Capítulo 1
Priscila debía hablar con Isabella, miembro de Recursos Humanos y prima de su pareja Kevin Lefton, en varias ocasiones; en muchas más de la que ella hubiese querido. Y siempre que la cruzaba en algún pasillo, le brindaba temas de conversación como si en esa semana no se hubieran visto. Algo nuevo para Priscila, que nunca antes le había caído tan bien una persona. Esa joven de cabellos negros y ojos verdes la hacía transpirar. También había asistido a algunas reuniones con ella sobre las mejoras propuestas para su aplicativo, pero siempre terminaba cuestionándola acerca de su vida privada. Muchas veces daba vuelta las preguntas y era Isabella la que termina contando. Las pocas veces que no lo conseguía, terminaba brindando detalles de su relación con Kevin que no deseaba explicar. Claro que no mencionaba el nombre de él, solo que ese último tiempo intentaba evitarla para no terminar hablando de más.
Excepto cuando la llamaba por teléfono, cuando no tenía forma de escapar alejándose. Agarró el tubo y escuchó la voz madura y serena de su compañera. Casi que podía visualizarla sentada en su oficina, con los rulos negros que le caían sobre la espalda, una verde mirada y ropa formal y ostentosa.
—Oye, Prisci, sabes que habrá un almuerzo de fin de año, ¿no?
—No lo sabía.
—Deberías haber recibido la invitación. La empresa siempre lo realiza cuando se acercan las fiestas, para despedir el año, ya sabes.
—Lo siento, no habré prestado atención. ¿Cuándo será?
—El miércoles 12 de diciembre. A veces son un poco aburridos porque organizan las mesas para que hables con gente que no conoces. Esta vez creo que es un día en una quinta, por lo que no tendríamos que venir a trabajar.
A Priscila se le escurrieron las ganas de asistir. Una cena podía llegar a soportar; un día completo con personas a las que no le interesaba conocer era demasiado social para su vida.
—¿Tendré que presentarme en la empresa si ese día no puedo asistir?
—¿Qué dices? Cierran la empresa, no podrás ingresar.
—Entonces tendré que ausentarme.
—Es una pena, Prisci. Hubiese estado genial que pudiéramos estar todo el día en la pileta. Hay cancha de tenis también.
Se lo informó como si la quisiera tentar.
—Suena divertido. Otro año será.
«¿Mintiendo a Recursos Humanos, Priscila?», la reprendió su lógica.
—Es una pena, yo asistiré. —Quedó en silencio antes de que volviera a hablar—. Oye, sabes que hace poco me separé de mi novio, ¿lo recuerdas?
—Creo que lo mencionaste un par de veces. —¿Su voz habría sonado sarcástica?—. ¿Pasó algo?
—Me habló hace poco para que le devuelva sus pertenencias.
—¿Qué le dijiste?
—Estaré loca, pero le pedí que esté en mi casa cerca de las ocho de la noche.
—Isa…
—Lo sé, lo sé. Es que lo extraño, Prisci. Quiero verlo.
—No puedes hacer cambiar su opinión si no quiere una relación seria.
—Debo parecer loca, disculpa. Creí… creí honestamente que era el indicado. Soy una idiota.
—¿Quieres ayuda con algo? No tengo problema si…
—No, no, no… Ya me haré cargo. Solo… necesito cambiar de aire.
—Te vendría bien asistir a un gimnasio, puede ayudarte a distraerte.
—Sí, podría, no es mala idea, Prisci. ¿Tú quieres ir también?
—Yo pensaba anotarme en uno que está cerca, pero tengo que comprarme ropa. A decir verdad, pensaba anotarme en unos meses cuando mi situación económica mejorara por los gastos que sufrí por el alquiler. La mudanza me costó bastante y además tuve que comprar varios muebles que me faltaban.
—Si quieres puedo prestarte algo de ropa. Seguro que tengo alguna remera y short que te pueda servir.
—De todas formas, debo comprarme. Así que no te preocupes.
—Bien, podríamos arrancar mañana mismo si tú quieres.
Casi revolea los ojos por la facilidad de los Lefton de organizar todo de un día para el otro.
—Es muy pronto empezar mañana. Tendríamos que anotarnos, obtener el apto físico y recién luego ver las clases a las que asistir.
—No te eches atrás. Llamaré al gimnasio hoy mismo para saber qué requisitos piden y cuándo podremos arrancar. ¿Qué te parece?
«Que es muy pronto», quería decir ella.
