Los centinelas de la felicidad

Agnès Ledig

Fragmento

Andén número 1

Andén número 1

Édouard colgó con una sonrisa de satisfacción.

Observaba a su mujer mientras esta se retocaba el maquillaje con ayuda de un espejito. Pestañas largas, grandes ojos castaños, pómulos marcados, labios carnosos, cabello sedoso. Su esposa era una mujer muy guapa. Antes sentía ese orgullo de ver que los hombres se giraban a su paso cuando iban del brazo. Apuraban una bebida sentados en una terraza, en la explanada de la estación de Vannes. Pronto llegaría el tren que los dejaría en París. Retomarían su trabajo dos días más tarde. Armelle estaba contenta de volver. Aunque esos días en el golfo de Morbihan habían sido muy agradables, no había podido desatender el torrente de correos laborales que recibía a diario. Eludirlos durante dos semanas la habría condenado a ahogarse en ellos a la vuelta, por lo que hubiera estado nerviosa durante todas las vacaciones. Y, además, Armelle había puesto en marcha un proceso importante antes de marcharse. Estaba impaciente por ver los resultados.

—El notario —anunció Édouard mientras se guardaba el teléfono en el bolsillo—. Ya han vendido la casa de mi madre.

—¡Qué buena noticia! Por fin podremos reformar la cocina.

—Aún nos vale, ¿no?

—¡Se nota que no pasas mucho tiempo en ella!

Mientras digería en silencio este último comentario, Édouard se fijó en una anciana menuda que salía de la estación. Con una mano tiraba a duras penas de una pesada maleta sobre la que había colocado un gran neceser. Con la otra mano sujetaba un bolso de piel rojo. La mujer llevaba una elegante camisa de flores sobre una falda plisada y se recogía la melena cana en un moño perfecto, que coronaba un sombrero de fieltro de color crema adornado con un fino encaje. Unas minúsculas gafas redondas amenazaban con resbalarle por la punta de la nariz. Un personaje de Agatha Christie de la cabeza a los pies, se dijo Édouard, salvo por esas zapatillas de deporte que la unían con la modernidad al mismo nivel que unas luces LED en una cueva del Paleolítico. La mujer se detuvo, levantó la mano para protegerse del sol y dejó escapar un fuerte suspiro mientras escudriñaba a lo lejos los autobuses de enlace.

—¿Necesita ayuda? —se ofreció Édouard levantándose.

Well! He aquí un persona amable, caballero —contestó ella con un marcado acento inglés—. Esta maleta debe de pesar tantas libras como yo.

—Date prisa, el tren está a punto de llegar —dijo molesta Armelle.

—A las malas, te veo en el andén —dijo Édouard poniéndose la mochila—. Está ahí mismo.

—¿No quieres dejarme la mochila?

Édouard no contestó.

Armelle los vio alejarse por la explanada hacia la estación de autobuses, al otro lado de la calzada. En los últimos años, su marido había ganado unos kilos. Como era alto, de momento apenas se le notaba. La edad y las consecuencias de cierto relajamiento alimentario hacían su trabajo. Si bien en conjunto se mantenía en forma, empezaba a echar barriga. Armelle se lo comentaba a menudo, pues ella mantenía la línea como el seto de un jardín. Él siempre le contestaba con un hiriente «¿Para qué?».

«A fin de cuentas, es problema suyo», pensó Armelle con indiferencia.

Édouard llevaba el gran neceser en una mano y tiraba con la otra de la maleta, cuyas ruedas martilleaban el pavimento como el redoble de tambor que acompaña al condenado al patíbulo. La idea le heló la sangre. ¿Por qué pensaba en eso, si no tenía motivos para considerar de tal forma esa situación? La anciana lo seguía al trote, sin rezagarse. Desaparecieron detrás del primer autobús de la fila.

Armelle cerró el espejito con gesto pausado. Coger un vaso, abrir la agenda, escribir un mensaje en el móvil: cada movimiento de sus dedos finos, siempre embellecidos con un esmalte de uñas rojo, era elegante. Recogió sus cosas y sacó el monedero para pagar las consumiciones. El tren llegaría enseguida a la estación y Édouard no regresaba. Dudó si llamarlo para recordarle la hora de salida. Ya la sabía. Le costó decidirse a guardar de nuevo el teléfono en el bolso y echó pestes por la irresponsabilidad de su marido.

De pie, cargada con las maletas, vio que el tercer autobús emprendía la ruta hacia Rennes y pasaba por delante de ella. Se fijó en los pasajeros. Una inclasificable mezcla de enfado y de pánico se apoderó de Armelle al ver a su marido sentado junto a la anciana del sombrero.

Édouard apenas la miró antes de volver la cabeza. Aunque Armelle siempre le había atribuido una cobardía legendaria, nunca lo consideró capaz de algo semejante.

