
El suelo se elevó de pronto y golpeó a Nico en toda la cara.
Se quedó sin aire mientras rodaba por una ladera con mucha pendiente. El dron le pasó rozando, y se aproximó a la hierba justo antes de precipitarse por el borde de un acantilado cubierto por unos remolinos de niebla oscura.
«Casi me mata mi propio cuadricóptero. Dios».
Nico oyó unos pasos atronadores. Un Tyler Watson boquiabierto apareció en lo alto de la colina, con las gafas de sol encajadas en su pelo retro estilo casco. Al cabo de un instante, Emma Fairington apareció a su lado con el control remoto en las manos.
—¡Lo siento, lo siento! —Tyler se agarró la cabeza—. ¡Es como si el control estuviera bloqueado!
—No hay nada bloqueado —le espetó Emma—. Has olvidado para qué sirve cada palanca. Hacia abajo es para subir, lumbreras.
—¿A quién se le ocurre hacer unos mandos así? —replicó Tyler.
Al poco, el dron emergió a toda velocidad de la niebla y trazó un arco a gran altura sobre la costa nublada del noroeste del Pacífico. Nico gruñó aliviado, mientras se apartaba el pelo castaño de los ojos.
—Buen vuelo, Emma. Te debo tu helado favorito.
Emma asintió con la cabeza, totalmente de acuerdo.
—El de chocolate con malvaviscos, cuál va a ser.
—¿Lo veis? Todo en orden. —Tyler suspiró y luego alzó un dedo—. Ahora lo importante es que el dron de Nico está a salvo. O sea, que no perdamos el tiempo con elucubraciones sobre quién casi ha matado a quién con qué.
—Entendido.
Nico puso los ojos en blanco.
—De hecho, podría haber sido cualquiera. —Tyler era bajo y flaco, y tenía la piel oscura y una risa contagiosa. Miró detenidamente a Nico, que estaba en el suelo a poco más de metro y medio de una larguísima caída, al filo del mismo acantilado cubierto de niebla. Ahora que sabía que su amigo estaba fuera de peligro, Tyler apenas podía contener la risa—. Oye... ¿estás bien, Nico? Eso ha debido de doler.
Nico se alegraba de estar entero. Le gustaba jugar a cosas divertidas, pero no tenía nada de divertido lanzarse cuesta abajo para esquivar un dron alocado de casi catorce kilos. No mientras su padre estaba río arriba, en una estación de investigación forestal, y su hermano, fuera, en la universidad. A los doce, en la familia Holland se consideraba que eras lo suficientemente mayor para ocuparte de ti mismo, pero no si acababas en el hospital.
—Estoy la mar de bien. —Nico escupió briznas de hierba que tenía entre los dientes—. Pero la próxima vez intentad no matarme con mi invento.
—¿Tu invento? —Tyler soltó un resoplido a la vez que bajaba dando pisotones para echar una mano a Nico—. Nunca habría visto la luz sin nosotros. —Se le escapó la risa, y luego a Nico. Era lo que solía pasar cuando estaban con Tyler.
—Ha sido culpa mía también —admitió Emma mientras los chicos subían la cuesta para unirse a ella—. Le he dado a Ty instrucciones de vuelo. Tratábamos de recrear esa escena de Rogue One en la que los Alas X atacan la playa.
Le brillaron los ojos azules al imitar un bombardeo en picado con ambas manos. Emma siempre hablaba de películas, tanto de sus favoritas de ciencia ficción como de las que pretendía rodar algún día. A Nico en general le parecía divertido, siempre y cuando él no se encontrara en la línea de fuego.
—Ya tenemos las secuencias épicas —dijo Tyler—. ¡Chaval, menudo careto tenías cuando corrías para salvar el pellejo! Ha sido la monda.
—¡Es una pasada! —Emma agitó su móvil—. ¿Quieres ver cómo das tumbos en cámara lenta?
—Paso. —Nico parpadeó para despejar la cabeza—. Ahora mismo veo tres móviles.
A Emma le cambió la cara, pero Nico le dio un toque en el hombro con el suyo para indicarle que era una broma. Ella miró hacia la niebla que había detrás de ellos y se estremeció.
