Comisión de las Lágrimas

António Lobo Antunes

Fragmento

cap-1

1

Nada a no ser de vez en cuando un escalofrío en los árboles y cada hoja una boca en un lenguaje sin relación con las demás, al principio ceremoniosas, dudaban, pedían permiso, y después palabras destinadas a ella y de las que se negaba a entender el sentido, cuántos años hace que me atormentan, no tengo que darles explicaciones, suéltenme, esto de niña, en África, y después en Lisboa, la madre se acercaba al mueble de la cocina donde guardaba las medicinas

—¿Son las voces Cristina?

aquí en la Clínica silencio, con las inyecciones las cosas dejan de interesarse por mí, una frase, a veces, pero sin amenazas ni enfados, solo el nombre

—Cristina

una amabilidad diligente

—¿Cómo estás Cristina?

o una queja

—No nos haces ni caso

la cama, la mesa y las sillas casi objetos de nuevo, aunque se sienta un resentimiento que espera, no se atrevía a tocarlos, se tumbaba pesando lo menos posible con la esperanza de que la almohada o las sábanas no la sintieran y puede ser que se distraigan y no la sientan, no deben de sentirla porque ningún

—¿Cómo estás Cristina?

desde hace semanas, exceptuando las hojas en un capricho del viento y las bocas de vuelta por un instante, lo que me molestan las bocas, el director de la Clínica

—Me estoy planteando darle unos días de permiso si me promete tomarse las pastillas

y en el interior del

—Me estoy planteando darle unos días de permiso si me promete tomarse las pastillas

no existía la sombra de una sugerencia, un consejo, la orden

—Tienes que matar a tu padre con el cuchillo

gracias a Dios ausente, casi paz si hubiese paz y no la hay, hay negros corriendo en Luanda, camionetas con soldados, tiros, gritos en una ambulancia que arde en la playa, bajo pájaros que se escapaban, y al dejar de arder ningún grito, el padre fue cura, ya no era cura y la madre enfadada

—¿Quién te ha contado eso niña?

el padre oscuro, la madre clara que antes de conocerlo había venido en barco para bailar en un teatro y no era teatro como lo llamaban, otro nombre, al no acordarse del otro nombre ella teatro y qué hay de malo en haber sido cura o bailar en el otro nombre, si las voces en las cosas o en su cabeza preguntasen

—¿Cómo estás Cristina?

los gritos se borrarían, la ambulancia se borraría, solo hierros retorcidos en la arena, lo que parecían cuerpos, lo que creyó cabezas, en la isla frente a la playa restos de barcos, si las voces

—¿Cómo estás Cristina?

respondería

—Fenomenal

en el apartamento de Lisboa se ve el Tajo desde la terraza siempre que se abra el pestillo porque los cristales opacos, cuando se marchó el hombre que los puso la madre al padre

—Después de todo este tiempo ¿sigues teniendo miedo?

y el padre sin responder, al menos los árboles del cementerio judío no eran capaces de verla y por tanto ni amenazas ni enfados, se quedaba mirando al padre, jugando al ajedrez en un rincón, asustándose en cuanto pasos en la escalera

—Madre ¿qué le pasa a padre?

y la madre, que nunca bailó para ella debido a la rodilla

—Esta rodilla

masajeando dolores con el bote

—Manías

apoyada en el pasamanos del fregadero dado que en su caso la tarima escalones vencidos con esfuerzo uno a uno y para nosotros liso, la rodilla se deshacía y se recomponía bajo la falda

—Manías

no dicho como por las hojas de los árboles, soplado, la madre a quien le faltaban dientes

—¿Por qué le faltan dientes madre?

con muchos incisivos mordiendo el

—Manías

cuyas arrugas se hacía necesario alisar para oírlo, una fotografía en la cómoda de cuando bailaba en la segunda de dos filas de bailarinas con plumas y lentejuelas, la uña casi sin esmalte aplastada contra el marco

—Soy yo

es decir solamente plumas, no cara, por detrás de plumas más grandes, las plumas de la madre, ofendidas

—Siempre nos escondían

y por suerte se callaron enseguida, no la mandaron coger el cuchillo ni romper lo que quiera que fuese, cada hoja una boca de manera que avisarlas, levantando y bajando el dedo que nunca tuvo esmalte, si tuviese esmalte no sería suyo