El autobús acababa de desaparecer al final de la calle cuando un altavoz anunció la llegada inminente del tren a París.

Andén número 1.

El desertor

El desertor

Édouard seguía sin saber qué lo impulsó a subirse al autocar aquel día.

En los pocos metros que recorrieron hasta la estación de autobuses, le dio tiempo a preguntar a aquella frágil mujercita adónde se iba de vacaciones. Su respuesta lo desconcertó.

—Voy al corazón de la bosque de Brocelianda, a trabajar.

—¿A trabajar? ¿A qué se dedica a su..., o sea, con...?

—¿Mi edad? Jovencito, la edad no es un impedimento para lo que hago. Soy... writer. ¿Cómo se dice? ¿Escribidora?

—Ah, vaya. Decimos «escritora». ¿Y busca inspirarse allí?

Exactly! Llevo diez años yendo cada otoño a lo mismo lugar y siempre encuentro una respuesta para mis preguntas, también ideas. Es el efecto mágico del bosque.

Fue entonces cuando Édouard perdió las ganas de coger el tren con su mujer. También las de reformar el piso y volver al trabajo. Sentía la imperiosa necesidad de dar con la respuesta a una pregunta que lo atormentaba desde hacía dos semanas. En realidad, desde hacía años.

Mientras veía a la anciana subirse en el autobús, su propio pie derecho se colocó en el primer escalón. Entonces sintió que la mano de su conciencia le estrujaba el hombro («¡No le hagas eso a Armelle!»), se la quitó de encima con un pensamiento brusco y se metió en el vehículo huyendo de unos remordimientos incipientes, justo antes de que las puertas se cerrasen.

Compró el billete y se sentó junto a la mujer del sombrero, quien, si bien primero se sorprendió al verlo, enseguida esbozó una sonrisa para disipar su asombro.

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó en tono cortés.

—Me mortifican algunas preguntas urgentes. ¿Usted cree que ese sitio al que va tiene respuestas para todo el mundo?

—Solo hay un manera de saberlo. Siéntese junto a la ventanilla, disfrutará más de lo paisaje.

A Édouard le desconcertó la actitud de la mujer. Podría haberle molestado ver que dejaba tirada a su esposa en la explanada de la estación. Esperaba que se lo reprochara y lo conminase a reunirse con ella. Y él lo habría hecho. Su conciencia aún aguardaba pacientemente junto al autobús. Édouard no era un mal tipo. No era mala persona. Tal vez un poco cobarde, por conveniencia.

En lugar de eso, vio una sonrisita cómplice, como si la anciana lo supiera. Como si adivinase lo que lo mortificaba desde hacía dos semanas.

El cerebro de Édouard, escenario de una cruenta batalla, estaba tan empeñado en bajarse del vehículo como decidido a quedarse. Un torturado del que tiran cuatro caballos para descuartizarlo. ¿Entrar en vereda o salirse de ella? Las dos opciones le causaban dolor: una, punzante y prolongado; la otra, breve pero intenso. ¿Cómo estar seguro de que la estupidez descomunal que uno está a punto de cometer es la única salida? La inglesa no le dejó empantanarse en sus dudas.

—Tendrá motivos por abandonar a su esposa en el andén de una estación sin avisarla. Se las apañará. She’s not a child. Busque las respuestas y luego vuelva.

Un desertor.

En ese momento sentía la pugna que se libra en las tripas del soldado cuando, al alba, abandona la granja donde su tropa ha pasado la noche antes de regresar al frente. La fuerza embriagadora de la libertad aniquila el miedo a las consecuencias. Una mezcla excitante, próxima al éxtasis. Aunque peligrosa, por el riesgo a perderse.

¿Acaso esa mujer tenía poderes? Con una frase le había dado fuerzas para huir, cuando llevaba años sintiéndose preso, y aún más desde aquella carta.

Durante el viaje, Suzann notaba a Édouard inmerso en un estado de trance, mecido por los movimientos del autocar y la extraña embriaguez de su decisión. Sin conocerlo, imaginó que en su interior se libraba una pugna entre el adulto responsable que ya se está arrepintiendo de su decisión y el náufrago emocionado que vislumbra la orilla a lo lejos. ¡Qué orgullosa estaba Suzann! ¡Ay, sí! Orgullosa de esa capacidad que había adquirido con el tiempo de caminar bordeando a la gente, por esa muralla que separaba su fortaleza de la de los demás. Recorría el lienzo de la muralla fijándose en cada detalle, en cada grieta del edificio, que los debilitaban y explicaban su comportamiento a la hora de enfrentarse al mundo exterior. Había que hilar fino. Acercarse lo bastante para ver el interior sin asomarse demasiado para no caer al vacío.