Sabía la desesperación que llevaba a no hablar con nadie. Y la prima de Kevin estaba pasando por algo similar a lo que ella había vivido hacía un tiempo. Bueno, mucho más leve, pero ella no podía hacer oídos sordos al pedido de auxilio. ¿Tendría alguna amiga de la infancia?, se preguntó. Aunque ella no era nadie para criticar o enjuiciar; tampoco había forjado ninguna amistad en el pasado.
—Está bien, pero antes de anotarnos tendrás que hablar conmigo para que pueda organizarme con tiempo.
—Con tu novio, querrás decir —le dijo, y pudo imaginarla sonreír.
—Bueno, sí. No es mi novio, en realidad.
—Sí, sí, genial. Gracias, la verdad es que me va a venir muy bien hacer ejercicio. Quiero llegar rendida a casa y no pensar, solo dormir.
Ella le otorgó la razón. El gimnasio no era una mala idea para descargar energía. Kevin ya se lo había recomendado. Ella no estaba acostumbrada a hacer ejercicio y sí, lo más probable era que al principio terminara cansada.
—Oye, Prisci. —La interrumpió Isabella antes de cortar—. Quería preguntarte algo: Romina no asiste a las reuniones, ¿verdad?
Su aturdimiento la impedía de razonamiento. ¿Qué era lo que sabría la encargada de Recursos Humanos? No podía echar por tierra todo lo construido.
—Está muy ocupada. Yo asisto para ayudarla.
—¿Y en qué está ocupada? Todos los demás jefes se toman el tiempo necesario para asistir a los comités.
—De seguro son tareas que no puede posponer. Yo solo soy referente, por lo que me abstengo a lo que Romi decida.
—Está bien. No la encontré en estos días. Necesito que me pase la estimación del documento que le envié. Es un prospecto muy genérico sobre el aplicativo de Recursos Humanos.
—¿Lograste la aprobación? Felicidades, Isa.
—Muchas gracias. No la hubiera planteado de no ser por ti, Prisci.
—Y por Romina. Ella también estuvo de acuerdo en ayudar a mejorar el sistema.
Isa no dijo nada. Se ahorró sus comentarios y ella se asustó. No quería que cambiaran a su jefa. Le gustaba asistir a esas reuniones y dirigir al equipo, tal como lo estaba haciendo. Solo debía poner en contexto a su jefa cada vez que el gerente de Sistemas pedía reunirse. Luego se encerraba en su oficina y trabajaba, vaya a saber en qué, y solía irse temprano. Se irguió de hombros. Mientras no molestara en las tareas que tenía, por ella podía hacer lo que quisiera.
***
Luego de la charla con Isabella, permaneció más precavida con sus tareas. Ese día cumplía años. Poco importaba para ella. Desde que pudo decidir, lo pasaba como un día normal. Era exactamente eso, un día común y para nada especial. Un año más de vida. Un año más en el que había sobrevivido a la oscuridad. En su casa, cada vez que llegaba el cuatro de diciembre, su madre preparaba una gran torta decorada con crema y la llevaba al colegio para que sus compañeros festejaran con ella. Era tedioso ser el centro cuando siempre intentaba pasar desapercibida.
Había invitado a su hermano ese día a su casa, pese a que todavía no le había dicho nada a Kevin, y no estaba segura de hacerlo. La avergonzaba admitir su fecha de cumpleaños. A lo mejor no necesitaba saberlo, pensó.
Le había pedido a Romina que asistiera a alguna reunión porque la habían cuestionado. Quería que ella mostrara el rostro de vez en cuando para que no se especulara sobre su ausencia. Su jefa, por supuesto, no se mostró dispuesta a aceptarlo. Le envió un correo en donde dejaba constancia de darle la potestad de asistir a todas las reuniones, para sumarlo a su lista de tareas. Claro que Priscila incorporó todos esos quehaceres sin la necesidad de esa descarada imposición. Así, Romina tenía el documento fehaciente y legal para enfrentar a cualquiera que pusiera en duda la asistencia de Priscila en las reuniones. Eso la molestó. Se merecía un aumento en su salario por todas esas horas extras que hacía solo para terminar con las tareas propias de referente más las que Romina le delegaba.
Lo único que le hacía falta incorporar era el tema de evaluaciones y presupuesto de cada proyecto. Y aumentos del personal. Todo lo demás lo hacía Priscila. Pensaba en ello al tiempo que llamaba a Kevin. Cuando todavía estaba sonando, vio pasar a Lucio, el referente del equipo de Desarrollo. Eran casi de la misma edad, o él era un poco más grande pero no mucho más. Y trabajaba muy bien.
