible modelo para la Venus de Urbino, Angela Zaffetta, fue violada en grupo. La República de Florencia, que encargó a Miguel Ángel la escultura de David, cuya imagen simbolizaba, tuvo un final atroz en el curso de un saqueo de «crueldad sin parangón» en el que fueron asesinados miles de hombres en apenas unas pocas horas.

Cuando estaba concluyendo el presente libro en marzo de 2019, cuarenta y nueve personas murieron en un ataque con armas de fuego en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda. El asesino, un extremista de derechas, colgó en las redes sociales numerosos precedentes históricos para justificar su acto, incluidos los de célebres victorias cristianas frente a las fuerzas musulmanas. Uno era la batalla de Lepanto de 1571, el tema del último capítulo de este libro. La extrema derecha raras veces se ha apropiado para sus fines de la historia del siglo XVI como lo ha hecho, por ejemplo, con la de las cruzadas o el mito de un Occidente medieval compuesto exclusivamente de hombres blancos. En líneas generales, la historia del Renacimiento ha desempeñado un papel más sutil, e incluso menos pernicioso, que las mitologías de sus grandes hombres que reforzaban la idea de una superioridad blanca europea y cristiana sin llegar a ser nunca tan vulgares como para expresarlo así. Con ello no quiero decir que constituya un error apreciar la innovación artística de la Europa del siglo XVI y disfrutar de ella: hay mucho ante lo que maravillarse. Y si analizamos con rigurosidad cómo veía la gente de ese mundo su propia revolución de los medios de comunicación, o ciertas cuestiones relacionadas con el género y la sexualidad, también podremos comprender mejor el mundo en el que nos ha tocado vivir, y las distintas maneras en las que, tanto entonces como ahora, puede coexistir una brillante innovación cultural con todo tipo de atrocidades, con las que, de hecho, suele estar interrelacionada.

Sin título-1_solosinnotas-4.xhtml

1

EL SIGLO XV

 

 

 

 

En 1452, cuarenta años antes del viaje de Colón, los ciudadanos de Roma habían sido testigos de un espectáculo fabuloso: la coronación del titular del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico III, por el papa Nicolás V en la basílica de San Pedro. Era la antigua basílica de San Pedro, construida en el siglo IV, con su imponente columnata en la entrada y sus largas hileras de columnas dividiendo sus naves: faltaba más de un siglo para la construcción de la nueva basílica con su espléndida cúpula. Su ubicación, sobre el lugar en el que había sido sepultado san Pedro, invocaba el simbolismo de la sucesión apostólica, la saga pontificia cuyo primer representante había sido este apóstol de Cristo. La coronación constituyó un gran triunfo tanto para el papa como para el emperador. Apenas cinco años antes, Nicolás había entrado en Roma, tras ser elegido como único pontífice verdadero después de varias décadas de cisma en el seno de una Iglesia que había llegado a tener tres papas que reivindicaban su autenticidad. El propio Nicolás era oriundo de Roma, y presidir en aquellos momentos la coronación de un emperador constituía para él un signo evidente de cuál era su estatus y el de su ciudad. Además, su papado prometía estabilidad y riqueza para Roma. En cuanto a Federico, el primer miembro de la casa de los Habsburgo elegido emperador, la coronación reforzaba su papel como monarca cristiano más relevante de Europa. En su largo reinado (murió en 1493), establecería la dinastía más poderosa del continente. Aunque el emperador era elegido, los Habsburgo ostentarían el título a lo largo de casi trescientos años, hasta que su línea principal se extinguió en 1740. Federico también iba a ser coronado rey de Italia (esto no significaba que se convirtiera en dueño y señor de toda la península, sino una forma de reconocer que algunos de los estados del norte tenían un señor en la figura del emperador, una especie de simbolismo más que otra cosa, y de todos modos un señor, por lo general, poco presente).

Como cabría esperar, la coronación de Federico fue un asunto controvertido. Había nerviosismo en los estados italianos por su decisión de viajar hasta Italia y por el peligro que, para la delicada situación política de la península, podía suponer el hecho de que decidiera aliarse con cualquier rebelde o cualquier individuo que desafiara el poder de los distintos gobiernos. Su decisión de dar un paseo por Roma antes de la ceremonia de coronación hizo alzar la ceja a más de un tradicionalista de la ciudad por considerar semejante acto una violación del protocolo. Los embajadores de Milán se oponían directamente a su coronación como rey de Italia, y su señor, Francesco Sforza, se había asegurado de que Federico no pudiera poner sus manos en la Corona de Hierro de Lombardía, utilizada normalmente para este fin. Federico supo reaccionar a tiempo, y se hizo coronar como rey de Italia con una corona alemana; sus esponsales con Leonor, hija del rey de Portugal, tuvieron lugar aquella misma tarde, y tres días después, coincidiendo con el aniversario de la coronación del propio papa Nicolás, Federico fue ungido y coronado como titular del Sacro Imperio Romano Germánico en la antigua basílica de San Pedro.[14]