Mantenerse en el adarve.

Por tanto, observaba al hombre que estaba a su lado tras ese arrebato de locura. Dejar a su mujer en la explanada de una estación: dicho de otro modo, tirar todo por la borda, como reza la expresión. A fuerza de pasar temporadas en el país de Molière, y movida por una curiosidad sin límites, a Suzann le chiflaban las expresiones que en su lengua materna evocaban otras imágenes.

Por lo demás, si bien sería interesante analizar los motivos que ese desconcertado viajero pudiera tener, no se trataba de convertirlo en un objeto de pura experimentación. Suzann comprendió desde el primer momento que aquel hombre cargaba con un sufrimiento real, y no quería agudizárselo. Sin embargo, tampoco trató de consolar a ese futuro protagonista de una novela que, desde el primer instante, le pareció un caso tan excepcional como inesperado.

Sacó el teléfono del bolso de piel rojo.

—Voy a enviarle uno mensaje a nuestra querida anfitriona para comprobar si puede acogerle.

—¿Y si no puede?

—Seguro que le encontrará uno rinconcito. Sé que dispone de una habitación bajo del tejado que nunca alquila. Tal vez sea para casos desperate como el suyo.

—¿Tan desesperado parezco? —se preocupó Édouard.

—¿De verdad quiere que conteste le?

—No.

—Me llamo Suzann. Suzann Overshine.

—Édouard Fourcade.

Nice to meet you.

—¿Y adónde me lleva?

—Yo no le llevo a ningún sitio, es usted quien sigue a mí, ¡es muy distinto! —replicó la mujer.

Édouard volvió la mirada. A los cincuenta años, nadie espera que decidan por uno. La mujer pretendía recordarle esa realidad, a la vez que omitía confesar que tenía un interés personal.

—Es verdad —admitió él—. Entonces ¿adónde vamos?

—A una aldea que se llama Doux Chemin, cerca de Tréhorenteuc, al oeste de Brocelianda. ¿Conoce un poco eso bosque?

—No mucho.

—Es un lugar inspirador, ya verá. My Godness, Gaëlle acaba de me contestar.

Suzann se ajustó las gafas para descifrar el mensaje que aparecía en la pantalla. A pesar del tamaño de la letra, el traqueteo del autobús dificultaba la lectura. Solo había una cosa que la anciana temía en su recta final. Perder la cabeza y la vista. Se podía imaginar sorda, en silla de ruedas e incluso con incontinencia, pero no ciega. Menos aún con deterioro intelectual. Aunque intentaba no pensar en eso, cada lectura borrosa, cada palabra que buscaba durante demasiado tiempo la enfrentaban a la realidad. Suzann se deshilachaba como el hilo del que la muerte pendía sobre su cabeza.

—Ella pregunta me cuánto tiempo se queda, y cuántas comodidades quiere.

—No tengo ni idea. Ni siquiera debería ir. En cuanto a las comodidades, me conformo con poco.

Édouard la observó teclear una respuesta con los pulgares, curvos por la artrosis, con una rapidez desconcertante.

—Es como ver a mi hija escribiendo a sus amigas.

—¿Qué? Well, todo es acostumbrarse, ¿no?

—Siempre he admirado a los adultos que se adaptan al mundo moderno con la facilidad de un niño.

—Y más aún a los ancianas como yo, supongo.

—Sí.

—Basta con seguir siendo abierto de mente y capaz de cambiar. ¡Estos cosas tecnológicas son muy prácticas! Excepto cuando se huye de una esposa...

Édouard sonrió por el chascarrillo, él, que acababa de apagar el teléfono por las llamadas y los mensajes incesantes de Armelle. La escritora tenía gracia para acompañar ese tipo de comentarios punzantes con una sonrisa franca que ayudaba a digerirlos. Una leve resistencia previa en el esófago no impidió a Édouard tragárselo.

—Gaëlle ha encontrado una solución. Espera a nosotros cuando lleguemos a Paimpont. Dice que hay una tormenta muy fuerte.

Suzann se inclinó hacia la ventanilla para comprobar que, en efecto, un nubarrón hacía de las suyas en el horizonte, rasgando el cielo con numerosos relámpagos.

El resto del viaje, interrumpido solo por ocasionales silencios, permitió a los dos viajeros contarse sus vidas. Sin embargo, lo incongruente de la situación los llevaba a ser reservados. Suzann sabía destilar con mesura los componentes de su vida para no permitir a nadie caminar por su propio adarve.

