CAPÍTULO 1
Gregor se quedó un rato mirándose en el espejo del cuarto de baño mientras se armaba de valor. Luego desenrolló lentamente el pergamino y levantó la cara escrita a mano hasta la altura del espejo. En el reflejo, leyó la primera estrofa de un poema titulado «La Profecía de la Sangre».
Como ya era habitual, los versos le provocaron náuseas. Alguien llamó a la puerta.
—¡Boots tiene pipí! —dijo su hermana Lizzie, de ocho años.
Gregor soltó la parte superior del pergamino y este se enrolló de golpe. Rápidamente lo guardó en el bolsillo de atrás de los vaqueros y se bajó la sudadera para ocultarlo. Aún no le había hablado a nadie de la nueva profecía y no quería hacerlo mientras no fuese absolutamente necesario.
Unos meses antes, en Navidad, más o menos, había vuelto de las Tierras Bajas, un mundo siniestro y dividido por la guerra situado a varios kilómetros bajo tierra, por debajo de Nueva York. Allí vivían ratas, murciélagos, arañas y cucarachas, entre otras criaturas. Todas tenían, como mínimo, el tamaño de una persona, y todas podían hablar. También había humanos: un pueblo de piel pálida y ojos violeta que se había internado bajo tierra en el siglo XVII y había construido la ciudad de piedra de Regalia. Los habitantes de Regalia aún debían de estar debatiendo si Gregor era un traidor o un héroe. En su último viaje se había negado a matar a una cría de rata blanca llamada la Destrucción. Para muchos habitantes de las Tierras Bajas aquel había sido un acto imperdonable, pues creían que la Destrucción sería algún día la causa de su aniquilación.
La actual reina de Regalia, Nerissa, era una adolescente frágil que tenía visiones del futuro muy inquietantes. Era ella quien había metido el pergamino enrollado en el bolsillo del abrigo de Gregor justo antes de irse. En aquel momento, había pensado que se trataba de «La Profecía de la Destrucción», que acababa de contribuir a hacer realidad; pero no, se trataba de un nuevo y aterrador poema.
«Para que podáis veros reflejado en ella», le había dicho Nerissa. Resultó que lo decía en sentido literal: «La Profecía de la Destrucción» estaba escrita del revés y era imposible saber qué decía a menos que tuvieses un espejo.
—¡Vamos, Gregor! —gritó Lizzie, aporreando de nuevo la puerta del cuarto de baño.
Gregor abrió la puerta y vio a Lizzie con Boots, su hermanita de dos años. Las dos llevaban puestos abrigos y sombreros, aunque no habían salido de casa en todo el día.
—¡Teno pipí! —chilló Boots. Se bajó los pantalones hasta los tobillos y avanzó hasta el retrete arrastrando los pies.
—Primero llega al retrete y luego bájate los pantalones
—le explicó Lizzie por enésima vez.
Boots se encaramó al retrete y logró sentarse.
—Yo nena gande. Puedo hacer pipí.
—Buen trabajo —dijo Gregor, haciendo un gesto aprobatorio con el pulgar. Boots lo miró con una sonrisa de oreja a oreja.
—Papá está haciendo galletas en la cocina. El horno está encendido —anunció Lizzie, frotándose las manos para calentárselas.
El apartamento estaba helado. La ciudad llevaba unas cuantas semanas con unas temperaturas mínimas históricas y la caldera que suministraba el vapor a las antiguas tuberías de la calefacción era incapaz de competir con ellas. Los vecinos del edificio habían llamado al ayuntamiento una y otra vez, pero desde el consistorio no hacían nada por arreglarlo.
—Termina ya, Boots. Vamos a comer galletas —dijo Gregor.
La niña arrancó casi un metro de papel higiénico y se limpió como buenamente pudo. Uno podía ofrecerse a ayudarla, pero Boots siempre contestaba: «No, puedo yo sola».
Gregor comprobó que se lavaba y se secaba las manos y cogió la loción para aplicársela sobre la piel agrietada. Lizzie lo agarró de la manga cuando estaba a punto de apretar el envase.
—¡Eso es champú! —gritó, preocupada. Últimamente, Lizzie se preocupaba por casi todo.
—Es verdad —dijo Gregor, cogiendo la botella de la loción.
—¿Tenemos gelatina, Gre-go? —preguntó Boots esperanzada, mientras su hermano le aplicaba la loción por el dorso de la mano.
