El cazador (Inspector Joona Linna 6)

Lars Kepler

Fragmento

cap-1

 

Es de madrugada y la lisa superficie del mar de la ensenada brilla como acero pulido. Las mansiones lujosas disfrutan al unísono del letargo en la noche, si bien el fulgor de piscinas y jardines atraviesa las altas vallas y el follaje.

Un hombre borracho camina por la carretera que bordea la costa con una botella de vino en la mano. Se detiene delante de una casa blanca cuya extensa fachada de cristal está orientada a la bahía. Coloca la botella con gran cuidado en medio de la carretera, cruza la zanja, trepa por la verja de hierro negro y se introduce en la finca.

El hombre camina dando tumbos por el césped, se detiene apenas en equilibrio y mira fijamente las grandes ventanas, el reflejo de la iluminación del porche y las formas imprecisas de los muebles del interior.

Prosigue hacia la casa, saluda con la mano a un enano de jardín de porcelana de medio metro de altura, rodea una valla, tropieza con la madera del porche y se golpea en una rodilla, pero se sobrepone y consigue mantenerse en pie.

El agua de la piscina brilla como un lingote de cristal azul claro.

El hombre se sitúa con piernas inseguras junto al bordillo, se baja la cremallera y comienza a orinar en la piscina, a continuación se vuelve tambaleante hacia los muebles de jardín color azul marino y deja que la orina fluya sobre los cojines, los sillones y la mesa redonda.

La orina humea en el aire fresco.

Se sube la cremallera y observa a un conejo blanco que corretea por la hierba y desaparece bajo un arbusto.

Sonriendo, se encamina de regreso hacia la casa, pasa ante la puerta del porche, se apoya contra la valla, se aleja de nuevo por el césped, se detiene y da media vuelta.

Su brumoso cerebro intenta comprender qué es lo que ha visto.

Un hombre vestido de negro con un rostro de forma extraña que lo miraba fijamente.

O bien la persona estaba en el interior de la casa, a oscuras, o bien se encontraba en el exterior y lo miraba a través del reflejo.

cap-2

1

 

 

Viernes, 26 de agosto

La llovizna cae lenta en la penumbra del cielo. Un halo mate engrandece los edificios hasta treinta metros por encima de sus tejados. No hace viento y la luz de las gotas forma casi una esfera de niebla sobre todo Djursholm.

Junto a las aguas quietas de Germaniaviken se levanta una impresionante mansión.

Y ahora, en su interior, una joven se pasea en tensión, como un animal, por el suelo barnizado y la alfombra iraní.

Se llama Sofia Stefansson.

La inquietud hace que se fije en cada detalle.

Sobre el reposabrazos del sofá descansa un control remoto. Alguien ha liado una cinta autoadhesiva a su alrededor para mantener la tapa de las pilas en su sitio. Sobre la mesa se observan pequeñas huellas circulares de vasos. Una tirita vieja se ha enganchado a los largos flecos de la gran alfombra.

Sofia nota cómo el suelo cruje a su paso, como si alguien la siguiera por la habitación.

Las salpicaduras del húmedo camino de piedra son visibles en los zapatos de tacón y sus musculosas pantorrillas. Sus piernas todavía siguen estando en forma a pesar de que hace dos años que ha dejado de jugar al fútbol.

Sofia oculta en la mano el espray de gas lacrimógeno al hombre que la está esperando. Se repite a sí misma que ha sido ella la que ha elegido la situación, que todo está bajo control y que es ahí donde quiere estar.

El hombre que le ha abierto la puerta está de pie junto a un sillón y la sigue descaradamente con la mirada.

Las facciones de Sofia son simétricas. Muestra una redondez juvenil sobre las mejillas. Lleva puesto un vestido azul con los hombros al descubierto. Una hilera de pequeños botones forrados lo abrochan en cascada desde el cuello hacia abajo, hasta entre los pechos. Un pequeño corazón de oro se balancea en su cuello al ritmo de su pulso acelerado.

Ella sabe que puede excusarse y explicar que no se encuentra bien, que tiene que irse a casa. Tal vez él se irrite, pero lo aceptará.

El hombre del sillón la observa con una voracidad lúgubre que hace que el miedo revolotee en su estómago.

De repente tiene la sensación de haberlo visto antes; quizá se trate de un alto directivo con el que ha coincidido en alguna oficina o del padre de alguna antigua compañera de clase.

Sofia se detiene algo alejada de él, sonríe y siente el acelerado latido de su corazón. Su idea es mantener la distancia mientras decide si le convencen su voz y sus movimientos.

La mano de él, que aferra el respaldo del sillón, no muestra signos de violencia, tiene las uñas bien cuidadas y la sencilla alianza está rayada por un largo matrimonio.

—Bonita casa —dice ella, y aparta del rostro un mechón rebelde de pelo.

—Gracias —responde él, y suelta el respaldo del sillón.

No puede tener mucho más de cincuenta años, pero se mueve con una pesada tristeza, como un viejo en su viejo hogar.

—¿Has venido en taxi? —pregunta él, y traga saliva.

—Sí —responde ella.

Vuelve a hacerse un silencio, con delicado sonido resuenan dos campanadas en el reloj de péndulo de la habitación contigua.

Un polvo rojo azafrán cae silencioso de una azucena en flor en un jarrón.

Desde edad muy temprana, Sofia se dio cuenta de que le excitaban las situaciones con una alta carga sexual. Le gustaba sentirse deseada, la sensación de ser la elegida, pero nunca se había enamorado realmente de nadie.

—¿No nos hemos visto antes? —pregunta.

—No lo habría olvidado —responde él, y sonríe sin alegría.

El cabello rubio canoso del hombre es lacio, está peinado hacia atrás. La cara flácida se ve algo brillante, y una profunda arruga cruza su frente.

—¿Coleccionas obras de arte? —pregunta Sofia, y señala hacia la pared con la cabeza.

—Me interesa el arte.

Sus ojos claros la miran desde detrás de unas gafas con montura de concha. Ella se da media vuelta, oculta el pequeño espray de gas lacrimógeno en el bolso y a continuación se acerca a un gran cuadro de marco dorado.

Él la sigue, se detiene demasiado cerca y respira por la nariz. Sofia da un respingo cuando el hombre levanta la mano derecha para señalar.

—Siglo XIX… Carl Gustaf Hellqvist —instruye él—. Murió joven, tuvo una vida difícil, mucho dolor y electroshocks… pero fue un magnífico artista.

—Fascinante —responde ella en voz baja.

—Me gusta ese cuadro —dice el hombre, y se dirige al comedor.

Sofia lo sigue con la extraña sensación de estar siendo atraída poco a poco hacia una trampa, como si una portezuela se cerrara tras ella con plácida lentitud, el gran engranaje diera vueltas, y el camino de huida se redujese centímetro a centímetro.

La enorme sala con hileras de ventanas con parteluces que dan al mar está amueblada con tresillos caprichosos y armarios relucientes.

Ve que en el borde de la mesa ovalada del comedor hay dos copas de vino tinto.

—¿Puedo invitarte a una copa de vino? —pregunta él, y se gira de nuevo hacia ella.

—Prefiero blanco, si tienes —responde ella, temiendo que pretenda drogarla.

—¿Champán? —dice él sin apartar la mirada.

—Me encantaría —responde ella.

—Que sea champán, entonces.

Cuando llegas a casa de un completo desconocido, te sientes encoger de algún modo, pues cada habitación puede ser una mazmorra, cada objeto, un arma.

Sofia prefiere los hoteles, porque siempre cabe la posibilidad de que alguien la oiga si pide ayuda.

Mientras lo sigue hacia la cocina, oye un sonido extraño y agudo. No consigue situarlo. El hombre no parece haber oído nada, pero ella se detiene, dirige la mirada hacia la oscura ventana y está a punto de decir algo cuando de repente se oye un chasquido, como si un trozo de hielo se agrietara en un vaso.

—¿Estás seguro de que no hay nadie en casa? —pregunta.

