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Vencedora 3 - Triunfante

Lesley Livingston

Fragmento

triunfante-4

I

—Uri... Vinciri...

En pie, con los ojos protegidos del fulgor del sol naciente, podía oír el juramento sagrado de los gladiadores que había pronunciado bajo la luz de la Luna Cazadora, susurrado como una canción secreta y extraña, retumbando en mis oídos.

—Verberari... ferroque necari...

Parpadeé y miré a mi alrededor, desvié la mirada hacia Elka, que estaba de pie a mi lado en el patio de entrenamientos, con los ojos cerrados y murmurando el juramento.

—¿Qué haces?

—¿Hm? —Levantó un párpado y me miró detenidamente.

—¿Qué haces? —repetí.

—Nada, repaso el juramento —me respondió—. «Soportaré que me quemen... que me aten... que me golpeen...».

—«Y que me maten con la espada» —acabé por ella—. Sí. Lo sé. Yo también lo juré, ¿recuerdas?

—Exacto. Pero no dice nada de volar.

«Ah —pensé—. Entonces se trata de eso».

—Eso no es volar —repliqué—. Tómatelo más como... esto... ¿saltar muy alto?

—¡Imagínate que eres una piedra! —gritó Quintus para alentar a Elka, desde las gradas que había detrás de la valla defensiva—. Una piedra grande y pesada, lanzada desde una catapulta para sobrevolar una muralla enemiga...

Se calló de golpe cuando Elka se volvió para echarle una mirada que me hizo pensar que se estaba imaginando a sí misma, en lugar de como una piedra, como la gorgona Medusa, convirtiéndolo a él en piedra. Quint se había unido no hacía mucho al cuerpo de ingenieros de la legión y, como consecuencia, ahora su discurso estaba abarrotado de animados parloteos acerca de máquinas de asedio y trincheras; sin embargo, en este caso llevaba algo de razón.

Aunque Elka también.

En el juramento no se decía nada de volar.

Y, aun así, a pesar de esa particular omisión, Kore y Thalassa —las dos cretenses reclutadas para el Ludo Aquilea— todavía estaban empeñadas en obligarnos a hacerlo. A volar. Aunque solo fuera durante un instante y justo por encima de los cuernos de un toro enfurecido.

Una tarde, sentadas en el comedor, Kore y Thalassa nos propusieron que añadiéramos el antiguo arte de la taurocatapsia a nuestro juego de habilidades colectivas. Una lluvia plomiza y continua había caído durante tres días seguidos, lo que había hecho imposible que practicáramos en el patio sin ahogarnos en el barro. Y estábamos todas inquietas.

—Me aburro —había suspirado Damya sombríamente.

—No te desanimes —la había consolado Ajani—. El sol brillará de nuevo un día de estos. Y entonces podrás volver a hacer pedazos las cosas.

—No es eso. —Damya sacudió la cabeza—. Puedo hacer pedazos las cosas con los ojos cerrados y las dos manos atadas a la espalda. Necesito un desafío nuevo.

Para ser francas, no era la única.

Habían pasado unos cuantos meses desde que habíamos recuperado el ludo de las zarpas de nuestra academia rival, el Ludo Amazona, y hecho caer en desgracia a Poncio Aquila, su dueño —y mi propia pesadilla personal—. La popularidad que adquirieron nuestras luchadoras en los combates siguientes, como era de esperar, despegó dramáticamente desde un nivel ya alto. La muchedumbre se había vuelto loca con nosotras. Sin embargo, eso había sido meses atrás. Y ahora... bueno, la turba era la turba. Voluble era quizás la palabra más educada que me veía capaz de invocar.

Ahora, cuando cualquiera de nosotras se metía en la arena, se percibía una calma evidente. Al parecer, si no encabezábamos la rebelión por las calles, la plebe ya no estaba tan interesada. Aunque nosotras tampoco. Nuestras actuaciones eran pulidas, precisas... predecibles. Necesitábamos algo para animar las cosas, por así decirlo.

De ahí la sugerencia de Kore: brincos acrobáticos para desafiar a la muerte.

Por los aires.

Sobre toros.

«Volar...».

—Me parece una mala idea —había dicho Damya en ese momento, al tiempo que sacudía la cabeza—. Si los dioses hubieran querido que voláramos, nos habrían dado alas. ¿Recordáis a como-se-llame? El de la cera y las plumas...

—¿Te refieres a Ícaro? —Thalassa la miró con el ceño fruncido mientras cogía una aceituna de un plato de arcilla y se la metía en la boca—. No seas tonta. Los dioses no dieron alas a Ícaro, fue su padre, Dédalo, quien se las proporcionó para que pudiera escapar volando de su cautiverio.

—Eso —se mofó Damya—. Y mira lo bien que le fue.

—No le fue para nada bien —replicó Thalassa con paciencia; no sé si ignoró el sarcasmo o si se le escapó—. Lleno de arrogancia, Ícaro voló demasiado cerca del sol y el calor derritió la cera que soldaba sus alas. Falleció al caer al mar y las sirenas lloraron su muerte. Es una advertencia para los hombres que se creen dioses. Tarde o temprano, todos acaban cayendo.

—Sí —dijo Kore dándole un codazo bruscamente—, pero nosotras no vamos a hacer eso. Nada de caer. Solo tenemos que encontrar un toro predispuesto y construir un trampolín que nos eleve lo bastante en el aire para evitar los cuernos.

Llegado ese punto, la discusión se animó. Sonreí abiertamente y me recosté para observar a mis hermanas de ludo discutiendo y lanzándose panecillos las unas a las otras; entonces me di cuenta de que, en algún momento, Kore y Thalassa habían llegado a convencerlas a todas de que introducir la acrobacia taurina cretense en las actuaciones de nuestro ludo era el camino a seguir. Sin duda era una forma garantizada de complacer al público. Sacudí la cabeza al pensar que, como mínimo, mantendría a mis compañeras de ludo ocupadas y alejadas de los problemas durante un tiempecito.