Gregor sonrió al oír aquella nueva pronunciación de su nombre. Lo había llamado «Gue-go» durante casi un año, pero hacía poco que Boots le había añadido una «R».
—Gelatina de uvas —dijo Gregor—. La he comprado exclusivamente para ti. ¿Tienes hambre?
—¡Síii! —contestó Boots. Su hermano la cogió en brazos y se la apoyó en la cadera.
Una vaharada de calor lo envolvió al entrar con Boots en la cocina. Su padre estaba sacando del horno una bandeja de galletas. Le gustó verlo levantado, haciendo algo tan sencillo como preparar el desayuno de sus hijos. Después de haber pasado más de dos años y medio prisionero de las enormes y sanguinarias ratas de las Tierras Bajas, ahora su padre era un hombre muy enfermo. Cuando Gregor volvió de su segunda visita en Navidad, se llevó una medicina especial de las Tierras Bajas. Parecía que estaba funcionando. Las fiebres de su padre eran menos frecuentes, las manos habían dejado de temblarle y había engordado un poco. Aún faltaba mucho para que se recuperase por completo, pero Gregor albergaba la esperanza de que si la medicina seguía haciendo efecto, para el otoño su padre podría volver a ocupar su puesto de profesor de ciencias en el instituto.
Gregor metió a Boots en la trona de plástico rojo y agrietado que tenía desde que era un bebé. Su hermana golpeó felizmente la silla con los tacones, deseosa de que le sirvieran el desayuno. La comida no tenía mala pinta, sobre todo teniendo en cuenta que estaban a final de mes. La madre de Gregor cobraba el día uno y, a esas alturas del mes, siempre estaban sin dinero. Su padre les sirvió dos galletas y un huevo duro a cada uno. Boots recibió un vaso de zumo de manzana rebajado con agua —hacían todo lo posible para que durase un poco más— y todos los demás tomaron una infusión caliente.
Su padre les dijo que empezasen a comer mientras él le llevaba una bandeja con comida a su abuela. Incluso cuando hacía más calor, esta pasaba mucho tiempo en la cama, pero este invierno apenas se había levantado. Le habían puesto un calefactor eléctrico en la habitación y tenía un montón de colchas en la cama. Aun así, siempre que Gregor iba a verla, tenía las manos frías.
—Gelatina, gelatina, gelatina —canturreaba Boots. Gregor le partió las galletas y le puso una buena cucharada sobre cada trozo. Su hermana le dio un buen mordisco a una y se manchó toda la cara de morado.
—Cómetela, no te la lleves puesta, ¿vale? —le dijo Gregor, y a Boots le dio un ataque de risa. Cuando Boots se reía, nadie podía evitar reírse; daba hipidos y tenía una risa boba de niña pequeña que resultaba contagiosa.
Gregor y Lizzie desayunaron a toda prisa para no llegar tarde a clase.
—Lavaos los dientes —les recordó su padre mientras se levantaban de la mesa.
—Me los lavaré si puedo entrar en el cuarto de baño —dijo Lizzie, sonriéndole a Gregor.
La enorme cantidad de tiempo que Gregor pasaba en el cuarto de baño ya se había convertido en una broma familiar. En el apartamento solo había un cuarto de baño y, desde que Gregor había empezado a encerrarse dentro para leer la profecía, todos se habían dado cuenta de que pasaba algo raro. Su madre le chinchaba preguntándole si quería ponerse guapo para alguna chica del colegio y él la hacía creer que había acertado fingiendo que le daba vergüenza. La verdad era que sí, que no hacía más que pensar en una chica, pero no iba a su colegio. Y no le preocupaba lo que pensase de su pelo; más bien se preguntaba si seguiría viva.
Luxa tenía su misma edad, once años, y ya era reina de Regalia. O lo había sido, al menos, hasta unos meses antes. En contra de la voluntad del Consejo de Regalia, había huido en secreto en busca de Gregor para ayudarle en su misión de encontrar y matar a la Destrucción. Le había salvado la vida a Boots al enfrentarse a un grupo de ratas en un laberinto y al permitir que su hermanita escapase subida a una leal cucaracha. Pero ¿dónde estaría Luxa ahora? ¿Vagando perdida por la Tierra de la Muerte? ¿La habrían hecho prisionera las ratas? ¿Estaría muerta o, milagrosamente, habría logrado volver a casa? Luego estaba Aurora, el murciélago de Luxa. Y Temp, la cucaracha que había huido con Boots. Y Twitchtip, una rata con un sentido del olfato tan desarrollado que podía detectar los colores. Todos eran sus amigos. Todos ellos habían desaparecido en combate. Todos ellos estaban presentes en sus sueños cuando dormía y en sus pensamientos cuando estaba despierto.
