Esta es una obra de ficción. Todos los hechos, diálogos y personajes, con la excepción de algunos históricos y públicos conocidos, son productos de la imaginación de la autora y no deben interpretarse como reales. En los momentos en que aparecen personajes históricos o figuras públicas, las situaciones, hechos y diálogos que conciernen a estas personas son inventados, y no pretenden describir situaciones actuales ni cambiar la naturaleza de ficción de la obra. En todos los demás aspectos, cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Título original inglés: American Royals.
Autora: Katharine McGee.
Publicado originalmente en Estados Unidos por Random House Children’s Books, un sello de Penguin Random House LLC, Nueva York.
Producido por Alloy Entertainment, LLC.

alloyentertainment.com
© Katharine McGee y Alloy Enterntaintment, 2019.
© de la traducción: Manuel de los Reyes García Campos, 2020.
© del arte de la cubierta: Carolina Melis, 2019.
Diseño de la cubierta: Alison Impey.
Adaptación de la cubierta: Lookatcia.com.
© de esta edición: Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona.
Primera edición: febrero de 2020.
ISBN: 978-84-272-2161-1
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PARA ALEX
PRÓLOGO
Ya conoces la historia de la Guerra de Independencia y el nacimiento de la monarquía americana.
Puede que la aprendieras en los libros ilustrados que leías en la infancia. En las representaciones del colegio, esas en las que habrías deseado interpretar al rey George I o a la reina Martha, pero acabaste siendo un cerezo. La conoces por las canciones, las películas y los libros de historia, y por aquel verano que visitaste la capital y te sumaste a la visita guiada al Palacio de Washington.
Has escuchado la historia tantas veces que podría contarla tú mismo: después de la batalla de Yorktown, el coronel Lewis Nicola se postró ante el general George Washington y le suplicó, en nombre de toda la nación, que se convirtiera en el primer rey americano.
Evidentemente, el general accedió.
A los historiadores les encanta debatir sobre lo que podría haber sucedido en unas circunstancias diferentes. ¿Y si el general Washington se hubiera negado a ser rey porque prefería ser un representante elegido democráticamente? Un primer ministro... o incluso inventarse un nuevo nombre para ese puesto, como presidente. Quizás, inspiradas por el ejemplo americano, otras naciones (Francia, Rusia y Prusia, Austria-Hungría, China y Grecia), acabarían por abolir sus monarquías y darían lugar a una nueva era democrática.
No obstante, todos sabemos que eso nunca sucedió. Y tampoco has venido aquí para leer un cuento inventado. Lo que buscas es lo que sucedió a continuación, el aspecto que tiene América doscientos cincuenta años después, con los descendientes de George I todavía en el trono.
Es una historia de salones de baile inmensos y pasadizos ocultos. De secretos y de escándalos, de amor y de corazones rotos. Es la historia de la familia más famosa del mundo, que representa sus dramas en el mayor escenario de todos.
Esta es la historia de la familia real americana.
1
BEATRICE

ÉPOCA ACTUAL
Beatrice conocía bien su linaje, que se remontaba al siglo X.
En realidad, solo era por parte de la reina Martha, aunque la mayoría prefería no mencionar ese detalle. Al fin y al cabo, el rey George I no había sido nada más que un hacendado advenedizo de Virginia hasta que tuvo buen ojo para casarse y mejor aún para luchar. Tan bien luchó que ayudó a lograr la independencia de América y su pueblo se lo agradeció con una corona.
No obstante, a través de Martha, al menos, Beatrice era capaz de retroceder más de cuarenta generaciones por su árbol genealógico. Entre sus antepasados se contaban reyes, reinas y archiduques, eruditos y soldados, incluso un santo canonizado. «Tenemos mucho que aprender de nuestro pasado —le recordaba siempre su padre—. Nunca olvides de dónde vienes».
Costaba olvidar a tus antepasados cuando llevabas sus nombres contigo, como le sucedía a Beatrice: Beatrice Georgina Fredericka Louise de la Casa de Washington, princesa real de América.
El padre de Beatrice, su majestad el rey George IV, le lanzó una miradita. Ella se enderezó en el asiento por acto reflejo para escuchar al alto condestable repasar los planes para el Baile de la Reina, que se celebraba al día siguiente. Tenía los dedos entrelazados sobre su recatada falda de tubo y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, porque, como le había grabado a fuego su profesora de etiqueta (golpeándole la muñeca con una regla cada vez que se equivocaba), una dama nunca cruza las piernas a la altura de los muslos.
Y las normas eran más estrictas para Beatrice que para nadie, puesto que no solo era una princesa, sino también la primera mujer que heredaría el trono americano. La primera mujer que sería reina por derecho propio: no una reina consorte, casada con un rey, sino una verdadera soberana reinante.
De haber nacido veinte años antes, la sucesión se la habría saltado para recaer en Jeff. Pero era por todos sabido que su abuelo había abolido aquella ley centenaria y había dictado que, en todas las generaciones subsiguientes, el trono pasara al descendiente de mayor edad, no al mayor de los varones.