Ella no debía actuar como jefa a pesar de las asignaciones que le deparaba Romina. Y por eso, al descubrir que siempre se dirigía a Kevin cuando ocurrían problemas, fue consciente de que estaba esquivando al referente de Desarrollo.
—Hola, Prisci.
—Ah, Kevin. Lo siento. Ya está Lucio aquí, así que lo veré con él.
—Dime. No tengo problema en verlo yo.
—Igual le preguntaré a él. Hablamos luego.
Le cortó antes de que pudiera replicar. Con paso decidido, se acercó al referente. Lucio llevaba el cabello corto y algunos mechones le caían hacia el lado izquierdo de la sien. Su nariz recta y alargada estaba decorada por un piercing, mientras que la barba y el bigote apenas se visualizaban, aunque estaba segura de que la mantenía siempre en el mismo largo. Cuando se agachaba se podía distinguir un tatuaje de un ancla con una serpiente en la cervical y que ella imaginaba continuaría por su espalda. No entendía la necesidad de utilizar tatuajes que no se irían nunca de la piel. Al menos ella esquivaba el dolor en lo posible.
Consultaron juntos el cronograma del proyecto que deseaba saber. Aparentemente estaba asignado a un desarrollador con perfil senior, y eso la alivió un poco. El requerimiento no debía atrasarse más de lo que ya estaba. Lucio le imprimió el esquema que estaban manejando y ese día le entregarían un ejecutable para instalar y así comenzar las pruebas.
—Eso es magnífico. Si lo pasan cerca de la última hora, intentaremos realizar una prueba de humo para corroborar que no falle nada en primera instancia y no haya bloqueantes.
—Perfecto. Avísame cuando lo ejecuten así las ayudo por si se presenta algún error.
—Sí, eso nos vendría muy bien. Gracias.
Cuando volvió a su puesto, su celular estaba sonando. Atendió y saludó a su hermano.
—Migue, ¿descubriste algo importante?
—No, Cami. Todavía no inspeccioné ninguna carpeta. Quería desearte feliz cumpleaños.
Tuvo un pinchazo de desilusión. Chasqueó con la lengua en respuesta a su felicitación, sin darle la debida importancia.
—¿Quieres que te ayude? Yo podría revisar una.
—Las revisaré pronto. Solo quería avisarte que no podré ir a tu casa hoy. Mis disculpas por eso.
—Ah, sí, no hay problema. —No le dijo que eso le producía otra desilusión. Ansiaba encontrarse con él y presentarle a Kevin—. ¿Todo está bien, Migue?
—Sí, Cami. Solo me surgió algo que no puedo posponer.
—Bueno, avísame cuando puedas venir entonces.
—Sí, de seguro el jueves o el viernes si ustedes pueden.
—Lo hablo con Ke… —Se acordó tarde que estaba en la empresa, maldijo—, lo hablo y te aviso.
Levantó la vista y comprobó que nadie la había escuchado, o disimulaban muy bien, se abatió. Cortó el llamado con su hermano, y luego se dispuso a explicarle a Carla, la líder del proyecto del cual fue a hablar a Lucio, para avisarle sobre el ejecutable que saldría ese mismo día. Acordándose de Isa, marcó su interno para hablar con ella. Había aplazado su inicio en el gimnasio, por la cena con su hermano, por lo que estaba libre para ir esa tarde. Definitivamente ese día sería como cualquier otro, se prometió.
—Hola, Prisci.
—Isa, quería avisarte que al final me desocupé a la tarde. ¿Quieres que asistamos hoy a la clase de gimnasia?
—¡Sí! Qué bueno, Prisci. Iremos al salir de aquí, ¿te parece?
—Genial. ¿A qué hora sales?
—A las 18 h. ¿A qué hora sales tú?
—Alrededor de las 19 h. ¿Podrás salir a las 18:30? No creo terminar antes de las seis de la tarde.
—Está bien. Te pasaré a buscar por allí.
—Perfecto. Tendré que ir al mediodía a buscar mis cosas.
—Yo preparé el bolso ayer y lo tengo acá.
—Muy precavida, Isa.
Escuchó la risa de su compañera.
—Siempre preparada, que es distinto.
Sonrió ante lo que Isa decía y luego se frenó al ver a Kevin entrar en el sector. Estaba serio y se dirigía a ella.
—Bueno, te dejo así termino con un tema.
Le cortó al tiempo que Kevin se sentaba en una silla del otro lado de su escritorio. Lo cuestionó con la mirada. Antes no había realizado esa demostración tan abierta de acercarse a ella. Estaban separados por una mesa, y aun así estaba nerviosa por lo que otros podían pensar.
