26
Habría transcurrido casi una década desde el último viaje de Richard Groskoph al Bronx —había sido a finales de los años sesenta, mientras remataba un artículo sobre los reyes klezmer del Grand Concourse—, y ahora, cuando el tren 4 se elevó por encima del río y se apagaron las luces, se vio como un astronauta precipitándose hacia un planeta inhóspito que en realidad era una versión futura del suyo. Crudos monolitos de ladrillo, azules a la luz de la luna, se alzaban en un paisaje casi desarbolado. Grúas aquí y allá, fósiles con bolas de demolición por cabeza. Por encima se cernían columnas de humo demasiado denso para atribuirlo a las incineradoras. Entonces volvió la luz, y ninguno de los pasajeros parecía haberse percatado de su ausencia, ni del incendio de fuera. Miraban fijamente los periódicos o las letras y números garabateados en las ventanillas. «Stash», «Taki 183», «Moonman 157», conjuros para mantener a raya el mundo exterior. No tan distintos, bien pensado, de los anuncios del vagón, que vendían pediatras, operaciones de cirugía estética, ortodoncias. Los médicos eran todos blancos, los pacientes, morenos. Richard era el único gringo de su sección del tren. Y nadie se levantó para apearse en la siguiente estación.
Abajo se extendía un tramo de asfalto donde vasos de papel y productos plásticos se acumulaban alrededor de vigas, descoloridos por el invierno. Había folletos de alquileres con derecho a compra. Había jeringuillas. Los grafitis supuraban de las protecciones metálicas de los escaparates. Cuando se detuvo a mirar por una rejilla, solo atisbó patas de sillas del revés. En otra época Mott Haven había sido una tierra prometida para los trabajadores hartos de los barrios bajos. Ahora las únicas señales de vida consistían en una hoguera en un cubo de basura de un solar abandonado y el establecimiento de comida para llevar de la esquina, con el dependiente parapetado como un fantasma tras un cristal antibalas. Por supuesto, una posible definición de la palabra «ciudad» podría ser «lugar de cambios concentrados», y tales transformaciones habían comenzado mucho antes de que Richard se marchara. Pero por lo que fuera había imaginado que su marcha afectaría a la ratio de decadencia. ¿No era lo que decía Heisenberg? Por lo visto, no. Tampoco —volvió a acordarse de Samantha Cicciaro en la cama del hospital— servía darle la espalda a aquellas calles. Se subió el cuello de la americana, hundió las manos en los bolsillos y se adentró en el gueto.
En una plaza de cemento entre dos bloques de protección oficial había dos coches de emergencias inactivos, con las sirenas silenciadas. Bomberos de cabeza pequeña y desnuda fumaban sentados en los parachoques. Luces rojas rastrillaban el gentío congregado tras las catenarias de cinta policial. Richard volvió a sentirse agudamente caucásico, pero nadie pareció notar su presencia. Durante unos diez minutos todos observaron cómo los polis entraban y salían del edificio más cercano. Luego, a través del cristal sucio del vestíbulo, Richard distinguió a un agente de paisano que se le acercaba con ayuda de unas muletas. Lo habría reconocido en cualquier parte, pese al pelo encanecido. El Pequeño Polaco. Larry Pulaski.
Cuando se conocieron no llevaba muletas. Richard tenía veintidós o veintitrés años y buscaba noticias por ahí. Una estrategia consistía en frecuentar cierta taberna de la calle Jane, que tenía la ventaja, si soportabas las patatas aguadas como la tinta y algún hueso en la ternera, de estar cerca de la comisaría del Distrito Seis. Los policías fuera de servicio ocupaban la barra. Una ronda a veces diluía su antipatía natural hasta el extremo de que se les escapara algo útil, un nombre o un teléfono al que llamar. Eran hombres de físico imponente, la mayoría de ellos. Pulaski destacaba porque era menudo y porque siempre se sentaba para beber. Tenía una joroba que por lo visto solo Richard veía; cuando se levantaba de la mesa, los omoplatos tensaban el uniforme azul almidonado como los postes de una tienda de campaña. Después, cuando descubrieron que a ambos les gustaba Patsy Cline, Richard le preguntó si también jugaba a las cartas.
Ahora observó a Pulaski, con su abrigo de lana de talla infantil, dirigirse a la cabina de una ambulancia. La inactividad del vehículo se hizo más patente. La gente se apartó para dejarle paso, incluso cuando las luces de la sirena se apagaron; no corría prisa. Una mujer empezó a refunfuñar. Chicos con anorak y gorro de lana —no debía llamarlos «chicos», pero eso eran, jóvenes con una rala pelusilla facial— se movieron con una insinuación de hostilidad. ¿Cuánto hacía que Richard no cubría la escena de un crimen? Quería volver corriendo a Chelsea, a una docena de paradas de allí, para olvidar otra vez la intimidad con que la gente convivía con la muerte. Pero si Carmine no podía permitirse ese lujo, tampoco él. Cuando el último camión de bomberos se hubo marchado, sorteó la cinta policial por abajo. «Anda que si lo intento yo… me abren la crisma», rezongó la mujer gruñona. Pulaski levantó la vista del coche de incógnito donde se había apoyado para quitarse los guantes de látex. Probablemente no tocaba tender la mano, pero Pulaski recuperó el equilibrio para estrecharla. Tenía una expresión benévola. Incluso de abuelo.
—Richard Groskoph, por Dios. ¿Dónde te habías metido?
—Cuánto tiempo —convino Richard. El tiempo había empeorado el estado de la columna vertebral de Pulaski, había constreñido el torso hasta darle forma de coma. Las piernas se le juntaban en las rodillas, pero por debajo se separaban como un trípode para sostener el peso descentrado de arriba. Obviamente, Richard, que también estaba envejeciendo, no podía mencionarlo. Ladeó la cabeza hacia el bloque de pisos—. ¿Unas preguntas?
—Mis hombres lo llaman Simulacro de Incendio Mitchell-Lama —explicó Pulaski—. Atascas el ascensor, accionas la alarma en un piso alto, te plantas armado en la escalera cerca de la portería y vas atracando a la gente conforme baja. Salvo que a veces el arma se dispara. Aquí tenemos dos cadáveres.
—Qué espanto.
—Eso sí, me sorprende ver a un periodista por estos lares. Hoy día puedes bombardear manzanas enteras sin atraer a un solo reportero.
Su mirada era de sastre, tomaba medidas.
—Sinceramente, Larry, no he venido en calidad de profesional. ¿Tienes un minuto?
Pulaski se volvió hacia el vestíbulo del bloque, donde sus subordinados se esforzaban por parecer atareados.