Entonces me di cuenta de que alguien me había propuesto a mí para hacer el primer intento.

Siete días después, tenía una rodilla hincada en el suelo de la arena de entrenamiento y me estaba anudando los cordones de las sandalias. Los remetí a conciencia para eliminar toda posibilidad de tropezarme con ellos.

—No puedo creer que lo hayas hecho.

—¿El qué? —levanté la mirada hacia Elka, que estaba a mi lado observándome con ojos asesinos bajo un ceño fruncido.

—Proponerme —respondió.

—¿Te refieres a proponerte después de que me propusieras tú a mí? —parpadeé inocentemente.

—Eso es distinto. —Sacudió la cabeza y sus trenzas apretadas se balancearon—. Tú siempre estás montada en carros desbocados y saltando de mástiles de barcos. Lo llevas en la sangre.

Me reí.

—Si yo puedo sobrevivir a esto, tú también puedes. Y entonces, después, podrás matarme. —Me puse de pie e hice rodar los hombros para calentarlos—. Si sobrevivimos...

Miré hacia el centro del espacio de entrenamiento donde Kore y Thalassa estaban disponiendo su aparato cretense. El diseño se basaba en los que usaban en las palestras de Cnosos y habían trabajado en ello con Quint, el gran legionario ingeniero, durante buena parte de la semana anterior. Esa mañana, lo arrastraron con orgullo para sacarlo del taller y llevarlo hasta la arena con una floritura.

—Es... esto... ¿un tablón? —Gratia había inclinado la cabeza de un lado a otro para examinar el aparato.

Era casi exactamente eso. Un tablón. Solo que estaba equilibrado encima de un fulcro y asegurado en un armazón y... había cuerdas. ¿Y cabrestantes, quizás? A decir verdad, no entendía cómo funcionaba. Solo sabía que, en cuanto mi pie tocara un extremo, se activaría lo que Quint llamaba «mecanismo de torsión» y el trasto me haría saltar y —en teoría— pasar por encima de mi adversario.

Un buey de tiro muy gruñón llamado Tempestad.

Lo más parecido que podíamos conseguir a un toro cretense de verdad.

Esa mañana el aire era frío y mordía la piel expuesta de mis brazos y piernas, lo que me hizo lamentar no haberme puesto mi túnica gruesa. Sin embargo, no quería que nada me hiciera más pesada. El sonoro bramido que provenía del camino pavimentado que conducía al patio de entrenamiento sonaba como un lúgubre cuerno de guerra.

—Todavía pienso que primero deberíamos probarlo sin el toro —comenté.

—Ja —coincidió Elka efusivamente—. O quizás podríamos limitarnos a decir que lo hemos hecho, dar el día por terminado e ir a bañarnos...

—¿Cómo se supone que podremos determinar si realmente podéis pasar por encima del toro con un salto, si no tenéis ningún toro que saltar? —preguntó Vorya.

Vorya era pragmática, pero también era varini y fatalista —incluso más fatalista que Elka—, de modo que no tuve en cuenta su opinión sobre el tema. Además, ella no era la que iba a saltar.

—Además —continuó con un encogimiento de hombros decididamente fatalista—, si no funciona, seguramente sufriréis una muerte rápida y evitaréis así la vergüenza del fracaso.

Yo nunca era capaz de discernir si bromeaba o no.

Muertas de nervios, Elka y yo esperamos paseando por las gradas de la arena mientras acababan de colocar el aparato con el trampolín y hacían salir al buey. Ese día, ahí en medio de la arena de entrenamiento, el animal parecía mucho más grande que cuando lo vimos en su establo. Con unos cuernos mucho más largos y afilados. Atamos cuerdas alrededor de sus cuernos para que algunas de las chicas —en este caso nuestras hermanas amazonas Kallista y Selene, además de las dos reclutas más nuevas: Ceto y Lysa, ambas originarias de familias granjeras— pudieran mantener quieta la cabeza del animal. Sin embargo, no cabía duda que a Tempestad no le hacía ninguna gracia aquello, porque resoplaba y bramaba. En cuanto pasé una pierna por encima de la barrera y me dejé caer en la arena, el buey fijó su tosca mirada en mí y escarbó la arena con una de sus grandes pezuñas.

—Creo que le gustas —dijo Elka secamente, aterrizando a mi lado.

—Yo de ti esperaría que le gustaras tú —respondí—. Vas primera.

Fue entonces, en ese preciso instante, cuando Elka se quedó muda.

Y empezó a recitar el juramento de los gladiadores.

Después de haber recibido suficientes gritos de ánimo de parte de Quint, Elka finalmente se giró hacia él y le chilló:

—¡Tú vuelve a llamarme piedra, Quintus, que te vas a enterar!

El chico cerró la boca de golpe y un silencio cargado de emoción descendió hasta la arena. Elka resopló por la nariz —guardaba un cierto parecido con el buey— y se giró hacia el trampolín. Con las piernas y los brazos en tensión, cogió carrerilla y, con ambos pies, pisó con fuerza el objetivo. El mecanismo del tablón se activó y la lanzó hacia arriba y adelante, ¡tal como prometía!

Elka voló por encima de la bestia —perfectamente enmarcada por la curva de sus cuernos— con los brazos estirados hacia delante como si estuviera nadando por los aires. Voló netamente por encima de la cruz de Tempestad y dejó atrás su cola, que sacudía con furia, para aterrizar sobre las manos en una voltereta limpia. Rodó un par de veces y volvió a ponerse en pie con un enérgico brinco y una expresión de sorpresa y de absoluto deleite grabada en el rostro.

—¡Lo he hecho! —chilló alzando los puños—. ¡He volado!

