Fantasmas (Los mejores clásicos)

Henry James

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Para entender cómo creaba sus apariciones el autor de Otra vuelta de tuerca, antes debemos analizar ciertos aspectos de su historia. Una manifestación fantasmal tiñó toda la infancia y la juventud de Henry James. Ocurrió cuando aún era un niño de cuna. Henry James padre se había llevado al extranjero a la familia, que en la primavera de 1844 residía en una casa situada junto a Windsor Park, en Inglaterra. Henry padre era un teólogo aficionado a estudiar la Sagrada Escritura. Se trataba de un hombre ocupado, sociable y muy activo a pesar de tener una pierna de madera, resultado de un accidente infantil. Poseía un temperamento alegre, el típico ingenio irlandés y una enérgica elocuencia. En sus últimos años, en un libro titulado Society the Redeemed Form of Man, en el capítulo «My Moral Death and Burial», describía cómo un día, estando en su casa de Windsor, tras disfrutar de una buena comida, contemplaba ociosamente las brasas sentado, «sin pensar en nada, sintiendo solo la euforia derivada de una buena digestión». Tenía la mente dispersa, entregada a pensamientos y sueños vagos, cuando de pronto experimentó ese «terror y temblor» que se describe en los Salmos y del que han dado testimonio muchos visionarios y santos. Tuvo una horrible sensación de pánico. «Por lo que sé —escribió Henry padre—, se trataba de un terror inmenso y vil, sin causa aparente.» No vio nada. La luz del día entraba en la habitación, las brasas del hogar estaban al rojo vivo y la mesa con las sobras de la comida estaba frente a él. No obstante, tuvo la certeza de que había «una forma maldita, invisible para mí, dentro de los límites de la habitación, cuya fétida personalidad irradiaba influencias fatales para la vida». Al cabo de diez segundos, se sintió «destrozado», reducido «de un estado de hombría firme, vigorosa y jovial a otro de infancia casi desvalida». Permaneció paralizado en su silla. Recordaba que quiso pedir ayuda, quiso correr hasta el borde del camino y rogar a los transeúntes que lo protegieran de aquella visión perversa. Sin embargo, consiguió controlar sus «frenéticos impulsos». No supo cuánto tiempo había pasado, aunque calculaba una hora, durante la cual se vio «golpeado por una tempestad creciente de dudas, angustia y desesperación, sin alivio alguno por parte de las verdades que había conocido en mi vida, salvo un atisbo muy pálido y distante de la existencia divina». Al final halló fuerzas para abandonar la lucha y pedir ayuda a su esposa.

Las secuelas de este suceso sobrenatural quedaron inscritas en los anales de la familia: durante los dos años siguientes Henry padre padeció una «horrible afección de la mente», para la que los médicos recomendaron descanso, sueño y «curas» en balnearios. Nada dio resultado, hasta que una dama le aconsejó las obras de Emmanuel Swedenborg, el visionario sueco, en cuyos libros y enseñanzas halló calma y consuelo el padre del novelista. Swedenborg le ofreció la imagen de un hombre con el aspecto divino de Dios, capaz de conversar con los ángeles, que le ayudó a superar su miedo hacia la deidad calvinista de la ira. Como era de esperar, esa «devastación» —pues así llamaban los seguidores de Swedenborg a su momento de terror y temblor— se convirtió en un profundo recuerdo familiar. Desde pequeño, Henry James adquirió el concepto del mal no humano, la idea de que los fantasmas podían aparecérsele al hombre a plena luz del día.

En sus años de juventud, William James, hermano mayor del novelista y fundador de la psicología funcional en Estados Unidos, tuvo una experiencia que casi parecía una repetición de la de su padre, aunque él concretó la forma invisible del mal. Al dar testimonio del suceso, recuerda que se hallaba en un estado de «pesimismo filosófico y depresión del ánimo en general». Una noche entró en un vestidor de su casa, en busca de algo, «cuando de pronto, sin previo aviso, cayó sobre mí, como si saliera de la oscuridad, un miedo horrible hacia mi propia existencia». El miedo se encontraba encarnado en el recuerdo de un paciente epiléptico que había visto en el psiquiátrico, «un joven moreno de piel verdosa, con problemas mentales graves, que se pasaba el día entero sentado en uno de los bancos, o más bien repisas, que había contra la pared, con las rodillas dobladas y la barbilla apoyada en ellas, y la áspera camiseta gris, que era su única vestimenta, cubriéndolas y envolviendo toda su figura. Permanecía allí sentado como una especie de gato egipcio esculpido o momia peruana, moviendo solo sus ojos negros y con una apariencia nada humana». «Esa forma soy yo —pensó William James—, al menos en potencia», y se transformó en «una masa temblorosa de miedo». Como le había ocurrido a su padre, durante días se despertó con «la sensación de la inseguridad de la vida». Nunca antes había experimentado esa inseguridad, y nunca más volvió a sentirla. «Fue como una revelación», dijo.

William James investigó acerca del ocultismo durante toda su vida, al margen de sus estudios psicológicos y filosóficos. Asistió a sesiones de espiritismo, estudió a los médiums e investigó cada manifestación del «mundo de los espíritus» que llegó a sus oídos. Al final acabó escribiendo su inspirado libro Las variedades de la experiencia religiosa.

Aunque el joven Henry James no vivió experiencias comparables a las de su padre y su hermano, recordó en su autobiografía una pesadilla que describió como «espantosa», calificándola al mismo tiempo de «admirable» y «aventura de ensueño», pues en ella se mezclaban el miedo y el placer. El novelista soñó que se defendía aterrado contra un invasor, luchando por impedir que abriera la puerta de su dormitorio, cuando de repente cambió la situación: la puerta estaba abierta. Sin embargo, vio que el monstruo, en lugar de entrar, se alejaba a toda velocidad, entre rayos y truenos, por un gran corredor lleno de obras de arte. Henry James reconoció el lugar: era la galería de Apolo, en el Louvre. Lo que había empezado como una pesadilla en la que se enfrentaba a un monstruo acabó en una victoria absoluta. A diferencia de su padre y de su hermano podría haber dicho como el doctor Johnson: «Señor, soy yo quien ha asustado al fantasma». Reveló que tuvo este sueño ya en su madurez, lo cual resulta muy interesante: sería entonces posterior al período en que escribió la mayoría de sus relatos de fantasmas y sugiere que, de algún modo extraño, podía tener sueños terroríficos sin que eso le afectase, pues conseguía controlar y alejar de sí el terror. Al parecer, tuvo que librar esta clase de batalla reiteradamente, pues hay testimonios de que tuvo otros sueños similares. Lady Ottoline Morrell narra en sus memorias que el escritor le contó un sueño en el que «se hallaba en una casa o tienda llena de muebles, habitaciones inmensas de hermosos armarios, sillas y mesas. Él deambulaba por toda la casa percibiendo una vaga presencia misteriosa. Al final, cuando llegó al piso de arriba, se encontró en una sala en la que había un anciano sentado en una silla. [...] Le gritó al hombre: “Tienes miedo de mí, cobarde”. El hombre dijo: “No”. Henry James respondió: “Sí que lo tienes, lo sé. Veo el sudor de tu frente”».