—Olvídenme

gente corriendo en Luanda y la uña de la madre dejando el retrato

—No era una corista importante

con el sol por fuera de los cristales opacos, si los rayase con un clavo, pero en qué cajón hay clavos y la caja de las herramientas guardada no sabía dónde, lo veía, como las ambulancias que ardían, con los mismos gritos y la misma agitación al fondo, una tarde cogió las cerillas de la despensa e intentó prenderle fuego a la cortina para callar los gritos que desordenaban el salón pero la rodilla de la madre bajó cojeando los peldaños que se formaban para ella y se las quitó, en lugar de pegarle le apretó la nariz contra la barriga, que es por donde lloran los adultos, la barriga dando botes

—¿Por qué le da botes la barriga madre?

y muy lejos de la nariz, ahogado en la barriga, una garganta que no formaba parte de ninguna de nosotras, a qué criatura pertenecía la garganta, también dando botes, al soltarla los ojos del padre, que de repente no se reconocían el uno al otro, casi la hicieron arrodillarse de angustia, respondió también con los ojos

—No voy a preocuparme por usted

y no solamente los ojos, la zona alrededor de los ojos, el director de la Clínica

—Me estoy planteando darle unos días de permiso si me promete tomarse las pastillas

la zona alrededor de los ojos parecida a las casas antiguas que nadie habita, ni siquiera la memoria de los muertos, y sin embargo se agarra a nosotros y persiste, caminando por las habitaciones en una renuncia de ecos, una bata en un sillón de terciopelo

—No soy de nadie estoy sola

la madre

—Cristina

y Cristina un huevo, señora, si quiere que responda llámeme como debe ser, con la boca de las hojas, las voces se expresaban en secreto detrás de las inyecciones, se inclinaba hacia ellas

—¿Perdón?

y una en su espalda, muy triste

—No podemos hablar Cristina

si por lo menos fuese capaz de rayar con un clavo el cristal que la apartaba de las voces y al apartarla de las voces la apartaba de todo, de la gente que corría en Luanda, de las camionetas con soldados, de los gritos, yo ni curiosa ni asustada, indiferente, de vez en cuando alguien se caía y se arrastraba unos metros, como la rodilla de la madre, antes de convertirse en suelo, una chica alcanzó su zapato, apoyó levemente la mejilla en la puntera, soltó la puntera, lo dejó, la madre limpió la sangre en casa con la esponja de las sartenes, no en el apartamento de Lisboa, claro, en Luanda, un poco más allá de Muxima, farolas apagadas a pedradas, balcones cegados por ametralladoras, si el teléfono empezaba a sollozar el padre con las mangas abiertas defendiendo el aparato

—No lo cojáis

sin acercarse a él, le preguntó

—¿Hay soldados al teléfono padre?

y la cara de su madre, no los labios

—Cállate

los labios inmóviles, gente que llamaba a la puerta, dejaban la puerta y seguían corriendo, pasados estos años no han dejado de correr, a veces pensaba que silencio y no silencio, todavía gente, todavía la ambulancia, todavía camionetas, quién les limpiaría la sangre de los zapatos con la esponja, cada mueble respirando por su cuenta, no juntos como de costumbre, al respirar juntos el salón era salón, separados no entendía dónde se encontraba, trozos de cómodas, de sentimientos, de armarios

—¿Dónde vivimos nosotros?

el padre escribiendo, el papel tapado con el codo, saliendo en un todoterreno de la policía, volviendo por la mañana con la corbata enrollada en el bolsillo y manchas no se sabía de qué en el traje arrugado

—No discutáis conmigo

los muebles no solo separados, transparentes, se veían los cubiertos en las baldas, servilletas, manojos de cuerdas, manteles de altar

—¿Ha robado la iglesia padre?

tiros no de escopeta, más fuertes, la fachada del colegio un destrozo del que salían ladrones con ficheros y mapas, hasta en las copias cometías errores, Cristina, qué vergüenza, dinos si hoy día sigues cometiendo errores, si hubieses estudiado entenderías a las hojas y la razón por la que los soldados disparan contra los árboles, el todoterreno de la policía se quedaba en la acera protegiendo al padre, por la noche, y aun así piedras que no se sabía de dónde venían contra las persianas bajadas, la madre

—¿En qué andas metido?

y el padre escribiendo, al levantarse de los papeles los ojos que no se reconocían el uno al otro sobre ella, quietos sin reconocerse, juegan al ajedrez contra un libro, la circunvalación de Luanda sin pájaros, los restaurantes cerrados, el padre