—Parece que esta noche no vamos a arrestar a nadie. Deja que avise al oficial y luego podemos ir a algún sitio tranquilo.
El policía se movía con sorprendente rapidez con las muletas; recordaba a un murciélago, deslizándose por las sombras listadas de las pocas luces supervivientes sobre las vías del elevado. En el puesto de comida, el mostrador de formica naranja que daba a la calle ofrecía suficiente sitio para comer de pie. Richard, famélico de pronto, pidió un bocadillo de carne con queso. Pulaski se conformó con un café. El mostrador le llegaba a la altura del pecho, pero no se quejó de incomodidad y, por tanto, Richard intentó disimular su altura o sentirse incómodo por él. Y habría sido fácil refugiarse en una charla insustancial. Nadie le había pedido a Richard que fuera hasta allí; nadie había convertido a la chica moribunda en tema de su incumbencia. Pero ¿cómo si no iba a salvar la distancia entre el cuerpo conectado a un tubo para respirar y el que se había sentado frente a él hacía un par de meses, rasgueando una guitarra verde manzana?
—La verdad es —dijo tirando la servilleta estrujada en la cesta de cartón donde le habían servido el bocadillo que acababa de zamparse— que quería hablar de un caso que llevas. La víctima se llama Cicciaro.
Pulaski lo miró como si estuvieran escuchándoles, a pesar de que la única persona presente además del dependiente era la anciana china encargada de la plancha.
—Recuérdamelo…
—Nochevieja. Central Park. Blanca de diecisiete años. Comatosa. Ha salido en la prensa.
—Seguro que sí, en esa zona… Pero ¿cómo sabes cómo se llama? No hemos revelado el nombre.
—Resulta que soy más o menos amigo de la familia.
—¿De quién? ¿Del padre? ¿Es amigo tuyo?
—Conocido. Un tema de trabajo. Estoy trabajando en un reportaje.
—Estás de broma.
—Sobre los fuegos artificiales y eso. Llevo cinco meses, dan para conocer a alguien.
—Pues es raro, es la primera noticia que tengo. Si te hubiera mencionado me acordaría.
—No le parecería importante.
Tanto dar vueltas le recordó a Richard el cortejo de los cangrejos: trataban de cogerse sin dejarse coger.
—Y supongo que en cinco meses no habrás descubierto nada que deba saber…
—¿Como qué?
Una ceja se enarcó de forma casi imperceptible.
—Amigos míos, amigos nuestros, tíos que conocen a otros tíos…
Richard se sintió igual de desorientado que cuando contestó al teléfono en Año Nuevo. «¿Qué hospital? ¿Estás allí?» La voz de Carmine con la misma afectación dura y plana de un niño tratando de convencerse de algo. El corazón de Samantha, le había dicho, se había parado tres minutos en el quirófano. Entonces Richard lo entendió.
—Venga ya, ¿lo dices porque son italianos? El tipo es lo menos parecido a un mafioso que te puedas imaginar, Larry. Si pudiera, se mudaría a Marte.
—Tengo que preguntar, ya lo sabes. Por cierto, todo esto es extraoficial.
—Perfecto. Precisamente he venido a pedirte que intentes mantener a la prensa alejada. La semana después de Año Nuevo conté once artículos de seguimiento y eso solo con el comunicado que difundisteis. No querría ver a una bandada de periodistas ocupando el jardín de los Cicciaro. O como se diga, una manada, una jauría.
—¿No lo querrías para ellos? —Entonces, cuando Richard se negó a picar el anzuelo, añadió—: Créeme, me apetece que la prensa meta las narices en esto tanto como un tiro en la cabeza. Y perdona. Pero ¿de qué más se puede informar? Es una víctima anónima y un tirador desconocido. No tenemos pista, ni caso, y de momento eres el único que sabe quién es la chica. Incluso la gente de la universidad simplemente piensa que ha dejado los estudios. Una semana más y todos pasarán a la siguiente historia.
—¿Has consultado el expediente, Larry? Mañana cumple dieciocho años. Dentro de —miró el reloj de la pared detrás del vidrio de varios centímetros de grosor— un par de horas, Samantha Cicciaro dejará de ser menor de edad. Todos los datos se harán públicos. Empezando por el nombre.
Pulaski permaneció completamente inmóvil durante un minuto. Su reflejo era una sombra en el cristal.
—La fecha de nacimiento. Vaya. Alguien tendría que haberlo visto.
—Yo lo he visto. Y acabo de avisarte. ¿De verdad quieres ver su historia en las noticias de las seis y otro mes de seguimiento mediático?
Pulaski bebió un sorbo de café, se secó las gotas que le colgaban del bigote.
—Pero ¿qué pretendes? ¿Piensas solucionar el caso?
—Solo intento terminar el reportaje. Aunque ahora, con lo que ha pasado, es probable que no lo publique.
Quería creer que no había pensado más allá. Pero ¿ le había dedicado su amigo, fugazmente, una mirada escéptica?
—Está bien, Richard. Déjame ver qué puedo hacer. Pero mientras, ni una palabra. Y nada de visitas sorpresa. —Pulaski dejó la taza, con un ruido hueco, y le entregó una tarjeta con su nuevo cargo: subinspector—. Cualquier cosa que se te ocurra, me llamas a mi teléfono directo. —Al encajarse las muletas en los brazos de pronto se volvió vulnerable, como un molusco reculando al caparazón—. ¿Sabes que casi me había creído que nos habías dejado para siempre?
—¿Qué quieres que te diga? Está claro que no sé lo que me conviene.
—Bueno, desde un punto de vista egoísta, me alegro. Las noches de los miércoles no son lo mismo sin ti ni el «doctor» Zig. Echo de menos un blanco fácil.
—¿Cómo? ¿Qué le ha pasado a Zig?
—Pon algún día la radio y lo descubrirás. Otra vez igual que en 1962. Es el año que os peleasteis, ¿no? —Qué raro: Richard había creído que la ruptura con Zig Zigler, como su causa, era un secreto. Y entonces ¿qué más podía saber Pulaski?—. Conduce con cuidado, Richard.
—He venido en metro.
—En tal caso, que Dios te ayude.
Al estrecharse la mano ambos intentaron no apretar demasiado ni dejar entrever al otro que lo hacían. Con todo, entre los dos flotó algo que, solo con el tiempo, Richard comprendería que no era exactamente un acuerdo.