—Saldremos a almorzar en media hora, ¿te parece?
Miró a su alrededor y claramente nadie les estaba prestando atención. Y a pesar de ello, no podía ocultar la turbación que le producían las palabras de él. Su garganta se secó al mirar el color de sus ojos, resaltados por la camisa blanca y jersey negro encima.
—Organicé mi hora de almuerzo para ir a mi departamento a preparar el bolso. —Su voz era un murmullo—. Iré con Isa al gimnasio por la tarde.
—Prisci, recuerda que hoy vendrá tu hermano a cenar.
—Me llamó para posponer el encuentro, Kev. Por lo que arreglé para asistir a la clase que nos recomendó una compañera de Isa.
—No tengo nada para hacer al mediodía. Te llevaré en el auto.
—¿Por qué quieres acompañarme? Nunca nos vemos en la hora de almuerzo.
—Me vendrá bien salir un par de horas.
—¿Un par? —Su voz salió risueña y chillona. Se aclaró la garganta y volvió a hablar en murmullo—. Solo serán unos minutos, lo que me lleve armar el bolso.
—Y almorzar. Te esperaré en mi auto a las 13:30. Sé puntual.
Se levantó y salió de allí, lo que la dejó mareada y expectante. Siempre lograba salirse con la suya, pensó Priscila. Aunque lo primero que se posicionaba en su mente fuera salir huyendo hacia el lado contrario a Kevin, su compañía la recibía con amplio interés y maravillosa felicidad. No acostumbrada a canalizar esos sentimientos.
Salió del sector a las 13:35 h. Kevin todavía estaba en su oficina y, al visualizar bien con quién se hallaba reunido, ya que la puerta estaba entreabierta, soltó un bufido. Era Emilia. Una catarata de improperios se le amontonó en la punta de la lengua. Intentó calmarse y le mandó un mensaje de texto para que lo viera solo él. La frase: «Voy bajando» le debía sentar como un recordatorio. Bajó por las escaleras, pensando en dónde podía esperarlo para que nadie de la empresa la viera.
Se quedó en la esquina, apoyada en la pared. Kevin no contestaba y eso la enfureció. ¿Para qué arreglaba una cita con ella si estaba ocupado? O peor: ¿tan poco se preocupaba por lo que ella pensara que ni un mensaje podía enviarle?
Consultó la hora: 13:40. Ok, esperaría diez minutos más y, si no aparecía o contestaba el mensaje, se iría sola a su departamento. ¿Acaso la única en todo el edificio que era tan descarada como para perseguirlo era Emilia? ¿O alguna otra mujer aparecería para interponerse sin que ella se diera cuenta? Suspiró de puro fastidio. Emilia no se cansaría hasta obtener lo que quería, y eso la molestó y en parte le dolió. No permitiría que Kevin le fuera infiel, aunque no fuesen nada. No se lo perdonaría, se dijo. Él había prometido no estar con otra mujer y debía cumplirlo.
Qué hastío. 13:50. Si no se ponía en marcha en ese momento, no llegaría a buscar su ropa deportiva. Mirando hacia atrás, por si Kevin salía en ese preciso instante, se dirigió caminando a su casa. Eran pocas cuadras y le resultó placentero ese ejercicio.
Llegó a su casa, sin novedades de él, y un fuerte deseo de no verlo más la impulsó a no contestar cuando él tuvo la deferencia de llamarla por teléfono. Había perdido todo deseo de almorzar con él. En todo caso, la salida la había planeado Kevin, quien se invitó a su departamento. Ella no lo habría buscado de no haber sido por la expectativa que él hizo crecer.
Era su culpa por permitir ese tipo de intimidad dentro de su lugar de trabajo, se dijo.
De su bolso, sacó la billetera y la tarjeta de acceso a la empresa y metió todo en una mochila de lona negra que utilizaba para acudir a la casa de Kevin. Cerró con llave y se volvió nuevamente para realizar el camino inverso. Cuando hubo recorrido dos cuadras, su celular volvió a sonar y, un poco más tranquila, con la mente despejada, atendió.
—Prisci, ¿por dónde andas?
—Volviendo al trabajo.
—Deberías haberme esperado.
—Te vi muy cómodo en tu oficina con Emilia. En todo caso, esperé hasta las 13:50. No hubiera llegado a recoger mis cosas.
—Lo siento, Prisci. Emilia no quería irse de mi oficina, aun luego de decirle que debía irme.
—Ajá.
—¿Compraste comida?
—No comeré, se me hizo tarde para comprar algo.
—Estoy saliendo, así que te compraré algo para ti. Y deberás aceptarlo.