Beatrice dejó vagar la mirada por la mesa de reuniones que tenía ante sí. Estaba cubierta de papeles y tazas de café cuyo contenido se había enfriado horas antes. Era el día de la última sesión del gabinete hasta enero, lo que significaba que habían revisado multitud de informes anuales y largas hojas de cálculo de análisis.
Las reuniones del gabinete siempre se celebraban allí, en la Cámara Estrellada, que recibía su nombre por las estrellas doradas pintadas en sus paredes azules y por el famoso óculo con forma de estrella del techo. El sol invernal entraba a través de él y derramaba tentadores charcos de luz sobre la mesa. Aunque no es que Beatrice fuera a tener la oportunidad de disfrutar de él. Rara vez le quedaba tiempo para pisar el exterior, salvo en los días en que se levantaba antes del alba para unirse a su padre en su recorrido por la capital, flanqueada por sus agentes de seguridad.
Durante un breve e inusitado instante, se preguntó lo que estarían haciendo sus hermanos, si ya estarían de vuelta de su viaje relámpago a Asia Oriental. Samantha y Jeff, mellizos y tres años menores que Beatrice, formaban una pareja peligrosa. Eran alegres y espontáneos, rebosaban malas ideas y, a diferencia de la mayoría de los adolescentes, contaban con el poder necesario para llevarlas a cabo, para desgracia de sus padres. Seis meses después de terminar el instituto, estaba claro que ninguno de los dos sabía qué hacer con su vida, salvo celebrar que habían cumplido los dieciocho y ya podían beber alcohol legalmente.
Nadie esperaba nada de los mellizos, nunca. Todas las expectativas, tanto en la familia como, en realidad, en el mundo entero, se centraban en Beatrice como si la apuntaran con un foco al rojo vivo.
El alto condestable terminó su informe al fin. El rey asintió con elegancia y se levantó.
—Gracias, Jacob. Si no hay ningún otro asunto que tratar, daremos por concluida la reunión de hoy.
Todos se pusieron en pie y empezaron a salir de la sala charlando sobre el baile del día siguiente o sus planes para las vacaciones. Parecían haber dejado al margen, por el momento, sus rivalidades políticas (el rey procuraba que la composición de su gabinete se repartiera de manera equitativa entre federalistas y republicanos demócratas), aunque Beatrice estaba segura de que la lucha continuaría con energía renovada al año siguiente.
Su guardaespaldas personal, Connor, levantó la mirada en su puesto, a las puertas de la sala, junto al encargado de la seguridad del rey. Ambos hombres eran miembros de la Guardia de Honor, el cuerpo de élite dedicado al servicio de la Corona.
—Beatrice, ¿puedes quedarte un minuto? —le preguntó su padre.
—Por supuesto —respondió ella, deteniéndose en el umbral.
El rey se sentó de nuevo, y ella lo imitó.
—Gracias de nuevo por ayudarme con las nominaciones —le dijo el monarca.
Los dos miraron hacia el papel que tenía delante, en el que se veía una lista de nombres en orden alfabético.
—Me alegro de que los hayas aceptado —repuso ella sonriente.
La fiesta navideña anual del palacio, el Baile de la Reina, se celebraba al día siguiente; el nombre conmemoraba el primer baile de Navidad, en el que la reina Martha había instado al rey George I a que ennobleciera a decenas de americanos que habían ayudado en la guerra. La tradición se mantenía desde entonces. Todos los años, en el baile, el rey concedía títulos nobiliarios a aquellos americanos que habían destacado por su servicio al país, de modo que pasaban a ser lores y ladies. Y, por primera vez, había permitido que Beatrice sugiriera a los candidatos a nobles.
Antes de poder preguntar qué quería de ella, alguien llamó a la puerta. El rey dejó escapar un profundo suspiro de alivio cuando la madre de Beatrice entró en el cuarto.
La reina Adelaide procedía de la nobleza por ambos lados de la familia. Antes de su matrimonio con el rey había heredado el ducado de Cañaveral y el de Savannah. La gente la llamaba la Doblemente Duquesa.
Adelaide había crecido en Atlanta y nunca había perdido su etéreo encanto sureño. Sus gestos seguían teniendo un toque de elegancia: la forma en que ladeaba la cabeza cuando sonreía a su hija, el giro de la muñeca al acomodarse en la silla de nogal a la derecha de Beatrice. Unas mechas de color caramelo iluminaban su melena castaña, que se rizaba todas las mañanas con rulos térmicos para después recogérsela con una diadema.
Por la forma en que se habían sentado, con un progenitor a cada lado, enjaulándola, le daba la clara sensación de haber caído en una emboscada.
—Hola, mamá —la saludó algo sorprendida, ya que la reina no solía participar en sus debates políticos.
—Beatrice, tu madre y yo esperábamos poder hablar un momento sobre tu futuro —empezó a decir el rey.
La princesa parpadeó, desconcertada, puesto que ella siempre estaba pensando en el futuro.