Piensa que si sucede algo se puede quitar los zapatos y correr hacia la puerta principal. Seguramente es mucho más ágil que él, y si no se para a recoger el abrigo de la percha tendrá tiempo de sobra para salir.

Sofia espera en la puerta de la cocina mientras el hombre saca una botella de Bollinger de una vinoteca. La descorcha y llena dos delgadas copas de champán, espera a que baje la espuma y las llena un poco más antes de acercarse a ella.

cap-3

2

Sofia prueba el champán, siente el buqué propagarse por la boca y oye el ligero rumor de las burbujas en la copa. Algo hace que de nuevo dirija la mirada hacia la hilera de ventanas de la cocina. Tal vez se trate de un venado, piensa. Fuera está oscuro. En el reflejo, ve la cocina de contornos definidos y la espalda del hombre. La superficie lisa de la encimera, el bloque de madera para los cuchillos y el cuenco con limones.

El hombre alza la copa de nuevo, bebe y su mano tiembla levemente cuando hace un gesto hacia ella.

—Desabróchate un poco el vestido —dice en voz baja.

Sofia vacía la copa, ve el rastro de su pintalabios en el borde y la deja sobre la mesa antes de soltar con suavidad el primer botón del pequeño ojal.

—¿Llevas sujetador? —dice él.

—Sí —responde ella, y se desabrocha el segundo botón.

—¿De qué talla?

—Sesenta C.

El hombre se queda donde está y la observa con una sonrisa, y Sofia siente cómo le pican las axilas debido al sudor incipiente.

—¿Qué clase de bragas llevas?

—De seda azul claro.

—¿Puedo verlas?

Ella duda y él se da cuenta.

—Disculpa —se apresura a decir él—. Soy demasiado directo, ¿verdad?

—Primero deberíamos arreglar el asunto económico —dice ella, e intenta sonar firme y natural.

—Comprendo —dice él finalmente.

—Es mejor empezar con…

—Te pagaré —la interrumpe con un toque de irritación en la voz.

Por lo general, cuando está con sus clientes habituales, todo es más sencillo, a veces incluso resulta agradable, pero los clientes nuevos la ponen bastante nerviosa. Empieza a pensar en todo lo que puede ocurrir, cavila sobre cosas que le han sucedido, como el padre de dos niños de Täby que la mordió en el cuello y la encerró en un garaje.

Sofia se anuncia en Rosa sidan (Página rosa) y Stockholmstjejer.se (Chicas de Estocolmo). La mayoría de los hombres que se ponen en contacto con ella son poco amenazadores. Mucho lenguaje soez, promesas de sexo maravilloso y amenazas de violencia y castigo.

Y siempre hace caso de su instinto cuando inicia una correspondencia con alguien nuevo. En este caso en particular, los mensajes estaban bien escritos, eran muy directos, pero no irrespetuosos. Dijo que se llamaba Wille, tenía un número de teléfono secreto y una elegante dirección.

En su tercer correo electrónico explicaba qué deseaba hacer con ella y cuánto estaba dispuesto a pagar.

Ella lo percibió como una advertencia.

Si suena demasiado bien entonces hay algo que no cuadra. No hay boletos ganadores circulando por este mundo y aun cuando los hubiera, es mejor perder un negocio fantástico que exponerse a que le pase algo.

Sin embargo, ahora está ahí.

El hombre regresa y le tiende un sobre. Ella cuenta el dinero deprisa y lo guarda en el bolso.

—¿Es suficiente para que me enseñes las bragas? —dice.

Ella sonríe abiertamente, sujeta suavemente el vestido con ambas manos y lo levanta despacio sobre las rodillas. El dobladillo roza el nailon de las medias al subir por los muslos y Sofia se detiene un momento y lo mira.

Él no le devuelve la mirada, mira fijamente abajo, entre sus piernas, mientras ella levanta poco a poco el vestido hasta la cintura. Bajo los pantis color carne, la seda de las bragas brilla como el nácar.

—¿Estás rasurada? —pregunta con la voz un poco ronca.

—Depilada a la cera.

—¿Por completo?

—Sí —responde lacónica.

—Eso debe de doler, ¿no? —inquiere interesado.

—Una se acostumbra —asiente ella con la cabeza.

—Eso ocurre con muchas cosas en la vida —susurra él.

Sofia deja caer el vestido y mientras alisa la tela sobre los muslos intenta eliminar el sudor de sus manos.

Aunque ya tiene su dinero, comienza a sentirse nerviosa de nuevo.

Seguramente es porque le ha dado demasiado.

Le ha pagado cinco veces más que ningún otro cliente antes.

En el correo electrónico había explicado que pagaba de más por la discreción y por sus deseos especiales, pero esto está muy por encima de lo razonable.

Cuando le escribió y le contó qué deseaba, no le había parecido tan peligroso.

Sofia recuerda a un hombre de mirada inquieta que se puso la ropa interior de su madre y quería que ella le pateara la entrepierna. Pagó para que orinara sobre él mientras yacía en el suelo llorando de dolor, pero ella no pudo, se limitó a coger el dinero y se largó.

—La gente se excita de diferentes maneras —dice Wille, sonriendo algo abochornado—. No se puede obligar a nadie… Quiero decir que hay cosas por las que es evidente que hay que pagar. No cuento con que te guste lo que haces.

—Depende, pero si el hombre es cariñoso puedo llegar a disfrutar —miente ella.

Evidentemente, en su anuncio Sofia promete discreción total, pero tiene, no obstante, una medida de seguridad. En su casa guarda un diario donde escribe el nombre y la dirección de la persona a la que tiene que ver, de forma que si desapareciera pudieran rastrearla.

Además, Tamara estuvo con Wille una vez justo antes de abandonar el mundo de las escort, casarse y mudarse a Gotemburgo. Sofia sabe que si él se hubiera portado mal, Tamara habría puesto un aviso en el foro de trabajadoras sexuales.

—Espero que no pienses que soy desagradable y repugnante —dice el hombre, y se acerca un paso a ella—. Quiero decir, tú eres increíblemente guapa y joven… yo sé la pinta que tengo. No estaba nada mal cuando tenía tu edad, pero…

—Ahora no estás nada mal —asegura ella.

Sofia piensa en todas las veces que ha oído decir a la gente que una escort tiene que ser como una especie de psicólogo, pero la mayoría de los hombres que ha conocido no hablan de nada personal.

—¿Subimos al dormitorio? —pregunta con tono desenfadado el hombre que se hace llamar Wille.

cap-4

3

Mientras lo sigue por las anchas escaleras de madera Sofia siente ganas de orinar. Unas finas tiras de latón fijan la delicada moqueta en cada peldaño. La luz de la gran araña del techo se refleja en la barandilla barnizada.

Al principio, Sofia pensó en aceptar solamente a clientes exclusivos, aquellos que están dispuestos a pagar grandes sumas por una noche entera, aquellos que desean tener compañía en una fiesta o un viaje.

Durante los tres años que lleva haciendo algunos trabajos extra como escort, ha tenido una veintena de veladas de ese tipo, pero la mayoría de sus clientes lo que desean es que se la chupen después del trabajo, antes de reunirse con sus familias.

El dormitorio principal es luminoso y está dominado por una enorme cama de matrimonio con bonitas sábanas de seda gris.

En el lado de la esposa hay una novela de Lena Andersson y un bote de una exclusiva crema de manos y en el lado de Wille hay un iPad con el vidrio oscuro cubierto de huellas.

Él le muestra las correas de cuero negro que ha preparado alrededor de los postes de la cama. Sofia ve que no son del todo nuevas, los pliegues están algo agrietados y el color ha empezado a desvaírse.

De pronto la habitación tiembla y da un par de vueltas. Sofia mira al hombre, pero este parece indiferente.

En la comisura de los labios tiene restos de pasta de dientes o Almax.

Se oye un crujido en la escalera y él dirige la mirada hacia el pasillo antes de volver a mirarla.

—Tengo que confiar en que me soltarás cuando yo quiera —explica el hombre mientras se desabrocha la camisa—. Tengo que estar seguro de que no intentarás robarme o te largarás ahora que ya tienes tu dinero.