—No salgáis

como él tampoco salía de Lisboa, si una ambulancia en la calle obligaba a la madre a abrir un poquito la terraza

—¿Está ardiendo?

y bajo los hierros torcidos dos cabezas, muchos

—Me estoy planteando darle unos días de permiso si me promete tomarse las pastillas

cuerpos o mejor lo que parecían cabezas, lo que parecían cuerpos y entre las cabezas y los cuerpos un pie de verdad, intacto, siempre balanceándose

—Cristina

porque todo le hablaba

—Todo me habla

miles de voces distrayéndola de las copias del colegio y de la sopa de la cena

—A quien no se tome la sopa se lo comen los bichos en la oscuridad

saquen las voces de aquí, por qué razón no puede haber solo hambre de fruta, las voces se despedían cuando llovía pero entonces eran las goteras y las gotas pasando de fuera adentro de mí y ninguna camisa sofocaba el ruido, mi padre fue cura antes de que yo naciera, ya no es cura, lo aseguro, aunque capaz de bendecir y perdonar los pecados, se descalzaba examinándose los pies, indecisa,

—¿Están balanceándose como el de la ambulancia madre?

todo tan grande en aquella época incluyendo disgustos y asombros, queremos ser del tamaño de lo que sucede en nosotros y no lo conseguimos, cuando murió el periquito una desilusión con espinas, que iban del ombligo al cuello, de modo que se mantenía quieta con la esperanza de que no la picasen

—No me hagan daño

y tras el no me hagan daño

—¿Será esto tristeza?

la madre cogió el periquito por un ala y el animal se desplegó como un acordeón con garritas en el medio, el padre aliviado porque la ambulancia no ardía

—No han descubierto dónde me he escondido

dóblelo por los pliegues y métalo en la jaula, señora, hay difuntos, un día de estos, si hay ocasión, le explico cómo lo aprendí, que se despiertan, observan alrededor, deciden

—Voy a volver

y pasan el tiempo de acá para allá en el pasillo, intrigados con los cambios

—¿Estás segura de que no te has equivocado en la dirección Matilde?

cuando ninguna Matilde, acaban pidiendo disculpas desapareciendo con pasitos nerviosos, no se imagina la multitud de difuntos que andan por ahí buscando el edificio en el que vivieron, cómo se llamaba la calle que no me acuerdo bien, me suena el bazar de los chinos, me suena la carnicería pero debería haber pasado la Óptica y no doy con la Óptica, se sientan en un banco

—Si me siento me tranquilizo

la madre dale que te pego con la rodilla, traigo la bolsa de agua caliente, no traigo la bolsa de agua caliente

—Como si les importase dónde te escondes se ha acabado esa historia

las noches en que el padre no venía los difuntos la molestaban en la habitación tocando la sábana

—¿De verdad que no eres de mi familia niña?

la madre con una bata vieja abandonada, a lo mejor entra en ellas con disimulo, alejándose

—No hay nadie que no sueñe sigue durmiendo y no me toques el hombro

tras estos años la rodilla de la madre y mis sueños proseguían de forma diferente, qué nos pasó mientras tanto, en Luanda los soldados disparaban no solo a las personas, a los perros, en Lisboa el ciego en una sillita al lado de la mercería, abriendo las aletas de la nariz ante el chico que le compraba tabaco

—Ha pasado una mujer ¿verdad Carlos?

y el chico cogiéndole dinero de los bolsillos

—Es la hija del cura la loca que habla sola

sus faldas ajustadas, las de la madre

—Pruébate esa

demasiado anchas, cómo era usted con mi edad, cuéntemelo, el doctor que le trataba la rodilla, sin entenderlo

—¿Cómo que esta niña oye voces?

junto a un cartel imperativo, Lávese las manos antes de comer, y el dibujo de palmas, haciendo el gesto de refregarse, bajo un grifo en el que el agua era un cono de rayitas, el doctor se había afeitado mal la parte izquierda de la barbilla y masticaba, sin ofrecerles la cajita, caramelos que anulaban sílabas a las palabras y transformaban en vocales todas las consonantes, la lengua aparecía con el caramelo, ya minúsculo, en la punta, mordiéndolo con un ruido de cristales que se rompen, señalando

—Las amígdalas

como si los doctores enfermasen, qué lío, en la playa en Angola, además de la ambulancia, fulanos casi desnudos, amarrados con alambres en las muñecas, acurrucados y esperando, lo que mejor recordaba de la gente era la resignación, una noche sin garantías de un mañana, de momento no oía voces, no había bocas en las hojas, la madre, con el pelo teñido, no gorda, no anciana, colocando, con un pincel, párpados azules encima de los párpados rosas

—¿Qué hacía usted antes de bailar madre?