27
El Parque en Año Nuevo era una devastación blanca, o una serie de varias devastaciones, rodeada por árboles negros, como sábanas enganchadas en alambre de espino. La nieve se había derretido y vuelto a congelar en los senderos, dejando una fina cáscara que cedía bajo los zapatos y las muletas de Pulaski, empapándole los calcetines y dando cierto aire de tic nervioso a cada paso. Por supuesto, en el caso de Larry Pulaski, «nervioso» era un término relativo. Quizá al comprar el café por la mañana para ablandar al joven Goodman debería haber elegido un descafeinado. Ahora era casi mediodía; la unidad forense estaba concluyendo su tarea, no había testigos y, técnicamente, ni siquiera era un caso de Pulaski. Podría llevar una hora en su cama de Staten Island, con los pies secos. Así pues, ¿por qué había regresado al parque para repasar una vez más el perímetro de la escena del crimen?
La respuesta probablemente dependería de a quién le preguntaras. Sus hombres, McFadden y los demás, posiblemente habrían respondido que Pulaski era un maniático, un enfermo del control, que nada estaba bien hecho a menos que lo hiciera él. Y quizá no les faltara razón. En 1976 se habían cometido casi dos mil homicidios en la ciudad de Nueva York y el equipo de Pulaski había resuelto casi un quinto de los mismos: uno por cada día del año. La tasa de resolución agregada rondaba el 30 por ciento. A la tercera ocasión que había repasado personalmente un caso y había descubierto que se habían olvidado de un testigo, Pulaski había anunciado que quería ver en su escritorio una copia de todos los casos. Ahora, dos o tres veces a la semana, se presentaba en la escena de un crimen como ese, se sumaba a la investigación, solo para que nadie se relajara. Crujido.
Salió del sendero. Entre este y la pared estaba el lugar donde Mercer Goodman decía haber encontrado el cuerpo, y aunque tenían pruebas circunstanciales de peso de que era heroinómano, el instinto le empujaba a creerlo. Técnicos con bolsas de plástico colgando de las trabillas del cinturón ocupaban la zona. Pero al este crecía el bosque y, más allá, se abría el Sheep Meadow. Pulaski subió penosamente una cuesta, jadeando. Siempre se había dicho que no necesitaba las muletas, que las llevaba por si acaso, pero, sinceramente, ya no estaba tan seguro. En un momento dado, resbaló en una roca, pero no había nadie mirando.
Pulaski consideraba una ventaja táctica ser subestimado. Sus jefes creían que al estar tullido no era apto para el trabajo de calle, de modo que lo habían ascendido a subinspector, en principio, una tarea de despacho. Sus supervisados —en esencia, unos críos de pelo largo, patillas anchas y vestidos como si no supieran lo que era una tintorería— pensaban que como vestía bien y llevaba las uñas limpias vivía como una especie de monje, cuando en realidad Sherri y él todavía disfrutaban del sexo después de quince años de matrimonio. Al menos, él. Aunque de haber preguntado a Sherri por qué últimamente su marido hacía más horas extras de las que podía llevar la cuenta, quizá hubiera sugerido que no respondían tanto al celo laboral como al desasosiego por lo que le esperaba en el hogar. Probablemente tampoco a ella le faltaba razón. Una década más joven que él, Sherri tenía treinta y ocho años, y cada vez estaba más claro que ni siquiera disfrutando del sexo iban a tener hijos, quizá debido a la polio, quizá por algo de ella, a Larry le daba miedo descubrirlo, como le había pasado también a su mujer.
Se decía que era para bien. Que su padre había sido un borracho, y de los malos. Larry le había perdonado hacía tiempo. Ver a tu hijo hirviendo de fiebre, con los ojos en blanco, debía de doler aún más que la propia fiebre. Al fin y al cabo sabías que tenías que morir. Era el miedo a eso, a sus hijos imaginarios, a joderlos o algo aún peor, lo que le helaba la parte alta del pecho, con un hielo negro, invisible pero pesado, cada vez que Sherri le enseñaba algún artículo sobre los avances en el tratamiento de la infertilidad. Larry había comunicado a demasiados padres que habían encontrado a su hija bajo el puente de la autopista con las bragas por los tobillos. A sus hijos enredados en las ramas de un árbol de un patio entre las avenidas C y D, abotargados tras varios días de lluvia. En secreto, avergonzado, cada año que pasaba sin hijos lo aliviaba.
Salvo que últimamente a Sherri le había dado por hablar de abandonar Nueva York. Y a veces por llorar en el baño por la noche. Abría la ducha para tapar el ruido, pero se le olvidaba mojarse el pelo. Y Larry no podía enfrentarse al hecho de que, tras años de hacerla feliz, tal como había prometido, no sabía cómo arreglarlo. De modo que trabajaba. Mucho. Quizá debía ser así; quizá por eso no podían concebir. Aunque ahora era raro, contemplaba su vida adulta, día tras día de apearse del ferry, a veces para no llegar a casa antes de las nueve de la noche, a su casa silenciosa y ordenada de adulto, y mientras que se diría que Sherri había comenzado a hacer las paces con la situación —al menos había aprendido a llorar—, él en cambio se lamentaba. Los chicos caían a diestro y siniestro, lo veía constantemente. Pero quizá también fuera voluntad divina. Otra ventaja con respecto a los hombres físicamente más vigorosos era que había aprendido a no intentar comprender la voluntad de Dios. Suponía que el padre celestial que lo había tullido debía de ser como el terrenal: distante, arbitrario. La tarea del hijo era amarlo. Porque lo decía Él y punto.
Había salido el sol, comenzando a abrir claros en el prado. La nevada de la noche parecía un sueño. Los niños moldeaban tristes bolas de nieve con los restos. Ya no se veían policías detrás de Larry, a nadie se le había ocurrido alejarse tanto. En cierto modo, se sentía alerta. Sacado de su ensimismamiento. Algo brillaba en un arbusto cerca de donde había salido al prado.
Trotó hacia allí. Pájaros, espantados del sotobosque, sobrevolaron el blanco. Larry recogió un montón de tela empapada. Vaqueros. Lo que había destellado era un remache de un bolsillo. El bulto de dentro de una pernera resultó corresponder a unos calzoncillos que manipuló con guantes. Manchas de orina en la bragueta. En un bolsillo, un billete de ida y vuelta a Long Island a medio gastar. En el otro, una hoja ciclostilada, rasgada por la mitad. ex nihilo (ex ex post facto) / get the fuck out. Y, por encima de este barullo, un extraño glifo o símbolo; ¿no lo tenía visto?
Probablemente no fuera nada. Los maricas se citaban allí, las redadas de antivicio no paraban, así que uno de ellos habría perdido los pantalones. Con todo, era prácticamente la única prueba que habían encontrado hasta el momento y no quería depositarla en las torpes manos de McFadden, a quien pertenecía teóricamente el caso. Por costumbre, llevaba encima bolsas de forense. Devolvió el papel a los vaqueros, metió los pantalones en una bolsa de plástico y embutió el fardo en el enorme bolsillo interior de su abrigo de lana peinada. De momento no comentaría el hallazgo con nadie. No estaba seguro de que el sistema, cualquier sistema, no lo gestionara mal. Y nadie se molestaría en comentar lo contrahecho que parecía Pulaski puesto que era el aspecto que solía tener últimamente.