Gregor les había dicho a los habitantes de las Tierras Bajas que lo mantuviesen informado. Tendrían que haberle dejado un mensaje en la rejilla de la lavandería, que era uno de los portales de entrada a las Tierras Bajas. ¿Por qué no lo habían hecho? ¿Qué estaría pasando?
No sabía nada de Luxa ni de los demás... y para colmo estaba intentando descifrar él solo la misteriosa profecía. La combinación de ambas cosas lo sacaba de quicio. Tenía que hacer un esfuerzo enorme para prestar atención en clase, para comportarse con normalidad con sus amigos y para ocultarle sus preocupaciones a su familia, porque la más mínima insinuación de que estaba pensando volver a las Tierras Bajas habría hecho que cundiese el pánico entre ellos. Siempre estaba distraído, no escuchaba lo que decía la gente y se le olvidaban las cosas. Como ahora.
—¡Gregor, la mochila! —dijo su padre justo cuando Lizzie y él salían por la puerta—. ¿No crees que podrías necesitarla?
—Gracias, papá —repuso Gregor, evitando mirar a los ojos a su padre para no ver su preocupación.
Lizzie y él bajaron las escaleras hasta el vestíbulo y se armaron de valor antes de salir a la calle. Una amarga ráfaga de viento les atravesó la ropa y los dejó con la misma sensación que si no llevasen nada puesto. Vio que a Lizzie se le saltaban las lágrimas; siempre le lloraban los ojos cuando hacía viento.
—Date prisa, Liz. Al menos en clase estaremos calentitos —dijo Gregor.
Recorrieron las calles a buen paso, tan deprisa como se lo permitían las aceras llenas de hielo. Afortunadamente, el colegio de primaria de Lizzie estaba solo a un par de manzanas. Era bajita para la edad que tenía, «delicada», según su madre. «Una buena ráfaga de viento se te llevaría por los aires», decía su abuela al abrazarla. Justo en ese momento, Gregor se preguntó si no tendría razón.
—Recógeme cuando acabe el cole, ¿vale? ¿Vendrás? —le preguntó Lizzie en la puerta.
—Pues claro —contestó Gregor. Su hermana lo miró reprochándole que en el último mes se le había olvidado dos veces y ella había tenido que quedarse sentada en el despacho a esperar que alguien fuese a recogerla—. ¡Aquí estaré!
Gregor volvió a avanzar pesadamente con el viento en contra, pero con una sensación de alivio. Aunque le castañeteaban los dientes, al menos podía pasar unos cuantos minutos sin que nadie lo interrumpiese. Inmediatamente se puso a pensar en las Tierras Bajas y en lo que estaría pasando allí en ese preciso momento, a unos cuantos kilómetros por debajo de donde se encontraba. Era cuestión de tiempo que volviesen a llamarlo, eso lo sabía de sobra. Por eso pasaba tanto tiempo en el cuarto de baño estudiando la nueva profecía, intentando comprender el significado de sus aterradoras palabras, preparándose desesperadamente para su próximo desafío. Los habitantes de las Tierras Bajas confiaban en él.
Pero ¿qué les pasaba a los habitantes de las Tierras Bajas? Al principio se había inventado excusas para disculpar su silencio, pero ahora estaba enfadado. No solo no tenía noticias de Luxa ni de sus otros amigos desaparecidos, sino que no tenía ni idea de qué le había sucedido a Ares, el enorme murciélago negro en quien confiaba más que en ningún otro habitante de las Tierras Bajas. Ares y Gregor estaban vinculados y habían jurado protegerse el uno al otro hasta la muerte. El viaje para encontrar y matar a la Destrucción había sido espantoso, pero si de él había salido algo bueno era que la relación entre Gregor y Ares se había vuelto inquebrantable. Desgraciadamente, Ares era un paria entre los humanos y los murciélagos. Había permitido que Henry, el primer humano vinculado a él, muriese despeñado por un precipicio para salvarle la vida a Gregor. Aunque Henry era un traidor y Ares había actuado correctamente, los habitantes de las Tierras Bajas no se lo perdonaban. También culpaban al murciélago de no haber matado a la Destrucción, aunque, en teoría, eso había sido cosa de Gregor. Tenía un mal presentimiento: estaba convencido de que, dondequiera que estuviese, Ares lo estaba pasando mal.