—A un nivel más personal —le aclaró su madre—. Nos preguntábamos si en estos momentos hay alguien... especial en tu vida.
Beatrice se sobresaltó, ya que, a pesar de que se esperaba aquella conversación tarde o temprano y había hecho todo lo posible para prepararse mentalmente para ello, pensaba que no ocurriría tan pronto.
—No, nadie —les aseguró.
Sus padres asintieron con la cabeza, distraídos; ambos conocían la respuesta de antemano. El país entero la conocía.
—A tu madre y a mí nos gustaría que consideraras la posibilidad de empezar a buscar pareja —dijo su padre tras aclararse la garganta—. A la persona con la que pasarás el resto de tu vida.
Sus palabras parecieron rebotar, amplificadas, por la Cámara Estrellada.
Beatrice apenas tenía experiencia en temas románticos, por mucho que varios príncipes extranjeros de su edad lo hubieran intentado. El único que había llegado a una segunda cita era el príncipe Nikolaos de Grecia. Sus padres lo habían instado a participar en un programa de intercambio en Harvard durante un semestre, con la evidente intención de que la princesa americana se volviera loca de amor por él. Beatrice salió con él para agradar a ambas familias, pero no sacó nada en claro del asunto, aunque, como el hijo menor de una familia real, Nikolaos era uno de los pocos hombres disponibles para ella. La futura monarca solo podía casarse con alguien de sangre noble o aristocrática.
Beatrice siempre había sabido que tenía prohibido salir con la persona equivocada; ni siquiera se le permitía besar a la persona equivocada, como parecía hacer todo el mundo en la universidad. Al fin y al cabo, nadie quería ver a su futura reina volviendo de una noche de juerga con la ropa sospechosamente arrugada.
No, era mucho más seguro que la heredera al trono no tuviera un pasado sexual que después la prensa le echara en cara: nada de antiguos novios, ningún ex que vendiera secretos íntimos en una autobiografía sin censurar. En las relaciones de Beatrice no podía haber altibajos. Una vez que empezase a salir en público con alguien, se acabó: tendrían que ser felices y estables, y mostrarse entregados el uno al otro.
No había necesitado más aliciente para renunciar casi por completo a las citas.
La prensa llevaba muchos años aplaudiéndola por cuidar tan bien su reputación. Sin embargo, desde que cumplió los veintiuno, había notado un cambio en la forma en que hablaban de su vida amorosa. En vez de dedicada y virtuosa, los periodistas empezaban a llamarla solitaria y digna de compasión, o peor aún: frígida. Se quejaban de que, si nunca salía con nadie, ¿cómo iba a casarse y dar inicio al importantísimo trabajo de procrear al siguiente heredero al trono?
—¿No pensáis que soy demasiado joven para preocuparme por eso? —preguntó Beatrice, aliviada al comprobar que hablaba con mucha calma. Aunque, en fin, la habían educado desde pequeña para ocultar sus emociones del ojo público.
—Yo tenía tu edad cuando tu padre y yo nos casamos. Y me quedé embarazada de ti al año siguiente —le recordó la reina.
Una idea realmente terrorífica.
—¡Eso fue hace veinte años! —protestó Beatrice—. Nadie espera que... Quiero decir, los tiempos han cambiado.
—No estamos diciendo que tengas que subir al altar mañana mismo. Lo único que te pedimos es que empieces a pensar en ello. No será una decisión fácil, y queremos ayudarte.
—¿Ayudarme?
—Hay varios jóvenes que nos encantaría presentarte. Los hemos invitado a todos al baile de mañana por la noche.
La reina abrió su bolso de cuero granulado y sacó una carpeta de la que asomaban etiquetas de plástico de colores. Se la entregó a su hija.
En cada etiqueta se leía un nombre: lord José Ramírez, futuro duque de Texas; lord Marshall Davis, futuro duque de Orange; lord Theodore Eaton, futuro duque de Boston.
—¿Estáis intentando buscarme novio?
—Solo te ofrecemos algunas opciones. Queremos presentarte a algunos jóvenes que podrían encajar.
Beatrice hojeó la carpeta, aturdida. Había todo tipo de información: árboles genealógicos, fotos, expedientes académicos del instituto, e incluso la altura y el peso de cada chico.
—¿Habéis usado vuestra autorización de seguridad para conseguir todo esto?
—¿Qué? No. —El rey parecía escandalizado ante la mera sugerencia de que hubiera abusado de sus privilegios en la Agencia de Seguridad Nacional—. La información nos la han proporcionado de buen grado estos jóvenes y sus familias. Saben dónde se meten.
—Así que ya habéis hablado con ellos —repuso Beatrice, envarada—. ¿Y queréis que mañana por la noche, en el Baile de la Reina, me entreviste con estos... maridos en potencia?
—¡Así dicho suena muy impersonal! —se quejó su madre, que arqueó las cejas para demostrar su disgusto—. Lo único que te pedimos es que charles con ellos, que los conozcas un poco mejor. ¿Quién sabe? Puede que uno de ellos te sorprenda.