28
A finales de la primera semana de enero, había circulado un memorando convocando una reunión plenaria de altos cargos: representantes del Consejo de Administración, del consejo corporativo, ejecutivos financieros, vicepresidentes y, de la Oficina de Relaciones Públicas y Comunicación, Regan Lamplighter, Hamilton-Sweeney de nacimiento. Solo faltaba su padre, que estaba en casa, recuperándose de un «shock en su sistema».
O al menos era lo que se rumoreó en el quejumbroso período previo a la reunión. En realidad, el sistema de papá llevaba tiempo deteriorándose y la acusación no había supuesto el menor shock. Para cuando Regan consiguió que se pusiera al teléfono desde Chicago, Felicia ya le había advertido de que los federales habían acampado en LaGuardia; este hecho, y no la nieve, había sido la causa de que esperase hasta el lunes para volver a casa. En Nueva York, los federales habían aceptado no esposarlo y que la limusina negra con chófer lo llevara directamente al juzgado, donde Regan esperaba en una entrada lateral junto con el equipo legal. Aunque el juez fijó una fianza desorbitada, papá había salido por su propio pie al cabo de un par de horas, libre hasta que el caso llegara a juicio. No, lo que lo mantenía en casa no era el shock, ni siquiera la larga corrosión de sus facultades. Era que alguien se había chivado a la prensa. Se habían encontrado un par de docenas de reporteros esperándolos a la salida del juzgado, un enjambre de langostas blancas. Al fondo, las camionetas alzaban antenas de quince metros a un cielo gris gelatinoso. Regan debería haber estado preparada; era su trabajo. Pero esa noche los noticieros abrirían con la fugaz imagen de dos segundos de su padre, pálido y confuso, mientras una mujer ligeramente borrosa y desconocida se le aferraba al brazo. «Sin comentarios por el momento», repetía ella una y otra vez. El ángulo variaba según el canal que estuvieras viendo.
¡Y qué absurdo que todos cubrieran la noticia! Todavía no lo habían declarado culpable de nada, y no obstante las insinuaciones federales de usura, el peor delito del que, según algunos de los abogados defensores más caros del mundo libre, podían acusarle, se enfrentaba a dos cargos de abuso de información privilegiada por un valor total de menos de un millón de dólares, una fracción minúscula de lo que la empresa generaba anualmente. Pero nadie quería que la escena del juzgado se repitiera frente al vestíbulo del edificio Hamilton-Sweeney cada vez que papá pasara por allí. Y por tanto, aunque la larga mesa de la sala de reuniones se fue llenando, la silla de la cabecera permaneció vacía.
Se produjeron algunos momentos incómodos una vez cerradas las puertas. Sin el Viejo Bill, ¿quién presidiría la reunión? Entonces, desde un asiento a media mesa del lado de Regan, se alzó una cabeza blanca. Los ojos no parecieron ver a Regan. La voz no debiera haber bastado para llenar la espaciosa sala, sin embargo Regan oyó al Hermano Diabólico como si emitiera desde su oído interno:
—Como seguramente sabréis todos, es mejor que esta semana Bill se quede en casa preparando la defensa.
Nadie habló, pero la textura del silencio se alteró, una turbación que pasó por asentimiento. En cuanto todas las cabezas se giraron hacia él, Amory Gould volvió a sentarse. No se molestó en taparse la boca para toser.
—En su ausencia, debemos enfrentarnos a los hechos. Nuestro intrépido líder ha sido acusado de saltarse la legislación del mercado. Ejem. Que como todos sabemos se ha aprobado para acosar al americano que triunfa. —Su rostro no decía nada, pero las manos parecían querer vengarse en el bolígrafo que tenía delante y estiraban de ambos extremos—. Confiamos plenamente, ciegamente, en que Bill será declarado inocente. Nuestra tarea entretanto consiste en coordinar una respuesta, de tal forma que esta firma, un legado de su duro trabajo y, ejem, su gran visión, esté a la altura de los retos del momento. En resumen, trazar una estrategia.
«Legado» sonó a que papá no estaba recuperándose, sino muerto. ¿Y quiénes éramos «nosotros»? En el tiempo que le llevó a Regan formular estas dos objeciones, Amory debía de haber invitado a la participación, porque los embajadores de los diversos departamentos empezaron a intervenir.
El departamento legal abogaba por una política de silencio de toda la compañía mientras seguía dialogando con el fiscal. Contabilidad estaba realizando una auditoría. Internacional necesitaba, por encima de todo, estabilidad, no fuera que se vieran afectadas fuentes de ingresos vitales. Regan conocía lo bastante bien a su tiastro para deducir, por su llamativa circunspección, la negativa a ocupar la cabecera de la mesa y las toses nerviosas a intervalos casi algorítmicos, que Amory estaba disfrutando. De hecho, la mayoría de los que participaban en la conversación eran aliados de los Gould y parecían competir por decir lo que más le agradara.
Entonces Regan se fijó en un rubio que tomaba notas en la esquina detrás de ella. Sin dejar de fingir que escuchaba a Amory fingir que escuchaba a los demás, echó un vistazo por encima del hombro. El cabello era de color trigo mezclado con miel. Un pelo de anuncio. Más largo que el de Keith, pero sano, pulcro, incluso aunque cayera por debajo del cuello duro de la camisa. De hecho, Regan ya lo había visto, en la cantina de la planta trece, por las fechas en que había descubierto la infidelidad de su marido. Había chocado con él cargada con la bandeja. En aquel momento la distracción le impidió memorizar el nombre; para ella era solo el Tío del Pelo. Ahora, conforme las sílabas de los funcionarios más próximos al asiento vacío del poder se iban aplanando y enredando, se descubrió preguntándose qué pintaba allí el Tío del Pelo.
—¿Regan? —dijo alguien.
Se giró hacia el cuaderno de páginas amarillas que tenía delante, con las mejillas acaloradas.
—¿Perdón?
—Artie ha propuesto que escuchemos la opinión de Relaciones Públicas. —La voz del tiastro estaba cargada de algo que Regan no logró descifrar. Más allá, junto a la silla vacía del presidente, el viejo Arthur Trumbull, de ochenta y ocho años y medio sordo, la miró con ojos de caballo, húmedos, negros y tiernos. Era director desde los tiempos del abuelo, y fiel servidor de la familia—. ¿Tienes algo que aportar?