Un rugido eufórico estalló entre nuestras camaradas, que nos observaban, y yo respiré aliviada —por ella y por mí— y esperé algo menos ilusionada que Quint y Kore volvieran a preparar todo el aparato. Las chicas que sujetaban a Tempestad tiraron con fuerza de las sogas. Yo me concentré y relajé mi respiración. Entonces eché a correr.

Mis pies dieron de lleno en el trampolín, que me lanzó por los aires con el mismo arco de perfecto salto hacia delante —igual que había hecho Elka—, solo que esta vez Tempestad no estaba de tan buen humor. El enorme monstruo asqueroso levantó su inmensa cabeza hacia un lado, me golpeó con uno de sus cuernos y me hizo rodar por los aires, y arrastró a Kallista y al resto como si fueran marionetas atadas al extremo de las cuerdas. Choqué contra el suelo y reboté hasta golpear la barrera. Oí gritos desde las gradas y, al levantar la cabeza, vi a las chicas arrastradas por la arena por las cuerdas que, supuestamente, tenían que inmovilizar a Tempestad. El animal sacudió la cabeza y arrancó tres de las cuerdas que las chicas tenían en las manos. Kallista fue la única que mantuvo la soga agarrada —más o menos— y se puso de pie a trompicones mientras la bestia enfurecida desviaba su atención hacia mí. Selene, junto con Ceto y Lysa, huyeron a todo correr para ponerse a salvo mientras Kallista corría hacia una argolla de hierro clavada en la pared de piedra y ataba ahí la cuerda, con fuerza, para darme la oportunidad de escapar.

Y lo hice...

Pero hacerlo convirtió a Kallista en el único objetivo que quedaba al alcance de Tempestad, que no iba a permitir que escapara ella también. La chica se agachó detrás de un panel bajo de madera, haciéndose tan pequeña como pudo mientras Tempestad arremetía contra la barrera con sus cuernos, resoplando con furia y rugiendo de rabia. Las planchas se astillaron y se doblaron. No protegerían a Kallista mucho más tiempo.

De pronto, oí la voz del maestro de lucha de nuestro ludo resonando por las arenas.

—¡Ajani! —gritó Kronos—. ¡Dispara a ese monstruo!

Por el rabillo del ojo pude ver a Ajani cargando su arco con una flecha.

—¡No! —exclamé—. ¡Ajani, no! ¡No dispares!

La gladiadora dudó.

—¡Yo lo arreglaré! —chillé, sin apartar la vista del animal que tenía delante.

Ajani bajó el arco, reacia —como yo ya sabía que estaría— a matar a una pobre bestia tonta que no hacía más que actuar como mandaba su naturaleza. Kronos se enfadaría, pero Ajani y yo afrontaríamos juntas las consecuencias de su ira... en cuanto yo consiguiera salir de la arena. Además, tampoco podía resignarme a ponerme al nivel de un animal de granja y encima salir perdiendo. Sin duda, yo era más lista que una vacucha vieja y gruñona.

Estiré los brazos y silbé para atraer de nuevo la atención de Tempestad.

—¡Kallista! ¡Suelta la cuerda! —pedí a voz en grito.

—Si lo hago, no habrá nada que lo detenga —me respondió con los dientes apretados mientras Tempestad perforaba la plancha de madera con uno de sus cuernos, justo al lado de la cabeza de Kallista—. ¡Irá directo hacia ti...! ¡Aaay! —chilló cuando el animal arremetió contra la barrera con la espalda y lanzó directo al suelo uno de los postes que la sustentaban.

—¡Esa es la idea! —respondí también gritando—. ¡Confía en mí, suéltalo! ¡Elka, tírame una toalla y ve a las gradas que hay encima del portón!

Sin preguntar nada, Elka cogió una de las toallas de los entrenamientos e hizo una bola con ella y, desde donde estaba, me la lanzó. Entonces echó a correr entre los bancos, directa hacia el portón del extremo más alejado de la arena. Yo desovillé la toalla y la sostuve desplegada ante mí. El buey no tenía muy buena vista y sacudió la cabeza hacia los lados para intentar verme mejor, pues a fin de cuentas, yo era un nuevo objetivo para sus formidables cuernos. Una vez vi al cuidador del ganado de mi padre atrayendo de este modo la atención de los bueyes jóvenes del hato; esos animales reaccionaban al movimiento.

—Vamos, ven aquí, bicharraco sucio y maloliente...

En cuanto fijó sus sentidos en mí, yo grité:

—Kallista, vete andando. Despacio. No corras, limítate a salir de aquí por el camino más corto.

La chica fue veloz y saltó la valla en un abrir y cerrar de ojos. Lo que me dejó a mí a solas con Tempestad. Sacudí la toalla delante de mí mientras retrocedía hacia el portón. Cuando estuve justo delante de la gran arcada, con Elka justo encima de mí, lancé la toalla hacia el aire, la solté y levanté los brazos, luego salté tan alto como pude mientras Tempestad agachaba la cabeza y cargaba contra mí, con los cuernos reluciendo. Con un grito de esfuerzo, Elka me agarró por ambas muñecas y me aguantó con todas sus fuerzas mientras yo levantaba las piernas y Tempestad pasaba de largo, por los pelos, corrió por debajo de mí y atravesó la arcada. Elka me soltó las manos, caí al suelo y enseguida eché a correr para cerrar el pesado portón. Pasé el cerrojo y me derrumbé contra la puerta, jadeando aliviada; luego oí los mugidos desconcertados de Tempestad.

Ya habíamos cerrado la reja por el otro lado de la entrada, con lo cual convertimos en un cercado improvisado el túnel que había en medio. El chico de los establos a quien habíamos convencido para que nos ayudara con Tempestad estaba ahí con un manojo de heno limpio y hierba para alimentar a la bestia a través de la reja. El berrinche de Tempestad solo duró hasta que le dieron algo fresco para comer. Entonces se mostró dócil como un cordero y el chico se lo pudo llevar tranquilamente de vuelta al establo.

No hubo ningún herido. Excepto, quizás, mi orgullo.