—Trabajaba en una fábrica

unas veces fábrica, otras modista, otras oficina, otras

—No me fastidies con preguntas

corrigiendo el pincel que no se volvía párpado, solo se ensuciaba y ella lo lavaba en el grifo, Lávese las manos antes de comer, la madre, inclinada sobre la consola, con un retrato en el que llevaba una cosa encima y otra debajo y se llamaba Simone, a pesar de llamarse Alice, al menos el padre Alice y en las cartas de una tía Alice con una letra que desanimaría a la maestra de la escuela

—Ay Cristina

la madre retocando el párpado en el espejo

—Por tu culpa casi lo estropeo

no con el pincel, un cepillito y un lápiz, muy de vez en cuando una compañera de los bailes que había trabajado en la fábrica, en la modista, en la oficina, con paneles a ambos lados de la puerta con fotografías como las de la madre, solo que, en lugar del nombre, Girls, venía a pedir dinero envuelta en un abrigo de pieles sin piel, despeluchado, tuvieron un gato así que enterramos en las traseras, incluso tapado siguió maullando durante meses y algunas tardes vuelve para molestarnos, la compañera

—Problemas con la renta ¿me echas una mano Simone?

en la caja de mimbre del sofá, muy delgada

—Simone

con una voz parecida a los árboles, qué ha sido de las plumas, amiga, del tobillo en alto en la segunda fila, con menos lentejuelas y el traje más usado, te acuerdas de la patosa que acabó en el guardarropa, con un plato en el mostrador para las propinas y la hija en una cuna en la cocina, al acabar el gerente se quedaba con la mitad de las monedas

—Y da gracias a Dios de que me des pena

y un empleado mestizo le mangaba la otra mitad avisándola

—Calladita

te acuerdas del cura esperándote en la calle, abotonado, respetuoso, con una azucena en el puño

—Madame

y nosotras a ti

—Solo te falta un velo blanco

porque para él no conocías hombre como él tampoco conocía mujer, el gato vino a maullar por un instante aquí arriba y se hundió de nuevo, quiso llamarlo

—Gato

y el animal se negó a oírla, mira la tierra en los ojos abiertos, mira cómo se mueve la cola, una pata, una segunda pata, el hocico que se levanta, tiembla un momento, cae, le pareció que él

—Cristina

y yo en silencio

—Perdona

la madre a la compañera, con una mirada de soslayo recordando el velo blanco

—Esta habla con las sombras

y no hablaba con las sombras, se limitaba a responder al que la perseguía sin descanso, el sol en los mangos afortunadamente mudo pero el resto una agitación de ecos, cómo estar con ustedes siguiendo sola, la madre Simone o Alice y el padre ni Alice ni Simone, yendo y viniendo con el todoterreno, la madre esperó durante días a que él azucena en ristre

—Madame

torpe por timidez y pasión, la compañera

—Tan gracioso

cuando graciosa era su miseria y las raíces oscuras del pelo rubio, intentaba sentarse, con los clientes de la fábrica, de la modista, de la oficina, en mesas entre risotadas de hombres

—¿Me permiten?

y palmas espantándola

—¿Qué querrá esta?

de modo que la renta del cuarto, entiendes, te ha sobrado alguna chuleta de la cena que me puedas meter en una bolsita, te prometo que no vuelvo más ni te molesto, los ojos de la compañera no uno al lado del otro, uno solo navegando por la cara bajo un único párpado, por qué no la enterramos como al gato rezando para que no vuelva, la compañera dispuesta a despeinarle el flequillo

—Tu hija tan guapa

al despedirse una sonrisa hecha de harapos de sonrisas antiguas que las personas conservan sin darse cuenta de que los tienen

—Debería buscarme un cura como tú Simone

la madre a su vez un solo ojo y una cosa mojada bajando por la nariz, el padre desde el fondo

—¿Quién era?