—Kevin, será difícil que me entregues la comida sin generar sospechas.
—Me tiene sin cuidado. Avísame cuando estés en tu escritorio, y nada de rechistar. Me molesta esconderme como si hiciéramos algo malo.
—Es algo malo, si lo piensas minuciosamente.
—No, no lo es. Nos vemos en unos momentos.
Y le cortó. Se amonestó por haberlo atendido. Indignada y humillada, caminó las cuadras que le faltaban e ingresó a su piso. Eran pocas personas las que se encontraban sentadas en sus puestos y, si Kevin se apuraba, de seguro solo serían vistos por uno o dos compañeros, no más. Recibió un mensaje con la aplicación interna. Era Lucio que le pedía que se acercara a su puesto.
Dejó sus cosas y se dirigió para saber qué quería el referente de Desarrollo. Festejó cuando le informó, apenas llegó al puesto, que el ejecutable se estaba terminando de empaquetar y que, en dos horas, podría comenzar con las pruebas.
Ella estiró la mano y él se las chocó, tal como todos festejaban allí. De esa forma, dejaban asentado como un acuerdo de que estaban del mismo lado. Querían sacar ese proyecto cuanto antes.
—Esperemos que salga todo en orden en sus pruebas.
—Está bien, pero si logra pasar la prueba, hoy podremos enviar un correo alentando a Ramiro que está muy nervioso con estos retrasos.
—En eso tienes razón.
—Bueno, avísame cuando terminen. Ahora le digo a Cintia y a Carla que tengan todo preparado para comenzar apenas esté lista la versión para instalar.
—Sí, cualquier consulta que me avisen.
—Gracias, Lucio.
Contenta, se volvió a su escritorio. Solo cuando se sentó notó las tres empanadas que Kevin había dejado para ella. ¿Había estado por allí? De seguro la había visto hablar con el referente y no quiso llamar la atención. Sonrió para sus adentros. Él, dentro de todo, se preocupaba por ella, pensó.
Capítulo 2
Juiciosa al no desear mostrar su afecto por Kevin en la empresa, Priscila trataba los temas con el referente del equipo de Desarrollo para no ser tildada de chupamedias del jefe del otro sector. Los problemas debía manejarlos con su par. Ya había elevado el tema de nuevo al analista a cargo, Ramiro Basuoldo, y no podían continuar retrasándose más. Y menos por un problema que no era de ella. Apenas Cintia DeGiuno, el recurso asignado en el proyecto que lideraba Carla Pietro, realizó la prueba de humo, supo que no podría continuar con ninguna prueba más. El sistema había generado un error crítico y frenaba toda la ejecución de los casos diseñados para ese proyecto. Con lo cual, Priscila tuvo que levantar el problema hasta Ramiro para indicarle que se atrasarían por problemas de desarrollo. Kevin no dijo nada sobre eso, y cuando se vieron a la noche no hablaron del tema. Ella no sabía si estaba enojado o decidido a separar las aguas. Trabajo y hogar debían distanciarse, y a eso apuntaba ella. Por lo que allí estaba de nuevo. Dos días después de informar ese defecto, todavía seguían sin novedades y debería volver a levantar la alarma si continuaba el atraso. Por lo que, decidida, se dirigió al puesto de Lucio Amareto para hablar sobre el tema.
Lo encontró —agradeció en silencio— en su puesto redactando un correo. Tenía el cabello cortado casi al ras, en la mitad de la cabeza hacia la nuca, y toda la coronilla apuntaba hacia la frente y caía en un jopo hacia un costado. Bastante enérgico y trabajador, a Priscila le gustaba contar con un par que la igualara en proactividad.
—Hola, Prisci. ¿Necesitas algo?
—Sí. Quería consultarte sobre el proyecto Interfaz de Tenencia para el cliente BACS S.A.
—¿El normativo?
—Exacto.
—¿Qué pasó?
—¿Cómo qué pasó? Deben entregar la nueva versión hoy mismo porque, de lo contrario, no llegaremos a terminarlo.
—Es imposible entregarlo hoy.
Le costó procesar lo que estaba diciendo. Se tomó dos segundos de más para tragarse todas las maldiciones y replantear el problema.
—Dijeron en la reunión de ayer que entregarían la corrección en el día de hoy.
—Sí, pero se enfermó Jonathan y no hay nadie que pueda corregirlo.
—¿Avisaron a Ramiro?
—No.
—Entonces enviaré el correo indicando el retraso.
—No —dijo una voz a su espalda. Antes de darse vuelta, ya sabía que era Kevin—. Lo enviaremos nosotros.
