Nicanor Parra, rey y mendigo

Rafael Gumucio

Fragmento

cap-1

1

PERMISO PARA DECIR YO

VIAJE DE IDA Y VUELTA

En octubre de 2002 visité por primera vez a Nicanor Parra. Yo tenía treinta y dos años. Él, ochenta y siete. «Asmático a tiempo completo», como le gustaba definirse, vivía por entonces en Las Cruces, frente al mar, a ciento doce kilómetros de Santiago. Un día de sol bajamos, la editora Isabel Buzeta, que manejaba, y el escritor Germán Marín, que daba las órdenes, por la Carretera Norte-Sur, viramos a la altura de la gran mole de vidrio que iba a ser el Centro de Justicia hasta la Carretera del Sol y sus peladeros infinitos, suburbios de suburbios, montículos de hojas ahumándose, plantaciones de maíz, viñedos y más viñedos hasta que empezaban los eucaliptos, las vulcanizaciones —como llaman a las reparadoras de neumáticos en Chile—, las panificadoras, los condominios abandonados y el mar.

Subimos por la cuesta junto al supermercado Malloco, por la calle Lincoln, que en su último tramo abandona el asfalto y se hace de tierra, hasta la casa de rejas de madera blanca y la puerta donde los mochileros aún no habían pintado con espray la palabra ANTIPOETA.

No sé si esa primera vez abrió el propio Parra, o si fue la Rosita Avendaño, su cuidadora y empleada doméstica de entonces. Solo sé que de pronto estaba frente a él: completamente despeinado, su piel tostada casi del mismo color que su chaleco marrón, sus pantalones de pana, un ojo guiñándome, las cejas levantadas, entre desafiante y circense.

—Tú, por favor, nada de usted. Si no, no podemos hablar… —dijo.

Tampoco soportaba el «don Nicanor». Lo más lejos a lo que llegó el poeta Adán Méndez, sesenta años más joven que Nicanor pero uno de sus amigos más cercanos en los últimos tiempos, fue a decirle «don Nica», hasta que el «tú» se instauró naturalmente. Le importaba dejar en claro desde el primer minuto esa horizontalidad sin la que nada entre nosotros, a quienes nos separaban entre otras cosas cinco décadas, era posible.

Isabel Buzeta fumaba en la terraza, mirando a prudente distancia el espectáculo. Había en el salón esa mañana una mezcla rara de tensión y naturalidad. Como si fuese un escenario sin butacas ni más espectadores que nosotros mismos. El frío, las rocas, el mar, la bahía abierta hacia Cartagena, todo eso entraba por el ventanal. Parra parecía entregarse entero, pero había siempre una vigilancia. La casa era de muros blancos, con chimeneas falsas, botellas de vino vacías de las que salían ramas de arbustos sin hojas ni flores. Vigas de madera, vidrios sucios, un sillón cubierto con una sábana, diarios viejos, fotos de archivo, carpetas escolares, papeles sueltos. No había nada que fuera cómodo, ni el menor cuidado por los detalles.

Quizá la fragilidad del piso y de la casa se me hizo más evidente por la presencia del novelista Germán Marín, que parecía un elefante en una cristalería. Completamente ajeno al humor y la liviandad del dueño de casa, refunfuñaba en su rincón algunas de sus frases interminables. Hasta que de pronto Parra empezó a hablar de Marín sin nombrarlo, como si no estuviera ahí, para dejar en claro sus méritos, la razón por la que lo dejaba entrar sin preguntarle nada. A los dieciocho años, cuando Parra cumplía cuarenta y cinco, Marín, recién salido de la Escuela Militar, decía frases que sonaban como juicios perentorios. Se conocieron entonces, por intermedio del también adolescente Enrique Lihn que miraba con sorna la escena. Parra, impaciente, quiso darle una lección al imberbe: «La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo», le dijo. «Pero la vejez no, viejo concha tu madre», le respondió Marín.

—Gol de media cancha, nooooo.

Las manos sobre la cabeza, cincuenta años después, Nicanor Parra seguía celebrando esa respuesta.

—Ahí nos ganó a todos. No, no, nooooo, se las mandó ahí el joven aquí presente.

Una frase bastaba para que Parra justificara tu entrada en su reino. Como otros coleccionan pedazos de asteroides o conchas marinas, él coleccionaba respuestas, insolencias.

—Noooo, chuta ese poema tuyo —se dio de pronto vuelta hacia mí—, noooo, ese poema que escribiste, te las mandaste con ese poema, compadre.

—¿Qué poema? —le pregunté.

—¿Cómo que qué poema? La carta a monseñor Medina. ¿No escribiste tú la carta a monseñor Medina?

—No es un poema, es una columna de opinión —cometí la imprudencia de interrumpir mi sonrojo para corregirlo.

—Así son los poemas ahora. Chile, país de columnistas, dicen por ahí. Opinólogos, les dicen ahora también. Todos somos opinólogos. La poesía en verso, antigualla del siglo XX. Como el teléfono fijo.

Supe en ese instante que no le importaban mis libros ni mi prosa, que yo pensaba ingenuamente me habían llevado hasta aquí. Le gustaba una columna de entre las miles que había escrito. «Con eso basta y sobra.»

En la columna le recordaba al más conservador de los cardenales chilenos que yo era, como él, hijo de padres divorciados, que eso me hacía entender su desconcierto, su orfandad, su soledad misma, pero que comprender me hacía despreciar su gesto de negarle la comunión a mi madre separada, de perseguir el sexo para borrar el error que lo había hecho nacer. A Parra no le importaba ni siquiera mi indignación, o la de monseñor Medina, le interesaba el gesto de comprender que para matar a monseñor Medina o a Allende, a Pinochet o a Fidel Castro mejor hay que acercarse o perdonarlo primero.

—Yo ese poema lo he repetido muchas veces, a mucha gente. Claro que parece que puse algunas cosas de mi cosecha entremedio.