A Édouard el bosque le pareció siniestro y sombrío bajo la tromba de agua. Los árboles encaraban la lluvia con valor, sin estar nunca a salvo de ser el blanco del siguiente rayo, que partiría por la mitad al pobre elegido y lo condenaría a morir en unos pocos años. Las ráfagas de viento agitaban las ramas y el agua corría por el arcén pegando al suelo largos tallos de hierba verde como si fueran cabellos húmedos recién peinados. A Suzann le gustaban esos momentos en que podía contemplar a resguardo la naturaleza en todo su esplendor. Hasta ahora había sobrevivido a tormentas, tempestades, algunas inundaciones, un incendio y nieve hasta la saciedad en algunos inviernos de la década de 1960, así que, a sus años, disfrutaba de la fuerza de los elementos admirando esa gran omnipotencia de la que formaba parte.

Ya no tenía edad para tener miedo.

El desconocido del autobús

El desconocido del autobús

Gaëlle había llegado pronto y disfrutaba de estar a resguardo en el coche. Los goterones martilleaban la carrocería haciendo un ruido ensordecedor. Una tormenta semejante, muy frecuente en esa época del año, podía ser violenta, y esperaba no tener que lamentar ningún estropicio en el granero. Reformar y mantener una casa como la suya, provista de dependencias antiguas, suponía una carga de trabajo ingente. Había días en que la desanimaba vivir allí sola con su hijo. La ayudaba mucho, pero solo tenía quince años. No quería involucrarlo en las decisiones que ella había tomado, aunque lo había hecho buscando su estabilidad. Nunca se quejaba de la soledad por miedo a que el muchacho replicara que necesitaba un hombre en la casa.

¿Quién sería el hombre del que Suzann hablaba en su mensaje? Esa llegada inesperada no la molestaba; Gaëlle estaba dotada de un profundo sentido de la hospitalidad. Sin embargo, el misterio le picaba la curiosidad y estaba deseando saber más.

Cuando el largo vehículo aparcó en la plaza frente a la iglesia de Paimpont, Suzann se levantó de su asiento y buscó a Gaëlle. Tardó un ratito en verla.

God be praised, ahí está. ¡La coche blanca! —exclamó.

—Vaya, que yo me encargo de coger sus cosas.

—Es usted muy amable, querido Édouard.

Con la mochila a cuestas y el neceser en la mano, Édouard corrió tirando de la gran maleta inglesa hacia el coche donde Suzann ya se había resguardado. Gaëlle salió para abrirle el maletero y ayudarlo a meter el equipaje, y enseguida se refugiaron en el interior del vehículo para presentarse con rapidez. Habían bastado unos segundos bajo la lluvia para que los tres se calaran. Suzann se había quitado el sombrero y lo secaba dando golpecitos con un pañuelo de encaje mientras el coche recorría las calles de Paimpont, borrosas por la tormenta.

—¿Qué le trae aquí? —le preguntó la conductora mientras miraba por el retrovisor a Édouard.

Al interpelado no le dio tiempo a construir una frase que resumiera su rocambolesca situación.

—Busca respuestas —dijo la anciana, que continuaba al rescate del sombrero empapado.

Suzann era una experta en el arte de intervenir con acierto para destilar la información adecuada en el momento oportuno. Unas palabras bien elegidas, hacer bastante sitio al misterio y dejar que el resto siga su curso. La técnica siempre resultaba interesante. Echaba semillas a voleo sin saber lo que darían al crecer.

—Un plan considerable —observó Gaëlle—. Espero que esta estancia le permita encontrarlas. Y usted, Suzann, ¿cómo se encuentra?

Soy encantada de estar aquí. Busco ideas. Algo más que en otros años. ¿Tendré esa habitación tan bonito de abajo?

—Ya la añora.

—¿Añora? ¡Qué palabra tan adorable!

Gaëlle admiraba las capacidades cognitivas de la escritora inglesa. Una clienta discreta y refinada que solo mantenía el contacto mediante algunas cartas cuando estaba en su casa, en Inglaterra, pero que todos los años volvía unos días en septiembre con una fidelidad ejemplar.

—«Añorar» significa esperar con aflicción debido a la ausencia.

—¿Lo ve, Édouard? Hasta las habitaciones tienen alma en Brocelianda —dijo Suzann dirigiéndose al asiento trasero.

A unos kilómetros de allí, un hombre, azadilla en mano, preparaba su jardín para la siembra con un ojo puesto en el camino. Suzann ya estaba de vuelta, y a él los meses se le habían pasado volando. Al igual que las golondrinas inauguraban la primavera, cada año la escritora anunciaba los días que menguaban y las primeras chimeneas que se encendían. La anciana no tenía nada que ver, pero él no soportaba el otoño: huerto aletargado, noches interminables y humedad penetrante. Sin duda, prefería la primavera y el renacer de todas las cosas. Masculló mientras recogía unas piedras con las que se había topado su escardillo y las lanzaba con una precisión de orfebre a un cubo deslustrado que estaba al otro lado del camino. Raras eran las que caían fuera. Ese año volvería a apuntar bien para acercarse a la inglesa, como sabía hacer con las piedras. Llevaba siete años intentándolo sin éxito.