—Por supuesto —responde ella.

El pecho de él está cubierto de un vello claro y se nota que intenta esconder la barriga cuando ella lo mira.

Sofia piensa que le pedirá usar el cuarto de baño cuando esté atado. Se accede desde el dormitorio. La puerta está entornada y en el espejo puede ver la ducha con una pared de mosaicos dorados al fondo.

—Quiero que me ates y te tomes tu tiempo, no me gusta la violencia, ni la coacción —explica él.

Sofia asiente y se quita los zapatos, vuelve a notar un ligero mareo al enderezar la espalda y lo mira un momento a los ojos antes de levantar el vestido hasta el ombligo. Crepita a causa de la electricidad estática. Introduce los pulgares bajo la tirilla de los pantis y se los baja. Desaparece la sensación de presión alrededor de los muslos y el delgado tejido se arruga en torno a las pantorrillas.

—¿Tal vez prefieras que yo te ate a ti? —pregunta él, y sonríe a causa de la ocurrencia.

—No, gracias —responde Sofia, y empieza a desabotonarse el vestido.

—Es bastante agradable —bromea, y tira un poco de una de las correas.

—No hago esas cosas —explica ella amablemente.

—Nunca lo he probado al revés… Si lo haces podría doblar la cantidad. —Y ríe como si la ocurrencia lo sorprendiera y excitara.

Le está ofreciendo más dinero del que puede ganar en dos meses, pero tumbarse y dejar que la aten es demasiado peligroso.

—¿Qué te parece? —sonríe él.

—No —responde Sofia, y siente, al mismo tiempo, pesar y alivio.

—De acuerdo —dice él, y suelta la correa.

La hebilla tintinea cuando la correa se balancea contra el poste de la cama.

—¿Quieres que me desnude del todo?

—Espera un poco —responde, y la observa con mirada escrutadora.

—¿Puedo utilizar el cuarto de baño?

—Enseguida —dice él, y suena como si intentara apaciguar su respiración.

Sofia siente los labios extrañamente fríos. Cuando alza una mano y se palpa la boca ve cómo él esboza una amplia sonrisa.

Se acerca a ella, sujeta su barbilla, la agarra con fuerza y después le escupe directamente en la cara.

—¿Qué haces? —pregunta ella, y siente un repentino mareo cruzar su cerebro.

De repente, sus piernas se doblan y cae con tal fuerza en el suelo que se muerde la lengua. Se vuelve de costado, siente que la boca se le llena de sangre y ve que el hombre está encima de ella, desabrochándose los pantalones de pana.

Sofia no tiene fuerzas para arrastrarse. Descansa la mejilla contra el suelo y ve una mosca muerta entre el polvo debajo de la cama. Su corazón late con tal fuerza que retumba en sus oídos. De alguna manera, comprende que la han drogado.

—No lo hagas —jadea, y después cierra los ojos.

Antes de perder el conocimiento, se da cuenta de que aquel hombre podría estar a punto de asesinarla y que quizá esos sean sus últimos momentos de vida.

cap-5

4

Sofia se despierta tosiendo de un sueño en el que se ahoga e inmediatamente comprende dónde se encuentra. Está atada a la cama en la casa de un hombre que se hace llamar Wille. Yace sobre la espalda, sujeta a unas correas de cuero. La ha atado con tal fuerza que siente que los músculos de brazos y piernas están demasiado tirantes, le arden las muñecas y tiene los dedos helados.

Nota la boca completamente seca, ha dejado de sangrar por la lengua, pero la siente hinchada y le duele.

El vestido se ha levantado hasta la cintura porque la ha forzado a separar los muslos.

Esto no puede estar pasando, piensa.

Él había previsto todas sus reacciones y, por adelantado, había puesto la droga en una de las copas de champán del armario.

Sofia oye una voz desde una habitación contigua, se trata de una conversación en tono profesional, un jefe hablando.

Intenta alzar la cabeza y mirar por la ventana, comprobar si es de día o de noche, pero no lo consigue, le duelen demasiado los brazos.

Y está pensando que no tiene ni idea del tiempo que lleva ahí tumbada cuando él entra en el dormitorio.

El miedo se derrama en el corazón de Sofia como si fuera un veneno. Siente cómo el pánico le sube a la cabeza, hace que la garganta se le cierre y el pulso retumbe.

Ha ocurrido lo que no debía ocurrir.

Trata de tranquilizarse, piensa que tiene que intentar dialogar, hacerle comprender que ha elegido a la chica equivocada, y que no dirá nada si la suelta de inmediato.

Sofia se promete a sí misma que dejará de trabajar como escort, ya lleva haciendo aquello demasiado tiempo, además, solo se gasta el dinero en cosas inútiles.

El hombre la mira con la misma hambre que antes. Ella intenta mostrar un rostro tranquilo y piensa que desde un primer momento ha sabido que había algo raro. Pero en lugar de dar media vuelta y largarse de allí, no ha hecho caso a su instinto. Ha cometido un error catastrófico y se ha comportado como una heroinómana desesperada.

—Dije que no quería esto —dice ella con serenidad.

—Sí —sonríe el hombre vacilante, y deja que su mirada recorra su cuerpo.

—Conozco a chicas a las que les gusta. Si quieres, te puedo conseguir un contacto.

Él no responde, se limita a respirar ruidosamente por la nariz y se sitúa a los pies de la cama entre sus piernas. Ella comienza a sudar por todo el cuerpo y se prepara para la agresividad y el dolor.

—Esto es una agresión, lo entiendes, ¿verdad?

Tampoco ahora responde, solo empuja las gafas hacia arriba sobre el puente de la nariz y la observa interesado.

—Esto me resulta desagradable y ofensivo —comienza de nuevo Sofia, pero guarda silencio cuando su voz empieza a temblar.

Se obliga a controlar la respiración, no debe parecer asustada, no debe rogar. ¿Qué habría hecho Tamara? Visualiza el rostro pecoso de su amiga, la sonrisita burlona, la dureza de sus ojos.

—Tengo tus datos en un diario en mi apartamento —dice Sofia, y lo mira a los ojos.

—¿Qué datos? —pregunta él, imperturbable.

—Tu nombre, que seguro que es falso, pero está esta dirección, tu correo electrónico, la hora de la cita…

—Ahora ya lo sé —asiente él.

El colchón oscila cuando el hombre comienza a arrastrarse hacia ella por encima de la cama. Se detiene balanceándose entre sus muslos, sujeta sus bragas y tira de ellas. Las costuras se agrietan sin llegar a romperse y el hombro le duele como si lo hubieran sacado de su sitio.

El hombre vuelve a tirar con ambas manos. Le escuece cuando las bragas hienden las caderas, pero las costuras del elástico resisten.

Susurra algo para sí mismo, luego la deja en la cama.

El colchón vuelve a oscilar y Sofia siente que se le acalambran los músculos del muslo.

De pronto, el recuerdo de un entrenamiento de fútbol le viene a la mente, la tensión que notaba en la pantorrilla antes de tener un calambre cuando intentaba quitarse los terrones de hierba de entre los tacos.

Los rostros rubicundos y cálidos de sus compañeras. El suelo de madera que crujía en el vestuario, el olor a sudor, linimento y desodorante.

¿Cómo puede estar sucediendo esto? ¿Cómo ha podido acabar ahí?

Sofia trata de no llorar, siente que si muestra lo asustada que está habrá llegado su hora.

El hombre regresa con unas tijeras de uñas, corta las bragas por ambos lados y se las quita.

—A muchas les va el bondage —dice Sofia—. Conozco…

—No quiero chicas a las que les vaya —la interrumpe él, y tira las bragas a un lado sobre la cama.

—Quiero decir que hay chicas que consienten que las aten —dice.

—No deberías haber venido —constata él lacónico.

Sofia ya no puede contenerse más y rompe a llorar. El pánico hace que tense la espalda y tire de las correas de forma que la piel se rasgue y la sangre corra en pequeños regueros por el antebrazo derecho.