Y sonrió coqueto, como para hacerse perdonar la apropiación. Después se puso a recitar, o a inventar ahí mismo, una versión de mi poema, o sea de mi columna, que cometí la estupidez de no anotar ni mentalmente, ocupado por entero en seguir la mímica perfectamente exagerada de sus gestos, mientras llamaba «compadre» al cardenal.

—¿Cómo era, cómo era…? —Y sus brazos nunca en calma empezaron a hacer la mímica del supuesto poema—. Ven para acá, ven para acá, somos hermanos, ven para acá… Y ahí justo la estaca. No, compadre, no, eso no se hace… Parece que hay hambre —decretó, después de completar la actuación, y aseguró que conocía un lugar, El Kaleuche con K, entre El Tabo e Isla Negra, un restaurante.

EL KALEUCHE CON K

Nos subimos al auto de la Isabel. En el camino, no me acuerdo a propósito de qué, dije la palabra «culear», intentando impresionarlo con mi chilenidad.

—¿Tú puedes usar esa palabra? —Se llevó las manos a la cabeza, levantando las cejas al mismo tiempo—. ¿Tú puedes? Chuta la payasada. Yo hasta ahora solo llegaba hasta la palabra «planchar». Por dios, por dios, culeaaaar.

Aprovechó la digresión para contar cómo, a su edad, se podía llegar a algo parecido al acceso carnal gracias a los artefactos.

—Me salvaron los artefactos.

Como casi todo lo que decía, era también una referencia a su propia obra, que había partido de los versos y pasado, en 1972, a las tarjetas ilustradas que llamó Artefactos. Pero el artefacto al que se refería ahora estaba en un altar junto a su cama y era un vibrador de tamaño familiar que usaba con las Muñoces, dos hermanas que venían a visitarlo cada cierto tiempo, contaba, tapándose la cara de sobreactuada vergüenza.

—Así con la palabra «culear». Se puede usar, parece. Hay permiso, parece. Eso cambia todo.

Pasaban los gigantescos eucaliptus negros, los muros perimetrales de los condominios, los balnearios, los galpones desvencijados de las gasolineras abandonadas, hasta llegar al roquerío de El Tabo en que se había instalado El Kaleuche, un restaurante con aspiraciones contemporáneas, ventanales sobre el mar, mascarones de proa y cuadros expresionistas abstractos.

—¿Qué les parece la vistita que se gastan aquí?

Mostró con orgullo de propietario las olas panorámicas, mientras buscaba una mesa al medio del salón vacío. Peinado, dueño del lugar, perfectamente erguido, delgado pero fibroso, como el señorito de campo que también era.

—Aquí —decidió, y los tres nos sentamos donde dijo.

Un mozo vino a atendernos. Parra pidió «lo mismo de siempre» para que el menú no lo distrajera ni un segundo de sus especulaciones concéntricas.

—¿Se ubican con Diego Portales? ¿Y Hamlet, y su hermano Roberto, y a Marcial Cortés-Monroy lo ubican, y Roberto Bolaño, y el Pato Fernández, el Clinic? Parece que con el Clinic se acabó la huevada, parece que no se puede ir más allá del Clinic, qué tremendo.

Germán Marín, cansado de verse excluido de la conversación, lanzó al ruedo alguna insolencia sobre Enrique Lihn, que había sido su amigo y lo más parecido que había tenido Parra a un discípulo. Algo de la Adriana Valdés, exnovia de Lihn y actual crítica cultural. Algún pelambre, una sugerencia, un chiste interno que Nicanor trató de no escuchar, concentrado en perfecto silencio en filetear su pescado.

«Este viejo odia el pasado», concluí. No odiaba el pasado, supe después, que lo vivía como presente continuo: Diego Portales como el Clinic, el Clinic como el Quebrantahuesos (el diario mural hecho de recortes con que escandalizó a Santiago en 1952), Pato Fernández como Vicente Huidobro, la Universidad Diego Portales como la Universidad de Chile de los años cuarenta del siglo pasado.

—Pablito, no hay día en que no piense al menos una vez en Pablito —me dijo cuando salimos del restaurant a la pequeña playa que servía de estacionamiento del Kaleuche.

Sentado en una de las rocas de la playa se puso a recitar un poema de Crepusculario: «La mariposa volotea / con el sol / y arde a veces».

—Se las mandó Pablito. Hay gente que dice que no hizo nada bueno después de eso. Noooo. Yo no me atrevo a ir tan lejos, pero hay gente…

Marín, a lo lejos, iba con las manos en los bolsillos, como un niño al que sus padres han obligado a ir a la playa.

VUELVAN CUANDO QUIERAN

Bajó el sol, la brisa se hizo helada y volvimos a Las Cruces.

—Pero es tarde, Nicanor. Tenemos que volver a Santiago, Nicanor —dijo Isabel Buzeta cuando él ofreció un té en su casa.

No pareció escucharnos. Se hundió con una agilidad adolescente en la vivienda, llamándonos con la mano para que lo siguiéramos.

—Rositaaa, Rositaaa.

Germán Marín disimulaba ya muy poco su incomodidad y refunfuñaba, mirando sus zapatos, en el umbral de la puerta.

«Nicanor, Nicanor, nos vamos, Nicanor», decíamos a coro mientras lo seguíamos por el pasillo: una araña de plástico entre el Mein Kampf, El Capital y Así habló Zaratustra, una silla rota con una bacinica encima, una colección de máquinas de escribir, diarios viejos anotados, una pequeña foto de sus hijos menores, la Colombina y Juan de Dios, de adolescentes, casi niños, sus pelos rubios brillando en el último sol de la tarde, una foto de Violeta sirviéndole vino navegado a un señor en poncho y sombrero que parecía el padre o el abuelo de Parra, quien a su vez nos instalaba de vuelta en su living, instándonos a sentarnos mientras subía el volumen de las cuecas en el minicomponente a medio armar o desarmar.

—Siéntense. Rosita, un té —nos invitó, aunque se mantuvo de pie.

Isabel Buzeta insistió en que teníamos que volver a Santiago.

—Vamos a volver luego, no se preocupe, vamos a volver.