La tormenta se alejaba hacia el este y el coche se encontró enseguida con la luz del sol por la carretera anegada. Salieron de la autopista para desviarse por una vía secundaria que se adentraba en un bosque más denso. Unas pistas rectilíneas salían de la carretera a intervalos regulares, testigos de una explotación forestal activa e intensa, lo que chocaba con la imagen que Édouard tenía de Brocelianda y de la leyenda con la que se la relacionaba: árboles retorcidos y cubiertos de musgo, duendes, hadas y una espada clavada en una roca.

Por fin apareció el cartel de Doux Chemin. En el claro se erigían unas cuantas casas de piedra, apiñadas como si quisieran darse calor en invierno.

—Mire, Suzann —le advirtió Gaëlle—, Raymond está en la puerta de su casa. Sabe que viene. Estaría esperando el coche.

—¡Ah, qué encantador es Raymond! —dijo la mujer, y lo saludó con la mano cuando el vehículo pasó a su lado.

El anciano llevaba un pantalón vaquero y un jersey de lo más ordinario que hacía ostensible un vientre cansado. Con la mano llena de tierra se había levantado el sombrero de fieltro para inclinarse al paso de la anciana. Aunque un tanto artificial, el gesto no dejaba de ser elegante. La conmovedora estampa arrancó una sonrisa a Édouard.

El coche se detuvo frente a la última casa de la aldea, apartada del camino, donde el pavimento de grava daba paso a la tierra con un degradado aleatorio. Era imposible saber si el pavimento, ornado de malas hierbas y flores silvestres, mordisqueaba la hierba o justo lo contrario. Aquí, la naturaleza y el hombre se entremezclaban con delicadeza. Frente a ellos había un patio rodeado de más edificios, algunos en obras, a tenor de la hormigonera parapetada bajo un cobertizo y el pequeño andamio que cubría uno de los muros del viejo granero de la izquierda.

En ese momento, por la puerta de la casa salió un adolescente. Fue directo hacia Suzann para sostenerle la portezuela y esperó a que estuviera frente a él para abrazarla.

—¡Mi angelito! Qué contenta estoy de te ver. ¡No aprietes tan fuerte! My holy god, cuánto has crecido. ¿No piensas parar?

Apoyó una mano arrugada y salpicada de manchas marrones en la mejilla del muchacho y luego lo cogió del brazo para que la guiase entre los charcos del patio.

Con gesto curioso e impaciente, el chico se quedó mirando al desconocido que se había unido al viaje. Un segundo después, sonrió a Suzann. Édouard le dirigió un saludo que no tuvo respuesta. Gaëlle se acercó para ayudarla a sacar el equipaje. No era conveniente arrastrar la maleta por el parterre embarrado. La mujer cogió el neceser. Con un movimiento inconsciente, Édouard ya se había puesto la mochila. La carta que había recibido quince días antes, cuando acababa de celebrar su quincuagésimo cumpleaños, misiva que había guardado en la funda de su ordenador portátil, le había provocado el mismo efecto que un electrochoque.

—Mi hijo se llama Gauvain. No habla.

—Ah. ¿Nunca?

—No. También es un poco reacio a las novedades, sobre todo si esa novedad es un hombre. Yo seré el enlace entre los dos.

—Gracias por acogerme de improviso.

—Las ramas de esos árboles centenarios que nos rodean esconden muchas respuestas. Hay misterios que le sorprenderán.

La primera noche

La primera noche

Ya era noche oscura y no había alumbrado público que la perturbara. Tumbado en la cama de madera de una pequeña buhardilla, Édouard hizo repaso del día.

Era un lugar agradable y lo bastante grande para sentirse a gusto. Había estado a punto de golpearse unas cuantas veces con las vigas del techo.

Subiendo la escalera exterior, había un cuarto de baño minúsculo que también usaba la joven que se alojaba en la habitación de enfrente. Si la contrariaba la idea de compartir una parte de su intimidad con un desconocido que había llegado sin avisar, no lo demostró durante la cena. Lo escrutó mientras comían. Recogió la mesa y desapareció al terminar.

Édouard no volvió a verla.

Rememoró la espesa melena castaña clara de Gaëlle y el largo mechón que se le había salido de la trenza y se le había pegado a la frente húmeda cuando se refugiaron en el coche al bajar del autobús. Tenía unas mejillas redondeadas que eran rosadas en una zona sorprendentemente delimitada, como si dos pétalos grandes se hubieran posado allí. No iba maquillada. Una belleza natural a la que no estaba acostumbrado y que, sin embargo, le gustaba.