En estas pesadillas hay una extraordinaria «maniobra» onírica. James empieza con una intensa sensación de terror o de angustia; luego, en el mismo sueño realiza un acto que contrarresta esa angustia. Amenazado, da la vuelta a la situación y se convierte en el ser amenazante. Esto último queda reflejado en el relato del sueño del Louvre con la frase: «Yo, en mi aterrado estado, seguía siendo quizá más espantoso que el horrible agente, criatura o presencia». Nunca olvidaría que una persona aterrorizada que ve a un fantasma también puede resultar pavorosa. Ello se nos sugiere con claridad en Otra vuelta de tuerca. También es el tema de su inacabada novela de fantasmas El sentido del pasado, en la que un hombre del presente viaja al pasado y queda horripilado ante la posibilidad de quedar atrapado en él. Inmerso en su miedo, crea mientras tanto la misma sensación en todos los demás personajes. Los sueños de confrontaciones adoptan la forma de un «yo» y un «no yo» enfrentados, como en su mejor cuento sobrenatural, «El rincón feliz».

Los relatos de fantasmas de Henry James surgieron de esas experiencias familiares y de sus ocultos sueños e imaginaciones, de la idea del novelista de que el hombre mantiene cierta relación con unas fuerzas impenetrables y misteriosas que escapan a uno mismo, que escapan al control humano tal como habían escapado al control de su padre o de William. Eso lo llevó a escribir no solo relatos en los que aparecen fantasmas materializados, sino de otro tipo, al que describió como «horripilante» y «casi sobrenatural». Sus primeros cuentos, los de la década de 1860, son bastante convencionales. El segundo grupo, en el que se incluye la novela corta Otra vuelta de tuerca, corresponde a su madurez, etapa en la cual sufría una gran angustia y depresión. Fue en estos relatos en los que consolidó su «fantasma diurno», que camina sin sábana blanca, manchas de sangre, alaridos, ruidos espantosos y otros elementos góticos. La última serie, escrita a principios del siglo XX, contiene algunos de sus espectros y antiespectros más interesantes, unos demoníacos y aterradores, otros bondadosos y en ocasiones hasta cómicos. En muchos de los mejores relatos de Henry James no aparecen fantasmas, y sin embargo se desarrollan en un ambiente en el que reina «lo extraño y siniestro entretejidos junto con lo más normal y sencillo». Como ocurrió con la «devastación» de su padre, intentaba crear lo que cabría describir como «el terror de lo cotidiano».

Inevitablemente, la calidad de los relatos es irregular a lo largo de los distintos períodos. No obstante, todos son obra de un narrador nato, y hasta cuando cuenta una historia muy trillada, como la aparición de «El alquiler del fantasma», logra infundir un ambiente de terror sutil en su descripción de la vieja casa y en el estado de ánimo del estudiante de teología de Harvard. Uno de sus mejores cuentos es «Los amigos de los amigos», en el que organiza los hechos de modo que no puedan cuestionarse ni verificarse. En cuanto a los inquietantes «El altar de los muertos» y «La bestia en la jungla», no son relatos de fantasmas tradicionales, sino que narran sucesos extraños en la vida de desasosegados caballeros de mediana edad. El «Altar» se convierte en una especie de reunión de espectros con sus velas encendidas para los muertos; «La bestia en la jungla» es tanto el retrato de una obsesión —es decir, de una angustia inmediata— como la historia del horror del ser humano hacia el anonimato eterno. En su evocación de unos oscuros seres en un mundo urbano vago y crepuscular, este relato se anticipa a lo escalofriante de Kafka y al «absurdo» moderno.

Aunque los críticos no se ponen de acuerdo sobre la interpretación de Otra vuelta de tuerca, coinciden plenamente en que constituye una obra maestra en su género. James dijo que en esta novela (adaptada a todos los medios modernos, incluida la ópera) pretendía conseguir que el aire «apestara» a maldad. Está narrada por una joven institutriz en un manuscrito que ha dejado tras su muerte. Lo que está en juego es la credibilidad de esa joven en calidad de testigo. En el prefacio, James nos da una pista cuando afirma haber tenido que mantener «cristalino» su testimonio por el gran número de anomalías y oscuridades que describía. Sin embargo, añade enseguida estas palabras significativas: «Con esto no me refiero, desde luego, a la explicación que ella pueda dar de tales anomalías, un asunto muy distinto». No hay duda alguna de que la joven ve los fantasmas de Peter Quint y de la señorita Jessel. Observamos también que está haciendo un esfuerzo extraordinario para mantener la calma ante el mal que teme. Sin embargo, este se halla en su propia mente: cuando ella expresa la «certeza» de que los fantasmas han venido a buscar a los niños, el lector debe decidir si está declarando un hecho o enunciando una teoría. Al echar la vista atrás, descubrimos que en su relato detallado del comportamiento de los niños los muestra como «normales». El pequeño Miles quiere saber cuándo va a volver a la escuela, y la escapada de la pequeña Flora con el barco es muy propia de una niña de ocho años. La institutriz, no obstante, consigue que su comportamiento parezca siniestro. La auténtica «vuelta de tuerca», el particular giro del cuento, reside en lo que la joven está haciendo a los pequeños, quienes, por su lado, tratan de adaptarse a su visión.

James dijo que su interés era «transmitir a los niños el mal y el peligro más infernales que pudieran imaginarse: la condición por su parte de estar tan expuestos como cabe humanamente concebir que estén los niños». Expuestos no a los fantasmas, a los cuales ni siquiera ven, sino a la institutriz, que sí los ve. En la escena final, horrible en su intensidad y violencia, la institutriz obtiene una extraña victoria. Cree haber logrado sacar al espíritu malvado del pequeño Miles y haber salvado así su alma. Sin embargo, como en los cuentos de posesión diabólica, «su pequeño corazón, desposeído, había dejado de latir». Otra vuelta de tuerca es una contundente historia de posesión, como las antiguas fábulas de demonios y dibbuks, y quien la sufre es la institutriz. Su imaginación malévola y demoníaca convierte sus angustias y sentimientos de culpa, sus imaginaciones románticas y sexuales, que considera «pecaminosas», en apariciones y espíritus malditos. Al intentar afrontar sus propios demonios, contagia a quienes la rodean, del mismo modo que Hitler, delirando y vociferando, contagió a una nación entera con su histeria. El contagio, cualidad epidémica de la imaginación malévola, constituye el máximo horror del cuento de James. Tal vez sea ese el motivo de que muchos lo consideren el relato de fantasmas más aterrador que jamás hayan leído.

Su efecto deriva de la teoría del autor acerca de lo sobrenatural. «Si los hechos aparecen velados —explicó—, la fantasía se desboca y pinta toda clase de horrores, pero en cuanto se alza el velo desaparece el misterio.» En Otra vuelta de tuerca todo resulta ambiguo: cada elemento parece concreto, y sin embargo el autor siempre evita dar detalles. La novela en sí, nos dice, es una copia del viejo manuscrito. La institutriz no tiene nombre. No se describe a sí misma, ignoramos cómo va vestida y apenas sabemos nada de su pasado. Solo conocemos sus abundantes y descabelladas fantasías. En el prefacio, escrito diez años después de publicar la obra, se muestra explícito: le ha dado a cada lector un cheque en blanco y le ha pedido que retire cuantos fondos necesite de su banco privado de horror. «Únicamente debes conseguir que la visión del mal que el lector tiene en general sea lo bastante intensa [...], y su propia experiencia, su propia imaginación [...] le proporcionarán los suficientes detalles. Oblígale a que imagine el mal, haz que piense en él por sí mismo, y quedarás liberado de detalles inconsistentes.»