Yo, tembloroso, le entregué un ejemplar de mi libro Memorias prematuras. Parra, inmutable, seguía ofreciendo las sillas, el sillón, saltando de un tema al otro, como una pantera salta sobre un antílope, para que no nos fuéramos. Hasta que de pronto algo parecido al orgullo, o al pudor, lo hizo rendirse a la evidencia:

—Si tienen que irse, váyanse, no los retengo más.

Y con ensayada caballerosidad nos llevó hasta la puerta del antejardín.

—El saludo cubano —exigió, e hizo algo parecido a un abrazo que terminaba con guiño de ojo—. Vuelvan cuando quieran. A su casa no más llegan.

Volvimos a despedirnos mientras nos subíamos al auto. Él se quedó parado en la entrada de su casa, diciendo adiós con la mano.

LOS PERROS DE LA CALLE CHILE

Han pasado casi trece años de esa primera visita. Es el 12 de febrero de 2015. Son las tres de la mañana. Me rasco desesperadamente hasta que la piel no da más, en la calle Chile de Las Cruces, a cinco cuadras de donde sigue viviendo a los cien años Nicanor Parra Sandoval. Mis hermanos, mi madre, mis hijas, mi esposa, duermen en este sitio que le arrendamos a un oficial antinarcóticos de Carabineros. Me quedo mirando las fotos del dueño de casa, posando en jockey y chaleco antibalas con las manos en la cintura, parado en un techo frente al Palacio de La Moneda. Diplomas, encuentros con la DEA, intercambios con la policía antinarcóticos de Bolivia, las naturalezas muertas de la esposa, que trabaja en Falabella y que mandó a pintar los muros color terracota y rosa. Las puertas, castaño oscuro.

Hasta la pieza del fondo, donde me refugié para no molestar a nadie con mi insomnio y mis rasquidos, no ha llegado el toque mágico de la señora: está pintada de ese color crema amarillo con que pintaban las salas de castigo en los colegios de antes. Ahí termino de leer en nada una novela de Murakami, donde un viejo amor imposible se derrite literalmente de pura ansia pasada. No sé si quepo o no en el colchón doblado de humedad donde no intento siquiera fingir que duermo. Desde la quebrada sobre la que está construida la vivienda sube la voz del locutor del Bingo que repite en distintos tonos:

—Treinta y tres… treinta y tres… treinta y tres.

Se escuchan las risas en los toboganes, llega hasta aquí el reflejo de las luces del stand. Camino hacia el living sobre el suelo de ladrillo vitrificado. Evito los muebles. Prendo el televisor. Termina Rocky II con la victoria de Rocky Balboa sobre Apollo Creed. Hubiera sido tanto mejor que perdiera, como en la primera película; tanto mejor que fuera la épica perfecta de alguien que perdió y es recordado por todos como si hubiese ganado. Pero tenía que ganar, tenía que ir de victoria en victoria, cada vez más tristes, más derrotadas.

Escucho un ruido raro. Avanzo hacia la ventana. Los perros sin dueño, que llenan la calle Chile, arrastran las bolsas de basura. Me quedo mirando el jardín. ¿Qué estará haciendo Parra a esta misma hora en este mismo balneario? Las veces que he pasado de noche por su casa, por la ventana de su pieza siempre se ve la luz encendida.

¿Dormirá alguna vez ese viejo vampiro? ¿Es capaz de dormir, cerrar los ojos, dejarse ir sin diagnosticar, saber, preguntar, rendirse al cansancio del que a los cien años que acaba de cumplir puede no tener vuelta? Duerme hasta las doce del día, se acuesta a las tres, dicen.

¿Cómo escribir su vida a escondidas a seis cuadras de su ventana encendida? ¿Cómo resumir todo lo que sé sobre Parra y todo lo que no sé, lo que nadie sabe, lo que él mismo ya olvidó? Para escribir este libro tengo que entrar a la cabeza de Nicanor. Parece fácil, porque él no esconde nada de lo que piensa. Él piensa en vivo, cuenta todo, o aparenta contarlo todo. Y sin embargo sé, ahora que lo visito todos los días, que en su cabeza hay sacrificios tribales, fuego sobre páramos de arcilla, siluetas sin cara ni nombre. Una angustia tan gigantesca y total, tan permanente y antigua, que ha aprendido a no quejarse de ella, a vivir como si nada, como esos campesinos que siguen con una costilla rota, con la astilla de una madera pudriéndose en una mano.

LA IDEA FIJA

Vive en el infierno, pienso, o en el purgatorio, ese señor que hace chistes todo el tiempo, que camina como si bailara y odia el patetismo existencial o cualquier tipo de gravedad. No descansa nunca, aunque esté tranquilamente sentado frente al ventanal que da al mar.

—«La mer, la mer, toujours recommencée!» —recita, en francés, los versos del Cementerio marino de Paul Valéry, traducido con más entusiasmo que pericia por su profesor de colegio Óscar Vera:

¡El mar, el mar que siempre recomienza!

¡Recompensa después de un pensamiento

es contemplar la calma de los dioses!

 

Paul Valéry, del que leo justo ahora La idea fija, el diálogo entre un doctor y un pescador, lleno de frases citables, de pensamientos perfectos que aumentan mi angustia. Esa sobredosis de ingenio, ese desprecio por la acción dramática, por los descansos que permiten llegar a alguna parte, es justamente la gracia y la desgracia de hablar con Parra. Una cita cualquiera de Valéry en una página cualquiera:

—Un método… Pero ¿y si esta manera es la buena? ¿Y si es el umbral, el límite, al que han conducido y debían conducir siglos de tanteos?

—Seguramente… Pero ¡cuidado con el automatismo!

—¿Cómo…? Usted persigue a los otros, empuja a la precisión y después ¡chaquetea!

—No. Por lo demás, no existe una mente que esté de acuerdo consigo misma. Dejaría de ser mente. Pero atienda un momento. Permita que me extravíe en la maraña de la moral.