Regan carraspeó con una ecolalia nerviosa, tratando de recordar lo que quería decir.
—Bien, en primer lugar creo que debería recalcarse que papá… que mi padre no ha sido condenado. —Consultó las notas de esa mañana—. Es decir, comprendo la postura del departamento legal y entiendo que hay que dejar margen a la negociación, pero si no hay pruebas de un hecho delictivo, ¿por qué actuar como si existieran? No tenerlo ahora con nosotros envía un mensaje a los medios de comunicación. Todo lo que hacemos lo envía. Es importante, así lo considera nuestro departamento, que el mensaje que enviemos sea: presentaremos batalla.
Mientras Regan hablaba Amory se había levantado para mirarla por encima de la cúpula de cabezas intermedias. Sus finos labios sonrieron.
—Es una suerte tener a alguien tan elocuente que represente los intereses de la familia. Pero también deben considerarse las cosas desde una perspectiva empresarial y me temo que esconder la cabeza bajo el ala y fingir que no ha pasado nada… bueno, es una táctica, Regan, no una estrategia.
La atención de Amory era incómoda, candente, como la luz en la cabeza del cirujano antes de que te opere.
—Bien, pues he aquí una estrategia. El kabuki previo al juicio se alargará al menos hasta ¿cuándo?, ¿julio? Y mientras, la prensa solo hará que empeorar. Si queremos tener la más mínima oportunidad de conseguir un jurado decente, necesitamos tener una buena imagen pública. Lo que implica reconsiderar toda la imagen corporativa. Tienen que volver a vernos como a un gigante bonachón, creador de puestos de trabajo. De modo que lo que me gustaría —mientras construía su segundo argumento se había acordado del proyecto para edificar el estadio que le había mostrado Amory, pero ahora, más que pensar, lo que intentaba era meterle un dedo metafórico en el ojo a su tiastro— llevar a cabo durante los siguientes meses sería una revisión integral de cualquiera de nuestros negocios que afecte al mercado local. Por supuesto, necesitaré datos de cualquier adquisición, de cualquier posición de importancia de nuestra cartera de inversiones o proyecto de desarrollo. En cuanto hayamos concluido el estudio, podremos pensar en cómo integrarlo en una campaña. Tipo: Hamilton-Sweeney pone en marcha Nueva York.
—Querida… —Amory se dirigió a sus colegas—. Lo que propones no es plausible. Simplemente el volumen de… Un departamento de… ¿cuántos sois, dos personas? Ejem. Es inviable.
Desde la esquina, el Tío del Pelo tomó la palabra.
—Bueno, en realidad, en lo tocante a influir en la opinión pública tiene razón. Publicar anuncios a toda página y repartir moneditas entre los pobres… los neoyorquinos están demasiado hastiados para que no cuele. ¿Alguna vez has escuchado el programa ese, Terapia Gestalt?
Amory se había teletransportado detrás de la silla del presidente. Apoyaba las manos en el respaldo.
Artie Trumbull le miró.
—Estoy de acuerdo, Amory. Lo que dice Regan tiene sentido. Si aprovechamos lo bueno que ya estamos haciendo estaremos mejor posicionados para elegir al jurado. O para convencer al fiscal, en caso de que optemos por proponer un trato.
En calidad de persona más anciana de la sala, Trumbull todavía ejercía influencia; su moción para ampliar el mandato de Regan se aprobó tan rápidamente que la sorprendió incluso a ella y lo mejor que pudo hacer Amory fue fingir que había sido idea suya.
—Evangelizar a favor de nuestra obra será esencial, desde luego. Pero en cuanto al día a día de Bill, debo decir que no estoy convencido de que lo más conveniente no sea esta temporada sabática. —Miró alrededor de la mesa—. Hasta que quede libre de todos los cargos, como sin duda pasará, es mejor mantenerlo alejado del peligro, ¿no? Si no hay objeciones, en la reunión de la Junta de esta tarde se propondrá elegir a un presidente interino.
Se hizo el silencio, incluso por parte de Artie Trumbull. Incluso por parte del Tío del Pelo.
Y, por consiguiente, no habría tenido sentido quedarse para congraciase con los presentes, decidió Regan en cuanto terminó la reunión. El resultado inevitable de la jornada sería la asunción de poder por parte del tío Amory… o la formalización de un poder que ya había ido asumiendo a lo largo de los años. Intentó calcular si le daría tiempo de visitar a su padre y estar de vuelta para cuando empezara la reunión oficial de la Junta, a las cinco. Tal vez, por los pelos, si se apresuraba.
El lienzo de Rothko junto al banco del ascensor lanzó un destello rojo cuando Regan pasó de largo, a juego con la magulladura azul del cuadro del ático. El ascensor estaba vacío, pero de pronto, en el último segundo, alguien impidió que las puertas se cerraran: el Tío del Pelo. Permanecieron en afectado silencio y observaron la cuenta atrás de los números. El edificio era un dinosaurio, una monstruosidad neoclásica de antes de que los ascensores rompieran la barrera del sonido. Solo cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, Regan se permitió mirar al hombre a la cara.
—Quería darte las gracias.
¿Por qué?, preguntó él.
—¿Por qué? Bueno, por el apoyo, supongo.
Tenía un nombre, dijo. Era Andrew. Andrew West.
—Bueno, pues un montón de gracias, Andrew West.
Luego Regan salió al frío sin atreverse a mirar atrás. ¿«Un montón de gracias»? Parecía una cría. Y todavía llevaba la gasa esa en la mano, de cuando casi se había amputado el pulgar. Joder, Regan, ¿cuándo había comenzado a descarrilarse todo?
29
La primera Biblia cristiana que había visto Charlie fue en un motel cuando tenía seis o siete años. Normalmente, para ahorrar, a su padre le gustaba hacer el viaje hasta casa del abuelo en Montreal en un solo día. La nueva interestatal, amplia y rápida, lo facilitaba. Aquel diciembre en particular, sin embargo, el tramo que atravesaba los Adirondacks tenía niebla, hielo y cortes, y cuando la noche los atrapó al norte de Albany, se vieron obligados a parar para pernoctar. Su padre le enseñó a su madre la pequeña Biblia de la cómoda con una mirada de leve ironía, como un hombre que mostrara la ropa interior de otro. Debió de pensar que Charlie, que intentaba sintonizar Petticoat Junction moviendo la antena, no lo vio.