—Puede que sí sea como una entrevista —reconoció el rey—. Beatrice, cuando por fin elijas a alguien no será tan solo tu marido, sino también el primer rey consorte de América. Y casarse con la monarca reinante es un trabajo a tiempo completo.
—Un trabajo que no se acaba nunca —añadió la reina.
A través de la ventana, Beatrice oyó carcajadas y parloteo en el Patio de Mármol, y una única voz que luchaba con gallardía por alzarse por encima del estrépito. Seguramente se trataba de la visita guiada de algún colegio, el día antes de las vacaciones de invierno. Aquellos adolescentes no eran mucho menores que ella, y sin embargo Beatrice se sentía a una distancia irrevocable de ellos.
Usó el pulgar para levantar las hojas de la carpeta y después dejarlas caer de nuevo en cascada; en total, se trataba de tan solo una docena de chicos.
—Esta carpeta es bastante fina —comentó en voz baja.
Evidentemente, siempre había sabido que tendría que pescar en un estanque muy pequeño, que sus opciones románticas eran en extremo limitadas. No tanto como hacía cien años, cuando el matrimonio de un rey era un asunto de política pública más que del corazón. Al menos no tendría que casarse para sellar un tratado.
No obstante, parecía mucho pedir que fuera capaz de enamorarse de una de las personas de aquella lista tan corta.
—Tu padre y yo hemos sido muy exhaustivos. Hemos examinado a todos los hijos y nietos de la nobleza antes de reunir estos nombres —respondió su madre en tono amable.
—Tienes unas cuantas opciones estupendas, Beatrice —dijo el rey asintiendo—. Todos los muchachos incluidos en la carpeta son inteligentes, considerados y de buena familia; la clase de hombres que te apoyarán sin dejar que su ego se inmiscuya.
«De buena familia». Beatrice sabía qué significaba aquello. Eran los hijos y los nietos de importantes nobles americanos, aunque solo porque los príncipes extranjeros que rondaban su edad (Nikolaos, Charles de Schleswig-Holstein o el gran duque Pieter) ya habían quedado descartados.
Beatrice miró primero a su madre y después a su padre.
—¿Y si mi futuro marido no está en la lista? ¿Y si no quiero casarme con ninguno de ellos?
—Ni siquiera los conoces todavía —repuso su padre—. Además, a tu madre y a mí nos presentaron nuestros padres, y mira lo bien que ha salido —añadió mirando a la reina a los ojos mientras esbozaba una dulce sonrisa.
La joven asintió, algo más tranquila. Sabía que su padre había elegido a su madre justo así, de una corta lista de opciones aprobadas previamente. Solo se habían reunido una docena de veces antes del día de su boda. Sin embargo, su matrimonio concertado había acabado floreciendo en una auténtica unión por amor.
Intentó considerar la posibilidad de que sus padres estuvieran en lo cierto: de que ella pudiera enamorarse de uno de los jóvenes incluidos en aquella carpeta de tamaño aterrador.
No parecía probable.
Todavía no conocía a aquellos nobles, pero ya se imaginaba cómo eran: la misma clase de chicos mimados y egocéntricos que llevaban años revoloteando a su alrededor. La clase de chicos que había rechazado con mucha precaución en Harvard cada vez que la invitaban a la fiesta de uno de sus exclusivos clubes masculinos o a la fiesta de una fraternidad. La clase de chicos que la miraban y no veían a una persona, sino una corona.
A veces, a Beatrice se le ocurría una idea traidora: que sus padres también la veían así.
El rey apoyó las palmas de las manos en la mesa de reuniones. Sobre la piel bronceada de sus manos brillaban un par de anillos: la sencilla alianza dorada de su boda y, a su lado, el pesado aro que llevaba grabado el Gran Sello de América. Sus dos matrimonios: con la reina y con su país.
—Nuestra esperanza siempre ha sido que te enamores de alguien que, además, sea capaz de hacer frente a las exigencias que vienen aparejadas con esta vida —le dijo el rey—. Alguien que sea la elección adecuada tanto para ti como para América.
Beatrice escuchó el significado implícito: que, si no encontraba a alguien que encajara en ambos papeles, América siempre debía ser lo primero. Más importante que seguir los dictados de su corazón era que se casara con alguien capaz de encargarse de aquel trabajo y hacerlo bien.
Lo cierto era que Beatrice había renunciado a su corazón tiempo atrás. Su vida no le pertenecía, sus elecciones nunca eran del todo suyas; lo había sabido desde niña.
Su abuelo, el rey Edward III, se lo había dicho en su lecho de muerte. El recuerdo permanecería siempre grabado en su cerebro: el olor aséptico del hospital, las luces amarillas fluorescentes, el tono imperioso con el que su abuelo había echado a todo el mundo de la habitación. «Tengo que decirle un par de cosas a Beatrice», había anunciado con aquella voz profunda y aterradora que usaba solo con ella.
El rey moribundo había arropado las manitas de Beatrice en las suyas, ya frágiles.