Vorya me dio una palmada en el hombro cuando pasó a mi lado y dijo:

—Solo un poco de vergüenza. Y ni siquiera te has muerto. Estoy impresionada.

Sacudí la cabeza mientras se alejaba, silbando. Sin embargo, entonces vi a Kronos esperándome, con los brazos cruzados ante su amplio pecho, y sentí que se me tensaban los músculos del cuello. Esperaba que estuviera furioso conmigo y, de hecho, ya me había resignado ante la posibilidad de que me relegara a hacer la colada durante un mes.

Sin embargo, cuando llegué hasta él tambaleándome y me hundí en un banco para recuperar el resuello y escuchar mi castigo, todo cuanto me dijo fue:

—¿Queréis mi consejo? Las chicas y tú primero tenéis que practicar las acrobacias, Fallon. Dominadlas a la perfección. Después ya añadiréis los animales. Pregunta a cualquier pajarito que intente dejar el nido: volar ya es lo bastante difícil incluso cuando nada intenta echarte del cielo.

triunfante-5

II

Elka suspiró mientras se sentaba en el banco que había delante de mí; estábamos en la sala de masajes de los baños del ludo. Hice un gesto con la cabeza hacia una de las dos sirvientas cuando escogió un aceite con aroma de geranio para mí. Me tumbé bocabajo encima del banco para permitir que el calor y sus manos trabajaran en la tensión de mi cuello y espalda, evitando con maestría las magulladuras que había conseguido durante mi salto fallido de esa misma mañana. Me sentía como un trozo de masa de pan al que estuvieran aporreando para darle forma y dejarlo listo para el horno.

—Echo de menos los días en los que no teníamos que preocuparnos por nada más que por pegarnos una buena paliza —dijo Elka, cuyas palabras quedaron amortiguadas por la toalla que tenía debajo de la cabeza y le aplastaba la mitad de la cara—. ¿Tú no?

—Es un poquito más fácil razonar contigo que con un toro, es cierto —respondí.

—Y tú hueles mejor que él —rio Elka—. La mayor parte de los días.

—Ojalá la gente se contentara con nosotras y ya está.

—Bah. —Elka ahuyentó mi última frase con un lánguido ademán—. Los romanos y sus fantasías. Me pregunto cómo reaccionarían si se encontraran cara a cara con la guerra real, dentro de las murallas de su preciosa ciudad.

—¿Por qué crees que todas las casas tienen unas puertas tan sólidas? —bufé—. Se esconderían en sus bodegas y beberían vino hasta que el peligro hubiera pasado.

Al cabo de un ratito, un suave ronquido emergió de los labios de Elka. Yo también cerré los ojos e intenté relajarme, pero no me resultaba tan fácil —ni a mí ni a la mayoría de la gente, a decir verdad— como parecía resultarle a ella. Elka era la única persona que conocía que podía echar una cabezadita encima de un banco de piedra en una arena a rebosar de personas chillando y despertarse al cabo de un momento, fresca y lista para su combate. A veces envidiaba su personalidad despreocupada.

Mi mente se rebelaba ante tan dichosa inconsciencia y, en cambio, meditaba acerca del carácter de la gente para la que trabajábamos tan duro nuestros cuerpos a fin de entretenerla. El comentario que le había hecho a Elka había sido poco sincero y autocomplaciente, por supuesto, y ambas lo sabíamos; cualquier tribu de hombres tiene su parte de cobardes, pensé. Roma simplemente era lo bastante afortunada de contar con un ejército y soldados que se encargaban de luchar por ella, con un brillante general al frente: Cayo Julio César.

Sin embargo, yo sabía muy bien que había romanos que ya habían declarado la guerra a César. Una guerra secreta, impulsada por hombres hambrientos de poder como el padre de Cay. Como Poncio Aquila. Hombres que habían hecho oscuros negocios con facciones peligrosas y dioses todavía más oscuros, que no se detendrían ante nada hasta acabar con el héroe conquistador de Roma. Y estaba convencida de que no habíamos visto su fin.

Era un pensamiento desagradable que a veces me mantenía en vela largas horas durante la noche, al igual que en el banco de masaje. Había confiado mis preocupaciones a Sorcha en un par de ocasiones, pero mi hermana parecía convencida de que Aquila ya no era una amenaza, ni para nosotras ni para el Ludo Aquilea ni para César. Yo deseaba fervientemente que tuviera razón. Sin duda, los Hijos de Dis no nos habían importunado más desde que recuperamos el ludo. Y, por supuesto, el senador Varro yacía criando malvas bajo la lápida de mármol de la cripta de la familia Varro, convertido en un residente fijo de la mejor necrópolis de Roma.

Cay se había asegurado de que lo sepultaran junto a su querida esposa, durante una ceremonia íntima. Solemnes y honorables, la mayor parte de los dolientes nunca llegaron a conocer las verdaderas circunstancias del fallecimiento de Décimo Fulvio Varro. Solo supieron que su hijo, Cayo Antonio Varro, había sido el responsable y, a resultas de ello, su presencia en el ritual brilló por su ausencia. Por supuesto, si hubiera asistido, lo habrían enterrado a él también ese mismo día.

—¿Demasiado fuerte? —me preguntó de repente la masajista, suavizando la presión que había estado aplicando sobre un nudo particularmente tozudo que tenía en el hombro izquierdo.

Sacudí la cabeza y sentí que sus pulgares trabajaban la zona más a fondo. Las lágrimas que manaban de mis pestañas no tenían nada que ver con ninguna contractura.

César, por supuesto, sí sabía toda la verdad acerca de la muerte del senador Varro. Su reacción ante esa situación sirvió para recordarme que incluso el heroico servicio de un leal oficial de sus legiones era secundario para él cuando se trataban temas de política. Fue una lección dura para mí, pero mucho más para Cay. El recuerdo de ese día me inundó mientras estaba tumbada en el banco, casi como si lo hubieran impregnado en los músculos que tan concienzudamente trabajaba la masajista, deshaciendo los nudos que había en ellos y liberando los recuerdos.