James hablaba de los fantasmas de la señorita Jessel y de Peter Quint como si no lo fueran en el sentido habitual del término, sino «duendes, elfos, diablillos, demonios construidos con tan poco rigor como aquellos de los antiguos juicios por brujería». Representan cualquiera de las formas adoptadas por las hadas buenas y malas de la mente, las brujas violentas o las hadas «de leyenda que cortejan a sus víctimas para verlas danzar a la luz de la luna». Para él, la historia de fantasmas era «la forma más cercana al cuento de hadas». En este, grandes maravillas resultan reales para los niños: aparecen ogros y gigantes, la Cenicienta encuentra a su príncipe, vuelan las alfombras. Así, los prodigios de la imaginación, en el relato de fantasmas —los duendes y demonios del mundo interior del hombre—, adoptan su forma y se convierten en los prodigios del arte del narrador.

El autor lo expresó de otro modo en la gran escena teatral de La copa dorada, su última novela. La protagonista, Maggie, observa una partida de bridge en la que su marido infiel y la amante de este forman equipo. Ella piensa en «el horror de hallar al mal asentado a sus anchas donde solo había soñado que podía hallarse el bien, el horror de la realidad que se encontraba detrás, detrás de todo aquello en que tanto había confiado, de todo aquello que tanto había pretendido: detrás de la nobleza, la inteligencia, la ternura». Aquella es la primera «falsedad cortante» que ha conocido en su vida, y James la imagina como si se tratara de un fantasma: «se había enfrentado con Maggie como un extraño de rostro mal encarado sorprendido en uno de los corredores de suelo cubierto por una gruesa alfombra en una casa silenciosa, el domingo por la tarde».

Este es el mayor espanto que uno pueda experimentar: una casa silenciosa, el domingo por la tarde, y de pronto una presencia abominable, el horror de la realidad que se encuentra detrás de la calma aparente. Los hechos conocidos no suponen ningún problema; lo que afecta al corazón y a la mente es lo misterioso, lo extraño, el horror imaginado, la realidad que se encuentra detrás.

En su condición de artista, Henry James se niega a racionalizar. No está dispuesto a explicar la devastación de su padre. Aunque ese terrible fantasma era invisible, el espanto que provocó resultó ser auténtico; lo que sintió ante aquella aparición fue horrible. Él intentaba captar esa clase de realidad en la experiencia oculta. Por eso sus relatos de fantasmas, incluso los que escribió maquinalmente para los números navideños de varias revistas, contienen una sensación de extrañeza, una evocación de un mundo impalpable, de espectros privados. El novelista aportó pocas situaciones nuevas en el ámbito de lo sobrenatural, no inventó ninguna aparición inquietante. No obstante, tomó este manido género y lo enriqueció de forma extraordinaria. Nos mostró que lo irreal y lo fantasmagórico se conectan en un centenar de puntos con la experiencia cotidiana, y atrajo a sus lectores al mundo misterioso de las apariciones diurnas mediante una sutil comprensión de lo que un contador de historias puede hacer por sus oyentes, como el narrador de Las mil y una noches. De forma extraña, consiguió que camináramos en su compañía, a la luz del día, en nuestra propia vida y con nuestros propios fantasmas.

LEON EDEL

Nueva York

1970

cap-2

CRONOLOGÍA

1843Henry James nace el 15 de abril en la ciudad de Nueva York, en el número 21 de Washington Place. Fue el segundo de los cinco hijos de Henry James (1811-1882), teólogo especulativo y pensador social, cuyo padre, un estricto emprendedor, había amasado una fortuna estimada en tres millones de dólares, una de las más importantes de Estados Unidos en aquella época; y de su esposa, Mary (1810-1882), hija de James Walsh, un comerciante neoyorquino de algodón de origen escocés.

1843-45Acompaña a sus padres a París y a Londres.

1845-47La familia de James regresa a Estados Unidos y se instala en Albany, Nueva York.

1847-55La familia se instala en la ciudad de Nueva York. James se educa con tutores y en escuelas privadas.

1855-58La familia viaja por Europa: Ginebra, Londres, París, Boulogne-sur-Mer. A la vuelta a Estados Unidos se instala en Newport, Rhode Island.

1859-60La familia vuelve a Europa: James asiste a la escuela científica y luego a la Academia (más tarde Universidad) de Ginebra. Aprende alemán en Bonn.

En septiembre de 1860 la familia regresa a Newport. James entabla amistad con el futuro crítico T. S. Perry (que recuerda que James «no dejaba de escribir relatos, sobre todo relatos románticos») y el artista John La Farge.

1861-63Se lesiona la espalda mientras ayuda a extinguir un incendio en Newport y queda exento de prestar servicio en la guerra de Secesión (1861-1865).

En el otoño de 1862 ingresa en la facultad de Derecho de Harvard, donde estudiará durante un cuatrimestre. Comienza a enviar sus relatos a revistas.

1864Su primer relato, «A Tragedy of Error», se publica en febrero de manera anónima en la revista Continental Monthly.

En mayo la familia se traslada al número 13 de Ashburton Place, Boston, Massachusetts.

En octubre James publica una reseña sin firmar en la North American Review.

 

1865Su primer relato firmado, «Historia de un año», aparece en marzo en la revista Atlantic Monthly. Publica una crítica en el primer número de The Nation (Nueva York).

1866-68Continúa escribiendo reseñas y relatos.

En el verano de 1866 W. D. Howells, novelista, crítico y editor influyente, se convierte en su amigo.

En noviembre de 1866 la familia se traslada al número 20 de Quincy Street, junto a Harvard Yard, en Cambridge, Massachusetts.

1869Por motivos de salud viaja a Europa, donde conoce a John Ruskin, William Morris, Charles Darwin y George Eliot; también visita Italia y Suiza.

1870Su queridísima prima Minny Temple muere en Estados Unidos en marzo.

En mayo James vuelve a Cambridge de mala gana, todavía afectado.

1871Su primera novela corta, Guarda y tutela, aparece por entregas entre agosto y diciembre en la revista Atlantic Monthly.

 

1872-74Acompaña a su hermana inválida, Alice, y a su tía Catherine Walsh («tía Kate») a Europa en mayo de 1872. Escribe crónicas de viaje para The Nation. Entre octubre de 1872 y septiembre de 1874 pasa temporadas en París, Roma, Suiza, Homburg e Italia sin su familia.

En la primavera de 1874 comienza en Florencia su primera novela larga, Roderick Hudson. En septiembre regresa a Estados Unidos.

1875Publica en enero Un peregrino apasionado y otros cuentos, la primera de sus obras que apareció en forma de libro. Le siguieron Transatlantic Sketches (apuntes de viaje) y Roderick Hudson, en noviembre. Pasa seis meses en Nueva York, en el número 111 de la calle Veinticinco Este, y luego tres meses en Cambridge. El 11 de noviembre llega a París, al número 29 de la rue de Luxembourg, como corresponsal para el New York Tribune.

En diciembre comienza una nueva novela, El americano.

 

1876Conoce a Gustave Flaubert, Iván Turguénev, Edmond de Goncourt, Alphonse Daudet, Guy de Maupassant y Émile Zola.

En diciembre se muda a Londres y se instala en el número 3 de Bolton Street, cerca de Piccadilly.

1877Visita París, Florencia y Roma.

El americano se publica en mayo.

1878Conoce a William Gladstone, Alfred Tennyson y Robert Browning.

En febrero se publica el primer libro de James en Londres, la colección de ensayos French Poets and Novelists.

La novela corta Daisy Miller aparece por entregas en The Cornhill Magazine durante el mes de julio, y Harper’s la publica en noviembre en Estados Unidos, afianzando así el renombre de James a ambos lados del Atlántico. En septiembre publica Los europeos (novela).