Su rostro denotaba seriedad. Priscila se encontraba alarmada al creer que continuaba enojado con ella por el informe enviado a Ramiro hacía unos días atrás. Él debía entender que su trabajo era prioritario y muy importante, obtenido gracias a su empeño y mucho esfuerzo. No podía cambiar solo por estar saliendo con él, y esa actitud prepotente de Kevin la molestó.
—Muy bien. Esperaré a que envíen el correo. —Se volvió al referente—. ¿Cuándo se reintegra Jonathan y para cuándo tendrán la corrección lista?
—Le otorgaron dos días de licencia —contestó Lucio tranquilamente—. Y asumíamos dos días por el arreglo.
—¿Dos días? Entonces no habrían entregado la nueva versión, por más que él hubiera venido a trabajar.
—Se podría haber adelantado ayer, pero se retiró más temprano. —Lucio contestaba de forma parsimoniosa, y eso la enojó más. Priscila sentía que le hervía la sangre.
—Si entregan la versión el martes que viene, entonces nosotros no podremos terminar el primer ciclo hasta dentro de diez días.
—Ramiro lo necesita para la semana que viene.
—No hago magia, Kevin. Puede que hubiéramos llegado si el defecto bloqueante no se hubiera generado.
—¿Por qué no agregas otra persona al equipo?
Frunció el ceño, tratando de atisbar si era una maldita broma o si le estaba hablando en serio. Casi rogó que fuera una broma. Él permaneció impasible, y la miraba seriamente y sin ninguna mueca en sus labios.
—Debes tener gente ociosa si piensas que todos pueden mover a las personas en diferentes proyectos solo porque a ti te conviene. —Observó su nariz dilatada por el enojo. No le importaba, ella estaba que trinaba—. Avisé en la reunión sobre mis tiempos: se atrasa Desarrollo, entonces se atrasa el proyecto. No voy a volver loca a las personas cambiándolas de asignaciones.
—Eso lo debería decidir Romina, ¿no crees?
Ahogó un jadeo. No dijo lo que creía que había dicho, ¿verdad?
«Oh, sí lo dijo».
—¿No crees que tenga la suficiente madurez o experiencia para conocer la asignación de los equipos o cómo organizarlos?
—Solo digo que la decisión de sumar o quitar personas por la prioridad de cada proyecto no debe recaer en ti.
—Entonces seguramente podremos realizar una reunión a la que asista Romina y revisar la planificación para que ella indique si es factible hacer lo que pides. —Se volvió al referente de Desarrollo—. Te aviso la hora de la reunión, Lucio.
Su par estaba con los ojos bien abiertos mirando a Kevin y a ella sin saber qué decir. Le ahorró la molestia y se marchó rápidamente.
Se dirigió hacia el pasillo que discurría en los ascensores, fuera del sector. No se sentaría en su mesa hasta que lograra calmarse. No cuando podía percibir todos los ojos posados en ella. Debía mantener a raya su enojo para trabajar enfocada en la eficacia. Se preguntó cómo Kevin había podido evidenciar a viva voz la extensa tarea que Romina le cedió. Sabía que su jefa era inoperante; no tenía nada más que realizarle un par de preguntas sobre algún proyecto que no sabría cómo contestar. Ingresaba al fardo sola al balbucear e intentar tirar nombres sin lograr atinar.
No quería admitirlo, y por más que quisiera ocultarlo, le dolió que la rebajara de categoría. Ella era capaz de decidir sobre el equipo. Lo cumplía desde que había ingresado a la empresa, cuando se dio cuenta de que su jefa no sería de ayuda. Había quedado anonadada por la reacción de Kevin.
Tragó con fuerza al sentir su garganta oprimida. Se sentó en uno de los escalones y escondió el rostro en sus piernas, rogando que nadie quisiera utilizar las escaleras. Intentó relajarse mentalmente, e instó a sus pulmones a llenarse de aire para luego exhalarlo. Continuó de esa manera hasta que mantuvo la compostura a raya y su enojo disminuyó.
Cuando su cuerpo pudo mantener la compostura, se levantó. No dio el paso para avanzar hasta saber qué le diría a su jefa. Estaba segura de que se mostraría de acuerdo. No tenía que preocuparse. Entre Romi y ella pondrían en su lugar a Kevin. No dejaría que tomara la reunión por las riendas, si podía evitarlo. Con paso apresurado subió las escaleras y se dirigió a la oficina de Romina. Claro que debía hablarle antes de la reunión que tendrían con Desarrollo. Debía advertirle, se dijo. Ingresó a la oficina cuando su jefa le indicó que podía pasar y dio un respingo por el susto al encontrarse que no estaba sola, sino que ni más ni menos que con el susodicho.