Pero transcurrida una década, el hecho de que disparasen a su mejor amiga y la subsiguiente aparición de Jesucristo Nuestro Señor, le empujaría a buscar una Biblia. Encontró un ejemplar —varios, en realidad— al fondo de la tienda del Ejército de Salvación del centro de Flower Hill, donde los libros olían a moho pero costaban solo veinticinco centavos. Eligió una edición de bolsillo con el sello de GIDEONS INTERNATIONAL. La cubierta de polipiel verde y oro no habría desentonado en un disco de T. Rex, pero probablemente no la eligió por eso. Probablemente la eligió por el recuerdo de aquella habitación de motel al norte del estado, en la que no había vuelto a pensar en todos esos años.
En el curso de la semana siguiente, arrebujado entre las mantas del frío sótano, había comenzado a leer. O a releer; los primeros libros los había estudiado en la escuela hebrea. Se abrieron paso hasta las profundidades de la memoria. Pero fue el Evangelio de san Marcos, misterioso y no judío, lo que leyó una y otra vez. Decía: Perdónate, Charlie. Decía: Adelante. Decía: Hoy es el primer día del resto de tu vida.
El problema estribaba en que cada día era igual que el anterior. Se despertaba con la certeza de que su amiga yacía en un hospital a treinta kilómetros de allí, en coma (o eso había indicado Newsday en un artículo sin nombres sobre el tiroteo). ¿Qué haría Jesús? Jesús se subiría al primer tren con destino a la Ciudad para estar a su vera. Charlie, por su parte, no logró pasar del LIRR. Las tardes después de clase, se plantaba tiritando en el andén, mirando al este, a las vías vacías, como hacían siempre los que viajaban al oeste. Como había hecho con Sam en Nochevieja. Pero ¿y si llegaba al hospital y la encontraba con los ojos abiertos, mirándolo fijamente, «Por qué no estabas, Charlie»? O ¿y si permanecían cerrados? ¿Y si, mientras estaba allí, se le paraba el corazón? De modo que terminaba de vuelta en su cuarto, intentando comprender el funcionamiento del Dios goyish. (Ej.: Si no había pecado tan malo que fuera imperdonable, ¿por qué había vuelto a retirarse a un silencio deístico tras aquella noche en la iglesia? O, suponiendo que la voz fuera tan solo algo que Charlie había inventado para consolarse, ¿por qué no podía volver a invocarla?)
Entonces, una tarde, después de semanas intentándolo, recorrió todo el trayecto hasta la Ciudad. Elevándose por encima del parquecillo que se extendía entre algunas iglesias y la Segunda Avenida, el hospital Beth Israel parecía la torre de Barad-dûr, con un ojo rojo parpadeando en la cima. Arriba había tanto y él era tan poca cosa allí abajo, donde todo era gris: losas de pavimento grises, troncos de árboles grises, verjas de hierro forjado negro que la polución teñía de gris. Los únicos puntos de color eran los gorros y los mitones de lana de los indigentes. Y Charlie, tremendamente expuesto, coronado de cobrizo.
Pero no fue eso lo que lo detuvo. Lo que lo detuvo fue que todavía no sabía lo que podría encontrase dentro. ¿Y si con el vendaje parecía una momia? ¿Y si le faltaba un ojo y la cuenca blanda y rosa lo miraba como el ojo del cuadro que te sigue por la habitación? Mientras permaneciera en el exterior, todo seguía siendo en potencia, inclusive la posibilidad de que Sam se levantara en cualquier momento a encenderse un cigarrillo. Y entonces no sería para tanto que Charlie no la hubiera visitado. Notaba el peso de la Biblia en el bolsillo. Esperó una vez más que Dios le hablara, pero lo único que oyó fueron el viento tableteando en los árboles desnudos y un autobús pasar de largo y, más cerca, las quejas apocalípticas de un viejo en un banco.
Entonces, mientras seguía el avance del autobús por la avenida, cayó en la cuenta de que no estaría a más de una docena de manzanas del piso donde habían terminado Sam y él la noche del Bicentenario. Se preguntó si los otros amigos de Sam, los amigos de la Ciudad, todavía vivirían allí. Se preguntó si habrían ido a visitarla. Si, de hecho, seguían siendo sus amigos. Le había parecido muy ansiosa de camino a verlos tocar en Nochevieja. Era como si aquel otoño le hubiera ocurrido algo mientras Charlie estaba castigado en Long Island. Si descubriera el qué, podría conectar con ella, aunque fuera con retraso. Por supuesto, se trataba básicamente de una excusa por no tener huevos para cruzar las puertas del hospital en ese mismo instante. Aun así, se dejó atraer hacia el sur, hacia el East Village.
Aunque las manzanas estaban trazadas con tiralíneas, el hecho de que todas se parecieran tanto dificultaba localizar el edificio, sobre todo si habías olvidado el número de la calle. Otra cosa que no recordaba, cuando por fin lo encontró, fue si la portería estaba tan destrozada el verano pasado. Le parecía recordar un enorme grafiti como la corona del Burger King que cubría todo el acero. Los dos iban de setas; probablemente Charlie lo había imaginado. Pero sabía que la puerta estaba abierta. («¿Qué te crees, que es un club de campo?») Cuando nadie respondió, entró. La sala destartalada que se abría a la izquierda había estado repleta de luz ultravioleta y latas de cerveza y música y punkis que había intentado evitar arrastrando a su amiga semicomatosa hacia la seguridad del sótano. En enero, estaba vacía. No había ni yeso en las paredes.
Subió un tramo de escaleras. Luego otro. Ni rastro de la habitación.
Por fin, en el último piso, oyó voces. Las ventanas estaban demasiado sucias para dejar entrar mucha luz, pero un poco de sol gris se colaba por una claraboya del techo. Que también debía de ser la razón de que hiciera tanto frío, de que Charlie pudiera verse el aliento. A medida que se acercaba a la escalerilla que subía al tejado, el corazón se le aceleró a lo John Bonham. No mentía cuando le había dicho al doctor Altschul que era acrofóbico. Pero acobardarse ahora equivaldría a admitir que también se había acobardado frente al Beth Israel; que su investigación no era seria.
Salió detrás de una chimenea. O de media chimenea, mejor dicho. El resto se había derrumbado sobre el tejado combado hacia abajo. Del otro lado de los ladrillos rotos llegaban voces, una masculina y otra femenina. La chica con la que había bailado en el concierto de Ex Nihilo estaba pasándole un porro al guitarrista negro que no había parado de ofrecerle cerveza a Charlie. El guitarrista estaba diciendo:
—No entiendo por qué no podemos librarnos de ellas…
—Por eso se llaman palomas mensajeras, D. T.
El guitarrista se rascó el pelo color verde lima.
—Vale, pero ¿por qué han decidido volver todas a ese cobertizo? Hace una semana eran como mucho una decena.