Unos meses después de que triunfáramos ante Poncio Aquila y recuperáramos el Ludo Aquilea, César había vuelto a Roma con sus propias victorias. Hubo en Hispania una batalla decisiva —en la cual Cay hubiera luchado sin duda, de haber estado todavía con César en campaña—, concretamente en un lugar llamado Munda, librada contra la propia gente de César. Siendo César quien era, evidentemente, ganó. Sin embargo, aun siendo César quien era, aquello no significaba necesariamente que fuera a ser coronado con laureles y grandes alabanzas cuando volviera.

Supongo, entonces, que no debería haberme sorprendido que el general —una vez más, nombrado dictador— encarnara la personificación del mal humor el día que recibí un requerimiento para personarme ante él, en su villa de la orilla oeste del Tíber. César había vuelto a instalarse allí y, al parecer, estaba muy atareado poniéndose al día con sus amigos de Roma y con su esposa, Calpurnia.

Después de que el mensajero llegara al ludo con la orden de que debía presentarme ante César esa misma tarde, apenas tuve tiempo de quitarme la ropa de entrenamiento y ponerme presentable antes de meterme en el diminuto carruaje que me condujo, Via Clodia abajo, hacia Roma. En cuanto nos acercamos a la ciudad, descorrí las cortinas de la ventana del carruaje, lo suficiente para poder ver la luz del sol centellando sobre los tejados de azulejos carmesí y las brillantes paredes de mármol de los edificios, que parecían amontonados los unos encima de los otros y se esparcían por las siete colinas de la ciudad. Era una imagen que siempre me llenaba de emociones encontradas. Lo mismo me ocurría con César en persona. Había pasado toda mi infancia y buena parte de mi juventud deseando un destino peor que la muerte para el hombre responsable —o al menos, eso había pensado siempre— de la muerte de mi hermana. Todavía lo culpaba por muchas cosas más, pero esa verdad de mi infancia resultó ser falsa. La pérdida fue real, sí, pero su muerte, no. Y la había vuelto a encontrar. Desde entonces, nos convertimos en más que hermanas. Éramos un equipo. Una fuerza que tener en cuenta. Todo, pensaba, iba muy bien; con el ludo, mis amigas, Cay...

El carruaje viró hacia el oeste, en dirección al puente de piedra que se extendía sobre el río Tíber, y yo volví a cerrar las cortinas y me recosté de nuevo sobre el asiento acolchado, intentando no preguntarme qué era lo que César tenía preparado para mí. Cuando el conductor disminuyó la marcha hasta detenerse delante de la inmensa terraza principal que embellecía la entrada a la villa de César y abrió la puerta para que pudiera bajar, descubrí que Cay también había sido convocado.

Nos encontramos en el fragante patio principal de la enorme villa y apenas tuvimos tiempo de saludarnos antes de que uno de los guardias pretorianos de César nos condujera por los amplios corredores llenos de luz de camino al scriptorium de César.

—Adelante —ladró con impaciencia cuando nos anunciaron—. Sentaos.

Sin levantar la mirada, hizo un ademán con la mano para señalar las sillas bajas y sin respaldo que había en el lado opuesto del escritorio tras el cual estaba sentado, franqueado por fortificaciones construidas a base de papeles y pergaminos amontonados, mientras escribía febrilmente en una hoja de papel de vitela. La pluma que tenía en la mano producía un ruidito rasgado cuando establecía contacto con la superficie de piel de oveja tratada, y el secretario de César —un hombre corpulento y de rostro serio que, por su aspecto, seguramente provenía de Macedonia— estaba de pie a la espera de recibir la misiva de la mano de César.

Juntos, Cay y yo cruzamos el suelo de mármol pulido —yo intenté hacer tan poco ruido como pude— y nos sentamos. Miré a Cay de reojo, pero su mirada estaba fija en la pared que había delante de nosotros, al fondo de la sala, en un tapiz que colgaba por encima de la cabeza de César; se trataba de una escena de dioses y diosas luchando. Apenas recordaba la leyenda que me habían contado: era la historia de un derramamiento de sangre familiar en el cual los hijos de los inmortales se alzaban para destronar a sus padres y coronarse ellos mismos como dioses. La imagen central del tapiz mostraba a Júpiter derrocando a su propio padre, un titán, y mandándolo al reino del inframundo de Tártaro.

Coloqué las manos sobre mi regazo y esperé con la vista fija en el divino conflicto, congelado para siempre en las imágenes tejidas con brillantes hebras de seda. Un desagradable escalofrío me recorrió la piel al recordar el tiempo que yo misma pasé en el lugar que recibía el nombre de esa horrible prisión. Tártaro. En cuanto recuperamos el ludo, Sorcha ordenó demoler aquella fea y achaparrada estructura de piedra. La derribaron y se dio un nuevo uso a aquellas piedras, se taparon las húmedas y oscuras celdas subterráneas, y plantaron un jardín en su lugar.

Sorcha me dio la llave de hierro negro, pesada y en forma de zarpa, cuando se la pedí. Cuando quiso saber por qué, no pude más que responder: «Porque quiero recordar. No quiero olvidar jamás las cosas que me han pasado. Ninguno de los lugares donde he estado ni ninguna de las cosas que he hecho. No importa lo horribles que sean. Esa llave me representa tanto como la lámpara del juramento que me regalaste y que Nyx destruyó. Es tan real como mis espadas y forma parte de mí tanto como ellas, tanto la rota como la entera».

Mi hermana había inclinado la cabeza y me había mirado largamente. Entonces, sin decir palabra, depositó la llave en la palma de mi mano y se volvió para mirar la yunta de bueyes que se esforzaba tirando con fuerza de las puertas del Tártaro para arrancarlas de sus bisagras.