—Vamos a echar un vistazo al dron. Tal vez deberíamos hacerlo volar en otro lugar.
Tyler asintió con la cabeza rápidamente.
—A mí me vale cualquier sitio que no sea esta fábrica espeluznante.
Nico lo captó. A nadie le gustaba estar tan cerca de Still Cove. Dieron media vuelta y se apresuraron a inspeccionar el cuadricóptero, que estaba tendido en la hierba.
Habían ido en bicicleta hasta este campo remoto, ocho kilómetros al noreste de Timbers, más allá incluso del antiguo fortín de Razor Point, porque era la franja más estrecha en esta zona costera de Washington, y los vientos eran más moderados que en cualquier otro lugar. Además, limitaba con tierra de nadie, lo que significaba que estarían solos.
Nico se volvió hacia atrás para observar la niebla. Todos los niños de Timbers habían crecido escuchando historias de terror sobre Still Cove, un recodo de aguas estancadas rodeado de acantilados y cubierto por una bruma perpetua. Con unas paredes abruptas, unas rocas irregulares y unas corrientes extrañas, la ensenada era considerada demasiado peligrosa para las embarcaciones. Y también estaban los rumores sobre la Bestia.
Por eso la gente no se acercaba. Puede que los turistas se burlaran del legendario monstruo marino de Skagit Sound, pero la gente de la zona no lo hacía. Eran muchas las embarcaciones que habían desaparecido sin dejar rastro.
Sin embargo, Nico había querido probar su cuadricóptero en un cielo sereno. Había invertido cuatro semanas y seiscientos pavos en su construcción. Era toda su fortuna. Se sobresaltó cuando Emma le puso la mano en el hombro. Ella no se dio cuenta; miraba la bruma con una expresión seria.
—Nunca me acostumbraré a este lugar —afirmó en voz baja.
A mano derecha, unas nubes se cernían sobre Skagit Sound, pero no había nada que temer. Un suave oleaje bañaba la playa al pie de los acantilados. Pero justo delante, Still Cove hacía honor a su nombre: enclavado entre los acantilados, estaba cubierto por un grueso manto de niebla, como si formara un ecosistema aparte.
Emma se estremeció.
—¿De verdad creéis que la Bestia vive ahí abajo?
—Ni la nombres —graznó Tyler, y su buen humor se esfumó—. Trato de no pensar en lo estúpidos que somos por habernos acercado tanto. Es como si hubiéramos tocado la campanilla de la cena.
Nico resopló.
—Anda, chaval. Aquí no hay ningún monstruo marino.
—Eso es lo que dice la gente que es devorada por los monstruos marinos. —Tyler se bajó las gafas de sol—. Ya sabéis lo que le ocurrió al Merry Trawler, ¿no? Mi hermana dijo que el pesquero, que iba a la deriva, llegó al puerto con unas marcas de mordeduras de casi un metro de ancho.
El padre de Tyler era el capitán del puerto de la localidad. Su madre dirigía la Sociedad para la Conservación del Faro, y Gabrielle, su hermana, que era mayor que él, trabajaba en las excursiones guiadas de pesca durante el verano. En total, los Watson sabían más del Sound que cualquier otra familia de Timbers, pero Tyler detestaba el océano.
—Tu hermana sabe que te vas a creer todo lo que ella diga —le espetó Nico, aunque no pudo evitar echar una mirada furtiva a la bruma. «La verdad es que no se ve nada»—. Volvamos al tema del cuadricóptero —dijo, reprimiendo un escalofrío—. Quiero probar algunas inversiones, tal vez comprobar su autonomía.
—Deja de utilizar palabras que no entiendes —le cortó Tyler, y los dos se echaron a reír.
Una lechuza apareció revoloteando en el borde del acantilado, se puso en la hierba con un graznido y miró fijamente el dron. Emma juntó las manos con fuerza en el momento en que el ave erizó las plumas.
—Oh, está loco. ¿Es una de esas lechuzas de la discordia?
La amplia sonrisa de Nico se esfumó. Le pegó una patada a una piedrecita.
—No lo sé. Tal vez.