—No lo hagas —le ruega hipando.

El hombre se quita la camisa, la tira al suelo, se baja un poco los pantalones y se enfunda un condón en su sexo medio erecto.

Se arrodilla en la cama y cuando le introduce los restos de las bragas en la boca ella nota el olor a goma de sus dedos. Siente arcadas y está a punto de vomitar. Tiene la lengua completamente seca y las lágrimas corren por sus mejillas. El hombre aprieta uno de sus pechos por encima del vestido y se tumba sobre ella.

Sofia se orina a causa del miedo, y el cálido flujo se extiende por debajo de su cuerpo.

Cuando él intenta penetrarla, se sacude hacia un lado y lo empuja con la cadera.

Una gota de sudor cae de la punta de la nariz de él sobre la frente de ella.

Él la coge del cuello con una mano, la mira con ojos brillantes, le aprieta la garganta y se tumba encima de ella. El peso del hombre hace que Sofia se hunda más en el colchón y los muslos se separan aún más. Siente una quemazón alrededor de los tobillos y los postes de la cama crujen.

Trata desesperadamente de respirar, echa la cabeza a un lado y consigue introducir un poco de aire en los pulmones por la nariz.

Él aprieta la garganta con más fuerza y unos puntos se agitan ante sus ojos. La habitación se oscurece y siente al mismo tiempo cómo él intenta penetrarla. Sofia lucha por darse la vuelta, pero es inútil, sucederá de todos modos. No puede permanecer en su propio cuerpo, tiene que pensar en otra cosa, tiene que desaparecer por completo. Los recuerdos empiezan a aparecer como destellos en su mente, las tardes gélidas en el gran campo de juego, la respiración entrecortada, la nube de vaho en torno a la boca, el silencio del lago y la vieja escuela de Bollstanäs.

El entrenador señala la pelota, toca el silbato y se hace un silencio.

De pronto, la mano que la sujeta del cuello ya no está. Sofia escupe las bragas y aspira con fuerza, pestañeando, mientras oye una melodía mecánica.

El hombre vuelve a ponerse de rodillas, mientras ella jadea, con el rostro sofocado.

Alguien llama a la puerta principal.

Él la agarra de la barbilla, la obliga a abrir la boca y vuelve a meterle las bragas. Sofia siente náuseas, respira por la nariz, no puede tragar.

Llaman a la puerta una segunda vez.

El hombre le escupe y se levanta de la cama, se abrocha los pantalones y recoge la camisa al salir.

Tan pronto como desaparece por la puerta Sofia tira de la mano derecha tan fuerte como puede, sin pensar en las consecuencias ni el dolor.

Siente un terrible dolor cuando la mano se libera de la correa.

Las bragas le impiden gritar a los cuatro vientos.

Le retumba la cabeza, está a punto de desmayarse y le tiembla todo el cuerpo a causa del dolor. Quizá el hueso del pulgar esté roto, quizá se le haya salido del ligamento, la piel se ha desgarrado como un guante roto y la sangre le corre por el brazo cuando se saca las bragas de la boca.

Gime en alto cuando de forma histérica intenta liberarse de la hebilla de la mano izquierda. Los dedos no le responden, pero consigue sacar la púa del agujero. Saca enseguida la correa de la hebilla, se sienta y se libera de las correas de los pies.

Se levanta con piernas temblorosas, mantiene la mano herida contra el abdomen y empieza a caminar por la gruesa alfombra. La cabeza le retumba a causa de la conmoción y el dolor, las piernas están entumecidas y el vestido le cuelga húmedo y frío de las nalgas.

Sale del dormitorio con cuidado y camina con sigilo por el pasillo, por donde ha desaparecido el hombre.

Sofia se detiene antes de llegar a la escalera. Oye otra voz ahí abajo y piensa en gritar pidiendo ayuda. No puede oír lo que dice el otro hombre y se acerca con cuidado. Hay ropa de la tintorería colgada de la barandilla de la escalera. A través del delgado plástico se ven un montón de camisas blancas iguales.

Carraspea con cuidado para gritar pidiendo ayuda pero, de repente, comprende qué está pasando en la planta baja.

El otro hombre no está en el interior de la casa. Su voz llega a través del interfono. Se trata de un mensajero que se encuentra al otro lado de la verja y quiere que le dejen pasar. Wille reitera que tendrá que volver más tarde, interrumpe la comunicación y se vuelve de nuevo hacia la escalera.

Ella se tambalea pero conserva el equilibrio. Siente un hormigueo y un escozor en los pies cuando la sangre fluye de nuevo.

Sofia retrocede, el suelo cruje bajo sus pies, mira a su alrededor y vislumbra una habitación grande al final del pasillo con retratos colgados de las paredes. Piensa en correr hacia allí, abrir una ventana y pedir ayuda, pero comprende que no le dará tiempo.

cap-6

5

Sofia se mueve deprisa pegada a la pared, pasa la escalera y llega a la pequeña puerta de un armario, sujeta la manilla y tira.

Está cerrado con llave.

Suelta la manilla con cuidado y ve moverse al hombre escaleras arriba en el reflejo de los prismas de la araña de cristal.

No tardará en llegar arriba.

Retrocede en dirección a la escalera y se deja caer en el suelo junto a la barandilla, tras la protección de las camisas de la tintorería. La verá si mira en esa dirección, pero si pasa de largo tendrá algunos segundos de ventaja.

Le duele tanto la mano que está temblando y tiene el cuello y la garganta hinchados. Siente como si necesitara toser, carraspear, beber agua.

La escalera cruje, los pasos son pesados y cansados. Ve al hombre a través de los barrotes y se desliza hacia atrás con cuidado.

Wille llega arriba, se agarra a la barandilla y continúa por el pasillo.

Se dirige al dormitorio sin ver que la sangre de ella ha goteado por el suelo.

Sofia se levanta con cuidado y ve su espalda y su nuca bronceada antes de que desaparezca por la puerta.

Gira en silencio por la barandilla y comienza a correr escaleras abajo.

Comprende que él ha dado media vuelta, que ya la está persiguiendo.

Se redobla el retumbar de pasos.

Sofia protege la mano herida con la otra, sujeta los dedos doloridos y ensangrentados.

Lo único que sabe es que tiene que salir de la casa. Corre por el gran recibidor, oyendo el áspero crujido de la escalera, porque el hombre va tras ella.

—No tengo tiempo para esto —grita él.

Sofia corre en silencio hacia la entrada por encima de una estrecha alfombra. Tropieza con un par de zapatos, pero no pierde el equilibrio.

El monitor de la alarma brilla junto a la puerta principal.

Los dedos están tan empapados en sangre que el pestillo se le resbala, se los seca en el vestido y lo intenta de nuevo, pero el pestillo no se mueve. Aprieta la manija, empuja la puerta con el hombro, pero está cerrada con llave. Mira a su alrededor tratando de encontrar unas llaves y vuelve a girar la manija. Se rinde y corre de vuelta hacia la puerta de doble hoja y entra en el salón.

Algo cae al suelo en otra habitación, un objeto metálico que resuena sobre el parquet.

Sofia se aleja de las grandes ventanas, el vidrio brilla oscuro, su propio reflejo aparece como una silueta contra la pared más clara del fondo.

Oye que él viene desde la dirección opuesta, retrocede y se esconde detrás de una de las puertas.

—Todo está cerrado con llave —dice él en voz alta al entrar en el salón.

Sofia contiene la respiración, el corazón late desbocado en su pecho, la puerta cruje ligeramente. Él se detiene en la entrada. Puede verlo a través de la rendija de las bisagras, con la boca entreabierta, las mejillas sudadas.

Las piernas comienzan a temblarle de nuevo.

Él da unos pasos, se detiene y escucha. Sofia trata de no hacer ruido, aunque su respiración asustada se oye demasiado.

—Estoy cansado de este juego —dice él, y pasa de largo.

Oye cómo la busca, abre puertas y las cierra de nuevo. Grita que solo desea hablar con ella.