1879En diciembre publica Confianza (novela) y Hawthorne (estudio crítico).

1880En diciembre publica Washington Square (novela).

1881Regresa a Estados Unidos en octubre; visita Cambridge.

En noviembre publica Retrato de una dama (novela).

1882Su madre muere en enero. Visita Nueva York y Washington D. C.

En mayo viaja a Inglaterra, pero en diciembre regresa a Estados Unidos a causa de la muerte de su padre.

1883En verano vuelve a Londres.

En noviembre Macmillan publica su obra narrativa completa en catorce volúmenes.

En diciembre publica Portraits of Places (crónicas de viaje).

1884Su hermana Alice se traslada a Londres y se instala cerca de James.

En septiembre publica A Little Tour in France (crónicas de viaje) y Tales of Three Cities; «El arte de la ficción», su importante proclama artística, aparece en Longman’s Magazine. Entabla amistad con R. L. Stevenson y Edmund Gosse. En una carta a su amiga estadounidense Grace Norton escribe: «Nunca me casaré [...]. Ya soy lo bastante feliz y lo bastante desgraciado tal como están las cosas».

1885-86Publica dos novelas por entregas: Las bostonianas y La princesa Casamassima. El 6 de marzo de 1886 se muda a un piso en De Vere Gardens 34.

1887Visita Florencia y Venecia durante la primavera y el verano. Prosigue su amistad (iniciada en 1880) con la novelista estadounidense Constance Fenimore Woolson.

1888Publica El eco (novela), Los papeles de Aspern (novela corta) y Partial Portraits (crítica).

1889Publica la colección de relatos Una vida en Londres.

 

1890Publica La musa trágica (novela).

1891La adaptación teatral de El americano se representa durante una corta temporada en Londres y provincias.

1892En febrero publica La lección del maestro y otros relatos.

En marzo muere en Londres Alice James.

1893Publica tres volúmenes de relatos: The Real Thing (marzo), La vida privada (junio) y The Wheel of Time (septiembre).

1894Mueren Constance Fenimore Woolson y R. L. Stevenson.

1895La obra Guy Domville se estrena el 5 de enero en el Saint James Theatre y es recibida con abucheos y aplausos; James abandona durante años la dramaturgia.

Visita Irlanda. Se aficiona al ciclismo. Publica dos volúmenes de relatos: Terminations (mayo) y Embarrassments (junio).

1896Publica La otra casa (novela).

1897Publica dos novelas: El expolio de Poynton y Lo que Maisie sabía.

En febrero empieza a dictar sus obras, debido a problemas de muñeca.

En septiembre alquila Lamb House, en Rye, Sussex.

1898Se muda a Lamb House en junio. Entre sus vecinos de Sussex están los escritores Joseph Conrad, H. G. Wells y Ford Madox Hueffer (Ford).

En agosto publica En la jaula (novela corta).

Otra vuelta de tuerca, una historia de fantasmas incluida en The Two Magics, se convierte en octubre en su obra más popular desde Daisy Miller.

 

1899En abril publica la novela La edad ingrata.

En agosto compra Lamb House en propiedad.

1900Se afeita la barba.

En agosto publica una colección de relatos, The Soft Side.

Entabla amistad con la novelista estadounidense Edith Wharton.

1901En febrero publica la novela La fontana sagrada.

1902En agosto publica la novela Las alas de la paloma.

 

1903En febrero publica la colección de relatos Lo más selecto.

En septiembre publica la novela Los embajadores.

En octubre publica la biografía William Wetmore Story and his Friends.

 

1904En agosto viaja en barco a Estados Unidos, su primera visita en veintiún años. Pasa por Nueva Inglaterra, Nueva York, Filadelfia, Washington, el Sur, San Luis, Chicago, Los Ángeles y San Francisco.

En noviembre publica la novela La copa dorada.

 

1905El presidente Theodore Roosevelt lo invita en enero a la Casa Blanca. Lo eligen miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras.

De vuelta en Lamb House en julio, comienza a revisar sus obras para la New York Edition, la edición estadounidense de sus obras completas: The Novels and Tales of Henry James. En octubre publica English Hours (ensayos de viaje).

1906-08Selecciona, ordena, prologa sus obras y encarga ilustraciones para la New York Edition, publicada entre 1907 y 1909 en veinticuatro volúmenes.

1907En enero publica The American Scene (ensayos de viaje).

1908En marzo, se representa la obra The High Bid en Edimburgo.

1909En octubre publica Italian Hours (ensayos de viaje). Problemas de salud.

1910En agosto viaja a Estados Unidos con su hermano William, quien muere una semana después de su regreso.

En octubre publica The Finer Grain (relatos).

1911Vuelve a Inglaterra en agosto.

En octubre publica La protesta (novela adaptada a partir de la obra de teatro). Comienza a trabajar en una autobiografía.

1912En junio es investido doctor honoris causa por la Universidad de Oxford.

En octubre alquila un piso en el número 21 de Carlyle Mansions, en Cheyne Walk, Chelsea; padece de culebrilla (herpes zóster).

1913En marzo publica Un chiquillo y otros (primer volumen de su autobiografía).

John Singer Sargent le pinta un retrato con motivo de su setenta cumpleaños (15 de abril).

1914En marzo publica Notes of a Son and Brother (segundo volumen de su autobiografía).

Estalla en agosto la Primera Guerra Mundial; James se compromete fervientemente con la causa británica y ayuda a refugiados belgas y soldados heridos.

En octubre publica Notes on Novelists.

 

1915Es nombrado presidente de honor del Cuerpo de Ambulancias de los Voluntarios Americanos.

En julio se convierte en ciudadano británico.

Escribe una serie de ensayos sobre la guerra (recogidos en Within the Rim, 1919) y el prólogo de Letters from America (1916), del poeta Rupert Brooke, fallecido el año antes.

El 2 de diciembre sufre un derrame cerebral.

1916Recibe la Orden del Mérito en la ceremonia de las Condecoraciones de Año Nuevo. Muere el 28 de febrero. Tras su funeral en la Vieja Iglesia de Chelsea, su cuñada, clandestinamente, se lleva las cenizas de vuelta a Estados Unidos, donde son enterradas en la parcela familiar, en Cambridge.

cap-3

NOTA SOBRE LA EDICIÓN

En 1948 Leon Edel, editor y biógrafo máximo de Henry James, reunió en el volumen The Ghostly Tales of Henry James (Rutgers University Press, New Brunswick) los dieciocho relatos del autor que se han considerado tradicionalmente de temática fantástica o sobrenatural. Al cabo de dos décadas los reeditó, escribiendo una nueva introducción, revisando los textos y añadiendo prefacios acerca de su procedencia (casi pequeños ensayos, tras años de acumular documentación), con el título Stories of the Supernatural (Barrie & Jenkins, Londres, 1971). Justificaba el cambio de título aduciendo que se ajustaba más al carácter de los relatos, al englobar tanto las apariciones como los fantasmas psicológicos, y al dar cuenta del interés de Henry James en la percepción extrasensorial, el espiritismo y las ciencias ocultas.

Seguimos aquí la última edición de Edel, pero no reproducimos los relatos «Sir Dominick Ferrand», «El altar de los muertos», «Los amigos de los amigos», «Maud-Evelyn» y «La tercera persona», ya incluidos en la amplia antología del autor titulada Relatos, al cuidado de Luis Magrinyà y recientemente aparecida en este mismo sello, ni tampoco la novela corta Otra vuelta de tuerca, publicada asimismo en Penguin Clásicos como volumen exento.