la cosa mojada que bajaba por la nariz

—Nadie

y es verdad, nadie, sentiste algún ruido, Cristina, salvo las voces y el gato que no deja de volver para acusarnos, cuántas veces le pedí a mi marido que me dejara irme a Lisboa, la señora de la embajada haciendo rayas con el lápiz en un cuaderno, docenas de rayas al final siempre la misma

—La situación se ha complicado ¿lo sabía?

o sea mi marido escribiendo por detrás del codo, las carreras, los tiros, algunas de las personas acurrucadas en la playa intentaban escaparse hacia el mar pero como las piernas atadas y esto también rayas en el cuaderno, más rayas, la misma raya sin fin

—La situación

las uñas me crecían contra las palmas primero y en la carne después y las entrañas vacías, hemos muerto nosotros o todos los demás, qué te cuentan los árboles, Cristina, qué te cuentan las cosas, qué hay entre vosotros que se me escapa, como entre tu padre y tú, yo despreciada, saco las plumas del baúl, me las pongo en la cabeza y vuelvo enseguida a guardarlas, yo despreciada, mi tío apretándome el brazo

—Ven aquí Alice

en un cercado de perdices si al menos me dijeran cómo se consigue llorar, las alas iban y venían mezcladas con los chillidos de las crías, le hago lo que le apetezca, no me raje, señor, y los militares matando no solo a las personas, a las olas, quien crea que el mar no muere se equivoca, se queda de bruces en la arena y deja de mirarnos, me quedo de bruces en el cercado y mi tío

—Levántate

si cojo la escopeta él una perdiz, el pobre, las plumas de la camisa, las plumas del chaleco, la cabeza colgada de un gancho en la cintura, la compañera

—Simone

y no me llames Simone, adelgaza más, desaparece, te encontrarán en un barrio de chabolas, arreglada como para bailar, comiendo polvo y tierra, remendábamos las medias antes de los espectáculos, remendábamos los corpiños con una línea de un color diferente que en la segunda fila no se notaba, lo notaba mi marido cogiendo fuerzas

—Madame

sin atreverse a seguirme, lo busqué yo en medio de las cajas y él escondiendo la azucena, avergonzado

—No pretendía ofenderla

cuando después de las perdices qué podría ofenderme, no me ofende, te clavo la cabeza en un gancho en la cintura, el dueño de la fábrica, de la modista, de la oficina, dando palmas molestas

—Más alegría cariñitos

hasta que la fábrica, la modista, la oficina vacías, ya ni siquiera orquesta, un gramófono en un banco, oculto en los pliegues de una cortina, y nosotros no veinte, catorce, no catorce, siete y en una fila única de modo que se ven los corpiños remendados con una línea diferente, por qué me prohíbes irme, no soy de aquí, no soy negra, nada a no ser un escalofrío en los árboles y cada hoja estremeciéndose en un lenguaje sin relación con las demás, palabras destinadas a mí y cuyo sentido ignoro, me dan miedo mi marido y mi hija juzgándome, te odié al descubrirte en mi barriga, tardes y tardes con el cercado de las perdices creciéndome en el ombligo y odiándoos, la sorpresa al nacer

—No es una perdiz

porque después de mi tío encontré sangre de perdiz, gotas de sangre, excrementos, insignificancias de pájaro, el viento curvando las ramas de los arbustos, los ojos de mi marido, que no se conocen el uno al otro, ni

—Simone

ni

—Alice

ocultos en el codo a medida que escribe, policías custodiando el jardín y una luz secreta en la mimosa en la que enterramos al gato, patas que suben buscándome con la esperanza de un cesto, si se lo diera a mi compañera se lo comería, remordimientos por no llamarla, cava en la mimosa y llévatelo, ella, con plumas y lentejuelas, arrodillada en el arriate, el dueño de la fábrica, de la modista, de la oficina

—Más alegría cariñitos

y mi compañera sonriendo con la rodilla en el aire, vivíamos en Prenda aguantando, en las escaleras, a que la otra acabara un servicio, y las perdices otra vez picoteando en los matorrales, el cura, bajo la lluvia, con el pelo y la angustia empapados

—Madame

pagó y ni siquiera se desnudó, a lo mejor entendía a las bocas de las hojas que muchos años después hablarían con mi hija

—¿Cómo estás Cristina?

y el cura de espaldas a mí, supongo que rezando, la segunda vez le busqué en vano las partes íntimas y él

—Tiene que tener paciencia conmigo madame

dos salamanquesas junto a la bombilla, no, una junto a la bombilla y otra en la sombra, yo

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