Se le había adelantado, maldijo.
—Prisci, justo estamos hablando del proyecto de la Interfaz. ¿Por qué dices que no podremos agregar a otra persona?
—Romi, si abres la planificación sabrás que no hay otra persona libre para que lo tome.
—¿Ni siquiera medio tiempo de alguien? La gente asignada a Hunnors ya no tiene tanto para diseñar. Puedes sacar a un recurso de allí.
Intentó no dar muestras de hastío ni revolear los ojos.
—Tienen una enorme cantidad de casos que le faltan escribir.
—¿Cómo es posible? Ya tienen como mil casos en total.
Priscila suspiró y se rascó la sien nerviosa. Su jefa ya conocía sobre la planificación por la reunión mantenida el día lunes, momento en el cual habían analizado el cronograma juntas. ¿Por qué cuestionaba?
—Son funcionalidades enteras las que debemos probar. Y no solo la parte funcional, sino que también se suman los procesos, las APIs, las validaciones. Hay infinidad de detalles que faltan diseñar todavía.
—¿Y qué me dices de los chicos de Banco Privado? O Nuevo Banco Provincial. De algún lado, nos debe sobrar una persona.
Kevin la estaba mirando serio. Supo que había perdido esa batalla en el mismo momento en que entró en esa oficina. Nuevamente unas fuertes ganas de gritar la invadieron, pero se logró refrenar. Y volvió a maldecir la inutilidad de su jefa, porque no tenían forma de sacar a una persona de otro proyecto solo para tapar el mal desempeño de Desarrollo.
Ellos sí podían tomarse cuatro días para entregar una nueva versión, y sin importarles que fuera el equipo de Calidad el que saldría corriendo a ejecutar todo. No dejaría en desventaja otro proyecto a causa de ellos.
—Romi, no hay manera de tomar este proyecto con otra persona sin desatender otros. —Suspiró cansadamente—. Lo tomaré yo si es que debemos ayudarlos.
Kevin se irguió. No tenía la mirada fija en él, sino que lo percibió por el rabillo del ojo. Lo sorprendió, y eso no le importaba. Había ganado él.
—¿Segura de que no podemos sacar a otra persona de otro proyecto?
—No estaría discutiendo con el equipo de Desarrollo si no lo estuviera. —Su voz salió mordaz y se ordenó a controlarse—. No hay otra forma.
—Bien. Entonces haz como dices.
Priscila dio media vuelta y estaba por salir cuando Kevin habló.
—¿Priscila no está asistiendo a las reuniones de comité y a las de los proyectos en curso? Le quedará poco tiempo para ejecutar a la par que otro.
El vago intento de persuadir a su jefa le causó solo rechazo. Él ya no tenía nada que hacer ni que decir sobre ese proyecto. Él había logrado su cometido. ¿Qué le importaba quién lo tomara? No le iba a ganar de nuevo, decidió.
—Romi, podré hacerlo. Ayudaré a Cintia a terminar el proyecto.
Salió de la oficina sin mirarlo. La decepción la amargaba y la engullía en una poderosa ola de malestar y desconsuelo. Tuvo que contener un espasmo de congoja, y luego se recompuso cuando la llamaron para asistir a una prueba de usuario. No pudo concentrarse correctamente, y eso la asustó. Antes de Kevin, no le había sucedido nunca. Era posible que ella se lo estuviera tomando muy a pecho. Y justo hacía unos momentos había pensado en separar la relación amorosa del trabajo. ¿Acaso ella no podía cumplir con esa imposición?
Apretó los labios. A él tampoco le había gustado que enviara ese correo, así que por eso se había vengado, pensó ella. ¿Cómo debía actuar cuando nunca había tenido una experiencia previa con la que comparar? Solo podía deducir que, si ellos estuvieran separados, definitivamente no se habría sentido tan mal.
Suspiró sin saber qué hacer. Volvió a su puesto cerca de la hora de marcharse. Tenía pendiente enviar el informe final del proyecto al que acaban de mostrar la funcionalidad a los analistas. Abrió el documento que contenía el formato impuesto por los procesos de calidad, y no logró escribir nada. Miró por entre los paneles que separaban las computadoras de cada persona, y pudo atisbar que Esteban todavía se encontraba en su escritorio. Su puesto único de considerable proporción, dispuesto para ella, enfrentaba a su equipo, y se le daba distinción por ser la segunda al mando. Al sentarse en él tenía a todo su equipo de frente y podía saber quién estaba y quién no. Los demás equipos estaban en hileras de tres mesas, enfrentados, con el líder en cada extremo y todos tenían separaciones por paneles para trabajar con comodidad. Se levantó de su asiento y se dirigió hasta el lugar donde atisbó que se encontraba el líder que necesitaba.