—Hace mucho tiempo, las monarquías existían para que el pueblo sirviera al monarca. Ahora es el monarca el que debe servir al pueblo. Recuerda que ser una Washington y dedicar tu vida a esta nación es un honor y un privilegio.
Beatrice asintió con aire solemne. Sabía que su deber consistía en poner siempre primero al pueblo; todo el mundo se lo repetía desde que nació. Las palabras «para servir a Dios y el país» estaban pintadas en las paredes de su dormitorio, literalmente.
—A partir de ahora serás dos personas a la vez: Beatrice, la niña, y Beatrice, la heredera de la Corona. Cuando esas dos personas deseen cosas distintas, la Corona debe ganar. Siempre —añadió su abuelo, muy serio—. Júramelo.
Sus dedos se cerraron sobre los de la niña con una fuerza sorprendente.
—Lo juro —había susurrado Beatrice.
No recordaba haber decidido pronunciar aquellas palabras conscientemente; era como si una fuerza mayor que ella, quizás el espíritu de la misma América, se hubiera apoderado de ella por un momento y se las hubiera arrancado del pecho.
Beatrice vivía para honrar aquel juramento sagrado. Siempre había sabido que la decisión a la que se enfrentaba la esperaba en el futuro. Sin embargo, estaba siendo todo tan repentino que se quedó sin aliento: sus padres esperaban que empezara a elegir marido al día siguiente y, además, de entre una lista muy reducida de candidatos.
—Ya sabes que esta vida no es fácil —le dijo el rey con amabilidad—. Que, a menudo, lo que se ve desde fuera no tiene nada que ver con lo que es desde dentro. Beatrice, es esencial que encuentres al compañero adecuado para compartirla. Alguien que te ayude a superar los retos y a disfrutar de los éxitos. Tu madre y yo somos un equipo. No podría haber hecho nada de esto sin ella.
Beatrice tragó saliva para intentar deshacer el nudo de su garganta. Bueno, si necesitaba casarse por el bien de país, bien podía intentar elegir a uno de los chicos aprobados por sus padres.
—¿Queréis que revisemos los candidatos antes de conocerlos mañana? —preguntó al fin, y abrió la carpeta por la primera página.
2
NINA

Nina González subió las escaleras de la parte trasera del aula en dirección a su asiento de siempre, en el palco. Ante ella se extendían los cientos de sillas rojas del auditorio, cada una de ellas con su escritorio de madera integrado. Casi todas estaban ocupadas. Se trataba de Introducción a la Historia Mundial, una clase obligatoria para todos los alumnos de primer año de King’s College: el rey Edward I lo había decretado cuando fundó la universidad en 1828.
Se arremangó su camisa de franela y dejó al descubierto el tatuaje de la muñeca, con sus líneas angulares grabadas en su luminosa piel color siena. Se trataba del carácter chino que significaba «amistad». Samantha había insistido en tatuárselo juntas para celebrar su decimoctavo cumpleaños. Por supuesto, a Sam no podían verla con tatuajes, así que el suyo estaba en un lugar mucho más íntimo.
—Te vienes esta noche, ¿no? —le preguntó su amiga Rachel Greenbaum, sentada en el asiento de al lado.
—¿Esta noche?
Nina se recogió un mechón de su oscura melena detrás de la oreja. Un chico guapo del extremo de la fila la estaba mirando, pero ella no le prestó atención. Se parecía demasiado al joven del que intentaba olvidarse.
—Hemos quedado en la sala común para ver la cobertura del Baile de la Reina. He preparado pasteles de cereza con la receta oficial, la del libro de cocina de los Washington. Incluso he comprado las cerezas en la tienda de regalos de palacio, para que sean auténticas de verdad —añadió, entusiasmada.
—Seguro que están deliciosos.
Aquellos pasteles de cereza eran famosos en todo el mundo: el palacio llevaba varias generaciones sirviéndolos en todas sus fiestas al aire libre y galas. Nina se preguntó qué diría Rachel si supiera lo mucho que los Washington odiaban en secreto aquellos dulces.
Lo cierto era que, para lograr una mayor autenticidad, lo suyo habría sido una barbacoa. O tacos de desayuno. La familia real comía ambas cosas con una frecuencia pasmosa.
—Entonces vienes, ¿no? —insistió Rachel.
—No puedo —respondió Nina procurando parecer compungida—. Me toca turno de noche.
Trabajaba en la biblioteca de la universidad ordenando los libros como parte del programa de ayudas al estudio que financiaba su beca. En cualquier caso, de haber estado libre, tampoco tenía intención de ver el Baile de la Reina por la tele. Había asistido a aquella gala varios años seguidos, y siempre era más o menos lo mismo.
—No sabía que la biblioteca abriera los viernes por la noche.
—Pues deberías venir conmigo. Algunos de los de último curso todavía tienen exámenes finales; a lo mejor conoces a un chico interesante —bromeó Nina.
—Solo tú serías capaz de fantasear con un encuentro romántico en una biblioteca —repuso Rachel negando con la cabeza, antes de dejar escapar un suspiro anhelante—. ¿Qué se pondrá la princesa Beatrice esta noche? ¿Recuerdas el vestido del año pasado, el del escote ilusión? Era muy elegante.