Mientras abría la puerta del colegio, Gregor intentó dejar de pensar en las Tierras Bajas para concentrarse en los deberes de matemáticas. Cada viernes a primera hora tenían un examen. Luego jugarían al baloncesto a media cancha en el gimnasio y harían algún experimento con cristales de azúcar en la clase de Ciencias hasta la hora de la comida. A Gregor siempre empezaban a sonarle las tripas al menos media hora antes de llegar al comedor. Entre el frío, los intentos de llegar a fin de mes con la comida que tenían y el hecho de estar creciendo, tenía hambre a todas horas. En el colegio tenía la comida gratis y se comía todo lo que había en la bandeja, aunque no le gustase. Afortunadamente, el viernes tocaba pizza, y a él le encantaba la pizza.
—Toma, cómete la mía —dijo su amiga Angelina, soltando su trozo de pizza en su plato—. Estoy demasiado nerviosa para comer. —Esa noche se estrenaba la obra de teatro del colegio y ella tenía el papel protagonista.
—¿Quieres ensayar otra vez los diálogos? —preguntó Gregor.
En un abrir y cerrar de ojos tenía el guión en la mano.
—¿Seguro que no te importa? Mi intervención empieza aquí.
Como si no lo supiese. Gregor y su amigo Larry llevaban seis semanas ayudándole a Angelina a ensayar sus diálogos a diario. Normalmente era Gregor quien lo hacía. El viento frío y seco del invierno hacía que empeorase el asma de Larry, y leer en voz alta le hacía toser. La semana anterior había tenido que ir al hospital con un ataque de los gordos y aún parecía estar hecho polvo.
—Da igual, no vas a acordarte de nada —dijo Larry sin levantar la vista mientras dibujaba en su servilleta algo que parecía el ojo de una mosca.
—¡No digas eso! —exclamó Angelina jadeando.
—Te saldrá fatal, igual que en la última obra —repuso Larry.
—Sí, anda que no nos costó aguantar hasta el final —añadió Gregor.
Angelina había estado estupenda en la última obra. Todos lo sabían. Intentó que no se le notase mucho cuánto la alagaban sus palabras.
—¿Qué eras? Una especie de insecto, ¿no? —preguntó Gregor.
—Algo con alas —contestó Larry.
Había interpretado al hada madrina en una versión de Cenicienta ambientada en la ciudad.
—¿Podemos empezar ya? —preguntó Angelina—. No quiero hacer el ridículo esta noche.
Gregor ensayó los diálogos con ella. En realidad no le importaba. Es más, así se distraía y evitaba pensar en cosas peores.
«No pienses en las Tierras Bajas», se dijo, «o vas a volverte loco».
Y lo consiguió durante el resto del día. Al acabar las clases, acompañó a Lizzie a casa y luego fue al apartamento de Larry. La madre de Larry pidió comida china como algo muy especial y luego fueron a ver la obra. Era divertida, y lo mejor de todo fue la actuación de Angelina. Al volver a casa, Gregor les dio a sus hermanas un puñado de galletas de la suerte que había guardado de la cena. Boots nunca las había visto e intentó comérselas con el papel y todo.
Se acostaron antes de lo normal porque hacía demasiado frío para hacer cualquier otra cosa. Gregor se tapó con las mantas y encima añadió su abrigo y un par de toallas. Sus padres entraron a darle las buenas noches. Era algo que le hacía sentir seguro. Durante muchos años, su padre había estado ausente o demasiado enfermo para ir a arroparlo. Que ahora lo hiciesen los dos, su padre y su madre, era todo un lujo.
Estaba logrando no pensar en las Tierras Bajas. Entonces, su padre se agachó para darle un abrazo de buenas noches.
—No hay correo —le susurró en una voz tan bajita que su madre no pudo oírla.
Su padre y él se habían inventado un sistema. Desde el verano, su madre le había prohibido bajar a la lavandería. Normal. En los últimos años, primero su marido y luego Gregor y Boots habían caído por la rejilla en la pared de la lavandería que llevaba directamente a las Tierras Bajas. Para ella, su desaparición había sido angustiosa. Gregor no se explicaba cómo había sido capaz su madre de sacar adelante a la familia tanto emocional como económicamente. Qué mujer tan increíble. Por eso no había podido resistirse a que se saliese con la suya con lo de la lavandería.