Emma hizo una mueca de dolor.
—Lo siento, Nico. No he caído.
Hacía un año, el padre de Nico había presentado una reclamación contra la Nantes Timber Company, que era la mayor empresa de la localidad, porque al parecer representaba una amenaza para las zonas de anidación de una especie de cárabos moteados en peligro de extinción. El tribunal falló a su favor y declaró un área protegida de miles de hectáreas. De resultas de ello, el propietario de la empresa, Sylvain Nantes, había optado por despedir a un considerable número de trabajadores.
Los despidos perjudicaron a toda la población. Actualmente a Nico y a su padre todo el mundo los miraba mal adondequiera que fueran. Warren Holland era inmune a la negatividad y creía firmemente en su trabajo con el servicio de parques. A Nico, en cambio, le molestaban absolutamente todas las miradas.
—Bueno, a mí me parecen una preciosidad —comentó Emma cuando la lechuza alzó el vuelo—. Deberían estar protegidas.
Nico asintió con la cabeza, pero no dijo nada.
—Veamos los daños que ha sufrido el dron —sugirió Tyler para cambiar de tema.
Inspeccionaban el tren de aterrizaje cuando otro sonido rompió el silencio, un ronroneo sordo que Nico notó en el fondo de sus entrañas. Creyó reconocer el ruido, y no presagiaba nada bueno. Un instante después, dos figuras borrosas se perfilaron en lo alto de la colina, al otro lado del descampado.
Buggies. De un color cromado brillante. A Nico se le cayó el mundo encima.
En Timbers solo unos pocos muchachos tenían su propio buggy.
El conductor más alto se enderezó en el asiento y señaló hacia ellos. Los motores rugieron cuando los buggies se precipitaron derechos hacia Nico y sus amigos. Empezaron a dar vueltas en círculo, mientras los conductores reían y gesticulaban, hasta que se detuvieron bruscamente. El alto se quitó el casco y dejó al descubierto una maraña sudada de pelo negro y reluciente. Unos ojos oscuros los observaron.
Logan Nantes. Nico se pasó la mano por la cara.
—¡Mira eso! —exclamó Logan—. Estos friquis tienen la maqueta de un avión.
Carson Brandt soltó una carcajada y se quitó un casco pintado a modo de calavera. De un salto bajó del otro buggy, y se le arrugaron todas las pecas de la nariz bronceada. Parker Masterson se apeó detrás de él con una sonrisa burlona de lo más cruel.
—No es un avión. —Tyler se quitó las gafas de sol, y sus ojos de alguna forma se estrecharon y se hincharon al mismo tiempo—. Es un cuadricóptero Phantom 3. Un dron, chaval. Lo hemos construido nosotros.
—Y qué importa eso —replicó Carson.
Tyler bajó la cabeza.
Nico tragó saliva, inspeccionando a los recién llegados en busca de un rostro amable. No encontró ninguno.
Aunque, a decir verdad, daba la impresión de que Opal Walsh no quería estar ahí. Bajó del vehículo después de Logan y se cruzó de brazos; su larga trenza negra le caía sobre un hombro. Opal lucía la expresión de alguien que se ve obligado a presenciar un espectáculo que no es de su agrado.
Sus miradas se encontraron, y algo titiló en el fondo de los ojos de Opal. ¿Una chispa de... desazón? ¿De lástima? ¿Vergüenza? Se desvaneció tan pronto como había aparecido. Ella apartó la mirada, con lo que dejó claro a Nico que no esperara ningún tipo de ayuda por su parte.
«En la guardería nos comíamos a medias mis natillas, tonta del culo». Pero Nico no tuvo tiempo de mirar a la que había sido su amiga. Logan estaba justo delante de él.
—Muy buenas, señor Animal Planet —le soltó Logan, un comentario que provocó la risa de Carson y Parker.
Opal escarbó el suelo con la zapatilla de deporte. Nico se preguntó por qué andaba con esos idiotas, pero trataría de responder a ello más tarde. Ahora debía concentrarse en el depredador que tenía enfrente.
«No seas un héroe. Póstrate como un perdedor».