Por último, hacemos nuestra la recomendación de Leon Edel: «Leer primero los relatos y después, solamente después, sus prefacios. Ya que, en realidad, las historias de fantasmas deben leerse, como el mismo James defendía, como los cuentos de hadas de nuestra infancia... ¿Y acaso vimos alguno jamás que llevara prefacio?».

cap-4

Fantasmas

cap-4

La leyenda de ciertas ropas antiguas

cap-5

 

 

 

En este primer relato sobrenatural se revela ya el método narrativo que, en adelante, Henry James emplearía: cuenta una historia cotidiana sobre la vida en la Nueva Inglaterra puritana y sobre la rivalidad de dos hermanas. El suceso esotérico se reserva para el final. El autor parece tomar el relevo de Hawthorne, y la palabra «leyenda» del título hace referencia a esa mezcla de lo «extraordinario» con lo real que lo caracterizaba. Sin embargo, allí donde Hawthorne introduce una sensación de atmósfera suprahumana a lo largo de sus cuentos, James construye primero un cuadro detallado, y solo entonces está preparado para insertar el elemento fantasmal.

Cuando se publicó este relato en el Atlantic Monthly de febrero de 1868, Henry James tenía veinticinco años. Era su primer cuento de fantasmas y la séptima historia que publicaba. En 1866, su familia se mudó de Boston a Cambridge, un año después de que publicase su primera obra, y a partir de ese momento el autor permaneció en casa, llevando una existencia tranquila y sedentaria, dedicado a escribir críticas literarias y relatos breves, hasta que realizó su primer viaje a Europa en 1869, ya adulto. En la época en que escribió «La leyenda de ciertas ropas antiguas» describía la vida en Cambridge, «o al menos en esta casa», como «animada como un sepulcro interior». En una carta a William James, quien se encontraba entonces en Alemania, se quejaba de no tener vida social: «Cuando anochece, ya estoy cansado de leer y sé que debería hacer otras cosas, ¿cómo puedo ir al teatro en Boston? Lo he intentado ad nauseam. Y lo mismo con las visitas. A quién». De estas pocas palabras podemos deducir en qué consistía principalmente la vida de Henry James en 1867 y 1868: la literatura, el teatro, su escritorio, alguna visita esporádica, con los viajes en coche de caballos de Cambridge a Boston como toda aventura nocturna.

Henry James revisó este relato con la intención de que apareciese en su primera colección de cuentos, Un peregrino apasionado y otros cuentos (1875), y diez años más tarde lo revisó de nuevo, más en profundidad, para incluirlo en sus tres volúmenes de Stories Revived (1885). El que aquí se recoge es la última versión. Al regresar al relato para el volumen de 1885, modificó los nombres de algunos de los personajes. Los cambios más significativos fueron el del apellido Willoughby a Wingrave (que volvería a utilizar en otro cuento de fantasmas) y el nombre de la hermana mayor, Viola, a Rosalind. En 1885, James había confirmado su costumbre de elegir nombres que tuvieran una relación no solo con los personajes sino también con el tema del propio relato. La Rosalind de Shakespeare era una criatura más agresiva que Viola; o, para definirlo en términos de jardinería, la violeta es una flor tímida, a diferencia de la rosa y sus espinas. Este cuento sobre una caja de Pandora en Nueva Inglaterra anuncia ya una novela mucho más sombría que Henry James escribiría treinta años más tarde, La otra casa. Ambos textos tienen en común una promesa de un marido a una esposa en su lecho de muerte, que interfiere con los deseos de la mujer que intenta sustituirla. Rosalind sustituye a la esposa, pero unos elementos sobrenaturales intervienen para frustrar sus intenciones y castigarla, mientras que la «mala» de La otra casa —a quien el autor llamó Rose— ve sus planes frustrados por su pasión devoradora.

cap-6

I

A mediados del siglo XVIII vivía en Massachusetts una dama viuda, madre de tres hijos, que respondía al nombre de Veronica Wingrave. Había perdido a su marido en plena juventud, de modo que consagró su vida al cuidado de su progenie. Ellos crecieron de tal manera que recompensaron la ternura materna y cumplieron sus más elevadas esperanzas. El primogénito era un varón, a quien ella llamó Bernard, en honor a su padre. Las otras dos eran niñas, nacidas con tres años de diferencia. La buena apariencia era tradición en la familia, y aquel trío juvenil no la desmentía. El muchacho era rubio, de tez sonrosada y atlético, atributos que en aquellos tiempos (como en los de ahora) confirmaban su genuina ascendencia inglesa. Afectuoso y sincero, se portaba como un hijo deferente, un hermano protector y un amigo leal. Sin embargo, no era listo; la inteligencia se había repartido principalmente entre sus hermanas. El difunto señor Wingrave había sido un apasionado lector de Shakespeare, en una época en que semejante afición implicaba una mente más liberal que en nuestros días, y en una comunidad donde patrocinar la representación de una comedia, incluso en privado, exigía mucho valor. Y había querido dejar constancia de su admiración por el gran poeta bautizando a sus hijas con los nombres de las heroínas de sus obras favoritas. A la mayor le concedió el romántico nombre de Rosalind, y a la más joven la llamó Perdita, en recuerdo de otra niña que había nacido entre las dos y que solo vivió unas semanas.

Cuando Bernard Wingrave cumplió los dieciséis años, su madre se dispuso, muy a su pesar, a llevar a cabo una de las últimas voluntades de su marido, a saber, que al llegar a dicha edad, su hijo debería ser enviado a Inglaterra, para completar su educación en la Universidad de Oxford, donde él mismo había adquirido su afición a la buena literatura. La señora Wingrave estaba convencida de que en los dos hemisferios no había quien pudiera compararse a su Bernard, pero había sido educada en la antigua tradición de la obediencia ciega. De modo que se guardó sus sollozos, preparó los baúles de su hijo, llenos de sus sencillas prendas provincianas, y lo envió al otro lado del océano. Bernard acudió a la antigua universidad de su padre, donde pasó cinco años, sin alcanzar grandes honores, la verdad sea dicha, pero divirtiéndose mucho y sin verse envuelto en ningún escándalo. Al finalizar sus estudios, viajó a Francia. En su vigesimocuarto aniversario, embarcó de nuevo hacia América, esperando encontrar en la pequeña Nueva Inglaterra (en aquella época Nueva Inglaterra era muy pequeña) un hogar aburrido y rancio. Pero en su tierra natal, así como en las opiniones del señorito Bernard, se habían producido algunos cambios. Encontró la casa de su madre bastante habitable, y a sus hermanas convertidas en dos encantadoras señoritas, con todas las virtudes y gracias que adornaban a las jóvenes de Gran Bretaña, unidas a cierta originalidad y extravagancia que, si bien eran rasgos poco comunes, las hacía aún más atractivas. Bernard aseguró a su madre en privado que sus hermanas podían competir con las muchachas más hermosas de Inglaterra, opinión que la pobre señora Wingrave, como es lógico, se apresuró a transmitir a sus retoños. Aquella opinión, corregida y aumentada, era compartida por el señor Arthur Lloyd. Compañero de estudios de Bernard, este caballero era hijo de muy buena familia y heredero de una respetable fortuna que, en su día, se proponía invertir comerciando con la floreciente colonia. Bernard y él eran íntimos amigos; habían cruzado juntos el océano, y el joven americano se había apresurado a presentarlo en casa de su madre, donde había causado una impresión tan buena como la que él mismo había recibido de la familia Wingrave, y de la cual acabo de dar un indicio.