Lo peor era... que así Gregor no podía comprobar la rejilla que llevaba a las Tierras Bajas. Pero su padre sabía lo necesitado que estaba de recibir noticias de Luxa y los demás, por eso una vez al día hacía una escapadita a la lavandería para comprobar si le habían dejado un mensaje a su hijo. No se lo decían a su madre; no lo habría entendido y se habría enfadado. Ella lo veía de manera diferente: nunca había estado en las Tierras Bajas y para ella todos sus habitantes eran responsables del secuestro de su marido y sus hijos. Gregor y su padre tenían amigos allí abajo.
Pero no había correo. Otra vez no había noticias ni respuestas. Gregor se quedó mirando fijamente su habitación a oscuras durante horas y, cuando por fin se durmió, tuvo pesadillas.
La mañana siguiente se despertó tarde y tuvo que darse prisa para llegar al apartamento de la señora Cormaci antes de las diez. Iba todos los sábados para echarle una mano. En otoño, Gregor había tenido la sensación de que la señora Cormaci se iba inventando sobre la marcha cosas que mandarle porque sabía que su familia andaba muy mal de dinero. Pero ahora que hacía tan mal tiempo, necesitaba su ayuda de verdad. El frío hacía que le doliesen las articulaciones y le costaba mucho caminar por las aceras cubiertas de hielo. No hacía más que hablar de los peligros de caerse y romperse una cadera. Gregor se alegraba de poder hacer algo por fin para ganarse el sueldo.
Ese día tenía una lista enorme de recados para él: debía ir a la tintorería, a la verdulería, a la panadería, a la oficina de correos y a la ferretería. Pero antes siempre le daba de comer.
—¿Has desayunado? —le preguntó. No había comido nada, pero ni siquiera le dio tiempo a contestar—. Da igual, con este frío puedes permitirte comer dos veces.
Puso en la mesa un enorme cuenco humeante de copos de avena con un montón de pasas y azúcar moreno. Le sirvió zumo de naranja y varias tostadas con mantequilla.
Cuando hubo terminado, Gregor se sintió preparado para hacer frente al frío. Menos mal, porque la temperatura era de diez grados bajo cero y una sensación térmica de menos todavía. Fue corriendo de un lado para otro siguiendo la lista y dio gracias por tener que hacer cola y así poder calentarse. Cuando dejó la compra sobre la mesa de la cocina de la señora Cormaci, esta lo recompensó con un tazón enorme de chocolate caliente. Luego salieron los dos juntos para ir a los dos lugares donde Gregor no podía hacerle los recados: el banco y la tienda de vinos y licores. En cuanto salieron, a la señora Cormaci se le pusieron los nervios de punta. Se agarró con fuerza al brazo de Gregor para enfrentarse a charcos de hielo, peatones con la bufanda tan subida que apenas veían por donde iban y taxis que avanzaban dando volantazos. Al menos pudieron entrar en calor en el banco, ya que la señora Cormaci no confiaba en los cajeros automáticos y tuvieron que hacer cola para que los atendiese un cajero humano. Luego fueron a la tienda de vinos y licores y pudo comprar una botella de vino tinto para el cumpleaños de su amiga Eileen. Pero para cuando volvieron a casa, la señora Cormaci tenía los dedos tan entumecidos que se le cayó la botella de vino antes de entrar en su apartamento, justo cuando Gregor estaba abriendo la puerta. La botella se rompió contra las baldosas y el vino salpicó toda la alfombra del pasillo.
—Al final, a Eileen voy a regalarle bombones —dijo la señora Cormaci—. Tengo una caja sin abrir de bombones de chocolate con leche. Alguien me la regaló para Navidad, espero que no fuera Eileen. —Hizo que Gregor se apartase mientras limpiaba los cristales, luego recogió la alfombra y se la pasó a él—. Vamos a bajarla a la lavandería antes de que sea imposible quitarle la mancha.
¡La lavandería! Mientras la señora Cormaci cogía detergente y quitamanchas del armario, Gregor intentó pensar en alguna excusa para no acompañarla. No podía decir: «No puedo bajar a la lavandería porque a mi madre le da miedo que vaya a salir una rata gigante, me arrastre varios kilómetros bajo tierra y se me coma». Bien pensado, no había motivo alguno para que alguien no pudiera bajar a la lavandería, así que la acompañó.