—¡Vamos! Señor…

La obsesiva idea fija de tener ideas siempre. Pienso que podría empezar por ahí, o más bien seguir por ahí, enumerar, después del primer encuentro, todos los que siguieron, que eran en el fondo prolongaciones del mismo. La misma primera entrevista a la vez íntima y distante, prueba y complicidad, todo el tiempo esa energía implacable de espadachines que se miran antes de cruzar las espadas, siempre la vigilancia, siempre el juego. Pienso que podría escribir de forma concéntrica acerca de cómo habla, cómo te obliga Nicanor Parra a hablar cuando entras en el círculo del que no se sale nunca. Pienso que podría contar la visita de esta misma tarde, la visita de ese pariente vago, constructor civil, «hijo de un primo que es primo de un primo, tío Nicanor», que le trajo desde Australia un sombrero de piel de canguro y unas fotos en las que se veía al pariente lejano navegando en lancha, por un lago, con la Violeta Parra.

—Sobrino del tío Blas que es primo segundo suyo. Perdone que no lo llamé antes, tío. Vengo manejando de Chillán, donde me estoy construyendo una casa. Mi mujer dijo: «Llama antes, mándale una carta». Yo le dije: «Tengo que ver al tío. El tío tiene cien años, le tengo que entregar la foto al tío».

—¿De Australia? —se limitó a preguntar el tío—. ¿Sabes inglés, no es cierto? —Y se puso a recitar más para mí que para el nuevo sobrino—: «Death, be not proud…». ¿Te ubicas con John Donne, no cierto? Es cosa seria John Donne. ¿Corre eso en Australia? «Death, be not proud, though some have called thee… Mighty and dreadful, for thou art no so…» Chuta la payasada…

Y la sonrisa incómoda, y el sudor frío del pariente lejano, y la nerviosa forma en que empezó a despedirse, con el mismo apuro y entusiasmo con que se había instalado sin avisar en la terraza de la casa de Las Cruces.

Las artimañas de Parra, las armas, sus estrategias. ¿Eso es lo que tengo que contar? Los perros de la calle Chile siguen destrozando la bolsa de basura. Los juegos al fondo del barranco se apagan. Mi familia duerme tranquilamente mientras leo, o más bien finjo que leo, La idea fija de Paul Valéry. Me rasco salvajemente sin saber qué me pica. No puedo concentrarme en nada. O más bien, me concentro en demasiadas cosas al mismo tiempo.

¿SE PUEDE?

Escribir en primera persona es la única posibilidad, pero es justamente lo que Nicanor Parra no se permite. «Que zapateen otros», decía siempre. La mayor parte de lo que escribía lo ponía en boca de distintos personajes —«hablantes líricos», los llamaba— que había inventado para protegerse de la desprotección del yo. Junto a sus frases, en los Artefactos, dibujaba un corazón con dos piernas y dos brazos, que llamaba «Inocencio de Conchalí».

«Yo pensé que ya no se podía decir yo, pero parece que se puede.» Así comentó a la pasada mi libro Memorias prematuras la segunda vez que lo fui a ver. La palabra clave es el verbo «poder», que marca la necesidad de pedir permiso para decir yo, o tú, o nosotros. Así, los libros no eran para Nicanor Parra buenos o malos. Los dividía entre los que se «pueden» leer y los que «ya no se pueden leer». El «ya» también era importante, porque Parra creía sin creer en el progreso, el tiempo que corrige, el hoy que sabe más que ayer, y el mañana que es lo único que existe, como dice en uno de sus poemas.

¿Poema o antipoema? ¿Se puede decir poema hoy? ¿Llamarlo poema no será una forma de ofender a mi vecino de Las Cruces, a Parra, que vigila, aunque yo no lo vea, desde la calle Lincoln el mar, la bahía y también la calle Chile? Voy a terminar sacándome sangre si me sigo rascando de esta forma. Si sigo pensando en qué pensará Parra sobre lo que escribo. Voy a quedar paralizado de ideas eléctricas, como el pelo de Parra, que les pregunta a los recién llegados con tanta angustia como alegría:

—¿Se puede decir yo ahora? ¿Ahora sí se puede decir yo?

¿A quién le está pidiendo permiso? ¿Quién le da o le quita la posibilidad de decir yo? Esos signos de interrogación, convertidos en signos de exclamación, son quizá la marca del estilo de Parra.

PERMISO PARA DECIR YO

Poder hablar, permitirse el derecho a hablar, fue su único combate. Preguntas que a fines de los años cuarenta pasaron de su cabeza a su garganta, de ahí a sus pulmones, impidiéndole, a comienzos de 1952, pronunciar palabras de más de dos sílabas.

«Cuando niño, yo me asustaba mucho con las caras, con los trajes y con las voces de los interlocutores, y quedaba prácticamente inhibido para comunicarme —les decía Parra a los estudiantes de la Universidad de Chicago en 1987, invitado a dar un seminario sobre su poesía por el catedrático americano René de Costa—. Quedaba pegado, por ejemplo, en un par de anteojos; si alguien me miraba con unos anteojos chiquititos así, entonces yo me quedaba pegado en los anteojos, o en si la nariz era demasiado gruesa. De eso se trataría, de encontrar un método que le permita a uno efectivamente llegar al interlocutor, sin enredarse, sin quedarse pegado en el mar de sargazos. De a poco empecé a perder la voz. Podía decir palabras aisladas: “árbol”, “árabe”, “sombra”, “tinta china”. Pero juntar las cosas no podía. Por ejemplo: podía yo decir “qué”, “hora”, “es”, pero “¿qué hora es?” no me podía salir. No podía hablar, no era una simple especulación.»

Tenía treinta y ocho años. Trabajaba como profesor de mecánica teórica, una rama de la física en la Facultad de Física y Matemáticas de la Universidad de Chile. Su incapacidad de hablar lo obligó a desplazarse de la docencia a las labores administrativas. Se convirtió en subdirector de la escuela. Ni joven ni viejo, era entonces un hombre delgado, moreno, casi siempre impecablemente trajeado de tweed y corbata, casi siempre serio, alerta, aun cuando lograba salir de los monosílabos usaba el tono altisonante e irrisorio de los payasos de circo pobre. Eso eran sus hermanos, rumoreaban sus colegas y alumnos en tono de burla. Los habían visto alguna vez en bares, carpas desvencijadas, cantando en prostíbulos, Roberto, Eduardo, Lautaro y Óscar (alias Tony Canarito).