Después de aquello, pasé los días envuelta en una neblina de tímida felicidad, empapándome de los pequeños placeres de un largo entrenamiento, de sueños sin pesadillas, buena comida y compañía, y desplegando las pequeñas alas nuevas de mi alma que un día batirían lo bastante fuerte para llevarme hasta mi libertad. Nunca se me había ocurrido que alzaría ese vuelo sola.

Entonces llegaron las convocatorias.

Al principio, estaba eufórica. Cuando finalmente centró su atención en nosotros, ahí pacientemente sentados, César nos felicitó a los dos por nuestro valor a la hora de recuperar el Ludo Aquilea. Hizo que su secretario nos obsequiara a los dos con regalos en forma de dinero y fíbulas fundidas en forma de ramas de laurel doradas.

Pero entonces...

—Cesado —dijo César por segunda vez, visiblemente impacientado por tener que repetir lo que ya había dicho porque ambos expresamos que no lo habíamos entendido—. Da gracias, Cayo Varro, de que no sea una licencia sin honores.

En algún lugar fuera de la fresca e iluminada habitación con columnas donde nos había recibido César ese día, un pájaro cantó con un trino despreocupado y alegre para llamar a su compañero. Era el único sonido que se oyó mientras estaba ahí sentada, mirando boquiabierta al hombre más poderoso del mundo al tiempo que pronunciaba las palabras que retiraban a Cay de su posición como oficial de las legiones romanas.

Por el crimen de haber salvado mi vida.

Cay estaba sentado como una roca a mi lado, su rostro se había puesto rígido y pálido.

—¡No puede hacer eso! —protesté. Mi propia voz se ahogó en el canto del ave.

La mirada que César me dirigió me confirmó que por supuesto que podía —y pensaba— hacer lo que más le placiera. Cerré la boca y me mordí el interior de la mejilla para permanecer callada. Una discusión por mi parte solo empeoraría las cosas para Cay. Después de un silencio largo y tenso, César se ablandó un poco. Suspiró, se puso en pie e hizo un ademán a sus sirvientes para que salieran de la habitación y cerraran la puerta detrás de ellos. Ahora solo estábamos nosotros tres —César, Cay y yo— y dos de los guardias pretorianos de César, que lo mismo podrían haber sido estatuas de la habitación y que —yo lo sabía— eran leales a César hasta las puertas de la muerte y más allá.

Cay también había sido leal, pensé.

—No cuestiono tus acciones, Cayo —empezó César en un tono tranquilo y comedido—. De hecho, las aplaudo. Por supuesto. —Paseó hasta una mesa sobre la cual había cálices y una pequeña ánfora, y sirvió una copa de vino para cada uno—. Salvaste mi ludo y mi honor. Sé que no lo hiciste por mí. Ninguno de los dos...

—Mi señor...

—Querida niña... —Levantó una mano para acallar mi protesta—. Sé por qué lo hicisteis. El hecho de que al mismo tiempo me prestarais un servicio inestimable, bueno, considerémoslo una feliz coincidencia. Sé lo que te pedía el corazón y alabo tu valentía y tu lealtad para con tus... ¿cómo llama ahora la plebe a mis gladiadoras? ¿«Victrix y su guardia de guerra»? Realmente encantador...

La comisura de sus labios se curvó hacia arriba y rio un instante al tiempo que sacudía la cabeza. Pero enseguida su expresión se volvió seria de nuevo.

—También le debo mucho a tu hermana Aquilea —continuó—. Pero asimismo ahora veo que la he perjudicado. Ambas venís de un mundo, Fallon, que valora el honor por encima de todas las cosas. Roma no es ese mundo. Ahora veo que tu hermana todavía tiene que acabar de comprenderlo, a pesar de sus loables esfuerzos para asimilarlo.

—No sé si lo entiendo.

—Confianza, querida. —César sacudió la cabeza, con una tenue media sonrisa en el rostro—. Una aflicción noble, inútil y a menudo terminal que padece tu gente. Aquilea confiaba en Thalestris. Permitió que su mayor enemigo se acercara lo suficiente para apuñalarla por la espalda, Fallon. Esto es lo que trae consigo la confianza ciega.

—Todavía no lo entiendo. ¿Qué tiene que ver todo esto con Cay?

César suspiró, sombrío.

—Porque, por irónico que parezca, ambos tendréis que confiar en que, en este caso, he tomado la decisión pensando en lo que sería mejor. Para ti.

—Yo sí lo entiendo —dijo Cay y se puso de pie para mirar a su general—. Sabía que no podría quedarme en las legiones después... después de lo que hice. Me siento honrado de que haya considerado conveniente hacerme llegar el decreto usted mismo.

César lo miró, sin decir nada durante un momento, luego anunció:

—Eso no es todo, Cayo.

—¿Señor?

—Quiero que te presentes al Ludo Flaminio. Tienes tres días.

—¿Por qué motivo?

—Para que te entrenes. Para los juegos... gladiador Varro.

Seguro que fue la disciplina que las legiones —de las cuales César acababa de expulsarlo sin ceremonias hacía tan solo un instante— inculcaron en Cay lo que hizo que se quedara ahí de pie, atento, inmóvil y sin protestar. Yo no tenía ese entrenamiento. En lugar de hacer como él, mis indisciplinadas emociones cantii se abrieron paso rugiendo hasta la superficie y me puse en pie de un salto, hice ademán de acercarme a César, pero la férrea mano de Cay me cogió del brazo y me dejó inmóvil en el sitio. Luego se volvió hacia mí.

—Sea lo que sea que estás a punto de decir para protestar, Fallon —su mirada de color avellana era fría y dura como el mármol—, no lo digas. Lucharé mis propias batallas cuando me encuentre ante ellas, y aquí no hay ninguna que librar. —Se giró de nuevo hacia César, quien observaba nuestro intercambio en silencio, y asintió una vez con sequedad—. Estaré ahí mañana, señor.