Un mueble raspa el suelo y después se hace el silencio.

Sofia escucha, oye su propia respiración, el tictac de un desolado reloj de pared, pequeños chasquidos en el parquet, nada más.

Tan solo un silencio subterráneo y desesperado.

Espera un poco más, trata de oír algún paso furtivo, sabe que podría ser una trampa, pero abandona su escondite pues esta puede ser su única oportunidad.

Se adentra a hurtadillas en el salón. Todo está en calma, como inmerso en un sueño centenario. El suntuoso mobiliario y sus oscuros gemelos de los cristales. Su propia figura bajo el resplandor de una araña.

Sofia se aproxima a una de las sillas que hay alrededor de la mesa e intenta levantarla, pero se da cuenta de que es demasiado pesada. Tira del respaldo con la mano sana, la arrastra hacia los grandes ventanales del porche y gime de dolor cuando se ve obligada a utilizar también la mano herida. Sujeta el respaldo con ambas manos, da dos pasos para impulsarse, gira el cuerpo y da un grito cuando arroja la pesada silla contra el ventanal.

La silla golpea el cristal y cae de vuelta a la habitación, se rompe el vidrio interior y el suelo se llena de fragmentos rotos. Una lámina de vidrio se desprende y queda erguida contra el cristal exterior de la ventana.

La alarma comienza a sonar ensordecedoramente.

Sofia vuelve a agarrar la silla, no le importa si se corta los pies; y está a punto de lanzar de nuevo el mueble contra la ventana cuando ve al hombre aproximarse a ella desde el recibidor.

Suelta la silla, se encamina a la gran cocina y sus ojos vuelan sobre el entarimado blanco del suelo y las encimeras de acero inoxidable.

Él la persigue con pasos pesados.

El recuerdo de una persecución en un juego infantil cruza su mente: la impotencia de sentir que el perseguidor está tan cerca que ya no hay posibilidad de escapar.

Sofia se apoya en la encimera y sin querer tira un par de gafas y una extraña pulsera al suelo.

No sabe qué hacer, mira hacia la puerta cerrada de la terraza, sigue en diagonal hacia la isleta de la cocina con dos relucientes cacerolas, abre los cajones de un tirón con mano temblorosa, jadeando, y de pronto ve la hilera de cuchillos.

El hombre entra en la cocina y ella coge uno de los cuchillos, se vuelve hacia él y retrocede. Él la mira fijamente, sujetando con ambas manos un atizador de la chimenea sucio de hollín.

Sofia apunta temblando la ancha hoja del cuchillo hacia él pero se da cuenta de que no tiene ninguna posibilidad.

La matará con la pesada herramienta.

La alarma no deja de sonar, le arden las plantas de los pies a causa de los cortes y tiene entumecida la mano lesionada.

—Para, por favor —jadea ella, y retrocede hacia la isleta de la cocina—. Volvamos a la cama, te prometo que haré todo lo que quieras.

Muestra el cuchillo, lo deja sobre la encimera de acero e intenta sonreírle.

—De todos modos te voy a dar una buena paliza —dice él.

—No tienes por qué hacerlo —le ruega, y siente que pierde el control de su rostro.

—Te voy a dar de lo lindo —dice él, y levanta la herramienta por encima del hombro.

—Por favor, me rindo, yo…

—Es culpa tuya —la interrumpe él, y de pronto suelta inesperadamente el atizador.

Este golpea sobre la madera blanca con fuerza, restalla y queda tirado en el suelo. La ceniza del tridente revolotea y se disipa en el aire.

El hombre sonríe sorprendido y baja la mirada al círculo de sangre que se extiende por su pecho.

—¡Qué diablos! —susurra, tratando de encontrar donde apoyarse con una mano, pero no atina con la encimera y se tambalea.

Aparece una nueva mancha de sangre en medio de la camisa blanca. Florecen heridas rojas como estigmas por su cuerpo.

El hombre aprieta una mano contra el pecho, comienza a tambalearse hacia el comedor, pero se detiene y vuelve su palma ensangrentada. Parece asustado como un colegial e intenta decir algo antes de caer de rodillas.

La sangre salpica el suelo frente a él.

La alarma suena sin cesar.

La cocina aparece reflejada en la brillante olla para la pasta en una imagen panorámica convexa.

Sofia ve a un hombre con una extraña cabeza en la parte de la ventana con cortinas claras.

Está con las piernas separadas y sujeta una pistola con ambas manos.

Un pasamontañas negro le cubre todo el rostro, excepto la boca y los ojos. Unos mechones de pelo o rígidas tiras de tela cuelgan de una de sus mejillas.

Wille se lleva de nuevo la mano al pecho, pero la sangre corre entre sus dedos y su antebrazo.

Sofia se gira inestable y mira fijamente al hombre con el arma. Sin dejar de apuntar a Wille, se agacha rápidamente para recoger dos casquillos del suelo.

Corre hacia delante y pasa junto a ella como si no existiera, aparta el atizador de una patada con una bota militar, sujeta a Wille del pelo, le echa la cabeza hacia atrás y presiona la boca del cañón contra su ojo derecho.

Se trata de una ejecución, piensa Sofia, y se dirige como en un sueño hacia el salón, se golpea la cadera contra la encimera, deja que la mano siga el borde. Pasa junto a los dos hombres, siente un escalofrío en la espalda y echa a correr, pero se escurre en la sangre. Sus pies patinan y al caer al suelo se golpea la espalda y la nuca.

Por un momento, se le nubla la vista y todo se torna negro, y después vuelve a abrir los ojos.

Ve que el hombre todavía no ha disparado, el cañón sigue apretando el ojo cerrado.

A Sofia la nuca le quema y le palpita.

Su mirada pierde nitidez, como si la imagen estuviera borrosa. Lo que hasta ahora parecían gruesas correas de cuero en la mejilla del hombre de repente parecen plumas húmedas y pelo sucio.

Cierra los ojos, con una intensa sensación de vértigo, y después oye voces a través del sonido estridente de la alarma.

—Espera, espera —ruega Wille, con respiración agitada—. Crees saberlo todo, pero estás equivocado.

—Sé que Ratjen abrió la puerta y ahora el…

—¿Quién es Ratjen? —lo interrumpe Wille jadeando.

—Y ahora el infierno os devorará a todos —finaliza el hombre enmascarado.

Se hace un silencio y Sofia vuelve a abrir los ojos. Una extraña tranquilidad se ha apoderado de la casa. El hombre enmascarado mira el reloj y le susurra algo a Wille.

Este no responde, aunque parece entender. La sangre que le brota de la barriga le corre por la ingle y forma un charco en el suelo.

Sofia ve que las gafas de él están en el suelo, junto al zócalo rayado de la encimera y el objeto que ella había tomado por una pulsera.

Ahora comprende que se trata de una alarma antipánico.

Parece una pequeña cajita de acero con dos botones, como un reloj de pulsera.

El hombre enmascarado está completamente inmóvil y observa a su víctima.

Sofia mueve con cuidado la mano a un lado, acerca la alarma a su cuerpo y aprieta los botones varias veces.

No sucede nada.

El hombre suelta el pelo de Wille pero mantiene el cañón de la pistola contra su ojo derecho, espera un momento y después aprieta el gatillo.

Resuena la corredera al retroceder. La cabeza de Wille se sacude hacia atrás y le chorrea sangre de la coronilla. Trozos de hueso del cráneo y un tejido grisáceo salpican el suelo de la cocina, hasta llegar al comedor, y caen sobre los respaldos de las sillas, la mesa y el cuenco con fruta.

Sofia siente las cálidas gotas que salpican sus labios y después ve el casquillo que cae y rebota contra el suelo.

En el aire flota una nube gris de pólvora y el cuerpo sin vida cae como un saco de trozos de madera y tela mojada al suelo, y después queda absolutamente quieto.

El hombre enmascarado se agacha y el reloj de pulsera se desliza hacia la palma de la mano cuando recoge el casquillo del suelo.