Las dos hermanas se encontraban en aquella época en todo el esplendor de su lozanía juvenil; cada una de ellas, desde luego, con sus características particulares. Eran del todo distintas en su aspecto y en su carácter. Rosalind, la mayor, con sus veintidós años recién cumplidos, era alta y rubia, con unos ojos grises de mirada sosegada y unas trenzas de un castaño rojizo. No se parecía en nada a la Rosalind de la comedia de Shakespeare, a la cual imagino (con permiso de ustedes) como una muchacha morena, delgada, etérea, llena de los impulsos más apasionados e imprevisibles. La señorita Wingrave, con su blancura levemente linfática, sus finos brazos, su majestuosa estatura y su hablar lento y reposado, no estaba hecha para la aventura. Nunca se habría puesto una chaqueta y unas calzas de hombre, dada su belleza más bien «robusta», y por otras razones también, además de su dignidad. Perdita, por su parte, podría haber cambiado muy bien su nombre, dulce y melancólico, por otro más acorde con su aspecto y temperamento. Tenía las mejillas de una gitana y los ojos de un ávido chiquillo, así como la cintura más estrecha y los pies más ligeros que podían encontrarse en el país de los puritanos. Cuando uno hablaba con ella, lejos de hacer esperar como era costumbre en su bella hermana (quien miraba con sus hermosos y fríos ojos), daba a escoger entre una docena de respuestas, antes de que este hubiera podido expresar la mitad de su pensamiento.

Las jóvenes se alegraron mucho de volver a ver a Bernard, pero buena parte de su atención se vio destinada al compañero de su hermano. Entre sus amigos y vecinos, la belle jeunesse de la Colonia, había muchos jóvenes excelentes, varios devotos admiradores y dos o tres que gozaban de la reputación de ser unos seductores y conquistadores irresistibles. Pero la ruda galantería de aquellos honrados colonos quedó por completo eclipsada por el buen aspecto, los finos ropajes, la puntillosa cortesía, la perfecta elegancia y los inmensos conocimientos del señor Arthur Lloyd. En realidad no era ningún lechuguino, sino un joven instruido, honorable y educado, rico en libras esterlinas, en salud y en complacencia, así como en su pequeño capital de afecto aún no invertido. Pero, además, era un caballero, y bien parecido. Había estudiado y viajado, hablaba francés, tocaba la flauta y leía versos en voz alta con muy buen gusto. En consecuencia, a la señorita Wingrave y a su hermana no les faltaban motivos para pensar que los jóvenes que hasta entonces habían conocido hacían una pobre figura al lado de tan perfecto hombre de mundo. Las anécdotas del señor Lloyd sobre los modos y maneras de la alta sociedad de las capitales europeas revelaron a nuestras jóvenes doncellas de Nueva Inglaterra mucho más de lo que él creía. Resultaba muy agradable sentarse y escucharlo a él y a Bernard, en especial cuando hablaban de las personas fascinantes con las que se habían encontrado y de las hermosas cosas que habían visto. La familia solía reunirse junto al hogar del pequeño salón revestido de madera, después de tomar el té, y los dos jóvenes recordaban, sentados cada uno en un extremo de la alfombra, esta y aquella aventura. Rosalind y Perdita habrían dado cualquier cosa por saber con exactitud de qué aventura se trataba, y dónde había ocurrido, y quién estaba allí, y cómo iban vestidas las damas. Pero, en aquella época, a una joven bien educada no se le permitía participar en la conversación de los adultos, ni hacer demasiadas preguntas, y las pobres muchachas, ansiosas, se veían obligadas a refugiarse detrás de la más lánguida —o más discreta— curiosidad de su madre.

II

Arthur Lloyd no tardó en descubrir que las dos hermanas eran muy atractivas, pero le costó algún tiempo decidir si le gustaba más la mayor o la menor. Tenía el fuerte presentimiento (una emoción de una naturaleza demasiado alegre para darle el nombre de premonición) de que estaba destinado a acompañar al altar a una de ellas. Sin embargo, era incapaz de llegar a una preferencia, la cual era ciertamente necesaria, ya que por sus venas corría demasiada sangre joven para elegir al azar y verse desposeído de la satisfacción de enamorarse. Decidió aceptar las cosas tal como llegaran, dejar que hablase su corazón. Entre tanto, llevaba una existencia muy agradable. La señora Wingrave mostraba una digna indiferencia hacia sus «intenciones», sin por ello descuidar la vigilancia de sus hijas, pero sin manifestar, tampoco, aquella impaciencia propia de esas damas mundanas de su tierra natal, que tantas veces él había encontrado como joven con fortuna. En lo que respecta a Bernard, lo único que le pedía era que tratara a sus hermanas como si fueran suyas; y en cuanto a las dos muchachas, aunque en lo íntimo de su ser anhelaran que su visitante hiciese o dijera algo «especial», se mostraron alegres y recatadas.

No obstante, en su trato mutuo permanecían más o menos a la ofensiva. Eran muy buenas amigas, e incluso compañeras de cama (compartían el mismo dosel), de modo que no era fácil que entre ellas germinara y diese fruto la semilla de los celos, pero las dos sabían que aquella semilla había quedado sembrada el día que el señor Lloyd llegó a la casa. Cada una de ellas se había prometido a sí misma que, de no cumplirse sus esperanzas, soportaría su decepción en silencio, así nadie lo sabría, ya que si bien tenían mucha ambición, no carecían de orgullo. Pero ambas rogaban en secreto que la elección, la distinción, recayera sobre ella. Necesitaron una gran dosis de paciencia, de dominio de sí mismas y de disimulo. En aquella época, una joven criada en un hogar decente no podía permitirse ninguna insinuación. En realidad, apenas podía permitirse responder a aquellas de las que era objeto. Lo correcto era que permaneciera inmóvil en la silla, con los ojos clavados en la alfombra, contemplando el lugar donde caería el místico pañuelo. El pobre Arthur Lloyd se vio obligado a llevar a cabo su cortejo en el pequeño salón revestido de madera, ante la mirada de la señora Wingrave, de Bernard y de su futura cuñada. Pero la juventud y el amor son tan astutos que un centenar de señales podían ir y venir sin que aquellos tres pares de ojos las detectaran. Las dos hermanas estaban siempre juntas y tenían numerosas ocasiones de traicionarse la una a la otra. Sin embargo, el hecho de saberse mutuamente observadas no afectó, al parecer, a los pequeños servicios que se prestaban ni a las diversas tareas que realizaban en común. Ninguna flaqueaba ni se turbaba ante la silenciosa batería de miradas de su hermana. El único cambio que se produjo en sus costumbres fue que tenían menos cosas que contarse. Era imposible hablar del señor Lloyd, y era ridículo hablar de cualquier otro asunto. Por tácito acuerdo, empezaron a llevar sus mejores ropas, y a idear pequeñas estratagemas de conquista en forma de cintas, lazos y pañuelos, permitidos por la indudable modestia. Del mismo modo inarticulado, se atenían, en aquel excitante desafío, a un riguroso juego limpio. «¿Estoy bien así?», preguntaba Rosalind, por ejemplo, mientras se prendía numerosos lazos al corpiño y apartaba la mirada del espejo para fijarla en su hermana. Perdita alzaba la vista de su labor y contemplaba con ojo crítico la obra expuesta a su consideración. «Creo que te sentaría mejor si le hicieras otra lazada», decía con gran solemnidad, mirando con fijeza a su hermana, como si añadiera: «Palabra de honor». De modo que estaban siempre cosiendo y adornando sus enaguas, y planchando sus muselinas, e ideando lociones y cosméticos, como hacían las mujeres de la casa del párroco de Wakefield.