—Muy buenas, Logan —respondió Nico tratando de que su voz sonara lo más natural posible—. ¿Qué tal? Un buen coche, este.
—Por supuesto —dijo Logan—. Es un Trailbreaker Extreme. El mejor.
Nico asintió con la cabeza como si estuviera impresionado, y en verdad, sí lo estaba. El padre de Logan era el propietario de la empresa maderera y el hombre más rico de la ciudad. Antes eran todavía más ricos, pero el padre de Nico les había puesto palos en las ruedas, un hecho desagradable que Nico sabía seguro que estaba a punto de salir de una forma desagradable.
—¿Estáis buscando aves exóticas o qué? —les preguntó Logan con una sonrisa siniestra—. ¿Queréis añadir más especies preciosas a la lista?
Nico reprimió un suspiro. «Esto no acabará nunca».
—Oye, Logan —empezó a decir Nico—. Yo no...
—¿Este es tu dron? —le interrumpió Logan, señalando el cuadricóptero.
Nico pensó que era una pregunta ridícula, pero respondió de todos modos.
—Sí.
Logan se agachó para examinarlo más de cerca.
—¡Cómo mola! ¿Puedo?
«Oh, no. Oh, no, oh, no, oh, no».
Emma miró a Nico a los ojos y negó con la cabeza. La boca de Tyler se torció como si hubiera hincado el diente en un limón. Sin embargo, no había nada que Nico pudiera hacer.
—Claro. Sí. Solo que... ya sabes...
Logan se levantó despacio, sin dejar de mirar a Nico.
—Solo que... ¿qué, Nicolas?
Nico tragó saliva.
—Que tengas cuidado. Cuesta un poco acostumbrarse a los mandos.
Logan sonrió, mostrándole una dentadura blanca perfecta.
—No te preocupes, ya sé cómo va.
Se quitó los guantes de conducir y le extendió la mano. A regañadientes, Nico le pasó el control remoto. Todo el mundo observó cómo Logan hacía despegar el cuadricóptero en vertical. Una sonrisa sincera apareció en su rostro mientras el dron trazaba un círculo enorme en el descampado y luego volvía a aproximarse a ellos y los sobrevolaba.
—Esto mola mazo, Nico.
Nico respiró aliviado. Tal vez Logan en verdad solo quería probar el dron.
—Aunque tengo una curiosidad —apuntó Logan, encogiéndose de hombros—. ¿Los drones son más rápidos que las lechuzas?
Antes de que Nico pudiera responder, Logan accionó la palanca a la máxima potencia. El dron se precipitó derecho a la niebla que ocultaba Still Cove.
—¡Espera!
Nico se abalanzó sobre el control remoto, pero Logan le dio un empujón hacia Carson, que lo agarró por los brazos. Parker se quedó mirando a Emma y a Tyler. Impotente, Nico observó cómo su dron desaparecía en las brumas turbulentas.
—¿Quién sabe, Holland? —Logan tiró el mando al suelo y le arreó un puntapié—. Quizá Still Cove sea una zona de anidación protegida para cacharros.
Nico intentó coger el control remoto mientras Logan se dirigía tranquilamente hacia su buggy. Nico miró por encima del hombro y descubrió que Opal lo observaba con una expresión indescifrable. Pero no tuvo tiempo de reflexionar sobre ello. Cogió el control remoto e hizo todo lo posible para que el dron remontara el vuelo.
Se oyeron unas carcajadas mientras los conductores subían a sus vehículos, los ponían en marcha y abandonaban el lugar. Nico accionó las palancas con desesperación, pero transcurrieron los minutos y no apareció nada.
Emma se sorbió la nariz. Tyler le puso a Nico una mano en el hombro.
—Lo siento mucho, tío —le dijo en voz baja—. Seguramente no le llega la señal. Estos tipos son de lo peor. Gentuza.
Nico negó con la cabeza; notaba cómo una bola de rabia y negación se hinchaba en su pecho, como un chicle.
—No. ¡Es un Phantom! Flotan. Regresará aquí en cuanto haya recuperado la conexión.
Sin embargo, por mucho que manipuló el mando, no surtió efecto.
Emma se secó los ojos.