Nina no quería hablar de la familia real, y menos con Rachel, que estaba un poco obsesionada con ella. Una vez le había contado a Nina que le había puesto Jefferson a su carpa dorada... Bueno, a las diez carpas doradas que había tenido. Sin embargo, su profunda lealtad a Samantha la impulsó a preguntar:
—¿Qué me dices de Samantha? También va siempre muy guapa.
Rachel dejó escapar un vago ruidito para expresar su desacuerdo, sin prestar atención a la pregunta. Era una reacción muy típica. El país adoraba a Beatrice, su futura soberana... o, al menos, la mayoría de la gente la adoraba, salvo los grupos machistas y reaccionarios que todavía protestaban contra la Ley de sucesión a la Corona. Esas personas odiaban a Beatrice simplemente por tener la osadía de ser la mujer que heredaría un trono que siempre había pertenecido a los hombres. Constituían una minoría, pero eran agresivos y ruidosos, y siempre troleaban las fotos de Beatrice que aparecían en las redes y la abucheaban en los mítines políticos.
No obstante, si la mayor parte de la nación quería a Beatrice, lo que sentían por Jefferson era una adoración absoluta; a veces parecían dejar escapar un suspiro de amor colectivo. Era el único chico de la familia, y el mundo estaba dispuesto a perdonárselo todo, aunque Nina no.
En cuanto a Samantha... En el mejor de los casos, entretenía a la gente. En el peor, que era bastante frecuente, no aprobaban su comportamiento. El problema era que no la conocían. No como Nina.
Se salvó de responder gracias al profesor Urquhart, que empezó a subir al podio con pasos pesados. Se oyó un revuelo cuando los setecientos estudiantes dejaron de charlar entre murmullos y colocaron sus portátiles ante ellos. Nina, que debía de ser la única persona que todavía tomaba notas a mano, en un cuaderno de espiral, preparó el lápiz sobre una hoja nueva y alzó la vista, expectante. Las motas de polvo flotaban en los haces de luz solar que entraban por las ventanas.
—Como hemos visto durante todo el semestre, las alianzas políticas a finales del siglo XIX solían ser bilaterales y se rompían con facilidad. Por eso, muchas de ellas se sellaban a través de matrimonios —dijo el profesor—. Todo cambió con la creación de la Liga de los Reyes: un tratado entre varias naciones para asegurar la seguridad y la paz colectiva. La Liga se fundó en 1895, con el Acuerdo de París, del que fue anfitrión...
«Luis», terminó Nina la frase para sí. Era la parte más fácil de la historia francesa: sus reyes siempre se llamaban Luis algo, hasta llegar al actual, el rey Luis XXIII. La verdad era que los franceses eran peores con sus Luis que los Washington con sus George.
Copió las palabras del profesor en su libreta mientras deseaba que dejara de hablar de los Washington. Se suponía que la universidad iba a ser borrón y cuenta nueva, una oportunidad para descubrir quién era realmente, libre de la influencia de la familia real.
Nina había sido la mejor amiga de la princesa Samantha desde que eran pequeñas. Se habían conocido hacía ya doce años, cuando entrevistaron a la madre de Nina, Isabella, en palacio. El anterior rey, Edward III, abuelo de Samantha, acababa de fallecer, y el nuevo rey necesitaba un chambelán. Isabella había estado trabajando en la Cámara de Comercio y, de algún modo, por puro milagro, su jefe se la recomendó a su majestad. Porque una no se postulaba para un trabajo en palacio, sino que en palacio elaboraban una lista de candidatos y, si eras una de las pocas afortunadas, eran ellos los que iban a buscarte.
La tarde de la entrevista, la otra madre de Nina, Julie, estaba fuera de la ciudad, y la niñera habitual canceló su cita en el último momento, de modo que mamá Isabella no tuvo más remedio que llevarse a Nina con ella. «Quédate aquí», le pidió, y la llevó hasta un banco en un pasillo de la planta baja.
A Nina la sorprendió que a su madre la entrevistaran en el palacio de verdad, pero, como averiguaría después, el Palacio de Washington no eran tan solo el hogar de la familia real en la capital, sino también el centro administrativo de la Corona. De las seiscientas habitaciones del edificio, casi todas eran despachos o espacios públicos. Los aposentos privados de la planta de arriba estaban marcados con pomos ovalados, en vez de redondos, como los de abajo.
Nina se sentó con los pies debajo del cuerpo y, sin hacer ruido, abrió el libro que había llevado consigo.
—¿Qué estás leyendo?
Un rostro coronado por una montaña de cabello castaño se asomaba por una esquina. Nina reconoció a la princesa de inmediato. Samantha, aunque no parecía una princesa con sus leggins de estampado de cebra y su vestido de lentejuelas. Tenía las uñas pintadas como un arcoíris, cada una de un color primario.
—Pues...