Se coloca con las piernas separadas sobre el cuerpo sin vida, se inclina sobre él, coloca el cañón de la pistola contra el otro ojo y sacude la cabeza para apartar las tiras de tela mojada del rostro antes de apretar de nuevo el gatillo.

cap-7

6

El primer tono del teléfono encriptado del trabajo forma parte de un sueño en el que un arroyo atraviesa una espesa vegetación. Al segundo siguiente Saga Bauer se despierta y abandona la cama sin darse cuenta de que arrastra la manta al suelo.

Corre en bragas hacia el armario de las armas al tiempo que marca el número que se ha aprendido de memoria. El resplandor de las farolas se filtra a través de los listones de los estores sobre sus piernas sinuosas y su espalda desnuda.

Abre rápidamente la pesada puerta de acero del armero y escucha las instrucciones por teléfono mientras saca una bolsa negra, extrae una Glock 21 con su cartuchera y cinco cargadores adicionales.

Saga Bauer trabaja de comisaria operativa para los servicios secretos suecos, y se ha especializado en lucha antiterrorista.

El tono que la ha despertado significa que se ha activado el código Platina.

Corre hacia el recibidor, escucha las últimas instrucciones, finaliza la llamada y deja caer el teléfono en el bolso.

Hay prisa.

Se pone el mono de cuero negro sobre su cuerpo desnudo, siente el frío cuero contra la espalda y el pecho, mete sus pies descalzos en las botas y coge el casco, el pesado chaleco antibalas y los guantes de la estantería.

Abandona el apartamento sin pararse a cerrar con llave la puerta principal, corre escaleras abajo, sale por la puerta, se sube la cremallera hasta la barbilla, se pone el casco y aparta con impaciencia algunos mechones de pelo rubio.

En la calle Tavastgatan hay una sucia Triumph Speed Triple con el silenciador de escape abollado, el carenado rayado y el estárter averiado. Saga corre hacia ella, abre el candado y lo deja caer sobre el asfalto junto a la pesada cadena.

Se monta en la moto, arranca el motor de una patada y comienza a conducir tan rápido como puede a través de la ciudad nocturna.

El cielo no rebasa el tono plomizo a causa de la contaminación lumínica y la luz de las gotitas de lluvia en suspensión.

Hace caso omiso a los semáforos y señales de stop, acelera y adelanta a un taxi en la calle Bastugatan.

El motor vibra contra el interior de sus rodillas y sus muslos, y el rugido suena a través del casco como el mugido de una criatura bajo el agua.

La comisaria Saga Bauer mide un metro setenta de estatura y tiene la complexión muscular de una bailarina de ballet. Durante mucho tiempo perteneció a la élite pugilística del norte de Europa, pero desde hace dos años ha dejado de competir como profesional.

Tiene veintinueve años y todavía es impresionantemente hermosa, tal vez más hermosa que nunca, con su piel clara, su cuello delgado y sus ojos azul claro.

La mayoría de la gente que la ve por primera vez siente una profunda debilidad interior, como si algo se rompiera.

A su paso deja una sensación de nostalgia, como después de un amor desgraciado.

Sus colegas se han acostumbrado a su belleza, igual que se acostumbra uno a una hermana atractiva.

Ella misma no suele pensar en su aspecto, y no parece darse cuenta cuando hombres y mujeres sonríen y se ruborizan en su presencia.

Pocas cosas la irritan tanto como cuando alguien dice que se parece a Tuvstarr o a alguna princesa Disney.

Una bolsa de plástico se arremolina delante de la moto y la aparta de sus pensamientos.

Cuando llega a la calle Söder Mälarstrand gira de golpe a la derecha y la estribera roza el asfalto, pero consigue mantenerse en el carril bajo el puente Centralbron y subir por la rampa de acceso.

Esta es la primera vez que el código Platina se activa por una situación real estando ella en el equipo. Es el nivel máximo de alerta en la escala del servicio secreto de amenazas a la seguridad nacional. Y sabe que en estos momentos el asunto tiene prioridad sobre cualquier otra cosa.

Al pasar por Gamla stan y Riddarholmen, con sus torres y callejones, se siente como si volara dentro de una lámpara oscura.

Saga ha sido entrenada para este tipo de situaciones y sabe que, en este estadio, se espera que actúe de forma independiente y sin tener en cuenta las leyes vigentes.

Vislumbra los tristes edificios de ladrillo del hospital Karolinska y entra en la E4, acelera al máximo el motor de tres cilindros y novecientos centímetros cúbicos hasta alcanzar los doscientos veinte kilómetros por hora, pasa de largo por Roslagstull y gira a la izquierda en dirección a la universidad.

El aire frío la ayuda a conservar la calma mientras repasa la información recibida y prepara una primera estrategia operativa.

Saga abandona la autopista, acelera a la salida de la curva y toma la dirección de Vendevägen hacia Djursholm con su exuberante vegetación y sus enormes mansiones. Los coches aparcados en los accesos pavimentados están cubiertos de rocío. El brillo turquesa de las piscinas titila entre los árboles frutales y los arbustos.

Entra en una rotonda conduciendo demasiado rápido y gira directa a la derecha. Antes de que su cerebro pueda captar la presencia del coche aparcado, sus músculos reaccionan y hace un giro brusco. Está a punto de caer, pero consigue compensar con el peso de su cuerpo. La rueda trasera patina sobre la calzada. Suena un fuerte porrazo cuando golpea un gran contenedor de basura de plástico antes de conseguir dominar la moto de nuevo y acelerar.

El corazón le late con fuerza.

Alguien ha aparcado un Jaguar plateado justo después de la curva, oculto tras el alto seto. Pero su moto tiene un centro de gravedad bajo y una dirección con una alta capacidad de respuesta.

Probablemente eso es lo que la ha salvado.

Saga vislumbra las grandes embarcaciones de recreo cuando gira en una amplia curva entre las enormes mansiones. Está demasiado inclinada a la izquierda, pero acelera todavía más cuando llega a la orilla y entra en una recta que atraviesa una zona verde.

cap-8

7

Cuando se acerca a la dirección indicada, Saga reduce la velocidad, gira con suavidad hacia el estrecho camino de acceso a la derecha y se detiene.

Deja que la moto caiga a un lado sobre la hierba junto al camino, deja el casco al lado y, mientras camina, se pone el chaleco antibalas y la cartuchera.

Han pasado trece minutos desde que el teléfono la despertó.

En el interior de la casa suena una alarma.

Un sentimiento de anhelo por el comisario Joona Linna atraviesa fugazmente por su cabeza. Hasta la fecha ha trabajado a su lado en todos sus grandes casos. Es el mejor policía que ha conocido jamás y uno de los que más se han sacrificado.

Ella lo traicionó en una ocasión, hizo lo único que no debía hacer, pero consiguió enmendar su error y está segura de que la ha perdonado.

Él mismo había dicho que no había nada que perdonar.

Perdieron el contacto después de que lo condenaran a prisión. A ella le habría gustado ir a verlo, pero sabe que él tiene que construir una nueva vida. Va a tener que poner mucho de su parte para convencer al resto de los presos de que es uno de ellos.

Ahora se ha activado el código Platina y Saga Bauer está sola.

Aún no ha llegado ningún otro miembro del servicio secreto.

Saga salta la verja, corre hacia la entrada de la mansión, introduce una ganzúa en la cerradura y a continuación la punta estrecha de una pistola ganzúa, aprieta varias veces y mueve la punta hacia arriba en la ranura de la llave hasta que el pasador se suelta y puede girarla.

La cerradura se abre con un clic amortiguado.

Deja caer la herramienta al suelo, saca su Glock, le quita el seguro y abre la puerta. El sonido del pitido de la alarma ahoga todo lo demás.

Saga comprueba rápidamente la entrada y el gran recibidor, vuelve enseguida al cajetín de la alarma junto a la puerta de la calle y teclea el código que ha memorizado.

El silencio envuelve la casa y deja tras de sí una carga funesta.

Continúa por el recibidor con el arma en alto y el dedo en el gatillo, pasa junto a la escalera que conduce a la planta superior y entra en un gran salón, mira detrás de las puertas, se pega a la pared derecha y sigue avanzando agachada.