La vergüenza era aún la moneda más corriente en su intercambio con el resto de los colegas y alumnos que sabían sin saber del todo una serie de rumores sobre el subdirector de la carrera, un señor formal y puntualísimo que medio había abandonado a tres hijos por ahí, tirados junto a su madre Ana Troncoso, reemplazada por una misteriosa sueca igualita a Ingrid Bergman en Stromboli, de Roberto Rosellini, una película en la que una sueca, por desesperación económica, se casa con un pescador siciliano que la lleva a una miserable isla volcánica donde nadie intenta entenderla.

Sin aire a veces, el profesor repasaba su vida larga y angosta, una serie de logros que eran fracaso, un libro que le daba vergüenza y que había ganado el Premio Municipal de Literatura de Santiago, una beca en Oxford en la que se había dedicado a no estudiar nada, y la impresión de comprender todo y no poder decírselo a nadie.

Ganas de mear sobre los muros y escribir con su orina consignas terribles. Ganas de encabezar rebeliones de mendigos, ganas de morir y matar.

«Yo estaba tartamudeando —explicaba Parra a los alumnos de Chicago— para conquistar un discurso plausible. Entonces, como los discursos no me parecían plausibles, no podía hablar. Me parecía una mentira, una comedia, hablar como habla un profesor, por ejemplo, o como habla cualquier sujeto, o como habla un poeta establecido.»

—Un terror al significado, un horror al significado, una conquista, un discurso plausible —se diagnosticaba a sí mismo en la consulta del siquiatra que le hizo ver que llevaba ya tres sesiones hablando perfectamente.

—Si quiere seguir viniendo, venga, pero ya no es necesario —le dijo.

Aunque hablaba, sentía que seguía mudo.

Cuento eso como un hecho después de otro. La historia de un hombre de clase media atormentado por su pasado y aterrorizado por su futuro. El silencio, la carga académica, los permisos sin sueldos, los exámenes finales. Rumiando versos mientras tanto, inventando defensas para no publicarlos, para terminar de terminar esas frases oídas de pasada en la calle. Hasta que sin aviso previo Pablo Neruda lo retó a duelo.

—A ver, Parrita, léenos algo si te atreves, lee esos esquinazos tan graciosos…

UN DUELO AL ANOCHECER

—«El poeta» —abría los ojos y las manos Nicanor Parra en Las Cruces para señalarte la importancia del momento—, así se decía entonces, «el poeta», y todo su círculo, todos esperando ahí para destruirte. No se le podía decir que no así no más al poeta. Eso sí que no.

Y sus cejas y sus uñas amarillas crispadas para que supieras que venía el salto mortal. «Qué se hace en esos casos me pregunto yo», se seguía preguntando como si se tratara de una película del oeste o de unas coplas del Martín Fierro. Neruda quería unos «Esquinazos», unos poemas semifolclóricos que le habían gustado cuando conoció a Parra en Chillán en 1938. Parra sabía que si le daba eso estaría encerrado para siempre en el personaje que Neruda le había inventado. Tenía que hablar, tenía que lanzar su voz o morir para siempre. Así que, agitado, buscó entre las hojas fusiladas por la máquina de escribir. Las vacas sagradas a su alrededor sostenían el silencio. Hacía frío, como siempre de noche en La Reina, Los Guindos, Michoacán, como llamaban a la casa que compartía Neruda con la Hormiguita, Delia del Carril, «Tú te ubicas con la Hormiguita, la mujer del Pablo». Todos eran redondos, gordos, imponentes. Solo Parra se sostenía en sus huesos como un pararrayos al que se colgara una cresta de indomable pelo negro.

Carraspeó. Su garganta atravesó varias capas de hielo hasta encontrar la voz rotunda y falsa de sus hermanos en el circo. Esa voz que habla directamente desde los pulmones. Fingió leer el poema que sabía de memoria, porque llevaba años y años redondeando cada palabra, cada exabrupto:

Los delincuentes modernos

están autorizados para concurrir diariamente a parques y jardines.

Provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo…

La cara redonda de Acario Cotapos, del expolicía Diego Muñoz, la complicada cara de bandido rural de Tomás Lago, la Hormiguita y las ojeras anfibias de Pablo Neruda que no entiende: ¿Dónde va Parrita? ¿Qué pretende este cabro ahora? Parra sintió la obligación de seguir aunque el frío le hiciera doblar las rodillas y bajo sus zapatos de cuero, cubiertos de una delgada capa de polvo, se abriera un vacío.

… entran a saco en los kioskos favorecidos por la muerte

e instalan sus laboratorios entre los rosales en flor.

Desde allí controlan a fotógrafos y mendigos que
     deambulan por los alrededores

procurando levantar un pequeño templo a la miseria

y si se presenta la oportunidad llegan a poseer a un
      lustrabotas melancólico.

—Cáspitas, recórcholis, sorpresa general, escándalo, silencio totaaaaal. ¿Qué es eso? ¿Qué pasó aquí? —contaba Nicanor Parra cincuenta años después de aquel día en casa de Neruda que, asombrado, le quitó las hojas de las manos buscando el truco:

—¿Cómo hiciste eso, Parra? ¿De dónde sacaste eso?

El resto del círculo no se atrevía a pronunciarse antes de que lo hiciera el propio Neruda, que dejó pasar varios segundos para luego levantar las cejas, el pecho gigantesco, la voz nasal, y decretar que lo aprobaba total y parcialmente, que incluso lo iba a prologar.

El poema era parte de un libro, Poemas y antipoemas, que con más temor que ganas estaba a punto de publicar el ya no tan joven profesor de mecánica racional. Era 1954. Cumplía cuarenta, había recuperado su propia voz, y fue el año en que, de una forma, eligió nacer.

LA ANGUSTIA DEL SIGNIFICADO

—¿Cómo se llamaba el siquiatra de Parra? —le pregunto a Adán Méndez, saliendo de su departamento en la calle Vergara, en Santiago.