Trató de adivinar su edad, a pesar de ser consciente de que se le daba muy mal. A veces se equivocaba de manera inoportuna. «¿Entre treinta y cuarenta años? No más. ¡Tampoco menos, por la edad de su hijo!»

Édouard disfrutó con la deliciosa comida, consistente en hortalizas de la huerta y pan casero. Su mujer detestaba cocinar y solía conformarse con platos precocinados o que compraba para llevar. Si bien él tenía algunas veleidades culinarias, le faltaba tiempo para ponerlas en práctica. Estaba encantado de reencontrarse con esa cocina sencilla y sabrosa que le recordaba las vacaciones que pasaba de niño en casa de sus abuelos, en el campo.

Como algo excepcional, habían cenado en compañía de un par de clientes que se marchaban al día siguiente. Gaëlle propuso a Édouard unirse a la comida, junto a Suzann y Adèle, su joven vecina de rellano. El hecho de que hubiera llegado con la escritora suscitó una acogida calurosa y privilegiada.

Por otro lado, sin coche, la aldea no permitía mucha libertad de movimiento.

Édouard no pensó en cuánto le costaría la estancia: la casa familiar se había vendido y él percibiría una suma importante. Podía permitirse perfectamente ciertos gastos y, de pronto, se acordó de la descabellada idea de su mujer de reformar esa cocina que apenas usaba. También comprobó que esa libertad de disfrutar de su dinero sin tener que justificarse ante su esposa era un sentimiento nuevo. Esa súbita toma de conciencia le produjo un estremecimiento. Su mujer lo gestionaba prácticamente todo en el día a día, y él llevaba años dejándose llevar por esa cómoda corriente en la que todo estaba programado. Incluso si daba su opinión, no era el protagonista de nada.

Estaba descansando tumbado en la cama, en calzoncillos. Solo tenía dos más en la mochila, tendría que hacer malabares sin agobiarse. Uno puesto, otro de recambio y otro secándose. Gaëlle le había dicho que le daría un poco de detergente. Le pasaba lo mismo con la camiseta de repuesto y el único pantalón, el que llevaba cuando ocurrieron los hechos. El resto se quedó en la maleta común con la que cargaba su mujer.

Édouard se la imaginaba echando pestes o llorando, o las dos cosas a la vez. Ya le había montado peloteras por mucho menos, así que...

Pensar en Armelle le hacía sentir culpable. Intentaba no pensar en ello. Ya habían pasado unas cuantas horas desde su huida y no sentía ningún alivio. Tampoco remordimientos. Salvo por la tensión en el diafragma y la dificultad para respirar, tenía la impresión de habitar un cuerpo inerte. Debería sentirse ligero al tomar unas grandes bocanadas de libertad entre pecho y espalda, excitado por haber tenido el arrebato de huir, curioso por experimentar la felicidad de dejarse llevar por decisiones instintivas. Nada de eso. Pasaban las horas y Édouard descansaba echado en una cama preguntándose qué clase de desertor era.

La puerta de la habitación colindante se acababa de abrir y cerrar. Al otro lado de la pared, Édouard oyó que la joven estornudaba en el rellano con un diminuto «Atchííís» que la hacía entrañable.

A su derecha, el teléfono, que seguía apagado y sin duda contenía los bramidos de su mujer. Ya que había huido, mejor huir en paz.

«¿Soy un monstruo?»

Podría haber pedido al conductor del autobús que parase, haber hecho autostop para volver a Vannes, coger el siguiente tren de alta velocidad y aguantar los gritos de su esposa al llegar a París. Pero un desertor nunca desanda lo andado. ¿Quién se dirige por gusto hacia el pelotón de fusilamiento?

A su izquierda, la carta que había recibido hacía quince días, guardada en su sobre.

Le atravesaba un hilo invisible que unía ambos elementos. El teléfono y la carta. Su mujer y su pasado. Se propuso deshacerlo porque ese hilo, enredado en su corazón, lo oprimía de forma irremediable.

La recepcionista le había dejado el sobre encima de la mesa de su despacho, entre una multitud de papeles.

Le produjo un impacto grato y potente a la vez.

Luego, las vacaciones con su mujer, los numerosos roces cotidianos, los momentos de calma y serenidad cuando se iba a caminar solo por la orilla del mar o por las murallas de la ciudad.

El regreso a la estación.

La maleta que ayudó a llevar.

Una pícara escritora que le habló de respuestas.

Sus preguntas.

La subida al autobús.

La llegada a Doux Chemin.

Y ahora estaba ahí, en calzoncillos, en una cama de madera, encima de una sábana azul de lunares, de noche en un bosque legendario en calma tras la tormenta, con un teléfono apagado y una carta al lado.

«Eres un cabrón.»