—Bien. —César le devolvió el asentimiento, algo menos seco.

Luego su mirada se desplazó hasta mi rostro y sus ojos brillaron con la misma emoción velada que le había visto en más de una ocasión cuando me miraba. De algún modo, supe que en ese momento estaba pensando en su difunta hija, Julia. Me pregunté, y no por primera vez, qué era exactamente lo que yo tenía que le recordaba a ella. Sabía que ella había muerto cuando César estaba al otro lado del mar, en guerra con mi propia gente —las tribus de la Isla de los Poderosos—, pero no sabía mucho más que eso. Tal vez Julia discutía mucho con su padre, no mucha gente lo hacía. Sin duda, Cay no iba a hacerlo ahora y yo no entendía por qué.

César decidió intentar explicarse en ese momento, algo que tampoco pasaba muy a menudo.

—¿Lo ves, querida? —comenzó—. Cayo ve lo que hago y confía en mí. Porque lo que intento hacer es mantenerlo a salvo. No mentía cuando he dicho que tenía con los dos una deuda de gratitud, y yo soy un hombre que paga sus deudas. Y que cuida de sus amigos tan bien como le permiten sus habilidades.

—¿Lo está manteniendo a salvo mandándolo a la arena? —pregunté. Puesto que tenía mucho más que algo de experiencia en esa misma circunstancia, me sentía escéptica.

César enarcó muchísimo las cejas.

—¿No confías en que Cayo pueda arreglárselas tan bien como tú?

Sentí que me ruborizaba.

—¡Por supuesto que no! Yo...

—Tienes que entender esto, Fallon. —César dio un sorbo a su copa antes de continuar—. Y tú también, Cayo. Corres muchísimo más peligro caminando por las calles de Roma que entre las paredes de un ludo. Mi ludo.

Cay asintió.

—Lo entiendo.

—Yo no —repliqué—. No del todo.

—Todo lo que hizo Poncio Aquila —explicó César—, lo hizo con una inteligencia extrema, Fallon. Puesto que tenía posesión del testamento de Sorcha (con, por supuesto, la adenda de Thalestris, mediante la cual le vendía el Ludo Aquilea con sus bienes personales y materiales, y puesto que Thalestris ahora está muerta y por lo tanto no puede explicar su versión de los hechos), ahora Aquila ha dado apariencia de legitimidad a sus acciones. Su historia, que se ha encargado de explicar por doquier, es que estaba salvaguardando el ludo para mí hasta que yo volviera. Culpa a la amazona muerta por engañarlo acerca de las circunstancias de la ausencia —y la supuesta muerte— de Lady Aquilea esa noche. Todo lo demás, asegura él, es sencillamente un terrible malentendido. Por supuesto, no hay nadie que pueda refutarlo y, en la medida en que gentilmente me ha devuelto la propiedad de la academia, ahora que se ha demostrado que su perfidia fue infructuosa... bueno —César se encogió de hombros—, ante los ojos del Senado, una buena porción del cual está secretamente del lado del tribuno (o al menos simpatiza con él), ha sido exonerado. Es el hazmerreír de la plebe, quizás, pero un hombre de acciones honorables entre sus iguales.

Sentí que la sangre me hervía en las venas con solo pensar que Poncio Aquila no sufriría ningún castigo por su maldad. No sabía que en realidad esperaba que le pasara algo. Lo deseaba, sí —y con fervor—, pero ya me estaba acostumbrando a la corrupción ocasional de la alta sociedad romana. Fluía por la élite de la ciudad como el río Estigia: escondida muy hondo bajo tierra, potente y apestosa, con una corriente que arrastraría hasta al mejor hombre a morir ahogado si perdía pie en sus orillas.

—Cayo, en cambio —continuó César—, no ha tenido tanta suerte. A ojos del Senado, y de la gente, es culpable de parricidio. Y no hay peor ofensa para un verdadero romano. Y un agravante de ese crimen atroz es el hecho de que Décimo Fulvio Varro era uno de los senadores más ricos e influyentes de toda Roma, un héroe de guerra condecorado, un hombre querido por todos... —Dio un sorbo de su copa—... un hombre que me odiaba. Uy, no en público ni en voz alta, pero con vehemencia y durante muchos años.

Miré a César absolutamente sorprendida.

—¿Lo sabía?

César asintió.

—Y no podía hacer nada.

—Pero confió en Cay.

—Sí. Y todavía lo hago. —Se giró y levantó la mirada para dirigirla al tapiz, a Júpiter levantando a su padre, Saturno, por encima de la cabeza para lanzarlo por el precipicio—. El padre no es el hijo.

—No —coincidió Cay con suavidad mientras miraba la imagen—. No lo es...

—Mantendré las propiedades y los bienes de tu padre bajo mi custodia —continuó César—, hasta que puedas reclamar tu herencia sin correr ningún peligro. Mientras tanto, todo cuanto te pido es que me perdones por este trámite.

—No hay necesidad de perdonar, mi señor —replicó Cay, con una breve inclinación de cabeza—. Solo de agradecer.

—De nada. —César se puso en pie—. Y, ahora, vete. Lucha bien. Y, por el amor de los dioses, Cayo... sobrevive.

Algo en el tono de César hizo que se me erizara el vello de la nuca. «Sí, Cay —pensé—, por el amor de los dioses, los vuestros y los míos, sobrevive».

Mientras cruzábamos el patio cubierto en dirección a las puertas principales de la villa, pasamos al lado de un hombre que estaba sentado en un banco, al borde de una fuente. Cay asintió brevemente sin detenerse.

—Las legiones han sufrido una gran pérdida, ahora que ya no formas parte de ellas —gritó el hombre.

Cay se detuvo y, juntos, nos giramos para dirigirnos al hombre, que estaba sentado pelando una pera con un cuchillo pequeño y afilado.

—Es una verdadera lástima —añadió, al tiempo que se metía un trozo de pera en la boca y lamía la hoja de acero—. En serio. Lo lamento, decurión Varro.