Entre los asistentes a la ceremonia figuraba Poggio Bracciolini, uno de los eruditos más prominentes de la Florencia renacentista e integrante de aquella nueva raza de «humanistas» de Italia. En un principio, el término «humanista» significaba simplemente «estudiante de humanidades», o de artes liberales, una flamante carrera que había ido desarrollándose en el contexto de la recuperación del estudio de los textos clásicos. Aunque esos textos antiguos en griego y latín no eran cristianos, los humanistas del Renacimiento normalmente lo eran (y encontraron en autores del pasado como san Agustín de Hipona a individuos que integraban directamente las dos culturas). El humanismo aún no hacía referencia ni al secularismo ni al ateísmo, pero sí hincapié en la importancia de los actos y valores humanos, lo cual creaba ciertas tensiones con diversos aspectos de la teología cristiana. En particular, sus exponentes defendían un nuevo método intelectual de crítica textual, lo cual llegaría a constituirse en un problema para las autoridades eclesiásticas, especialmente en las discusiones sobre la veracidad de la «Donación de Constantino», documento que pretendía ser un decreto del siglo IV del emperador Constantino, en virtud del cual el papa tenía autoridad sobre el Imperio romano de Occidente. Después de décadas cuestionando la autenticidad de dicho texto, las técnicas humanistas permitieron confirmar el fraude. Las implicaciones del descubrimiento eran enormes, pues se trataba precisamente del documento en el que se basaba la autoridad pontificia. Y en aquellos momentos quedó demostrado que todo era un engaño.

El concepto de humanismo también abarcaba un «humanismo cívico» de mayor aplicación en la práctica, por lo general más asociado con Florencia, que hacía hincapié en la importancia de una participación activa en la vida política de la república, no solo en el mero estudio contemplativo. En términos prácticos, el ascenso de humanistas a cargos con poder político supuso una garantía para el desarrollo de la nueva tendencia intelectual: por ejemplo, por medio de la creación de una cátedra de griego en la Universidad de Florencia. El interés del humanismo por el mundo clásico queda patente en las citas de Bracciolini de antiguos precedentes para la ceremonia de coronación.[15]

De hecho, no es solo el relato de Bracciolini sobre la coronación de Federico lo que pone de relieve la antigüedad de la ceremonia y toda su parafernalia.[16] Fue una oportunidad para que Roma pudiera reafirmar una vez más su centralidad en la política europea, no solo en el cristianismo, sino también en la sanción de los gobernantes temporales. Asimismo, constituyó una ocasión estupenda para ostentar las maravillas de la ciudad ante los visitantes. Nikolaus Muffel, patricio alemán que presidió la delegación de Núremberg en la coronación del emperador, aprovechó la oportunidad para visitar los numerosísimos lugares de peregrinación de Roma, desde la Escalera Santa —que se encontraba en la basílica de San Juan de Letrán— con sus veintiocho peldaños de mármol, hasta la reliquia de las cadenas de san Pedro conservada en la basílica de San Pietro in Vincoli; además, escribió una crónica de su visita.[17] Por mucho que la Iglesia del siglo XV viera constantemente desafiada su autoridad, lo cierto es que la devoción estaba profundamente arraigada en sus fieles, a los que no cabe duda de que 1452 tuvo que parecerles un año de buenos augurios para la cristiandad.

Pero el año siguiente esos buenos augurios se ensombrecieron cuando Constantinopla, la antigua capital oriental del Imperio romano, y la segunda ciudad más grande del mundo, fue conquistada por los turcos otomanos.(2) El fin del Imperio bizantino después de más de mil años de existencia supuso una enorme conmoción psicológica no solo para sus habitantes cristianos griegos, sino también para los gobiernos cristianos del resto del mundo, un «gran terror», en palabras del historiador veneciano de época un poco posterior, Marin Sanudo (1466-1536). La noticia llegó a Venecia el 29 de junio, y los miembros de la asamblea de la ciudad enseguida hicieron correr la voz de que el 28 de mayo la colonia genovesa de Pera en Constantinopla, hogar de muchos mercaderes venecianos, había sido capturada por el sultán, que había ordenado la matanza de todos sus habitantes, hombres y mujeres, excepto las criaturas más pequeñas. Solo por milagro consiguieron escapar dos galeras venecianas. Durante unas semanas la gente tuvo la esperanza de que se tratara de un falso rumor, pero la noticia de la caída de la ciudad se reveló cierta, aunque no en todos sus detalles más escabrosos.[18]