Él, el chico educado, el hijo sensato, el yerno perfecto, el devoto marido.

Ese teléfono inanimado lo desafiaba junto a la almohada. Lo cogió, lo soltó, volvió la vista hacia la ventana para evitar la tentación. En vano. Lo agarró enfadado y lo encendió. Muchos mensajes. Uno de Pauline, su hija: «K haces, papá?». Veintisiete mensajes de su mujer, de los cuales el último fue: «Jamás te perdonaré lo que has hecho hoy». Édouard reunió todo el valor que pudo y contestó: «Necesito tomar distancia. Te llamaré pronto». Y apagó el móvil para no enfrentarse a la respuesta. Tiró el aparato, ahora inofensivo, al sillón que estaba junto a la cama y cogió la carta. La sacó del sobre y la abrió con cuidado para no estropearla. Al leerla, volvió a invadirlo un agradable calor contra el que no podía luchar. Contra el que no quería luchar. Solo sentir, experimentar, disfrutar, sumirse de nuevo en sus recuerdos y preguntarse cómo veía el futuro.

Un cabrón feliz.

A continuación, sacó de la mochila la libretita de bordes gastados que lo acompañaba en la mayoría de sus viajes desde los diecisiete años. Un diario incompleto que siempre esperaba terminar con algunos acontecimientos especiales y cuyas últimas páginas llevaban años vacías.

Y empezó a leer.

Un personaje de novela

Un personaje de novela

Suzann agarró su libreta Moleskine, la abrió por una página en blanco, retiró el capuchón a la pluma y meditó las pocas notas que iba a plasmar en el papel.

Un encuentro en la estación de Vannes. Podría iniciar una futura novela.

Édouard: alto, leve sobrepeso, pero musculoso. Seguro que le gusta comer.

Guapo, ojos azules (comprobar), pelo entrecano, encantador, arrugas profundas como las de Jeff Goldblum.

Cincuenta y tantos. Casado, infeliz, perdido, apagado.

Sensible. Fácil de convencer, de influenciar.

Hecho intrigante: antes de llegar a Paimpont sacó el ordenador de la mochila, abrió la funda e hizo sobresalir parte de un sobre pequeño.

¿Para comprobar que estaba ahí?

¿Por necesidad de verlo?

La dirección = letra bonita. ¿Femenina?

El otro huésped: una joven de larga melena morena. Veintitantos.

Guapa, misteriosa, provocativa.

¿Encantadora o seductora?

No quitó ojo a Édouard durante la cena. ¿Imaginarlos juntos?

Diferencia de edad: dar vueltas al tema.

Hacer añicos las certezas

Hacer añicos las certezas

Édouard pasó una noche agitada. Se despertó varias veces, sobresaltado por los ruidos provenientes del bosque circundante y la algarabía de sus pensamientos, tan desordenados como las ramas de los árboles durante la tormenta de la víspera. Poco después de medianoche lo intrigó el extraño canto de unos pájaros y, por algunos gruñidos lejanos, se imaginó hordas de jabalíes en los alrededores. Le resultaba más familiar el ruido de las sirenas y las voces en la calle cuando cerraban los últimos bares. El hombre tardó en darse cuenta, al calor del edredón, de que había dormido en un sitio desconocido, entre gente nueva, con una mochila en la que había tres calzoncillos, dos camisetas, un pantalón, su ordenador portátil, su maquinilla de afeitar y su documentación.

Y unas palabras, protegidas por un sobre.

Las leyó una y otra vez a la luz del alba. Esa noche, mientras el sueño se le resistía, había decidido varias veces regresar a París, pedir perdón a su mujer, regalarle la mejor cocina del mundo e incluso comprometerse a habitarla de vez en cuando, volver al trabajo, tirar esa carta y olvidarse de todo. Adiós, molesta culpabilidad. Aún era pronto para que alguien se enterase del papelón que había hecho el día anterior.

Sin embargo, cada vez que volvía a leer esas líneas sabía que nada sería como antes. La carta no era muy larga, pero unas cuantas palabras habían bastado para hacer añicos las certezas que habían sustentado su existencia hasta entonces.

«... He confiado en la vida...»

Esas palabras, surgidas de una bonita caligrafía, lo animaban a hacer lo mismo, a creer por un momento que nada era casual y que el destino le había enviado, justo antes de irse, a una escritora inglesa para ayudarla con una maleta muy pesada y que ella lo llevara a ese sitio, donde lo acogerían como a un huésped más.