—No creo que haya ido al siquiatra nunca el Nicanor. Esa huevada de que no podía hablar es muy dudosa también. Daba entrevistas en esos años que dice que no podía hablar, daba recitales enteros.

Le cito un artículo de 1970, de Héctor Fuenzalida, miembro del círculo de Neruda, que en una vieja revista de la Universidad de Chile habla de la afonía de Parra para explicar su abandono de las aulas y su dedicación a asuntos administrativos.

—Tú no cachai al Nicanor. Él cambia el cuento según a quién le está hablando. No hay que creerle todo lo que dice. No miente, pero no dice la verdad tampoco —me dice.

Sé que tiene razón. He visto mil veces el mismo cuento adecuarse, variar, cambiar de dirección a lo largo de los años y dependiendo del auditorio.

Esa misma historia, la de la lectura de poesía en la casa de Neruda en La Reina, la he visto trasladarse a Isla Negra donde se encerraron Neruda, el ahora desconocido y entonces consagrado poeta Juvencio Valle, y Nicanor Parra.

—¿Cómo era eso? ¿Cómo era? Esta historia tiene un comienzo de novela de detectives, cuidadooooo —advertía Parra jugando a recordar lo que nunca había olvidado.

Una novela de detectives porque, camino a Isla Negra, la maleta con el único manuscrito de los Poemas y antipoemas se había extraviado en un restaurante donde Neruda los obligó a una pausa culinaria. Parra, desesperado, vio cómo su oportunidad de cambiar de un día para otro la poesía en español se evaporaba en una fonda de mala muerte. Hasta que Neruda hizo un par de llamados a los responsables del Partido Comunista y la maleta apareció.

—Cuidado, esto resucita a Neruda como padrino y salvador de la antipoesía, de alguna forma —decretaba Parra—. Eso lo vuelve a situar a Pablito en la órbita de la antipoesía nada menos.

—¿Viste? —sonríe Adán—. Tiene cuentos para cada situación, el Nicanor. No le podís andar creyendo todo lo que dice.

Nadie ha escuchado más tiempo a Nicanor Parra que Adán Méndez, que habla en el mismo idioma del sur de Chile, donde se mezclan con la naturalidad más inesperada datos de energía atómica, biología, literatura y costumbres chilotas. Adán Méndez es la única persona que, fuera de la familia, puede ver televisión o leer el diario con Nicanor Parra al lado. Una afinidad anterior incluso a conocerse. Una vecindad de alma y de cuerpo, porque Adán es como el Parra joven, delgado, rizado, buen mozo de una manera española.

«Solo para morir hemos nacido», decía un verso de Adán que Nicanor Parra incorporó inmediatamente a las bandejas de pasteles de sus propios Artefactos.

Solo para nacer hemos nacido

sin el consuelo de dejar rastro en el mundo

porque no habrá mundo en que dejarlo.

El poema empieza con esa especie de brusca audacia, completamente sabia y totalmente adolescente, que es todo Adán y es todo Nicanor, el Nicanor que dirigía en 1992 el jurado del Premio «Revista de Libros» de El Mercurio y que le entregó el galardón a Adán Méndez, un desconocido estudiante de filosofía de la Universidad Católica.

Después de ese ruidoso comienzo, de ese libro prometedor que produjo la suspicacia y la envidia del resto de los poetas, sobrevino el silencio completo, casi total: un poema en una revista, otro en una antología, y luego Adán se dedicó a leer y publicar los libros de otros en su propia editorial, Tácitas, mientras perfeccionaba formas nuevas de desapego y coleccionaba pipas y tabacos, en Chiloé primero, en París después, en el centro de Santiago finalmente. Una especie de eterna juventud prematuramente envejecida, como si ese fuese su combate, vivir sin edad para, como Nicanor Parra, no morir nunca.

¿No es este el sello común de todos los escritores que se acercaron demasiado a Nicanor Parra, la angustia del significado que los hace, como a Lihn, como a Huneeus, como a Adán, preguntarse por qué escriben mientras escriben? Pienso en particular en Cristián Huneeus, que comenzó tres veces su Autobiografía por encargo para terminarla bruscamente cada vez que empezaba a avanzar. Pienso en Diego Maquieira, que después de dos libros que prometían todo, y donde usaba la voz de La Tirana y los Sea Harrier —unos aviones de caza ingleses—, publicó muy de tarde en tarde. O en Juan Luis Martínez, que publicó en vida apenas dos libros con ganchos de pesca, páginas en blanco y en negro, transparentes, fotos al revés y al derecho, banderas chilenas, preguntándose una y otra vez sobre la posibilidad de escribir poesía normal en un país anormal.

Se reconoce a un parriano por eso, por su angustia a la hora de escribir. Menos por los chistes, que por los espacios en blanco, las páginas que se preguntan si pueden ser escritas. Una angustia que Violeta y Roberto Parra, sus hermanos menores, trasladaron tal vez a su vida, empezando sus respectivas obras lo suficientemente tarde como para que quedaran inconclusas, para esquivar el deber de preguntarse, como se preguntaba todo el tiempo Nicanor, ¿se puede decir esto, se puede no decir esto?

Nicanor Parra, maestro terrible del siglo XX, que llevó a un Chile atrasado el surrealismo, la física cuántica, Marcel Duchamp cubierto en la versión de Parra de romances de la Edad Media, de guitarras campesinas. Esa es quizá la historia que quiero contar, la angustia del significado que caracteriza al siglo XX en un país que de muchas maneras nunca se movió del siglo XVI, el siglo en que llegaron unos aventureros extremeños de apellido Parra o Sandoval, sin más destino que este fin de mundo donde no había ya ni oro ni imperio por conquistar.

EL FIN DEL MUNDO

El fin del mundo, ahí nació Nicanor Parra Sandoval el 5 de septiembre de 1914. En San Fabián de Alico, dice el certificado de nacimiento. ¿Qué era San Fabián de Alico en 1914? Ahora es un pueblo, una aldea, quince cuadras que se desperdigan en casas aisladas que bajan y suben las abruptas quebradas a la orilla de los cerros y volcanes que encajonan el poblado, el último antes de las montañas blancas de nieves eternas y las centrales hidroeléctricas y sus lagunas artificiales. Una amplia acequia, que corre con la furia de un río, pasa por la plaza donde se levanta ahora, en este siglo, la estatua de Nicanor Parra.