—Ciudadano Varro, general Antonio —replicó Cay, lo que arrancó una tensa sonrisa al hombre—. O gladiador Varro, si no le importa.

«Antonio —pensé—. Este hombre es Marco Antonio».

Por supuesto, yo había oído a hablar del protegido y mejor amigo de César —el brillante general y famoso casanova—, como todo el mundo. La mayor parte de las cosas que sabía de ese hombre era lo que Antonia, mi hermana gladiadora, me había contado. La chica era una pariente lejana del general, nacida fuera del matrimonio de un primo tercero del extenso clan antonino y tratada peor que una esclava de cocina durante su infancia. Cuando fue lo bastante mayor, Antonia decidió probar suerte mendigando por las calles de Roma antes de encontrar el camino que la llevó hasta el ludo. No había coincidido nunca cara a cara con su primo, decía, pero habían compartido techo suficientes veces para poder imaginar que el carácter real del hombre confirmaba los rumores.

Era, según ella, un sinvergüenza. También era, según todos los demás, un soldado prodigioso y un astuto estratega. Dediqué los pocos instantes que pasó hablando con Cay a estudiar sus facciones. Era atractivo de un modo que lo hacía casi guapo, excepto por la boca, de labios finos, y que parecía capaz de cambiar de una expresión cálida a una burlona sin ningún esfuerzo. Llevaba muñequeras de plata con incrustaciones de coral y una capa ricamente bordada que colgaba en pliegues de intenso carmesí recogidos sobre su brazo izquierdo. Su pelo era oscuro y espeso, y lo llevaba cuidadosamente rizado. Intenté imaginarlo con el uniforme de soldado, pero mi mente no pudo componer semejante imagen. De todas formas, sospechaba que sería un error subestimarlo. Cuando se apartó la capa, pude ver que también llevaba una espada corta y lisa —y por la apariencia de la empuñadura, muy usada— ceñida a la cintura.

—Ah, sí —dijo Antonio con una sonrisa—. Gladiador Varro. Bien. Eras un excelente luchador en el campo de batalla. Me aseguraré de ir a animarte en tu primer combate en la arena.

—Por lo que se oye por ahí, tal vez sea el único —replicó Cay encogiéndose de hombros—. La única ocasión en que la gente quiere a un héroe deshonrado es cuando pueden deshonrarlo todavía más. No van a lanzarme manojos de laurel, no lo creo. Pero se lo agradezco.

—No me des las gracias —rio Antonio, y lanzó el corazón de la pera que se acababa de comer entre unos arbustos que había cerca—. Te animaré porque ganarás. Tienes que ganar. Y cuando lo hagas, la gente olvidará todo lo que hiciste. Es sencillo hacerles cambiar de parecer, Varro. Confía en mí.

Cay no confiaba en él. Pude verlo en sus ojos, claro como el agua.

En un rincón de mi mente una voz se preguntaba por qué César sí lo hacía.

Cay sonrió y asintió educadamente, y no fue hasta entonces que Antonio pareció darse cuenta de que yo estaba ahí, de pie al lado de Cay. Su mirada me repasó entera, de pies a cabeza, con profundo desinterés. Al principio. Hasta que estuvo a punto de darse la vuelta y entonces algo centelleó en el fondo de sus ojos, y parpadeó. Y sonrió.

—¿Me equivoco si pienso que tú eres la mascota predilecta de César? —preguntó centrando toda su atención en mí—. La chica gladiadora.

De reojo vi que Cay hacía una mueca.

—Soy Fallon ferch Virico, general Antonio —respondí—. Me llaman Victrix en la arena. Y sí, supongo que soy la mascota predilecta de César. —Incliné la cabeza hacia un lado y sonreí con dulzura—. Una de ellas, al menos. He oído decir que tiene otras.

La mueca de Cay se convirtió en una sonrisa que escondió rápidamente con la mano.

Los ojos de Marco Antonio brillaron enojados un instante, pero enseguida ensanchó la sonrisa, mostrando una hilera de dientes blancos y rectos.

—Me temo, Victrix, que me he perdido tus actuaciones en las arenas hasta la fecha —dijo, y se puso de pie al tiempo que me cogía la mano y se inclinaba sobre ella—. Lo cual es, me doy cuenta sin duda, una falta por mi parte. Una que espero tener oportunidad de remediar.

—Yo también lo espero, mi señor —respondí—. Hay muchas grandes luchadoras en el Ludo Aquilea, aunque seamos, como usted dice, «chicas» gladiadoras. Creo que podríamos sorprenderlo.

—Creo que sí —replicó.

Se quedó callado y Cay dio un paso adelante para excusarnos. Antonio hizo un lánguido ademán de despedida con la mano y nosotros seguimos hacia donde nos esperaba el carruaje para llevarnos, a mí al ludo y a Cay a la ciudad. Podía sentir la mirada de Marco Antonio clavada entre mis omoplatos mientras nos alejábamos.

En cuanto hubimos subido al carruaje cubierto y emprendido la marcha, con el sonido de las ruedas y los cascos de los caballos resonando en nuestros oídos mientras cruzábamos el puente de piedra, me despojé de toda la compostura que había logrado mantener hasta ese momento y desahogué toda mi furia por la absoluta injusticia que comportaba el destino de Cay. Él me dejó despotricar mucho más rato del que probablemente merecía. Cuando finalmente habló, la expresión de su rostro me hizo tartamudear y callarme de golpe.

—Fallon. —Su voz era tranquila, pero tan dura como nunca se la había oído—. Entiendo que sientes pena por mí porque piensas que lo que ha decretado César como mi destino es muy duro.

Me tragué mi fiera indignación y apreté los puños.

—¿Y no lo es? —pregunté.

Se rio. Un amargo ladrido de mofa.

—Sin la intervención de César —empezó—, me habría enfrentado a la pena completa de una ley romana muy c

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