—¿Qué se les ha perdido por aquí, por cierto? Estaba convencida de que estaríamos solos.
—Van con esos armatostes por todas partes —murmuró Tyler—. A Logan le encanta ir de chico duro por la vida.
Nico se negó a reconocer su derrota. Se puso en pie y se dirigió con decisión hacia el acantilado cubierto de niebla.
—El problema es la distancia. Debo acercarme más. Así podré captar la señal y todo se arreglará.
—¡Chaval! —Tyler levantó la mano en un gesto de desesperación—. Ahí abajo está Still Cove. Ni siquiera vemos el agua. Se ha perdido, colega. Es lo que hay.
—No tengo que ir abajo de todo. Solo debo alejarme lo suficiente para restablecer la conexión con el Phantom. —Nico empezó a caminar por el filo. Eran unos acantilados abruptos, y no había ningún sitio fácil por donde bajar. No obstante, a unos veinte metros enfrente de ellos, Nico descubrió un saliente que se hundía con gran inclinación en la niebla—. ¡Por allí! Puedo bajar por allí hasta que logre captar la señal.
Tyler alzó las manos al cielo.
—Nico, recapacita. ¡Ni siquiera sabes adónde va eso!
—Tiene razón —apuntó Emma con voz temblorosa—. Es peligroso, Nico. No lo hagas.
Pero Nico ya andaba poco a poco hacia el saliente.
—No os preocupéis, colegas. De verdad. Iré muy, pero que muy despacio. No estoy loco.
—¡Pues deja de comportarte como si lo estuvieras! —Tyler dio una patada al suelo—. No sabes hasta dónde llega ese saliente, y tampoco puedes dirigir el dron con esta niebla. ¡Vuelve aquí antes de que te descalabres!
Sin hacer caso de Tyler, Nico se guardó el control remoto en el bolsillo de la sudadera. Lo había dado todo por ese cuadricóptero. No iba a permitir que Logan Nantes se lo arrebatara. Ni hablar.
—Tyler, tranquilo. El camino está bien. Si voy des...
La gravilla crujió y, a continuación, se oyó el chirrido de una goma que se deslizaba sobre la piedra.
Nico perdió el punto de apoyo. Se balanceó a un lado, sus brazos giraron en molinete. Con un grito ahogado y los ojos como platos, volvió la vista atrás, hacia sus amigos. Entonces Nico cayó y desapareció en la bruma.
Ni siquiera tuvo tiempo de chillar.

«Esto no está bien».
Mientras se alejaban en el buggy, Opal no podía dejar de pensar en la cara que había puesto Nico cuando su dron desapareció en la bruma. Habían sido amigos de pequeños. A él siempre le había gustado construir cosas. ¿Cuánto tiempo habría empleado en montar ese artefacto? ¿Cuánto le habría costado?
—Para —dijo Opal.
Logan miró atrás por encima del hombro.
—¿Qué? —gritó.
—¡He dicho que pares!
Logan entrecerró los ojos, pero pisó el freno y el vehículo se detuvo bruscamente. Opal se quitó el casco que él le había dejado. Logan también se quitó el suyo y se pasó los dedos sucios de barro por el pelo.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Opal bajó del todoterreno. Detrás de ellos, el otro vehículo redujo la marcha.
—¿Qué es lo que pasa? —gritó Parker.
—Me vuelvo. —Opal ya se alejaba.
—¿Adónde?
Como Opal no respondió, Logan aceleró el buggy, dio un volantazo y se detuvo, cortándole el paso.
—Ya sabes adónde. —Opal puso las manos en jarras—. No deberías haber hecho eso.
Vio que algo se endurecía en la mirada de Logan, lo que sucedía a menudo cuando la gente hablaba de Nico. A veces, Logan podía ser gracioso. Había momentos en que Opal incluso pensaba que era atractivo. No ahora.
—Voy a ayudarles a buscarlo —dijo Opal.
Carson resopló desde el techo del otro buggy.
—Ese trasto ya no está en órbita, caray. Nunca lo encontrarán.