Una de las grandes ventanas que dan a la parte trasera está rota. Hay una silla en el suelo rodeada de trozos de vidrio relucientes.

Saga prosigue, se acerca a la puerta de la cocina y se ve reflejada y duplicada en las numerosas superficies acristaladas.

La sangre y los fragmentos de cráneo han salpicado desde la cocina hasta el suelo, el tresillo y la mesa baja de lectura.

Gira con la pistola en alto y avanza lentamente, mientras ve aparecer la cocina poco a poco. Armarios blancos y encimeras de acero inoxidable.

Se detiene y escucha.

Se oye un cauteloso tictac, como si alguien estuviera sentado completamente inmóvil e hiciera repiquetear una uña contra el tablero de una mesa.

Saga apunta el arma hacia el umbral de la cocina, se mueve hacia un lado en silencio y ve a un hombre tendido de espaldas en el suelo.

Le han disparado en ambos ojos y en el pecho.

La redondez de la coronilla ha desaparecido.

Se ha formado un charco oscuro bajo su cuerpo.

Las manos están tendidas a ambos lados como si estuviera tomando el sol.

Saga alza el arma en posición de disparo y hace un barrido de la cocina con la mirada.

Las cortinas que hay ante las puertas del porche se mueven y se curvan hacia dentro. Las anillas de la barra resuenan entre ellas.

La sangre del primer disparo en la cabeza ha salpicado gran parte del suelo y unos pies descalzos la han pisado.

Las huellas conducen directamente a Saga.

Se da la vuelta enseguida, barre la habitación con el arma y se vuelve hacia la doble puerta que conduce al salón.

Saga se sobresalta cuando ve con el rabillo del ojo cómo una persona sale arrastrándose por el suelo de su escondite detrás de un sofá.

Se da la vuelta justo cuando la persona se levanta. Se trata de una mujer con vestido azul. Saga apunta entre sus pechos cuando la mujer da un par de pasos tambaleantes.

—Las manos en la nuca —grita Saga—. De rodillas, de rodillas.

Saga mantiene la línea de tiro, y se acerca corriendo.

—Por favor —susurra la mujer, y deja caer al suelo la alarma antipánico.

Apenas alcanza a mostrar sus manos vacías antes de que Saga le propine una patada lateral debajo de la rodilla, con tal fuerza que le barre ambos pies y cae al suelo con un ruido sordo, las caderas primero, y después la mejilla y la sien.

Saga se abalanza sobre ella, le golpea en el riñón izquierdo, aprieta la pistola contra su coronilla mientras la mantiene inmovilizada sujetándola con la rodilla derecha, y vuelve a recorrer la habitación con la mirada.

—¿Hay más personas en la casa?

—Solo el que ha disparado, entró en la cocina —responde la mujer, con la respiración entrecortada—. Disparó y se fue…

—Silencio —la interrumpe Saga.

Saga le da la vuelta con rapidez y le lleva los brazos a la espalda. La mujer lo soporta todo con una desconcertante docilidad. Saga aprisiona sus muñecas heridas con una brida de plástico, se pone de pie apresurada, entra en la cocina y pasa de largo junto al muerto.

Las cortinas se mecen y se hinchan por el aire.

Apunta hacia delante, pasa por encima del atizador tiznado, comprueba la parte izquierda de la cocina y continúa doblando la isleta hacia la puerta corredera.

El cristal fijo tiene un agujero redondo hecho con una sierra de diamante y la puerta está abierta. El aire nocturno fluye hacia el interior y hace que tintineen las anillas de las cortinas. Saga sale a la terraza y apunta el arma hacia abajo, hacia el césped entre los parterres.

El agua está tranquila, la noche es silenciosa.

Las personas que fuerzan la entrada de una casa de esta manera y realizan una ejecución tan impecable no permanecen en la escena del crimen.

Saga regresa con la mujer, ata sus piernas con unas bridas y permanece con una rodilla clavada en su coxis.

—Necesito que respondas a unas preguntas —dice en voz baja.

—Yo no estoy involucrada, yo solo estaba aquí, no he visto nada —susurra la mujer.

Saga no puede por menos que bajarle el vestido y cubrirle las nalgas desnudas antes de ponerse de pie. Pronto habrá cinco todoterrenos aparcados delante de la casa y el servicio secreto irrumpirá en el lugar.

—¿Cuántos asaltantes había?

—Solo uno, yo solo he visto uno.

—¿Puedes describirlo?

—No sé, estaba enmascarado, no vi nada, ropa negra, guantes, todo ocurrió tan deprisa, creí que también me mataría a mí, creí…

—De acuerdo, espera —la interrumpe.

Se acerca al cadáver. El rostro redondeado está lo bastante intacto como para que pueda identificarlo sin problemas. Coge su teléfono encriptado, se retira un poco y llama al jefe de los servicios secretos. Es más de medianoche, pero él ha estado esperando su llamada y responde enseguida.

—El ministro de Asuntos Exteriores está muerto —dice.

cap-9

8

Siete minutos después, el jardín y la casa bullen de personas del grupo especial de los servicios secretos, que en lenguaje interno es conocido como Elektrolux debido a una broma que ya nadie recuerda.

Durante dos años el servicio secreto ha aumentado la seguridad de los dirigentes del Estado de forma drástica con guardaespaldas y modernas alarmas antipánico. Existen diferentes niveles, pero dado que la mujer apretó al mismo tiempo los dos botones de la alarma durante más de tres segundos se activó el código Platina.

La escena del crimen está acordonada, tres zonas alrededor del Gran Estocolmo están fuertemente vigiladas y se han establecido controles de carreteras.

Janus Mickelsen entra y estrecha la mano de Saga. Él se hace cargo de la dirección del operativo en el interior de la casa y ella enseguida lo informa de la situación.

Janus tiene cierto encanto hippie, con sus rizos cobrizos y su barba pelirroja de tres días. A Saga le hace pensar en aquello de «paz y amor», pero sabe que fue militar profesional antes de acabar en el servicio secreto. Formó parte de la Operación Atalanta, y estuvo destinado en las aguas próximas a Somalia.

Janus sitúa a un agente en la puerta, aun cuando no se va a elaborar la lista habitual sobre quiénes entran en la escena del crimen. En esta ocasión no quedará constancia de las personas que han estado en la casa después del asesinato. Cuando se activa el código Platina, nadie debe tener acceso a ningún dato sobre quién ha sido informado o ha tenido conocimiento de los hechos y quién no.

Dos agentes del servicio secreto se dirigen directamente a la joven que yace de lado, con los brazos y las piernas ligados con bridas de plástico. Tiene los ojos inyectados en sangre a causa del llanto y el rímel se le ha corrido hasta la sien.

Uno de los dos hombres se pone en cuclillas junto a ella y saca una jeringuilla con ketamina. Está tan asustada que comienza a temblar, pero el otro la sujeta con fuerza mientras le inyectan la droga directamente en la vena cava superior.

Las mejillas de la mujer enrojecen, echa la cabeza hacia atrás, tensa el cuerpo y después se relaja.

Saga ve que le cortan las bridas, le colocan una mascarilla de oxígeno en la boca y la nariz, la levantan, la introducen en una bolsa para cadáveres y cierran la cremallera. Cargan con el cuerpo inerte hasta una furgoneta que la conducirá a Spinnhuset.

Los otros cuatro equipos ya están en plena acción, con la obligada investigación de la escena del crimen, documentándolo todo escrupulosamente. Con eficiencia, consiguen huellas dactilares y de calzado, examinan las imágenes de las salpicaduras, orificios de balas y la dirección de los disparos, recogen rastros biológicos, fibras de tejidos, pelos, fluidos corporales, restos de huesos, de la amígdala cerebral, fragmentos de cristal, esquirlas y astillas de madera.

—La esposa y los hijos del ministro vienen de camino —dice Janus—. Su avión aterrizará en Arlanda a las ocho quince, y para entonces esto tiene que estar limpio.