Estaban mirando una edificación anexa del jardín trasero, cuyo tejado, vio Charlie, no estaba cubierto de nieve, sino de pájaros. Habría un centenar. El gallinero de alambre donde se apoyaba el guitarrista estaba vacío.
—Podríamos disparar contra ellas… —propuso, pensativo.
—¿Y atraer a la pasma? Además, Sol te patearía el culo. Para empezar, es su palomar. O al menos lo robó como es debido. Eh, Sol… —lo llamó.
De pronto, levantaron a Charlie por el cuello de la chaqueta. El cielo invernal giró hasta que Charlie vio la cara con alfileres del supuesto amigo de Sam, Solomon Grima. Fi, fa, fu, fam, huelo a sangre de niño.
—Mirad qué me he encontrado.
—Es el chico del concierto —dijo la chica—. ¿Qué hace aquí?
—¡Suéltame! —farfulló Charlie. Y cuando lo dejaron en el suelo—: Soy colega de Sam Cicciaro, ¿te acuerdas?
—Ya, pero ¿qué coño haces aquí, chaval? —preguntó el guitarrista negro.
Charlie estaba aterrado, al borde de la azotea. Por lo visto le habían robado la saliva de la boca.
—Vinimos el verano pasado. Nos invitó él. —Señaló al corpulento Grima con la cabeza—. No sé si lo sabéis, pero en Nochevieja hirieron a Sam de gravedad.
—Pues claro que lo sabemos. ¿Qué insinúas? ¿Que no?
Charlie no sabía qué trataba de decir.
—Deberíamos avisar a Nicky —decidió el guitarrista—. De todos modos es mejor que bajemos antes de que se nos caguen las palomas de Sol.
—Ya te lo he dicho, gilipollas. No son mis putas palomas.
Empujaron a Charlie por la escalerilla y escaleras abajo. En la segunda planta, en una sala con las paredes empapeladas con portadas de discos —docenas de fundas de Whipped Cream & Other Delights, de Herb Alpert—, encontraron a un tipo sentado directamente en el suelo en la postura del loto. Nicky Caos. ¿Cómo no lo había visto Charlie de subida? Los otros tres parecían orgullosos o expectantes, como a la espera de que Nicky Caos reconociera el valor del sacrificio humano que le habían presentado. Pero ahora llevaba unas gafas de montura metálica que le daban un aspecto sorprendentemente civilizado. Dejó el libro que tenía en las manos. Se rascó la perilla. Se frotó el tatuaje de un brazo.
—No, no, ya me acuerdo. Charlie Backstage, ¿verdad?
Una curiosidad del carisma: las mismas personas que pueden hacer que te sientas un enano también pueden hacer que te sientas enorme, fortalecido, y a veces de forma bastante simultánea. Charlie de repente se moría por explicarse.
—Me han traído los pies. Estaba en el hospital.
—¿Te han dejado entrar? Pensamos que estaría infestado de bofia.
Charlie no había querido insinuar que había entrado en la habitación de Sam.
—Está en coma.
Siguió otro silencio tenso y luego Solomon resopló detrás de Charlie.
—¿Y qué quieres? ¿Un hombro donde llorar?
El tipo del pelo verde, D. T., se echó a reír, a toser, a reír tosiendo. Pero la voz de Nicky Caos, una retumbante voz de barítono de la que solo un lunático habría extrapolado su estilo musical, los acalló.
—Sol tiene razón, la gente quiere cosas, ¿qué has venido a buscar, Charlie?
—No lo sé, vosotros sois alguien, ¿no? Gente que… hacéis cosas. Me lo dijo Sam.
—¿Y para ti qué significa? ¿Quieres pintar unos carteles? ¿Llamar a la tele, manifestarte cantando canciones protesta? ¿Así te sentirás mejor?
Charlie dio un paso al frente. Solomon lo siguió, pero Nicky, todavía sentado, le ordenó apartarse con una mano tatuada. Las de Charlie estaban apretadas. Se acercó a Nicky Caos. Y viceversa, dio esa rara impresión.
—Quiero un juicio. Quiero encontrar a los responsables y que caiga sobre ellos el peso de la venganza.
Qué vacía sonó su voz en la casa fría, en la penumbra. Pero la de Nicky sonó igual de queda, como si estuvieran los dos solos.
—¿Vas de eso, chaval? ¿De ángel vengador? ¿De heraldo de la muerte? —Al no contestar Charlie, Nicky asintió, y unas manos comenzaron a palpar a Charlie en los costados, los bolsillos, como animalillos toqueteando con el hocico. Para cuando comprendió que estaban registrándolo, las manos lo cogían de los hombros. «Está limpio.» Nicky se levantó e hizo la señal de la cruz—. Te absolvo. —Luego—: Hostia, tío, no tenía idea de que fueras de los nuestros. —Su risa apestaba a canuto—. Vamos a darte algo que te ponga un poco. Alcantarilla, tengo que parlamentar aquí con el colega un momento, pero por qué no bajáis antes a ver si tenemos algo de medicina para el Profeta Charlie.
La chica condujo a Charlie a la cocina de abajo, donde habían arrancado todas las puertas de los armarios. Dentro solo había cagadas de rata —a Charlie le pareció oler el veneno—, pero se las apañó para encontrar una taza. Después de lavarla y poner agua a hervir, se dejó caer en una mesa de juego destartalada. A la luz del día, tenía un aire maternal. Y, al mismo tiempo, sensual. Probablemente pesaba más que Charlie, pero se concentraba todo en los lugares correctos. Un vientre donde podías recostarte. Los muslos grandes y cálidos que había notado contra los suyos bailando en el Vault. Tampoco parecía molestarle que Charlie mirase la sombra que formaban sus tetas cuando se inclinaba hacia delante. Al quitarse el abrigo, se quedó solo con la camiseta de los Rangers que le llegaba hasta los muslos y unas botas blancas de gogó rascadas; con los ojos soñolientos, se parecía un poco a la Teleñeca sexy que tocaba en el grupo.
—¿Tienes frío? —Cuando Charlie asintió, ella le cogió las manos y las frotó entre las suyas. Después sacó otro porro, lo encendió y apagó la cerilla agitándola—. ¿Quieres?
—Tengo bastante asma.
—¿Cuántos años tienes, Charlie?
—Dieciocho —respondió, redondeando. Y, en tono algo desafiante—: ¿Por qué? ¿Tú cuántos tienes?
—Veintidós. Pero ya he estado antes aquí, no sé si me entiendes…
—No creo en la reencarnación.
Se imaginó poniendo a prueba la palabra: «Ahora soy cristiano».