—Seguro que era caro. —Opal se fijó en Logan. ¿La acompañaría? Creía que a él le gustaba. Había querido que salieran siempre juntos últimamente, desde que ella se había mudado a unas pocas casas de donde vivía él, en Overlook Row.
Sin embargo, Logan negó con la cabeza, enfadado.
—Por su culpa mi padre perdió un millón más de lo que valía ese dron.
—Por culpa de su padre —apuntó Opal, aunque sabía que no serviría de nada—. Nico no hizo nada.
—No, claro. —Logan se volvió a poner el casco—. Anda, sube, es estúpido.
Opal le arrojó el casco a Logan, que lo cogió como pudo, y echó un vistazo al otro coche. Carson sonrió con suficiencia mientras se bajaba la visera. Parker se encogió de hombros.
Ella no se sorprendió. Opal era nueva en el grupo. Después de aquello lo más probable era que la desterraran para siempre.
—Como quieras. —El tono de Logan era una mezcla de frustración y resentimiento—. Supongo que tienes previsto volver andando a la ciudad, ¿no?
—Supongo que sí.
Opal lo adelantó, y las hierbas altas le rozaron las piernas. La invadió la arrolladora sensación de «estoy haciendo lo correcto». Le duró mientras los buggies se alejaban ruidosamente. Le duró hasta que llegó a la cima de la última colina, que fue cuando vio que Emma chillaba y Tyler se tiraba de los pelos.
Algo iba mal.
Opal recorrió los últimos cien metros y se detuvo justo al borde del precipicio.
—¿Qué ha pasado?
—¡Nico ha caído! —gritó Tyler, asomándose al filo. Ni siquiera le preguntó qué hacía ella allí.
Opal sintió un vacío escalofriante en el estómago.
—¿En la cueva?
Tyler asintió con la cabeza. Movió los labios, pero no logró articular sonido alguno.
—¿Has llamado al 911? —Opal sacó al instante su móvil destartalado—. ¿O a alguien?
—No hay cobertura —gimoteó Emma con los ojos desencajados—. ¡No hay hasta Razor Point!
Emma tenía razón; cero cobertura. El pánico se apoderó de Opal. Nunca nadie se había despeñado en Still Cove. No que ella supiera, y había vivido en Timbers toda su vida.
—Tenemos que bajar —resolvió—. Ahora mismo.
—¡No hay forma de bajar! —lloriqueó Tyler, que se secaba los ojos enrojecidos mientras miraba fijamente la bruma—. Es por eso por lo que Nico se ha caído. Trataba de recuperar el dron.
—Pues buscaremos la forma de hacerlo —replicó Opal—. Porque supongo que queréis intentarlo, ¿no?
Tyler se estremeció, pero al parecer la rabia de Opal hizo reaccionar a Emma.
—Una misión de rescate —murmuró ella—. Vale. Démonos prisa.
Intentando mantener la calma, Opal llevó a Emma por el filo del precipicio. Tyler las siguió.
—Id con cuidado. Por aquí resbala —advirtió Opal, examinando la abrupta pendiente—. De todos modos, tiene que haber una forma de ir hasta abajo. Como una senda. Tal vez la bajan animales para beber.
—¿Para beber qué? —replicó Tyler, que las seguía cabizbajo—. ¿Agua salada?
—¡Tú limítate a buscar un camino! —le espetó Opal.
Recorrieron la ladera, apartando arbustos y ramas fibrosas, y renegaban cuando el suelo cedía bajo sus pies. Era sobrecogedor estar tan cerca de Still Cove. Como sentir un aliento frío en la nuca.
Trató de no pensar qué podía suponer para Nico cada segundo que pasaba.
«Sabe nadar, ¿no? Claro que sabe».
Sin embargo, Still Cove no tenía playa. Ni salida. ¿Y qué era lo que se ocultaba en el fondo?
«¿Y si no ha caído al agua? ¿Y si no había suficiente profundidad?».
—¡Mirad!
Emma señaló detrás de un pino solitario, que parecía un centinela. Un sendero de tierra que apenas se veía se adentraba en el acantilado. Opal descubrió las huellas en forma de corazón, en dirección contraria, de unas pezuñas de ciervo.
«Aleluya».
—Yo iré primera —decidió