El veneciano Nicolò Barbaro, testigo ocular de lo sucedido, escribió una crónica de los hechos. La conquista había sido planeada con mucha antelación. En el verano de 1452, el sultán Mehmed II, apodado con razón el Conquistador, mandó erigir un castillo a unos diez kilómetros de Constantinopla, y en agosto de ese mismo año tomó como rehenes a dos embajadores del emperador bizantino. (En los últimos doscientos cincuenta años, el imperio había sufrido una espectacular pérdida de territorio, y en aquellos momentos apenas abarcaba la ciudad de Constantinopla y el Peloponeso, en Grecia meridional.) No puede decirse que en el siglo XV el concepto de «inmunidad diplomática» estuviera muy arraigado, pero lo cierto es que Mehmed II se saltó todas las normas establecidas y no tuvo reparos en ejecutar a los dos legados bizantinos. Este acto hizo estallar la guerra. Los otomanos comenzaron a reunir un ejército de (probablemente) cincuenta mil hombres.[19] Antes de que irremediablemente se pusiera sitio a Constantinopla, hubo un largo proceso de escaramuzas y envío de embajadas, en el transcurso del cual llegaron naves venecianas y genovesas en ayuda de la ciudad. Sin embargo, se produjeron tensiones entre los intereses comerciales de los mercaderes de esas dos ciudades estado italianas y la lealtad a los cristianos griegos de Constantinopla (el Imperio bizantino era, en cualquier caso, ortodoxo y no formaba parte de la Iglesia católica). Cuando los gobernantes griegos de la ciudad les pidieron ayuda, los mercaderes venecianos, reunidos en una iglesia, se pusieron a discutir la táctica que debían seguir: ¿tenían que quedarse y ayudar a los griegos, como les habían pedido? Decidieron entregar cinco galeras para la defensa de Constantinopla, pero no tuvieron reparos a la hora de imponer a las autoridades de la ciudad un pago de cuatrocientos ducados mensuales y exigirles el suministro de alimentos para las tripulaciones. Al emperador le preocupaba que los comerciantes venecianos optaran por abandonar la ciudad ante la amenaza otomana, y se negó a permitir que embarcaran sus mercancías —un cargamento de seda, cera, cobre y carmín— por si se les ocurría salir huyendo aprovechando la oscuridad de la noche. No obstante, algunas naves venecianas, incluidas seis de Candía (Creta, por entonces colonia veneciana) lograron zarpar, dejando en la ciudad a parte de sus compatriotas para que ayudaran a fortificar el palacio anticipándose a un posible ataque. Se construyó un puente que unía la ciudad amurallada de Constantinopla a un lado del puerto y el enclave de Pera al otro lado.[20]

El asedio propiamente dicho empezó el 5 de abril de 1453. Para entonces, según cálculos de Barbaro, el sultán ya disponía de un ejército de alrededor de ciento sesenta mil hombres. Otras estimaciones rebajan esa cifra hasta los sesenta mil, de los cuales dos tercios pertenecerían a la caballería.[21] Fuera como fuere, lo cierto es que superaban en número a los sitiados. Para los atacantes la clave consistía en identificar los puntos más débiles de las murallas de la ciudad: a partir de ese momento, todo sería cuestión de bombardear (se decía que el gran cañón otomano, arma que resultaría decisiva para el desenlace del asedio, solía utilizar hasta mil libras de pólvora al día).[22] También se produjeron escaramuzas ocasionales; el 20 de abril, la flota otomana atacó a unos barcos genoveses que no podían navegar debido al viento encalmado. Los cristianos ganaron la partida porque se beneficiaron de un afortunado cambio de tiempo, victoria que Barbaro atribuyó a sus plegarias a Dios. Los turcos volvieron a centrar sus esfuerzos en el combate por tierra, y al día siguiente lograron abrir algunas brechas en la muralla de la ciudad. Reparar inmediatamente cualquier brecha en una muralla era vital para la defensa de una ciudad sitiada, y los habitantes de Constantinopla tuvieron que improvisar y empezaron a llenar barriles con todos los cascotes que encontraron para conseguir reforzar la muralla; también se pusieron a cavar trincheras para contar con una línea defensiva más. Sin embargo, no se habían preparado suficientemente bien, y a comienzos de mayo la ciudad empezó a sentir la escasez de provisiones: el pan y el vino empezaban a brillar por su ausencia. Esa situación tan precaria se vio ligeramente aliviada cuando, en el curso de una noche, una nave veneciana enarboló la bandera del sultán: su tripulación, vestida con uniformes turcos, consiguió engañar al enemigo y acceder a la ciudad con provisiones. Pero el asedio continuó. Los otomanos intentaron abrir galerías para entrar en la ciudad; los griegos frustraron sus planes. Los otomanos construyeron una gran torre de asedio más alta que la muralla, y su propio puente hecho de barriles que se extendía de un lado al otro del puerto, desde Pera hasta la mismísima Constantinopla. Finalmente, el 29 de mayo, tres horas antes del alba, Mehmed ordenó a sus soldados que iniciaran el ataque. La ciudad cayó irremediablemente. Para Barbaro, había sido por voluntad de Dios, pero también en cumplimiento de una antigua profecía que habían hecho ya al emperador Constantino, a quien la ciudad debía su nombre. Solo cabía confiar en la misericordia de Cristo Nuestro Señor y su Madre, la Virgen María.[23]