Así transcurrieron tres o cuatro meses. Llegó el invierno y Rosalind seguía convencida de que si Perdita no podía presumir de algo más que ella, no había mucho que temer de su rivalidad. Pero, por entonces, Perdita, la encantadora Perdita, tenía la impresión de que su secreto había llegado a ser diez veces más valioso que el de su hermana.

Una tarde, la señorita Wingrave estaba sentada sola ante el espejo de su tocador, lo que sucedía raras veces, cepillando sus largos cabellos. Había empezado a oscurecer y apenas se veía en la estancia, de modo que encendió las dos velas del marco del espejo y luego se acercó a la ventana para echar la cortina. Era un gris atardecer de diciembre, el paisaje aparecía vacío y desolado y el cielo estaba cubierto de nubes que anunciaban nieve. En un extremo del amplio jardín al cual se abría su ventana había un muro con una puertecilla que daba a la calle. Vio con vaguedad, en medio de la creciente oscuridad, que la puerta estaba entreabierta y oscilaba sobre sus goznes, como si alguien la moviera desde la calle. Sin duda se trataba de una de las criadas que se había reunido con su enamorado. Pero, cuando se disponía a cerrar la cortina, Rosalind vio a su hermana que entraba en el jardín y echaba a andar con paso presuroso por el sendero que conducía a la casa. Rosalind corrió la cortina, dejando una pequeña rendija para poder observarla. Mientras Perdita se dirigía hacia allí, parecía examinar un objeto que llevaba en la mano, acercándolo mucho a los ojos. Antes de entrar se detuvo un momento, miró con intensidad el objeto y lo apretó contra los labios.

La pobre Rosalind regresó a su silla sin prisa y se sentó ante el espejo, en el cual, de haber mirado con atención, habría visto reflejadas sus hermosas facciones tristemente desfiguradas por los celos. Un instante después, la puerta se abrió detrás de ella y su hermana se precipitó en la habitación, sin aliento, con las mejillas coloradas debido al aire frío.

Al ver a Rosalind, Perdita se sobresaltó.

—¡Oh! —exclamó—. Creí que estabas con mamá.

Las damas iban a asistir a una merienda, y en tales ocasiones era costumbre que una de las jóvenes ayudara a su madre a vestirse. En vez de entrar, Perdita se quedó junto a la puerta.

—Pasa, pasa —dijo Rosalind—. Aún nos queda más de una hora. Me gustaría mucho que le hicieras unos retoques a mi peinado. —Sabía que su hermana deseaba retirarse, y que ella podía ver en el espejo todos sus movimientos por la habitación—. Luego iré a ayudar a mamá.

Perdita avanzó de mala gana y cogió el cepillo. A través del espejo, vio los ojos de su hermana clavados en sus manos. Aún no le había pasado el cepillo tres veces cuando Rosalind agarró con fuerza la mano izquierda de Perdita y se puso en pie.

—¿De quién es este anillo? —gritó en un tono vehemente, arrastrando a su hermana hacia la luz.

En el dedo corazón de Perdita brillaba una sortija de oro, adornada con un pequeño zafiro. La joven comprendió que no había ya necesidad de seguir manteniendo la cosa en secreto, y decidió mostrarse desafiante en su confesión.

—Es mío —dijo, orgullosa.

—¿Quién te lo ha dado? —gritó Rosalind.

Perdita dudó unos instantes.

—El señor Lloyd.

—El señor Lloyd se ha vuelto de repente muy generoso.

—¡Oh, no! —exclamó Perdita con seguridad—. ¡De repente no! Me lo regaló hace un mes.

—¿Y ha bastado que te suplicara un mes para que te decidieras a aceptarlo? —dijo Rosalind contemplando la sortija, la cual no era demasiado elegante, en realidad, aunque sí la mejor que el joyero de la provincia podía suministrar—. Yo no la habría aceptado en menos de dos.

—No es el anillo —replicó Perdita—, sino lo que significa.

—¡Significa que no eres una muchacha decente! —gritó Rosalind—. Y si puede saberse, ¿está enterada nuestra madre de tu intriga? ¿Lo está Bernard?

—Mi madre ha aprobado mi «intriga», como tú la llamas. El señor Lloyd ha pedido mi mano y mamá se la ha concedido. ¿Habrías preferido que pidiera la tuya, mi querida hermana?

Rosalind dirigió a Perdita una prolongada mirada, llena de pesar y de apasionada envidia. Después abatió las pestañas sobre sus pálidas mejillas y se dio la vuelta. Perdita pensó que aquella escena había sido de lo más desagradable, pero que la culpa era de su hermana. Sin embargo, Rosalind pronto recobró el orgullo, y se volvió de nuevo.

—Acepta mis mejores deseos. —E hizo una pequeña reverencia—. Espero que seas muy feliz y disfrutes de una larga vida.

Perdita rió con amargura.

—¡No hables en ese tono! —gritó—. Preferiría que me maldijeras. Vamos, Rosy —añadió—, Arthur no puede casarse con las dos.

—Te deseo mucha felicidad —repitió Rosalind maquinalmente, sentándose de nuevo ante el espejo—, y una vida larga, y muchos hijos.

Hubo algo en aquellas palabras que desagradó a Perdita.

—¿Me concederás un año, al menos? —dijo—. En un año puedo tener un hijo, o en todo caso una hija. Bueno, si me das el cepillo te arreglaré el pelo.

—Gracias —dijo Rosalind—. Será mejor que vayas con mamá. No sería apropiado que una joven prometida atienda a otra que no lo está.

—¡Ni lo pienses! —exclamó Perdita de buen humor—. Yo ya tengo a Arthur para atenderme. Tú necesitas mis servicios más de lo que yo necesito los tuyos.

Pero su hermana le indicó con un gesto que se fuera, y ella abandonó la habitación. Cuando hubo salido, la pobre Rosalind cayó de rodillas ante el tocador, enterró la cabeza entre los brazos y derramó un torrente de lágrimas. Después de aquel desahogo se sintió mucho mejor. Cuando regresó Perdita, insistió en ayudarla a vestirse y a que se pusiera sus mejores galas, e incluso la obligó a aceptar un hermoso lazo de su propiedad, diciendo que ahora que iba a casarse debía hacer todo lo que estuviera en su mano para ser digna de la elección de su amado. Realizó esas tareas en un riguroso silencio, pero aun así debían servir como disculpa y desagravio, pues no se excusó de ninguna otra manera.