—Esteban, ¿es tu hora de marcharte?
—En media hora porque llegué tarde.
—Está bien. ¿Podrías hacerme un favor?
—Sí, dime.
—¿Te animas a armar el informe final del proyecto de Canales?
El líder del equipo la miró sin saber si era una broma. A ella le encantaba encargarse de todos los temas, solo que esa vez tenía miedo de que sus problemas personales se impusieran y terminara cometiendo una equivocación por escribir sin coordinar sus hilos mentales.
—Sí, sí, por supuesto.
—Toma como ejemplo algún informe previo que hayamos enviado y, si quieres, cuando termines lo revisamos juntos. ¿Te parece?
—Claro. Gracias, Prisci.
—A ti.
Suspiró y volvió a su máquina para terminar de revisar su bandeja de correo por si tenía alguno muy importante por leer. Estaba cansada y mentalmente fastidiada. Alertada, se dio cuenta de que también estaba decepcionada con su jefa. Después de todo lo que Priscila se había esforzado por ayudarla, Romina se ponía del lado de Kevin de una manera tan cómoda, lo que daba a entender una actitud sumisa por parte de ella. Eso la estremeció y la enfureció más. ¿Pero qué podía hacer? Era su jefa, y ella decidía.
Le llegó un mensaje interno de Kevin. Nunca le contestaba por ahí porque no sabía si era controlado por personal de la empresa. Y cuando lo hacía, especulaba con sus respuestas para que fueran meras palabras de una compañera de trabajo, sin atribuirle ni un gramo de cariño.
Kevin Lefton
¿Te encuentras en tu puesto?
Ella no le contestó. Estaba segura de que, si le hablaba, él comentaría sobre ir a dormir a su casa. Ese día habían arreglado en ir a la casa de Priscila, aunque no sentía deseos de compartir su cama en esos momentos. Le llegó el correo electrónico de Esteban para que revisara el documento titulado «Informe Final de Pruebas». Solo le cambió un par de comentarios y luego se lo mandó de vuelta indicándole las modificaciones y felicitándolo por la redacción.
En ese momento, le sonó el teléfono. Atendió mirando el nombre indicado en su identificador. Solo logró hablar luego de darse un segundo para calmarse internamente.
—Hola.
—Prisci, creí que te habías ido.
—Estoy todavía aquí. ¿Necesitas que revisemos algún proyecto?
Kevin tardó unos segundos en volver a contestar.
—Sí. ¿Puedes venir a mi oficina?
—No lo creo.
—Prisci, si no vienes tendré que ir a llamarte personalmente.
Lo pensó mejor.
—Está bien. En unos momentos, estaré ahí.
Le cortó el llamado, bloqueó su máquina y salió apurada con campera en mano y cartera en un hombro. Tenía que apresurarse a bajar las escaleras si no quería encontrárselo en la unión con los ascensores en el sector de recepción. Se puso la campera cuando llegó a los molinetes y los cruzó luego de pasar su tarjeta de acceso. Casi corrió hasta la puerta de vidrio, y el aire del atardecer la golpeó en fuerte contraste con el frío edificio. Colocaban el aire acondicionado demasiado alto y, en esa época de calor, el choque con el cambio drástico de clima la sosegaba.
—¡Prisci!
No miró hacia atrás, siguió caminando, en ese instante de manera tranquila, sin detenerse. Claro que la iba a alcanzar, solo que no se atrevería a hacer una escena a metros de la empresa…
«Humm. No lo haría, ¿verdad?».
Frenó y lo enfrentó, tras captar su sorpresa y su avance un poco más lento. Esperó hasta que estuvo a unos pasos de ella para hablar.
—Creí que captarías la idea de que hoy dormimos cada uno en su respectiva casa.
—Prisci, sabía que estabas enojada… Me dolió que no entendieras que este proyecto no se puede retrasar más.
—Eso lo entiendo perfectamente. No tengo ganas de hablar de trabajo ni de pelear a estas horas, así que lo dejamos para mañana. ¿Está bien?
—Déjame al menos que te alcance hasta tu departamento. Llegaremos allí en diez minutos.
—No. Puedo llegar hasta allí sin molestarte.
—Sabes que no es molestia.
—Te equivocas, no lo sé.
Kevin achicó la distancia y pasó un brazo por su cu