Barbaro describiría con detalles aterradores la esclavización de prisioneros cristianos por parte de los turcos, los saqueos y la toma de rehenes, la violación de mujeres, monjas incluidas, y luego la «gran matanza de cristianos por toda la ciudad» que llenó las calles de ríos de sangre «cual agua de lluvia que corre por los desaguaderos después de una tormenta intempestiva».[24] Algunas personas trataron de alcanzar la libertad a nado; los acaudalados aristócratas venecianos conocidos de Barbaro que tuvieron la mala suerte de caer prisioneros de los conquistadores fueron obligados a pagar cuantiosos rescates, desde ochocientos hasta dos mil ducados. Lo que probablemente exprese mejor el diario de Barbaro es la gran hostilidad que en aquellos tiempos sentían los cristianos hacia los turcos. Eran «infieles o «impíos», «traicioneros», «pérfidos», «crueles y malvados»; el sultán era un «pagano malvado» y «un perro». Pero la ira más furibunda se reservaba para los cristianos de alto rango que estaban al servicio del sultán.[25] Todo esto no implica que los occidentales fueran por fuerza mucho mejores. Los otomanos no tenían el monopolio de la esclavización de prisioneros de guerra ni de la crueldad en tiempos de hostilidades. Barbaro acusaba a los genoveses de ser «enemigos de la fe cristiana» y de actuar como «perros traicioneros», dispuestos a pactar en secreto con los turcos para frustrar los planes de griegos y venecianos de prender fuego a la flota del sultán.[26] Los genoveses replicaron dando su propia versión de los hechos: un alto oficial de Pera repitió hasta la saciedad que había hecho todo lo posible por defender la ciudad, llegando incluso a contratar mercenarios de la colonia mediterránea de Quíos, así como de la mismísima Génova.[27] El antagonismo entre las ciudades estado italianas siempre estuvo presente. Pero como señalaría el diplomático francés Philippe de Commynes en sus memorias, el objetivo era la humillación: fue «una terrible desgracia para toda la cristiandad sufrir la pérdida de esa ciudad».[28]

Para los otomanos, aquella fue una victoria gloriosa. Un historiador hablaría de «cañones tan grandes como dragones» y contaría cómo los soldados abrieron brechas en las murallas, entraron en Constantinopla, saquearon la ciudad (se les concedieron tres días para hacerse con todo el botín que pudieran) y apresaron a sus habitantes para convertirlos en esclavos; otro hablaría de los «rayos de la luz del islam» que cayeron sobre la ciudad. Los refugiados griegos huyeron hacia el oeste: unos para poder reunir los rescates necesarios para liberar a sus parientes, otros por miedo a una gran persecución; algunos regresaron, y algunos se instalaron en el extranjero.[29] Pero la actividad comercial debía seguir, y los venecianos tenían que gestionar sus finanzas. Enviaron un legado a los nuevos gobernantes, y antes de que transcurriera un año harían las paces con los otomanos.[30]

 

 