Tallada en madera nativa de color castaño claro, el escultor prefirió el realismo al simbolismo. Tiene la estatura del modelo, su chaleco, su impecable camisa: el traje y la apostura con que visitó San Fabián en el verano de 1996, viajando desde su casa de La Reina, en Santiago, a cuatrocientos kilómetros de aquí. Hay algo en la cara de la estatua, algo delicado que busca evitar justamente lo que torna atractiva la cara de Parra, ese mentón definitivo, las cejas desconfiadas, la nariz de boxeador mulato, como diría él mismo en su epitafio de 1954:

Con un rostro cuadrado

En que los ojos se abren apenas

Y una nariz de boxeador mulato

Baja a la boca de ídolo azteca

—Todo esto bañado

Por una luz entre irónica y pérfida—…

Eso le falta a la estatua de madera, esa «luz entre irónica y pérfida». Una mirada que asusta y al mismo tiempo te hace sentir en confianza o en familia, que te llama, te busca, pero deja en claro que está muy lejos, inaccesible en su centenaria memoria, en su milenario olvido.

«San Fabián × 100 pre», reza el plinto. Hoy, a mediados de febrero de 2015, termina la Semana de la Montaña, algo así como la semana sanfabiana, en la plaza. Los Machos de la Cumbia van a cantar mañana en el escenario que instaló la municipalidad. Los niños juegan en los balancines, hasta que la oscuridad de la montaña caiga sobre el pueblo y sus padres los obliguen a dejarlos. Un payaso vestido de naranja, con una maleta de plástico del mismo color, habla con una señora acerca de sus estudios de bioquímica. Los puestos de miel y helados artesanales van abriendo de a poco, un grupo de gente espera a la entrada de una carnicería. Un huaso arrienda sus caballos para que los turistas paseen a sus hijos.

Subo a mis hijas Beatrice y Carlota sobre el lomo desanimado de un caballo negro y doy vueltas por la calle desierta, escuchando el eco de las pezuñas delante de la escuela pintarrajeada con un mural de flores inmensas y símbolos mapuche. Todas las voces, todos los portazos, todas las risas de los niños, los gritos de las madres, los ladridos de los perros expulsados de los almacenes, rebotan entre los cerros. Todo vuelve convertido en eco, pienso. El sol se hunde detrás del cerro Malalcura. Eso es San Fabián, un pueblo a la sombra de un cerro. La presencia sin fin de ese muro sobre los cuerpos que se achaparran, que agachan la cabeza, que hablan cuando parece que van a callar, que callan cuando parece que van a empezar a hablar, que esperan.

Se acaba el pavimento, empiezan las calles de tierra. Los obreros de la central hidroeléctrica La Punilla vuelven en un bus de la empresa, todos con sus casacas naranjas fosforescentes. Se despiden haciéndose bromas antes de hundirse en sus casas prefabricadas. El humo de las cocinerías desciende hacia la calle. La noche baja por las rocas y los coihues. El caballo se apura, para desesperación de mis hijas, por volver al potrero abandonado donde su dueño espanta a patadas unas gallinas. Los lugareños más antiguos bajan hacia el Club de Rodeo, el bar más antiguo, y toman ahí «Terremotos» (vino blanco con helado de piña y fernet o ron), y «Tsunamis» (lo mismo, más cerveza y pisco), mientras hablan del último terremoto que casi deja a todo el pueblo derruido, a finales de febrero de 2010.

La municipalidad acaba de cambiar el diseño de la señalización de las calles para incorporar al fondo azul una línea aerodinámica que sugiere las montañas, hacia las que se quiere orientar el turismo local. La preocupación por el turismo, que es lo único que podría salvar el pueblo del olvido, hace que San Fabián lleve décadas disputándose con San Carlos (cuarenta kilómetros más al oeste) el título de ser el lugar de nacimiento de Violeta Parra. La fundación que preserva los derechos de la cantante dirimió la pelea al bautizar una de las pocas casas de adobe que quedan en San Carlos como el lugar de nacimiento de Violeta Parra, aunque en El libro grande de Violeta Parra, una recopilación de textos y entrevistas de la folclorista, su hija Isabel vuelve a situarlo en San Fabián de Alico.

El sitio del nacimiento de Hilda Parra, la hermana que estaba entre Nicanor y Violeta, también cantante, no parece interesarle a municipalidad alguna. Pero es probable que ella también haya nacido en este cuadrado de tierra negra, pegado a la quebrada, de espaldas a la cadena de volcanes. Un cerco sin casa ni monumento, pura tierra, tiene un cartel, como si estuviera a la venta, que dice en letra manuscrita: «Cuna del poeta Nicanor Parra».

LA FRONTERA

Qué lejos nacer aquí, pienso, qué alejado de todo y de todos debió ser esto en 1914. No hay nada hoy. Es difícil pensar que haya habido algo antes. El eco de los pájaros atravesando las nubes. La lava seca del volcán sobre la que crecen desesperados los árboles, el camino estrecho que cualquier lluvia o derrumbe vuelve impracticable. El aire tan limpio que duele en los pulmones. El río Ñuble tan frío que hierve.

Pero había algo. Algo más de lo que hay hoy que explica que este nacimiento no fuera un puro azar de la geografía.

«En las primeras décadas del siglo XX —cuenta el periodista Víctor Herrero en su biografía de Violeta Parra, Después de vivir un siglo, de 2017—, San Fabián era una próspera comunidad de más de seis mil habitantes, el doble de los que tiene hoy por hoy. Además de contar con dos escuelas públicas, el pueblo también tenía un periódico propio, La Voz de San Fabián de Alico, que fue fundado en 1894 y que circulaba una vez a la semana. San Fabián de Alico se había convertido en un importante centro de intercambio trasandino.