Como si ya no estuviera acostumbrado a hacerle caso, tardó un poco en darse cuenta de que su calzoncillo se tensaba bajo las sábanas. Hacía meses que no tenía una erección matutina semejante. Ese estado no se debía a ningún pensamiento en particular. Una abstinencia obligada que se negaba a resolver con infidelidades, y que un placer solitario no colmaba, había condenado a esa parte suya a un sueño mustio durante años. Y ahora se despertaba, demostrándole que no estaba muerta y que aún tenía alguna utilidad agradable. Se avergonzó. ¿Tenía que alejarse de su mujer para que sus mecanismos intrínsecos volvieran a ser eficaces? ¿O era por la carta? ¿O, en concreto, por quien la había escrito? ¿El aire del bosque y sus virtudes regeneradoras?

Habría prolongado ese momento tan placentero, incluso buscando su culmen, si no hubiera sido por esa dolorosa vejiga que lo torturaba. Entonces se acordó del té de la noche anterior, al que Suzann propuso añadir una nube de leche, una manera de tomarlo que Édouard nunca había degustado. Se preguntó por su vecina de rellano. Aún no la había oído manifestarse. Tendría que vestirse para ocultar ese repentino vigor masculino, por si se cruzaban en el descansillo. Rara vez una erección lo había reconfortado tanto, como si quisiera oírla decir: «¡Va a ser un buen día, Édouard!».

¿Estaba desesperado por buscar buenos presagios en el simple hecho de empalmarse?

Crecer como un apacible roble

Crecer como un apacible roble

Dada por muerta, yacía sobre la paja del granero con el único movimiento de su débil respiración.

Sabía que había llegado su hora, por no haber podido huir, por no haber sido lo bastante fuerte para luchar contra su agresor. Ahí terminaba su vida, un cuerpecillo insignificante delante del box de un gran caballo blanco.

Unos minutos antes, Platon había comprobado con un leve zarpazo el estado de su presa. La ratita ya no se movía tanto como para divertirlo. Se dirigía hacia la casa después de su vagabundeo nocturno cuando vio a Édouard bajando la escalera. Desde el primer contacto, el animal había sentido la hostilidad de ese hombre hacia él. Pero ¿quién no iba a querer a un gato tan cariñoso y agradable como él? Platon vacilaba: ¿guardar las distancias o tratar de engatusarlo? ¿La animadversión de ese visitante podía ser perjudicial para Gaëlle y Gauvain? Estaría pendiente y desconfiaría. Sacaría sus afiladas garras ante la menor amenaza.

Más madrugador que el resto de los comensales, Édouard fue el primero en entrar en la estancia donde se compartían las comidas y estuvo a punto de tropezar con el gato, que aprovechó que la puerta se abría para colarse entre sus piernas. Sorprendió a Gaëlle y Gauvain abrazados y se disculpó mientras daba media vuelta.

—Quédate, no nos molestas.

El chico se soltó de los brazos de su madre y, sin dirigir una sola mirada al desconocido, desapareció en la cocina para encender el hervidor de agua y cortar el pan.

—¿Te importa si nos tuteamos? Todos lo hacemos.

—A Suzann le hablas de usted.

—Todo el mundo habla de usted a Suzann. ¿Has dormido bien?

—Más o menos. Aún necesito un tiempo de adaptación.

—Aquí uno se adapta rápido. Yo me quedé.

—Yo no he previsto quedarme. Solo quiero reflexionar un poco. Me dejé llevar por lo que dijo Suzann y pensé en mí.

—¿Alguien podría reprochártelo?

—¡Mi mujer!

Aunque algunos vieran gestos de complicidad, Gaëlle había aprendido a ser imparcial y no tomar partido o implicarse en conflictos ajenos. Hacía un favor cuando se lo pedían. El resto no era asunto suyo.

Aun así, Édouard le resumió su marcha. La llamada del notario, las vacaciones complicadas, su mujer plantada en la explanada de la estación tras las palabras de Suzann, los remordimientos que lo acosaban en sueños, la distancia necesaria. Una ardilla se paseaba por el patio. De pelaje rojo, cola tupida, mirada penetrante y gestos rápidos, se movía ante sus ojos con la levedad y la gracia de una bailarina.

—Anda, ¿una ardilla? ¡Qué raro! Suelen tener miedo al gato. ¡Tan raro como interesante! —exclamó Gaëlle mientras iba hacia la librería que estaba en un rincón de la estancia—. Creo que significa algo en particular —dijo sacando un libro por el lomo, que abrió por el índice alfabético.

—No creo mucho en los símbolos y las señales.

—Solo creemos en lo que nos interpela. Mira, la ardilla: «Augura la llegada de una transformación mayor y/o la necesidad de desprenderse de aquello que ya no dará frutos. Entregue lo que no necesite y prepárese para un cambio importante». ¿Te dice algo?

Con una taza de té entre las manos, arropaba a Édouard con la mirada. Gaëlle observaba a los demás con cuidado. Por eso se entregaban a ella de forma espontánea y co

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