Nina escondió la cubierta en su regazo. El libro era sobre una princesa, aunque imaginaria, pero era raro confesárselo a una de verdad.
—Mi hermano pequeño y yo estamos leyendo una serie sobre dragones —le dijo Samantha, y ladeó la cabeza—. ¿Lo has visto? No lo encuentro.
—Pensaba que erais mellizos —dijo sin poder evitarlo, tras negar con la cabeza.
—Sí, pero yo soy cuatro minutos mayor, lo que convierte a Jeff en mi hermano pequeño —contestó Samantha con una lógica irrefutable—. ¿Quieres ayudarme a buscarlo?
La princesa era una tormenta de energía cinética que saltaba por los pasillos y no dejaba de abrir puertas ni de asomarse detrás de los muebles en busca de su mellizo. Mientras tanto, soltaba una interminable retahíla de palabras, su propia visita guiada de los grandes éxitos del palacio.
—Esta habitación está poseída por el fantasma de la reina Thérèse. Sé que es ella porque el fantasma habla francés —anunció en tono lúgubre mientras señalaba al salón de abajo, que estaba cerrado—. Antes patinaba por estos pasillos, hasta que mi padre me pilló y me dijo que no podía hacerlo. Beatrice también lo hacía, pero no importa lo que haga ella. —No sonaba resentida, sino pensativa—. Algún día será reina.
—¿Y qué serás tú? —le preguntó Nina, curiosa.
—Todo lo demás —respondió Samantha sonriendo.
Condujo a Nina de un lugar increíble a otro, a través de almacenes llenos de servilletas de lino planchadas a una cocina del tamaño de un salón de baile en la que el chef les dio unas galletas que sacó de un tarro pintado de azul. La princesa le dio un bocado a la suya, pero Nina se la guardó en un bolsillo. Era demasiado bonita para comérsela.
Cuando regresaban al banco, a Nina le sorprendió ver que su madre bajaba por el pasillo charlando tranquilamente con el rey. Sus ojos dieron con Nina, que se quedó paralizada.
El rey sonrió, una sonrisa genial, infantil, que le iluminaba la mirada.
—Bueno, ¿a quién tenemos aquí?
Nina no había conocido nunca a un rey, pero un instinto espontáneo (puede que por haberlo visto tantas veces en la televisión) la impulsó a hacerle una reverencia.
—Esta es mi hija, Nina —murmuró Isabella.
Samantha trotó hasta su padre y le tiró de la mano.
—Papá, ¿puede volver Nina otro día? —le suplicó.
El rey volvió su cálida mirada hacia la madre de Nina.
—Samantha tiene razón. Espero que traiga a Nina por las tardes. Al fin y al cabo, nuestra jornada laboral no es corta.
—¿Majestad? —preguntó Isabella, sorprendida.
—Está claro que las niñas se llevan bien, y sé que su esposa también está muy ocupada. ¿Por qué dejar a Nina en casa con una niñera cuando puede venirse con usted?
Nina era demasiado pequeña para comprender la vacilación de Isabella.
—Ay, sí, mamá, por favor —intervino, la viva imagen del anhelo, así que Isabella cedió, suspirando.
Y, sin más, Nina acabó metida en las vidas de los mellizos reales.
Se convirtieron al instante en un trío: el príncipe, la princesa y la hija de la chambelana. Por aquel entonces, Nina ni siquiera se sentía cohibida por las diferencias entre su vida y la de Samantha. Porque, aunque fueran mellizos y realeza, Jeff y Sam jamás la hicieron sentir fuera de lugar. Si acaso, a los tres se los excluía por igual del mundo glamuroso e inaccesible de los adultos, incluso del de Beatrice, que, a sus diez años, ya tenía que recibir clases privadas que se sumaban a las asignaturas de la escuela.
Sam y Jeff siempre eran los instigadores de sus planes, mientras que Nina intentaba, sin éxito, evitar que se desmadraran. Se escapaban de la niñera de los mellizos y montaban alguna escapada: a nadar a la piscina climatizada interior o a buscar las habitaciones seguras y refugios antiaéreos sobre cuya existencia se rumoreaba y que, supuestamente, estaban repartidos por el palacio. Una vez, Samantha los convenció para ocultarse bajo un mantel y escuchar a escondidas una reunión privada entre el rey y el embajador austriaco. Los descubrieron al cabo de un par de minutos, cuando Jeff tiró de la tela y tumbó una jarra de agua, pero, para entonces, Samantha ya había pringado de miel el zapato del embajador. «Si no quieres mancharte los zapatos de miel, no te los quites debajo de la mesa», diría después con un brillo malicioso en los ojos.
El hecho de que la amistad de Samantha y Nina hubiera sobrevivido a lo largo de tantos años era fiel reflejo de la tozudez de la princesa. Se negaba a permitir que la vida las separase, a pesar de asistir a distintos colegios e incluso después de que la madre de Nina dejara su puesto como chambelana y fuera nombrada ministra de Hacienda. Samantha seguía invitando a Nina a palacio para fiestas de pijamas o a las casas de vacaciones de los Washington para pasar los fines de semana festivos o como su acompañante para los distintos acontecimientos oficiales.