La pérdida de Constantinopla absorbería el pensamiento de los hombres a los que los historiadores otomanos denominaban «infieles despreciables».[31] Los estados italianos habían mantenido guerras entre ellos, pero ante semejante calamidad acordaron firmar la paz en 1454 (Tratado de Lodi), y al año siguiente establecieron un pacto común de defensa con la creación de la Liga Itálica. El papa Pío II (Eneas Silvio Piccolomini), nacido en el seno de una familia noble de Siena, fue elegido pontífice en 1458 y pasó buena parte de su papado tratando de organizar una cruzada para recuperar los territorios perdidos. Fue un pontífice cuando menos curioso: los primeros años de su carrera permiten hacerse una idea del estilo de vida que podía llevar por aquel entonces un joven de alto rango. Se había hecho un nombre como poeta de estilo más bien amoroso y como mujeriego. Sus ingeniosas Memorias —en las que hay secciones enteras en código para ocultar mordaces comentarios sobre sus adversarios— cuentan las maravillosas historias de sus viajes. Antes de ascender al solio pontificio había sido diplomático, y como tal había visitado la corte del rey Jacobo II de Escocia; durante esa misión como legado, indica en su autobiografía, declinó la propuesta de dos jóvenes damas que habían planeado acostarse con él, «como era costumbre en ese país».[32] Le encantaban los balnearios que su predecesor, Nicolás V, había mandado construir en la ciudad papal de Viterbo, al norte de Roma, y solía recibir a los visitantes en el jardín, acompañado de su perrito faldero, Musetta. Su vida y sus obras están inmortalizadas en una impresionante serie de frescos que decoran la Biblioteca Piccolomini de la catedral de Siena, en los que aparece como diplomático, como poeta laureado y luego como papa.

Pero el papado de Pío II acabó en decepción a su muerte en 1464. En 1459, el pontífice había convocado un congreso en la ciudad de Mantua para anunciar una cruzada; había enviado legados por toda Europa en busca de apoyos, pero las potencias cristianas mostraron muy poco entusiasmo ante el proyecto, y cuando Pío II murió, aún estaba esperando en la ciudad portuaria de Ancona, a orillas del Adriático, con la vana esperanza de reunir una armada. Los príncipes europeos tenían otras preocupaciones más acuciantes. Francia acababa de ganar la Guerra de los Cien Años (1337-1453), en la que su casa reinante, la de los Valois, había estado combatiendo contra la de los Plantagenet de Inglaterra por el derecho a reinar en Francia. Ramas rivales de la dinastía Plantagenet luchaban por hacerse con el poder en Inglaterra en la llamada Guerra de las Dos Rosas, que no llegaría a su fin hasta que Ricardo II fuera derrotado por Enrique VII en la batalla de Bosworth Field de 1485. España aún no estaba unificada, y tenía problemas dinásticos que resolver para poder estarlo. El interés principal del Sacro Imperio Romano Germánico era defender sus fronteras orientales de las incursiones otomanas y no aventurarse en campañas navales en ultramar.

Por otro lado, las consecuencias de las conquistas turcas tuvieron unos efectos claramente estimulantes para el mundo de la erudición de la península italiana. Ya había un vivo interés por el estudio del griego en círculos cultos, e Italia se convirtió en el hogar ideal para numerosos refugiados griegos, entre ellos Juan Argirópulo, que empezó a enseñar griego y latín en diversas universidades, entre otras la de Florencia como cabeza del departamento griego del «Estudio Florentino» en 1456. En 1439, Argirópulo ya había visitado la península de los Apeninos con motivo del Concilio de Florencia (en el curso del cual se debatió sobre la unificación de las Iglesias de Occidente y de Oriente), y también había estado en Padua, pero tras la caída de Constantinopla decidió que Italia fuera su nuevo hogar: se convirtió en ciudadano de Florencia en 1466, y pasó igualmente largas temporadas en Roma.[33] Por lo general, los refugiados más cultos del Imperio bizantino encontraron trabajo copiando manuscritos o como agentes con el cometido de suministrar textos para las bibliotecas de la élite humanista.[34] Las traducciones de los eruditos griegos tuvieron una gran influencia en Cristóbal Colón, cuyas anotaciones incluyen referencias a la obra del antiguo geógrafo griego Estrabón (64/63 a. C. – 24 d. C.).[35]

Ante aquella amenaza externa que representaba el poder otomano, durante los cuarenta años siguientes a la caída de Constantinopla reinó en la península italiana una paz relativa, por no decir absoluta. Fue una época de renovación y reformas para la Iglesia, así como para la estabilidad política necesaria para que los comerciantes pudieran seguir capitalizando la estratégica posición geográfica de Italia en el centro del Mediterráneo; además, supuso la fase intermedia de un resurgimiento en el mundo de las artes visuales: la era de grandes artistas como Sandro Botticelli en Florencia, Andrea Mantegna y sus frescos para la Camera degli Sposi en Mantua y la restauración de la Capilla Sixtina (los frescos de sus muros —pero no los de su techo— fueron terminados en 1482). Todo ello estuvo precedido por el trabajo de artistas de épocas anteriores, como, por ejemplo, Giotto (1267-1337), entre cuyas innovaciones figuraba el desarrollo de figuras más realistas y naturales, haciendo hincapié en la importancia de la observación, de transmitir emoción y de técnicas tales como el escorzo para dar la sensación de profundidad.