»Dos veces al año se celebraba una gran feria comercial entre Chile y Argentina, la mayor del Ñuble. Los “cuyanos”, como se denominaba en esa época a los habitantes del otro lado de los Andes, traían ganado, cuchillería y cuero, en tanto que los campesinos chilenos aportaban con verduras, frutos, hierbas medicinales y tejidos. Desde San Fabián los productos cuyanos se repartían por todos los grandes poblados de la región del Ñuble, como Chillán, Parral y San Carlos, mientras que esas localidades se aseguraban de llevar sus productos a las ferias binacionales de ese poblado. El comercio llegó a ser tan significativo que el Estado de Chile decidió instalar allí una aduana fiscal.»

En esa próspera frontera se instalaron, a comienzos de 1913, Nicanor Parra Parra y su esposa Clarisa Sandoval, a la que había conocido en el mismo colegio donde hacía clases como profesor primario y al que iba a buscar a sus primeras dos hijas la viuda joven. Porque Clarisa, que prefería que la llamaran Clara, llevaba consigo ya dos niñas, Marta y Olga, una muy rubia y otra pelirroja. Clarisa, hija de Ricardo Sandoval, el administrador de un fundo en Huape, nacida según la leyenda familiar al borde de un río, debajo de unos arbustos, mientras el padre huía del reclutamiento forzado en las tropas del gobierno. Unas tropas que combatían a las del Congreso en la guerra civil de 1891. Una sangrienta guerra que terminó con el suicidio del presidente Balmaceda y los plenos poderes de las fortunas bancarias y mineras que combatieron el intento de nacionalizar la creciente riqueza del país.

De otra guerra venía Nicanor Parra Parra, hijo de Calixto José Parra Hernández, letrado de Chillán, que había peleado en la guerra del Pacífico, una guerra contra Bolivia y Perú que le permitió a Chile (y a sus socios ingleses y americanos) quedarse con el salitre y el guano del desierto de Atacama.

¿Aprendió ahí Calixto José a leer el Código Civil que le servía para hacer de árbitro en todas las contiendas? Otros soldados de la guerra del Pacífico siguieron más al sur, combatiendo a los indios para civilizarlos. Mataron a miles e instalaron el ferrocarril, y entregaron títulos de dominios a los colonos alemanes y belgas, les legaron el odio a los curas.

«El abuelo Calixto José Parra, don Calixto, es el origen —le contó Nicanor hijo a la periodista Ana María Larraín—. Más discurre un hambriento que cien letrados, decía él. Y como filosofía general, también yo debería utilizar aquí, en esta entrevista, la filosofía del huaso macuco. Pasa un delincuente y le preguntan a un hombrecito en una esquina: ¿Tú has visto pasar a alguien por aquí? Y él contesta: Creo que sí, pero me parece que no.»

Nicanor Parra Parra heredó de su padre la fe en algo parecido a la idea de la república: la escuela, el liceo, los libros, Schubert, Mozart, y también las cuecas y las tonadas del campo, donde era conocido por su canto y sus chistes.

No lo sabían, o no lo repetían, pero José Calixto y su hijo Nicanor Parra Parra eran parte de un proyecto histórico. La idea de un Chile liberal, anticlerical, racional y legalista, todo eso mezclado con vino, cantos, bromas y leyendas mapuche de pájaros que beben sangre y muertos que toman su última copa con los vivos.

El profesor de la escuela número 10 de niñas, Nicanor Parra Parra, y su esposa, Clarisa Sandoval Navarrete, eran relativamente jóvenes (él veintiséis años, ella veinticuatro), una edad en la que eres feliz lejos de todo, hasta que ella quedó embarazada en otoño al final del pueblo, en ese rincón de tierra negra que limita con el bosque y las cascadas del Ñuble. Esperó todo el invierno y parió en primavera un niño.

Un niño, un niño, igual al padre, les dicen a las visitas. Lo llamaron Nicanor Segundo Parra Sandoval.

ALGUNAS DUDAS

Martes 6 de agosto de 2014. Matías Rivas, editor de Nicanor Parra en Ediciones Universidad Diego Portales, con el que hablo a diario dos horas o más, me cuenta que a Parra le ha dado por decir que no cumple cien años sino ciento dos o ciento cuatro.

«En esa época la gente se demoraba meses e incluso años en inscribir a los recién nacidos», decía Parra y levantaba las cejas malévolamente, orgulloso de desmentir a todas las universidades, diarios y revistas que preparaban desde hacía meses su centenario.

Era quizá su manera de evitar la angustia del centenario. La fecha de su nacimiento, el 5 de septiembre de 1914, bien podía ser solo la fecha en que el padre se había dignado a acercarse al registro civil e inscribir al recién nacido. Nicanor Parra padre no era un hombre puntual ni puntilloso. Sucede en 1914, pero para imaginar el nacimiento de Parra tengo que volver a los murales del Giotto, Fra Angélico o Piero della Francesca, misteriosamente parecidos a los tapices que elaboraba la Violeta: raíces de árboles saliendo de la calavera de un muerto, guitarras que acaban en flores, pájaros, rocas, vertientes, arbustos, burros, gallos, gente que se mueve como si estuviera completamente inmóvil en un universo en el que la perspectiva no ha aparecido todavía.

¿Qué día? El 5 de septiembre seguramente no. Da lo mismo. Que lo hayan inscrito a comienzos de la primavera es simbólico. En el largo invierno de la montaña todo debió quedar pospuesto. Mientras espera para bajar al valle y hacer de una sola vez todos los trámites, el profesor Parra, el padre de Nicanor, ocupa su tiempo en tocar el violín para llamar a los niños y hacerlos entrar a la escuela.

«… el violín no era simplemente un peso muerto, como en general lo es con los profesores primarios, sino un arma de combate», le cuenta a Leonidas Morales en sus Conversaciones con Nicanor Parra. Clara Sandoval teje, cocina y espera. «Ella era una especie de roca inamovible allí», le explica Parra a Morales:

«Una mujer sumamente práctica, que no ha ido casi a la escuela y que apenas garabatea un poco, prácticamente a

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