Las madres de Nina tenían sentimientos encontrados sobre la amistad de su hija con la princesa.
Isabella y Julie se habían conocido hacía años, durante sus posgrados, y ahora eran una de las parejas más poderosas de la capital: Isabella trabajaba como ministra de Hacienda, mientras que Julie era la fundadora de un exitoso negocio de comercio electrónico. No discutían a menudo, pero la complicada relación de Nina con los Washington era algo en lo que nunca se ponían de acuerdo.
—No podemos permitir que Nina vaya a ese viaje —había protestado Isabella después de que Samantha invitara a la niña a la casa de la playa en la que veraneaba la familia real—. No quiero que pase demasiado tiempo con ellos, y menos cuando no estamos nosotras.
Nina aguzó el oído para escucharlas, puesto que sus voces rebotaban a través de las anticuadas tuberías de calefacción del edificio. Ella estaba en su dormitorio de la segunda planta, bajo el desván. No pretendía espiarlas, pero tampoco les había confesado nunca lo bien que las oía cuando hablaban en el salón, que se encontraba justo debajo.
—¿Por qué no? —había contestado Julie con la voz distorsionada por los viejos tubos de metal.
—¡Porque me preocupo por ella! El mundo en el que habitan los Washington, con sus aviones privados, sus galas en la corte y su protocolo..., no es la realidad. Y por muy a menudo que la inviten o por mucho que le guste a la princesa Samantha, Nina jamás será una de ellos. —La madre de Nina suspiró—. No quiero que se sienta como la parienta pobre de una novela de Jane Austen.
Nina se acercó más a la pared para oír la respuesta.
—La princesa siempre ha sido una buena amiga —protestó su madre—. Y tú deberías tener un poquito más de fe en la forma en que la hemos educado. De hecho, creo que Nina será una influencia positiva para Samantha y que le recordará lo que existe fuera de las puertas de ese palacio. Es probable que la princesa necesite una amiga normal.
Al final, las dos habían decidido dejarla ir, con la condición de que se mantuviera alejada del ojo público y que la prensa jamás la citara ni fotografiara en su cobertura de la familia real. El palacio había accedido de buena gana. Tampoco les gustaba demasiado que los medios se centraran en la princesa Samantha.
Cuando empezaron en el instituto, Nina ya se había acostumbrado a los excéntricos planes de su mejor amiga y a su contagioso entusiasmo. «¡Vamos a sacar a Albert de paseo!», le decía Sam en un mensaje de texto, puesto que así era como había bautizado al jeep amarillo limón que había suplicado a sus padres como regalo para su decimosexto cumpleaños. Tenía el coche, pero no dejaba de suspender la parte de aparcar en paralelo del examen de conducir, así que todavía no tenía el carné. Lo que significaba que Nina acababa conduciendo aquel horrendo todoterreno amarillo por toda la capital, mientras Samantha se sentaba en el asiento del copiloto, con las piernas cruzadas, y le imploraba que se pasara por un McDonald’s. Al cabo de un tiempo, a Nina dejó de molestarle el guardaespaldas que les lanzaba miradas asesinas desde el asiento de atrás.
Sam le ponía demasiado fácil olvidarse de las innumerables diferencias que las separaban. Y Nina la quería incondicionalmente, igual que habría querido a una hermana de haberla tenido. El problema es que su hermana resultaba ser la princesa de América.
No obstante, su relación había sufrido un sutil cambio a lo largo de los últimos seis meses. Nina nunca le había contado a Sam lo sucedido la noche de la fiesta de graduación... Y, cuanto más lo guardaba en secreto, mayor parecía la distancia que se abría entre ellas. Después, Sam y Jeff se marcharon en su viaje relámpago posgraduación, y Nina empezó su primer año de universidad; y quizá fuera lo mejor. Era su oportunidad de adaptarse a una vida más normal, una sin aviones privados, galas en la corte y el protocolo que tanto preocupaban a Isabella. Podía volver a ser una chica normal en el mundo real.
Nina no le había contado a nadie de King’s College que Samantha era su mejor amiga. Lo más probable era que pensaran que era una mentirosa o, si la creían, quizá la intentaran usar para aprovecharse de sus contactos. No sabía cuál de las dos cosas era peor.
El profesor Urquhart apagó el micrófono, dando por concluida la clase. Empezó el murmullo de las conversaciones en voz baja y los portátiles al cerrarse. Nina garabateó unas cuantas notas más en su cuaderno antes de meterlo en la bandolera y seguir a Rachel escaleras abajo hasta salir al patio.
Unas cuantas chicas de su pasillo se les unieron, todas hablando con emoción de la fiesta para ver el Baile de la Reina. Dirigieron sus pasos al centro de estudiantes, donde todo el mundo solía comer después de clase, pero Nina frenó el ritmo.
Le había llamado la atención un movimiento cerca de la calle: un coche negro estaba aparcado junto a la acera, con el motor encendido. Apoyada en