Los avances artísticos del Renacimiento se beneficiaron de los desarrollos económicos de Italia, en particular de los ingresos cada vez mayores de una nueva clase acaudalada de comerciantes. Hay un gran debate en torno a cómo debe ser valorada la gestión económica de los estados italianos a finales del siglo XV y a lo largo del siglo XVI. En 1300, Italia había sido el centro económico más avanzado de Europa, sobre todo debido al número de sus pueblos y ciudades. A partir de 1500, sin embargo, aunque en términos absolutos es cierto que los estados italianos progresaban económicamente, su crecimiento no seguía el ritmo del de las regiones más dinámicas de Europa (al principio, Flandes, Renania y Castilla; más tarde, Inglaterra y los Países Bajos). En este sentido, al margen del impacto de las guerras, la división de Italia constituía un factor determinante: no había ninguna razón lógica para que una ciudad estado italiana cooperara con otras de la península cuando podía tener muchas más oportunidades de sacar un buen provecho colaborando con las grandes potencias extranjeras. Para que llegara la unificación de Italia habría que esperar tres siglos y medio.[36]

Italia era un mosaico de distintos regímenes políticos, y los enfrentamientos de gran envergadura entre las potencias de Europa por hacerse con un trozo de su territorio no constituían ninguna novedad. En el sur, el reino de Nápoles estaba gobernado por una rama principesca de la Corona de Aragón, en el noreste de España. Desde 1268 hasta 1435 había estado bajo el dominio de los angevinos (la casa de Anjou, dinastía relacionada con los soberanos de Francia), que seguían reivindicando su derecho al trono de Nápoles, circunstancia que tendría una importancia capital para el inicio de las llamadas Guerras de Italia a finales del siglo XV. Sin embargo, la última monarca angevina, la reina Juana II (en el trono de 1414 a 1435), tras perder el apoyo de los nobles del reino, había adoptado a Alfonso V de Aragón como hijo y heredero (antes de revocar esta adopción una década más tarde cuando este cayó en desgracia). Todo ello no impidió que Alfonso, a la muerte de la reina, reivindicara sus derechos al trono. El aragonés tenía un rival en la persona de Renato de Anjou, quien a pesar de disfrutar del apoyo del papa y de otros estados italianos, por no hablar de parte de la nobleza local, no consiguió hacer valer sus derechos debido a que cayó prisionero del duque de Borgoña y no obtuvo la libertad hasta 1438. La flota de Alfonso fue derrotada por los genoveses, rivales comerciales del reino de Nápoles y de la Corona de Aragón en el Mediterráneo, pero gracias a una hábil estratagema, su alianza con Milán contra los franceses, en 1442 Alfonso V de Aragón se aseguró el trono en litigio, convirtiéndose así también en Alfonso I de Nápoles; al año siguiente hacía una entrada triunfal en su flamante capital. Obtuvo los elogios del escritor florentino Vespasiano da Bisticci, que hablaría de «su extraordinaria compasión y amabilidad junto a una generosidad extrema» y de «la integridad y la justicia con las que trataba a todos sus súbditos, importantes o no»;[37] era considerado muy piadoso, y pasó a conocérsele como Alfonso el Magnánimo. Cuando falleció en 1458, había conseguido asegurar su gobierno gracias a su buen juicio, delegando sabiamente el poder en algunos nobles (el poder era lo que más le gustaba a la nobleza) y estableciendo un acuerdo diplomático que le garantizaba el reconocimiento papal.[38] No obstante, también había almacenado problemas para el futuro. Había actuado de manera un poco caprichosa en lo tocante a sus alianzas con las potencias extranjeras, y para comprar la fidelidad de los nobles había tenido que equiparlos con los medios que luego utilizarían para desafiar a su sucesor, su hijo bastardo Ferrante (Fernando I de Nápoles).