Ahora que Lloyd era recibido en la casa como el prometido oficial de Perdita, solo quedaba fijar la fecha de la boda. Se acordó celebrarla en el siguiente mes de abril, y entre tanto se llevaron a cabo con diligencia los preparativos. Lloyd, por su parte, estaba ocupado con acuerdos comerciales y estableciendo correspondencia con la gran empresa mercantil a la cual estaba vinculado en Inglaterra, de modo que sus visitas a la casa de la señora Wingrave se hicieron menos frecuentes que durante aquellos meses en los que se mostraba tímido e indeciso. La pobre Rosalind sufrió menos de lo que había temido viendo las muestras de cariño mutuo de los dos enamorados. En lo que respecta a su futura cuñada, Lloyd tenía la conciencia tranquila. Nunca se le había insinuado, y no sospechaba el terrible golpe que le había infligido al elegir a su hermana. Se sentía feliz, y ante él se abrían unas magníficas perspectivas domésticas y financieras. La gran revuelta de las Colonias aún se estaba gestando, y era absurdo, casi una blasfemia, temer que su felicidad conyugal tomara derroteros trágicos. Entre tanto, en el hogar de la señora Wingrave había un continuo refregar de sedas, entrechocar de tijeras y vuelo de agujas. La buena dama había decidido que su hija tuviera el ajuar más completo que su dinero pudiera comprar o que la región pudiese suministrar. Fueron llamadas las mujeres más sabias del condado para que, aunados sus gustos, crearan las mejores vestimentas para Perdita. La situación de Rosalind en aquellos momentos no era para ser envidiada. La pobre muchacha sentía una pasión desmedida por los vestidos y poseía un gusto excelente, como su hermana sabía muy bien. Además, era alta, exuberante y de porte majestuoso, y parecía hecha para llevar rígidos brocados y cantidad de gruesos encajes, como corresponde a la esposa de un hombre rico. Pero Rosalind permanecía sentada en un rincón, con sus hermosos brazos cruzados y la mirada ausente, mientras su madre, su hermana y las venerables damas antes mencionadas se afanaban sobre sus telas, abrumadas por la multitud de los materiales. Un día llegó una hermosa pieza de seda blanca, con brocados de azul y plata, enviada por el propio novio, pues en aquella época no se consideraba impropio que el futuro marido contribuyera al trousseau de la novia. A Perdita no se le ocurrió ninguna forma que honrara lo suficiente el esplendor de la tela.

—El azul es tu color, hermana, más que el mío —dijo, con ojos implorantes—. Es una lástima que la tela no sea para ti. Tú sabrías qué hacer con ella.

Rosalind se acercó para contemplar la reluciente tela, extendida sobre el respaldo de una silla. Luego la cogió y la acarició (con amor, como pudo observar Perdita) y se volvió hacia el espejo. Dejó que uno de los extremos de la pieza cayera hasta sus pies, en tanto que el otro colgaba de su hombro, y se ciñó la tela alrededor del talle con su blanco brazo desnudo hasta el codo. Levantó la cabeza y contempló su imagen, y una trenza de color cobrizo cayó sobre la brillante superficie de la seda. El efecto fue deslumbrante. Las mujeres que la rodeaban profirieron un pequeño «Oh» de admiración.

—Sí —dijo Rosalind en voz baja—, el azul es mi color.

Pero Perdita se dio cuenta de que su imaginación se había desbocado y que ahora resolvería todas sus dudas acerca de qué hacer con la tela. Y en efecto, las resolvió a las mil maravillas, tal como ella, conociendo el insaciable amor de su hermana por la costura, podía confirmar sin titubear. Innumerables yardas de sedas y satenes, de muselina, de terciopelo y de encajes pasaron por las hábiles manos de Rosalind, sin que una palabra de envidia surgiera de sus labios. Gracias a su actividad, cuando llegó el día de la boda Perdita poseía la más linda colección de vestidos con que cualquier temblorosa novia hubiese solicitado la bendición sacramental de un eclesiástico de Nueva Inglaterra.

Habían convenido que la joven pareja iría de luna de miel al extranjero, pero que antes pasarían unos días en la casa de campo de un caballero inglés, hombre de rango y muy amigo de Arthur Lloyd. El caballero en cuestión, aún soltero, declaró que se sentiría encantado de ceder su villa a la influencia de Himeneo. Después de la ceremonia religiosa, celebrada por un clérigo inglés, la joven señora Lloyd se dirigió con rapidez a casa de su madre para cambiar sus galas nupciales por un vestido de viaje. Rosalind la ayudó a cambiarse en la pequeña habitación que las dos hermanas habían compartido durante tantos años. Luego, Perdita fue a despedirse de su madre, esperando que su hermana la acompañara. El carruaje esperaba en la puerta y Arthur estaba impaciente por ponerse en camino. Pero, al ver que Rosalind no la había seguido, Perdita se dirigió de nuevo a su habitación y abrió la puerta con brusquedad. Rosalind, como de costumbre, estaba delante del espejo, pero inmersa en una situación que hizo que su hermana se detuviera junto al umbral, asombrada. Se había puesto el velo nupcial y la guirnalda de Perdita, y de su cuello colgaba el pesado collar de perlas que la joven había recibido de su esposo como regalo de bodas. Aquellas cosas habían sido abandonadas con las prisas, a la espera de que su dueña dispusiera de ellas a su regreso del campo. Adornada con aquellas galas, Rosalind estaba de pie ante el espejo, hundiendo una prolongada mirada en sus profundidades y contemplando Dios sabe qué audaces visiones. Perdita quedó horrorizada. Esa espantosa escena revivía su antigua rivalidad. Dio un paso hacia su hermana, como si estuviese dispuesta a arrancarle el velo y las flores. Pero, tras observar la mirada de Rosalind fija en el espejo, se detuvo.

—Adiós, querida —dijo—. Podías haber esperado, al menos, a que yo me hubiera ido. —Y salió aprisa de la habitación.

El señor Lloyd había comprado una casa en Boston que, siguiendo el gusto de aquella época, era elegante al tiempo que cómoda, y no tardó en instalarse en ella con su joven esposa. Le separaba una distancia de veinte millas de la residencia de su suegra. Veinte millas, en aquel entonces, equivalían a cien millas actuales debido a los primitivos caminos y transportes, por lo que la señora Wingrave vio muy poco a su hija durante su primer año de matrimonio. La buena dama sufrió mucho por la ausencia de Perdita, y su pesar se hizo mayor por la actitud de Rosalind, quien estaba sumida en una incurable melancolía de la que solo podría recuperarse si cambiaba de aires y de compañía. El lector no tardará en adivinar las verdaderas causas de este abatimiento. La señora Wingrave y las chismosas de sus amigas consideraron que su dolencia era una cuestión física, y no dudaron que la joven obtendría alivio por el remedio antes mencionado. De modo que propuso una visita, en nombre de su hija, a unos parientes de su difunto esposo, establecidos en Nueva York, los cuales se quejaban siempre de lo poco que veían a sus primos de Nueva Inglaterra. Envió a Rosalind a casa de esas buenas personas, con una escolta apropiada, y la joven permaneció allí varios meses. Entre tanto, su hermano Bernard, que había empezado a ejercer como abogado, decidió casarse. Rosalind regresó para la boda, en apariencia curada de su melancolía, con encendidas rosas y lirios en las mejillas y una orgullosa sonrisa en los labios. Arthur Lloyd llegó de Boston para asistir también al enlace de su cuñado, pero sin su esposa, que en breve iba darle un heredero. Había transcurrido casi un año desde la última vez que Rosalind lo había visto. Se alegró, aunque no sabía muy bien por qué, de que Perdita se hubiese quedado en casa. Arthur parecía feliz, pero su aspecto era más serio y adusto que antes de su matrimonio. Rosalind lo encontró «interesante», y, aunque este vocablo, en su sentido moderno, no había sido inventado aún, podemos estar seguros de que la idea era esa. Lo cierto es que Arthur estaba preocupado por su esposa y por el duro trance al que debía enfrentarse. Sin embargo, no por ello dejó de observar lo hermosa y resplandeciente que estaba Rosalind, y cómo eclipsaba a la pobre novia. La asignación de la que antaño dis

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