—Es porque tienes un alma joven. Pero está bien. Chacun à son goût. Como decía mi madre. —La interrumpió un ataque de tos que sonó como si sacara los pulmones por la boca. Su cara regordeta estaba preciosa con el color—. Significa a su rollo, más o menos. Hacia el final era una especie de hippy. Ahora probablemente será un pájaro o un ciervo o algo estupendo. —Dio otra calada, lo estudió a través del humo dulce y acre—. Tu amiga Sam tampoco tenía madre, ¿sabes? Eso nos unió. —Y como él no dijo nada, añadió—: Aquí soy como la madre del grupo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Todos os llamáis por iniciales, ¿verdad? C. A., D. T. …
—D. Tremens. D de Delirium.
—Lo pillo. Pero ¿por qué te llaman Alcantarilla?
—Nicky dice que estoy atrapada en un nivel de conciencia inferior. Porque soy de Shreveport o no sé qué. Digamos que cuando no te has criado en la ciudad, te cuesta más lo del materialismo dialéctico. Todavía me pongo sentimental con las mamás, los ciervos, los horóscopos y esas cosas.
—Pues era la palabra que más detestaba Sam. Sentimental. ¿Alguna vez has leído su fanzine?
—No se te escapa nada, ¿eh? —dijo, y se levantó para servir el té. Sacó una bolsita con pastillas de dentro de una bota. Metódicamente, aplastó una pastilla con una cuchara y barrió el polvo hacia la taza de té de Charlie—. Has tenido un día muy duro, así estaremos en la misma onda.
Charlie solo pudo darle un sorbo al té, casi se atragantó de lo que quemaba, pero notó el efecto inmediato de la pastilla, a menos que fuera su imaginación.
—Oye, ¿tienes hambre? Siempre me entra hambre a estas horas. La hora de flipar. —Se rió—. Que son casi todas las horas del día. Podría salir a comprar algo.
Charlie no tenía dinero. Pero daba igual, dijo ella. Parte de su trabajo era dar la bienvenida a los novicios. Volvería en un plis. Se puso un largo abrigo de pieles falso por encima de la camiseta —sin pantalones— y salió, dejando a Charlie solo. Él se levantó a examinar la cocina, tambaleándose un poco. El Quaalude, o lo que fuera, era más fuerte que lo que solía tomar Sam, o él estaba más receptivo. Las humedades se hinchaban y encogían como una gran medusa marrón sobre el yeso del techo. Enseguida se perdió en el laberinto de grietas que descendían desde las molduras. En un sitio había un agujero del tamaño de un puño. Presionó un trozo de yeso para probar; resbaló hacia la oscuridad, pero el ruido de chocar con el fondo se perdió detrás de lo que parecía un zumbido metálico del interior. Comprendió que era la campana extractora, que por lo que fuera, estaba encima de la pica en lugar de la cocina. La apagó.
Los otros estaban bajando por unas escaleras que no veía, de camino al patio trasero. A través de la ventana manchada de tabaco, los vio desaparecer en el cobertizo, bajo un dintel de pájaros. Las plantas entre ambos edificios llegaban a la altura de los muslos. Se adentraban en el patio de al lado y en el siguiente, los patios se fundían, encerrados entre bloques de pisos, rodeando la pequeña pajarera, o fortaleza. Charlie seguía de pie junto a la pila con el té, buceando en la oscura cursiva de las hierbas invernales, cuando la Chica Alcantarilla regresó.
—Mierda —dijo, dirigiéndose a la campana—. Los ventiladores tienen que estar en marcha, Charlie. Aquí no hay muchas normas, pero esa es la más importante.
Le ofreció una pasta arrugada. ¿Había probado los pasteles?
—Vivo en Long Island —respondió Charlie y, una vez completadas las sinapsis cerebrales, ella se echó a reír; de veras que era el lugar más normal del mundo, ¿no?
A Charlie no le importó. Le gustaba estar allí sentado, drogado, fingiendo no ver cómo le botaban las tetas como uvas en un saco. Sabía que se sentía mejor por las drogas pero, con el día que había tenido, ¿acaso estaba mal? ¿Y era así cómo se había sentido Sam cuando pasaba por allí? Quizá esto último lo hubiera dicho en voz alta, porque otra vez estaban hablando de Sam. Era increíble, dijo la Chica Alcantarilla, cómo adoraba la gente a Sam. En particular los hombres.
—A Nicky no siempre le hacía gracia, pero eso es porque él ve mucho más allá que el resto. Siempre plantea estas cosas en términos de cómo van a afectar al Falansterio. Ya sabes… si pondrán en peligro el proyecto.
Desde la bruma de las drogas, algo sólido intentaba emerger. Charlie lo vio: forma, tamaño y color.
—¿Qué proyecto? ¿Te refieres a Ex Nihilo?
—Será mejor que lo hables con Nicky.
Pero cuando Nicky regresó del frío al cabo de unos minutos, apoyó una mano en el hombro de la Chica Alcantarilla y le dijo a Charlie que había tenido un día intenso y que quizá fuera hora de volver a casa. El resto tenían trabajo.
—¿Puedo regresar? —preguntó Charlie.
La sonrisa de Nicky fue de una gran belleza: un rasgón artístico en el vaquero del tiempo.
—Pues claro. Por supuesto que sí. Esperamos que vuelvas, Profeta. Una vez que entras, estás dentro.
30
La casa estilo rancho de la calle sin salida había menguado desde otoño, como una especie de órgano atrofiado. Pero al menos no había furgonetas de prensa por todas partes aplastando el césped embarrado, enfocando el revestimiento exterior, esperando para dotar de un significado siniestro a las imágenes de su último residente revisando el correo. Richard rodeó la casa hacia el jardín trasero, pero por primera vez que pudiera recordar, el hangar de aluminio estaba en silencio, los grandes ventiladores, inmóviles. Quizá Carmine hubiera ido al hospital y se hubieran cruzado en la última hora, uno de ida y otro de vuelta. Entonces le pareció ver movimiento detrás de la puerta corredera de la cocina. Retrocedió hacia el patio helado. Al otro lado del cristal, la nevera estaba abierta, un pequeño paréntesis de luz; Carmine, ataviado solo con una toalla, se había agachado para depositar algo en la bandeja inferior. No pareció que le sorprendiera descubrir a su amigo curioseando cuando se enderezó. Abrió la puerta.
—Perdón —dijo Richard—. He venido a ver cómo vas.
—Iba a ducharme —dijo Carmine, como si tardara un segundo en encontrar las palabras.
«Deberías haber parado ahí», pensaría después Richard, en retrospectiva; no quería interponerse entre un hombre y su ducha. Pero ¿cuándo había sabido cuándo parar?
—¿Te importa si paso un minuto?
Carmine, cómodo con la flacidez encanecida de su pecho y vientre o posiblemente ajeno a e