Después de una serie de controversias con los papas sobre sus derechos a ocupar el trono, Ferrante fue reconocido por Pío II como rey de Nápoles y Jerusalén (este último título era reliquia de la conquista de la ciudad en el siglo XI por parte de los cruzados). Y tras seis años de conflictos con un grupo de nobles napolitanos que apoyaban las pretensiones al trono de su rival, Juan de Anjou (conflictos a los que se vieron arrastrados los Estados Pontificios, Milán, la Corona de Aragón y Albania), logró establecerse como monarca indiscutible. Durante su reinado, que se extendió desde 1458 hasta 1494, reunió una espléndida corte en la ciudad, que se convirtió en hogar de poetas y artistas, aunque este rey nunca haya alcanzado la reputación cultural de un Lorenzo el Magnífico o una Isabel de Este,[39] tal vez porque no han llegado a nosotros tantas construcciones napolitanas de la época que puedan ser admiradas por el visitante moderno, quien solo puede pasear entre los palacios barrocos que salpican la ciudad, o por las ruinas de Pompeya y la costa amalfitana con sus imágenes de postal. Pero lo cierto es que se trataba de una corte renacentista espectacular y que entre los ciudadanos más prominentes de Nápoles figuraban humanistas de la talla de Lorenzo Valla, uno de los que desmontaron el mito de la Donación de Constantino. Al igual que Florencia o Venecia, Nápoles era capaz de producir «figuras del Renacimiento» como el canciller y luego secretario de Ferrante, Giovanni Gioviano Pontano —inmortalizado en los frescos de los llamados «apartamentos Borgia»—, que además de hombre de estado, fue un distinguido poeta y erudito.[40]

Ferrante sobrevivió a los pretendientes al trono que desafiaron su legitimidad y concedió a las ciudades de su reino una serie de privilegios para crear una base alternativa de poder frente a la nobleza.[41] En efecto, en 1471 una historia de Nápoles podía exponer los argumentos de su superioridad ante cualquier otra ciudad: por sus montañas, por sus llanuras, por sus mares y por sus aguas; por sus murallas, por sus calles, por sus casas, por sus iglesias y por sus fuentes; y por su exquisita nobleza.[42] El papa era el señor de Nápoles, y Ferrante debía pagarle un tributo, que podía ser considerable o simbólico, dependiendo de la situación política, pero el rey se aseguraba sus intereses en Roma ofreciendo condotte (contratos para el suministro de tropas mercenarias) a miembros selectos de la nobleza romana, lo que en caso de necesidad le permitía utilizar, al menos durante el periodo de vigencia del contrato, a esos aristócratas para tener amenazado al papa.[43] Adquirió así la fama de cruel como monarca. En respuesta a una conjura de un grupo de nobles en 1485, mandó detener a los conspiradores en medio de una boda que se celebraba en Castel Nuovo, y una vez encerrados en la cárcel los mandó matar. Se contaba que hacía embalsamar los cadáveres de sus enemigos para exhibir las momias en un museo. Independientemente de la veracidad de esta historia, lo cierto es que Ferrante sí supo atemorizar a los hombres de su época actuando como un verdadero canalla. Philippe de Commynes escribiría que «no ha habido hombre más cruel» que Alfonso II, uno de los hijos de Ferrante (Fernando I), «ni más perverso, ni más despiadado, ni más vil», pero que su propio padre había sido aún más temible y peligroso.[44]