La señora Cormaci roció la alfombra con quitamanchas y la metió en una lavadora. Aún tenía los dedos entumecidos por el frío y, al intentar sacar las monedas del monedero, se le cayó una al suelo y rodó por toda la sala hasta chocarse contra la última secadora. Gregor fue a recuperarla. Al agacharse para coger la moneda, algo le llamó la atención y se golpeó la cabeza contra la secadora.
Gregor parpadeó para asegurarse de que no se lo había imaginado. No eran imaginaciones suyas. Allí, encajado entre la rejilla y la pared, había un pergamino enrollado.
CAPÍTULO 2
Mientras echaba detergente en la lavadora la señora Cormaci preguntó: ¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien —contestó Gregor, frotándose la cabeza. Recogió la moneda y resistió el impulso de sacar el pergamino de la rejilla. Hizo como que no pasaba nada y le devolvió la moneda a su vecina.
La señora Cormaci la metió en la lavadora y la encendió.
—¿Te apetece comer algo? —preguntó.
Gregor no podía hacer otra cosa salvo seguirla hasta el ascensor. No podía sacar el pergamino delante de ella. La señora Cormaci habría querido saber qué era y, dado que no se creía demasiado las historias que Gregor se inventaba para encubrir el tiempo que su familia pasaba en las Tierras Bajas, no era probable que se le ocurriese ninguna excusa creíble. ¡Si ni siquiera se le había ocurrido ninguna excusa para evitar bajar a la lavandería!
De vuelta en el apartamento, la señora Cormaci calentó un poco de sopa de pollo casera y le sirvió unos cuantos cucharones. Gregor se la comió mecánicamente, intentando concentrarse en la conversación, aunque apenas la escuchaba. Cuando estaban acabándose el pastel, la señora Cormaci miró el reloj.
—La alfombra ya debe de estar lista para meterla en la secadora —dijo.
—¡Ya voy yo! —exclamó Gregor, levantándose de un salto. Se puso en pie tan rápido que la silla cayó de espaldas. Volvió a ponerla en su sitio con toda la indiferencia de la que fue capaz—. Perdón, puedo ir yo a cambiar la alfombra.
La señora Cormaci lo miró con extrañeza. —Vale.
—Quiero decir... que no hace falta que vayamos los dos para meter la alfombra en la secadora —dijo Gregor, encogiéndose de hombros.
—Tienes razón. —Le puso varias monedas en la mano sin dejar de mirarlo atentamente—. ¿Cómo es que tu familia ya no usa nuestra lavandería?
—¿Cómo? —Lo había pillado desprevenido.
—¿Cómo es que tu madre y tú vais hasta la lavandería que hay junto a la carnicería? —preguntó—. Cuesta lo mismo, lo he comprobado.
—Porque... allí... las lavadoras... son más grandes —repuso Gregor. En realidad, era cierto. No era mentira, aunque tampoco era toda la verdad.
La señora Cormaci se quedó mirándolo y, a continuación, negó con la cabeza.
—Ve a meter la alfombra en la secadora —dijo bruscamente.
El ascensor nunca se había movido con tanta lentitud. Había gente que subía, gente que bajaba, y una mujer se pasó una eternidad sosteniendo la puerta mientras su hijo volvía a su apartamento a por un gorro. Cuando por fin llegó a la lavandería, Gregor tuvo que esperar a que un tipo que debía de llevar un mes sin lavar la ropa llenase seis lavadoras.
Gregor metió la alfombra en la secadora que había junto a la rejilla y se paseó arriba y abajo hasta que el hombre se marchó. En cuanto vio que estaba solo, se agachó y sacó el pergamino de la rejilla. Se lo metió en la manga de la sudadera y salió de allí. Pasó junto al ascensor sin hacerle caso, se metió en la escalera y cerró la puerta. Subió un piso y se sentó en el rellano. Con el ascensor en funcionamiento, allí no le molestaría nadie.
Se sacó el pergamino de la manga y le temblaron las manos al desenrollarlo. En él había escrito lo siguiente:
Querido Gregor,
Debemos reunirnos urgentemente. Estaré en la escalera donde os deja Ares cuando el reloj de las Tierras Altas dé las cuatro. Dependemos de vos. «La Profecía de la Sangre» es inminente.
Por favor, no les falléis a vuestros amigos,
Vikus
Gregor tuvo que leer la nota tres veces para comprender de qué hablaba. No se esperaba algo así. No hablaba de Luxa, ni de sus otros amigos desaparecidos. Tampoco de Ares. Era una simple llamada de socorro.
«La Profecía de la Sangre» es inminen