El grupo tiene que reunir toda la información que necesite en este registro, no habrá más oportunidades.

Saga sube por la escalera y entra en el dormitorio del ministro de Asuntos Exteriores. La habitación huele a orina y sudor. Las correas de cuero cuelgan de los cuatro postes de la cama. La sangre se ha esparcido por las sábanas.

En una cómoda encuentra una fusta bajo el débil resplandor de una lámpara. Detrás de una placa de vidrio, un Rolex marca en silencio las horas junto a un Breguet.

Saga se pregunta si la esposa estaba al corriente de las visitas de las prostitutas.

Probablemente no.

Tal vez simplemente no preguntaba.

Con los años, uno descubre que puede vivir con todo tipo de fisuras en la imagen que tiene de sí mismo y, sin embargo, seguir aferrándose a lo que se percibe como seguro.

La misma Saga estuvo con Stefan Johansson, el pianista de jazz, durante muchos años antes de que él la abandonara.

Stefan se ha mudado a París, toca en una banda y se ha prometido.

Saga sabe que no es fácil convivir con ella, que tiene un temperamento fuerte y en ocasiones es capaz de reaccionar de forma exagerada.

Ella trabaja mucho, y la única relación sexual que ha tenido después de la separación es cuando Stefan ha estado de gira por Suecia. Él la llama por la noche, y ella deja que se quede a dormir. Sabe que no piensa dejar a su prometida por ella, pero está de acuerdo en acostarse con él.

Saga regresa a la planta baja, al cuerpo destrozado por los disparos de la cocina.

La luz de los focos brilla en las placas de aluminio acanalado. Es como estar sobre un puente de plata encima de un caos sangriento.

Saga observa durante un buen rato las palmas de las manos vueltas hacia arriba del muerto, el callo amarillento bajo el anillo de casado, las manchas de sudor debajo de los brazos en su camisa.

El equipo trabaja a su alrededor de forma silenciosa y rápida. Filman y catalogan todo en un sistema tridimensional de coordenadas con un iPad. Se recogen con precisión mecánica muestras de pelo y fibras textiles con una cinta adhesiva especial, mientras que los tejidos y fragmentos de huesos se introducen en tubos de ensayo que a continuación se congelan para evitar el crecimiento de bacterias.

Ninguna prueba se enviará al Instituto Anatómico Forense en Linköping, pues en situaciones como esta los servicios secretos utilizan sus propios laboratorios.

Saga se acerca a la puerta del porche y observa el agujero circular a través de las tres capas de vidrio reforzado.

La alarma no se activó hasta que lanzaron la silla contra la ventana, haciendo que reaccionara el detector acústico de cristal roto y contactos magnéticos.

No pudo ser el asesino el que lanzó la silla.

Saga piensa en el rostro aterrado de la mujer, las muñecas laceradas, el olor a orina.

¿La tenían prisionera en la casa?

Dos hombres cubren el suelo con grandes láminas de celofán frío y lo presionan con un ancho rodillo de goma.

Un técnico envuelve con cuidado el disco duro de las cámaras de vigilancia en plástico de burbujas y después introduce el paquete en una nevera portátil.

Janus está estresado, las mandíbulas apretadas, las cejas son casi blancas y tiene la frente pecosa húmeda de sudor.

—Vale, joder… ¿Qué opinas? —pregunta, y se coloca junto a Saga.

—No sé —responde ella—. El primer disparo contra el cuerpo se realizó desde cierta distancia en un ángulo algo extraño.

El ministro de Asuntos Exteriores no ha dejado de sangrar y la sangre de su estómago se ha esparcido por el suelo.

La velocidad del disparo de una pistola es de aproximadamente mil kilómetros por hora, y la bala deja un anillo de suciedad alrededor del orificio de entrada. La camisa presenta dos tenues círculos con restos de pólvora de la bala.

Primero dos disparos realizados a distancia y después otros dos a quemarropa.

Saga se inclina sobre el cadáver y estudia los orificios de entrada en las cuencas de los ojos, y ve que no hay ningún boquete en torno a la herida.

—Ha utilizado un silenciador —susurra.

El asesino tiene que haber utilizado un silenciador de un tipo que también reduce la llama ya que no hay collarete erosivo. Si no, los gases expulsados habrían penetrado bajo la piel y habrían formado un orificio en forma de embudo.

Eso es lo que suele pasar.

Saga se pone en pie y da un paso a un lado para dejarle sitio al técnico, que extiende una laminilla de plástico sobre el rostro del muerto. La aprieta contra los orificios de bala para que las partículas del anillo de suciedad se adhieran y después marca el centro de los orificios de entrada en el plástico con un rotulador.

—Lo pusieron bocabajo después de muerto y luego de nuevo de espaldas —dice Saga.

—¿Por qué? —sonríe socarronamente el técnico.

—Cierra el pico —le espeta Janus.

—Quiero ver su espalda —dice Saga.

—Haz lo que te dice.

Todos saben que se les acaba el tiempo. Algo estresados, le ponen unas bolsas de plástico alrededor de las manos al ministro y colocan una bolsa para cadáveres abierta a su lado. Levantan con cuidado su cuerpo robusto y lo colocan bocabajo en el saco. Saga examina los amplios orificios de salida en la espalda y el orificio pulposo de la cabeza.

Examina el lugar donde estaba el cadáver y ve unos orificios de bala dejados en el parquet tras los disparos finales y comprende por qué el cuerpo estaba de lado.

—El asesino se llevó los casquillos.

—Nadie hace eso —murmura Janus.

—Utilizó una pistola semiautomática con silenciador… realizó cuatro disparos, de los cuales dos eran mortales de necesidad —dice ella.

Un hombre corpulento está ocupado con los oscuros muebles del salón y rocía Hungarian Red sobre las telas, mientras otro técnico vuelve a colocar un sillón sobre las marcas dejadas por las patas sobre la valiosa alfombra.

—Tenemos que acabar ahora —grita Janus, y da unas palmadas—. Limpiamos la casa en diez minutos; el cristalero y los pintores estarán aquí dentro de una hora.

Cuando se van, el hombre corpulento retira las planchas de paso. Tan pronto como salen por la puerta entra otro equipo en la casa y la desinfecta con una espuma crepitante con un fuerte olor a cloro.

El asesino no solo recogió los casquillos, sino que además extrajo las balas del suelo y las paredes mientras sonaba la alarma y la policía venía en camino. Ni siquiera un sicario del más alto nivel haría una cosa así.

Se trata de un asesinato perfectamente ejecutado y, sin embargo, deja una testigo. No se le pudo pasar por alto que había una persona en el lugar del crimen y lo vio.

—Voy a ir a hablar con la testigo —dice Saga, convencida de que la mujer tiene que estar involucrada.

—Sabes que ya tenemos a nuestros expertos allí —dice Janus.

—Necesito hacer yo misma mis preguntas —responde Saga, y se va a buscar su moto.

cap-10

9

Cuando se construyó a principios de la guerra fría, el refugio de Katarinaberget era el mayor refugio del mundo contra las bombas atómicas. Hoy en día la instalación entera se utiliza como aparcamiento, excepto la sección que albergaba las máquinas para los generadores de reserva y la ventilación.

La vieja casa de máquinas es un edificio independiente, perforado en la roca al lado del mismo refugio.

Ahora lo utiliza el servicio secreto.

Es aquí donde se encuentra el centro de detención secreto llamado Spinnhuset, y es en las profundidades de las piscinas de hielo donde se realizan los interrogatorios clasificados como de alta seguridad.

Aún no ha amanecido del todo cuando Saga Bauer pasa por Slussen con su sucia moto. Ha conducido directamente desde el lugar del crimen en Djursholm y siente cómo el mono de cuero sudado se ha enfriado entre los pechos. Entra a través del acceso abovedado de la gasolinera y gira para descender al garaje. El cambio en la acústica hace que el sonido del motor la envuelva.

Se ha acumulado basura bajo las descoloridas barandas amarillas y se ven cables sueltos co

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