Si Ferrante (Fernando I) se dedicó a establecer una dinastía, tras décadas de cisma sus vecinos del norte, los papas, se dedicaron a restablecer otra, con una campaña de renovación y reformas tanto de la ciudad de Roma como de su Iglesia, con el fin de recuperar la gloria perdida.[45] A lo largo de los últimos años del siglo XV, Roma fue convirtiéndose en uno de los grandes centros de Europa. Los representantes de los gobiernos cristianos vivían y trabajaban en la ciudad, atendiendo los asuntos de la Iglesia. A veces también se preocupaban de otros asuntos más mundanos. Al principio, los papas fueron reacios a las embajadas de larga duración, pero poco a poco fueron acostumbrándose a ellas, de modo que con la llegada del siglo XVI Roma ya era claramente el principal centro diplomático de Europa, y llegaban a ella embajadores de los estados del oeste y del este, de la fría Moscovia o de Etiopía. También en el ámbito interno, los asuntos del papa no eran exclusivamente religiosos. Como cabeza de uno de los cinco estados más grandes de Italia, sus tierras le suministraban ingresos y recursos, pero también lo convertían en un monarca temporal con todas las complejidades habituales que entraña el arte de gobernar: mantener el orden social, asegurar el cobro de los impuestos y, en caso de necesidad, reunir un ejército para defender sus territorios. En este sentido, el pontífice poco se diferenciaba del duque de Milán o del rey de Nápoles. Por otra parte, con la excepción de Calixto III (papa desde 1455 hasta 1458), de origen valenciano, los papas del siglo XV fueron todos italianos, y su elección una cuestión de trapicheos políticos italianos. Al sucesor de Calixto III, Pío II, le siguió Pablo II (Pietro Barbo), de origen veneciano; luego vino Sixto IV (Francesco della Rovere), nacido en Liguria; y a continuación Inocencio VIII (Innocenzo Cibo), de Génova. Las facciones de la curia fluctuaban de acuerdo con sus intereses, pero solían alinearse con una u otra potencia extranjera importante, ya fuera Francia, ya fuera el Sacro Imperio Romano Germánico. En la propia Roma, dos familias distinguidas, los Orsini y los Colonna, también desempeñaban un papel primordial. Los estados pequeños de Italia quisieron asegurarse asimismo una representación en la curia, y a lo largo del siglo XV, esta fue quedando cada vez más en manos de las familias italianas, convirtiéndose en una institución también cada vez más aristocrática.[46] Los Gonzaga, que gobernaban en Mantua, lograron que uno de sus hijos fuera nombrado cardenal en 1461, al igual que los Este de Ferrara en 1493. La tradición de reservar unos puestos en el Colegio Cardenalicio para las naciones no italianas no se siguió mucho durante ese periodo, en el cual surgió una nueva costumbre: el nombramiento de sobrinos del papa, esto es, el «nepotismo», término que deriva de la palabra nepote, «sobrino» o «nieto» en italiano.

Además de la nobleza, también las familias italianas más pujantes pretendían conseguir cargos en la curia para sus hijos varones, así como establecer alianzas matrimoniales con familias de papas por medio de sus hijas. La más famosa es la de los Médicis, que, tres generaciones antes, habían hecho fortuna como banqueros de los papas. Su fundador, Juan de Médicis (Giovanni di Bicci de’ Medici en italiano), había construido su imperio en Florencia gracias al comercio de la lana y a la banca, aunque a la familia no le faltaron nunca los enemigos. En 1433, unos rivales suyos consiguieron, con maniobras y tejemanejes políticos, enviar al hijo de Juan, Cosme (llamado «el Viejo») al exilio, pero los Médicis supieron superar el golpe y lograron establecerse como la primera familia de la república (aunque todavía no como señores hereditarios). En 1440, Florencia derrotó a Milán en la batalla de Anghiari, una victoria icónica que vino a confirmar el poderío de la ciudad estado. Ser banquero del papa —o de la realeza— era un trabajo que podía proporcionar mucha riqueza, pero también acarrear considerables peligros. En 1478, el nieto de Juan, Lorenzo el Magnífico, cayó en desgracia ante el papa Sixto IV. En aquel entonces, los Médicis y sus aliados dependían cada vez más del papel que desempeñaban en el gobierno de la ciudad para reafirmar su poder, pues sus negocios bancarios pendían de un hilo. En consecuencia, decidieron reforzar su control de las instituciones. Establecieron comités especiales para investigar a los aspirantes a los puestos de la administración y utilizaron los estados de alerta militar para justificar la creación de estructuras que funcionaban al margen de la normativa habitual. Para conservar el poder, confiaron en una red de alianzas y en unas tácticas —cada vez más dudosas— de selección de candidatos en cuanto se presentaba alguna elección.

Los detractores de los Médicis eran muchos: desde los oligarcas rivales que pretendían reemplazarlos y tomar las riendas de la política de Florencia hasta otros individuos de clase social inferior. No sorprende, pues, que sus adversarios, principalmente los Pazzi, trataran de derrocar su gobierno por medio de la conspiración y el asesinato. Esta familia contaba con el apoyo del papa Sixto IV, que entró en conflicto con los Médicis por la cuestión de la compra de la ciudad de Imola. Aunque al final los conspiradores consiguieron asesinar a Juliano de Médicis, hermano de Lorenzo, tras la celebración de una misa en la catedral de Florencia, su plan de acabar también con la vida de Lorenzo se vio frustrado. Sixto IV confiaba en que, tras la conjura de los Pazzi, se produjera un ataque contra Florencia por parte de los napolitanos. Lorenzo, sin embargo, evitó dicho ataque con un espectacular acto de diplomacia que llevó a cabo en primera persona: zarpó rumbo a Nápoles y convenció al rey Ferrante (Fernando I) de que no sigu

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos